https://doi.org/10.5209/RIBE.105509; Recibido: 16/10/2025; Revisado: 26/11/2025; Aceptado: 28/12/2025
Oskar Hernández-Pérez; Universitat Autònoma de Barcelona; oskar.hernandez@uab.cat; https://orcid.org/0000-0002-3514-1802
Miquel Domènech; Universitat Autònoma de Barcelona; miquel.domenech@uab.cat; https://orcid.org/0000-0003-2854-3659
Fernando Vilariño; Computer Vision Center. Universitat Autònoma de Barcelona; fernando@cvc.uab.cat; https://orcid.org/0000-0002-7705-4141
Artículos; Revista de Investigación sobre Bibliotecas, Educación y Sociedad; e-ISSN: 3045-5685; Ediciones Complutense; Creative Commons CC BY 4.0
Resumen: Este artículo analiza la sostenibilidad de lo experimental en bibliotecas públicas a partir del estudio de caso BiblioLab 9B Espai Jove, un laboratorio bibliotecario impulsado en 2 bibliotecas del distrito de Nou Barris (Barcelona). El trabajo estudia las condiciones que hacen posible la estabilización o la disolución de lo experimental en la infraestructura bibliotecaria desde una perspectiva relacional, apoyada en los marcos teóricos de los Estudios Sociales de la Ciencia y la Tecnología (STS) y la Teoría del Actor-Red (ANT). La investigación, de carácter cualitativo y exploratorio, sigue las trayectorias diferenciadas que recorrió una misma activación experimental, desplegada de forma simultánea en 2 bibliotecas distintas. Los resultados muestran que lo experimental no emerge automáticamente tras desplegar un modelo específico de innovación bibliotecaria, emplear determinadas metodologías participativas, ni desarrollar ciertas prácticas en espacios específicos de la biblioteca, sino que depende de la capacidad de la biblioteca para articular una red que lo haga practicable. La continuidad de un laboratorio bibliotecario requiere infraestructuras relacionales estables, equipos profesionales cohesionados y prácticas de cuidado que sostengan la cooperación entre actores diversos. El estudio concluye que un laboratorio no transforma por sí mismo a la biblioteca, sino que la transformación emerge cuando la institución logra integrar la lógica de lo experimental (marcada por la apertura, la provisionalidad y la negociación) en su propia infraestructura organizativa.
Palabras clave: Bibliotecas públicas; BiblioLab; Laboratorios bibliotecarios; Dispositivos sociotécnicos; Experimentación colectiva; Infraestructura relacional.
Abstract: This article analyses the sustainability of experimental practices in public libraries through the case study of BiblioLab 9B Espai Jove, a library lab carried out in 2 libraries in the district of Nou Barris (Barcelona). The study examines the conditions that make possible the stabilisation or dissolution of the experimental within the library infrastructure from a relational perspective, grounded in the theoretical frameworks of Science and Technology Studies (STS) and Actor-Network Theory (ANT). The research, qualitative and exploratory in nature, follows the differentiated trajectories of a single experimental activation deployed simultaneously in 2 distinct libraries. The results show that the experimental does not emerge automatically by implementing a specific model of library innovation, by employing particular participatory methodologies, or by developing certain practices within designated library spaces. Rather, it depends on the library’s capacity to articulate a network that makes it practicable. The continuity of a library lab requires stable relational infrastructures, cohesive professional teams, and practices of care that sustain cooperation among diverse actors. The study concludes that a laboratory does not transform the library by itself; transformation emerges when the institution succeeds in integrating the logic of the experimental —marked by openness, provisionality, and negotiation— into its own organisational infrastructure.
Keywords: Public Libraries; BiblioLab; Library Labs; Sociotechnical Devices; Collective Experimentation; Relational Infrastructure.
Sumario: 1. Introducción. 2. La sostenibilidad de lo experimental en la biblioteca. 2.1. La biblioteca como infraestructura. 2.2. La lógica de lo experimental. 2.3. El laboratorio bibliotecario como dispositivo sociotécnico. 3. Metodología. 4. Resultados y discusión. 4.1. Contexto territorial e institucional. 4.2. El despliegue situado del BiblioLab 9B Espai Jove. 4.3. La infraestructura de lo experimental. 4.3.1. Las condiciones infraestructurales de partida. 4.3.2. La fragilidad de los procesos participativos. 4.3.3. La significación relacional de los resultados del proceso. 4.4. Los ensamblajes de lo experimental. 4.4.1. Las dinámicas grupales. 4.4.2. Los marcos estables de coordinación. 4.4.3. La continuidad en los equipos profesionales. 5. Conclusiones: la capacidad de la biblioteca para sostener lo experimental. 6. Contribución de autoría. 7. Notas. 8. Referencias.
Cómo citar: Hernández-Pérez, Oskar; Domènech, Miquel; Vilariño, Fernando. (2026). Sostener lo experimental desde la biblioteca pública: el caso del BiblioLab 9B Espai Jove (Barcelona). Revista de Investigación sobre Bibliotecas, Educación y Sociedad, 3, e105509. https://doi.org/10.5209/RIBE.105509
“Dadme un laboratorio y moveré el mundo” (Latour, 1983, p. 141). Esta frase condensa una de las principales aportaciones que los Estudios Sociales de la Ciencia y la Tecnología (más conocidos como STS, por sus siglas en inglés) han formulado a través de los llamados Estudios de Laboratorio: que la producción de conocimiento no es un proceso neutro ni puramente técnico, sino una práctica situada, material y relacional (Latour y Woolgar, 1995; Knorr-Cetina, 1999). Los STS invitan a comprender los laboratorios como nodos de intercambios que movilizan personas, objetos, metodologías e instrumental, pero que también eligen problemas, priorizan recursos y visibilizan algunos fenómenos, dejando otros en la sombra (Pinch y Bijker, 1984; Pickering, 1995). Las prácticas que se desarrollan en los laboratorios, en consecuencia, están atravesadas por intereses, valores, ideologías, decisiones políticas y condiciones organizativas (Callon y Rabeharisoa, 2003; Jasanoff, 2004). Los laboratorios, sin embargo, no solo absorben las influencias de su entorno institucional, también pueden transformarlo. La activación de lo experimental, de hecho, acostumbra a desbordar las dinámicas organizativas y obliga a reajustar procedimientos y roles profesionales que pueden acabar por reconfigurar la institución en la que opera el laboratorio (Guggenheim, 2012).
Esta capacidad del laboratorio para articular redes, conectar la experimentación con el entramado institucional y transformar desde dentro la propia organización, ha inspirado a instituciones tradicionalmente alejadas de las prácticas tecnocientíficas a poner en marcha laboratorios adaptados a sus contextos, públicos y capacidades organizativas (Fuglsang et al., 2021; Rizzo; Habibipour y Ståhlbröst, 2021; Herrera-Damas y Satizábal-Idárraga, 2023). También en la última década, bibliotecas de distintas tipologías y contextos territoriales han impulsado propuestas que exploran formas experimentales de producir conocimiento, articular relaciones entre públicos heterogéneos y reconfigurar, como consecuencia de ello, la práctica bibliotecaria. Bajo denominaciones como library labs, living labs o espacios de innovación, estas iniciativas desbordan las categorías tradicionales de servicio bibliotecario o actividades de extensión cultural, y se inscriben en una tendencia más amplia en la gestión contemporánea de bibliotecas, que reconoce a estas instituciones como actores de transformación social, mediación comunitaria y participación ciudadana (Benlloch-Calvo et al., 2023; Carlsson; Hanell y Engström, 2023; Buyannemekh y Gascó-Hernández, 2025). En el contexto catalán, experiencias como el Library Living Lab (Vilariño; Karatzas y Valcarce, 2018; Hernández-Pérez; Vilariño y Domènech, 2020), el COMTEC Centre de la Universitat Autònoma de Barcelona (Hernández-Pérez, 2022; Civil-i-Serra; Rial-Pan y Santos-Prados, 2023) o el programa BiblioLab de la Diputación de Barcelona (Vilagrosa; Omella y Cano, 2020) han situado a la biblioteca como lugar de encuentro para la ciudadanía, entidades y profesionales, que se relacionan en torno a retos compartidos y que activan procesos colectivos de intercambio y coproducción de saberes.
Este escenario plantea una pregunta sugerente: ¿Qué ocurre cuando la biblioteca, una institución principalmente orientada a preservar, garantizar el acceso y asegurar la continuidad del conocimiento, activa un dispositivo que introduce contingencia, apertura y posibilidad de transformación?
La literatura especializada tiende a destacar el potencial innovador de las prácticas experimentales y los efectos positivos que producen en la biblioteca tras su puesta en marcha, como el fortalecimiento de su presencia en el tejido comunitario y una mayor capacidad para establecer alianzas con otros agentes del territorio (Caso-Barreto y Manso-Rodríguez, 2022; Gupta, 2024; Webb y Sesink, 2024). Sin embargo, esta narrativa presenta un sesgo celebratorio, puesto que raramente aborda las tensiones organizativas y las fricciones institucionales que acompañan la puesta en marcha de cualquier dispositivo experimental (Schikowitz; Maasen y Weller, 2023). Además, las condiciones que favorecen la sostenibilidad de estas prácticas experimentales a lo largo del tiempo (Karasti; Baker y Millerand, 2010; Felt, 2016;) son una cuestión de escasa atención académica en el ámbito bibliotecario. Por último, la literatura especializada apenas ha incorporado hasta el momento enfoques relacionales, como el que propone la Teoría del Actor-Red (más conocida como ANT, por sus siglas en inglés) para comprender las experiencias de laboratorio en bibliotecas en tanto que dispositivos sociotécnicos (Akrich, 1992; Law, 1992), es decir: ensamblajes heterogéneos cuya activación puede transformar los vínculos de la biblioteca con su entorno y también sus propias dinámicas internas.
Este artículo se propone cubrir ese vacío analítico abordando la sostenibilidad de lo experimental en bibliotecas como un proceso relacional (desde una mirada ANT), inseparable de las tensiones institucionales y fricciones que lo acompañan. Para ello, se ha llevado a cabo una investigación de carácter exploratorio (Babbie, 2017) en torno a la siguiente pregunta: ¿Qué relaciones y tensiones atraviesan la estabilización de un dispositivo experimental en una biblioteca? A partir del estudio de caso del BiblioLab 9B Espai Jove, desplegado en 2 bibliotecas de Barcelona, se analizan las condiciones que hacen posible la sostenibilidad de lo experimental en 2 contextos institucionales y territoriales diferenciados, aunque próximos. El análisis se sustenta en trabajo de campo cualitativo y adopta un enfoque situado y relacional (Haraway, 1988; Latour, 2005), anclado en los Estudios Sociales de la Ciencia y la Tecnología y la Teoría del Actor-Red.
Algunos laboratorios de experimentación colectiva logran arraigar como prácticas sostenidas en determinadas bibliotecas, mientras que otros no van más allá de un episodio puntual y dejan huellas apenas perceptibles. ¿Cómo explicar esta diferencia de trayectorias sin caer en categorías analíticas reduccionistas, como el binomio “éxito o fracaso” del laboratorio? Los STS ofrecen un marco útil para explorar esta cuestión desde una perspectiva relacional, poniendo el foco en cómo las personas, las tecnologías, los espacios y las organizaciones se entrelazan y posibilitan (o dificultan) que lo experimental emerja y se mantenga en el tiempo (Law, 1986; Callon, 1987; Latour, 1991). Esta mirada propone realizar un seguimiento del laboratorio a través de los actores que lo constituyen, analizando, por ejemplo, cómo se activa el laboratorio, qué alianzas establece, qué fricciones aparecen o cómo se negocian los significados de lo que, en cada contexto, se reconoce como “lo experimental”.
Releída desde esta perspectiva STS, la pregunta anterior adquiere una nueva densidad. Si ponemos el foco del análisis en el plano relacional, preguntarnos si un laboratorio bibliotecario ha sido un éxito o un fracaso deja de tener sentido, puesto que éxito y fracaso son efectos transitorios de esas relaciones que se configuran y reconfiguran: lo que hoy se sostiene, puede deshacerse si mañana cambian las condiciones; y lo que hoy no se estabiliza, puede hacerlo mañana (Callon, 1986).
El marco conceptual de esta investigación se sitúa en este contexto y se organiza en torno a 3 ejes analíticos. En primer lugar, se abordan las condiciones que hacen posible lo experimental desde una concepción infraestructural de la biblioteca, como un entramado sociomaterial y organizativo. En segundo lugar, se examina la lógica que caracteriza lo experimental, marcada por la incertidumbre y la precariedad, y cuya expresión más característica es el prototipo. Por último, se analiza una de las formas en que se manifiesta lo experimental, los laboratorios bibliotecarios, propuestos en este artículo como categoría analítica bajo la que agrupar las distintas expresiones de la experimentación colectiva en bibliotecas.
La literatura académica en el ámbito de la Información y Documentación emplea habitualmente el término infraestructura para referirse al conjunto de recursos que hacen posible el acceso organizado al conocimiento y a la información. Este uso sitúa la noción en un plano principalmente tecnológico y espacial, vinculado tanto a las infraestructuras digitales de cooperación bibliográfica (redes, estándares de catalogación, repositorios digitales) como a los equipamientos arquitectónicos que habilitan el acceso físico a las colecciones y servicios bibliotecarios (Borjeson; Haffenden y Malmsten, 2024; Gallo-León y Quílez-Simón, 2024).
Junto a estos componentes materiales, diversos trabajos sugieren que la biblioteca también se configura sobre un andamiaje institucional (normas, rutinas, formas de organización), sustentado en principios de estabilidad, accesibilidad y confiabilidad (Buschman, 2003; Jochumsen; Hvenegaard-Rasmussen y Skot-Hansen, 2012; Audunson et al., 2019). Esta perspectiva sitúa a la biblioteca como un actor clave en la esfera pública para sostener procesos de aprendizaje y promoción de una ciudadanía crítica (Marzal; Martínez-Cardama y Parra-Valero, 2024), custodiar y activar la memoria colectiva (García-Testal y Barrueco-Cruz, 2022), y desempeñar un papel como actor comunitario implicado en procesos de transformación social (Prados-López; Fernández-de-la-Mata y Montesi, 2025).
El trabajo de Shannon Mattern (2014, 2018a, 2018b) ha sido especialmente relevante para articular conexiones entre la tradición de los estudios bibliotecarios y los STS, al conceptualizar la biblioteca como una red de infraestructuras integradas, que se refuerzan mutuamente y están en constante evolución —en particular, infraestructuras arquitectónicas, tecnológicas, sociales, epistemológicas y éticas (Mattern, 2014). Investigaciones más recientes (van-Melik y Hazeleger, 2023) cuestionan la visión de la biblioteca como una infraestructura estática y proponen entenderla como una institución en permanente (re)configuración. Ambos trabajos subrayan que la biblioteca “no es” infraestructura en sí misma, sino que “se hace” a través de las prácticas, las relaciones y los cuidados que despliega el personal de la biblioteca en su quehacer cotidiano; mediaciones que, a su vez, se producen en medio de tensiones, negociaciones y conflictos, más que en un plano armónico de consenso. Este desplazamiento analítico permite tender puentes hacia una comprensión de lo infraestructural en bibliotecas en clave relacional.
Desde un punto de vista STS, la infraestructura bibliotecaria se puede comprender como el edificio en el que se ubica la biblioteca, sus dispositivos tecnológicos y los servicios que presta, pero también los saberes profesionales, las temporalidades organizativas y las formas en que los públicos usan la biblioteca (Edwards et al., 2013; Mongili y Pellegrino, 2014; Slota y Bowker, 2017). Todo ese entramado, en el que se entrelazan elementos claramente visibles con otros más invisibilizados, personas, materialidades y aspectos simbólicos, es lo que posibilita la existencia de la biblioteca en el día a día. Así entendida, la infraestructura bibliotecaria no se reduce a sus componentes materiales, sino que constituye una red de relaciones que articula simultáneamente lo social, lo tecnológico, lo institucional y lo simbólico.
Trasladada al ámbito de la experimentación colectiva, esta mirada relacional y sociotécnica a la infraestructura bibliotecaria nos conduce desde la pregunta “¿qué actividad experimental programamos?” hacia este otro planteamiento: “¿Qué vamos a reconfigurar en la biblioteca para que una determinada actividad experimental sea posible y sostenible?”. Desde esta perspectiva, la idea de que lo experimental es algo añadido desde fuera (un programa innovador que se incorpora a la cotidianidad de la biblioteca), queda cuestionada, puesto que poner en marcha un laboratorio bibliotecario implica decidir quién lo coordinará, en qué espacios se desarrollará o qué presupuesto se le destinará. Lo experimental opera así desde dentro de la biblioteca: reconfigura espacios, redefine roles profesionales e introduce tensiones entre prácticas tradicionales y emergentes (Williams y Willett, 2019). La entrada de lo experimental, por consiguiente, desestabiliza temporalmente la biblioteca y rearticula su infraestructura.
En diversos trabajos en coautoría Susan-Leigh Star, una académica que situó gran parte de su investigación en la intersección entre los STS y los estudios en Información y Documentación, argumentó que la infraestructura no es un objeto estable, sino un entramado mutable que se reconfigura con cada nueva práctica, tecnología o público que incorpora (Star y Ruhleder, 1996; Bowker y Star, 1999). Sin embargo, no todas las novedades que atraviesan la biblioteca logran consolidarse: algunas se integran como parte estable de su cotidianeidad, mientras que otras acaban desplazadas o generan fricciones que impiden su estabilización. Para comprender este tránsito entre la novedad y la consolidación, Star introdujo la noción del “trabajo invisible de la infraestructura”, con la que se refiere a las tareas cotidianas de mantenimiento, reparación y cuidado que sostienen las infraestructuras, y que solo “se vuelven visibles cuando hay un fallo” (Star, 1999).
Así, por ejemplo, los laboratorios de fabricación digital impulsados en algunas bibliotecas no garantizan, por sí mismos, la emergencia o la consolidación de prácticas experimentales: disponer de impresoras 3D, que funcionen y que el personal bibliotecario sepa usarlas (los factores “visibles”), no son condiciones suficientes para que lo experimental pase a formar parte de la infraestructura de la biblioteca. Su integración dependerá más de un entramado de tareas cotidianas y relacionales, orientadas por ejemplo a preservar la memoria de los aprendizajes producidos (para significarlos y para que puedan ser reutilizados en futuras experiencias), o a cultivar vínculos de confianza que animen a las personas usuarias a realizar sus propias propuestas. Cuando este entramado invisible de cuidados se sostiene, los dispositivos dejan de ser una novedad disruptiva y se incorporan a la cotidianidad de la biblioteca; en su ausencia, tienden a generar tensiones o a quedar infrautilizados (Willett, 2016, 2017).
La literatura reciente sobre mantenimiento, reparación y cuidados refuerza este argumento, mostrando que son precisamente estas prácticas invisibles las que sostienen objetos, espacios y relaciones en la vida cotidiana (Jackson, 2014; Denis y Pontille, 2015; Puig-de-la-Bellacasa, 2017). Frente a una retórica de la innovación (Aibar, 2023), que a menudo invisibiliza los esfuerzos necesarios para sostener lo público, pensar la biblioteca como una infraestructura en construcción, in the making (Latour, 1987), permite reconocer el papel central de los cuidados, los ritmos organizativos y las mediaciones profesionales como condiciones de posibilidad para que lo experimental pueda activarse y estabilizarse en el tiempo.
Los debates contemporáneos en torno a la biblioteca como institución se han ido desplazando desde una visión funcionalista (centrada en el lugar que ocupa dentro del entramado social), hacia una preocupación por configurarse como una institución significativa y capaz de intervenir en su entorno (Sørensen, 2021; Sugeno y Koizumi, 2024; Hvenegaard-Rasmussen y Larsen, 2025). Este desplazamiento, además, se produce en un contexto en el que la estabilidad institucional de la biblioteca y su sostenibilidad a medio plazo se han visto erosionadas (Coates, 2018; Adler, 2023).
En este escenario de recomposición institucional, lo experimental se ha revelado como una oportunidad para repensar la biblioteca a partir de la activación de procesos colectivos (Gracia-Sancho, 2024), la diversificación en el uso de los espacios (Li y Lin, 2025), y la incorporación de tecnologías interactivas (Ariya et al., 2025), entre otras muchas posibilidades. El personal profesional y responsable de políticas bibliotecarias ha puesto en marcha programas, proyectos y servicios de tipo experimental como vía para explorar nuevos formatos de relación con sus públicos y reforzar la legitimidad de la biblioteca en sus respectivos entornos institucionales. Lo experimental opera, de este modo, como una categoría movilizadora que articula promesas de innovación, apertura y transformación.
Esta perspectiva, sin embargo, conlleva un riesgo analítico (Borup et al., 2006): asumir que lo experimental (y con ello, las transformaciones institucionales deseadas) emergerá de forma automática en la biblioteca con solo habilitar un espacio específico dedicado a la innovación, aplicar determinadas metodologías, o etiquetar como “laboratorio” una acción colectiva.
Frente a esta lógica, los STS ofrecen otras comprensiones que no entienden lo experimental como una propiedad intrínseca, ni tampoco un atributo que pueda activarse a voluntad, sino como el efecto de una red: algo que emerge (o no) cuando actores humanos, materialidades, reglas, recursos, temporalidades y dispositivos tecnológicos se ensamblan y se sostienen en el tiempo (Callon, 1986; Latour, 2005). Estas redes son siempre parciales, inestables y sujetas a fricciones: dependen de apoyos cambiantes y pueden deshacerse con la misma facilidad con la que se constituyen (Callon, 1984). En consecuencia, ese entramado de prácticas y mediaciones que hacen posible lo experimental es contingente, relacional y precario, y solo se sostiene mientras las relaciones que lo componen se comunalizan y se cuidan (Lafuente, 2022).
Lo experimental es también una práctica situada que se configura en condiciones concretas, atravesadas por recursos, configuraciones organizativas y relaciones locales. No depende de la mera presencia de tecnologías o metodologías, sino del trabajo situado que las hace operativas en contextos específicos (Suchman, 2007; Haraway, 2019). Del mismo modo, todo conocimiento es parcial y posicionado (Haraway, 1988), y los fenómenos no preexisten a las prácticas, sino que se conforman en el mismo proceso de relacionarse con actores, objetos y significados (Barad, 2003). Entendido así, lo experimental no es un estándar replicable, sino un hacer encarnado que toma formas distintas según los escenarios en los que se despliega.
Lo experimental se caracteriza, además, por su apertura: una forma de hacer marcada por el aprendizaje iterativo, la prueba y el error, y la negociación con lo imprevisto (Callon; Lascoumes y Barthe, 2009). En lugar de eliminar la incertidumbre, lo experimental la sostiene como un espacio productivo para el aprendizaje colectivo. El prototipo condensa esta lógica: no es un resultado definitivo, sino una configuración provisional que permite ensayar relaciones, suspender decisiones y habilitar ajustes mientras se exploran posibilidades. Más que prefigurar soluciones acabadas, el prototipo abre un campo de negociación en el que se definen de manera provisional problemas, actores y formas de conocimiento (Corsín-Jiménez, 2014). En suma, el prototipo materializa la indeterminación: permite avanzar sin clausurar, sostener la fragilidad como recurso cognitivo y organizativo, y articular aprendizajes que pueden (o no) derivar en estabilizaciones más duraderas.
En conjunto, esta lógica muestra que lo experimental no puede entenderse como un rasgo estable ni como una etiqueta institucional, sino como un hacer relacional, situado y abierto que se sostiene en ensamblajes precarios y en procesos de negociación continua. El prototipo condensa esta dinámica, al materializar la indeterminación y ofrecer un lugar donde lo experimental puede negociarse de forma colectiva y en contextos bibliotecarios concretos.
El carácter situado de lo experimental explica que, en el terreno bibliotecario, sus expresiones se hayan multiplicado bajo denominaciones tan variadas como BiblioLab, Living Lab, laboratorio ciudadano o laboratorio de fabricación digital, reflejando así la diversidad de problemas locales y ensamblajes institucionales en que lo experimental activa.
En este artículo empleamos el término laboratorio bibliotecario como categoría analítica que permite agrupar iniciativas que comparten un núcleo común de rasgos. Hablamos de laboratorio bibliotecario cuando concurren las siguientes características:
Parten de retos situados con significación local que guían el proceso experimental.
Se apoyan explícitamente en un marco colaborativo que involucra a actores diversos.
Producen resultados igualmente variados (prototipos, guías, relatos) que se documentan para facilitar su circulación y discusión dentro y fuera de la institución.
La categoría laboratorio bibliotecario, por tanto, no busca homogeneizar experiencias distintas, sino habilitar un terreno común para explorarlas como formas situadas de experimentación colectiva (McGann; Wells y Blomkamp, 2021).
Entendida de este modo, la categoría adquiere densidad analítica cuando se sitúa desde la Teoría del Actor-Red, puesto que permite comprender el laboratorio bibliotecario como un dispositivo sociotécnico que se configura en la interacción entre actores heterogéneos. Desde esta perspectiva, el laboratorio no se explica por la acción de un único actor (sea la institución, la tecnología o los propios profesionales), sino por su capacidad de articular y sostener en el tiempo una red heterogénea de elementos. La noción de actor-red subraya que la capacidad de producir efectos (la agencia, en terminología ANT) está distribuida: cualquier componente de la red puede afectar al curso de los acontecimientos e inclinar el proceso hacia su estabilización o hacia su disolución (Callon, 1986; Latour, 2005).
Lo que hace practicable un laboratorio bibliotecario, por tanto, no es la mera existencia de un espacio, una metodología o un equipamiento, sino el modo en que estos se acoplan con saberes, prácticas y recursos organizativos hasta formar una red lo suficientemente alineada como para sostener la experimentación. La continuidad de lo experimental depende, en este sentido, de la capacidad de esa red para recomponerse frente a tensiones, incorporar nuevas mediaciones y renovar los acuerdos que la mantienen unida en el tiempo.
Cuando los elementos de la red no logran mantenerse articulados, el laboratorio bibliotecario deja de operar como dispositivo y se hacen visibles las tensiones de su heterogeneidad. En la práctica, esta desestabilización puede adoptar distintas formas:
Los actores evidencian intereses divergentes que no consiguen alinearse en torno a un propósito común (Callon, 1986; Latour, 1987, 2005).
Lo experimental se reduce a un episodio puntual que no deja huella en la biblioteca tras la finalización del laboratorio (Star y Ruhleder, 1996; Guggenheim, 2012).
Los nuevos públicos que atraía el laboratorio bibliotecario no regresan a la biblioteca porque desaparece el dispositivo que los congregaba (Marres, 2007, 2012).
Los prototipos dejan de ser artefactos capaces de integrar perspectivas diversas y se convierten en los restos de un trabajo colectivo que no logró sostenerse en el tiempo (Latour, 1987).
Estos escenarios no constituyen “fracasos” del laboratorio, sino efectos de redes que no llegaron a estabilizarse y que, en consecuencia, no lograron incorporarse en la infraestructura de la biblioteca.
Cuando la red logra sostenerse en el tiempo, lo experimental deja entonces de funcionar como un episodio excepcional para convertirse en parte de la cotidianeidad institucional. Esta estabilización conlleva que las dinámicas propias del laboratorio (la apertura a la incertidumbre, el trabajo con lo provisional, la negociación con lo imprevisto) se integren en los ritmos organizativos y en las mediaciones profesionales, reconfigurando un modo distinto de concebir y practicar la biblioteca. Un buen ejemplo de ello es el BiblioLab Ciència, que muestra cómo un laboratorio bibliotecario puede evolucionar desde un fondo bibliográfico especializado hacia un espacio físico y, finalmente, consolidarse como un programa estable de ciencia ciudadana que integra la experimentación en la estructura de la biblioteca a través de multitud de proyectos, actividades y colecciones (Arroyo et al., 2024).
Esta investigación explora las condiciones que hacen posible la estabilización o la disolución de lo experimental en la infraestructura bibliotecaria, reconstruyendo la trayectoria de un laboratorio bibliotecario (Latour, 2005). El estudio forma parte de un proyecto más amplio (2021–2024), desarrollado con el apoyo de la Gerencia de Servicios de Bibliotecas de la Diputación de Barcelona y que analiza los BiblioLabs como dispositivos sociotécnicos capaces de tensionar las bibliotecas, reconfigurar sus vínculos con los públicos y transformar las prácticas de producción de conocimiento.
El proyecto examina 3 casos correspondientes a distintas activaciones del programa BiblioLab en el ámbito periurbano de la ciudad de Barcelona. Los casos de estudio se seleccionaron mediante un muestreo teórico, en diálogo con el equipo técnico de la Diputación, atendiendo a criterios bibliotecarios, socioeconómicos y territoriales, con el fin de capturar variaciones significativas en la traducción y apropiación del dispositivo.
El presente artículo se centra en uno de esos casos, el BiblioLab 9B Espai Jove, activado en el distrito de Nou Barris (Barcelona). Se adopta un diseño de estudio de caso único con lógica comparativa interna, al analizar un mismo laboratorio desplegado de manera simultánea en 2 bibliotecas distintas, Nou Barris y Zona Nord. Esta configuración permite explorar cómo un mismo proceso metodológico se traduce y se apropia de forma diferenciada en contextos institucionales y relacionales distintos.
El análisis del caso se apoya en 2 fuentes principales de datos: trabajo de campo cualitativo y documentación. El trabajo de campo, desarrollado principalmente entre 2023 y 2024 en un contexto multi-situado e híbrido, incluyó las 2 bibliotecas donde se activó el BiblioLab y los canales digitales en los que tuvo presencia. Este enfoque permitió reconstruir la trayectoria del laboratorio a partir de los rastros materiales y digitales que fue dejando a lo largo del tiempo (vídeos, publicaciones en redes sociales, materiales gráficos y textuales).
Se realizaron entrevistas semiestructuradas a 12 informantes que desempeñaron roles diversos en el desarrollo del BiblioLab: personas bibliotecarias, directoras de biblioteca, representantes de las entidades participantes, especialistas en procesos de cocreación y personal técnico de la Diputación de Barcelona. Todas las personas informantes firmaron un documento en el que se describía el proyecto de investigación, se autorizaba la grabación y se recogía su consentimiento informado, garantizando así la confidencialidad y preservación de su privacidad. Las entrevistas se grabaron, transcribieron y anonimizaron, asignando un identificador secuencial a cada informante. Las entrevistas se realizaron en catalán, aunque los extractos utilizados en la sección 4. Resultados y discusión se presentan traducidos al castellano para facilitar su lectura. Dichos extractos proporcionan acceso directo a los materiales empíricos que sostienen el análisis, garantizando la transparencia del proceso investigador y manteniendo, al mismo tiempo, los compromisos éticos adquiridos con las personas informantes.
El corpus de datos se completó con fuentes documentales de 3 tipos: documentos producidos por el propio BiblioLab, documentos elaborados por terceros y documentación institucional relativa al programa. Este conjunto documental permitió complementar y contrastar las narrativas obtenidas durante el trabajo de campo.
El análisis se llevó a cabo mediante una estrategia de codificación temática (Braun y Clarke, 2006) inspirada en principios flexibles de la teoría fundamentada (Corbin y Strauss, 2008; Charmaz, 2014) y en diálogo constante con los marcos conceptuales de los STS. La elección metodológica fue coherente con el carácter exploratorio de la investigación y facilitó captar la complejidad y la contingencia del fenómeno estudiado.
Se adoptó un enfoque abductivo (Tavory y Timmermans, 2014), que permitió sostener una relación dinámica y recursiva entre los datos y la teoría y que, en la práctica, implicó una serie de idas y venidas entre la codificación de las entrevistas, la revisión de los materiales documentales, la reflexión teórica y la formulación iterativa de interpretaciones. Esta orientación abductiva y exploratoria permitió mantener una postura metodológica atenta a lo inesperado y abierta a la revisión conceptual, algo especialmente relevante para el análisis de un fenómeno como los BiblioLabs, que tiende a desbordar las tipologías analíticas tradicionales en el ámbito bibliotecario.
El BiblioLab 9B Espai Jove (Diputació de Barcelona, 2026) fue impulsado en el marco de la segunda convocatoria del programa BiblioLab (2020–2021) por 2 de las 5 bibliotecas públicas del distrito de Nou Barris, en Barcelona: la Biblioteca Nou Barris y la Biblioteca Zona Nord. La propuesta surge de la voluntad compartida por ambos equipamientos de repensar los vínculos entre la biblioteca y las personas jóvenes a través de la exploración de nuevas formas de mediación, codiseño y apropiación simbólica de los espacios bibliotecarios.
Con una población de 179.590 habitantes, el distrito de Nou Barris tiene un porcentaje de población joven (entre 15 y 24 años) ligeramente superior al conjunto de Barcelona. Es también el distrito con la renta familiar bruta por habitante más baja de toda la ciudad y con los valores más altos de paro juvenil (Ajuntament de Barcelona, 2025a); de los 13 barrios que lo componen, 10 presentan un grado alto de vulnerabilidad urbana (Institut Metròpoli, 2023; Ajuntament de Barcelona, 2025b). Para hacer frente a estas condiciones, reducir las desigualdades y reforzar la cohesión social, el Ayuntamiento de Barcelona tiene activos diferentes instrumentos, entre los que destaca el Pla de Barris, un programa municipal iniciado en 2016 y actualmente en su tercera edición (2025–2028), que despliega intervenciones transversales de proximidad orientadas a mejorar las condiciones de vida en los barrios con mayor fragilidad estructural (Ajuntament de Barcelona, 2022). En Nou Barris, los sucesivos Plans de Barri han operado como dispositivos estructurantes de proyectos comunitarios que han contribuido a fortalecer el tejido social del distrito (Prat i Vandellós y López, 2020) y en los que las bibliotecas públicas han sido actores clave. La Biblioteca Zona Nord, por ejemplo, participa en las mesas sectoriales impulsadas por el plan desde su primera edición (Ajuntament de Barcelona, 2017, 2021, 2025c), donde se coordina con otros servicios públicos, entidades del tercer sector y asociaciones vecinales para abordar conjuntamente las problemáticas del territorio y explorar posibles respuestas.
Junto al Pla de Barris, el otro dispositivo institucional clave para situar la trayectoria del laboratorio es el propio programa BiblioLab, impulsado desde 2016 por la Diputación de Barcelona a través de la Gerencia de Servicios de Bibliotecas (Diputació de Barcelona, 2025a). El programa recoge la voluntad de la institución de posicionar a las bibliotecas como actores capaces de articular relaciones con la ciudadanía que vayan más allá del acceso y la preservación de colecciones documentales (Togores-Martínez, 2015). Al mismo tiempo, opera como un marco habilitante para que las 236 bibliotecas y los 13 bibliobuses de la red provincial desarrollen proyectos de creación comunitaria que tengan como finalidad “el acceso al conocimiento a través de la experimentación y las metodologías innovadoras y creativas” (Vilagrosa; Omella y Cano, 2020, p. 26).
El programa se despliega principalmente a través de una convocatoria de ayudas económicas dirigidas a entidades del territorio que, con el apoyo de las bibliotecas, quieran impulsar un BiblioLab. Las bases de la convocatoria definen las relaciones, colaboraciones y roles que el programa busca activar, de modo que todos los proyectos comparten una estructura común y coherente con su lógica experimental. Cada BiblioLab comienza con una formación inicial impartida por la entidad promotora, que alinea expectativas y propicia un espacio de aprendizaje compartido entre participantes y personal bibliotecario; continúa con una fase de producción colectiva, en la que se diseña y desarrolla un prototipo (producto, servicio, actividad o artefacto); y concluye con un retorno comunitario, a través de un evento abierto en forma de festival, jornada o presentación, donde se comparten públicamente los resultados y aprendizajes producidos durante el proceso.
Hasta la fecha se han lanzado 3 convocatorias (2018-2019, 2020-2021 y 2025-2026) que han financiado 63 proyectos, 27 de ellos en la convocatoria más reciente. Las siguientes 3 bibliotecas del distrito de Nou Barris han puesto en marcha BiblioLabs: Vilapicina i la Torre Llobeta, Nou Barris y Zona Nord, esta última en 3 ocasiones. Sobre este doble andamiaje institucional, el Pla de Barris y el programa BiblioLab, se despliega el caso que analizamos a continuación.
Las bases de la última convocatoria BiblioLab establecen, entre otros aspectos, que el objeto de las subvenciones son proyectos arraigados en el territorio que “ayuden a crear comunidad” y “a generar interrelaciones” entre los agentes locales (Diputació de Barcelona, 2025b, p. 6). Esta concepción relacional del BiblioLab dialoga con la idea de laboratorio bibliotecario como una configuración situada, que no preexiste a su activación, sino que se conforma en un contexto específico a medida que actores, espacios, tiempos y recursos se ensamblan de manera provisional (Callon, 1986; Latour, 1987). El BiblioLab, por consiguiente, se hace practicable en un contexto situado (Haraway, 1988), cuyo despliegue empieza mucho antes de su concreción, es decir: en el trabajo organizativo y relacional que posibilita su puesta en práctica.
El BiblioLab 9B Espai Jove empezó a tomar forma en las conversaciones cotidianas entre las directoras de las bibliotecas de Nou Barris y Zona Nord, que compartían una preocupación común: la dificultad para implicar a públicos jóvenes en las actividades de la biblioteca. Como señaló una de ellas, “no es que los jóvenes no fueran a la biblioteca, es que no participaban” (Informante 1). En esas conversaciones, la intuición de que “quizás lo que nos faltaba en la biblioteca era su espacio más distendido, de comunidad” (Informante 1), se convirtió en la base para imaginar una activación capaz de abrir la biblioteca a nuevas formas de relación con la juventud. La segunda convocatoria BiblioLab actuó como condición de posibilidad para estabilizar esa intuición y traducirla como laboratorio, y el primer movimiento estratégico fue concentrar la experimentación en la dimensión espacial. El segundo consistió en activar una red de apoyos institucionales: las directoras buscaron el respaldo del Ayuntamiento para dar forma al proyecto y, a través del Área de Innovación del Consorcio de Bibliotecas de Barcelona, conectaron con El Globus Vermell, una cooperativa de arquitectos cuyas prácticas exploran las intersecciones entre arquitectura, urbanismo y participación ciudadana. Así, mucho antes de configurarse institucionalmente como proyecto BiblioLab, el laboratorio empezó a existir como una red en formación, hecha de conversaciones, intuiciones y alianzas que fueron tejiendo las condiciones de posibilidad de su activación.
El laboratorio se llevó a cabo durante el primer semestre de 2021 y se desarrolló a través de un proceso de diseño participativo en el que 2 grupos de jóvenes vinculados a cada biblioteca exploraron e idearon colectivamente un espacio pensado por y para los grupos. En la Biblioteca de Nou Barris participaron estudiantes de primero de Bachillerato Artístico de un centro educativo del barrio, Deià - Escola d’Art i Disseny, en el marco de una primera colaboración entre ambas instituciones. En Zona Nord el proceso se apoyó en un grupo juvenil ya existente en la biblioteca y, además, se abrió a la comunidad a través de un servicio socioeducativo, el Centre Obert Torre Baró, cuyas personas usuarias también acudían regularmente a la biblioteca. El despliegue metodológico se articuló a través de una red de actores especializados en participación y fabricación digital: El Globus Vermell dinamizó la fase de codiseño; Makea tu Vida, un colectivo que impulsa proyectos de diseño abierto, cultura maker y reutilización creativa, coordinó la fase de prototipado; y el Ateneu de Fabricació de Ciutat Meridiana, un equipamiento municipal situado en Zona Nord, aportó sus infraestructuras de fabricación digital para la fase constructiva. El BiblioLab, en consecuencia, devino un ensamblaje en el que confluyeron actores, saberes y prácticas que habitualmente permanecen en los márgenes de la cotidianeidad de una biblioteca, como los procesos participativos, el codiseño y la fabricación digital, pero que se convirtieron en mediaciones indispensables para hacer practicable lo experimental (Star y Ruhleder, 1996).
El BiblioLab 9B Espai Jove fue algo más que un episodio puntual para ambas bibliotecas y sus resultados siguen integrados en sus cotidianidades años después de su celebración. Lo experimental emergió y se sostuvo en ambos casos, pero tomó trayectorias diversas aun y partiendo de un mismo diseño metodológico. Desde una mirada sociotécnica, estas diferencias pueden comprenderse porque lo experimental no se despliega sobre un terreno neutro, sino sobre infraestructuras preexistentes, vínculos y prácticas que lo (re)configuran. El siguiente apartado examina las trayectorias que tomó el BiblioLab a través de 3 dimensiones: las condiciones infraestructurales de partida en cada biblioteca, el desarrollo de los procesos participativos y la significación que adquirieron los resultados del laboratorio.
Mientras que la Biblioteca Zona Nord contaba con una trayectoria consolidada en la promoción de actividades experimentales, sostenida por el espacio Zona Gaming y por vínculos estables con entidades del barrio y servicios municipales, para la Biblioteca de Nou Barris este BiblioLab fue su primera experiencia de activación experimental. Estas particularidades en los recorridos institucionales, la cultura organizativa y las redes de colaboración preexistentes constituyen un elemento clave para comprender las trayectorias diferenciadas que tomó el laboratorio.
Zona Gaming fue un laboratorio de experimentación en torno al videojuego que se activó tras la primera convocatoria del programa BiblioLab (2018-2019) y se consolidó en la biblioteca como práctica institucional sostenida. El laboratorio estaba dirigido a jóvenes de entre 12 y 18 años y se estructuró en torno a 3 componentes: un Espacio Gamer, un Taller-Lab y un programa de festivales comunitarios para promover la cultura gamer en el barrio. Un ejemplo especialmente significativo del anclaje territorial y relacional del dispositivo fue la construcción colectiva de una máquina de juegos tipo arcade, impulsada por el grupo de jóvenes y fabricada con el acompañamiento de ArsGames (la entidad que dio apoyo al BiblioLab) y el Ateneu de Fabricació de Ciutat Meridiana. El resultado fue una estructura en la que instalaron más de 600 juegos arcade clásicos libres de licencia y que condensa aprendizajes tecnológicos, capacidades organizativas y apropiación colectiva del espacio. Cuando se puso en marcha BiblioLab 9B Espai Jove, la cultura del prototipado, el trabajo con mediaciones materiales y la articulación de alianzas interinstitucionales ya eran, por lo tanto, elementos infraestructurales en la Biblioteca Zona Nord.
En contraste, la Biblioteca de Nou Barris afrontó el BiblioLab como una experiencia inaugural. El equipo bibliotecario mostró una voluntad decidida para explorar nuevas formas de relación con sus públicos jóvenes, pero se encontró con limitaciones infraestructurales: ausencia de experiencias previas en proyectos de carácter experimental, dependencia de otros actores para introducir dinámicas participativas en la biblioteca y una débil vinculación con las redes juveniles del entorno. A pesar de la implicación de la directora de la biblioteca, que acababa de incorporarse al centro cuando se empezó a gestar el laboratorio, las relaciones entre la biblioteca y el tejido asociativo del barrio todavía se estaban consolidando.
La trayectoria del laboratorio en la Biblioteca de Nou Barris muestra una tensión recurrente en la puesta en marcha de procesos participativos: la forma en que los públicos son convocados y configurados como participantes. A pesar de que el grupo no participó de forma voluntaria, sino en el marco de una asignatura cuya asistencia era obligatoria, las sesiones iniciales del laboratorio abrieron un espacio de expresión creativa y las estudiantes se implicaron activamente. El diseño metodológico del BiblioLab contemplaba 2 fases: una primera de codiseño, desarrollada en cada biblioteca y orientada a explorar necesidades, imaginar posibles usos del futuro espacio y materializar colectivamente propuestas de mobiliario para el futuro Espai Jove; y una segunda de producción, dedicada a la construcción colectiva de un único prototipo en el Ateneu de Fabricació. Durante la primera fase, el laboratorio consiguió enrolar a las estudiantes y la participación se sostuvo, no tanto por la obligatoriedad, sino por la potencia movilizadora de la propuesta. Sin embargo, en esta fase de codiseño también se produjo una fricción entre los mensajes comunicativos y los marcos interpretativos de las participantes, puesto que las estudiantes mantuvieron la expectativa de que sus propuestas serían preservadas y reconocibles en el prototipo final. Esto, no obstante, no sucedió, ya que el diseño metodológico del BiblioLab establecía que los prototipos resultantes de cada biblioteca se integrarían y se fabricaría un solo artefacto. Cuando las estudiantes llegaron al Ateneu de Fabricació y comprendieron que se iba a construir un prototipo que no guardaba relación con sus diseños iniciales, les provocó mucha incomprensión. Esta fricción comunicativa en torno al proceso de cocreación explica, en buena medida, que el vínculo de muchas participantes con el laboratorio se debilitara, como se visibilizó en las ausencias que hubo el día en que la estructura modular se montó en la biblioteca.
Dicha tensión remite a una cuestión ampliamente debatida desde la tradición pragmatista y retomada por los STS: los públicos no preexisten, sino que se constituyen cuando los efectos de una situación los afectan (Dewey, 2004), cuando las instituciones no logran resolver dicha situación (Lippmann, 2011), o cuando un asunto logra activar su participación (Marres, 2007). Desde esta perspectiva, la participación en un laboratorio bibliotecario no puede darse por sentada: cada fase del proceso puede activar o desactivar públicos, abrir o cerrar posibilidades de implicación, y redefinir quiénes (y bajo qué condiciones) continúan formando parte del proceso experimental.
La fase de producción finalizó con la fabricación de los prototipos, que tuvieron un diseño único para las 2 bibliotecas. Mientras que en una biblioteca el prototipo encontró rápidamente un lugar dentro de la infraestructura y las rutinas cotidianas, en la otra su recorrido se mantiene abierto. En la Biblioteca Zona Nord, el prototipo se integró físicamente en el espacio ya existente de la Zona Gaming. La infraestructura invisible de la biblioteca, sostenida por un grupo de jóvenes cohesionado y una cierta cultura organizacional orientada a la experimentación, posibilitó que el mueble pasara a formar parte del espacio habitual de encuentro (Figura 1).
Figura 1. El mueble-prototipo (en el centro de la imagen) integrado en la Zona Gaming de la Biblioteca Zona Nord. A la derecha de la imagen, la máquina de juegos tipo arcade. Fecha de la fotografía: 04/08/2025
En este contexto, el prototipo funcionó como una inscripción simbólica: materializó la continuidad del proceso, dotó de visibilidad institucional al trabajo de los jóvenes y reforzó la posición de la biblioteca como espacio de referencia para prácticas culturales experimentales. El artefacto, en definitiva, reflejó una determinada forma de configurar la biblioteca como espacio relacional de experimentación. En la Biblioteca de Nou Barris, en cambio, cuando finalizó el laboratorio el prototipo permaneció un tiempo en una zona de la sala de lectura, “(…) pero nos dimos cuenta de que ocupaba mucho espacio y la biblioteca tampoco tiene tanto espacio. No es muy ergonómico y, valorándolo, lo tenemos guardado en un almacén, pensando a ver qué hacemos con él en el futuro” (informante 5). Como estamos viendo en este estudio de caso, lo experimental se configura entre tensiones y negociaciones (Latour, 1987; Guggenheim, 2012), que se prolongan en el tiempo y cuyo desenlace nunca está completamente cerrado. Desde esta perspectiva, el recorrido del prototipo en Nou Barris muestra la continuidad de lo experimental como un proceso abierto y en curso: lo experimental no concluyó con el laboratorio, sino que sus posibilidades siguen desplegándose más allá de su celebración.
Los resultados del proceso experimental no se limitaron únicamente al prototipo. Como destacaba una informante, el BiblioLab produjo "(…) 2 cosas tangibles: un documento en línea y un mobiliario. Y después, tenemos toda la experiencia de la biblioteca (...), que yo creo que es el resultado más interesante de los 3" (Informante 5). El laboratorio también produjo el documento 9B Espai Jove: Caixa d’eines i recursos (El Globus Vermell, 2021), concebido como una guía de acompañamiento para procesos participativos de cocreación en contextos bibliotecarios (Figura 2). Este segundo resultado ha mantenido su circulación más allá de la finalización del laboratorio y la Biblioteca de Nou Barris ha sido desde el inicio la referente a la que acuden otras bibliotecas de la red, tanto para acceder al propio documento, como para explorar la posibilidad de aterrizar la experiencia en sus propios contextos.
Figura 2. Guía de acompañamiento para procesos participativos en bibliotecas
Tomados en conjunto, ambos resultados ponen de relieve que los artefactos producidos en un laboratorio bibliotecario no tienen ni una única significación posible, ni una significación intrínseca en sí mismos, sino que adquieren sentido en la infraestructura institucional, simbólica y relacional en la que se insertan (Latour, 1987; Rheinberger, 1997).
Además de las diferencias infraestructurales señaladas en el apartado anterior, el BiblioLab también evidenció los modos en que cada biblioteca articuló la densa red de actores que suele implicar la activación de un dispositivo de este tipo. Desde una perspectiva ANT, un laboratorio bibliotecario puede entenderse como el resultado de procesos de traducción y acoplamiento que ensamblan actores heterogéneos (personas, dispositivos, tiempos, normas y recursos) en torno a un problema o reto compartido (Callon, 1984; Latour, 2005). Un BiblioLab, por consiguiente, exige un alto grado de coordinación interinstitucional y una cuidadosa labor de mediación por parte de la biblioteca para alinear los intereses, ajustar las expectativas y acompasar los tiempos de esos actores. Como veremos a continuación, el BiblioLab 9B Espai Jove muestra que ese acoplamiento es un proceso frágil y está sujeto a factores tan diversos como las dinámicas grupales, los marcos de coordinación y los equipos profesionales.
La trayectoria del laboratorio en la Biblioteca de Nou Barris muestra que las condiciones en las que participó el grupo de jóvenes limitaron su capacidad para implicarse en el proceso experimental. Aunque la biblioteca estableció vínculos con la Escola Deià y con el Ateneu de Fabricació, y el BiblioLab se desarrolló con el apoyo metodológico de 2 entidades experimentadas, el acoplamiento relacional no llegó a consolidarse en una red estable. La profesora de la Escola Deià señala un episodio especialmente revelador de esas fricciones cotidianas cuando relata que algunas sesiones se desarrollaron en la biblioteca y otras en el centro educativo: “Siempre que lo explico parece una tontería, ¿eh?, pero las alumnas se perdían la hora del patio para poder ir hasta la biblioteca (...). Es como que había una primera barrera de ‘Ojalá pudiéramos quedarnos aquí tranquilamente en el patio’” (Informante 10).
La pérdida de un tiempo tan simbólicamente valioso como el recreo (espacio de libertad, sociabilidad y desconexión de la actividad intelectual) generaba en las participantes una fuerte resistencia inicial. Esta fricción, aparentemente menor, condensa con nitidez que lo experimental no se despliega en abstracto, sino que se enreda con los cuerpos, los ritmos y los significados situados de quienes participan. La biblioteca aparece aquí como un espacio atravesado por el sacrificio, un lugar no deseado que se interpone entre las estudiantes y su tiempo de disfrute. Cuando la profesora detectó esta tensión, la compartió con el equipo de El Globus Vermell y se decidió trasladar al centro educativo aquellas sesiones que no era imprescindible realizar en la biblioteca. Este gesto de cuidados permitió sostener vínculos frágiles, reducir fricciones y recomponer las condiciones de posibilidad del laboratorio.
En Zona Nord, la biblioteca tenía la experiencia previa del BiblioLab Zona Gaming, contaba con un grupo cohesionado de jóvenes y una profesional bibliotecaria con trayectoria en procesos comunitarios vinculados al territorio. No obstante, la participación de los jóvenes en el nuevo laboratorio fue limitada, puesto que la asistencia a las sesiones de cocreación era voluntaria y reunieron a pocos participantes. No obstante, el grupo de jóvenes se vinculó al proceso sobre una base de confianza previa y con dinámicas relacionales ya estabilizadas, como la asamblea semanal autogestionada por el propio grupo. Esta asamblea se constituyó en el marco del BiblioLab Zona Gaming y también operó durante el BiblioLab 9B Espai Jove como espacio de toma de decisiones, gestión de conflictos y generación de propuestas. Se constituyó, de facto, como una forma de gobernanza compartida en la que la biblioteca actuó como mediadora y facilitadora. Como sintetizaba una informante: “Es un laboratorio que se rige por una asamblea semanal, en la que son los chavales quienes deciden lo que quieren hacer. El equipo de la biblioteca nos convertimos en mediadores que les facilitan eso que nos están pidiendo” (Informante 7).
La trayectoria comparada entre Nou Barris y Zona Nord muestra que la apropiación de lo experimental por parte del grupo de jóvenes, o su propia predisposición para participar en un proceso experimental, no se pueden asumir por descontado porque no son rasgos intrínsecos del colectivo, sino que están condicionadas por las dinámicas grupales que genera el laboratorio.
El análisis del BiblioLab 9B Espai Jove también pone de relieve que, para sostener las relaciones entre los distintos actores implicados en un laboratorio bibliotecario, es importante contar con marcos de coordinación estable, tanto internos al laboratorio como externos.
El despliegue del laboratorio evidenció la ausencia de espacios regulares de coordinación interinstitucional entre las bibliotecas, el Ateneu de Fabricació y las entidades colaboradoras, más allá de los encuentros puntuales. Como señalaba una informante, la baja intensidad del formato dificultó la generación de vínculo grupal y la consolidación de una experiencia compartida: “Se trataba de sesiones separadas en el tiempo (cada 1 o 2 semanas) y de unas 2 horas de duración. Nuestra experiencia nos dice que, cuanto más intensivos son los procesos, más éxito hay (…), en el sentido de que hay más capacidad para generar motivación y fuerza de grupo” (Informante 9).
En Zona Nord, el Pla de Barris y las mesas sectoriales impulsadas por el Distrito configuran un marco estable de coordinación interinstitucional que también actúa como infraestructura relacional. Las mesas sectoriales, en concreto, reúnen a los actores relevantes de un mismo ámbito para activar colaboraciones, detectar situaciones de riesgo, prevenirlas y dar respuestas públicas en ese campo. En términos prácticos, son dispositivos que conectan la biblioteca con otros agentes del territorio y mantienen rutinas de cooperación que trascienden a los proyectos puntuales. La Biblioteca Zona Nord participa en varias de estas mesas, entre ellas la de juventud. Este marco también sostiene una capa reactiva que se activa cuando emergen tensiones en el barrio: “A veces, cuando ha habido episodios de alta violencia por parte de jóvenes, se convoca una mesa específica (…) y los diferentes agentes buscamos soluciones” (Informante 6).
Estas infraestructuras relacionales posibilitan, por ejemplo, que los 3 BiblioLabs impulsados por la biblioteca (Zona Gaming, 9b Espai Jove y, el más reciente, Zona Hacker: Laboratori de Justícia Digital) no hayan partido de cero al activarse, sino que se han acoplado a un andamiaje ya operativo. Es decir: las iniciativas o prototipos producidos en esos laboratorios bibliotecarios pueden transformarse fácilmente en oportunidades de colaboración con otros actores. Como señalaba otra informante: “surgió la idea de crear un pódcast y, en una actividad comunitaria, me enteré de que se buscaban proyectos para la radio comunitaria (…) y este viernes viene la compañera del Centro Cívico a orientarnos un poco” (Informante 7).
En conjunto, los marcos estables de coordinación pueden entenderse como prácticas de cuidado colectivo: tareas de mantenimiento, atención y acogida que sostienen en el tiempo lo experimental y permiten que se integre en la vida cotidiana de la biblioteca (Puig-de-la-Bellacasa, 2017).
Los cambios en los equipos profesionales introdujeron unas discontinuidades que también afectaron a la trayectoria del laboratorio. Como indicaba una entrevistada, se trata de un fenómeno frecuente en el contexto bibliotecario: “No hemos conseguido tener una plantilla más o menos estable porque todo el mundo ha ido rotando mucho, porque la gente gana plazas (…) realmente han sido muchos cambios” (Informante 3). En la Biblioteca de Nou Barris, por ejemplo, esta rotación dificultó la consolidación de un núcleo estable de referencia durante todo el proceso. Una entrevistada explicaba que “las 2 personas que lideraban el proyecto ya no están en la biblioteca (…) y no siempre se puede coger el relevo de un proyecto cuando alguien se marcha” (Informante 5). Varios informantes coincidieron en señalar que esta dificultad responde a que muchos proyectos en bibliotecas se apoyan en la motivación personal de quienes los impulsan, cuyas trayectorias, capacidades e intereses son muy diversos. Tanto es así, que cuando la persona deja la biblioteca, “puede venir otra persona con otro perfil, que no siempre coincide [con el deseado para seguir llevando a cabo el proyecto]” (Informante 5). Como resumía una entrevistada “según los recursos humanos con los que cuentas, puedes hacer unas cosas u otras, enrolarte en proyectos o no” (Informante 4).
Se trata de un fenómeno compartido con otros equipamientos comunitarios: “Ahora mismo [la mesa de juventud] está parada. Después del verano ha habido una reorganización del personal de todos los equipamientos del barrio. No en todos los equipamientos hay personal interino fijo, sino que hay un tema de precariedad laboral muy importante (…) Hemos pasado a no reunirnos porque todo el personal ha cambiado” (Informante 2).
En conjunto, la falta de continuidad en los equipos profesionales es un factor que debilita la construcción de vínculos y dificulta que el laboratorio se integre en la infraestructura cotidiana de la biblioteca. Frente a esta fragilidad, conviene situar que el BiblioLab se desplegó en unos barrios atravesados por desigualdades estructurales que se trasladan también a las bibliotecas y a su funcionamiento cotidiano, produciendo a menudo situaciones conflictivas. Quizás por ello, ambas bibliotecas han desarrollado recursos de cuidado orientados a sostener la convivencia: una comunicación interna muy articulada, reuniones de equipo frecuentes y un intercambio constante de información entre profesionales. Durante el BiblioLab, la Biblioteca de Nou Barris intensificó esta dinámica y todo lo que iba ocurriendo se compartía, socializando de esta manera los aprendizajes que generaba el proceso. En ambos casos, estas fricciones relacionales muestran cómo un acoplamiento puede fallar por las desarticulaciones de los equipos profesionales, pero también son una oportunidad para introducir prácticas de cuidados, capaces de recomponer los ensamblajes que sostienen lo experimental.
Activar un BiblioLab, en definitiva, supone algo más que poner en marcha un proyecto: no se trata de un acto técnico ni de una simple aplicación metodológica, sino de un proceso relacional complejo que implica construir alianzas, traducir los lenguajes simbólicos entre los mundos de referencia de los actores implicados y sostener vínculos. Cuando esos ensamblajes relacionales resultan débiles o fragmentados, el dispositivo tiende a disolverse o a generar frustración, comprometiendo la capacidad del laboratorio para sostenerse en el tiempo y estabilizarse como práctica significativa. En cambio, cuando los ensamblajes consiguen consolidarse, como en el caso del BiblioLab 9B Espai Jove, el dispositivo se integra en la infraestructura bibliotecaria y abre la posibilidad de transformar la institución desde dentro. Este estudio de caso muestra, además, que no hay una sola manera de sostener lo experimental: la continuidad de un laboratorio puede adoptar formas diversas, incluso cuando parte de un mismo diseño metodológico, porque cada biblioteca lo hace posible a su modo, en función de sus condiciones infraestructurales y de cómo integra lo experimental en su funcionamiento cotidiano.
El análisis de la trayectoria del BiblioLab 9B Espai Jove nos lleva a concluir que lo experimental no irrumpe automáticamente con la aplicación de una metodología, ni es un atributo intrínseco de los actores que congrega un BiblioLab: no son “los grupos de jóvenes motivados”, ni “las bibliotecarias innovadoras”, ni “los espacios de experimentación”, los factores que, por sí solos, expliquen su aparición ni garanticen su sostenibilidad en el tiempo. La pregunta que guía esta investigación (¿qué relaciones y tensiones atraviesan la estabilización de un dispositivo experimental en la biblioteca?) ha operado como anclaje analítico para situar lo experimental como un proceso relacional: lo experimental se vuelve practicable cuando esos actores se acoplan provisionalmente sobre una infraestructura bibliotecaria entrelazada con el territorio y tejida sobre marcos estables de coordinación y mediaciones profesionales continuadas.
El laboratorio, en consecuencia, hace visible la infraestructura de la biblioteca. Al activar un BiblioLab, emergen los elementos invisibles que habitualmente sostienen la vida cotidiana de la institución: la solidez de los vínculos con el territorio, la continuidad de los equipos, los marcos de coordinación interinstitucional, o las dinámicas grupales que ponen de manifiesto el proceso. Cuando esas prácticas y vínculos se ensamblan, se constituye una red que estabiliza temporalmente el laboratorio.
Esta red, sin embargo, es intrínsecamente precaria, porque poner en marcha un BiblioLab tensiona la biblioteca. Lo experimental no se despliega en un terreno armónico, sino en medio de negociaciones, fricciones y reajustes: se negocian roles, se reestructuran horarios, se ponen en cuestión rutinas y servicios. Estas tensiones son constitutivas, no se trata de anomalías, sino del medio en el que lo experimental cobra sentido. Desde esta perspectiva, lo relevante no es poner en marcha un laboratorio, sino sostener sus ensamblajes.
La trayectoria del BiblioLab en ambas bibliotecas también puso en evidencia que sostener lo experimental requiere cuidar de lo cotidiano: el modo en que se convoca a los públicos, la claridad en las comunicaciones, la atención al ritmo y a las motivaciones de quienes participan. Sin ese trabajo invisible, esa frágil red de asociaciones que es lo experimental corre el riesgo de resquebrajarse.
Finalmente, el estudio del BiblioLab 9B Espai Jove permite profundizar en una dimensión clave relacionada con la sostenibilidad de lo experimental: lo relevante no es tanto que las prácticas experimentales activadas por el laboratorio produzcan resultados, sino cómo se inscriben simbólicamente esas prácticas en el entramado cotidiano de la biblioteca. Incluso si se producen fisuras durante el proceso de coproducción, cuando la biblioteca tiene la capacidad de incorporar en su infraestructura esas prácticas experimentales, está creando condiciones de posibilidad para transformarse en un espacio donde puedan habitar saberes y actores que hasta entonces permanecían en los márgenes de su cotidianidad.
La aportación del caso es, por lo tanto, doble. En términos analíticos, desplaza la evaluación del presunto éxito o fracaso de un laboratorio bibliotecario hacia la sostenibilidad relacional de una red situada, precaria y siempre inacabada. Y, en términos institucionales, muestra que un BiblioLab tiene la capacidad para reconfigurar la biblioteca, incorporando en su infraestructura la incertidumbre propia de lo experimental y entrelazándola con las condiciones de estabilidad y acceso que caracterizan a la institución bibliotecaria.
Las limitaciones de este trabajo están estrechamente relacionadas con el carácter situado del caso analizado: un estudio de caso único, en un contexto urbano concreto y en el marco de una política pública específica. El estudio no pretende ofrecer un modelo transferible, sino abrir un campo de interrogación sobre las condiciones relacionales, infraestructurales y organizativas que intervienen en la sostenibilidad de los laboratorios bibliotecarios, que pueda ser retomado y contrastado en otros contextos.
En este sentido, futuras investigaciones podrían ampliar este marco analítico examinando cómo se despliegan estos dispositivos experimentales en otros entornos geográficos, en bibliotecas con trayectorias institucionales distintas o en tipologías bibliotecarias diversas. Este tipo de estudios comparativos permitiría explorar hasta qué punto se sostiene la principal conclusión de esta investigación: que la activación de un laboratorio bibliotecario no provoca, en sí misma, transformaciones en una biblioteca, sino que es la capacidad de la biblioteca para articular y sostener en el tiempo las relaciones que el laboratorio moviliza, lo que abre las posibilidades a su transformación.
Oskar Hernández-Pérez: Conceptualización; Curación de datos; Análisis formal; Investigación; Metodología; Administración del proyecto; Recursos; Validación; Visualización; Redacción – borrador original y Redacción – revisión y edición.
Miquel Domènech: Conceptualización; Metodología; Administración del proyecto; Recursos; Supervisión; Validación y Redacción – revisión y edición.
Fernando Vilariño: Conceptualización; Metodología; Administración del proyecto; Recursos; Supervisión; Validación y Redacción – revisión y edición.
Este artículo ha sido realizado en el marco del programa de doctorado en Persona y Sociedad en el Mundo Contemporáneo, línea de investigación en Estudios de Ciencia y Tecnología, de la Universitat Autònoma de Barcelona (Departamento de Psicología Social).
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