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ARTÍCULOS

Ecofascismos, colonialidad y crisis ecosocial: sustratos, contextos, causas y detonantes

Pablo Font-Oporto
Universidad Loyola Andalucía, España ORCID iD
Recibido: 05/09/2023 • Aceptado: 27/07/2024 • Publicado: 13/01/2025

Resumen: El presente trabajo pretende abordar algunos aspectos esenciales en el origen de las posturas ecofascistas actuales, entendidas como aquellas que pretenden preservar los recursos naturales para una minoría privilegiada (en muchas ocasiones de carácter racial) por medio de la exclusión de grandes mayorías populares. Las ideas ecofascistas están experimentando un momento de fuerte auge en una coyuntura de crisis ecosocial que se desarrolla, además, en el contexto de una importante crisis civilizatoria. Entendemos que los orígenes de esas crisis se hallan precisamente vinculados a una cosmovisión que alienta unos determinados imaginarios colectivos ante las mismas y que, a la postre, alimenta esas posturas ecofascistas. A nuestro juicio, dicha cosmovisión parte, dentro del paradigma moderno occidental hegemónico, de la consideración de que la capacidad de los pertenecientes a esa civilización es ilimitada, lo que conlleva inevitablemente una configuración cultural y práctica de carácter eco-colonial negadora de otros pueblos, que son de este modo subalternizados. Sostenemos que la tentación de superar la crisis socioambiental mediante soluciones tecno-optimistas no hará más que profundizar en este modelo. Además, las tecnocracias entrañan una amenaza potencial para la democracia, en cuanto pueden ser cauce para la normalización de autoritarismos propios de los proyectos ecofascistas.

Palabras clave: ecofascismos; colonialidad; conflictos socioambientales; crisis ecosocial.

Ecofascisms, coloniality and ecosocial crisis: substrates, contexts, causes and triggers

Abstract: This paper aims to address some essential aspects of the origin of current eco-fascist positions. Understood as those that seek to preserve natural resources for a privileged minority (often of a racial nature) through the exclusion of large popular majorities, eco-fascist ideas are experiencing a moment of strong growth at a time of ecosocial crisis that is also developing in the context of a major civilisational crisis. We understand that the origins of these crises are precisely linked to a worldview that encourages certain collective imaginaries about them and that, in the end, feeds these eco-fascist positions. In our opinion, this worldview is based, within the hegemonic modern Western paradigm, on the consideration that the capacity of those belonging to this civilisation is unlimited, which inevitably leads to a cultural and practical configuration of an eco-colonial nature that denies other peoples, who are thus subalternised. We argue that the temptation to overcome the socio-environmental crisis through techno-optimistic solutions will only deepen this model. Moreover, technocracies pose a potential threat to democracy, in that they can be a channel for the normalisation of authoritarianisms characteristic of eco-fascist projects.

Keywords: ecofascism; coloniality; socio-environmental conflicts; eco-social crisis.

Sumario: Ecofascismos: significados interesados y significados interesantesLa actual encrucijada de crisis como contexto propicio para una emergencia de ecofascismosEl trasfondo cultural de los ecofascismos: ilimitación en el hacer propio y crisis civilizatoriaLa autodefensa de las élites: intereses, colonialidad, tecnocracia. La necesidad de cambiar el paradigmaConclusionesReferencias bibliográficas

Cómo citar: Font-Oporto, P. (2025). Ecofascismos, colonialidad y crisis ecosocial: sustratos, contextos, causas y detonantes. Las Torres de Lucca. Revista internacional de filosofía política, 14(1), 191-204. https://dx.doi.org/10.5209/ltdl.91272


El presente trabajo pretende abordar algunos aspectos esenciales en el origen de las posturas ecofascistas hoy día, entendidas como aquellas que pretenden preservar los recursos naturales para una minoría privilegiada (en muchas ocasiones de carácter racial) por medio de la exclusión de las grandes mayorías populares. Las ideas ecofascistas están experimentando un fuerte auge en un momento de crisis ecosocial que —como explicaremos más abajo— se desarrolla en el contexto de una importante crisis civilizatoria. Entendemos que los orígenes de esas crisis se hallan precisamente vinculados a una cosmovisión que alienta unos imaginarios colectivos ante dichas crisis y que, a la postre, alimenta esas posturas.

La urgencia del estudio de las ideas y de los proyectos que los ecofascismos llevan aparejados deviene, de un lado, del auge progresivo de aquellos, no solo por la profundización de la crisis ecosocial (con cada vez más fuertes y frecuentes microcolapsos), sino también por una acuciante crisis civilizatoria en cuyo marco se juega una batalla por el poder, la supervivencia y el bienestar. Por esto, el propósito del presente trabajo es situar estos ecofascismos como el resultado de unas determinadas estructuras sociales, unos marcos culturales y una reacción ante el crecimiento de dichas crisis ecosociales. Todo ello en aras de dejar constancia de los riesgos que plantea en términos de impacto en nuestro modelo jurídico-político.

Ecofascismos: significados interesados y significados interesantes

Puesto que el poder crea y recrea el lenguaje, debemos empezar antes que nada por aclarar conceptualmente qué significa la expresión ecofascismo. Tradicionalmente se asoció esta expresión con la vertiente ecológica de los regímenes fascistas de entreguerras, y más específicamente con el nazismo y su ecologismo excluyente y legitimador de la idea de Lebensraum. Efectivamente, como es sabido, el régimen nazi desarrolló una pionera legislación ambiental dentro de una visión racista-vitalista1. No obstante, en los últimos años, se ha alterado intencionadamente el significado del término ecofascismo y se ha puesto en circulación otro que intenta descalificar con este duro apelativo a los movimientos ecologistas más transformadores (ecosocialistas, ecofeministas, decrecentistas, colapsistas, grupos partidarios de la ecología profunda, etc.) tildándolos de extremistas radicales2. El ataque, normalmente pergeñado desde instancias conservadoras o reaccionarias, así como desde los poderes fácticos que sustentan estas ideas, se dirige tanto contra organizaciones, activistas e incluso pensadores/as que plantean cambios estructurales y no meramente reformistas (ya sean de tendencia biocéntrica, antropocéntrica o incluso teocéntrica, aunque normalmente está dirigido más bien a los primeros).

Ahora bien, hay un tercer sentido de ecofascismo que entronca con su primer sentido originario y se distancia de este segundo empleo. Este tercer sentido alude a todas aquellas posiciones (sobre todo prácticas, y no tanto teóricas ni académicas) que proponen una salida de la crisis ecosocial que pase por la exclusión de la mayoría de la población humana, en particular de los sectores más vulnerables. En efecto, según Carlos Taibo,

El ecofascismo es una apuesta en virtud de la cual algunos de los estamentos dirigentes del globo —conscientes de los efectos del cambio climático, del agotamiento de las materias primas energéticas y del asentamiento de un sinfín de crisis paralelas— habrían puesto manos a la tarea de preservar para una minoría selecta recursos visiblemente escasos. Y a la de marginar, en la versión más suave, y exterminar, en la más dura, a lo que se entiende que serían poblaciones sobrantes en un planeta que habría roto visiblemente sus límites. (2022, contraportada)3

En última instancia, señala Lynn Wang, “at the core of ecofascism, like historical fascism, is vehement misanthropy and a fixation on purity [en el núcleo del ecofascismo, como en el fascismo histórico, hay una misantropía vehemente y una fijación por la pureza]” (2019). Por tanto, los planteamientos ecofascistas son aquellos que ante situaciones de quiebra de los ecosistemas y el consiguiente conflicto social que esto supone, pretenden ante todo asegurar el bienestar y los intereses de las minorías privilegiadas (en muchas ocasiones con un carácter racial), esto es, de las élites con poder efectivo, mediante la negación de un bienestar mínimo al resto (humano e incluso no humano).

Evidentemente, estos planteamientos del ecofascismo (que, como ya hemos apuntado, no son nuevos), conllevan de una u otra forma actuaciones autoritarias que entroncan con posiciones que en las últimas décadas han planteado diferentes salidas a la crisis socioambiental que pasan por la imposición de medidas autoritarias y socialmente excluyentes que en muchos casos son también maltusianas, racistas y eugenésicas (aunque a veces se planteen como meramente tecnocráticas). En efecto, Campion (2023) y Wang (2019) han señalado que relatos anti inmigratorios como el de “Gran reemplazo” se vinculan con y tienen por tanto una vena racial-demográfica. Por ejemplo, el texto “The Tragedy of Commons” de Garret Hardin (1968) en el que plantea que la libertad de los sujetos es un peligro para el medio ambiente (Cf. Senent, 2020; Andreucci, González-Hidalgo, Gorostiza, Lasso y Zografos, 2020, p. 5).

Este trasfondo cultural permea el imaginario de las élites y goza incluso del apoyo de complejas tramas de apoyo internacional actual (Dyett y Thomas, 2019). De hecho, es curioso cómo en la obsesión de los planteamientos ecofascistas con la superpoblación no se tiene en cuenta la huella ecológica de los distintos pueblos y la sostenibilidad de los modos de vida de estos (una sostenibilidad que contemple también la justicia ecosocial con una mirada histórica).

A su vez, hay que tener en consideración que, en ocasiones, algunos posicionamientos que plantean la absoluta prioridad de los valores naturales por encima de cualquier ser humano han derivado hacia posiciones que pueden incluir componentes autoritarios o excluyentes o bien ambos. En ese sentido, algunas veces determinadas posiciones ecocentristas han girado hacia planteamientos biólatras autoritarios que, de manera más o menos clara, se han situado en el terreno del ecofascismo (o, al menos del ecoautoritarismo), como podría ser, verbigracia, el caso de algunas ideas de Pentti Linkola (Alfonso, 2021). Esto no significa de ningún modo que toda visión biocentrista pueda catalogarse ni como autoritaria ni como excluyente, ni tampoco tiene por qué conducir a estos derroteros. Buen ejemplo de esto es la propuesta de la ecología profunda de Arne Naess (2007, 2018). Además, esas posiciones autoritarias y/o excluyentes son extremadamente minoritarias en lo que son los movimientos ecologistas del ámbito más cercano a la izquierda (una izquierda no productivista ni autoritaria), aunque pueden observarse en algunos sectores de algunos movimientos de corte animalista (algunos reduccionismos de esta esfera se popularizan a través de lemas como el que circuló al principio de la pandemia de la COVID-19: “Los humanos somos el virus”; véase Andreucci, González-Hidalgo, Gorostiza, Lasso y Zografo (2020, p. 5).

Ahora bien, un elemento común entre la mayor parte de las minoritarias posiciones biocéntricas que han girado hacia el ecoautoritarismo es que no existen nexos tan claros entre las mismas y los intereses de los poderes y élites mundiales, y que plantean la exclusión social de una manera más bien ideológica, en cuanto que su oposición a la expansión humana, obviando de manera simplista los criterios de justicia social, pasa por una reducción demográfica que incluiría inevitablemente la imposición de medidas de contención poblacional para los pueblos y sectores más vulnerables.

A medio camino entre estas posiciones y planteamientos racistas se encontrarían otras más o menos excéntricas, que desde el rechazo a la civilización industrial se mueven hacia posturas extremas, como puede ser el caso de Ted Kaczynski, el Unabomber, que enviaba bombas a universidades y aerolíneas.

Michael Zimmerman examinó con detenimiento las posibles veleidades ecofascistas o al menos ecoautoritarias en los movimientos ecologistas europeo y estadounidense, entendiendo el ecofascismo sobre todo en su vinculación con las ideas nazis (Zimmerman, 1995, pp. 210-211). Sin embargo, atendiendo a lo que hemos descrito como tercer sentido del ecofascismo, consideró que los riesgos estaban más bien asociados a la expansión de ideas ultranacionalistas de extrema derecha que, con un componente colonial-racista, pudieran difundirse en ciertas circunstancias en el contexto de las sociedades occidentales. Parece que el tiempo está dando la razón a estos argumentos.

En suma, por nuestra parte entendemos que todo ecofascismo es ecoautoritario (y, potencialmente, aspira a ser ecototalitario), pero no necesariamente esto debe darse a la inversa. Eso sí, evidentemente, el ecoautoritarismo (y sus diferentes graduaciones, como podrían ser ciertas ecotecnocracias, como veremos) abriría la puerta a los ecofascismos, al introducir uno de los dos elementos que caracterizan a estos.

Sobre el ecoautoritarismo en general debe alertarse su tentación por imponer de manera opresora la preservación del medio ambiente ante determinados supuestos de colapso ecosocial. En primer lugar, por el carácter intrínsecamente rechazable de cualquier régimen o sistema autoritario, que supone una pérdida de libertades. Pérdida de libertades que en este plano supondría, por otra parte, una infantilización de la humanidad, que parecería condenada a no poder alcanzar una sostenibilidad (en el sentido fuerte) sobre la base de un comportamiento libre y responsable. Y, finalmente, porque esa imposición de la preservación del medio se insertaría en un sistema jerárquico que, bien de inicio, bien en derivación progresiva, supondría a buen seguro la desaparición de una justicia ambiental entendida en términos de igualdad en el disfrute de un entorno saludable y en el acceso a los recursos naturales vitales4. En este sentido, merece la pena recordar la afirmación de Castoriadis:

Si no hay un nuevo movimiento, un despertar del proyecto democrático, la ecología puede integrarse muy bien dentro de una ideología neofascista. Frente a una catástrofe ecológica mundial, por ejemplo, podemos imaginarnos regímenes autoritarios que imponen restricciones draconianas a una población enloquecida y apática. (2006, p.275).

Pero más allá del mero ecoautoritarismo, debemos advertir que el ecofascismo, tal como lo entendemos, presupone un componente esencial añadido a la componente de la imposición autoritaria y la ausencia de libertades y democracia. En efecto, desde nuestra perspectiva, las posiciones ecofascistas incluyen una componente de exclusión social por cuanto pretenden preservar lo que resta de medio ambiente sano para el disfrute de unos determinados grupos humanos. Es en este sentido en el que —de manera clara— el fascismo de entreguerras (en particular, el nacionalsocialismo) muestra esa cara por sus presupuestos racistas y sus objetivos de expansión imperialista.

Sin embargo, queremos prestar especial atención a cómo estos aspectos pueden también emerger con claridad en el caso de las sociedades occidentales en general, y de las élites del Norte global en particular. En efecto, en ambos casos, se ha ejercido y ejerce una constante depredación del Sur global que se ha enmarcado además en un marco xenófobo (el de la Modernidad hegemónica colonial, que desprecia como inmaduros los otros proyectos civilizatorios y solo reconoce como plenamente humanos los propios de las sociedades occidentales modernas). Marco que, a nuestro juicio, fue indudablemente el sustrato de expresiones más extremas como la del nacionalsocialismo. Como ya hemos adelantado, Zimmerman abordó la cuestión de los vínculos entre la extrema derecha del Norte global y los ecofascismos poniendo de relieve el carácter colonialista de dichos territorios e ideas. Así, revisando las posibilidades de emergencia de nuevos ecofascismos racistas, concluyó:

If ecofascism does emerge, however, it would probably occur in countries already possessing a longterm sense of national identity that could be construed as ‘racial.’ In European countries, right-wing politicians have already been calling for a halt to immigration, and even for the expulsion of those aliens (principally, but not only non-white) who threaten the nation’s cultural identity, along with its social, political, and economic well-being. As hordes of desperate people from ecologically devastated and politically disintegrating Third World countries continue to pour into First World countries, some politicians will call for harsh measures to exclude immigrants, so as to prevent them from reproducing the same ecological and political crises that they (allegedly) created in their abandoned homelands. lgnoring the role played by Western colonialism in creating those crises, European neo-fascist leaders may argue that dark-skinned immigrants are not only destroying native soil, but are also polluting native blood (Zimmerman, 1995, p. 211)5.

Es precisamente aquí donde, a nuestro juicio, emerge ese ya mencionado tercer sentido del ecofascismo, que es en el que nuestra atención se centra.

La actual encrucijada de crisis como contexto propicio para una emergencia de ecofascismos

El auge creciente de las posturas ecofascistas se produce en un contexto que cabe calificar como muy complejo, que algunos definen como encrucijada de crisis o “critical juncture” (Mateos, 2021, p. 29, nota 27). Tras el fin del llamado “consenso socialdemócrata”, los grandes cambios que la globalización ha traído consigo (como la deslocalización industrial) y la Gran Recesión de 2008, el Norte global ha entrado en una era de gran desigualdad crónica que ha demostrado las falencias del capitalismo neoliberal globalizado. A esto se suma actualmente una fuerte crisis geopolítica mundial donde diferentes bloques de poder y diferentes modelos de sociedad pugnan por su hegemonía. En este contexto ha emergido un crecimiento importante de nacionalpopulismos de extrema derecha que, alentados por élites nativistas con intereses locales, se enfrentan a élites globalistas con intereses transnacionales. La emergencia de estas ideas y sus movimientos asociados, en el marco de las crisis que la alimentan, ha derivado también en una creciente crisis de la democracia liberal representativa, así como en una correlativa crisis de confianza y de verdad en una coyuntura de polarización que desde antes de la segunda guerra mundial se desconocía en Occidente.

Pero estas crisis, probablemente no sean sino el síntoma, o al menos un componente derivado de otras crisis más profundas, entre ellas una crisis ecosocial directamente derivada de una crisis civilizatoria (FontOporto, 2022a, pp. 13-50 y 2022b). Hablaremos en primer lugar de aquella, y después de esta última, para comprender mejor la complejidad de sus causas y su vínculo con las ideas ecofascistas.

La crisis ecosocial

En primer lugar, es importante comprender que el uso de la expresión “ecosocial” o “socioambiental” no es un modernismo caprichoso, sino que recoge de mejor manera la indisoluble imbricación que existe entre el entorno ambiental y la vida del ser humano y las sociedades que este genera. Al respecto, el quiebre que se está produciendo en dicho entorno, esto es, en la biosfera está generando importantes impactos en lo humano, impactos que alimentan y van a alimentar conflictos ecosociales vertiginosos (sobre este tipo de contiendas véase Font-Oporto, 2020).

Tres características, particularmente, definen y singularizan la situación actual respecto a crisis ecosociales de otras civilizaciones pasadas, hasta el punto de conferirle unas propiedades nunca observadas. Se trata de una crisis global, multidimensional y, además, antropocénica (Riechmann, Carpintero y Matarán, 2014). En efecto, se trata de una crisis global, dado que la civilización occidental, de forma (más o menos sutilmente) impuesta, se ha globalizado (tanto en el plano fáctico como en su cosmovisión). De este modo, es una crisis que afecta a todo el planeta y de la que no cabe escapar yéndose fuera, porque ya no existe el “afuera” (Almenar, 2012).

Se suma a todo ello que es una crisis antropocénica. El ser humano se ha convertido en el más importante actor natural, hasta el punto de que su acción conjunta condiciona ya la evolución del delicado equilibrio del planeta y lo pone en peligro. Es notorio que el ser humano ha adquirido una potencia capaz de autodestruirse a sí mismo y al planeta, no sólo de manera rápida y voluntaria, a través de la guerra nuclear (algo que generó una importante crisis en la reflexión occidental en los años 1950, por ejemplo, en autores como Hans Jonas o el propio Heidegger), sino también mediante mecanismos involuntarios y progresivos, como son todos los que comportan su modo de vivir, en particular en la civilización hegemónica.

Por último, se trata de una crisis multidimensional, lo que comporta muchos factores cuya recopilación exhaustiva no es sencilla, amén de la compleja interconexión que existe entre estos (Font-Oporto, 2022a). De este modo, impacta en todos los subsistemas biofísicos y sociales. En ese sentido, no es fácil saber si hablamos de múltiples crisis socioambientales íntimamente conectadas, o más bien deberíamos hablar de una crisis extraordinariamente compleja con múltiples dimensiones que, simplificando mucho, podríamos agrupar en tres: el caos climático, la crisis de recursos (energéticos y de materiales), y la pérdida de biodiversidad. En particular, la crisis de los recursos nos aboca a confrontar la limitación de los planteamientos tecno-optimistas que pretenden una salida reformista para la primera crisis (la emergencia climática) a través de la así denominada “transición verde”.6

Las posturas ante la crisis ecosocial: cosmovisiones, ideas e intereses7

Si bien las investigaciones científicas serias acreditan esa crisis socioambiental (véase, por ejemplo, el último informe del IPCC), no hay una convergencia de posiciones sociales ante estos hechos, sus causas y sus posibles soluciones. Reduciendo todos los matices al extremo, podemos hablar esencialmente de la existencia de cuatro grandes visiones básicas en el Norte global en torno al diagnóstico y las consecuentes propuestas ante la crisis socioambiental. Evidentemente, detrás de cada una estas perspectivas encontramos marcos culturales, posiciones ideológicas e intereses diversos. Por otro lado, importa también tener en cuenta que mientras en EEUU la disputa se da entre las dos primeras posturas y que apenas el ala izquierda del Partido Demócrata defiende la tercera, en Europa la primera es mucho más marginal, y más bien la confrontación se produce entre la segunda y la tercera, siendo la cuarta muy minoritaria, pero al menos persistente y muy convencida.

Pasemos a perfilarlas:

  1. Negacionismo. Desde esta perspectiva, no existe ninguna crisis socioambiental. En particular, los cambios en el clima son naturales y no se deben a la acción del ser humano. La idea del cambio climático procedería de una conspiración progresista y buscaría además alimentar montajes y “chiringuitos” (ya sea liberales o socialdemócratas) con muchos intereses detrás de esta gran mentira. Hoy se ha extendido una visión negacionista iletrada que niega sin base empírico-científica los datos y conclusiones de las investigaciones más rigurosas. Sin embargo, detrás del origen de estas posturas se encuentran intereses particulares nada inocentes.

  2. Capitalismo verde/liberalismo verde. Existe una grave crisis ambiental, en particular respecto a un calentamiento global provocado por la acción de ser humano. Sin embargo, no es nada que no pueda ser resuelto por el desarrollo tecnológico. Lo que es necesario es crear, mediante los oportunos incentivos, el contexto para que el propio mercado genere una economía verde y sostenible. Por tanto, en última instancia, la crisis ambiental es una gran oportunidad de negocio: esa economía verde, en efecto, es un nuevo nicho de mercado que supone sustanciosas posibilidades de lucro privado8.

  3. Green New Deal (GND) socialdemócrata. Existe una grave crisis socioambiental (social y ambiental), en particular—al menos—respecto a un calentamiento global provocado por la acción de ser humano. Esa crisis socioambiental puede ser resuelta por el desarrollo tecnológico. Lo que es necesario es generar un contexto en el que Estado pueda apoyar y regular una economía social de mercado verde y sostenible. Por tanto, en última instancia, la crisis ambiental es una gran oportunidad para un nuevo pacto social, verde en este caso, que permita una transición justa y que suponga reforzar las bases del maltrecho Estado del bienestar y de los acuerdos sociales (consensuados en la posguerra mundial y minados, desde los años 1970, por el neoliberalismo y el neoconservadurismo) que posibilite recuperar una mínima igualdad. Para ello será de gran interés todo el yacimiento de empleos verdes que la transición ecotecnológica puede generar.

  4. Posturas “tecnoescépticas”. Dentro de la cuarta posición podríamos situar una variedad de posiciones con matices más o menos diversos (verbigracia, decrecentistas, ecosocialistas, ecofeministas, colapsistas…), pero que en todo caso coinciden en afirmar la existencia de un problema para el que no tenemos una solución simple. Desde aquí, se afirma que los posicionamientos del capitalismo verde y del GND yerran en el diagnóstico, además de en la solución. En efecto, afirman que la tecnología por sí sola no puede resolver el problema ecosocial porque el origen de este se halla en el marco cultural de la civilización hegemónica, y por tanto desborda cualquier postura que no cuestione dicho marco. En general estas posturas, como uno de sus puntos de partida esenciales, suelen coincidir en un diagnóstico biofísico que tiene en cuenta de manera primordial la existencia de una crisis de los recursos a la que ya hemos aludido, y que estaría siendo omitida por parte de los otros tres posicionamientos. En este sentido, la limitación de los recursos energéticos naturales (en particular, el pico de la extracción de hidrocarburos de alta calidad y alta TRE—tasa de retorno energético—, es decir la energía obtenida por cada unidad de energía invertida para extraerla—lo que entraña también consecuencias económicas—), unida a las limitaciones prestacionales de las energías renovables y la escasez de los minerales que estas requieren para su aprovechamiento (minerales, además, concentrados en algunas partes del mundo y muchas veces en países empobrecidos), supone que la crisis socioambiental no puede ser resuelta meramente por el desarrollo tecnológico.

En todo caso, desde estas corrientes tecnoescépticas queda abierta al menos la posibilidad de un colapso ecosocial. Al respecto, debemos al menos indicar que—contrariamente a percepciones muy extendidas (Taibo, 2016, pp. 193 y ss.)—el colapso no es un apocalipsis: como explica Manuel Casal Lodeiro (2016, p. 31), el colapso socioambiental se refiere más bien a una simplificación brusca e involuntaria de nuestras sociedades. Joseph Tainter lo define como una situación en que “se despliega una rápida y significativa perdida de un nivel establecido de complejidad sociopolítica” (1988). Jared Diamond, por su parte, añade al concepto el elemento del descenso poblacional: colapso sería un “drástico descenso del tamaño de la población humana y/o la complejidad política, económica y social a lo largo de un territorio considerable y durante un período de tiempo prolongado” (2006, pp. 12-13).

Así, puesto que el crecimiento económico permanente —y, por tanto, exponencial— es biofísicamente imposible (como ya afirmaron, por ejemplo, Nicholas Georgescu-Roegen o Herman Daly), en algún momento se produciría un decrecimiento involuntario, brusco y caótico —esto es, un colapso— si antes la Humanidad no decrece en su impacto ambiental de manera voluntaria, paulatina y planificada. En este punto, la mayor parte de las corrientes tecnoescépticas consideran el problema de manera más holística, es decir, también en su componente social, advirtiendo no solo que el decrecimiento consciente global debe repartirse de forma inversamente proporcional a la acumulación de riquezas, sino que incluso quien debe decrecer en realidad es una parte de la Humanidad, esto es, la más rica9. Por tanto, aquellos pueblos con necesidades básicas insatisfechas deben poder todavía crecer. Este tipo de decrecimiento supone, pues, en alguna medida, un cierto reparto de la riqueza (socialismo).

Además, todas las corrientes dentro de este cuarto grupo, si bien parten de planteamientos claramente occidentales, atienden a las diferencias culturales con otras matrices civilizatorias y conectan en mayor o menor medida con planteamientos emanados del Sur global y de los sentipensares decoloniales, como dice Escobar (2014), poscoloniales o simplemente altercoloniales o las epistemologías del Sur, como las llaman De Sousa Santos y Meneses (2014, pp. 10-11). Por su parte, las posturas ecofeministas entroncan esta cuestión con la crítica al patriarcado (como sistema cultural vinculado al capitalismo), la ética de los cuidados y el ocultamiento que el capitalismo hace de las instancias que —sin embargo— le permiten existir porque hacen posible la propia vida y su reproducción.

Una vez expuestas estas cuatro posiciones, cabría plantear que algunas de ellas podrían acabar recalando en una postura ecofascista. Al respecto, ante la acumulación de síntomas de la crisis ecosocial (particularmente la climática) es posible que llegado el momento algunos de los partidarios de la primera posición salgan de la posición negacionista y opten por un Estado ecoautoritario represivo, posiblemente hipernacionalista (e incluso racista) y, en todo caso, profundamente desigualitario. Es más, esto ya está empezando a suceder. En efecto, algunas fuerzas de extrema derecha están virando desde un planteamiento negacionista al reconocimiento del problema ambiental (Wang, 2019). Algunos de sus postulados apuntan a soluciones que cuanto menos cabe tildar de nacionalpopulistas y que podrían derivar hacia eco-neofascismos (Benoist, 2020).

Por otro lado, entendemos que las posiciones del capitalismo verde podrían acabar también recalando en posturas ecofascistas, ya que sus bases ideológicas conservadoras podrían ser susceptibles de una evolución de este tipo10. En todo caso, de una manera más sutil, la creencia en la solución tecnológica puede conducir a considerar innecesarios los cambios en el estilo de vida que afecten al bienestar material, no solo por parte de las élites en particular, sino también de las sociedades del Norte global en general. Parece que Taibo (2022) iría en la misma línea cuando afirma que

El ecofascismo no sería un proyecto negacionista vinculado con marginales circuitos de la extrema derecha, sino que surgiría, antes bien, en el seno de los principales poderes políticos y económicos. Aunque tendría como núcleo principal a las elites occidentales, a ellas podrían sumarse otras radicadas en espacios geográficos diversos (Contraportada).

En este sentido, algunas respuestas tecnooptimistas, que niegan la necesidad de cambios culturales y socioeconómicos—además de reforzar las resistencias a la pérdida de status, poder y confort—podrían sentar las bases de respuestas tecnocráticas que argumenten la neutralidad racional de un poder que supuestamente se limitaría a implementar la tecnología, cuando en realidad cabe afirmar que opera al servicio de los poderosos, en particular con rasgos raciales definidos. En todo caso, atendiendo a la experiencia histórica cabe prever que las ecotecnocracias, por su carácter despótico ilustrado, podrían ser la antesala de ecoautoritarismos y por tanto también en ese sentido generadoras de ecofascismos. Hay quien incluso sitúa dentro de este posible marco futuro las posiciones del Green New Deal. Según Bordera, Coronel y Pedregal, el GND se enfrenta, entre otros, a “un dilema político derivado de sus inercias extractivistas, coloniales y autoritarias” vinculado, entre otros problemas, al “dilema biofísico que plantean sus costes energéticos y materiales” (2022, p. 12; pp. 14-15).

No obstante, conviene también tener en cuenta aquellas visiones que advierten que el empleo del término “ecofascismo” contra liberales y centristas diluye desgraciadamente una palabra que hace referencia a una ideología coherente con implicaciones muy reales (Wang, 2019).

El trasfondo cultural de los ecofascismos: ilimitación en el hacer propio y crisis civilizatoria

La matriz hegemónica de nuestra civilización occidental moderna, cuya configuración se halla estrechamente ligada al origen de la crisis ecosocial se encuentra en sí misma en un momento de profunda crisis. Ahora bien, dada la complejidad y extensión de este asunto, nos centraremos aquí en lo que más nos interesa, que es la vinculación de aquella con la crisis ecosocial y el elemento central que, a nuestro juicio, genera las causas de esa crisis: la ilimitación que la Modernidad hegemónica otorga a la acción de aquellos que precisamente se insertan en esa civilización11.

Por otro lado, y antes de profundizar en esta cuestión, cabe reiterar que la crisis ecosocial supone un quiebre global, y he ahí precisamente residiría un primer vínculo de la crisis civilizatoria con la ecosocial: la crisis de la civilización occidental es una crisis civilizatoria global, dado que dicha cultura occidental ha extendido su influencia a todo el planeta, lo que supone una dificultad importante en términos cosmovisionales. Esto apunta también a la necesidad de rescatar aquellas matrices culturales alternativas a esa civilización hegemónica, o —como dicen De Sousa Santos y Meneses—, a no desperdiciar la experiencia humana de otros paradigmas (2014, p. 8).

La Modernidad colonial como sustrato de la ilimitación subjetiva. De la exclusión eco-colonial a la ecofascista

En todo caso, como acabamos de apuntar, el elemento central que a nuestro juicio se halla en la raíz de esta encrucijada de crisis y que ha construido las bases del marco cultural de nuestro sistema-mundo (Wallerstein, 1979) es lo que podríamos condensar de forma muy simplificadora como la ilimitación subjetiva en el obrar humano. Esta idea formaría parte del contexto cosmovisional de la Modernidad hegemónica occidental.

Entendemos, por nuestra parte, que esa perspectiva —por otro lado, y como vamos a ver— supone paralelamente elementos que conllevan la imposición de dominación y exclusión, puesto que la ilimitación implica muchas veces la expansión del propio yo (individual o colectivo) a costa de los otros. A nuestro parecer esto alimenta la posibilidad de posturas ecofascistas. Así, por ejemplo, este es el sentido en que la idea de Lebensraum —como concepto vinculado al ecofascismo de entreguerras— combina la inexistencia de límites propios con la imposición de límites a los demás.

A la hora de bucear en algunas de las raíces de esa ilimitación propia que genera dominación hacia fuera entendemos pertinente el enfoque que contempla la Modernidad occidental como intrínsecamente colonial. En efecto, la propuesta del enfoque decolonial sostiene que el proyecto de la Modernidad europea se ha construido sobre la base de su anverso oculto: la colonialidad12.

La idea de la Modernidad colonial se desarrolla fundamentalmente a partir del surgimiento en la década de 1990 del llamado Proyecto Modernidad/Colonialidad, que da lugar a un enfoque de origen latinoamericano que plantea que el reverso de la Modernidad tendría un carácter esencialmente colonial y que a su vez lo moderno nacería como una empresa colonial, en concreto con la llegada de los conquistadores europeos a América. Desde esta perspectiva, sería este acontecimiento del que daría a luz a la Modernidad en términos geopolíticos, por cuanto aquel supondría la aparición de un moderno sistema-mundo. De tal modo que Europa (gracias a los metales preciosos americanos, a una nueva ubicación más conveniente en términos mercantiles y al cierre de China al exterior) habría ido pasando de formar parte de la periferia mundial a situarse en el centro (pero eso habría ocurrido ya en el siglo XIX, después de la llegada de la Modernidad, como advierten Dussel (2004, pp. 203-218; 2016, p. 44; Quijano, 2014, p. 796). Concretamente, habría sido ya con la aparición del capitalismo moderno eurocentrado (Quijano, 2014, p. 786).

Esto habría permitido a dicho proyecto moderno elaborar un nuevo patrón de poder (y de subjetividad) que a su vez resignificaría la intersubjetividad mundial desde un eurocentrismo configurador de nuevas identidades históricas (Quijano, 2014, pp. 794, 801) y en términos de raza (Quijano, 2014, pp. 789, 801-805; Grosfoguel, 2013, pp. 43 y ss.). De este modo, todo lo exterior a Europa fue reubicado no sólo en términos geográficos, sino también históricos: la Modernidad europea sería el punto de llegada de la Historia universal y por tanto definitivo eje de referencia—y, consecuentemente, polo de atracción—para todas las culturas globales (Quijano, 2014, p. 788).

Esta reconfiguración civilizatoria contenía en sí misma una dinámica colonial en cuanto suponía la negación de toda posible alteridad real a Europa en términos político-jurídico-militares (colonialidad del poder), de conocimiento (colonialidad del saber) y de mera existencia como sujetos y pueblos diferentes dotados de una identidad otra (colonialidad del ser); y en consecuencia la sujeción de toda otra no-cultura a esta cultura definitiva. En este sentido, es importante diferenciar la colonialidad del colonialismo. El colonialismo supondría una mera dependencia externa a la que podría ponerse punto final mediante el reconocimiento de la independencia efectiva o la desocupación colonial. Sin embargo, la colonialidad iría más allá de una cuestión meramente externa. Sería algo mucho más arraigado y complejo que el mero colonialismo, porque es una estructura que se mantiene tras la descolonización institucional formal (véase al respecto Fanon, 1963, p. 31).

De este modo, la Modernidad europea hegemónica sería esencialmente dominadora y colonial: se endereza hacia la conquista de todo lo externo, que es subalternizado, negado y excluido. El proyecto de racionalidad moderna se sustenta sobre la idea del punto cero o tabula rasa que para los europeos supone dicho proyecto y la cultura occidental, lo que supone la negación de todas las demás culturas (o, más bien, para esta concepción, no-culturas). Consecuentemente, la Modernidad colonial construye un sujeto que solo puede autoafirmarse como ego conquiro, como yo conquistador (Dussel, 2007).

Entendemos que la ilimitación subjetiva que genera la matriz colonial, y que—como ya hemos señalado— comporta dominación y exclusión, es también el sustrato de las bases de los fascismos y, consecuentemente, de los ecofascismos contemporáneos. Así, por ejemplo, como ya hemos señalado, enfoques racistas como el darwinismo social y el neomalthusianismo forman parte del trasfondo cultural de estas visiones.

Por otro lado, la colonialidad de la Modernidad hegemónica genera también una colonialidad de la propia naturaleza, especialmente la correspondiente a aquellos territorios y pueblos colonizados del Sur global. Por tanto, el actual bienestar de una parte de la población mundial es fruto de una colonialidad respecto a otros territorios y pueblos que incluye inevitablemente (como tentativamente la hemos denominado) una eco-colonialidad. De este modo, el proyecto Moderno occidental no sólo está basado desde su origen en la exclusión-dominación humana sino también en el extractivismo colonial y eco-colonial.13

Como resultado de esta conformación de la realidad, la colonialidad de la naturaleza (o eco-colonialidad), especialmente por lo que corresponde a aquellos territorios y pueblos colonizados del Sur global, es algo ínsito al proyecto moderno hegemónico, en cuanto que éste conlleva inexcusablemente una colonialidad que abarca también los territorios en su sentido más amplio. Para Héctor Alimonda,

el ‘giro decolonial’ se complementa con un ‘giro natural-colonial’. […] Si la perspectiva del Programa M/C supone la recuperación de los discursos silenciados de la resistencia anti-colonial, la perspectiva de la historia ambiental busca también sus voces ocultas, sus consecuencias no asumidas ni confesadas, la destrucción ambiental y social que ocultan los procesos ejemplares de desarrollo, que se revelan con frecuencia insostenibles. (2011, p. 36).

Arturo Escobar (2000) ya trabajaba desde un paradigma decolonial la cuestión de la relacionalidad con la naturaleza. Igualmente, Fernando Coronil (2000) trabaja la cuestión de la Modernidad occidental y la naturaleza, aunque sin utilizar la expresión “colonialidad de la naturaleza”.14

Ahora bien, la colonialidad de la naturaleza es algo que con el devenir histórico no haría sino acentuarse. En efecto, las características del tipo de economía que se construye a partir de un modelo colonial extractivista, que es el que permitirá precisamente el crecimiento económico y el desarrollo de nuevas tecnologías (de forma especial, a partir de las sociedades industriales del bienestar) requiere, a su vez, un constante y creciente insumo de materia y energía, así como un mayor uso de sumideros naturales. Todo lo cual —como consecuencia de la propia dinámica colonial— se obtiene de manera extractivista de los territorios y pueblos subalternizados.

Por tanto, la eco-colonialidad supondría la dimensión ecosocial de la colonialidad Moderna. De una parte, esto significa que la eco-colonialidad tiene un plano biofísico, en cuanto que supone una colonialidad de la naturaleza del Sur global (o incluso, a menor escala, de las colonias internas dentro del Norte global) y por tanto la extracción de una serie de recursos (en términos de materia, energía y sumideros naturales). Esa intervención extractivista-colonial tiene unas consecuencias mucho más devastadoras en términos socioeconómicos que las que puedan producirse en los territorios de las metrópolis, debido a esa mayor dependencia de las comunidades subalternizadas respecto a su hábitat y a la estabilidad de este como fuente imprescindible para la propia supervivencia de dichas comunidades o, al menos, para una estabilidad socioeconómica básica.

Sin embargo, la eco-colonialidad tiene también una dimensión sociocultural, esto es, supone una colonialidad que impacta sobre la dimensión sociocultural del territorio y en concreto sobre la relación de las comunidades con sus territorios. En este sentido, está claro que en toda comunidad humana (no solo sedentaria) existe siempre una sólida imbricación entre lo sociocultural y lo ecosocial, esto es, un claro vínculo de pertenencia al territorio que tiene connotaciones socioculturales. Como advierte Alimonda (2011, p. 37), Polanyi aborda el proceso de mercantilización de la naturaleza que llevó a cabo el capitalismo. En efecto, afirma que, si bien la naturaleza ha formado parte siempre del sentido y de la vida humana, ahora, convertida en “tierra” se desvinculó del ser humano, de tal modo que, escindida de lo humano, a lo que daba sentido y de lo cual también adquiría un significado para el ser humano, se convertía en una mera mercancía (Polanyi, 1989, cap. XV). A nuestro juicio, el retorno a la tierra del que habla Latour (2017) es una idea que va en esta misma línea.

Este vínculo, en el que lo ambiental y lo cultural se dan la mano, tiene incluso connotaciones políticas en cuanto a la propia pertenencia a la comunidad política y la inserción de ésta en un territorio determinado. Es además claro que esa conexión pueblo-territorio en ese sentido ecosocial-sociocultural es también mucho mayor en las culturas del Sur Global. En primer lugar, como ya hemos comentado, por la mayor dependencia de estas comunidades respecto a su territorio en términos de supervivencia. Pero, en segundo lugar, esa conexión es también mucho mayor en términos puramente culturales, con connotaciones sociales que en muchos casos vinculan lo ambiental con lo sociorreligioso y/o con lo espiritual. En efecto, las comunidades del Sur Global participan en muchos casos de una cosmovisión que no escinde dicotómicamente la cultura de la naturaleza, y por tanto en esas concepciones la interrelación (no solo con el ecosistema, sino también con la propia comunidad) es el elemento que da sentido y significado a la vida, y por tanto también identidad. Esto supone también otras formas de conocer y de relacionarse con la realidad (cf. Escobar (2014, pp. 47, 57-59; 90; Albán y Rosero, 2016, pp. 30-32, 38-39).

La ilimitación subjetiva como origen de la crisis civilizatoria y fuente de la crisis ecosocial

Como ya hemos adelantado, la cosmovisión dominante en nuestra civilización, heredera de esta Modernidad hegemónica colonial, y sobre la cual hemos construido este mundo antropocénico globalizado, se caracteriza por una visión que considera que las capacidades humanas propias carecen de límites15. Esta cosmovisión conduce al ser humano a la búsqueda permanente de una expansión ilimitada (Almenar, 2012). No obstante, ese expansionismo de las propias capacidades se hace en un marco que evidentemente es limitado en sí mismo. Lo que lleva a considerar inevitable la expansión propia a costa del otro.

En efecto, la creencia en la ilimitación de las posibilidades propias parte del orgullo, constatado mediante las realizaciones alcanzadas, se hace negando paralelamente las posibilidades del otro. De este modo, las realizaciones del otro se enjuician desde la propia matriz y conducen a un juicio que afirma la incapacidad natural de ese otro diferente y, consecuentemente, la necesidad de que ese otro deba sufrir las consecuencias de la expansión ilimitada. Lo que, a nuestro juicio, genera una inevitable dominación que el enfoque decolonial integra dentro de la etiqueta de la “colonialidad”.

Así, el protagonista de esas supuestas capacidades ilimitadas (el ser humano de la matriz hegemónica moderna occidental) puede de hecho extralimitarse y proyectarse en el espacio y el tiempo de manera antropocéntrica, colonial y extractivista (y, por ende, capitalista) (Font-Oporto, 2020a, pp. 27-29). La creencia en la infinitud de la racionalidad humana por parte de la matriz moderna lleva a confiar en la capacidad de solventar todos los inconvenientes que puedan irse planteando a ese crecimiento sostenido indefinido: la solución sería el permanente y continuo desarrollo tecnológico. Es este un concepto vinculado a lo que se ha dado en llamar la hybris (orgullo desmedido y alejado de la realidad) del sujeto moderno. Es, igualmente, una idea vinculada con el concepto de utopía que maneja Hinkelammert, 200216. En concreto, es la obra por excelencia de dicho sujeto, la tecnología, la que le permite precisamente eliminar los límites existentes en la realidad (que se convierten, por tanto, en movibles y transitorios: no-límites, en definitiva). De este modo, en primer lugar, los relatos culturales dominantes en cuanto a la percepción extendida de que la realidad no conoce límites y que el ingenio humano puede alejar permanentemente los mismos, se han concretado en conceptos dominantes como crecimiento, progreso, mejora o incluso nuestra propia concepción de la razón humana (Font-Oporto, 2020a, pp. 29 y ss.). Por otro lado, en segundo lugar, esto conduce inevitablemente a que ese comportamiento práxico que niegue los límites supone en último término conductas que, impugnando la existencia de otros (espirituales, humanos, vivos, o incluso aparentemente inertes…), pasan por encima de ellos. De alguna manera, esa negación del otro conecta con la idea de la colonialidad del ser (Font-Oporto, 2018). Pero ese desplazamiento de los otros, que son dominados y/o excluidos como consecuencia de esas conductas, se considera legítimo sobre bases en último término etnocéntricas. En efecto, encontramos aquí el origen de los enfoques racistas presentes en los ecofascismos.

En estas visiones, la pretensión de superioridad se ampara a veces —precisamente— sobre las realizaciones alcanzadas en y con la mejora tecnológica. Es importante hacer notar que esta ilimitación de las capacidades en la cosmovisión de la Modernidad hegemónica permea claramente las visiones dominantes sobre la crisis ecosocial anteriormente expuestas. Así, el tecno-optimismo y el tecnocratismo, pueden claramente alimentar, en un futuro ecosocialmente complicado, respuestas injustas que aumenten la nómina de los ecofascismos, más allá de las visiones negacionistas directas y sus bases ultraderechistas.

En todo caso, es obvio que existen dinámicas culturales que no solo ocultan a la propia civilización que está cavando el suelo bajo sus pies—a pesar de que aquella alcance en ciertos momentos esa conciencia—, sino que, sobre todo, impiden reconducir la situación hacia comportamientos sociales que se sitúen dentro de la zona de seguridad en cuanto a la supervivencia de la vida. En esos espacios simbólico-narrativos convertidos en tótems sagrados, en fetiches intocables, cada civilización se juega su futuro. La capacidad de replantear esa narrativa social dominante que conduce al suicidio colectivo será la que marque la pauta de los posibles escenarios futuros. Y ese relato cultural hegemónico suele tener complejos lazos con la estructura de poder y los marcos de decisión y acción políticos, los cuales en muchos casos afianzan precisamente su legitimidad en los mismos o simplemente consideran poco delicado cuestionarlos. Así, por desgracia, parece resultar indiferente que cabalmente los mejores exponentes civilizatorios de esa racionalidad moderna asentada en el método científico apunten a la imposibilidad material del crecimiento indefinido (y, por ello mismo, exponencial). El relato social dominante ha tomado una concepción reduccionista de lo racional y ha generado una serie de mitos que, expandidos y aprovechados por el capitalismo neoliberal globalizado, ciegan la conciencia de la realidad y sus límites biofísicos17.

La autodefensa de las élites: intereses, colonialidad, tecnocracia. La necesidad de cambiar el paradigma

Todas estas crisis que estamos señalando afectan a unas sociedades construidas desde una injusticia estructural, y precisamente la esencia del ecofascismo reside en que los poderes que las pergeñaron de este modo y que se sostienen sobre el mismo no están dispuestos a que se transforme la esencia de esas sociedades desigualitarias y a perder sus privilegios, empezando por su estilo de vida. Ya lo dijo George H. W. Bush en la Cumbre de la Tierra de Río de Janeiro en 1992: “The American way of life is not negotiable [El estilo de vida americano es innegociable]”. Un estilo de vida y unas prerrogativas asentadas en la colonialidad implementada desde el inicio de la Modernidad hegemónica que se ha encarnado en el sistema-mundo actual; colonialidad que, como ya hemos defendido, es producto de la autopercepción del ser humano moderno (en particular, el occidental) como un ser ilimitado en su capacidad.

De este modo —y esto es algo fundamental al acercarnos al marco cultural que sustenta los ecofascismos—, Modernidad hegemónica y exclusión han ido de la mano en todos los terrenos, y también en el ecosocial. Esto es algo particularmente relevante en un momento en que una crisis ecosocial de las características ya analizadas puede provocar una situación que enardezca las tentaciones de aumentar las exclusiones sobre las que se ha construido nuestro actual sistema-mundo (Font-Oporto, 2022, pp. 13-14).

Cabe constatar que “el ecofascismo hundiría sus raíces […] en muchas de las manifestaciones del colonialismo y el imperialismo de siempre, que en adelante tanto podrían apostar por el exterminio, ya sugerido, de quienes se estima que sobran, como servirse de poblaciones enteras en un régimen de explotación que recordaría a la esclavitud de hace bien poco” (Taibo, 2022, contraportada).

Ya hemos apuntado que la única respuesta justa en términos socioambientales a las crisis ecosociales que están emergiendo (originadas de manera injusta desde una eco-colonialidad de los territorios y las poblaciones) pasaría precisamente por un decrecimiento voluntario de las sociedades de las metrópolis coloniales. Sin embargo, nos encontramos precisamente ante una negativa a ese camino por parte de esas sociedades —único que permitiría materialmente la coexistencia de diversos mundos en este mundo (como reza la consigna zapatista)—y, por el contrario, su apuesta decidida por el acaparamiento de los recursos naturales ante el riesgo de una cadena de colapsos ecosociales en aras de no solo asegurar el statu quo propio sino las propias condiciones que permitan mantenerlo en un futuro incierto. Estas opciones nos avocan indefectiblemente a respuestas ecofascistas tal como las hemos definido en su tercer y actualmente más adecuado sentido.

En efecto, contrariamente, la agenda de las élites mundiales y de las sociedades del Norte global —que luchan por mantener el nivel de bienestar de las minorías privilegiadas— pretende profundizar en la dinámica eco-colonial mediante respuestas supuestamente tecnocráticas (y, por tanto, en apariencia neutras) pero ínsitamente eco-coloniales18. Ahora bien, las tecnocracias, por su carácter despótico ilustrado, son además la antesala de ecoautoritarismos y por tanto también en ese sentido generadoras de ecofascismos. En efecto, el anhelo de soluciones tecnocráticas, inviables desde el punto de vista biofísico y autoritarias desde la dimensión sociopolítico-cultural, conduce a un sálvese quien pueda de carácter manifiestamente excluyente que implica correlativamente el sacrificio de quienes no pueden ni podrán sobrevivir en un escenario de colapso ecosocial sin la instauración de cambios radicales en nuestros subsistemas humanos que requerirían nivelar las desigualdades extremas entre el Norte y el Sur global (así como respecto a los “sures internos”).

De este modo, la profundización en la crisis ecosocial está actuando como catalizador de ecofascismos. Esto ocurre porque el incremento de la conflictividad social, internacional y nacional en un escenario en el que ya no se descarta off the record el colapso ecosocial, conduce, como respuesta interesada y más o menos subrepticia, hacia un deslizamiento favorable a ese tipo de respuestas ecofascistas. Debe advertirse que los efectos colaterales de las respuestas tecno-optimistas operan de manera intrínseca en las posiciones que optan por una transición verde que requiere ingentes recursos minerales para la sustitución de los combustibles fósiles (y no solo por razones de evitación del calentamiento global, sino por el pico de extracción de esos combustibles). Esos recursos limitados en muchas ocasiones se encuentran presentes en territorios vulnerables cuya población está ya siendo sacrificada en aras del mantenimiento de los privilegios de las minorías globales (véase, por ejemplo, Sánchez y Matarán, 2023).

Además, la estructura política dominante en la civilización occidental, la democracia representativa liberal (de mayor o peor calidad) no parece permitir un cuestionamiento de los relatos culturales dominantes en cuanto a la percepción extendida, de raíz occidental-moderna, de que el ingenio humano puede alejar permanentemente los límites de la realidad. En efecto, desde una concepción de la política cada vez más electoralista, no se plantea la posibilidad de contradecir esos imaginarios colectivos insostenibles.

En definitiva, los cambios esenciales que deben frenar el ascenso de las ideas ecofascistas deberán venir de la mano de la aceptación y difusión acelerada de un cambio de paradigma cultural que presumiblemente no será fácil de extender. Las alternativas a esa aceptación ya podemos imaginar por dónde transitarán. En todo caso, la labor de denuncia de las posturas que sirven de caldo de cultivo para los ecofascismos, y sobre todo la tarea de construcción de alternativas ecosocialmente justas y sostenibles es hoy un imperativo moral, en particular en las sociedades opulentas del Norte global.

Conclusiones

Los planteamientos ecofascistas son aquellos que ante situaciones de quiebre de los ecosistemas y el consiguiente conflicto social que esto supone, pretenden a toda costa asegurar el bienestar y los intereses de las minorías privilegiadas. Esa situación de privilegio normalmente se inicia o bien acaba en un planteamiento racista. Lo cual conduce a actuaciones coloniales que, con un fondo cultural darwinista social puede legitimar tanto la extracción como el acaparamiento.

En este artículo hemos abordado la cuestión de la emergencia de las ideas ecofascistas en el contexto actual, en el que una grave crisis ecosocial puede empujar a las élites y a las minorías privilegiadas del globo a proteger para sí mismas los restos del naufragio de un posible colapso socioambiental. Los orígenes de esa crisis pueden rastrearse en una matriz cultural que de manera colonial niega etnocéntricamente los límites de la actuación de la civilización dominante, al tiempo que refuta la alternatividad de otras culturas y cosmovisiones diferentes. En gran medida, ese paradigma permea de manera clara las posturas dominantes ante la crisis ecosocial y cuáles deben ser las respuestas a la misma. Como ha podido constatarse, las posturas negacionistas niegan la crisis ecosocial. Pero además, el sustrato de la ilimitación en la propia capacidad de actuación de la civilización hegemónica parece hallarse también en la base de visiones que, basadas en el tecno-optimismo y la tecnocracia, no asumen la necesidad de un cambio civilizatorio ni, por tanto, la existencia de límites biofísicos que deben asumirse de manera socioambientalmente justa. Más bien, dichas posturas pueden ser la base idónea para el crecimiento de proyectos ecofascistas que, buscando la protección de los intereses de las minorías privilegiadas coloniales, y so pretexto de la protección del medio ambiente, acaparen los recursos ambientales restantes, excluyendo a la gran mayoría de la Humanidad en una huida hacia adelante que podría llevar a una profundización en la crisis ecosocial y, por ende, también—a través de un peligroso bucle—, en la crisis civilizatoria.

Referencias bibliográficas


Notas

  1. Sobre el ecofascismo nazi véase el interesante estudio de Biehl y Staudenmaier (2019); Zimmerman, (1995, pp. 215-221); Payne (2014, p. 129). Sobre las relaciones del fascismo italiano con la cuestión ecológica, véase Armiero, Biasillo y von Hardenberg (2022). Sobre el significado histórico y actual de los fascismos, véase Payne (2014); Mellón (2012) y Gentile (2019).↩︎

  2. Véase Montagud Rubio (2020). Un ejemplo de uso donde se mezclan estos usos puede verse en Benito (2020).↩︎

  3. Hemos apuntado esta cuestión en Font-Oporto (2022a, pp. 78-82 y 95-97).↩︎

  4. Véase Font-Oporto (2020, p. 105). Más adelante abordamos brevemente la idea de colapso ecosocial; sobre este concepto puede verse Font-Oporto (2022a, pp.8-11).↩︎

  5. “Sin embargo, si surge el ecofascismo, probablemente ocurriría en países que ya poseen un sentimiento de identidad nacional a largo plazo que podría interpretarse como ‘racial’. En los países europeos, los políticos de derechas ya han estado pidiendo el cese de la inmigración, e incluso la expulsión de aquellos extranjeros (principalmente, pero no sólo blancos) que amenazan la identidad cultural de la nación, junto con su bienestar social, político y económico. A medida que hordas de personas desesperadas procedentes de países del Tercer Mundo ecológicamente devastados y políticamente desintegrados sigan llegando a los países del Primer Mundo, algunos políticos pedirán medidas severas para excluir a los inmigrantes, con el fin de evitar que reproduzcan las mismas crisis ecológicas y políticas que (supuestamente) crearon en sus abandonadas patrias. lgnorando el papel desempeñado por el colonialismo occidental en la creación de esas crisis, los líderes neofascistas europeos pueden argumentar que los inmigrantes de piel oscura no sólo están destruyendo el suelo nativo, sino que también están contaminando la sangre nativa]”. Sobre las conexiones entre la colonialidad y el racismo véase Quijano, 2014, 789, 801-805; Grosfoguel, 2013, 43 y ss. He estudiado la Modernidad colonial en Font-Oporto (2016a y 2018).↩︎

  6. Véase al respecto el divulgativo texto de Pérez, 2021. Los trabajos de Nicholas Georgescu-Roegen fueron decisivos para una toma de conciencia de la imbricación entre los límites biofísicos y los económicos (véase, por ejemplo, Georgescu-Roegen, 1996).↩︎

  7. Con algunas diferencias de enfoque, hemos abordado anteriormente las ideas de este epígrafe en Font-Oporto (2022a y 2022b).↩︎

  8. Con algunas diferencias de enfoque, hemos abordado anteriormente las ideas de este epígrafe en Font-Oporto (2022a y 2022b).↩︎

  9. Para una crítica del liberalismo verde, véase Arias, 2020.↩︎

  10. La perspectiva del decrecimiento y el movimiento decrecentista la hemos abordado en Font-Oporto (2016b y 2017). Sobre los dos sentidos del concepto de decrecimiento (que podríamos calificar, respectivamente, como físico-económico y el sociopolíticoético), véase Enríquez Sánchez, 2021, pp.120-124.↩︎

  11. La encíclica del Papa Francisco, Laudato Si’, habla de un “paradigma tecnocrático dominante” en nuestra cultura actual: véanse números 101, 106-114, 122, 189 y 194 (Francisco, 2015).↩︎

  12. Algunas de estas cuestiones las hemos tratado con más detenimiento y ciertas diferencias de matiz en Font-Oporto (2022a y 2022b).↩︎

  13. Sobre el origen de la Modernidad colonial y del enfoque decolonial, vid. Mignolo, 2007; Alimonda, 2011, p.23 y ss. Hemos trabajado este enfoque en Font-Oporto (2016a y 2018).↩︎

  14. Leff había trabajado antes el concepto de ecología disociándolo de la idea ortodoxa de desarrollo (Leff, 1994; 2002). Bringel, Lang y Manahan (2023) hablan de “colonialismo verde”. Gudynas ha desarrollado el concepto de extractivismo en diferentes trabajos, aunque no suele manejar la idea de colonialidad (vid. Gudynas, 2015). Hernández Humaña (2022, p. 238) aborda la necesidad de una relación no colonial con la naturaleza en orden a la búsqueda de una paz ambiental. Vinculando la colonialidad con un enfoque ecosocial, algunos autores insertan esta eco-colonialidad dentro de un concepto más amplio, como sería la biocolonialidad, que abarcaría todos los sujetos vivos que son colonizados, incluidos los humanos, y por tanto supone también el control biopolítico (Cajigas-Rotundo, 2007, p. 175). Como advierte Yilson Beltrán, la idea de biocolonialidad tiene elementos de raigambre claramente foucaultiana (Beltrán, 2006, p. 27; 2019). En una línea similar, Coronel Tarancón analiza los límites biofísicos de la biopolítica (2023). No debe olvidarse que ya Castro Gómez (2007) examinó los nexos entre el biopoder foucaultiano y la crítica decolonial a la Modernidad hegemónica.↩︎

  15. Sobre la idea de colonialidad de la naturaleza, vid. Cajigas Rotundo (2007); Walsh (2009); Alimonda (2011); Escobar (2014); Machado Aráoz (2010); Machado Aráoz (2012, p. 57); Svampa (2012); Albán y Rosero (2016), Beltrán (2016 y 2019).↩︎

  16. La raíz de esa ilimitación subjetiva es evidentemente muy compleja, y sobre la misma podríamos encontrar distintas teorías desde diferentes perspectivas.↩︎

  17. Sobre los límites en general véase Enríquez Sánchez (2021). Sobre el concepto de progreso en las ideologías modernas véase Hinkelammert (2002). De manera propositiva, hemos abordado (Font-Oporto, 2022b) cuatro elementos con diferentes caracteres y sustancias que, a nuestro juicio, nos han conducido a esta posibilidad de hundimiento civilizatorio, elementos que giran en torno a algunas de las dimensiones y momentos clave de la Modernidad.↩︎

  18. A este respecto, es muy interesante la distinción que hacen Servigne y Stevens entre límites (infranqueables) y fronteras (franqueables pero con peligrosas consecuencias) (Servigne y Stevens, 2021, p. 50).↩︎