Ramón Villares: Repensar Iberia. Del iberismo peninsular al horizonte europeo, Barcelona, Pasado y Presente, 2023, 245 págs.
Repensar Iberia es un ensayo histórico en el que Ramón Villares guía al lector de manera minuciosa por los caminos de la idea cultural y política del iberismo. La suya es una mirada de larga duración que, por su extensión, así como por los análisis de los materiales que zurce —ese es el verbo con el que define su labor—, da pie a una obra singular. Aparece en un momento en que se acumulan proyectos y monografías, encuentros y colaboraciones profesionales que aportan una comprensión histórica más sólida tanto de las relaciones entre los dos Estados peninsulares como, algo muy distinto, a la vivencia de la idea, proyecto, causa, utopía o problema —que de las distintas formas se refiere el autor a la cuestión— iberista.
La piedra basal que sostiene el ensayo la facilita la noticia dada a propósito de Agustí Calvet, Gaziel, y el uso de su fórmula La península inacabada. La elección no es baladí. La obra, realizada mediada la década de 1950, por el periodista e intelectual catalanista constituye una serena reflexión sobre el camino secular que acabó configurando, de 1640 en adelante, dos Estados nación confrontados o, como mínimo, vueltos de espaldas y ocupados en sus respectivas empresas nacionalizadoras. Empresas dificultadas por las complejas identidades etnolingüísticas que convivían en su seno. Tres siglos más tarde, a mediados del xx, Estados, Administraciones y sociedades se debatían, como siempre, entre la fascinación y la repulsa mutua. O, lo que viene a ser lo mismo, entre la comprensión y la incomprensión.
En la superación de esta última juegan un papel determinante la cultura y los intelectuales. Villares se ocupa tanto de los tiempos inaugurales del romanticismo y del liberalismo como del largo ciclo que se abre con la crisis finisecular y enlaza, sin solución de continuidad, con unos años, los de entreguerras, que tensionan y transforman el campo de relaciones culturales europeo. Avanza, con cuidado y método, hasta los tiempos de madurez de Gaziel, en una Barcelona atenazada por unas constricciones franquistas que contribuyeron a reforzar un elemento constitutivo del iberismo, según Villares, más allá de la presencia de dos Estados: la supuesta condición de Castilla como obstáculo para el entendimiento fluido de dos sociedades abiertas —al Mediterráneo o al Atlántico— y bien predispuestas. El libro llega hasta nuestro momento histórico, el de la conquista democrática, la europeización y los límites y problemas que aquejan a ambas circunstancias —la democrática, la europea— y el papel que podría —¿debería?— jugar en nuestro azaroso presente.
Villares entiende el iberismo como una propuesta que impugna el rol directivo de lo castellano, la fijación del dualismo estatal peninsular, los procesos de encaje y aculturación de secciones enteras de Iberia. Es, así mismo, fruto y simiente del renacimiento de culturas no castellanas —hasta tres, como mínimo—, y proyecto que enmarca, sin asumirlas como propias, todo tipo de ocasionales propuestas irredentistas o reintegracionistas. Recogiendo el testigo de Hipólito de la Torre, el autor advierte de que el iberismo en España se fija, cuando lo hace, como deseo de unión política, siendo en Portugal recurso en tiempos de aguda crisis nacional y concebido casi siempre como un riesgo para su propio proceso de nacionalización.
El iberismo, más allá de los proyectos culturales y como contrapropuesta nacionalizadora, tiene unas geografías locales, otras nacionales y otras, en fin, estatales. Siendo en las primeras más reconocibles las similitudes, y más tangibles los motivos de recelo, en el trato comercial y de cercanía en regiones castellanas y extremeñas, alentejanas y beirenses, por no hablar de las que separan y acercan trasmontanos o minhotos de sus vecinos gallegos. Las vecindades, así como los grados de parentesco atribuidos por Gaziel en los campos de batalla de la Gran Guerra —la de cosins germans—, desbordan España y Portugal, en tanto Estados, y no encuentran acomodo en la semántica plural de las Españas.
La reflexión teórica se recategoriza mediante un análisis erudito de largo recorrido. Desde su origen en el tiempo de la constitución del Estado nación, la crisis o reordenación imperial y el papel de ambos Estados en la Europa revolucionaria de 1830 y, en particular, de 1848. Una revolución que crea las condiciones para que cuaje la formulación de las primeras aportaciones al ideal ibérico por parte de viajeros cosmopolitas, progresistas y periféricos, diría que diaspóricos, y tan ajenos a las estrecheces nacionalistas como atentos a la significación de la complejidad cultural y social de procedencia (Sinibaldo de Mas, Latino Coelho…). El mismo clima facilitó el establecimiento de redes europeas democrático republicanas que hicieron uso del ideal ibérico. La agenda se amplía e incluye la presencia de compatriotas como Sixto Cámara o Emilio Castelar; juzgado este último, en su iberismo, como podría serlo de ampliar la cronología en su federalismo, como «oportunista». En cualquier caso, nos encontramos con un uso instrumental de ideas y proyectos políticos que se querían performativos. El del iberismo y, por supuesto, el del federalismo, de cuyas limitaciones y debilidades se nutre una explicación más que plausible de las dificultades del posterior andar iberista. Aunque no precisamente en las más inmediatas, la del Sexenio Democrático. Al cabo, los procesos democratizadores, también en 1868, abren las puertas a un experimentalismo que azora tanto como entusiasma y que suele cerrarse con una clausura limitativa de lo que se suponía eran excesos. También en lo relativo a la posible reconfiguración peninsular.
Los debates sobre la viabilidad o el desastre de los respectivos Estados nacionales en el cambio de siglo dieron paso a respuestas contrapuestas. Las esperanzas se depositaron en renacionalizaciones que llevaban a África o encaminaban a Europa. En el mundo intelectual catalán, superada la fase renaixentista, un moderno nacionalismo reformula un iberismo de nuevo tipo, imperialista sostiene el autor recogiendo las aportaciones de Enric Ucelay Da Cal. Prat de la Riba lograría la cuadratura del círculo sumando el iberismo progresista, el federalismo, el historicismo y las expresiones lusitanistas de un Ribera i Robira. Capas geológicas que permitirían posteriormente a Cambó pensar sus complicadas, y al cabo poco exitosas, estrategias políticas.
Elocuentes páginas dedica Villares a Joan Maragall. A él y a los portugueses «pedagogos de la nación», los Guerra Junqueiro o Teófilo Braga, que desde el otro lado de la frontera estatal intensificaron, para consumo doméstico, para la superación de las estrecheces y como vía de resolución de esa cuestión siempre pendiente de lo intrapeninsular, los contactos, los diálogos, los encuentros, las revistas clave de las culturas ibéricas. Unas colaboraciones vistas con indisimuladas reticencias desde Madrid y desde Lisboa. ¿Por Castilla o más bien por la hobbesiana tendencia del Estado a la autoconservación y el sostén que a la misma aportaba la prensa capitalina?
Los capítulos posteriores inciden en la evolución que el ideal iberista, siempre en manos de intelectuales, siempre entendido como propuesta de raíz cultural, aunque abierta al uso político, tiene en las décadas de 1920 y 1930. Autonomía y soberanía conjugan retóricas nuevas. La matriz federalista, pieza clave en la propuesta iberista, se diluye, pero no desaparece. Reaparecerá con fuerza en los movimientos de preparación para la democracia que se suceden tanto en el interior como, no pocas veces, en una Europa liberada y acogedora —aunque de compromiso incierto—, frente a las dos dictaduras peninsulares que ocupan las décadas centrales del siglo. Dictaduras en las que las alianzas abundaron tanto como los recelos en el plano diplomático y en las que, con todo, volverían a ser los intelectuales y los hombres de letras, si gallegos mejor, quienes trenzarían contactos convenientemente despolitizados.
Las consideraciones finales del texto de Villares, probablemente motor y estímulo del trabajo contenido en las páginas anteriores, plantean al lector la posibilidad de la alteración de una partición consumada y perdurable. Mudanza que, como fue la propuesta por el iberismo en su larga historia, se asocia a la redefinición democrática, federal y europea de las sociedades ibéricas.