e-ISSN: 1988-3129
INTRODUCCIÓN
El declive global de la democracia liberal ha conllevado el auge de partidos y líderes populistas en Europa, América y otras partes del mundo. Postulan un programa antiliberal/iliberal cuyas propuestas no se limitan solo al ámbito nacional, sino que generan nuevas alianzas internacionales y regionales, a la vez que alimentan discursos soberanistas poco compatibles con el multilateralismo y la gobernanza global, a menudo desde foros transnacionales alejados de los espacios oficiales del poder. De este modo, líderes, movimientos y partidos de corte populista introducen cambios sustanciales en la agenda mundial al cuestionar el orden internacional liberal de la post Guerra Fría.
A la discusión pública le interesa la reflexión del populismo como una corriente política que reduce los espacios y paradigmas liberales y los reemplaza por un discurso y unas prácticas iliberales (Zakaria, 1997). Este discurso se ataviaría de una “preferencia nacional”, opuesta al pluralismo liberal, bajo un rótulo alternativo a las izquierdas identitaria —con las que solo compartió el antiliberalismo— aunque se distingue de esta por ser xenofóbica y anacrónicamente anticomunista. Así, mientras para estos últimos populistas “los villanos” serían los baluartes de la ideología neoliberal (Farias 2021), para otros serían las tendencias globales en materias de derechos humanos a menudo asociadas a un “marxismo cultural” (Stefanoni, 2021).
En la actual coyuntura el nacionalismo se constituye en una idea matriz sobre la cual estilo, discurso y estrategia populista se despliegan como una retórica o lógica huésped, por lo que es necesario indagar cómo se encarna este tipo de registro ideológico para singularizarlo entre diversos referentes populistas. Comparece el concepto de “nacional-populismo” (Eatwell y Goodwin, 2019) que hace referencia a la sobrevaloración y primacía política de las identidades nacionales y de su proyecto de destino colectivo, implicando una búsqueda por la conservación de la tradición y la diferenciación categórica dentro/fuera; en conjunción con una estrategia populista de ataque a las élites, en particular a aquellas consideradas “globalistas”.
Desde dicha lógica, por ejemplo, los nacional populistas denuncian lo que llaman el “secuestro de la soberanía” por parte de Naciones Unidas y otras organizaciones internacionales —que ellos consideran, son parte del proyecto de las “élites globalistas”— acusadas de favorecer exclusivamente sus intereses y los de organizaciones y personas extranjeras. Mediante una operación populista las demandas sociales se transforman en reclamos con una fuerte dosis moral: “En nombre del pueblo, ante el mundo” (Brun et al., 2022: 92).
Los discursos nacionalistas resultan particularmente atractivos en un escenario en que la contienda política clasista ha perdido parte de su fuerza, en la medida en que ganan adhesión de colectividades que reivindican ciertos valores que atraviesan la división tradicional izquierda/derecha y se estructuran en torno al clivaje liberal/conservador (Flanagan y Lee, 2003). Para estos autores emergió una revolución cultural “silenciosa” orientada en contra de los que denominaron compromisos cosmopolitas liberales: tolerancia de diversas culturas y estilos de vida, cooperación internacional, gobernabilidad democrática, protección de los derechos humanos y libertades fundamentales, entre otros (Inglehart y Norris, 2016). Lo anterior supone que, entre sus adherentes nacionales, están muy particularmente representados los perdedores de la modernización (Betz, 1994) que están reaccionando al rechazar una globalización que perciben les ha perjudicado (Plagemann y Destradi, 2019; Jenne, 2021). En este derrotero, tampoco se descarta que populismos con diverso cuño ideológico alcancen en determinadas coyunturas cierta convergencia programática en torno a la fobia de globalización y la percepción de falta de representación de los intereses populares (Gut y Nelsen, 2021).
De esta manera, el auge nativista de los últimos decenios sería parte de una reacción “tradicionalista” o conservadora contra el predominio de dichos valores postmaterialistas de corte cosmopolita y liberal. Los diversos movimientos nacionalistas y del populismo de derecha radical se nutrirían de la reacción a la globalización, que deja de ser patrimonio exclusivo de los grupos antiglobalización anteriormente vinculados a la izquierda, con lo que pueden llegar a coincidir en la oposición al globalismo neoliberal —e.g. proteccionismo, con relevancia de la idea de autonomía—, aunque sumándose a dogmas nativista y antimigratorios de corte interméstico (Long, 2017), locus de intersección entre la política interna con la política exterior.
En este dosier se enfatiza el discurrir de casos europeos y latinoamericanos, regiones que cultivaron distintas expresiones populistas. Mientras el Viejo Mundo ha estado mayormente asociado a la ultraderecha radical, en América Latina, hasta el neopopulismo de los noventa, había sido una tradición iliberal vinculada a posiciones contestatarias a la influencia hemisférica de Estados Unidos y, por tanto, con algunos elementos en común con la izquierda, reafirmados desde la llegada de Chávez al poder (De la Torre, 2007).
Los estudios de populismo son también de antigua data tanto en ambos macroespacios, como testimonia el texto pionero publicado en Buenos Aires, “Política y sociedad en una época de transición” (Germani, 1962) y la conferencia de 1967 en la London School of Economics and Political Science, cuyas principales ponencias fueron recopiladas dos años después por Ghita Ionescu y Ernest Gellner (1969).
A pesar de la amplitud de estudios sobre el fenómeno del populismo, su relación con la democracia o el autoritarismo, el tipo de liderazgo distintivo o su contenido ideológico y causas, la reflexión acerca de políticas exteriores populistas tiene un desarrollo menos extenso, con un debate científico de fecha más reciente (Verbeek y Zazlove, 2017 o Betti y Gratius, 2022). Sin embargo, el interés en dicho tópico adquiere relevancia con la emergencia de movimientos y partidos nacional-populistas de distintas latitudes del globo que se han transnacionalizado (Mammone, 2015), incrementando la intensidad con que se alinean con sus aliados ideológicos más allá de las fronteras nacionales.
Desde la década pasada la literatura académica dio cuenta del crecimiento de la derecha radical y populista (Mammone, 2015; Wodak, 2015; Müller, 2017; Bornschier, 2013; von Beyme, 2019; Eatwell y Goodwin, 2019). Movimientos políticos de distintos lugares de Europa y América expresaron malestar, miedo y las carencias experimentadas por la población, exigiendo la necesidad de “proteger a la nación” de las amenazas externas asociadas al proceso de globalización. Hace un lustro los partidos de ultraderecha estaban presentes en los parlamentos de 21 países comunitarios, y eran parte de la coalición de gobierno en Austria, Italia, Finlandia, Eslovaquia, Letonia y Bulgaria. Mientras en Hungría y Chequia —y, en menor medida, Polonia—, las fuerzas de derecha tradicional asumían gradualmente un discurso más radical. La elección al Parlamento Europeo, de junio de 2024 en los 27 Estados miembro de la UE, dejó cerca de un 24% de los escaños en su poder, si sumamos a los diputados del grupo de los Conservadores y Reformistas Europeos (ECR) y a los del grupo de Identidad y Democracia (ID), más otros partidos ultra como Alternativa para Alemania o la archiconservadora húngara Fidesz (estos dos últimos casos recogidos en el dosier). Estas fuerzas populistas radicales fueron las más votadas en seis países (Francia, Italia, Hungría, Austria, Bélgica y Eslovenia), y el segundo en otros seis (Alemania, Polonia, Países Bajos, Rumanía, Chequia y Eslovaquia). Para apreciar semejante constelación de partidos políticos nacionalistas, xenófobos y populistas en Europa, habría que retrotraerse hasta las convulsas décadas de entreguerras del siglo XX.
Estos populismos europeos cultivaron precoces vínculos con sus análogos estadounidenses, como demuestra la acogida que ha tenido Steve Bannon, referente intelectual de la campaña de Trump, entre los partidos de esta tendencia en Europa. Al compartir un enfoque antiliberal, han surgido alianzas transnacionales entre líderes y partidos populistas, como el Grupo de los Conservadores y Reformistas Europeos (que incluye, entre otros, al partido español Vox) o Grupo Identidad y Democracia (Ressemblement Nacional o Lega) en el Parlamento Europeo que ganaron escaños en las elecciones de 2024. De esta manera, por medio de la articulación de movimientos y partidos políticos a escala internacional (Durharm y Power, 2010), el caso europeo muestra una voluntad de transformar el paradigma de la relación supranacional comunitaria. A otra escala proliferan alianzas entre líderes populistas de derechas como Javier Milei e Isabel Ayuso o Jair Bolsonaro y Victor Orban en Hungría. Esta última tendencia ha ampliado el espectro político regional e internacional con nuevas alianzas. Hoy, foros del tipo Vista Alegre en Madrid fungen de punto de encuentro de diversos radicalismos europeos —además de la asistencia de Milei y el chileno José Antonio Kast—, desde los Atlantistas que apuestan por una relación esencial con Estados Unidos, como otros con vínculos con Rusia y otros casos iliberales.
En varios de estos casos se enuncia que la política exterior populista actúa en clave crítica, aunque selectiva, respecto del mundo global, ya sea desde el neoliberalismo o en contra de él, aunque siempre apunta a las instituciones globales, su reglas y supuestos (Copelovitch y Pevehouse, 2019). Esta estrategia, que podemos definir como de victimización, es parte del “manual” populista, lo que deriva en la fustigación de élites transnacionales beneficiadas con la globalización (Cadier y Szulecki, 2020). Sigue dicha tónica la desafección de grupos cosmopolitas que son denunciados como usuarios privilegiados del sistema económico global que genera riqueza y privilegios (Brun et al., 2022; Wojczewski, 2023). Efecto de lo anterior es un abordaje que lo considera expresión de un soberanismo aislacionista impugnador al multilateralismo (Drezner, 2017; Kandel, 2018). Al mismo tiempo, Mudde y Rovira Kaltwasser (2019) han cuestionado dicho supuesto al enfatizar sus estrategias regionales y globales de legitimación. En tanto Wajner (2019) diferencia el fortalecimiento de redes transnacionales por parte de gobiernos populistas radicales de la coordinación de organizaciones sociales con propósitos de legitimación interna y externa.
La actual ola nacionalista y populista, además de discutirse profusamente desde el norte global, ha adquirido un nuevo brío latinoamericano con la elección de Jair Bolsonaro en Brasil hacia 2008, y después el triunfo de Javier Milei en Argentina en 2023. Sanahuja (2018) lo explica como un cimbronazo originado en 2008, cuando el modelo neoliberal expone un deterioro que radicaliza a las élites. Mientas en los centros se alejan de dicho paradigma, proponiendo proteccionismo o social chauvinismo según sea el caso, en los márgenes proponen profundizar el neoliberalismo.
Sin embargo, actualmente hay una cierta convergencia entre líderes populistas de ambas regiones en la transformación de la política exterior, estableciendo nuevas agendas temáticas, prioridades geográficas y discursos antiliberales que impiden o boicotean los consensos internacionales en ámbitos como el medio ambiente, la migración, el comercio o procesos de construcción de paz. De esta manera, más allá del amplísimo y controvertido debate sobre la cuestión de cuán democrático es el populismo a nivel regional y global, si es de izquierdas o de derechas y de qué manera altera el sistema de partidos políticos, emerge con fuerza la interrogante acerca de la incidencia de discursos y prácticas populistas en política exterior. Verbeek y Zaslove (2017) fueron pioneros al plantear dicha cuestión, retomada por autores en diversas latitudes.
También aparecieron incipientes debates acerca de las consecuencias de movimientos o líderes populistas en la política regional o internacional (Durharm y Power, 2010; Mammone, 2015; Chryssogelos, 2017; Destradi y Plagemann, 2019; Eatwell y Goodwin, 2019; Brun et. al., 2022). Se puede constatar que dichas discusiones siguen pautas regionales específicas no conectadas entre sí mediatizadas por la atención de liderazgos de sello personalista. A este respecto este monográfico arranca de la teoría que constata que la globalización difumina las diferencias entre lo interno y lo externo, poniendo de manifiesto la relación mutuamente constitutiva entre la política interna y la política exterior (Alden y Aran, 2012; Morin y Paquin, 2018; Betti y Gratius, 2022). Esta premisa permite indagar la relación entre populismo (como condición interna) y política exterior (proyección internacional).
Cada uno de los trabajos de este dosier intenta responder a algunas de las siguientes preguntas: ¿Cómo interactúan fórmulas populistas y política exterior a nivel nacional, regional e internacional?, ¿se han reducido los compromisos globales y la cooperación multilateral con organizaciones regionales o internacionales como las Naciones Unidas y similares?, ¿proponen medidas económicas proteccionistas mediante la subida de aranceles u otras restricciones al libre comercio o el bloqueo de negociaciones de acuerdos comerciales y de inversión?, ¿se ha alterado la agenda de migración en el sentido de discursos antimigración o medidas restrictivas? Y, ¿qué alianzas populistas transnacionales surgen y con qué propósito?
Sus potenciales respuestas permiten explorar comparativamente si acaso existe una política exterior populista con rasgos específicos que le distinguen de otras experiencias más sistémicas e institucionalistas. La idea es evaluar cuánto afecta al paradigma democrático-liberal, otrora dominante, con relación a; 1) la promoción de la democracia y los derechos humanos; 2) el compromiso y la cooperación en organizaciones internacionales de tipo regional o global; 3) la contención de la globalización y el libre comercio a favor del proteccionismo económico; 4) la migración mediante políticas restrictivas o prohibicionistas, y; 5) la sustitución de las internacionales partidarias por alianzas populistas regionales y globales de uno u otro lado del espectro ideológico.
El dosier se abre con el nervio económico europeo, Alemania. El aumento de las ofertas populistas en dicho país, por parte de radicalismos de derecha e izquierda, plantean retos a los partidos predominantes desde la Segunda Posguerra Mundial para el texto “Populismo y la política exterior en Alemania”. En dicho artículo Mario Kölling refiere la laminación de los consensos respecto al lugar y acción alemana en el mundo, horadados desde retóricas antiliberales y ultranacionalistas que refutan todo compromiso de Alemania con la gobernanza global por parte de corrientes populistas en las antípodas.
En Brasil, donde la organización transnacional de los movimientos políticos va más allá de la tradicional relación entre la política exterior y la política interna, el artículo “Foreign policy and transnational partisanship in Brazil” postula que la histórica premisa de la elaboración de la política exterior brasileña desde el espacio exclusivo de los funcionarios gubernamentales, elaborada entre Itamaraty y el Palacio de la Alvorada, ha concluido. Para Guilherme Casarões y Dawisson Belém Lopes, en cambio, movimientos políticos y partidos de izquierda y derecha han desbordado sus fronteras nacionales por medio de estrategias político-ideológicas que aseguran un alto nivel de relacionamiento en ausencia del poder formal. Lo explican a través de los casos del Partido de los Trabajadores (PT) y el bolsonarismo, los que, una vez dejaron el poder, prosiguieron con sus agendas y promoción de un relato transnacional.
Respecto al gobierno de Hungría, cuyo premier aceptó precozmente la designación de iliberal, para Gabriella Thomázy en su texto “Las reformas políticas en Hungría (2010-2024): impactos en la democracia húngara” es conocido desde 2010 por su política antimigratoria. Orban y su partido Fidesz adoptaron políticas específicas sobre los trabajadores migrantes y elaboró una nueva legislación sobre ciudadanía nacional y voto exterior que hacen parte de una estrategia de supervivencia política del titular del poder, basada en la reducción de los mecanismos de diversificación de vínculos internacionales con regímenes autoritarios afines.
Finalmente, el artículo intitulado “Echoes Without Integration: Strategic Resonance and the Limits of Radical Right Transnationalism”, de Lisa Zanotti, Fabian Villalobos y Francisco Roldán, explora la construcción de redes transnacionales en la derecha radical, evaluando su convergencia ideológica en América Latina, Europa y los Estados Unidos. Para ello se concentra en momentos y espacios claves, como el Foro de Madrid, VIVA y CPAC, distinguiendo la colaboración temática y marco comunes de sentido que les permite operar flexiblemente desde distintos escenarios regionales bajo emblemas soberanistas, securitarios y culturales contra sus enemigos de la izquierda cosmopolita.
Las respuestas a las interrogantes referidas orientan este monográfico de la revista Política y Sociedad con cuatro contribuciones, la primera desde el motor y centro de Europa (Alemania), otros dos casos refiriendo a la semiperiferia (Brasil y Hungría), y finalmente un análisis que apunta a la gestión de redes transnacionales institucionalizadas. Pensamos que estos artículos pueden aportar al debate académico temático de la faceta externa/transnacional del fenómeno populista.
Alden, C. y A. Aran (2012): Foreign Policy Analysis - New Approaches, London, Routledge.
Betti, A. y S. Gratius (2022): “Política Exterior y Populismo: Teoría, Literatura y Metodología”, en S. Gratius y A.
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Cadier, D. y K. Szulecki (2020): “Populism, historical discourse and foreign policy: the case of Poland’s Law and Justice government”, International Politics, 57(6), pp. 990–1011. DOI:10.1057/s41311-020-.00252
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