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      <journal-id journal-id-type="publisher">POSO</journal-id>
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        <journal-title specific-use="original" xml:lang="es">Política y Sociedad</journal-title>
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      <issn publication-format="electronic">1988-3129</issn>
      <issn-l>1988-3129</issn-l>
      <publisher>
        <publisher-name>Ediciones Complutense</publisher-name>
        <publisher-loc>España</publisher-loc>
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      <article-id pub-id-type="doi">https://doi.org/10.5209/poso.88568</article-id>
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          <subject>MISCELÁNEA</subject>
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        <article-title>La ontología política de la teoría queer</article-title>
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          <trans-title>The political ontology of queer theory</trans-title>
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        <contrib contrib-type="author" corresp="yes">
          <contrib-id contrib-id-type="orcid">https://orcid.org/0000-0003-4148-2264</contrib-id>
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            <surname>Brunet Icart</surname>
            <given-names>Ignasi</given-names>
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          <institution content-type="original">Universitat Rovira i Virgili</institution>
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        <corresp id="cor1">Autor@s de correspondencia: Ignasi Brunet Icart: <email>Ignasi.brunet@urv.cat</email></corresp>
      </author-notes>
      <pub-date pub-type="epub" publication-format="electronic" iso-8601-date="2025-03-11">
        <day>11</day>
        <month>03</month>
        <year>2025</year>
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      <volume>62</volume>
      <issue>1</issue>
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        <copyright-statement>Copyright © 2025, Universidad Complutense de Madrid</copyright-statement>
        <copyright-year>2025</copyright-year>
        <copyright-holder>Universidad Complutense de Madrid</copyright-holder>
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          <license-p>Esta obra está bajo una licencia <ext-link ext-link-type="uri" xlink:href="https://creativecommons.org/licenses/by/4.0/">Creative Commons Attribution 4.0 International</ext-link></license-p>
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      </permissions>
      <abstract>
        <p>El presente trabajo despliega las implicaciones de una teoría relevante y radical para un segmento de la izquierda intelectual, la teoría queer, que sostiene que las condiciones de un pensamiento crítico han de tener en su centro la consideración siguiente: el ser natural del hombre es político, como es político la apropiación del cuerpo y de la sexualidad de la mujer, como es político afirmar la inexistencia de una categoría universal de mujer, de que no hay un tipo único de opresión de género que experimenten por igual las mujeres de todos los grupos étnicos y sociales, como es político afirmar que las instituciones y organizaciones sociales, nacionales e internacionales, se caracterizan por ciertas pautas de género y heterosexuales que hacen posible hablar de un orden de género mundial. Por esto el movimiento queer entiende su actividad como una actividad política en contra de la esencialización de un concepto político: el concepto de sujeto, un principio de obediencia, una instancia a la que se asigna o se le atribuyen dos significados, como sujeto sujetado al gobierno de los otros, y como sujeto sujetado a sí mismo, como subjetividad en el sentido de atada a la identidad fija con la que se gobierna uno a sí mismo, identidad atada a la verdad de su sexo.</p>
      </abstract>
      <trans-abstract xml:lang="en">
        <p>This paper examines the implications of a radical theory that is important for a segment of the intellectual left, namely queer theory, which argues that central to the conditions for critical thinking is the assertion that the natural being of man is political, in the same way that it is political to appropriate women’s bodies and sexuality, that it is political to affirm the non-existence of a universal category of woman, that it is political to state there is no unique type of gender oppression experienced equally by women of all ethnic and social groups, and that it is political to state that national and international social institutions and organisations are characterised by certain gendered and heterosexual patterns that make it possible to speak of a global gender order. Hence the queer movement’s political opposition to the essentializing nature of a political concept, namely the concept of the subject, or to put it another, way, the principle of obedience, which two refers to two forms of subjection, first the subject subjected to the rule of others, and second, the subject subjected to themselves, where subjectivity refers to the subject’s sense of being tied to the fixed identity with which they govern themselves, an identity tied to the truth of their sex.</p>
      </trans-abstract>
      <kwd-group>
        <kwd>heterosexualidad</kwd>
        <kwd>interseccionalidad</kwd>
        <kwd>binarismo</kwd>
        <kwd>cuerpo</kwd>
        <kwd>queer</kwd>
      </kwd-group>
      <kwd-group xml:lang="en">
        <kwd>heterosexuality</kwd>
        <kwd>intersectionality</kwd>
        <kwd>binarism</kwd>
        <kwd>body</kwd>
        <kwd>queer</kwd>
      </kwd-group>
      <custom-meta-group>
        <custom-meta>
          <meta-name>Sumario</meta-name>
          <meta-value>: 1. Introducción. 2. La interseccionalidad y la discriminación múltiple. 3. La teoría sobre las diferencias entre hombres y mujeres. 4. La masculinidad hegemónica. 5. Feminismo queer. 6. A modo de conclusión. 7. Bibliografía.</meta-value>
        </custom-meta>
        <custom-meta>
          <meta-name>Cómo citar</meta-name>
          <meta-value>Brunet Icart, I. (2025). “La ontología política de la teoría queer”. Polít. Soc. (Madr.) 62(1), e94050. https://dx.doi.org/10.5209/poso.94050.</meta-value>
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    </article-meta>
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<sec id="introduccion">
  <title>1. Introducción</title>
  <p>El orden de género binario y de la heteronormatividad ha alentado
  un abordaje crítico de la fuerza constitutiva “de los determinismos
  históricos y sociales mediante los cuales se da forma a las
  existencias individuales y colectivas” (Eribon, 2019). Esto implica
  desarrollar críticamente todas las categorizaciones que configuran
  nuestros destinos sociales en un espacio social cargado de
  desigualdades y de “capitales” asimétricamente repartidos (Bourdieu,
  2001). Un espacio que, en el caso del género, confluye en modos de
  nominación que nos sujetan a una identidad normativa, a una “lógica de
  armario”, a un “fingimiento continuo” que impide la legitimación
  pública de las disidencias sexuales. Unos modos de nominación que son
  interdependientes de otros órdenes de nominación (de clase, etnia,
  edad….), donde la identidad sexual es vivida como una
  <italic>performance</italic> altamente regulada. Esto explica que las
  sensibilidades <italic>queer</italic> se dediquen a deconstruir
  continuamente las trampas de la identidad sexual. Concretamente,
  problematizan la “construcción de los sujetos sexuales, a la vez
  sujetos a un ‘sexo’ (y por lo tanto a un género) y a una ‘sexualidad’
  como manera de usar ese cuerpo sexuado en la relación con el otro
  cuerpo sexuado” (Platero 2008: 24).</p>
  <p>En la teoría y en la práctica, <italic>queer</italic> puede
  “entenderse como un adjetivo que actúa como un performativo cuya
  fuerza es la de un verbo” (Eribon, 2001). De acuerdo con Halperin
  (2016), <italic>queer</italic> es un “horizonte de posibilidad” y el
  sujeto <italic>queer</italic> ocupa una “posicionalidad excéntrica” en
  relación con lo normal, lo legítimo, lo dominante. Para Sedgwick
  (1998), llamarse <italic>queer</italic> “solo es un resumen cómodo de
  gay, lesbiana bi y trans”, y uno de los ejes de una “insurrección
  contra el poder psiquiátrico, cuyas principales víctimas son hoy
  ellos-ellas”, que proclaman “su derecho a la libre elección, el
  derecho a ser lo que ellos y ellas son o quieren ser” (Eribon, 2005:
  45). Además, el derecho al cambio de sexo, con operación o sin ella,
  es optar “por un feminismo prosexo, efectuar una defensa clara,
  innovadora y apasionante del placer sexual y la justicia erótica”
  (Rubin, 1989:130). Es también apartarse “de la normativa cultural que
  la regula” (Martínez, 2019:67), es buscar lo que legalmente es tabú,
  de compartir y actuar sobre los deseos prohibidos, de
  <italic>queererizar</italic> los espacios públicos, de querer vivir la
  sexualidad totalmente libre, fuera de la heterosexualidad obligatoria,
  y comprometerse en luchas políticas que apelan al derecho. De hecho,
  la réplica al poder “pasa a menudo por la reivindicación de derechos”
  (Eribon, 2017b: 206), por un trabajo “sobre la negatividad a la cual
  el orden social destina a los minoritarios” (Eribon, 2019: 213).</p>
  <p>Por esto, para el movimiento <italic>queer</italic>, pensar lo
  político requiere plantearse la pregunta de por qué el feminismo solo
  debe reunir a las mujeres (Foucault, 2012), pero también requiere
  oponerse a lo que se considera “una pretensión salvacionista” del
  feminismo eurocéntrico y heteronormativo (Espinosa, 2022).
  Concretamente, es pensar al movimiento <italic>queer</italic> como
  oposición global a los discursos <italic>TERF</italic>
  (<italic>Trans-Exclusionary Radical feminist</italic>, “Feminismo
  Radical Trans Excluyente”). Los discursos <italic>TERF</italic>
  utilizan el feminismo como arma de destrucción masiva de lo
  <italic>queer</italic>, por oponerse a las “modas nefastas” sobre la
  maleabilidad del género. Eribon expone cómo a principios del siglo XXI
  emerge un feminismo antigénero que quiere excluir a las mujeres
  <italic>trans</italic> del ser mujer, e insiste este feminismo en la
  presencia de elementos biológicos visibles “de nacimiento”, que
  determinarían el ser —biológico— mujer o el ser —biológico— hombre.
  Este feminismo antigénero define a las mujeres como personas con una
  herencia biológica “particular que sufren violencia a manos del
  patriarcado”, a manos de una construcción cultural, no natural, que
  convencionalmente hemos denominado género. En contraposición al
  feminismo transexcluyente tenemos el feminismo <italic>queer</italic>
  que, aparte, de apoyar a las personas <italic>trans</italic>, afirma
  que era el sexo lo que estaba construido por el género, “y este era
  inscrito en la realidad social por medio de la repetición” (Butler,
  2006). Por esto, para el feminismo <italic>queer</italic>, nadie nace
  de forma innata —biológica— como hombre o como mujer, y cualquiera
  puede representar la masculinidad y la feminidad. Por eso, contra la
  hegemonía colonial y las narrativas del “feminismo bastardo”, Galindo
  (2021) apuesta por un feminismo cuya definición no limite a nadie, y
  Rivera (2018) reivindica lo <italic>ch</italic>’<italic>ixi,</italic>
  para nombrar esa mezcla rara que somos, y que permite combatir lo
  indeterminado (ni blanco ni negro, ni femenino ni masculino). Se
  trata, desde la perspectiva de Segato (2023), de refundar el
  feminismo, lo que significa apoyar a los hombres en su proyecto de
  deconstrucción de la masculinidad bélica.</p>
  <p>Lo que denominamos <italic>queer</italic> pretende llevar a cabo un
  profundo cuestionamiento de la identidad heteronormativa y de los
  procesos esencialistas a través de los que esta identidad se
  constituye (Edelman, 2014). Esto es un requisito “previo para que el
  cuerpo funcione en el plano simbólico, pedagógico y afectivo. La
  dispersión de las fronteras de los cuerpos implica un cuestionamiento
  absolutamente caótico de las convenciones normativas del género, la
  sexualidad o la raza. Se trata de desobedecer las convenciones
  normativas sobre las prácticas corporales ‘aceptable’ y la santidad
  del cuerpo capaz”, que el femo y el homonacionalismo —”el sujeto
  <italic>queer</italic>, disciplinario (liberal, homonormativo,
  diaspórico)”—, integrado en estas sociedades de clases medias,
  reproduce, regulando la desviación, naturalizándola e ignorando que el
  deseo, la lógica del deseo, es “una acción del cuerpo. No es una
  fuerza de la mente. Es una fuerza encarnada, que a veces empuja
  incluso a actuar a pesar de la voluntad y contra la voluntad” (Eribon,
  2023). Una fuerza que no se viste “de guerra de sexos con sus ‘todos
  son violadores’ porque esta es la representación que más le conviene
  al feminismo <italic>mainstream</italic> o
  <italic>trans-</italic>excluyente […] que parece deslizarse por el
  marco del autoritarismo, la moralización y el control de las
  costumbres como una suerte de vuelta al feminismo liberal burgués”
  (Colectivo Cantoneras, 2024).</p>
  <p>Este artículo tiene por objetivo, valiéndonos metodológicamente de
  una revisión bibliográfica, una revisión de diversas investigaciones
  teóricas y empíricas sobre el movimiento <italic>queer</italic>. Este
  movimiento considera que “ser libre” implica asumir que lo que
  denominamos “diferencia sexual” no es una fuerza natural, más bien es
  una configuración política determinada por el género. Por eso, la
  teoría y movimiento <italic>queer</italic> ha legitimado su actividad
  apoyándose en que el sexo es una interpretación política y cultural
  del cuerpo, e inscribiendo su actividad política en contra del orden
  de género binario y de la heteronormatividad. En el apartado dos
  planteamos el cuestionamiento por parte del feminismo negro del sujeto
  femenino genérico, y la reivindicación por parte del feminismo
  postcolonial de análisis específicos contextualizados y diferenciados
  de las formas en que las mujeres se confirman como un grupo
  sociopolítico, histórico y cultural particular. Un grupo que resulta
  de un ordenamiento social e histórico, mediante el que las mujeres y
  los hombres se comprometen en una posición no únicamente de género,
  sino también de clase, raza, etnicidad, orientación sexual, edad,
  capacidad, etc. En el apartado tres, exponemos la teoría de las
  diferencias naturales entre hombres y mujeres. Teoría que no cuestiona
  la afirmación <italic>TERF</italic> de que la anatomía es destino, de
  que “el género es algo original, natural y de que los hombres y
  mujeres son dos únicas opciones” (Halberstam, 2008: 65). Por esto,
  tanto Butler (2001) como Preciado (2022) afirman que el sexo no es
  anterior a la ley en el sentido de que no está cultural ni
  políticamente determinado. En el apartado cuarto, planteamos que
  vivimos en una sociedad construida a la medida de la masculinidad
  hegemónica que, en términos generales según Martínez <italic>et
  al.</italic> (2019: 72), aparece “en el mundo sociocultural
  falocéntrico como dotado de atributos —no solo anatómicos, sino
  también intelectuales y morales— más valorados, con mayores cuotas de
  poder y más fácil acceso al espacio público”. Una masculinidad
  hegemónica que está más valorada que otras formas de la masculinidad,
  como las llamadas “masculinidades subordinadas”. En el apartado
  quinto, desarrollamos la perspectiva teórica <italic>queer</italic>, y
  finalmente, exponemos una reflexión final a modo de conclusión.</p>
</sec>
<sec id="la_interseccionalidad_y_la_discriminacion_multiple">
  <title>2. La interseccionalidad y la discriminación múltiple</title>
  <p>El feminismo negro ha cuestionado las lógicas del discurso de la
  dominación del feminismo occidental- blanco-heteropatriarcal, que se
  apoya en el hecho de que el género, impuesto socialmente, es una
  construcción sociocultural basada en el sexo biológico. Un concepto
  normativo que formaba parte del sistema de relaciones jerárquicas de
  “raza”, por lo que el feminismo negro optó por cruzar las relaciones
  de género con otras categorías, ya que, para las mujeres negras, las
  opresiones de género y raza son simultáneas. Esta perspectiva ha sido
  clave en el debate sobre la interseccionalidad y la discriminación
  múltiple. Así, para Collins (2015), la discriminación está conformada
  por patrones de opresión que no solo están interrelacionados, sino que
  son inseparables. De este modo, el concepto de interseccionalidad se
  ha convertido en una herramienta <italic>queer</italic> para
  deconstruir y desmontar las divisiones entre las categorías o formas
  de exclusión o malas imágenes normativas que son construidas
  socialmente y conferir autorización y legitimidad a la existencia de
  las disidencias sexuales, que son antinormativas, en contra de la
  “metafísica de la familia y de la diferencia de sexos” (Eribon,
  2004a).</p>
  <p>Saéz (2004) plantea que, cuando hablamos de interseccionalidad,
  queremos decir que los diferentes ejes de opresión se entrelazan en
  una matriz, en el marco de la cual se constituyen individuos en
  diferentes y cambiantes posiciones de poder, que la sociedad, la
  familia y el poder político establecen sobre los individuos. La imagen
  de la matriz tiene el interés de poner el énfasis en la interacción e
  interdependencia entre líneas de opresión y “evitar adoptar una
  perspectiva jerárquica, rehusando así establecer la primacía de una
  sola dimensión (como son la clase social o el género para el marxismo
  y el feminismo ortodoxo, respectivamente)” (Coll-Planas, 2012: 257).
  Este planteamiento aclara la posición del feminismo negro de hooks
  (2021: 79), cuando argumenta que las feministas blancas “nos han
  convertido en los ‘objetos’ de su discurso privilegiado sobre la
  raza”. Como “objetos”, “hemos permanecido desiguales, inferiores.
  Aunque puedan estar preocupadas sinceramente por el racismo, su
  metodología sugiere que no están libres del tipo de paternalismo
  endémico a la ideología de la supremacía blanca”. Además, “la
  percepción que las feministas blancas de clase media tienen de aquello
  de lo que necesitan liberarse tiene poca o ninguna relevancia para la
  experiencia del día a día de la mayoría de las mujeres negras”. De
  hecho, el patriarcado blanco anuló la posibilidad de existencia de un
  patriarcado negro entre los esclavos. Así, si las negras “difícilmente
  eran ‘mujeres’”, en el sentido aceptado del término, “el sistema
  esclavista también desautorizaba el ejercicio del dominio masculino
  por parte de los hombres negros” (Davis, 2006: 35). Por ello,
  reconocer la complicidad de las mujeres “privilegiadas” con la
  opresión o la perpetuación de las prácticas opresoras supone
  considerar las estructuras sociales y materiales de dominación, y
  asumir que las categorías de lo femenino y de lo masculino, en el
  ámbito epistemológico, tienen importantes correlatos sociales, ya que
  sirven “para clasificar a grupos sociales, otorgando a las personas
  determinadas rasgos que les han de caracterizar, y para estructurar
  los espacios e instituciones sociales” (Pérez Orozco, 2014: 32). Así,
  para Rich (1996), el género no únicamente es una construcción binaria
  y monolítica, sino que es una marca de una posición de subordinación
  que está cualificada por otras variables de opresión. Es además una
  marca de posición heterodesignada, esto es, designada siempre por y
  para otros, e interpretada como algo inmutable, “natural”. Para el
  feminismo de la diferencia, el género como marca deriva del imaginario
  social de la maternidad y del amor maternal, y para el feminismo de la
  igualdad, deriva del orden de género. Pero ambos feminismos
  ontologizan la sexualidad, la naturaleza es sexual, es biología, y el
  destino “natural” de todo ser humano es la pareja heterosexual, en el
  que él es él; ella es ella, y que para Irigaray (1992: 46), “no pueden
  ser identificados solo por sus acciones y sus roles”.</p>
  <p>Entonces, el debate ya no es situar la identidad masculina o
  femenina en la naturaleza o bien en la socialización de género, de
  forma exclusiva y excluyente. Más bien hay que situar a hombres y
  mujeres no ajenos a las relaciones de poder, ni ajenos a las
  condiciones sociales. Hay que situarlos en el contexto de
  configuraciones históricas y de relaciones de poder, en múltiples
  sistemas de relaciones de dominación. Se trata de explicar por qué hay
  mujeres y hombres que lo tienen todo y mujeres y hombres que no tienen
  nada. De un modo más específico, hablar de dos géneros es continuar y
  no desprenderse de la ideología sexista, de la ideología del conflicto
  y complementariedad entre los sexos, que no hace más que contribuir a
  esencializar las diferencias e ignorar la complejidad/heterogeneidad
  de las identidades sexuales y sociales posibles. Por esto, la
  perspectiva de género aplicada al análisis de los roles y de las
  identidades de las mujeres no debe usar el concepto de feminidad, como
  tampoco en el análisis de los roles masculinos se debe usar el
  concepto de masculinidad. El uso recurrente y simple del concepto de
  masculinidad es una suerte de una pirueta teórica que “evita aplicar
  al estudio de los hombres los instrumentos de análisis (la perspectiva
  de género) que se aplican al estudio de las mujeres”. La consecuencia
  “es que se obvian, se invisibilizan y se eluden las condiciones
  sociales de género que posibilitan la discriminación de los varones”
  (Guasch, 2006: 105). Y es que la discriminación de género que padecen
  los varones tiene una cualidad distinta de la que padecen las mujeres,
  pero se basa en idénticas estructuras sexistas (tanto sociales como
  simbólicas). Y de igual modo ocurre para la discriminación/opresión,
  que padecen las lesbianas y los/las transexuales, que se asienta en la
  presunción de que toda sociedad está fundada en la heterosexualidad,
  obviando el terreno político en que se desarrollan relaciones de poder
  entre hombres, entre mujeres, y entre hombres y mujeres. Por ello,
  Wittig (2010), frente al pensamiento heterosexual, homogeneizador y
  normalizador por definición, plantea “una reacción revolucionaria”,
  que sitúa el poder como constitutivo de los cuerpos que llamamos macho
  y hembra, y deja de concebir el cuerpo sexuado como la base natural,
  biológica, sobre la que se inscribe el género, sino más bien algo
  construido por discursos y prácticas prostéticas. De este modo, “las
  categorías ’hombre ‘y ’mujer‘, al igual que todas las relaciones que
  implican, no son inevitables, sino un ‘dogma político y filosófico’ de
  este pensamiento que condena a lesbianas y gais. Las categorías
  ’hombre ‘y ‘mujer’ disfrazan intereses e ideologías que lesbianas y
  gais deben evitar mantener a toda costa” (Mérida, 2009: 25). Por esto
  tienen que oponerse a la opresión de la “cultura machista,
  capitalista, misógina, racista, homofóbica e imperialista”. Ante la
  jerarquización de los sexos y/o géneros que impone el patriarcado,
  desde la teoría y movimiento <italic>queer,</italic> no hay más
  alternativa que el cuestionamiento y la desidentificación en los
  mandatos y asignaciones de la “tecnología política de género” (De
  Lauretis, 1987). Esta tecnología política de género se extiende a todo
  el ámbito de la sensibilidad, ya que toda política es necesariamente
  multidimensional “y siempre se declina en plural” (Eribon, 2017a: 71).
  Una política que se realiza en un conflicto de fuerzas y luchas, como
  se ve en la historia, donde los combates no han cesado de ser
  ampliados y reformulados por las luchas políticas (los obreros, los
  negros en Estados Unidos, las mujeres en todo el mundo, los gays, las
  lesbianas, los trans…) (Eribon, 2000). Un combate crítico “a la
  organización del poder sobre la vida en las sociedades capitalistas y
  patriarcales, dando forma a una nueva manera de entender la revolución
  en la que todos los rincones de la existencia deben ser sacudidos (el
  cuerpo, la sexualidad, las relaciones, las actitudes en lo doméstico,
  los valores, la moral)” (López Gil, 2011:34).</p>
</sec>
<sec id="la_teoria_sobre_las_diferencias_entre_hombres_y_mujeres">
  <title>3. La teoría sobre las diferencias entre hombres y
  mujeres</title>
  <p>En el movimiento liberal e ilustrado se reconocieron por primera
  vez los derechos humanos, sin embargo, este movimiento fue misógino al
  excluir a las mujeres del universalismo de los derechos humanos.
  Mayoritariamente para los ilustrados, la mujer por naturaleza tiene un
  papel subordinado, y ha de estar relegada a la reproducción y al
  cuidado en el espacio privado, para preservar los valores del estado
  de naturaleza. Esta reproducción “es una creación bastante reciente,
  que aparece cuando la clase capitalista de Inglaterra y de Estados
  Unidos, presionada por la insurgencia de la clase obrera y necesitada
  de una mano de obra más productiva, emprendió una reforma laboral que
  transformó la fábrica, y también la comunidad y el hogar y, por encima
  de todo, la posición social de las mujeres”, iniciándose entonces la
  “política de las familias” (Donzelot, 1979). Se configuró entonces la
  política del nuevo modelo de capitalismo monopolista, en la que
  participaron filántropos, sindicalistas, empresarios, médicos y
  funcionarios; “hasta el mismo Papa León XIII, con su encíclica
  <italic>Rerum Novarum</italic>” (Marugán y Miranda, 2018: 91). Bajo
  esta nueva política, a partir de finales del siglo XIX, en las
  sociedades industriales, los varones salían fuera del hogar para ganar
  un salario mientras que las mujeres se dedicaban a las tareas
  domésticas y al cuidado de hijos y enfermos (D’Alessandro, 2018). Esto
  se debía a un proceso de ingeniería social que “sacó a las mujeres
  —especialmente a las madres— de las fábricas, aumentó sustancialmente
  los salarios de los hombres proletarios, lo bastante como para
  mantener a una ama de casa no trabajadora, e instituyó formas de
  educación popular para enseñar a la mano de obra femenina las
  habilidades necesarias para el trabajo doméstico” (Federici, 2018:
  70).</p>
  <p>El resultado de este proceso de dominación fue un nuevo tipo de
  familia: la familia nuclear, la mujer- madre y el pacto del salario
  familiar. Proceso social que se apoyaba en que existe “una clara
  relación entre los papeles asignados en un sistema social a los
  hombres y a las mujeres (que cristalizan en roles de género), y la
  aparición, desarrollo y asignación de estereotipos y rasgos de esos
  roles. A su vez, los estereotipos, fuertemente arraigados y
  transmitidos (y reforzados) gracias al poder de socialización,
  influyen, entre otras cosas, en las ocupaciones, puestos, que se
  consideran ‘apropiados’ para los hombres y las mujeres, condicionando
  sus objetivos, alternativas y decisiones” (Batista, 2015: 4-6). Eran
  papeles y estereotipos que se apoyaban en la creencia de que la
  anatomía es destino, de que “el género es algo original, natural y de
  que los hombres y mujeres son dos únicas opciones” (Halberstam, 2008:
  42). Un binarismo relacional que solo puede analizarse “como la
  somatización de la estructura social, la división social y sexual de
  las funciones y las tareas, los códigos y las representaciones, las
  puestas en escena de sí por intermedio del rostro y el cuerpo, la
  vestimenta y las actitudes permitidas o prohibidas” (Eribon,
  2017a:71).</p>
  <p>Desde la perspectiva <italic>queer,</italic> esto se explica en
  tanto que la sexualidad, históricamente y en nuestro contexto
  occidental, está tocada primordialmente por una normatividad religiosa
  judeocristiana (Foucault, 2009), donde las mujeres, al ser
  sexualizadas mediante el dimorfismo sexual de la especie humana, son
  objetivadas para la procreación de la especie y la constitución de la
  “nación heterosexual” (Curiel, 2013). Esto les sirve, concretamente,
  para la creación de una dictadura heterosexual, mediante la imposición
  de la norma heterosexista y de una sexualidad distintiva para los
  hombres y para las mujeres. De ahí que los científicos sociales desde
  principios del siglo XX han ido documentando los modelos de identidad
  de género, o diferencias de género, pero fue en la década de los 50
  cuando nació la perspectiva que dominaría durante las siguientes
  décadas: la teoría funcional de los roles sexuales. Esta teoría
  vincula las diferencias sexuales con el comportamiento y el carácter
  de hombres y mujeres. La hipótesis era que los roles sexuales eran
  funcionales, al menos biológicos, imprescindibles, y que la capacidad
  del hombre para el trabajo instrumental en la <italic>esfera pública</italic> se complementaba de manera
  natural con la capacidad de la mujer para administrar los aspectos de
  la vida familiar, en la <italic>esfera privada</italic>. Según Eribon
  (2019: 197), podría incluso decirse que esa hipótesis “constituye uno
  de los mecanismos mediante los cuales se lleva a cabo la
  normalización” del orden de género, del régimen de la sexualidad que
  establece “una rígida distinción entre hombres y mujeres [construida]
  desde supuestos de imperativo heterosexual” (Llamas, 1999: 167).</p>
  <p>Los estudios género pusieron en cuestión esta teoría, argumentando
  a favor de la construcción social y cultural de la diferencia sexual:
  un imaginario cultural que impone modelos de masculinidad y feminidad
  que, en forma de ideales, son tomados como referentes de
  identificación, pasando a formar parte de los deseos, fantasías y
  creencias personales. Estos modelos son aceptados o invisibilizados en
  forma de violencia simbólica, en el sentido de que la subordinación
  está profundamente incorporada en la organización social, configurando
  una estructura básica de opresión denominada patriarcado. Una opresión
  o dominación que también está incorporada en los dominados, que al
  estar fabricados por el orden del mundo social, no se hacen
  responsables “de su reproducción”, y lo hacen a través de “todos sus
  automatismos incorporados que se traducen en sus hechos y sus gestos,
  sus pensamientos y sus palabras” (Eribon, 2017a: 66). Este
  ordenamiento de dominación está construido a partir de una “relación
  entre macho y hembra que no es una relación entre dos sexos, sino
  entre un sexo y su carencia”, ya que, en todas las familias, “el pene
  del niño es una especie de hijo del hijo, al que se alude con
  complacencia y sin inhibiciones. El sexo de la niña, sin embargo, es
  ignorado: no tiene nombre, ni afecto, ni carácter, ni literatura”
  (Lonzi,1981: 33). Una estructura construida entonces a partir de
  normas que nos forman y nos someten, que “rigen la cultura e
  instituyen el psiquismo” (Eribon, 2004a), que resultan “naturalizadas
  en el contexto en que se generan y disimulan su carácter de
  ‘arbitrario cultural’” (Juliano, 2017: 87). Esta arbitrariedad entraña
  esa forma básica de organización de las relaciones sociales llamadas
  relaciones de parentesco, que no son primordialmente relaciones de
  solidaridad, sino que más bien son relaciones de explotación por parte
  del <italic>paterfamilias</italic> de su mujer o mujeres, hijas e
  hijos, viejas y viejos. En el centro de estas relaciones se halla la
  pareja heterosexual, que no es simplemente heterosexual, sino que
  comporta jerarquía en el sentido de que el marido domina sobre la
  mujer o mujeres, hijas e hijos, viejas y viejos. Pero estas relaciones
  no tienen por qué ser necesariamente causa de subordinación de las
  mujeres; lo son “cuando los maridos/padres se apropian de la capacidad
  materna femenina y de la producción de ellas y del resto de las
  personas a ellos subordinados. Es decir, cuando en la relación
  heterosexual lo viril ha introducido una forma de violencia contra lo
  femenino” (Rivera, 1994: 74).</p>
</sec>
<sec id="la_masculinidad_hegemonica">
  <title>4. La masculinidad hegemónica</title>
  <p>El paradigma de la diferencia de sexo es una elaboración de los
  dominantes contra las minorías disidentes, contra los dominados
  (Eribon, 2004b). Este paradigma no efectúa una desigual distribución
  del ejercicio del poder entre los sexos/géneros, y produce a nivel
  social formas de dogmatismo e intolerancia como son el sexismo, la
  lesbofobia, la homofobia, la transfobia, etc. Estas son formas de un
  poder constituyente por la facultad que tiene, por la asimetría de
  poder entre los individuos, de infravalorar, estigmatizar, insultar,
  injuriar hasta el infinito a los “no normales”, a los “no legítimos”.
  Un poder que instituye la dominación y que constituye a las
  subjetividades sometidas mediante la injuria, mediante la violencia
  simbólica, es decir, la violencia del orden social interiorizado por
  los individuos (Eribon, 2000). Por otro lado, este paradigma de la
  diferencia de sexo, mediante el discurso de la complementariedad,
  mantiene incólume el núcleo del sexismo, es decir, la naturaleza de la
  diferenciación jerarquizada entre los sexos, de las relaciones de
  dominio y, por tanto, el mantenimiento de los roles y la justificación
  de la exclusión y discriminación de las mujeres y disidentes sexuales.
  Esto termina provocando las “extrapolaciones falsas de la experiencia
  de la mujer blanca, de clase media, y heterosexual” (Fraser y Jaeggi,
  2019). Extrapolaciones que todavía hacen uso de las categorías
  “masculino/femenino” y “hombre/mujer”, como categorías principales,
  ahistóricas y transculturales. Esto ha tenido el efecto insidioso de
  ocultar aspectos importantes del género, especialmente aspectos
  relacionados con el poder. De acuerdo con esta crítica, las primeras
  teorías feministas apelaban, equivocadamente, a una serie de
  categorías supuestamente naturales, clasificadas jerárquicamente como
  oposiciones: razón/ emoción, hechos/valores, mente/cuerpo,
  público/privado.</p>
  <p>En las culturas occidentales, el primer término de cada pareja se
  consideraba una característica universal de la masculinidad y se
  valoraba más que su contrario, una característica universal de la
  feminidad. Pero esta presunción de universalidad no es más que el
  efecto de la “puesta en discurso” de la sexualidad (o lo que Foucault
  (1976) denominó “implantación perversa”). Con esta implantación
  estamos ante un régimen político: el régimen de la sexualidad. Este
  régimen que se establece en Occidente está determinado por discursos y
  prácticas que “emanen de instancias de poder, o que las hacen emerger
  como tales, en unas sociedades y en un momento histórico
  determinados”. Y es que, desde un punto de vista materialista, “cada
  modo de producción (en este caso capitalista) conlleva un orden sexual
  específico que determina cómo se estructuran socialmente, cómo se
  regulan y cómo se distribuyen los deseos y los placeres de acuerdo con
  un sistema particular de organización de la producción y la
  reproducción” (Llamas, 1999: 10). Los modos de vida en común, la
  reproducción biológica del grupo, la definición de un modelo de unidad
  familiar, la autoridad patriarcal o gerontológica, la producción y
  distribución de los medios de subsistencia, el establecimiento de
  unidades de consumo y el mantenimiento a lo largo del tiempo de todas
  las formas de organización “forman parte de un sistema. De este modo,
  no son los dictados fisiológicos sino las formas de organización
  social las que determinan qué sexualidades (qué deseos, qué afectos,
  qué prácticas corporales) resultan apropiadas y cuales son
  impertinentes” (Llamas, 1999:11).</p>
  <p>Esta clasificación determina lo bueno y lo malo, lo tolerable y lo
  punible, lo natural y lo antinatural, lo conveniente y lo peligrosos,
  lo saludable y lo patológico. Se establecen dos cuerpos, dos tipos de
  roles y dos identidades, que conjuntamente y de manera simultánea,
  constituyen la “diferencia sexual”. Dos sexos idealmente discretos y
  uniformes “que se expresan públicamente (políticamente) de acuerdo con
  la ordenación de los géneros (masculino/femenino) y según prácticas
  sociales y corporales simbólicamente predeterminadas y necesariamente
  imbricadas unas con otras en un proceso dotado de significado
  (enamoramiento, cortejo, seducción, romance, noviazgo, matrimonio,
  coito, descendencia). Es decir, no es la materialidad del cuerpo o la
  naturaleza del sexo lo que fundamenta la organización de los géneros o
  el establecimiento de los ritos que los ponen de manifiesto”. De aquí
  que la idea del cuerpo y el sexo como producto de discursos no supone
  caer necesariamente en una “somatofobia” que no viera ya más “que
  discurso (o poder/resistencia) allí donde debería estar el cuerpo (o
  el sexo). El nacimiento, el envejecimiento, la enfermedad o la muerte
  nos lo recuerdan frecuentemente. Pero esa idea del sexo impuesto por
  un determinado régimen sí mantiene que no hay referencia posible a un
  sexo (o a un cuerpo) ‘previos’ al discurso que no pase a ser, de
  inmediato, un elemento constitutivo de su misma confirmación” (Llamas,
  1999: 14 y 16).</p>
  <p>Por esto, tanto la heterosexualidad como la masculinidad hegemónica
  es un invento contemporáneo, y antes de la heterosexualidad no hubo
  nada, excepto en Occidente, el pecado de sodomía. La heterosexualidad,
  más que una forma de amar, “es un estilo de vida que ha sido
  hegemónico en los últimos 150 años. Durante más de un siglo, casarse y
  tener hijos, que a su vez se casen y los tengan, ha sido la opción
  socialmente prevista para el conjunto de la población” (Guasch, 2006:
  24-25). La heterosexualidad nace asociada “al trabajo asalariado y a
  la sociedad industrial. Se trata de producir hijos que produzcan
  hijos. Hijos para las fábricas, para el ejército, para las colonias.
  Por eso, cuando la sociedad se transforma, también cambia el modelo de
  vida previsto para todos: la heterosexualidad”. No puede entenderse el
  postulado del sexo y de los dos sexos complementarios sin la hipótesis
  del régimen de la sexualidad, es decir, del carácter histórico de la
  masculinidad y la feminidad, impuesto desde el siglo XIX junto con el
  modelo de pareja heterosexual cerrada y de la familia nuclear. Desde
  este modelo, el sexo y la masculinidad patriarcal se establecen en el
  corazón mismo de la hermenéutica del sujeto que, por otra parte, no
  logra alcanzar la totalidad de lo que prescribe este modelo (Martínez
  <italic>et al.</italic> 2019).</p>
  <p>La categoría género configura entonces el sistema social y la
  política sexual que produce el sexismo, las relaciones desiguales
  entre los sexos, las conexiones amor y violencia entre marido y mujer
  en el seno de la familia, y que son relaciones de producción, de
  explotación, y no solamente de amor o de cooperación. En el contrato
  matrimonial, la mujer entra en una relación de producción, en lo que
  se denomina “trabajo doméstico (gratuito a cambio de sustento, pero
  trabajo productivo) y producir seres humanos. La relación en la que
  entra la mujer está marcada por la dependencia personal” (Rivera,
  1994: 104). Es una relación, por tanto, de poder, que produce sujetos
  dominadores y subjetividades dominadas, mediante el vínculo cultural
  entre masculinidad y poder. Por esto se ha dicho que todos los
  hombres, “se sitúen como homo o heterosexuales <italic>habitan la
  masculinidad</italic>, es decir, ocupan una posición estructural de
  poder” (Juliano, 2017: 23). Lo que no significa retratar a todos los
  hombres como el enemigo para retratar a todas las mujeres como
  víctimas, sino retratar al patriarcado, a la dominación masculina que
  habitamos y que nos subjetiviza, nos normaliza, y que arranca “ciertos
  derechos a los hombres al imponerles una identidad masculina sexista”
  (hooks, 2021: 64). A este proceso, Connell (1995) lo denomina
  masculinidad hegemónica. De ahí que, íntimamente relacionada con el
  género, está la práctica y la institución de la heterosexualidad
  obligatoria, que alude a que esta no es el resultado de una opción
  sexual libre o una preferencia sexual, sino que es una institución
  política, al no existir ni opción ni preferencia. Todo esto es
  consecuencia de una forma de sexualidad que es definida y sostenida
  como relación obligatoria, como obligatoriedad social y políticamente
  sostenida de “serás-heterosexual-o- no-serás” (Rich, 1996).</p>
  <p>Por tanto, existe una relación social privilegiada al estar el
  orden patriarcal desequilibrado en beneficio de los varones que se
  definen como heterosexuales. La sexualidad heterosexual como paradigma
  social que sustenta el orden patriarcal es un fenómeno social que
  tiene que ver con la dinámica del sexo como jerarquía social,
  concretamente con la experiencia del poder en su forma sexuada. Esta
  dinámica hace referencia a una relación social de producción
  especifica: el modo de producción doméstico, que ha hecho posible la
  existencia y el desarrollo de los modos de producción del materialismo
  histórico (esclavista, feudal, capitalista, socialista) (Rivera,
  1994). Y a su superestructura ideológico-política, Falcón (2000) la
  denomina patriarcado, y Rodríguez Magda (2019: 55) fratriarquía, en
  referencia al condicionamiento que obliga a los varones a constituirse
  en fratrías que potencian el arquetipo viril, en redes fratriarcales
  que les defienda de lo que denominan “feminazis” e “ideología de
  género”. Esta superestructura política refleja “el miedo del macho
  ante la independencia de la mujer, su dependencia de que esta no
  cuestione su superioridad”. Por ello, para Jónasdóttir (2010: 10 y
  259), la heterosexualidad obligatoria es un concepto también
  explicativo de lo que los hombres —o algunos hombres— han pactado
  sobre el cuerpo de las mujeres, el denominado contrato sexual.
  Mediante este constructo Jónasdóttir explica que en el centro de la
  opresión de las mujeres ya no puede situarse solo la explotación
  económica del modo de producción doméstico, sino que hay que situar
  también la organización política del amor, entendido el amor como
  práctica heterosexual de producción de personas, dotada de poder.
  Según esta autora la relación social “que constituye la base
  estructural del patriarcado contemporáneo es la relación de poder
  entre mujeres y hombres como sexos”. El contrato sexual es previo al
  contrato social en las formaciones patriarcales o fratriarcales, y es
  esencial para entender el patriarcado, el género, la heterosexualidad
  obligatoria. En estas formaciones, “el conflicto sexual fundamental es
  el amor, dado y recibido libremente”.</p>
  <p>El contrato sexual alude también a que la masculinidad está
  estructurada en una jerarquía interna de poder que hace que exista una
  desvalorización, castigo y violencia hacia otras masculinidades que no
  encajan en el modelo simbólico “normal”, definido como una realidad
  natural o biológica, y que se presenta vinculada a la familia nuclear
  heterosexual: el único modelo válido y universal, que funciona como
  una máquina de fabricar, de generar “morales de exclavxs y morales de
  amxs” (Llopis, 2016). Este modelo de familia nuclear heterosexual
  genera el malestar que sienten las mujeres en el mundo, y el móvil de
  este malestar es ideológico y político porque nace del sentimiento de
  superioridad del <italic>paterfamilias</italic>, del “amo” que
  pretende el control y la sumisión del cuerpo femenino (Ahmed, 2018).
  Eso no significa, en la práctica, que todos los hombres sean así, pues
  “si ya para empezar fuéramos todos normativos y heterosexuales en
  nuestros deseos, orientaciones y formas de ser, seguramente no
  necesitaríamos esta severa orientación de los padres que nos condujera
  a nuestros destinos comunes de matrimonio, crianza de los hijos y
  reproducción heterosexual” (Halberstam, 2018b: 67). Una orientación
  que nos constituye como sujetos sujetados, es decir, subjetivados y
  subyugados, y que encubre el verdadero estatus femenino y el peso de
  la dependencia económica, y el verdadero estatus masculino y el peso
  de la representación dominante de la identidad masculina, que no
  constituye una esencia, sino una ideología de poder que tiende a
  justificar la dominación masculina sobre las mujeres (Bourdieu, 2000),
  y la colonialidad del poder que ha estructurado las sociedades a
  partir de la idea de la “raza” (Quijano, 2002). Por esto, afirma
  tajantemente Lonzi (1981: 87): “la igualdad entre los sexos es el
  ropaje con el que se disfraza hoy la inferioridad de la mujer”. Con
  esta afirmación se pretende reconstruir la “autoridad femenina
  inexistente en el patriarcado”, el cual “se basa en la autoridad
  paterna en detrimento de la materna”. Por esto, el “feminismo de la
  diferencia” plantea, con Rich (1996), el término <italic>continuum
  lesbiano</italic> a consecuencia de unas definiciones muy limitadas de
  lesbianismo y de una visión muy limitada del amor. Un término, el
  amor, que constituye una forma de indagación en la propia identidad, y
  que incluiría una gama de relaciones a lo largo de la vida de cada
  mujer, y de la historia de experiencia identificada con mujeres, no
  simplemente el hecho de que una mujer haya tenido o deseado
  conscientemente una experiencia genital con otra. Así, si una mujer es
  capaz de amar a una semejante, y por lo tanto a sí misma, después es
  libre de amar a quien quiera, sin necesidad de reconocerse
  heterosexual, homosexual o bisexual. Esto se explica por el hecho de
  que una persona completa se define por ella misma y no por una opción
  sexual determinada. De este modo, este feminismo plantea “la igualdad
  entre mujeres y hombres, pero nunca la igualdad con los hombres porque
  eso implicaría aceptar el modelo masculino” (Varela, 2008: 43), es
  decir, el modelo de la discriminación en función de la opción sexual,
  que es claramente un modelo supremacista, sexista, patriarcal, y que
  impide la aplicación directa del poder en el estudio de las relaciones
  sociales en el hogar, el trabajo y las sexualidades, y a su vez niega
  “la herencia de la madre” y la propia sexualidad femenina (Muraro,
  1992).</p>
  <p>Entretanto, la conciencia de género es una conciencia que te
  permite distanciarte del sistema de géneros, que es pensamiento y
  orden sociosexual masculino, “y de las heteronormas”. Esta conciencia
  sitúa en su centro la fijación social del género, que depende de una
  forma de trato “desde el principio del falocentrismo: del pene como
  decisor del futuro; dos sexos como dos caminos; el binarismo sexual
  como destino, como predestinación, como fatalismo” (Amhed, 2018: 47).
  Un fatalismo que depende de la obligatoria complementariedad
  heterosexual, bajo la presunción de que “siempre los chicos serán
  chicos”, en el sentido de que lo que será está determinado por lo que
  es; “los chicos son así; las chicas, también”. El falocentrismo
  estigmatiza todas las conductas que se sitúan al margen de este
  arbitrario cultural que es la heterosexualidad obligatoria, tales como
  la homosexualidad, prostitución, transexualidad, bisexualidad
  (Preciado, 2016). Este falocentrismo nos ha dado forma, y ha surgido
  de una toma de poder histórico por parte de determinados hombres,
  quienes se han apropiado “de la sexualidad y reproducción de las
  mujeres y de su producto, los hijos, creando al mismo tiempo un orden
  simbólico a través de los mitos y la religión que lo perpetúan como
  única estructura posible” (Reguant, 1996: 37). Fuera de este orden
  simbólico está el desorden inclinado hacia el “mal”, es decir, la
  homosexualidad, la transexualidad, el lesbianismo, la prostitución,
  etc., que en la modernidad, ha impuesto “la supremacía del orden
  simbólico de la masculinidad blanca, de la masculinidad hegemónica,
  que se inscribe tanto en las mujeres y las personas negras e
  inmigrantes, como en los otros ‘otros’ no humanos, grandes animales
  ‘salvajes’ y fundamentalmente los simios, representados por los
  gorilas: esos otros no-humanos, pero casi, parientes ‘naturales’ que
  nos permiten acceder a las narrativas de nuestros orígenes” (Haraway,
  2015: 29). Probablemente esos relatos de separación y primacía
  heteropatriarcal, colonialista y racista “forman parte de las
  relaciones sociales que habitamos en el aquí y el ahora” (Romero,
  2015: 56). Estos relatos devienen en una forma de “confortar: te
  sientes mejor en la calidez de un mundo que ya has asumido”, y es que,
  si no habitas la heterosexualidad, “te sentirás incomoda frente a las
  comodidades de la heterosexualidad”, de no sentirse a gusto con el
  género asignado y vivirse como el género equivocado (Amhed, 2018:
  173). Esto es a consecuencia de que el poder ya no es un poder
  meramente político o económico sino un biopoder que toma la vida de
  las personas como materia prima y campo privilegiado de sus
  operaciones (Foucault, 2009).</p>
</sec>
<sec id="feminismo_queer">
  <title>5. Feminismo queer</title>
  <p>Para el feminismo y movimiento <italic>queer,</italic> cuando
  hablamos de hombres y de mujeres, no hablamos exclusivamente de sexo,
  sino también de relaciones de poder: relaciones de producción del
  género, clase, sexo, raza, etnia, edad, etc. Se habla, desde este
  feminismo, de la concepción que nos hacemos del sexo y, concretamente,
  para referirnos al conjunto analítico-conceptual formado por los
  roles, los estereotipos y la estratificación de género, que actúan
  como elementos interrelacionados. Este conjunto analítico-conceptual
  no reconoce que existan cuerpos con géneros que excedan al hombre y a
  la mujer, por lo que Palermo (2017:117) afirma que “la construcción del género es la menos creativa de
  todas. No solo porque simplifica de manera categórica la sexualidad
  sino porque la limita a dos universos opuestos como única posibilidad
  legítima —hombres y mujeres— y porque configura papeles sociales
  esquemáticos y monolíticos. Desde un pensamiento universal se
  consolida una matriz sexo-género atada al modelo heterosexual”, modelo
  que implica que solo el hombre tiene “relaciones sexuales
  exclusivamente con el sexo opuesto, o sea, mujeres. Todo o casi todo
  lo que es propio del amor, la mayoría de los hombres heterosexuales lo
  reservan exclusivamente para otros hombres (…) De las mujeres ellos
  quieren devoción, servidumbre y sexo. La cultura heterosexual
  masculina es homoafectiva; ella cultiva el amor por los hombres”
  (Frye, 1983: 61). De hecho, los hombres son educados “para
  relacionarse en jerarquías, desde la competitividad y las posiciones
  de dominación de unos sobre otros” (Herrera, 2019: 62).</p>
  <p>Los hombres construyen las relaciones en “un marco regulatorio,
  discursivamente producido que sujeta (y obliga) a actuaciones
  repetidas, de modo que produce la apariencia de una necesidad natural”
  (Butler, 2006:33). En concreto, producen la apariencia de una
  “percepción directa y física”, y que no es más “que una construcción
  sofisticada y mítica, una ‘formación imaginaria’ en la que el cuerpo
  aparece como un texto socialmente construido” (Preciado, 2022), por
  parte de una tecnología de dominación heterosexual. Esta tecnología de
  género tiene como punto de partida el cuerpo, que se convierte en
  campo de batalla en la construcción del sujeto sexual, un trabajo de
  transformación de los cuerpos, a un tiempo sexualmente diferenciado y
  sexualmente diferenciador. Una tecnología que, mediante un régimen de
  “razones prácticas” (Bourdieu, 2007), produce unos hábitos
  “sistemáticamente diferenciados y diferenciadores. La masculinización
  del cuerpo masculino y la feminización del cuerpo femenino, tareas
  inmensas y en cierto sentido interminables que, sin duda actualmente
  más que nunca, exigen casi siempre una cantidad considerable de tiempo
  y de esfuerzos, determinan una somatización de la relación de
  dominación, de ese modo naturalizada. A través de la doma del cuerpo
  se imponen las disposiciones más fundamentales, las que hacen a la vez
  propensos y aptos para entrar en los juegos sociales más favorables al
  despliegue de la virilidad: la política, los negocios, la ciencia,
  etc.” (Bourdieu, 2000: 75).</p>
  <p>En esta configuración monolítica heterosexual, la subjetividad no
  existe sin un entramado de normas, y “ningún individuo deviene sujeto
  sin antes padecer sujeción o experimentar ‘subjetivación’ normativa”
  (Butler, 2001:22). En esta configuración se mezclan género, poder y
  subordinación, dejando marcas en la sociedad en general, y en
  particular en el proceso de trabajo, en tanto que el género estructura
  la división fundamental entre trabajo productivo asalariado y trabajo
  reproductivo y domestico no remunerado. Y también estructura la
  división en el seno del propio trabajo remunerado, lo que conduce a
  una estructura político-económica que explota, margina y priva según
  el género, es decir, los conflictos redistributivos y los de
  reconocimiento están atravesados por el género. El reconocimiento de
  las diferencias y la redistribución de la riqueza están detrás de las
  distintas manifestaciones, directas e indirectas, de la dominación
  masculina y la desigualdad e injusticia social entre los géneros. De
  hecho, ambas —reconocimiento y redistribución—, “se entrelazan en
  tanto en cuanto las normas culturales, institucionales, las leyes, las
  definiciones políticas, las relaciones económicas son sexistas y
  androcéntricas, y el Estado las valida” (D’Alessandro, 2018: 173), lo
  que explica que las estructuras patriarcales sean decisivas para el
  análisis del conflicto (redistributivo y de reconocimiento) entre
  géneros. Y son decisivas no porque determinen la conducta de los
  agentes sociales que protestan o se enfrentan, sino porque definen
  conjuntos de oportunidades, es decir, formas de conflicto posibles o
  probables para hacer avanzar los intereses de género en el seno de una
  estructura social específica. De ahí la importancia política de la
  diferencia sexual, al ser esta “una diferencia política, una
  diferencia entre la libertad y la sujeción” (Pateman, 1995: 42). Una
  diferencia que se fundamenta en la “naturaleza” y que impone la
  subordinación, y que sitúa a las mujeres en organizaciones de poder
  colectivo, distributivo y de reconocimiento controladas por los
  varones. Ello explica también el conflicto entre géneros, que se
  enmarca tanto en el plano macro, mediante el argumento patriarcal, es
  decir, mediante el constructo patriarcado, que se refiere
  específicamente a la sujeción de las mujeres como seres sexuales
  subordinados a los hombres, y al Estado, “y que singulariza la forma
  del derecho político que todos los varones ejercen por ser varones”
  (Pateman, 1995: 62), como en el plano micro, en el que lo relevante es
  la utilidad y no la diferencia sexual. De ahí que el conflicto sexual
  no se explique, según Jónasdóttir (2011), por el recurso a la
  violencia, sino al amor dado y recibido libremente. Un conflicto
  sexista (hooks, 2021) que deriva de la consideración de que el género
  es jerárquico, legitimando la diferencia de trato de mujeres y
  hombres. La distinción sexo/género fue, al respecto, una ruptura
  significativa con el paradigma funcionalista de los roles sexuales
  tradicionales, haciendo posible que las feministas
  <italic>queer</italic> socavasen las bases culturales del sexismo, y
  que posteriormente, Butler (2001) definiera el género como un acto
  performativo, y Preciado (2022) como prostético. La feminidad o la
  masculinidad, más que un hecho biológico, sería una
  <italic>performance</italic> cultural que va constituyendo una
  “naturalidad” de los actos socioculturales a través de la repetición y
  ritualización del género, y mediante prótesis tecnológicas.</p>
  <p>Como indica Jónasdóttir (2010: 43), “no somos entidades autónomas
  capaces de razonar al margen” del patriarcado, de su política sexual,
  ni amar al margen de ella, ya que las normas sociales predominantes
  dicen “que los hombres no solo tienen derecho al amor, los cuidados y
  la dedicación de las mujeres, sino que también tienen el derecho a dar
  rienda suelta a sus necesidades de mujeres, así como la libertad para
  reservarse para sí mismos. Las mujeres, por su parte, tienen derecho a
  entregarse libremente, pero cuentan con una libertad muy restringida
  de reservarse para sí mismas”. Y, por ello, el feminismo
  <italic>queer</italic> plantea que los términos de sexo y género son
  conceptos políticos, construcciones sociales en los que son y han sido
  inscritos los cuerpos. Por eso, cuestiona el orden patriarcal
  establecido, una situación que se impone a “otras” y a “otros”
  (homosexuales, lesbianas, transexuales, intersexuales, …) de los
  “otros” (heterosexuales), mediante un discurso político que se basa en la justicia y en la
  injusticia de la desigualdad, en salud, riqueza, oportunidades
  educativas y laborales que afecta a las mujeres y a los disidentes
  sexuales. Esto se explica por el hecho de que el patriarcado es un
  sistema en el que participamos todxs, interiorizando ideas y valores
  que promueven la violencia de género, las discriminaciones de género.
  El patriarcado ha sido un instrumento fundamental “en la construcción
  de la desigualdad de la cultura patriarcal y su perpetuación a lo
  largo del tiempo. No es consecuencia de la desigualdad, sino un
  elemento esencial para levantar la estructura sobre la que edificar la
  sociedad” (Varela, 2017: 128). Una sociedad que es binaria y
  dicotómica (naturaleza/cultura, sexo/género, público/privado, etc.), y
  que constituye en sí un acto/producto del poder. Una sociedad,
  también, en la que han sido inscritos los cuerpos como una producción
  biotecnológica, desde finales del siglo XX y primeras décadas del
  siglo XXI (Preciado, 2022).</p>
  <p>En esta sociedad la dominación masculina ha sido conceptualizada
  como “el poder del amor”, del amor de las mujeres, que, entregado
  libremente, “es explotado por los hombres. El amor es una especie de
  poder humano alienable y con potencia causal, cuya organización social
  es la base del patriarcado occidental contemporáneo. El amor hace
  referencia a las capacidades de los seres humanos (poderes) para hacer
  y rehacer su especie, no solo literalmente en la procreación y
  socialización de los niños, sino también en la creación y recreación
  de los adultos como existencias sociosexuales individualizadas y
  personificadas” (Jónasdóttir. 1993: 311). Por tanto, lo “romántico es
  político”, “el amor es político”, que “nos tiene atontados a todxs”
  (Herrera, 2018), y es nuclear en la definición occidental del ser
  humano, y constituye una trampa para mujeres y hombres. En realidad,
  señala Federici (2018), el amor es trabajo no remunerado. Y es que, en
  conjunto, “la enculturación en un modelo determinado de amor (en
  Occidente al menos) tiende a generizar a los humanos, o sea, a
  convertirlos (intentar convertirlos), clasificarlos y jerarquizarlos
  en mujeres y hombres. Pero, al mismo tiempo, el amor jerarquiza a
  ricos y pobres, blancos y negros, heterosexuales y homosexuales. Por
  tanto, el amor no es solo una categoría cultural o de género, es
  simultáneamente una categoría de clase, una categoría étnica, una
  categoría sexual, una categoría de parentesco y una categoría
  política” (Esteban, 2011: 56). Bajo esta categoría, la brecha de
  género sigue, las discriminaciones que sufren las mujeres, las
  lesbianas por la única razón de ser mujeres, homosexuales, bisexuales,
  transexuales, continúan. En definitiva, la violencia de género sigue
  su curso, y por ello hay que organizarse para acabar con ella, para
  cambiar “el poder del amor” y emanciparse del patriarcado (Herrera,
  2018).</p>
</sec>
<sec id="a_modo_de_conclusion">
  <title>6. A modo de conclusión</title>
  <p>En lo relativo a las cuestiones de género y sexualidad, la teoría
  <italic>queer</italic> es una teoría radicalmente histórica y social
  del poder de lo normativo. Un movimiento político en el que la clave
  de su activismo reside en volver del revés las prácticas de
  normalización, y por esto las identidades <italic>queer</italic> son
  <italic>performances</italic>. Y las <italic>performances</italic> son
  cambiantes, mutables, dinámicas y fluidas. Esta teoría insiste en que
  el sexo, la sexualidad y el género están configurados por la historia
  y son productos de experiencias sociales. Por este motivo, los
  activismos <italic>queers</italic> han elaborado nuevas teorías
  contrahegemónicas sobre los “mecanismos psíquicos de poder”
  patriarcal. Unos mecanismos que han sido naturalizados y ocultos por
  una ontología política, que es eje teórico-práctico del feminismo
  blanco y de las lógicas del discurso de la dominación y sus
  estereotipos. Este poder patriarcal a su vez impone fronteras a las
  identidades, que se han de ceñir a los márgenes impuestos por los
  regímenes de poder (capitalismo, racismo, etc.), “dando como resultado
  identidades fijas y coherentes (la clase, el género, la etnia, etc.)”
  (Pérez-Orozco, 2014: 37). Unas identidades apoyadas por el feminismo
  <italic>TERF</italic>, el cual se ha movilizado en la defensa de los
  códigos de femineidad y masculinidad heteronormativa.</p>
</sec>
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