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        <journal-title specific-use="original" xml:lang="es">Política y Sociedad</journal-title>
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      <issn-l>1988-3129</issn-l>
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        <publisher-name>Ediciones Complutense</publisher-name>
        <publisher-loc>España</publisher-loc>
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      <article-id pub-id-type="doi">https://doi.org/10.5209/poso.95208</article-id>
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          <subject>MONOGRÁFICO</subject>
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        <article-title>De la historia de la prisión a la teoría de la razón punitiva. Foucault responde a los historiadores penitenciarios franceses<xref ref-type="fn" rid="fn1">1</xref></article-title>
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          <trans-title>From the history of prison to the theory of punitive reason. Foucault responds to French penitentiary historians</trans-title>
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            <surname>Domínguez González</surname>
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            <surname>Domínguez Sánchez-Pinilla</surname>
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          <institution content-type="original">Universidad Complutense de Madrid</institution>
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        <corresp id="cor1">Autor@s de correspondencia: David J. Domínguez González: <email>dadomi01@ucm.es</email></corresp>
        <corresp id="cor2">Mario Domínguez Sánchez-Pinilla: <email>maridomi@ucm.es</email></corresp>
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      <pub-date pub-type="epub" publication-format="electronic" iso-8601-date="2025-03-11">
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        <year>2025</year>
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      <volume>62</volume>
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        <copyright-statement>Copyright © 2025, Universidad Complutense de Madrid</copyright-statement>
        <copyright-year>2025</copyright-year>
        <copyright-holder>Universidad Complutense de Madrid</copyright-holder>
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          <license-p>Esta obra está bajo una licencia <ext-link ext-link-type="uri" xlink:href="https://creativecommons.org/licenses/by/4.0/">Creative Commons Attribution 4.0 International</ext-link></license-p>
        </license>
      </permissions>
      <abstract>
        <p>El artículo analiza las principales críticas que recibió la obra más conocida de Michel Foucault, Vigilar y castigar, por parte de Jacques Léonard y algunos historiadores penitenciarios franceses. Asimismo, trata de poner de relieve la respuesta del propio Foucault al convertir la prisión en un objeto de problematización epistemológica e historiográfica. Por último, se estudian los interrogantes de naturaleza política que, ya en su momento, suscitó dicho debate. No obstante lo anterior, cabe reconocer que a pesar de su polémica, o quizá gracias a ella, la obra funcionó como un acelerador de los estudios sobre la cárcel y otras formas de castigo.</p>
      </abstract>
      <trans-abstract xml:lang="en">
        <p>The article analyses the main criticisms that Michel Foucault’s best-known work, Discipline and Punish, received by Jacques Léonard and some French penitentiary historiens. It also attempts to highlight Foucault’s own response by turning prison into an object of epistemological and historiographical problematization. Finally, it examines the political questions raised by this debate. Nevertheless, it must be acknowledged that despite its polemic, or perhaps because of it, the work functioned as an accelerator for the study of prison and other forms of punishment.</p>
      </trans-abstract>
      <kwd-group>
        <kwd>Foucault</kwd>
        <kwd>prisión</kwd>
        <kwd>historiografía</kwd>
        <kwd>teoría social</kwd>
        <kwd>análisis foucaultiano</kwd>
      </kwd-group>
      <kwd-group xml:lang="en">
        <kwd>Foucault</kwd>
        <kwd>prison</kwd>
        <kwd>historiography</kwd>
        <kwd>social theory</kwd>
      </kwd-group>
      <custom-meta-group>
        <custom-meta>
          <meta-name>Sumario</meta-name>
          <meta-value>: 1. Introducción. 2. Breve intrahistoria del debate. 3. “Levantar el polvo de los hechos”: la ofensiva de Léonard. 4. “El polvo desafiando la nube”: la réplica de Foucault. 5. Conclusión. 6. Bibliografía.</meta-value>
        </custom-meta>
        <custom-meta>
          <meta-name>Cómo citar</meta-name>
          <meta-value>Domínguez González, D.J; Sánchez-Pinilla Domínguez, M. (2025). “De la historia de la prisión a la teoría de la razón punitiva. Foucault responde a los historiadores penitenciarios franceses”. Polít. Soc. (Madr.) 62(1), e952088. https://dx.doi.org/10.5209/poso.95208.</meta-value>
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      </custom-meta-group>
    </article-meta>
  </front>
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<sec id="introduccion">
  <title>1. Introducción</title>
  <p><italic>Vigilar y castigar</italic> es sin duda el libro más citado
  de Michel Foucault<xref ref-type="fn" rid="fn2">2</xref>, el que más
  intervenciones ha suscitado y el que lo sitúa, quizás deliberadamente,
  en la palestra de un debate que excede los parámetros académicos y
  busca desmontar el sistema de evidencias implícito de quienes trabajan
  en el marco institucional de la prisión (Perrot, 1980: 53). Publicado
  en febrero de 1975, el libro goza de inmediato de un éxito
  incontestable. La obra vendió millares de ejemplares y Foucault se
  consagró, aprovechando su desembarco en el Collège de France, como un
  investigador riguroso e inusualmente original, no solo por el uso que
  hacía del archivo, sino también por su claro compromiso con la
  historia del presente, por su voluntad de intervenir críticamente
  sobre ciertos discursos y prácticas del presente, desnaturalizándolos
  y mostrando el carácter contingente, culturalmente arbitrario (y por
  tanto, políticamente desmontable), de su formación.</p>
  <p>La obra cosechó una atención considerable y sus tesis sobre el
  poder disciplinario se convirtieron en objeto de reflexión para miles
  de académicos de medio mundo. Sin embargo, además de contribuir al
  florecimiento de los estudios penitenciarios, la obra también suscitó
  múltiples debates interpretativos. De entre todos ellos, hay uno sin
  embargo que merece especial atención. Hablamos del debate que tuvo
  lugar entre Foucault y parte de la historiografía francesa. Un debate
  dirigido no tanto contra la originalidad de Foucault, sino contra las
  “insuficiencias metodológicas” y las “generalizaciones apresuradas”
  que, a juicio de tales historiadores, contenía la obra del
  filósofo.</p>
  <p>El objetivo del presente artículo consiste en dilucidar la
  naturaleza de tales críticas, así como las respuestas ofrecidas por
  Foucault, reconstruyendo de este modo un debate no del todo conocido y
  que sin embargo aporta interrogantes sugerentes para quien está
  interesado en la reflexión historiográfica y la teoría social de la
  modernidad. Más que una cuestión metodológica, lo que aquí se constata
  es un profundo malentendido respecto a los interrogantes que
  prefiguran las estrategias de investigación foucaultianas, así como un
  desconocimiento, por parte de los historiadores, de las fuentes y los
  procedimientos con los que Foucault trata de operativizar su
  problemática.</p>
  <p>En lo sucesivo trataremos estas cuestiones de manera ordenada.
  Primero, nos centraremos en las críticas vertidas por el historiador
  Jacques Léonard. Para ello, será preciso considerar su recensión de
  <italic>Vigilar y castigar</italic>, pero también los trabajos
  posteriores acometidos por algunos/as de los/as más célebres
  historiadores/as penitenciarios franceses/as (Robert Badinter,
  Jacques-Guy Petit, Michelle Perrot). Después, pasaremos al análisis de
  la réplica foucaultiana, lo cual exigirá centrarse tanto en su
  respuesta al texto de Léonard como en su debate posterior con los
  historiadores. Por último, concluiremos el artículo evocando la
  discusión entre Maurice Agulhon y Foucault acerca de las supuestas
  implicaciones políticas de <italic>Vigilar y castigar</italic>.</p>
  <p>Antes, sin embargo, ofreceremos unas pinceladas sobre las
  circunstancias inmediatas que rodean el debate. En efecto, ¿por qué se
  produjo esta polémica con los historiadores? ¿Qué circunstancias son
  las que permiten comprender el debate? ¿Quiénes fueron sus
  protagonistas y cuál fue el clima en que se desarrolló?</p>
</sec>
<sec id="breve_intrahistoria_del_debate">
  <title>2. Breve intrahistoria del debate</title>
  <p>En la historia de la reflexión sobre el crimen y las prisiones, el
  año 1975 constituye una efeméride digna de reseñar. Es la fecha, como
  se sabe, en que se publica el clásico libro de Michel Foucault sobre
  la prisión. Pero también es el año que vio aparecer otros estudios no
  exentos de relevancia para la historia de las prisiones en los siglos
  <sc>xviii-xix</sc> (Petit, 1996: 158).</p>
  <p>Cabe señalar, a este respecto, aunque sea de pasada, los trabajos
  de Pierre Deyon (1975), Victor Brombert (1975) o el artículo de
  Michelle Perrot (1975) que tanto influyó en Foucault a la hora de
  comprender la importancia de la moralización de las clases
  obreras<xref ref-type="fn" rid="fn3">3</xref>. Asimismo, se debe
  recordar, más atrás en el tiempo, las investigaciones de David Rothman
  (1971) o los trabajos que Pierre Chaunu y sus discípulos realizaron en
  el marco del Centro de Investigación Cuantitativa de la Universidad de
  Caen, y que el propio Foucault utilizó para sustentar la tesis de que,
  en el trascurso de los siglos XVII-XVIII, se produjo un cambio en el
  patrón de criminalidad. De manera más remota, sería bueno recordar la
  obra de Georg Rusche y Otto Kirchheimer (1939), a la que Foucault
  (1975a: 31) dedica palabras elogiosas al comienzo del libro, al
  considerar que fueron ellos quienes pensaron, por primera vez, las
  transformaciones de los métodos punitivos a partir de elementos no
  jurídicos de la política social, como las fluctuaciones en el mercado
  de trabajo y la demografía
  poblacional<xref ref-type="fn" rid="fn4">4</xref>.</p>
  <p>Por supuesto, se podría ampliar la lista de trabajos. Pero la
  evocación de lo dicho tampoco tiene por objeto la exposición de un
  estado de la cuestión bibliográfica, sino mostrar el ascendente de la
  cuestión carcelaria desde finales de los años sesenta. Decir esto no
  es infravalorar la originalidad de Foucault, sino saber ubicar su obra
  en el terreno que alimentó gran parte de los trabajos penitenciarios
  de su tiempo (Petit, 1996: 159). Se puede afirmar que, si bien este
  libro no inaugura una historia de las penas y del encierro, su
  aparición supuso un importante revulsivo en el ámbito de la historia
  penitenciaria, en donde funcionó como un disparador de los estudios
  sobre la prisión y otras formas de castigo (González Alvo, 2015:
  58).</p>
  <p>Esto fue así, posiblemente, debido a la enorme repercusión del
  libro en el ámbito intelectual.<xref ref-type="fn" rid="fn5">5</xref>
  De su publicación se hicieron eco tanto los grandes semanarios como
  los periódicos de tirada nacional. Recuérdense, a este respecto,
  algunas de las principales recensiones aparecidas en el hexágono
  francés: la reseña (en realidad una entrevista) de Roger-Pol Droit en
  <italic>Le Monde</italic> (21.02.1975); la recensión en
  <italic>L’Express</italic>, redactada por el historiador Max Gallo
  (24.02.1975 y 02.03.1975); otra en <italic>Le Nouvel
  Observateur</italic>, firmada por el escritor Jean-Paul Enthoven
  (03.03.1975); la reseña en el semanario <italic>Le Point,</italic>
  redactada por Alain Gérard Slama (10.3.1975); una más en <italic>La
  Quinzaine Littéraire,</italic> por el psiquiatra Adolfo
  Fernández-Zoïla (16.03.1975); y por último, el semanario <italic>Le
  Magazine Littéraire</italic>, que dedicaba su número de junio de 1975
  al libro de Michel Foucault sobre la prisión.</p>
  <p>En el plano de las revistas históricas y criminológicas, el libro
  también despertó una gran acogida. Sin ánimo de ser exhaustivos, cabe
  recordar las principales reseñas publicadas en lengua francesa: la
  primera de ellas fue la recensión del criminólogo Jean Pinatel (1975),
  aparecida en la <italic>Revue de science criminelle et de droit penal
  comparé</italic>; después, la de Philippe Robert (1975), director del
  Servicio de Estudios Penales y Criminológicos del Ministerio de
  Justicia, en la revista <italic>L’Année sociologique</italic>; por su
  parte, Jean-Paul Brodeur (1976) dedicó una extensa y rigurosa reseña
  en la revista <italic>Criminologie</italic>; André Zysberg (1976),
  historiador de los métodos punitivos, hizo lo propio en la célebre
  revista <italic>Annales E.S.C</italic>.; por último, François Ewald,
  asistente personal de Foucault en aquel momento, firmó una extensa
  reseña en <italic>Critique</italic> sobre las estrategias
  metodológicas que animaban el trabajo genealógico del libro.</p>
  <p>Llegamos así al año 1977, fecha en la cual aparece la recensión que
  mejor sintetiza el malestar, a la vez político y metodológico, del
  gremio historiográfico ante <italic>Vigilar y castigar.</italic> Todo
  comienza con el encargo que Michelle Perrot y Maurice Agulhon, de la
  <italic>Société d’Histoire de la Révolution de 1848</italic>, realizan
  a Jacques Léonard, experto en historia social de la medicina. Se le
  encarga la redacción, con motivo de la publicación de un número
  especial en la revista <italic>Annales historiques de la Révolution
  française,</italic> de una recensión del libro de Foucault, a lo cual
  accede gustosamente. La reseña, titulada “L’historien et le
  philosophe. À propos de <italic>Surveiller et punir</italic>”, era en
  su mayor parte un ataque contra las insuficiencias metodológicas que
  presentaba la obra: Foucault confundía, según Léonard, la atenta y
  meticulosa mirada del historiador con el placer de la escritura y la
  voluntad polémica de un panfletario <italic>gauchiste</italic>
  (Artières <italic>et al.</italic>, 2010: 219).</p>
  <p>Tras su publicación Foucault muestra su interés por las objeciones
  planteadas. De modo que, nada más editarse, propuso a Perrot (1996:
  146), a quien le unía cierta amistad, responder a la recensión por
  medio de un texto titulado “La poussière et le nuage”, el cual debía
  funcionar no solo como una respuesta a las objeciones de Léonard sino
  también como un pretexto para convocar un debate, a modo de mesa
  redonda, con otros reconocidos historiadores, donde discutir la
  estrategia historiográfica de <italic>Vigilar y castigar</italic> y
  alejar los malentendidos que su obra suscitaba entre numerosos
  historiadores.</p>
  <p>El debate tuvo lugar el 20 de mayo de 1978, y lo hizo además en uno
  de los principales bastiones de la ciencia histórica francesa: el
  Centre d’Histoire du XIX<sup>e</sup> siècle de la Sorbona. Maurice
  Agulhon y Michelle Perrot hicieron de anfitriones en un debate en el
  que por lo demás se congregaron hasta trece investigadores/as (Perrot,
  1996: 147). Por parte de la historia penitenciaria, destacó la
  presencia de quienes habían contribuido al monográfico coordinado por
  Michelle Perrot y Maurice Agulhon (Nicole Castan, Jean Jacques Darmon,
  Catherine Duprat, Jean Lebrun, Jacques Léonard, André Zysbourg,
  Jacques Vallete), además del historiador Rémi Gossez, miembro de la
  <italic>Société..</italic>. Por parte de Foucault, la historiadora
  Arlette Farge y el historiador Jacques Revel, así como otros
  investigadores próximos al filósofo: François Ewald, Alexandre
  Fontana, Carlo Ginzburg y el criminólogo Pasquale Pasquino. Después,
  aprovechando el éxito comercial cosechado por el número especial de
  los <italic>Annales historiques</italic>…, los compiladores decidieron
  publicar un libro en el que tuvieran cabida tanto los estudios
  históricos del número especial como el debate suscitado en la mesa
  redonda, así como las respuestas ofrecidas por Foucault al texto de
  Léonard y al postfacio de Agulhon. El resultado fue la publicación del
  libro <italic>L’impossible prison</italic>. <italic>Recherches sur le
  système pénitentiaire au XIX<sup>e</sup> siècle</italic>, editado por
  Seuil en 1980.</p>
  <p>El texto, además de presentar las investigaciones en curso, también
  reflejaba el intento de poner al descubierto la manera en que Foucault
  se posiciona ante los ataques de los historiadores. De ahí la
  presencia, quizás sobredimensionada, que tiene el filósofo en el
  conjunto del debate; y de ahí también la decisión, por parte de los
  editores, de reagrupar las preguntas de los participantes bajo la
  forma de un “historiador colectivo”, reduciendo así el protagonismo de
  los intervinientes en beneficio de Foucault, quien aparecía, no por
  casualidad, como protagonista indiscutible del
  libro<xref ref-type="fn" rid="fn6">6</xref>.</p>
  <p>Por último, cabe señalar que, a pesar de su innegable interés, el
  debate no desembocó en ningún acercamiento de posturas; al contrario,
  lo que nos sugiere su lectura es la presencia de un profundo
  malentendido entre Foucault y los historiadores penales (Petit, 1996:
  160).</p>
  <p>En los epígrafes siguientes, trataremos de dar cuenta de tales
  cuestiones a partir del análisis pormenorizado de los argumentos y las
  diferencias puestas en liza.</p>
</sec>
<sec id="levantar_el_polvo_de_los_hechos_la_ofensiva_de_leonard">
  <title>3. “Levantar el polvo de los hechos”: la ofensiva de
  Léonard</title>
  <p>Todo comienza, como decíamos, con la recensión de Jacques Léonard.
  Su texto, publicado en la revista <italic>Annales
  historiques…</italic>, llamó inmediatamente la atención de Foucault.
  Más que una recensión al uso, el texto de Léonard es un ataque contra
  los vicios metodológicos que (re)presenta <italic>Vigilar y
  castigar</italic>. Se trata, desde el principio, de una reseña escrita
  por alguien que pretende hablar en nombre del gremio profesional; el
  mismo Léonard (1977: 164) sugiere esta idea al comienzo del texto: “Me
  limitaré a recordar las críticas que los profesionales de la cuestión
  pueden asestarle”. Concebida en tales términos, la crítica de Léonard
  es una advertencia a navegantes: todo aquel que aspire al conocimiento
  riguroso del pasado deberá proceder de acuerdo con los protocolos y
  las formas de instrumentación del gremio. En particular, deberá
  utilizar fuentes primarias, identificar los actores históricos y
  discutir el estado de la cuestión a partir del diálogo con otros
  historiadores.</p>
  <p>Pasemos, pues, al análisis de las críticas. Para ello, seguiremos
  el orden expositivo de Léonard, pero lo ampliaremos con otros trabajos
  historiográficos sobre la prisión, a fin de determinar si las
  objeciones apuntadas fueron refrendadas por la historiografía
  posterior, o bien denotan una defensa trasnochada del
  conservadurismo</p>
  <p>de oficio. En este punto, la referencia a los trabajos de
  Jacques-Guy Petit, Robert Badinter o Michelle Perrot, por citar
  algunos, será una actividad obligada.</p>
  <list list-type="order">
    <list-item>
      <p>La primera objeción, ante la cual un historiador no puede
      quedar impasible, es la “rapidez fulgurante del análisis”:
      Foucault, dice Léonard (1977: 165), “recorre tres siglos, a rienda
      suelta, como un caballero bárbaro”. Con estas palabras Léonard
      busca suscitar en el lector la desazón que sentiría un historiador
      si tuviera que verificar la exactitud de las hipótesis del libro.
      Un libro que abarca tres siglos y que plantea cuestiones
      pertenecientes a campos de especialización dispares. “Haría falta
      un pelotón de historiadores competentes para examinar
      cuidadosamente la cantidad de interpretaciones que nos ofrece el
      autor” (<italic>Ibid</italic>.: 164). Lo cuestionable es que
      Foucault plantea generalizaciones sin haber realizado las
      verificaciones oportunas. No ha pasado, por así decir, por los
      sacrificios y las entregas que caracterizan al quehacer histórico
      de espíritu positivista: “Haber respirado prolongadamente el polvo
      de los manuscritos” (<italic>Ibidem</italic>). Por supuesto, decir
      esto no significa, según Léonard (<italic>Ibid.</italic>: 165),
      que los historiadores no estén en condiciones de especular con el
      género ensayístico, o que avancen hipótesis atrevidas en términos
      metodológicos; todo ello es posible toda vez que se realice a
      partir de la exploración de trabajos eruditos pasados. Pero lo que
      no es en absoluto aceptable, pese a la originalidad de las
      hipótesis, es que en aquellos terrenos en los que no hay todavía
      suficiente exploración documental (la historia de la prisión, la
      justicia, la medicina, los hospitales), se proceda sin embargo a
      lanzar hipótesis de tan largo alcance, como hace Foucault.</p>
    </list-item>
  </list>
  <p>Dicho esto, y con el tono bronco de quien no ve con buenos ojos la
  intrusión de forasteros en su territorio, Léonard enumera los
  reproches que los “profesionales del oficio” podrían asestar a
  Foucault. La lista es considerable. En primer lugar, estarían las
  objeciones que podrían plantear los especialistas del siglo XVIII. Si
  bien Foucault cita trabajos de historiadores expertos en esta época
  (Le Roy Ladurie, Chaunu, etc.), resultan demasiado escasos para
  satisfacer las exigencias de lo que Léonard considera un “trabajo
  profesional”. Ni trabaja con fuentes primarias, ni entabla un diálogo
  con los especialistas del siglo XVIII, lo que significa que no hay una
  voluntad expresa, por parte de Foucault, de armar un estado de la
  cuestión definido.</p>
  <p>Esto resulta especialmente claro en el análisis que realiza del
  periodo revolucionario. Los especialistas de esta época, dice Léonard
  (<italic>Ibidem</italic>), se sentirán “desigualmente satisfechos”.
  Foucault enfatiza algunos aspectos, pero ignora o elude
  interesadamente otros que, a juicio del historiador, son esenciales en
  la comprensión de la etapa revolucionaria. El resultado es una
  reconstrucción historiográfica insuficiente por cuanto Foucault elude
  cuestiones que son esenciales para comprender el motivo por el que la
  prisión —a pesar de la opinión inicial de los reformadores— acabase
  por imponerse como método para “castigarlo-todo”
  (<italic>Ibidem</italic>).</p>
  <p>La misma crítica se deja entrever en su análisis de los códigos
  penales, especialmente del Código de 1810. A juicio del filósofo
  (1975a: 119), esta normativa ocupa un lugar destacado en el libro: es
  el código que perfecciona y extiende el sistema de encarcelamiento a
  “casi todo el campo de los castigos posibles”. No obstante, un
  análisis pormenorizado de la normativa hará ver que, a pesar del
  esfuerzo declarado por organizar el sistema de encarcelamiento, el
  código también reintroduce un repertorio de castigos corporales que
  contradicen o al menos relativizan la tesis de una reorganización del
  sistema de penas en torno al encarcelamiento. Esta cuestión será
  objeto de examen por parte de Jacques-Guy Petit, quien demostrará el
  carácter ambiguo que poseía entonces la penalidad francesa. De hecho,
  el mismo Petit (1990: 128) sostendrá que, al contrario de lo que suele
  afirmarse, el Código de 1810 no traerá consigo la consagración de la
  prisión, como pensaba Foucault, sino el retorno a una penalidad más
  severa, en la que el endurecimiento de las penas y los suplicios
  corporales coexistirán —al menos hasta la Monarquía de Julio— con
  rasgos típicos (fijación de máximos y mínimos, circunstancias
  atenuantes, claridad en la redacción) de un código penal moderno
  (<italic>Ibid</italic>.: 122-129).</p>
  <p>Acto seguido Léonard prosigue la crítica con las objeciones que
  podrían plantear los especialistas del siglo XIX. A estos últimos les
  hubiera gustado encontrarse con una referencia a las políticas
  penitenciarias llevadas a cabo por los gobiernos franceses de la
  época, pero en su lugar se encuentra una contextualización histórica
  en la que la prisión aparece como resultado de una compleja relación
  entre las tecnologías correctivas, los cambios económicos y las nuevas
  formas de conocimiento involucradas en el poder de castigar.</p>
  <p>Se entiende así la lista de reproches que los historiadores podrían
  dirigirle a Foucault: ni habla de las mejoras impulsadas por la
  Restauración ni hay un análisis de la supresión de los castigos
  corporales en la Monarquía de Julio. Tampoco se “acuerda” de insertar
  las medidas de “mejoramiento moral” en el contexto de la II República.
  Y, por si fuera poco, Foucault no analiza la extinción del
  <italic>bagno</italic> ni aporta datos estadísticos sobre la
  delincuencia y el funcionamiento de la justicia. El resultado es un
  libro que, si bien expresa hipótesis originales en el plano
  intelectual, carece sin embargo de datos que permitan testar el
  alcance de las hipótesis en cuestión. En definitiva, una obra que, al
  eludir los datos sobre las características de los detenidos (edad,
  estado civil, origen social, reincidencia, etc.) y el funcionamiento
  de la justicia penal (naturaleza de las penas, duración de las mismas,
  absolución y condenas según la naturaleza de los crímenes, etc.), se
  muestra incapaz de correlacionar informaciones y producir enunciados
  sobre tendencias de conjunto: datos de la prevalencia del
  encarcelamiento sobre otras penas, el tiempo de encarcelación
  predominante, los distintos regímenes punitivos en las prisiones
  centrales o departamentales, la correlaciones entre la naturaleza de
  los delitos y las características sociológicas de los detenidos, etc.
  Asimismo, se desconoce si las tecnologías disciplinarias están
  presentes en todas las prisiones, o si lo están solamente en las
  centrales y no en las departamentales, o más en unas que en otras. De
  igual modo, tampoco es posible advertir si todas, o solo ciertas
  categorías de prisioneros (políticos, militares insubordinados,
  prostitutas, condenados por derecho común, preventivos), experimentan
  los procesos de individualización
  disciplinaria<xref ref-type="fn" rid="fn7">7</xref>.</p>
  <list list-type="simple">
    <list-item>     
      <p>2. La segunda objeción es una consecuencia de los “malos hábitos”
      practicados por Foucault. Dado que acostumbra a formular hipótesis
      al margen de las verificaciones de los especialistas, ocurre lo
      que Léonard denuncia con tanto ahínco: “Exagera la racionalización
      y la normalización de la sociedad francesa en la primera mitad del
      siglo XIX” (<italic>Ibidem</italic>). Y lo hace, básicamente,
      porque <italic>minimiza</italic> por un lado la resistencia de los
      hábitos del pasado, y <italic>subestima</italic> por otro la
      importancia que tiene el desorden, aquello que se resiste a ser
      encuadrado en una conceptualización. En realidad, lo que quiere
      poner de manifiesto el historiador es que, si se atiende a los
      trabajos elaborados por especialistas, es fácil constatar la
      discrepancia entre los programas disciplinarios y la práctica real
      de las instituciones en las que supuestamente se aplican.</p>
    </list-item>
  </list>
  <p>Para justificarlo, Léonard recurre al mismo procedimiento
  argumental: situarse en la posición de un especialista y enumerar los
  reproches que vendrían a minimizar el alcance adquirido por la lógica
  de normalización en el siglo XIX. Se trata, como dice
  (<italic>Ibid.</italic>: 167), de “levantar el polvo de los hechos
  concretos en contra de la tesis de la normalización masiva”, dando por
  hecho que una tarea como esta, lejos de ser una ocupación auxiliar
  “abandonada a laboriosos destajistas”, es en realidad lo que
  caracteriza propiamente al quehacer historiográfico, el antídoto
  frente a las generalizaciones apresuradas en las que incurre el
  filósofo. En ese sentido, Léonard enumera una serie de campos en los
  que se puede constatar, a partir de estudios existentes,
  situaciones<xref ref-type="fn" rid="fn8">8</xref> en las que no se
  articula, en la primera mitad del siglo XIX, ningún tipo de
  adscripción política del cuerpo de carácter disciplinario, y mucho
  menos el “panoptismo general de la sociedad” al que se refiere
  Foucault (1973b: 438) en sus trabajos.</p>
  <p>Por limitaciones de espacio, solo podemos referirnos a uno de estos
  fenómenos, quizás el más emblemático del libro: el panóptico.
  Considerado por Foucault como el símbolo por excelencia de la
  racionalización disciplinaria, Léonard se muestra más cauteloso a la
  hora de mensurar su alcance como instrumento efectivo de vigilancia.
  Aunque es cierto, como sostiene Foucault (1977: 190), que el “invento”
  de Bentham estuvo presente en los debates penitenciarios, el panóptico
  no tuvo una aplicación sistemática. Más aún, si nos aproximamos, como
  dice Petit (1996: 166-167), a las investigaciones históricas sobre el
  sistema penitenciario del siglo XIX, tanto en Francia como en
  Inglaterra, veremos que las realizaciones del encierro panóptico no
  fueron más que parciales y puntuales, siendo por lo general rechazadas
  a causa de su elevado coste financiero y las duras controversias sobre
  su eficacia y legitimidad. El propio Petit (1990: 315-418), en su
  libro dedicado a la prisión del siglo XIX, ofrece datos más que
  suficientes para constatar el hecho de que Francia se decantó más bien
  por un modelo de prisión basado en manufacturas laborales que por un
  sistema edificado sobre la base del panóptico y el aislamiento
  individual. A este respecto, conviene recordar que la mayoría de las
  prisiones se proyectaron sobre edificios construidos
  <italic>antes</italic> de 1791,<xref ref-type="fn" rid="fn9">9</xref>
  lo que las alejaba de los objetivos individualizantes (distribución
  analítica del espacio, visibilidad permanente) que buscaba la
  arquitectura panóptica. Mientras que las prisiones construidas a
  partir de 1830, si bien no se ubicaban en las instalaciones del
  Antiguo Régimen, seguían sin reproducir con exactitud las exigencias
  de la estructura panóptica.</p>
  <p>En su lugar, coexistieron diferentes modelos de encierro, algunos
  de ellos edificados sobre planos radiales en los que se dejaba
  entrever cierta inspiración benthamiana (torre central, aislamiento
  celular). Pero otros seguían existiendo sobre la base de las
  edificaciones monásticas del Antiguo Régimen, reconvertidas en
  manufacturas y talleres auburnianos. Por último, existían también
  prisiones, muy pocas, construidas según el esquema original de la
  estructura circular panóptica.<xref ref-type="fn" rid="fn10">10</xref>
  No obstante, pese a esta diversidad, la inspiración de Bentham fue
  indiscutible en los debates penitenciarios de 1830-1840. Quizás, no
  por la aplicación exhaustiva de su modelo, pero sí por la influencia
  que ciertos elementos de su diseño (torre central, aislamiento
  individual, habitaciones transparentes) tuvieron entre los partidarios
  de la nueva arquitectura carcelaria (Foucart, 1976: 55).</p>
  <p>Sin embargo, el entusiasmo que se hacía sentir en los debates
  penitenciarios no se tradujo, con el mismo ímpetu, en el plano de la
  edificación penitenciaria. Al contrario, las prescripciones
  administrativas de 1841 (nos referimos a la célebre
  <italic>Instruction Duchâtel</italic>) fueron seguidas con tan poco
  entusiasmo que apenas se contaban cinco mil celdas individuales a
  comienzos de la década de 1850 (Petit, 1984:
  164).<xref ref-type="fn" rid="fn11">11</xref> Ello fue así debido a
  una conjunción de factores de muy diversa índole. En primer lugar,
  aspectos que tenían que ver con la pérdida de legitimidad del esquema
  celular defendido por la Monarquía de Julio, amparada en un modelo
  filadélfico que gozaba de menos adhesión entre los inspectores
  penitenciarios,<xref ref-type="fn" rid="fn12">12</xref> en razón de su
  escasa eficacia resocializadora y su alto índice de suicidios. Y, en
  segundo lugar, porque la edificación de las prisiones celulares (lo
  más parecido a prisiones panópticas, aunque con diferencias) se había
  proyectado no en las prisiones centrales, sino en las departamentales,
  cuya construcción corría a cargo de las Administraciones locales. No
  obstante, el elevado coste de su edificación y la desatención
  financiera provocada por el Gobierno hizo que las Administraciones
  locales no viesen con buenos ojos la puesta en marcha de tales
  proyectos, procediendo así a financiar edificaciones menos costosas, o
  bien a reacondicionar las prisiones existentes.</p>
  <p>La consagración de esta tendencia se hizo patente a comienzos del
  Segundo Imperio, cuando el Gobierno, acuciado por la coyuntura del
  momento, se vio obligado a renunciar, por medio de la circular
  Persigny (1853), a la generalización del sistema celular, lo que
  supuso un retorno al viejo sistema de clasificación basado en áreas
  diferentes (Petit, 1984: 165). En todo ello tuvo que ver el elevado
  coste de las prisiones celulares, pero también la sobrepoblación
  carcelaria (cerca de 51.000 personas encarceladas) originada por los
  estallidos revolucionarios de 1848, que habían vuelto obsoleta toda
  pretensión de optar por un modelo de encarcelamiento —el celular—
  incapaz de absorber el contingente de presos de aquellos años.</p>
  <p>Con todo, se puede concluir a este respecto, que lo que había sido
  el símbolo arquitectónico de la racionalidad penitenciaria, el
  panóptico y el modelo del aislamiento individual, apenas se había
  traducido en la realidad, pese a su relevancia en los debates. Incluso
  en una fecha como 1869, con un contingente menor de presos, las
  prisiones celulares seguían sin ser el modelo hegemónico: apenas se
  contaban 52 establecimientos celulares, más 35 parcialmente celulares,
  lo que hacía un total de 7.570 celdas para una población penal de
  22.343 personas en las prisiones departamentales (Badinter, 1992: 34).
  En ese sentido, tiene razón Badinter (<italic>Ibid.</italic>: 92)
  cuando se posiciona con rotundidad sobre las razones del fracaso del
  aislamiento celular: lo que se rechazaba no eran los principios
  filosóficos del aislamiento, sino las consecuencias presupuestarias
  que su aplicación sistemática podría traer consigo. Tal fue el cariz
  que prevaleció en los debates parlamentarios, y tal fue la causa del
  fracaso del aislamiento celular.</p>
  <p>Por otra parte, cabe recordar que, aunque se anunciasen profundas
  reformas penitenciarias, las prisiones continuaban encontrándose en
  evidente estado de deterioro y con una clara relajación de las
  disciplinas. El <italic>rapport d’Haussonville</italic> (1873: 77-78),
  que analizaba el régimen de los establecimientos penitenciarios no
  dejaba lugar a dudas: “(…) en las prisiones celulares (…) la
  disciplina se fue relajando gradualmente (…). Ni siquiera se mantuvo
  el aislamiento nocturno, (…) en tiempos de congestión, las celdas se
  transformaban en dormitorios de dos o tres. (…). En todas partes (…)
  el sistema de separación individual ha dejado de ponerse en práctica
  para ser sustituido por el sistema de trabajo conjunto con
  aislamiento”.</p>
  <p>La idea, por tanto, de una <italic>prisión-aparato</italic>, de un
  espacio en el que el poder de castigar organiza un campo de
  “documentación individualizante y permanente” sobre los internos;
  <italic>eso</italic> que con tanto ahínco propugnaba Charles Lucas y
  que Foucault resignificó como elemento distintivo de la tecnología
  penitenciaria, no tuvo una aplicación sistemática en las prisiones
  francesas del siglo XIX. Como tampoco la tuvo, en sentido estricto, la
  colonización del aparato penitenciario por parte de los saberes y los
  expertos psiquiatras. Todo ello, si bien comienza a insinuarse hacia
  mediados del siglo XIX, en los tribunales de justicia y los peritajes
  médico-legales, tiene todavía mucho camino por recorrer para plasmarse
  en la clasificación y la supervisión en el <italic>interior</italic>
  de las prisiones<xref ref-type="fn" rid="fn13">13</xref>. La hipótesis
  de un “modelo técnico-médico”, que según Foucault (1975a: 251) se
  aplicaría al aparato carcelario del siglo XIX, es más una
  <italic>tendencia</italic> que una realidad propiamente dicha. De
  hecho, las prisiones no integran, al menos hasta finales del siglo
  XIX, ningún tipo de clasificación interna cuyo cálculo se base en el
  diagnóstico de las previsiones de peligrosidad asociadas a la
  <italic>psicología</italic> del sujeto infractor; todo lo más, una
  clasificación basada en criterios objetivos, como la edad, el sexo o
  la situación legal del detenido, pero no el desarrollo de
  clasificaciones internas que se tradujesen en diferentes regímenes de
  castigo o en diferentes tratamientos
  punitivos<xref ref-type="fn" rid="fn14">14</xref>.</p>
  <p>Hay, por tanto, una discrepancia entre los programas que analiza
  Foucault y la realidad de los centros penitenciarios decimonónicos.
  Foucault no proporciona evidencia empírica que corrobore la
  prevalencia del enfoque disciplinario en el sistema penal. Ni se
  interesa por la aplicación real de los programas disciplinarios, ni
  busca analizar la forma en que fueron objeto de oposición y
  negociación. Lo que cabría esperar, no obstante, desde el punto de
  vista del enfoque de Léonard, es que, después de reconstruir los
  rasgos cognitivos de la nueva racionalidad punitiva, Foucault pasase a
  mostrar la divergencia entre los usos efectivos del poder penal y la
  conceptualización por él creada. Al no hacerlo, el libro acaba
  suscitando un malestar entre los historiadores, ya que estos últimos,
  acostumbrados a considerar “las resistencias de los hábitos del
  pasado”, tenderán a mostrarse reticentes ante una obra que no declara
  interés alguno por el funcionamiento efectivo del poder penal y que
  —precisamente por eso— exagera el alcance de los procedimientos
  disciplinarios a todo el cuerpo social.</p>
  <p>El historiador Justo Serna (1997: 41), en un artículo dedicado a la
  recepción de <italic>Vigilar y castigar</italic>, ofrece una
  paráfrasis de lo que Léonard, dos décadas antes, denunciaba en su
  reseña: “El historiador, dice, tiene la frecuente y desagradable
  impresión de que los hechos tan finamente evocados o las instituciones
  tan atinadamente estudiadas son <italic>exempla</italic>”. Es decir,
  casos o ejemplos que vendrían a confirmar las tesis de lo que el autor
  presume o sabe de antemano. Así, en lugar de reconstruir un objeto a
  partir de la diversidad de los vestigios conservados, Foucault plantea
  una prisión que es en realidad “una elaboración teórica que se sirve
  de atavíos documentales” (<italic>Ibid</italic>.: 44).
  <italic>Atavíos</italic> porque, a pesar de su aparente fortaleza, la
  erudición documental desplegada por Foucault, lejos de proporcionar
  una información completa sobre la historia de la prisión, se centra
  sin embargo en uno solo de sus elementos, eludiendo otros que la
  historia profesional considerará tanto o más relevantes, a saber, la
  adaptación de los programas penitenciarios y las razones por las
  cuales las instituciones se alejaron del modelo ideal. Todo ello,
  claro está, exigiría un análisis de todas las fuentes conservadas: por
  ejemplo, atender la correspondencia de los administradores de la
  prisión, los archivos de las prisiones, los informes de visitantes a
  la prisión, los escritos de los prisioneros y empleados subalternos,
  los informes de encuestas oficiales y no oficiales, el análisis
  periodístico sobre las prisiones, los debates legislativos sobre
  cuestiones penitenciarias,
  etc<xref ref-type="fn" rid="fn15">15</xref>.</p>
  <p>Tales documentos permitirían evaluar con exactitud el alcance de
  las técnicas individualizantes en las prisiones, así como desarrollar
  interpretaciones razonables sobre los conflictos ideológicos entre
  grupos dirigentes (tensiones institucionalizadas entre las diferentes
  instancias del proceso penal: políticos, reformadores, jueces,
  administradores de prisión) y el impacto que sus deseos
  contradictorios tuvieron en la adaptación real de los programas
  (Garland, 1990: 203). El hecho de que Foucault centre su análisis en
  las tecnologías de poder le llevará a explicar el cambio penitenciario
  a través de la implantación de las nuevas formas de conocimiento y las
  tecnologías correctivas. Pero, al hacerlo así, se eludirán aspectos no
  menos relevantes (conflictos ideológicos entre grupos dirigentes sobre
  la política penal, tensiones entre las diferentes instancias del
  proceso penal, etc<italic>.)</italic> que influyeron asimismo en la
  adaptación de los programas iniciales del cambio penitenciario, y cuya
  atención obligaría a una interpretación atenuada del proceso de
  normalización, así como al olvido de expresiones (“sociedad
  disciplinaria”, “sociedad de la vigilancia”) que quizás no encajan del
  todo con la complejidad de las políticas penitenciarias de la Francia
  del siglo XIX.</p>
  <list list-type="simple">
    <list-item>
      <p>3. La tercera objeción, relativa al “método”, es según Léonard
      (<italic>Ibid</italic>.: 168) la “crítica más seria”. Tiene que
      ver con la manera en que Foucault edifica la organización de la
      observación histórica y las estrategias explicativas que utiliza.
      Su argumento es que la obra no expone con claridad si las
      abstracciones construidas (poder de normalización, archipiélago
      carcelario, etc.) por el autor son el resultado de acciones
      concertadas por actores históricos o se tratan más bien de
      abstracciones dotadas de un carácter autosuficiente, en cuyo caso
      se incurriría en una explicación mecanicista en la que serían las
      abstracciones, depuradas de contradicciones internas, las que se
      convertirían en agentes activos. De ahí la duda del historiador:
      “No acabamos de saber si el señor Foucault describe una maquinaria
      o denuncia una maquinación” (<italic>Ibidem</italic>).</p>
    </list-item>
  </list>
  <p>Lo mismo ocurre en diferentes pasajes del libro. Así, por ejemplo,
  cuando se habla del panóptico, Foucault no duda en acompañar la
  exposición con términos como “tácticas”, “estrategias”. Ahora bien, si
  el panóptico, como dice Foucault (1975a: 205), “tiene su principio
  menos en una persona que en cierta distribución concertada de los
  cuerpos”, cabe preguntarse, desde la óptica historiográfica, por los
  agentes que conciertan estas distribuciones. Lo que Léonard reclama,
  en este punto, es un mayor esfuerzo a la hora de designar los agentes
  y los conflictos sociales en los cuales operan esos agentes. No se
  acusa a Foucault de hacer un uso mistificado de los conceptos, sino de
  que la forma en que (re)organiza la observación histórica descuida el
  terreno (acontecimientos, conflictos, agentes) sobre el cual le gusta
  trabajar a la historiografía. Descuida el efecto de singularidad que
  requiere esta última, no solo por el <italic>cómo</italic> se produce,
  sino también por <italic>quiénes</italic> lo protagonizan. Su análisis
  se centra demasiado en la reconstrucción ideal de los diagramas de
  poder-saber, y poco tal vez en su aplicación específica, lo que
  provoca el efecto de revestir su estudio con un marcado carácter
  anónimo e impersonal, propio de la escala analítica de su
  teoría<xref ref-type="fn" rid="fn16">16</xref>.</p>
  <p>El análisis que Foucault realiza del sistema carcelario, según
  Léonard (<italic>Ibid</italic>.: 169), camina un poco por estos
  derroteros. Refiriéndose a las técnicas penitenciarias, se afirma: “en
  cuanto al archipiélago carcelario, transporta esta técnica de
  institución penal al cuerpo social entero (…). Lo carcelario, con sus
  formas múltiples, difusas o compactas (…), establece la comunicación
  cualitativa y cuantitativa de los castigos” (Foucault, 1975a:
  305-306). Lo problemático de las afirmaciones, según Léonard
  (<italic>Ibid</italic>.: 169), es que lo “carcelario”, considerado en
  abstracto, parece convertirse en agente de la propia acción. Quien
  actúa, por así decir, no son los individuos, sino el dispositivo
  carcelario como tal, de manera autoconsciente, como una “maquinación
  sabia” que establece una “gradación lenta, continua, imperceptible”
  (Foucault, 1975a: 305), pero que sin embargo resulta “obstinadamente
  impersonal y abstracta” (Léonard, <italic>Ibid</italic>.: 169). Esto
  es especialmente claro cuando Foucault (1975a: 306) apela al
  “principio de continuidad” que rige el “archipiélago carcelario”, el
  que hace comunicar en un mismo plano de racionalidad las diferentes
  instituciones y los diferentes mecanismos de poder, haciendo posible
  que objetos y espacios diferentes se hagan sin embargo conmensurables
  en un mismo tipo de cálculo.</p>
  <p>Se habla, asimismo, de tácticas y de estrategias, pero “¿qué es una
  estrategia sin generales?”, se pregunta Léonard
  (<italic>Ibid.</italic>: 170). ¿Cuál es el significado de una
  “operación política” de la que sin embargo no se precisan con claridad
  los responsables? “¿La policía, las autoridades judiciales o
  penitenciarias, toda la burguesía o una fracción de la clase
  dirigente?” (<italic>Ibidem</italic>). Es cierto que Foucault responde
  a tales cuestiones con vagas alusiones. Pero incluso en aquellos casos
  (Foucault, 1975c: 719) en los que, al ser directamente interpelado,
  revela un tono claro y contundente, sigue ofreciendo enunciados
  genéricos. No basta, por tanto, con atribuir a la
  <italic>Burguesía</italic>, con mayúscula, la planificación y la
  puesta en marcha de tales dispositivos; hay que precisar también si la
  burguesía tuvo, en relación con el tema carcelario<italic>,
  “</italic>una estrategia absolutamente clara, organizada, pensada”,
  como dice Foucault (<italic>Ibidem</italic>). En palabras de Léonard
  (1977: 170), “¿Fue la burguesía de la época unánime?”</p>
  <p>Por supuesto, la burguesía estuvo lejos de sostener una estrategia
  unitaria ante la cuestión penitenciaria (Petit, 1996: 167). En cierto
  modo, no hubo una sola burguesía, sino varias burguesías, varios
  programas que estuvieron lejos de aceptar una estrategia coordinada
  sobre las prisiones. Hubo proyectos, como el de Tocqueville o Moreau-
  Christophe, que defendían la pena más como castigo ejemplar que como
  enmienda moral, de modo que abogaban por prisiones en las que primase
  el aislamiento individual y la intimidación del recluso. Pero también
  hubo otros, como los de Charles Lucas o Marquet-Vasselot, que
  defendían la prisión como un espacio de enmienda y educación, lo cual
  exigía cambios que iban en la dirección de lo que Foucault llamó
  “poder normalizador”.<xref ref-type="fn" rid="fn17">17</xref></p>
  <p>Se entienden así las reticencias que algunos especialistas, como
  Petit (1990: 72), han tenido con aspectos de la hipótesis foucaultiana
  sobre el nacimiento de la prisión. Más que obedecer a una
  “organización metódica y racional”, la transformación del sistema
  punitivo en Francia obedeció al resultado pragmático —y en ocasiones
  contradictorio— de la puesta en práctica de la utopía penal de la
  Ilustración (González Alvo, 2015: 68). De ahí las críticas de Léonard,
  así como el trabajo posterior de Petit (1990), que centra su análisis
  no en el plano de los discursos penitenciarios, sino en las fuentes
  producidas por las propias cárceles, lo que sin duda le proporciona un
  horizonte de observación histórica en el que se analizan las causas
  materiales que explicaban el fracaso del encarcelamiento celular, así
  como la importancia de la dimensión económica en las prisiones
  centrales.</p>
  <p>La recepción historiográfica de la obra de Foucault en el ámbito
  anglosajón, al menos en historia penitenciaria, es semejante, aunque
  con matices. Destaca, a modo de ejemplo, el historiador holandés
  Pieter Spierenburg (1984, 1991, 2013), quien ya desde los años ochenta
  estudia el encarcelamiento en particular y el castigo y la disciplina
  en general desde la perspectiva de una historia de las mentalidades en
  clara conexión con la obra de Norbert Elias. Esto no se debe a que
  esté convencido de que solo cuentan los aspectos culturales, o de que
  el encarcelamiento deba estudiarse ante todo desde esa perspectiva,
  más bien es lo contrario: le interesan los cambios en la experiencia,
  las emociones y las visiones del mundo, y el tema ofrece la
  posibilidad de investigarlos. Basándose en un impecable trabajo con
  datos de archivo, Spierenburg nos muestra que Ámsterdam, en los Países
  Bajos, y Hamburgo, en Alemania, fueron pioneras en lo que respecta al
  “nacimiento” de la prisión penal. En esas ciudades las instituciones
  penales estaban en pleno funcionamiento un siglo antes de lo que
  afirmaba Foucault. Además, mientras que este último sugiere un cambio
  ordenado del castigo físico al encarcelamiento a finales del siglo
  XVIII, Spierenburg argumenta de forma convincente que el patíbulo y la
  prisión coexistieron y que la experimentación con diversas formas
  penales, como el destierro, los castigos corporales y los trabajos
  forzados, pudo observarse en la Europa moderna
  temprana<xref ref-type="fn" rid="fn18">18</xref>. En otras palabras,
  que el cambio del castigo corporal al encarcelamiento se produjo
  gradualmente, a partir del siglo XVI y hasta bien entrado el siglo XX,
  lo cual forma parte de un proceso social más amplio en el que la
  justicia impartida desde las élites se fortaleció en relación con el
  aumento del poder y la confianza cada vez mayor en las autoridades
  estatales.<xref ref-type="fn" rid="fn19">19</xref></p>
  <p>Llegados a este punto, parece lógico concluir expresando la idea
  que resume la intervención de Léonard: Foucault no ha respetado las
  reglas del <italic>métier</italic> del historiador; ha invadido un
  dominio sin mostrar el más mínimo respeto por los protocolos y las
  formas de instrumentación del gremio. De ahí que el historiador no
  dude en enfundarse en el uniforme de guerra para guarecer su
  territorio frente a las incursiones “bárbaras” de Foucault.</p>
  <p>Por último, cabe recordar que, a pesar de sus críticas, Léonard
  también evocó los aspectos positivos en <italic>Vigilar y
  castigar</italic>. No obstante, dado que tales opiniones no fueron
  materia de debate, hemos preferido dejarlas de lado para centrarnos en
  las cuestiones que sí suscitaron sin embargo la réplica posterior. A
  modo de síntesis, diremos que Léonard (<italic>Ibid</italic>.: 170)
  reconoció el carácter “incontestablemente original” de la obra, tanto
  en lo que respecta a su escritura, a la que tipifica de “seductora”,
  como a su “don de evocación”, a su capacidad de sugerir temas que no
  habían sido explorados por la historiografía anterior
  (<italic>Ibid</italic>.: 171).</p>
</sec>
<sec id="el_polvo_desafiando_la_nube_la_replica_de_foucault">
  <title>4. “El polvo desafiando la nube”: la réplica de
  Foucault</title>
  <p>La respuesta del filósofo no se hizo esperar. Fue Michelle Perrot
  (1996: 146), coordinadora del monográfico en el que apareció la
  célebre reseña, quien avisó a Foucault de la existencia de este texto.
  Tras su publicación, el pensador reaccionó de inmediato y solicitó a
  Perrot que le diese derecho a réplica a través de un texto titulado
  “La poussière et le nuage”, que funcionaba en un doble registro: por
  un lado, respondía a las objeciones planteadas por Léonard, pero, al
  mismo tiempo, servía de pretexto para sugerir la convocatoria de un
  debate con otros historiadores en el que se discutirían las
  estrategias metodológicas de <italic>Vigilar y castigar.</italic></p>
  <p>Lo que haremos a continuación es presentar los argumentos de la
  réplica, teniendo en cuenta el texto propiamente dicho, pero también
  las intervenciones posteriores.</p>
  <p>Foucault (1980a: 29) comienza su intervención de modo irónico. Tras
  honrar el “vigor y la originalidad del artículo del señor Léonard”,
  pasa de inmediato a preguntarse si es fiable la “caricatura” realizada
  por este. A su juicio, se había “puesto en escena (…) un historiador
  ficticio, una de esas gentes del oficio” a quien se le hace
  “representar</p>
  <p>los grandes papeles ingratos del repertorio”
  (<italic>Ibidem</italic>). A saber: la imagen de un historiador, al
  más puro estilo positivista, al que le preocuparían cuestiones como la
  <italic>exactitud</italic> (no la divagación), la
  <italic>complejidad</italic> (no la simplicidad del sistema) y la
  <italic>veracidad</italic> (no la verosimilitud). En resumen, un
  erudito que encarnaría las cualidades de la exactitud y la veracidad,
  pero también un sabio desolado por “los salvajes” que acaban de
  saquear su parcela. De nuevo, los tópicos se repiten: “Los hechos
  menudos exactos contra las ideas vagas; el polvo desafiando la nube”
  (<italic>Ibidem</italic>). Pese a la ironía, Foucault acaba
  reconociendo la pertinencia de las objeciones planteadas. Pero, en
  lugar de replicarlas en sus propios términos, las reordena a partir de
  tres parámetros que sabrá utilizar hábilmente para orientar de manera
  estratégica el debate.</p>
  <p>4.1. <bold>El “análisis de un problema” y el “estudio de un
  periodo”: la verdadera oposición</bold></p>
  <p>Foucault nos recuerda el problema histórico que trata de resolver
  su libro: ¿cómo es posible que se haya pasado de un modelo de
  penalidad <italic>reformista</italic>, basado en la proporcionalidad y
  la publicidad de las penas, a otro en que la prisión, elemento
  marginal de la penalidad reformadora, se impone como forma dominante
  de castigo? ¿Cómo es posible que, en un periodo de tiempo tan breve
  (1780-1830), se acepte sin embargo un tipo de penalidad cuyo punto de
  aplicación no es la representación de los individuos, sino los
  aspectos ínfimos de la individualidad somática?</p>
  <p>Según Foucault (<italic>Ibid</italic>.: 30), de aquí se deduce un
  problema: “¿Por qué esta apresurada sustitución? ¿Por qué esta
  aceptación sin dificultades?”. Y de aquí también se colige la
  “elección de los elementos pertinentes de análisis”, que según el
  filósofo son tres:</p>
  <p>— La elección del objeto de análisis: frente a lo que podría
  sugerir el subtítulo del libro (“Nacimiento de la prisión”), el objeto
  a investigar no es la historia cronológica de la prisión, sino “la
  aclimatación, en el nuevo régimen penal, de un mecanismo punitivo que
  inmediatamente después será llamado a convertirse en dominante”
  (Ibidem).</p>
  <p>— La elección del tiempo de análisis: la secuencia histórica en la
  que la prisión deviene forma dominante de castigo se corresponde con
  el periodo 1780-1830.</p>
  <p>— La elección de los límites del análisis: la investigación debe
  verificar si la conquista del territorio penal por parte de la prisión
  se ha constatado “incluso en la época donde más se comprobó su fracaso
  (1825-1835)”.</p>
  <p>Hecha esta aclaración, parece razonable cuestionar la pertinencia
  de las objeciones de Léonard. ¿Hasta qué punto es oportuno, con la
  vista puesta en el <italic>problema</italic> enunciado, el análisis de
  la “toma de la Bastilla”, “el ataque a las prisiones provinciales en
  1789” o “el retorno de los castigos humillantes en el código de 1810”?
  En lugar de dirigir la investigación por tales derroteros, Foucault
  opta por itinerarios que permitan dirigir la investigación hacia los
  aspectos susceptibles de resolver el problema, siguiendo cuatro
  pistas:</p>
  <list list-type="alpha-lower">
    <list-item>
      <p>Focalizar el análisis en las fuentes que evidencian los
      programas punitivos, las “decisiones efectivamente tomadas y las
      consideraciones que pudieron motivar unas y otras”
      (<italic>Ibid</italic>.: 31).</p>
    </list-item>
    <list-item>
      <p>Plantear dónde debe buscarse la explicación del fenómeno. ¿En
      aquello que precede a las decisiones de 1791 o en lo que le
      sigue?</p>
    </list-item>
    <list-item>
      <p>Preguntarse si los elementos que cita Léonard han tenido
      repercusión en todo el sistema penal o solamente en aspectos
      concretos.</p>
    </list-item>
    <list-item>
      <p>Por último, centrarse en las fuentes que evidencian tanto la
      aceptación del encarcelamiento como sus críticas. Saber, en
      definitiva, desde qué parámetros se realizó la crítica de la
      prisión; y saber también por qué, a pesar de las críticas, el
      principio del encarcelamiento jamás fue cuestionado.</p>
    </list-item>
  </list>
  <p>En suma, al reflexionar sobre las “omisiones” señaladas por
  Léonard, Foucault reconoce que aquel no ha comprendido ni el objeto ni
  la estrategia de investigación de su trabajo; más bien confunde los
  planos y exige una problematización que no es la que rige su libro.
  Así pues, análisis como los que reclama Léonard
  (<italic>Ibid.</italic>: 167), tales como la supresión de la pena de
  muerte en 1848 (cuando el libro se detiene en 1840), o emprender una
  “sociología de los abogados” no hacen sino poner de manifiesto, según
  Foucault (<italic>Ibid.</italic>: 31) “la falta de rigor metodológico”
  y “la percepción confusa del objeto tratado”. Tales demandas serían
  legítimas si el problema a investigar hubiese sido la reconstrucción
  de un <italic>periodo</italic>, pero, al tratarse de una problemática
  distinta, revelan una clara “ignorancia de las reglas de pertinencia”.
  Se entiende así el tono, casi burlesco, con el que Foucault
  (<italic>Ibid</italic>.: 32) neutraliza la obsesión de Léonard: “Solo
  se pueden denunciar las ‘ausencias’ si se ha entendido el principio de
  las presencias que figuran en él”.</p>
  <p>Llegados a este punto el filósofo introduce una distinción que
  permite comprender el porqué del malentendido. En efecto, una cosa es
  realizar un análisis histórico de un “periodo”, y otra plantear una
  investigación acerca de un “problema”.</p>
  <p>— Quien estudia un “periodo” (o una institución en un periodo),
  deberá organizar su trabajo de acuerdo con dos reglas metodológicas:
  tratar exhaustivamente todo el material disponible y desglosar el
  análisis según una distribución cronológica del periodo. El objetivo
  es organizar un corpus de conocimientos en el que vengan a
  inventariarse todos los fenómenos susceptibles de ponerse en relación
  con la institución en dicho periodo. Tal es la lógica que inspira la
  crítica de Léonard, un modelo que no dista demasiado de los
  cuestionarios de la historiografía “historizante” del
  XIX.<xref ref-type="fn" rid="fn20">20</xref></p>
  <p>— Por el contrario, quien decide articular un “problema” deberá
      proceder según reglas diferentes. En principio, tendrá que
      renunciar a la “obligación de decirlo todo” (Ibidem). La
      historia-problema que defiende Foucault, a semejanza —aunque con
      diferencias— de Lucien Febvre, no es ni un relato ni un cuadro
      propiamente dicho, sino un corpus de conocimientos ordenado en
      función de una pregunta (un problema) y de una serie de
      subpreguntas.<xref ref-type="fn" rid="fn21">21</xref> En ese
      sentido, no se trata de compilar todos los fenómenos coetáneos de
      un periodo, sino de recortar aquellos que se presume han tenido
      una relación significativa con la problemática considerada. Nótese
      la profundidad epistemológica que encierran estas palabras: lo que
      argumenta Foucault es que elegir un problema no es solamente
      plantear una pregunta, es también hacerse una idea de las fuentes
      y el tratamiento metodológico susceptibles de resolverlo. De ahí
      la contundencia con la que Foucault enumera las reglas de su
      epistemología histórica: “Elección del material en función de los
      datos del problema, focalización del análisis en aquellos aspectos
      susceptibles de resolverlo; establecimiento de las relaciones que
      permiten esta solución” (Ibid.: 32). Una empresa, en resumen, que
      supone la construcción de un objeto de acuerdo con una serie de
      criterios explícitos, lo que conlleva un trabajo metódicamente
      conducido<xref ref-type="fn" rid="fn22">22</xref>.</p>
  <p>Foucault concluye este punto resignificando los términos en los
  cuales Léonard había situado el debate. La suya, dirá, no es una
  discusión entre dos profesiones. No se trata de contraponer al
  <italic>historiador</italic> frente al <italic>filósofo</italic>, a
  los “hechos exactos y menudos” contra las “ideas vagas”. Su discusión
  versa más bien entre dos formas de hacer historiografía, dos prácticas
  que mantienen una relación diferente con respecto a sus objetos. Una
  que se atribuye “un objeto e intenta resolver los problemas que se
  pueden plantear”. Y la suya, que “consiste en tratar un problema y
  determinar a partir de allí el ámbito del objeto que hay recorrer para
  resolverlo” (<italic>Ibidem</italic>).</p>
  <p>4.2. <bold>Realidad y abstracción</bold></p>
  <p>Una vez planteada la problemática, Foucault pasa a enunciar la
  construcción del objeto que le permitirá resolverla. En este punto, el
  filósofo (<italic>Ibid</italic>.: 33) comienza desechando algunas
  interpretaciones erróneas de su trabajo. “¿De qué se trata en este
  ‘nacimiento de la prisión’?”, se pregunta. Desde luego, no de la
  sociedad francesa en un periodo determinado, ni de la delincuencia
  entre los siglos XVIII y XIX. Ni tampoco de la historia de las
  prisiones francesas entre 1760 y 1840. Es algo más sutil y que no ha
  sido considerado en absoluto por sus detractores: plantear la cuestión
  sobre “la intención reflexiva, el tipo de cálculo, la ratio que ha
  sido puesta en práctica en la reforma del sistema penal cuando se ha
  decidido introducir en él, no sin modificación, la vieja práctica del
  encierro” (<italic>Ibidem</italic>).</p>
  <p>Esta aclaración es la clave para comprender el proyecto del libro.
  De manera paralela al problema histórico, se trata de investigar, no
  la prisión en sentido estricto (origen, desarrollo, condiciones
  reales), sino el tipo de <italic>racionalidad</italic> que subyace al
  funcionamiento del sistema penal del siglo XIX (Foucault, 1984: 637).
  En ese sentido, su preocupación se ciñe, no tanto al análisis de su
  aplicación histórica, sino al modo en que la prisión penal recibe la
  influencia de las tecnologías correctivas. Pero también a la manera en
  que ciertas formas de conocimiento (criminología, psiquiatría, trabajo
  social) han contribuido a redescribir los actos delictivos y a
  transformar el ejercicio del poder de castigar de acuerdo con
  argumentaciones “científicas” (<italic>Ibid</italic>: 641-642).</p>
  <p>Una vez delimitadas estas precisiones, Foucault (1980a: 34) pasa a
  desglosar los interrogantes que permiten dilucidar la formación
  histórica de la racionalidad punitiva, bosquejando así el trayecto —no
  siempre evidente, insistimos— seguido en su investigación.</p>
  <p>Por un lado, hay que determinar los elementos que han desempeñado
  un papel positivo en la elección de la estrategia penal:</p>
  <list list-type="bullet">
    <list-item>
      <p>Indagar en las ideas y los modos de pensar que han funcionado
      como un consenso en torno a esta estrategia.</p>
    </list-item>
    <list-item>
      <p>Referirse a las instituciones en las que ya se había puesto en
      marcha la técnica de repartir a los individuos, codificar su
      comportamiento y formar en torno a ellos un aparato de saber, lo
      que Foucault (1973b: 438) denomina panoptismo general de la
      sociedad.</p>
    </list-item>
    <list-item>
      <p>Considerar las técnicas y los procedimientos (las disciplinas)
      con los que se pretendía actuar sobre la conducta de los
      individuos. La pregunta era obvia: ¿hubo, entre los siglos
      XVII-XVIII, un “descubrimiento del cuerpo como objeto y blanco de
      poder” (1975a: 140)? La estrategia pasa por movilizar la
      investigación hacia el estudio de tales técnicas, ya que se
      consideran fundamentales para resolver el problema del libro. La
      hipótesis de fondo es que solo una sociedad que conoce la
      expansión de las disciplinas, que experimenta la
      “desinstitucionalización” de tales procedimientos y su tendencia a
      funcionar como técnicas transferibles y adaptables a otras
      instituciones, está en posición de incorporar la pena de prisión
      en su ordenamiento jurídico. Es la ubicuidad de las disciplinas y
      su liberación de los enclaves institucionales lo que hace
      comprensible que la pena de prisión se perciba como la
      desembocadura “natural” de quienes no se adaptan a los imperativos
      (morales, políticos, productivos) que exige la formación social en
      su conjunto, requiriendo así de un castigo que hace del saber y
      del control del penado su medio y su fundamento de acción. Es
      decir, si la prisión alcanza un fácil y acelerado grado de
      aceptación es porque se trata de la “expresión de un consenso
      social”, una “forma concentrada, ejemplar, simbólica de todas
      estas instituciones de secuestro creadas en el siglo XIX […]”
      (Foucault, 1973a:
      137)<xref ref-type="fn" rid="fn23">23</xref>.</p>
    </list-item>
  </list>
  <p>Por otro lado, hay que determinar igualmente los aspectos que, si
  bien mantienen una relación significativa con la problemática, podrían
  catalogarse sin embargo como “efectos de retroceso”. Caerían aquí
  todos los fenómenos (desórdenes, imprevistos, inconvenientes) que han
  venido a limitar el proceso de constitución de la racionalidad penal.
  Pero también aquellos aspectos que pudieron emerger del aparente
  “fracaso” de la prisión, y que sin embargo permiten reconsiderar esta
  última a la luz, no de sus finalidades previstas, sino de su
  potencialidad para la práctica gubernamental (Foucault, 1984:
  639-640). Es a tales aspectos, como se sabe, a los que Foucault
  (1975a: 282; 1975b: 743) se refiere al final de su libro, cuando
  sostiene que la prisión ha funcionado fabricando un tipo de ilegalismo
  localizado y estigmatizado, y como tal utilizable en términos
  políticos.</p>
  <p>Aprovechando estas aclaraciones Foucault retoma el hilo del debate
  para precisar sus diferencias con Léonard. Admite, por un lado, la
  legitimidad de un estudio centrado en los aspectos ansiados por el
  historiador (una “sociología histórica de la delincuencia”, una
  “historia de la vida cotidiana de los detenidos”). Pero indica, por
  otro, que todo ello no tiene relación con las exigencias que impone la
  naturaleza de su objeto. Frente al proyecto de una historia al uso de
  la prisión, lo que Foucault (1980a: 35) trata de hacer es “una
  historia de una práctica racional o, mejor dicho, [una historia] de la
  racionalidad de una práctica”, que supone, al mismo tiempo el análisis
  de “los elementos que han intervenido en su génesis y su
  instalación”.</p>
  <p>Que Foucault refiera su trabajo en estos términos no es asunto
  baladí. Sirve para delimitar un terreno al que la historiografía
  convencional apenas estaba habituada, pero del que se pueden extraer
  pistas interesantes para comprender la razón de los malentendidos del
  debate. En efecto, el filósofo no trata de analizar la historia
  cronológica de la prisión; su objetivo no es estudiarla a partir de
  los objetivos que su racionalidad le atribuía, ni tampoco de cotejar
  el alcance de tal racionalidad en la “realidad”. El hecho de que esta
  racionalidad no haya alcanzado sus metas no es motivo suficiente para
  concluir que tales programas sean “menos reales”. Foucault es
  consciente de que la “vida real” de las prisiones no fue el panóptico
  de Bentham, pero, si al tanto de todo esto decide focalizar su trabajo
  en tales programas (técnicas correctivas, etc.) es porque pese a no
  reflejar fielmente la cotidianidad de las prisiones, siguen siendo
  legítimos como objeto de investigación histórica. No son
  <italic>“</italic>proyectos de realidad que fracasan”; al contrario,
  son fenómenos cuya puesta en marcha responde a estrategias con las que
  las clases dominantes trataron de responder a problemas reales de
  coyuntura, como “la inadecuación entre las instituciones del poder
  judicial y las nuevas formas de la economía de la urbanización” o “la
  voluntad de responder a la aparición de nuevas formas de delincuencia”
  (Foucault, 1980b: 50). Se requería que, ante las nuevas formas de
  acumulación de riqueza y los profundos cambios en la naturaleza de la
  propiedad, se extendiesen programas correctivos orientados a conjurar
  los peligros inmanentes de la <italic>libera(liza)ción</italic> masiva
  de la fuerza de trabajo (Foucault, 1975b: 743).</p>
  <p>Por otra parte, el estudio de tales programas también es legítimo,
  defiende Foucault (1980b: 50), debido a sus <italic>efectos</italic>
  en la realidad histórica. Si bien es cierto que tales técnicas no
  llegaron a ocupar el lugar de lo real, sí lograron cristalizarse como
  claves “para la percepción y la apreciación de las cosas”. El hecho de
  que los delitos comiencen a describirse en términos “científicos”, que
  los delincuentes se juzguen y se castiguen en función de su
  psicología, o que la duración de la pena se decida en función de la
  “contabilidad moral” del interno, es una prueba de que tales programas
  comenzaron a operar en la percepción sobre los delincuentes y su
  castigo.</p>
  <p>Se entiende así la respuesta dada por Foucault a Léonard. Este
  último cree formular una objeción al considerar que la obra
  foucaultiana no ha comprobado, con la suficiente evidencia, el alcance
  de los programas disciplinarios de los que habla. Con ello da por
  supuesto que, cuando una investigación habla de programas y
  reglamentos, es porque considera que la única labor posible, a efectos
  historiográficos, es analizar esos programas “a partir de los
  objetivos que se les atribuía y de los medios que ponían en práctica”
  (Foucault, 1980a: 35). Sin embargo, el hecho de que tales programas no
  alcanzasen sus metas iniciales no es razón suficiente para declarar su
  ausencia de eficacia. Significa más bien que su eficacia ha de
  buscarse en otro lado. No tanto en el éxito de sus metas iniciales,
  sino en la estructura preventiva que introdujo en la nueva
  racionalidad de gobierno, así como en la constitución de un campo de
  objetividad jurídico-médica de los detenidos.</p>
  <p>En efecto, si el cuerpo no hubiese sido investido por estas
  técnicas, si no hubiera sido objeto de un poder centrado en la
  temporalidad subjetiva de sus hábitos y sus operaciones, habría sido
  imposible desarrollar la constitución de un ámbito de positividad
  sobre los delincuentes. Todo lo más, una calificación jurídica de los
  delitos y sus circunstancias, pero no un saber relativo a los
  delincuentes que los convierte en una “tipología natural y desviada a
  la vez” (Foucault, 1975a: 257). Tal es la <italic>eficacia</italic> de
  lo disciplinario; no tanto una enmienda de los reos, sino un proceso
  que, a pesar de su implantación desigual, ha permitido a medio plazo
  la transformación del carácter del complejo penal moderno,
  convirtiéndolo en un espacio cada vez más autónomo, con saberes
  especializados y prácticas de individualización penal.</p>
  <p>Aprovechando lo dicho, Foucault finaliza el epígrafe retomando el
  reproche que Léonard le había formulado en su segunda objeción: ¿es la
  Francia del siglo XIX una sociedad disciplinaria? Si bien Foucault
  utiliza esta expresión, ahora matiza sus palabras acotando el
  significado del término. <italic>Disciplinario</italic>, dice, no es
  siempre <italic>disciplinado</italic>. La expresión “sociedad
  disciplinaria” no significa que los franceses vivan, <italic>de
  facto</italic>, en una “sociedad disciplinada”. Se trata “de intentos,
  de instrumentos, de dispositivos, de técnicas para…”, no de una
  normalización masiva de la sociedad (Foucault, 1980a: 35).</p>
  <p>4.3. <bold>La confusión entre el objeto y la tesis</bold></p>
  <p>En este punto Foucault se defiende de la crítica, tan duramente
  formulada, de que su obra, pese al uso de términos como “poder”,
  “táctica” o “estrategia”, carece sin embargo de concreción. Su
  trabajo, según Léonard, simula las apariencias del análisis histórico,
  pero apenas profundiza en la descripción de los agentes que pusieron
  en práctica las tácticas disciplinarias o que motivaron su
  resistencia. Frente a esto, Foucault argumenta que Léonard vuelve a
  confundir los planos. Si se habla de “automaticidad del poder”, de
  “maquinaria sin mecánicos”, no es, desde luego, para proclamar que las
  relaciones de poder funcionen de forma anónima e impersonal. Al
  contrario, es para manifestar cómo, en el trascurso de los siglos
  XVIII y XIX, aparece la tendencia a concebir instituciones de acuerdo
  con un uso <italic>racionalizado</italic> (y automatizado) del
  poder.</p>
  <p>Así pues, lo que Léonard cree que es la <italic>tesis</italic> del
  libro es en realidad su <italic>objeto</italic>. Si Foucault utiliza
  expresiones del tipo “funcionamiento automático del poder”, “poder que
  coacciona por el juego de la mirada”, no es para expresar su
  particular concepción del poder, sino para recalcar el hecho de que,
  en un momento determinado, un tipo de poder semejante se hizo
  <italic>posible</italic> y <italic>deseable</italic>. La problemática
  de cómo racionalizar el uso del poder, cómo asegurar un control
  <italic>económico</italic> de los individuos, cómo idear técnicas que
  permitan “sostener una relación de poder independiente de quien lo
  ejerce” (Foucault, 1975a: 204), <italic>eso</italic> es lo que
  constituye el <italic>objeto</italic> de atención de su libro, no su
  tesis. Pues una cosa es examinar el modo en que se ha tratado de
  racionalizar el poder, y otra es sostener la idea de que el poder es
  una máquina racional, algo que funciona sin necesidad de alguien que
  lo haga funcionar. En este último caso, no es la concepción personal
  de Foucault la que se expresa, sino el tipo de racionalidad que el
  filósofo (1980a: 37) trata de objetivar en su análisis de los
  programas disciplinarios de los siglos XVIII-XIX. Lejos de ser
  irrelevante, la técnica del adiestramiento humano constituye una pista
  ineludible para comprender la transformación del castigo en la
  sociedad moderna. De ser una institución cargada de connotaciones
  rituales, el castigo se convierte con tales procedimientos en una
  práctica profesionalizada y desapasionada, cuya administración corre a
  cargo de especialistas que trabajan al margen del escrutinio popular
  (Garland, 1990: 212).</p>
  <p>Ahora bien, para que esto pudiera producirse, para que la punición
  no fuese solo la sanción de un acto ilícito, sino una condena en la
  que los delincuentes se castigan a partir de diagnósticos y saberes
  psicosociales, fue necesaria esta tecnología del adiestramiento
  humano. La tesis de Foucault (1973a: 100) es que esta forma de poder,
  organizada sobre la base de una visibilidad maximizada, constituye el
  haz de relaciones en el que vinieron a forjarse, en primera instancia,
  los saberes de raíz <italic>psi</italic>: la psicología, la
  psiquiatría, la criminología, los cuales desempeñaron un papel
  fundamental en las formas de enjuiciar, clasificar y gestionar las
  desviaciones. Para Foucault (1975a: 198), estos saberes, que son
  fundamentales para comprender la transformación del significado
  cultural del castigo, así como su desplazamiento hacia prácticas
  alejadas de los juicios morales (Garland, 1990: 220), constituyen el
  resultado de una transformación más amplia en el orden de los
  mecanismos de poder. El paso de unos mecanismos “histórico-rituales” a
  otros de tipo “científico-disciplinarios” hace aparecer, como efecto
  de este sistema de infrapenalidades, “ámbitos de objetos” y “rituales
  de verdad” en los que este tipo de saberes encontraron sus primeras (e
  inconfesadas) condiciones de emergencia. Se entiende así la relevancia
  de las disciplinas en la economía discursiva del libro. Son ellas las
  que, al reticular un espacio hecho de vigilancias y anotaciones,
  erigen un aparato de saber sobre aquellos a quienes se vigila. Un
  aparato, que, aunque nazca ligado a una función espuria, como es la
  vigilancia y el control, permitirá sin embargo una caracterización
  permanente y detallada de los sujetos, pero también de sus
  progresiones y/o regresiones en su proceso de normalización.</p>
  <p>En ese sentido, aunque el libro asuma como punto de partida la
  resolución de una problemática histórica (por qué se generaliza el uso
  de la prisión), tal pregunta solo constituye la primera etapa del
  análisis. Por debajo de tales cuestiones, Foucault nos sitúa ante un
  proyecto más ambicioso que inscribe el fin de los suplicios y el
  impulso de la prisión dentro de una red de transformaciones que
  exceden los límites de lo penal (Artières <italic>et al.,</italic>
  2010: 23). La hipótesis de fondo es que la historia de la penalidad no
  evoluciona al margen de la historia de las tecnologías de poder, y que
  son tales cambios los que permiten comprender la generalización de la
  prisión y su fácil y veloz acogida por parte del sistema jurídico,
  precisamente por su <italic>isomorfismo</italic> con otros espacios de
  tipo disciplinario (Foucault, 1973a: 137; 1975c: 717; 1975d: 728).</p>
  <p>Así, al leer <italic>Vigilar y castigar</italic> deberíamos tener
  presente este doble nivel de lectura: no solo una investigación sobre
  la génesis de la prisión, sino también una obra de Teoría social que
  trata de poner de manifiesto, a partir del ejemplo de la prisión, el
  modo en que operan las relaciones de poder en la sociedad moderna. En
  particular, el paso, o mejor dicho, el encabalgamiento, de las viejas
  relaciones de soberanía (la fuerza física, los ceremoniales, la
  violencia y el marcaje de los cuerpos) y otras formas de poder basadas
  en el “conocimiento detallado, la intervención rutinaria y la
  corrección benigna” (Garland, 1990: 166). La prisión surge así, no de
  los argumentos de los reformadores, sino del legado práctico de las
  “disciplinas”, de la generalización de unas técnicas de control que
  hacen de la vigilancia y el trabajo sobre los cuerpos el fundamento y
  el medio de su acción. Técnicas que la prisión habría adoptado en su
  seno pero a las cuales la sociedad ya estaba habituada, en tanto que
  esquemas eficaces de gestión de una masa de individuos (Foucault,
  1973a: 96; 1975a: 233; 1975d: 728).</p>
  <p>Dicho lo cual, Foucault concluye el texto defendiéndose de una
  objeción desacertada. El hecho de que haya realizado una historia de
  la racionalidad punitiva, que haya revelado la conexión entre
  “tecnologías de poder” y “generalogía de los saberes”, no impide a
  otros analizar terrenos conexos; al revés, se trata de una invitación
  a hacerlo. Así, preguntas del tipo “¿Qué ha sido de la tecnología
  disciplinaria al llevarse a la práctica?”, “¿Qué origen social
  tuvieron sus promotores?”, cuestiones que hoy se tildarían de
  sociología histórica, serían cuestiones, no solo interesantes, sino en
  absoluto contradictorias con el análisis del filósofo (1980a: 38).</p>
  <p>Más allá de las críticas evocadas, el debate también suscita
  cuestiones de naturaleza política. Esto resulta claro en el posfacio
  que Maurice Agulhon redacta con motivo de la publicación del debate
  entre Foucault y los historiadores. Allí el historiador arremete
  contra el filósofo por el <italic>gauchisme</italic> que se deja
  entrever en su obra, la cual vendría a sugerir, según él, la
  inquietante idea de que los orígenes del totalitarismo deberían
  buscarse en la herencia ilustrada (Agulhon, 1980: 315).</p>
  <p>Cabe recordar, aunque sea brevemente, los términos de la acusación
  y la réplica ofrecida por el filósofo. En líneas generales, el
  argumento gira en torno a las implicaciones políticas de
  <italic>Vigilar y castigar.</italic> En efecto, al sostener que la
  prisión no surge de los argumentos de los reformadores, sino que es,
  por el contrario, el legado de las “disciplinas”, Foucault coge a
  contrapié a los especialistas en historia penitenciaria. El problema
  es que un acercamiento como este, que centra su mirada en la forma en
  que el cuerpo es investido por relaciones de poder, corre el riesgo de
  ofrecer una visión problemática del nacimiento de la prisión.
  Problemática, no solo por dejar de lado las discrepancias entre los
  programas y su aplicación real, sino por las implicaciones políticas
  que se deducen de un estudio que solo habla de la prisión como máquina
  de disciplinar cuerpos y normalizar subjetividades, eludiendo así su
  papel en la <italic>humanización</italic> de las prácticas de
  castigo.</p>
  <p>De igual forma, Agulhon considera que la visión de Foucault
  trasciende las críticas provenientes del socialismo. Para él, la
  cuestión nunca ha consistido en denunciar la falta de compromiso de la
  burguesía con la universalización de los ideales ilustrados; su
  crítica se ciñe más bien, en opinión del historiador, a la naturaleza
  de tales principios, lo que sin duda hace de su obra un enfoque
  problemático. Cree entender que Foucault lo que hace es sugerir un
  vínculo entre la racionalización y los principios de vigilancia y
  disciplina, como si estuviese sugiriendo “la idea de que el
  racionalismo de los liberales y de los filántropos (…) prefigur[a] o
  hasta prepar[a] el control total de las sociedades (…) totalitarias de
  hoy o de mañana”, desdibujando la relevancia de los aspectos
  emancipadores que acompañaron al proceso modernizador
  (<italic>Ibidem</italic>).</p>
  <p>Foucault (1980c: 316) decide responder a estas críticas negando la
  mayor. Para él, jamás se trató de una crítica de la Ilustración. Si su
  libro analiza las formas de racionalidad que atraviesan ciertas
  prácticas institucionales no es, como supone el historiador, para
  emprender una crítica de la razón, y mucho menos para deducir el
  germen de los futuros totalitarismos (<italic>Ibid</italic>.: 318).
  Más bien es para poner de manifiesto cómo, ante objetivos
  históricamente localizados (<italic>asegurar el aprendizaje escolar,
  extraer más productividad, asegurar la sumisión del interno, asegurar
  el correcto y acompasado uso del fusil por una tropa, etc.)</italic>,
  surgieron técnicas y procedimientos destinados a responder a esas
  exigencias localizadas a través de un uso racionalizado del poder. A
  partir de ahí, de lo que se trata no es de cuestionar el proyecto
  ilustrado, sino de pensar la forma en que prácticas y saberes diversos
  se hacen sin embargo conmensurables a partir de un mismo cálculo o
  régimen de racionalidad.</p>
  <p>Régimen que no debería entenderse por su lejanía o cercanía
  respecto a un “valor-Razón”, sino a partir del estudio de dos ejes
  específicos:</p>
  <list list-type="bullet">
    <list-item>
      <p>primero, analizando el modo en que el régimen de racionalidad
      codifica unas maneras de hacer determinadas, lo cual exige
      delimitar tanto un dominio de problematizaciones particular como
      unas reglas destinadas a la consecución de fines racionalmente
      perseguidos.</p>
    </list-item>
    <list-item>
      <p>segundo, analizando la forma en que esa delimitación acaba por
      generar “ámbitos de objetos” respecto a los cuales es posible
      articular proposiciones falsas o verdaderas. Siempre que se
      configura la normatividad de un espacio institucional, aparece un
      aparato de saber en el que se elaboran nociones que contribuyen al
      “gobierno” de los dominios de regulación e intervención. En
      <italic>Vigilar y castigar</italic>, por ejemplo, se trata de
      saber cómo el desarrollo de proyectos institucionales forja un
      dominio de conocimiento referido al orden moral de los internos.
      Un dominio que no solo inscribe la conducta en un ámbito de
      conocimiento específico (es decir, no solo la construye de un modo
      en que pueda representarse en tipologías, coeficientes, números),
      sino que al hacerlo posibilita su utilización para la confección
      de normas de gobierno, tanto de la institución respecto a los
      internos que tiene bajo su tutela, como de los internos respecto a
      la manera en que se gobiernan a sí mismos.</p>
    </list-item>
  </list>
  <p>De ahí el equívoco de los historiadores: la tarea foucaultiana no
  consiste en una historia al uso del conocimiento, ni tampoco en un
  análisis weberiano de la racionalidad creciente, sino en saber cómo se
  gobiernan los individuos (a sí mismos y a los demás) a través de la
  creación de ámbitos “en los que la práctica de lo verdadero y de lo
  falso pueda ser a la vez regulada y pertinente” (Foucault, 1980b: 47).
  Preguntado por esta cuestión, Foucault introduce el término
  “eventualización”, que consiste en una estrategia analítica que
  posibilita tomar distancia de las evidencias sobre las cuales se apoya
  nuestro saber, así como separarse de la tendencia a subsumir los
  fenómenos en horizontes de inteligibilidad que tienen como referente
  al presente.</p>
  <p>Allí donde estaríamos tentados a explicar un fenómeno a partir de
  constantes transhistóricas, la eventualización intentará sin embargo
  hacer surgir una <italic>singularidad</italic>. Se trata de mostrar
  que nada fue, en el pasado, tan <italic>necesario</italic> como parece
  serlo (retroactivamente) desde el presente, que “no era tan evidente
  que la única cosa que se pudiera hacer con un delincuente sea
  encerrarlo” (<italic>Ibid</italic>.: 44). Desde este punto de vista,
  analizar la prisión como “evento” o “acontecimiento” equivale a
  comprender su emergencia al margen de cualquier esquema de necesidad.
  Se trata de entenderla en el contexto no de una duración (evolutiva,
  lineal, autoconsciente), sino de una multiplicidad de duraciones que
  se entremezclan y se integran y desintegran unas en otras, resultado
  de una labor historiográfica que permita hacer surgir y visibilizar
  los puntos de ruptura con sus capas de discursos, estrategias de poder
  y focos de resistencia. Para ello, hay que descomponer la prisión
  desde dentro, reconstruir el cúmulo de circunstancias inmanentes desde
  las cuales resulta aceptable entender la emergencia y la
  generalización de la prisión penal, pero sin suponer tampoco que tales
  circunstancias se conectaban entre sí o derivaban de un principio
  evolutivo común. En oposición a la lectura lineal de la historia,
  Foucault propone la genealogía, que evita el “origen” monolítico y el
  despliegue teleológico de una constante transhistórica. La prisión
  nace así de una conjunción de procesos y de soluciones tácticas ante
  situaciones coyunturales, sin aparente necesidad alguna, que iban
  desde las prácticas de encierro de las viejas instituciones, hasta las
  prácticas pedagógicas en las escuelas, pasando por los procedimientos
  de división del trabajo, el fin de la tolerancia hacia los ilegalismos
  populares, la transferencia de modelos arquitectónicos de un ámbito a
  otro, el incremento de los motines contra los suplicios, o el cambio
  en la naturaleza de la propiedad, entre otros (<italic>Ibid</italic>.:
  44-45).</p>
  <p>Hay quien ve en ello “demasiadas líneas de análisis [e]
  insuficiente necesidad unitaria” (<italic>Ibid</italic>.: 46). Pero
  ahí reside, según Foucault, la única forma de abandonar los gestos
  metafísicos que aún perviven en el análisis histórico: los universales
  antropológicos, las generalizaciones definidas de antemano y la
  ilusión de un origen puro. La eventualización actuaría así como una
  sospecha ante las evidencias en las que se apoyan nuestras prácticas y
  consentimientos. Implica por tanto un acercamiento cauteloso a otros
  horizontes de historicidad y a los propios del investigador. En suma,
  una propuesta a la vez analítica y política.</p>
</sec>
<sec id="conclusion">
  <title>5. Conclusión</title>
  <p>La polémica historiográfica en torno a <italic>Vigilar y
  castigar</italic> es doblemente estimulante por cuanto concede razones
  no espurias a los contrincantes. La profesión historiográfica sostiene
  toda una serie de debilidades metodológicas del libro, así como una
  falta de consideración del autor hacia las convenciones del
  gremio.</p>
  <p>Por su parte, Foucault lleva el debate a su territorio. En
  realidad, insiste, hay al menos dos formas de hacer historiografía,
  dos prácticas que mantienen una relación diferente con respecto a sus
  objetos. Y ello se percibe en tres aspectos fundamentales: la elección
  del objeto (no se trata de la prisión, sino de su “aclimatación” al
  sistema punitivo, el tipo de racionalidad punitiva que subyace al
  funcionamiento de la cárcel en la primera mitad del siglo XIX), la
  elección del tiempo de análisis (el intervalo en que de manera más
  obvia se manifiestan los fenómenos a explicar) y la elección de los
  límites del análisis (la conquista que tal mutación ha conseguido
  incluso tras la comprobación del fracaso correccionalista de la
  cárcel).</p>
  <p>Frente a la acusación de Léonard sobre la insuficiente evidencia
  aportada, Foucault intenta ir más allá de los contenidos y de los
  significados, hasta llegar a la homogeneidad enunciativa que determina
  lo decible y lo visible en un determinado momento histórico. Y, sobre
  todo, pretende poner en relación esa lógica configuradora del discurso
  penitenciario con las estructuras y las relaciones de poder
  subyacentes a ese discurso; buscando no tanto relaciones causales
  insertas en un orden sistémico con características de totalidad, sino
  la posibilidad de explicar el cambio mediante la descripción de las
  transformaciones que sufren los discursos a diferentes niveles y según
  sus modos específicos.</p>
  <p></p>
</sec>
</body>
<back>
<fn-group>
  <fn id="fn1">
    <label>1</label><p>Este artículo forma parte de la investigación “La
    contemporaneidad clásica y su dislocación: de Weber a Foucault”
    (PID2020— 113413RB- C31).</p>
  </fn>
  <fn id="fn2">
    <label>2</label><p>Según los datos aportados por Green (2016),
    <italic>Vigilar y castigar</italic> ocupa el séptimo puesto (60.700
    citas) en la lista de los veinticinco libros en ciencias sociales
    más citados en Google Schoolar. Por debajo, en el undécimo puesto,
    se encontraría su <italic>Historia de la sexualidad</italic>.</p>
  </fn>
  <fn id="fn3">
    <label>3</label><p>A pesar de publicarse en 1975, el artículo de
    Perrot era conocido por parte de Foucault dos años antes, cuando la
    historiadora lo expuso en una comunicación en el CNRS. Véase Perrot
    (2001: 14).</p>
  </fn>
  <fn id="fn4">
    <label>4</label><p>Años después, en conversación con Jonathan Simon,
    Foucault (1983: 19) se muestra más cauto en sus elogios, al
    considerar que las prisiones en el sistema productivo no pueden
    leerse solamente en términos de rentabilidad económica, como
    sugerían los alemanes, sino en su forma ideológica, como lugares en
    los que se inculca el aprendizaje de la disciplina capitalista de
    producción. En un sentido similar, véase Melossi y Pavarini (1977:
    41).</p>
  </fn>
  <fn id="fn5">
    <label>5</label><p>Por supuesto, la repercusión del libro también
    debe buscarse en el ciclo de motines, revueltas y huelgas de hambre
    que comenzó a recorrer las prisiones francesas (y norteamericanas)
    desde 1970 hasta 1973. Sobre esta cuestión, véase nuestra
    presentación del monográfico.</p>
  </fn>
  <fn id="fn6">
    <label>6</label><p>Protagonismo a la vez intelectual y comercial.
    Tanto es así que hasta Michel Winock, historiador y miembro fundador
    de <italic>Seuil</italic>, sabiendo de las dificultades que Foucault
    pasaba entonces con Gallimard, presionó a Michelle Perrot (1996:
    148), compiladora del libro, para que convenciese al primero de que
    su nombre figurase en la portada. Algo, sin embargo, a lo que
    Foucault se negó rotundamente.</p>
  </fn>
  <fn id="fn7">
    <label>7</label><p>En efecto, la escasez de datos aportada por
    Foucault hace que sea difícil, por ejemplo, responder a la pregunta
    de si las presas se exponían más a las estrategias disciplinarias
    que los presos. Investigaciones históricas, como la de Claudie
    Lesselier (1984: 116-140), revelan cómo la encarcelación femenina en
    la Francia del siglo XIX conllevaba un disciplinamiento más
    minucioso e intenso, dedicándose a inculcar los valores adecuados al
    rol social (responsabilidad doméstica como madre y esposa,
    delicadeza en el trato, actitud resignada, atuendo, etc.) atribuido
    a las mujeres. La delincuencia femenina se percibía no solo como una
    ruptura con la legalidad vigente, sino como una desviación respecto
    a los roles femeninos que el discurso médico instituía como
    “naturales” y la religión exaltaba como “sagrados”.</p>
  </fn>
  <fn id="fn8">
    <label>8</label><p>En particular, Léonard cita la persistencia de
    estilos de vida agrícolas y artesanales, la confusión interna en las
    escuelas, la inobservancia de los reglamentos hospitalarios, la
    escasa contabilidad de las enfermedades, las tensiones habituales
    entre autoridades médicas y religiosas, el abandono y hacinamiento
    de las prisiones, etc. Todo lo cual apunta a la idea, sugerida por
    Léonard, pero no justificada, de que el panoptismo general al que se
    refiere Foucault es más una tendencia que una realidad histórica
    propiamente dicha, al menos en la primera parte del siglo XIX.</p>
  </fn>
  <fn id="fn9">
    <label>9</label><p>En 1813, había veintitrés prisiones centrales en
    toda Francia, pero muchas de ellas habían sido proyectadas sobre
    edificaciones religiosas o viejos depósitos de mendicidad. Véase
    Petit (1990: 152-154).</p>
  </fn>
  <fn id="fn10">
    <label>10</label><p>Véanse los (escasos) ejemplos históricos en
    Perrot (2001: 91).</p>
  </fn>
  <fn id="fn11">
    <label>11</label><p>Según Petit (1990: 317), en 1853 solo existían
    4840 celdas individuales en las prisiones francesas, lo que hacía
    que cada prisión contase, de media, con unas 10-15 celdas
    individuales. Salvo la prisión de Mazas, que contaba con 1200 celdas
    de este tipo, las prisiones parcialmente celulares fueron
    reacondicionadas después, en el Segundo Imperio, según el modelo de
    la vida común y talleres colectivos, que tanto reducían los costes
    de funcionamiento para el Estado y las entidades locales.</p>
  </fn>
  <fn id="fn12">
    <label>12</label><p>Nos remitimos a las posturas de Charles Lucas,
    Léon Faucher, Gaetan de la Rochefoucauld-Liancourt, quienes se
    mostraron contrarios al aislamiento celular, defendido por
    Tocqueville y otros. Véase Petit (1982).</p>
  </fn>
  <fn id="fn13">
    <label>13</label><p>Un análisis detallado de la introducción de lo
    psiquiátrico en la institución penitenciaria, en Rollin (2008:
    44-68) y David (1993: 22-36; 53-64).</p>
  </fn>
  <fn id="fn14">
    <label>14</label><p>Petit (1990: 258) recalca que las áreas de
    “enmienda y preservación” de algunas prisiones centrales vehiculan
    una lógica de clasificación basada en el tratamiento y el estudio
    individualizado de la biografía del reo. El problema es que tales
    formas de clasificación afectan solo a 400 hombres y 41 mujeres en
    1869, una parte ínfima de la población carcelaria.</p>
  </fn>
  <fn id="fn15">
    <label>15</label><p>Sobre la recepción de <italic>Vigilar y
    castigar</italic> en la historiografía española, véase el artículo
    de Francisco Vázquez García en este monográfico.</p>
  </fn>
  <fn id="fn16">
    <label>16</label><p>La idea de que la expansión disciplinaria
    obedece a una lógica interna de autopropulsión que prolifera
    silenciosamente es, sin duda, una objeción habitual entre los
    analistas de Foucault. De hecho, basta con echar un vistazo a
    <italic>Vigilar y castigar</italic> para ver cómo el uso reiterado
    de ciertas figuras retóricas (expresiones del tipo “se han
    utilizado” o “se han empleado”, sin designar con claridad el sujeto
    de la acción) tienden a conferir ese aire de anonimato (“maquinaria
    sin mecánico”) al proceso de normalización descrito por el filósofo.
    Frente a esta visión, cabe contraponer otros textos en los que
    Foucault (1973a, 1980a, 2013) sí se preocupa por insertar la
    expansión de lo disciplinario en la dinámica interna de la lucha de
    clases. Sobre este tema, véase Légrand (2004), Garland (2016) y
    Domínguez y Domínguez (2024).</p>
  </fn>
  <fn id="fn17">
    <label>17</label><p>A este respecto, cabe recordar la insistencia,
    claramente interesada, con la que Foucault cita las obras de Charles
    Lucas (23 veces), quizás porque su proyecto de “prisión-enmienda”, a
    diferencia del programa de reformadores como Tocqueville (a quien
    cita solo en ocho ocasiones), fue el que más concordaba con la
    tecnología disciplinaria que pretendía resaltar (1975a: 250).</p>
  </fn>
  <fn id="fn18">
    <label>18</label><p>Esta misma coexistencia es afirmada por Garland
    (2005) cuando advierte la pervivencia, hasta 1940, de los
    espectáculos de violencia penal en el sur de los Estados Unidos.</p>
  </fn>
  <fn id="fn19">
    <label>19</label><p>La obra de Spierenburg ha ido evolucionando
    hacia una mayor convergencia con las aportaciones de Foucault, y en
    sus últimos libros admite que Elias y Foucault tienen más en común
    de lo que él mismo había argumentado. De todos modos, si bien su
    crítica no ha esgrimido únicamente los criterios de la profesión
    historiográfica (el trabajo de archivo, la continuidad del largo
    plazo), no llega sin embargo a comprender aspectos fundamentales de
    las aportaciones de Foucault, como las “racionalidades punitivas” o
    la idea de que el interés de este último no es tanto la prisión
    penal y su origen, sino la extensión del sistema de encarcelamiento
    a “casi todo el campo de los castigos posibles”.</p>
  </fn>
  <fn id="fn20">
    <label>20</label><p>Sobre la crítica de la historia “historizante”
    por parte de la sociología durkheimiana, véase Domínguez (2020).</p>
  </fn>
  <fn id="fn21">
    <label>21</label><p>Sobre las conexiones entre “objetividad” e
    “historia-problema”, véase Massicotte (1981:21-42).</p>
  </fn>
  <fn id="fn22">
    <label>22</label><p>En este punto, quizás se pueda argumentar a
    favor de Léonard, que Foucault, al menos en <italic>Vigilar y
    castigar</italic>, no ha sido suficientemente claro. Es decir, si la
    “historia-problema” sostiene que la interpretación (la síntesis, en
    la jerga historiográfica) es el verdadero punto de partida de la
    investigación histórica, si el trabajo de búsqueda y cotejo de
    archivos viene siempre sobredeterminado por la interpretación previa
    que se encuentra en el programa de investigación del historiador, y
    que se materializa en el cuerpo de hipótesis a justificar o
    desechar, entonces todo ello es preciso explicitarlo al comienzo del
    trabajo de investigación. Al explicitarlo, en un claro ejercicio de
    “vigilancia epistemológica”, se plasmarán los “sesgos” y los
    “intereses” particulares que las <italic>preguntas</italic> del
    historiador introducen inevitablemente en el tratamiento del
    material. El problema, si cabe utilizar este término, es que
    Foucault no explicita tales cuestiones en su libro, haciéndolo solo
    en su debate con los historiadores (Foucault 1980a, 1980b, 1984) o
    en sus textos más metodológicos (Foucault, 1969).</p>
  </fn>
  <fn id="fn23">
    <label>23</label><p>En este punto Foucault deja de lado el uso
    social del significado de lo punitivo para enfatizar solamente su
    aspecto técnico, su carácter de tecnología de poder político sobre
    el cuerpo. Así, cuando sostiene cosas como que la prisión es
    <italic>isomorfa</italic> al resto de instituciones de secuestro
    (escuela, fábrica, cuartel, hospital, <italic>workhouses</italic>,
    etc.), tan solo lo hace para referirse al hecho de que sus prácticas
    internas se ordenan bajo un mismo tipo de cálculo (la gestión del
    tiempo, la distribución del espacio, la codificación del
    comportamiento, etc.). No obstante, de aquí no se deduce, ni mucho
    menos, que tal similitud se proyecte igualmente sobre los
    significados sociales mediante los cuales el público percibe tales
    instituciones. Al contrario, ejemplos como la prisión, el
    reformatorio, la libertad condicional o los programas de
    tratamiento, por poner algunos casos, funcionan sin embargo dentro
    de un simbolismo (el de lo punitivo) muy distinto al de otras
    instituciones como la escuela, la fábrica o el cuartel, aun cuando
    compartan con estas últimas técnicas de control disciplinario de los
    cuerpos. Véase Garland (1990: 225).</p>
  </fn>
</fn-group>
<ref-list id="bibliografia">
  <title>6. Bibliografía</title>
  
<ref id="ref1">
    <element-citation publication-type="book">
        <person-group person-group-type="author">
            <name>
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                <given-names>M</given-names>
            </name>
        </person-group>
        <year>1980</year>
        <article-title>Postface</article-title>
        <person-group person-group-type="editor">
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        <lpage>316</lpage>
    </element-citation>
</ref>

<ref id="ref2">
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    </element-citation>
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