e-ISSN: 1988-3129
MISCELÁNEA
Resumen: Este artículo propone una relectura de la teoría del Estado de Nicos Poulantzas desde una perspectiva que articula marxismo y psicoanálisis. Muestra que su concepción relacional del Estado está profundamente vinculada a la problemática teórica althusseriana, especialmente al esfuerzo por pensar la materialidad de lo político-estatal en el marco de una tópica social compleja. A partir de un análisis de las lógicas de la sobredeterminación y el anudamiento, el texto explora la estructura nodal del Estado en la teoría poulantziana. Incorporando el concepto lacaniano de “nudo borromeo”, se argumenta que las dinámicas internas del Estado expresan el entrelazamiento de prácticas y dispositivos heterogéneos, con eficacias desiguales que varían según las coyunturas históricas. Así, el artículo no solo actualiza el legado teórico de Poulantzas, sino que ofrece herramientas analíticas para examinar los procesos de cambio político-social en clave materialista.
Palabras clave: Estado, materialismo, Poulantzas, Sobredeterminación, Althusser.
Abstract: This article offers a new interpretation of Nicos Poulantzas’ theory of the State, combining Marxist and psychoanalytic perspectives. It demonstrates that his relational conception of the State is deeply linked to Althusserian theoretical problematic, particularly the effort to think about the materiality of the political-state within the framework of a complex social topology. Through an analysis of the logics of overdetermination and knotting, the text explores the nodal structure of the State in Poulantzan’s theory. Incorporating Lacan’s concept of the “Borromean knot”, it is argued that the internal dynamics of the State express the intertwining of heterogeneous practices and devices, with unequal efficacies that vary according to historical conjunctures. Thus, the article not only updates Poulantzas’ theoretical legacy but also offers analytical tools to examine processes of political and social change from a materialist perspective.
Keywords: State, Materialism, Poulantzas, overdetermination, Althusser.
Sumario: 1. Introducción. 2. La contradicción sobredeterminada en la teoría de Althusser. 3. La sobredeterminación político-estatal en la teoría de Poulantzas. 4. El principio nodal: una reformulación de la tópica marxista. 5. Consideraciones finales. 6. Bibliografía.
Cómo citar: Gorriti, J. (2025). “Sobredeterminación y anudamiento en Nicos Poulantzas: una teoría nodal del Estado". Política y Sociedad 62 62(1), e90273. https://dx.doi.org/https://doi.org/10.5209/poso.90273
La teoría de Nicos Poulantzas (2005), que ha sido ampliamente comentada en las últimas décadas, parece resumirse en su famosa definición del Estado “como la condensación material de una relación de fuerzas entre clases y fracciones de clase” (154). Una fórmula que a menudo se lee como “un paso importante en su ruptura con el althusserianismo” (Sanmartino, 2020: 27). Este artículo propone una lectura diferente. En la senda de otros trabajos (Pallotta, 2016; Gallas, 2017; Gorriti, 2020; Inda, 2021a) que cuestionan la distinción entre un momento estructuralista y un momento relacional en la obra de Poulantzas, aquí se sugiere que una clave para entender aquella concepción del Estado se encuentra en la articulación entre marxismo y psicoanálisis que elabora Louis Althusser. En efecto, sus resonancias aparecen cuando se presta atención a los elementos que, de acuerdo con Althusser (1996), la teoría freudiana del inconsciente puede aportar a la dialéctica materialista. En particular, la lógica de la sobredeterminación, que contribuye a especificar la contradicción marxista (Althusser, 2004a, 2006). Si los textos de Althusser invocan esa matriz psicoanalítica para desplegar el modelo de una “tópica procesual”, descentrada y compleja (Romé, 2015), los análisis de Poulantzas parecen traducir al campo político-estatal el movimiento de condensación y desplazamiento que caracteriza a las formaciones inconscientes en el psicoanálisis.
Aunque existan muy pocas referencias al psicoanálisis en la teoría poulantziana, se verá que esta “encuentra en el sujeto freudiano, dividido-constituido por tendencias contradictorias, su paradigma crítico (no explicitado)” (Farrán, 2021: 72). Seguir esta pista permite revisar aquella definición del Estado en nuevos términos y, a la vez, desplegar ciertos elementos que Poulantzas deja inexplorados en sus reflexiones. Concretamente, la idea de que en el Estado se anudan lógicas, dispositivos y prácticas heterogéneas que afectan de distinto modo al conjunto social. Para ello, se muestra cómo esta teoría puede ser ampliada mediante la incorporación de conceptos psicoanalíticos como el de “nudo borromeo”. Como se sugiere a continuación, las referencias nodales que aparecen en la teoría poulantziana no son meramente retóricas. Se inscriben en el marco de una problemática materialista que distingue prácticas, instancias y eficacias específicas en una “tópica” del espacio social. Con este enfoque se busca establecer una distancia crítica respecto de las elaboraciones de Poulantzas que ponga de manifiesto su potencia para el análisis de fenómenos sociales y políticos contemporáneos.
En sus trabajos, Poulantzas subraya que el Estado no es una entidad monolítica ni una totalidad uniforme, sino que está constituido por tendencias contradictorias. Ni instrumento al servicio de las clases dominantes ni sujeto con voluntad propia, el Estado es una relación social (Poulantzas, 2005). En este sentido, ahondar en su estructura nodal es una manera de actualizar el legado poulantziano a la luz de elaboraciones contemporáneas que buscan desentrañar la materialidad conflictiva de los procesos sociales que se condensan en el terreno estatal. En términos de método, la lectura propuesta intenta localizar en los textos de Poulantzas la lógica conceptual que los orienta. No con el propósito de encontrar la réplica exacta de los conceptos elaborados por Althusser —la contracara de esas lecturas que toman la ausencia de términos específicos como un indicador de su ruptura— ni de recortar su teoría en períodos cronológicamente sucesivos. En cambio, se trata de reponer algunas cuestiones de fondo que, si bien no son tematizadas explícitamente en sus escritos, se desprenden de sus análisis.
A este respecto, interesa hacer notar cómo los conceptos psicoanalíticos de “sobredeterminación” y “anudamiento” pueden abrir espacios de indagación más amplios cuando se los traslada a otro medio: en este caso, a la problematización del Estado. Para esto, es necesario introducir ciertas mediaciones teóricas que circulan entre la filosofía y el psicoanálisis. En primer lugar, se presenta la conexión que establece Althusser entre Marx y Freud para indagar en la estructura relacional de la tópica marxista y la materialidad específica de las superestructuras. Luego, se comenta la definición poulantziana del Estado como la “condensación material” de una relación de fuerzas, subrayando sus puntos de encuentro con la sobredeterminación althusseriano-freudiana. Finalmente, se sugiere que aquel principio relacional que caracteriza a la teoría de Poulantzas es inherente a una revisión de la tópica marxista en términos “nodales”. Una operación teórica que encuentra su racionalidad ejemplar en la figura lacaniana del nudo borromeo (Farrán, 2014). Al final del artículo se proponen algunas líneas de investigación derivadas de esta relectura de Poulantzas.
Uno de los puntos sintomáticos del encuentro entre Marx y Freud en el que Althusser (1996) se detiene es el de la unidad compleja, descentrada y conflictiva, a través de la cual ambos consideran sus respectivos objetos. En el caso de la teoría marxista, la sociedad no aparece como un todo unificado y centrado alrededor de un principio único, sino como un conjunto de instancias sin centro. El presupuesto teórico de este concepto de todo social complejo es una idea de “causalidad estructural” que opera a través de las relaciones y no de los elementos (Althusser, 2006). Esta tesis es la que le permite a Marx sostener que los individuos concretos no son los sujetos de la historia, en el sentido de la causa originaria de su movimiento. Para Althusser (1996), Marx opone al “mito ideológico burgués” del homo economicus como sujeto consciente de sus necesidades, sobre el que se fundamenta la economía política clásica, la comprensión de los individuos como “soportes” de funciones que son determinadas por las relaciones económicas, políticas e ideológicas de la lucha de clases. Es decir, una explicación de los procesos económicos e históricos no por la conciencia de sí de los individuos-sujetos, sino por las relaciones estructurales en que existen.
Si Marx cuestiona la versión económica de esta filosofía que parte del sujeto consciente, Freud desmonta su traducción psicológica y moral: la idea del individuo como un sujeto cuya unidad está asegurada por la conciencia (Althusser, 1996). Freud, igual que Marx, produjo una revolución teórica al mostrar que el individuo no está centrado en su conciencia. De acuerdo con Althusser (1996), el punto más significativo de la crítica freudiana es el despliegue de otro modelo para comprender los fenómenos psíquicos: no ya como una unidad centralizada en el yo o el ego, sino como un complejo de instancias gobernadas por la represión inconsciente. En efecto, Freud produce un movimiento análogo al de Marx al estructurar el aparato psíquico sobre las relaciones inconscientes entre las distintas instancias. A diferencia de las teorías psicológicas anteriores, para el psicoanálisis el ego no es un principio que pueda explicar las prácticas del sujeto, que se encuentra siempre ya fragmentado. Son las relaciones conflictivas y descentradas entre un conjunto de instancias psíquicas las que se manifiestan sintomáticamente en el sujeto. Del mismo modo que la lucha de clases no preexiste a las instancias y aparatos de cada formación social, sino que aparece sintomáticamente en ellas.
Para Althusser (1996), tanto Marx como Freud desmantelan en sus teorías la identificación entre conciencia y unidad propia de la tradición filosófica burguesa. Althusser (1996) considera que la noción de unidad resulta inseparable en esta tradición de la conciencia, entendida como mecanismo de unificación o síntesis de las diferentes prácticas (cognoscitivas, morales, políticas, económicas) de los individuos. Que la conciencia aparezca así implica que “es obligatoria para que el individuo dotado de ella lleve a cabo en él la unidad requerida por la ideología burguesa, […] para que el desgarramiento conflictivo de la lucha de clases sea vivido por sus agentes como una forma superior y ‘espiritual’ de unidad” (Althusser, 1996: 203). La afinidad entre Marx y Freud no se limita a este cuestionamiento de uno de los supuestos en que convergen el empirismo y la filosofía trascendental. A la vez, Althusser (1996) encuentra en la teoría freudiana “figuras de la dialéctica” que le ofrecen un método de acercamiento a la contradicción marxista. Estas son la lógica general de la sobredeterminación y los mecanismos del desplazamiento y la condensación.
Freud introduce estos conceptos en La interpretación de los sueños, para dar cuenta de la lógica que rige el pensar inconsciente. Allí señala que existe una desproporción notable entre el contenido y los pensamientos oníricos manifestados en el análisis (Freud, 1991). Los sueños no expresan punto por punto, como si fuesen una copia fiel, estos pensamientos. Antes bien, parecen efecto de un “trabajo de condensación” del material psíquico (Freud, 1991: 287), en virtud del cual se produce una selección de ciertos elementos para integrar su contenido. La vía asociativa que ensaya Freud (1991) muestra que cada uno de estos elementos conduce a diferentes ilaciones de pensamiento: se trata de un punto nodal donde confluyen varios hilos, al mismo tiempo que cada pensamiento onírico conduce a diversos elementos del sueño. Entre ambos —elementos y pensamientos— existe un entrelazamiento complejo de relaciones recíprocas que Freud (1991) define como “sobredeterminación”. Uno de los aspectos que destaca del proceso de elaboración onírica es la ausencia de contradicción o el hecho de que en el sueño se componen, en una unidad compleja, elementos opuestos.
Los mecanismos básicos que Freud (1991) identifica en la configuración del sueño son: el desplazamiento y la condensación. El primero concierne a la redistribución de las valencias de los elementos a través de un movimiento de transferencia de sus intensidades psíquicas. Mientras que los de mayor valor psíquico son minimizados, los de valor ínfimo adquieren otra valoración. El segundo actúa por “la elección de elementos que están presentes de manera múltiple en los pensamientos oníricos, la formación de nuevas unidades (personas de acumulación o productos mixtos), y la producción de elementos comunes intermediarios” (Freud, 1991: 302). Freud (1991) utiliza una analogía política para explicar el trabajo de condensación que se produce en el sueño: la “elección por listas”, porque toda la masa de pensamientos oníricos participa de este proceso donde son seleccionados los elementos que tienen mejores apoyos, esto es, que agrupan más pensamientos multívocos. Lo que ponen de manifiesto estos dos mecanismos es que el sueño está “diversamente centrado, y su contenido se ordena en torno a un centro constituido por otros elementos que los pensamientos oníricos” (Freud, 1991: 311). Formación descentrada, sobredeterminada y heterogénea, el sueño resulta en la teoría freudiana un indicio de la propia fragmentación del sujeto.
Como se dijo anteriormente, Althusser (2004b) relee la teoría marxista mediante estos conceptos freudianos y encuentra en la lógica de la sobredeterminación “el rasgo más profundo de la dialéctica materialista” (171). En efecto, no solo en Marx encuentra la idea de una unidad compleja articulada por una relación desigual entre las diversas instancias. También en las reflexiones de Lenin sobre la coyuntura revolucionaria en Rusia, Althusser (2004b) reconoce un análisis de esta “unidad paradójica” que solo existe en “el desplazamiento y las condensaciones de sus contradicciones” (147). Lo “irreemplazable de los textos de Lenin” es, en la mirada de Althusser (2004b), que sus observaciones sobre una situación concreta —la revolución rusa— hacen notar la estructura propia de una coyuntura: sus “articulaciones esenciales”, “eslabones” y “nudos estratégicos” de los que depende tanto la posibilidad como el resultado de una práctica revolucionaria (147). La importancia de la teoría leninista del “eslabón débil” radica, precisamente, que especifica la contradicción marxista al mostrar que las relaciones de dominio-subordinación que organizan el todo social permiten salir del “relativismo arbitrario de los desplazamientos observables” (Althusser, 2006: 109), sin reponer de nuevo una “unidad simple” como la hegeliana.1
Siguiendo a Lenin y Mao, Althusser establece los tres principios de la contradicción materialista: (i) la distinción entre la contradicción principal y las secundarias; (ii) la diferencia entre los aspectos principales y secundarios de cada una de estas; (iii) el desarrollo desigual de las contradicciones (Zaidan, 2023). De este modo, la desigualdad es inherente a la estructura del todo y a cada una de sus contradicciones: no hay elemento que se sustraiga de ella (Althusser, 2004b). En la tradición marxista esta desigualdad tiene un nombre: la determinación económica en última instancia, causa inmanente en las sociedades capitalistas que responde a una configuración histórica específica. Lo que Althusser (2004b) explica es que la contradicción principal entre capital y trabajo no puede existir ni antes ni sin las contradicciones secundarias, en la medida en que estas son sus condiciones de existencia. Por ello, es necesario captar el mutuo condicionamiento entre ambas, a la vez que la alternancia entre las contradicciones y sus aspectos. Althusser (2004b) explica que, si bien la estructura desigual permanece estable en la medida en que siempre hay una contradicción
principal y contradicciones secundarias, los papeles dentro de ella cambian. Existen fenómenos de desplazamiento entre las contradicciones y sus aspectos, así como fenómenos de condensación donde su fusión se torna explosiva (Althusser, 2004b). Es el concepto de sobredeterminación el que vuelve inteligible esta unidad relacional como el locus de múltiples desplazamientos y condensaciones, irreductibles a la fijeza de un orden preestablecido (Romé, 2020; Zaidan, 2023).
En la teoría poulantziana se puede observar un procedimiento similar respecto de la unidad del Estado capitalista. Poulantzas parece traducir al campo estatal aquella crítica de la identificación entre unidad y conciencia que Althusser lee en Marx y Freud. Esto se advierte, por ejemplo, en su modo de pensar la política estatal no como un proyecto coherente y totalizante puesto en marcha por las clases dominantes, sino como el resultado de un conjunto de prácticas anudadas. Para Poulantzas (1976), el Estado no tiene un centro: su unidad no se establece por la voluntad de las clases o fracciones dominantes, como si estas lo controlaran unilateralmente, ni por su “influencia física” sobre unos aparatos instrumentalmente unificados. En cambio, esta unidad surge “por toda una cadena de subdeterminaciones, reducción de circuitos y duplicación de determinados aparatos por otros; por desplazamientos de funciones entre aparatos y desajustes entre poder real y poder formal; por deslizamientos respectivos de aparatos del campo de los aparatos ideológicos al campo del aparato represivo y viceversa; finalmente por delimitaciones importantes en el seno mismo de cada aparato” (Poulantzas, 1976: 154).
No es difícil advertir que en esta definición de la unidad del poder político en el Estado aparece el movimiento de la sobredeterminación que Althusser conceptualiza, con sus desplazamientos, desajustes y deslizamientos. En la teoría poulantziana se trata también de considerar al Estado como una unidad compleja en la que cada una de sus instancias está atravesada por el “desgarramiento conflictivo de la lucha de clases” (Althusser, 1996: 203). Así como en la comprensión marxista del todo social no hay una instancia central que ordene verticalmente el conjunto, sino una función de dominación que varía y es afectada en su propia configuración por las condiciones en que se ejerce; en la perspectiva de Poulantzas no existe un único aparato que, como un núcleo esencial, organice sin mediaciones a los demás. La unidad del Estado no es aquí más que un proceso de unificación constante en el que los términos cambian porque el papel de dominación varía entre sus aparatos, aunque la relación desigual se mantenga.
Aquella dinámica conflictiva que se traduce en la unidad del Estado constituye lo real de su materialidad. Sus estructuras no son bloques inamovibles, sino la condensación específica de relaciones de fuerza entre clases que exceden su inscripción institucional. En los aparatos estatales se produce un trabajo de condensación, en el sentido freudiano del término, que filtra los elementos que van a integrar su política. Poulantzas (2005) lo entiende como un mecanismo de “selectividad estructural”2 vinculado con la historia y la configuración de las relaciones de fuerza específicas de cada aparato, así como con las decisiones, no decisiones, prioridades y contraprioridades inscritas en su estructura contradictoria. La política estatal, por lo tanto, no es el reflejo punto por punto de tal o cual interés de clase sino una instancia de elaboración constitutiva de estos. Se establece por un proceso complejo que hace del Estado el lugar donde se organiza el bloque del poder.
Poulantzas (2005) explica que esta conflictividad inherente a la materialidad estatal no lo convierte en un conjunto de piezas sueltas. Si el Estado no tiene una estructura piramidal, cuyo vértice bastaría ocupar para controlarlo enteramente, no por ello se desintegra su unidad jerarquizada. En la teoría poulantziana el Estado parece operar por exceso y de manera recursiva. Con respecto a lo primero, solo puede organizar la dominación de clase en la medida en que es un campo “desbordado” de relaciones de poder (Poulantzas, 2005). Los otros dispositivos de poder, que no se reducen a los aparatos estatales, se articulan complejamente con estos. En cuanto a su carácter recursivo, la unidad estatal es —simultáneamente— un efecto de aquellas relaciones contradictorias en su singularidad sociohistórica y un principio que afecta el despliegue estratégico de estas relaciones de clase.
Como señala Poulantzas (2005), una clase o fracción se vuelve hegemónica a través de operaciones institucionales que logran que ciertos centros, dispositivos y “nudos dominantes” sean permeables solo a sus intereses. Pero esta hegemonía únicamente es posible sobre una materialidad estatal que la precede y en la que se inscribe. Aquí la causalidad se mueve en dos direcciones: “No solo la clase o fracción hegemónica instaura en aparato dominante a aquel que cristaliza ya, por excelencia, sus intereses, sino que todo aparato dominante del Estado […] tiende, a largo plazo, a ser la sede privilegiada de los intereses de la fracción hegemónica” (Poulantzas, 2005: 165). Los aparatos del Estado no son, entonces, apéndices de la dominación de clase, sino puntos nodales de las relaciones de poder entre las clases dominantes y dominadas. Es decir, focos donde convergen —sin reunirse en una síntesis armoniosa— múltiples prácticas sociales desfasadas entre sí. Por eso, en la teoría poulantziana la lucha de clases tiene primacía sobre los aparatos que condensan aquellas relaciones.3
Esta comprensión del Estado como la condensación material de una relación de fuerzas —que no es sino la lucha de clases: una “relación de relaciones” (Romé, 2020: 156) — supone un tipo de temporalidad compleja
en la que la dominación de clase aparece solo a través de múltiples mediaciones. Por eso, Poulantzas (2005) insiste en la opacidad e inercia de los aparatos estatales y advierte que un cambio en el balance de fuerzas no se traduce de manera directa e inmediata en ellos, sino que “se adapta a la materialidad de sus diversos aparatos y solo se cristaliza en el Estado bajo una forma refractada y diferencial” (157). Para el autor, el poder formal propio de la escena política y el poder real no necesariamente coinciden (Poulantzas, 2005). En otras palabras, la arquitectura institucional del Estado con su jerarquía formal no siempre traduce las relaciones reales de dominación. En este sentido, un aparato puede ser dominante en un momento dado, pero no en otro; una organización de las clases populares puede controlar los vértices de tal o cual aparato, pero no los nudos de poder real, que pueden trasladarse a otras instituciones (Poulantzas, 2005).
De esta manera, para Poulantzas (2005) sería erróneo concluir que “la presencia de las clases populares en el Estado significa que tienen allí poder, o que podrían llegar a tenerlo a la larga, sin que haya habido transformación radical de ese Estado” (172). Pero sería igualmente desacertado no ver en esa materialidad estatal la inscripción de las luchas y resistencias populares que imponen límites a aquella dominación. No todas las acciones del Estado se reducen, entonces, a la dominación política, aunque estén constitutivamente marcadas por esta. Al razonar en términos de nudos de poder, en los que se enlazan relaciones de clase, Poulantzas (2005) sugiere que el ejercicio del poder político en el Estado es estructuralmente fallido e incompleto. Por lo cual, es en sus intersticios donde se pueden tramar otras lógicas, al “desarrollar, reforzar, coordinar y dirigir los centros de resistencias difusos de que las masas siempre disponen en el seno de las redes estatales, creando y desarrollando otros nuevos” (Poulantzas, 2005: 316).
Es interesante que Poulantzas piense el Estado como un terreno y un proceso estratégicos a partir del concepto de “condensación material”. Aunque la idea de que en el Estado se produce una condensación de las contradicciones específicas de una formación social, que permite descifrarlas en su sobredeterminación y actuar sobre ellas, está presente desde su primer libro (Poulantzas, 1970), el carácter material de esta condensación aparece tardíamente en su obra. Recién a fines de los setenta, en un ensayo dedicado a la noción de crisis y las transformaciones del Estado, Poulantzas (1977) especifica su definición relacional añadiendo aquel adjetivo. El concepto de “materialidad” le permite ahondar en la crítica de la comprensión instrumental del Estado porque implica captar su pertinencia política en dos aspectos: tanto en su dimensión inercial de resistencia a los cambios, como en su dimensión positiva de producción, creación o transformación de realidades.
Poulantzas (2005) retoma, en este punto, los aportes de Foucault en torno al carácter productivo del poder en los procedimientos de normalización. Admite que su perspectiva constituye “un análisis materialista de ciertas instituciones de poder” que coincide en varios puntos con los análisis marxistas y puede enriquecerlos (Poulantzas, 2005: 75), sobre todo, en lo que concierne al proceso de individualización propio de la división social del trabajo en las formaciones capitalistas, que el Estado impulsa “mediante una serie de técnicas de saber (ciencia) y de prácticas de poder, denominadas por Foucault disciplinas” (Poulantzas, 2005: 74). Se trata de una relación de saber-poder que se traduce en técnicas, dispositivos, rituales y discursos, inscritos en la armazón organizativa del Estado. Siguiendo a Foucault, Poulantzas (2005) considera que los sujetos encarnan —en la medida que el cuerpo es una institución política— un cierto orden corporal que, si bien atraviesa los aparatos represivos e ideológicos, excede ambas funciones.4
Ahora bien, si Poulantzas (2005) vuelve sobre aquella dimensión productiva de los dispositivos estatales es para considerar su “presencia constitutiva” en la organización de la división social del trabajo. Un aspecto que no puede reducirse, según el autor, exclusivamente a la reproducción de estas relaciones sociales. Poulantzas (1977) comparte con Althusser la definición de la ideología dominante —que es siempre la ideología de la clase dominante— como un “cemento” que garantiza la adaptación de los sujetos a los lugares asignados por la división social del trabajo. También, muestra que esta tiene en las sociedades capitalistas una función propiamente política que se sostiene en un movimiento doble: al mismo tiempo que aísla a los agentes de la producción de sus relaciones de clase, los unifica bajo un interés general que corresponde a los intereses de las clases dominantes (Poulantzas, 1970). Incluso, parece anticipar la tesis althusseriana de la relación entre Estado e ideología (Pallotta, 2016),5 así como la distinción entre poder y aparato de Estado. Sin embargo, Poulantzas (1972, 2005) considera que es limitante reducir el Estado —como a su criterio hace Althusser— al binomio represión/ideología que desestima su papel económico.
Poulantzas (2005) señala que la distinción entre aparatos represivos e ideológicos tiene un carácter descriptivo y se basa en la idea de un Estado que opera únicamente por la represión —prohibición, exclusión o imposición externa— y la inculcación ideológica —engaño, ocultamiento, incorporación de creencias—. Así, esta dicotomía hace difícil entender la intervención activa del Estado en la reproducción del capital, ya que su papel no se limita a “establecer las reglas negativas del juego económico” (Poulantzas, 2005: 29), como si este fuera un nivel autorreproducible y hermético. En cambio, para el autor, todas las acciones del Estado —desde las represivas y disciplinarias, hasta las ideológicas y de organización del consenso— están vinculadas con sus funciones económicas, que no son meramente técnicas ni neutrales. Poulantzas (1976, 2005) advierte que estas funciones se relacionan con su papel de cohesión social y dominación política de
clase, aunque ello no implica que dichas funciones se articulen armoniosamente entre sí. Además, enfatiza que prestar atención a aquellas funciones económicas es clave para entender el nuevo papel que asumen los Estados a mediados de los años setenta en relación con la reproducción ampliada del capital a nivel internacional.
Paradójicamente, la separación relativa del Estado con respecto al espacio económico no es sino una de las modalidades que adopta su presencia constitutiva en las relaciones de producción y reproducción social (Poulantzas, 2005).6 Al igual que Althusser, Poulantzas (2005) revisa la tópica marxista de base y superestructura desde una indagación de la materialidad específica de lo político-estatal. A pesar de que no suscribe a la posibilidad de formular una “teoría general”, como propone Althusser (2008) respecto de la ideología, sugiere que el Estado tiene un carácter irreductible:
Donde hay clases y, por tanto, lucha y poder de clase, el Estado, el poder político institucionalizado, está ya presente. […]. El Estado abaliza el campo de las luchas, incluido el de las relaciones de producción, organiza el mercado y las relaciones de propiedad, instituye la dominación política e instaura la clase política dominante, señala y codifica todas las formas de la división social del trabajo, toda la realidad social en el marco referencial de una sociedad dividida en clases. Es en este sentido preciso en el que no es pensable —una vez planteado el Estado— una realidad social cualquiera (un saber, un poder, una lengua, una escritura) que represente un estado primigenio con respecto al Estado; solo es pensable una realidad social siempre en relación con el Estado y con la división en clases (Poulantzas, 2005: 40).
En este sentido, no existiría una realidad social sustraída de las relaciones políticas que el Estado condensa, así como no existirían prácticas que se sustraigan de las relaciones económicas e ideológicas. Poulantzas (2005) critica dos modos de pensar el vínculo entre Estado y sociedad: por un lado, el que considera al Estado como un apéndice de lo social, en tanto principio instituyente. Por otro lado, el que postula al Estado como el principio fundante de toda realidad social o el fundamento originario de cualquier relación social. A esta “metafísica de los orígenes”, el autor opone un tipo de historización del Estado que entiende su vínculo con las prácticas de clase en términos de procesos donde se anudan tiempos diferenciales o “historicidades propias de desarrollo desigual” (Poulantzas, 2005: 43). Es decir, donde coexisten —en su entrelazamiento y sobredeterminación— un conjunto de prácticas que se inscriben en distintos aparatos e instituciones.
Estas reflexiones de Poulantzas despliegan una idea heredera del tratamiento althusseriano del todo social como una estructura compleja que no puede ser explicada en virtud de una “unidad originaria” (Althusser, 2004b). Un indicio de esto se encuentra tanto en el pasaje comentado, donde Poulantzas se ocupa de la presencia constitutiva de lo político-estatal en el espacio económico, como en su definición temprana de la práctica política. En efecto, en Poder político y clases sociales en el Estado capitalista, Poulantzas (1970) afirma que la materia sobre la cual trabaja la práctica política no es otra que la coyuntura, entendida como “el punto nodal en que se condensan las contradicciones” de los diversos niveles de una formación social, en sus relaciones sobredeterminadas y desigualmente desarrolladas (39). De manera que la política “versa a la vez sobre lo económico, sobre lo ideológico, sobre lo teórico y sobre lo político en sentido estricto” o, más bien, sobre el entrelazamiento complejo de estas instancias que constituye la coyuntura (Poulantzas, 1970: 39). Poulantzas parece seguir aquí a Althusser (2004b), quien se pregunta, en su ensayo “Sobre la dialéctica materialista”:
¿Cómo […] podríamos dar cuenta teóricamente de la diferencia real existente entre lo económico y lo político, en la misma lucha de clases, es decir, en forma muy precisa, de la diferencia que distingue para siempre al marxismo de todas las formas espontáneas u organizadas del oportunismo? ¿Cómo dar cuenta de la necesidad de pasar por el nivel distinto y específico de la lucha política, si ella no fuera, aunque distinta y en tanto que distinta, no simplemente un fenómeno, sino la condensación real, el punto nodal estratégico, en el cual el todo complejo (economía, política e ideología) se refleja? (Althusser, 2004b: 179).7
A partir de aquella comprensión de la práctica política, Poulantzas (1970) define en ese libro al Estado como un “factor de cohesión social”, esto es, como una estructura donde se condensa la unidad compleja de aquellas relaciones contradictorias. Y señala que el producto de aquella práctica puede ser o bien la conservación de la unidad de una formación social, cuyo equilibrio inestable nunca está garantizado por lo económico, o bien su transformación, si se dirige al Estado en tanto “estructura nodal de ruptura” de esta unidad (Poulantzas, 1970: 44). Es decir, el Estado puede tener una función transformadora según cómo se sitúe la práctica política respecto del conjunto de contradicciones condensadas en su campo. Para Poulantzas, los procesos de cambio social no se explican por un voluntarismo político, por la movilización popular espontánea o la acción de las élites, sino por una combinación siempre singular de prácticas e instancias en su múltiple temporalidad.
En Estado, poder y socialismo Poulantzas (2005) amplía esta valoración de la práctica política al plantear la posibilidad de una “transición democrática al socialismo democrático”. Ubicar al Estado en la complejidad de la estructura social resulta fundamental, ya que permite analizar algunos de los principales mecanismos por los que se desplaza el ejercicio del poder real. Si bien Poulantzas introduce variaciones en su lenguaje teórico, estas son limitadas. La noción de Estado como estructura nodal reaparece, no solo como un objetivo estratégico para la práctica revolucionaria, sino también como un entramado de relaciones de poder marcadas por desajustes y contradicciones. Esto se refleja en su definición del Estado como “un campo y un proceso estratégicos, donde se entrelazan nudos y redes de poder, que se articulan y presentan, a la vez, contradicciones y desfases entre sí” (Poulantzas, 2005: 163).
Esta comprensión del Estado en términos de nudos y redes se inscribe en una forma de entender la tópica social como un conjunto de prácticas e instancias materialmente distintas que tienen eficacias diferenciales. Es decir, que no se desarrollan ni operan del mismo modo sobre las demás, aunque en su coexistencia conjunta se sostengan, interrumpan y soliciten mutuamente (Farrán, 2016). Se trata de una articulación que involucra la distinción de aquellas prácticas e instancias, al mismo tiempo que su ordenamiento en función de una dominancia que se desplaza localmente (Zaidan, 2023). El principio relacional, que constituye el núcleo de la teoría poulantziana del Estado, es inherente entonces a esta manera de pensar el todo social desde una perspectiva materialista. Este principio puede ser especificado aún más si se lo relee en términos nodales (Farrán, 2016), como sugiere Poulantzas en su definición del Estado. Althusser (1971) adelanta esta operación en una carta que envía a Franca Madonia:
Tú sabes, un día (un día…) yo hablaré de la tópica, del hecho de que Marx (como Freud) presenta la realidad de la que habla disponiéndola en lugares (topoi), lugares inconfundibles: aquí no es lo mismo que allá. Manera de marcar la diferencia […] como dispersión, como diseminación […] pero como distinción de las instancias, es decir, los lugares ocupados por poderes […], es decir, las realidades que ejercen una influencia, una eficacia, un poder (diferencias nodales activas, eficientes).
Lenin leyendo a Hegel se detiene (como un verdadero perro de caza olfateando a la presa) ante una expresión de Hegel: la red y el núcleo. Allí está todo: en el tejido universal […], lo que interesa a Lenin (después de Marx) igual como a Freud, son los núcleos, los puntos cruciales en que los hilos, en lugar de contentarse con jugar el juego de la trama y de la “cadena” […], se anudan en nudos, en ciertos lugares inconfundibles que están constituidos por esos nudos (no hay al comienzo la tela indiferenciada en su eterna diferencia, luego, en tal lugar de la tela, un nudo como un accidente, un subproducto de la tejido, un nudo que se encuentra en tal lugar de la tela, el nudo no es un efecto del lugar, un accidente del lugar, un azar del lugar: al contrario, es el nudo el que hace del lugar que él ocupa un lugar, su lugar, a partir del cual él actúa sobre los otros lugares) (Althusser, 1971, s/p).
Aunque Althusser no desarrolle finalmente aquellos elementos que presenta como sus “armas de reserva para un día”, en sus textos clásicos de los años sesenta ofrece materiales que apuntan en esa dirección. Para el autor, la estructura articulada dominante presenta un movimiento alternado en virtud del cual la dominancia se desplaza localmente —una contradicción secundaria puede convertirse en la contradicción principal, por ejemplo, o un aspecto principal volverse secundario— aunque la estructura desigual se mantenga (Althusser, 2004b). Asimismo, en la teoría althusseriana no solo el conjunto está sobredeterminado, sino también cada una de sus contradicciones y aspectos. Por lo tanto, la sobredeterminación es —al mismo tiempo— una propiedad del conjunto y de sus elementos considerados separadamente. Como explica Farrán (2016), esta lógica tiene una modulación específica en el nudo borromeo lacaniano que se caracteriza por la mutua implicación de al menos tres registros, irreductibles e inescindibles entre sí.8
En el nudo borromeo cada registro tiene una eficacia propia, esto es, afecta al conjunto de cuyo entramado depende. Su estructura topológica muestra que no es una propiedad trascendental lo que reúne a las distintas instancias, sino la imbricación solidaria por la que “si una parte componente no se sostiene el conjunto entramado tampoco lo hace” (Farrán, 2016: 140). En otras palabras, basta que un cordel se corte para que el nudo se desarme. Lejos tanto de la dispersión como de la jerarquía rígida, el nudo borromeo se caracteriza por un entrelazamiento alternado donde la dominancia es local. Cada una de las instancias funciona como tercero relativo de las demás en cruces específicos; por lo cual, cada una está interrumpida o contaminada por las otras, pero no completamente capturada. En este anudamiento no hay preeminencia ni exclusión a priori de un término por otro.
En la teoría de Poulantzas existen elementos que apuntan también hacia un pensamiento nodal del Estado y la práctica política. En primer lugar, la materialidad de lo político-estatal procede del cruce de relaciones de poder heterogéneas que se anudan en su campo. Poulantzas (2005) señala que el Estado no tiene poder propio ni es un instrumento pasivo e inerte, sino que es un lugar de configuración y ejercicio del poder político. Por lo cual, la política estatal no es más que un nudo de “tácticas que se entrecruzan, luchan entre sí, encuentran puntos de impacto en ciertos aparatos, son cortocircuitadas por otras y perfilan finalmente” la línea general de fuerza que atraviesa las disputas en el Estado (Poulantzas, 2005: 164). En segundo lugar, sus indicaciones acerca de la posibilidad de una vía democrática al socialismo pueden ser leídas en clave nodal. Para el autor, si se entiende de aquella manera al Estado, no es posible plantear una transformación radicalmente externa que implique su destrucción en bloque a través de una lucha frontal. No se trata de tomar o sitiar desde fuera el Estado, precisamente porque las fuerzas populares ya están presentes en su campo: participan del balance relacional de poder que lo constituye.9 En sus palabras,
[e]l poder no es una sustancia cuantificable detentada por el Estado que haya que arrebatarle. El poder consiste en una serie de relaciones entre las diversas clases sociales, concentrado por excelencia en el Estado, que constituye la condensación de una relación de fuerzas entre las diversas clases sociales. El Estado no es ni una cosa-instrumento de la que sea posible apoderarse ni una fortaleza donde se penetre con caballos de madera, ni una caja fuerte que se fuerce hasta romperla: es el centro de ejercicio del poder político. Tomar el Estado significa desarrollar una lucha de masas tal que modifique la relación de fuerzas internas en los aparatos del Estado, que son el campo estratégico de las luchas políticas (Poulantzas, 2005: 316).
Así, Poulantzas (2005) entiende que una vía democrática al socialismo democrático supone un movimiento de conservación y modificación del Estado que, en un largo proceso, pueda reforzar y redirigir los espacios de resistencia de las masas populares en las redes estatales, al mismo tiempo que se crean otros nuevos, hasta convertirlos en sedes del poder real. Se trata de una lucha integral que involucra operaciones en los dispositivos estatales distribuidos por el conjunto social, así como a distancia de los procedimientos estatales, en el despliegue de formas de democracia directa y en mecanismos autogestionarios. En la medida en que no todo es político, porque la política no es la única dimensión de la existencia social (Poulantzas, 1980), las luchas y movimientos sociales desbordan siempre al Estado. Poulantzas no postula la primacía de una sola forma de lucha sobre las demás. En cambio, parece sugerir que una transformación social puede impulsarse desde cualquier ámbito. De hecho, la confianza en las iniciativas populares resulta indispensable, según el autor, en cualquier proyecto de socialismo democrático que no repita los errores de los “socialismos reales” y su “suspicacia ante las exigencias democráticas” (Poulantzas, 2005: 307).
El nudo permite ver aquí que la heterogeneidad que habita el Estado no remite a una unidad centrada en un principio interno único, ni tampoco se disuelve caóticamente. Por el contrario, plantea la necesidad de revisar dicotomías como autonomismo-estatismo, exterior-interior o reforma-revolución, para reconocer la singularidad de cada proceso político. La inmanencia de las luchas en el campo estatal y la distancia frente a las lógicas y procedimientos dominantes encuentran en el anudamiento borromeo una lógica ejemplar para pensar los procesos de cambio social sin privilegiar ni excluir, en principio, ninguna dimensión. Además, el nudo permite entender la irreductibilidad de las relaciones económicas, ideológicas, políticas, teóricas, etc., condensadas en el Estado, que adoptan diferentes eficacias en cada coyuntura. No todas las dimensiones sociales tienen el mismo peso o la misma forma de desarrollo, aunque se sostengan conjuntamente.
Nudo de nudos, el Estado tiene una materialidad que opone resistencia a los intentos de desestabilizar sus mecanismos internos o descomponer el entramado de poderes que sostienen los intereses dominantes. No obstante, una teoría materialista del Estado permite identificar las eficacias específicas que operan en cada coyuntura, así como las posibilidades de intervenir desde diferentes ámbitos —con sus propias temporalidades y lógicas— en el conjunto social. La lógica nodal contribuye a pensar los procesos políticos en términos de una exterioridad inmanente al Estado. Como afirma Farrán (2014), muestra que el problema clave de una revolución “no es solo cómo cortar el nudo, sino cómo rehacerlo de otro modo” (275) o cómo rearticular una nueva unidad compleja, desigual y descentrada.
A lo largo de estas páginas se mostró que la teoría del Estado de Poulantzas se inscribe en una revisión de la tópica social marxista, enriquecida por los aportes althusserianos. Se destacó que el concepto de “condensación material”, a través del cual el autor define al Estado, implica una unidad compleja y contradictoria, anclada en la lógica de la sobredeterminación. En este marco, la topología del nudo borromeo permitió especificar el principio relacional que atraviesa la comprensión poulantziana del Estado. Acercar las reflexiones de Poulantzas al psicoanálisis hizo notar que la materialidad político-estatal no se agota en las relaciones estructurales, sino que involucra también desplazamientos y condensaciones de contradicciones. La analogía con el trabajo del inconsciente freudiano resalta cómo las prácticas estatales no se organizan en jerarquías lineales, sino mediante un entrelazamiento complejo de instancias con eficacias diferenciales que configuran el poder de manera contingente, y no totalizante. Entender el Estado como una estructura nodal, caracterizada por el anudamiento de prácticas y dispositivos heterogéneos, abre la posibilidad de su transformación.
Desde esta perspectiva, el legado poulantziano ofrece herramientas valiosas para los estudios políticos y sociales actuales. Lejos de las narrativas dominantes impuestas con los procesos de neoliberalización, esta teoría permite enfatizar que la pregunta por el Estado sigue siendo central, pues en su trama histórica singular se tejen los nudos estratégicos y eslabones decisivos que los proyectos emancipatorios apuntan a desplazar. Poulantzas no ignora las determinaciones históricas ni los obstáculos e inercias que marcan el entramado estatal. Sin embargo, al concebir el Estado como el efecto de una condensación material de luchas, sugiere que su estructura es dinámica y está sujeta a variaciones. En este sentido, una transición hacia otro modo de producción y reproducción social no solo es posible, sino que depende de la capacidad de articular múltiples historicidades en luchas orientadas a desafiar las lógicas capitalistas dominantes y reconfigurar el entramado material común.
Althusser (2004a, 2006) advierte que la dialéctica hegeliana se monta sobre el supuesto de una unidad originaria que se desarrolla mediante un proceso de oposición entre dos contrarios. La totalidad social aparece unificada alrededor de un principio interno único: una contradicción simple que se desenvuelve en virtud de la exteriorización-enajenación de sí y que contiene en ella, como ecos, los principios de todas las formaciones históricas superadas. La contradicción hegeliana remite, por lo tanto, a una “interiorización acumulativa” de estas formas anteriores en el presente de la totalidad social (Althusser, 2004b). Una totalidad en la que cada parte expresa, de manera directa e inmediata, la esencia que las constituye o su verdad.↩︎
Un concepto que Poulantzas toma de Claus Offe (1974).↩︎
Al definir al Estado en términos relacionales, Poulantzas despliega una tesis materialista clásica, presente en la teoría althusseriana: la primacía de la relación sobre sus elementos (Morfino, 2014). Poulantzas traduce políticamente este principio en la idea del primado de la lucha de clases sobre los aparatos e instituciones (no solo estatales) en que se inscribe.↩︎
Poulantzas (2005) advierte que la insistencia en las relaciones ideológicas a menudo conduce a una desestimación del papel represivo del Estado, es decir, de la “violencia sobre los cuerpos” (28).↩︎
Inda (2021b) comenta que Poulantzas transmite cierto tono de decepción en una carta que le envía a Althusser en 1969, luego de leer su manuscrito Sobre la reproducción, donde le dice “que le parece bueno que su tesis sobre la relación particularmente estrecha entre el Estado y la ideología, que a algunos les pareció equivocada o paradójica, pero que igualmente sostuvo prácticamente en soledad durante años, lo haya guiado en su teoría de los aparatos ideológicos de Estado” (140).↩︎
Algo similar sostiene Althusser (2008) en su ensayo sobre los aparatos ideológicos de Estado cuando comenta, en una nota al pie, que “las relaciones de producción son producidas en primer lugar por la materialidad del proceso de producción y del proceso de circulación. Pero no se debe olvidar que las relaciones ideológicas están inmediatamente presentes en esos mismos procesos” (129).↩︎
Inda (2021a) se detiene en las críticas que dirige Poulantzas (1966), en un artículo anterior a Poder político y clases sociales, a la identificación entre la lucha de clases y la lucha política que Althusser parece deslizar en este fragmento. Para Poulantzas, la omisión de la lucha económica corre el peligro de una sobrepolitización tan errada como su tendencia contraria: el economicismo. Inda (2021a) subraya que, si bien esta “definición de la política como práctica que tiene como materia específica la coyuntura entendida como condensación o fusión de contradicciones desiguales y desplazamientos no persuade a Poulantzas” en ese momento, solo un par de años después “cambia notablemente de posición” (25). Ahora bien, Poulantzas (1980) nunca deja de cuestionar aquella politización de lo social en la que incurre Althusser.↩︎
Farrán (2016) acerca el principio althusseriano de sobredeterminación a la articulación de los tres registros lacanianos (real, simbólico e imaginario) en el nudo borromeo.↩︎
En estas consideraciones aparece una de las disputas más significativas entre Poulantzas y Althusser, en la medida en que este último concibe al Estado como una “máquina” o instrumento separado de la lucha de clases. “Con total seguridad el Estado está separado de la lucha de clases, porque está hecho para eso, y por eso es un instrumento. ¿Imagináis un instrumento, utilizado por la clase dominante, que no estuviera separado de la lucha de clases? ¡Correría el riesgo de estallarles entre las manos a la primera ocasión! […] Si los grandes aparatos del Estado debieran estar a merced de los ‘atravesamientos’ del Estado por la lucha de clases burguesa, podría perfectamente significar el final de la dominación burguesa” (Althusser, 2003: 90). Curiosamente es Poulantzas quien traslada la complejización althusseriana de la contradicción marxista a un pensamiento materialista del Estado.↩︎
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