En marzo de 1882, el rey Alfonso XII llegó en un barco de guerra al puerto de Huelva. Lo recibió Hugh Matheson, socio principal de la compañía británica Matheson & Co y presidente de la Río Tinto Company Limited. Las minas de Río Tinto eran el principal destino de la visita regia, a las que se trasladó en tren mientras uno de sus consejeros, el ingeniero Enrique (Henry) Doetsch, le explicaba lo que aquella compañía había realizado en la provincia de Huelva. El recorrido fue inmortalizado por el fotógrafo Alfonso Roswag, asombrado por las imágenes de progreso minero e industrial, aunque el rey quiso visitar también las viviendas de los obreros, las escuelas y la iglesia allí construidas. De vuelta a la ciudad, Alfonso XII asistió a una cena en la hacienda La Esperanza de Guillermo (Wilhelm) Sundheim, donde pudo admirar sus magníficos jardines y el gran lujo que presidió aquel ágape al que asistieron treinta y seis comensales, y en el que se sirvieron once platos, todos ellos con nombre extranjero, bien regados con vinos y jereces.

Si la visita hubiera sido un año más tarde, probablemente la recepción se habría celebrado en el Gran Hotel Colón, construido por una sociedad anónima de capital británico, en la que participaban Sundheim y Doetsch, y que contaba con el respaldo de la sociedad financiera de Matheson y la Compañía Rio Tinto, además de la banca Rothschild. La inauguración del hotel fue noticia en más de cuarenta periódicos nacionales, que encomiaron sus cocinas francesas, su mobiliario inglés y sus espléndidos jardines, diseñados por la Escuela de Geisenheim. Aquel impresionante hotel tuvo muchos visitantes ilustres ingleses, franceses, belgas, alemanes; también lo fue la reina María Cristina y el futuro Alfonso XIII cuando tenía seis años, así como el político conservador Antonio Cánovas del Castillo en más de una ocasión. El hotel fue escenario de toda clase de acontecimientos políticos y culturales, que culminaron con las celebraciones del IV Centenario del Descubrimiento de América en 1892, promovidas muy personalmente por Sundheim, defensor apasionado del derecho de la ciudad por su protagonismo en la salida de las carabelas de Colón desde aquellas costas.

Lo cuenta María Antonia Peña en este libro, que es mucho más que una biografía de Guillermo Sudheim porque, al hilo de su vida, de la de su amigo y socio Enrique Doestch, así como de la de su concuñado, el ingeniero Jorge (George) Riken, casados ambos con dos hijas de Fernando de la Cueva, alcalde y prócer de una de las mayores riquezas de Huelva, lo que ilustra las conexiones entre miembros de una «diáspora alemana» instalada en la provincia andaluza con la City londinense. La vida de Hugh Matheson era muestra del esplendor de la minería y el ferrocarril en la Huelva de las últimas décadas del siglo xix. Gracias a una exhaustiva investigación apoyada en una impresionante consulta de archivos, personales e institucionales, así como el trabajo con fuentes hemerográficas y bibliográficas, españolas y británicas, María Antonia Peña analiza con todo detalle el desarrollo de los distintos negocios, el reparto de papeles entre Sundheim, afincado en Huelva, y Doestch, que pese a sus humildes orígenes acabó convertido un personaje bien conocido en la City londinense, donde vivía. No es solo un libro de historia empresarial, sino mucho más.

Sundheim y Doestch fundaron en 1867 la sociedad comercial Sundheim & Doestch para la exportación de minerales y negocios en general, que acabó veinte años más tarde convertida en la más potente de la ciudad, al hacerse en la práctica con el monopolio de la explotación y exportación de manganeso, y lanzarse después al negocio ferroviario, promoviendo la construcción del ferrocarril entre Huelva y Río Tinto, primero, y la conexión entre Sevilla y Huelva después. La sociedad Sundheim & Doestch, gracias sobre todo a las conexiones de Doestch en Londres y de Sundheim en España, intervino activamente en la polémica venta en 1873 de las minas de Río Tinto a la sociedad de Matheson, un escocés heredero de un próspero negocio familiar de venta de opio en Asia. Las fuertes convicciones de aquel «religious businessman» le llevaron a abandonar aquella actividad, que consideraba indigna, para convertir las minas de Rio Tinto no ya en su principal negocio, sino en un verdadero «empeño vital», un «reto misional», que llevó a que el negocio minero incorporara viviendas para los trabajadores, escuelas y un hospital.

La finalización de las obras ferroviarias entre Sevilla y Huelva, tras una verdadera lucha de influencias y gracias al apoyo financiero de Matheson, hizo posible la llegada a Huelva en febrero de 1880 del primer ferrocarril desde Madrid. Aquella fecha memorable, que puso a la ciudad onubense en el mapa, le valió a Sundheim el título de «hijo adoptivo» de la ciudad, que aceptó con un discurso en el que mostró su preocupación por muchas otras cuestiones relacionadas con la ciudad, como la urgencia de mejorar las infraestructuras para la salud pública y las instalaciones portuarias. Sundheim, convertido además en un gran propietario en el casco urbano y su perímetro agrícola, alcanzó en aquella década su mayor presencia social, como quedó plasmado en su discurso al convertirse en director de la Sociedad Económica Onubense de Amigos del País. María Antonia Peña se detiene en diversos capítulos en la transformación de la ciudad y el protagonismo de Sundheim, objeto de alabanzas, pero tampoco exenta de críticas.

Tampoco faltaron los conflictos derivados de la batalla entre intereses agrícolas e industriales, entre tradición y progreso, y un largo pleito medioambiental como consecuencia de los humos que provocaba el procedimiento de calcinación al aire libre de las piritas de Río Tinto, que dieron lugar a una trágica manifestación cívica en la plaza del Ayuntamiento de Minas de Riotinto el 4 de febrero de 1888 en la que intervino el ejército, causando innumerables muertes. La búsqueda de un procedimiento alternativo se convirtió en una patente propiedad de Enrique Doetsch, incorporada por Río Tinto no sin críticas, que, amén de proporcionarle un suculento canon anual, permitió a la sociedad Sundheim & Doestch salvar la crisis de exportación de manganeso con un contrato de suministro a las minas. La admiración que fácilmente suscita un personaje como Sundheim en su empeño de transformar, modernizar y colocar la ciudad de Huelva en el camino del progreso, así como por sus múltiples actividades como mecenas y filántropo, no impide a María Antonia Peña recoger las críticas que inevitablemente suscitaron sus empresas e iniciativas, o la presencia de aquella elite extranjera, sus barrios exclusivos, sus capillas y escuelas y su capacidad para influir en las altas instancias de poder en España.

En 1894 murió Enrique Doestch. La sociedad Sundheim & Doestch había acumulado una importante deuda con Matheson Co., que no pudo salvarse, como Doetsch había confiado, con el pago del canon por su patente, porque las relaciones con la compañía Río Tinto se habían deteriorado y se suspendió su aplicación. En su testamento, Doestch había dicho que se vendieran todas sus propiedades, entre ellas una impresionante colección de pintura renacentista y barroca que subastó la casa Christie’s muy por debajo de su valor, como cuenta detalladamente María Antonia Peña en un magnífico retrato final del personaje.

Matheson murió en 1898 y Rieken un año más tarde; fue el único que dejó una importante herencia. Para entonces, Sundheim, cuya mujer había fallecido también en 1895, había puesto en venta progresivamente la mayoría de sus propiedades, primero las mineras, después las rústicas. Desempeñó durante poco tiempo la vicepresidencia de la Junta de Obras del Puerto, e incluso tuvo tiempo, deslumbrado por su visita a la Exposición Universal de París, para soñar con algún tipo de exposición regional en Huelva. Murió el 7 de agosto de 1903. El comercio de la ciudad y las banderas ondearon a media asta. Hubo una larga lista de gentes dispuestas a sufragar la construcción de un monumento, pero nunca llegó a cumplirse. Su memoria apenas quedó recogida en la Alameda que lleva su nombre y en su tumba, y este libro de María Antonia Peña ha venido a rescatarla.