e-ISSN: 1135-7991
ARTÍCULOS DE INVESTIGACIÓN
Resumen: Las plataformas digitales y sus algoritmos han reactivado el debate sobre cómo conceptualizamos la estructura y dinámica de la opinión pública. Este artículo compara dos metáforas centrales –la “esfera” y la “red”– para evaluar su capacidad de diagnosticar los procesos comunicativos contemporáneos. A partir de cuatro rasgos de la esfera pública de Habermas (ubicación, simetría, apertura y anclaje), mostramos que dicha imagen sigue ofreciendo un criterio decisivo para juzgar la calidad de la deliberación. La red, en cambio, brinda un poder descriptivo clave para cartografiar flujos digitales y revelar asimetrías algorítmicas, pero esta metáfora carece de pautas normativas propias. Concluimos que recuperar las dimensiones espaciales de la esfera pública aporta un marco crítico de singular valor para los esfuerzos que buscan explorar principios normativos de la opinión pública democrática.
Palabras clave: esfera pública, redes, opinión pública, metáfora conceptual, algoritmos.
Abstract: Digital platforms and their algorithms have reignited the debate over how we conceptualize the structure and dynamics of public opinion. This article compares two central metaphors –the “sphere” and the “network”– to assess their ability to diagnose contemporary communication processes. Drawing on four features of Habermas’s public sphere (location, symmetry, openness, and anchoring), we show that the spherical image still offers a decisive benchmark for judging deliberative quality. The network, by contrast, provides a key descriptive power for mapping digital flows and revealing algorithmic asymmetries, yet this metaphor lacks its own normative guidelines. We conclude that recovering the spatial dimensions of the public sphere supplies a uniquely valuable critical framework for efforts aimed at exploring normative principles of democratic public opinion.
Keywords: Public Sphere, Networks, Public Opinion, Conceptual Metaphor, Algorithms.
Sumario: 1. La metáfora como herramienta epistemológica. 2. Metáforas de la opinión pública. 3. Entre esferas y redes: Normatividad y conocimiento en la era digital. 4. Propiedades espaciales de la esfera pública. 4.1. Ubicación. 4.2. Simetría. 4.3. Apertura. 4.4. Anclaje. 4.1. Ubicación. 4.2. Simetría. 4.3. Apertura. 4.4. Anclaje. 5. Conclusiones. 6. Referencias.
Cómo citar: Shoai, A. (2025). ¿Pueden las redes formar esferas? Habermas, el giro digital y los límites metafóricos de la opinión pública, en Cuadernos de Información y Comunicación 30, 45-53.
Las transformaciones comunicativas de la era digital han replanteado el debate sobre los marcos conceptuales que utilizamos para pensar la esfera pública. Desde hace seis décadas, la metáfora de la “esfera” propuesta por Jürgen Habermas (1962/2009) ha funcionado como un horizonte normativo para evaluar la deliberación democrática; no obstante, la emergencia de las “redes” digitales introdujo una imagen –a veces complementaria, en otros casos alternativa o incluso contradictoria– que describe la comunicación como un entramado de nodos y enlaces, que a su vez están crecientemente regulados por la intermediación algorítmica. Ambas metáforas –esfera y red– coexisten hoy en un campo teórico plural que trata de comprender y orientar las dinámicas de la opinión pública.
Paralelamente, los estudios sobre la metáfora desarrollados en las últimas décadas muestran que estos recursos no son simples adornos retóricos, sino herramientas epistemológicas que estructuran tanto la investigación científica como la práctica social (Black, 1962; Bruns, 2021; Lakoff y Johnson; 1980/2017; Silber, 1995). Este tipo de estudios señalan que describir un fenómeno mediante imágenes espaciales o reticulares moldea las preguntas que nos formulamos y los métodos que empleamos. En el caso de la esfera pública de Habermas, esta imagen espacial propuso una tensión constitutiva entre un ideal normativo y una realidad históricamente situada, mientras que la metáfora de la red trasladó al campo de la comunicación social los principios de interconexión y descentralización propios de las redes informáticas, destacando el papel de la programación algorítmica en la visibilidad, circulación y generación de contenidos.
Pese a la fecunda convivencia entre esferas y redes en múltiples perspectivas contemporáneas, aún no se ha realizado una comparación centrada en estas dos imágenes como recursos de tipo metafórico-cognoscitivo. El presente artículo aborda esa laguna a través de un estudio comparativo en cuatro dimensiones derivadas de la metáfora espacial –ubicación, simetría, apertura y anclaje– donde analizaremos cómo “responde” la metáfora de las redes a cada uno de estos aspectos.
Para este propósito, empezaremos por revisar el papel epistemológico de las metáforas en general (Sección 1) y en la opinión pública particularmente (Sección 2). Esto servirá de base para una reconstrucción del proceso por el cual esfera y redes emergen como metáforas cognoscitivas e interactúan para conceptualizar los procesos de la comunicación pública (Sección 3). El siguiente paso será el análisis de las cuatro dimensiones mencionadas (Sección 4) que, a su vez, derivan en un conjunto de conclusiones (Sección 5).
Aunque la metáfora ha sido estudiada por miles de años, en las últimas décadas del siglo XX adquirió una importancia “absolutamente espectacular” (de Bustos, 2000: 7). Disciplinas como la filosofía, la teoría de la ciencia y la psicología cognitiva le asignan actualmente un rol destacado para entender cómo configuramos nuestra experiencia y conocimiento del mundo.
Esto ha sucedido en el marco de una transformación más amplia: el lenguaje se entiende cada vez menos como un simple vehículo de representación o “calco” de la realidad –usado en una acumulación de conocimiento objetivo sobre el mundo– para entenderse más bien como parte constitutiva y transformadora de esa realidad. En este escenario, el valor de la metáfora está en abordar cognoscitivamente un objeto describiéndolo en términos de otro, con el propósito de “cartografiar, jerarquizar y organizar planos de actividad que son abstrusos, complejos o de los que no existe una experiencia directa” (Aladro, 2007: 52).
Desde la filosofía de la ciencia, por ejemplo, Black (1962) propuso la “perspectiva interactiva” de la metáfora: en ella, un foco se comprende a través de un marco que le transfiere atributos conceptuales, produciéndose así una interacción entre ambos elementos. Hesse (1966), por su parte, avanzó en el estudio de esta dinámica con relación a los modelos científicos. Al igual que las metáforas, los modelos proyectan estructuras conceptuales de dominios conocidos a fenómenos aún inexplorados, facilitando así el avance del conocimiento.
Sin embargo, el rol cognoscitivo de la metáfora trasciende la ciencia. La teoría de la metáfora conceptual de Lakoff y Johnson (1980/2017) ha puesto de relieve cómo nuestras experiencias cotidianas están organizadas metafóricamente. Por ejemplo, entender las discusiones como batallas o el tiempo como dinero moldea la manera en que percibimos el mundo y actuamos en él.
Finalmente, si es posible reconocer un lugar importante para las metáforas al interior del campo científico, por una parte, y en la vida diaria de las personas en general, por otra, entonces no es extraño que estas puedan operar como vías de interacción entre ambos “mundos”. En la educación, por ejemplo, las metáforas pueden facilitar cambios cognitivos e influir afectivamente en quienes se esfuerzan por comprender temas complejos (Petrie y Oshlag, 1979/1993).
En los diferentes contextos que hemos mencionado, la metáfora cumple su rol epistémicos gracias, en gran medida, a su carácter abierto: al superponer dos dominios semánticos distintos, genera un campo de posibles resonancias relevantes según vayan indicando los procesos de reflexión, comunicación y experiencia. Por usar un ejemplo cotidiano, “navegar en Internet” abre diversas formas posibles de articulación entre el mundo de las embarcaciones y el mundo de Internet: algunas de estas conexiones semánticas serán útiles para percibir, comprender y orientar las experiencias, otras no. Este mismo fenómeno cotidiano se puede constatar en campos especializados de conocimiento, como el que presentamos a continuación.
La opinión pública es uno de esos temas cuyo conocimiento ha dependido en gran medida del uso de metáforas (Shoai, 2022). La premisa de que los ciudadanos deben desempeñar un rol activo en el destino político de sus sociedades –en un contexto de creciente complejidad, interdependencia y mediación comunicativa– plantea el desafío de conceptualizar las opiniones y procesos de comunicación como un aspecto inexorable de la gobernanza moderna. Sin embargo, la naturaleza, el valor y las capacidades de la opinión pública han demostrado ser temas abstractos, controvertidos y esquivos. Acudir a imágenes concretas o familiares para acercarse a estos temas ha sido, históricamente, una estrategia fundamental.
Walter Lippmann (1922/2003), figura fundacional en este campo, se apoyó en las nociones de “imagen” y “estereotipo” para postular que la opinión pública no se construye sobre hechos objetivos, sino sobre simplificaciones mentales que median nuestra relación con el mundo. Por eso, creía en la necesidad de una organización de expertos cuyo trabajo sea romper los estereotipos públicos y ofrecer imágenes más dinámicas de la realidad a gobernantes y gobernados. Cabe señalar que el estereotipo no era más que una placa metálica de imprenta cuando Lippmann instituyó su uso metafórico. Por otro lado, y en debate con este autor, John Dewey (1927/2004) sostuvo que ninguna burocracia científica podría sustituir el rol de los ciudadanos, cuyos lazos comunitarios debían evolucionar para estar a la altura de los desafíos modernos, incluyendo los retos que conllevan las tecnologías de comunicación. En este argumento, la oposición entre metáforas mecánicas y orgánicas fue una estrategia clave: postuló, por ejemplo, que un arte “vivo” de investigar y comunicarse debía tomar posesión de “la maquinaria física de transmisión y circulación” para “insuflarle vida” (Dewey, 1927/2004: 156).
Pero las metáforas de la opinión pública no solo han sido importantes en el desarrollo conceptual de la opinión pública, sino también en su observación empírica. McCombs y Shaw (1972), por ejemplo, introdujeron la metáfora de la “agenda” para explicar cómo los medios no determinan la opinión pública, pero sí los temas que ésta considera relevantes. Según ha remarcado el mismo McCombs, la agenda es una “metáfora teórica” cuya potencia epistémica emerge al concebirse como cualquier listado de objetos que reciban atención, elementos cuya notoriedad pueda transferirse de una “agenda” a otra (McCombs, 2004/2006: 137). Por su parte, Noelle-Neumann (1982/2010), en su teoría de la espiral del silencio, acudió intensivamente a metáforas como el “clima” –que alude al entorno general de opinión que condiciona la expresión individual– y la “piel”, que sugiere una sensibilidad social que puede proteger o exponer a las personas ante el juicio de los demás. Estas metáforas no solo permitieron acercamientos a un fenómeno abstracto como la opinión pública, sino que también moldearon las preguntas y métodos a través de los cuales se ha investigado su dinámica.
Es en este contexto –el de diversos esfuerzos por comprender la opinión pública– que proponemos considerar la “esfera” pública que conceptualizó Habermas (1962/2009), por una parte, y el posterior ascenso de la “red”. Ambas metáforas, primero la esfera y luego las redes (e.g. Castells, 2001), se han movido hacia el centro de la teorización sobre opinión pública y conviven en un panorama teórico de particular complejidad. A este escenario dedicamos la próxima sección.
Calificado como un “maestro de las metáforas” a la hora de los debates públicos, Habermas también las utiliza cuando participa en filosofía, teoría social y teoría política, campos donde coloca estratégicamente las metáforas “en puntos cruciales de la formación de su teoría” (Buchstein, 2023: 48). Antes de enfocarnos en la esfera pública que conceptualizó este autor, cabe destacar que el ascenso de las metáforas espaciales ha sido una tendencia amplia en las ciencias sociales durante la segunda mitad del siglo XX: éstas han sido utilizadas para “desplazar construcciones y metáforas emblemáticas de tendencias teóricas positivistas o sistémicas” que habían tenido vigencia en periodos anteriores (Silber, 1995: 348).
En el caso de Habermas, las connotaciones espaciales que subyacen a la “esfera” pública sirvieron, entre otras innovaciones, para introducir una tensión constitutiva entre dos elementos: un ideal normativo y una realidad históricamente situada. La esfera es una forma “perfecta”, pero sus límites históricos se pueden desconfigurar, ampliar, reducir, invadir y fragmentar; en definitiva, se pueden transformar estructuralmente (Habermas, 1962/2009, 2023). El autor reconstruyó los cambios de este territorio manteniendo de manera deliberada esa tensión entre las normas de un espacio de diálogo racional e inclusivo, por una parte, y las limitaciones concretas de cada etapa histórica, por la otra. Esta aproximación permitió capturar tanto la aspiración emancipatoria de la esfera pública como sus deformaciones y exclusiones prácticas, asociadas a la creciente mediación de grandes organizaciones y medios de masa durante los siglos XIX y XX.
Antes de que las redes digitales de comunicación emergieran como tema relevante para la teoría de la opinión pública –y se presentaran como un desafío para el pensamiento de Habermas–, el concepto de esfera pública ya había recibido críticas y reformulaciones importantes. Sus premisas de racionalidad y cohesión, así como su separación tajante con respecto al ámbito privado, han sido los principales temas de discusión. Particularmente influyente ha sido la intervención de Fraser (1990), que cuestionó la noción de una única esfera integrada y universal, proponiendo, en su lugar, la existencia de múltiples esferas, incluyendo esferas públicas subalternas (de mujeres, trabajadores, afrodescendientes y otras). Desde otra perspectiva, Mouffe (1999), al desarrollar su teoría agonista de la democracia, señaló que el conflicto –y no el diálogo consensual– debía ser entendido como el eje central de la política. Tanto Fraser como Mouffe, aunque divergentes en sus diagnósticos y propuestas, comparten con Habermas una dimensión normativa: sus perspectivas, de maneras distintas, formulan criterios explícitos acerca de cómo debería estructurarse la comunicación pública.
Es cuando discurrían estos debates académicos que se expandieron rápidamente las redes digitales de comunicación, alterando en cierta medida los términos de la discusión. Las redes informáticas de dispositivos interconectados no solo transformaron la práctica comunicativa, sino que ofrecieron una nueva metáfora para comprender la comunicación y, de hecho, la estructura social en su conjunto. Castells (2001) se convirtió en un ejemplo destacado de este giro al describir la emergencia de una “sociedad red”, en la cual las dinámicas de poder y comunicación se configuran en flujos descentralizados y nodales, sujetos a “programadores”, “sistemas operativos”, “enlaces”, “interfaces” y otros conceptos extrapolados de la informática a la sociología.
No obstante, el auge de las redes como modelo de referencia no ha significado un desplazamiento de la metáfora espacial que caracteriza al concepto de esfera pública. Tras sistematizar más de 11.000 publicaciones académicas sobre la esfera pública, Eisenegger y Schäfer (2023) concluyeron que la propuesta de Habermas sigue ejerciendo amplia influencia. Cabe recordar, en este contexto, la importancia de las esferas múltiples –que ya hemos mencionado– y las fragmentaciones más extremas que vinieron después, como las “esferículas” (Gitlin, 1998), “cámaras de eco” (Sunstein, 2017) y “burbujas” de filtro (Pariser, 2011), dispositivos teóricos para señalar supuestos espacios de aislamiento en las redes digitales, pero cuya utilidad y evidencia están sometidas a serios cuestionamientos (Bruns, 2021).
Todo esto configura un escenario teórico plural y complejo donde “espacios” y “redes” coexisten, compiten o se articulan en diferentes perspectivas, a medida que las tecnologías de comunicación siguen planteando nuevos retos a la investigación. En este escenario, una alternativa ha sido seguir el cauce teórico que privilegia la metáfora de la red como clave de análisis (Castells, 2009, 2022). Otra opción fundamental ha sido asignarle atributos de red a la esfera, ya sea conceptualizando una “esfera pública en red” (Friedland et al., 2006; Kaiser et al., 2017), visualizando la esfera como una red dinámica de actores y contenidos (Friemel y Neuberger, 2023) o teorizando sobre las interconexiones que entrelazan a diferentes espacios comunicativos (Bruns, 2023). También destaca por su influencia la opción de mantener la metáfora espacial, pero reemplazando la noción de “esfera” –cargada de una simetría idealizada– por imágenes más indefinidas como “espacio” público (Papacharissi, 2002) o “arena” pública (Jungherr y Schroeder, 2022) que parecen acomodar mejor las características particulares que presenta la red.
En este contexto, cabe señalar que el ascenso de los algoritmos en las dinámicas comunicativas de la actualidad está asociado a algunas metáforas específicas, como “cerebro”, “caja negra”, “modelo” o “infraestructura” (Parks, 2015; Pasquale, 2015). Sin embargo, la red sigue ocupando un lugar teórico clave porque es el principal objeto de la estructuración algorítmica: son las redes de comunicación las que se programan algorítmicamente, ya sea para automatizar la selección de contenidos, organizar contenidos, segmentar usuarios o desarrollar patrones capaces de generar contenidos de manera relativamente autónoma. Esto puede observarse en los trabajos que ponen de relieve cómo las redes algorítmicas organizan el espacio público, moldean subjetividades y redistribuyen el poder en la sociedad digital contemporánea (Gillespie, 2018; van Dijck, 2016). Ante la relevancia persistente de las redes en este escenario, nos proponemos recuperar los aspectos normativos más importantes que ofrece la metáfora de la esfera pública.
Considerando los antecedentes descritos hasta ahora, en esta sección nos proponemos comparar críticamente el potencial de la metáfora de la “esfera” frente a las “redes” en su capacidad para analizar, evaluar y orientar la discusión pública en contextos contemporáneos. Para este objetivo, distinguimos cuatro dimensiones fundamentales de la esfera y exploramos cómo “responde” la metáfora de la red a cada una de ellas: ubicación, simetría, apertura y anclaje.
Para la esfera usaremos como referencia fundamental la propuesta de Habermas (1962/2009, 2023), que ha sido seleccionada como eje del presente ensayo. Para la metáfora de las redes, en cambio, no utilizaremos la propuesta de un autor específico, sino una definición arquetípica de red en la teoría de la opinión pública: es decir, nos limitaremos a entender la red como conjunto de elementos (nodos) entrelazados por la transferencia de información entre ellos (conexiones). Esta acepción elemental nos permite un análisis de relevancia para diferentes perspectivas que privilegian el concepto de red (e.g. Castells, 2009, 2022; Bruns, 2023; Kaiser et al., 2017; Friemel y Neuberger, 2023), sin necesidad de afrontar los problemas de la casuística que presenta esta variedad de perspectivas. Como el análisis no usó publicaciones específicas, la presentación de los resultados no incluye referencias.
La metáfora espacial que subyace al concepto de esfera pública permite “ubicarla” en relación con otros espacios de diferente naturaleza. En términos generales, la esfera pública que visualiza Habermas se posiciona en un lugar intermedio entre el ámbito privado y la autoridad estatal, lo que significa concebirla como un espacio de mediación, ni completamente dependiente del poder político, ni ajeno a los intereses que comparten las personas individuales. Al establecer dónde debe estar la esfera pública, la metáfora espacial también permite señalar sus transformaciones históricas en relación con esa norma. Por ejemplo, cuando los cursos de acción política surgen por exigencias organizacionales y reacciones estatales (y no por procesos deliberativos), Estado y sociedad se ensamblan: desaparece el espacio entre ambos. Otro ejemplo clave es el uso del concepto de ocupación. En su crítica al devenir de la esfera pública, Habermas describe cómo el territorio de esa esfera fue “ocupado” por otras cosas: las masas, las grandes organizaciones, la comunicación manipulativa, los intereses comerciales, etcétera.
La metáfora de las redes, por su parte, establece las relaciones entre los nodos que la componen, pero no indica por sí misma “dónde” deben estar las redes con respecto a otros constructos teórico-normativos. Al centrarse en la estructura interna de las conexiones –densidad, centralidad, grados de intermediación–, esta perspectiva tiende a prescindir de referencias externas que permitan evaluar su posición mediante principios normativos explícitos. Así, aunque resulta útil para describir cómo circula la información o cómo se configuran ciertas formas de poder en entornos digitales, la metáfora reticular carece de la capacidad crítica que sí conserva el enfoque espacial: la de mostrar cuándo y cómo la esfera pública se desvía de su lugar en un entramado más amplio.
La esfera pública, en tanto figura geométrica perfecta, transmite la idea de simetría entre sus participantes: todos se colocan, por definición, a igual distancia del centro, lo cual simboliza la igualdad discursiva y la primacía del argumento sobre las jerarquías preexistentes. Su principio no es la anulación de estas diferencias, sino la posibilidad de ponerlas en suspenso para un fin específico que es el intercambio de puntos de vista. En este sentido, la simetría constituye un determinado ideal regulativo de deliberación racional. Es con respecto a esa simetría que se diagnostica la degradación de la comunicación pública: por ejemplo, la escenificación del debate público ante la aclamación de las masas, controlada por intermediación de grandes organizaciones, es un ejemplo de pérdida de simetría en los procesos comunicativos.
En este contexto, la metáfora de las redes es útil para señalar asimetrías: pone de manifiesto, por ejemplo, la centralidad de ciertos nodos, la densidad de las conexiones o la accesibilidad diferencial a la información. Sin embargo, no establece por sí misma una valoración de estas configuraciones. De hecho, una red simétrica de comunicación, donde los nodos tienen igualdad de conexiones, visibilidad o influencia, no es necesariamente “mejor” que una red asimétrica. Mucho dependerá, por ejemplo, del tipo de comunicación que circule por ella. La simetría habermasiana de la esfera, en cambio, se refiere a un tipo específico de comunicación –el intercambio deliberativo de argumentos– cuyo contorno se desconfigura según el grado en que factores externos a este intercambio comunicativo intervengan distorsionando el diálogo.
En su forma ideal, la esfera pública está abierta: no hay, potencialmente, ningún tema ni persona que deba quedarse fuera de sus límites. Su forma –sobre todo si pensamos en la esfera celeste, más que en la geometría de un balón– permite imaginar un espacio sin límites fijos, que crece conforme se expande la participación. En su forma histórica, el atributo de la apertura es observable mediante la consideración de cualquier factor que opere como barrera a la participación en los procesos de la discusión pública.
La metáfora de las redes, en cambio, propone una imagen distinta: en lugar de un espacio continuo y potencialmente ilimitado, presenta un entramado de conexiones y nodos, cuya apertura o cierre no están normados por la metáfora misma. Mientras que la esfera pública debe estar abierta para cumplir su función, las redes están sujetas al criterio normativo que se considere relevante en cada caso. Por ejemplo, cuando el criterio es proteger la privacidad legítima de los participantes, se dirá que determinadas redes deben estar cerradas. Este carácter indefinido confiere a la metáfora de las redes múltiples aplicaciones, pero también la hace más vulnerable a usos ambiguos o contradictorios. Así, mientras la esfera pública, en su ideal normativo, implica siempre una apertura universal y expansiva, las redes requieren una justificación externa sobre qué límites establecer, quiénes pueden formar parte, y bajo qué condiciones.
El ámbito de discusión que, según Habermas (1962/2009), se forma en las ciudades europeas a fines del siglo XVIII, está correlacionado con lugares tangibles –nada metafóricos– de institucionalización: las casas de café en Inglaterra, los salones en Francia y las sociedades de comensales en Alemania. Por supuesto, la esfera pública no termina en las paredes de estos recintos: el espacio también asume un rol metafórico para designar un ámbito más amplio que abarca las discusiones publicadas en la prensa y trasciende el contacto “cara a cara”. Sin embargo, buena parte de la fuerza que tiene esta metáfora reside justamente en su anclaje histórico con lugares físicos concretos que, al hacer visible y tangible su funcionamiento, facilitaron también su extensión idealizada. De hecho, si rastreamos este tema en la Historia y Crítica de la Opinión Pública, podemos detectar toda una trama secundaria en torno a la transformación de viviendas, plazas, teatros, ciudades y otros lugares físicos que reflejan y refuerzan los cambios conceptuales de la publicidad (Habermas, 1962/2009).
La metáfora de las redes, por su parte, ha operado principalmente por la transferencia de atributos desde la informática y la microelectrónica hacia la teoría social. Por lo tanto, tal como sucedió con los “espacios” de la esfera pública, las redes también parten de una dimensión literal: ellas remiten a dispositivos mutuamente conectados por cables y ondas. Esta dimensión literal se proyecta a través de una operación metafórica para aprehender fenómenos sociales. Sin embargo, una diferencia llama la atención: el espacio opera como un referente básico –es decir, previo a la tecnología moderna– que sirve como criterio de análisis. Es decir: la comunicación que sucede a través de los medios puede parecerse, en mayor o menor medida, al encuentro entre personas que comparten un lugar. La metáfora de las redes, en cambio, presenta una continuidad entre lente y objeto. Usa una tecnología contemporánea –los medios de comunicación en red– para entender la comunicación. Mientras que la esfera somete a los medios tecnológicos a los criterios del espacio, la metáfora de las redes replica la lógica que estudia, erosionando la distancia crítica que proponía la noción de espacio.
A la luz de las cuatro dimensiones analizadas, la metáfora de la esfera pública conserva una particular potencia normativa para diagnosticar las transformaciones de la comunicación. Al exigirle una “ubicación” intermedia entre Estado y sociedad, sostener un ideal de “simetría” deliberativa, reclamar una “apertura” potencialmente ilimitada y anclarse en lugares tangibles previos a la transformación digital, la esfera ofrece un punto de referencia para evaluar cuándo y cómo la deliberación se distorsiona bajo lógicas ajenas al diálogo. La metáfora de la red, en cambio, ilumina la complejidad estructural de la comunicación digital al cartografiar nodos y enlaces y revelar asimetrías derivadas de la programación algorítmica; sin embargo, al carecer de criterios normativos explícitos y depender de una tecnología que ella misma replica, muestra menor potencia crítica. La comparación sugiere que, mientras la esfera pública opera como horizonte normativo –indicando desviaciones y proponiendo cambios–, la red funciona como herramienta descriptiva clave para entender la dinámica algorítmica. Integrar ambas metáforas implica reconocer que los algoritmos configuran redes cuya legitimidad sigue necesitando el examen normativo que encarna la esfera pública.
No sugerimos que la perspectiva de Habermas ofrezca el ideal definitivo de esfera pública contemporánea, un tema que –como hemos expuesto en la sección 3– ha sido objeto de importantes críticas, debates y reformulaciones durante las últimas seis décadas. Más bien, nuestro análisis pone de relieve la importancia que tienen este tipo de reflexiones normativas explícitas; ellas hacen posible la exploración de cuáles deberían ser las características de la comunicación pública sin perder el anclaje del análisis histórico. En este tipo de esfuerzos, las metáforas espaciales en torno a la esfera pública han sido instrumentos de fundamental importancia. Su valor, entonces, no se agota en el sentido particular que les asigna Habermas, sino en su operación como ejes de investigación e intercambio cognoscitivo.
Nuestro análisis presenta dos limitaciones principales. La primera se desprende de su carácter eminentemente teórico-argumental: el ensayo formula una comparación conceptual sin apoyarse en observaciones que permitan contrastar, a través de la experiencia, cómo se materializan la esfera y la red en contextos comunicativos concretos. Por lo tanto, futuras observaciones podrían complementar y arrojar luz sore la validez de los argumentos presentados. La segunda limitación radica en haber tratado de forma genérica la metáfora de la “red” a través de una definición elemental, agrupando bajo una misma categoría perspectivas con cierto grado de diversidad. Este “paraguas conceptual” ha servido para detectar potenciales fortalezas y debilidades de la red como metáfora genérica en el campo teórico de la opinión pública, pero deja para futuros trabajos la posibilidad de analizar formas más específicas que asume esta metáfora.
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