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        <journal-title specific-use="original" xml:lang="es">Política y Sociedad</journal-title>
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      <issn-l>1988-3129</issn-l>
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        <publisher-name>Ediciones Complutense</publisher-name>
        <publisher-loc>España</publisher-loc>
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          <subject>MONOGRÁFICO</subject>
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        <article-title>Un clásico contemporáneo: <italic>Vigilar y castigar. Nacimiento de la prisión.</italic> 50 años después<xref ref-type="fn" rid="fn1">1</xref></article-title>
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            <surname>Domínguez Sánchez-Pinilla</surname>
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            <surname>Domínguez González</surname>
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        <corresp id="cor1">Autor@s de correspondencia: Mario Domínguez Sánchez-Pinilla: <email>maridomi@ucm.es</email></corresp>
        <corresp id="cor2"> David J. Domínguez González: <email>dadomi01@ucm.es</email></corresp>
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          <meta-name>Cómo citar</meta-name>
          <meta-value>Cómo citar: Domínguez Sánchez-Pinilla, M.; J. Domínguez González, D. (2025). “Un clásico contemporáneo: Vigilar y castigar. Nacimiento de la prisión. 50 años después”. Polít. Soc. (Madr.) 62(1), e101859. https://dx.doi. org/10.5209/poso.101859.</meta-value>
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<sec id="presentacion">
  <title>Presentación</title>
  <disp-quote>
    <p>“Escribir me interesa sólo en la medida que supone una
    incorporación a la realidad de un combate, como un instrumento, como
    táctica, como despeje. Yo quisiera que mis libros fuesen algo así
    como un bisturí, cócteles Molotov o galerías de minas, y que se
    carbonizasen después de su uso tal como lo hacen los fuegos de
    artificio”.</p>
    <p>(Foucault, 1975a: 725).</p>
    <p>“Mi discurso es evidentemente un discurso de un intelectual y
    como tal funciona en las redes del poder existente. Pero un libro
    está hecho para servir a fines no definidos por quien lo ha escrito.
    Cuantos más usos nuevos, posibles, imprevistos se hagan de él más
    satisfecho estaré. Todos mis libros, ya sea <italic>Historia de la
    locura</italic> o <italic>Vigilar y castigar</italic>, son si se
    quiere, pequeñas cajas de herramientas. Si las personas quieren
    abrirlas, servirse de una frase, de una idea, de un análisis como si
    tratara de un destornillador o de unos alicates para cortocircuitar,
    descalificar, quebrar los sistemas de poder, incluyendo
    eventualmente aquellos mismos de los que han surgido mis libros,
    tanto mejor”.</p>
    <p>(Foucault, 1975b: 720)</p>
  </disp-quote>
  <p>Con estas palabras, emitidas poco después de la publicación de su
  obra más conocida, <italic>Vigilar y castigar. Nacimiento de la
  prisión</italic> (1975c), Foucault sugiere las instrucciones de uso
  para su propio trabajo. Por más que con el tiempo se ha percibido su
  capacidad de iluminar un espacio hasta entonces opaco, el autor
  insistió en su momento en el carácter instrumental e incluso
  provisorio de lo que había realizado. Esta provisionalidad anunciada
  puede sin embargo resultar paradójica en un monográfico que conmemora
  el quincuagésimo aniversario de la publicación del libro. No obstante,
  se ha tratado en lo posible de utilizar esta efeméride como un
  pretexto para ir más allá, una ocasión para experimentar sus conceptos
  y sus hipótesis como lo que son: una caja de herramientas
  (<italic>boîte à outils</italic>) susceptible de aplicarse (y
  problematizarse) en relación con fenómenos y situaciones que no habían
  sido previstos inicialmente por su autor.</p>
  <p>El objetivo principal del monográfico consiste entonces en indagar
  el alcance intelectual que tanto en su época como incluso en la
  actualidad ha tenido este libro de cara a la comprensión de los
  sistemas punitivos, la configuración de las clases peligrosas y de los
  saberes articulados en torno a estos y otros aspectos. Un propósito
  semejante no se debería basar tan sólo en la exégesis, más o menos
  elogiosa, del libro en cuestión, sino que procuraría analizar las
  limitaciones que presenta dicha obra en relación con fenómenos y
  tecnologías de poder desplegadas más allá del cerco temporal
  delimitado por el momento de su publicación. Así pues, se tendrán
  especialmente en cuenta los cursos y entrevistas que de forma paralela
  a su publicación han sido fundamentales para iluminar, confirmar y a
  veces incluso contradecir la propia obra. En ese sentido, merece la
  pena subrayar que Foucault, en su análisis de las formas cambiantes de
  la economía del saber y del poder, no se limitó a una genealogía de la
  cárcel como indica el subtítulo del libro, sino que lo amplió a toda
  una miríada de formas de hacer y saber en torno al castigo.</p>
  <p>El trabajo posterior de Foucault, si bien no se centró de forma tan
  intensa en torno al sistema penitenciario, no obstante, amplió el
  análisis de los sistemas de control y de sus consecuencias. Nos
  referimos al desarrollo, inmediatamente posterior a su publicación, de
  los cursos en el <italic>Collège de France</italic> entre los años
  1976-79,<xref ref-type="fn" rid="fn2">2</xref> y que dieron lugar a la
  formulación y puesta en práctica de innovadores conceptos como
  biopolítica, gubernamentalidad, dispositivos securitarios y análisis
  de las transformaciones del poder del Estado. Con ellos Foucault
  reconocía en cierto modo la necesidad de ir más allá de los modelos
  anatomopolíticos de lo disciplinario, para complementarlos (no
  sustituirlos) con las tecnologías de poder de las sociedades
  securitarias.</p>
  <p>Pese a ello, cabe reconocer que <italic>Vigilar y castigar</italic>
  es un libro que continúa leyéndose, que sirve de estímulo tanto
  docente como investigador para las nuevas generaciones, algo así como
  un clásico contemporáneo con el que siempre merece la pena dialogar.
  Un libro, además, que ha logrado trascender el nicho del especialista
  universitario para convertirse, por razones evidentes, en una
  referencia ineludible de la cultura crítica. Un texto, en suma,
  magistralmente entretejido, complejo y hecho de capas diversas, del
  cual, sin embargo, no se deducen de una vez por todas las múltiples
  intuiciones y riquezas contenidas en su interior. Leído y releído una
  y otra vez, siempre se tiene la extraña (y grata) sensación de
  encontrarse con algo nuevo que nos sorprende, una intuición, un matiz
  o un hilo del cual tirar y poder seguir trabajando (Garland, 2019:
  661).</p>
  <p>En la ocasión que suscita esta conmemoración, la novedad que hemos
  pretendido conjugar no reside en descubrir otro sentido que pudiera
  estar disimulado en el discurso de Foucault y que hasta ahora
  resultaba inaccesible, sino en ponerlo en relación con nuestro
  presente, con situaciones que nos conciernen a todos y para las que, a
  pesar de los años, <italic>Vigilar y castigar</italic> puede resultar
  (aún) estimulante. En otras palabras, y parafraseando a Remi Lenoir
  (1996: 7), compilador del monográfico dedicado al vigésimo aniversario
  de <italic>Vigilar y castigar</italic>, nuestro objetivo no es alabar
  un libro o un autor, lo que para Foucault sería por lo menos
  incongruente, sino dar cuenta de la topografía de una obra, de hacer
  manifiesto algunos de los caminos recorridos por la misma y las
  investigaciones que ha inspirado en los ámbitos de la penalidad. Pero,
  a diferencia de aquella célebre
  efeméride,<xref ref-type="fn" rid="fn3">3</xref> que desconocía las
  herramientas conceptuales aparecidas en la edición de los cursos en el
  <italic>Collège de France</italic>, nuestro propósito, como decíamos,
  estriba más bien en ubicar <italic>Vigilar y castigar</italic> en
  diálogo con las conceptualizaciones
  posteriores.<xref ref-type="fn" rid="fn4">4</xref> Diálogo
  problemático a la vez que fructífero, dado que la obra del pensador
  francés, como él mismo reconoció en ocasiones, no se caracteriza por
  desplegar un pensamiento de desarrollo lineal, sino una interlocución
  permanente consigo mismo y con su época. Así, frente a la imagen
  convencional (y quizás un tanto caricaturesca) de la función-filósofo,
  de quien posee una intuición fundamental o desarrolla un pensamiento
  sistemático, Foucault reivindicaba la escritura como una práctica
  destinada a modificar lo que antes se pensaba, a alterar la herencia
  recibida y evitar las rutinas del pensamiento, y con ello, provocar un
  cambio en la propia experiencia
  vital.<xref ref-type="fn" rid="fn5">5</xref></p>
  <p>Y esa misma práctica, de transformación cognitiva y experiencial,
  de permanentes desplazamientos, le ha permitido a Foucault incorporar
  nuevos conceptos que han actualizado los alcances del libro en
  cuestión, herramientas conceptuales que nos sirven para atisbar
  prácticas penales en el presente, todo lo cual nos ha permitido poner
  provechosamente en contacto el libro con fenómenos que ni siquiera
  habían sido pronosticados en el momento de su concepción. Una paradoja
  que nos brindan las obras clásicas y que nos permite pensar a partir
  de ellas aun cuando algunos de sus diagnósticos no resulten acertados
  en el momento presente. Sirva a título de ejemplo de esto último el
  hecho de que la prisión no se haya retirado de la escena histórica,
  como el autor quiso deducir de la extensión y la diversificación de lo
  disciplinario.<xref ref-type="fn" rid="fn6">6</xref> Tampoco
  <italic>Vigilar y castigar</italic> anticipó las supercárceles, la
  privatización punitiva, los centros de detención de inmigrantes, las
  prácticas actuariales y los almacenes de estabulación de poblaciones
  apátridas que conforman los primeros años del siglo XXI.</p>
  <p>Consideramos en este sentido que merece la pena indicar, aunque sea
  brevemente, varias discrepancias que otros autores manifiestan en su
  análisis histórico y contemporáneo del sistema penitenciario, pese a
  reconocer su deuda con el pensador francés. En primer lugar, hay que
  destacar que el confinamiento penal ha resurgido y se ha reafirmado
  como una función clave del Estado; de hecho, el último tercio del
  siglo XX y los primeros años del XXI se identifican más bien como una
  nueva era de confinamiento (Wacquant 1999: 265, 294). La invención de
  la doble regulación de las fracciones inseguras del proletariado
  postindustrial a través del enlace de las políticas social y penal en
  la parte más baja de la estructura de clases polarizada es una
  innovación estructural que nos lleva más allá del modelo del nexo
  asistencia-pobreza, justo cuando el régimen fordista-keynesiano estaba
  llegando a su fin. El nacimiento de ese artilugio institucional
  tampoco queda incluido en la visión de Michel Foucault de la “sociedad
  disciplinaria”. En efecto, las técnicas disciplinarias actuales no se
  están implementando de manera efectiva debido a problemas como la
  sobrepoblación, la rígida burocratización y la falta de recursos
  (Wacquant, 2009: 418). Y precisamente por ello, el enfoque
  contemporáneo de las prisiones se centra más en la neutralización y el
  almacenamiento que en la rehabilitación y la creación de cuerpos
  productivos (Wacquant, 1999: 92; De Giorgi, 2000: 45). Cabe constatar
  también una evidente desigualdad en la aplicación de los dispositivos
  de normalización, ya que el crecimiento del sistema punitivo bajo el
  neoliberalismo ha sido ante todo discriminatorio, afectando
  principalmente a las clases bajas y a los inmigrantes, mientras que
  las clases medias y altas no sufren las mismas consecuencias
  (Wacquant, 2009: 419). Ello explica que, a pesar de la creciente
  delincuencia corporativa, las penas se aplican de manera desigual,
  reflejando una lógica de penalización que divide a la población según
  clase y etnicidad (De Giorgi, 2000: 50). En lo que respecta a la
  representación en el campo penal, Foucault había subrayado el aspecto
  técnico de la tecnología de poder aplicada en el ámbito punitivo,
  marginando los elementos simbólicos que a dicho campo se asocian,
  hasta el punto de acentuar las equivalencias disciplinarias de la
  prisión con el resto de las instituciones de secuestro, aunque sin
  llegar a equipararlas. En claro contraste con la redistribución de la
  economía punitiva que se produce en la actualidad, asistimos como
  indica Wacquant (1999: 10; 291) a una auténtica “pornografía de la ley
  y el orden”, donde la actividad penal es concebida, representada y
  aplicada con el fin esencial de que las autoridades la exhiban de
  forma ritualizada. Asistimos a una teatralización de la penalidad que
  abarca toda la cadena de los procesos desde el juicio hasta la
  sanción, y que utiliza con profusión los ámbitos mediáticos y
  políticos.</p>
  <p>En cuanto a los procedimientos políticos de penalización, David
  Garland (2001: 182-188) explora cómo la <italic>cultura del
  control</italic> es tanto una respuesta a los fallos del sistema de
  justicia penal como un refuerzo del mito de un Estado capaz de
  mantener el orden, lo cual señala a la vez que oculta un fracaso
  político. Según Garland (<italic>ibid.</italic>: 235), los acuerdos
  sociales, económicos y culturales propios de la modernidad tardía han
  moldeado “una nueva experiencia colectiva del delito” y de la
  inseguridad, a la que las autoridades han dado una interpretación
  reaccionaria y una respuesta ambigua que combina la adaptación
  práctica a través de asociaciones preventivas y una negación
  “histérica” a través de la segregación punitiva
  (<italic>ibid.</italic>: 232). En contraste con estos procesos
  contemporáneos, las ideas esenciales contenidas en <italic>Vigilar y
  castigar</italic> insistían primero en que la economía de poder no era
  reducible a una noción de unidad (léase Estado); en segundo lugar, que
  el dispositivo penal y parapenal que hacía posible gobernar —y ser
  gobernado— lograba cerrar el circuito punitivo y constituir así su
  propia legitimidad; y por último, que de esta forma se evitaba la
  erosión de la legitimidad del Estado que había constituido un problema
  en el Antiguo Régimen por la excesiva visibilidad del castigo y de su
  ejecutor. En suma, y frente a lo que planteaba Foucault, la contención
  punitiva se ha convertido en los últimos años en una estrategia
  política fuertemente visibilizada y con un carácter legitimista
  explícito que ha revitalizado la idea de que el Estado es capaz de
  establecer la ley y el orden en la sociedad moderna.</p>
  <p>Ahora bien, a pesar de las distancias que se pueden mantener
  respecto a la capacidad de diagnóstico del presente, <italic>Vigilar y
  castigar</italic>, por su problemática, metodología y formas de
  análisis, sigue ofreciendo un material rico y sorprendentemente poco
  explorado con el que examinar las representaciones contemporáneas del
  encarcelamiento; siempre y cuando tengamos en cuenta las aportaciones
  posteriores realizadas por el autor. Queremos con ello indicar que, si
  en efecto esta obra no da cuenta de la totalidad de las tácticas y
  estrategias punitivas contemporáneas, no obstante, entra en
  consonancia con las mismas por la sencilla razón de que no se ha
  producido una sustitución de las prácticas disciplinarias. En efecto,
  asistimos más bien a una hibridación, o si se prefiere un
  encabalgamiento,<xref ref-type="fn" rid="fn7">7</xref> entre los
  modelos securitarios y los modelos disciplinarios y de soberanía que
  podemos encontrar en las páginas de esta obra ya clásica. Ello hace
  que la experiencia punitiva contemporánea sea una vivencia enrevesada,
  ambivalente y poliédrica, difícil de someter a crítica puesto que
  ninguna racionalidad punitiva es tan unívoca que elimine cualquier
  otra y toda oposición hacia una puede a la vez fomentar la asunción
  acrítica de la otra (Razac, 2023: 270-271).</p>
  <p>Esta intelección de lo complejo y esta insistencia en superar una
  causalidad uniforme constituyen, a nuestro juicio, la manera más cabal
  de rendir homenaje a Foucault y a su modo de entender el trabajo
  intelectual. Pensar, pues, no contra Foucault, sino con él y a pesar
  de él. Sirva pues este monográfico como un intento de ejemplificar
  esta disposición.</p>
</sec>
<sec id="las_aportaciones_de_este_monografico_una_sintesis">
  <title>Las aportaciones de este monográfico: una síntesis</title>
  <p>El conjunto de artículos que conforman este monográfico se inserta
  en esta clave de análisis que venimos desplegando. Para ello se han
  buscado investigaciones que no indagan únicamente una exégesis de la
  obra en cuestión o los debates abiertos por la misma, sino que han
  incorporado con solvencia las problemáticas foucaultianas en sus
  respectivos trabajos, mostrando a la vez las limitaciones y las
  prestaciones que aquellas proporcionan en el análisis de la penalidad
  contemporánea. Como era evidente, un ejercicio de compilación como
  este obligaba a una convocatoria de diferentes disciplinas insertas en
  el ámbito de la filosofía y sobre todo de las ciencias sociales,
  jurídicas e históricas, lo cual se deja ver en la procedencia de
  autores y autoras, así como en los estilos y modos de operar. Los ejes
  temáticos que incorporan esta indagación se estructuran como
  sigue.</p>
  <p>En primer lugar, se incluye un bloque dedicado a algunos de los
  debates suscitados a raíz de la metodología y las hipótesis de
  investigación sugeridas en <italic>Vigilar y castigar</italic>.
  Corresponde iniciar el epígrafe con un autor, Dario Melossi, cuya obra
  principal, <italic>Cárcel y fábrica,</italic> es coetánea del libro de
  Foucault. El artículo “Del Estado a la fábrica: La penalidad y la
  crítica de la economía política entre Marx y Foucault”, presenta una
  interpretación diferente de la relación entre Foucault y Marx,
  desafiando algunas ideas tradicionales que habían subrayado la
  distancia, cuando no la oposición, entre ambos. Para Melossi, cabe
  destacar la inclinación que muestra el pensador francés por una
  lectura no economicista de Marx, al cuestionar que la estructura
  económica “determina”, aunque sea “en última instancia”, todo lo
  demás. A Foucault le interesa el Marx que sitúa en el centro de la
  historia la lucha de clases, destacando así que el poder no sólo está
  presente en la fábrica, sino que marca la continuidad entre la
  acumulación violenta en su fase primitiva y el poder en la esfera de
  la producción. De este modo, la noción de “disciplina”, tal como la
  plantea Foucault, resulta fundamental para lograr la inserción
  material del trabajador en la esfera productiva y comprender la
  extracción de plusvalía en <italic>El Capital</italic>. La disciplina
  no sólo sirve para enseñar habilidades, sino para promover la
  inclusión subordinada, es decir, la asunción de una subjetividad
  subalterna. Únicamente habrá un capitalista si, habiendo comprado la
  fuerza de trabajo del obrero puede, como todo propietario, utilizar y
  disfrutar de su propiedad como le plazca y por tanto imponer esa
  disciplina productiva que justifica la diferencia entre el
  mantenimiento de la mano de obra y el beneficio que genera. Pero esa
  mercancía viene unida a un ser humano adjunto, quien a menudo se
  comporta de manera diferente a la prevista y exigida. Esta
  contradicción entre un ser humano, el trabajador, y dicho trabajador
  como mero portador de fuerza de trabajo es la sustancia de la lucha de
  clases observable tanto en fábricas como en prisiones e instituciones
  de encierro. En suma, la obra de Foucault y la de Marx centran, cada
  una a su modo, la historia en la lucha (de clases), no en una
  explicación economicista que siempre concibe lo disciplinario como un
  mero apéndice en los incrementos de la productividad.</p>
  <p>Con una pretensión más historiográfica, destaca la contribución de
  Francisco Vázquez García, autor de reconocido prestigio en el ámbito
  de la investigación histórica en clave foucaultiana. Su artículo
  “Entre la fascinación y la distancia. La recepción de <italic>Vigilar
  y castigar</italic> en la historiografía española” constituye un
  valioso estudio sobre el recibimiento que tuvo esta obra en la
  comunidad historiográfica española. Amparándose en sugerentes
  reflexiones metodológicas, como la sociología de la circulación
  internacional de las ideas (Bourdieu) y la historia social de la
  lectura (Chartier), el autor trata de dar cuenta de los múltiples
  factores que actuaron en el proceso de importación cultural de esa
  obra. De ahí que su artículo no sea una simple lectura de lo que se ha
  dicho acerca de <italic>Vigilar y castigar</italic>, sino un intento
  bastante más ambicioso de analizar el modo en que la recepción del
  libro y sus posibilidades de lectura dependieron de los emplazamientos
  institucionales (que son cambiantes, como las convenciones de sentido
  que operan en ellos) desde los cuales operaron los intérpretes. El
  autor señala dos etapas en esta recepción, cada una de las cuales
  esboza un estado distinto del campo historiográfico. Una primera,
  entre los años 1978-1994, en la que la acogida fue entusiasta a la par
  que periférica, debido al estado del campo historiográfico español. En
  esta tesitura, el interés por la obra se produjo ante todo en la
  esfera de las especialidades históricas no impartidas en las
  facultades del gremio, como la historia de la medicina (José Luis
  Peset, Fernando Álvarez-Uría), de la educación (Julia Varela) o del
  derecho penal (Roberto Bergalli). Y otra segunda, comprendida entre
  1995-2020, en la que se pasó de un momento inicial de fascinación a un
  distanciamiento crítico con respecto a las hipótesis del libro, al
  entender que no encajaban bien en la realidad histórica del sistema
  penal español. El artículo concluye señalando que, pese a los
  malentendidos de los historiadores sobre el propósito de Foucault, la
  obra ha desempeñado un papel innegable como estimulante de la historia
  penitenciaria en España, renovando sus cuestionarios y sus objetos de
  análisis.</p>
  <p>En una línea de argumentación similar, si bien con diferencias,
  parecen pronunciarse los coordinadores del monográfico, Mario
  Domínguez y David J. Domínguez, cuando se refieren al profundo
  malentendido de los historiadores franceses al interpretar el libro de
  Foucault. En su artículo, “De la historia de la prisión a la teoría de
  la razón punitiva. Foucault responde a los historiadores
  penitenciarios franceses”, los autores dan cuenta de las razones de
  fondo que operaron en aquel malentendido. Centrándose en la
  controversia entre Foucault y Jacques Léonard, así como en el debate
  posterior con otros historiadores de lo penitenciario, el artículo se
  propone reconstruir el cruce de argumentos y contrargumentos que tuvo
  lugar tras la publicación del libro. En esa travesía se analiza el
  argumento de Léonard atendiendo a algunos de los trabajos posteriores
  más relevantes de la historiografía penitenciaria francesa (Michelle
  Perrot, Robert Badinter, Jacques- Guy Petit). Con ello los autores no
  pretenden posicionarse del lado (ni contra) estos últimos, sino más
  bien comprobar sus argumentos para ver cómo se insertan en una
  problematización (historia-periodo) que no es la que rige
  efectivamente el trabajo de Foucault sobre la prisión
  (historia-problema). Ahora bien, si a pesar de todo se considera que
  la crítica de los historiadores resulta desacertada no es porque sus
  argumentos sean erróneos o ilegítimos, sino porque denotan una
  percepción confusa del objeto tratado. Desconocen los interrogantes de
  fondo que prefiguran las estrategias investigativas de Foucault, y al
  hacerlo, confunden los planos y reclaman tareas que no son pertinentes
  para la resolución de la problemática planteada en <italic>Vigilar y
  castigar.</italic> Problemática<italic>,</italic> que no olvidemos,
  reside en dilucidar las condiciones de aceptabilidad y de rápida
  extensión de la prisión, no su historia cronológica. El artículo
  concluye evocando los interrogantes políticos que suscitó este debate,
  y reconociendo que, a pesar de la polémica, o quizás gracias a ella,
  la obra funcionó como un auténtico acelerador y renovador de los
  estudios históricos sobre la prisión y otras formas de castigo.</p>
  <p>Este bloque acaba reflexionando sobre otro de los grandes temas que
  recorre transversalmente la obra <italic>Vigilar y castigar.</italic>
  En su artículo “La peligrosidad y el individuo peligroso en la
  historiografía francesa. Cincuenta años después de <italic>Vigilar y
  castigar</italic>”, la historiadora Laurence Guignard, experta en la
  medicalización de la justicia en la Francia del siglo XIX, conduce una
  investigación sobre el modo en que las nociones de individuo peligroso
  y peligrosidad, centrales en el pensamiento de Michel Foucault, han
  sido retomadas y apropiadas por la historiografía francesa desde 1975.
  Se trata de una temática que hunde sus raíces en las transformaciones
  del castigo derivadas de la inserción de la medicina mental en el
  sistema penal. Con esa finalidad el artículo comienza mostrando la
  relevancia de la obra foucaultiana en la investigación histórica
  francesa. Según la autora, habría una primera fase historiográfica
  entre 1990 y principios del 2000, caracterizada por una profundización
  de las cuestiones foucaultianas sobre temas muy similares a
  <italic>Vigilar y castigar</italic> y a su célebre artículo “La
  evolución de la noción de individuo peligroso en la psiquiatría legal”
  (1978). En esta fase afloran temáticas como la historia de la
  monomanía homicida, el advenimiento de la justicia subjetiva, la
  emergencia de la noción de peligro y las categorías híbridas en torno
  a los anormales. A esta etapa le sigue otra de trabajos históricos que
  logran una cierta autonomía respecto a las hipótesis del pensador
  francés pero que siguen dialogando con <italic>Vigilar y
  castigar</italic> décadas después de su publicación. Teniendo en
  cuenta algunos nuevos enfoques en la historia social y cultural, la
  historiadora saca a relucir objetos y formas de conocimiento
  diferentes, cuyo efecto ha descentrado las proposiciones foucaultianas
  originarias y han logrado iluminar nuevos campos de investigación y
  nuevos dominios en la historia de las prácticas de encierro. La autora
  cita numerosos estudios que han reorientado la historia de la justicia
  y la psiquiatría en al menos tres direcciones: el giro práctico, la
  historia “desde abajo” —desde la perspectiva de quienes sufren el
  encierro— y, por último, las cuestiones de género.</p>
  <p>Los siguientes dos artículos conforman un bloque centrado en las
  implicaciones políticas y de resistencia que condicionan la aparición
  de <italic>Vigilar y castigar</italic>, pero que también suscita dicha
  obra en la utilización de los saberes sometidos. El artículo “Del
  motín al libro: la experiencia del Grupo de Información sobre las
  Prisiones en el origen de <italic>Vigilar y castigar</italic>” de
  Pablo Lopiz Cantó, delimita el aprendizaje esencial que le permitió a
  Foucault entender “que los castigos en general y la prisión
  corresponden a una tecnología política del cuerpo”. Se trata de una
  serie de acontecimientos vividos en presente y en primera persona, las
  rebeliones de presos, y la manera en que Foucault las encara como
  promotor del <italic>Groupe d</italic>’<italic>information sur les
  prisons</italic> (GIP), una organización que reunió a un buen número
  de intelectuales y activistas de la época y que desempeñó un papel
  singular en esas rebeliones en Francia. Sin embargo, el interés del
  proyecto radica en que no se limitó a un grupo de intelectuales, sino
  que incluyó a diversos sectores de la población y sobre todo a
  personas directamente afectadas por la prisión (expresidiarios,
  familiares), en un contexto histórico de alta conflictividad social en
  Francia. Formado a partir de múltiples procesos interconectados y
  aunque de vida breve, la creación del GIP fue un proceso lento y lleno
  de desafíos. El problema que enfrenta, tanto político como
  epistemológico, viene inserto en una tradición de investigación
  militante, influida por el maoísmo, así como por la revuelta negra en
  los EE. UU. También influyó la tradición cultural activista, que
  encuentra su zénit en el surrealismo y el situacionismo. El GIP es,
  pues, interesante por alterar los lugares de enunciación establecidos
  y generar un cambio subjetivo, al crear un punto de vista nuevo que
  redistribuye el poder y la sensibilidad: no se trata de la voz de los
  presos o los intelectuales, sino de un nuevo discurso alimentado por
  el encuentro entre diferentes actores.</p>
  <p>Por su parte, el artículo de Iñaki Rivera Beiras, “Observar y
  afectar(se). La quiebra del relato hegemónico sobre la cárcel en
  España” se articula en dos partes. En primer lugar, se plantea la
  cuestión de si las historias de los reclusos albergan un espacio en la
  comprensión de los sistemas punitivos. Para ello utiliza la obra de
  Foucault como una caja de herramientas que permita la ruptura del
  monopolio académico y jurídico del conocimiento sobre el sistema penal
  y penitenciario, y con ello reconocer todo un conjunto de saberes
  ignorados, como los de los reclusos, con la finalidad de crear una
  nueva verdad. Esta nueva verdad refleja las relaciones de poder,
  particularmente en el contexto punitivo. Foucault, a través del Grupo
  de Información sobre Prisiones, sugirió que se podía crear un nuevo
  conocimiento al examinar ciertos discursos y su relación con
  dispositivos no investigados: se trataba de la memoria de las luchas,
  que hasta ahora había permanecido oculta. La conclusión es que la caja
  de herramientas del pensador francés no contiene exclusivamente una
  metodología y una estrategia para analizar el pasado, sino que además
  puede —y debe— alumbrar el camino del trabajo y de las luchas del
  presente. La segunda parte es un estudio de caso centrado en los
  disturbios ocurridos en abril de 2004 en la prisión de Quatre Camins
  en Cataluña. Tales incidentes, erróneamente comprendidos por la prensa
  y la judicatura como un motín, fueron provocados por abusos que los
  presos denunciaron y que conllevaron posteriores represalias. La
  respuesta administrativa mostró la resistencia de los saberes
  menospreciados, que sólo obtuvieron visibilidad gracias a la
  observación independiente y al trabajo de movimientos sociales. Cabe
  destacar cómo varios grupos solidarios con los reclusos han sido
  significativos en la defensa de sus derechos, apoyados por la
  colaboración intergrupal en diferentes comunidades autónomas.</p>
  <p>El siguiente bloque indaga en la diversa aplicación de las
  herramientas foucaultianas y en la reflexión sobre la hibridación e
  innovaciones de las tecnologías de poder, dando cuenta de algunas de
  las derivas punitivas actuales. Iniciando el bloque, el artículo de
  José Ángel Brandariz, “Poder disciplinario, prisión y penalidad, en el
  siglo XXI”, trata de pensar las manifestaciones contemporáneas de lo
  punitivo desde —y más allá— del poder disciplinario. Aunque la
  bibliografía especializada parece haber decretado —con excesiva
  ligereza— el fin de la prisión incluyente y su sustitución por una
  tecnología de poder postdisciplinaria, el autor muestra las
  insuficiencias de dicha tesis y rastrea dos ámbitos en los que la
  penalidad normalizadora está todavía presente, si bien adopta formas
  híbridas e innovadoras. Formas que se combinan con lógicas
  <italic>soberanas</italic> y <italic>securitarias</italic> de control
  y de castigo, y que remiten al gobierno del riesgo y a la gestión de
  grupos humanos excedentarios. Como ejemplificación, el autor expone
  sendos ámbitos en los que pervive el modelo de prisión rehabilitadora
  y las tecnologías de normalización. En primer lugar, la emergencia de
  nuevas manifestaciones de la prisión disciplinaria, sobre todo los
  módulos de respeto, que constituyen programas que aúnan al mismo
  tiempo la finalidad resocializadora de los viejos esquemas
  disciplinarios y la tendencia a activar la autonomía de los presos
  mediante la inculcación de la autorresponsabilidad emprendedora. En
  segundo lugar, la pervivencia de efectos disciplinarios en una etapa
  de prisión sin fábrica, que se manifiesta fundamentalmente en el
  gobierno coactivo de los grupos migrantes, como garantía de la
  inclusión diferencial de los mismos en un orden social fuertemente
  estratificado. El autor concluye insistiendo en la importancia de
  comprender la penalidad contemporánea más allá de una mirada
  unidimensional. Lejos de producirse la sustitución de una tecnología
  de poder por otra, se asiste a la coexistencia de diversas
  racionalidades punitivas en el gobierno de la penalidad, donde las
  nuevas orientaciones securitarias se interrelacionan con las dinámicas
  de normalización disciplinaria y las lógicas de exclusión soberana,
  reconfigurándolas parciamente en su sentido y funcionalidad.</p>
  <p>El artículo de Ana Ballesteros Pena, “Ensamblajes del poder penal:
  los módulos de respeto de mujeres en las prisiones españolas”,
  profundiza en una de las observaciones anteriormente indicadas. Fiel
  al argumento de que los sistemas penales no son áreas dominadas por
  una única racionalidad punitiva, sino espacios en donde las lógicas y
  los discursos del gobierno mutan y se ensamblan, la autora comprueba
  esta idea en uno de los programas de tratamiento penitenciario más
  avanzados y presuntamente horizontales del sistema penal: los módulos
  de respeto. Su estudio, basado en un trabajo de campo cualitativo
  realizado en tres prisiones españolas que albergan dichos módulos con
  presencia de mujeres, trata de indagar la manera en que operan y se
  combinan tres formas fundamentales de ejercicio del poder: la
  soberanía, la disciplina y la gubernamentalidad. Para ello se llevará
  a cabo una descripción de los programas de tratamiento —caracterizados
  por un obvio sesgo de género— que incluyen actividades pautadas,
  retóricas de responsabilización y autogobierno, e incluso la amenaza
  latente de la exclusión. Por último, la autora se pregunta si la
  coexistencia de las tres tecnologías de gobierno, con la retórica de
  horizontalidad y de libertad de elección que conlleva, ha sido capaz
  de revertir las viejas tendencias históricas asociadas al castigo
  femenino. Lejos de revertirlas, ocurre justamente lo contrario: no
  sólo permanece un modelo de domesticidad basado en la imposición de
  valores tradicionalmente asociados al rol social de las mujeres, sino
  que incluso se refuerza sutilmente en estos nuevos programas. Se
  agudiza en definitiva la disciplina y se asiste a un incremento del
  nivel de (auto)exigencia requerida en el cumplimiento de las tareas
  históricamente impuestas a las mujeres en las prisiones.</p>
  <p>Con un criterio paralelo, la aportación de Miguel Ángel Martín
  Martínez, “Intuiciones foucaultianas en torno a una nueva penalidad
  securitaria. Actuarialismo punitivo y tratamiento epidemiológico del
  delito”, aborda un tema que ha sido olvidado en la discusión sobre las
  tecnologías actuariales: el papel del estudio de las tecnologías del
  riesgo en epidemiología y la necesidad de reconocer el “riesgo
  epidemiológico” dentro de las mismas. Por ese motivo, se cuestiona la
  tendencia a ver las tecnologías actuariales únicamente como
  tecnologías aseguradoras. Será Foucault quien presente a partir de los
  años setenta, si bien de forma asistemática, la conexión entre los
  análisis del riesgo epidemiológico y su interés por una nueva
  penalidad securitaria. Su trabajo pionero señala que la seguridad y la
  inseguridad son aspectos de una nueva gobernabilidad donde las
  libertades están vinculadas a limitaciones. En ese sentido, el riesgo
  de origen médico tiene relevancia en las nuevas tecnologías penales
  actuariales que se centran en gestionar, clasificar y administrar
  riesgos. De este modo, la nueva penalidad no se limita solo a la
  represión del delito, sino que se amplía hacia la prevención, buscando
  actuaciones antes de que se cometa una infracción. La intervención,
  basada en el análisis actuarial, busca pues identificar y gestionar
  diversos factores de riesgo de manera eficaz y anticipatoria a través
  de mediciones estadísticas. De lo anterior el autor concluye que la
  caracterización del riesgo epidemiológico es vital para definir una
  penalidad que implique tanto predicción como intervención; sin
  embargo, al subrayar que la categorización de grupos de riesgo se basa
  en estadísticas, ello puede dar como resultado la estigmatización y
  criminalización de comunidades enteras.</p>
  <p>El bloque se cierra con el artículo de Ignacio Mendiola, “La
  emergencia del saber-poder cinegético y sus (dis)continuidades con
  respecto al régimen de poder disciplinar”. Con este fin se utiliza la
  obra de Foucault no tanto para revisar la sociedad disciplinar en el
  pasado, sino para extraer conceptos y tecnologías de poder aplicables
  en la actualidad. Este interés se relaciona con la prevalencia de lo
  securitario, pero articulada con elementos del viejo poder soberano y
  de la lógica disciplinar. Se destacan varios elementos que permiten
  identificar una reconfiguración punitiva que el autor denomina
  saber-poder cinegético, al que caracteriza por su dinamismo y la
  capacidad de formar sus propias geografías. Así, el texto se articula
  en cuatro momentos: 1) Conceptos de la sociedad disciplinar,
  destacando la noción de táctica penal como forma de actuación y modelo
  de ordenamiento de lo real, la guerra civil como matriz de las luchas
  de poder, o la teatralidad del poder mismo. 2) Reflexiones sobre el
  régimen disciplinario, centradas en la forma en que se dirime la
  humanidad del sujeto que recibe el castigo y cómo dicha subjetividad
  debe ser tratada. 3) Aproximaciones al saber-poder cinegético y su
  impregnación bélica; aspectos que permiten establecer conexiones entre
  caza y guerra. 4) Plasmaciones del saber-poder cinegético en los
  ámbitos securitarios del terrorismo y la inmigración y donde la
  defensa prevalece sobre la legalidad, sacrificando garantías
  jurídicas. El resultado final muestra cómo el campo normativo-legal se
  subordina a los requerimientos establecidos para consumar la práctica
  cinegética, lo cual conlleva la ausencia radical de garantías
  jurídicas y procesuales de las personas abatidas y la retirada a un
  segundo plano de las consideraciones ético-jurídicas.</p>
</sec>
<sec id="el_estruendo_de_la_batalla_la_coyuntura_historica_de_vigilar_y_castigar">
  <title>El estruendo de la batalla. La coyuntura histórica de
  <italic>Vigilar y castigar</italic></title>
  <p>En este último apartado, nos gustaría arrojar luz sobre la
  coyuntura histórica en la que emerge <italic>Vigilar y
  castigar,</italic> aspecto que no explica la singularidad de la obra,
  pero que resulta significativo en su comprensión a cincuenta años
  vista. ¿Cómo fue posible que Michel Foucault, un pensador dedicado a
  la historia de los saberes (medicina, psiquiatría, clínica), se
  inmiscuya en una temática tan alejada, al menos en apariencia, como la
  prisión? ¿Por qué motivos alguien que ha buceado de forma erudita en
  tratados científicos aborda ahora archivos históricos innobles como
  inspecciones penales, ordenanzas de taller, reglamentos escolares?
  ¿Qué sucede en el trascurso de los años setenta, que hizo que Foucault
  viese en la prisión el indicador de una tecnología política?</p>
  <p>La respuesta, como admite Foucault (1971a:203), habría de buscarse
  del lado de la actualidad del momento, de un contexto de aceleración
  histórica experimentada en las múltiples luchas por motivos inéditos,
  pero también de creciente concienciación de las contradicciones de la
  sociedad. Momento, pues que, aunque no pudo (o no supo) avistar “la
  playa bajo los adoquines”, seguía sin resignarse a un cómodo retorno a
  la normalidad. Prueba de ello son las múltiples formas de contestación
  política desarrolladas en la estela de Mayo del 68: desde los frentes
  de lucha en los liceos y las universidades francesas, hasta las
  diversas formas de insubordinación laboral, sin obviar la retahíla de
  alianzas y organizaciones políticas vinculadas a asuntos específicos,
  en cuyas filas se aglutinaban intelectuales, militantes y clases
  populares (Artières <italic>et al.</italic>, 2011:
  9-11).<xref ref-type="fn" rid="fn8">8</xref> Dentro de tales frentes,
  el repertorio de acciones fue bastante amplio, quizás porque no
  existía un plan preconcebido ni una integración unitaria de las
  luchas.<xref ref-type="fn" rid="fn9">9</xref> Un ciclo de luchas
  (1970-1971) en el que proliferaron huelgas, conflictos laborales,
  atentados contra la policía, ocupaciones de fábricas, huelgas de
  hambre, pedagogías experimentales o experiencias de convivencia no
  familiar; pero también revueltas y motines en las cárceles, lo que sin
  duda trajo consigo el advenimiento de un período de luchas que
  contribuyó a convertir la cárcel en un objeto de problematización
  política e incluso epistémica. La extrema izquierda, liderada en aquel
  momento por las organizaciones maoístas (Gauche prolétarienne, Vive la
  Révolution, Sécours Rouge), convirtió las prisiones en un verdadero
  frente, al constatar que un número considerable de militantes habían
  sido encarcelados como consecuencia de los numerosos ataques contra
  las comisarías de policía. Cabe recordar que, durante ese corto
  periodo de tiempo, más de un centenar de militantes habían sido
  encarcelados en toda Francia.<xref ref-type="fn" rid="fn10">10</xref>
  En tal contexto, se hacía necesario denunciar la situación material de
  las prisiones y luchar por el reconocimiento del estatus
  <italic>político</italic> de sus
  presos.<xref ref-type="fn" rid="fn11">11</xref> Lucha, como recuerda
  Perrot (1986: 29), que jamás fue desligada del cuestionamiento del
  régimen penitenciario en su conjunto.</p>
  <p>En este clima, en el que se entrecruzan las huelgas de hambre (la
  de septiembre de 1970, la de enero- febrero de 1971), las
  manifestaciones de apoyo a los detenidos y los ataques constantes
  contra los agentes de policía, la cuestión carcelaria se situó en el
  centro del debate político y mediático. La prensa, incluso la prensa
  oficial, no estuvo en condiciones de ignorar esta situación y tuvo que
  hacerse eco del clima de agitación permanente que provenía desde
  dentro y fuera de las prisiones. De hecho, el 7 de febrero de 1971, al
  finalizar la segunda huelga de hambre de los presos de la Gauche
  prolétarienne (GP), todos los diarios consagraron su editorial a la
  cuestión de las prisiones (<italic>ibid.</italic>: 30). Cobertura que
  fue ampliada por la prensa militante (<italic>La Cause du peuple,
  J</italic>’<italic>accuse</italic>, <italic>Tout!)</italic> y por
  algún que otro semanario (<italic>L</italic>’<italic>Express</italic>)
  alejado de la radicalidad política, pero comprometido en su denuncia
  de las pésimas condiciones de las prisiones francesas.</p>
  <p>Como contrapartida, René Pleven, recién nombrado ministro de
  Justicia, se vio obligado a otorgar ciertas
  concesiones<xref ref-type="fn" rid="fn12">12</xref> a los presos
  izquierdistas, pero nada de ello sirvió para frenar el ciclo de luchas
  iniciado en 1970, recrudecido por la denuncia del carácter arbitrario
  de dichas concesiones y por la resonancia que alcanzaron las revueltas
  en otras prisiones extranjeras, sobre todo norteamericanas. El motín
  de Attica, en septiembre de 1971, constituye un punto clave de
  inflexión. Con cerca de 89 heridos y 43 muertos (32 reclusos, 11
  rehenes), la revuelta desembocó en una masacre sin precedentes, lo que
  hizo que las denuncias de los presos (hacinamiento, condiciones
  penosas de vida) retumbasen más allá de los muros de la prisión y los
  disturbios se propagasen a otras cárceles extranjeras. El asesinato de
  George Jackson, militante del Black Panther Party, en agosto de 1971
  en la prisión de San Quentin tuvo un eco especial entre los círculos
  izquierdistas, quienes veían con buenos ojos su tesis de acabar con la
  disyunción presos políticos-presos comunes mediante la organización
  política de los presos y su lucha como un nuevo frente
  revolucionario.<xref ref-type="fn" rid="fn13">13</xref></p>
  <p>De ahí que, al transcurrir unos meses, en el invierno de 1971-1972,
  las revueltas se extendiesen a toda la geografía francesa: se iniciaba
  así la fase de los famosos motines de las prisiones de Clairvaux,
  Toul, Nimes, Amiens, Nancy, Melun, Loos-les-Lille, o incluso
  Fleury-Mérogis, entre otras (Perrot, 1986: 30). El mensaje era siempre
  el mismo: cuestionar el régimen de privaciones cotidianas de las
  prisiones, luchar por el reconocimiento del estatus político para los
  militantes detenidos, denunciar en definitiva el carácter clasista del
  sistema jurídico burgués. Como se ve, la GP abrió la brecha
  penitenciaria y su lucha por la obtención del estatus político para
  los militantes detenidos marcó la primera fase del momento. El
  resultado, aunque desolador, no pudo ser más exitoso desde el punto de
  vista mediático: dos huelgas de hambre, manifestaciones de solidaridad
  en toda Francia, titulares en medios de comunicación, apoyo público de
  artistas e intelectuales, un centenar de encarcelados, motines
  carcelarios, así como una dinámica de acción-reacción entre la
  extrema-izquierda y la policía francesa. Frente a esto, el gobierno
  utilizó un tono centrado en la defensa de las instituciones y la
  firmeza contra los agitadores. Pero la situación, como recordaba
  Geismar (Artières <italic>et al.,</italic> 2003: 180), no podía ser
  más paradójica: “La burguesía, que quería poner a la revuelta en
  prisión, se encuentra con las prisiones en revuelta”.</p>
  <p>El propio Foucault (1971a), a pesar de su desembarco en el
  <italic>Collège de France</italic>, no quiso permanecer al margen de
  tales acontecimientos. Al contrario, su paso fugaz por la universidad
  de Vincennes en 1969 le brindó la posibilidad de mantener vínculos con
  organizaciones izquierdistas. De hecho, su contacto directo con Daniel
  Defert, con quien mantuvo una relación sentimental durante parte de su
  vida, sirvió como un primer catalizador político. Militante de la GP y
  encargado de preparar el proceso de los militantes encarcelados,
  Defert actuó al comienzo como un intermediario entre la organización y
  el pensador francés (Mauger, 1996: 60). En ese momento, lo que se
  esperaba de Foucault era que tomase partido en favor de los militantes
  encarcelados. Tarea que debía realizarse, según la lógica maoísta, a
  través de las comisiones de investigación y los tribunales populares,
  al estilo de la comisión que investigó la salud de los mineros para el
  tribunal popular de Lens, y del que Jean-Paul Sartre había hecho las
  funciones de procurador (Sale, 2004: 8). Sin embargo, Foucault desechó
  con rapidez estos modelos de intervención, pues le recordaban
  demasiado a las representaciones de la justicia burguesa que
  pretendían combatir,<xref ref-type="fn" rid="fn14">14</xref> y propuso
  en su lugar la redacción de un cuestionario destinado a los detenidos
  en el que se pusiera de manifiesto, sin necesidad de mediación
  institucional, las denuncias de las condiciones cotidianas de vida en
  las prisiones (Artières <italic>et al.</italic>, 2011: 13). Un poco al
  estilo de los modelos de encuesta realizada por Marx en los medios
  obreros de su época.</p>
  <p>El cambio fue decisivo: ya no se trataba de fiscalizar al poder
  desde fuera, al estilo de una comisión de investigación, sino de
  movilizar a distintas categorías de profesionales (médicos, abogados,
  magistrados, capellanes, trabajadores sociales, psicólogos) y a
  antiguos detenidos con el objeto de que confeccionasen un cuestionario
  a través del cual los reclusos pudieran dar su voz y aportar
  información sobre ciertas situaciones invisibilizadas (GIP, 1971b:
  196). Ahora bien, no se trata de una mera extracción o representación
  de dicha voz, sino de la construcción de una relación de intercambio,
  en la medida en que los cuestionarios eran redactados con la ayuda de
  los antiguos detenidos, pero también a partir de las primeras
  respuestas de los presos, quienes se convertían en cierto modo en sus
  propios encuestadores (Mauger, 1996:
  60).<xref ref-type="fn" rid="fn15">15</xref> Se trata pues de una
  investigación militante que procura borrar los límites de la polaridad
  existente entre investigador e investigado, e incide en la
  coparticipación de este último para hacer aflorar un saber
  sometido.</p>
  <p>Así, aprovechando el fin de la segunda huelga de hambre de los
  presos de la GP, Michel Foucault y otros
  intelectuales,<xref ref-type="fn" rid="fn16">16</xref> entre los
  cuales cabe citar a Pierre Vidal-Naquet y Jean-Mairie Domenach,
  decidieron hacer público el 8 de febrero de 1971, frente a la capilla
  de Saint-Bernard de Montparnasse, el manifiesto de fundación del
  <italic>Group d</italic>’<italic>information sur les prisons</italic>
  (GIP), que fue leído por Foucault y después distribuido a la prensa
  (Mauger, 1990: 60). El GIP fue el colectivo que organizó la confección
  del cuestionario y el que protagonizó en el trascurso de los años
  siguientes, tras la ilegalización de la GP, la lucha por la defensa de
  los presos y la denuncia del régimen punitivo de la prisión,
  <italic>esa caja negra de nuestro sistema social</italic> (GIP, 1971a:
  175).</p>
  <p>A estos efectos el GIP movilizó una variedad considerable de
  instrumentos de acción. Los panfletos, las ruedas de prensa, las
  representaciones teatrales, los documentales y las manifestaciones
  ocuparon, como es evidente, un lugar destacado. Pero también lo hizo
  la visibilidad otorgada a las familias de los reclusos y a los propios
  detenidos, que por primera vez tenían la posibilidad de testificar
  públicamente y proporcionar información estratégica acerca del sistema
  penitenciario y las constantes privaciones que imponía (Foucault,
  1971a: 204-205). Por ejemplo, proporcionando:</p>
  <list list-type="bullet">
    <list-item>
      <p>Datos sobre la clientela de la prisión (¿Quién va a la cárcel?
      ¿Cuál es su procedencia social?).</p>
    </list-item>
    <list-item>
      <p>Datos sobre el régimen de los internos (¿Cómo son los
      edificios, la higiene? ¿Cómo funcionan los talleres, el control
      médico? ¿Qué tipo de abusos son frecuentes?).</p>
    </list-item>
    <list-item>
      <p>Datos sobre las consecuencias del etiquetaje que sufren las
      personas al salir de prisión (¿A qué formas de exclusión laboral o
      recreacional son sometidas? ¿Qué significa, en nuestra sociedad,
      ser alguien que ha salido de la prisión?).</p>
    </list-item>
  </list>
  <p>De manera paralela, el GIP también utilizó formas innovadoras de
  difusión. Las más célebres fueron la obra teatral (1972) organizada
  por el Théâtre du Soleil dedicada al motín de Nancy (donde Foucault y
  Deleuze asumen el papel de policías), así como el documental dirigido
  por René Lefort y Hélène Châtelain, <italic>Les prisons aussi</italic>
  (1973). Todo ello, además, amplificado por la fama y el capital
  político de los fundadores del GIP, lo cual hizo posible que espacios
  mediáticos de primer orden —<italic>Le Monde, Le Nouvel Observateur,
  Esprit</italic>— cubriesen tanto las acciones públicas del colectivo
  como los resultados de las encuestas realizadas por los presos. Algo
  que no gustó demasiado a quien por aquel entonces era ministro de
  Justicia, el cual dirigió una carta al director de <italic>Le
  Monde</italic> para quejarse de un artículo que consideraba partidista
  (Salle, 2004: 10). Sin embargo, la rápida intervención del ministro no
  hacía sino demostrar a las claras que la acción del GIP estaba dando
  sus frutos: la publicación de los resultados de las encuestas fue el
  detonante para que el gobierno iniciara una campaña de estigmatización
  del GIP, acusando a sus miembros de “agitadores peligrosos” y cargando
  sobre ellos la responsabilidad de los motines carcelarios de 1971-1972
  (Perrot, 1986: 34).</p>
  <p>Los resultados de las encuestas se publicaron en una colección de
  folletos aparecidos entre 1971 y 1973, y que llevaban por título
  <italic>Intolérable.</italic> En total, se publicaron cinco volúmenes,
  de los cuales los dos primeros se editaron en Champ Libre y los tres
  últimos en la editorial Gallimard. El primero, <italic>Enquête dans
  vingt prisons. Intolérable 1</italic> (mayo 1971), se redactó a partir
  de las respuestas dadas por los presos al cuestionario motivado desde
  el GIP, incluyendo dos relatos en los que los reclusos toman la
  palabra tras sus respuestas a dicho cuestionario. El número contiene
  también un prólogo incendiario del que se desconoce la autoría, pero
  del que se puede pensar, sin riesgo de equivocarse, que fue obra de
  Foucault. El segundo, <italic>Le Gip enquête dans une prison modèle:
  Fleury-Mérogis. Intolérable 2 (junio 1971)</italic>, alterna los
  testimonios de los presos y los comentarios del GIP. Este número trata
  de poner de manifiesto, a partir de los relatos de los presos, los
  mecanismos de vigilancia y poder que coexisten en la prisión, así como
  las resistencias y los ajustes secundarios elaborados por los presos.
  El tercer volumen, titulado <italic>L</italic>’<italic>assassinat de
  George Jackson</italic> (noviembre de 1971), está dedicado al
  militante afroamericano asesinado en la prisión de San Quentin. El
  volumen incluye dos entrevistas concedidas en los meses anteriores a
  su muerte, así como un prólogo del escritor Jean Genet. El cuarto
  volumen, <italic>Cahiers de revendications sortis des prisons lors des
  récentes révoltes, Intolérable 3 (abril de 1972),</italic> contiene
  las demandas, tal como fueron articuladas por los propios reclusos, de
  seis prisiones. Asimismo, se incluyen diversos testimonios de
  detenidos, antiguos presos, asistentes sociales y demás personal que
  interviene en la prisión. Por último, el quinto volumen,
  <italic>Suicides de prisons. Intolerable 4</italic> (febrero de 1973),
  entrelaza las cartas de los presos con datos cuantitativos sobre las
  tasas de suicidios en las prisiones en el año 1972, así como un
  análisis en el que se sugiere la idea, tan foucaultiana, de que la
  prisión es una fábrica de delincuentes.</p>
  <p>La publicación de tales
  informaciones,<xref ref-type="fn" rid="fn17">17</xref> unida a su
  amplia difusión gracias al acceso privilegiado que sus miembros tenían
  a los medios de comunicación, hacía del GIP un blanco estratégico a
  neutralizar.</p>
  <p>Meses más tarde, desgastado por el ataque constante del gobierno y
  por su alejamiento de las lógicas del maoísmo, el GIP acabó por
  disolverse en diciembre de 1972, no sin haber mostrado antes la
  emergencia de un modo de militancia alejado de las pretensiones
  vanguardistas y de la disciplina de partido. A este respecto, cabe
  señalar que la conformación interna del GIP fue bastante plural y
  heteróclita si se compara con las organizaciones maoístas de la época
  (Foucault, 1980b: 96-97). No solo se componía de intelectuales, sino
  que también aglutinaba a víctimas directas de la prisión (antiguos
  detenidos, familiares de detenidos) y a profesionales que trabajaban
  en la órbita del sistema penitenciario; por ello su reclutamiento
  chocaba con las lógicas propias del compromiso tradicional
  izquierdista. A nadie se le exigía conformidad ideológica o
  acatamiento de directivas; la única consigna del GIP era <italic>dar
  la palabra a los reclusos</italic>, dejar que fuese su discurso, sin
  intermediarios parasitarios, el que enunciase lo que ocurre realmente
  en las prisiones (Foucault, 1971b: 206). Se trataba, pues, no de
  formar una vanguardia que aspirase a representarlos, sino de tomar en
  serio el discurso desvalorizado de los presos para hacer de él un
  saber colectivo.<xref ref-type="fn" rid="fn18">18</xref> Así, frente
  al intelectual orgánico de los partidos y organizaciones sindicales,
  se esboza aquí la figura del “intelectual específico”, que no es ni un
  pedagogo ni un profeta, sino simplemente un facilitador (Foucault,
  1972b: 308).<xref ref-type="fn" rid="fn19">19</xref> Su tarea consiste
  en compilar la información producida por los presos con el objeto de
  establecer una vasta red de comunicación entre ellos y alrededor de
  ellos. Red que permitirá visibilizar por un lado lo que sucede en el
  interior de las prisiones (motines, suicidios, huelgas de hambre,
  malas condiciones, agresiones, reivindicaciones) y fomentar por otro
  la acción y la discusión coordinada entre los presos, dejando que sean
  ellos mismos quienes propaguen, dentro y fuera de la prisión, la
  percepción de lo
  intolerable.<xref ref-type="fn" rid="fn20">20</xref></p>
  <p>Llegados a este punto parece razonable considerar que la redacción
  de <italic>Vigilar y castigar</italic> debe mucho a la experiencia del
  GIP. Es notorio, como se ha dicho, que Foucault fue miembro fundador
  del colectivo: de su compromiso queda constancia en infinidad de
  manifestaciones, ruedas de prensa, entrevistas, panfletos y algún que
  otro desencuentro con la policía. Asimismo, conocía de primera mano
  las cartas y los testimonios enviados por los presos al 285 Rue
  Vaugirard, dirección oficial del GIP, pero también residencia
  particular de Foucault. Todo ello hizo que el pensador francés tuviese
  plena conciencia de los malos tratos en las prisiones, así como de las
  decisiones y los abusos que hacían de las cárceles espacios
  arbitrarios. Atendiendo a estos fenómenos, indagando en la
  racionalidad que operaba en ellos, es como Foucault se vio interpelado
  a rastrear la existencia de una microfísica del poder, de una
  tecnología de control y de gobierno sobre el cuerpo que él mismo
  teorizará dos años después en <italic>Vigilar y castigar</italic>
  (Artières <italic>et al.,</italic> 2011: 14).</p>
  <p>En una clave semejante, ha de comprenderse otra de las tesis del
  libro que debe mucho a la experiencia del GIP: la idea de que la
  prisión, lejos de buscar la enmienda de los detenidos, procede sin
  embargo a la gestión diferenciada de los ilegalismos. El cuarto
  volumen de <italic>Intolérable</italic>, publicado en 1973, trata,
  entre otras cosas, esta importante cuestión. La lectura de las cartas
  y los relatos de vida de los presos, en las que se pone de manifiesto
  su procedencia, su carrera delictiva y las exclusiones permanentes que
  sufren, constituye un elemento imprescindible en la comprensión de la
  cárcel como un lugar que produce delincuencia. Una lectura que suscita
  la idea de que el “fracaso de la prisión”, al menos en lo que respecta
  a sus pretensiones resocializadoras, resulta sólo un inconveniente
  momentáneo que puede ser estratégicamente explotado, sea para mantener
  un conflicto permanente en la sociedad, sea para aislar ciertas formas
  de ilegalismos, estigmatizándolos y haciéndolos manejables (Cohen,
  1988: 51). Tales ideas son además objeto de reflexión de un texto que
  acompaña a los relatos de vida del cuarto volumen de
  <italic>Intolérable</italic>.</p>
  <p>Así que, a modo de conclusión, cabe sostener que <italic>Vigilar y
  castigar</italic>, pese a su innegable espesor teórico, debe mucho a
  la experiencia militante de Foucault en el
  GIP.<xref ref-type="fn" rid="fn21">21</xref> Fue esta coyuntura,
  repleta de motines, abusos y reivindicaciones que apelaban a impugnar
  la violencia ejercida sobre los cuerpos, la que lo incitó al análisis
  de las relaciones de poder. La que le brindó la pista, por así decir,
  para el estudio de la prisión desde la perspectiva del cuerpo como
  objeto de sujeción política. Dos años después, tras la oleada de
  motines carcelarios del verano de 1974, salía a la luz <italic>Vigilar
  y castigar</italic>. <italic>Nacimiento de la
  prisión.</italic><xref ref-type="fn" rid="fn22">22</xref></p>
  <p>El estruendo de la batalla todavía seguía ahí…</p>
</sec>
</body>
<back>
<fn-group>
  <fn id="fn1">
    <label>1</label><p><italic>El presente artículo forma parte del
    proyecto investigación I+D “La contemporaneidad clásica y su
    dislocación: de Weber a Foucault”
    (PID2020—113413RB-C31)..</italic></p>
  </fn>
  <fn id="fn2">
    <label>2</label><p>Como se sabe, tales cursos se publicaron entre
    finales de la década de 1990 y primeros años de la década de los
    2000. Véanse, en particular, Foucault (1997, 2004a, 2004b).</p>
  </fn>
  <fn id="fn3">
    <label>3</label><p>Nos referimos a la compilación de Lenoir e Yvorel
    (1996), conmemorando el vigésimo aniversario.</p>
  </fn>
  <fn id="fn4">
    <label>4</label><p>En el mismo sentido, las compilaciones de
    Cicchini y Porret (2007), con motivo del trigésimo aniversario, y la
    de Fouchard y Lorenzini (2017), en el cuadragésimo.</p>
  </fn>
  <fn id="fn5">
    <label>5</label><p>Véase, a este respecto, el célebre pasaje de su
    entrevista con Duccio Trombadori: “Soy absolutamente consciente de
    que efectúo permanentes desplazamientos tanto en relación con las
    cuestiones que me interesan como en relación con aquello que antes
    pensé. […]. Yo escribo porque no sé aún qué pensar acerca de un tema
    que despierta mi interés. Al hacerlo, el libro me transforma, cambia
    lo que pienso […]. En este sentido, me considero un experimentador,
    más que un teórico, no desarrollo sistemas deductivos que se
    apliquen de manera uniforme a diversos ámbitos de investigación.
    Cuando escribo, lo hago sobre todo para cambiarme a mí mismo y ya no
    pensar lo mismo que antes” (Foucault, 1980a: 41-42).</p>
  </fn>
  <fn id="fn6">
    <label>6</label><p>En su entrevista con Gilbert Tarrab, Foucault
    (1976a: 88) se muestra ambiguo ante el fenómeno de regresión y
    desmantelamiento de la cárcel en los años setenta. Por una parte,
    admite lo que parecía evidente para los criminólogos de la época, a
    saber, que la sentencia de prisión estaba en declive y en su lugar
    se habían disparado formas no carcelarias de sanción. Pero, por otro
    lado, revelaba un escepticismo ante las conclusiones (demasiado
    apresuradas) que ciertos analistas deducían de ese desmantelamiento.
    Para él, lejos de significar el fin de la institución penitenciaria,
    las llamadas “alternativas a la prisión” constituían una “iteración
    de la prisión bajo formas ligeramente diferentes”. Es decir, eran
    penas que, aunque no trajeran consigo el encierro, sí adoptaban
    idénticas funciones disciplinarias que se podían advertir en los
    programas clásicos de la prisión. Tal idea es retomada con fuerza en
    otra conferencia impartida en la Universidad de Montreal. Allí
    Foucault identificaba tres funciones perdurables: 1/ La virtud
    redentora del trabajo, su capacidad de transformación moral del
    prisionero. 2/ El principio de refamiliarización: la familia como un
    instrumento para la prevención y corrección de la criminalidad. 3/
    La autopunición como principio de corrección: la</p>
    <p>pena busca hacer participar al individuo en los mecanismos de su
    propia punición. En suma, lo que Foucault (1976b: 19) veía en el
    desmantelamiento de la prisión era en realidad la difusión de las
    viejas funciones carcelarias más allá del espacio cerrado de la
    prisión.</p>
  </fn>
  <fn id="fn7">
    <label>7</label><p>Vale la pena, por su claridad, transcribir el
    pasaje de Foucault: “No hay era de lo legal, era de lo
    disciplinario, era de la seguridad. No tenemos mecanismos de
    seguridad que tomen el lugar de los mecanismos disciplinarios, que a
    su vez hayan tomado el lugar de los mecanismos jurídico-legales. De
    hecho, hay una serie de edificios complejos en los cuales el cambio
    afectará, desde luego, las técnicas mismas que van a perfeccionarse
    o en todo caso a complicarse, pero lo que va a cambiar es sobre todo
    la dominante […], el sistema de correlación entre los mecanismos
    jurídico-legales, los mecanismos disciplinarios y los mecanismos de
    seguridad” (Foucault, 2004b: 10).</p>
  </fn>
  <fn id="fn8">
    <label>8</label><p>Una visión de las luchas en los años post-68 en
    Artières y Zancarini-Fournel (2003).</p>
  </fn>
  <fn id="fn9">
    <label>9</label><p>Frente a la esperanza leninista del PCF, que basa
    su estrategia en la conquista organizada (y vanguardista) del poder
    estatal, el <italic>gauchisme</italic> contrapone una concepción
    descentralizada de la práctica revolucionaria. La revolución
    permanece en la agenda política, sí, pero en lugar de articularse en
    el ámbito productivo, el énfasis se pone en la necesidad de combatir
    los mecanismos ideológicos a través de los cuales se ejerce (y se
    reproduce) la dominación de clase. Así, todos los espacios son
    campos susceptibles de subversión política: la fábrica, la escuela,
    el manicomio, la prisión, la familia. Esta línea estratégica queda
    definida en Geismar <italic>et al.</italic> (1969).</p>
  </fn>
  <fn id="fn10">
    <label>10</label><p>Raymond Marcellin, a la sazón ministro del
    Interior, en una entrevista a <italic>Le Monde</italic> en julio de
    1970, cifraba la situación así: 90 presos, 153 personas en libertad
    bajo fianza, 150 penas de prisión suspendidas, 202 multas. Véase
    Vimont (2015: 27).</p>
  </fn>
  <fn id="fn11">
    <label>11</label><p>La reivindicación del estatus
    <italic>político</italic> de los detenidos fue un aspecto
    fundamental de la lucha emprendida por los presos que realizaron la
    segunda huelga de hambre de enero de 1971. Ellos mismos, en un
    comunicado aparecido en el primer número del órgano de expresión,
    <italic>Sécours Rouge</italic>, señalaban: “Nos solidarizamos con
    todos los que sufren este odioso sistema penitenciario (…) [La
    burguesía] querría reducir los actos revolucionarios a delitos de
    <italic>derecho común.</italic> Tal es la razón por la que
    comenzamos una huelga de hambre para exigir el carácter político de
    nuestros actos”. Véase Vimont (2015).</p>
  </fn>
  <fn id="fn12">
    <label>12</label><p>El ministro René Pleven concedió el “régimen
    especial”, propio de los presos preventivos, a los condenados e
    imputados por el Tribunal de Seguridad del Estado. Con ello accedían
    a mejoras en sus condiciones de vida (más visitas, paseos más
    largos, acceso a libros, prensa y radio). También accedió a
    beneficiar a los directivos de <italic>La Cause du peuple</italic>,
    condenados en virtud de la ley de prensa de 1881. Véase Vimont
    (2015: 47).</p>
  </fn>
  <fn id="fn13">
    <label>13</label><p>El asesinato de Jackson tuvo un notable eco en
    Francia. Recuérdese que el <italic>Groupe d’information sur les
    prisons</italic>, orquestado por Foucault, dedicó su tercera
    publicación al asesinato de George Jackson, incluyendo una
    entrevista con él y un prólogo del escritor Jean Genet. Foucault
    (1974: 531-534), en su texto dedicado a los motines de Attica,
    retoma el tema de la división entre presos comunes y presos
    políticos para cuestionarla.</p>
  </fn>
  <fn id="fn14">
    <label>14</label><p>En su debate con André Glucksmann [Gilles] y
    Benny Lévy [Victor], en aquel momento interlocutores de la GP,
    Foucault (1972a) aclara sus críticas a la forma-tribunal y comenta
    el caso del tribunal de Lens.</p>
  </fn>
  <fn id="fn15">
    <label>15</label><p>Según el prefacio de
    <italic>Intolérable</italic>, el folleto en el que figuran los
    resultados de las encuestas, se introdujeron cerca de mil ejemplares
    en veinte prisiones. Naturalmente, tales cuestionarios no tuvieron
    la confirmación oficial de los centros penitenciarios, sino que se
    distribuyeron entre los profesionales que intervenían en centros
    penitenciarios y los familiares de los reclusos, a fin de que estos
    los infiltraran durante su visita a la prisión. Véase GIP (1971b:
    196-197).</p>
  </fn>
  <fn id="fn16">
    <label>16</label><p>Además de los firmantes, cabe añadir los
    siguientes nombres: Daniel Defert, Gilles Deleuze, Jacques Donzelot,
    Claude Liscia, Hélène Cixous, Jean-Claude Milner, Danièle Rancière,
    François Regnault, etc.</p>
  </fn>
  <fn id="fn17">
    <label>17</label><p>Un análisis en Perrot (1986: 32-34), Artières
    <italic>et al.</italic> (2003), Poncela (2021).</p>
  </fn>
  <fn id="fn18">
    <label>18</label><p>Véase la claridad con la cual se expresa
    Foucault: “El intelectual no puede seguir desempeñando el papel de
    dar consejos. El proceso, las tácticas, los objetivos deben
    proporcionárselos aquellos que luchan y forcejean por encontrarlos.
    Lo que el intelectual puede hacer es dar instrumentos de análisis
    […] Ahí está el papel del intelectual. Y ciertamente no en decir:
    esto es lo que debéis hacer” (Foucault 1975d: 759).</p>
  </fn>
  <fn id="fn19">
    <label>19</label><p>“El GIP no se propone hablar por los presos de
    las distintas cárceles: al contrario, se propone darles la
    posibilidad de hablar por sí mismos, y decir lo que pasa en las
    prisiones”. Véase GIP (1971c).</p>
  </fn>
  <fn id="fn20">
    <label>20</label><p>La fórmula de compromiso político que inaugura
    el GIP servirá de modelo para la conformación de otros grupos como
    el GIS (<italic>Groupe d’information sur la Santé</italic>), el GIA
    (<italic>Groupe d’information sur les Asiles</italic>) o el GISTI
    (<italic>Groupe d’information et de Soutien des Travailleurs
    Immigrés</italic>).</p>
  </fn>
  <fn id="fn21">
    <label>21</label><p>Relación que Foucault admite sin reservas en su
    tensa conversación con Paul Thibaud, quien insinuó que el GIP no
    supo, o tal vez no pudo, debido a la radicalidad de Foucault,
    articular un programa de reforma de las prisiones: “Pero, mire, tras
    la experiencia del GIP, comencé y terminé mi libro sobre las
    prisiones. Y lo que me apena no es que usted tenga la extraña idea
    de deducir de mi libro, que me temo ha entendido mal, mi influencia
    venenosa sobre el GIP; es que no tuvo siquiera la simple idea de que
    este libro debe mucho a esa experiencia, y que, si contuviera dos o
    tres ideas correctas, es ahí de donde las habría tomado” (Foucault,
    1980b: 97). En cualquier caso, sí se produjeron ciertas reformas
    penitenciarias, véase Poncela (2021).</p>
  </fn>
  <fn id="fn22">
    <label>22</label><p>Respecto a la pregunta de por qué Foucault se
    demoró dos años en publicar su libro sobre la prisión, cabe recordar
    lo que señalan los editores de <italic>Dits et écrits</italic>:
    “Michel Foucault retrasó dos años la escritura de su <italic>Libro
    sobre las penas</italic> para que los presos no pudieran suponer que
    solo tenía un interés especulativo en su acción militante […]”.
    Véase GIP (1971a: 174).</p>
  </fn>
</fn-group>
<ref-list id="bibliografia">
  <title>Bibliografía</title>
  
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