La obra El Siglo Futuro. Un diario carlista en tiempos republicanos (1931-‍1936), de José Luis Agudín Menéndez, ofrece un exhaustivo análisis del periódico homónimo durante la Segunda República española. Este trabajo, que constituye una versión reducida de la tesis doctoral defendida en 2021 por su autor, se suma por méritos propios a las principales aportaciones de la historiografía académica sobre el carlismo, de la que también se nutre Agudín: desde los estudios de Martin Blinkhorn, Julio Aróstegui o Jordi Canal hasta los de Eduardo González Calleja, Antonio M. Moral Roncal, Javier Ugarte o Francisco Javier Caspistegui. Sin prescindir de los variados —y a veces imprescindibles— marcos teóricos e interpretativos ofrecidos por estos y otros investigadores, el autor ha desarrollado en los últimos años valiosos estudios centrados en el carlismo, el tradicionalismo político y la prensa católica en la España contemporánea.

José Luis Agudín ha acometido una compleja labor que debía afrontar un obstáculo inicial nada desdeñable: la ausencia de fondos archivísticos tanto de la empresa periodística como de sus propietarios, teniendo en cuenta que las instalaciones del rotativo fueron confiscadas tras el fracaso del golpe de Estado de 1936. No obstante, este escollo se convierte en uno de los puntos fuertes de la obra, ya que la pericia investigadora del autor le ha permitido suplir con solvencia las carencias derivadas del uso de fuentes tan variadas como dispersas. El resultado es un texto sólidamente estructurado, construido a partir de la riquísima información recopilada en una decena de archivos —algunos con varios fondos documentales de interés, como el Archivo Histórico Nacional o el Archivo General de la Universidad de Navarra, que conserva el fondo de Manuel Fal Conde— y en más de medio centenar de periódicos, principalmente El Siglo Futuro, objeto de una sistemática revisión.

Agudín Menéndez ha sabido organizar el maremágnum informativo resultante gracias a un hábil interrogatorio a las fuentes y a una contextualización teórica precisa, posible solo cuando el investigador domina la bibliografía existente, conoce las tendencias historiográficas más recientes y está al tanto de los grandes debates en la materia. Cabe señalar, sin embargo, que la obra podría haberse beneficiado de un breve capítulo o epígrafe introductorio que guiara al lector por los antecedentes del periódico, desde su fundación hasta la proclamación de la Segunda República. Asimismo, habría sido positivo reducir el número y la extensión de las notas al pie, cuya consulta interrumpe en ocasiones el ritmo narrativo.

Nada de ello, por lo demás, desluce el resultado final de la obra, pues el análisis ofrecido por José Luis Agudín no se queda en la superficie ni en lo meramente descriptivo —como ocurre con algunos estudios sobre prensa histórica elaborados desde otras disciplinas—, sino que se adentra con solvencia en cuestiones de gran relevancia para comprender el fenómeno de la contrarrevolución política y la crisis de la democracia en la España de entonces. Así, reconstruye el papel que este medio desempeñó como órgano oficioso del tradicionalismo carlista, ofreciendo una mirada rica en matices que se articula a partir de tres grandes líneas de análisis relacionadas entre sí: la gestión empresarial del periódico, su contenido y —lo que, a juicio de quien suscribe, arroja los resultados más interesantes— la cultura política subyacente.

Desde este triple enfoque, el historiador explora con acierto la paradójica relación entre tradicionalismo y modernidad, perceptible en la transformación que en todos los órdenes experimentó El Siglo Futuro durante el quinquenio republicano. Se destaca así el contraste entre su intransigente línea editorial —que, no obstante, supo reivindicar los beneficios de la libertad de expresión o de la representación parlamentaria— y la aceptación táctica de la modernidad, lo que convirtió al rotativo en un eficaz instrumento de difusión ideológica, combate político y movilización social. De hecho, como bien demuestra el autor, el otrora diario de la disidencia nocedalista coadyuvó a cohesionar la cultura política tradicionalista y, en suma, a la propia contrarrevolución, hallando para ello un inmejorable arsenal ideológico en las reformas del primer bienio, especialmente en materia religiosa.

La creciente deriva insurreccional del discurso no puede desligarse del nombramiento de Manuel Fal Conde como secretario general de la Comunión Tradicionalista en mayo de 1934, procedente de las filas del integrismo. En su figura se detiene también José Luis Agudín, lo que aporta un gran valor añadido a la obra, especialmente si se tiene en cuenta que, pese a la proyección histórica del personaje, la ausencia de una biografía rigurosa sobre el mismo constituye una de las grandes deudas pendientes de la historiografía sobre el carlismo. Por un lado, la construcción del liderazgo de Fal Conde debe mucho a la intensa labor propagandística realizada desde El Siglo Futuro, que llegó incluso —como recuerda el autor— a eclipsar al propio rey pretendiente, Alfonso Carlos I. Por otro, no puede ignorarse que el periódico, al igual que el resto de la red de prensa tradicionalista, experimentó un fortalecimiento que no habría sido posible sin la transformación empresarial y organizativa promovida por el abogado onubense.

Otro aspecto de singular interés es la conexión de El Siglo Futuro con la rebelión militar de julio de 1936, que reaparece de forma intermitente a lo largo del libro. Si bien el autor considera improbable que los posibles beneficios de la empresa contribuyeran directamente a financiar la conspiración, no cabe duda de que el discurso del periódico se orientó cada vez más hacia la insurrección, mostrando simpatías por otros movimientos políticos antiliberales como el fascismo italiano o el nazismo alemán. El diario aportó, a la larga, muchas de las ideas que sostendrían la coalición autoritaria en la que se apoyaron los sublevados, base a su vez de la cultura de la victoria impuesta por el franquismo: desde el «peligro comunista» o el ateísmo sovietizante hasta el recurrente mito del enemigo judeo-masónico, que la victoria del Frente Popular no hizo sino oxigenar.

La desaparición de El Siglo Futuro a partir del verano de 1936 fue simultánea al ocaso del propio tradicionalismo carlista, que acabaría privado de la misma libertad que había permitido su existencia. Aunque sus instalaciones quedaron inicialmente bajo control de la CNT, tras la guerra pasaron a manos de la cadena de prensa de FET y de las JONS, a modo de elocuente metáfora de la integración del carlismo en el régimen franquista. De nada sirvió la protesta que Manuel Senante dirigió a Ramón Serrano Suñer en abril de 1939, recordando la contribución del diario al triunfo del «Glorioso Alzamiento Nacional». Y, al igual que él, que acabaría sus días en el más absoluto ostracismo político, otros muchos carlistas de base contemplaron con idéntica desazón cómo aquel movimiento al que habían consagrado el esfuerzo bélico era absorbido por el mismo régimen que ayudaron a consolidar.

En definitiva, la obra reseñada representa una valiosa contribución al conocimiento del carlismo y su red de prensa en la España contemporánea. Su estudio no solo enriquece la historiografía del periodo, sino que también invita a reflexionar sobre los vínculos entre ideología, medios de comunicación y cultura política en contextos de polarización y crisis democrática, una línea de trabajo sobre la que, sin duda, el buen hacer de José Luis Agudín continuará ofreciéndonos interesantes aportaciones.