LA COLABORACIÓN DE ISRAEL CON LA ÚLTIMA DICTADURA MILITAR ARGENTINA: NUEVAS FUENTES Y REINTERPRETACIÓN
Israel’s collaboration with the last Argentine military dictatorship: New sources and reinterpretation
RESUMEN
Este artículo ofrece un nuevo análisis de la relación especial entre Israel y el último régimen militar argentino. Hasta ahora el debate historiográfico se ha enfocado en las contradicciones entre los intereses estatales de Israel en esa relación, los intereses de la comunidad judía argentina y el compromiso étnico a rescatar judíos perseguidos. Israel había vendido armas y acallado críticas al régimen argentino, a la vez que discretamente solicitaba a los comandantes argentinos suprimir expresiones antisemitas, gestionaba la liberación anticipada de presos y daba refugio a judíos de izquierda perseguidos. El análisis de documentos del archivo estatal de Israel revela que la colaboración política de Israel con el régimen argentino además de venta de armas incluía legitimidad política y relaciones públicas, y fortalece la sospecha de colaboración en inteligencia. Todo esto también tiene que ser analizado en el amplio contexto de la Guerra Fría. La colaboración israelí con Argentina estaba sustentada en una visión contrainsurgente compartida, de lucha antiterrorista existencial, ilimitada, y tenía como antecedentes la colaboración establecida con las dictaduras de Uruguay y Chile. La estabilidad de esas alianzas requería moderar, camuflar y acallar elementos antisemitas al interior de las fuerzas dictatoriales. A la vez, Israel tenía que encontrar formas no confrontativas de cumplir, parcialmente, con su compromiso de solidaridad étnica. El apoyo dado a la dictaduraargentina fue un paso importante en la consolidación de Israel como aliado y referente para dictaduras de derecha y fuerzas paramilitares en América Latina.
Palabras clave: Israel; Argentina; contrainsurgencia; dictadura militar; antisemitismo; Guerra Fría.
ABSTRACT
This article offers a new analysis of the special relationship between Israel and the last military regime in Argentina. Until now the historiographical debate on the issue was centered on the contradictions that arose between the interests of the Israeli state in this relationship, those of the Jewish community, and the ethnic commitment to rescue persecuted Jews. Israel sold arms and shut down criticism toward the regime, while quietly asked the Argentinian commanders to suppress antisemitic expressions, tried to obtain the early release of prisoners and gave refuge to persecuted leftist Jews. The analysis of documents from the Israel State Archive reveals that Israeli collaboration with the Argentinian regime included not only arms selling but also political legitimation and public relations. Archival analysis also strengthens the suspicions of intelligence collaboration. The findings should also be analyzed in a wide Cold War context. Israeli collaboration with Argentine was based on a shared counterinsurgency vision, of existential and unlimited antiterrorist struggle, and had the precedents of collaboration with the Uruguayan and Chilean dictatorships. The stability of those alliances required to moderate, hide, and silence antisemitic elements inside the dictatorial forces. At the same time, Israel had to find non confrontative ways to fulfill, even partially, with its ethnic solidarity commitments. The support given to the Argentine dictatorship was animportant step in consolidating Israel as an ally and a referent for right-wing dictatorships and paramilitary forces in Latin America.
Keywords: Israel; Argentina; counterinsurgency; military dictatorship; antisemitism; Cold War.
I. INTRODUCCIÓN[Subir]
Basado en documentación recientemente descubierta y desclasificada en el archivo estatal de Israel y en la relectura de investigaciones anteriores y de testimonios conocidos, este artículo propone una reinterpretación de las políticas israelíes hacia el régimen militar argentino (1976-1983).[1]
La historiografía existente discutió principalmente las tensiones entre los diversos intereses de Israel en colaborar con aquel régimen autoritario argentino y su compromiso étnico de proteger judíos en situaciones de riesgo. Por un lado, fuertes intereses diplomáticos y económicos: Israel fue un importante abastecedor de armas de la dictadura argentina,[2] colaboró con ella en foros internacionales y cortejó sus votos en las Naciones Unidas (ONU). Por el otro, consideraciones contradictorias: mantener buenas relaciones con las autoridades para proteger a la comunidad judía argentina bajo amenazas antisemitas provenientes de elementos del mismo régimen, preservar actividades sionistas en un marco de severas limitaciones a la actividad pública y rescatar a judíos perseguidos o detenidos. Simultáneamente, Israel presionó a la Argentina ante expresiones públicas de antisemitismo, orquestó una campaña internacional para obtener la liberación del periodista Jacobo Timerman[3], organizó una eficaz red de evacuación de judíos perseguidos en Argentina por razones políticas y llegó a un acuerdo para la liberación temprana mediante expulsión a Israel de presos legales (no considerados desaparecidos) de origen judío.
Las explicaciones ofrecidas a la aparentemente contradictoria política israelí ante la Junta Militar argentina giran en torno a la tensión entre intereses estatales concretos y el compromiso étnico implícito en la tradición judía incorporado a la ideología sionista que rige al Estado de Israel. Sin descartar ese eje explicativo, considero que es insuficiente para entender plenamente las razones y consideraciones de la compleja y aparentemente contradictoria política de Israel. Las explicaciones existentes pecan de una mirada etnocéntrica que se focaliza demasiado en el análisis descontextualizado de aquellas políticas.
Hay que ampliar el contexto del análisis. Tras la guerra de junio de 1967 y la ocupación militar de vastos territorios árabes, se consolidó el alineamiento israelí bajo el liderazgo de los Estados Unidos (EE. UU.) en el marco de la Guerra Fría.[4] Casi todos los países del bloque comunista rompieron relaciones diplomáticas con Israel. En los organismos internacionales se consolidó una mayoría hostil a Israel basada en la conjunción de los países árabes, los países comunistas y el nuevo y creciente bloque de los países no alineados. A comienzos de los setenta, Israel fue perdiendo las relaciones diplomáticas y de cooperación que había desarrollado con los nuevos Estados independientes de África. Su cultivada imagen progresista y socialdemócrata se había desdibujado entre quienes se identificaban con la causa palestina. Israel ya forjaba alianzas políticas y colaboración militar con regímenes conservadores y autoritarios en Asia, África y América Latina. A su vez, desarrollaba osadas estrategias y técnicas de lucha contrainsurgente ante el accionar cada vez más sofisticado y masivo de las organizaciones armadas palestinas que actuaban tanto dentro de los territorios recientemente ocupados por Israel como desde campamentos de refugiados en los países vecinos e, incluso, atacaban objetivos israelíes fuera de la región.
Por su lado, el peronismo retornó democráticamente al gobierno en Argentina (1973-1976) tras el fracaso de una dictadura militar conservadora (1966-1973) que estuvo alineada con el esfuerzo de los EE. UU. por frenar el auge de fuerzas revolucionarias y antimperialistas en el continente americano, que no logró suprimir la agitación sindical y la radicalización juvenil. A pesar de la votación masiva con que fue elegido, el Gobierno peronista se fue derrumbando rápidamente en medio de enfrentamientos armados entre guerrillas de izquierda[5] y organizaciones armadas de la derecha peronista, con la creciente intervención de organismos parapoliciales de derecha y, a partir de 1975, de las Fuerzas Armadas. Sin duda contribuyó aún más al derrumbe el desconcierto político interno tras la muerte del histórico líder en julio de 1974 y una galopante inflación durante gran parte de 1975.[6] El golpe de Estado efectuado el 24 de marzo de 1976 restituyó a las Fuerzas Armadas al poder político. Esta vez constituyeron una dictadura con aspiraciones refundacionales (Proceso de Reorganización Nacional). A la vez que reafirmaba la pertenencia de la Argentina a «la civilización occidental y cristiana», el régimen militar desarrolló inéditos métodos de lucha contrainsurgente basados en la acción clandestina de grupos de tarea que realizaban secuestros, detenciones ilegales, interrogatorios bajo tortura y asesinatos de sospechosos depertenecer a organizaciones revolucionarias, de simpatizar con ellas, de intelectuales de izquierda y de todos quienes fueran acusados de obstruir su accionar represivo y depurador de ideologías y doctrinas que atentaban contra la «civilización occidental y cristiana».
Israel y la Junta Militar argentina (1976-1983) compartían una fuerte identificación occidental en el marco conceptual de la Guerra Fría[7] y desarrollaban simultáneamente agresivas estrategias contrainsurgentes. Ambos afrontaban críticas internacionales, tanto en la opinión pública como en organismos internacionales donde sus adversarios políticos e ideológicos tenían un peso creciente. A partir de la asunción del presidente James Carter en EE. UU., ambos Gobiernos afrontaban también el giro de la potencia con la que se identificaban hacia políticas internacionales de derechos humanos, políticas receptivas hacia denuncias y que procuraban restringir métodos de represión contrainsurgente.
Al análisis contextualizado de esta relación israelí-argentina incorporaré fuentes documentales[8] que no han estado disponibles hasta muy recientemente y que logran superar algunas de las limitaciones de la censura existente en archivos israelíes sobre cuestiones consideradas «sensibles».[9]
II. APORTES, ETNOCENTRISMO Y DESCONTEXTUALIZACIÓN EN EL DEBATE HISTORIOGRÁFICO[Subir]
Durante la década de los noventa, en Israel y en Argentina se desarrolló una polémica en torno a la política israelí hacia el régimen militar argentino. Desde una perspectiva etnocéntrica, el principal cuestionamiento crítico era en qué medida Israel, autoproclamado «Estado judío» supuestamente comprometido con la protección de la vida y el bienestar de judíos en todo el mundo, se esforzó suficientemente para rescatar al mayor número posible de judíos perseguidos por la dictadura argentina. El alto número de víctimas de orígenes judíos en Argentina[10] y testimonios acerca de tratamiento antisemita en interrogatorios contrastados con noticias sobre ventas de armas y amistad entre diplomáticos israelíes y generales argentinos despertaron un debate público que se transformó en un debate historiográfico.
El libro de Marcel Zohar,[11] quien fuera corresponsal en Buenos Aires del diario israelí Yedioth Ahronot, fue detonador del debate. Zohar acusaba al Ministerio de Exteriores de Israel de haberse desinteresado de la suerte de judíos argentinos perseguidos, priorizando los negocios de armas y las relaciones con jerarcas del régimen. Zohar contraponía la actitud oficial con la actividad comprometida de Danny Recanati, funcionario de la Agencia Judía de Inmigración, quien organizó una red de evacuación que permitió la huida de unos 200 perseguidos judíos a Israel. Zohar acusaba a Israel de haber abandonado a su suerte a cientos de judíos argentinos para venderle armas a sus verdugos. Paralelamente, Ignacio Klich publicó en Argentina un primer artículo crítico respecto a la conducta de la DAIA (Delegación de Asociaciones Israelitas Argentinas), el organismo representativo de las instituciones judías argentinas.[12] Luego, sobre la base de una documentada investigación, Leonardo Senkman desarrolló varios argumentos de Zohar.[13] Comparando informes de la embajada y de la Agencia Judía, y reconstruyendo diferentes puntos de vista y actuaciones, Senkman cuestionaba la actitud de Israel ante violaciones de derechos humanos y el antisemitismo del régimen argentino.
Ante las repercusiones, el diplomático jubilado Joel Barromi publicó un estudio apologético de la actuación de Israel ante la dictadura argentina.[14] Pretendiendo ofrecer un punto de vista distanciado, Barromi argumentaba que en los años álgidos de la represión argentina él estuvo en misiones externas a América Latina. La distancia funcional no era real. Entre 1975 y 1977 Barromi dirigió la división de Organizaciones Internacionales y entre 1977 y 1981 fue embajador en Ginebra ante la Organización Internacional del Trabajo, la Cruz Roja y la Comisión de Derechos Humanos. Como países criticados por violaciones a derechos humanos, Argentina e Israel combatían la politización de esos organismos.[15]
Barromi presentó una versión oficial retrospectiva. Sus postulados: Israel tenía que proteger al grueso de la comunidad judía argentina y sus instituciones de posibles represalias por parte del ala «dura» y antisemita del régimen, lo que requería diálogos fluidos con los «moderados»; Israel tenía interés en modificar las votaciones argentinas en Naciones Unidas; la venta de armas se realizaba en un conducto separado de las relaciones diplomáticas y se manejaba con lógicas del mercado, sin implicancias políticas[16]; el grueso de la comunidad judía argentina estaba conforme con el régimen militar; la mayoría de los perseguidos judíos por la dictadura pertenecían a «una minoría de extrema izquierda que luchaba por ideales extraños al judaísmo y al sionismo», y eran mal vistos por los dirigentes comunitarios. Barromi insistía que el régimen militar argentino no fue antisemita. Los mandos militares antisemitas no accedieron a la cima del poder político. El antisemitismo se expresó en el accionar represivo descentralizado y en torno al caso Graiver y la detención de Jacobo Timerman. Barromi afirmaba que la diplomacia «silenciosa» de Israel rescató más presos que otras representaciones extranjeras, aunque admitía errores: la continuidad en el flujo de venta de armas podría haber fomentado la equivocada impresión entre los militares argentinos que el tema de los judíos desaparecidos y presos no era prioritario para los israelíes. El Ministerio deExteriores concentró esfuerzos para liberar a Timerman debido a servicios pasados[17] y en contra de los reclamos del embajador Nirgad, que señalaba múltiples casos en situación dramática a quienes se descuidaba por priorizar a Timerman.
Barromi también criticaba el «etnocentrismo» y «paternalismo» de quienes señalaban que Israel no se había implicado en favor de los perseguidos de origen judío, cuando estos no fueron perseguidos por ser judíos sino por su actividad o por conexiones políticas, reales o presuntas. Así, reconocía que las violaciones por las persecuciones políticas no eran un factor que interesaba a la política exterior de Israel.
Tras la apología de Barromi, Senkman consideraba que la actitud israelí hacia la dictadura argentina se desprendía del pragmatismo israelí, que no diferenciaba entre democracias y dictaduras.[18] En tono crítico señalaba que Israel mantuvo estrechas relaciones amistosas con el régimen argentino en la época, que ya era mundialmente conocido como violador masivo de los derechos humanos.[19] Estando de acuerdo con Senkman al calificar las relaciones como estrechas y amistosas, pienso que considerarlas como expresión de «pragmatismo» es no reconocer la profundidad en la que se sustentaban. Por un lado, Senkman sí consideraba que la Junta argentina simpatizaba con Israel por ser un bastión antisoviético y antiterrorista. Sin embargo, Senkman no tomaba en cuenta que recíprocamente el anticomunismo y antiterrorismo de la Junta argentina atraían a Israel.
Al igual que las dictaduras militares en Uruguay (1973-1985) y en Chile (1973-1990), el régimen argentino instaurado en marzo de 1976 estaba inspirado por la «doctrina de seguridad nacional» contrainsurgente y antimarxista difundida por los EE. UU. en la década anterior como respuesta al peligro de revoluciones inspiradas en el ejemplo cubano. Por eso mismo era considerado como un potencial aliado de Israel. La principal prioridad de la política oficial de los Gobiernos de Israel era frenar el reconocimiento internacional a la OLP (Organización para la Liberación de Palestina) y aniquilarla militar y políticamente. En sus documentos internos la diplomacia israelí evaluaba que los tres regímenes autoritarios del Cono Sur eran la mejor garantía para frenar avances diplomáticos de la OLP en América Latina.[20] Interesada en su estabilidad, Israel los asistió mientras fueron viables. Las relaciones amistosas fueron cultivadas recalcando el común denominador anticomunista, antiterrorista y el repudio al radicalismo tercermundista. En el posicionamiento israelí en el mundo de la tardía Guerra Fría eran secundarias las diferencias dentro del bloque occidental entre regímenes autoritarios y liberales-democráticos.
Senkman era más incisivo preguntando: ¿en qué medida las relaciones con Israel alentaron a la dictadura argentina a resistir bajo el embargo de armas impuesto por Carter?[21] Desde premisas liberales que superaban el etnocentrismo, Senkman criticaba el hecho de que Israel no concibiera la posibilidad de dar refugio a perseguidos argentinos no judíos, a diferencia de países que asistieron a argentinos por ser perseguidos políticos y no por sus orígenes. Incluso a los judíos que Israel dio refugio, los aceptó no como refugiados, sino como emigrantes (de acuerdo a la ley del retorno), y condicionó su aceptación a que no estuvieran involucrados en hechos de sangre en la lucha guerrillera, aun siendo objetivos marcados por las fuerzas represivas.[22] Con documentos y múltiples testimonios, Senkman reconstruyó el procedimiento de rescate de judíos en riesgo de muerte.[23] A diferencia de Barromi, Senkman concluyó que, con la excepción de Timerman, las relaciones estrechas con el régimen no fueron útiles para salvar o liberar detenidos.[24]
Intentando dar respuestas a reclamos de familiares de desaparecidos residentes en Israel se creó en el año 2000 una comisión israelí de investigación interministerial con el cometido de evaluar el accionar de instituciones israelíes durante la dictadura argentina. Centrada en el punto de vista de las victimas judías,[25] la comisión recogió testimonios de familiares y sobrevivientes y analizó documentos. Su informe incluyó capítulos redactados por diversos especialistas. Para el presente artículo tienen interés especial el capítulo de Edy Kaufman[26], titulado «La dimensión antisemita en la represión»[27], y el de Efraim Zadoff, «Israel y la violación de los derechos humanos en Argentina».[28] Sin entrar en polémica directa con la afirmación de Barromi de que el régimen argentino no fue en conjunto antisemita, Kaufman señaló «la pronunciada dimensión antisemita» de la represión. Incluso planteó que la tolerancia a la vida institucional judía bajo la dictadura se originaba en una concepción antisemita y exagerada de los militares argentinos acerca del poder de los judíos en Estados Unidos. Kaufman ignoraba que desde los primeros días del régimen fueron los diplomáticos israelíes quienes al ofrecer a la Junta Militar colaboración política cultivaron la creencia en la poderosa influencia israelí y judía en Estados Unidos.[29]
El título del capítulo del informe redactado por Zadoff anuncia un tema que en realidad no fue investigado: «Israel y la violación de los derechos humanos en Argentina». Su investigación se centró en la asistencia israelí a víctimas judías. No solo las víctimas no judías de la dictadura están ausentes de su investigación. Zadoff tampoco indagó de qué maneras y en qué medida Israel colaboró en la lucha contrainsurgente argentina, o sea, con la violación de los derechos humanos. Un primer paso podría ser analizando algunos documentos incluidos en una de las carpetas del archivo que Zadoff ha utilizado. No sabemos si ha tenido acceso a ellos. Actualmente en esa carpeta hay varias páginas censuradas de acuerdo con el reglamento que indica censurar documentos por «consideraciones de seguridad o que pueden dañar las relaciones exteriores de Israel».[30] La colaboración contrainsurgente se deduce no solo de la censura de documentos, sino también de algunos documentos disponibles. Por ejemplo, en noviembre de 1976 Jorge Casal, exembajador argentino en Israel y funcionario de la Cancillería dedicado al Medio Oriente solicitaba al embajador de Israel información sobre las relaciones entre las organizaciones armadas palestinas y la izquierda latinoamericana:[31] «(Casal) considera que la Cancillería es el conducto adecuado para que nuestra contribución a la lucha contra las organizaciones clandestinas en Argentina seaconocida en las jerarquías del Gobierno»[32]. Las siguientes cinco líneas de ese documento en el archivo estatal de Israel están aún censuradas debido a «cuestiones de seguridad».
Por otro lado, Zadoff citaba las expresiones de desazón del embajador Nirgad cuando en noviembre de 1977 comprendió cabalmente que los desparecidos habían sido asesinados. Es demasiado ingenuo y descontextualizado suponer que Nirgad no había entendido antes el modus operandi represivo en Argentina. Una cosa es la plena toma de conciencia de las dimensiones del horror y otra es desentenderse de que Israel ya tenía conocimiento de que generalmente quien desaparecía en Argentina era asesinado a los pocos días o semanas de desaparecer. La terrible comprensión en noviembre de 1977 no le impidió a Nirgad seguir intimando con los represores. En junio de 1978 un jerarca israelí de visita en Buenos Aires contaba que Nirgad convocó «a comidas íntimas en su domicilio a los jefes del Gobierno».[33] El embajador israelí estaba en una situación paradójica: tenía acceso frecuente y amistoso a los más altos rangos de la dictadura y era impotente ante las desapariciones.
Las conclusiones de Zadoff fueron tranquilizadoras para los familiares de desaparecidos:
Los esfuerzos que realizaron los diplomáticos israelíes por salvar personas y obtener información sobre los desaparecidos [...] no fueron menores que los de sus colegas de las demás embajadas […] el accionar de la Embajada de Israel y sus logros estuvieron entre los más altos. […] la Embajada de Israel y la Agencia Judía desarrollaron una amplia actividad a favor del salvataje de judíos y sus familiares que corrían peligro y les brindaron ayuda para que no cayeran en manos del Gobierno. Esto es cierto también respecto de personas detenidas en cárceles oficiales. […] los diplomáticos israelíes hicieron uso de las relaciones que con mucho esfuerzo habían entretejido en la época del Gobierno civil democrático con los distintos grados del Ejército […].
Zadoff no descartaba fallos: «[…] esta documentación no permite determinar en forma clara que se hayan adoptado todos los medios y se hayan utilizado todos los recursos posibles […] para conseguir información sobre la suerte corrida por los judíos secuestrados y encarcelados en lugares de detención ilegal. Tampoco se puede precisar con certeza que se hayan agotado todas las posibilidades para lograr la salvación de algunos […]». Las conclusiones de la comisión dejaron entender, erróneamente, que la investigación sobre la actuación israelí ante la dictadura argentina había llegado a un punto concluyente.
Las evidencias daban lugar a distintas interpretaciones. Mualem consideraba que la política israelí hacia la dictadura argentina estuvo tensionada entre el componente «israelí» y el componente «judío», una tensión inherente a la condición de Israel como «Estado judío».[34] El accionar exterior de Israel estaría condicionado por una jerarquía de intereses que privilegiaba el interés por reforzar el poderío del Estado de Israel como Estado judío y solo en segundo lugar el bienestar de los judíos en las diásporas. Sznajder y Roniger consideraron que la actuación israelí en la Argentina de la dictadura no respondía ordenadamente a una clara política de Estado, racionalmente elaborada.[35] Según su análisis, las iniciativas de rescate de judíos perseguidos provenían de funcionarios de la Agencia Judía instalados en Buenos Aires, movidos por el ethos de asistir a judíos, sensibilizados por el drama humano y no por una decisión tomada en Jerusalén. Algunos documentos obligan a matizar este argumento.[36] Sznajder y Roniger aportaron un análisis sistemático de los perfiles, procedimientos de huida y trayectorias posteriores de unos 350 individuos que escaparon de Argentina rumbo a Israel asistidos por la Agencia Judía.
Guillermo Lipis dedicó un capítulo de su libro a la evaluación de la política israelí hacia la Junta Militar argentina.[37] Respecto al supuesto dilema entre la venta de armas y el rescate de judíos en peligro, concluyó que Israel no utilizó las ventas de armas como palanca. Gabriela Lotersztain inició la discusión sobre la política israelí ante la Junta Militar refiriéndose a la pregunta acerca de la importancia de la venta de armas.[38] Un entrevistado ubicó en agosto de 1978 el inicio del lucrativo negocio. Hay documentos acerca de ventas anteriores. Los diplomáticos, funcionarios y políticos israelíes entrevistados por Lotersztain no salieron de sus lógicas justificativas ni ofrecieron información novedosa.
La polarización ideológica dentro de los judíos argentinos es abordada en algunos trabajos. Paul Katz criticó a la DAIA, el organismo representativo de las comunidades judías en Argentina, por haber marginado y aislado a los familiares de víctimas de la represión.[39] Además de la percepción de que colaborando con el régimen protegían intereses comunitarios, Katz destaca la hostilidad de los dirigentes hacia judíos izquierdistas no sionistas, originada en la expulsión de los comunistas de la DAIA en la década de los 50.[40] Acertadamente, Katz puso de relieve el marco ideológico de la Guerra Fría para entender el origen de actitudes ante el régimen militar argentino. También Valeria Navarro menciona «discriminación comunitaria a familiares de detenidos y desaparecidos» y padres increpados por no haber dado educación sionista a sus hijos, «culpándoles» de su desaparición.[41] Ariel Noyjovich muestra que las relaciones entre los movimientos juveniles sionistas de izquierda y la dirigencia comunitaria eran tensas y conflictivas.[42] La radicalización había suscitado cismas en la juventud judía entre la alternativa sionista y la socialista revolucionaria. No pocos jóvenes pasaron de movimientos sionistas a organizaciones revolucionarias.[43] Tras el golpe de Estado, las organizaciones juveniles sionistas actuaron de manera muy cuidadosa,autocensurándose, suprimiendo contenidos izquierdistas y escudándose en las instituciones comunitarias.[44]
Según Emmanuel Kahan,[45] el régimen militar fue receptivo a las instituciones judías cuando estas denunciaron manifestaciones de antisemitismo. El régimen permitió mantener actividades judías y sionistas. Kahan observa «un extendido consenso y/o aceptación por parte de todos los actores a uno de los objetivos prioritarios del régimen dictatorial: “la lucha contra la subversión”»[46]. La DAIA, recuerda Kahan, sirvió a la propaganda del régimen en el exterior, presionando a organizaciones judías internacionales para silenciar o matizar denuncias de familiares.[47] Esta actitud concuerda perfectamente con la colaboración política de Israel desvelada en la presente investigación.
El ensayo de Martina Libertad Weisz rescata la discusión del antisemitismo en el régimen argentino de la trampa etnocéntrica, restituyendo sus dimensiones históricas. Según Weisz, el horror represivo argentino fue posible por la legitimidad occidental a métodos contrainsurgentes a partir de conceptos configurados por la Guerra Fría, entendida como una lucha existencial, sin cuartel y sin fronteras. Aquellos conceptos y métodos estaban inspirados en la experiencia nazi y fueron luego adoptados y desarrollados por Francia y Estados Unidos.[48] Los métodos represivos eran practicados por organizaciones de extrema derecha argentina que al inicio de la dictadura fueron absorbidas en la represión estatal. Solo el temor a la reacción internacional habría impedido el despliegue de todo su potencial antisemita. Estando de acuerdo con el análisis de Weisz, que destaca los diversos orígenes y colaboraciones occidentales que posibilitaron, inspiraron y colaboraron con la represión militar argentina, considero que habría que agregarle las funciones que también tuvo Israel en la lucha antisubversiva argentina, simbólicas (legitimidad) y prácticas (asistencia política, armas y asesoramiento), tomando en cuenta sus contradicciones con el antisemitismo de muchos de sus protagonistas.
III. ISRAEL Y ARGENTINA EN LA COYUNTURA PREVIA AL GOLPE DE 1976[Subir]
La literatura existente tiende a discutir la actitud israelí hacia la dictadura argentina desconectándola del período inmediatamente anterior, como si con el golpe militar del 24 de marzo de 1976 hubiera arrancado una nueva historia. Hay que ubicar los orígenes de las políticas israelíes en un marco temporal anterior. La colaboración militar, por ejemplo, había empezado antes. Las relaciones con el Ejército de Israel eran muy apreciadas por las Fuerzas Armadas argentinas. El coronel Tzví Nesher, agregado militar de la Embajada de Israel durante el tramo final de la dictadura anterior y el primer año del Gobierno peronista (1971-1974), fue condecorado con la Orden de Mayo.[49] Durante 1975 sabemos que oficiales argentinos especializados en blindados fueron huéspedes del Ejército de Israel.[50]
Durante 1973-1976 los diplomáticos israelíes estaban preocupados por el tercermundismo de los Gobiernos peronistas. Argentina se incorporó a la organización de los no alineados considerada hostil a Israel.[51] Además, la violenta polarización interna propició manifestaciones de antisemitismo. El todopoderoso ministro de Bienestar Social, José López Rega, íntimo consejero de Perón y de su esposa, la vicepresidente Estela «Isabel» Martínez, personificaba ambos temores.[52] Mientras conducía un publicitado acercamiento al coronel Muamar Kadaffi presidente de Libia, López Rega manipulaba a la parapolicial Triple A (Alianza Anticomunista Argentina), que en su violenta cruzada antimarxista tenía expresiones antisemitas.[53] La Embajada de Israel no tenía dudas de que López Rega alentaba estas expresiones.[54] Su caída política en medio de la crisis económica en julio de 1975 alivió pero no disipó las preocupaciones israelíes. El acercamiento a Libia parecía superado,[55] pero no así el tercermundismo peronista.[56] La violencia política proseguía en espiral creciente y las guerrillas de izquierda eran muy audaces. Tras un decreto gubernamental, las Fuerzas Armadas ingresaron formalmente en la lucha antisubversiva. La Triple A, ya sin su inspirador López Rega, seguía asesinando izquierdistas. La agitaciónantisemita persistía. Había diferencias de apreciación entre los muy preocupados funcionarios de la Agencia Judía[57] y el embajador Nirgad, que consideraba exageradas sus evaluaciones.[58] En el informe en el que calmaba respecto al antisemitismo, el embajador israelí expresaba su preocupación por la participación de jóvenes judíos en las guerrillas de izquierda. Nirgad cultivaba relaciones con las Fuerzas Armadas. De oficiales involucrados en la lucha antisubversiva había oído que la mitad de los miembros del ERP y un considerable porcentaje de montoneros eran judíos. Aunque fueran exageraciones, le preocupaba «que esa sea la versión de los organismos de seguridad».[59]
Ante numerosos casos de izquierdistas de origen judío, no necesariamente guerrilleros, que sufrieron atentados y amenazas provenientes de la Triple A, en diciembre de 1975 se empezó a configurar un protocolo de evacuación para aquellos que solicitaban ayuda israelí para huir de la Argentina. De acuerdo con una división de roles prestablecida, la Embajada de Israel en Buenos Aires evitaba inmiscuirse, priorizando sus buenas relaciones con las Fuerzas Armadas. Los funcionarios de la Agencia Judía eran quien orientaban a los amenazados a cruzar hacia el Uruguay y ahí, con acompañamiento israelí (a veces con documentos de viaje proporcionados por la Embajada de Israel en Montevideo), salían vía aérea, destino a Israel.[60]
A comienzos de 1976, vísperas del golpe de Estado, ya afloraban casi todos los elementos contradictorios de lo que sería la colaboración israelí con la contrainsurgencia argentina.
IV. EL APOYO POLÍTICO DE ISRAEL A LA JUNTA MILITAR[Subir]
Mientras otros países dudaban, Israel reconoció de inmediato al régimen militar instaurado el 24 de marzo de 1976.[61] Con satisfacción los diplomáticos israelíes señalaban que Kissinger apreció la celeridad.[62] La censura «por razones de seguridad» de dos páginas de la carpeta de telegramas de la Embajada de Israel en Buenos Aires correspondientes a las fechas entre el 24 y el 27 de marzo, permite suponer que tal vez hubo algún tipo de intercambio de información «sensible» durante el golpe o inmediatamente después.[63] La prensa israelí más oficialista aplaudía al golpe militar que devolvería a la Argentina de la senda «tercermundista» a la colaboración con EE. UU., que prohibiría la agitación antisemita de organizaciones nazis y árabes y la propaganda comunista contra el sionismo. Según un cronista, los judíos de Argentina respiraban aliviados.[64]
Israel abrigaba esperanzas que Argentina se apartara de los no alineados, reintegrándose plenamente en el bloque occidental. Para alentar ese proceso Israel quería establecer un relacionamiento especial de cercanía con el nuevo régimen.[65] La Cancillería argentina fue adjudicada a la Marina. Para con- trarrestar a los funcionarios de carrera que tradicionalmente tendían a cultivar relaciones con el mundo árabe, el embajador Nirgad utilizó sus relaciones personales con el jefe de la Marina, almirante Emilio Massera[66] y con el canciller, contralmirante César Guzzetti.[67] En consulta con ambos se gestionó la visita a Buenos Aires de un emisario especial del Gobierno de Israel. Israel tenía antecedentes de colaboración política con las dictaduras de Uruguay y Chile,[68] regímenes similares al argentino en su orientación ideológica y en sus concepciones contrainsurgentes, que en el marco de la llamada Operación Cóndor ya estaban coordinando con los militares argentinos la represión contra respectivos exiliados. Compartiendo una percepción mutua de bastiones que enfrentaban a los enemigos de Occidente, el emisario israelí Efraím Evron ofreció al Gobierno argentino servicios de relaciones públicas en los Estados Unidos. Israel se jactaba de su «especialización» en solucionar problemas de imagen en los Estados Unidos. Gobernada entonces por el Partido Laborista,miembro de la Internacional Socialista, Israel también se ofrecía a ayudar a la Junta argentina en la Confederación Internacional de Sindicatos Libres.[69] Desde Buenos Aires el emisario especial indicó a su ministerio en Jerusalén «instruir a nuestros representantes en Washington y Nueva York de no alentar y tratar de atenuar acusaciones al régimen de acá de tener actitud antisemita y/o fascista»[70]. A cambio, Israel solicitaba a los militares argentinos actitudes más favorables en foros internacionales y que se opongan a los intentos de legitimar la OLP. Ante el presidente Jorge Rafael Videla Evron manifestó que «ambos países se enfrentan a un enemigo que mama de la misma fuente». Videla estaba de acuerdo: «También considera que un enemigo común alienta a nuestros enemigos y está contento de que (Israel) demuestra entender la lucha contra ese enemigo. Es de esperar que distintos elementos deformen la imagen de la realidad argentina y el apreciará si le ayudamos a superar eso. […] Así como nosotros explicaremos los problemas de Argentina a los otros, ellos consideraran su obligación explicar los problemas de Israel a los países que tal vez no los comprenden ni entienden la lucha en la cual están empeñadas Argentina e Israel»[71].
En otro informe, el embajador israelí recalcaba: «El común denominador ideológico está basado en nuestra pertenencia al mundo anticomunista cuando nuestra función en el Medio Oriente de freno a la expansión rusa fue explicada y subrayada en todos nuestros contactos».[72]
En los meses y años siguientes, las denuncias internacionales contra las violaciones a los derechos humanos en la Argentina acrecentaron la importancia de la acción israelí amortiguadora de críticas en Estados Unidos.[73] Argentina no abandonó la organización de los no alineados, aunque sí se distanció de posiciones «tercermundistas», recalcando su adhesión a Occidente (hasta la guerra de las Malvinas). Ante mociones antisraelíes en foros internacionales, Argentina tendió a abstenerse, sosteniendo que estos no deberían tomar decisiones políticas que solo correspondían a la Asamblea General de la ONU.
En setiembre de 1976, los ministros de relaciones exteriores de Israel y Argentina se encontraron en Nueva York.[74] El intercambio entre ambos expresaba la profunda convergencia estratégica de ambos Gobiernos en el contexto internacional. En esos momentos, el Comité de Asignaciones del Congreso estadounidense, con mayoría demócrata, discutía si cortar la asistencia militar a la Argentina por violaciones a los derechos humanos. El contralmirante Guzzetti se quejó que una delegación de la organización judía B’nei Brith presentó alegaciones dañinas para la Argentina y pidió a su colega israelí Yigal Alon que intercediera ante el Comité Judío Americano para que este no presente denuncias. Alon se comprometió a trasmitir a las organizaciones judías norteamericanas que el Gobierno argentino es amistoso hacia Israel y, por lo tanto, hay que tratarlo amistosamente. Para contrarrestar denuncias, le recomendó a Guzzetti tomar medidas adicionales contra manifestaciones públicas de antisemitismo, como la ya anunciada clausura de la editorial Milicia, distribuidora de literatura nazi. Guzzetti argumentó que solo unos pocos estúpidos eran antisemitas en Argentina, que el régimen no era fascista sino demócrata, y que su prioridad era concentrar esfuerzos contra la extrema izquierda. En la lucha podría haber errores que afectaran a inocentes. Los diplomáticos israelíes dedujeron que Guzzetti indirectamente explicaba que al tolerar a la extrema derecha queauxiliaba en la lucha contra la izquierda podrían suceder excesos contra judíos inocentes. Alon, por su parte, agradeció la solución del reciente «malentendido» de detención de emisarios sionistas de izquierda, recalcando ante el jerarca argentino que todos los sionistas, desde socialistas a derechistas, eran anticomunistas. Para sellar la voluntad de superar las dificultades y profundizar la colaboración estratégica Alon invitó a Guzzetti a visitar Israel donde apreciará «las armas fabricadas en el país, incluyendo armamentos mejores y más baratos que los producidos en otros países y algunos destinados a la lucha contra el terrorismo, como el Galil».[75] En setiembre de 1976, Israel le pedía al Gobierno argentino solo dos cosas: favorecer a Israel en sus votaciones en las Naciones Unidas y medidas contra manifestaciones públicas de antisemitismo. Israel ofrecía relaciones públicas y armas para uso contrainsurgente. Las violaciones masivas a los derechos humanos no le interesaban. En ese momento tampoco importaba demasiado el destino de los desaparecidos de origen judío.
Hasta la detención de Jacobo Timerman en abril de 1977, Israel continuó realizando relaciones públicas para la Junta Militar. Las evidentes connotaciones antisemitas del tratamiento oficial del caso Graiver y la detención y campaña contra Timerman complicaron aquella función. Sin embargo, Israel nunca criticó públicamente al Gobierno argentino. La diplomacia israelí mantuvo su actitud amistosa. A puerta cerrada, los diplomáticos israelíes exigían liberar a Timerman, liberar a presos políticos judíos haciendo uso de la opción de expulsión al extranjero (o sea, emigrar a Israel) y averiguar lo sucedido con desaparecidos de origen judío. Solamente en el caso Timerman, Israel incentivó, tras bambalinas, una campaña internacional de personalidades no izquierdistas que presionaron al Gobierno argentino.
En mayo de 1978, vísperas de las sensibles fechas del campeonato mundial de futbol, el embajador Nirgad se entrevistó con el ministro de Interior argentino, el general Albano Harguindeguy.[76] Nirgad le entregó una lista actualizada de 347 detenidos judíos. El embajador israelí expresó su espanto ante la respuesta de Harguindeguy respecto a una lista anterior: 167 de un total de 266 nombres de detenidos fueron declarados desaparecidos por el ministro argentino. Para atenuar una mayor convulsión de la opinión pública judía internacional Nirgad filtró a la prensa las exitosas gestiones realizadas: el permiso otorgado por las autoridades argentinas para que los diplomáticos israelíes visitaran presos legales y el puñado de casos de presos liberados mediante la opción de ser expulsados a Israel. Pero le advertía a Harguindeguy de que sin la rápida liberación de más presos iba a ser difícil contener a la opinión pública internacional. Nirgad aún se esforzaba en beneficiar las relaciones públicas de la dictadura argentina. Con esa intención, tres semanas después declaró ante la prensa internacional que «Argentina y su Gobierno no son antisemitas».[77]
Aquellas declaraciones de Nirgad, tras las tensiones creadas por denuncias de familiares de desaparecidos de origen judío y por la prolongada detención de Timerman, renovaron la confianza mutua entre Israel y los militares argentinos. En ese marco se celebró una peculiar reunión informal. El jefe de la prefectura naval, Pedro Santamaría, invitó a una comida al embajador israelí, al rabino norteamericano Marshall Meyer[78] y a jefes de casi todas las fuerzas represivas: Policía Federal, la división operativa de la Fuerza Aérea, SIDE (Servicio de Inteligencia del Estado) e inteligencia de la Marina.[79] Los participantes sabían de antemano que se iban a tratar dos temas: el antisemitismo y los detenidos y desaparecidos judíos. Se acordó que la conversación fluyera sin cortesías y sin rodeos. Según Nirgad, los oficiales expresaron fuertes sentimientos contra la política de derechos humanos de Carter: «[…] me reclamaban comprensión a su situación verdadera considerando nuestra experiencia en la lucha contra el terrorismo árabe en todas sus formas. El argumento argentino era que Estados Unidos no entiende que, en realidad, Argentina lucha contra la penetración comunista en el continente americano [...]».
Nirgad y Meyer habrían respondido:
Se puede luchar contra la penetración de elementos hostiles sin llegar a acciones que dañan la moral y los derechos humanos, dañan la imagen argentina y limitan su capacidad para cumplir las funciones que merece entre las naciones. […] estamos acostumbrados a que nuestra situación no sea suficientemente comprendida e, incluso, la Argentina que lucha contra el terrorismo no comprende nuestra guerra contra la OLP, pero evitamos, a todo precio, la degradación desde el punto de vista de las formas de acción de las fuerzas de seguridad, el sistema judicial [...].
El jefe de inteligencia de la Marina se habría quejado: «¿De qué sirve luchar por la imagen internacional? ¿No es un esfuerzo en vano? ¿Acaso los israelíes no saben que, si la situación lo requiere, el interés nacional exige renunciar a la imagen internacional?». El embajador israelí reconoció la pertinencia del dilema, pero respondió que «no se trata solo de imagen, sino también de moral y del espíritu de la nación» y que «los objetivos no justifican los medios». Los interlocutores estaban muy limitados. La presencia de jefes de todas las fuerzas contrainsurgentes obligaba a los oficiales a alinearse sin trasgredir la línea oficial. Por otro lado, la presencia del rabino Meyer obligaba al embajador israelí a expresar un discurso moralista que no era habitual en contactos anteriores con el Gobierno argentino, y le impedía abordar con ellos otros aspectos en su relación mutua.
De todas maneras, en la conversación fueron abordados los temas que dificultaban la relación. Los oficiales estaban de acuerdo en que la prolongada detención de Timerman causaba un daño desproporcionado. El jefe del SIDE dio a entender que problemas dentro de las Fuerzas Armadas impedían tomar decisiones que convertirían en «vulnerables» a quienes las tomen. Nirgad explicó que la expulsión de presos judíos a Israel avanzaba muy lentamente: «Si liberaran de golpe unas decenas que emigren a Israel, eso tendría el efecto deseado, mejoraría la imagen y calmaría a las familias que arman revuelo por preocupación por sus seres queridos».
Los oficiales argentinos dejaron bastante claro qué había sucedido con los desparecidos: «De sus reacciones acerca de los desaparecidos entendí que mayoritariamente ya no están con vida. El rabino Meyer planteó […] problemas como divorcio, mujeres ancladas […], el jefe de operaciones de la fuerza aérea confirmó que lo mismo plantean los curas católicos, pero el silencio de los presentes era como la confirmación que hablamos de gente que ya no está con vida».
Nirgad señaló ante los oficiales que la existencia de antisemitismo en sus fuerzas se reflejaba cuando un judío es interrogado.
El rabino y yo aclaramos que esta conversación se realiza comprendiendo los intereses de Argentina, pero con profunda preocupación hacia el destino de los detenidos y desaparecidos judíos. El jefe de policía y el jefe del SIDE respondieron que la mayoría de los detenidos y desaparecidos, con contadas excepciones, son culpables de terrorismo, apoyarlo o incitarlo. Reconocieron que hubo abusos por parte de algunas unidades, muertes no informadas a mandos superiores, unidades que tras enfrentamientos sepultaron a sus víctimas sin informar a sus superiores y cosas similares. Lo reconocen en esta conversación cerrada y confiando en que entenderemos que la lucha contra el terrorismo no puede realizarse con guantes de seda, pero piden que creamos que sus intenciones son liquidar el terrorismo sin afectar a inocentes y en la medida que hubo manifestaciones de antisemitismo son casuales. No niegan que hay antisemitas en Argentina, pero ese fenómeno es contra la voluntad del Gobierno. Quienes sean descubiertos, serán castigados.
El informe de Nirgad fue enviado con copia al Mossad.[80] Eso propició un intercambio del cual escapó a la habitual censura en el archivo estatal un telegrama del embajador al ministerio: «Me preguntan del Mossad si un planteo del jefe del Mossad al jefe del SIDE puede ayudar en el asunto de los desaparecidos y detenidos judíos. Respondí que tal vez sea útil [...]»[81]. Ese telegrama revela que existía una relación directa entre el Mossad y el SIDE y que hasta junio de 1978 esa relación no había sido usada para presionar por prisioneros y desaparecidos de origen judío.
Los documentos israelíes referentes a la colaboración en inteligencia están censurados. Algo de ello se filtró en el mencionado informe de la conversación entre Nirgad y Casal en noviembre de 1976.[82] Existe una mención de fuente argentina sobre adiestramiento israelí. Alfredo Mario Mingolla, agente de GTE (Grupo de Tarea Exterior) del Batallón 601 de Inteligencia, fue entrevistado por un periodista a fines de 1983 en Bolivia. A la pregunta de si en los cursos de inteligencia en la Argentina fue instruido por norteamericanos, respondió que no, que sus instructores fueron israelíes.[83] Armony afirma que Israel colaboró en acciones extraterritoriales de la inteligencia argentina, en Bolivia, Costa Rica y Honduras.[84]
Un informe del FBI (Federal Bureau of Investigation) de junio de 1977 citaba a altos oficiales argentinos que acusaban de hipocresía a la política de Carter respecto a violaciones a los derechos humanos en Argentina: «Tenían conocimiento personal» de que «el Gobierno israelí no tiene ninguna consideración respecto a los derechos humanos de terroristas árabes, y que las medidas represivas más brutales utilizadas en el mundo son aplicadas regularmente por personal de inteligencia israelí».[85] Tener «conocimiento personal» parece indicar contactos directos entre los oficiales argentinos y pares israelíes. Ese documento pone en ridículo la prédica del embajador Nirgad ante jefes de inteligencia y de operaciones argentinos acerca de que se puede luchar contra el terrorismo sin violar derechos humanos. Alguno de sus interlocutores bien podría haber sido uno de los citados en el informe del FBI. Del documento se desprende claramente que los servicios de seguridad argentinos e israelíes comulgaban en una política represiva intransigente y no limitada por el respeto a los derechos humanos, como lo exigía la Administración Carter o como correspondía expresar a oídos del rabino Meyer. Un informe de la CIA en 1979 menciona brevemente el adiestramiento y asesoramiento del Mossad a fuerzas de seguridad argentinas.[86] No queda claro cuándo sucedió. Relacionando esa mención con el documento del FBI, puede haber sido a comienzosde 1977 o durante 1976.
De todas formas, las asesorías o cursos del Mossad a oficiales argentinos precedieron el posterior descubrimiento del adiestramiento de combatientes montoneros en campamentos de la organización armada palestina Fatah en el Líbano. Las primeras noticias al respecto surgieron en setiembre de 1978, en una conferencia de prensa brindada por el jefe montonero Horacio Mendizabal en Beirut.[87] La colaboración entre organismos de inteligencia israelíes y argentinos no se inició como reacción a la colaboración entre Montoneros y Fatah. Obviamente, el descubrimiento de esta le dio incentivos adicionales. El tema del entrenamiento de montoneros en campamentos palestinos se convirtió en un tema recurrente en informes diplomáticos israelíes, que informaban sobre el interés de representantes del régimen argentino en la lucha contra la OLP.[88] No está claro si Israel aportó al SIDE argentino información respecto a los planes de la última contraofensiva montonera, que fue fácilmente desbaratada.[89]
Durante junio y julio de 1980, comandantes argentinos compartieron inteligencia con Israel. El ministro Harguindeguy y el general Sasiain, jefe de Policía Federal, informaron a Dov Schmorak, nuevo embajador de Israel, acerca de los campamentos palestinos donde se entrenaron montoneros argentinos.[90] Sasiain expresó aprecio al embajador anterior (Nirgad) por «su comprensión a las dificultades especiales de la Argentina, lo que no puede decirse de la mayoría de los embajadores extranjeros». Sasiain esperaba de Schmorak «comprensión a las medidas que se ven obligados a tomar para superar el terrorismo, aunque no sean del agrado de los Estados Unidos o Suecia». Luego, refiriéndose a montoneros capturados, Sasiain «preguntó si estoy interesado en recibir el nombre del lugar en donde se entrenaron en el Líbano. Respondí positivamente. Dijo: “Todavía hablan” […]». Al día siguiente, un oficial entregó al embajador una nota con nombres confusos. Tres semanas después, el oficial se presentó con información más precisa: «Los montoneros reciben adiestramiento en campamentos ubicados en las afueras de la localidad de Damour, en una zona denominada “los naranjales”, como así también en la localidad de Zaharani, aun en funcionamiento. […] el sitio de instalación de los campamentos no es fijo debido a ataques aéreos persistentes que sufren por parte de Israel […]».
El interés argentino más evidente al informar a Israel era propiciar bombardeos sobre campamentos donde supuestamente todavía se entrenaban militantes montoneros. Pero había algo más. El conducto natural para esas informaciones era entre servicios de inteligencia y no entre el jefe de Policía y el embajador. Hábilmente, el jefe de Policía demostró ante el embajador la capacidad contrainsurgente argentina y su convergencia con los intereses de Israel. Schmorak, consciente de cómo se interrogaba y del significado macabro del «todavía hablan», se convirtió en cómplice indirecto de sesiones de tortura y de la subsiguiente desaparición de los interrogados.
V. LAS RAZONES OCULTAS DE LAS CONTADAS INTERVENCIONES ISRAELÍES POR DETENIDOS DESAPARECIDOS[Subir]
La existencia de corrientes antisemitas en las fuerzas de seguridad argentinas inquietaba a Israel. Al sellar sus entendimientos con la dictadura argentina, Israel acalló denuncias que le imputaban antisemitismo. Luego las canalizó hacia grupos filonazis externos al Gobierno, evitando mencionar el antisemitismo que se manifestaba en prácticas represivas. Tan solo a puertas cerradas, desde fines de 1976, Israel reclamaba a sus interlocutores argentinos suprimir expresiones de antisemitismo en el accionar de las fuerzas represivas.
Además de las consideraciones estratégicas ya expuestas y analizadas, la conducta israelí hacia el régimen militar argentino estaba también condicionada por el temor a que se expusieran dos tipos de actividades ilegales que durante años Israel había fomentado en la comunidad judía argentina: inversiones en bonds (bonos para el desarrollo económico de Israel)[91] y las actividades de un organismo armado entrenado por el Mossad. Su exposición podría ser funcional a sectores antisemitas y pondría en riesgo a la comunidad judía local y a los intereses de Israel.
La trayectoria del aparato armado judío argentino ha sido reconstruida basándose en entrevistas orales a exparticipantes, con la limitación de falta de fuentes documentales.[92] Los investigadores no relacionaron la problemática de la misgueret[93] con la política israelí ante la dictadura. En una publicación posterior, Rein se refiere a que algún miembro del ERP fue anteriormente adiestrado en la misguerret y que el jefe de esta, Furmansky, tuvo que abandonar Argentina en agosto de 1977,[94] pero sin extraer de ello conclusiones más amplias y relevantes de la política de Israel. Un documento del Mossad ubicado en la presente investigación describe a la misgueret en el caótico contexto argentino de agosto de 1975.[95] El agente que lo redactó consideraba indispensable disponer de una fuerza judía autónoma capaz de proteger y emprender represalias ante probables atentados antisemitas. La misgueret estaba en crisis financiera. El jefe de operaciones había dejado sus funciones (se le debían sueldos no ajustados a la inflación). En Buenos Aires contaba con más de cincuenta activistas que periódicamente recibían instrucción y realizaban prácticas. La lista de reservistas sumaba doscientas personas, pero no estaba actualizada. En otras ciudades había pequeños núcleos. Debido al desorden no se verificó la ubicación de todos los depósitos de armas. Sin embargo, la misgueret estaba activa. Veinte miembros de la división «seguridad» protegían a personalidades y actividades comunitarias. La división «operaciones» (37 miembros) recientemente habíadestrozado una imprenta antisemita. Para no llamar la atención de fuerzas de seguridad se había suspendido la instrucción en campamentos juveniles. El informe proponía realizarla en Israel. Tras el golpe militar toda la evaluación tuvo que ser modificada. Bajo un Gobierno militar que vigilaba a sus ciudadanos y pretendía instaurar su monopolio sobre las armas, la existencia de la misgueret era una «papa caliente».
Solo en dos casos de detenidos desaparecidos en la Argentina Israel intervino de manera inmediata, decidida y eficaz para rescatarlos. En ambos se temía que la detención podría conducir a la exposición de la misgueret y/o a la clasificación de organizaciones juveniles sionistas como subversivas. Habitualmente, las denuncias que familiares realizaban ante la Embajada de Israel en Buenos Aires o ante autoridades en Israel acerca de detenidos desaparecidos de origen judío (incluso dos casos de ciudadanos israelíes) eran incorporadas a una lista que el embajador en reuniones periódicas presentaba al ministro de Interior, Harguindeguy. Los diplomáticos israelíes se resignaban con la respuesta habitual: sobre los desaparecidos nada se sabía ni se podía hacer.
El primer caso excepcional sucedió en julio de 1976, cuando fue detenido en Córdoba un grupo de funcionarios de movimientos juveniles sionistas de izquierda, mayoritariamente ciudadanos israelíes de origen argentino. Estos intentaban contener en marcos juveniles sionistas argentinos a jóvenes de izquierda, evitando su trasvase a organizaciones revolucionarias.[96] Ese tipo de trasvase preocupaba a los funcionarios israelíes, que eran conscientes de la percepción militar acerca del alto porcentaje de judíos en las filas del ERP. El hecho de que algún militante del ERP tuvo trayectoria anterior en la misgueret era un motivo adicional de preocupación, así como los seis casos conocidos de jóvenes que tras emigrar a Israel retornaron a Argentina y se incorporaron al ERP. El interrogatorio de los funcionarios sionistas detenidos podría conllevar a más detenciones, contribuir a la criminalización de movimientos juveniles sionistas como subversivos y, tal vez, exponer a la misgueret. Para la ultraderecha antisemita argentina hubiera sido un festín. Para los intereses de Israel sería un duro golpe y para la comunidad judía un grave peligro. Los diplomáticos israelíes presionaron simultáneamente desde abajo (recorriendo probables lugares de detención)[97] y al más alto nivel (llamados telefónicos a Harguindeguy, cita urgente con el general Roberto Viola, mensajesal canciller Guzzetti y al presidente Videla) dando a entender la prioridad absoluta que daban a rescatar a estos detenidos. En pocos días, funcionarios israelíes los ubicaron. Tras trece días de cautiverio, fueron liberados.[98] La prensa israelí, instruida por el Ministerio de Relaciones Exteriores, calificó la detención como «un error o malentendido».[99] El editorial de Maariv reflejaba la línea oficial:
Los emisarios del movimiento sionista en la diáspora no intervienen ni se involucran en asuntos políticos locales. […] Las autoridades argentinas, que detuvieron a tres emisarios israelíes y a dos judíos de Argentina, cometieron aparentemente un error, [...] no interesa al Gobierno de Israel que haya personas detenidas sin procesos judiciales. Su interés es defender a sus emisarios y ciudadanos […]. No imaginamos que el Gobierno de Argentina pretende actuar contra el movimiento sionista o reducir el marco de acción de quienes difunden la idea nacional judía. El incidente de la detención de los emisarios enturbia innecesariamente las buenas relaciones entre Israel y Argentina y lo adecuado es liquidarlo de inmediato.[100]
El segundo caso en que la rápida acción de Israel rescató a un detenido desaparecido fue el de Marcos Resnitzky, hijo del presidente de la DAIA. Israel ejerció una contundente presión y logró la liberación del joven tras cuatro días de interrogatorios bajo tortura. El hijo del principal dirigente de la comunidad judía podría ser no solo una fuente de información delicada, sino también una fuente de extorsión. El joven fue rápidamente evacuado hacia Israel.[101] En este caso, Israel actuó con la celeridad y eficacia que no tuvo con otros cientos de desaparecidos de origen judío. De acuerdo con el informe interno israelí, la razón original de su detención fue su breve pasado en la Juventud Universitaria Peronista. Pero el interrogatorio derivó también hacia otras cuestiones, como la existencia del aparato judío de seguridad. Los interrogadores utilizaron palabras hebreas e inquirieron sobre presuntas relaciones entre movimientos sionistas y organizaciones guerrilleras.
El interrogatorio a Resnitzky sobre actividades en el seno de la comunidad judía no fue un caso aislado. Durante 1977, otros jóvenes judíos, sin vinculaciones de izquierda, fueron violentamente interrogados sobre actividades sionistas. Los interrogadores usaron términos hebreos y demostraron que tenían vigilados a funcionarios de la Agencia Judía.[102] La preocupación por la peligrosa situación de los judíos en Argentina llegó a las oficinas del nuevo primer ministro de Israel, Menahem Begin.[103] También pesaban las crecientes denuncias de antisemitismo por parte de organizaciones judías norteamericanas[104] y sus ecos en la prensa de Estados Unidos y de Israel.[105] Más sensibilizado que el Gobierno laborista anterior, Begin convocó a una consulta en Jerusalén a dirigentes de la comunidad judía argentina.[106] En sus manos tenía un memorándum sobre judíos detenidos en Argentina.[107] Lo encabezaban los casos notorios de Timerman y del hijo del presidente de la DAIA. Luego se mencionaban otros casos. Dos jóvenes judíos, sin militancia de izquierda, fueron torturados e interrogados durante tres días sobre la seguridad de la comunidad judía, los bonds, la Agencia Judía y la evacuación de judíos sospechosos de subversión. Todos los temas sensibles que Israel queríaocultar. Un interrogatorio similar sufrió una joven judía, que estaba a punto de viajar a Israel. Como contexto más amplio, el informe mencionaba una lista de 92 judíos argentinos vinculados con la izquierda (15 formalmente detenidos y el resto desaparecidos), aclarando que el número real era mayor y que la calificación «desaparecido» significaba que la persona estaba muerta.[108] El informe concluía: «Pareciera que las autoridades están centrando su esfuerzo en descubrir las actividades de la misgueret […]».
Noyjovich menciona casos de jóvenes sionistas detenidos e interrogados sobre su eventual entrenamiento militar en Israel.[109] La exposición de la misgueret preocupaba a dirigentes de las instituciones judías. El embajador Nirgad en un mensaje calificado «sumo secreto» trasmitía que dirigentes comunitarios pedían discutir en Israel sobre la misgueret.[110] En aquellos días se decidió la urgente salida de Argentina de Mauricio Furmanski, el jefe de la misgueret.[111]
En las consultas realizadas en Jerusalén la «diplomacia silenciosa» del Ministerio de Relaciones Exteriores y la actitud conciliadora de los dirigentes comunitarios judío-argentinos prevalecieron sobre el alarmismo apocalíptico de los funcionarios de la Agencia Judía de Inmigración. Israel dejó de lado proyectos de evacuación masiva de judíos de Argentina y, junto a los dirigentes de la comunidad judía, reencausó exitosamente sus relaciones amistosas con la Junta Militar. En octubre de 1977, la DAIA aprovechó el rescate de los pasajeros secuestrados de un avión de Lufthansa por una organización palestina[112] para publicar no solo su hostilidad al «terrorismo internacional», en el que englobaba a las organizaciones guerrilleras argentinas y a las organizaciones palestinas, sino su adhesión a la tesis de no negociación con terroristas.[113] Era una oportunidad para resaltar su común denominador contrainsurgente con el régimen. Como era habitual, el manifiesto de DAIA estaba previamente coordinado con la Embajada de Israel.
En el marco del esfuerzo conciliador entre el régimen militar y la comunidad judía organizada, el presidente Videla se presentó en el congreso anual de las comunidades judías.[114] Luego, el embajador Nirgad gestionó una autorización excepcional del rabinato supremo en Israel para que el rabino argentino Salomón Ben Hamou participara en la ceremonia de casamiento del hijo del presidente Videla, a pesar de que esta se realizaba en una iglesia.[115]
VI. CONCLUSIONES[Subir]
Ante las evidencias de una colaboración política sellada desde el arranque del régimen militar argentino en 1976, queda mucho más claro por qué Israel se abstuvo de críticas públicas al antisemitismo y a las violaciones a derechos humanos de aquel régimen. La pregunta que sí requiere análisis es por qué se estableció y cómo se mantuvo en el tiempo aquella alianza política, a pesar del antisemitismo, de la temprana conciencia israelí acerca de los horrores perpetrados y del sufrimiento palpable de familiares de desaparecidos en la comunidad judía en Argentina y en Israel y del compromiso a proteger a los judíos en otras partes del mundo asumido por la ideología sionista dominante en Israel.
Quienes explican la política israelí hacia la dictadura argentina sobre la base de consideraciones meramente pragmáticas, subrayan intereses tangibles: cortejar el voto argentino en foros internacionales, asegurar la hostilidad argentina hacia la OLP, garantizar la vida comunitaria judía y las actividades sionistas en Argentina y vender armas a un régimen militar envuelto en múltiples conflictos. Todas estas son consideraciones reales, pero insuficientes para explicar cómo la colaboración política de Israel con la dictadura argentina sorteó a lo largo del período altibajos y contradicciones causados por el caso Timerman,[116] por numerosas expresiones de antisemitismo, por la hostilidad de parte de la prensa israelí hacia el régimen argentino y por las desilusiones israelíes con posiciones argentinas en foros internacionales. La presente investigación fortalece la percepción inicial de Zohar y la tesis crítica de Senkman ante las versiones apologéticas de Barromi: las relaciones cordiales no sirvieron para rescatar a judíos perseguidos por razones políticas ni para acelerar la liberación y expulsión de presos. Tampoco fueron utilizadas a fondo para salvar desaparecidos o para dilucidar su suerte. La colaboración israelí con la Junta argentina en relaciones públicas, armamentos e inteligencia no tenía nada que ver con buenas intenciones hacia las víctimas. Las excepcionales intervenciones israelíes exitosas que rescataron a determinadosdetenidos desaparecidos, que particularmente interesaban a Israel por los riesgos implícitos en sus interrogatorios, confirman la regla.
Esta investigación revela que se trataba de una colaboración enmarcada en toda una concepción estratégica contrainsurgente compartida en el mundo de la Guerra Fría. Ambos Gobiernos se consideraban envueltos en una lucha existencial contra organizaciones armadas, conceptuadas como terroristas. Ante estas amenazas estaban decididos a luchar trascendiendo fronteras internacionales, superando limitaciones legales y buscando aliados políticos comprensivos en otros países. Ambos rechazaban la pretensión de entidades internacionales de derechos humanos de condicionar los métodos de lucha contrainsurgente. Las amenazas específicas que enfrentaban tenían peculiaridades distintas, pero eran percibidas como alimentadas por un enemigo global común (el comunismo), animadas por el radicalismo tercermundista y hermanadas en el «terrorismo internacional».
Ante la casi nunca disimulada cooperación israelí con regímenes represivos,[117] peca de inocencia la desilusión retrospectiva de israelíes liberales por el silencio cómplice de Israel ante el terrorismo de Estado argentino. Primero porque no era solo silencio, sino colaboración activa: venta de armas, adiestramiento en inteligencia y relaciones públicas. Segundo, porque conllevaba algo mucho más valioso y sutil: legitimidad simbólica que ayudó al régimen argentino a camuflar sus elementos antisemitas y pronazis, dándole en su primer año respetabilidad ante ciertos públicos occidentales.
En un breve lapso de la Guerra Fría en que Estados Unidos priorizó los derechos humanos y la Detente, Argentina e Israel (junto a Chile, Uruguay, Sudáfrica, Taiwan y Corea del Sur) convergieron en una especie de fracción beligerante del bloque occidental. A comienzos de los ochenta, reaccionando a la revolución sandinista en Nicaragua, Israel y Argentina se encontraron en la misma trinchera de cooperación contrainsurgente en América Central, apoyando y colaborando en campañas represivas de dictadores militares.[118] En 1981 ambos socios se realinearon en la renovada estrategia beligerante de EE. UU. bajo el nuevo presidente Ronald Reagan. Luego, con la ruptura de EE. UU. con Argentina debida a la invasión de las islas Malvinas (abril de 1982) y a pesar del notorio acercamiento argentino a los países no alineados, Israel continuó vendiendo armas a Argentina, eludiendo el embargo occidental.
El interés israelí por ayudar a perseguidos, detenidos y desaparecidos de origen judío fue importante pero nunca prioritario. Estaba sustentado en el principio de solidaridad étnica judía, principio fundamental en la ideología sionista, y era alimentado por las gestiones de familiares en Israel y por organizaciones judías en Estados Unidos. Fue suficientemente importante para que los funcionarios de la Agencia Judía organizaran una red de evacuación de perseguidos, que un líder político como Menahem Begin se sintiera altamente identificado con el esfuerzo y que la Embajada de Israel intercediera para liberar presos. La presente investigación demuestra que ese compromiso fue supeditado a la condición de no arruinar la colaboración estratégica con el régimen argentino.
Debido a su compromiso étnico, Israel consideraba seriamente el peligro del antisemitismo latente dentro del régimen argentino. Además, ante un régimen que vigilaba e investigaba a sus ciudadanos, había razones para temer la exposición de actividades ilegales propiciadas durante años por Israel en la comunidad judía argentina. Esto podría alimentar una peligrosa campaña antisemita. Esta condicionante táctica limitaba el margen de maniobra israelí y reforzaba la opción estratégica israelí de apoyar activamente a la Junta Militar argentina.
Resumiendo, Israel cultivó relaciones de colaboración con la dictadura argentina a la que percibió como aliada estratégica, superando las dudas e incomodidades provenientes del antisemitismo en sus aparatos represivos y de las denuncias sobre sus brutales métodos. No fue una política circunstancial. Era parte de la consolidación del posicionamiento internacional de Israel en los setenta: exportador de armas y técnicas contrainsurgentes, combatiente intransigente contra el radicalismo tercermundista y el denominado «terrorismo internacional», y como sostén de dictaduras de derecha en todo América Latina. Al abstenerse de críticas públicas a la dictadura argentina, Israel se distinguía de otros países del bloque occidental que, si bien le vendían armas, también expresaban serias inquietudes acerca de sus brutales métodos represivos. No en vano, altos oficiales argentinos repetidamente calificaban a los diplomáticos israelíes como excepcionalmente «comprensivos» respecto la lucha antisubversiva, aquello que hoy ampliamente se conoce como terrorismo de Estado.
Hasta ahora la historiografía que se centraba en desentrañar las causas de las contradicciones israelíes ante las victimas judías de la dictadura argentina y ante las evidencias de antisemitismo había desconsiderado la centralidad de la identificación y colaboración global entre ambos regímenes. De esta investigación se desprende que por encima de las consideraciones judías y sionistas (que crearon contradicciones y ambigüedades que he señalado), Israel priorizó la alianza con la dictadura argentina, considerando la lucha contrainsurgente en América Latina como una prolongación de la lucha que libraba en el Medio Oriente contra las organizaciones palestinas y los regímenes nacionalistas árabes considerados radicales.