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ARTÍCULOS

Universidad, cuerpo y general intellect: notas para un análisis materialista del trabajo en la economía política del conocimiento contemporánea1

Martín Fleitas
Universidad de la República, Uruguay ORCID iD
Agustín Aranco
Universidad de la República, Uruguay ORCID iD
Diego Castro
Investigador independiente ORCID iD
Facundo Correa
Universidad de la República, Uruguay ORCID iD
Abril Estades
Universidad de la República, Uruguay ORCID iD
Lucas Gili
Investigador independiente ORCID iD
Recibido: 13/05/2024 • Aceptado: 28/10/2024 • Publicado: 13/01/2025

Resumen: El artículo aborda la función material que ocupa en nuestro tiempo la universidad, y dentro de ella las humanidades, en relación con la generación, apropiación y fiscalización del saber. Para ello se abordan sus contemporáneas formas de corporativización, precarización laboral, mercantilización y burocratización, y se elabora un marco teórico materialista que permite analizarlas en relación con las estructuras vigentes de producción capitalista. El marco teórico es estructurado con base en los conceptos de general intellect (Karl Marx), cuerpo y técnica (Paolo Virno), y experiencia (Walter Benjamin), y sirve a los autores para ofrecer un análisis acerca de la impotencia que exhiben las humanidades a la hora de actualizar algún componente de la promesa material que algunos teóricos identifican en aquel saber público denominado general intellect. El artículo sugiere que dicha impotencia radica en la promoción de una experiencia laboral universitaria signada por la ambigüedad de la técnica (que oscila entre su ausencia y falsa presencia), la aislación individual, la precariedad material y temporal, y la generación endémica de síntomas tanto físicos como anímicos en sus trabajadores (docentes e investigadores). Como saldo, se recomienda orientar el análisis de estos problemas hacia la dificultosa relación que la universidad traba con el general intellect.

Palabras clave: Universidad, humanidades, precariedad, general intellect, cuerpo, experiencia.

ENG University, body and general intellect: notes for a materialist analysis of the contemporary political economy of knowledge

Abstract: The article addresses the material function that the university, and within it the humanities, occupies in our time, in relation to the generation, appropriation and supervision of knowledge. To do this, its contemporary forms of corporatization, job precarization, commercialization and bureaucratization are addressed, and a materialist theoretical framework is developed that allows analyzing them in relation to the current structures of capitalist production. The theoretical framework is structured based on the concepts of general intellect (Karl Marx), body and technique (Paolo Virno), and experience (Walter Benjamin), and serves the authors to offer an analysis about the impotence that the humanities exhibit, when it comes to actualize some component of the material promise that some theorists identify in that public knowledge called general intellect. The article suggests that this helplessness lies in the promotion of a university work experience marked by the ambiguity of the technique (which oscillates between its absence and false presence), individual isolation, material and temporal precariousness, and the endemic generation of symptoms both physical as well as emotional in their workers (teachers and researchers). As a result, it is recommended to direct the analysis of these problems towards the difficult relationship that the university has with the general intellect.

Keywords: University, Humanities, Precariousness, general intellect, Body, Experience.

Sumario: Diagnóstico de la universidad contemporáneaGeneral Intellect y promesa material del saberExperiencia del (y en el) trabajoLa impotencia de las humanidadesConsideraciones finalesReferencias bibliográficas

Cómo citar: Fleitas, Martín; Aranco, Agustín; Castro, Diego; Correa, Facundo; Estades, Abril; Gili, Lucas (2025). Universidad, cuerpo y general intellect: notas para un análisis materialista del trabajo en la economía política del conocimiento contemporánea. Las Torres de Lucca. Revista internacional de filosofía política, 14(1), 87-98. https://doi.org/10.5209/ltdl.XXXXX


La universidad contemporánea parece verse comprometida en lo que respecta a la posibilidad de contar con agendas de investigación propias, o de parámetros específicos con los cuales evaluar sus propias producciones, más allá de lo establecido por el mercado capitalista. El incentivo neoliberal y corporativo que promueven ciertos grupos de presión sobre la dirección que toman los programas universitarios de enseñanza e investigación ha desencadenado una obsesión por el “paradigma de la medida” (Miller y Milner, 2004, p. 16), o por “la ley del gran número” (Adorno, 1969, pp. 53 y 90), objetivada en complejos y pretendidamente anónimos sistemas de indexación que poco o nada dicen de la calidad de lo producido. Mientras universidades de la periferia del sistema-mundo se enorgullecen de ingresar en ciertos rankings, otras, como la de Zúrich, se retiran por detectar en ellos una ilusión de objetividad, pretendiendo convertir en tasas estadísticas un conjunto de procesos institucionales hasta el momento difíciles, cuando no imposibles, de cuantificar. Crece la sospecha de que los rankings esconden un sistema de precarización que premia la cantidad de trabajos publicados en editoriales monopolizadas que contribuyen a privatizar el acceso al conocimiento, desangrar los fondos públicos de las universidades, rentabilizar procesos de investigación, metodologías y resultados que deberían redituar beneficios no solo empresariales, y corporativizar y burocratizar la estructura del funcionamiento universitario. Y en medio de este nuevo espíritu, navegan sin mucho rumbo sus docentes e investigadores: precarizados hasta el hartazgo en volátiles e hiperflexibles posiciones laborales, asfixiados por el imparable incremento de tareas, evaluados con cada vez mayor velocidad e individualización, y aquejados por un número cada vez mayor de malestares físicos y anímicos. Los trabajadores universitarios parecen sostener sobre sus hombros la estructura de una institución afiliada a la tendencia capitalista de desentenderse de sus condiciones materiales de reproducción. La nueva universidad no escatima en mostrarse indolente ante los cuidados que sus trabajadores necesitan para reproducir sus vidas materiales, en invadir el escaso tiempo que disponen para ellos mismos, en incrementar el número y la velocidad de actividades solicitadas, ni en exigir que rindan cuenta de sus nimios gastos en lapsos de tiempo cada vez más breves: en su lugar, la universidad contemporánea parece haber convertido la precarización laboral en una consolidada política económica del conocimiento, patente en sistemas de indexación, bases de datos, métricas de impacto, citas, y resultados que las vistas, cuellos y lumbares (y hasta las familias) de sus investigadores no dejan de padecer.

En este contexto, el presente artículo esboza un marco teórico materialista lo suficientemente sensible como para permitir la elaboración de un análisis reflexivo de la universidad contemporánea, en especial en los países centrales. En lo elemental, este marco teórico permite argumentar que las dificultades que atraviesa la universidad en la generación, apropiación y fiscalización del conocimiento surgen del tipo de relación que traba con aquel saber públicamente disponible, y conseguido intergeneracionalmente, que Karl Marx denominaba “general intellect”: es posible argumentar que la universidad contribuye hoy a fosilizar cierta impotencia social y política en la tarea de actualizar la promesa material disponible en aquel conocimiento colectivo. Para elaborar los aspectos medulares de tal marco teórico, comenzamos por determinar las coordenadas económicas, políticas y culturales más preocupantes dentro de las cuales se configura hoy la universidad en relación con la generación, apropiación y fiscalización del conocimiento (primera parte). Con base en ello reconstruimos luego la noción de general intellect que Marx presenta en los célebres “fragmentos de las máquinas” de los Grundrisse, y su relación con el trabajo vivo, el cuerpo y la técnica según Paolo Virno: aquí mostramos en qué consiste la promesa material que se suele identificar en el general intellect, y el papel que el operaísmo le concedía al cuerpo y a la técnica en el proceso de su realización (segunda parte). A continuación incorporamos una de las variantes de la noción de “experiencia” de Walter Benjamin con el propósito de dar cuenta de la compleja educación, socialización, y apropiación de las prácticas asociadas al uso del propio cuerpo dentro del trabajo: esto permite analizar procesos de transmisión logrados y fallidos a partir de los que las diferentes generaciones intentan hacerse con la capacidad corporal y laboral de actualizar la promesa del general intellect (tercera parte). Una vez justificada la relación teorética entre las nociones de general intellect, cuerpo, técnica y experiencia, procedemos a ensayar un análisis aproximativo de la experiencia laboral universitaria de nuestro tiempo que, signada por la precarización, invisibilización, aceleración y burocratización, ambigua la presencia de la técnica dentro de las humanidades y parcializa el cultivo de una experiencia que le permita a sus docentes e investigadores compartir y movilizar procesos de aprendizaje colectivos (cuarta parte). Con esto deseamos contribuir a la elaboración de un marco teórico que pueda enmarcar la función universitaria de nuestro tiempo hacia el interior de la estructura material de producción y reproducción capitalista, y dilucidar algunas fuentes experienciales, corporales y técnicas que impiden convertir alguna región de la dynamis del general intellect en energheia, tal como lo sugiere el vocabulario aristotélico al que recurre Virno.

Diagnóstico de la universidad contemporánea

El incremento de la precarización laboral y de la frustración personal de los docentes e investigadores humanísticos de nuestros días es uno de los rasgos más salientes de la universidad. Más o menos desde que Jean-François Lyotard (1990, pp. 63 y ss.) llamara la atención acerca de la crisis de legitimidad que sufría la universidad francesa, la tendencia parece ser de agravamiento. Según la opinión del francés, las dos versiones del metarrelato moderno que venía sosteniendo la autoridad del saber institucionalizado y fiscalizado por la universidad ya no se encontraban disponibles en el horizonte de sentido occidental: la universidad ni educaba al pueblo (por haberse convertido en una productora de saberes “útiles”, a saber, de administradores, ingenieros, funcionarios, etc.), ni representaba ya el faro moral y espiritual de la humanidad (por haber sucumbido a imperativos mercantiles).2

Desde entonces, al parecer, la universidad se ubica en competencia con otros ámbitos, grupos y organizaciones en la producción de conocimiento, desplazada especialmente por el poder de empresas privadas que monopolizan hoy los más poderosos recursos técnicos y tecnológicos de la innovación científica: resulta indiferente si hablamos de automatización, robótica, inteligencia artificial, bioelectrónica, nanotecnología, imagenología médica, o biomecánica dentro de la ingeniería biológica, articulando recursos y campos que se alían luego con intereses y recursos disponibles en áreas de innovación físicas (para el manejo de metales) y químicas (para la creación de fármacos), caemos en la cuenta de que en creciente medida se encuentran casi todas ellas orientadas por finalidades de aplicación comercial e industrial que coinciden con los intereses del sector privado de la producción.

No puede decirse que no hayan existido más o menos acertadas premoniciones de todo este escenario: la mutación burocrática, instrumental y capitalista del mundo universitario que Max Weber (1979, pp. 180231) describía a inicios del siglo pasado, ha terminado por instaurar una auténtica maquinaria compuesta por la empresa y el Estado.3 De manera que no debería sorprendernos demasiado si hoy la universidad ya no puede perseguir fines alternativos a los requeridos por la industria, las empresas y la burocracia,4 sino que debería llamarnos la atención el recrudecimiento de las múltiples fuerzas centrífugas que precarizan sin límites los puestos laborales universitarios, que corporativizan sin fin sus consejos directivos y mercantilizan sin temor sus programas de estudio, que desangran los fondos públicos al privatizar el acceso a los resultados de sus investigaciones. Y que, finalmente, hunden sus mandíbulas en los cada vez más frágiles cuerpos de docentes e investigadores, y en sus cada vez más ansiosos, nerviosos y temerosos ánimos: cuerpos que sufren problemas de vista, lumbalgias, tendinitis, contracturas musculares crónicas, inflamaciones articulares y desórdenes metabólicos. Ánimos atribulados y sobrepasados por las exigencias administrativas y las distintas funciones universitarias que luchan por mantener templada la propia “salud mental”, al tiempo que invierten colosales cantidades de energía y recurren a distintas estrategias para conciliar el sueño por la noche; perder esta batalla nocturna podría significar, como sugiere Jonathan Crary (2015), perder la guerra contra la vida cotidiana sin interrupciones que representa el sueño de producción ilimitada del capitalismo.

Nos interesa focalizar la atención en las repentinas e indetenibles modificaciones laborales que han aparecido hacia el interior de la universidad: en especial, analizar algunas de las consecuencias que trae consigo la hiperflexibilización de su labor, su hiperburocratización, su hiperindexación, ciertamente también su aceleración, pero en especial, su hiperindividualización e imparable precarización. Es de esperar que todo esto suponga un alto costo para los docentes e investigadores, pero también para la forma misma de producir conocimiento, pues, como ha sugerido recientemente Carlos Hoevel, la universidad contemporánea parece obtener el resultado exactamente opuesto al que dice perseguir: con los sistemas vigentes de evaluación docente permanente y de producción indexada individualizada, las universidades estimulan un perfil investigador nada afín al trabajo colectivo, a la búsqueda de la verdad, o al menos a la mejor comprensión de la cosa misma, sino que favorece a quien hace del propio nombre una marca personal o seña de identidad y una referencia mediante ideas exóticas/originales dentro de líneas de investigación más o menos aceptadas. De hecho, Hoevel (2021, cap. 6) argumenta que atestiguamos algo muy propio de la conocida “Ley de Campbell”, a saber, que una vez introducidos los indicadores cuantitativos dentro del horizonte práctico de aquellos que deben evaluar y tomar decisiones, cabe apreciar luego un incremento significativo de conductas corruptas que perjudican la consecución del fin originalmente propuesto. Se trataría de un auténtico “efecto perverso” que vuelve contraproducente al conjunto de las dinámicas universitarias de nuestro tiempo.5 Debería llamarnos a la reflexión el hecho de que perfiles como el de Theodor W. Adorno y Peter Higgs no sean ya ni posibles ni bienvenidos en la universidad: el primero por negarse a aceptar modificaciones en uno de sus escritos, las cuales respondían a los nacientes criterios editoriales de las universidades estadounidenses (Hoevel, 2021, cap. 1), y el segundo por haber confesado hace algunos años, y no sin poca preocupación, que un investigador como él no sería suficientemente productivo de acuerdo al sistema académico de nuestro tiempo (The Guardian, 2017).

En consonancia con esta perspectiva, José Carlos Bermejo (2015, pp. 252 y ss.) también ha fijado su atención, mediante evidencia oportuna y atinente, en el peso estremecedor que las empresas exhiben a la hora de determinar lo que merece ser investigado, y lo que merece ser escrito y publicado. Esto intensifica, por una parte, el sangrado de los fondos públicos sobre los que se sostienen y administran las universidades públicas, y por otro, parcializa toda pretensión de neutralidad, objetividad, y credibilidad que puedan desear perseguir las revistas académicas que dan luz verde a la publicación de resultados convenientes para el fin lucrativo de aquellas entidades. Confirmando así las lecturas de Weber y Lyotard, aunque desde un marco teórico distinto, Bermejo concluye que en la actualidad no puede esperarse de los docentes e investigadores universitarios alguna clase de crítica social, política o cultural creíble, en virtud de que parecen haberse resignado a perpetuar tareas reflexivas superficiales, ya ideológicas, incapaces de (o no interesadas en) dar con el corazón sistémico de todo el problema: el de la economía política del conocimiento contemporánea.

En este contexto, y como ya lo ha apuntado Remedios Zafra, los creadores culturales (y dentro de estos los trabajadores humanísticos) se baten a duelo dentro de un rico y variadísimo arco de promesas inmateriales, de reconocimientos simbólicos, y de montañas de papeles que constan y certifican un sinnúmero de actividades y procesos formativos que, a fin de mes, no cubren la renta ni los gastos médicos que generan los problemas de ansiedad, insomnio, pérdida de visión ocular, dolores crónicos de espalda y cuello hoy inherentes a la profesión. El desafío del académico de nuestro tiempo sería, según Zafra (2017, en especial cap. III), no perder el entusiasmo que mueve y place durante la generación, discusión y apropiación del conocimiento, mientras se soporta aquel otro entusiasmo, el rutinario, fingido, forzado y solicitado por las organizaciones empleadoras. Entre fuerzas estructurales (según Bermejo, 2015, propias del capitalismo) e institucionales (según Hoevel, 2021, propias de la administración empresarial) navegan con poco rumbo los cuerpos de los creadores culturales que desempeñan sus tareas laborales en “casas/habitaciones” (“compartidas”, cabría agregar a este sintagma de Zafra). Crecientemente precarizados, aislados, e invisibilizados, en muchos casos dichos creadores se ven aquejados por el hecho de que las tramas de reconocimiento comprendidas en las distintas actividades que en Occidente hemos dado en calificar abstractamente de “trabajo” aún permanezcan estrechamente vinculadas a su publicidad (Federici, 2013, pp. 153-80).

En este escenario urge preguntar si la universidad, y dentro de ella las humanidades de las últimas cinco o seis décadas, tiene algún papel que desempeñar por fuera de los que el capitalismo, la aceleración, mercantilización e hiperindexación le atribuyen y empujan a ejecutar. ¿Deberíamos terminar de resignar aquellos recintos antaño reservados a la búsqueda del saber y de la verdad para perseguir la acumulación escalatoria de capitales (de todas las clases, al decir de Pierre Bourdieu), legitimación, rentabilidad y producción de recursos humanos? Entendemos que el malestar de los trabajadores universitarios es hoy innegable (Delgado, Feenstra y Pallarés-Domínguez, 2020, p. 89; Haack, 2023), pero no resulta del todo evidente el basamento normativo por medio del cual se pretenden articular y justificar sus demandas. En lo que sigue elaboramos un marco analítico sensible que sea capaz de articular un conjunto bastante amplio de demandas universitarias. Para ello tendremos que resituar las actividades de los trabajadores universitarios hacia el interior del mundo laboral y, desde él, determinar el papel que viene a cumplir la universidad en la generación, apropiación y fiscalización del conocimiento acumulado a lo largo de la historia, presto a mejorar las condiciones humanas de existencia.

General intellect y promesa material del saber

Las circunstancias que dan forma a nuestra época sugieren la necesidad de buscar alternativas: el incremento del monopolio de las ganancias generadas por el capital global (Piketty, 2014, tercera parte), la fosilización de la desigualdad planetaria, la proliferación de nuevas formas de precarización, expoliación y explotación laboral, y el acuciante desafío ecológico-energético parecen restregarnos en la cara la necesidad de pensar, sentir, gestionar y diseñar diferentes formas de vida, de producir recursos y de generar y socializar saberes tanto útiles como valiosos. De ahí que interese introducir la noción de “general intellect” dentro de un problema específico, con el propósito de evaluar sus alcances y limitaciones a la hora de reconstruir y evaluar la facticidad.

En célebres pasajes del cuarto Cuaderno de los Grundrisse (conocidos como parte del “fragmento de las máquinas”), Marx empleó el novedoso término general intellect para hacer referencia a aquella parte de la actividad intelectual que, presente en la fuerza de producción, logra establecerse como un verdadero impulsor de la generación de riqueza. En principio, el general intellect constituye una especie de inteligencia colectiva anónima o fondo común cognitivo y no-cognitivo, que generación tras generación los portadores de la fuerza de producción han logrado articular en conocimientos, técnicas, y en varios tipos de saber que, finalmente, pudieron objetivar en capital fijo:

La fuerza productiva de la sociedad se mide por el capital fixe, existe en él en forma objetiva y, a la inversa, la fuerza productiva del capital se desarrolla con este progreso general, del que el capital se apropia gratuitamente [...]. En la maquinaria, la ciencia se le presenta al obrero como algo ajeno y externo, y el trabajo vivo aparece subsumido bajo el objetivado, que opera de manera autónoma. El obrero se presenta como superfluo en la medida en que su acción no está condicionada por la necesidad [del capital] (Marx, 2006, p. 221).

De hecho, Marx había anticipado que este saber acumulado podría pronto convertirse en protagonista, absorbiendo el trabajo vivo del trabajador y haciendo de la ciencia un nuevo ámbito dentro del cual echar a andar fuerzas productivas antes imposibles de individualizar, cuantificar, y explotar:

El robo del tiempo de trabajo ajeno, sobre el cual se apoya la riqueza actual, aparece como una base miserable con este fundamento [el sistema de máquinas automatizadas], recién desarrollado, creado por la gran industria misma. Tan pronto como el trabajo en su forma inmediata ha cesado de ser la gran fuente de la riqueza, el tiempo de trabajo deja, y tiene que dejar, de ser su medida y por tanto el valor de cambio [deja de ser la medida] del valor de uso. El plustrabajo de la masa ha dejado de ser condición para el desarrollo de la riqueza social, así como el no-trabajo de unos pocos ha cesado de serlo para el desarrollo de los poderes generales del intelecto humano (Marx, 2006, pp. 228-229)6.

Marx argumentaba que el conocimiento abstracto iba encaminado a convertirse en una de las principales fuerzas productivas, desplazando así al trabajo repetitivo y embrutecedor hacia la periferia de todo el proceso de creación de valor. Aquello que había visto el operaísmo italiano durante la década de 1970, asimismo, constituye uno de los elementos centrales de las vigentes formas de producir valor, circunscritos, según una parte de la literatura especializada contemporánea, al modo de producción posfordista o tardocapitalista: aquel que moviliza recursos cognitivos o “inmateriales” además de los fisiológicos para producir mercancías (Tronti, 2006).

Nuestro interés por el general intellect estriba no solo en pretender dar cuenta de lógicas internas a la producción de mercancías y de valor, sino también en criticar la traición que el capitalismo viene a suponer para con el potencial presente en aquel saber. Pues, digamos que la mayor parte del conocimiento que nuestro planeta y sus habitantes necesitan para, v. gr., superar la ineficiencia alimentaria y energética global, por primera vez en la historia de la civilización parece estar disponible hace algunos siglos, aun cuando la pauperización de las condiciones de existencia globales en las últimas cuatro o cinco décadas parezcan expresar precisamente lo contrario. El operaísmo había atendido este asunto, al igual que cierto aceleracionismo de izquierda (Avanessian y Reis, 2017) y Bolívar Echeverría (1997, pp. 40, 59, 138-40, 142 y 157): los conocimientos requeridos para la superación de desafíos materiales ligados a la crisis ecológico-energética, a las injustas cadenas globales de valor, a la externalización de los costos y los riesgos de los países centrales hacia los periféricos, y al hambre y la pobreza que persisten en sociedades aún científica y técnicamente avanzadas (Lessenich, 2019), conviven entre nosotros hace tiempo sin ser actualizados en toda su extensión.7 Téngase por caso la extraordinaria política de financiación científica que los países mejor situados tuvieron que implementar durante la pandemia del Sars-Cov-2. Las subvenciones que recibieron algunas empresas farmacéuticas desde mediados de 2020 para crear y producir vacunas eficientes ante el SarsCov-2, comprendían exoneraciones ante cualquier clase de riesgo, y consentimientos para crear y retener patentes: el riesgo fue entonces asumido por los fondos públicos y por los cuerpos de la población destinataria y sanitaria. Como resultado, parte de la industria farmacéutica (BioNTech, Pfizer, Roche) incrementó sus ganancias, y el colosal progreso científico (entiéndase, al menos parcialmente, como producto del general intellect) que supuso la obtención de vacunas eficientes (creando en el proceso proteínas como las del ARN mensajero) cultivó en sus sombras las malas hierbas de la privatización y del monopolio del conocimiento (Valdés, Saavedra y Gutiérrez, 2021).

A estas alturas de su obra, Marx ya no apelaba al “republicanismo plebeyo”, ni a una versión historizada del Gatungswesen de Ludwig Feuerbach, ni al humanismo ilustrado de la Revolución francesa (CastroGómez, 2022, pp. 415 y ss.), sino a los poderes socialmente generales de la ciencia y la técnica: un saber intergeneracionalmente generado y regenerado, públicamente accesible, y objetivado en los diferentes rostros del capital fijo al principio, y de la técnica y tecnología después. Es claro, sin embargo, que Marx no pudo ver cuán protagonista sería aquel general intellect en nuestro tiempo: el conocimiento colectivamente generado se encuentra hoy en manos privadas que, por vías casi completamente anónimas, automáticas y digitales, parecen empeñarse en impedir la actualización de su promesa material. Los algoritmos, la inteligencia artificial, el big data, la aceleración en la circulación y generación de la información, y la penetración de la tecnología en la vida cotidiana son algunos de los elementos activos que conforman en la actualidad el permanente sabotaje de la promesa material del general intellect.

Asimismo, conviene agregar que aquella promesa no se agota en los rostros del capital fijo. Paolo Virno ha sabido introducir elementos importantes en la tarea de actualización de dicha promesa, dentro de los cuales la comunicación, y en especial el cuerpo y la técnica, desempeñan un papel cardinal. A su juicio, Marx no habría identificado con precisión al “trabajo vivo” dentro del proceso de objetivación del general intellect:

[…] habría que considerar el aspecto por el cual el intelecto general, más que encarnarse –o mejor, aferrarse– al sistema de máquinas, existe como atributo del trabajo vivo. El general intellect se presenta hoy antes que nada como comunicación, abstracción, autorreflexión de sujetos vivos. Parece lícito afirmar que, por la misma lógica del desarrollo económico, es necesario que una parte del general intellect no coagule en capital fijo, sino que se derrame en la interacción comunicativa en forma de paradigmas epistémicos, performances dialógicas, juegos lingüísticos (Virno, 2003, p. 66).

El discurso y la comunicación lejos están de ser meros procesos psicológicos o “estados mentales”, sino que, en cuanto a su materialidad, son manifestaciones concretas de nuestra corporalidad, son “voz, boca, tráquea, pulmones, respiración. Metáforas, juegos de palabras, órdenes, oraciones, cálculos, frases de amor” (Virno, 2003, p. 17). El cuerpo representa un elemento material y articulador esencial del proceso de objetivación del general intellect, pues aquí Virno decide emplear el léxico de Aristóteles para reconstruir el contorno de la promesa material de dicha inteligencia social en términos de “dynamis” (potencia), y detectar en sus diferentes “hexis” (usos o disposiciones) el origen de su sabotaje contemporáneo (Virno, 2021, p. 103). En este sentido, las funciones corporales del habla, de la comunicación, y de la socialización del saber, permiten coordinar y sincronizar las actividades realizadas por el trabajo vivo, con las cuales se echan a andar las maquinarias que coagulan los elementos “pre” o “transindividuales” que definen al general intellect:

El lado social del “individuo social” es, sin duda, el general intellect [...] El “individuo social” señala la época en la cual la convivencia de lo singular y lo preindividual deja de ser una hipótesis heurística, o un presupuesto oculto, y deviene fenómeno empírico, verdad expuesta sobre la superficie, efectivo dato pragmático (Virno, 2013, pp. 232-233).

La técnica, asimismo, constituye un momento específico a través del cual el general intellect se concreta en la corporalidad:

(...) la técnica, para [Gilbert] Simondon, es transindividual, es decir, expresa lo que no llega a individuarse en la mente del individuo. La máquina brinda rastros externos a lo que hay de colectivo —de especie/específico— en el pensamiento humano. La realidad preindividual, no pudiendo encontrar una correspondencia adecuada en las representaciones de la conciencia individuada, se proyecta al exterior bajo la forma de un conjunto de signos utilizables universalmente, de esquemas lógicos objetivados. Para Simondon es un error considerar a la técnica como un simple apéndice del trabajo […] el trabajo conecta individuos individuados, mientras que la técnica le da voz a lo que es común en todos los objetos (justamente, lo preindividual) (Virno, 2013, pp. 10-11).

La actividad técnica se distingue del trabajo al comprender el uso y monitoreo de la máquina, y el desarrollo de capacidades que le permiten al trabajador (operario) mantenerse pendiente de los alcances y de las limitaciones de la máquina. Esto implica desarrollar una capacidad subjetiva ligada a la atención que se coloca en la base de aquella coordinación social que hace posible la producción en su totalidad, velando siempre por la vigilancia del correcto funcionamiento de la máquina, por su mantenimiento, y por la detección de mejoras que puedan prolongar y optimizar su vida útil:

El trabajo vivo contemporáneo es, al mismo tiempo, colectivo sociopolítico y general intellect. La fuerza-trabajo se ha transformado en fuerza-invención: no porque, trabajando, comprenda el funcionamiento de la máquina, sino porque desarrolla la técnica más allá de la máquina, por medio de una cooperación entre sujetos vivos basada en el pensamiento, el lenguaje, la imaginación (Virno, 2013, p. 13; también pp. 152-153).

La actividad técnica constituye junto a la máquina y al trabajo vivo uno de los momentos de la actualización de la dynamis del general intellect: en razón de que aquella actividad se conforma con base en el desarrollo de capacidades subjetivas e intersubjetivas objetivas (reificadas),8 patentes en manuales, códigos éticos de conducta, códigos jurídicos del trabajo, y protocolos explicitados y no explicitados, los operarios son capaces de compartir una parte del saber logrado intergeneracionalmente y, con base en ello, apropiar la promesa material que tanto descansa en las máquinas, como en el saber contenido en ellas.

Experiencia del (y en el) trabajo

Ahora bien, en línea con el razonamiento de Virno puede afirmarse, en primer lugar, que los usos (hexis) del general intellect determinan los grados en los que se actualiza su dynamis; en segundo lugar, que el cuerpo sería una de las puertas privilegiadas de dicha actualización; y, en tercer lugar, que los usos del cuerpo vendrían facilitados por la actividad técnica, desde el momento en el que en ella se objetiva (o “reifica”) una parte del saber pre o transindividual (general intellect) referido al uso de las máquinas, y que en virtud de ello, va preñado de un conjunto de prácticas encarnadas tipificadas (socializadas, estandarizadas e institucionalizadas) referidas al uso del propio cuerpo. Luego, los usos (hexis) del cuerpo parecerían configurar una esfera privilegiada a través de la cual analizar, evaluar y criticar los grados en los que, dentro de la vida social contemporánea, se actualiza la dynamis del general intellect. Por lo que arribados a este punto convendría preguntar cuáles serían, a fin de cuentas, los usos específicos del cuerpo que se encuentran concernidos en las actividades funcionalmente comprendidas dentro del “trabajo vivo” y de la “actividad técnica” que podrían actualizar, exitosamente, la dynamis en cuestión. Aunque tal interrogante se vea precedida por otra: ¿cómo conseguimos, pues, usar “correctamente” nuestra corporalidad cuando nos disponemos a trabajar en el mundo contemporáneo?

Virno no tendría dificultad en reconocer que los usos del cuerpo son producto de nuestra socialización, de la enseñanza y el aprendizaje intra y extralaboral que generación tras generación se ocupa de transmitir prácticas encarnadas tipificadas. La materialidad de esta transmisión que comprende, como es debido, la socialización, estandarización e institucionalización respecto de los usos que conviene hacer del cuerpo en toda actividad laboral, se manifiesta hasta el hartazgo en los uniformes, las miradas, el volumen y la asiduidad de la comunicación mantenida durante la actividad laboral, la gestión espacial y temporal del cuerpo, de sus posiciones, esfuerzos, torsiones y marcas de lesiones inherentes a la actividad. Y esto bien podría ir más allá de la simple actividad laboral, o incluso del ámbito reflexivo de la técnica. Desde los esfuerzos físicos tan disciplinados como pacientes y las explicaciones que un veterano hombre le ofrece a otro más joven acerca de cómo alambrar campos, hasta el apretujamiento sedentario que los oficinistas se ven urgidos de practicar diariamente en sus cubículos, el uso esperado, requerido o incluso correcto del cuerpo se hace efectivo de forma permanente e inescapable a través de la socialización laboral. Y a nuestro entender, todos estos elementos son pasibles de análisis una vez que se los enmarca dentro de la noción de “experiencia” de Walter Benjamin.

De las innumerables oscilaciones e inquietudes que Benjamin expresó acerca de la experiencia, aquellas que encontramos durante la década de 1930 nos parecen oportunas para abordar la transmisión del saber intergeneracional dentro del ámbito del trabajo.9 Y es que basta con ser trasladado de una sección a otra dentro de un mismo sector productivo u organización laboral para cobrar consciencia de que las mismas actividades que uno llevaba adelante en la anterior sección son realizadas de distinta forma dentro de la nueva: las mismas actividades destinadas a crear las mismas mercancías se realizan de diferentes modos. Se trata, en último término, de una cotidiana dinámica laboral dentro de la cual una generación de trabajadores transmite diferentes tipos de prácticas (generadas, a su vez, por generaciones pasadas) relativas a cómo educar y usar el cuerpo para actualizar de manera estable su fuerza de producción, o incluso para optimizar la eficiencia de la tarea, tal y como exige de los cuerpos el management contemporáneo. Es precisamente esta ambivalente socialización de habitualidades sedimentadas intergeneracionalmente, tanto limitadoras como posibilitadoras, la que nos gustaría encuadrar dentro de la experiencia (Erfahrung) investigada por Benjamin. Si reducimos la indeterminación semántica del término “experiencia” a las coordenadas dentro de las cuales Benjamin trazó su articulación teórica (las de lenguaje/comunicación, intersubjetividad, tradición, historia y tiempo), es posible delimitar como objeto de estudio el conjunto de las transformaciones de la experiencia laboral que facilita y/o perturba la actualización de la dynamis del general intellect.10 Aquello que cabe denominar “experiencia laboral”, más allá de un listado de capacidades presuntamente desarrolladas, sería el conjunto activo de prácticas encarnadas tipificadas que transmiten el acervo cultural de las generaciones anteriores y que han de heredar las más jóvenes, a través de prácticas estables y establecidas en una tradición que, a su vez, se socializa tanto en términos comunicativos como precomunicativos, y permite cobrar conciencia histórica y temporal. No existe forma de trabajo en el mundo que no se constituya sobre la base de un legado cognitivo y prerreflexivo relativo a, entre tantas otras cosas, cómo usar el propio cuerpo para llevar adelante determinadas actividades requeridas de manera exitosa. Puede tratarse de saberes prerreflexivos conseguidos en medio de una plantación de algodón y en condiciones de esclavitud, como los aprehendidos por Solomon Northup durante sus años de esclavitud (Twelve Years a Slave, 1853), o a través de una estadía fabril más o menos prolongada, como realizó Simone Weil (1962) entre 1934 y 1935, o en medio de una profesión tan deslocalizada, desespacializada, solitaria y antipática como la de Ryan Bingham (George Clooney) en Up in the air (2009, Jason Reitman): toda actividad laboral trae aparejada una generación de disposiciones respecto al uso del cuerpo que luego son heredados y revisados por las generaciones más jóvenes. Este conjunto de prácticas sociales y culturales es lo que nos gustaría conceptualizar como la experiencia laboral social e históricamente disponible, aludiendo a aquellos recursos cognitivos y no-cognitivos que los trabajadores siempre tienen a mano para llevar adelante sus tareas. De este modo, y reconfigurando parcialmente el razonamiento de Virno en relación con la impotencia que a su juicio describe nuestra época en su intento de actualizar la dynamis del general intellect, cabría enfocar el análisis de su naturaleza y de sus causas en las experiencias laborales fácticamente disponibles. Detallando la sustancia de las experiencias laborales, el tipo de saberes y prácticas ligadas al uso del cuerpo que generan, revisan y regeneran como parte de un gran acervo cultural heredado y heredable, y las modificaciones que acusan históricamente, sería posible detectar cómo es que a pesar de tener todo el general intellect necesario para superar no pocas dificultades materiales de nuestro tiempo (dynamis), insistimos en hacer de él un uso (hexis) inapropiado, lo cual abriga no pocas ventajas.

La primera ventaja que ofrece la aproximación teorética entre las tesis de Marx, Virno, y Benjamin estriba en completar el curso metodológico que conecta lo general con lo particular. La tesis que ofrecen Marx y Virno para dar cuenta de toda la extensión del incumplimiento de la promesa material del general intellect arroja análisis atinados para el plano estructural del capitalismo, hoy globalizado a diferentes escalas, y en diferentes estratos de las sociedades nacionales. Con todo, la incorporación de la experiencia crea la posibilidad de identificar dinámicas moleculares, tanto microfísicas como mesofísicas, que puedan presentar notas propias, ora coincidentes, ora no, con las tonalidades macrofísicas impuestas por el sofocamiento político inscrito en un capital unilateralmente concebido.11 En no pocos sentidos, comprender el capitalismo contemporáneo como una entidad superior, monolítica, reducida a un único mecanismo autotélico de funcionamiento, y además incontestable mediante iniciativas individuales, incurre en un preocupante desabastecimiento metodológico al no informar debidamente su correlato empírico. Es usual entre filósofos (como Jürgen Habermas y Slavoj Žižek) apelar a una presunta lógica definitoria de esa entidad llamada “capitalismo” sin tomarse la tarea de relevar correctamente los procesos por medio de los cuales aquella razón central cuasi-objetiva cala en tan diversos contextos culturales, étnicos, e incluso productivos.12 En este sentido, la incorporación de la experiencia laboral socialmente disponible nos permite delimitar aquel conjunto de prácticas relativas a los trabajos considerados en sus especificidades, y pasar a elaborar un análisis del conjunto de usos (hexis) del cuerpo que se encuentra en juego a la hora de actualizar la dynamis del general intellect. El detalle de este conjunto de prácticas puede arrojar luz en torno a la etiología de la impotencia de nuestro tiempo, la cual bien podría no rendir homenaje al capitalismo, o a alguna de sus formas, sino a dinámicas locales constituidas por variables micro o mesofísicas (Castro-Gómez, 2009).

La segunda ventaja descansa en los múltiples, y aun así inagotables, recursos disponibles para la reconstrucción empírica de la mencionada impotencia. En este sentido, la experiencia permite echar mano de recursos cinematográficos, artísticos, literarios, al tiempo que sociológicos, antropológicos y psicológicos que puedan poner de relieve (los a veces muy) diversos componentes del general intellect que por alguna u otra razón (siempre atinentes a la hexis) no se actualizan.

Como última ventaja cabe observar que la noción de experiencia facilita incorporar los elementos científicos que Marx divisaba en el general intellect, dentro de un esquema más amplio denominado “saber”, capaz de institucionalizarse, organizarse y expresarse concretamente en la forma de “conocimiento” (Behares, 2011). De esta forma, y como ya argumentamos anteriormente, el concepto de experiencia puede incluir en el análisis del trabajo todos aquellos componentes que, a través de la socialización y transmisión intergeneracional, le permiten a los trabajadores iniciados aprender a usar correctamente sus cuerpos para realizar exitosamente las actividades laborales, al mismo tiempo que deben ser educados en cierta manera correcta de comprender y emplear su propio cuerpo en el afán de subsistir o siquiera conseguir un empleo asalariado en la actualidad. La ética laboral, los reconocimientos en ella imbricados, y sus correspondientes pedagogías del cuerpo y formas de socialización son, ciertamente, vehiculizados a través de la coordinación comunicativa, aunque lejos están de agotarse en ella: como aseguraba Benjamin, la experiencia nunca puede reducirse por completo al sujeto psicológico en abstracto, y tiene que ser atendida desde los parámetros temporales, espaciales, históricos e intersubjetivos que constituyen sus condiciones de posibilidad fenomenológica.

Veamos ahora qué puede decirnos esta elaboración teorética acerca de la vigente “impotencia” universitaria para actualizar la dynamis del general intellect, con base en la detección de parcializaciones de su experiencia laboral.

La impotencia de las humanidades

Recientemente, Virno ha asegurado que uno de los mayores problemas de nuestro tiempo es no poder actualizar la dynamis del general intellect a causa de los frenéticos estilos de vida que generamos y regeneramos a diario:

Hace tiempo, muchos observamos que el general intellect ya no es solo, ni en primer lugar, el capital fijo del que el asalariado sería “supervisor y regulador” (Marx, Grundrisse, 2, p. 228), sino que establece su residencia preferencial en la cooperación lingüística y cognitiva del trabajo vivo. Sin embargo, el trabajo vivo, que produce por medio de la común competencia semántica y de las categorías a priori por las cuales está organizado nuestro conocimiento, no es capaz de transformar en energheia la dynamis colectiva, o preindividual, que lleva el nombre de general intellect. Este último, para los asalariados individuales, tiene mucho en común con el nous dynatòs examinado por Aristóteles, es decir, con un intelecto eternamente potencial, que condena a la impotencia a quien intente realizarlo (Virno, 2021, p. 103).

Sufrimos, en sus términos, de una impotencia generalizada. Y en el marco de este sugerente diagnóstico de época cabe preguntar qué sucede con la corporalidad de aquel docente y de aquella investigadora universitaria que hoy se debate entre las arremetidas de la mercantilización y neoliberalización. ¿Qué tanto sirven las hexis de sus cuerpos, a fin de cuentas, para vehiculizar la dynamis del general intellect en medio de todo este contexto? ¿Acaso la labor académica no hace ya más que socializar hexis corporales “alienantes” con las que los investigadores se resignan a perpetuar una incesante, vertiginosa y cuasinihilista publicación de papers? Aspiramos a acercarnos a este problema a través de la articulación conceptual que venimos elaborando, mediante las nociones de general intellect, cuerpo, técnica y experiencia. En particular, creemos que sería un buen comienzo apuntar que todo trabajador humanístico de nuestro tiempo articula su experiencia laboral con base en una ambigüedad estructural, patente en la coordenada de la actividad técnica: por una parte es evidente su ausencia, mientras por otra es fácilmente detectable el estrago que genera el préstamo que las humanidades han hecho del formato de objetivación de las ciencias básicas. Ambas parecen suponer problemas distintos, y efectos variados, para la experiencia laboral académica actual.

La ausencia de actividad técnica hacia el interior de las humanidades nace, en su mayor parte, de la hiperflexibilización que sufren las condiciones jurídico-laborales universitarias. Y es que entre una convocatoria y otra el mundo académico es testigo de cómo se modifican las condiciones legales, la determinación y atribución de beneficios y la adjudicación de obligaciones comprendidas en los puestos docentes, contratos, becas, y estadías que se ofrecen. Poco de lo que un académico ha logrado aprender a lo largo de alguna instancia formativa puede luego servirle para afrontar, y en especial predecir, el horizonte de expectativas que se instala frente a él. La precariedad promueve precisamente esto: hacer del tiempo futuro (incluso del inmediato) algo indisponible. Hoy se valoran positivamente las arduas “experiencias” dentro del campo de la traducción, pero el día de mañana podría pasar (como sucede) a ser considerado parte de la “divulgación” científica, y menospreciarse significativamente (más aún con las innovadoras oportunidades que brinda la inteligencia artificial). En algún momento podría haber sido muy bienvenida la promoción de publicaciones conjuntas, reuniendo investigadores de varias partes del mundo para discutir la circunferencia de la “cosa misma” de un problema determinado, pero luego (como hoy) pasar a convertirse en una estrategia para sostener la presión de mantener constantes, o al alza, los niveles de publicación individual (Hanson, Gómez, Crosetto y Brockington, 2023, Figura 2). Esta permanente variabilidad de parámetros de expectativas y fiscalización genera, naturalmente, una desorientación técnica entre los investigadores que, en especial en las universidades de los países noroccidentales, se esfuerzan por adherir a las líneas de trabajo de investigadores seniors para estar en condiciones de aplicar a las diversas oportunidades que se les abren. Aun a riesgo de sufrir la hiperespecialización en algunos contextos académicos que defienden la importancia de la inter y multidisciplinariedad, o de perder la oportunidad de especializarse de manera efectiva en algún objeto de estudio, tema o materia en concreto que suponga tener que revisar diariamente los estándares de discusión o las innovaciones más o menos elementales que conforman, precisamente, dicha área especializada. La ausencia contemporánea de técnica supone, en este sentido, y más especialmente para los investigadores humanísticos, un síntoma a desmenuzar analíticamente para comprender la naturaleza de la impotencia de aquellos a la hora de traducir componentes del general intellect que pudieran facilitar (visualizar, imaginar, orientar) la solución de problemas materiales acuciantes para la humanidad.

Por otra parte, y como ha sido dicho, los investigadores humanísticos disponen de parámetros de objetivación y evaluación prestados de las ciencias experimentales que, efectivamente, bien saben comportarse como supuestas “marcas de certeza” y vías privilegiadas en el acceso al “estado estadístico” de la producción de conocimiento (Miller y Milner, 2004, p. 41). Pero aquí la cosa puede ser engañosa, pues posiblemente se trate de falsas reificaciones y no de objetivaciones exitosas del general intellect, que puedan devenir en algún tipo de “técnica” concreta para las humanidades. Resulta evidente la violencia y el daño que supone la extrañeza de estos parámetros importados para las formas de generación, discusión y apropiación del conocimiento. Por mor de la brevedad, recordemos que (i) los sistemas peer review empleados por las editoriales y revistas no aseguran la calidad de los trabajos evaluados, a pesar de haberse consolidado como una “vaca sagrada” de la academia (Mastroianni, 2022; Smith, 2023);13 (ii) con la digitalización de las revistas en 1995, el estilo comunicativo de los papers ha devenido en una pobre comunicación de resultados y no necesariamente en un espacio fértil para desarrollar y poner a prueba ideas, tesis, y estilos de escritura (Santos, 2012; Florit, 2015); (iii) la “trama saudí” que pagaba a científicos de todas partes del mundo para subvertir los rankings universitarios puso al desnudo la extendida “venta de autorías” a lo largo y ancho del planeta, generando auténticas “granjas de citas”, y casos insólitos en los que investigadores publican doscientos cincuenta estudios al año (Ansede, 2023a; 2023b); (iv) ya es de conocimiento público que los indicadores fueron originalmente diseñados para asistir a los bibliotecarios a seleccionar revistas para adquirir, y no para emplearse como parámetros métricos de calidad y financiamiento, dada una serie de insuficiencias técnicas bien documentadas (DORA, 2012); (v) y, finalmente, la monopolización editorial de las revistas académicas ha generado dos consecuencias preocupantes para el conocimiento: en primer lugar, el sangrado de los recursos de las universidades públicas, puesto que no contentas con financiar la formación del investigador y luego también de su producción, deben asumir gastos para asegurar la publicación de los resultados de la investigación, y finalmente para garantizar el acceso a sus resultados, y en segundo lugar, la obstaculización de la innovación dentro de todos los campos del saber al impedir la socialización necesaria y suficiente de los resultados (Díaz, Ramírez y Díaz, 2019).

La ambigüedad de la técnica hacia el interior de las formas de generar, discutir y apropiar saber parece contribuir a la alienación de los universitarios: una alienación que se hace palmaria en la impotencia de convertir componentes de la dynamis del general intellect públicamente accesibles en energheia. Sucede que si no se disponen de patrones comunes publicitados a través de los cuales verter las fuerzas productivas de los propios cuerpos, si no se tiene a mano un saber común objetivado en conocimiento y técnica que les permita a los creadores culturales saber cómo educar y usar sus cuerpos de manera emancipadora a la hora de actualizar el general intellect (una “experiencia” que hoy se reduce a digitar botones en teclados, sentados cuantiosas horas frente a ordenadores, impostando la voz hasta el cansancio durante el dictado de clases y la participación ininterrumpida en eventos académicos), no se puede esperar algo distinto de la alienación y su consecuente impotencia. Se trata entonces, entendemos, de un objeto circunscrito dentro de la experiencia laboral universitaria de nuestros días, caracterizada por una ambigüedad de la técnica (en tanto ausente e ilusoriamente presente) que parece hipotecar la posibilidad de que la universidad pueda reconciliarse genuinamente con el saber, con su persecución no estrictamente utilitaria o su forma pauperizada de conocimiento, y con su publicidad.

Por último, y no por ello menos importante, nos gustaría agregar que dentro del marco teorético que hemos elaborado conviene concebir al cuerpo del trabajador (cultural o no) como objeto de estudio independiente. Esto lejos está de negar que los síntomas y dolencias que padecen los trabajadores culturales tienen efectos evidentes en sus respectivas vidas anímicas. El asunto, en realidad, remite a una razonable decisión heurística: omitiendo analíticamente la vinculación (efectiva y real) que el cuerpo mantiene con la vida anímica individual de la persona, proponemos dirigir nuestra atención hacia la conexión que este establece con la dynamis del general intellect. Seguir las reflexiones de Virno implica dejar por un momento de lado las demandas de creadores culturales que intentan (con mayor o menor éxito) articularse a través de testimonios individuales, y en especial visibilizando sufrimientos personales, para situar al cuerpo en relación con aquello preindividual, público, presente en el general intellect. De esta manera podríamos convertir en unidad de análisis a todo tipo de educación y uso del cuerpo (reflejada en manos callosas, cuellos encorvados, tendinitis, vista disminuida, lumbalgias y hernias discales, etc.) del trabajador con aquel saber público que se halla contenido en el conocimiento, la técnica y maquinaria operadas. La ventaja de esta decisión radica en la evasión de la variabilidad histórica, social y psicológica que atraviesa todo lo relativo a la educación y enseñanza del cuerpo generada por la actividad laboral: como bien lo ilustra Marta Sanz en Clavícula (2017), en ocasiones resulta imposible determinar el origen último de los síntomas, vagamente asociados con el quehacer laboral, que se resisten a abandonarnos; lo que luego dificulta significativamente la posibilidad de articular demandas individuales y grupales públicamente atendibles (Ireland 2004, cap. I). En este último sentido, no es nada infrecuente hallar trabajadores orgullosos de contar o haber contado con una precisa educación del cuerpo, presuntamente definitoria de la actividad laboral que desempeñan, y de exhibirla como indicador objetivo de sus méritos, pericias y logros. Y esto no es muy diferente de lo que podemos encontrar en algunas declaraciones de investigadores universitarios a la hora de ser entrevistados para puestos laborales. De manera que si podemos vincular los malestares asociados con la pérdida de visión, deformación lumbar, perturbación de la presión sanguínea y del sueño (indisociables de la sedentariedad y de la exposición ante pantallas) con el grado de actualización que suponen para la promesa material de aquel legado público acumulado estaremos, a nuestro juicio, en condiciones de analizar un problema no reductible por completo a la casuística del diagnóstico clínico-subjetivo. En lo que concierne a su etiología, el problema podría radicar en las estructuras socialmente generadas y regeneradas destinadas a apropiar y procesar el general intellect, erigidas sobre una invariable tendencia del capital a “crear disposable time” a la vez que “to convert it into surplus labour” (Marx, 2006, p. 232).

Consideraciones finales

En el presente artículo hemos ensayado una justificación filosófica de la necesaria articulación entre los conceptos de general intellect, cuerpo, técnica y experiencia, con el propósito de elaborar un marco teórico desde el cual pensar críticamente la situación actual de la universidad en relación con la producción, apropiación y fiscalización del conocimiento. Con base en la tesis de Marx de que en nuestra época disponemos de un conjunto de recursos públicos (cognitivos y no-cognitivos) conseguido intergeneracionalmente que parecería abrigar soluciones a problemas materiales importantes para la humanidad, hemos recurrido a algunas reflexiones de Virno para determinar las causas estructurales que impiden terminar de apropiarnos colectivamente de sus beneficios. Tal impotencia involucra a la universidad contemporánea desde el momento en el que esta ingresa en la circulación mercantil, es objeto de ciertas políticas neoliberales que corporativizan sus consejos administrativos, privatizan el acceso al saber, y precarizan la estructura laboral de su plantilla de docentes e investigadores. Desde entonces, hemos argumentado que la técnica, necesaria para objetivar la dynamis del general intellect, parece mantenerse aquejada por la ambigüedad de estar ausente y de materializarse ilusoria o parcialmente. Entre un extremo y otro se compromete la experiencia laboral universitaria al privar a los investigadores humanísticos de la oportunidad de compartir procesos de aprendizajes relacionados con sus actividades: esto incluye resultados, procedimientos, estrategias, e incluso parámetros éticos y políticos relativos a la generación, apropiación y fiscalización del conocimiento. La hiperindividualización de méritos, en especial, impide conformar comunidad alguna, y con ello degrada la riqueza de la experiencia laboral conseguida hacia el interior de la universidad. El sistema de producción vía papers, las consecuencias personales crecientemente generadas por los estilos de vida asociados al oficio universitario, y la invisibilización del tiempo dedicado a las tareas demandadas por la universidad (tanto como sus condiciones de posibilidad no mercantilizadas y no publicitadas), son algunos de los elementos que se han revelado importantes dentro del marco analítico y normativo que hemos esbozado.

Si bien este enfoque pretende ser un insumo al servicio de un eventual análisis, diagnóstico y crítica del quehacer universitario actual, y de la experiencia laboral más concretamente, creemos importante sugerir que una línea de reconstrucción normativa podría descansar en la dilucidación y defensa de la conexión que en algunos momentos la universidad mantuvo con el saber. Como asegura Lyotard, es evidente que la universidad ya no constituye un faro moral para la humanidad ni es un promotor de la ilustración de las personas, o siquiera es la vía que garantiza la movilidad social ascendente y el asentamiento profesional, aun cuando sea posible conjeturar la necesidad de una “teoría crítica” (Horkheimer, 2003, pp. 223-271) de la universidad que pose sus ojos sobre los intereses, las fuerzas y disposiciones que se mueven a espaldas de las formas hoy corporativizadas de generar, apropiar y fiscalizar el conocimiento.

Agradecimientos

Los autores agradecen la revisión realizada por los/as evaluadores/as de la revista Las Torres de Lucca. Revista Internacional de Filosofía Política.

Referencias bibliográficas


Notas

  1. El orden de los autores es aleatorio.

    Las Torres de Lucca 14(1) (2025): 87-98↩︎

  2. Thorstein Veblen (2007, pp. 249 y ss.) ya había observado que la vida industrial y universitaria norteamericana, durante las postrimerías del siglo XIX, hacía perder de a poco el interés por la cultura letrada en privilegio de las profesiones liberales o directamente ingenieriles.↩︎

  3. El primer ranking de científicos y científicas del mundo de Research.com en 2022 lo dejaba claro: “Our aim is to influence scientists, executives, and institutions worldwide to explore where leading science authorities are heading and to provide an opportunity for the whole research community to confirm who the leading authorities in popular areas of research, in particular countries, or even within research institutions are”. (https://research.com/scientists-rankings/best-scientists, cursivas agregadas).↩︎

  4. Marx y Engels (1974, p. 48) apuntaron la conexión existente entre la ciencia y la industria: “¿pero qué sería de la ciencia natural, a no ser por la industria y el comercio? Incluso esta ciencia natural “pura” adquiere tanto su fin como sus materiales solamente gracias al comercio y a la industria”. Más acá en el tiempo véase Horkheimer (2003, p. 230).↩︎

  5. Los “efectos perversos” constituyen un tipo de consecuencia involuntaria a partir de los que usualmente se refiere a estados sociales paradójicos producidos ultraintencionalmente, i.e., como consecuencia de acciones no necesariamente volitivas, pero no por eso irreflexivas o por completo azarosas (Cristiano, 2001).↩︎

  6. Los primeros corchetes son nuestros, los segundos del traductor, las cursivas del original.↩︎

  7. Thomas Pogge (2009, caps. 1, 2 y 3) ya había mostrado a principios de nuestro siglo que los problemas mundiales asociados al fallecimiento por inanición podían tratarse satisfactoriamente con el 2% de lo que Estados Unidos destina anualmente al rubro militar.↩︎

  8. Según Virno (2013, pp. 141-72), la “Verdinglichung” debe entenderse como la contraparte (y el remedio) de la alienación y del fetichismo. En pocas palabras, Virno entiende que alienante es una situación en la que lo preindividual se mantiene indisponible, quedando implícito en nuestra práctica, y condicionándola; la reificación, por su parte, sería el proceso a través del cual aquello preindividual logra ser exteriorizado como “cosa”, permitiendo así su disponibilidad y uso en común.↩︎

  9. Nos referimos a las reflexiones que Benjamin (2012) vierte en La obra de arte en la era de su reproductibilidad técnica y El narrador, de 1936.↩︎

  10. Para la equivocidad del término “experiencia” véase el ya clásico Martin Jay, 2005.↩︎

  11. Esta observación es deudora de los cursos que Michel Foucault dictó en el Collège de France desde 1975, relativos a la gubernamentalidad y biopolítica. Para una reconstrucción y revisión de los órdenes macro, meso y microfísicos que el francés empleó entonces véase Santiago Castro-Gómez, 2019, pp. 17-42.↩︎

  12. José Carlos Mariátegui (2007, caps. 1, 2 y 3) había llamado la atención acerca de esta ceguera al analizar el gamonalismo peruano.↩︎

  13. Como botón de muestra véase la controversia que desató el Dr. Patrick Brown al confesar que tuvo que radicalizar las conclusiones de uno de sus trabajos para facilitar su publicación en la revista Nature (The Telegraph, 2023).↩︎