En un importante artículo del año 2021 en The American Historical Review, Richard Reid dejó muy claro que estaba anticipando una contribución importante al africanismo establecido. La reputación adquirida en monografías previas y la capacidad del historiador de la Universidad de Oxford para combinar el trabajo empírico con la reflexión teórica presagiaban que aquella era una empresa de cumplimiento más que probable. The African Revolution representa, efectivamente, un aldabonazo en el campo del africanismo internacional. Resultaría difícil de entender que este no lo registrase.

Antes de retomar la cuestión del estado de la disciplina y de que argumentos sitúa el autor sobre la mesa, conviene sintetizar el contenido de la obra, una tarea nada fácil como se verá. El argumento central de Reid se refiere a la capacidad de las sociedades africanas para construir sus propias estructuras políticas protoestatales o estatales sin más. Una conceptualización de este estilo decanta de entrada ya las cosas lejos de dos argumentos muy clásicos en las descripciones convencionalmente admitidas. El primero: la escasa valoración en las ciencias históricas usuales de la capacidad autónoma de las sociedades africanas para desarrollar patrones similares a las de sociedades de otros continentes, de europeos o asiáticos, sin duda. Tribu y etnia y sus derivaciones en términos de ciencias sociales en etnología y antropología reflejan en un alto grado esta perspectiva desde fuera, desde los grandes patrones de la historiografía mundial, europea en particular. En efecto, esta visión, que Reid discute con empeño y eficacia en cuatrocientas densas páginas, desmonta con eficacia la idea de sociedades africanas muy por detrás de la complejidad organizativa de las más evolucionadas de los continentes citados. Esta perspectiva sería para el historiador británico el resultado de la alargada sombra de The scramble for Africa (el reparto africano) en los términos en los que muchos de nosotros nos permitimos con alarmante ingenuidad referirnos al momento que representó la mayor operación de captura y apropiación de recursos y sociedades de un continente depredado ya por su costado atlántico por la secular captura a bajo precio de poblaciones con escasa capacidad de defensa. Durante décadas esta manera de ver las cosas gozó de un notable predicamento al situarse en el gran momento, el ápice de la expansión europea sobre el mundo entero. El culmen, además, de la pretensión de superioridad de unos pueblos sobre otros.

Richard Reid, especialista en las sociedades africanas de Zanzíbar, de los grandes lagos, de manera particular, dedicó anteriormente sus esfuerzos a tratar los elementos de formación de los grupos dominantes en aquellos territorios, a analizar los factores que garantizaron la superioridad de unos grupos sobre otros. Los europeos, los futuros maestros en el reparto y colonización de territorios y capacidades económicas muy diversas, ya percibieron aquellas diferencias, aunque tardasen siglos en llegar de las costas al espacio central del continente. Y antes del gran descubrimiento de la minería en la costa oeste africana y el comercio a gran escala del caucho en la Este se permitieron además llegar a la sombría conclusión de que el mejor activo de algunas sociedades no podía ser otro que el desplazamiento trasatlántico de enormes grupos de población. Contra este esquema y su culminación lógica en la inevitabilidad del «reparto», Reid opone otro alternativo que, adentrándose hacia el interior del continente e importando una explicación bien establecida para la historia de los Estados europeos modernos, sitúa a la guerra y sus exigencias de organización, constitución de jefaturas, implicación en rutas comerciales, conocimiento territorial y cultura, en el centro de su idea de una revolución africana en la época moderna. Alejándose de explicaciones meramente etnográficas y culturales simples, muestra cómo las exigencias militares forzaron la transformación de algunas de las sociedades africanas más conspicuamente dominantes en el territorio citado, en Etiopía o la futura Nigeria (heredera del califato de Sokoto). Al defender esta perspectiva sin tapujos, el riesgo del livre à these es alto. Las tradiciones militares eran en ocasiones muy antiguas; en otros lugares tuvieron que importarse, partir de las exigencias derivadas de la agresividad de sus vecinos o de la voluntad de imponerse sobre otras en espacios que antes no les estaban permitidos. Además, la interrelación con los aventureros europeos en la costa oeste del tráfico de esclavos o en África del Norte —en el punto de mira de las expansiones europeas de los siglos xv al xix—, era notoria e innegable mucho antes de la década de 1880.

El núcleo fundamental del libro de Reid queda así esbozado. El reparto del continente decidido en Berlín fue la culminación de la lucha por los territorios fraguados antes por los propios pueblos «nativos», a los que la tecnología militar y de transporte de los poderes coloniales permitirían delimitar de nuevo en un breve y decisivo periodo de tiempo. A partir de este núcleo, algunas cuestiones que figuraron largamente en la historia del africanismo europeo toman un significado nuevo, obligan a ser más precisos. Unos pocos ejemplos bastarán para hacerlo evidentes: el conocimiento de los recursos y de la geografía que derivaban de una larga historia de penetración, comercio y captura de seres humanos; las alianzas entre europeos y africanos; la cooptación militar y administrativa de algunos de ellos por los poderes locales; el papel de misioneros y estudiosos, etc. Largas historias de cooptación en ambas direcciones adquieren un significado hasta ahora en exceso borroso. Al invertir el orden de prelación: una historia previa de guerras y recolocaciones de grupos; la formación igualmente anterior de algunos Estados fuertes y muy culturalmente sólida (el caso de Etiopía y Abisinia), obliga a atender primero al contexto africano antes que a los antecedentes remotos a veces —napoleónicos pongamos por caso— que diseñaron la reunión bismarckiana en Berlín.

El argumento militar-político intraafricano de Reid es muy poderoso. Significa de algún modo y sin exageración la emancipación de la historia del continente de los parámetros de un esquema de la historia de la expansión europea y de europeos trasplantados sobre el resto del mundo y África en particular. Obliga como mínimo a retroceder un siglo si queremos comprender bien esta historia, sumando a ella a protagonistas que hasta hoy ocuparon un plano secundario. Por todo ello, The African Revolution será una revolución en los estudios de África moderna y contemporánea. Lo merece, sin duda. Una observación final. No soy capaz de situar el libro de Reid sin tener en cuenta un libro publicado en 1952. Me refiero a la gran contribución que significó Africa and the Victorians para el campo dónde se sitúa el que ahora comentamos. Libro de dos grandes historiadores, un africanista y un especialista en la India británica, Jack Gallagher y Ronald Robinson, aquel libro puso los cimientos sobre los que el autor (y no solo él) ha reconstruido los fundamentos no europeos (expresión genuinamente robinsoniana) de los establecimientos imperiales hasta las descolonizaciones posteriores a la Segunda Guerra Mundial. Para ello, el autor altera el orden causal que aquellos establecieron hasta cierto punto siete décadas atrás: ¿fue el colapso de un orden africano que empujó a los europeos a entrar a fondo en el continente? ¿Fueron los propios africanos quiénes cooptaron a los europeos en sus conflictos internos y deseos de supremacía de unos sobre otros? Sin pretender cerrar un debate de tanto calado, uno siente cierta envidia al observar el nivel de ciertas historiografías. Siempre es una ventaja trabajar con precedentes de tanto mérito.