Una de las supuestas diferencias políticas más destacables entre la Europa de entreguerras y los Estados Unidos de América fue el papel jugado por los movimientos comunista y fascista. Según la interpretación dominante, tanto el comunismo como el fascismo estadounidense fueron actores insignificantes en la historia política del país durante este periodo. De hecho, ni el uno ni el otro consiguió elegir un solo miembro al Congreso, en contraste con las victorias abrumadoras del demócrata Franklin D. Roosevelt en las elecciones presidenciales de 1932, 1936 y 1940. Sin embargo, Rachel Maddow sostiene en Prequel: An American Fight against Fascism que durante los años 1930 y a principios de los años 1940 la lucha contra el fascismo constituyó «un asunto mucho más ajustado de lo que nos gusta recordar». Argumenta que el Congreso estaba «saturado de traición, engaño y acciones casi incomprensibles», que muchos fascistas ocupaban puestos poderosos en el «Congreso, en los medios de comunicación, en la policía, en el liderazgo religioso», y que el plan más «audaz» de los fascistas preveía cientos de ataques armados sobre las instituciones del Estado estadounidense con el objetivo de «derrocar el Gobierno de los Estados Unidos». Además, la autora afirma que la batalla contra aquella amenaza a la democracia estadounidense nos proporciona valiosas lecciones sobre «nuestra lucha americana actual». Por eso, el libro se titula «Prequel» (precuela) —un anticipo de la lucha contra el régimen supuestamente fascista del presidente Donald Trump—.

Ciertamente, el libro ha sido muy aclamado: fue número uno en la lista de bestsellers del New York Times, mientras que el Washington Post lo elogió por ofrecer «una lección histórica escalofriante». La autora identifica tres áreas de gran actividad fascista en los EE. UU. durante el periodo de entreguerras: el sabotaje de industrias de armas, la creación de grupos paramilitares y una campaña de propaganda a favor del aislamiento internacional. En relación con el sabotaje, la evidencia ofrecida en el libro es escasa. El caso más escandaloso citado por la autora concierne una serie de explosiones en 1940 en unas industrias de armas en Nueva Jersey y Pensilvania. Sugiere que los fascistas fueron los responsables de esos ataques, pero luego admite que el propio Gobierno fue incapaz de determinar con certeza el origen de los mismos. En suma, la tesis sobre el sabotaje fascista no resulta muy convincente.

Con respecto a la existencia de entidades paramilitares, Maddow presenta pruebas más sustanciales. Había varios grupos, como las Silver Shirts, las Crusader White Shirts, o The Christian Front. No obstante, la autora no aclara cuántos paramilitares fascistas había en los EE. UU. y tampoco precisa el grado de coordinación entre estos grupos esparcidos por el vasto territorio de los Estados Unidos. En su relato sobre una de las agrupaciones más importantes, las Silver Shirts lideradas por el excéntrico William Dudley Pelley, no explica qué es lo que el grupo hizo o consiguió, más allá de la organización de acampadas y otros tipos de reuniones. Hay menos dudas en el caso del Christian Front, ya que se inició un juicio en Brooklyn (Nueva York) en abril de 1940 contra diecisiete miembros del mismo por haber intentado derrocar al Gobierno federal. Los acusados habían acumulado más de una docena de rifles, una pistola automática, una escopeta y quince bombas «parcialmente construidas». No obstante, diez semanas después, el jurado rechazó todas las acusaciones del fiscal. De todos modos, es más que improbable que un arsenal y un grupo de esas dimensiones pudiera haber terminado con el Gobierno de los EE. UU.

La tesis más convincente de Prequel concierne a la campaña de propaganda que los alemanes lanzaron en 1933 con el objetivo de mantener a los Estados Unidos fuera de un conflicto creciente en Europa. Como demuestra Maddow, los nazis y sus aliados americanos llevaron a cabo una campaña propagandística muy extensa. Alrededor de veinte miembros del Congreso colaboraron con los alemanes para poder remitir más de tres millones de envíos a sus votantes. Además, el Ministerio de Asuntos Exteriores alemán distribuyó millones de comunicados al público estadounidense: solo en el verano de 1941, envió más de un millón de prospectos y tarjetas, 2,5 millones de panfletos y revistas, así como 135 000 libros. Por añadidura, el empresario automovilístico Henry Ford, un antisemita comprometido que publicó los fraudulentes Protocoles de los Sabios de Sión en su periódico, el Dearborn Independent, en 92 entregas, envió propaganda pronazi a 300 000 personas. Pese a la envergadura de estos datos, la autora no demuestra en ningún momento el impacto de esta avalancha de propaganda sobre la opinión pública: no cita ni una encuesta ni un estudio o informe en defensa de su tesis. De todas formas, el público estadounidense, incluso mucho antes de la llegada de los nazis al poder en 1933, era profundamente aislacionista. Por ejemplo, el America First Committee, la asociación aislacionista más influyente de los EE. UU., habría surgido sin que los nazis se hubieran inmiscuido en los asuntos americanos.

La gran debilidad del fascismo en los Estados Unidos era la falta de una organización política unificada. Había cierta colaboración entre sus figuras más destacadas: por ejemplo, Lawrence Dennis —el «padre intelectual del fascismo americano»— y Phillip Johnson —que se hizo famoso más adelante a nivel global como arquitecto— escribieron artículos para la revista del «sacerdote de la radio», el padre Charles Coughlin. Aun así, los múltiples hilos del fascismo estadounidense nunca se fusionaron en una entidad política capaz de competir en las elecciones locales o estatales, sin hablar de los comicios federales o presidenciales. En consecuencia, el fascismo jamás representó ni la más mínima amenaza a la hegemonía política de los partidos demócrata y republicano.

El dominio de Rachel Maddow sobre temas históricos más amplios es cuestionable: afirma que Hawai fue una colonia española en 1898 (ni siquiera menciona a Cuba) o que Carlos Marx «no era judío». A mi juicio, el lenguaje del libro es demasiado coloquial, incluso frívolo: habla, por ejemplo, de «pols» (políticos), «fanboys» (admiradores) o de «piss off» (enfadar a) alguien. El New York Times sostiene que Prequel nos ofrece paralelismos con la situación política de hoy en día en los Estados Unidos, pero son contextos radicalmente diferentes: el fascismo de los años 1930 ejerció cierto soft power, mientras que Trump y sus secuaces esgrimen un inmenso poder nacional e internacional indiscutible. Sin duda, es algo deprimente ver que un libro de estas características sea un bestseller del New York Times y, por lo tanto, un paradigma de la historia «popular».