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      <journal-id journal-id-type="publisher">POSO</journal-id>
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        <journal-title specific-use="original" xml:lang="es">Política y Sociedad</journal-title>
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      <issn publication-format="electronic">1988-3129</issn>
      <issn-l>1988-3129</issn-l>
      <publisher>
        <publisher-name>Ediciones Complutense</publisher-name>
        <publisher-loc>España</publisher-loc>
      </publisher>
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      <article-id pub-id-type="doi">https://doi.org/10.5209/poso.95951</article-id>
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          <subject>MONOGRÁFICO</subject>
        </subj-group>
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        <article-title>Del motín al libro: la experiencia del Grupo de Información sobre las Prisiones en el origen de Vigilar y castigar</article-title>
        <trans-title-group xml:lang="en">
          <trans-title>From riot to the book: the experience of the Prison Information Group at the origin of Discipline and Punish</trans-title>
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        <contrib contrib-type="author" corresp="yes">
          <contrib-id contrib-id-type="orcid">https://orcid.org/0000-0002-7477-1444</contrib-id>
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            <surname>Lópiz Cantó</surname>
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          <institution content-type="original">Universidad de Zaragoza</institution>
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      <author-notes>
        <corresp id="cor1">Autor@s de correspondencia: Pablo Lópiz Cantó: <email>plopiz@unizar.es</email></corresp>
      </author-notes>
      <pub-date pub-type="epub" publication-format="electronic" iso-8601-date="2025-03-11">
        <day>11</day>
        <month>03</month>
        <year>2025</year>
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      <volume>62</volume>
      <issue>1</issue>
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        <copyright-statement>Copyright © 2025, Universidad Complutense de Madrid</copyright-statement>
        <copyright-year>2025</copyright-year>
        <copyright-holder>Universidad Complutense de Madrid</copyright-holder>
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      </permissions>
      <abstract>
        <p>La experiencia de militancia política de Michel Foucault en el Grupo de Información sobre las Prisiones (GIP) durante los años 1971-1972, que coincide con un ciclo de rebeliones en las cárceles de Francia, influyó de manera decisiva en la mirada que, luego, va a caracterizar los estudios del filósofo sobre la prisión y la redacción de Vigilar y castigar. El presente estudio se desarrolla atendiendo a tres de las líneas causales, tanto teóricas como políticas, que sobredeterminan la aparición de esa nueva mirada: 1. El maoísmo francés, 2. El movimiento negro en Estados Unidos y 3. Las vanguardias artísticas parisinas. La convergencia de estas tres líneas hará efectiva la “identificación imposible” que está en la base del acontecimiento-GIP.</p>
      </abstract>
      <trans-abstract xml:lang="en">
        <p>Michel Foucault’s experience of political militancy in the Prison Information Group (GIP) during the years 1971-1972, which coincides with a cycle of prisons rebellions in France, had a decisive influence on the perspective that the philosopher later adopted when writing on prison and his book Discipline and Punish. The present study is developed considering three of the causal lines, both theoretical and political, that overdetermine the emergence of this new perspective: 1. The French Maoism, 2. The Black movement in the United States and 3. The Parisian artistic avant-garde. The convergence of these three lines will make effective the “impossible identification” that is at the basis of the GIP-Event.</p>
      </trans-abstract>
      <kwd-group>
        <kwd>Foucault</kwd>
        <kwd>Groupe d’information sur les prisons;</kwd>
        <kwd>sobredeterminación</kwd>
        <kwd>investigación obrera</kwd>
        <kwd>literatura negra</kwd>
        <kwd>anarquismo ilegalista</kwd>
        <kwd>vanguardias artísticas</kwd>
        <kwd>Rancière</kwd>
      </kwd-group>
      <kwd-group xml:lang="en">
        <kwd>Foucault</kwd>
        <kwd>Groupe d’information sur les prisons</kwd>
        <kwd>overdetermination</kwd>
        <kwd>worker’s inquiry</kwd>
        <kwd>Black literature</kwd>
        <kwd>ilegalist anarchism</kwd>
        <kwd>artistic avant-garde</kwd>
        <kwd>Rancière</kwd>
      </kwd-group>
      <custom-meta-group>
        <custom-meta>
          <meta-name>Sumario</meta-name>
          <meta-value>: 1. Un dato. 2. Breve introducción al GIP. 3. El acontecimiento-GIP. 4. La causa del otro. 5. Conclusiones. 6. Bibliografía.</meta-value>
        </custom-meta>
        <custom-meta>
          <meta-name>Cómo citar</meta-name>
          <meta-value>Lópiz Cantó, P. (2025). “Del motín al libro: la experiencia del Grupo de Información sobre las Prisiones en el origen de Vigilar y castigar”. Polít. Soc. (Madr.) 62(1), e95951. https://dx.doi.org/10.5209/poso.95951.</meta-value>
        </custom-meta>
      </custom-meta-group>
    </article-meta>
  </front>
<body>
<sec id="un_dato">
  <title>1. Un dato</title>
  <p>Al final del primer capítulo de <italic>Vigilar y castigar</italic>
  el lector se ve, de pronto, zarandeado de manera violenta por el
  texto, que se interrumpe y cambia de registro. Foucault estaba
  exponiendo el hiato sorprendente sobre el cual va a hacer crecer su
  libro: el salto desde una penalidad enrocada en los suplicios del
  cuerpo de los condenados a otra codificada bajo la forma de extraños
  reglamentos que tasan, entre otras muchas cosas, la hora a la que el
  penado debe despertar cada mañana, cuánto tiempo ha de dedicar a la
  oración o a las actividades de aprendizaje y recreo. Sin embargo,
  súbitamente ese texto y esa explicación que habían llevado a concluir
  que el alma es “efecto e instrumento de una anatomía política”
  (Foucault, 1998: 36) se detiene y comienza un texto distinto. Ahora el
  lector se encuentra de frente con Foucault, que le habla en primera
  persona. “Que los castigos en general y la prisión corresponden a una
  tecnología política del cuerpo —escribe el filósofo— quizá sea menos
  la historia la que me lo ha enseñado que la época presente”. ¿Qué es
  eso que, a decir de Foucault, siendo distinto del pasado histórico, ha
  sucedido en presente y le ha ofrecido el aprendizaje esencial que va a
  desplegar a través de su libro? La respuesta no se hace esperar: “En
  el transcurso de estos últimos años —consigna Foucault—, se han
  producido acá y allá en el mundo rebeliones de presos” (1998: 37).</p>
  <p>Quedémonos con este dato, cuya gravedad conviene subrayar: no es la
  investigación histórica la que le ha enseñado a Foucault la tesis
  central de <italic>Vigilar y castigar</italic>, esto es, que la
  prisión es una tecnología política del cuerpo, sino una serie de
  acontecimientos vividos en primera persona y en presente, las
  rebeliones de presos. Resulta clave, por tanto, tratar de delimitar
  esa experiencia que, si hacemos caso del propio Foucault, ha marcado
  de manera tan importante su producción teórica, tratar de describir
  cómo, desde dónde, el filósofo vive esas rebeliones de presos. Porque,
  como es bien sabido, el lugar que, en relación con esas revueltas,
  ocupará es, sin duda, singular. Dicho con la mayor brevedad: Foucault
  es el principal promotor del <italic>Groupe d’information sur les
  prisons</italic> (GIP en adelante), una organización que juega un
  papel cuando menos singular en relación a esas rebeliones en Francia
  y, como se afirmará, incluso de inspirador y colaborador necesario.
  Sin restar importancia a su inicial comunismo nietzscheano de los años
  50 (Moreno, 2006), ni a su definitiva politización izquierdista en
  Túnez junto a los estudiantes en los 60 (Triki: 2004; Lópiz: 2010), es
  necesario reconocer que el GIP supone, a principios de los 70, para
  Foucault, la que a la postre habrá sido su más intensa experiencia
  militante. Aproximarse, por tanto, a la naturaleza —y límites— de esta
  singular agrupación política permite acotar ciertos posicionamientos
  intelectuales de Foucault e iluminar la gestación de <italic>Vigilar y
  castigar</italic>.</p>
</sec>
<sec id="breve_introduccion_al_gip">
  <title>2. Breve introducción al GIP</title>
  <p>Hoy en día contamos con una amplia documentación acerca del GIP.
  Prácticamente todo lo que el grupo produjo ha sido recopilado,
  reeditado y se encuentra disponible en librerías. En 2003, el
  Instituto de Memoria de la edición contemporánea, conocido como
  L’IMEC, donde se encuentra aún hoy el conjunto de la documentación
  existente acerca del grupo, publicó un amplio volumen titulado
  <italic>Archives d’une lutte, 1970-1972</italic> (Groupe d’information
  sur les prisons: 2003) en el que se puede encontrar gran parte de los
  materiales producidos por el grupo, así como artículos que lo comentan
  y una amplia selección de otros materiales relacionados. Por otro
  lado, en 2013 la editorial Gallimard publicó, bajo el título de
  <italic>Intolérable</italic> y con prefacio y posfacio de Philippe
  Artières, el conjunto de informes que, a lo largo de su breve
  existencia, constituyeron los productos esenciales del trabajo del
  grupo (Groupe d’information sur les prisons, 2013). Si a ello se
  añaden los artículos y entrevistas relacionados con el grupo
  aparecidos en los <italic>Dits et écrits</italic> de Foucault (2001),
  los artículos al respecto de Gilles Deleuze y algunos otros
  materiales, como memorias de otros militantes implicados, el archivo
  estaría casi completo. En el IMEC apenas queda ningún inédito:
  destacable solo un texto mecanografiado aportado por Pierre Macherey,
  titulado “Qui va en prison?”<xref ref-type="fn" rid="fn1">1</xref>
  Finalmente, existen muy diversas contextualizaciones históricas y
  varios análisis de la experiencia del GIP. Entre las reconstrucciones
  más tempranas destacan las que se encuentran en las biografías de
  Foucault firmadas por Didier Eribon (1999) y David Macey (1995),
  especialmente la de este último. Falta por hacer, sin embargo, una
  síntesis consistente de la experiencia que supuso y de sus
  efectos.</p>
  <p>A pesar de eso, un vistazo rápido a los sucesivos documentos
  publicados por el GIP da una idea bastante aproximada de en qué
  consistió el trabajo del grupo. Se trata de cuatro folletos titulados
  <italic>Intolérable</italic>, cada uno con su número correspondiente,
  más un <italic>Cuaderno de reivindicaciones salidas de las recientes
  revueltas</italic>, aparecido entre <italic>Intolérable 3</italic> e
  <italic>Intolérable 4</italic>. El primero de los folletos está
  dedicado a un trabajo de encuesta en 20 prisiones francesas, el
  segundo a una investigación sobre la cárcel modelo de Fleury-Mérogis,
  el tercero al asesinato en Estados Unidos del militante del partido de
  los Panteras Negras George Jackson, el cuarto, finalmente, a los
  suicidios en prisión. Como ha señalado Artières y se puede comprobar
  en <italic>Archives d’une lutte</italic>, los folletos se caracterizan
  por la austeridad gráfica, característica de la literatura militante
  de la época (2013: 337).</p>
  <p>Formado, originalmente, por Daniel Defert, Danièle Rancière y
  Foucault (Hirose y Sato: 2022), el GIP reunió en torno a sí a un buen
  número de intelectuales y activistas de la época: además de al propio
  Foucault y a los otros dos intelectuales que encabezan el proyecto
  desde su presentación, a saber, Jean-Marie Domenach —editor de
  <italic>Epirit</italic>, antiguo miembro de la Resistencia y opositor
  a la guerra de Argelia— y Pierre Vidal Naquet — reconocido historiador
  y uno de los más destacados críticos del uso de la tortura en
  Argelia—, la lista incluye a nombres conocidos como Jean-Claude
  Passeron, Gilles Deleuze, Jean Genet, Jaques Rancière, Claude Mauriac,
  Robert Linhart o Hélène Cixous, entre otros. Sin embargo, a pesar de
  la sonoridad de esos nombres, el interés histórico del proyecto reside
  precisamente en no haber quedado reducido a una camarilla de
  intelectuales, sino haber involucrado a amplios sectores de la
  población, entre los que destacan profesionales empleados de algún
  modo por su trabajo con el universo carcelario, como abogados, jueces,
  trabajadores sociales, periodistas, médicos, etc., pero, sobre todo, a
  personas afectadas de manera directa por la prisión, esto es, a
  personas presas y a familiares de presos. Es esa naturaleza
  relativamente multitudinaria y diversa la que singularizará en gran
  medida la experiencia del GIP.</p>
  <p>El contexto histórico en el que se forma y se desarrolla la
  —insisto— por lo demás breve historia del GIP no es otro que las
  postrimerías del 68, a decir de muchos, último conato revolucionario
  antes de la reestructuración capitalista a la cual se acostumbra a
  llamar neoliberalismo. Se trata de una época caracterizada por una
  altísima conflictividad social, no solo en Francia. Allí, tras sus
  dudas de mayo, el Gobierno despliega una amplia batería de medidas con
  objeto de derrotar políticamente la oleada de movilizaciones. Estas
  medidas incluyen desde la activación del ejército a la negociación
  favorable a las grandes centrales sindicales, desde la excarcelación
  de terroristas de extrema derecha a modificaciones legislativas
  <italic>ad hoc</italic> para reprimir a la militancia izquierdista.
  Las luchas, en este contexto, se recrudecen. Uno de los efectos de
  este endurecimiento es el ingreso en prisión de un número cada vez
  mayor de destacados militantes de izquierdas que, sin embargo, no por
  ello cejan en su actividad política, sino que la trasladan al interior
  de las cárceles. Simultáneamente, en el exterior de las prisiones se
  organiza la defensa y el apoyo a los presos políticos. Es aquí donde
  va a tener lugar la emergencia del GIP. Con una peculiaridad: desde su
  presentación misma va a proponerse no tanto dar cobertura a los
  militantes encarcelados como el objetivo más genérico de “obtener un
  conocimiento concreto de la situación real de los presos” (Macey,
  1995: 330). Este objetivo, subrayémoslo, no excluye a los presos de
  derecho común y ello, obviamente, introduce un importante cambio: va a
  hacer posible la puesta en cuestión de la prisión, si no en un sentido
  totalmente nuevo, al menos sí profundamente renovado.</p>
  <p>¿Qué es lo que ha pasado?</p>
  <p>A continuación, intentaremos indagar en las condiciones que
  hicieron posible el desplazamiento de la mirada que opera el GIP y los
  efectos que ello supuso. No se tratará tanto de hacer una genealogía,
  aún si se utilizarán elementos genealógicos, como de llevar a cabo una
  deconstrucción de algunos de los sentidos fragmentarios que se
  amalgaman en la experiencia concreta de problematización de la prisión
  que realiza el GIP.</p>
</sec>
<sec id="el_acontecimientogip">
  <title>3. El acontecimiento-GIP</title>
  <p>Lo primero que conviene evaluar es el grado de novedad que supuso
  la irrupción del GIP, en qué medida la mirada que vehicula expresa un
  acontecimiento. Cuando en filosofía hablamos de “acontecimiento” nos
  referimos a un evento que, por un lado, no es plenamente reductible a
  la causalidad simple, y, por otro, que solo se expresa a través de sus
  efectos. En relación con esto último, sin duda, a partir de la
  experiencia del GIP se abrió un fértil campo de análisis que ha dado
  lugar a múltiples y muy variadas investigaciones. Las desarrolladas
  por Foucault no son, en este sentido, sino las más tempranas. De ahí
  que parezca que ha sido Foucault, mediante su obra teórica, quien ha
  influido, a modo de causa desencadenante, en las investigaciones
  posteriores, cuando, en realidad, sus trabajos son ya consecuencia de
  algo así como un suceso originario que, como siempre sucede en este
  tipo de escenas, permanece en el olvido, salvo en los breves momentos
  en los que, como hemos indicado al comienzo del artículo, se violenta
  el texto e irrumpe lo real, la experiencia en cierto modo
  indecible.</p>
  <p>Esta indecibilidad del acontecimiento deriva no de que no se pueda
  decir nada acerca de él, sino, al contrario, de que siempre se puede
  decir más, de que siempre hay algo más por decir, de que aún siempre
  falta algo. Esta es la otra parte, la referida a la irreductibilidad
  del acontecimiento-GIP a la causalidad simple. Es necesario recordar
  que esta irreductibilidad no deriva de una revocación de la necesidad
  causal, como si ciertos efectos pudieran surgir <italic>ex
  nihilo</italic>, sino, a la inversa, de una saturación causal y, de
  ahí, de un exceso de sentido. El acontecimiento excede la explicación
  causal precisamente porque se encuentra sobredeterminado. El concepto
  de “sobredeterminación”, propuesto por Freud
  (<italic>überdeterminierung</italic>), retomado por Lacan y,
  finalmente, hecho de uso común en filosofía por Althusser (Althusser,
  1972), remite a la existencia de múltiples series causales, todas
  ellas suficientes, que convergen en la producción de un solo efecto
  unificado. Esto, como decimos, dota al acontecimiento-GIP de un exceso
  de sentido que lo hace irreductible a cualquiera que sea la
  explicación en términos de causalidad simple.</p>
  <p>Así, como trataré de mostrar, el GIP emerge de una multiplicidad de
  procesos que se entrecruzan. Surge y, reconozcámoslo, desaparece con
  suma rapidez, pero su gestación es lenta y está llena de
  contingencias: en muchos casos las mismas que caracterizan la
  atmósfera agitadísima en la que se inscribe el surgimiento del GIP,
  esa que sintetiza el número 68. Al igual que la de esta, su posteridad
  está plagada efectos. En breve iban a comenzar los motines en prisión
  que le enseñarán lo esencial a Foucault. La imagen de la prisión, por
  otro lado, iba a cambiar sustancialmente. Sin embargo, como se ha
  señalado, el recorrido que da fruto al acontecimiento es largo y las
  series causales, lo hemos indicado, dispares (Rodríguez, 1997).</p>
  <p>Parece conveniente abordar algunas.</p>
  <p><bold>1.</bold></p>
  <p>En enero de 1968 había dado comienzo la Ofensiva del Tet, que lleva
  a la resistencia armada vietnamita hasta las puertas de Saigón,
  obligando la retirada del ejército de la mayor potencia militar que la
  historia había conocido hasta entonces. ¿Es necesario aludir a causas
  tan lejanas? Sin duda, porque el sueño de una solidaridad
  internacionalista de los pueblos articula la agitación que se organiza
  en París. A lo largo de 1967 se habían ido creando en la capital
  francesa los Comités Vietnam de Base (CVB en adelante), la
  organización más innovadora para la elaboración de las condiciones que
  harán posible lo inesperado. La fascinación por la lucha
  antiimperialista inspira las movilizaciones también de Berkeley un año
  antes. El retrato de Ho Chi Ming advertía igualmente del proyecto en
  la Universidad Libre de Berlín ya en febrero. En Francia son los
  maoístas, en su mayoría jóvenes <italic>ulmards</italic> bajo
  influencia althusseriana, quienes trabajan en la formación de la nueva
  organización.</p>
  <p>Como han expuesto Hervé Hamon y Patrick Rotman en
  <italic>Génération</italic>, el hándicap más importante que obsesiona
  a los jóvenes comunistas de la Rue d’Ulm es que, por mucho que se
  adhieran a la “línea de masas”, no por ello dejan de constituir una
  organización de intelectuales, separados de la sociedad. ¿Cómo salir
  del barrio latino en el cual los estudiantes se encierran de manera
  aparentemente espontánea? Tras un meeting antiimperialista se inventa
  la herramienta: frente al Comité Vietnam
  Nacional<xref ref-type="fn" rid="fn2">2</xref>, los maoístas
  constituyen los CVB. Con ellos irán al encuentro de los suburbios
  obreros y las fábricas para profundizar la guerra popular. Los CVB
  permiten, según Hamon y Rotman, a los jóvenes que así lo deseen
  inscribirse en la órbita maoísta sin tener que plegarse a los rituales
  de adhesión ni que tragarse las abstracciones althusserianas. Por otro
  lado, la militancia en ellos tiene para los recién llegados una
  función pedagógica: “La solidaridad con los pueblos en lucha es el
  grado inicial de la participación en las luchas del pueblo” (1987:
  338).</p>
  <p>La euforia del grupúsculo que impulsa la táctica expansiva parece
  justificada. Las tropas militantes se multiplican. El 20 de diciembre
  de 1967 el pequeño equipo de los althusserianos demuestra ser capaz de
  movilizar a las masas: más de tres mil militantes a la llamada de los
  CVB. Por el camino, las mutaciones se suceden rápidas. Mencionaré solo
  dos. Complementarias. Por un lado, se aprecia entre estos jóvenes
  intelectuales un interés cada vez mayor por los problemas
  estrictamente bélicos que, por otro lado, no habían dejado de seducir
  a los movimientos emancipatorios a lo largo del siglo XX. Hamon y
  Rotman, siempre tendentes a reducir el acontecimiento-68 a “álbum de
  fotos de familia” (Sommier, 1994: 64), ejemplifican este
  desplazamiento a través de la figura de Olivier Rolin: fascinado por
  el Malraux de la <italic>Condición humana</italic> y de la guerra
  civil española, por el Malraux de la Resistencia y del antifascismo,
  se sumerge en los círculos althusserianos y, luego, en los CVB. Su
  dedicación universitaria se reduce a poco más que a asistir a los
  cursos de Deleuze sobre Spinoza. Estudia, sin embargo, las gestas
  vietnamitas y las tácticas del Movimiento por los Derechos Civiles en
  Estados Unidos. Se demuestra un fantástico organizador de los llamados
  grupos de propaganda y autodefensa de los CVB, que, frente a las
  agresiones fascistas que se multiplican en la época, pasan de tener
  una función defensiva a convertirse en comandos de choque. (1987:
  364-365)</p>
  <p>Por otro lado, más importante sin duda, el influjo que ejerce, a
  través de la lectura apasionada del <italic>Libro rojo</italic> de Mao
  Tse-Tung, lo que los jóvenes franceses imaginan es la Revolución
  Cultural China impone sus exigencias: la “línea de masas” a la que
  aspiran no es solo una idea, ha de ser una práctica: la que los
  llevará a aventurarse en las fábricas y barrios obreros. “El principal
  depósito de saber —anotan Hamon y Rotman en referencia a los jóvenes
  intelectuales maoístas— no está en las bibliotecas, ni siquiera en la
  biblioteca de la Escuela Normal Superior. Está en el cerebro de las
  masas silenciosas, de donde nadie —salvo <italic>los chinos</italic>—
  se ha preocupado de extraerlo” (1987: 348). Este “descubrimiento” los
  llevará a diseminar por toda Francia una multitud de militantes cuyo
  objetivo será hacer “el análisis concreto de la situación concreta”.
  El desplazamiento no es menor. Se trata de una cuestión, no hay duda,
  de orden epistemológico. Sus consecuencias — los nuevos problemas que,
  a su vez, abre— no tardarán en revelarse, encarnándose en los cuerpos
  y las vidas de los militantes. Al parecer, desde el comienzo mismo. La
  apuesta realiza, en el fondo, un desplazamiento en ruptura con la
  figura del maestro —Althusser—, con su alargada sombra: “¡Fuego sobre
  el intelectual burgués!”, escriben los hasta entonces
  althusserianos.</p>
  <p>El problema epistemológico también lo es político y no será —luego
  lo veremos— exclusivo del maoísmo francés. Es propio de una larga
  tradición, la de la investigación militante, cuyo penúltimo ejemplo no
  será otro que el GIP. La ruptura con Althusser —y, qué duda cabe, más
  en general con la tesis leninista de la importación de la teoría,
  sobre la cual no abundaremos aquí—, que se deriva de la experiencia de
  los CVB es, en realidad, una ruptura con la propia posición que venían
  ocupando los jóvenes intelectuales maoístas o, al menos, la que su
  excelencia universitaria les prometía: el lugar del mandarín. El
  trabajo teórico exigirá ahora pasar por el dispositivo de
  <italic>enquête</italic><xref ref-type="fn" rid="fn3">3</xref>.
  Jaques-Alain Miller, que había ya iniciado su aproximación a Lacan en
  detrimento de Althusser, describe el circuito aparentemente cerrado de
  la recién inaugurada perspectiva:</p>
  <disp-quote>
  <p>En la <italic>enquête</italic>, éramos NOSOROS quienes juzgábamos
  la validez de la información recogida, en función de NUESTROS
  criterios preestablecidos: esta NOS servía para verificar NUESTRAS
  teorías. La <italic>enquête</italic> era un sistema cerrado, un
  proceso en el que partíamos de los libros, pasábamos por las masas y
  volvíamos a los libros (Hamon y Rotman, 1987: 354).</p>
  </disp-quote>
  <p>Sin embargo, a partir de este dispositivo se desplegará todo un
  proceso de subjetivación que alejará, en algunos casos
  definitivamente, a los militantes de su previa posición como
  intelectuales separados de la clase obrera. Se desarrollará el
  movimiento del <italic>établissement</italic>, de las
  proletarizaciones: en su viaje a las fábricas, “como el franciscano
  que se despoja de sus bienes terrenales, como el nómada que se sacude
  la arena de las sandalias” (1987: 354) abandonan sus prometedoras
  carreras universitarias, cerrándose así la línea de repliegue. La
  apuesta es arriesgada y, hemos de decir, que en muchos casos resultó,
  a nivel personal, desastrosa. Algunos aseguran que una generación de
  chavales inteligentísimos, que parecía destinada a convertirse en la
  élite intelectual de Francia, se perdió en la oscuridad de la
  existencia obrera, pero se ha de reconocer que no solo muchos de
  ellos, tras la experiencia, se integraron, quizá con sentimiento de
  derrota, en el nuevo mundo que siguió a Mayo, sino que, como es
  notorio, algunos llegaron a convertirse en intelectuales
  reconocidísimos.</p>
  <p>La inspiración inmediata para los jóvenes maoístas no era —no podía
  ser— otra que la del Gran Timonel y su máxima: “Quien no investiga no
  tiene derecho a hablar” (Mao, 1966: 230, y 1967: 14). La crítica de
  Mao a los estudiantes que de las universidades europeas, americanas o
  japonesas volvían a China convertidos en “gramófonos”, capaces solo de
  repetir como loros, y olvidaban su deber de comprender (Mao, 1967:
  20), había sido contundente. Incluso señaló (1967: 21) cómo Marx, en
  el “Epílogo a la segunda edición alemana” de <italic>El
  capital</italic>, allí donde afirma que su “método dialéctico difiere
  del hegeliano no solo por su fundamento, sino que es directamente su
  opuesto”, aseguraba que la investigación “ha de apropiarse de la
  materia en detalle, analizar sus distintas formas y descubrir sus
  vínculos internos” (Marx, 2000: 29).</p>
  <p>Al igual que Mao se había lanzado a la investigación social del
  mundo rural, los jóvenes maoístas franceses se internaron en los
  barrios de clase trabajadora y en el mundo del trabajo. Conectaban,
  así, con una larga tradición de investigación militante que encontraba
  sus ejemplos más señalados en el trabajo de Engels para <italic>La
  situación de la clase obrera en Inglaterra</italic> y, sobre todo, en
  la encuesta elaborada por Marx para la <italic>Revue
  Socialiste</italic> en 1880. Marx interpelaba en esta última a los
  obreros franceses a través de un centenar de preguntas y, en ello,
  planteaba la hipótesis de que “únicamente ellos [los obreros] pueden
  describir con conocimiento de causa los males que soportan” y
  “únicamente ellos, y no salvadores providenciales, pueden poner
  enérgicamente remedio a las miserias sociales que sufren”. El objetivo
  explícito de la encuesta no era otro que alcanzar “un conocimiento
  exacto y positivo de las condiciones en las que trabaja y se mueve la
  clase obrera, la clase —añadía el de Tréveris— a quien pertenece el
  provenir” (Marx, 2006). Sin duda, resulta epistemológicamente
  coherente con el principio básico que guiaba los brevísimos estatutos
  de la Primera Internacional de 1866, aquel de que <italic>la
  emancipación de los trabajadores debe ser obra de ellos
  mismos...</italic></p>
  <p>Las <italic>enquêtes</italic> de los jóvenes maoístas tenían en
  Francia otro claro precedente en los trabajos desarrollados desde el
  grupo Socialisme ou Barbarie, encabezado por Cornelius Castoriadis y
  Clalude Lefort, quienes, a su vez, no hacían sino retomar los trabajos
  de la Tendencia Johnson-Foster, una escisión del trotskismo bautizada
  con los pseudónimos de sus protagonistas, CLR James (J. R. Johnson),
  el filósofo afroamericano de Trinidad y Tobago autor luego de
  <italic>Los jacobinos negros</italic>, y Raya Dunayeskaya (Freddie
  Forest), quien fuera durante un tiempo asistente del propio Trotsky.
  Esta corriente marginal había roto con el trotskista Partido de los
  Trabajadores en 1941 debido a diferencias en relación con la llamada
  “cuestión negra”, pues, frente a la política interracial sostenida por
  el partido, defendía que los negros tienen problemas específicos que
  no pueden ser subsumidos en un movimiento obrero homogéneo, y que
  deben, por tanto, luchar junto a otras minorías oprimidas por su
  propia autonomía. A partir de 1951 se constituyen como el grupo
  Correspondence, con una revista homónima escrita, editada y
  distribuida principalmente por trabajadores. Esta revista daba
  continuidad a algunas investigaciones previas, la primera y más famosa
  de las cuales fue la publicación del panfleto <italic>The American
  Worker</italic>, que luego sería traducido por Socialisme ou Barbarie,
  quienes lo calificarían como “el primero de su género” (Haider y
  Mohandesi, 2013).</p>
  <p>Las relaciones de la Tendencia Johnson-Forest con Cornelius
  Castoriadis y Claude Lefort, que habían constituido también su propia
  escisión marginal, la llamada, a partir de sus pseudónimos, Tendencia
  Chaulieu-Montal, son tempranas y resultarán claves para la expansión
  de la investigación obrera. Datan de 1948. Para entonces ambos grupos
  ya coinciden no solo en su crítica del estalinismo, sino en el
  alejamiento respecto del trotskismo, que insiste en seguir
  considerando a la Unión Soviética un Estado obrero (Dosse, 2018: 105).
  El proyecto de la revista <italic>Socialismo o Barbarie</italic> y, a
  partir de su crítica radical al burocraticismo, Castoriadis dotará de
  consistencia teórica a la apuesta por la autonomía obrera, tanto en su
  dimensión práctica y organizativa cómo en su dimensión investigadora.
  A partir de 1958, tras la escisión de Lefort, que dará lugar a su vez
  a otros proyectos de investigación obrera, pero también gracias a la
  afluencia de militantes derivada de los posicionamientos de Socialismo
  o Barbarie fuertemente críticos con la invasión soviética de Hungría
  o, más importante incluso, con la política francesa en la guerra de
  Argelia, el grupo liderado por Castoriadis —en el que participan,
  entre otros, figuras como Guy Debord o Jean-François Lyotard—
  comenzará a publicar <italic>Pouvoir ouvrier</italic> (Castoriadis,
  2006: 43) como suplemento mensual. Este tenía el objetivo explícito de
  informar acerca de la cotidianidad de la vida de los obreros y de
  funcionar como caja de resonancia de sus anhelos y de sus luchas. A
  partir del segundo número la revista incluirá una sección cuya
  intención es explícita —y que luego veremos reaparecer para los
  detenidos como consigna fundamental del GIP—: “La palabra a los
  trabajadores”.</p>
  <p>A pesar de su escasa distribución, la hipótesis autonomista
  desplegada ya sin tapujos por el grupo conformado en torno al filósofo
  griego tendrá un impacto decisivo en la experiencia italiana del
  <italic>Operaísmo</italic>, tal vez la experiencia de investigación
  obrera y militante más intensa hasta nuestros días. Sea que la
  práctica y la teoría de la <italic>enquête</italic> obrera le llegasen
  al maoísmo francés a través de la influencia limitada de
  <italic>Socialisme ou Barbarie</italic> o, más probablemente y de
  manera más sólida, a través de las conexiones con los militantes de la
  <italic>Autonomia Operaia</italic> italiana —cuya descripción, aún si
  fuera sumaria, excede las posibilidades de este artículo—, lo que nos
  interesa subrayar es la práctica extendida de la investigación
  militante que va a desembocar a través del maoísmo en los trabajos del
  GIP. Al fin y al cabo, había sido el propio Mao quien indicase el
  camino cuando, al proponer ya en 1941 su <italic>Reforma del
  estudio</italic>, aseguró que “el hombre que por primera vez me dio
  una imagen completa de la podredumbre de las cárceles chinas fue un
  pequeño carcelero que conocí durante mi investigación en el condado de
  Hengshan” (Mao, 1967: 12).</p>
  <p><bold>2.</bold></p>
  <p>No obstante, los <italic>chinos</italic> no son los únicos que
  aportan a la construcción del acontecimiento-GIP. Hay otras corrientes
  políticas e intelectuales, en algún caso menos juveniles, que
  contribuyen a la irrupción de lo extraño. Sigamos a algunas que
  dibujan trayectorias distintas. Hemos indicado ya la fascinación que
  ejercen las tácticas del movimiento negro estadounidense en uno de
  aquellos que se iban a encargar de organizar los servicios de orden de
  los CVB. No es exclusivamente suya. Maurice Blanchot señalaba en
  octubre del 68, en el primer número del <italic>Boletín de Acción
  Estudiantes-Escritores al Servicio del Movimiento</italic>, la
  relevancia de los movimientos de emancipación negros al interior de la
  metrópolis americana: “Si el acontecimiento más importante del año
  1967 (junto a la guerra de Vietnam, la extensión de la guerrilla en
  América Latina, la revolución cultural proletaria en China) es la
  sublevación negra en los Estado Unidos, es porque esta introduce, en
  el interior de la mayor sociedad capitalista, justamente la guerra, la
  guerra abierta, la guerra declarada” (Blanchot, 2010: 144). Sin duda,
  el nacimiento del Black Panther Party for Self-Denfence marcó un antes
  y un después en las formas de lucha al hacer un uso expreso y público
  de armas de fuego y organizar las patrullas de
  <italic>copwatching</italic>. El tiempo de los
  <italic>sit-ins</italic> había tocado a su fin, al menos para las
  minorías raciales, que comienzan a desplegar formas más consistentes
  de acción. La revista maoespontaneísta <italic>Tout!</italic> no
  dejará de insistir en publicar noticias y comunicados de la recién
  inaugurada estrategia negra. Tal vez es al fantasma de Nat Turner al
  que están así convocado.</p>
  <p>Angela Davis recordará luego la mutación en su <italic>An
  Autobiography</italic>: cuando, durante el verano de 1965, parte hacia
  Alemania, “Watts estaba explotando; ardiendo furiosamente. Y de las
  cenizas de Watts, como un Fénix, una nueva militancia Negra estaba
  naciendo” (1974: 144). Durante el tiempo que pasa estudiando filosofía
  en Frankfurt el movimiento negro se metamorfosea, dando lugar al Black
  Power. Antes de su vuelta unos cuantos hombres negros de Oakland han
  decidido portar armas con objeto de proteger a su comunidad de la
  violencia policial indiscriminada: “El nombre de esta organización era
  el Partido de los Panteras Negras para la Autodefensa” (1974: 144).
  Davis decide adelantar su retorno. Es verano de 1967. De paso por
  Londres asiste a una conferencia entre cuyos oradores están su
  profesor Herbert Marcuse, quien ya había comenzado a indagar en el
  potencial revolucionario de los estudiantes, y el, aunque joven, ya
  mítico líder negro Stokely Carmichael, antiguo <italic>freedom
  rider</italic> y promotor de la filosofía del poder negro. La
  represión policial se ejercerá con suma dureza contra los panteras,
  que serán encarcelados, cuando no, simplemente, tiroteados en las
  calles o en sus casas. La respuesta de estos consistirá en la
  construcción de un frente amplio de resistencia contra la feroz
  represión, el United Front Against Fascism, que incluyó a activistas
  negros, chicanos y a blancos de extracción obrera, rompiendo con ello
  las limitaciones del discurso nacionalista que dominaba en el
  movimiento de liberación negra y construyendo un marco de alianzas
  entre clases populares de diversas razas.</p>
  <p>Corre el 69 y la represión, obviamente, no ceja. Pero que los
  negros estadounidenses mueran a manos de la policía o den con sus
  huesos en la cárcel no es nada nuevo. Pasaba antes y ha seguido
  pasando luego, como testimonia en la actualidad el movimiento Black
  Lives Matter. La diferencia, a finales de los 60, tal vez estriba en
  que hay capacidad para desarrollar campañas de denuncia y fuerza
  suficiente para construir alianzas con otros sujetos políticos, como
  la causa chicana y las organizaciones asiático-americanas, así como
  con izquierdistas blancos. Mientras se desarrolla la campaña para la
  liberación de Bobby Seale, fundador, junto a Huey P. Newton, de los
  Panteras Negras, en la prisión de Soledad, durante una caótica
  rebelión en protesta por el asesinato —homicidio justificado, según
  los tribunales— de tres presos negros, entre ellos el marxista Noel,
  por los disparos de rifle de un carcelero, otro carcelero muere.
  George Jackson y otros dos compañeros, conocidos los tres como los
  Hermanos Soledad, serán acusados sin pruebas de haberlo matado: sucede
  que los tres son “militantes”. El caso de George Jackson, a cuyo
  asesinato luego el GIP dedicará el tercero de sus folletos
  <italic>Intolérable</italic>, es significativo: encerrado a los
  dieciocho con una pena “de un año a perpetua” (<italic>sic!</italic>)
  lleva una década entre rejas y es en la cárcel donde se ha politizado
  leyendo a Marx, Mao, etc. Su ejemplo ilustra hasta qué punto las
  luchas por la liberación han atravesado los muros de la prisión:
  revela que los muros ya no son impermeables a las luchas por la
  emancipación: “Un movimiento estaba floreciendo detrás de los muros y
  las hermanas y hermanos necesitaban nuestro apoyo y solidaridad”
  (1974: 271), afirma Davis en su autobiografía.</p>
  <p>En la descripción que hace Davis de la dinámica ascendente que
  trazó la campaña que ella misma acabó dirigiendo para evitar que
  George Jackson fuera ejecutado se observan rasgos que merece la pena
  retener. En primer lugar, la heterogeneidad de los movilizados.
  Convocada una reunión en la universidad, la asistencia no solo es
  mucho más abultada de lo que esperaban los organizadores, sino que “la
  mayoría de la gente que vino —rememoraría la filósofa— ni siquiera
  eran estudiantes o profesores, sino trabajadores o expresos o gente
  que había experimentado algún conflicto personal con el sistema de
  prisiones de California” (1974: 257). Al parecer, los asistentes
  quieren luchar contra la máquina que los había castigado: a ellos, a
  sus padres, a sus hermanos, a sus hijos. En segundo lugar, “no
  necesitaban ser educados o informados —ellos sabían” (1974: 258),
  apunta Davis. En algún momento de sus vidas habían sufrido o conocían
  a alguien que había sufrido la prisión. Por último, habían pasado de
  la desesperación vivida individualmente a la experiencia colectiva
  capaz de decir al unísono: “Ya basta. Se acabó” (1974: 258). Estos
  rasgos destacados los veremos reaparecer en otras experiencias de la
  época, pero con especial claridad en el GIP: carácter altamente
  heterogéneo de los agentes implicados en la problematización del
  sistema de prisiones, rechazo de la función pedagógica del intelectual
  a partir de la validación del conocimiento de sujetos a los que
  habitualmente no se les reconoce saber y, a partir de ese conocimiento
  fundado en la experiencia, delimitación de aquello que ya no resulta
  tolerable.</p>
  <p>Jean Genet, miembro destacado del GIP, única firma que aparece en
  los folletos <italic>Intolèrable</italic>, concretamente como autor de
  la introducción al tercer número dedicado, como hemos dicho, al
  asesinato de George Jackson, había viajado a Estados Unidos en marzo
  de 1970, por invitación del Black Panther Party, para apoyar en los
  medios intelectuales y estudiantiles la campaña para liberar a Bobby
  Seale, a quien compara con Dreyfus (2010: 69). Cuando inmediatamente
  después, ya de vuelta en París, le pregunten qué les decía a los
  estudiantes americanos, Genet será sintético: “Que eran unos capullos
  y que había que ayudar a Bobby Seale” (2010: 77).</p>
  <p>Si desde el punto de vista político vemos consolidarse, al interior
  de los movimientos negros estadounidenses, por un lado, un
  desplazamiento hacia formas de activismo que superan la exigencia de
  igualdad de derechos y las tácticas pacifistas, pero también el
  nacionalismo étnico, y, por otro, la consolidación de un frente de
  lucha en torno a las cárceles y el sistema de justicia, a nivel
  estrictamente intelectual las transformaciones no son menos
  importantes. Sin duda, los movimientos negros americanos poseían y
  poseen tradiciones propias de pensamiento radical y marxista, así como
  de investigación militante extremadamente singulares, herencia directa
  de la resistencia frente a la esclavitud, hasta el punto de que sus
  creaciones han sido consideradas por algunos el primer género
  literario distintivamente americano. En un contexto como el esclavismo
  estadounidense, en el que las personas negras tenían vetado el acceso
  a la lectura y la escritura, estando su educación en algunos Estados
  incluso tipificada como delito, las prácticas intelectuales adquieren
  de manera inmediata su dimensión política. Como no se ha cansado de
  repetir Angela Davis en su <italic>Mujer, raza y clase</italic>, “las
  personas negras que llegaron a recibir instrucción académica asociaban
  de modo inevitable su conocimiento con la batalla colectiva de su
  pueblo por la liberación” (2005: 110).</p>
  <p>En gran medida porque en la historia de la esclavitud la voz que no
  puede resonar es precisamente la del esclavo, pero, qué duda cabe,
  también, en el marco de las luchas abolicionistas, por cuestiones de
  tipo práctico a la hora de desplegar un discurso capaz de llegar a
  amplias capas de población, el género testimonial, con un yo narrativo
  fuerte, ha sido la forma privilegiada que ha adquirido la
  investigación militante negra. El alto número de autobiografías,
  comparado con la escasez de otros géneros, responde a cuestiones
  complejas (Gutiérrez, 2021), pero no cabe duda de que este género
  permite insertar en marcos narrativos el estudio de las condiciones de
  vida y opresión que la esclavitud impone, así como el relato de las
  formas de resistencia que se despliegan contra ellas. Dentro de esta
  “estrategia materializadora del <italic>derecho de voz</italic>”
  (Gutiérrez, 2021: 21-51), las otras formas más habituales de
  testimoniar han sido a través de entrevistas, de la literatura
  epistolar y de conferencias (Arnalte, 1990: 231-244). Esto no ha
  impedido que se desarrollen análisis teóricos consistentes. Como
  indica, de nuevo, Angela Davis a propósito del libro <italic>Narrative
  of the life of Frederick Douglass, an American slave, written by
  himself</italic>, si bien es posible que se esperase que el autor se
  limitase a exponer su experiencia como esclavo, dejando la dimensión
  analítica a los intelectuales abolicionistas blancos, al escribir su
  autobiografía “Douglass sintió que no solo podía presentar evidencias
  irrefutables de su pasado, sino también abordar de manera más libre el
  análisis de la esclavitud y de la causa abolicionista que en sus
  conferencias y artículos” (2009: 22). En cualquier caso, la literatura
  testimonial ha sido uno de los vehículos privilegiados para la
  investigación políticamente comprometida en las luchas de liberación
  de los negros estadounidenses. Véase el ejemplo señero de la época que
  nos interesa del libro epistolar <italic>Soledad Brother</italic>, de
  George Jackson (1971).</p>
  <p>Esto no ha impedido que, además, se desarrolle toda otra
  literatura, de corte más sociológico o filosófico, estrictamente negra
  que resulta imposible resumir aquí. Sirva como señal de ello la
  lectura que Bobby Hutton, primer mártir del Black Panther Party,
  estaba haciendo en la época en la que es tiroteado por la policía en
  el temprano 68, dos días después del asesinato de Martin Luther King.
  Había entrado a formar parte del Partido con quince años y sin apenas
  saber leer. Dos años después, “en el momento de su asesinato —
  recuerda Huey P. Newton—, estaba leyendo <italic>Black Reconstruction
  in America</italic>, de W.E.B. Du Bois” (2009: 126). Esa tradición
  testimonial propiamente americana y negra se ve, en el momento,
  enriquecida por otros textos y otras lecturas. Newton, fundador, junto
  a Bobby Seale, del proyecto de los panteras, además de resumir la
  influencia nietzscheana en la elaboración de la “Black Panther
  philosophy” (2009: 173-180) o el lugar central que ocuparon las
  lecturas del Che y de Mao, recordaba la importancia de otro texto que,
  sin duda, resulta clave a la hora de evaluar los desplazamientos
  teóricos que se están produciendo y que afectarán al GIP: “Leíamos
  —afirma en su <italic>Revolutionary Suicide</italic>— los trabajos de
  Frantz Fanon, particularmente <italic>Los condenados de la
  tierra</italic>” (2009: 116).</p>
  <p>El desplazamiento que introduce Fanon —aunque abierto previamente,
  de nuevo, por Mao Tse-Tung cuando en 1926, en relación al movimiento
  campesino de Junan, reivindicara “el llamado ‘movimiento de la
  chusma’” (Mao, 1968: 25)— en las teorías emancipatorias de la época es
  importantísimo. En breve: señalaba cómo las poblaciones negras en los
  contextos coloniales, privadas del reconocimiento de derechos y
  deshumanizadas por el colonizador, no acceden nunca al estatus de
  proletarias, quedando, así, asignadas a ese sector de las clases
  populares que el marxismo occidental, desde el <italic>Manifiesto
  comunista</italic> en adelante, había caracterizado bajo la
  denominación despectiva de “lumpen-proletariado”. El análisis de las
  luchas anticoloniales, protagonizadas por estas mismas poblaciones, le
  llevaba a subrayar, frente al marxismo que las había denostado como
  poblaciones naturalmente reaccionarias (Rodríguez, 1996, 1910) sus
  potencialidades revolucionarias. Ya no serían, por tanto, las gentes
  integradas en el mundo del trabajo asalariado quienes habrían de
  protagonizar en primer lugar los procesos de liberación, sino esas
  poblaciones afectadas por la brutalidad del régimen colonial que ni
  siquiera podían acceder al estatus proletario: “Los rufianes, los
  vagos, los granujas, los desempleados los vagos —afirmaba Fanon—,
  atraídos, se lanzan a la lucha de liberación como robustos
  trabajadores” (2007, 119).</p>
  <p>El reconocimiento de las potencias emancipatorias de los segmentos
  marginales de las clases populares, diferentes del obrero de fábrica,
  resultará clave a la hora de reivindicar la agencia política de las
  personas en prisión. “Fundamentalmente, lo que Huey hizo fue aportar
  la ideología y la metodología para organizar al lumpen-proletariado
  urbano negro” (1969: 2), aseguraba Eldridge Cleaver, ministro de
  información del Black Panther Party, en un texto dedicado
  específicamente por entero a despejar la cuestión de la composición de
  la clase obrera americana y a defender las potencias revolucionarias
  del lumpen. El Black Panther Party fue, sin duda, una de las primeras
  organizaciones políticas que, en la metrópolis, trató de organizar a
  estos segmentos de la población en un proyecto político transformador.
  Huey P. Newton lo expresaba con concisión:</p>
  <p>“Finalmente no tuve más opción que la de formar una organización
  que involucrase a los hermanos de clase baja” (2009: 116), afirma,
  para, algo más tarde, añadir que trataban de encontrar “una unidad
  funcional entre los negros de clase media y los hermanos de la calle”
  (2009: 126).</p>
  <p><bold>3.</bold></p>
  <p>La exaltación de los segmentos de las clases populares no
  integrados en las formas de trabajo “normal” no ha sido exclusiva de
  los movimientos anticoloniales ni, en la metrópolis, de los
  movimientos con que se organizan las poblaciones racializadas. De
  vuelta a Francia se detecta otra tradición que hunde sus raíces en los
  orígenes de la modernidad industrial, pero cuya huella ha quedado
  especialmente clara en el discurso y las prácticas de algunas de las
  vanguardias artísticas más importantes del siglo XX, muy concretamente
  en el surrealismo y sus epígonos. Por otra parte, como ha indicado
  Robin D.G. Kelley en su prólogo a <italic>Marxismo negro</italic>, de
  Cedric J. Robinson, el surrealismo parece haber sido “al menos para
  algunos, el eslabón perdido que puso a los intelectuales negros
  (especialmente en el mundo francófono) cara con la tradición negra”
  (2019: 29). El caso de Aimé Césarie sería solo el más
  significativo.</p>
  <p>En todo caso, se trata de una tradición cuyo rastro es necesario
  seguir, como ha hecho Enzo Traverso, al menos hasta la bohemia roja
  que se conforma en las metrópolis europeas a lo largo del XIX. Más
  allá de la definición clásica de la bohemia como “amor al arte y odio
  al burgués” (2019, 210), este movimiento, con todas las ambivalencias
  que le han sido propias, pone a quienes la forman “entre la
  <italic>intelligenstia</italic> y los más bajos fondos” (2019: 216) y
  parece haber sido el refugio, además de para “intelectuales y
  revolucionarios en el exilio”, de “mujeres rebeldes, extranjeros,
  mestizos, desarraigados, todas las personas pertenecientes a minorías
  excluidas y perseguidas” (2019: 217). De sus filas saldrán no solo
  esos <italic>lazzaroni</italic> que tanto preocuparan a Marx (1968,
  85) o importantes secciones, intelectuales o no, del fascismo, sino,
  también, los profesionales de la conspiración del blanquismo, los
  refractarios de la Comuna a que alude Jules Vallès, así como gran
  parte de los intelectuales comunistas y anarquistas europeos,
  incluido, probablemente, el propio Marx. A principios de siglo XX, el
  París obrero, o tal vez fuera mejor decir el París hambriento, parece
  constituir un escenario especialmente fecundo para estos personajes.
  Victor Serge es, a mi entender, quien los ha retratado mejor:</p>
  <disp-quote>
  <p>Uno de los rasgos particulares del París obrero de aquel tiempo es
  que lindaba con amplias zonas con la chusma, es decir el vasto mundo
  de los irregulares, de los caídos, de los míseros, de los
  contrabandistas. Eran pocas las diferencias esenciales entre el joven
  obrero o artesano de los viejos barrios del centro y el rufián de las
  callejuelas que rayaban el mercado central. El chofer, el mecánico
  despierto birlaban regularmente todo lo que podían en la casa del
  patrón, por espíritu de clase (“eso le llevo ganado al mono”) y porque
  estaban “liberados” de prejuicios… Tenían una mentalidad belicosa y
  anarquizante (2019: 57).</p>
  </disp-quote>
  <p>El surrealismo habría sido para Walter Benjamin la superación en un
  sentido revolucionario y emancipador de las ambivalencias
  decimonónicas de la bohemia y su forma de vida disoluta. “El
  movimiento teórico y político que está más estrechamente conectado con
  el ideal bohemio —apunta Traverso— es sin duda el anarquismo” (2019:
  246). La crítica surrealista encuentra su inspiración en la subcultura
  de esta bohemia parisina, pero su especificación política en el
  anarquismo individualista e ilegalista, y, entre la una y el otro, en
  cierta mitificación de la figura del delincuente como combatiente
  contra el orden burgués. Los individualistas (Armand: 2011) se
  adherían a una filosofía, por lo demás bastante gruesa y cargada de
  antiintelectualismo, que ponía en primer lugar la libertad individual.
  Se inspiran en las tesis sostenidas por Max Stirner en <italic>El
  único y su propiedad</italic>, así como en cierto nietzscheanismo
  francés, que tiende a leer al autor de <italic>Así hablo
  Zaratustra</italic> como un defensor del egoísmo individual y crítico
  con todo sistema moral que no se funde en los deseos propios.</p>
  <p>El anarquismo individualista servirá, más que como base teórica,
  como atmósfera en la que encontrarán apoyo las prácticas del
  anarquismo ilegalista. Figuras casi convertidas en leyenda, como
  Alexandre M. Jacob, que defendía el robo como forma de restitución y
  de combate contra los ricos (Jacob: 2007). Los surrealistas serán los
  penúltimos en reivindicar a estas figuras de la delincuencia como
  verdaderos héroes de la clase trabajadora. Lo harán especialmente con
  los miembros de la banda Bonnot, grupo de ilegalistas que habían
  cometido toda una serie de crímenes espectaculares hacia 1911 para
  sucumbir en combates con la policía o, en el mejor de los casos, con
  largas condenas de cárcel. Ya en marzo de 1921, es decir menos de una
  década después de las acciones de la banda, la revista
  protosurrealista <italic>Littérature</italic> evaluará los méritos de
  Bonnot con un 10,36, por encima de Baudelaire, con un 9, o Freud, con
  un 8,63, y solo por debajo de Apollinaire, con 12,45, y del propio
  Breton, con un 16,85 (Hemmens, 2019: 179).</p>
  <p>Como señala oportunamente Hemmens, a través del surrealismo y la
  cultura de la juventud de la <italic>Rive Gauche</italic> de los años
  50, el situacionismo va a heredar gran parte de la tradición crítica
  desarrollada por las vanguardias y por la bohemia parisina (2019:
  219). Muchas cosas se han transformado en el contexto francés —una
  segunda guerra mundial, la consolidación del estado de bienestar,
  etc.—, a pesar de lo cual notables continuidades unen con su hilo
  negro al <italic>flâneur</italic> baudeleriano con la
  <italic>déambulation</italic> surrealista y, de ahí, con la
  <italic>dérive</italic> practicada y teorizada por la Internacional
  Situacionista. También permanece, por supuesto, la referencia a esas
  figuras del ilegalismo anarquista que, para Raoul Vaneigem, es
  necesario incluir en el pasado a corregir de “las esperanzas
  incumplidas, tanto en la vida individual como en la historia de las
  revoluciones aplastadas”. La propuesta correctiva de su
  <italic>Tratado del saber vivir para uso de las jóvenes
  generaciones</italic> es dura: “Diluir la sangre de Babeuf, de
  Lacenaire, de Ravachol, de Bonnot en la sangre de los oscuros
  descendientes de quienes (…) supieron frenar cruelmente la
  emancipación humana” (1998: 224).</p>
  <p>La cultura de la <italic>Rive Gauche</italic>, de la bohemia a los
  surrealistas, de ahí a los <italic>situs</italic>, con su rechazo
  generalizado de los valores burgueses, alcanza de lleno el Mayo
  francés. Ya en 1966 fue motivo de escándalo la malversación de los
  fondos del sindicato estudiantil Union Nationale des Étudiants de
  France (UNEF) en 1966 para imprimir el folleto situacionista
  <italic>De la misère en mileu étudiant: consideré sous ses aspects
  économique, politique, psychologique, sexual et notamment intellectuel
  et de quelques moyens pour y remédier.</italic> Luego, en Nanterre, el
  Mouvement du 22 Mars dará el pistoletazo de salida a las jornadas más
  agitadas del 68. Cuando en Mayo, tras la manifestación del 13, la
  Internacional Situacionista tome posiciones al interior de la Sorbona
  se aliará con el grupo de los <italic>enragés</italic> venidos de
  Nanterre para formar el Comité d’occupaction que rebautizará una sala
  con el nombre de Jules Bonnot y otra con el de Ravachol. Desde la
  primera de estas llamarán “à l’occupation immédiate de toutes les
  usines en France et à la formation de Conseils ouvriers” (Leclercq,
  2017 : 432).</p>
</sec>
<sec id="la_causa_del_otro">
  <title>4. La causa del otro</title>
  <p>Recapitulemos. Solo hemos indicado, por lo demás con imperdonable
  brevedad, tres de las líneas que convergen, a mi entender, en la
  producción del acontecimiento-GIP: 1. La que revitaliza las
  estrategias de <italic>enquête</italic> obrera. 2. La que exige la
  atención a las potencias disruptivas de los segmentos no integrados de
  las clases populares y 3. La que exalta, tal vez de manera para
  nosotros extrañamente romántica, la dimensión contestataria de ciertas
  formas de vida asociadas a la criminalidad. Como probablemente ha
  quedado entrevisto, estas líneas no son perfectamente discernibles
  salvo por el artificio del análisis. Si quisiéramos reducirlas a
  personajes de novela, veríamos aparecer al joven maoísta que
  —<italic>descensus averno</italic>— viaja al barrio obrero, al chaval
  negro que lee sobre el <italic>middle passage</italic> con un revolver
  a su lado, al muchacho que aún sueña con imitar a Rimbaud cuando
  abandona la casa materna para dirigirse a la Comuna. Son estereotipos
  engañosos que podrían hacernos perder de vista lo esencial: se trata
  de tradiciones de lucha y pensamiento —fragmentos de culturas
  políticas— que hunden sus raíces en, cuando menos, el siglo anterior y
  que solo con el tiempo y la testarudez de los oprimidos han adquirido
  la consistencia con la que las vemos aparecer a principios de los
  setenta en Francia. El efecto de su entrecruzamiento parece poder
  resumirse de manera sucinta diciendo que supone la revalorización del
  punto de vista de aquellos estratos de las clases populares sobre los
  cuales recae de manera demasiado frecuente para ser mera casualidad el
  castigo en su forma de pena de privación de libertad: solo ellos
  tienen el secreto de lo que es realmente la prisión. Sin embargo, creo
  que, por más que ese fuera el grito de guerra del GIP —“la palabra a
  los detenidos” (Foucault, 2001: 1170)—, la cuestión es algo más
  compleja o, dicho de otro modo, el efecto de revalorización de la voz
  de los detenidos pasa por una mutación del propio sujeto de
  enunciación que es, simultáneamente, una mutación del sujeto político,
  y, por ende, del ordenamiento social.</p>
  <p>Contra las fantasías fruto de cierta vulgata obrerista —ya sea esta
  maoísta, autonomista o anarquizante—, el problema no reside en la
  reivindicación del punto de vista, presuntamente alternativo, de los
  oprimidos para, así, dar voz a aquellos que no tendrían voz o cuya voz
  no estaría siendo escuchada. El problema tampoco es el que signa
  cierto abordaje postcolonial acerca de si pueden o no pueden hablar
  los subalternos (Spivak, 2003). Por supuesto que pueden hablar y lo
  hacen. El problema es en qué medida lo que dicen y desde dónde lo
  dicen resulta disruptivo respecto del orden instituido. De hecho, si
  no fuera porque resulta hasta tal punto obvia la respuesta que no
  parece posible siquiera hacer la pregunta, lo mismo podría decirse de
  los intelectuales. ¿Pueden hablar los intelectuales? ¿Pueden hablar
  los filósofos? La respuesta es la misma que para el caso de los
  oprimidos, idéntica que para el caso de los obreros o los detenidos.
  Por supuesto que pueden hablar y lo hacen. El problema es en qué
  medida lo que dicen y el lugar de enunciación que ocupan resulta
  disruptivo. La cuestión es hasta qué punto introducen un cambio en lo
  ya dicho, un punto de vista diferente, un acontecimiento
  discursivo.</p>
  <p>Si el GIP lo hace, si el GIP supone un acontecimiento, no es por
  haber dado voz a los detenidos —que ya la tenían—, ni por haber hecho,
  tal y como decía el propio grupo querer hacer, de caja de resonancia
  de los discursos y teorías de los presos. Lo es por haber efectuado
  una modificación en los lugares de enunciación preestablecidos y, en
  paralelo, una transformación a nivel subjetivo, creando un punto de
  vista inédito hasta entonces y, con ello, una redistribución en el
  reparto mismo de lo sensible. En el entramado de las relaciones de
  poder, incluso. Lo que emerge entonces no es la voz de los presos ni
  la de los intelectuales comprometidos —mucho menos la de Foucault
  mismo—, ni la de los maoístas ni la de los <italic>enragés</italic>,
  ni la de los franceses de la metrópolis ni la de los negros de las
  periferias en Estados Unidos, ni la del obrero ni la del lumpen, sino
  un decir trastornado por el encuentro de uno y otros, que desde ese
  momento ya no serán los mismos. Lo que el GIP pone en primer plano
  como acontecimiento político y discursivo es eso que Rancière —sin
  duda fuertemente influido por su propia experiencia en el grupo— ha
  llamado “la cause de l’autre” (1997).</p>
  <p>La causa del otro como figura política supone, a decir del autor de
  <italic>La noche de los proletarios</italic>, una desidentificación en
  relación con un sí mismo previo y la producción de un sujeto
  diferente, atópico en relación con las posiciones asignadas antes de
  su aparición: “Una identificación imposible, una identificación con
  otro con el cual, al mismo tiempo, uno no puede ser identificado”
  (1997: 44): en este caso, como hemos visto, se da una cascada de
  identificaciones —de los jóvenes althusserianos con los obreros, de
  los intelectuales franceses con los negros americanos, de los
  estudiantes con la corrientes de vanguardia que, a su vez, se habían
  identificado con el anarquismo ilegalista— que converge en una última
  identificación imposible, la de los intelectuales y militantes de
  izquierdas con los presos sociales. De ahí emerge un sujeto que se
  presenta, por tanto, como alteridad respecto de los espacios
  —políticos, pero también teóricos— constituidos, de los cuales no
  forma parte, de los que no participa. Conforma, respecto de los
  repartos de poder preestablecidos, la parte que no tiene parte. “La
  actividad política —ha apuntado Rancière— es siempre un modo de
  manifestación que deshace las divisiones sensibles del orden policial
  mediante la puesta en acto de un supuesto que por principio le es
  heterogéneo”. Esta parte de los que no tienen parte —añade— “en última
  instancia, manifiesta en sí misma la pura contingencia del orden, la
  igualdad de cualquier ser parlante con cualquier otro ser parlante”
  (1996: 45). Así, lo que caracterizó la experiencia del GIP no fue otra
  cosa que el producir, al menos durante el tiempo que duró, un elemento
  radicalmente heterogéneo al orden social y a los repartos de poder,
  sin duda desiguales, que se dan a su interior: una experiencia de
  igualdad radical. En ese sentido, fue capaz de poner de manifiesto el
  carácter estrictamente contingente de las segmentaciones sociales, al
  menos las que distinguen claramente entre quienes merecen vivir en
  libertad y quienes, por el contrario, deben permanecer, por el tiempo
  que se determine, bajo secuestro carcelario.</p>
  <p>Esta perspectiva, que pone en primer plano el principio de igualdad
  entre diferentes a partir de la irrupción de un elemento radicalmente
  heterogéneo, nos ofrece una imagen de la experiencia política que
  supuso el GIP alejada de la política como mera “toma de la palabra”
  por parte de un sujeto preexistente que vendría a reivindicar su punto
  de vista. Como ha apuntado Kristin Ross en <italic>Mayo del 68 y sus
  vidas posteriores</italic>, “La dicotomía (revolución o fiesta, toma
  del poder o toma de la palabra) que ha dominado el debate de Mayo es
  falsa” (2008: 153). En ese sentido el GIP, a través de la puesta en
  acto de una práctica fundada sobre “la causa del otro”, al producir un
  polo de alteridad no contabilizado en la distribución sensible de lo
  mismo, producía, simultáneamente, una impugnación de los repartos de
  poder y un lugar de enunciación hasta entonces inexistente: más aún,
  todo un nuevo régimen de verdad a partir de la reordenación del
  reparto político de lo sensible.</p>
  <p>A partir de ahí, las rebeliones de presos han de ser valoradas como
  producto inmediato del GIP o, si se quiere, el GIP —si lo reducimos
  incorrectamente a sus intelectuales— como producto de las rebeliones
  de presos. Dicho de otra manera: el GIP y las rebeliones de presos,
  observados desde la lógica política de la causa del otro, no son dos
  cosas distintas, sino los efectos, bien del lado de los intelectuales
  y militantes izquierdistas, bien del lado de los presos, de un solo
  movimiento de interrupción de los repartos de poder y de enunciación
  preestablecidos. Si, como afirma Rancière, un régimen de verdad
  determinado es tanto efecto como causa de un modo de subjetivación
  dado (1997: 40), la experiencia de ese acontecimiento que ahora
  podemos designar en su unidad como GIP-Rebeliones de presos, supuso la
  emergencia simultánea de una nueva subjetividad y la alteración
  profunda de lo sensible. El encuentro entre intelectuales, militantes
  izquierdistas, profesionales y presos y familiares de presos abrió una
  nueva perspectiva cuyos efectos, tanto materiales como teóricos, aún
  se dejan sentir.</p>
</sec>
<sec id="conclusiones">
  <title>5. Conclusiones</title>
  <p>Volvamos —para cerrar— a la fundación del GIP: 8 de febrero de
  1971. Capilla de Saint-Bernard. Foucault va a presentar públicamente
  lo que aún es poco más que un proyecto inacabado, un bosquejo
  insuficiente. Daniel Defert, pareja de Foucault y miembro de la Gauche
  Prolétarienne —en la que se han fusionado algunos de los elementos
  anarquizantes del Movimiento 22 de marzo y los restos del maoísmo que
  había dado lugar a los CVB—, le propone al filósofo que se encargue de
  dirigir una comisión de investigación, semejante al tribunal popular
  de Lenz en el que Sartre había actuado como procurador, sobre la
  situación de los militantes encarcelados. Foucault acepta, pero bajo
  la condición de que el proyecto tome la forma más bien de una
  investigación, de un grupo de información siguiendo los modelos de la
  <italic>enquête</italic> obrera. A finales de diciembre de 1970
  organiza una reunión en su propia casa. Según François Dosse, “el
  método de investigación se crea rápidamente: la abogada Christine
  Martineau termina un libro sobre el trabajo en la prisión y ha
  elaborado un cuestionario —con la filósofa Danielle Rancière— para los
  detenidos” (2009: 404).</p>
  <p>El manifiesto de presentación del GIP indica que en torno al
  proyecto ya se han reunido “jueces, abogados, periodistas, médicos,
  psicólogos” (Foucault, 2001, 1043), es decir, todo un elenco de eso
  que el propio Foucault va a denominar “intelectual especifico”
  (Foucault, 1999: 50). Además, en el manifiesto —y aquí reside, a mi
  entender, lo importante— Foucault, en nombre del GIP, hace una
  solicitud a su afuera: una demanda a un otro que, en principio, no
  sería parte del grupo ya constituido, que no estaría de antemano
  incluido. Es precisamente en esta vinculación con su afuera, con la
  alteridad, que se constituye aquello que, me parece, será
  característico del GIP: “Llamamos —dice Foucault aquel 8 de febrero— a
  aquellos que, a título de cualquiera, tienen una experiencia de la
  prisión o una relación con ella. Les pedimos que se pongan en contacto
  con nosotros y nos comuniquen lo que saben” (2001: 1043). Solo a
  través de esta demanda de ayuda que reconoce la validez del saber del
  otro y, por supuesto, sobre todo, solo a partir de la respuesta que a
  dicha demanda da ese otro —los presos y familiares de presos— va a
  emerger definitivamente el acontecimiento-GIP. Es decir, el grupo se
  constituye a raíz de la superación de la figura de una red más o menos
  rica y diversa de intelectuales específicos y en el salto, siempre
  hecho sobre el vacío, de dirigirse a esos otros, los detenidos y sus
  familiares, dando lugar a lo que Alfredo Sánchez, en su lectura de la
  experiencia de Rancière en el GIP, ha llamado el “intelectual
  inespecífico”: a saber, un intelectual que, “en lugar de actualizar la
  competencia específica de un grupo, subjetiva la capacidad de
  cualquiera para deliberar acerca de lo justo y lo injusto, la
  capacidad de cualquier individuo sin distinción para percibir ‘lo
  intolerable’” (Sánchez Santiago, 2022: 127). Es desde esa
  “identificación imposible” (Rancière, 1997: 44), fruto de un lento
  fraguarse a través del entrecruzamiento de múltiples líneas causales
  que, ahora sí, Foucault estará en disposición de comenzar a pensar de
  un modo distinto el problema de las instituciones de reclusión. Es
  apoyado en esa percepción de lo intolerable, que no es suya sino de
  cualquiera, que dictará el curso de <italic>La sociedad
  punitiva</italic> y, luego, habrá de escribir su libro sobre la
  prisión.</p>
</sec>

</body>
<back>
<fn-group>
  <fn id="fn1">
    <label>1</label><p>“Qui va en prison?”. Texte de Pierre Macherey
    [159GIP/5/1]. Archives GIP/IMEC.</p>
  </fn>
  <fn id="fn2">
    <label>2</label><p>A lo largo de 1966 el Partido Comunista Francés,
    que aboga por la paz en Vietnam sin mayor especificación, acelera
    los procesos de expulsión de sus militantes de tendencias
    izquierdistas, que toman posición del lado vietnamita. Para seguir
    impulsando la movilización ya sin el aparato del PCF, cinco
    intelectuales, entre los que se encuentra Pierre-Vidal Naquet, luego
    cabeza junto a Foucault y Jean-Marie Domenach del GIP, promueven la
    constitución del Comité Vietnam Nacional, donde irán a parar los
    sectores de jovencísimos trotskistas depurados un año antes.</p>
  </fn>
  <fn id="fn3">
    <label>3</label><p>Mantendremos el término es francés para conservar
    su doble sentido de “investigación” y “encuesta”.</p>
  </fn>
</fn-group>
<ref-list id="bibliografia">
  <title>6. Bibliografía</title>
  
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