JOAQUÍN RUIZ-GIMÉNEZ E IZQUIERDA DEMOCRÁTICA (ID): UNA UTOPÍA DEMÓCRATA Y CRISTIANA PARA LA TRANSICIÓN ESPAÑOLA
Joaquín Ruiz-Giménez and Democratic Left: A democratic an Christian utopia for the Spanish Transition
RESUMEN
Durante el tardofranquismo, la democracia cristiana aparecía como una de las ideologías con mayores opciones políticas en el nuevo escenario democrático que se abriría a la muerte de Franco. Estas expectativas muy pronto se dirigieron hacia la figura que entonces encarnaba la máxima representación de este espectro, Joaquín Ruiz-Giménez, presidente de Izquierda Democrática (ID). Pese a tales pronósticos, estos nunca llegaron a cumplirse. A través de material inédito procedente del archivo personal de Joaquín Ruiz-Giménez, este artículo pretende realizar un recorrido a través de la historia de ID, desde que Ruiz-Giménez asumió su presidencia en 1969 hasta su disolución en 1979. El objetivo es analizar los problemas ideológicos y estratégicos del partido, las relaciones y búsquedas de confluencias con otras formaciones, las dificultades introducidas por el contexto político español y la influencia de la singular personalidad de Ruiz-Giménez para así comprender las razones de uno de los fracasos más llamativos de la Transición.
Palabras clave: Joaquín Ruiz-Giménez; democracia cristiana; Transición; Izquierda Democrática; Federación de la Democracia Cristiana.
ABSTRACT
During late Francoism, Christian democracy appeared as one of the ideologies with the greatest political options in the new democratic scenario that would open up after Franco’s death. These expectations very soon turned to the figure who at that time embodied the highest representation of this spectrum, Joaquín Ruiz-Giménez, president of Democratic Left (ID). Despite such expectations, the forecasts were never fulfilled. Through unpublished material from Joaquín Ruiz-Giménez’s personal archive, this article aims to take a journey through the history of ID, from when Ruiz-Giménez assumed its presidency in 1969, until the party dissolved in 1979. The objective is to analyze the ideological and strategic problems of the formation, the relations and searches for confluences with other political parties, the difficulties introduced by the Spanish political context and the singular personality of Ruiz-Giménez, in order to understand the reasons for one of the most striking failures of the Transition.
Keywords: Joaquín Ruiz-Giménez; Christian democracy; Transition; Democratic Left; Federation of Christian Democracy.
I. INTRODUCCIÓN[Subir]
Joaquín Ruiz-Giménez (1913-2009) probablemente se trate de una de las figuras más singulares de la política española del siglo xx[1]. De su inicial posicionamiento en unos planteamientos nacionalcatólicos durante los inicios del franquismo —en el que llegó a desempeñar cargos tan significativos como el de embajador ante la Santa Sede o ministro de Educación Nacional—, posteriormente evolucionó hacia una oposición al régimen desde unos postulados democristianos de signo progresista. En su transición ideológica influyeron factores como el contacto con la nueva juventud española desde su puesto universitario, la relación con la clase obrera desde sus cargos empresariales en Perkins y la renovación del pensamiento católico tras su participación en el Concilio Vaticano II. De sus nuevos postulados dejaría constancia a través de su actuación como abogado de numerosos presos antifranquistas y, especialmente, a través de la revista que él mismo creó en 1963, Cuadernos para el Diálogo, muy pronto convertida en plataforma de encuentro de los diferentes grupos de la oposición a la dictadura[2]. Así, para finales de los sesenta, Ruiz-Giménez parecía completar una transición personal en cuyo horizonte se atisbaba la posibilidad de dar un salto a la militancia antifranquista a través de algún grupo político, aunque por aquel entonces estaba sumido en una serie de dudas respecto a mantenerse en unos postulados democristianos o dar el salto hacia «un socialismo apto para cristianos»[3]. Finalmente, Ruiz-Giménez optaría por mantenerse en la órbita democristiana a través de su propio partido: Izquierda Democrática (ID).
El espectro democristiano aparecía entonces como uno de los grupos con mayores expectativas una vez que se produjera lo que eufemísticamente vino a conocerse como el «hecho biológico inevitable»[4]. Desde 1965, las formaciones democristianas se encontraban unidas en torno al denominado Equipo Demócrata Cristiano del Estado Español, en cuyo seno convivían el Partido Nacionalista Vasco (PNV) de Juan de Ajuriaguerra, la Unión Democrática de Cataluña (UDC) de Antón Cañellas, la Democracia Social Cristiana (DSC) de José María Gil-Robles y la Izquierda Demócrata Cristiana (IDC) de Manuel Giménez Fernández[5]. De las diferentes formaciones, únicamente DSC e IDC tenían proyección nacional. Pese a sus vínculos, sus diferencias eran evidentes. Mientras Gil-Robles había abrazado la democracia cristiana a través de sus convicciones europeístas, en Giménez Fernández era más nítida la influencia doctrinal de los grandes teóricos democristianos, como Jacques Maritain o Emmanuel Mounier. No obstante, sus principales discrepancias residían en aspectos tácticos, pues frente a la confianza de Gil-Robles en la vía monárquica, Giménez Fernandez se mantenía en un accidentalismo proclive al entendimiento con el resto de partidos antifranquistas. Pese a todo, su auténtica diferencia radicaba en el «peso del pasado», pues el «controvertido» papel de Gil-Robles en la Segunda República devaluó su imagen en beneficio del partido de Giménez Fernández, por lo que DSC tendió a configurarse como un grupo personalista frente a la mayor militancia alcanzada por IDC[6]. Pero, cuando en 1968 se produjo la muerte de Giménez Fernández, la formación entró en una relativa crisis que obligó a buscar un nuevo dirigente. Fue entonces cuando Ruiz-Giménez recibió la oferta de liderar dicho partido, dejando rápidamente su impronta personal en un grupo cuyas altas expectativas convivirían con diferentes conflictos ideológicos y estratégicos derivados de la singularidad de su nuevo presidente. El idealismo y trasfondo utópico de Ruiz-Giménez marcarían la evolución de Izquierda Democrática durante los últimos años del franquismo y el posterior proceso de transición hacia la democracia.
El objetivo de este artículo es analizar la singular trayectoria de Izquierda Democrática, su trasfondo ideológico, las divisiones estratégicas, los conflictos internos y el papel de su líder en dicha coyuntura. A través de material inédito procedente del archivo personal de Ruiz-Giménez, se pretende realizar un recorrido por esta formación desde su llegada a la presidencia de ID en 1969, hasta su fracaso y disolución en 1979.
II. RUIZ-GIMÉNEZ Y EL SALTO A LA MILITANCIA ANTIFRANQUISTA[Subir]
Tras la muerte de Manuel Giménez Fernández, IDC estaba atravesando una cierta crisis interna en busca de su lugar en el espectro político y, ante todo, un nuevo líder que garantizara la proyección del partido. Durante casi un año, la formación fue capitaneada por una comisión constituida por José Gallo (secretario general), Jaime Cortezo (secretario personal de Giménez Fernández) y Óscar Alzaga (dirigente de las juventudes del partido). Después de muchas dudas respecto al posible sucesor de Giménez Fernández, todos parecieron llegar a la conclusión de que el candidato idóneo se trataba de Joaquín Ruiz-Giménez[7]. Era necesario encontrar un nuevo líder para evitar que la democracia cristiana española quedara monopolizada por Gil-Robles y, en aquellos momentos, Ruiz-Giménez gozaba de una enorme popularidad gracias a su actuación desde Cuadernos para el Diálogo. Además, este se encontraba proyectando su salto a la militancia antifranquista, y su Manifiesto de Palamós era el símbolo más evidente del nuevo rumbo político que parecía dispuesto a tomar, apostando por una democratización del país desde la oposición directa al régimen[8]. Sin embargo, navegaba en un mar de dudas respecto al rumbo a tomar, pues, entre el grupo de discípulos que habían surgido en torno a la revista, había quienes apostaban por un proyecto democristiano, mientras que otros ya se dirigían hacia un socialismo humanista. Mientras Eduardo Cierco o Gregorio Marañón Jr. «piensan que no tengo derecho a comprometerme en una actitud socialista», otros como Gregorio Peces-Barba o Leopoldo Torres rechazaban su paso a la militancia democristiana[9].
Sus dudas parecieron despejarse a raíz de la actuación del régimen durante el estado de excepción declarado en 1969. En vista de la dureza de la dictadura contra algunos de sus compañeros, Ruiz-Giménez transmitió a Cortezo su decisión de aceptar el liderazgo de IDC, que aparecía como la oportunidad perfecta para contar con una plataforma desde la que actuar políticamente[10]. No obstante, impuso una serie de condiciones aceptadas por los tres albaceas. Estas consistían en suprimir la apelación cristiana de sus siglas, asumir un proyecto federal para el Estado y promover el diálogo con los grupos de la izquierda marxista. Una vez aceptadas, la antigua IDC se reconvirtió en Izquierda Democrática (ID)[11]. Asumida la presidencia, trató de impulsar una renovación ideológica, presentando una serie de principios programáticos igualmente asumidos por todos. Según estos, ID declaraba su defensa de un humanismo cristiano en la órbita del personalismo comunitario, la incorporación de España en el proceso de integración europeo, una regionalización del Estado, la aconfesionalidad del país, la actuación por medios pacíficos y el accidentalismo respecto a la forma de Estado, pues «ID aspira al logro de sus fines programáticos, por lo que el medio constitucional a emplear (monarquía o república) lo considera accidental»[12]. En el fondo, se trataban de unas meras bases generales que tendrían ocasión de profundizarse con el tiempo y que consolidaban la línea del partido, aunque el componente filosófico-doctrinal siempre fue más difuso en Ruiz-Giménez que en su predecesor.
Su liderazgo de ID concedió nueva fortaleza a una formación en la que se incorporaron destacadas figuras procedentes del entorno de Cuadernos, como Ricardo Egea, Eugenio Nasarre, Manuel Villar o Juan Antonio Ortega. Incluso el nuevo liderazgo de Ruiz-Giménez atrajo a un sector de la DSC descontenta con el caudillismo familiar imperante en dicha formación, aterrizando en ID personalidades como Fernando Álvarez de Miranda, Íñigo Cavero o Carlos Bru. Sin embargo, Ruiz-Giménez había realizado aquel paso con importantes dudas. Amigos como José María Vilaseca no dudaron en insistirle sobre su error de abandonar las actuaciones «parapolíticas»[13]. Dado su nuevo encuadramiento en las filas democristianas, intentó mantener sus vínculos con aquellos discípulos ya en arenas socialistas a través de un Cuadernos donde cada vez tuvieron mayor peso, o mediante la creación del Instituto de Técnicas Sociales (ITS), en torno al cual se agrupó gran parte de la intelectualidad socialista del momento[14]. Incluso desde el plano político promovió una Alianza Democrática que sirviera como plataforma de encuentro y diálogo entre los diferentes sectores de la oposición, estrategia muy pronto desautorizada por Alzaga, quien se convertiría en el principal crítico desde ID hacia el nuevo líder. La búsqueda de consensos y diálogos suprapartidistas sería una constante obsesión para Ruiz-Giménez, lo que supuso evidentes problemas a ID como formación. En realidad, Ruiz-Giménez «nunca fue hombre de partido sino más bien, como a él le gustaba recordar, […] un hombre de conjuntos»[15]. Esa forma de liderazgo conllevaría divisiones dentro de la formación, enfrentamientos solo superados por las tensiones y diferencias ideológicas igualmente nacidas de los planteamientos defendidos por el dirigente del partido.
III. UN PROYECTO EN BUSCA DE SU LUGAR[Subir]
Ante la nueva coyuntura política que para ID supuso la llegada de Ruiz-Giménez, la formación emprendió una recobrada vida interna. Entre sus primeras decisiones figuró la constitución de una sociedad anónima que sirviera como plataforma con la cual camuflar su creciente actividad. En enero de 1970 nació IDSA, cuyo nombre oficial era Información y Divulgación Sociedad Anónima. Entre sus fines oficiales constaba la realización de estudios sobre cuestiones económicas, sociales y culturales, aunque su auténtico propósito era constituir una tapadera que permitiera una actuación más «libre» al partido. Su presidencia fue asumida por Ruiz-Giménez, mientras que como administrador figuró Alzaga, quien durante un tiempo desempeñó indirectamente las funciones de secretario general hasta que dicho cargo fue asumido poco después por Cortezo[16].
Pero, ante todo, la llegada de Ruiz-Giménez supuso para ID el momento oportuno para comenzar a preparar el futuro democrático. En un sentido organizativo y estratégico resultaba necesario vertebrar al partido como tal, por lo que Ruiz-Giménez propuso que la militancia comenzara a pagar algún tipo de cuota con la que sostener las actividades de implantación en todo el territorio nacional. Por su parte, Ignacio Camuñas —por entonces en la órbita de ID— apuntó a los errores de la oposición hasta el momento, sugiriendo la importancia de construir cuadros competentes y equipos ministeriales paralelos de cara a la realidad posfranquista. Sin embargo, en el seno de ID empezaban a surgir dudas respecto a cuál era la mejor estrategia, pues las tradicionales ideas rupturistas comenzaban a diluirse entre miembros como Fernando Álvarez de Miranda o Gregorio Marañón, quienes ya sugerían que, a la muerte de Franco, no se produciría un vacío político, sino algún tipo de evolución, viendo necesario tender puentes con el reformismo franquista[17]. De cualquier modo, las grandes dudas se presentaban en el terreno ideológico, donde Ruiz-Giménez comenzó a insistir en la necesidad de que el país evolucionara, no solo hacia una democracia participativa con libertades políticas, sino hacia lo que él denominó democracia integral, también basada en los principios de igualdad y solidaridad. Este punto se orientó principalmente en torno a unas reformas socioeconómicas donde inclinó a la formación hacia unos planteamientos de socialismo autogestionario de trasfondo humanista. El partido integró en su ideario una socialización de la economía frente a «la jerarquía del capital», una reforma agraria apoyada en cooperativas, la supresión de las formas de propiedad que conllevasen explotación y acaparamiento y una reforma fiscal que garantizase la construcción de un Estado social de derecho[18]. Pese a que esto le aproximaba significativamente a ciertos grupos de la izquierda socialista, Ruiz-Giménez rechazaba claramente las tesis marxista de que dicha socialización fuera dirigida por el Estado, apelando en cambio a un proceso socializador «desde abajo».
Ruiz-Giménez y sus planteamientos no tardaron en convertirse, simultáneamente, en el principal activo de ID y en su foco de tensiones. Muchos se habían incorporado atraídos por quien consideraban que había introducido en el debate político un tono conciliador y dialogante desde unos planteamientos que permitirían alcanzar una sociedad más libre y justa, situados en unas posiciones democristianas progresistas tendentes hacia un cierto socialismo cristiano. Por su parte, el sector más moderado, pese a su respeto hacia la figura de Ruiz-Giménez, consideraba que este pecaba de idealismo o, incluso, inconsistencia ideológica, la cual les estaba distanciando de los postulados tradicionales de una democracia cristiana europea. Alzaga, el más crítico, no dudaría en apuntar hacia el supuesto problema de conciencia de Ruiz-Giménez, acusándole de «dar nuevos pasos a la izquierda, quizá pensando que —pese a su importante pasado franquista— nos dejaba a su derecha a los que llevábamos muchos años en la oposición ilegal»[19]. La realidad es que gran parte de los conflictos se derivaban de un Ruiz-Giménez más atraído por una democracia cristiana latinoamericana influida por la teología de la liberación que por unos homólogos europeos con un creciente discurso técnico-pragmático que parecía avanzar hacia un conservadurismo sociomoral y un liberalismo económico. Ruiz-Giménez tendría ocasión de dejar abierta constancia de sus planteamientos cuando, en 1972, los democristianos españoles fueron admitidos en el Bureau Político de la Unión Europea Demócrata Cristiana (UEDC)[20]. En diciembre de ese año, durante la reunión del Bureau en Viena, Ruiz-Giménez abogó por una renovación de la democracia cristiana europea que la permitiese conectar con amplios sectores sociales que, consideraba, estaban siendo abandonados. Estos serían la clase trabajadora —apostando por una socialización que «es también una herencia de la fe cristiana»—, las mujeres —pues ante problemas como el aborto o el divorcio era necesario contar con su voz— y la juventud —dada la necesidad de encontrar nuevas fórmulas ante el «drama de la secularización entre los jóvenes»—[21]. Era evidente el nuevo discurso que Ruiz-Giménez introducía en las filas de la democracia cristiana española y europea, el cual cristalizó definitivamente a raíz de los sucesos de Chile de septiembre de 1973.
El golpe de Estado de Pinochet y, sobre todo, la actitud ambigua o cómplice de la mayoría de los democristianos chilenos, supusieron un duro golpe emocional para Ruiz-Giménez. Este promovió ante el Bureau de la UEDC una nota crítica hacia sus homólogos chilenos, mientras que desde Cuadernos se dedicó un número a tales sucesos con críticas abiertas a la democracia cristiana[22]. Para ciertos sectores de ID era evidente el conflicto abierto por la «doble militancia» de Ruiz-Giménez, presidente de un partido democristiano, pero, al mismo tiempo, representante de una revista de creciente tendencia socialista. Las tensiones estallaron definitivamente cuando, en una entrevista a Sábado Gráfico, Ruiz-Giménez aseguró que «antes de lo de Chile, si usted me preguntara en qué podría encasillarme si hubiera hipotéticos partidos de corte clásico le diría que en la Democracia Cristiana. Después de lo de Chile y del papel que un sector de este grupo jugó en el drama de allí, tendría que irme a una socialdemocracia»[23]. En tales circunstancias, Alzaga remitió una carta a Cortezo solicitando una reunión urgente para decidir cómo gestionar la actitud de Ruiz-Giménez, apuntando incluso a su posible salida del partido[24]. El 17 de noviembre, ID celebró una sesión extraordinaria en la que Alzaga planteó abiertamente debatir sobre la continuidad de Ruiz-Giménez en la presidencia, tesis apoyada por Eduardo Cierco y Luis Vega. Frente a ellos, la defensa de Ruiz-Giménez fue asumida por Mario García-Oliva y Eduardo Jauralde, quienes creían que lo ocurrido en Chile y las declaraciones del presidente tan solo habían revelado la existencia de dos corrientes internas que debían de examinar si eran compatibles. Dichas corrientes fueron definidas con claridad por Juan Antonio Ortega, quien dividió el partido en un ala progresista en tendencia hacia un socialismo cristiano y otra favorable a una democracia cristiana posibilista de centro. En su opinión, ambas debían de convivir en torno a Ruiz-Giménez, hacia quien mostró su lealtad pese a discrepar en ciertos aspectos ideológicos. Sin embargo, la posibilidad de reconocer la existencia de dos corrientes recibió la oposición del sector crítico, que consideraba indispensable contar con una postura coherente y uniforme[25]. Ante esta situación, Ruiz-Giménez presentó formalmente su dimisión, decidiéndose que ID quedara en manos de una comisión integrada por Fernando Álvarez de Miranda, Luis Vega, Eduardo Jauralde, Óscar Alzaga y Jaime Cortezo[26]. Sin embargo, la debilidad de esta comitiva provocó que, apenas un mes después, Ruiz-Giménez regresara a la presidencia de un partido que, pese a todo, había quedado intrínsecamente unido a su figura.
Ruiz-Giménez retomó la presidencia de ID en un contexto que obligaba a replantearse la situación ante la proximidad del cambio. Antes de todo, trató de tender puentes con el sector crítico, y aunque «se ganó algo en lo personal», el problema real no quedó resuelto: «Ser auténtica oposición democrática, con viva inquietud social para el futuro, o comenzar ya acercamientos a los sectores «medios» del país en busca de votos o apoyos moderados»[27]. Junto a esta cuestión, también intensificó sus contactos con José María Gil-Robles, dirigente de una DSC rebautizada como Federación Popular Democrática (FPD)[28]. Ambos dirigentes debatieron sobre la forma de reforzar vínculos y fortalecer la alternativa democristiana, aunque muy pronto se hicieron visibles las tradicionales tensiones entre los dos grupos. Mientras los seguidores de Gil-Robles sentían ciertos recelos hacia Ruiz-Giménez por su antigua vinculación con la dictadura, los hombres de Ruiz-Giménez contemplaban a Gil-Robles como una figura anacrónica y excesivamente conservadora[29]. Finalmente, en estos esfuerzos por preparar el futuro, un último elemento de tensión surgió por la vinculación de ID a la Plataforma de Convergencia Democrática, aglutinante de amplios sectores de la oposición democrática. Desde sus filas, Ruiz-Giménez promovió el entendimiento con la Junta Democrática, el otro gran organismo opositor cuasi monopolizado por el Partido Comunista de España. En el fondo, su vieja idea de una Alianza Democrática suprapartidista seguía presente. Sin embargo, esas propuestas generaban grandes tensiones en ID, donde el sector crítico recriminaba no entender la excesiva importancia concedida a los comunistas, tratando de diferenciar la defensa de su legalización respecto de cualquier tipo de cooperación[30]. En realidad, las tensiones ideológicas y estratégicas seguían presentes y no tardarían en estallar cuando, a la muerte de Franco el 20 de noviembre de 1975, España inició su transición hacia la democracia.
IV. IZQUIERDA DEMOCRÁTICA EN TRANSICIÓN: UN PARTIDO ANTE LA REFORMA[Subir]
Tras la muerte de Franco, ID celebró una comisión ejecutiva extraordinaria en la que defendieron una «humanización del sistema» como paso previo a la democratización del país[31]. Sus objetivos quedaron más nítidos cuando, a finales de enero de 1976, se celebró la primera sesión pública del Equipo Demócrata Cristiano, con presencia de los cinco partidos que entonces la conformaban: Izquierda Democrática, Federación Popular Democrática, Partido Nacionalista Vasco, Unión Democrática de Cataluña y Unión Democrática del País Valenciano. Con una amplia presencia de sus compañeros europeos de la UEDC, Ruiz-Giménez llamó a construir una España nueva que, según recogió la «Declaración final», partiera de una amnistía de los delitos políticos, el inicio de un proceso constituyente, la celebración de elecciones libres, el reconocimiento de las libertades públicas, el derecho de asociación sindical y política, el establecimiento de un sistema federal y la formación de un gobierno provisional[32].
Los democristianos españoles del Equipo habían decidido avanzar en torno a un programa común de mínimos evitando menciones al terreno socioeconómico, donde los postulados de ID tenían un trasfondo más socializante. Sin embargo, las auténticas discrepancias entre las diferentes formaciones se planteaban en el terreno estratégico. Por un lado, estaba presente la idea de una hipotética fusión entre ID y FPD, propuesta que recibía una amplia oposición en sectores del partido de Ruiz-Giménez, favorables a mantener la «pureza» de las siglas. Por otro lado, se presentaba el conflicto respecto a la colaboración entre la Plataforma y la Junta. Ruiz-Giménez insistía en la presencia de un sector democristiano en tales organismos para evitar la polarización entre un Frente Popular y un Frente Nacional, pero esa tesis era desechada tanto desde FPD como por una parte de ID. Álvarez de Miranda declaró públicamente que ID se encontraba dispuesta a «todo diálogo democrático», aunque rechazaba lo que supusiera «una federación de la oposición o un frente popular, que tendrían efectos de distorsión y de polarización»[33]. Su planteamiento entraba en evidente contradicción con la decisión tomada por Ruiz-Giménez, que el 26 de marzo de 1976 participó en la unión de ambas plataformas opositoras en torno a Coordinación Democrática. Aunque su decisión debía de ser ratificada por el partido, este quedaba en la difícil tesitura de refrendar la decisión ya tomada por su presidente o desautorizarlo públicamente[34]. Todas estas diferencias muy pronto tendrían ocasión de solventarse.
Los días 3 y 4 de abril de 1976 tuvo lugar en El Escorial el I Congreso de ID, celebrado de forma simultánea al que FPD celebró en Segovia. Los dos grandes temas que ambos partidos debatirían serían su vinculación a Coordinación Democrática y la federación o fusión de sus formaciones. ID inició su congreso con la presencia de unos doscientos asistentes, muchos de los cuales «nos veíamos la cara entonces por primera vez. El único punto de conexión entre muchos de nosotros era Ruiz-Giménez»[35]. Tras unas palabras protocolarias del presidente, se realizó la presentación de diferentes ponencias ideológicas y orgánicas, aunque la que desencadenó la polémica fue la ponencia de estrategia presentada por Juan Antonio Ortega. Este propugnó la unidad de todos los grupos democristianos en torno a un Partido Popular de carácter democrático, federal, renovado y abierto, el cual se sugería que comenzara con la fusión entre ID y FPD. Era la posición defendida por los sectores más moderados del partido, el denominado «ala autónoma», encabezada por Álvarez de Miranda. Este sector apostaba por crear un gran partido democristiano de centro —donde los sectores procedentes de ID representaran su ala progresista— que defendería una salida reformista frente a las tesis rupturistas mantenidas por los organismos unitarios de la oposición. Frente a ella se encontraba el «ala mediterránea», especialmente representada por una delegación alicantina encabezada por Alberto Asensio, quien presentó una enmienda a la totalidad. Este sector, que apostaba por evolucionar hacia un socialismo cristiano, rechazaba cualquier posible fusión con FPD y se inclinaba por mantenerse en Coordinación Democrática para implementar la ruptura. Las dos alternativas planteadas provocaron una creciente división interna. Mientras Cortezo trataba de atemperar ánimos, Ruiz-Giménez parecía permanecer como mero espectador, desde una idea de liderazgo que, si bien trataba de hacer del silencio la forma de rehuir de un presidencialismo que anulase el debate interno, en realidad favorecía la polarización ante la ausencia de un dirigente que condujera el partido en un sentido inequívoco. No obstante, se conocía su inclinación hacia una vinculación tan solo federativa con FPD y una permanencia en Coordinación Democrática[36].
Aunque las tensiones habían estallado a raíz de la ponencia estratégica, el trasfondo ideológico-identitario era más que evidente, con un enfrentamiento entre el grupo más moderado y el sector más progresista. Según Álvarez de Miranda, «hablábamos idiomas políticos diferentes, teníamos concepciones distintas [y] tácticas y estrategias separadas»[37]. Ciertamente, la militancia antifranquista había llevado a que amplios sectores de ID se situaran en postulados cada vez más alejados de las bases tradicionales de una democracia cristiana europea. Quizás donde mejor se visualizaba era en el terreno económico, con un programa diseñado por Luis Larroque —futuro militante comunista—, en el que se incluían referencias a una socialización gradual y un régimen de autogestión de las fuentes de riqueza, planteamientos rechazados por aquellos favorables a un modelo de libre mercado[38]. Las tensiones surgían también en torno a otros principios, como la apuesta por un modelo federal, las apelaciones a replantearse la idea tradicional de familia y maternidad o la crítica frontal al servicio militar obligatorio, principalmente procedente de las juventudes del partido, curiosamente lideradas por Ramón Álvarez de Miranda, hijo del portavoz del «ala autónoma»[39]. En medio de tales tensiones, llegó a El Escorial el mensaje de que FPD se mostraba favorable a una fusión y, lo más importante, aceptaba integrarse en Coordinación Democrática[40]. Ante dicho escenario, ID decidió votar entre dos opciones: la promovida por Ruiz-Giménez, basada en formar una mera confederación de partidos democristianos y mantenerse en Coordinación Democrática; o la presentada por Álvarez de Miranda, basada en avanzar hacia una fusión con FPD y suspender su vinculación a los organismos unitarios de la oposición. El resultado fue 150 votos en favor de la propuesta de Ruiz-Giménez y 58 en favor de la esgrimida por Álvarez de Miranda[41]. ID se mantendría en las tesis de Ruiz-Giménez, quien continuaría presidiendo el partido, con Cortezo como secretario general y tres vicepresidentes: Isidro Gandía, Roberto Fernández de la Reguera y Carlos Bru[42]. Por su parte, importantes personalidades del «ala autónoma», como Fernando Álvarez de Miranda, Íñigo Cavero, Óscar Alzaga o Juan Antonio Ortega, abandonaron el partido para crear Izquierda Demócrata Cristiana (IDC), que trabajaría por su cuenta en crear ese gran Partido Popular[43].
El 5 de abril, apenas un día después de aquel Congreso, Ruiz-Giménez y Gil-Robles firmaron un acuerdo para avanzar en esa posible federación[44]. Ruiz-Giménez trató de restar importancia a la escisión, calificándola como una «eventual retirada al Aventino», pero el goteo de abandonos continuó[45]. Poco después, sectores de ese «ala mediterránea» liderada por Alberto Asensio, reacios a colaborar con FPD, también abandonaron ID tras acusarla de desviacionismo, algo que hubo de ser desmentido desde la dirección[46]. El eclecticismo ideológico y la proyección de Ruiz-Giménez, que hasta entonces habían servido como elementos aglutinantes, comenzaban a resquebrajarse al compás del nuevo mercado político que comenzaba a surgir. Ante estas dificultades, el partido trató de consolidar su proyección por todo el territorio nacional, aunque muy pronto surgieron problemas en regiones como Galicia —donde ID se integró en el Partido Popular Gallego (PPG), sumando a sus principios ciertas tesis regionalistas— o la actual Comunidad Valenciana —con una presencia limitada a la provincia de Alicante, donde contaban con especial implantación, pero sin extenderse por el resto de la región en deferencia hacia Unión Democrática del País Valenciano (UDPV)—. En este intento de consolidación, se planteó el debate respecto a la posibilidad de acogerse a la tímida Ley de Asociaciones Políticas promovida por el pseudorreformismo del entonces presidente del Gobierno, Carlos Arias Navarro. El 12 de junio se reunió el Consejo Político de ID para abordar el asunto. La mayoría de los presentes se inclinó por acogerse al mismo y, probablemente, las mayores dudas fueron del propio Ruiz-Giménez, dado el tono discriminatorio de la Ley respecto a determinados partidos[47].
La realidad política de la Transición vivió un cambio significativo cuando, en julio de 1976, Arias Navarro fue reemplazado por Adolfo Suárez. Recibido inicialmente con reparos, muy pronto se inició un auténtico proceso democratizador en el que destacó el inicio del diálogo gubernamental con la oposición antifranquista. Ruiz-Giménez fue recibido por Suárez ese mismo verano, encuentro que el dirigente de ID catalogó como la «restauración de una esperanza»[48]. Pese a ello, el avance de la reforma acrecentó las dudas de ID respecto a su estrategia y opciones para una futura democracia que empezaba a atisbarse. Aunque los sectores más extremos hubieran abandonado la formación, ambas almas seguían existiendo. Ese verano, un destacado miembro del partido, Antonio Vázquez, escribió a Ruiz-Giménez para expresarle su opinión sobre «la inutilidad de todo esfuerzo que no pase por la integración de los afines. Si ID no consigue aglutinar a los auténticos demócrata-cristianos, […] su misión será imposible de cumplir. La democracia cristiana española será chata y sin mordiente, conservadora, sin atractivo popular»[49]. Frente a quienes incidían en avanzar en la estrategia de integración democristiana, Ruiz-Giménez también recibió cartas en sentido inverso. Otro destacado militante, Enrique Luis Rampa, insistía en alejarse de una identidad democristiana, pues «pienso que no debemos dejarnos obcecar por los criterios de las actuales DC europeas, sino precisamente realizar un examen crítico del fracaso de estas, […] pues en caso de caer en un partido ómnibus DC, aunque sea como su ala progresista, […] me obligaría a buscar otro grupo político»[50].
Pasado el verano, Ruiz-Giménez convocó una reunión extraordinaria en el llamado Consejo de Miraflores, celebrado los días 16 y 17 de octubre. El propósito de aquella reunión era esclarecer la posición de ID respecto a tres aspectos: sus vínculos con Coordinación Democrática, su vertebración territorial y el proceso de integración democristiana con FPD. Respecto a su presencia en los organismos unitarios de la oposición habían comenzado a surgir ciertas dudas incluso en el propio Ruiz-Giménez, discrepante con la insistencia de Coordinación Democrática en alcanzar la ruptura. A raíz de las reformas iniciadas por Suárez, este comenzó a inclinarse por una democratización que se alcanzara mediante un diálogo entre la oposición y el Gobierno, idea igualmente apoyada por Cortezo, quien consideraba que Coordinación Democrática ya no era un instrumento válido al ser incapaz de adaptarse a la nueva realidad[51]. Mayoritariamente inclinados por abandonarla, apenas algunas figuras como Fernando San Miguel incidieron en la importancia de mantenerse dado al papel moderador que ID podía desempeñar en este organismo. Finalmente, se estipularon una serie de condiciones presentadas a Coordinación Democrática para mantener su vinculación: el reconocimiento de las elecciones como momento de la ruptura, el ofrecimiento al Gobierno de negociar la ley electoral, la renuncia a las movilizaciones callejeras y el rechazo a la formación de una alternativa de gobierno desde la oposición[52]. Así, sin formalizar claramente su abandono, su vinculación a dicha plataforma quedó en un cierto paréntesis. Si en este ámbito fue sencillo el acuerdo, algo similar ocurrió respecto a los problemas de vertebración territorial de ID, terreno en el que Antonio Vázquez presentó un informe sobre la falta de coordinación entre las delegaciones provinciales y la organización nacional. Igualmente, dio a conocer los problemas de financiación, donde «no toda la culpa corresponde a los militantes, ya que en bastantes casos la falta de cotización se debe a que la misma no se exige por los comités provinciales»[53]. En este terreno se acordó una mayor presencia de los grandes representantes nacionales en las diferentes provincias y el establecimiento de un auténtico sistema de recaudación que superase el caótico modelo de financiación vigente durante los años de clandestinidad.
Si en estos terrenos el acuerdo fue sencillo, las tensiones se mantuvieron respecto a la integración con FPD en torno a una gran formación democristiana. Las opiniones eran múltiples. Emilio Latorre lo rechazaban por considerar que FPD les conduciría hacia el centro-derecha, Manuel Villar lo aceptaba con la condición de que ID fuera el fermento de la unión, José María Riaza lo consideraba aceptable pero prematuro, Jaime Cortezo lo asumía por pragmatismo y Narciso Macías declaraba no ver las incompatibilidades entre ambos grupos. Durante el debate, Ruiz-Giménez se mantuvo pasivo, nuevamente con la intención de «no influenciar en lo más mínimo en lo que modestamente mi palabra hubiera podido condicionar u orientar la discusión que hemos tenido»[54]. Tras intensos debates, finalmente se optó por el impreciso acuerdo de intensificar las gestiones con otros partidos democratacristianos opositores desde el respeto a la identidad de las diferentes formaciones en torno a un proceso federativo[55]. Tal ambigüedad fue rechazada por FPD, donde consideraban que la insistencia de ID por mantener intacta su identidad estaba dificultando el futuro de la democracia cristiana. La FPD se inclinaba por una auténtica fusión y se negó a constituir un nuevo aparato federativo que, situado dentro del Equipo, no haría sino crear mayores problemas de imagen. Según José María Gil-Robles hijo, «si damos pasos hacia la unidad, hagámoslo con todas sus consecuencias»[56]. En estas circunstancias, las conversaciones entre ambas formaciones quedaron paralizadas.[57]
Mientras ID debatía respecto a su lugar en el nuevo tablero político, el Gobierno prosiguió con su proceso democratizador, el cual cristalizó con una Ley para la Reforma Política que abría la puerta a un reconocimiento de libertades y unas elecciones democráticas. Aprobada por las Cortes franquistas en noviembre de 1976, tras dicho trámite se convocó un referéndum para el 15 de diciembre. Ante esa realidad, ID hubo de tomar posición al respecto. La mayoría de fuerzas opositoras se inclinaron por la abstención, aunque el posicionamiento de ID resultó más complejo. Durante la Comisión Ejecutiva del 24 de noviembre, la principal división residía entre asumir la abstención o inhibirse y dar libertad de voto a sus militantes[58]. La posición de ID solo se aclaró tras la Comisión Ejecutiva celebrada el 10 de diciembre, después de conocerse que el Gobierno dejaría que algunas personalidades destacadas, como Ruiz-Giménez, intervinieran en televisión para dar a conocer su postura. Ante la necesidad de establecer una posición clara, Eugenio Nasarre presentó el borrador de un discurso en el que se propugnaba la libertad de voto, no sin ocultar ciertas críticas a los defectos de una ley que se consideraba no había tenido suficientemente en cuenta a la oposición. Respaldada por Jaime Cortezo y Ricardo Egea, frente a dicha tesis se manifestaron figuras como Antonio Vázquez o Isidro Gandía, quienes abogaban por la abstención[59]. Ruiz-Giménez intervino finalmente para decir que, en un sentido maquiavélico, él se inclinaría directamente por un voto afirmativo, pero que, en general, se mostraba partidario de la idea de libertad de voto, la cual fue asumida por todo el partido.
El 11 de diciembre, Ruiz-Giménez intervino en TVE agradeciendo la posibilidad de aparecer en televisión para dar a conocer su opinión, aunque criticó abiertamente «que no tengan esta misma oportunidad otras muchas personas» igualmente procedentes de la oposición antifranquista[60]. Durante su intervención, indicó que ID recomendaba que cada persona votara en conciencia respecto a su posicionamiento sobre la Ley para la Reforma Política, instando a una libertad de voto en la que, pese a no evitar ciertas críticas a «un texto jurídico ambiguo y lleno de interrogantes», admitía la importancia de avanzar hacia unas elecciones libres. Cuando el 15 de diciembre se celebró el referéndum, la Ley para la Reforma Política recibió un apoyo mayoritario que ID aceptó públicamente como un paso clave hacia la instauración de una auténtica democracia y el inicio de un proceso constituyente[61]. Desde entonces, la principal preocupación para ID y Ruiz-Giménez pasaba a residir en el esclarecimiento de su posición ante la próxima contienda electoral.
V. EL CAMINO A LAS URNAS[Subir]
Con el inicio de 1977, ID comenzó a centrar sus preocupaciones en organizar su estrategia electoral. Desde hacía semanas, Ruiz-Giménez venía tratando con Enrique Larroque, dirigente de un pequeño Partido Liberal, sobre la viabilidad de una confluencia de sectores de la oposición para constituir una candidatura democrática que hiciera frente a la derecha neofranquista aglutinada en torno a Alianza Popular (AP)[62]. La idea de construir puentes volvía a retomarse en Ruiz-Giménez. Con este propósito se celebraron varias reuniones entre figuras democristianas, liberales y socialdemócratas en los despachos de algunos de estos dirigentes o en las sedes que algunas formaciones comenzaban a constituir públicamente, como la que ID estableció en el número 21 de la calle Arenal de Madrid. En el seno de ID, la mayoría del partido contempló con simpatía la propuesta. No obstante, ciertos sectores plantearon la posibilidad de formar dicha alianza para un Senado con sistema mayoritario, pero no hacerlo para un Congreso que se elegiría por sistema proporcional y donde podía resultar preferible concurrir únicamente con el resto de integrantes del Equipo Demócrata Cristiano[63]. Finalmente, en una reunión del Consejo Político celebrada el 8 de enero de 1977, ID decidió propugnar la coalición para ambas cámaras, tesis que, sin embargo, fue rechazada desde el Equipo[64]. Ruiz-Giménez asumiría como propia la tesis de sus socios del Equipo, aunque en privado admitía que esto «no me hacía feliz», considerando que la fórmula de «alianzas para ambas cámaras» era preferible para vencer las candidaturas de AP[65]. Aquello generó un cierto conflicto entre ID y sus compañeros del Equipo, tras lo cual residía el creciente sentimiento interno de que la marca electoral de Izquierda Democrática tenía más potencial por sí misma que la apelación democristiana, que parecía difuminarse crecientemente entre la militancia de ID en favor de un ecléctico magma tendente hacia un socialismo cristiano poco preciso. Según una nota interna de José María Riaza, «a los que militamos en ID […] no nos gusta la inserción en el campo DC, tanto por la denominación como por sus marcadas tendencias conservadoras, de muy problemática superación. Nuestro perfil de izquierda no marxista fuertemente socializadora nos da un alto grado de aceptación en sectores hasta ahora minoritarios, pero con posibilidades de futuro»[66]. Ante dicha realidad, Riaza recomendaba a Ruiz-Giménez la compleja estrategia de «tomar como base de partida la aceptación de que estamos claramente incursos en el campo de la DC pero sin poner demasiado énfasis en ello. Por el contrario, tratar de que se vea ID como partido con identidad propia»[67].
En medio de esta incertidumbre se hizo público el acuerdo entre diferentes formaciones liberales y sectores democristianos ajenos al Equipo en torno a lo que se bautizó como Centro Democrático, una operación en la que no tardó en vislumbrarse la mano gubernamental con un intento de aglutinar estos grupos ante una futurible candidatura de Suárez a las elecciones[68]. Aquel pacto dificultó aún más la situación. Desde la dirección de ID, Modesto Espinar opinaba que el nacimiento del Centro Democrático era un símbolo del «fracaso de nuestra gestión en busca de una amplia coalición […] debido a que otros se nos han adelantado»[69]. Según le indicó a Ruiz-Giménez en una carta, ID había entrado en un callejón sin salida, pues «entrar en esa coalición de centro derecha sería en cierto modo humillante», mientras veía serias dificultades en vertebrar una alternativa de centro-izquierda con los sectores socialdemócratas[70]. Además, esta opción quedó frustrada cuando, al poco tiempo, la mayoría de formaciones socialdemócratas se incorporaron al Centro Democrático. Aquel inesperado revés llevó a que tres destacados miembros de la ejecutiva —Eugenio Nasarre, Antonio Vázquez y Mabel Pérez-Serrano— suscribieran una carta pública junto con representantes de otras formaciones democristianas en favor de unir sus partidos a la sombra del nuevo Centro Democrático[71]. Dicha carta originó un agrio consejo político, celebrado el 30 de enero. En dicha reunión, Mario García-Oliva llegó a presentar una moción de censura contra estos tres compañeros que habían actuado sin conocimiento del resto de la directiva y, aunque no prosperó, evidenció que el nacimiento del Centro Democrático había creado un nuevo contexto electoral que creaba serios problemas en ID.
En busca de una salida, Carlos Bru elaboró un detallado informe estudiando las opciones de ID y los diferentes partidos del Equipo. Según su análisis, los grupos nacionalistas del Equipo, especialmente vascos y catalanes, no tendrían ningún problema en caso de concurrir en solitario[72]. Por el contrario, ID y FPD, en su intento de «vivir juntos y a solas», tendrían mayores dificultades con su proyección política, mientras que una hipotética unión permitiría reforzar la marca electoral en torno a un gran partido nacional de tendencia democristiana. De lo contrario, apuntaba incluso al riesgo de «no poder presentar candidatos en numerosas provincias, presentarlos de relleno es desacreditarnos, y buscar independientes de prestigio […] es arriesgado porque luego no se sabe por dónde va a salir ese señor»[73]. De este modo, para Bru era evidente que la única opción viable era retomar el proceso convergente con la FPD paralizado en el otoño previo. De alguna manera, fue el triunfo de un Centro Democrático de inspiración gubernamental lo que permitió que se recuperaran las estrategias de integración entre ID y FPD.
Con estas dudas de fondo, el 16 de febrero de 1977 se hizo oficial la legalización de Izquierda Democrática. Desde ese momento, Ruiz-Giménez incrementó las negociaciones con José María Gil-Robles, quien, consciente de la conflictividad que introducía su persona, decidió dimitir como presidente de la FPD delegando las responsabilidades en su hijo, José María Gil-Robles y Gil-Delgado. El 27 de marzo, la Comisión Ejecutiva de ID votó a favor de la creación, junto con FPD, de la Federación de la Democracia Cristiana (FDC)[74]. Su nacimiento se oficializó el 14 de abril con una presentación en la que Joaquín Ruiz-Giménez figuró como su presidente y José María Gil-Robles y Gil-Delgado como su secretario federal[75]. Al día siguiente, ID se reunió para gestionar su presencia en los organismos conjuntos de la nueva federación, pero el tema que dominó la sesión fue la insistencia de ciertos sectores de buscar coaliciones con formaciones ajenas al espectro democristiano. Incluso Cortezo, que siempre había defendido una candidatura única de la democracia cristiana, dijo ser consciente de sus dificultades en solitario. Similar pesimismo mostraron compañeros como Manuel Villar o Mabel Pérez-Serrano ante la situación «agónica» de una ID incapaz de contar con auténtica militancia ante la proximidad electoral[76]. Según un informe realizado por Riaza a mediados de abril, apenas dos meses antes de las elecciones el partido tan solo contaba con 1092 militantes en todo España. Con la excepción de Madrid —la delegación con más militancia— y Murcia —con una singular proyección en torno a Juan Candela Martínez— en el resto de provincias la presencia de ID era testimonial e, incluso, en muchas de ellas no contaban con un solo militante[77].
Tabla 1.
Militancia por provincias de Izquierda Democrática a 16 de abril de 1977[78]
| Provincia | Militancia | Provincia | Militancia |
|---|---|---|---|
| Álava | Sin presencia | Lérida | Sin presencia |
| Albacete | 9 | Logroño | 25 |
| Alicante | 46 | Lugo | Sin presencia |
| Almería | 39 | Madrid | 308 |
| Asturias | 38 | Málaga | 21 |
| Ávila | 0 | Murcia | 207 |
| Badajoz | 2 | Navarra | Sin datos |
| Barcelona | Sin presencia | Orense | Sin presencia |
| Burgos | 2 | Palencia | 0 |
| Cáceres | 10 | Pontevedra | Sin presencia |
| Cádiz | 7 | Salamanca | 12 |
| Ciudad Real | 0 | Santa Cruz de Tenerife | 0 |
| Castellón | Sin presencia | Santander | 62 |
| Córdoba | 0 | Segovia | 2 |
| Cuenca | 2 | Sevilla | 76 |
| Gerona | Sin presencia | Soria | 0 |
| Granada | 17 | Tarragona | Sin presencia |
| Guadalajara | 0 | Teruel | 0 |
| Guipúzcoa | Sin presencia | Toledo | 21 |
| Huelva | 4 | Valencia | Sin presencia |
| Huesca | 11 | Valladolid | 51 |
| Islas Baleares | 25 | Vizcaya | Sin presencia |
| Jaén | 29 | Zamora | 9 |
| La Coruña | Sin presencia | Zaragoza | 27 |
| Las Palmas | 0 | Ceuta | Sin datos |
| León | 30 | Melilla | Sin datos |
Fuente: elaboración propia a partir de AJR, carp. 60, 382-01: Avance de análisis de las circunscripciones electorales. Muy confidencial, 16-4-1977.
Las tensiones internas respecto al rumbo de ID estallaron definitivamente en el Consejo celebrado el 25 de abril, con un enfrentamiento entre aquellos favorables a buscar algún entendimiento con el Centro Democrático y aquellos otros —principalmente los más jóvenes— reacios a cualquier acuerdo. Ruiz-Giménez, pese a su inclinación por buscar un pacto con el Centro, evitó la ruptura del partido al impedir que se realizara cualquier votación. Esa misma tarde, la FDC se reunió con representantes del Centro Democrático, a quienes Ruiz-Giménez sugirió negociar un acuerdo «provincia por provincia». La oferta fue rechazada desde un Centro Democrático tan solo dispuesto al acuerdo si este era global[79]. El 26 de abril, el Consejo Político de la FDC decidió votar la posibilidad de integrarse en el Centro Democrático en vista de que era la única opción de alcanzar acuerdos con la coalición centrista. Se consiguieron 33 votos a favor, 30 en contra y las abstenciones de Ruiz-Giménez y Gil-Robles. Pese al triunfo de las tesis favorables al ingreso, no se alcanzaron los dos tercios establecidos en los Estatutos, por lo que la incorporación no tendría lugar. Algunos sugirieron a Ruiz-Giménez hacer efectiva la decisión de la mayoría, pero este prefirió respetar el reglamento[80]. En vista de dicho escenario, algunos disconformes abandonaron las filas democristianas para incorporarse al Centro Democrático, muy pronto rebautizado como Unión de Centro Democrático (UCD) una vez se hizo público el desembarco de Suárez como su candidato a la presidencia del Gobierno.
Ante su estrategia en solitario, la FDC comenzó a preparar las listas electorales. Ruiz-Giménez sería su cabeza de lista por Madrid, pese a que durante un tiempo mostró interés por presentarse también en Jaén, tierra originaria de su familia[81]. Fue cuando se supo que los candidatos solo podrían presentarse por una circunscripción cuando desechó esa idea. Más allá de su cabeza de lista, la confección de las candidaturas resultó especialmente difícil, trazándose un complejo mapa político que desdibujó claramente su marca electoral. En aquellas regiones de singularidad histórica, las candidaturas serían asumidas por los socios del Equipo de tendencia nacionalistas: UDC en Cataluña, PPG en Galicia, PNV en el País Vasco —aunque la Democracia Cristiana Vasca se presentó con el apoyo de la FDC— y UDPV en las provincias valencianas, con la excepción de Alicante, donde se presentó una coalición entre UDPV y la FDC. En el resto de circunscripciones, las candidaturas democristianas figurarían como FDC, aunque no consiguieron formar listas en Cáceres, Ciudad Real, Guadalajara, Las Palmas, Santa Cruz de Tenerife, Soria y Teruel. La singularidad de sus candidaturas aumentaba en provincias como Baleares, donde ID y FPD se habían fusionado bajo el nombre de Unión Democrática de las Islas Baleares, o en Navarra, donde se habían diluido en el seno de la Agrupación Popular Navarra. Aún más singular fue su candidatura en Albacete, donde la FDC se presentó en coalición con el Partido Socialista Popular y Alianza Democrática de Albacete bajo el nombre «Centro Izquierda de Albacete». La situación era igualmente difusa para el Senado. En algunas provincias la FDC consiguió formar candidatura, mientras en otras no se presentaron o lo hicieron sin alcanzar el máximo de tres candidatos posibles. En otras circunscripciones ID se presentó al margen de la FDC como parte de las candidaturas unitarias Senado Democrático, constituidas junto con PSOE y Alianza Liberal[82]. Este acuerdo se complejizó cuando en Asturias también se incorporó un candidato comunista, generando ciertos conflictos que llevaron a que ID solicitase a su hombre en la provincia, Atanasio Corte Zapico, que abandonara la candidatura[83]. Cuando este se negó, las tensiones públicas no hicieron sino evidenciar el complejo mapa electoral que existía detrás de las candidaturas de ID y los demás democristianos.
La campaña electoral se inició el 24 de mayo[84]. Bajo el lema «Tenemos que ser honestos», la FDC trató de desplegar la mayor presencia de Ruiz-Giménez en las diferentes provincias[85]. No obstante, el rechazo de este hacia un liderazgo personalista efectivo diluyó aún más la proyección de su marca electoral. Las dificultades financieras se hicieron igualmente visibles, pues la ayuda económica de sus socios europeos de la UEDC fue menor de la esperada, especialmente de unos democristianos alemanes cuyo pragmatismo ya los llevaba a mirar con simpatías hacia UCD[86]. El mensaje televisado fue igualmente deslucido, pues al tratar de evitarse ese tono personalista rechazado por Ruiz-Giménez, este apareció en escena junto con José María Gil-Robles hijo, Antón Cañellas y Vicente Ruiz Monrabal, todos ellos sentados en torno a una mesa con un tono hierático y escasa telegenia. En su intervención, Ruiz-Giménez insistió en representar una candidatura que «tiene un programa claro», pero no pudo evitar un cierto tono pedagógico respecto al nuevo contexto democrático e incidir en los principios de respeto y diálogo, por lo que su mensaje puramente electoral quedó un tanto diluido[87]. Pese a los intensos debates que habían existido en torno a la identidad de ID, Ruiz-Giménez hizo campaña en torno a un programa prácticamente limitado a una serie de lugares comunes respecto al futuro democrático del país, como si asumiera previamente el resultado que el indispensable consenso iba a generar. Las mayores singularidades mostradas con anterioridad, principalmente en el terreno socioeconómico, quedaron un tanto desdibujadas, aunque cuando aparecían generaban una evidente contradicción entre su avanzado tono progresista y lo que sus potenciales bases electorales podían esperar de una candidatura democristiana. Esto provocaría que algún analista afirmara que sus propuestas «pecan de falta de concreción» y «son, a menudo vagas, y, en ocasiones, totalmente maximalistas»[88]. La campaña finalizó con un evidente fracaso en el acto de cierre, donde el mal tiempo se sumó a varios fallos técnicos. Pese a todo, Ruiz-Giménez proclamó con optimismo que la FDC alcanzaría cincuenta diputados y evidenciaría el error de unas encuestas que les concedían una presencia testimonial[89].
Cuando el 15 de junio de 1977 se celebraron las elecciones, el resultado fue aún peor de lo previsto. La FDC no consiguió ningún diputado en el Congreso. En el Senado, ID consiguió cinco representantes, aunque todos procedentes de las candidaturas conjuntas de Senado Democrático, por lo que muy pronto se hizo evidente que dichos apoyos no respondían a méritos propios. Además, alguno de los elegidos no tardó en romper con ID[90]. Para Ruiz-Giménez era evidente que, ante «el naufragio» sufrido, era indispensable replantearse el futuro de la formación.
VI. CRÓNICA DE UNA MUERTE ANUNCIADA[Subir]
Tras el desastre electoral, Ruiz-Giménez fue consciente de que «teníamos que revisar todo, desde la imagen y el espacio, hasta el título y la estrategia»[91]. Apenas dos días después de las elecciones, el Equipo Demócrata Cristiano celebró una reunión en la que las diferentes formaciones mostraron su predisposición a continuar juntas, aunque muy pronto se evidenció que catalanes y, especialmente, vascos tenían su propia estrategia en solitario. La unidad que todavía mantuvieron parecía responder más bien a la obligación de afrontar su deuda de trescientos millones de pesetas que a un auténtico interés por continuar unidos políticamente. Por su parte, la FDC celebró una Comisión Ejecutiva el día 18 en la que Ruiz-Giménez y Gil-Robles pusieron sus cargos a disposición de sus compañeros[92].
Mientras todo el espectro democristiano trataba de recomponerse del golpe, ID celebró una Comisión Ejecutiva el 9 de julio en la que se visualizaron sus discrepancias respecto al futuro inmediato. Mientras unos apostaban por incorporarse a la triunfante UCD, otros defendían sumarse al PSOE y unos últimos señalaban la conveniencia de una ID independiente. Lo que nadie parecía defender era la continuidad en FDC y en el espectro democristiano. Entre las escasas excepciones figuró el propio Ruiz-Giménez, probablemente más guiado por lealtad a los socios que por una seguridad respecto a sus posibilidades[93]. En esta situación, la FDC celebró un congreso extraordinario los días 24 y 25 de septiembre, organizado de forma simultánea al II Congreso de ID. Tras muchos debates sobre el rumbo a tomar, Izquierda Democrática decidió poner fin a su pertenencia a la FDC para mantenerse activa como «partido de izquierda edificado sobre la libertad intelectual y basado fundamentalmente en el humanismo cristiano»[94]. Los militantes que aún quedaban en el partido continuaban atrapados en su laberinto, a mitad de camino entre una democracia cristiana progresista y un socialismo humanista de trasfondo cristiano. Se trataba de un laberinto construido en torno al propio idealismo de Ruiz-Giménez, cuyo talante y apuesta por el diálogo había atraído a muchos de ellos hacia un horizonte utópico de difícil aplicación. La idea de continuar por dicha vía fue desechada por destacados miembros que comenzaron a emigrar a otras formaciones. Mientras Carlos Bru y Mario García-Oliva acabaron en las filas del PSOE, otros como Eugenio Nasarre, Modesto Espinar o Antonio Vázquez se incorporaron a UCD. Un número igualmente significativo de abandonos se vivió en Andalucía, donde las delegaciones provinciales trabajaron en la creación de una alternativa democristiana de carácter andalucista[95]. Decepcionado, Ruiz-Giménez dimitió como presidente y Cortezo hizo lo mismo como secretario general. La nueva dirección quedó en manos del senador Manuel Villar como presidente y de Francisco González Bueno como secretario general.
ID había quedado en la marginalidad de las fuerzas extraparlamentarias con serias dudas sobre su futuro, especialmente tras el abandono de Ruiz-Giménez de la presidencia. Algunos militantes no dudaron en escribirle asegurando que «la garantía del partido radica exclusivamente en usted. Si un puñadito de personas, hoy, pertenecemos al mismo, ha sido por su bondad, su inteligencia y su señoría; los que hemos votado a Izquierda Democrática, hemos votado a Don Joaquín Ruiz-Giménez y, si Don Joaquín Ruiz-Giménez no es nuestro Presidente, […] no queremos Izquierda Democrática»[96]. Ese era el sentimiento de una menguante militancia, que pronto se redujo a cerca de seiscientos. La nueva cúpula intentó impulsar un proceso de reflexión orgánica y estratégica, enviando cuestionarios a las bases para debatir sobre el futuro del partido, aunque apenas recibieron la respuesta de un 10 % de la militancia[97]. Las siglas de ID iban desapareciendo del escenario político y apenas resurgieron a raíz de su intensa campaña en favor de la Constitución[98]. En este contexto, la idea de integrarse en PSOE o UCD recobró fuerzas. Según le informó Villar a Ruiz-Giménez, incorporarse a otras formaciones era la única salida, pues «me parecería imperdonable que un pensamiento, una tradición, la encarnación de tu propia cita en los últimos años, sea como el agua de un río que se pierde en la tierra yerma. Seamos, al menos, afluente de un caudal»[99]. Por un lado, Gonzalo Bueno celebró encuentros con el dirigente socialista Enrique Múgica, aunque muy pronto se visualizó la inviabilidad de dicha alternativa ante un PSOE que parecía rechazarlo por temor a la crispación que podría generar en las bases más radicalizadas. Por otro, Villar y Ruiz-Giménez se reunieron con Suárez ante una UCD en la que veían más opciones, aunque Villar planteó unas excesivas condiciones, pues solicitó a los centristas el 8 % de los cargos directivos, el compromiso de un buen lugar para los hombres de ID en las próximas municipales y la asunción por parte de UCD de sus deudas electorales. Tales demandas obstaculizaron cualquier negociación[100]. En esta coyuntura, Ruiz-Giménez celebró un encuentro con algunos de sus compañeros más próximos. El acuerdo generalizado parecía pasar por la disolución del partido[101].
Los días 9 y 10 de diciembre de 1978, ID celebró su III Congreso para analizar sus opciones, manteniéndose la división respecto a las propuestas que venían debatiéndose desde su revés electoral. Las opciones eran su disolución y transformación en un foro de pensamiento político, su continuidad como partido independiente o su integración en otras formaciones como UCD o el PSOE. Cuando las diferentes alternativas fueron votadas, ninguna alcanzó el 51 % de los votos contemplados en los estatutos, generando una situación de impasse. En dicho trance, Ruiz-Giménez reasumió la presidencia para estudiar con detenimiento el futuro de ID. La posible resolución se aceleró cuando, tras la aprobación de la Constitución, Suárez convocó nuevas elecciones para el 1 de marzo de 1979. Ante su incapacidad de presentarse a tales comicios, ID convocó una asamblea extraordinaria para el 14 de enero de 1979 que, de alguna manera, supuso el cierre de aquel III Congreso que había finalizado en falso[102]. Lo que se propuso con claridad fue la disolución del partido y la continuidad de sus lazos a través de un Foro de Pensamiento Político[103]. La opción recibió 47 votos a favor, 32 en contra y 9 abstenciones. Ruiz-Giménez anunció que, desde ese momento, sus miembros quedaban libres de incorporarse a cualquier otra formación, aunque él abandonaría todo tipo de militancia política. Expresó que, pese a las ofertas recibidas por PSOE y UCD para figurar en sus listas, «me negué porque sería ponerme enfrente de alguno de vosotros. Seguiré fiel al espíritu de ID, aunque desaparezca como partido»[104].
Aquel Congreso supuso el fin de Izquierda Democrática y de la actividad de Ruiz-Giménez como dirigente político en la nueva España democrática. Según lamentaba desde la prensa su amigo Pedro Altares, con aquella decisión se perdía «uno de los hombres que simbolizan la limpieza, honradez y capacidad integradora en un proceso político demasiado a menudo enturbiado por la marrullería y las vanidades […]. La nueva clase política no ha sabido, o no ha querido, ser generosa con nadie. Ni siquiera con Ruiz-Giménez, el hombre que hizo del diálogo una profesión cuando el monólogo de la dictadura no dejaba oír más voces que las suyas»[105]. Ruiz-Giménez, desde una posición más optimista y tal vez a modo de consuelo, trató de extraer una lectura positiva de aquel naufragio de Izquierda Democrática, una formación que «influyó en las ideas y la manera de pensar de muchos hombres que, hoy en día, militan en otros partidos. […] No es un fracaso de ID. Es que su triunfo fue tan arrollador que sus conceptos han impregnado amplísimas áreas de las fuerzas políticas, de la sociedad misma»[106].
VII. CONCLUSIONES[Subir]
Los pronósticos que durante mucho tiempo auguraron que la democracia cristiana estaba llamada a ocupar un lugar fundamental en la España democrática se vieron pronto truncados, entre otras razones, por la singularidad de la que fue su principal formación, Izquierda Democrática, y su máximo representante, Joaquín Ruiz-Giménez. Los conflictos ideológicos y estratégicos vividos por dicha formación acabaron por anular las opciones que dicha alternativa hubiera podido tener en el escenario posfranquista.
En el terreno ideológico, ID se situó en un ambiguo idealismo de una democracia cristiana progresista tendente hacia un socialismo cristiano que, sin embargo, nunca asumiría plenamente. Ese complejo terreno en que trató de situarse no dejaba de ser la encarnación de la propia idiosincrasia de su líder, quien no solo apelaba a evolucionar hacia una democracia participativa basada en las libertades civiles, sino hacia una democracia integral también basada en la igualdad y la solidaridad, algo que llevó a que ID asumiera un programa especialmente avanzado en el terreno socioeconómico. Surgía una imagen que no dejaba de ser discordante con la que su potencial electorado esperaba de dicha marca política. Ese discurso, que para unos aparecía como ambiguo y para otros como ecléctico, permitió que en el partido vivieran dos almas. Mientras una se situaba en torno a una democracia cristiana moderada posibilista, la otra pretendía encarnar un socialismo humanista de trasfondo cristiano. Aunque ambas tendencias lograron convivir durante un tiempo, la progresiva aparición de un mercado político a la sombra de la Transición acrecentó la polarización interna, provocando significativas escisiones en direcciones contrapuestas. Lo cierto era que el elemento cohesionador de ID había sido el respeto hacia la figura del propio Ruiz-Giménez, proyectado durante el tardofranquismo como encarnación de un esfuerzo por el diálogo, la reconciliación y la democracia. En gran medida, la elevada proyección mediática que alcanzó el partido pareció deberse más al prestigio de su presidente que a una formación que contara con auténtica militancia.
Sin embargo, el hecho de que Ruiz-Giménez fuera el principal y casi único activo del partido fue simultáneamente causa de problemas. A los conflictos surgidos en ID en torno a su identidad ideológica se sumaba su modelo de liderazgo. Reacio a una concepción personalista de la política, constantemente renunció a ejercer un liderazgo efectivo. Su intento por favorecer el debate interno derivó en un aumento de las tensiones y dinámicas centrífugas ante la ausencia de un dirigente que trazara un rumbo claro. Su rechazo a unas elecciones centradas en los candidatos presidenciales desdibujó el alcance de su figura en una campaña excesivamente coral. Su obsesión por tender puentes y buscar entendimientos debilitaron su imagen partidista, y siempre antepuso los acuerdos con sus socios al interés de su propia formación. Además, su obsesión por alcanzar grandes entendimientos le llevó a buscar pactos que viraron desde Coordinación Democrática al Centro Democrático para, finalmente, dejar a ID diluida en el seno de una maraña de complejas alianzas.
De esta forma, Izquierda Democrática acabó siendo víctima del trasfondo utópico e idealista de su presidente. La proyección alcanzada y su posterior desaparición del tablero político tuvieron mucho que ver con las condiciones y singularidades del propio Ruiz-Giménez.