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    <journal-id journal-id-type="publisher">KANT</journal-id>
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      <journal-title specific-use="original" xml:lang="es">Con-Textos Kantianos</journal-title>
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    <issn-l>2386-7655</issn-l>
    <publisher>
      <publisher-name>Ediciones Complutense</publisher-name>
      <publisher-loc>España</publisher-loc>
    </publisher>
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    <article-id pub-id-type="doi">https://doi.org/10.5209/kant.100722</article-id>
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      <subj-group subj-group-type="heading">
        <subject>MISCELÁNEA</subject>
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      <article-title>Lucinde y la figuración del límite: el antifundacionalismo kantiano del romanticismo alemán</article-title>
      <trans-title-group xml:lang="en">
        <trans-title>Lucinde and the figuration of the limit: the Kantian anti-foundationalism of German Romanticism</trans-title>
      </trans-title-group>
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      <contrib contrib-type="author" corresp="yes">
        <contrib-id contrib-id-type="orcid">https://orcid.org/0009-0008-6860-849X</contrib-id>
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          <surname>Castillo Ávila</surname>
          <given-names>Antonio</given-names>
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        <institution content-type="original">Universidad Autónoma de Madrid</institution>
        <country country="ES">España</country>
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    <author-notes>
      <corresp id="cor1">Autor@s de correspondencia: Antonio Castillo Ávila: <email>antoniocastilloavila@gmail.com</email></corresp>
    </author-notes>
    <pub-date pub-type="epub" publication-format="electronic" iso-8601-date="2025-07-14">
      <day>14</day>
      <month>07</month>
      <year>2025</year>
    </pub-date>
    <volume>1</volume>
    <issue>21</issue>
    <fpage>77</fpage>
    <lpage>92</lpage>
    <page-range>77-92</page-range>
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      <copyright-statement>Copyright © 2025, Universidad Complutense de Madrid</copyright-statement>
      <copyright-year>2025</copyright-year>
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        <license-p>Esta obra está bajo una licencia <ext-link ext-link-type="uri" xlink:href="https://creativecommons.org/licenses/by/4.0/">Creative Commons Attribution 4.0 International</ext-link></license-p>
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    <abstract>
      <p>Este artículo se propone explorar, a partir de la lectura de la novela Lucinde, de Friedrich Schlegel, la específica posición filosófica del romanticismo temprano alemán en relación con las controversias epistemológicas, éticas y metafísicas derivadas del criticismo kantiano. En el contexto de la primera generación de lectores de las tres críticas de Kant, en el que se prodigaron todo tipo de esfuerzos por salvar el “abismo infranqueable” entre naturaleza y libertad o esfera sensible y suprasensible (tales como el “salto mortale” de Jacobi, el “acto de conciencia” de Reinhold o el “autoponerse” del Yo de Fichte), el romanticismo schlegeliano supone la conservación intransigente de la visibilidad misma de ese abismo. A través de un análisis de las particularidades compositivas de la escritura de Lucinde, este artículo propone que es a través de la Darstellung poética (irónico-alegórica) de la conciencia idealista como el Fruhromantik se hace verdaderamente cargo de la radicalidad filosófica de Kant.</p>
    </abstract>
    <trans-abstract xml:lang="en">
      <p>This article sets out to explore, on the basis of a reading of Friedrich Schlegel’s novel Lucinde, the specific philosophical position of early German Romanticism in relation to the epistemological, ethical and metaphysical controversies arising from Kantian criticism. In the context of the first generation of readers of Kant’s three critiques, in which all sorts of efforts were lavished on bridging the “impassable gulf” between nature and freedom or sensible and suprasensible sphere (such as Jacobi’s “salto mortale,” Reinhold’s “act of consciousness,” or Fichte’s “self-positioning” of the I), Schlegelian romanticism entails the uncompromising preservation of the very visibility of that gulf. Through an analysis of the compositional particularities of Lucinde’s writing, this article proposes that it is through the poetic (ironic-allegorical) Darstellung of idealistic consciousness that Fruhromantik truly takes on Kant’s philosophical radicality.</p>
    </trans-abstract>
    <kwd-group>
      <kwd>Schlegel</kwd>
      <kwd>Lucinde</kwd>
      <kwd>Antifundacionalismo</kwd>
      <kwd>romanticism</kwd>
    </kwd-group>
    <kwd-group xml:lang="en">
      <kwd>Schlegel</kwd>
      <kwd>Lucinde</kwd>
      <kwd>anti-fundationalism</kwd>
      <kwd>romanticism</kwd>
    </kwd-group>
    <custom-meta-group>
      <custom-meta>
        <meta-name>Sumario</meta-name>
        <meta-value>: 1. Introducción. 2. Lucinde y sus críticos. 3. Lucinde y el límite. 4. Amor interruptus y la parábasis permanente. 5. Unidad, androginia y el sueño de lo cualitativo. 6. Lo inmediato lingüístico. 7. Símbolo y alegoría. 8. “Los años de aprendizaje de la masculinidad”. 9. Lucinde antifundacionalista y las modalidades de la ironía: a modo de conclusiones. 10. Referencias.</meta-value>
      </custom-meta>
      <custom-meta>
        <meta-name>Cómo citar</meta-name>
        <meta-value>: Castillo Ávila A. (2025) Lucinde y la figuración del límite: el antifundacionalismo kantiano del romanticismo alemán. Con-Textos Kantianos. International Journal of Philosophy, 21, pp. 77-92.</meta-value>
      </custom-meta>
    </custom-meta-group>
  </article-meta>
</front>
<body>
<disp-quote>
  <p>“¿Cómo puede pretenderse escribir aquello que apenas está permitido
  pronunciar, aquello que sólo debería sentirse?” Schlegel,
  <italic>Lucinde</italic></p>
  <p>“La obra, por lo demás, no se puede leer entera, debido a las
  náuseas que provoca su palabrerío vacío”.</p>
  <p>Schiller a Goethe, sobre <italic>Lucinde</italic></p>
</disp-quote>
<sec id="introduccion">
  <title>1. Introducción</title>
  <p>La primera página a la que el lector se enfrenta al tratar de
  abordar la breve novela <italic>Lucinde,</italic> de Friedrich
  Shlegel, le introduce de forma abrupta en una particular dinámica
  textual en la cual se verá obligado a permanecer, al menos, durante el
  resto de su contacto con la obra. El breve pero denso prólogo de
  solamente una página que encabeza el texto comienza así:</p>
  <disp-quote>
    <p>Con una sonrisa enternecida, Petrarca abre y preside la colección
    de sus eternos romances. Cortés y galante, el astuto Boccaccio se
    dirige a las damas al comienzo y al final de su espléndido libro. E
    incluso el gran Cervantes, amable y lleno de sutil ingenio aún en la
    ancianidad y la agonía, adorna el colorido y vivaz espectáculo de
    sus obras con el precioso tapete de un prólogo, que es por sí mismo
    un hermoso cuadro romántico. (Schlegel 2007, p. 3)</p>
  </disp-quote>
  <p>El prólogo propio toma la forma de un movimiento remisivo que
  conduce a otros tantos pertenecientes a autores y obras que ocupan el
  problemático lugar de la modelidad en la poética de la “nueva
  literatura” que por los años de la redacción de
  <italic>Lucinde</italic> [1798] Friedrich Schlegel y los suyos
  preconizaban en la revista
  <italic>Athenaeum.</italic><xref ref-type="fn" rid="fn1">1</xref> En
  las líneas siguientes esta remisión tomará la forma de una
  <italic>captatio benevolentiae</italic> a través de la declaración de
  la incapacidad para reproducir prólogos tan ingeniosos, tiernos o
  bellos como los de los autores citados: “Pero ¿qué puede dar mi
  espíritu a su hijo, que, semejante a él, es tan pobre en poesía como
  rico es en amor?” (Schlegel 2007, p. 3). El tono irónico de todas
  estas líneas citadas señala la naturaleza preteritiva del paratexto
  que estamos leyendo: el lugar del prólogo lo ocupa la textualización
  de la conciencia de la necesidad o el deseo del mismo, junto con la
  declaración de la imposibilidad de componerlo. Unas líneas más
  adelante, el prólogo continúa presentado dos imágenes que marcan la
  vaciedad sustantiva de lo que leemos: la descripción de unas volutas
  vegetales y de un cisne orgulloso que canta de forma gratuita e
  innecesaria, dos frontispicios emblemáticos referentes al propio
  prólogo en marcha.</p>
  <p>Lo que comienza siendo una especie de meta-prólogo con referencias
  a algunas instancias de autoridad, se desvela pronto como un
  anti-prólogo, una carcasa vacía y autorreferencial. El recurso de la
  <italic>mise en abyme</italic>, a través del cual el contenido de un
  discurso se nos revela de hecho como una presentación traslaticia
  –simbólico-alegórica– de su propia forma, ocupa el espacio tético de
  lo que debería decirse. El lugar del prólogo lo ocupa una artefacto
  metafórico-reflexivo de sí mismo que registra su falta de presencia
  inocente y en primera instancia.</p>
  <p>Lo que nos interesa aquí de todo esto, para empezar, es constatar
  que <italic>Lucinde</italic> comienza con un movimiento de envoltura o
  cerrazón sobre sí misma que genera una escisión referencial al colocar
  explícitamente cualquier contenido del propio discurso al otro lado
  del borde infranqueable de un lenguaje que existe para presentarse a
  sí mismo.<xref ref-type="fn" rid="fn2">2</xref> La novela comienza con
  un paso en falso o una desincronía manifiesta, un latido
  extrasistólico que descuadra y desencaja su lenguaje desde la primera
  página. El prólogo escamotea una autoidentidad textual que no volverá
  a ser encontrada; abre –o señala la existencia de– una distancia que
  no se cerrará. De hecho, como veremos, el discurso que conforma
  <italic>Lucinde</italic> es el lenguaje que emana de esa dislocación
  abierta, de esa desincronía, es la enunciación constante de esa
  ausencia de identidad: se trata del lenguaje de su propio vacío y de
  su imposibilidad. A través del desencaje textual que el prólogo nos
  presenta, el texto se convertirá en la exposición constante de una
  serie de frustraciones de diferentes formas de presencias y
  autoidentidades (imposibilidad de la consumación amorosa,
  imposibilidad de la amistad plena, imposibilidad del conocimiento de
  la naturaleza).</p>
  <p>El vértigo que la lectura detallada de únicamente la página inicial
  de la obra puede generar en el lector pone en contexto el malestar
  físico que Schiller dice sentir al leerla, recogiendo la cita que
  hemos utilizado a modo de exergo. Será el propio Schlegel, por si
  fuera poco, el que se sume a las afirmaciones del carácter vacío,
  desquiciado y desquiciante de su novela. Al lector se le roba
  igualmente la posición de la estabilidad de la crítica cuando
  Schlegel, en <italic>Sobre la
  incomprensibilidad,</italic><xref ref-type="fn" rid="fn3">3</xref>
  abrace la opacidad última de su texto como una de las claves, irónica
  y paradójicamente, de su comprensión. Así, pues: “¿Qué dioses nos
  salvarán de todas estas ironías?” (Schlegel 2009, p. 232).</p>
  <p>Comenzar a leer <italic>Lucinde</italic> desde estas coordenadas
  nos dispone de forma propicia hacia una valoración apropiada de la
  aportación específica del lenguaje literario-poético de Schlegel y del
  <italic>Früromantik</italic> en los debates del idealismo kantiano y
  postkantiano. Los recursos distintivamente poetológicos mediante los
  que Schlegel sustrae la identidad del propio texto que comienza no
  constituyen un mero ejercicio lúdico o un error estético, sino uno de
  los testimonios más claros y tempranos en los que la modernidad se
  hace cargo de la autoconciencia de algunas de sus propias aporías
  filosóficas, y en las que el discurso filosófico hace uso de las
  convenciones retórico-poéticas para la gestación del “espacio
  literario” como lugar en el que abordarlas. Lo que en cierta manera
  trataremos de discutir en las páginas que siguen es en qué medida la
  crisis kantiana, en lo que tiene de lúcida y claustrofóbica cerrazón
  del sujeto sobre sus propias condiciones de posibilidad
  epistemológicas, encuentra un particular desarrollo en el discurso
  literario temprano-romántico, no como complemento estético, sino como
  una de sus más brillantes y radicales profundizaciones.</p>
</sec>
<sec id="lucinde-y-sus-criticos">
  <title><italic>2. Lucinde</italic> y sus críticos</title>
  <p>La historia de la recepción de <italic>Lucinde</italic> está
  caracterizada por la incomprensión. Obra
  menor<xref ref-type="fn" rid="fn4">4</xref> y formalmente
  desconcertante, las reacciones de las primeras generaciones de
  lectores de la novela oscilan entre el silencio y el desprecio. Heine,
  en su historia de <italic>La escuela romántica</italic> (2016)
  [1833]<italic>,</italic> hace una breve síntesis de las opiniones que
  <italic>Lucinde</italic> despertó al caracterizarla de “engendro” y
  celebrar que la novela “fuera condenada por todos y hoy [esté]
  relegada al olvido” (Heine 2016, p.203). La crítica más recurrente de
  la obra tiende a denunciar su deformidad
  estética<xref ref-type="fn" rid="fn5">5</xref> y a señalar la
  dificultad de asimilación de la misma a un registro genérico
  determinado y canónico. La composición heterogénea de los diferentes
  capítulos de <italic>Lucinde</italic> (epístolas, fragmentos
  diarísticos, diálogos dramatizados, descripciones de escenas
  mitológicas y sueños, relatos en tercera persona, textos reflexivos
  ensayísticos...) hacían difícil situar al texto en el paradigma
  hermenéutico de la naciente novela moderna, incluso cuando esta
  incluía un razonable horizonte de expectativas que entendía y hasta
  esperaba de este registro genérico un carácter heterogéneo y realizado
  a base de la acumulación de materiales narrativos y poéticos
  diversos.<xref ref-type="fn" rid="fn6">6</xref> El motivo inicial del
  rechazo de <italic>Lucinde</italic> sobre el trasfondo de la
  flexibilidad formal de la novela es rápidamente comprensible cuando
  atendemos a las críticas comparativas que los primeros lectores del
  texto de Schlegel hicieron de este en relación con el modelo de mayor
  prestigio del subgénero novelístico particular con el que dialoga: la
  novela de formación o <italic>Bildungsroman</italic> de Goethe
  <italic>Los años de aprendizaje de Wilhelm Meister</italic> (2000)
  [1795]. Fue el propio Schlegel el que se encargó, unos años antes de
  la redacción de <italic>Lucinde</italic>, de articular la lectura
  canónica de la novela de Goethe, registrando lo que de admirable y
  ejemplar existía en ella para el público lector de la Alemania de
  finales del siglo XVIII. En <italic>Sobre el Meister de
  Gothe</italic>, publicado en Athenaeum en
  1798<xref ref-type="fn" rid="fn7">7</xref>, Schlegel se encarga de
  señalar, entre otras cuestiones, que el verdadero hallazgo de la
  novela de formación goethiana reside en el sentido de unidad orgánica
  móvil y progresiva de la identidad del héroe construida a través de la
  fragmentariedad y dispersión de los episodios de su vida, de modo que
  “nuestras acostumbradas expectativas de unidad y de coherencia se ven
  decepcionadas por esta novela con la misma frecuencia con que las
  satisface” (Schlegel 2007, p. 20). El héroe goethiano funcionaba, en
  este contexto, como el agente del <italic>proceso</italic> que va
  otorgando coherencia y asimilación a un mundo disperso y disgregado:
  el proceso de formación de Wilhem Meister sería una estructura
  dinámica en la cual las partes entran en relación orgánica con un
  todo. En contraposición con este ideal textual dialéctico, es
  instructivo leer con mayor extensión la opinión que
  <italic>Lucinde</italic> merecía de Schiller, en correspondencia con
  el propio Goethe, el 19 de julio de 1799:</p>
  <disp-quote>
    <p>Hace algunas horas mareé tanto la cabeza con la
    <italic>Lucinde</italic> de Schlegel que todavía me repercute. Por
    lo extraña que es, debería usted leerla [...]. Aquí se vuelve a
    encontrar lo eternamente sin forma y lo fragmentario y una
    conjunción por lo de más curioso, de lo nebuloso y lo
    característico, tal como Ud. jamás habría esperado que fuera
    posible. Como él siente cuán mal progresa en lo poético, compuso un
    ideal de su propio <italic>yo</italic> a base del amor y de la
    agudeza. Cree que está reuniendo una infinita calidez amatoria con
    una agudeza terrible, y una vez que se constituyó así, se lo permite
    todo e incluso declara a la insolencia su diosa. La obra, por lo
    demás, no se puede leer entera, debido a las náuseas que provoca su
    palabrerío vacío. [...] Esta obra es el colmo de la negación moderna
    de la forma y de la naturaleza; uno cree leer una mezcolanza del
    <italic>Woldermar</italic>, del <italic>Sternbald</italic> y de una
    insolente novela francesa. (Goethe, Schiller 2014, pp. 851-852)</p>
  </disp-quote>
  <p>Lo que se hace significativo en un primer momento es notar cómo
  para Schiller, aun situada en el espacio del encuentro entre
  heterogeneidad de modos textuales propio de la novela y el carácter
  episódico de la <italic>Bildungsroman,</italic> la novela de Schlegel
  resultaría intolerable a la lectura debido a su forma a-forme y a
  comprometerse con lo “eternamente sin forma y fragmentario”. La novela
  de Schlegel representaría el colmo de la “negación moderna de la forma
  y de la naturaleza”: estaríamos frente a una artificiosidad inorgánica
  que no tendería, como la novela de Goethe, a la (re)unificación del
  hombre con la naturaleza aun a través de la progresividad
  fragmentaria, sino a una negación pura de aquella a través de la
  afirmación arbitraria y absoluta de este.</p>
  <p>La clave de la visceral reacción de Schiller se encuentra, por lo
  demás, en las líneas centrales del extracto. Schlegel, enfrentado a su
  infructuosidad poética, habría “compuesto un ideal de su propio
  <italic>yo</italic>” en el que “cree que está reuniendo una infinita
  calidez amatoria con una agudeza terrible” que escondería
  verdaderamente un “palabrerío vacío” [hohle Geschwätz]. Si la novela
  de formación establecida por Goethe utiliza el carácter episódico y
  fragmentario de su estructura para mostrar la constitución de una
  individualidad y su relación dialéctica con el mundo, en el carácter
  episódico y fragmentario de <italic>Lucinde</italic> se escondería un
  vacío insustancial, la gratuidad de la mezcolanza y la asistematicidad
  autoengendrada que no remite más que a sí misma. Para Schiller, el
  contenido fuerte de la novela de formación se ve cortocircuitada en la
  novela de Schlegel, y el Yo se complace únicamente con una serie de
  juegos narcisistas a través de una estructura que es fragmentaria no
  por la organicidad a la que apuntan sus partes sino por la
  arbitrariedad infundada de un Yo que “se lo permite todo”.</p>
  <p>La vinculación de la heterogeneidad genérica y la fragmentariedad
  formal de <italic>Lucinde</italic> con la evaluación negativa de la
  textualización del arbitrio de un Yo presuntamente omnipotente nos
  lleva de la mano, por otra parte, a la tradicional lectura de
  <italic>Lucinde</italic> en clave filosófica que, inaugurada por Hegel
  y continuada por Kierkegaard, recorre todo el pensamiento filosófico y
  literario del siglo XIX y XX hasta llegar a críticos como Paul de Man.
  El núcleo fuerte de esta crítica, fundada en la clásica y ya
  trasnochada consideración del romanticismo alemán como el apéndice
  estético del idealismo filosófico (y según la cual Schlegel y sus
  compañeros malinterpretaron y banalizaron los grandes sistemas
  contemporáneos<xref ref-type="fn" rid="fn8">8</xref>) se puede resumir
  como sigue: <italic>Lucinde</italic> constituiría una mala y
  apresurada transposición al plano poético-literario de la filosofía
  reflexiva del Yo absoluto fichteano. En efecto, como afirmaba
  Kierkegaard en su tesis doctoral <italic>Sobre el concepto de
  ironía</italic>,</p>
  <disp-quote>
    <p>Schlegel y Tieck tomaron el principio fichteano según el cual la
    subjetividad o el Yo posee valor constitutivo y es el único
    omnipotente, y a partir de allí operaron en el mundo. Había en esto
    una doble dificultad. En primer lugar, el Yo empírico y finito se
    confundía con el Yo eterno; en segundo lugar, la realidad metafísica
    se confundía con la realidad histórica. Así, se aplicaba sin más a
    la realidad una prematura posición metafísica. Fichte quería
    construir el mundo, pero con ello se refería a una construcción
    sistemática. Schlegel y Tieck querían instaurar un mundo
    (Kierkegaard 2006, p. 298)</p>
  </disp-quote>
  <p><italic>Lucinde</italic>, desde esta perspectiva, textualizaría el
  ejercicio gratuito de un Yo cuya autoafirmación implica una negación
  continuada del mundo, ejercicio que Kierkegaard identifica con esa
  función textual tan cara a Schlegel: la ironía, interpretada ahora
  como la transposición al plano compositivo de la filosofía del Yo de
  Fichte.</p>
  <p>Ahora bien, el lugar de partida del juicio de Kierkegaard, que
  tanto impacto tendrá en lecturas posteriores, se encuentra de forma
  clara en la animadversión hegeliana a sus compañeros de juventud. En
  la introducción a su estética, Hegel dedicará un capítulo completo a
  la ironía y el romanticismo, en el que polemizará de forma muy cruda y
  a veces maliciosa con los románticos tempranos y en especial con
  Friedrich Schlegel. Para Hegel, la práctica de la ironía estética y
  vital del joven Schlegel se derivaría directamente de su criterio
  filosófico “vago y vacilante” (Hegel 2001, p. 139) que le harían
  extraer directa y apresuradamente unas conclusiones estéticas de la
  filosofía del Yo Fichteano. La ironía de Schlegel, para Hegel, nace en
  la medida en la que “los principios de [la filosofía de Fichte] han
  sido aplicados al arte” (Hegel 2001, p. 140). Para Hegel,
  fundamentalmente, la estética de Schlegel es una transposición poética
  de Fichte que saca a relucir lo peor de su filosofía. Schlegel se
  apropiaría de la filosofía del “Yo absoluto” y abstracto de Fichte y,
  sin hacer distinción entre “Yo empírico” y “Yo absoluto”, pondría en
  juego una dinámica psicológica en la cual “todo contenido sólo tiene
  valor para el <italic>yo</italic> en cuanto es sustentado y sancionado
  por él. Todo lo que es, sólo lo es por el <italic>yo</italic>, y todo
  lo que existe por el <italic>yo</italic> puede igualmente ser
  destruido por el <italic>yo</italic>” (Hegel 2001, p. 141). Aunque no
  menciona directamente a <italic>Lucinde</italic>, está claro que Hegel
  tiene la novela muy presente cuando afirma que la &quot;mala
  filosofía&quot; de Schlegel le lleva a adoptar formas estéticas en las
  que “nada parece tener un valor propio, salvo el que le imprime la
  subjetividad al <italic>yo</italic>”, y para el cual “no hay nada, ni
  en la moral, ni en el derecho, ni en lo humano y lo divino, en lo
  profano y lo sagrado, que no deba ser previamente sustentado por el
  <italic>yo</italic> y no pueda, por lo mismo, ser suprimido por él”
  (Hegel 2001, p. 141). Desde la lectura de Hegel, Schlegel, partiendo
  de esta mala comprensión de Fichte y tratando de aplicarla al arte,
  “sólo llega a realizar formas que, si no están vacías, carecen
  completamente de contenido, puesto que lo substancial queda eliminado
  como desprovisto de valor” (Hegel 2001, p. 146).</p>
  <p>Para esta línea de crítica filosófica de <italic>Lucinde</italic>,
  Fichte supone para empezar un paso en falso o al menos un riesgo en el
  intento de resolver los problemas epistemológicos abiertos por Kant.
  Fichte pretendería resolver la incomunicabilidad que Kant hizo visible
  entre naturaleza y libertad, entre entendimiento y razón, entre lo
  limitado y lo ilimitado, entre la conciencia y el mundo como
  <italic>cosa-en-sí,</italic> mediante el postulado de la posibilidad
  de la unidad apriorística de sujeto y objeto en el “hecho puro de la
  acción” —<italic>Tathandlung</italic>— de la autoposición reflexiva
  del Yo. Schlegel, asumiendo esta posibilidad, caería de lleno con su
  novela en los peligros de subjetivismo absoluto que acarrearía esta
  solución intuicionista. De modo que si la
  <italic>Bildungsroman</italic> era una estructura narrativa adecuada
  para explorar, exponer y tratar de resolver el problema de la
  distancia entre la conciencia y el mundo entendido como inaccesible
  <italic>cosa-en-sí</italic> desde Kant, la lectura de Fichte habría
  hecho que Schlegel escribiera una <italic>Bildungsroman</italic> en la
  que el equilibrio dialéctico y complejo entre ambos se rompería a
  favor de la supremacía del Yo sobre el mundo.</p>
  <p>Lo que todas estas críticas de <italic>Lucinde</italic> desde el
  mismo Hegel pasan por alto es que la ironía schlegeliana, como
  principio desbaratador, no solo no actúa a favor del valor absoluto y
  no cuestionado del Yo que la ejecuta, sino que de hecho surge
  eminentemente como la corrosión de su propia sustantividad. Enseguida
  tendremos ocasión de ver que el gesto arbitrario del narrador de
  <italic>Lucinde</italic>, en el que lo afirmado es constante e
  inmediatamente negado, no redunda a favor de sí mismo como garante del
  principio de la negación, sino que de hecho supone la réplica de la
  quiebra originaria en la que este se ha descubierto ausente para sí
  mismo. En el centro emanante de la ironía schlegeliana se sitúa algo
  completamente distinto de un “Yo absoluto” fichteano: la
  autoconciencia desesperante, de hecho, de su imposibilidad.</p>
</sec>
<sec id="lucinde-y-el-limite">
  <title><italic>3. Lucinde</italic> y el límite</title>
  <p>La idea de la escritura del joven Friedrich Schlegel, y en
  particular de <italic>Lucinde,</italic> como una transposición poética
  de la doctrina de Fichte fue, de cualquier modo, un lugar común hasta
  bien entrado el siglo XX. Walter Benjamin, pese a que en el desarrollo
  del trabajo distingue y resalta importantes diferencias entre la
  doctrina fichteana y las ideas románticas, comienza de hecho
  <italic>El concepto de crítica de arte en el romanticismo
  alemán</italic> con una cita de <italic>Lucinde</italic> en la que se
  define la estructura reflexiva,<xref ref-type="fn" rid="fn9">9</xref>
  indicando cómo esta es, en el joven Novalis, una “imitación de Fichte”
  y en Schlegel, una “manera” del mismo (Benjamin 2017, p.
  20).<xref ref-type="fn" rid="fn10">10</xref> Los múltiples niveles de
  ironía formal que parecen regir <italic>Lucinde</italic> son así
  interpretados como textualizaciones de la estructura subjetiva
  reflexiva y absoluta del Yo autoconstituido fichteano. Paul de Man
  desplegó un marco hermenéutico similar en su primer trabajo acerca de
  la ironía en Schlegel, “Retórica de la temporalidad” (1991, pp.
  207-25), trabajo en el que, como él mismo afirmó en un texto posterior
  sobre el mismo tema, trató de definir la ironía y las estructuras
  reflexivas de Schlegel como “un momento en una dialéctica del yo” (De
  Man 1998, p. 240).</p>
  <p>Lo que aquí nos importa subrayar es que una lectura semejante, sea
  con el signo que sea, constituye un tipo de incomprensión profunda de
  la obra.<xref ref-type="fn" rid="fn11">11</xref> En primer lugar, por
  una serie de motivos biográficos constatables y del orden de la
  historia de las ideas, toda vez que si bien Schlegel, junto con
  Novalis y Hölderlin, fueron alumnos y lectores ávidos de Fichte, su
  relación con su filosofía no fue jamás de acuerdo, sino de dura y
  constante polémica. En este sentido es útil recordar que la admiración
  incondicional de Fichte por parte de Schlegel duró únicamente un año,
  1795. Ya en 1796, el propio Friedrich Schlegel se atrevía a
  desacreditar en tanto que <italic>filosofía</italic> a la
  <italic>Doctrina de la ciencia</italic>: “La filosofía en su sentido
  propio no tiene ni un primer principio, ni un objeto, ni una tarea
  definida. La <italic>Doctrina de la ciencia</italic> tiene un objeto
  definido (Yo y no-Yo), un principio definido y, por lo tanto, una
  tarea determinada” (citado en Frank 2003, p. 10). Manfred Frank ha
  sido quien de forma más sistemática y convincente ha demostrado que la
  posición de Friedrih Schlegel con respecto a Fichte es, en sus
  momentos más importantes, de reacción y oposición. Frente a la
  filosofía postkantiana que, desde la constatación de ese inquietante
  “abismo infranqueable entre la esfera del concepto de la naturaleza
  como lo sensible y la esfera del concepto de libertad como
  suprasensible” (Kant, KU, AK V, 176; trad. 2018, 86) bregaba
  obsesivamente por encontrar un puente o pasaje entre ambas en la forma
  de varios movimiento fundacionalistas (desde el “<italic>salto
  mortale”</italic> de fe de Jacobi, pasando por el “acto de conciencia”
  de Reinhold hasta la unidad de sujeto y objeto en la estructura
  apriorística de la reflexión o “autoponerse” del Yo de Fichte), los
  románticos, con Schlegel a la cabeza, habrían desarrollado su proyecto
  literario, crítico y filosófico como una respuesta antifundacionalista
  a este problema, con el objetivo de rechazar todo intento de
  fundamentar la filosofía en un primer principio, incluyendo la
  inmediatez de la estructura reflexiva del Yo de Fichte como intuición
  intelectual.<xref ref-type="fn" rid="fn12">12</xref> En segundo lugar,
  porque la propia novela <italic>Lucinde</italic>, en el desarrollo de
  su escritura, en el uso y funcionamiento de sus temas y recursos
  compositivos, contiene en sí misma los elementos necesarios para
  confirmar y sostener un antifundacionalismo filosófico de forma tal
  que nos es posible leerla como una suerte de alegato anti-fichteano.
  Ahora bien, lo que aquí debe estar en juego es, antes que ofrecer otra
  interpretación filosófica de la novela con la que contrarrestar las
  anteriores, la intelección de la materialidad literario-poética misma
  de la obra, es decir, el motivo por el que Schlegel, en lugar de
  escribir un tratado filosófico, ya sea fictheano o
  antifichteano,<xref ref-type="fn" rid="fn13">13</xref> desarrolló
  deliberadamente un discurso de naturaleza traslaticia, trópica o
  figural, que impide y pospone de hecho la proposición efectiva de
  cualquier “contenido” en tanto que doctrina y permite señalar los
  contornos de algo “impronunciable” que se formula solo refractaria y
  negativamente. Ese “algo”, no obstante, no es un significado cifrado u
  oculto que haya que rastrear o desenterrar debajo de los otros
  significados, sino el motor de productividad misma del movimiento
  discursivo de la obra y de su creación de sentidos, la boca opaca y
  puramente exteriorizante que delimita el punto ciego de su propia
  intelectividad, es decir, los límites de sus propias condiciones de
  posibilidad como discurso. La extrañeza y la confusión que ha causado
  y causa <italic>Lucinde</italic> no es una oscuridad que descifrar,
  sino un rasgo radicalmente estructural de su “sentido”. La cerrazón
  claustrofóbica y autorreferencial que analizábamos en el prólogo
  genera una “nostalgia del afuera” que, partiendo del nivel textual y
  de sus recursos formales, se extiende e impregna todo lo que la novela
  toca –incluido al propio Yo enunciante– y produce la visibilidad
  indirecta de los límites de algo que solo puede pronunciarse en una
  pregunta retórica que cuestiona su “pronunciabilidad”. La intuición
  schilleriana según la cual <italic>Lucinde</italic> no <italic>dice
  nada</italic> da la medida de la potencia de un texto que existe para
  señalar o balizar los límites de lo pronunciable, y por lo tanto de lo
  concebible en un determinado orden social, económico y discursivo; lo
  que “sólo debería sentirse” y que escapa a cualquier proposición
  tética que le dé forma solo puede ser experimentado en la modalidad
  negativa de un malestar impreciso e imprecisable. La verdad de
  <italic>Lucinde</italic> se encuentra en la náusea de
  Schiller.<xref ref-type="fn" rid="fn14">14</xref></p>
</sec>
<sec id="amor-interruptus-y-la-parabasis-permanente">
  <title><italic>4. Amor interruptus</italic> y la parábasis
  permanente</title>
  <p>Traspasado el prólogo y en un primer momento,
  <italic>Lucinde</italic> es una novela de formación que se organiza en
  torno a la experiencia del amor. Se trata de un complejo montaje
  textual en el cual el personaje principal, Julius, que conocemos al
  comenzar la novela desde de la primera persona epistolar, intenta
  reconstituirse o formarse, dar sentido y organizar la experiencia de
  su vida alrededor del acontecimiento del contacto con Lucinde. La
  experiencia del amor entre ambos personajes está desarrollada a través
  de trece capítulos dispuestos compositivamente de forma muy
  significativa. Se trata de doce fragmentos breves y de formas
  textuales muy diferentes (cartas, diálogos, descripciones de sueños y
  visiones...) que enmarcan y rodean a un capítulo central, más extenso,
  que conforma una especie de novela dentro de la novela: “Los años de
  aprendizaje de la masculinidad” [Lehrjahre der Männlichkeit]. Como el
  propio título indica, esta sección central es la que de una forma más
  directa y explícita entronca <italic>Lucinde</italic> con la novela de
  formación, ya que en ella se nos presentará el proceso de
  transformación y maduración de Julius a través de su vida amorosa con
  algunas mujeres y, finalmente, con Lucinde. Ahora bien, parte de
  nuestra interpretación del <italic>Darstellung</italic> poético de
  Lucinde tiene que ver con los caminos textuales de entrada y salida de
  esta <italic>Bildungsroman,</italic> y con cómo estos iluminan,
  matizan y desequilibran el lugar de “centralidad” que ocupa. Para ello
  es conveniente leer de manera breve pero atenta el material
  heterogéneo que la envuelve.</p>
  <p>El primero de los fragmentos con el que nos encontramos nada más
  abandonar el prólogo, precedido del subtítulo “Confesiones de un
  desmañado” [Bekenntnisse eines
  Ungeschickten<xref ref-type="fn" rid="fn15">15</xref>], es una escueta
  pero densa epístola de Julius a Lucinde. La carta comienza presentando
  la imagen de un <italic>locus amoenus</italic> en el que el amor entre
  los dos amantes parece estar consumado de forma total y completa. El
  lugar idílico que nos presenta Julius es, además, el espacio de la
  coincidencia de la consumación total del amor y del conocimiento
  profundo de los misterios de la naturaleza que se alza en la memoria
  sobre el fondo de lo cotidiano, protagonizado por “figuras cenicientas
  y estáticas”:</p>
  <disp-quote>
    <p>Sin embargo, en la santa soledad que me rodeaba, todo era luz y
    color, y un fresco aliento de vida y amor me acariciaba, susurrando
    y meciendo las hojas en el exuberante bosquecillo. Yo observaba,
    disfrutando de todo al mismo tiempo: el verde vigoroso, los blancos
    capullos y el fruto dorado. Y fue así como, con el ojo de mi mente,
    vi también a mi única y eterna amada en múltiples formas, ya como
    una cándida chiquilla, ya como mujer en el pleno y vigoroso
    florecimiento del amor y la feminidad, y también como madre
    majestuosa, con el más solemne de los infantes en sus brazos. [...]
    Me pareció estar mirando profundamente en lo oculto de la
    naturaleza, y percibí que todo vive eternamente, que la muerte puede
    ser gentil y, en el fondo, es tan solo una ilusión (Schlegel 2007,
    p. 5)</p>
  </disp-quote>
  <p>Esta plenitud, para el narrador, es experimentada a través del
  conocimiento simultáneo de la totalidad de la amada y de la
  naturaleza, es decir, de un conocimiento que accede a todos los
  aspectos de dichas realidades “al mismo tiempo”, unificando y
  sintetizando la dispersión del conocimiento humano, condicionado por
  el carácter secuencial del tiempo y el analítico del entendimiento en
  un solo instante intuitivo y definitivo. Esta plenitud cognitiva,
  además, es acompañada de una aparente plenitud erótica, en la cual los
  dos amantes se abrazan en un alborozo de “gracia y embeleso” en el
  cual el pleno goce sensitivo se hace correlato del conocimiento
  absoluto, simultáneo e instantáneo de la amada y de la naturaleza. El
  narrador se ve completamente arrobado por esta experiencia, en la que
  se embriaga por la “verdadera presencia” de la amada y la “intuición
  del gozo a punto de florecer”.</p>
  <p>Ahora bien, esta plenitud, tal y como nos es presentada, esconde ya
  desde el comienzo y en su propio desarrollo una serie de dobleces y
  sombras que la tensionan desde su interior. Para empezar, existe la
  conciencia declarada de que es sólo mediante una descripción
  discursiva-literaria (por lo tanto, secuencial, temporal, no
  simultánea) como se es capaz de ofrecer la simultaneidad de esa
  plenitud erótico-cognitiva: el narrador sabe plenamente que el idilio
  que nos está presentando es traicionado inevitablemente por las
  palabras que utiliza para describirlo. Julius confiesa que, en el
  supuesto momento de experimentar tal dicha, “no me afanaba en estos
  pensamientos, pues mi ánimo no permitía analizar ni diseccionar
  conceptos” (Schlegel 2007, p. 6). El narrador nos ofrece de forma
  explícita, pues, una re-presentación de una plenitud ya consumada que
  introduce inevitablemente en toda la descripción del idilio una
  conciencia de pérdida de la simultaneidad de su presente que
  desmienten la plenitud enunciada.</p>
  <p>Cualquier sombra del presente de la plenitud, de cualquier modo, se
  anula por sí misma en el párrafo siguiente, cuando descubrimos que el
  goce no solamente es diferido en la “metódica frialdad” de la
  mediación de la conciencia en la que el sujeto observa desdobladamente
  su propio “deseo del deseo del
  goce”,<xref ref-type="fn" rid="fn16">16</xref> sino que esta misma
  experiencia del goce mediado que se narraba como consumada es una mera
  imaginación fantasiosa, cuya consecución se emplaza ahora a un momento
  en el futuro. La descripción del idilio es bruscamente interrumpida
  por una parábasis en la que el narrador reconoce que todo lo anterior
  no ha sido sino una fantasía que proyecta realizar en algún momento, o
  “al menos en parte”:</p>
  <disp-quote>
    <p>Eres tan extraordinariamente inteligente, mi amada Lucinde, como
    para haber adivinado desde hace mucho que todo esto no es sino un
    hermoso sueño. Lo es, tristemente, y no encontraría consuelo si no
    tuviera la esperanza de poder, alguna vez, realizar por lo menos una
    parte de él (Schlegel 2007, p. 6)</p>
  </disp-quote>
  <p>Recolección pasada y ya frustrada de un acontecimiento aun no
  ocurrido que se pospone: al presente diegético solo le queda el
  ejercicio de la escritura como re- y pro-composición, ejercicio que es
  al mismo tiempo abismado y así neutralizado y esterilizado; la propia
  potencialidad re-creativa y utópica de la escritura del presente es
  anulada en el espacio vacío abierto en la distancia de la
  autoconciencia de la misma: “Fue una ilusión, querida amiga, todo fue
  ilusión excepto el hecho de que me encontraba de pie ante la ventana,
  sin hacer nada, y de que ahora estoy sentado ocupándome en algo que
  sólo es un poco más, o tal incluso un poco menos, que no hacer nada”
  (Schlegel 2007, p. 7).</p>
  <p>Este primer capítulo, con todo, no termina aquí; este momento de
  anulación de la propia escritura debido a la interrupción de la
  instancia de la autoconsciencia es a su vez interrumpido por una nueva
  parábasis que introduce un tercer nivel de autoconsciencia, que
  incluye al idilio y a su primera parábasis que lo ponía en cuestión
  como explícitamente ficcional. Esta vez la parábasis tiene una
  naturaleza claramente metatextual, ya que el narrador interrumpe el
  discurso para explicar y justificar el propio método compositivo que
  se reconoce estar llevando a cabo y que es, precisamente, la
  interrupción constante que provoca en la obra el principio de
  fragmentariedad y dispersión formal que le es constitutiva:</p>
  <disp-quote>
    <p>Pero como un buen amante y escritor, trataré de dar forma al
    basto incidente y adecuarlo a mis fines. Para mí y para esta obra,
    para mi amor a ella y para su ejecución misma, ningún propósito es
    más pertinente que éste: negar y hacer a un lado, ya desde el
    principio, todo aquello a lo que llamamos orden, arrogándome por
    supuesto el derecho a un caos delicioso, y manteniéndolo en la
    práctica (Schlegel 2007, p. 8)</p>
  </disp-quote>
  <p>Esta nueva parábasis tiene dos funciones. Por una parte, llevar
  hasta el nivel discursivo de toda la obra el principio de frustración
  de la plenitud y la identidad que hemos visto en el prólogo (a través
  de la vaciedad de la <italic>mise en abyme</italic>) y en el comienzo
  del primer capítulo (a través de la introducción de la autoconciencia
  de la propia escritura). En segundo lugar, tiene la función de
  introducir la mecánica de montaje que regirá el resto de la obra. Así,
  nos dice el narrador que va a utilizar su “indudable derecho a la
  complicación y [a colocar] aquí, en el lugar menos indicado, una de
  las muchas hojas dispersas que, por nostalgia e impaciencia, llené o
  eché a perder cuando no pude encontrarte allídonde con más seguridad
  esperé lograrlo –en tu habitación, sobre nuestro sofá–” (Schlegel
  2007, p.8).<xref ref-type="fn" rid="fn17">17</xref> Desde este
  momento, por lo tanto, el lector debe asumir que la sucesión de
  fragmentos que va a leer conforma una suerte de recopilación o
  <italic>collage</italic> de “hojas dispersas” que van a interrumpirse
  unas a otras sucesivamente. En un primer momento, esta tercera
  parábasis formaba parte de una estructura narrativa semejante:</p>
  <p><italic>(Idilio/ parábasis 1) / parábasis 2</italic></p>
  <p>No obstante, la naturaleza de esta segunda parábasis hace estallar
  <italic>ad infinitum</italic> esta estructura al introducir el
  principio acumulativo del <italic>collage</italic> al modo de una
  potencial <italic>parábasis
  permanente</italic><xref ref-type="fn" rid="fn18">18</xref>:</p>
  <p><italic>[[[(Idilio/parábasis 1) / parábasis 2] / parábasis 3]
  /.../] parábasis n</italic></p>
  <p>Esta estructura de continuas interrupciones es patente y rastreable
  a lo largo de todo el texto. En el transcurso de la lectura de la
  obra, el lector se hará ya familiar con las constantes intervenciones
  extradiegéticas de la voz narradora deteniendo el desarrollo de lo
  narrado, en ocasiones utilizando una terminología violenta y
  disruptiva que detiene el discurrir de un fragmento para dar paso
  arbitrariamente a otro: el narrador interrumpe la narración porque su
  “mundo interior se desgarró por completo, como por efecto de una
  descargar eléctrica” (Schlegel 2007, p. 23), porque se ve
  “interrumpido por un burdo y desagradable incidente” (2007, p.7),
  porque “de repente un nuevo fenómeno hizo su aparición” (2007, p. 35)
  o, sencillamente y sin dar explicaciones, puede declarar en mitad de
  la descripción de un sueño que “la comedia alegórica se esfumó” (2007,
  p. 37).</p>
  <p>En la experimentación de esta estructura discursiva eminente y
  sistemáticamente irónica, la propia novela nos ofrece el modelo de
  comprensión del tratamiento de todos los elementos que van a ser
  desarrollados a lo largo del resto del texto: la estructura de la
  interrupción o desbaratamiento de ciertas formas de plenitud
  (entendidas fundamentalmente como unidad e inmediatez) en el
  señalamiento explícito o implícito de las mediaciones (empezando por
  el propio lenguaje que las enuncia) a través de las que su acceso es
  paradójicamente (im)posible.</p>
</sec>
<sec id="unidad-androginia-y-el-sueno-de-lo-cualitativo">
  <title>5. Unidad, androginia y el sueño de lo cualitativo</title>
  <p><italic>Lucinde,</italic> a partir de aquí, está estructurada en
  base a la repetición compulsiva del movimiento de la re­presentación de
  una cierta plenitud, unidad y autoidentidad y el señalamiento de su
  imposibilidad, ya sea por medio de interrupciones extradiegéticas
  –parábasis– que señalan y marcan su ficcionalidad, ya sea por la
  presencia de una serie de recursos intradiegéticos que abisman y
  desbaratan el carácter efectivo de dichos elementos a través del mismo
  tejido discursivo que los
  construye.<xref ref-type="fn" rid="fn19">19</xref> Dos de estas
  representaciones desbaratadas se imbrican de una forma particular que
  acaba por darnos la clave de nuestro marco de lectura de la
  <italic>Bildungroman</italic> central. Por una parte, la presentación
  de la unión amorosa se expone siempre como el camino elusivo o
  frustrado que lleva al sueño de una (re)unificación andrógina. Para el
  narrador, el espíritu femenino es contiguo a la naturaleza y se
  relacionaría con ella como en una estructura sinecdótica, conformando
  una unidad; como le dice Julius a Lucinde: “Todo lo percibes eterno y
  por completo, no sabes de fragmentaciones y tu ser es uno,
  indivisible” (Schlegel 2007, p. 10). Por otra parte, el espíritu
  masculino está separado de la misma por un abismo cualitativo que este
  se ve condenado a pretender salvar incesantemente con la acumulación
  de una serie de mediaciones cuantitativas que nunca alcanzan a colmar
  la distancia. El deseo amoroso del narrador, por lo tanto, tiene como
  objetivo fundamental conseguir una cierta unificación
  masculina-femenina que le haga partícipe de la capacidad del salto
  cualitativo del “espíritu femenino” que le es principio ajeno. El
  carácter elusivo y frustrado de la plenitud amorosa se manifiesta de
  este modo como el signo negativo que marca el espacio insalvable entre
  el sujeto y el mundo, una distancia cuyo franqueamiento requeriría de
  un “salto cualitativo” imposible para la naturaleza “acumulativa” y
  “cualitativa” del narrador.</p>
  <p>Esta frustración puede ser rastreada al modo de la expresión de una
  angustia o ansiedad en la que se intuyen cierta consumación erótica
  final, inevitablemente mediada por una serie cuantitativa de
  intermediarios que la alejan y la distancian: “Abrázame más fuerte,
  beso contra beso. ¡No! No tantos; solo un beso eterno [...] ¡Dime
  algo! ¿Cómo has podido ser al principio tan fría e indiferente y
  después, cuando al fin me estrechaste más fuerte contra ti, hacer un
  gesto de dolor, como si te lastimara responder a mi pasión?” (Schlegel
  2007, p. 40). La clave aquí es que la novela, desde un determinado y
  fructífero punto de vista, puede ser leída como una especie de
  desarrollo de variaciones sobre la tensión entre estos dos polos, que
  se hacen expresivas de una conciencia que percibe la plenitud oculta
  detrás o más allá de un espacio cualitativo que se sabe incapaz de
  llenar por los medios cuantitativos y acumulativos de los que dispone:
  “El amor, o bien llega en un instante, eterno y pleno, o no llega en
  absoluto. Todo lo bello y todo lo divino es rápido y ligero. ¿O es que
  acaso la felicidad se multiplica, como el dinero y otros bienes, a
  base de esfuerzos consecuentes?” (Schlegel 2007, p. 42).</p>
</sec>
<sec id="lo-inmediato-linguistico">
  <title>6. Lo inmediato lingüístico</title>
  <p>Por otra parte, esta presentación de lo elusivo de la plenitud
  amorosa en términos de una insalvable distancia cualitativa es
  solidaria con la presentación, en los mismos términos, de la utópica
  enunciación de una “verdad” que es traicionada constantemente por el
  lenguaje encargado de presentarla. Veíamos más arriba un ejemplo en
  nuestra lectura del primer capítulo, en la que el narrador expresaba
  su conciencia de que el lenguaje secuencial-discursivo del que
  disponía falseaba la simultaneidad y la plenitud del goce amoroso que
  trataba de recrear. Esta problemática, desde este momento, estará
  presente como una sombra persistente en casi todos los fragmentos. Que
  el desarrollo de ciertas variaciones de este motivo conduzca a la obra
  a introducirse a ella misma, en su existencia lingüístico-discursiva,
  como una de las unidades a desbaratar, es algo que no debería
  sorprendernos y que refuerza nuestra interpretación del principio
  fragmentario que rige el texto. Este hecho, además, actualiza la
  dinámica de descentramiento de la autoidentidad de la propia textura
  narrativa a través de la vaciedad y la autorreferencia del mise en
  abyme que veíamos en el prólogo: los diferentes desarrollos de todos
  estos motivos como variaciones de lo cualitativo impedido por lo
  cuantitativo pueden ser leídos como presentaciones trópico-alegóricas
  de la forma misma del discurso que los enuncia.</p>
  <p>Esto se expone de forma dramática mediante una de las parábasis más
  violentas de la obra, en las que en un momento casi
  veterotestamentario, el discurrir de la narración es interrumpido de
  forma abrupta por una voz “extraña y terrible en su hermosura” que
  apela al narrador desde el abismo abierto de su fantasía para
  otorgarle la responsabilidad del canto y la comunicación de la verdad
  de la naturaleza: “El tiempo ha llegado, la esencia de la divinidad
  puede ser revelada y descrita; todos los misterios deben ser
  descubiertos, y el terror debe terminar. Sé de ahora en adelante un
  iniciado; divulga que sólo la naturaleza es venerable, y sólo la salud
  digna de amor” (Schlegel, 2007: 24). No obstante, esa “verdad” se
  muestra intransmisible a través del discurso en el que debe
  necesariamente enunciarse: “Abrí los labios para proclamar estos
  ideales con un canto, y pensé: ‘Todos los seres lo escucharían, y el
  mundo entero resonaría armoniosamente’, pero entonces recordé que mis
  labios no habían aprendido el arte de imitar el canto del espíritu”
  (Schlegel 2007, p. 24). La misteriosa voz reconoce su impotencia y le
  insta a no querer “compartir el fuego inmortal de forma tan directa y
  abrupta”; la comunicación inmediata, demandada como exigencia, es
  pospuesta en la mediación necesaria del lenguaje al modo de un trabajo
  gradual y progresivo con el mundo, en el que debe crear y dinamizar un
  “flujo constante de nuevas uniones y separaciones” (Schlegel 2007, p.
  24).</p>
  <p>A partir de esta violenta toma de conciencia, el narrador se
  mostrará gradualmente más conforme con este imperativo hasta aceptar
  la propia escritura como mediación necesaria de la inmediatez:
  “Créeme, lo único que me interesa es la objetividad de mi amor. La
  magia de la escritura es, en realidad, la que confirma y delinea esta
  objetividad, así como mi esmero en ella. Y porque me está negado
  exhalar mi flama en una canción, debo confiar el bello secreto a estas
  líneas silenciosas” (Schlegel 2007, p. 31). Julius, en una epístola a
  su amigo Antonio que es incluida hacia el final de la novela, llegará
  a defender la escritura, con sus características distanciadoras y
  objetualizadoras, como medio más apropiado para decir lo que se
  propone en contraposición con el habla y su falsa ilusión de
  inmediatez:</p>
  <disp-quote>
    <p>Hay en mi corazón un par de cosas que no podría decirte de una
    manera tan directa y que trataré de esbozar para ti. ¿Por qué, sin
    embargo, de esta manera? ¡Ay, amigo mío, si al menos conociera un
    medio más ilustrado para comunicarme, para decir lo que quiero desde
    una cierta distancia, un medio que protegiera mis palabras con una
    suave y delicada envoltura! La conversación frente a frente me
    resulta demasiado ruidosa, demasiado cercana y particular. [...] Lo
    que deseo decirte tiene más bien un carácter general, y para
    expresarlo prefiero dar este rodeo (Schlegel 2007, pp. 106-107)</p>
  </disp-quote>
  <p>La distancia que la escritura ofrece a Julius a lo que este quiere
  decir son valorados por sí mismos como rasgos formales al margen de su
  “contenido” manifiesto. Como demuestra el desarrollo irónico de la
  novela que, de hecho, en este momento de la lectura, ya está acabando
  sin haberse formulado o descubierto la “verdad” constantemente
  anunciada,<xref ref-type="fn" rid="fn20">20</xref> la finalidad de la
  mediación de la escritura no es otro que la de mostrarse a sí misma,
  decirse a sí misma en su desarrollo opaco. Los rodeos tomados tienen
  como fin objetivo y funcional la autopresentación de una escritura que
  distancie y visibilice la “unidad” deseada y que mantenga, de hecho,
  esa distancia abierta como condición de posibilidad de su visibilidad
  ysu “deseabilidad”. El punto más extremo de intelección, aquí, reside
  en que “el bello secreto” que se anuncia es, antes bien que un
  contenido proposicional positivo-real al modo de alguna de las
  versiones de la “unificación” entre el sujeto y objeto, el espacio
  vacío de su enunciación discursiva. Lo decisivo aquí es que el “bello
  secreto” es, en última instancia, un elemento arbitrario que sirve
  para la presentación o puesta en escena de la estructura de su misma
  indecibilidad, a través de la cual se desarrollan las contradicciones
  de la decibilidad de algo indecible, de la mediación de algo
  inmediato, del acceso a lo inaccesible. O, lo que es lo mismo, es el
  nombre trasladado del procedimiento traslaticio mismo: una alegoría de
  la alegoría.</p>
</sec>
<sec id="simbolo-y-alegoria">
  <title>7. Símbolo y alegoría</title>
  <p>Y es que, en efecto, lo que está también y quizás en primer lugar
  en juego en estas páginas y a través de los rodeos que estamos
  tratando de reconstruir no es sino el modo de presentación de la
  dialéctica interna del alegorismo romántico y, en concreto, su
  relación con la idea de símbolo. La diferencia y la relación entre
  <italic>símbolo</italic> y <italic>alegoría</italic> es una de las
  discusiones clásicas del romanticismo, propias tanto de los propios
  románticos como de sus teóricos y críticos posteriores. En
  <italic>Lucinde</italic> podemos encontrar materializadas algunas de
  las razones por las que esta discusión es de carácter tan polémico y
  persistente. Como han discutido por extenso autores como Manfred Frank
  (2003, pp. 201-221), Andrew Bowie (1997, p. 53-90) o Rodolphe Gasché
  (1991), una de las problemáticas propias y más centrales de las que se
  derivan las teorías y las prácticas poéticas y estéticas del
  romanticismo es la posibilidad del acceso sensible, particular y por
  lo tanto limitad, a lo trascendente e ilimitado: el infinito, el
  Absoluto o la unidad del Ser (que implica, como hemos visto, el
  conocimiento o acceso a la naturaleza por parte de un sujeto aun o ya
  no separado de ella por el acto de la reflexión). Estos autores han
  mostrado cómo las exigencias y problemas de un proyecto semejante
  conducen a los románticos al ámbito del arte y la poesía, modalidad
  fenoménica de lo limitado que dispone de algunos modos de existencia
  que se trascienden a sí mismos al servir como signo o índice de otra
  cosa: el lenguaje trópico o
  figural.<xref ref-type="fn" rid="fn21">21</xref> Los modos de
  presentación traslaticios e indirectos se convierten en el
  romanticismo en un asunto de importancia filosófica mayor cuya
  economía, sobre todo en Schlegel, Novalis y Hölderlin, ponen en escena
  la forma de una conciencia irónico-trágica basada en la “infeliz
  alternativa entre la evanescente trascendencia de lo sensorial y la
  incapacidad de representar una unidad trascendente” (Bowie 1999, p.
  65). En este contexto, el relato tradicional de esta relación,
  hegemónica desde Goethe, Coleridge y su aceptación por las formas de
  postromanticismo del siglo XIX<xref ref-type="fn" rid="fn22">22</xref>
  propondría que el símbolo es una forma de presentación privilegiada e
  inmediata de la Totalidad con la que está relacionada, fruto de la
  contigüidad sinecdótica y “natural” entre la parte y el todo, mientras
  que la alegoría sería una forma metafórico-arbitraria de
  representación, en la que la relación entre significante y significado
  es meramente convencional, y por lo tanto parcial e incompleta. El
  lenguaje alegórico, además, se relacionaría con la verdad que quiere
  expresar de un modo cuantitativo-acumulativo (a través del
  desciframiento progresivo de la riqueza de significados presentes en
  la imagen alegórica) mientras que el símbolo daría el acceso de una
  vez por todas, instantáneo y para siempre, a la totalidad del sentido
  del que forma parte, haciéndose indistinguible de él. El símbolo
  funcionaria así al modo de una comunicación inmediata, mientras que la
  alegoría correspondería a un modo de formulación profundamente mediado
  por sus propios procedimientos discursivos, tanto en la creación de la
  imagen alegórica como en el proceso de alegóresis.</p>
  <p>Ahora bien, como indica Paul de
  Man,<xref ref-type="fn" rid="fn23">23</xref> este relato en el que la
  alegoría es una forma degradada o inferior al símbolo tiene más que
  ver con la dimensión desiderativa e ideológica del romanticismo y el
  posromanticismo que con ninguna práctica literaria o poética real
  llevados a cabo por ellos. De hecho, como quiere mostrar nuestro
  análisis de <italic>Lucinde</italic>, el romanticismo temprano es en
  cierta medida previo a este relato, toda vez que una de sus
  problemáticas centrales es de hecho mostrar la irrepresentabilidad
  directa e inmediata del Absoluto y la unidad del Ser, y la necesidad
  ineludible de la distancia de la mediación lingüístico-reflexiva. En
  efecto, los juegos de frustraciones, interrupciones y autoconciencias
  discursivas que venimos rastreando en <italic>Lucinde</italic> tienden
  a designar la naturaleza necesaria e ineludiblemente “alegórica” de la
  realización efectiva de todo proyecto “simbólico”.
  <italic>Lucinde</italic> corrobora la tesis de de Man según la cual
  símbolo y alegoría no son modos contrarios y diferentes de expresión,
  sino que antes bien la alegoría sería la realización efectivo-textual
  de un modo de expresión ideal
  inalcanzable.<xref ref-type="fn" rid="fn24">24</xref> De hecho, como
  apuntábamos, la relación amorosa entre Julius y Lucinde puede ser
  considerada como una representación traslaticia de las tensiones y
  contradicciones internas de la alegoría en su relación con el sueño
  simbólico. Julius explicita este entendimiento de la relación entre
  alegoría y símbolo y su relación propiamente alegórica con su relación
  amorosa con Lucinde en un momento en que, dirigiéndose a esta, vuelve
  a introducir, como contenido de la declaración de la plenitud
  “conseguida” que dirige a su amada, la naturaleza opaca y secuencial
  del lenguaje que utiliza para hacerlo:</p>
  <disp-quote>
    <p>Quiero siquiera insinuar para ti, con símbolos divinos, aquello
    que no puede decirse con palabras. Pues cuando reflexiono sobre el
    pasado y me esfuerzo por penetrar en mi propio yo para visualizar la
    memoria desde la claridad del presente, y mostrártela también,
    siempre queda algo que no puede ser representado por medios
    externos, porque pertenece por completo al mundo interior. [...]
    Sólo lo que avanza gradualmente en el reino del tiempo y se dispersa
    en el espacio, sólo lo que sucede es asunto de la historia. El
    misterio de un instantáneo génesis no puede ser sino adivinado, y no
    hay otra manera de ayudar a que otros lo adivinen si no es mediante
    alegorías (Schlegel 2007, p. 81)</p>
  </disp-quote>
  <p>El símbolo no deja de ser una idea inalcanzable, una suerte de
  modelo discursivo imposible, utopía trópica o modalidad de existencia
  de la utopía en el lenguaje. El símbolo es así, para Schlegel, la idea
  regulativa que forma parte de la dialéctica de la existencia real de
  la alegoría como su horizonte: el símbolo en sí es imposible, y de la
  imposibilidad del símbolo surge la
  alegoría.<xref ref-type="fn" rid="fn25">25</xref> La alegoría es el
  símbolo necesaria y constantemente fracasado, y el discurso
  sistemáticamente irónico-alegórico de <italic>Lucinde</italic> es la
  representación de ese fracaso, el mantenimiento renovado y exuberante
  de un discurso vacío que habla perpetuamente para teñir como un
  contraste la densidad transparente del espacio ideológico del sueño de
  la reunificación instantánea e in­mediata entre sujeto y objeto,
  mostrando esta distancia y esta mediación como estructural y
  constitutiva.<xref ref-type="fn" rid="fn26">26</xref></p>
  <disp-quote>
    <p>Whereas the symbol postulates the possibility of an identity or
    identification –afirmaba Paul de Man– allegory designates primarily
    a distance in relation to its own origin, and, renouncing the
    nostalgia and the desire to coincide, it establishes its language in
    the void of this temporal difference. In so doing, it prevents the
    self from an illusory identification with the non-self, which is now
    fully, though painfully, recognized as a non-self (de Man 1983, p.
    207).</p>
  </disp-quote>
</sec>
<sec id="los-anos-de-aprendizaje-de-la-masculinidad">
  <title>8. “Los años de aprendizaje de la masculinidad”</title>
  <p>Es solo ahora cuando quizás estemos en condiciones de leer el
  capítulo central, “Los años de aprendizaje de la masculinidad”, con
  una mayor justeza y exactitud a la hora de valorar su función y su
  efecto en el interior de la obra en su conjunto. Como señalábamos
  arriba, debido a sus características formales, se trata de un capítulo
  singular en el contexto de la obra. Por una parte, se trata de un
  capítulo extenso, que casi puede ser considerado un relato o una
  <italic>novella</italic> independiente. Por otra, se trata del único
  capítulo en el que el protagonista Julius pierde de forma directa su
  participación en la narración (ya sea en el control homodiegético de
  la misma, ya sea mediante la inclusión de su propia voz en las formas
  dramático- dialogales) y pasa a presentársenos desde el punto de vista
  de la exterioridad y la distancia de un narrador heterodiegético en
  tercera persona. Lo desarrollado a través de este régimen narrativo
  constituye, como bien indica el título, un relato de formación en el
  cual se nos presenta de forma ordenada cronológicamente y con una
  unidad de sentido sucesiva-causal el paso de Julius desde la
  adolescencia a la madurez. En los diferentes estadios y pasos de este
  proceso comparecen de nuevo muchos de los motivos ya vistos en los
  fragmentos circundantes, ahora formulados en el lenguaje y la clave de
  la formación progresiva de la identidad de Julius. El joven Julius se
  nos presenta, en un primer momento, perdido en una insatisfacción
  vaga, sin nombre y sin fondo, que trata de llenar a través de los
  estudios, las aficiones y la vida social. No obstante, gana la
  conciencia de que entre su insatisfacción y la realización de su deseo
  media un abismo que no puede ser colmado a través de la acumulación de
  experiencias y goces diferentes: “Pero ni ahí, ni en los muchos
  estudios y aficiones en los que su entusiasmo juvenil se arrojó a
  menudo con una omnívora sed de conocimiento, encontró la suprema
  felicidad que su corazón demandaba con vehemencia” (Schlegel 2007, p.
  48). Al contrario, en el ánimo de Julius hay presente un
  presentimiento del salto cualitativo que le permitiría acceder a esta
  felicidad: “a cada momento esperaba la llegada de un suceso
  extraordinario” (Schlegel 2007, p. 48).</p>
  <p>Este estado de <italic>Sehnsucht,</italic> ansia o anhelo
  insatisfecho, tiene su correlato en la forma de autopresentación y
  autocomprensión de la vida del propio Julius para sí mismo, que solo
  puede percibirse en la sucesión inorgánica de parcialidades
  acumulativas que tratan de satisfacerlo. La fragmentariedad de la
  experiencia basada en la acumulación cuantitativa de experiencias
  vacías conlleva una proyección y representación fragmentada y
  desordenada de su identidad y su vida:</p>
  <disp-quote>
    <p>Pero la rabia de la insatisfacción fragmentaba su memoria, y en
    ninguna otra época de su vida perdió más de vista la unidad de su
    propio ser. Vivía tan sólo en el presente, al que se aferraba como
    unos labios sedientos, abismándose sin cesar en cada infinita,
    insondable y a la vez pequeña fracción del tiempo monstruoso, como
    si ahí pudiera encontrarse aquello que había buscado largamente
    (Schlegel 2007, p. 63)</p>
  </disp-quote>
  <p>No obstante, esta condición disgregada de la experiencia, junto con
  la insatisfacción vacía e insaciable que le sirve de soporte, son
  revocadas y anuladas de forma instantánea con la primera relación
  amorosa de Julius con una mujer, en consonancia con la particular
  teoría de la diferencia genérica que Julius nos presenta en los
  primeros fragmentos de la obra: “Esta enfermedad, al igual que las
  anteriores, fue curada y destruida desde la primera mirada por una
  mujer única, que pudo tocar por primera vez lo más profundo de su
  espíritu” (Schlegel 2007, p. 65). Este acceso se gana de forma
  definitiva con el conocimiento de Lucinde, contacto que “enciende una
  luz” bajo la cual se ve y se reorganiza “cada trozo de su existencia”
  (Schlege 2007, p. 79):</p>
  <disp-quote>
    <p>Distinguió clara y correctamente la estructura del conjunto,
    puesto que se hallaba situado en el centro de este. Sintió que ya
    nunca podría perder esa unidad; el enigma de su existencia se había
    resuelto, había encontrado la palabra, y era como si todo hubiera
    sido predeterminado y arreglado, desde el principio del tiempo, para
    que la encontrara en el amor, él, que en su juvenil falta de
    entendimiento, se había creído incapaz de sentirlo (Schlegel 2007,
    p. 79)</p>
  </disp-quote>
  <p>No es necesario hacer una lectura demasiado forzada de estas
  páginas para identificar que, de hecho, esta “palabra encontrada” que
  organiza y hace distinguible la estructura del conjunto y la unidad de
  su vida no es otra que la novela de formación en tercera persona que
  estamos leyendo. De esta forma, “Los años de aprendizaje de la
  masculinidad” es una obra de la preparación de la obra, un texto que
  nos narra el advenimiento de las condiciones de posibilidad de la
  redacción de la propia obra que
  leemos.<xref ref-type="fn" rid="fn27">27</xref> Que la unidad y el
  sentido identitario conseguidos junto con la experiencia de la
  plenitud amorosa y epistemológica está materializado en el relato
  unitario y cronológicamente ordenado que leemos es congruente con que,
  en la interioridad de este capítulo, el lenguaje disgregado,
  desordenado y caótico que se celebra y se ejecuta de hecho en el resto
  de fragmentos de la novela se nos presenta aquí, <italic>a
  posteriori</italic> y desde fuera, desde la unidad ya conseguida del
  relato heterodiegético en pasado. El lenguaje de autorrepresentación
  disgregado, característico para el narrador de la experiencia del
  <italic>Sehnsucht</italic> de la plenitud no alcanzada, no lo leemos
  nunca directamente en “Los años de aprendizaje de la masculinidad”,
  sino que se nos refiere y describe exteriormente como momento negativo
  y transitorio necesario de un proceso dialéctico en el que es
  superado, desde el “afuera” diegético de la plenitud
  alcanzada.<xref ref-type="fn" rid="fn28">28</xref></p>
  <p>Ahora bien, la ironía en la cual este capítulo está inserta es
  obvia y de una violencia despiadada. Si se nos habla desde el otro
  lado de la nostalgia, desde la unidad conseguida, si “el enigma de su
  existencia” está ya resuelto en y a través del contacto amoroso que ha
  ofrecido el acceso al sujeto a la unidad de su vida configurada en la
  “palabra conseguida” de esta novela de formación, ¿por qué no
  presentar al lector únicamente este capítulo? ¿O por qué no, al menos,
  incluir este capítulo como el culmen final de la obra, concluirla
  teleológicamente con esta unidad conseguida? ¿Por qué
  <italic>Lucinde</italic> no acaba con esta novela de formación? ¿Por
  qué está no solo precedida sino continuada por otros fragmentos en los
  que el “secreto” sigue siendo opaco, frustrado y desconocido? Una vez
  más, no se trata aquí de un misterio que debamos resolver o un
  significado oculto que debamos desentrañar: la respuesta está
  claramente manifiesta en el nivel formal. La novela de formación,
  objetivando la vida, exteriorizándola y distanciándose de ella, a
  través de esa tercera persona, es una forma de “representar” el enigma
  y la ilusión de su resolución, a través sin embargo de un dispositivo
  narrativo altamente opaco y artificioso. “Los años de aprendizaje de
  la</p>
  <p>masculinidad”, en su conjunto, son otra forma de plenitud que es
  interrumpida y negada en el conjunto de la novela completa. La
  dialéctica a través de la cual el lenguaje disgregado se ve negado a
  sí mismo en la exterioridad de la presentación y por lo tanto superado
  (<italic>aufgehoben</italic>) en la síntesis de la unidad conseguida
  de la <italic>Bildung</italic> de Julius es cortocircuitada y puesta
  en marcha de nuevo con una nueva negación a través de la continuación
  del régimen disgregado y parabático que persiste una vez este capítulo
  ha concluido. De hecho, este desbaratamiento de la unidad
  narrativo-identitaria a través de la formación amorosa no se hace
  esperar, ya que en el interior del mismo capítulo reaparece, en las
  últimas páginas, la primera persona homodiegética de Julius para
  confirmarnos el carácter de alegórica artificiosidad que tiene la
  <italic>Darstellung</italic> aparentemente transparente y unitaria que
  acaba de desarrollarse.</p>
  <p>De este modo, una vez más, se ofrece el reconocimiento de que la
  inmediatez es solo presentable como inalcanzable a través de la
  mediación del lenguaje secuencial. En efecto, la verdad y la unidad
  buscada es instantánea e inmediata, pero solo puede ser representada a
  través de una narrativa que “avanza en el reino del tiempo y se
  dispersa en el espacio”, en la extensión secuencial y gradual de la
  narración. La novela de formación, de este modo, se descubre a sí
  misma como un intento de representar algo que, a causa de su misma
  presencia representante, se mantiene irrepresentable. El pasaje final
  de este capítulo, de hecho, distingue la opacidad de los artificios
  narrativos que en el desarrollo de la novela de formación se
  planteaban como transparentes: “La Alegoría”, afirma Julius en la
  misma sección, “se ha deslizado incluso en aquello que aparece como
  pura realidad y fiel representación, y ha mezclado significativas
  mentiras en la hermosa verdad” (Schlegel 2007, p. 82). El valor de la
  narración de la maduración de Julius se revela, pues, solamente en
  tanto que alegoría. La novela de formación solo puede señalar y
  posponer <italic>ad futurum</italic> la consecución de la unidad plena
  e instantánea que pro-pone.</p>
</sec>
<sec id="lucinde-antifundacionalista-y-las-modalidades-de-la-ironia-a-modo-de-conclusiones">
  <title><italic>9. Lucinde</italic> antifundacionalista y las
  modalidades de la ironía: a modo de conclusiones</title>
  <p>Esta lectura de <italic>Lucinde</italic> quiere poner de manifiesto
  algunas consecuencias acerca de su localización poético- filosófica
  con respecto a los intentos fundacionalistas postkantianos y a la
  doctrina fichteana, fenómenos que conforman el fondo contra el cual es
  necesario leer la novela para ganar un primer acceso a su posible
  sentido o, más bien, a la comprensión de su constante desbaratamiento
  de todo sentido.</p>
  <list list-type="order">
    <list-item>
      <p>Frente a la interpretación schilleriano-hegeliana, según la
      cual la disgregación formal de <italic>Lucinde</italic> era
      expresiva de la arbitrariedad auto- y heterocreativa de un sujeto
      absoluto autofundado, una lectura atenta de la novela muestra algo
      muy diferente. La supuesta autoridad aun vacía y arbitraria de un
      Yo absoluto comparece en <italic>Lucinde</italic> únicamente de
      forma negativa, como una sombra o reflejo nunca presente que sirve
      de sustento a la sucesión constante de disrupciones y
      autointerrupciones de su propia continuidad o presencia. Este
      régimen interruptivo o parabático, además, se desvela como una
      suerte de mecánica ciega y a-subjetiva propia de la naturaleza
      trópica del lenguaje que poco tiene que ver con la voluntad del
      sujeto a través del cual se enuncian. El Yo en
      <italic>Lucinde</italic> es, en todo caso, el material lingüístico
      excedente o residual del proceso de alegorización de su propia
      sustantividad.<xref ref-type="fn" rid="fn29">29</xref></p>
    </list-item>
  </list>
  <p>Nuestra lectura de <italic>Lucinde</italic>, por lo tanto, nos
  permite conservar el nombre –ironía– a título del cual la crítica
  filosófica de la novela la ha condenado históricamente, pero
  reescribiendo de una forma enteramente nueva su funcionamiento. Al
  principio del capítulo vimos que esta tradición crítica denominaba
  <italic>ironía</italic> al principio erosivo por el que el desarrollo
  de <italic>Lucinde</italic> parece negar sistemáticamente cualquier
  sustantividad real, conservando el fundamento disolutor del
  Yo-narrador como única realidad. No obstante, mediante nuestra
  reconstrucción de algunas mecánicas textuales de la novela hemos
  podido ver que los modos particulares a través de los que este
  principio erosivo queda textualizado hacen muy problemática esta
  interpretación. El narrador de <italic>Lucinde</italic> solo comparece
  puesto en escena como el responsable circunstancial de una serie de
  medios textuales (parabáticos, interruptivos, heterogéneos,
  fragmentarios, etc.) que lo incluyen siempre en una doble enunciación
  en el que cada elocución supone el inmediato cuestionamiento
  distanciador de lo dicho. En <italic>Lucinde</italic> el
  Sujeto-Narrador no comparece como la fuerza demiúrgica de la que emana
  una todopoderosa negación solipsista, como querían Hegel o
  Kierkegaard, sino como un enunciador puesto en una serie de escenas en
  la que él mismo, como locutor, queda desestabilizado.</p>

      <p>2. <italic>Lucinde</italic>, además de poner en cuestión el
      fundacionalismo epistemológico fichteano del Yo, pone en juego la
      visibilidad de los problemas y contradicciones del proyecto de
      Fichte en toda su amplitud. Como señalábamos arriba, la filosofía
      de Fichte tiene como objetivo fundamental el solucionar las
      inquietantes crisis explicitadas por Kant en sus textos críticos,
      sobre todo dos:</p>
  <list list-type="alpha-lower">
    <list-item>
      <p>El carácter vacío y formal del sujeto. Como veíamos, el Yo para
      Kant es el predicado formal y vacío que tiene que acompañar
      necesariamente a todas las representaciones para que queden
      sintetizadas y organizadas en la apercepción de la realidad.</p>
    </list-item>
    <list-item>
      <p>La crisis devenida de la postulación de la cosa-en-sí
      (<italic>Ding an sich</italic>), por la cual la fenomenicidad de
      lo existente no puede dejarse de mostrar al modo de algo así como
      la modulación de unas leyes formales apriorísticas de la
      aprehensión, en las que el sujeto queda encerrado en los confines
      claustrofóbicos de la autoconciencia de sus propias categorías
      sensibles de percepción.</p>
    </list-item>
  </list>
  <p>Estas dos crisis hicieron explícito para los primeros lectores de
  Kant un mundo inquietante en el que no solo el sujeto y el objeto han
  dejado de tener una existencia sustantiva, sino que entre la sombra de
  ambos se abre un abismo aparentemente infranqueable. Algunos de los
  filósofos de la primera generación de lectores y críticos de la
  <italic>Crítica de la razón pura</italic> llegaron a la conclusión de
  que el problema fundamental subyacente aquí era el de la
  autoconciencia y el acto original de división y escisión entre Yo y
  mundo (y entre Yo y propio Yo) que esta implicaba. El camino
  emprendido por el idealismo poskantiano supuso tratar de postular una
  instancia en el interior de la autoconciencia en la que esta se
  volviera transparente, inmediata, que dejase ver, aun a través de su
  propia mediación, la inmediatez de la supuesta unidad originaria de
  sujeto y objeto. Este es la base del proyecto fichteano: el sueño de
  una especie de mediación inmediata, de opacidad transparente, de ojo
  que se ve a sí mismo, en el que el sujeto y el objeto ganen su
  sustantividad en el mismo momento en el que se entiende como
  unificados.</p>
  <p>Ahora bien, algo decisivo para engarzar nuestra lectura de
  <italic>Lucinde</italic> en este debate es reconocer que este sueño de
  transición instantánea y no mediada entre el sujeto y el objeto es ya
  un hecho estructural de la misma escritura fichteana. El objetivo
  declarado de la <italic>Doctrina de la ciencia</italic>, en su nivel
  material-discursivo, es de hecho el de borrarse a sí misma, el de
  hacerse innecesaria, invisible, transparente en tanto texto. El
  discurso a través del cual Fichte desarrolla su doctrina de la “pura
  intuición inmediata” del Yo absoluto es vivido por el escritor como
  una exigencia o un castigo: una obligación prescindible y redundante
  si el filósofo ha alcanzado la inmediatez de dicha
  intuición.<xref ref-type="fn" rid="fn30">30</xref> En la introducción
  del escrito, Fichte llega a declarar que el propio discurso que está a
  punto de empezar es absolutamente inútil sin la presencia inmediata y
  a priori en la conciencia del lector del resultado que la lectura del
  texto filosófico debería de hecho generar. En efecto, afirma Fichte,
  hay en la <italic>Doctrina de la ciencia</italic> “un fundamento por
  el cual ella tiene que permanecer siempre incomprensible para ciertos
  lectores; este fundamento consiste en que ella supone la facultad de
  libertad de la intuición interna” (Fichte 1975, p. 9). La dimensión
  del fracaso del proyecto de Fichte queda consignada en el hecho
  (irónico) de que el resto de su vida puede ser rastreada a través de
  las innumerables correcciones, aclaraciones, versiones y reversiones,
  en definitiva, reescrituras de la primera <italic>Doctrina de la
  ciencia</italic>. La vida de filósofo de Fichte es la historia de una
  reescritura constante y sisífica de la <italic>inmediatez.</italic>
  Como dice Andrew Bowie, “Fichte tiene que enfrentarse a la exigencia
  de un acceso inmediato a la conciencia que no implique ninguna forma
  de división: ocupará el resto de su vida filosófica intentando, sin
  éxito, dar una explicación adecuada de este acceso inmediato” (Bowie
  1999, p. 77).</p>
  <p>De modo que nos es ninguna exageración el afirmar que el fracaso
  fichteano tiene la estructura de la alegoría en tensión con la ilusión
  simbólica. El problema del idealismo a partir de Fichte consiste en
  que, si bien la problematicidad de esta estructura no es ignorada, sí
  que se obvia su carácter profundamente irónico.
  <italic>Lucinde</italic> viene, precisamente, a señalar la naturaleza
  irónica y autofrustrada de la estructura de la alegoría y a mostrar
  performativamente a través de su propio lenguaje la dimensión
  utópico-ideológica del proyecto idealista. La oscuridad, confusión y
  multiplicidad de sentidos de <italic>Lucinde</italic> brota del
  carácter convulso del movimiento a través del que el texto intenta,
  mediante una diversidad de recursos estético- figurales, decir y
  visibilizar directa e inmediatamente la conciencia, de ganar
  conciencia inmediata del sustrato unitario “original” y común del
  sujeto y el objeto. Desde luego, esto es imposible y no se logra
  realizar. En la escritura de <italic>Lucinde</italic> estos intentos
  se materializan de maneras en las que nos es dado contemplar de forma
  más nítida la calidad de ese silencio, de ese punto ciego, de esa
  imposibilidad epistemológica; más adecuadamente, la poetización o
  presentación literaria de estos intentos hace posible una
  visibilización de las condiciones ideológicas de la centralidad de
  dicha imposibilidad autocognoscente en Fichte, que es el fundamento
  productivo de la obra. Esa imposibilidad no se puede resolver -al
  menos en el mismo nivel en el que se plantea- y es de hecho lo que
  posibilita y limita la obra literaria; en los límites y alrededores de
  dicha imposibilidad nace y se desarrolla la exuberancia de la obra de
  Schlegel. Lo desasosegante de la lectura de <italic>Lucinde</italic>
  como meta-tropo (al modo de una alegoría irónica o
  <italic>Witz</italic> suspendido en la extensión de su alegorización)
  debe cumplir la función de acentuar las contradicciones de una
  autoexperiencia atrapada en una imposibilidad semejante a la del barón
  de Münchhausen al tratar de salvarse del lodo tirando de su propio
  pelo. La clave aquí es que la ironía absoluta de
  <italic>Lucinde</italic> frustra o pospone una conciliación
  epistemológica entre sujeto y objeto en los propios términos en los
  que esta se desea, consiguiendo figurar así los propios límites
  categoriales e históricos en los que este mismo deseo se sitúa. Leer
  <italic>Lucinde</italic> de este modo puede ayudar a entender la
  voluntad schlegeliana de desarrollar y ahondar en la crisis kantiana,
  no al modo de un intento de solventarla, sino de emplazarla a ella
  misma en una metacrítica
  historizada,<xref ref-type="fn" rid="fn31">31</xref> de la cual el
  primer paso consiste en señalar la imposibilidad de la primera
  solución fichteana (fundada en un movimiento compensatorio,
  intuicionista y tautológico, más propiamente &quot;ideológico&quot;
  que &quot;idealista&quot;) y permanecer en la frustrante
  intransigencia kantiana.<xref ref-type="fn" rid="fn32">32</xref> La
  escritura de <italic>Lucinde</italic> viene a mostrar que no hay
  atajos para salir de la vaciedad del Yo y su distancia infinita con el
  mundo; que, de hecho, estos dos problemas son propiamente irresolubles
  desde las particulares coordenadas de autocomprensión del Yo y del
  mundo en la modernidad.<xref ref-type="fn" rid="fn33">33</xref></p>
</sec>
</body>
<back>
<fn-group>
  <fn id="fn1">
    <label>1</label><p>Para el lugar y la función de Petrarca, Bocaccio
    y Cervantes, entre otros autores, en la autoconciencia poética,
    filosófica e histó­rica de los primeros románticos de Jena ver por
    ejemplo los Cuadernos literarios de Friedrich Schlegel,
    recientemente editados en español, en especial los fragmentos 1260 a
    1557 (Schlegel 2021).</p>
  </fn>
  <fn id="fn2">
    <label>2</label><p>Como apuntara Lucien Dällenbach en su estudio
    sobre el relato especular, la myse en abyme, como principio
    constructivo de una cierta tradición novelística moderna, genera una
    “nostalgia de lo exterior” (Dällenbach 1991, p.109) que permea el
    texto “con intensidad variable”. Efectivamente, la noción de la
    nostalgia, no sólo como elemento temático sino como estructura y
    motor de productibilidad textual en Lucinde, nos ocupará más
    abajo.</p>
  </fn>
  <fn id="fn3">
    <label>3</label><p>Este texto, publicado en el último número de la
    revista Athenaeum en 1800, supone una respuesta a las críticas de
    oscuridad e incomprensibilidad vertidas sobre la revista y su novela
    Lucinde.</p>
  </fn>
  <fn id="fn4">
    <label>4</label><p>Si se puede hablar de una obra menor con relación
    a un escritor que no quiso o pudo componer ninguna obra mayor.</p>
  </fn>
  <fn id="fn5">
    <label>5</label><p>Crítica a menudo combinada con una denuncia de
    deformidad moral y su “sensualidad desvergonzada” (Dilthey, en
    Behler 2005, p. 290). Por otra parte, en la historia de la recepción
    de Lucinde, a menudo estas dos críticas han ido de la mano. En la
    segunda generación de lectores de la novela, el crítico Rudolf Haym
    la calificó de ser “un escándalo estético a la vez que un escándalo
    moral” (citado en Behler 2005, p. 290). El juicio moralista de
    Dilthey que citábamos arriba quedaba asimismo completado con el
    apelativo de “pequeño monstruo”.</p>
  </fn>
  <fn id="fn6">
    <label>6</label><p>Para decirlo en términos de Eagleton, la “forma
    novela”, desde sus orígenes en el siglo XVII y XVIII, es una suerte
    de antiforma “que canibaliza otras formas literarias y mezcla sus
    elementos constituyentes o fragmentos de forma indiscriminada”
    (Eagleton 2009, p. 9).</p>
  </fn>
  <fn id="fn7">
    <label>7</label><p>La única traducción al castellano del breve texto
    de Schlegel existente por el momento se encuentra, junto con un
    esclarecedor ensayo introductorio, en (Sánchez Meca 2007).</p>
  </fn>
  <fn id="fn8">
    <label>8</label><p>En efecto, tanto para Hegel como para
    Kierkegaard, la relación entre la literatura romántica y la
    filosofía postcrítica e idealista, aun no ignorada, era formulada en
    términos de deficiencia, deformación o incomprensión. Esta crítica
    fue igualmente la predomi­nante en la visión del romanticismo en su
    conjunto desde el punto de vista de la crítica literaria y artística
    hasta mitad del siglo XX. Como dice Frederick Beiser, “according to
    this theory, which was put forward by Rudolf Hay, H. A. Korff, and
    Nicolai Hartmann, romanticism was essentially a parasitic for of
    idealism, and more specifically a poetic form of Fichte’s
    Wissenschaftlehere” (Beiser 2014, p. 32).</p>
  </fn>
  <fn id="fn9">
    <label>9</label><p>“El pensamiento tiene la peculiaridad de que, en
    la máxima proximidad de sí mismo, piensa preferentemente sobre
    aquello sobre lo cual él puede pensar sin fin” (Benjamin 2017, p.
    19). Por otra parte, unas páginas más adelante, Benjamin coloca a
    Schlegel en la misma “constelación” ideológica que Fichte y
    Schelling en tanto partícipe de un esfuerzo por superar las
    contradicciones de la filosofía kantiana: “Tan pronto como la
    historia de la filosofía hubo afirmado con Kant [...] la posibilidad
    racional de una intuición intelectual al tiempo que su imposibilidad
    en el ámbito de la experiencia, se hizo patente un esfuerzo múltiple
    y casi febril por re­cuperar para la filosofía este concepto en
    cuanto garantía de sus más elevadas pretensiones. Esfuerzo que
    comenzó en primera línea con Fichte, Schlegel, Novalis y Schelling”
    (Benjamin 2017, p.21). Y de forma más directa en la página
    siguiente: “En la cuestión del conocimiento inmediato se puede
    todavía constatar el pleno acuerdo de los románticos tempranos con
    la posición de Fichte en el Concepto de la doctrina de la ciencia”
    (Benjamin 2017, p. 22). Como se verá, nuestra perspectiva coloca a
    Schlegel (además de Novalis) fuera de esta reacción y en el ámbito,
    al contrario, de la profundización de las contradicciones
    kantianas.</p>
  </fn>
  <fn id="fn10">
    <label>10</label><p>Por lo demás, es interesante notar que Benjamin
    participó de la universal crítica y condena a Lucinde, a la que
    consideraba “la obra más débil de entre las de Schlegel” (Benjamin
    2017b, p. 172).</p>
  </fn>
  <fn id="fn11">
    <label>11</label><p>Así, por ejemplo, lo reconoció posteriormente el
    propio Paul de Man en su conferencia “El concepto de ironía” (de Man
    1998, pp. 231-261), en el que desarrolla una interpretación de
    Lucinde y de la ironía del joven Schlegel que constituye una
    “autocrítica” (de Man 1998, pp. 240) a sus tesis del artículo
    “Retórica de la temporalidad”. Para una discusión de los cambios y
    desarrollos en las diferentes lecturas de Schlegel por parte de Paul
    de Man se puede consultar “Paul de Man lector de Fr. Schlegel.
    Romanticismo e ironía en los textos demanianos (1960-1980)” (2021),
    de Naím Garnica.</p>
  </fn>
  <fn id="fn12">
    <label>12</label><p>Discusiones detalladas sobre el romanticismo
    temprano y la obra del joven Friedrich Schlegel como proyectos
    antifundaciona- listas epistemológicos se pueden encontrar en obras
    ya citadas, como The Philosophical Foundations of Early German
    Romanti- cism (Frank 2003), Friedrich Schlegel and the Emergence of
    Romantic Philosophy (Millán-Zaibert 2007) y en algunos momentos de
    German Idealism: The Struggle against Subjetivism (Beiser 2002, pp.
    444-447). Una completa síntesis del medio antifunda- cionalista en
    el que Schlegel se encuentra al llegar a Jena en 1796 se da en el
    breve pero completo artículo de Frank, What is early German Romantic
    philosophy? (Frank 2014)</p>
  </fn>
  <fn id="fn13">
    <label>13</label><p>Schlegel, de hecho, planeó escribir un tratado
    antifichteano semejante en 1796, que quería titular El espíritu de
    la Doctrina de la ciencia. El trabajo nunca fue escrito y se
    conservan solo anotaciones y fragmentos (Beiser 2002, p. 439). Por
    otra parte, es necesario subrayar que aquí nos vamos a centrar en la
    dimensión polémica de la relación de Schlegel con la filosofía de
    Fichte, pero que esta es larga, profunda y compleja. Así, como
    indicábamos en el cuerpo del texto, es difícil sobrestimar la
    influencia y el impacto que la lectura de la primera edición de la
    Doctrina de la ciencia tuvo sobre el joven Schlegel; por otra parte,
    su relación con la filosofía fichteana no acabó con la escritura de
    Lucinde, sino que continuó durante muchos años volviéndose en
    algunos momentos más matizada (ver, por ejemplo, algunos de sus
    fragmentos póstumos recogidos en los Cuadernos literarios, como el
    643). Por otra parte, Schlegel recopiló sus anotaciones de estudio
    sobre Fichte, en los que es posible seguir de primera mano esta
    compleja relación, en Los años de aprendizaje filosófico
    [Philosophische Lehrjahre 1796-1806] incluido en el tomo 18 de la
    edición de sus obras completas editadas por Behler (Schlegel,
    1963).</p>
  </fn>
  <fn id="fn14">
    <label>14</label><p>No está fuera de lugar aquí leer esta pregunta
    retórica de Julius acerca de la pronunciabilidad de ese “algo” junto
    con una cita de Pierre Macherey, quien en su Pour une théorie de la
    production littéraire (1974) afirma: “A la limite, en interrogeant
    une idéologie, en lui fassant passer un interrogatoire, on peut
    constater l’existence de ses limites, parce qu’on les rencontre
    comme un obstacle impossible à franchir; elles sont là, mais on ne
    peut les faire parler” (Macherey 1974, pp.154-155). Nuestra lectura
    de Lucinde pre­tende mostrar en qué sentido y medida esta novela es
    capaz de dar forma visible al límite impronunciable de su propia
    ideología, entendiendo este término en el sentido más amplio y
    radical.</p>
  </fn>
  <fn id="fn15">
    <label>15</label><p>Moreno Villa traduce el término alemán
    Ungeschickten por “desmañado”; María Josefina Pacheco por
    “diletante”. El término en alemán, bastante amplio y con varias
    acepciones (torpe, vago, desgraciado...) se hace cargo de acompañar
    de forma irónica el término “confesiones”, que enlaza directamente
    con las Confesiones de Rousseau y con las “Confesiones de un alma
    bella” [Bekenntnisse einer scönen Seele] incluidas en el Meister de
    Goethe.</p>
  </fn>
  <fn id="fn16">
    <label>16</label><p>Como indica el narrador, “imploré que te
    entregaras al fervor, supliqué que fueras insaciable. Aun así,
    colecté en mis oídos, con metódica frialdad, cada leve indicio de
    gozo, para no perderme un solo detalle de esa armonía. No sólo me
    deleité: paladeé el deleite mismo (Schlegel 2007, p. 6). El “goce” y
    el “placer” se nos aparecen siempre mediados en una segunda
    potencia. Del mismo modo, la experiencia de la autoidentidad y el
    conocimiento del Ser solo es estrictamente “posible” en la
    estructura ya disociada del “pensar del pensar”: tales son las
    objeciones a la filosofía de fichteana de Novalis y Hölderlin en los
    textos citados más arriba.</p>
  </fn>
  <fn id="fn17">
    <label>17</label><p>Notar, además, como este principio de
    frustración de la plenitud alcanza de forma obsesiva todos los
    recodos del texto: las “hojas sueltas” que se dicen que se van a
    introducir y que conforman los distintos capítulos y fragmentos del
    libro han sido escritas en los espacios de la ausencia de la amada,
    como suplementos o sustitutos en su lugar. No son ni siquiera las
    transcripciones o recreaciones literarias de los goces del amor,
    sino los juegos casi onanísiticos que marcan su ausencia.</p>
  </fn>
  <fn id="fn18">
    <label>18</label><p>No otra es la definición de ironía por el propio
    Friedrich Schlegel presente en algunas de sus notas de trabajo y
    hecha célebre por Paul de Man (de Man 2003, p. 218).</p>
  </fn>
  <fn id="fn19">
    <label>19</label><p>Es decir, a través de la práctica de la
    representación literaria del conocimiento de que la autoconciencia
    es de hecho lo que impide la unidad que la autoconciencia desea. En
    efecto, Peter Szondi, para discutir el concepto y la práctica de la
    ironía en Friedrich Schlegel debe comenzar reconociendo en qué
    sentido “le mouvement principal de la pensée schlégélienne est ce
    mouvement vers l’unité, la communication, l’universalité,
    l’infinitude” (Szondi 1975, p. 100) para llegar al análisis de los
    modos en los que la ironía schlegeliana es la escritura a través de
    la que esta unidad es a la vez presentada como efectualmente
    imposible y en el que la conciencia de la escisión es soportada y
    suspendida en el ejercicio activo de la búsqueda de su superación a
    través de grados crecientes de autoconciencia: “Ce qu’on nomme
    ironie, c’est la tentative d’endurer sa situation critique par le
    recul et le renversement. Dans une réflexion dont la puissance
    s’étend de plus en plus loin, il tente de trouver un point de vue en
    dehors de lui et de supprimer, au nivau de l’apparence, la scission
    entre son moi et le monde” (Szondi 1975, p. 109). No obstante, desde
    nuestro punto de vista, Szondi no hace suficiente énfasis en la
    metaironía presente en la conciencia por parte de Schlegel del
    carácter hipotético y meramente apariencial del punto de vista
    exterior ganado con la ironía, que desbarata también la solución
    literario-ficticia, como estamos viendo en nuestra lectura de
    Lucinde y como prueba la reacción de Schiller. La creencia en que en
    el ámbito del arte es posible el vislumbre positivo de la
    reconcialización y no sólo el señalamiento claustrofóbico de su
    imposibilidad concierne más a la estética del romanticismo
    tardío.</p>
  </fn>
  <fn id="fn20">
    <label>20</label><p>Hay un único momento en el que esta “verdad”
    parece ser presentada al lector. Se trata de una mención a las
    cartas escritas por Lucinde, que Julius afirma que tienen un “valor
    y una cualidad divina”, la última de las cuales “posee la
    iluminadora mirada de unos brillantes ojos; no es escritura, sino
    canto...” (Schlegel 2007, p. 94). Esta carta que no es escritura
    sino canto, que no es discurso secuencial y cuantitativo sino
    experiencia divina inmediata, sin embargo, no nos es ofrecida a la
    lectura. Como no podía ser de otra forma, esta carta-canto, como una
    escritura instantánea de la verdad, como una mediación-inmediata, es
    una idea utópico-regulativa que solo puede aparecer en la novela de
    forma negativa, como un límite infranqueable.</p>
  </fn>
  <fn id="fn21">
    <label>21</label><p>O, como decía Schlegel, el
    <italic>Mehr-Sagen</italic> característico de todo <italic>poetische
    Sagen</italic> (citado en Frank 2003, p. 207).</p>
  </fn>
  <fn id="fn22">
    <label>22</label><p>Y que llega hasta autores por otra parte con una
    visión tan lúcida del romanticismo como Maurice Blanchot; ver
    (Blanchot 2005, p. 114) y siguientes, páginas en las que Blanchot
    asume un marco en el que el símbolo es un “experiencia” de salto
    cualitativo o “cambio de nivel” ajeno a la gradualidad mecánica de
    la alegoría.</p>
  </fn>
  <fn id="fn23">
    <label>23</label><p>Ver toda la primera parte de su artículo
    “Retórica de la temporalidad” (De Man 2003, pp. 187-229).</p>
  </fn>
  <fn id="fn24">
    <label>24</label><p>Es decir, del símbolo, de la transparencia total
    del discurso instantáneo, la mediación inmediata de la carta no
    mostrada de Lucinde.</p>
  </fn>
  <fn id="fn25">
    <label>25</label><p>El funcionamiento de esta misma dialéctica ha
    sido discutido en el ámbito del romanticismo inglés por Thomas
    Mcfarland, quien a través de la lectura de Coleridge y Wordsworth
    llega a la conclusión, paralela a la de de Man, según la cual
    “whatever distinc- tions are made in theory, in practical matters of
    interpretation, there tends to be only one mode: the allegorical”
    (Mcfarland 1981, p. 33)</p>
  </fn>
  <fn id="fn26">
    <label>26</label><p>Es interesante observar cómo este particular
    rendimiento romántico-moderno de la alegoría que estamos
    reconstruyendo toma sus elementos estructurales fundamentales de la
    experiencia de la representación indirecta de lo inmediatamente
    irrepresen- table propio de muchas tradiciones teológicas
    premodernas, como el lenguaje oracular antiguo o la prohibición
    imaginal de la tradición judeocristiana. Como dice Angus Fletcher en
    su clásico estudio sobre la alegoría, su funcionamiento romántico
    remite “a una más antigua concepción” que tiene que ver con “una
    reconstrucción humana de mensajes inspirados por la divinidad, un
    lenguaje transcendental revelado que intenta conservar la distancia
    respecto de una mente divina apropiadamente encubierta” (Fletcher
    2002, p. 29).</p>
  </fn>
  <fn id="fn27">
    <label>27</label><p>Vemos aquí, en el comienzo de la modernidad
    literaria, un ejemplo embrionario de una de las estructuras
    literarias más represen­tativas desde entonces. Pensemos solamente,
    por ejemplo, en En busca del tiempo perdido.</p>
  </fn>
  <fn id="fn28">
    <label>28</label><p><sup>8</sup> Estos cambios en el régimen
    narrativo a través de la obra han sido discutidos de forma rigurosa
    por Behler, cuyo análisis formal coincide con el nuestro: “We can
    say that the six pieces at the beginning and end of Lucinde are
    arabesque in character and reflextive in nature, while the narrative
    centerpiece representes a progressive story, the development of the
    protagonist from un- certain, yearning youthfulness to personal
    maturity and artistic knowledge. The clear difference between the
    arabesque sections of the frame and the confessional centrepiece is
    also obvious in the narrative voice, which is represented in the
    frame sections by Julius or Julius in dialogue with Lucinde, while
    in the ‘Apprenticeship of Manhood’ an anonymous voice objectively
    reports the story of Julius” (Behler 2005, p. 292). Con todo, el
    análisis de Behler se detiene en esta constatación formal y no
    extrae verdadera­mente ninguna consecuencia de todo ello, limitándose
    a afirmar que, pese a su posición central, el énfasis de la novela
    no reside en esta pieza narrativa de formación. Por lo demás, la
    lectura de Lucinde por parte de Behler adolece de una asombrosa
    ceguera e insensibilidad para con la ironía constante y corrosiva
    que plaga todo el texto. Para Behler, Lucinde “leads from the
    present world of greed, object, utility, property, and
    acquisintiveness to the happy state of nature and new health”
    (Behler 2005, p.297) y constituiría algo así como un alegato o
    manifiesto utópico-revolucionario que expresaría de forma directa y
    sincera las aspira­ciones y deseos de Schlegel. Esta falta de
    sensibilidad para con la dimensión de la ironía formal en Lucinde
    por parte de Behler podría parecer aún más sorprendente en un autor
    que ha dedicado un trabajo completo al concepto de la ironía en la
    modernidad (Behler 1990). No obstante, una lectura de dicho trabajo
    revela que la comprensión del concepto y la práctica estética de la
    ironía, para Behler, es de una amplitud tal que tiende a
    identificarse con cualquier forma indirecta u oblicua de dicción
    (Behler 1990, p. 111). Desde este punto de vista, para Behler, la
    ironía cumpliría una función eminentemente positiva: permitiría
    decir aquello que no puede ser comunicado directamente. Esta noción
    profundamente positiva de la ironía pierde de vista el aspecto
    negativo- destructivo de la misma, que es el que estamos rastreando
    en la fragmentariedad de Lucinde: la ironía no como medio para decir
    lo que no puede decirse directamente, sino como medio para mostrar
    su indecibilidad irresoluble y constitutiva.</p>
  </fn>
  <fn id="fn29">
    <label>29</label><p>Esta lectura, por otra parte, es consecuente con
    el segundo intento demaniano de afrontar la ironía en Schlegel, El
    concepto de ironía, conferencia en la que, como señalábamos arriba,
    trata de forma explícita a Lucinde y su relación con Fichte. De Man,
    en este texto, interpreta la doctrina fichteana de la autoposición
    del Yo y de su constitución en la confrontación con el No-Yo como
    una narrativa de su propio carácter sustantivo. Para de Man, en la
    doctrina de Fichte el Yo adquiere una suerte de sustantitividad
    auto-narrativa en el movimiento performativo del autoponerse y
    necesario auto-limitarse, en el cual lo que en origen era una mera
    catacresis vacía adquiere la sustantividad de un discurso postulante
    en el que el Yo adquiere entidad al relacionarse con el No-Yo a
    través de todo un proceso de contacto y transferencia con él. Para
    de Man, el sistema fichteano es un sistema tropológico, en el que el
    Yo adquiere entidad a través de la vivencia de su acto performativo
    original en un sistema de autorrepresentación trópico o traslaticio
    con el No-Yo: “Nos hallamos ante una alegoría, ante la narrativa de
    la interacción entre el tropo por un lado y la acción como
    postulamiento por otro” (de Man 1998, p. 249). La práctica poética
    de Schlegel vendría a desbaratar este delicado equili­brio, o más
    bien a demostrar que este equilibrio es una ilusión fundada en el
    olvido de la naturaleza profundamente autodesmiti- ficadora de la
    alegoría tal y como la hemos entendido más arriba. Lo decisivo aquí
    es que si la sustantividad del Yo de Fichte está consignada en una
    re-presentación discursivo-secuencial-alegórica de la unidad del Yo
    con el No-Yo, esta sustantividad está ya perdida desde el comienzo.
    Para de Man, la ironía que rige Lucinde está construida a través de
    las parábasis y anacolutos que interrumpen esta linea narrativa,
    mostrando, de hecho, que la “línea narrativa puede ser interrumpida
    por cualquier lugar”: “No hay narración sin reflexión, ni narrativa
    sin dialéctica, y lo que la ironía interrumpe (de acuerdo con
    Friedrich Schlegel) es precisa­mente esa dialéctica y esa
    reflexividad, los tropos. Lo reflexivo y lo dialéctico son el
    sistema tropológico, el sistema fichteano, y eso es lo que la ironía
    arruina” (de Man 1998, p. 257).</p>
  </fn>
  <fn id="fn30">
    <label>30</label><p>Como dice Juan de la Cruz en la introducción a
    su traducción de la Doctrina de la ciencia, “Fichte declaró
    reiteradamente que era necesario distinguir entre la intelección del
    núcleo filosófico y el despliegue del mismo. La primera es única,
    indiscutible y hay que poseerla de una vez por todas; el segundo
    permite la corrección y el perfeccionamiento. [...] Todo el esfuerzo
    de sus expo­siciones va encaminado a enfocar ese centro; una vez
    logrado éste, el filósofo se hace Doctrina de la ciencia, o sea, ojo
    transpa­rente a sí mismo. El sistema expositivo como tal tiene mero
    carácter instrumental, destinado a desaparecer tan pronto como la
    intelección se haya establecido” (Fichte 1975, p. XII).</p>
  </fn>
  <fn id="fn31">
    <label>31</label><p>En efecto, como indica Millán-Zaibert, “Schlegel
    accused Kant, the great critical philosopher himself, of being only
    “half-critic” because of his neglect of the history of philosophy
    and his inability to critique philosophy itself. Schlegel’s
    conception philosophy committed him to metaphilosophy, to coming to
    term with the nature of philosophy itself. [...] Schlegel is after a
    critique of critique, a philosophy of philosophy, attempting,
    through his conception of historical critique, to achieve a
    metaphilosophy, a way of looking critically at philosophy itself, as
    a discipline that has developed through history” (90)</p>
  </fn>
  <fn id="fn32">
    <label>32</label><p>En este sentido, Manfred Frank llega a situar a
    los románticos tempranos bajo el lema “better to fail with Kant,
    than to win with Fichte” (2014: 27).</p>
  </fn>
  <fn id="fn33">
    <label>33</label><p>Es necesario señalar, con todo, que en el
    desarrollo de la vida filosófica de Fichte hay una gradual toma de
    conciencia de los problemas de su propio proyecto. Ya en las
    primeras reescrituras de la Doctrina alrededor de 1800 –además de en
    algunos momentos, de forma implícita, del primer texto de 1794 (ver
    por ejemplo algunas reflexiones contenidas en la segunda parte,
    “Fundamento del saber teórico”, en el que se apunta a que la
    unificación de Yo y no-Yo no puede ser estrictamente pensada y
    “queda proyectada al infinito” (Fichte, 1975: 58)– existe en Fichte
    el reconocimiento de que la unificación entre Yo y no-Yo es un es un
    proceso infinito e inacabable y no tanto un acto fundacional
    cerrado, concluido y absoluto. Para esta comprensión de Fichte ver
    el artículo de Tom Rockmore Antifoundationalism, Cricularity and the
    Spirit of Fichte (1994), que es citado y discutido en
    Millán-Zaibert, 2007: 91-94. De cualquier forma, entendamos o no
    nosotros a Fichte desde la lectura y comprensión de toda su
    trayectoria filosófica, lo que nos compete para la comprensión de
    Lucinde es tener en cuenta cómo leyó y entendió Schlegel la única
    versión de la Doctrina a la que tuvo acceso (primera versión de
    1794) antes de la redacción de Lucinde (1798). Como demuestra Frank
    y Millán-Zaibert en los lugares ya citados, además de como confirman
    las propias declaraciones de Schlegel en sus textos comprendidos
    entre las dos fechas y la interpretación que estamos haciendo de
    Lucinde, Fichte fue comprendido por Schlegel y los románticos
    tempranos de forma inequívoca como un fundacionalista absoluto.</p>
  </fn>
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