Los recientes trabajos de Diego Palacios y Sergio Vaquero, David Ballester y Pablo Alcántara evidencian que la historia de nuestros aparatos policiales goza de buena salud. En sus páginas se estudian en detalle la fisionomía de la institución y la función y la práctica policiales, pero también se explora de forma minuciosa su conflictiva y activa inserción en sus contextos políticos y sociales. De partida, esta terna de libros supone dos noticias excelentes. Parece claro que el creciente número de publicaciones de los últimos años está ya en condiciones de traducirse en obras de investigación o de síntesis con cronologías amplias y temáticas múltiples. Estos esfuerzos aseguran el andamiaje de un campo de estudios en desarrollo y auguran la diversificación de una producción aun dependiente de una historia de la policía de kilómetro 0, escrita por investigadores procedentes de los propios cuerpos. Por otro lado, la acumulación de obras solventes demuestra que, a pesar de las limitaciones de la documentación disponible, hay espacio para la investigación novedosa.

Cada volumen ha encontrado recetas e ingredientes propios para realizar su aportación. En Uniformados y secretas, Diego Palacios y Sergio Vaquero han firmado la primera historia académica de la policía gubernativa y de sus precedentes en la Edad Contemporánea y hasta los años noventa. Nadie mejor para una empresa tan exigente y pertinente. Palacios y Vaquero se han consolidado como dos de los especialistas más destacados en la comprensión de estos cuerpos. Los avalan numerosos estudios multidimensionales en los que caben, entre otras cosas, las políticas de orden público, el desarrollo institucional de la policía o la práctica y la cultura corporativas. En esta Breve historia, los autores destilan, con molde cronológico y en seis actos, el devenir de las dos «mitades» de la llamada policía gubernativa: uniformados y secretas. El texto trasciende la habitual crónica orgánica e indaga en aspectos como los desajustes entre las expectativas sociales y políticas y la realidad policial, las experiencias y las iniciativas públicas y asociativas de los agentes, la autopercepción de los cuerpos y la opinión pública sobre los mismos, las disputas entre modelos y sectores dentro y fuera de estos aparatos o su inserción en redes transfronterizas. Las condiciones de trabajo, la función cotidiana, los equívocos desequilibrios entre politización, militarización y profesionalización o las corrupciones y violencias encuentran también acomodo en el volumen. El guion es disciplinado y cumplidor en el resumen de los principales cambios organizativos o normativos, pero despliega también análisis de rasgos de largo recorrido.

La obra se erige sobre materiales secundarios, pero también acude a legislación, debates parlamentarios, manuales, fuentes hemerográficas o archivos. Desde finales del siglo xix, la prensa corporativa y los escritos de policías cobran protagonismo. Palacios y Vaquero, además, delinean un itinerario para historiar lo policial. Así, lanzan un envite a aquellos estudios de la policía que, a su juicio, reducen a estas instituciones y a sus representantes a simples instrumentos represivos, desprovistos de agencia y densidad histórica. En su lugar, extienden una invitación a una historia social, política y cultural de los policías que los integre como individuos y comunidades activos. Uno de los principales resultados de esta vocación es un interés particular por una cultura corporativa y una esfera pública policial encarnada por sectores de la profesión que, durante buena parte de su historia contemporánea, ansiaron la profesionalización y la autonomía de la policía respecto a los poderes políticos. Palacios y Vaquero rastrean hilos de continuidad de esta sensibilidad, pero saben advertir contra las tentaciones teleológicas de esta explicación.

La incorporación a las fuentes de publicaciones producidas por la propia policía ofrece interpretaciones novedosas y reveladoras. Abre la puerta, al tiempo, a debates particularmente espinosos para unas instituciones cuyo legado documental se encuentra, en buena medida, en paradero desconocido. Así, es probable que quien lea estas páginas se pregunte, por ejemplo, por los sesgos del discurso público que atraviesa las memorias y las publicaciones corporativas, por la representatividad de determinadas sensibilidades o por la presencia relativa de las diferentes corrientes de opinión dentro de los cuerpos. Los autores, en cualquier caso, no se contentan con explicaciones autocelebratorias. Escarban en esta literatura y en sus fuentes para reconocer los síntomas de desajustes y excesos estructurales, las tendencias inmovilistas o represivas dentro de los aparatos policiales y los responsables políticos o las desiguales relaciones del público con los cuerpos.

A David Ballester, por su parte, le debemos una historia de la policía —de ámbito estatal y, principalmente, gubernativa— que se remonta a los albores del franquismo y solo concluye en vísperas de su publicación. Sus trabajos recientes lo habían convertido ya en uno de los principales especialistas en la acción colectiva, el orden público y la violencia policial en el tardofranquismo y la transición. Ballester estira por los extremos sus cronologías preferidas para culminar una obra mayúscula, en la que el eje del libro reposa sobre la transición, pero los capítulos relativos al franquismo y la historia de los gobiernos de Felipe González y los últimos veinticinco años facilitan una comprensión de largo recorrido del aparato policial. La obra comparte parte de sus materiales con el resto de libros reseñados. A la documentación de archivo —con materiales de, entre otros, el Militar Tercero, gobiernos civiles, el Arxiu Nacional de Catalunya, o el de Comissions Obreres— se suma un diverso trabajo con fuentes hemerográficas, legislación, diarios de sesiones parlamentarias, audiovisuales o memorias y conversaciones con protagonistas. El autor dice haber asumido la tarea como historiador y como ciudadano. Y si sus juicios sobre la historia reciente pueden ser severos —con sectores de la policía y, particularmente, con responsables políticos— el texto evita las enmiendas a la totalidad. Así, Ballester reconoce las dificultades que entraña el trabajo policial y vacuna al lector contra lecturas presentistas y ventajistas de la transición.

La obra se articula en media docena de capítulos y —a pesar de cambiar el registro narrativo en los capítulos finales— se erige siempre sobre un incisivo estilo interpretativo apuntalado por un respaldo empírico imponente. Su lectura del franquismo trasciende la vertiente represiva para estudiar los cimientos movedizos de la organización policial. En sus páginas dedicadas a la transición, el autor describe con detalle el alcance de la continuidad —de personal, de procedimientos o de la impunidad— y el cariz de unos cambios que considera, en parte, «cromáticos» y «cosméticos», pero siempre condicionados por un contexto altamente limitante. Si la ley de 1978, por ejemplo, podía resultar insuficiente como texto eminentemente preconstitucional, el autor parece mostrarse más crítico con las inercias vividas durante los Gobiernos socialistas. La explicación no pierde la ocasión, en cualquier caso, de mostrar a las policías como actores plurales, con agencia y agitados, en un tiempo del que también fueron protagonistas.

Los dos últimos y novedosos capítulos se apartan del estudio metódico del desarrollo institucional para hilvanar un recuento organizado de las problemáticas que han afectado a la policía durante nuestro siglo (1996-‍2023). En los numerosos escándalos del periodo, el autor encuentra evidencias de una persistente relación entre la policía y los aparatos políticos que afectan a su función, calidad democrática y crédito. Sus secciones de cierre nos trasladan, casi siempre, al último lustro. En ellas, Ballester reflexiona sobre las implicaciones de la ley mordaza, pero también sobre una tupida y sintomática red de recurrentes «casos aislados» que incluyen las cargas desmesuradas de la UIP, las infiltraciones en movimientos sociales, la corrupción, la tortura, los comportamientos xenófobos o la implantación de la extrema derecha. La obra prueba que la herencia del franquismo ha supuesto un pecado original y lastre decisivo para el funcionamiento policial, pero se pregunta —y nos pregunta— cuántos de los problemas endémicos de nuestros cuerpos actuales se pueden atribuir al legado franquista. El autor sugiere buscar respuestas en los estudios comparados.

La Secreta de Alcántara cierra este menú de lectura con un trabajo todavía ambicioso por su cronología, pero dedicado de forma monográfica a una brigada. El autor sigue los pasos de la policía política franquista desde su gestación hasta su disolución, terminada la dictadura. Tras cerca de una década de títulos consagrados a la represión franquista, a la oposición al régimen o a los aparatos policiales en el franquismo y la transición, la obra de Alcántara revisa y refuerza su tesis doctoral sobre la policía política en Madrid y en Asturias (2020). El resultado es un producto sólido de indudable pertinencia académica y social. Por una parte, resulta evidente que el punto de acceso del autor al estudio de la policía es su interés por la represión y el control franquistas, la acción colectiva contra la misma y sus conflictivos legados. La obra es una aportación significativa al conocimiento de una brigada trascendental para esas operaciones y de sus integrantes. Constituye, además, una apuesta poco frecuente y metodológicamente exigente por abrochar el terror de posguerra con la represión del segundo franquismo. La Secreta es, por lo demás, declarado texto de combate. El autor dedica su estudio a los «hombres y mujeres que lucharon por la libertad frente a las torturas de la BPS» y reivindica la necesidad de «saber quiénes fueron sus verdugos» desde una postura que combina la explicación histórica con la crítica al modelo de continuidad parcial e impunidad total postfranquistas.

Si las conocidas limitaciones de la documentación oficial, la amplitud de la cronología o el obligado recurso a casos pueden marcar la densidad de algunas explicaciones, los hallazgos del autor son convincentes y el esfuerzo de localización de fuentes, sobresaliente. A las memorias y entrevistas se suman los materiales de archivo de diferentes partidos y sindicatos o la prensa de mayor tirada, la policial y la clandestina. En incontables archivos, el autor ha reunido piezas como los expedientes de agentes, los boletines de Información Anti-Marxista y de Investigación Social, documentación de gobiernos civiles o los procesos judiciales militares. En su análisis, de nuevo en seis capítulos, Alcántara destina casi la mitad del texto a la creación de la brigada y su encaje en la larga represión franquista, a trazar una sugerente taxonomía de los agentes conocidos —revisable cuando se habilite el acceso a más expedientes en distintas cronologías— y a las formas de actuación, entrenamiento e influencias internacionales de la unidad. Sus pasajes iniciales, por lo demás, se leen mejor acompañados de su última obra sobre La DGS (2024), en la que tiene mayor cabida una genealogía precedente.

Con los mimbres de este escenario general, dramatis personae y glosario de métodos, el autor nos ofrece a continuación dos capítulos nucleares que detallan el luctuoso proceder de la secreta contra viejos y nuevos disidentes y enemigos de la dictadura en toda su duración: guerrilleros, estudiantes, movimiento obrero, opositores políticos, organizaciones armadas o intelectuales. Una explicación en la que la rutina del conflicto y la represión toman la delantera, pero el autor no pierde de vista el contexto general y el desarrollo institucional policial. El texto confirma los pronósticos: la BPS fue una herramienta represiva de primer orden; sus abusos y torturas, habituales y parte tolerada de una secuencia engranada de obtención de información, fabricación de pruebas y castigo penal. El capítulo postrero, que arranca con la muerte de Franco, no es una coda decorativa. Como Ballester, Alcántara indaga en el alcance de las reformas policiales, las consecuencias de la amnistía y la continuidad del personal y de los servicios policiales políticos o sus prácticas.

Quizá la primera y más evidente de las lecciones que se desprenden de la lectura conjunta de los tres textos es que la función, la práctica y la institución policial —y, por lo tanto, su historia— deben declinarse siempre en plural. Estos trabajos suponen aportaciones complementarias para el estudio de numerosas problemáticas relativas al pasado y al presente de las policías, tales como sus culturas corporativas, su agencia, su autonomía y dependencia política o la interacción de la sociedad con los cuerpos. Por su presencia transversal, cabe subrayar la preocupación compartida por la relación —en ocasiones desacompasada— entre los regímenes y cambios políticos y los modelos policiales. Especialmente en relación con estas lecturas políticas, cuando las preguntas y la cronología de los tres volúmenes se aproximan, las interpretaciones divergen parcialmente. Destacan al respecto las lecturas de la (no) transición policial y los lustros sucesivos o la interpretación del papel desempeñado por antiguos miembros de la Brigada Político-Social. En lo que a la historia reciente respecta, Palacios y Vaquero se revelan más optimistas que Alcántara y Ballester. Aquellos ponen en valor los cambios organizativos y culturales introducidos en las últimas décadas del siglo xx, en circunstancias graves y con resultados meritorios para el funcionamiento de la policía y su vocación de servicio público. Para Alcántara y Ballester, la renuncia inicial a la depuración supuso un pesado lastre político, pero también una hipoteca para la adaptación a un régimen de libertades.

Relegada en ese debate queda la conversación, pertinente y también sujeta a desarrollo histórico, sobre el poder inherente a la policía, sus límites y su crédito también en democracias. Trascender las funciones estrictamente políticas de los cuerpos policiales —como logran Palacios y Vaquero en sus capítulos iniciales o Ballester en los finales— nos devuelve a lecturas clásicas sobre el papel de estos cuerpos en la construcción y reproducción del orden social ayer y hoy. En todos los casos, el examen de su larga historia constituye una herramienta valiosa con la que explorar espacios disponibles para construir policías alternativas o alternativas a la policía en la gestión de determinados conflictos. Nuestros estantes cuentan ahora con tres nuevos textos imprescindibles para la tarea.