ISSN: 2255-3827 • e-ISSN: 2255-3827
RESEÑAS
Mientras en Europa se produce una revitalización de los nacionalismos más oscuros y herméticos, acompañados de una creciente ola de discursos xenofóbicos, se torna crucial replantearnos la naturaleza del proyecto europeo. Dicha tarea es la que va a asumir Delia Manzanero en su libro Laberintos de Europa: Mito, tragedia y realidad cultural (2023), donde llevará a cabo una revisión del ideal europeo valiéndose del mito del laberinto del Minotauro. Dicha forma de proceder –pensamiento mítico– permitirá a nuestra filósofa adentrarse en los más profundos recovecos del imaginario europeo, pues los mitos actúan como “un sismógrafo de su tiempo, un indicador del inconsciente cultural de la época” (p. 11).
La obra tiene una estructura tetrapartita en la que se reparten siete capítulos dedicados al estudio de los distintos personajes que aparecen en el antiguo relato griego y que funcionan como puente perfecto para abordar los problemas actuales de Europa. Los dos primeros capítulos, pertenecientes a la primera parte del libro, nos sitúan en la entrada de una Europa laberíntica concebida bajo la imagen del mito cretense. El siguiente par de capítulos, que encontramos en la segunda parte, profundizan en la concepción laberíntica de Europa, en la ceguera que caracteriza al europeo contemporáneo y en las consecuencias del economicismo radical que impera en el continente. En la tercera parte de la obra nos encontramos con dos capítulos –el cinco y el seis– que abordan directamente los problemas más graves a los que debemos enfrentarnos, entre los cuales se encuentran el nacionalismo radical o el hermetismo estatal. Por último, nos encontramos en la cuarta parte del libro un séptimo capítulo, donde, con una valentía encomiable, la autora se lanza a la búsqueda de una salida de la situación fatal en la que nos encontramos –salida que constituye una de las virtudes de este escrito.
El sugerente ajuste de Europa a una imagen laberíntica tiene, como ya se ha mencionado, su razón en el peculiar acceso que se propone en este escrito a la realidad europea desde el mito del Minotauro. En este laberinto es donde nos encontramos con Teseo, héroe de esta historia y contrafigura del ciudadano europeo, pero también con la bestia taurina, representante de lo bárbaro de la cultura occidental que anida en el interior mismo del laberinto. Ahora bien, Europa no es un laberinto cualquiera: es un “laberinto de laberintos, no una mera unificación totalizadora, sino una pretendida unidad en la diversidad, pues múltiples son los laberintos de los Estados europeos” (p. 23). De acuerdo con esto, podemos defender una doble interpretación de lo que es Europa. Por una parte, Europa es un laberinto de laberintos al confluir en ella una doble perspectiva: la Europa real y la Europa ideal, lo que ha sido y es Europa, y hacia lo que se proyecta. Por otra parte, la multiculturalidad de los Estados miembros de la Unión Europea –formalización institucional del ideal europeo– no se pretende unívoca e irreducible, sino que perdura en la diferencia cultural bajo el paraguas de un objetivo común. Como consecuencia, Europa, más que una región, es un ideal, una proyección que se encuentra siempre abierta tanto para sí misma como para con los demás, razón por la que “no es posible dibujar una Europa redonda, sin cabos sueltos” (p. 46). En esto estriba precisamente su naturaleza trágica.
En este laberinto de laberintos que es Europa, nosotros, los ciudadanos europeos, nos encontramos perdidos, extrañados por la dirección deshumanizadora que ha tomado Occidente. Dicha crítica no es, desde luego, algo novedoso; ya en el siglo pasado, las mentes más sensibles mostraban su recelo ante el avance técnico y la consecuente desvalorización de las humanidades. Hoy en día, consumada la meta de este desplazamiento, hemos perdido todo rastro de significación humana.
Volviendo a nuestra estancia en el laberinto, entre sus vastas paredes y sinuosos caminos no nos encontramos solos. Junto a nosotros acecha el Minotauro, la barbarie, pues esta es también su morada. Así, en el interior de Europa ha habitado siempre su mayor peligro: el euroescepticismo que lleva a la individuación y radicalización de los Estados bajo consignas nacionalistas y xenófobas. Contra estos males debemos luchar para encontrar una salida segura del laberinto que nos permita encontrarnos de nuevo. Es decir, enfrentándonos a los discursos divisivos que imperan hoy, debemos recuperar el ideal común europeo. Tal será nuestra tarea.
En medio de estas circunstancias no podemos sino preguntarnos cómo hemos llegado hasta este punto, lo cual requiere de una vuelta al mito cretense. Más concretamente a las figuras de Dédalo, constructor del ponente laberinto que debía contener a la bestia bobina, y su hijo Ícaro. Si recordamos el relato griego, ambos fueron desterrados al laberinto por el rey Minos como castigo por haber ayudado a Pasífae en su encuentro amoroso con un toro blanco –del que surgió la semilla ‘minotáurica’. Dédalo queda así recluido en los mismos muros que él mismo levantó. Si extrapolamos esto al laberinto europeo, vemos cómo es la propia Europa quien crea sus pasillos mientras levanta los cimientos de su propia desdicha, renunciando, cuanto más nos adentramos en este nuestro siglo XXI, al ideal universal que tanto la caracteriza.
La figura de Ícaro es todavía más representativa del problema europeo. Recordemos que, para escapar del laberinto, Dédalo construyó unas alas de arcilla con las que surcar los cielos cuyo único problema era que era necesaria una técnica prudencial para su uso: no se podía volar muy bajo –pues el mar mojaría las plumas de las alas, impidiendo el vuelo– ni muy alto –pues el calor del sol derretiría la arcilla que las componía. Pero en vistas a la magnificencia del vuelo, la soberbia se apoderó de Ícaro, que voló demasiado alto, derritiendo así el sol sus alas y cayendo al mar para morir ahogado. Esta misma soberbia que condenó a Ícaro a las profundidades del Mediterráneo es la que condena ahora a Europa a sumirse en los oscuros discursos nacionalistas y xenófobos. Europa, ninfa de origen asiático, se sintió invencible al encontrarse frente a su propio poder, desconociendo la máxima del pórtico de Delfos que nos impone el conocernos a nosotros mismos. Como consecuencia,
en tiempos de una fe generalizada en el progreso, se nos ha revelado una dimensión paradójica: y es que ese modelo de crecimiento y explotación sin límites que, por un lado, ha hecho crecer la productividad, por otro lado, ha generado un modelo depredador que acarrea constantes amenazas letales para la humanidad (p. 108)
La hybris [soberbia] europea da lugar así a una violencia bruta que deriva en una cultura de la frontera, que demarca perfectamente el adentro y el afuera, condenando a aquellos que no han sido bendecidos con el don de la nacionalidad. El Minotauro, apresado fuera de los muros, no puede equipararse con un Teseo que, afligido por lo visto en el exterior, se recluye en el interior del laberinto. Pues bien, es en esta vuelta a sí mismos de los Estados europeos donde se han desarrollado los discursos nacionalistas y xenófobos. Siguiendo con el paralelismo mítico, será el Minotauro el que quede fuera de los muros de la civilización, perseguido por esta última al personalizar lo más bárbaro de ella misma.
Ahora bien, tenemos que hacer un esfuerzo –siendo esta una de las partes esenciales del escrito– por escuchar a esa otra parte minotáurica que ha quedado fuera de los muros. Como indicamos al comienzo, los mitos nos pueden servir para comprender nuestro propio presente. Pero junto a este poder desvelador del mito se encuentra una posibilidad encubridora, fabuladora, que debe mantenernos siempre alerta. Hemos dicho ya que Europa no es nunca una esfera perfecta y que siempre tendrá cabos sueltos. Dicha afirmación es la que nos tiene que llevar a dudar de la univocidad envolvente del relato mítico para tratar siempre de escuchar a la otra parte del mito, esto es: “el Minotauro, [que] no existe la mayor parte del tiempo, no se narra su historia, a nadie le importa, es un error” (p.139).
Desde esta nueva perspectiva la autora se pregunta qué hubiera pasado si Teseo hubiese hecho tal cosa: ¿podría haberse salvado en lugar de caer presa de un baño de sangre?; ¿entendería Teseo todo el dolor que le ocasionó el rey Minos? Lo que está claro es que un sentimiento de solidaridad para con el otro, en este caso el Minotauro, habría asaltado la mente de Teseo –quien quizás no hubiese azuzado a su presa de la misma manera. Esta es la característica del verdadero proyecto europeo que se está dejando de lado al ignorar a las poblaciones minotáuricas, aquellas reprimidas en la sociedad mediante una inclusión por la exclusión que pone de relieve su alteridad y les borra el rostro. Para salir del laberinto en el que nos encontramos encallados, de los pasillos y recovecos que ocupan los pensamientos nacionalistas y xenófobos, necesitamos, pues, recuperar este proyecto empático universal que ha caracterizado a Occidente. La cuestión es, ¿cómo llevamos a cabo este rescate, esta salida del laberinto?
La única manera de terminar con la tendencia divisoria que atenaza Europa –que la autora va a calificar como racismo performativo– es mediante la elaboración de otro mito, uno “que opere como un segundo mito cuyo poder consiste en refundar el primero y en reparar su ingenuidad” (p. 195). Dicha creación de un nuevo mito, que no es sino una nueva forma de abordar la realidad, solamente puede ser llevado a cabo a través de la educación, “arma necesaria para avanzar y salir de la crisis económica y un elemento imprescindible para hablar de la integración de Europa” (p. 210). Por ende, lo primero que debemos hacer para salvar a Europa es recuperar un ideal pedagógico que nos permita educar a todo ciudadano en los valores europeos, tales como la tolerancia, la dignidad y el respeto por los derechos humanos. Tarea complicada, pues las instituciones pedagógicas no hacen sino fomentar una educación que descuida la responsabilidad que los alumnos deben tener con ellos mismos y su sociedad, convirtiéndolos en unos idiotas especializados –término que hace referencia al desinterés absoluto por lo público debido a un interés total por lo privado.
Este será nuestro hilo de Ariadna, objeto que en su momento sirvió a Teseo para escapar del oscuro laberinto, y que ahora nos servirá a nosotros para, partiendo de la educación de los ciudadanos, recuperar el ideal europeo de una solidaridad internacional. Solidaridad que servirá de base para establecer un cosmopolitismo cooperativo internacional que nos permita afrontar como especie el nuevo universalismo de la amenaza que hemos visto reflejado en la reciente pandemia. Por esto mismo debe tratarse de una solidaridad empática que vaya más allá de nuestros círculos cercanos, más allá del nosotros, para poder empatizar con ellos. Ahora bien, este hilo pedagógico debe ser tejido por Ariadna, representación mítica de aquella vertiente del conocimiento humano que estaba siendo desvalorizada: las humanidades. Es decir, solamente mediante el cultivo de las mismas podremos dotar a nuestra enseñanza de la dignidad suficiente para que fomente entre el alumnado los valores europeos, dando lugar a “la construcción de seres humanos con una moral más elevada” (p. 201) y asentando las bases del cosmopolitismo europeo.
De esta manera, podremos tratar de recuperar el ideal europeo y salir del laberinto que nosotros mismos hemos construido. La fortaleza europea no se encuentra, pues, en el levantamiento de fronteras y en la aplicación indiscriminada de violencia bruta, sino en la solidaridad para con el otro, con el prójimo al que comprendemos y compadecemos, con la comunidad. En definitiva, en una apertura a la alteridad –crítica en su base– con la que se fomenta la prosecución de fines comunes: “para evitar la catástrofe política y económica, lo que se precisa no es una Europa fortaleza, sino una Europa social. Precisamos una Europa tan solidaria ad extra como democrática ad intra. Solo así será posible la construcción de nuestra casa común” (p. 101)
Para terminar, me gustaría señalar una de las consecuencias más importantes que tiene la recuperación del proyecto europeo: la transformación de la labor docente. Siendo la educación la puerta de entrada de las humanidades, las cuales permiten el desarrollo de las virtudes europeas, los maestros se convierten en los guías de las nuevas generaciones para el futuro. Estos dejan de reproducir los conocimientos académicos para “educar el corazón de la gente” (p. 216), educación que se llevará a cabo tanto desde la parte teórica como de la parte práctica.
Pese a que aquí termina nuestro recorrido por el laberinto europeo que nos ha brindado este magnífico ensayo, este no queda ni mucho menos agotado. Por el contrario, dicho laberinto se mantiene abierto a nuevas expediciones que nos permitan seguir tejiendo la construcción continua de ese ideal europeo al que debemos aspirar, que no es sino la recreación de “la democracia a escala humana” (p. 200).