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RESEÑAS

Abril, Gonzalo. La belleza del vagar. Eolas Ediciones, 2022. ISBN: 9788419453327, 140 pp.

Eva Aladro
Equipo CIC (España) Email ORCID iD
Publicado: 15/09/2025

Del profesor Gonzalo Abril hemos recibido huella indeleble por sus trabajos de Semiótica, Análisis Visual y Verbo-Visual, Estudios del Discurso, Teoría periodística, y otros campos de reflexión y estudio, todos los que intentamos entender el ámbito de la comunicación. Sus trabajos tienen la capacidad rara de ser proféticos –sus análisis sobre el régimen informacional antes de que se denominara de esta manera, sus estudios sobre fragmentación de la cultura asociados a la evolución mediática/sígnica y la forma cultural que genera, o sus increíbles avances en torno al poder factorial de la cultura –que nos mostró hace ya alguna década– donde formuló de modo académico el fenómeno de crecimiento exponencial de la experiencia que asociamos a los mensajes creadores, que ya Jaspers intuyó en sus estudios sobre las grandes personalidades de las civilizaciones pero que Gonzalo Abril trajo al universo conceptual socio-semiótico indicando cómo es posible que los mensajes culturales nos transporten literalmente a otras dimensiones de experiencia mediante su acción semiótica.

De Gonzalo Abril conocemos por tanto la erudición inmensa y la capacidad docente en esos conceptos nuevos que nos han sido muy muy útiles para avanzar en el camino del estudio comunicativo. Pero de su capacidad de escritura en ensayo/ novela no conocíamos, hasta la llegada de esta “Belleza del Vagar”, la prosa genial del autor, que trascendiendo la exactitud académica, llega a suscitar un pensamiento más profundo, y nos hace intuir que toda la andadura académica del autor no hace sino culminar en este breve librito, para abrir un nuevo destino escritural, siempre mejor que el anterior.

Como se señala en su texto de contraportada, lo vago puede ser, además de una puesta en abismo a lo semiótico, un método de exactitud. Hace falta haber superado los conceptos oposicionales de lo académico, hace muchísimo tiempo, para llegar a afirmar, como dice el autor, que la divagación es un método o estilo de pensar que no solamente es más acertado y agudo, sino que además va reconciliado con la vida, y como ya Gregory Bateson nos recordaba, el pensamiento tiene que regresar a la vida con urgencia, porque la separación mente/cuerpo está destruyendo nuestro planeta, además de nuestras cabezas.

Encontramos en este libro una belleza de pensamiento depurada. En él, la retórica de la argumentación ha terminado por abocar, sin dejar de existir, a la pincelada sencilla. Como dice el autor, el significado de algo vago, es vago. Las reflexiones de Abril en este texto exhalan paz y armonía, al mismo tiempo que responden a actitudes vitales éticas, y son también epistémicas. En ellas el pensamiento se hace conciliación, reflexión contemplativa y conceptualización sentida. Hay en el libro un compromiso profundo con todas esas actitudes que se aprecia en la cuidadosa recolección de ideas, intuiciones o lecturas que han ido conformando un todo: una enciclopedia de la vaguedad, la indefinición, la indeterminación, lo borroso, el titubeo o el vagabundeo, mostrando cuán maravillosos y cruciales son esos fenómenos y lo necesarios que son a nuestra existencia, no solamente por su higiene mental y filosófica, sino por su verdad profunda; Borges, H.G. Wells, Sánchez Ferlosio, Edgar Poe y un conjunto enorme de maestros de misterios mayores con los que Abril sigue enseñando el camino a seguir para conocer, asaltan la lectura y la detienen para marcar sus etapas llenas de abismos del pensamiento. Poner a bailar juntos a Wittgenstein y a Proust, a Lorca y a Agamben, Deleuze y Borges, no puede hacerse sin dominar sus aportaciones, habiendo buscado los goznes que los articulan, para abrir con su trabajo espacios de aire fresco.

Las experiencias de la infancia, de los estudios, de la cultura o del contexto social o político en campos tan diversos como la religión, la música, la pintura, las experiencias miopes, los paseos para disfrutar de los que llama “teatros de calle”, la iluminación urbana, los pasajes, que en muchos casos revelan a un verdadero antropólogo del mundo humano actual, capacitado para hacer análisis visuales y simbólicos de casi todo, sirven a Gonzalo Abril para traer ricos tesoros de pensamiento y elaboración cultural del autor, que nos regala para que podamos saborearlos nosotros también, con tiempo suficiente. Ese “evolucionismo inverso” entre humanos y animales, esa estética japonesa “wabi-sabi” basada en lo marchito y desgastado, lo tosco y efímero, esa “potencia del no” creativo, la “errancia de los signos” o las “artes de los vagabundos urbanos”, son conceptos únicos que nos amplían la idea estrecha que tenemos del pensamiento conformada por unos herrajes académicos duros y rígidos, para trasladarnos al mundo de la vida del autor, que es un mundo exquisito, capaz de disfrutar de reflexiones sobre pasado y presente, sobre lo divino y lo humano, en una gama increíble de vivencias estéticas e intelectuales.

Para mi gusto, las reflexiones más cruciales de todas son las que atañen a esa paradoja por la que lo individuado es también algo vago: la mayor precisión posible pinta siempre con un halo de vaguedad, y el pensamiento más profundo rechaza la memoria exacta, como cuenta Borges, en “Funes el Memorioso”. Somos seres desdibujados o desdibujándose a cada momento, y la realidad es siempre una comparación borrosa, desde la incapacidad de nuestro instrumento de medida, que sin embargo por eso mismo, consigue ponderar lo inmenso, lo infinito. Lo anexacto nace en una paradoja, afirma el autor, pero invade progresivamente todas las formas culturales de modo que puede analizarse en cuestiones como las tradiciones religiosas, las costumbres populares, los estilos comerciales, si tenemos las herramientas semióticas para usar en su disección. En estas profundas ideas se mueve Gonzalo Abril como pez en el agua. No sólo con profunda seriedad, sino también con humor.

La escritura de este breviario no debe engañar por su extensión. Lo que leemos, a nuestro juicio es una consagración de obra. El autor ha superado, pero no abandonado, las categorías y el lenguaje semiótico, para trascenderlo en un estilo que pone al servicio de algo mejor aún. En determinado momento el autor afirma que la cortesía es mostrar la consideración hacia el otro en el mismo acto en que nos comunicamos con él. Hay que conocer profundamente la comunicación para afirmar tal cosa, pero hacerlo de este modo, en este texto que trasciende lo académico, es un acto en sí de cortesía docente, de maestría, de ofrecimiento de compañía, y sin duda de amorosa naturaleza, que distingue como único al autor. Por esta y por otras razones creemos que haber compartido tareas universitarias con quien firma las páginas de “La Belleza del Vagar” es sin ninguna duda un enorme privilegio que todavía nos supo regalar la universidad pública.