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      <journal-title specific-use="original" xml:lang="es">Con-Textos Kantianos</journal-title>
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      <publisher-name>Ediciones Complutense</publisher-name>
      <publisher-loc>España</publisher-loc>
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        <subject>MISCELÁNEA</subject>
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      <article-title>¿Solo los humanos racionales poseen dignidad?</article-title>
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        <trans-title>Do only rational humans possess dignity?</trans-title>
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      <corresp id="cor1">Autor@s de correspondencia: Franklin Ibáñez: <email>fibanezb@unmsm.edu.pe</email></corresp>
      <corresp id="cor2">Richard Orozco: <email>Rorozco@ulima.edu.pe</email></corresp>
    </author-notes>
    <pub-date pub-type="epub" publication-format="electronic" iso-8601-date="2025-07-14">
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      <year>2025</year>
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        <license-p>Esta obra está bajo una licencia <ext-link ext-link-type="uri" xlink:href="https://creativecommons.org/licenses/by/4.0/">Creative Commons Attribution 4.0 International</ext-link></license-p>
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    <abstract>
      <p>La teoría moral kantiana sigue siendo, de forma directa o indirecta, aquella que ofrece el mayor sustento a la noción de dignidad, piedra angular para los sistemas morales y legales contemporáneos. Kant afirma que aquella pertenece a todos los seres humanos en cuanto fines en sí mismos. Sin embargo, buena parte de los argumentos que muestra parecen directamente dedicados a justificar la dignidad solo de “los sujetos racionales”. De allí, podría deducirse que tal vez no todos los seres humanos encajan, pues algunos parecen carecer de racionalidad: concretamente, aquellos con discapacidad cognitiva radical. El artículo explora este problema en los textos kantianos para proponer que, finalmente, todos los humanos poseen dignidad en tanto forman parte de la única especie moral o interpelada por la razón práctica.</p>
    </abstract>
    <trans-abstract xml:lang="en">
      <p>Kantian moral theory remains, directly or indirectly, the one that offers the strongest support for the notion of dignity, the cornerstone of contemporary moral and legal systems. Kant asserts that dignity belongs to all human beings as ends in themselves. However, many of the arguments he presents seem directly dedicated to justifying the dignity of only “rational subjects.” From this, it could be deduced that perhaps not all human beings fit the bill, as some seem to lack rationality: specifically, those with radical cognitive disabilities. This article explores this problem in Kantian texts to propose that, ultimately, all humans possess dignity insofar as they are part of the unique moral species, or the one addressed by practical reason.</p>
    </trans-abstract>
    <kwd-group>
      <kwd>Dignidad</kwd>
      <kwd>personalidad moral</kwd>
      <kwd>discapacidad cognitiva</kwd>
      <kwd>sujeto racional</kwd>
      <kwd>bioética</kwd>
    </kwd-group>
    <kwd-group xml:lang="en">
      <kwd>Dignity</kwd>
      <kwd>moral personality</kwd>
      <kwd>cognitive disability</kwd>
      <kwd>rational subject</kwd>
      <kwd>bioethics</kwd>
    </kwd-group>
    <custom-meta-group>
      <custom-meta>
        <meta-name>Sumario</meta-name>
        <meta-value>: 1. Introducción. 2. La racionalidad como base de la dignidad. 3. Moralizar el mundo: una tarea especial. 4. Conclusión. 5. Bibliografía.</meta-value>
      </custom-meta>
      <custom-meta>
        <meta-name>Cómo citar</meta-name>
        <meta-value>: Ibáñez, F.; Orozco, R. (2025). ¿Sólo los humanos racionales poseen dignidad?, Con-Textos Kantianos. International Journal of Philosophy, 21, 169-176.</meta-value>
      </custom-meta>
    </custom-meta-group>
  </article-meta>
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<sec id="introduccion">
  <title>1. Introducción</title>
  <p><italic>Persona est rationalis naturae individua
  substantia</italic><xref ref-type="fn" rid="fn1">1</xref></p>
  <p>La dignidad constituye una categoría moral fundamental para los
  sistemas morales y legales contemporáneos. La evolución de su
  significado demuestra que no se trata de una noción unívoca. En sus
  orígenes latinos, <italic>dignitas</italic> denotaba sobre todo una
  cualidad de la que gozaban unas pocas personas debido a su cargo –
  como ser emperador o cónsul–, o debido a su virtud –como ser un
  artista o un retórico versado– (Rosen 2012). De allí que incluso hoy
  solemos referirnos a los presidentes y altas autoridades como
  dignatarios. Sin embargo, el uso contemporáneo moralmente más común y
  relevante que se recoge, por ejemplo, en la Declaración Universal de
  los Derechos Humanos (1948), más bien, proclama que la dignidad
  refiere al igual valor moral absoluto de todos los seres humanos sin
  importar cualquier diferencia.</p>
  <p>El presente artículo aborda la cuestión de si la ausencia grave de
  las capacidades racionales merma la dignidad personal. ¿Un humano con
  discapacidad cognitiva radical no es un sujeto digno? Para analizar la
  cuestión, se utiliza el marco moral kantiano. Sin duda, Kant ha
  contribuido enormemente a la comprensión contemporánea de la dignidad.
  Como señala Manuel Atienza (2022), todavía hoy la teoría moral
  kantiana sigue siendo la principal fuente de inspiración para quienes
  se embarcan en el ejercicio de la fundamentación de la dignidad.</p>
  <p>En un conocido pasaje de la <italic>Fundamentación</italic>, Kant
  (2012) se refiere a la dignidad –<italic>Würde</italic>– en los
  siguientes términos:</p>
  <disp-quote>
    <p>Así la razón refiere cada máxima de la voluntad como
    universalmente legisladora a toda otra voluntad y también a
    cualquier acción ante uno mismo, y esto no por algún otro motivo
    práctico o algún provecho futuro, sino por la idea de la
    <italic>dignidad</italic> de un ser racional, el cual no obedece a
    ninguna otra ley salvo la que se da simultáneamente él mismo.</p>
    <p>En el reino de los fines todo tiene o bien un
    <italic>precio</italic> o bien una <italic>dignidad</italic>. En el
    lugar de lo que tiene un precio puede ser colocado algo
    <italic>equivalente</italic>; en cambio, lo que se halla por encima
    de todo precio y no se presta a equivalencia alguna, eso posee una
    dignidad. (G 2012, p. 148 [Ak. IV, 434-435])</p>
  </disp-quote>
  <p>La primera parte del texto citado indica que la dignidad atribuida
  a un ser <italic>racional</italic> –<italic>vernünftigen</italic>– se
  debe a que este, precisamente por ser racional, es capaz de legislar
  desde un punto de vista universal su propia voluntad. Luego, posee la
  capacidad de obedecer la ley que reconoce como producida por él mismo.
  En otras palabras, la dignidad de un ser humano radica en que este se
  reconoce como legislador de sí mismo gracias a la razón. La segunda
  parte de la cita explica que la dignidad consiste en un valor
  intrínseco “por encima de todo precio”. No se presta a ninguna
  equivalencia económica, ni siquiera moral. Frente a los cálculos
  utilitaristas que se hallaban presentes en la época de Kant y que
  sobreabundan en la actual, la dignidad se convierte en la gran carta
  de triunfo –retomando una conocida expresión de Dworkin (1984)–. Ni la
  razón de estado ni un supuesto bien de la mayoría pueden trasgredir
  aquella dignidad que las sociedades democráticas atesoramos como
  intransferible, inalienable e inconmensurable, es decir, como un valor
  absoluto.</p>
  <p>Sin embargo, surge un problema cuando se destaca que una parte de
  la humanidad, que a primera vista parece protegida por el aurea moral
  que la dignidad propaga, no cumple precisamente el requisito de la
  racionalidad.<xref ref-type="fn" rid="fn2">2</xref> Por un lado, el
  sentido común reconoce que la inteligencia no es una cualidad uniforme
  dentro de la especie humana, sino una cuestión de grados. De allíque
  la discapacidad intelectual a su vez se subdivida en cuatro grupos:
  leve, moderada, grave y profunda (AAIDD 2021). En esta clasificación,
  el tipo de discapacidad profunda, muy grave o radical, se aplica a
  sujetos con prácticamente nulo entendimiento. Los tipo leve y moderado
  son bastante comunes en la sociedad, mientras que el profundo se halla
  en muy pocos casos. Situaciones iniciales en la vida, como la
  anencefalia, o en su desarrollo, como accidentes tempranos que
  producen el estado vegetativo o el coma permanente, muestran casos
  estadísticamente ínfimos, pero no por ello menos reales. Por otro
  lado, la dignidad, aquel estatuto moral que la Declaración Universal
  de los derechos humanos y otros instrumentos legales –nacionales e
  internacionales– protegen, no se concibe gradualmente. Se trata de
  todo o nada, sin guardar ninguna proporcionalidad con el nivel de
  inteligencia. La dignidad no se adquiere ni se pierde. En cambio, la
  racionalidad sí.<xref ref-type="fn" rid="fn3">3</xref> ¿Qué diría la
  teoría kantiana frente a seres humanos catalogados dentro de la
  discapacidad cognitiva radical? ¿Poseen dignidad pese a no ser
  racionales? Estas cuestiones cobran relevancia por sus aplicaciones
  para la bioética contemporánea.</p>
  <p>Kant no se ocupó directamente del asunto. Si bien algunos pasajes
  suyos señalan literalmente que todo ser humano es racional, digno y
  fin en sí mismo, algunos intérpretes señalan que el argumento kantiano
  reposa en un atributo –la racionalidad– que es precisamente
  inexistente en el caso de los seres humanos con grave discapacidad
  intelectual (Regan 1983; Wood 1999; McMahan 2002). En cambio, Kain
  (2009) considera que Kant sí podría concederles status moral a partir
  de algunos elementos de su teoría biológica y psicológica. En lo que
  sigue del artículo, se aborda el problema desde diversos escritos del
  corpus kantiano. Dado que la exégesis textual no resuelve el dilema
  directamente –pues el propio autor no se lo planteó en su tiempo–, se
  propone un argumento indirecto que parece consistente con gran parte
  de su obra. En este, se destaca que los sujetos con discapacidad
  intelectual radical pertenecen a la única especie que el propio Kant
  consideró capaz de escuchar el dictamen de la ley
  moral.<xref ref-type="fn" rid="fn4">4</xref> Por tanto, también se les
  puede atribuir dignidad.</p>
</sec>
<sec id="la-racionalidad-como-base-de-la-dignidad">
  <title>2. La racionalidad como base de la dignidad</title>
  <p>En el texto anteriormente citado de la
  <italic>Fundamentación</italic>, se dice que un ser racional “no
  obedece a ninguna otra ley salvo la que se da simultáneamente él
  mismo” (G 2012, p. 148 [Ak. IV, 434]). ¡He allí su dignidad! Solo un
  ser que reconoce el mandato moral provisto por la razón puede
  considerarse digno. Libertad y racionalidad convergen en el hecho de
  reconocer y poder seguir aquello que la razón dictamina como correcto.
  Señala Kant: “Cada cosa de la naturaleza opera con arreglo a leyes.
  Sólo un ser racional posee la capacidad de obrar <italic>según la
  representación</italic> de las leyes o con arreglo a principios del
  obrar, esto es, posee una <italic>voluntad</italic>. Como para derivar
  las acciones a partir de leyes se requiere una <italic>razón</italic>,
  la voluntad no es otra cosa que razón práctica” (G 2012, pp. 111-112
  [Ak. IV, 412]). Por tanto, ser racional conlleva la posibilidad de
  distanciarse del mundo, de no seguir a ciegas los impulsos o
  inclinaciones biológicas que convierten a cada ser vivo en un simple
  engranaje de las leyes naturales. El ser humano se encuentra a sí
  mismo como perteneciente a dos dominios: el físico –en tanto ser
  corporal– y el moral –en tanto ser racional–. La dignidad de la que él
  goza brilla cuando se le reconoce perteneciente a este segundo reino:
  el de la moral, donde solo puede ingresar alguien con la suficiente
  inteligencia para reconocer lo correcto y ser libre para seguirlo. “La
  voluntad es una capacidad de elegir <italic>sólo aquello</italic> que
  la razón reconoce independientemente de la inclinación como
  prácticamente necesario, o sea, como bueno” (G 2012, p. 112 [Ak. IV,
  412]). Solo el ser humano posee voluntad, la cual no debe confundirse,
  como el sentido común realiza frecuentemente, con la capacidad de
  elegir o ceder ante los impulsos biológicos. Eso lo hace cualquier
  animal por instinto. Cuando el <italic>homo sapiens</italic> renuncia
  a su entendimiento para comportarse simplemente como cualquier otro
  animal y reduce su voluntad a la consecución irreflexiva del impulso
  instintivo, se vuelve preso de un <italic>pathos</italic>. En tal
  caso, no posee sin más una voluntad, sino una “patológicamente”
  afectada (KpV 2000, p. 77 [Ak. V, 19]).</p>
  <p>En la <italic>Fundamentación</italic>, el argumento parece implicar
  una dignidad inherente y exclusiva para sujetos racionales; mientras
  que, al mismo tiempo, Kant tenía en mente a la humanidad entera.
  Compárese algunos conocidos pasajes. “Los seres racionales reciben el
  nombre de <italic>personas</italic> porque su naturaleza los destaca
  ya como fines en sí mismos, o sea, como algo que no cabe ser utilizado
  simplemente como medio, y restringe así cualquier arbitrio (al
  constituir un objeto de respeto)” (G 2012, p. 138 [Ak IV, 428]).
  Tomada aisladamente, aquella cita solo considera personas, con la
  dignidad que acompaña a estas, a quienes son racionales. Pero Kant,
  más bien, utiliza dicha idea como una premisa para concluir que toda
  la humanidad posee dignidad o valor absoluto. Poco después del texto
  anterior, sostiene: “<italic>La naturaleza racional existe como fin en
  sí mismo</italic>. Así se representa el hombre necesariamente su
  propia existencia” (G 2012, p. 139 [Ak. IV, 429]). Inmediatamente,
  añade una de las fórmulas más célebres del imperativo categórico:
  “<italic>Obra de tal modo que uses a la humanidad, tanto en tu persona
  como en la persona de cualquier otro, siempre al mismo tiempo como fin
  y nunca simplemente como medio</italic>” (G 2012, p. 139 [Ak. IV,
  429]). Se refiere, pues, a la humanidad, no a una parte de ella.</p>
  <p>En otros textos, como la <italic>Antropología en sentido
  pragmático</italic>, Kant casi no utiliza la expresión dignidad a
  diferencia de la <italic>Fundamentación</italic>; sin embargo,
  mantiene el mismo argumento. Verbigracia, en la
  <italic>Antropología</italic> anota:</p>
  <disp-quote>
    <p>El que el ser humano pueda tener al Yo entre sus
    representaciones, lo eleva infinitamente por sobre todos los otros
    seres vivientes sobre la Tierra. Gracias a eso, él es una
    <italic>persona</italic>, y, debido a la unidad de la conciencia,
    [es] una y la misma persona a través de todas las mudanzas que
    pudieran ocurrirle; es decir, un ser que, por su rango y dignidad
    [<italic>Würde</italic>], es enteramente diferente de las cosas
    (como lo son las bestias privadas de razón, de las que se puede
    disponer a capricho); [y es así] incluso cuando aún no puede
    pronunciar el Yo; porque lo tiene [a éste], sin embargo, en el
    pensamiento; tal como lo deben pensar, en efecto, todas las lenguas
    cuando hablan en primera persona, aunque no expresen ese yo [yoidad]
    con una palabra particular. Pues esa facultad (a saber, la de
    pensar) es el <italic>entendimiento</italic> (APH 2009, p. 23 [Ak.
    VII, 127]).</p>
  </disp-quote>
  <p>Como se aprecia en la cita, ser humano y persona aparecen como
  nociones intercambiables. Sin embargo, el motivo por el que aquel se
  convierte en persona es la capacidad de representarse al Yo, es decir,
  poseer autoconciencia. Resalta Kant la consecuencia moral: la dignidad
  distingue al ser humano de las cosas “(como lo son las bestias
  privadas de razón, de las que se puede disponer a capricho)”, porque
  este posee autoconciencia, incluso si no existiese en todas las
  lenguas una palabra para el pronombre de la primera persona –yo, en el
  caso del español–. Así, la idea del yo, asume Kant, es universal aun a
  falta de vocablos equivalentes al yo en algunas lenguas. El autor
  parece advertir que esta identificación entre ser humano y ser
  persona, siendo esta última racional, genera un dilema con los
  infantes, puesto que, a su muy corta edad, no se han comprendido a sí
  mismos como individuos, no han desarrollado autoconciencia. Por ello,
  añade:</p>
  <disp-quote>
    <p>Es, empero, notable que el niño que ya puede hablar bastante
    bien, comienza sin embargo sólo bastante tarde (quizá un año
    después) a hablar empleando el <italic>Yo</italic>, mientras que,
    entre tanto, hablaba de sí mismo en la tercera persona (Carlos
    quiere comer, pasear, etc.), y que parece que se le encendiera una
    luz, por así decirlo, cuando comienza a hablar empleando el Yo;
    desde cuyo día nunca más vuelve a hablar de aquella manera. Antes
    sólo se <italic>sentía</italic> a sí mismo, ahora se
    <italic>piensa</italic> a sí mismo. (APH 2009, pp. 23-24 [Ak. VII,
    127]).</p>
  </disp-quote>
  <p>Con ello no descarta a los niños como personas ni, por tanto, los
  excluye de poseer dignidad. Son personas en progreso. Pensarán y
  adquirirán progresivamente conciencia del yo. Mientras que en los
  primeros meses solo se sienten, en unos pocos años, se llegarán a
  pensar. Así, alcanzarán el momento en que uno toma consciencia de sí
  mismo: se reconoce como un individuo. Por tanto, aunque no es aún
  racional, posee una potencialidad que asegura que lo será y
  participará del entendimiento. Por supuesto, la teoría del desarrollo
  psicológico de Kant es discutible, cuando no
  obsoleta,<xref ref-type="fn" rid="fn5">5</xref> pero el razonamiento
  es muy cercano al sentido común. Indirectamente, se puede utilizar ese
  mismo argumento para sostener por qué las personas con inconciencia
  temporal –porque están dormidas o ebrias– deben seguir considerándose
  seres dignos. Aun sin una inteligencia en acto, está claro que son
  racionales. En cambio, el texto no ayuda a resolver el enigma de los
  humanos descritos con discapacidad cognitiva radical, pues nunca
  podrán representarse a sí mismos. No podrán decir ni pensarse como un
  yo.</p>
  <p>Un intento de solución podría buscarse recurriendo, nuevamente, a
  la analogía con los niños, pero esta vez en la <italic>Metafísica de
  las costumbres</italic>. Allí Kant señala que los menores son personas
  desde su nacimiento o incluso su engendramiento.</p>
  <disp-quote>
    <p>En efecto, puesto que lo engendrado es una persona y es imposible
    concebir la producción de un ser dotado de libertad mediante una
    operación física, es una idea totalmente correcta e incluso
    necesaria, desde la <italic>perspectiva práctica</italic>,
    considerar el acto de la procreación como aquel por el que hemos
    puesto a una persona en el mundo, sin su consentimiento, y la hemos
    traído a él arbitrariamente; hecho por el cual pesa también sobre
    los padres, en la medida de sus fuerzas, la obligación de conseguir
    que esté satisfecha con su situación. –No pueden destruir a su hijo
    como a un <italic>artefacto</italic> suyo (ya que un ser semejante
    no puede estar dotado de libertad) y como a una propiedad suya, ni
    tampoco abandonarlo a su suerte, porque con él no trajeron sólo un
    ser del mundo, sino también un ciudadano del mundo, a una situación
    que no puede serles tampoco indiferente atendiendo a conceptos
    jurídicos (MdS 2005, pp. 102-103 [Ak. VI, 280-281]).</p>
  </disp-quote>
  <p>En este pasaje, no aparece la palabra dignidad, tampoco su
  contraposición con precio o animal, como en los pasajes citados
  anteriormente de la <italic>Fundamentación</italic> o la
  <italic>Antropología</italic>. En lugar de dignidad, se menciona “un
  ser dotado de libertad”, “una persona” o incluso “un ciudadano del
  mundo”; y se le contrapone a “un <italic>artefacto</italic>” o “una
  propiedad”, cosas que pueden ser destruidas, abandonadas o poseídas.
  Pero este no sería el caso de un humano procreado. En este pasaje,
  pues, se trata de una persona sin mencionar siquiera –a diferencia del
  texto de la <italic>Antropología</italic>– que en el futuro tendrá
  conciencia del yo o pensamiento. Puede que Kant asuma innecesario
  expresar que se refiere a seres humanos comunes o promedio. Lo que le
  interesa es otro punto: subrayar la imposibilidad de que un ser
  racional y libre pueda ser engendrado por una operación física como es
  el acto sexual donde dos cuerpos interactúan sometidos a las leyes del
  mundo empírico. La personalidad moral está más allá de la experiencia
  sensible. No depende del mundo material, no emerge de este, aunque se
  manifieste en él.<xref ref-type="fn" rid="fn6">6</xref> Por ello, le
  resulta más razonable suponer que un ser racional, un humano concreto,
  debe su existencia a un poder que se encuentra más allá de lo
  físico.</p>
  <p>Por supuesto, Kant era consciente de que aseveraciones de este tipo
  trasgreden los límites epistemológicos que él mismo había fijado en la
  <italic>Crítica de la razón pura</italic> (2013), por lo que él sabía
  que no podía afirmar nada concluyente. Patrick Kain (2009), quien ha
  realizado un minucioso trabajo de revisión textual del corpus
  kantiano, incluidas sus lecciones sobre ética y metafísica, sostiene
  que Kant suscribía un creacionismo de las almas, que pre-existen
  libres y racionales, antes de la generación del organismo. Comentando
  el pasaje anterior de la <italic>Metafísica</italic>, Kain sostiene lo
  siguiente: “Esta frase ‘traído…’ es más que una simple floritura
  retórica: Kant está expresando su preferencia por la preexistencia del
  alma humana, incluso por la creación de todas las almas en la creación
  del mundo” (2009, p. 95). Por supuesto, Kain señala que su lectura no
  es conclusiva sino hipotética o especulativa. De todos modos, dicha
  conclusión de Kain posibilita el siguiente razonamiento para los fines
  del presente artículo: si el alma humana antecede a la procreación de
  los cuerpos, ¿no sería esta también independiente del desarrollo de
  estos? Sí. Considerando que el desarrollo físico padece ocasionalmente
  abortos espontáneos, enfermedades congénitas o sufre daños durante la
  vida, ¿no podría este argumento salvar la dignidad de los humanos que
  nacen, pero no pueden desarrollar propiamente esa potencial
  inteligencia debido a un fallo biológico? Sí, pero a costa de
  suscribir un dualismo metafísico que Kant podría postular como
  razonable, pero sobre el cual no se puede afirmar certeramente.
  Además, abriría la puerta a la posibilidad, absurda para buena parte
  del sentido común contemporáneo, de que existan deberes para con seres
  racionales e incorpóreos. Parece que el propio Kant notó que su
  razonamiento podría ir demasiado lejos y, más adelante en la misma
  obra, delimitó las derivaciones. El trato moral solo corresponde hacia
  otros humanos con quienes interactuamos. Apunta:</p>
  <disp-quote>
    <p>Juzgando según la mera razón, el hombre no tiene deberes más que
    hacia el hombre (hacia él mismo o hacia otro); porque su deber hacia
    cualquier sujeto es una coacción moral ejercida por la voluntad de
    éste. Por tanto, el sujeto que coacciona (que obliga) tiene que ser,
    <italic>en primer lugar</italic>, una persona, <italic>en segundo
    lugar</italic>, esta persona tiene que estar dada como un objeto de
    la experiencia: porque el hombre tiene que actuar en pro del fin de
    la voluntad de esta persona, y esto sólo puede suceder en la
    relación recíproca entre dos seres existentes (porque un simple
    producto mental no puede convertirse en causa de ningún efecto en
    relación con fines). Ahora bien, contando con toda nuestra
    experiencia, no conocemos ningún otro ser capaz de obligación
    (activa o pasiva) más que el hombre”. (MdS 2005, p. 308 [Ak. VI,
    442]).</p>
  </disp-quote>
  <p>Para ser moral con alguien, este debe ser objeto de la experiencia
  sensible. Así, solo con seres corpóreos, podemos interactuar
  éticamente; no, con almas puras. Por lo expuesto hasta acá, los textos
  de Kant no resuelven el dilema inicial. Por un lado, un ser humano es
  digno en tanto es racional y capaz de seguir la ley moral. Por otro
  lado, no todos los humanos, concretamente aquellos con discapacidad
  cognitiva radical, son racionales y, a diferencia de los niños, nunca
  lo serán. Entonces, ¿tales humanos son personas dignas?</p>
</sec>
<sec id="moralizar-el-mundo-una-tarea-especial">
  <title>3. Moralizar el mundo: una tarea especial</title>
  <p>Propondremos una salida indirecta dentro del marco kantiano: pensar
  la dignidad como un asunto de especie en vez de un atributo
  exclusivamente individual. La tradición moderna y contemporánea de los
  derechos humanos ha sido a veces excesivamente individualista en sus
  formulaciones. Thomas Hobbes, por ejemplo, supuso que los seres
  humanos vienen al mundo como setas u hongos independientes. “Si
  volvemos nuevamente al estado de naturaleza y consideramos a los
  hombres como si hubieran surgido súbitamente de la tierra (como
  hongos), y se hubieran hecho adultos sin ninguna obligación de unos
  con otros” (1999, p. 78). Aunque no se considera a Hobbes un baluarte
  en la tradición pro-dignidad y derechos humanos, no deja de ser
  llamativo el supuesto de partida: la independencia radical o atomismo
  individual. En cambio, un pensador ampliamente reconocido en los
  cimientos de la teoría de la dignidad es John Locke (2010). Si se
  partiese, por ejemplo, de los trabajos de este último, como sostienen
  algunos libertarios contemporáneos –como Robert Nozick (1988)– se
  obtiene una conclusión siempre individualista: la dignidad es un
  atributo personal que en nada requiere de la sociedad más que para su
  reconocimiento y protección. Esta última afirmación es válida en
  cierto sentido, pero corresponde a un humanismo individualista que es
  también discutible en muchos sentidos.</p>
  <p>El pensamiento kantiano puede aportar para ello. El estatuto moral
  de un ser humano, al que la dignidad se relaciona, implica una doble
  relación con los demás. Por un lado, como se ha venido insistiendo,
  protege al individuo de las acciones de otros sobre él. Esta es la
  dimensión de sus derechos. Por otro lado, le confiere una gran
  responsabilidad en su trato con los demás. Esta es la dimensión de sus
  deberes. Por tanto, el valor moral del ser humano que se pregona como
  tal no está exento de responsabilidades. Señala Kant:</p>
  <disp-quote>
    <p><italic>Persona</italic> es el sujeto, cuyas acciones son
    <italic>imputables</italic>. La personalidad <italic>moral</italic>,
    por tanto, no es sino la libertad de un ser racional sometido a
    leyes morales (sin embargo, la psicológica es únicamente la facultad
    de hacerse consciente de la identidad de sí mismo en los distintos
    estados de la propia existencia), de donde se desprende que una
    persona no está sometida a otras leyes más que las que se da a sí
    misma (bien sola o, al menos, junto con otras). (MdS 2005, p. 30
    [Ak. VI, 223])</p>
  </disp-quote>
  <p>Esta definición de persona, expuesta en la
  <italic>Metafísica</italic>, asevera que solo un ser racional es libre
  y, por tanto, responsable. Ya se expuso en la sección anterior, a
  partir de textos de la <italic>Fundamentación</italic>, de qué modo la
  razón y la libertad se encuentran co-implicadas. Teorías
  contemporáneas abonan en la misma dirección: solo hay libertad donde
  hay racionalidad o inteligencia (Dennett 2004). En otros contextos,
  Kant deriva la necesaria idea de libertad del reconocernos
  interpelados por la moralidad. A esto se le conoce como el hecho de la
  razón, un tema sobre el que insiste en la <italic>Crítica de la razón
  práctica</italic>. Por ejemplo, sostiene Kant:</p>
  <disp-quote>
    <p>quisiera advertir que, si bien es cierto que la libertad
    constituye la <italic>ratio essendi</italic> de la ley moral, no es
    menos cierto que la ley moral supone la <italic>ratio
    cognoscendi</italic> de la libertad. Pues, de no hallarse la ley
    moral nítidamente pensada con anterioridad en el seno de nuestra
    razón, nunca nos veríamos autorizados a <italic>admitir</italic>
    algo así como lo que sea la libertad (aun cuando ésta no resulte
    contradictoria). Mas, si no hubiera libertad, <italic>no</italic>
    cabría en modo alguno <italic>dar con</italic> la ley moral dentro
    de nosotros. (KpV 2000, pp. 52-53 [Ak. V, 4 nota])</p>
  </disp-quote>
  <p>Somos racionales y, por tanto, responsables o interpelados por la
  razón moral. Cualquier persona promedio ha experimentado la
  deliberación frente a un acto que, estando a su alcance, le suscite
  dudas sobre su rectitud. Mas, por ese mismo motivo, parece difícil
  conceder dignidad a las personas con discapacidad cognitiva radical.
  Al contrario, complica su posible estatuto moral, pues estas no poseen
  mayor discernimiento del bien y del mal, ni una voluntad. No se pueden
  representar la ley moral. Evidentemente, son inimputables. Por ahora
  lo que interesa es explorar las consecuencias para las personas
  promedio cuya inteligencia sí demanda responsabilidad moral. Dado que
  somos seres racionales, no se trata de buscar instintivamente la
  felicidad, como haría cualquier otra criatura, sino que “el auténtico
  destino de la razón tiene que consistir en generar <italic>una
  voluntad buena en sí misma</italic>.” (G 2012, p. 84 [Ak. IV, 396).
  Así, la tarea de los individuos racionales no consiste en ser felices,
  sino en ser dignos de serlo actuando de acuerdo con las leyes morales
  que solo ellos se
  representan.<xref ref-type="fn" rid="fn7">7</xref></p>
  <p>Avanzando un paso adelante, habría que añadir que aquel
  teleologismo moral kantiano no conduce a una realización moral
  individual, sino a una de carácter comunitario o, a un más
  precisamente, humanitario. Ser éticos es un deber de la especie. La
  moralidad, como el lenguaje, no es una experiencia individual. Un ser
  humano, un individuo aislado totalmente, no concibe lenguaje humano,
  no desarrolla la razón, no descubre la moralidad. La especie humana es
  la especie moral por excelencia. Aunque descubra los mandatos de la
  razón práctica solo en comunidades o sociedades concretas en las que
  se organiza, la moralidad implica una misión exclusiva para la especie
  en conjunto: por eso es una tarea especial.</p>
  <p>Para abonar más en torno a esta última idea, habría que considerar
  que, en el anterior texto citado de <italic>La Metafísica</italic>
  (MdS 2005, p. 308 [Ak. VI, 442]), en el que se afirmaba que “el hombre
  no tiene deberes más que hacia el hombre”, también se deja entrever un
  rasgo trascendental de la moralidad: esta no se puede desarrollar
  individualmente, sino que necesariamente requiere de la presencia de,
  por lo menos, dos individuos. La libertad-racionalidad de un otro
  coacciona. Para ello, ese otro no puede ser un ente mental, sino que
  debe ser necesariamente un ser de la experiencia. Este rasgo
  trascendental de la moralidad, si bien no conduce concluyentemente
  hacia una moralidad de especie, sí nos aleja insoslayablemente de la
  posibilidad de una moralidad absolutamente individual.</p>
  <p>En esta misma línea argumentativa, que se aleja de la moralidad
  entendida en sentido meramente individual, se encuentra Korsgaard
  quien subraya la presencia de otros para darle sentido a la
  racionalidad. Sin esos otros, no habría racionalidad. ¿Cómo podríamos
  desarrollar esa habilidad de atribuir estados mentales a otros sin la
  interpelación de su presencia? (Korsgaard 2018). Otra filósofa
  neo-kantiana que también se distancia de la visión individualista de
  la moralidad es Holly Wilson. Según ella, el ser humano se encuentra
  obligado a crear un sistema moral universal en el que se integre a
  toda la comunidad humana e incluso a los animales no humanos. Ella
  reinterpreta lo que significa fin-en-sí-mismo. A partir de esto,
  Wilson reconoce que el ser humano es exigido de crear un sistema moral
  que se imponga al sistema caótico de medios y fines condicionales
  (Wilson 2023). Si bien estos argumentos no están dirigidos a pensar en
  una moralidad de la especie, sí nos alejan de la visión atomista de la
  moralidad.</p>
  <p>Los textos teleológico-políticos de Kant permiten profundizar
  aquella pista de la moralidad como una misión de la especie. En su
  <italic>Ideas para una historia universal en clave
  cosmopolita</italic>, (2006), los dos primeros principios se
  complementan. Por supuesto, conviene notar previamente que son
  principios, por lo que tienen un valor regulativo antes que
  descriptivo. No pueden concebirse como afirmaciones de hecho pues
  sobrepasan los límites de la experiencia cognitiva trazados en la
  <italic>Crítica de la razón pura</italic>. Sin embargo, son ideas
  pensables como guías para la acción. El primer principio sostiene que
  “<italic>Todas las disposiciones naturales de una criatura están
  destinadas a desarrollarse alguna vez completamente y con arreglo a un
  fin</italic>”; el segundo manifiesta que “<italic>En el
  hombre</italic> (como única criatura racional sobre la tierra)
  <italic>aquellas disposiciones naturales que tienden al uso de su
  razón sólo deben desarrollarse por completo en la especie, mas no en
  el individuo</italic>”. (IaG 2006, pp. 5-6 [Ak. VIII, 18]) Aquellos
  dos principios en conjunto inequívocamente demuestran que Kant
  comprendía la realización de la razón práctica como una misión para la
  especie.</p>
  <p>De forma semejante, el texto <italic>Hacia la paz perpetua</italic>
  (2023) parece bastante encaminado a proponer un argumento o, mejor
  dicho, una tarea para la humanidad: el deber de procurar la
  consecución de la paz. Si no es posible que cada individuo
  aisladamente se convierta en un ángel, al menos existe un proyecto que
  compromete a todos los pueblos o gentes: la implantación de la paz por
  medio de mecanismos de derecho que, evidentemente, concuerden con la
  ley moral. Frecuentemente en el texto, Kant insiste en que la
  naturaleza quiere y guía a la especie, sea por medio de la guerra o
  del comercio, hacia la implantación de un orden legal universal. Puede
  decirse, entonces, que la humanidad existe para moralizarse en el
  mundo, es decir, para actuar según aquello que la moral manda y que el
  derecho resguarda. Esta moralización tal vez sea mucho pedir para el
  carácter individual, por eso es más sensato exigir el trabajo
  colectivo en cada sociedad –derecho civil o político–, entre
  sociedades –derecho de gentes– y en la construcción de una
  constitución universal para proteger a todos los seres humanos
  –derecho cosmopolita–.<xref ref-type="fn" rid="fn8">8</xref></p>
  <p>En la misma línea de la tesis de una moralidad como misión de la
  especie, también se encuentra la tesis que interpreta la obra kantiana
  como una filosofía de la cultura. Según González (2014) dicha
  filosofía ofrece una visión de la cultura como el proceso de
  perfeccionamiento humano desde el estado de naturaleza hacia la
  moralidad. Dicho proceso, nuevamente, no puede ser concebido como
  logro de individuos aislados, porque la cultura es un esfuerzo y logro
  de la humanidad. Entonces, cuando se interpreta la crítica kantiana
  como una comprensión y desarrollo de dicho proceso de
  perfeccionamiento humano, se asume implícitamente una misión de la
  especie. En otras palabras, la mirada de Kant no se concentraba en el
  individuo, sino en la humanidad.</p>
  <p>Retomando la preocupación inicial, ¿pueden considerarse personas
  morales los sujetos con discapacidad cognitiva radical? Sí, en tanto
  son miembros de la especie, una que tiene como tarea particular e
  irrecusable obedecer el mandato moral. Aunque sea imposible esperar
  que las personas con grave discapacidad intelectual actúen éticamente,
  parece innegable que son miembros de nuestra especie, y que todos los
  individuos en esta –ni siquiera aquellos con capacidades cognitivas
  por encima del promedio– no pueden establecer un orden ético por sí
  solos. Los niños pequeños y los adultos mayores con demencia senil –o
  una situación semejante– grafican una situación similar a las personas
  con discapacidad cognitiva radical: no participan activamente de la
  moralización del mundo, pero en la interacción con ellos también se
  desarrollan las capacidades de la especie.</p>
  <p>En la <italic>Metafísica</italic>, cuando Kant delibera sobre el
  deber de benevolencia, destaca con diferentes términos que es este un
  mandato para todos los hombres hacia todos los hombres.</p>
  <disp-quote>
    <p>[L]a razón legisladora, que incluye en su idea de la humanidad en
    general a la especie entera (también a mí) –no el hombre–, siguiendo
    el principio de igualdad me incluye también a mí, como legislador
    universal, en el deber de benevolencia recíproca, igual que a todos
    los demás junto a mí, y te <italic>permite</italic> ser benevolente
    contigo mismo, con tal de que tú también quieras bien a los demás;
    porque sólo asítu máxima (de la beneficencia) se hará apta para
    formar parte de una legislación universal, como aquello en lo que
    está fundada toda ley del deber (MdS 2005, p. 320 [Ak. VI, 451])</p>
  </disp-quote>
  <p>Si bien Kant desarrolla el argumento para mostrar que no hay
  contradicción entre querer el bien de uno y el de los demás, la
  premisa parece inequívoca y útil para el propósito de este artículo:
  este amor a la humanidad es un amor hacia la especie. Y esta no está
  completa sin todos. No porque cada individuo sea racional, sino porque
  solo podemos serlo en conjunto, incluyendo en nuestro trato a los
  miembros que no lo son. La racionalidad no aparece como un requisito o
  precondición. Como destaca Kain (2009): compartimos predisposiciones
  biológicas y psicológicas, las cuales existen, pero pueden nunca
  desarrollarse. Esta idea de Kain nos lleva a una constatación de
  sentido común: no todos los individuos han desarrollado sus
  predisposiciones por factores genéticos, accidentes, etc. Eso no
  significa que estos no posean dignidad: la poseen en tanto son parte
  de la especie moralizada –que ha recibido el mandato moral– y
  moralizante que –a golpe de ensayos y errores, progresos y traspiés–
  continua la implementación de un orden de derecho para todos sus
  miembros.</p>
  <p>Por último, ¿se está realizando un salto del estatuto ontológico al
  normativo? En cierto sentido sí. Pero ¿se está pasando del
  <italic>ser</italic> al <italic>deber ser</italic> abusivamente como
  previene la falacia naturalista? Esta es muy compleja y se expresa en
  varias versiones (Corrales Pavía 2023). Considérese una versión
  general como la interpretan algunos desde Hume: “no se puede derivar
  conclusiones normativas desde premisas factuales” (Kitcher 2011, p.
  254). De ser correcto el cuestionamiento, no entramparía solamente al
  argumento presentado en este artículo. Véase el siguiente
  razonamiento: “X es una persona y, por tanto, merece respeto”. La
  primera parte, “X es una persona”, combina un hecho empírico, pues X
  es un ser corporal, con una noción moral, ser persona. Quienes
  sostienen que la justificación de la dignidad kantiana –como Wood
  (1999) y otros citados en la primera sección– otorga valor moral solo
  a la persona individual estarían cometiendo el mismo error que quien
  sostiene “E es una especie moral por lo cual sus miembros merecen
  respeto”. Ambos enunciados incluyen en la primera premisa mención a
  hechos empíricos junto con valoraciones normativas. Entonces, si la
  falacia naturalista atrapa a quien sostiene lo último, también lo
  haría a quien sostiene lo primero. Para responder acuciosamente a una
  crítica más detallada de la falacia naturalista, sería necesario que
  se especifique de qué versión se trata y cómo se aplica al argumento
  planteado en el artículo.</p>
</sec>
<sec id="conclusion">
  <title>4. Conclusión</title>
  <p>Si bien el argumento esbozado que propone el carácter moral de la
  especie parte de un análisis textual kantiano, no pretende ser
  concluyente. Más que una propuesta exegética, debiera considerarse una
  reconstrucción conceptual. Resulta lícito ir más allá de Kant para
  abordar algunas preguntas de nuestra época. Con esta lectura, se
  permite, entre otras cuestiones, una lectura menos individualista de
  Kant. Se concluye que, con premisas kantianas, puede apoyarse el
  estatuto moral igualmente digno de las personas en situación de
  discapacidad cognitiva radical. Dado que la especie porta un potencial
  moralizante –cabe destacar moralizante y no solo racionalizante–, este
  confiere dignidad a todos sus miembros.</p>
  <p>En el caso particular de aquellos con discapacidad cognitiva
  radical, su dignidad demanda protección; pero, a diferencia de las
  personas promedio, no deberes. ¿Por qué? Porque son de nuestra
  especie, la única que parece reconocer la ley moral. Y, por tanto, es
  la única que puede brindar un trato ético también a los individuos de
  otras especies, incluyendo a los animales no humanos que tampoco
  posean todas las capacidades adecuadas de su especie –sea fuerza o
  cognición básica–.</p>
  <p>En relación con los animales, Kant era enfático en afirmar que, si
  bien no poseen razón, no puede el humano ser cruel con ellos a costa
  de serlo también a la larga con otros
  humanos<xref ref-type="fn" rid="fn9">9</xref>. Nuevamente, el autor
  traza el límite entre los humanos, la especie moral, y el resto de
  animales. El argumento sostenido en el presente artículo no pretende
  resolver la espinosa cuestión de si existen deberes directos para con
  los animales –como, por ejemplo, sostiene Reagan (1983) desde premisas
  kantianas–. Tampoco se ha problematizado si algunos animales no
  humanos –como unos simios que han aprendido algo de lenguaje humano y
  que, por tanto, expresan cierta racionalidad semejante a la nuestra–
  merecen también el reconocimiento de su dignidad. Si bien parte del
  razonamiento expuesto puede arrojar luces sobre estos acuciantes
  debates, el objetivo ha sido más concreto: demostrar por qué las
  personas con grave discapacidad cognitiva se encuentran dentro del
  universo moral. Al resto de humanos nos queda la obligación de velar
  por la justa consideración de este grupo vulnerable.</p>
</sec>
</body>
<back>
<fn-group>
  <fn id="fn1">
    <label>1</label><p>Boecio <italic>Contra Eutychen et
    Nestorium</italic> (1968, p. 84 [c. 3, PL 64, 1344]).</p>
  </fn>
  <fn id="fn2">
    <label>2</label><p>Para el presente texto se utilizarán de forma
    indistinta términos como racionalidad, entendimiento o
    inteligencia.</p>
  </fn>
  <fn id="fn3">
    <label>3</label><p>Christine Korsgaard comprende la racionalidad
    como una forma de vida que resulta de la interacción entre “teorías
    de la mente” (nuestra capacidad para adscribir estados mentales a
    otros y a nosotros mismos) y tener otras capacidades cognitivas
    avan­zadas. (Korsgaard 2018, p. 299). A diferencia de otros kantianos
    que discuten la posesión de la racionalidad en casos de seres
    humanos con grave discapacidad intelectual, Korsgaard comenta que
    esos casos deben ser vistos como formas de vida que se distinguirían
    en grados en tanto poseen o son capaces de usar capacidades y
    propiedades que les permite alcanzar sus fines. La aplicación moral
    de esta visión se retomará en la siguiente sección.</p>
  </fn>
  <fn id="fn4">
    <label>4</label><p>Existe un intenso debate entre los animalistas
    que sugieren que los animales también poseen dignidad o cierto valor
    intrínseco (Reagan 1983) y quienes, más bien, promueven eliminar la
    dignidad pues erige una valla tan infranqueable como injustificable
    en­tre los humanos y el resto de animales (Singer 1995, 1999, 2006).
    Aunque no es el tema del presente artículo, algunos argumentos que
    se presentan más adelante contribuyen a explicar por qué los
    animales no humanos no serían dignos desde una ética racionalista.
    Por supuesto, esto último no anula que, desde otros enfoques éticos
    no discutidos en el presente artículo –como una visión más bien
    emotivista–, la dignidad animal sea más compleja de abordar.</p>
  </fn>
  <fn id="fn5">
    <label>5</label><p>El desarrollo de la consciencia es hoy entendido
    como un proceso complejo, multifacético y caracterizado por etapas
    en las que se entrecruzan factores biológicos y ambientales (Pereira
    2018).</p>
  </fn>
  <fn id="fn6">
    <label>6</label><p>Resuena el problema de la tercera antinomia: una
    distancia pensable pero irresoluble entre el mundo sensible y el de
    la libertad. (Kant 2013)</p>
  </fn>
  <fn id="fn7">
    <label>7</label><p>La insistencia por ser dignos de ser felices se
    encuentra en la <italic>Crítica de la razón pura</italic> (2013).
    Pero tal vez conviene ahondar en otro punto de la cita, que se
    repite en varias partes del corpus kantiano. Hasta donde sabemos,
    solo el <italic>homo sapiens</italic> se representa leyes morales;
    el resto de animales, no. Existe un debate actual y acuciante sobre
    la moralidad de estos. Comportamientos suyos que se pueden describir
    como éticos en términos humanos no necesariamente parten de entender
    mandatos o fórmulas como el imperativo categórico, sino de una
    moralidad más bien emotivista o sentimentalista, si cabe el término.
    Por ejemplo, Mark Rowlands (2012) señala que algunos animales no
    humanos experimentan compasión incluso por miembros de otras
    especies. Si la compasión se describe acá como una pulsión
    instintiva, por ejemplo, no contradice necesariamente la afirmación
    de que solo los humanos se representan la ley moral.</p>
  </fn>
  <fn id="fn8">
    <label>8</label><p>Desde luego, es sabido que la protección a la que
    Kant se refiere corresponde solo a la hospitalidad: “el derecho de
    un foráneo a no ser tratado con hostilidad por aquel en cuyo suelo
    ingresa” (ZeF 2023, p. 89 [Ak. VIII, 357-358]). Lejos está Kant del
    resto de derechos reconocidos la Declaración Universal adoptada en
    1948. Más lejos aun se encuentra de las críticas que se le hacen a
    la misma Declaración por no insistir en una protección más completa
    al, por ejemplo, dejar demasiado libre el artículo 25 sobre las
    condiciones materiales de vida (Pogge 2006, 2007). En este punto,
    como en tantos otros, Kant es hijo de su tiempo.</p>
  </fn>
  <fn id="fn9">
    <label>9</label><p>“[E]l trato violento y cruel a los animales se
    opone mucho más íntimamente al deber del hombre hacia sí mismo,
    porque con ello se embota en el hombre la compasión por su
    sufrimiento, debilitándose así y destruyéndose paulatinamente una
    predisposición natural muy útil a la moralidad en la relación con
    los demás hombres; si bien el hombre tiene derecho a matarlos con
    rapidez (sin sufrimiento) o también a que trabajen intensamente,
    aunque no más allá de sus fuerzas (lo mismo que tienen que admitir
    los hombres), son, por el contrario, abominables los experimentos
    físicos acompañados de torturas, que tienen por fin únicamente la
    especulación, cuando el fin pudiera alcanzarse también sin ellos”
    (MdS 2005, p.310 [Ak. VI, 451]).</p>
  </fn>
</fn-group>

<ref-list id="bibliografia">
  <title>5. Bibliografía</title>
  
<ref id="ref1">
  <element-citation publication-type="book">
    <person-group person-group-type="author">
      <collab>Asociación Americana de Discapacidades Intelectuales y del Desarrollo</collab>
    </person-group>
    <year>2021</year>
    <source>Discapacidad intelectual. Definición diagnóstico clasificación y sistemas de apoyo</source>
    <publisher-loc>Madrid</publisher-loc>
    <publisher-name>Hogrefe TEA</publisher-name>
    <comment>AAIDD</comment>
  </element-citation>
</ref>

<ref id="ref2">
  <element-citation publication-type="book">
    <person-group person-group-type="author">
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        <surname>Atienza</surname>
        <given-names>M.</given-names>
      </name>
    </person-group>
    <year>2022</year>
    <source>Sobre la dignidad humana</source>
    <publisher-loc>Madrid</publisher-loc>
    <publisher-name>Trotta</publisher-name>
  </element-citation>
</ref>

<ref id="ref3">
  <element-citation publication-type="chapter">
    <person-group person-group-type="author">
      <name>
        <surname>Boecio</surname>
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      </name>
    </person-group>
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    <article-title>Contra Eutychen et Nestorium</article-title>
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    <fpage>72</fpage>
    <lpage>127</lpage>
  </element-citation>
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<ref id="ref4">
  <element-citation publication-type="journal">
    <person-group person-group-type="author">
      <name>
        <surname>Corrales Pavía</surname>
        <given-names>H.</given-names>
      </name>
    </person-group>
    <year>2023</year>
    <article-title>¿Cómo hacer frente a las acusaciones de falacia naturalista?</article-title>
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