e-ISSN: 1988-3056
MISCELÁNEA
Mario Pedrazuela Fuentes
Universidad Rey Juan Carlos ✉ 
Recibido el 6 de abril 2024 • Aceptado 11 de noviembre de 2024 |
ES Resumen. En este artículo se presenta una muestra de los primeros suplementos literarios publicados en la prensa española en las últimas décadas del siglo XIX. Su aparición se produjo en un momento de modernización de la prensa en España debida a las innovaciones técnicas, pero también a la aparición de una clase social burguesa acomodada con tiempo para el entretenimiento, así como de un esfuerzo por parte del Estado liberal para generalizar la educación. Todo ello hizo que la prensa se convirtiera en un elemento fundamental para crear opinión, pero también de entretenimiento. De ahí que los periódicos se fijasen en la literatura y le dieran espacio en sus páginas pues era una de las fuentes principales de entretenimiento de la época. La aparición de estos suplementos literarios fomentó la crítica literaria convirtiéndose en prescriptores de lo que los lectores debían o no leer.
Palabras clave: siglo XIX, prensa, periodismo, literatura, crítica literaria, suplementos literarios.
ENG The first literary supplements in the Spanish press
Abstract. This article attempts to reconstruct the first literary supplements published in the Spanish press in the last decades of the 19th century. The appearance of these first supplements came at a time of modernization of the press in Spain. This modernization was due to technical innovations, but also to the emergence of an affluent bourgeois social class with time for entertainment, as well as an effort by the liberal State to generalize education. All this meant that the press became a fundamental element for creating opinion, but also for entertainment. That is why newspapers paid attention to literature and gave it space in their pages, as it was one of the main sources of entertainment at the time. The appearance of these literary supplements encouraged literary criticism, becoming prescribers of what readers should or should not read.
Keywords: 19th century, press, journalism, literature, literary criticism, literary supplements.
Sumario: 1. Introducción. 2. La prensa española en el siglo XIX. 3. La modernización de la prensa. 4. La crítica literaria. 5. Los suplementos literarios. 6. Bibliografía.
Cómo citar: Pedrazuela Fuentes, M. (2025). Los primeros suplementos literarios en la prensa española. Historia y Comunicación Social 30(1), 137-149.
En las últimas décadas ha crecido el interés de periodistas y académicos por estudiar las relaciones entre periodismo y literatura, una tendencia que se hizo más patente a partir de los años setenta del siglo XX, cuando el periodismo narrativo anglosajón surgió como un género maduro que irradió sus influencias en el mundo hispanohablante. Los primeros ensayos en abordar las relaciones entre ambas disciplinas fueron los de Acosta Montoro (Montoro, 1973) y de Aguilera Perelló (Aguilera, 1992). Uno de los trabajos más consistente e innovador en la sistematización de estos estudios fue el de Albert Chillón (Chillón, 1992); también el de María del Pilar Palomo (Palomo. 1997). Con la creación de las facultades de Periodismo en los años setenta se incorporó a los planes de estudio una asignatura que estudiaba las estrechas relaciones que el periodismo ha mantenido con la literatura desde sus inicios. Por otra parte, periodistas y escritores de todo el mundo han empezado a enseñarlo en universidades y centros de formación, creándose grupos de investigación, talleres, seminarios, encuentros, cursos de máster y doctorado, lo que está provocando un enriquecimiento en las reflexiones acerca del periodismo narrativo, generándose así una interesante producción académica en nuestra lengua. La mirada y el trabajo de los investigadores resultan indispensables para dotar de solidez, rigor y una adecuada sistematización al estudio y difusión del periodismo literario.
A pesar de estos avances, los vínculos entre la literatura y el periodismo ofrecen diversos campos de investigación que el mundo académico todavía no ha explorado y que profundizar en ellos nos pueden ayudar a comprender cómo literatura y periodismo están mucho más unidos de lo que la actualidad se pueda pensar. De todos los temas que propone la relación existente entre estas dos materias nos vamos a detener en uno que entendemos no ha sido muy estudiado y que nos permite conocer con mucho más detenimiento los vínculos tan estrechos que existían y existen entre ellas. Nos referimos a la aparición de los primeros suplementos literarios en los diarios españoles de la época de finales del siglo XIX y principios del XX. Desde los orígenes de la prensa periódica, la literatura había ocupado un lugar importante en sus páginas en las que aparecían novelas folletinescas, poemas, críticas teatrales, cuentos, etc., pero va a ser en las últimas décadas del siglo XIX cuando van a surgir en estos diarios un espacio fijo, compuesto en algunos casos de varias páginas, dedicado exclusivamente a temas literarios. La literatura en sí y la información que generaba se convirtió en un tema relevante para los lectores y los grandes periódicos de la época decidieron dedicarle un espacio semanal.
Aunque el estudio de los primeros suplementos literarios no ha despertado demasiado interés en el mundo académico, sí hay que reconocer la estupenda labor realizada por el profesor Cecilio Alonso en su recuperación. Muy conocido es su monumental trabajo Índices de Los Lunes de El Imparcial (Alonso, 2006) publicado en dos tomos y que mereció el premio de Bibliografía de la Biblioteca Nacional. En otros trabajos ha abordado el suplemento del periódico El Globo (Alonso, 2014) y también dedica unas páginas a los suplementos literarios de esta época, en el tomo 5 de la historia de la literatura española de la editorial Crítica titulado Hacia una literatura nacional 1800-1900 (Alonso, 2010).
Aunque la publicación de periódicos venía de siglos atrás, fue a partir de XIX cuando el periodismo se asentó en las sociedades modernas. Fundamental para que esto sucediera fue la expansión de un sistema educativo obligatorio y gratuito fomentado por los estados liberales y de derecho que se estaban creando en Europa en los siglos XVIII y XIX. En España la obligatoriedad de la segunda enseñanza se implantó en 1845 con la creación de institutos públicos en las diferentes ciudades para que los adolescentes se formaran realizando el bachillerato. Su instalación supuso que se redujera el número de analfabetos y que la población con capacidad para leer y escribir creciera de forma considerable. La educación, además de suponer el vehículo ideal para transmitir los nuevos valores en los que se estaban construyendo los estados liberales industrializados y urbanitas, permitió, dentro de esa labor de adaptación a las nuevas circunstancias sociales y laborales, un incremento de lectores a los que resultaba fácil llegar a través de la prensa.
Este aumento de lectores fue una de las causas que hicieron de la prensa un medio para crear opinión pública y de ello se aprovechaban las diferentes ideologías políticas que surgieron a lo largo del siglo para ganar adeptos a sus ideas. Esto provocaba que los periódicos no fueran proyectos empresariales que buscaran beneficios económicos, sino que estaban al servicio de partidos políticos que los usaban para lograr mayor número de adeptos. Tal vez fuera esta la razón del crecimiento tan espectacular que a lo largo del siglo tuvo el periodismo. Aunque también hubo razones de otra índole como las novedades tecnológicas. La revolución industrial trajo cambios en todos los ámbitos de la vida que también afectaron a la prensa. Estos avances permitieron el desarrollo de los diarios y la aparición de las revistas. Por un lado, el aumento del papel hizo que pudiera crecer el número de páginas, por otro, las innovaciones que se estaban realizando en el mundo de la imprenta con la aparición de nuevas máquinas más rápidas y eficaces abarataron mucho los costes de producción además de introducir novedades tipografías que permitían jugar en las publicaciones con diferentes tipos de letras haciendo más atractivas su lectura. Pero tal vez la gran innovación fue la inclusión de forma generalizada de imágenes a través de grabados, litografías, ilustraciones, y ya al final del siglo la irrupción de la fotografía. Su aparición resultó fundamental para el asentamiento de las revistas que recurrían a todo este tipo de imágenes para acompañar a las noticias como un reclamo para atraer al lector. En estos años de la segunda mitad del siglo se generalizaron los Álbumes y Universales, revistas semanales o mensuales de información general que utilizaban la imagen como gran atractivo, además de las revistas especializadas.
Con el crecimiento de lectores también se incrementó el de escritores, es decir, el de personas que escribían en periódicos. A mediados del siglo XIX el escritor se consolidó como figura relevante dentro de la prensa principalmente gracias a la publicación de novelas por entregas, de cuentos, de poemas, de las primeras crónicas, etc. que les permitía obtener unos ingresos con los que vivir, alcanzar cierta fama y poder dedicarse a la actividad literaria. Muchos hombres y mujeres de letras del siglo XIX español comenzaron su andadura en el mundo literario en las redacciones de periódicos, consolidando de alguna manera la labor periodística. Forman parte de ese catálogo de periodistas nombres tan reconocidos como Benito Pérez Galdós, Gustavo Adolfo Bécquer, Leopoldo Alas, Clarín, Pedro Antonio de Alarcón, José Zorrilla, Emilia Pardo Bazán, Núñez de Arce, Palacio Valdés, Pereda, Emilio Bobadilla, José Nogales, Mariano de Cavia, Eduardo Palacio o Isidoro Fernández Flórez, primer periodista que ingresó en la Real Academia Española con un discurso de ingreso titulado “Literatura de la prensa”, y otros con menos relumbrón para la historia de la literatura. Muchos de ellos llegaban a Madrid en busca de la gloria literaria. Para lograrla el paso previo era escribir en un periódico, allí se curtían en la escritura, al tiempo que conseguían cierto nombre y un sueldo con el que poder vivir hasta que les llegara el éxito con alguna novela u obra de teatro.
En las últimas décadas del siglo XIX, cuando la situación política del país se tranquilizó tras el Sexenio Democrático y la última guerra carlista, se inició un cambio en la forma de gestión de la prensa española que se asentaría en las primeras décadas del siglo XX. Los periódicos empezaron a apartarse de los partidos políticos y se fundaron grupos empresariales que buscaban gestionarse por sus propios medios logrando así su independencia política. Un factor importante para que el nuevo modelo funcionara fue la inclusión de la publicidad, todavía algo imberbe, pero que empezaba a ser un recurso económico importante para los dueños de los diarios. Las últimas páginas de los periódicos comenzaron a llenarse de anuncios de todo tipo que redundaban en unos ingresos extras que se sumaban a los de las suscripciones y ventas de ejemplares. Otro factor importante de esta transformación fue convertir al periódico en un objeto que además de informar al lector lo entretuviera. Había un público cansado de leer siempre temas políticos en los diarios, porque, como confesaba José Castro y Serrano, “la política como único material de los periódicos perturba la inteligencia de los que leen y seca el entendimiento de los que escriben, con su pasión constante, desordena el buen juicio de la multitud” (Castro y Serrano, 1874).
Esa función de entretenimiento era la que venía realizando la literatura dentro del periodismo decimonónico. Las novelas por entregas, los poemas, los cuentos que se intercalaban con las noticias, además de atraer a lectores que se quedaban enganchados con el capítulo anterior de los folletines, les servía para sacarles de la vorágine de sucesos y acontecimientos del día y encontrar un respiro en el periódico para leer algo más ligero y entretenido.
Este cambio lo podían hacer los empresarios del mundo de la prensa porque se había asentado en la segunda mitad del siglo XIX una burguesía capitalista que disponía de dinero y de tiempo. Con los cambios llegados al calor de la revolución industrial se habían extendido las fábricas e industrias por las ciudades dirigidas por un grupo de empresarios pertenecientes a las clases más elevadas de las que obtenían grandes beneficios que después invertían en la construcción de palacetes por los mejores barrios de la ciudad. De tal manera que esta nueva clase social, adinerada y con tiempo libre, necesitaba entretenimiento que lo encontraba en el teatro, la ópera, las tertulias y en la lectura de los periódicos. Los hombres pasaban los días revisando sus negocios, visitaban el casino a leer la prensa y participar en tertulias y acudían al teatro de vez en cuando; sin embargo, la mujer estaba en casa cuidando de los hijos y encargándose de la organización del hogar. Disfrutaba de mucho tiempo libre que le ayudaba a llevarlo mejor la lectura de diarios y revistas, en especial de las novelas folletinescas, cuentos o cualquier tema relacionado con la literatura. Al fin y al cabo, esta burguesía utilizó la prensa para implantar el modelo social que a ellos les interesaba.
Aunque en el siglo XIX la literatura había dejado de tener la consideración tan amplia que tenía en el XVIII en el que cabía cualquier tipo de escrito, poseía todavía un estigma de algo ligero, que carecía de seriedad y rigor. Se veía como un mero entretenimiento dirigido principalmente al consumo de las mujeres. Se consideraba a la literatura como un ejercicio de retórica que era necesario aprender si se quería dominar el discurso y por tanto acceder a puestos respetables en la sociedad como abogado, político, eclesiástico, etc., a partir de modelos de la literatura grecolatina que era la única a la que se otorgaba verdadero valor. Carecía entonces de la concepción de obra de arte, con capacidad crítica para ver la realidad en la que se habitaba y que fue adquiriendo con el paso de los años a medida que el Realismo y el Naturalismo se fueron asentando como modelos literarios. De forma lenta, la literatura fue ganando relevancia en el mundo educativo, su enseñanza ayudaba a fomentar en el alumno su carácter artístico, así como su capacidad para desarrollar la imaginación, al tiempo que se descubría cómo a través de ella se podía llegar a conocerse mejor a sí mismo y la sociedad en la que se encontraba.
Pero hasta que esto sucedió, la mujer, a la que se consideraba ángel del hogar que consolaba y acompañaba a toda la familia, figura sensible y delicada que necesitaba el amparo de un varón, fuera padre o marido, era la que consumía realmente la literatura. Esa mujer burguesa, que vivía en la ciudad, se la educaba desde pequeña mediante tutores para que tuviera un buen matrimonio, ser buena ama de casa, cuidar de la familia, educar a los hijos, organizar fiestas y tertulias, etc. Su mayor entretenimiento era la costura, la música, el teatro y la lectura de las novelas, muchas de ellas las folletinescas que se publicaban en la prensa. Un ejemplo de este tipo de mujer lo podemos encontrar en Madama Bovary o La Regenta, mujeres que se sentían insatisfechas y buscaban nuevas emociones que las sacasen de la apatía en la que vivían. La necesidad de mejorar la educación de la mujer se abrió paso a lo largo de la centuria. Esta marcha general hacia lo que en el siglo se denominó regeneración de la mujer, implicaba grandes transformaciones sociales, entre ellas la incorporación femenina al mundo educativo y con ello a la lectura de forma generalizada. Pero la sociedad burguesa temía que determinadas lecturas pudieran desviar a la mujer de su “natural” misión doméstica y familiar, de ahí que se promoviesen una cuidadosa selección de la obras que podían leer de tal manera que fueran lecturas “tutelada”. Los periódicos y las revistas que se podrían considerar más generalistas ofrecían este tipo de textos que la sociedad de la época consideraba adecuadas para las mujeres, frente a aquellas otras publicaciones que empezaron a surgir a mediados del siglo XIX en las que reivindicaban los derechos de la mujer frente a los del hombre y que suponían romper el statu quo social existente.
En estas mujeres encontraron los periódicos y revistas un público al que dirigirse y para ellas en cierta medida estaban pensados estos primeros suplementos literarios; en ellos se recogían los contenidos que les podía interesar fuera de los aburridos temas políticos. Llegar al público femenino suponía un incremento considerable de ventas y los dueños de los diarios eran conscientes de que tenían que abrir sus periódicos al mayor número de lectores. Como reconocía el médico y periodista José Castro y Serrano en el primer número de Los Lunes de El Imparcial: “El periódico no ha sido periódico hasta que se ha introducido en el seno de las familias, esto es, hasta que, como alfombras y como criados, ha habido también en las casas papeles públicos. Desde ese momento el periódico extendió sus horizontes y modificó las formas de su existencia” (Castro y Serrano, 1874).
Estas fueron las razones por las que algunos empresarios del mundo de la prensa decidieron agrupar el contenido literario en una serie de hojas, incluidas dentro del diario, que tendrían un nombre diferente al del periódico, con su propia cabecera y que se publicarían de forma regular una vez a la semana. En esas hojas se recogían las reseñas de libros y de obras de teatro, cuentos, poemas, fragmentos de obras teatrales, novelas por entregas, artículos sobre algún tema literario o cultural, etc.
Los orígenes de la prensa están muy unidos a la literatura, de ahí que la eclosión periodística, en la segunda mitad del siglo XIX, resultó un factor fundamental para el surgimiento de la crítica literaria. Si en los años del Romanticismo había sido la crítica teatral la que más abundaba en los periódicos, con la figura de Larra como gran juzgador del teatro de su época, la llegada del Realismo y con él el de la novela como el género destacado hizo que la crítica literaria de los periódicos fijara su atención en ellas.
En esos años centrales del siglo, se estaba gestando un cambio en el concepto de la literatura. Este cambio se empezó a generar sobre todo en el mundo de la enseñanza, en el que se aplicaban las nuevas corrientes científicas para el estudio de la lengua y literatura. Hasta entonces las clases de esta materia se basaban en el estudio de las lenguas muertas, el griego y el latín, con la lectura de las grandes obras escritas en esas lenguas, que se habían convertido en modelos para transmitir a los estudiantes los valores en los que estaba construida la sociedad de aquel momento, y en la memorización de los recursos retóricos y poéticos para construir discursos perfectos, pues quien supiera expresarse de forma convincente y atractiva tenía abiertas las puertas para triunfar en la sociedad decimonónica. Pero de forma paulatina se va asociando la literatura a otros valores más propios de las artes. Se empieza a valorar su belleza, su capacidad para despertar sentimientos en los lectores, para adquirir una capacidad crítica ante uno mismo y la sociedad en la que convive.
Este cambio viene dado por esa nueva corriente que propone analizar la literatura a partir de presupuestos diferentes a como se venían haciendo. Se empieza a valorar su estudio a partir de presupuestos histórico-críticos en los que se tiene en cuenta aspectos de la vida de los autores y la influencia que tuvieron en la creación de sus obras, pero también se proponían interpretaciones de las obras a partir de un modelo historicista. Son varios los manuales e historias de la literatura que empiezan a publicarse siguiendo estos parámetros de estudio. Junto a esta vertiente histórico-crítica surgió la estética como asignatura en muchos planes de estudio. Gracias a ella el alumno aprendía la teoría de lo bello, basada en la realidad, pero también en la idealidad, es decir, en el sensualismo y en el idealismo. A partir de aquí, se empieza a descubrir que la literatura, como arte que es, su función es agradar la sensibilidad y satisfacer la razón y para ello se basaba en las dos reglas en las que se fundamentaba el arte como eran la variedad y la utilidad. Tal vez este cambio en la enseñanza de la literatura y de otras artes en la segunda mitad del siglo XIX fue la semilla para que en décadas posteriores germinaran distintas generaciones de artista e intelectuales de diferentes ramas artísticas: literatura, pintura, escultura, música (Pedrazuela, 2021). Leopoldo Alas Clarín, al rememorar las clases de Literatura de Francisco de Paula Canalejas, uno de los primeros profesores en aplicar estos criterios en el estudio de la obra literaria, le agradecía:
el haber destruido en mi inteligencia tantas preocupaciones relativas a la retórica y al arte bello. A él le debo el primer paso en la revolución de mi pensamiento: destruido el dogma de la retórica, la piqueta amenazaba ya el edificio levantado sobre el aire por aquellos autores que el señor obispo me había presentado como oráculos de la filosofía. Cayó la indigesta casuística de las figuras retóricas, símbolo de otras figuras y de otras imágenes idolátricas que también habían de caer con más estruendo y más pesar mío. (Clarín, 1972: 171)
Este cambio que se estaba produciendo en los jóvenes a la hora de entender la literatura y de valorarla empieza a percibirse en la crítica. Hasta entonces la crítica literaria que ejercían autores como Marcelino Menéndez Pelayo o Emilio Castelar se basaba en postulados tradicionalistas o académicos, de carácter científico, que se hacía en revistas especializadas dedicadas a la literatura o las artes. Con el tiempo este tipo de valoraciones fue cambiando hacia otras de tipo más subjetivo, donde el gusto y la capacidad de análisis van a tener una mayor relevancia a la hora de enjuiciar una obra, fijándose sobre todo en sus aspectos creativos y artísticos. Un ejemplo de este cambio fue el krausista Manuel de la Revilla que publicaba en la Revista Contemporánea una sección llamada “Revista crítica”, en la que se proponía:
dar cuenta sumaria, pero exacta y razonada, de las principales manifestaciones de la vida intelectual de España, ya examinando los libros más importantes que se publiquen, ora reseñando los debates y trabajos de todo género de las Academias y Ateneos, ya, en fin, dando idea de las producciones que aparezcan en nuestros teatros, es el objeto de estas revistas críticas, que han de ser, según esto, una sumaria, pero fidelísima crónica del movimiento intelectual de España […] Pero lo que entre nosotros prepondera es la bella literatura, y justo es decir que si no atraviesa hoy uno de sus más prósperos períodos, tampoco se halla en grave decadencia. Un importante fenómeno se obra en ella, y es el desarrollo progresivo de la novela, género hasta el presente muy descuidado y abatido entre nosotros. En la actualidad contamos con novelistas que pueden sostener dignamente la competencia con los extranjeros, siendo de notar que ninguno de ellos imita los extravíos de los franceses, ni se complace en narrar inverosímiles aventuras ó sostener perniciosas teorías (Revilla, 1875: 121).
En esta sección, Revilla fijó su atención en la reseña de la novela emergente en aquellos años. Este cambio en la tendencia de la crítica lo continuaron Leopoldo Alas, Clarín, cuyos juicios literarios en diferentes revistas y diarios eran temidos por los autores de la época, y Eduardo Gómez Baquero, Andrenio, desde las páginas de La Época; ellos se convirtieron en los grandes críticos literarios de la época finisecular.
Este crecimiento de la crítica en los periódicos tal vez fuera una de las razones por las que los propietarios se animaron a reunir en unas páginas y en un día concreto toda la información referente al mundo literario y cultural, que hasta entonces se venía publicando en revistas de carácter general, como los álbumes o los universales, o en las dedicadas a temas literarios o artísticos. Cada periódico tenía sus críticos que se hacían eco de las novedades literarias del momento emitiendo juicios de valor sobre ellas. Estos críticos eran conscientes de que con sus reseñas estaban creando una opinión pública y sus escritos eran tenidos en cuenta por los lectores a la hora de leer o no determinadas obras. En una época en la que se estaba produciendo un crecimiento de la industria editorial que basaba parte de sus beneficios en la publicación de obras literarias, sobre todo novelas, lo que favoreció la aparición de un grupo de novelistas que se proponían vivir de la escritura, estos preceptores literarios o culturales resultaron fundamentales para lograr un mayor número de ventas de ejemplares y de esta forma favorecer la carrera artística de algunos novelistas, o, por el contrario, hundirla con una mala crítica.
Uno de ellos, aunque durante poco tiempo, fue Gustavo Adolfo Bécquer, que, como gran periodista —dirigió un periódico El Contemporáneo y una revista La Ilustración de Madrid—, conocía el poder que la crítica literaria había logrado gracias a la prensa. En 1859 comenzó a escribir crítica literaria en La Época, periódico conservador que en aquellos años se había convertido en el órgano de la Unión Liberal. En su primer artículo, titulado “Crítica literaria” publicado el 23 de agosto de 1859 hizo una reflexión acerca de cómo veía “el espinoso sendero de la crítica”. El poeta y periodista sevillano consideraba a la crítica como
paladín del buen gusto, emblema de la verdad y la justicia, símbolo popular de la filosofía, venerable código de axiomas literarios que la observación y la experiencia de los siglos que han dejado de existir nos legaron por herencia al desaparecer, la Crítica, una, inmutable, inflexible como la razón de donde dimana, debe expresarse con un lenguaje severo y digno del sacerdocio que ejerce (Bécquer, 1859).
Entendía que la crítica debía estar guiada por la verdad y la justicia, basada en el conocimiento de las obras existente en épocas anteriores y en los valores literarios y filosóficos. También era conocedor del poder que el crítico tenía para relanzar o acabar con la carrera de un literato, pues disponía de un medio, la prensa, que ya entonces llegaba a muchos lectores, lo que le otorgaba cierto poder para encumbrar o no la carrera de determinados escritores:
Estamos en la convicción de que el crítico, al dirigirse a una obra determinada, se dirige por el más público, por el más temible de los medios, por el medio de la prensa, a una personalidad, razón por la cual sus palabras deben ser comedidas y corteses, razón por la que, así como reprobamos en el teatro los silbidos y las demostraciones indecorosas, reprobamos en el folletín la irrisión y la burla (Bécquer, 1859).
En Bécquer se unía el periodista, en este caso crítico, y el creador, por eso a la hora de hacer sus valoraciones tendría en cuenta, según recogía en este primer artículo, el “sufrimiento de las santas horas de trabajo y vigilia del escritor”, por lo que a la hora de emitir sus juicios se proponía tener en cuenta “la ansiedad, la esperanza y la buena fe con que el artista vierte su inspiración ante el servir tribunal del público, y aguarda su fallo”. Para él, la misión del crítico no era la de desprestigiar la labor del escritor, sino que había que tener presente el trabajo que había detrás de la creación de una obra, y lo desvalido que se encontraba cuando lanzaba al público una creación recibiendo en muchos casos “por toda lección un sarcasmo, por todo consuelo una carcajada” (Bécquer, 1859). Gustavo Adolfo conocía a la perfección ese sufrimiento como escritor que llegó a Madrid desde Sevilla en busca de una gloria literaria que le costó mucho conseguir.
Esta presentación de Bécquer como crítico literario fue bien recibida por la prensa. En una nota aparecida en La Iberia el día siguiente de que saliera el texto del autor sevillano, se hacían eco del “excelente artículo suscrito por el señor Adolfo Bécquer, por la manera digna y razonada con que inaugura sus trabajos”, y le auguraban un gran éxito en su faceta de crítico “si continúa ejerciendo el alto sacerdocio a que con entera fe se consagra, de modo que ha hecho en el artículo a que nos referimos”. El autor de esta reseña se había quedado cautivado por el “fondo de elevación y de una lógica” que contenía la propuesta de Bécquer como crítico.1
Los primeros suplementos literarios aparecen en la prensa española en el último tercio del siglo XIX. Esto se debe a dos razones. Por un lado, esas últimas décadas del siglo fue cuando la prensa en España inició un proceso de modernización que supuso que, entre las funciones del diario, además de la de informar también estaba la de entretener. Tras los acontecimientos políticos vividos con la revolución de la Gloriosa, el reinado de Amadeo de Saboya y la proclamación de la Primera República en el conocido Sexenio Democrático, la prensa se fue alejando de su identificación con las diferentes posiciones políticas y comienzan a fijarse en aspectos de negocio y comerciales para convertirse en empresa rentables y atractivas. De ahí que junto con la información buscaran también el entretenimiento para atraer al mayor número de lectores. Los suplementos literarios hicieron que el periódico resultara más atractivo para el público y encontrara en sus páginas información que hasta entonces no disponía. Sin embargo, hay que reconocer que durante la crisis política vivida por el país en el año 98 debido a las guerras en Cuba y Filipinas y a la muerte de Cánovas, muchos de estos periódicos redujeron el número de páginas dedicadas al ámbito cultural o incluso hubo casos en los que estos suplementos desaparecieron para dar mayor cabida a la información de tipo político. La segunda causa es que en 1874 aparece el primer suplemento literario en un diario “Los Lunes de El Imparcial”. Su creación, a partir de la idea de Isidoro Fernández Flórez, va a hacer que el resto de los periódicos comiencen a dedicar unas páginas específicas y en un día concreto a la literatura. El éxito que tuvo en poco tiempo hizo que otros periódicos lo imitaran creando sus propios suplementos.
A partir de la aparición de “Los Lunes de El Imparcial”, otros periódicos comenzaron a publicar en la década de los setenta suplementos dedicados a la información de tipo literario, cultural o científico. Estos periódicos dedicaban un día a la semana, solía ser los lunes, tal vez porque era cuando menos noticias había tras el fin se semana. Ese día, de las cuatro páginas sabaneras de que constaba un periódico de esta época, de cinco columnas cada una, dos —o en algunos casos una— las dedicaban a las noticias literarias. Estas hojas solían llevar un encabezado distinto al del resto del periódico en el que destacaba el nombre que se había dado al suplemento
Teniendo en cuenta estos criterios, y a partir de las investigaciones realizadas gracias a la Hemeroteca Digital de la BNE, el corpus queda fijado por los siguientes diarios y suplementos que, creemos, su análisis y estudio nos puede ofrecer un panorama de cómo era la prensa literaria de aquella época: El Imparcial (1867), “Los Lunes de El Imparcial”; El Liberal (1879), “Los Lunes de El Liberal” y “Entre páginas”; La Correspondencia Española (1859), «Suplemento Semanal de Ciencias, Literatura y Artes”; La Época (1849), “Hoja Literaria de los Lunes”; El Día (1880), “Suplemento Literario”; El Globo (1875), “La Plana del Lunes”; El País (1887), “Hoja Literaria”.
El primer empresario en crear este modelo de prensa literaria fue Eduardo Ortega y Artime, propietario de El Imparcial, con la fundación en 1874 de “Los Lunes de El Imparcial”. El dueño se lo encargó a Isidoro Fernández Flórez, más conocido como Fernanflor. El primer número apareció el 27 de abril de 1874 con un artículo firmado por José Castro y Serrano. En él, el periodista habla de lo necesario que son este tipo de suplementos para el periodismo de la época, por la necesidad que tienen los lectores de encontrar en los periódicos espacios libres de disputas políticas, donde poder despreocuparse de la situación del país e informarse de los avances que se producen en el mundo cultural y científico:
Hay, en efecto, una España muy numerosa ciertamente, para quien la política es un asunto si no despreciable por lo menos cansado; una España que por entre las columnas de los periódicos desea encontrar siempre el movimiento de la cultura actual, desnudo de preocupaciones de escuela y libre de la implacable tiranía de los partidos; una España que quiere saber en breve rato lo que acontece en el mundo de todas las cosas, sin llevar preconcebida la razón que ha de darse a los acontecimientos; una España, en fin, ávida de instrucción y de discreta lectura, quien si se satisfacen sus deseos sabrá recompensar largamente la obra con adhesiones sinceras y unánimes aplausos. Para ella, pues, se destina esta porción del presente periódico, según nos manifiesta el ilustrado jefe de El Imparcial, nuestro amigo, al hacernos la honra de elegimos para encabezar las escogidas páginas de su semanario (Castro y Serrano, 1874).
El suplemento literario de El Imparcial, hasta 1933, año en que dejó de publicarse, fue el más relevante de todos. Aquel escritor que conseguía que su libro apareciera en sus páginas conseguía un prestigio y una gran notoriedad literaria. Aunque creado por Fernández Flórez que lo dirigió hasta 1879 (en ese año se salió del El Imparcial y fundó un nuevo periódico El Liberal), tras su salida, Ortega y Artime entregó la dirección a su futuro yerno, José Ortega Munilla, padre del filósofo José Ortega y Gasset, que lo dirigió entre 1879 y 1906. Fue Ortega Munilla quien dotó a “Los Lunes” de un enorme prestigio. Por esos años, que fue cuando Pío Baroja comenzaba su carrera literaria, que apareciera en el suplemento una reseña de un libro suyo suponía un gran espaldarazo para consagrase como novelista:
Por entonces escribía yo en la hoja de los lunes de El Imparcial, que era para los escritores que comenzaban como yo una pequeña consagración periodística. Los lunes de El Imparcial era el suplemento literario que insertaba cuentos, críticas y artículos, en el que colaboraban los escritores más conocidos de la época. El aparecer en los Lunes era algo como sentar plaza de literato, al que ya se le podía tener en cuanta o cultivar el nombre adquirido y la fama ya reconocida” (Baroja, 1982: 290).
Además de Baroja, la lista de colaboradores es interminable y en ella se encuentran los grandes intelectuales del momento como Emilia Pardo Bazán, Leopoldo Alas Clarín, Ramón de Campoamor, Manuel Palacio, Miguel de Unamuno, Jacinto Benavente, José Martínez Ruiz (Azorín), Manuel Bueno, Ramón Pérez de Ayala, Pío Baroja, Ramiro de Maeztu, etc. En sus páginas Juan Valera publicó por entregas Juanita la larga y José Zorrilla sus memorias Recuerdos del tiempo viejo. Tenía algunas secciones fijas como las apostillas al Nuevo Diccionario de Antonio de Valbuena, las “Cartas americanas” de Juan Valera, y la crítica literaria de Clarín en “Revista literaria”, entre otras. Además, publicaban traducciones de los autores internacionales más relevantes, entre los que se encontraban Tolstoi o Nietzsche. El 14 de marzo de 1904 apareció en “Los Lunes de El Imparcial” el primer artículo de José Ortega y Gasset en el periódico de su familia con el título de “El poeta del misterio” (Sánchez Illán, 1996).

Primer número de Los Lunes de El Imparcial 27 se abril de 1874
En 1879, Fernanflor, tras una discusión con el dueño de El Imparcial, Eduardo Gasset y Artime, que por esa época también era ministro de Ultramar, debido a su defensa de la esclavitud en Puerto Rico, decidió abandonar el periódico llevándose consigo a gran parte de la redacción con los que fundó El Liberal, diario de tendencia republicana. Una innovación particular de esta publicación fue la inclusión de anuncios por palabras, uno de los motivos de su éxito instantáneo. Fernández Flórez, que fue su mayor accionista y fundador, intentó al poco de su aparición, el 2 de junio de 1879, emular al suplemento de su adversario creando y dirigiendo “Los lunes de El Liberal”.
Unos meses después, ya en 18802, “Los Lunes de El Liberal” se transforma en el suplemento “Entre páginas”, que aparecía los jueves y domingos, dedicado a noticias culturales y científicas. Fernández Flórez siguió en la dirección del suplemento y publicó artículos literarios y crítica de libros, aunque ya empezaba a sobresalir la pluma de Miguel Moya, que asumió la dirección del diario a partir de 1890. Además de contar con la colaboración de autores consagrados como Juan Valera y de apostar por la narrativa breve y las traducciones, este suplemento acogió un prestigioso concurso de cuentos desde 1900, de cuyo jurado formaron parte personajes como el premio Nobel José Echegaray (Alonso, 2010).

Ejemplar de Los Lunes de El Liberal del 11 de agosto de 1879

Entre Páginas de El Liberal, 25 de abril de 1880.
La Correspondencia de España fue uno de los periódicos más longevos de la prensa española; se publicó durante 65 años, entre 1859 y 1925. En todos estos años se financió principalmente por la publicidad mediante pequeños anuncios que se recogían en la última página. Se trataba de un periódico noticiero, de precio reducido y neutralidad ideológica que se voceaba por las calles de Madrid. Este diario fue un ejemplo de cómo las novedades tecnológicas facilitaron el acercamiento de las noticias que sucedían en el mundo gracias la red telegráfica, al ferrocarril y la contratación de agencias de prensa, de ahí el carácter noticiero que tenía el periódico. Su fundación se debió a Manuel María Santa Ana que comenzó su publicación de una manera familiar con La Carta Autógrafa en 1848 en el que daba cuenta de noticias que recogía de los centros de interés de Madrid y que su esposa copiaba a mano para después reproducirlos en una imprenta litográfica manual. En los siguientes años la publicación evolucionó hasta que en 1859 pasó a denominarse La Correspondencia de España (Reina, 2016).
Rafael Cansinos Assens entró a trabajar en La Correspondencia de España en el verano de 1906 parar traducir aquellas noticias del Daily Telegraph que pudieran publicarse en el periódico. No resultó fácil para el escritor sevillano decantarse por el trabajo de periodista pues suponía asumir el fracaso como hombre dedicado a las letras. Sus dudas eran las de muchos aspirantes a escritor a los que no les quedaba más remido que dedicarse al periodismo para poder sobrevivir:
Llevo una carta del director de La Correspondencia en el bolsillo, como una amonestación y un remordimiento, y trato de olvidarla… ¡El periodismo!… ¡Pero ese es el fracaso para un literato! Yo no quiero ser periodista, quiero ser literato… […] Y, además, se acabaría mi vida libre, arbitraria, mis noches de locura… Sería esclavo de la noticia, tendría que correr tras ella como un perro… ¡No! Siempre libre, con todo el tiempo mío, aunque solo sea para soñar (Cansinos Assens, 1996, 236-237).
No hay muchas noticias sobre su suplemento literario llamado «Suplemento Semanal de Ciencias, Literatura y Artes». El primer número apareció el 2 de noviembre de 1890 y llevaba en la primera página un artículo de Clarín titulado “La evolución de la crítica”. El suplemento constaba de cuatro páginas, y en ellas aparecían poemas, muchas veces de propio director del periódico, Santa Ana, y noticas culturales y científicas que llegaban desde Londres, París, Viena o Roma. Se publicaba los domingos dos veces al mes. El suplemento duró muy poco, apenas seis meses, pues el 30 de abril de 1891 salió el último número, que hacía el 27. Los últimos ejemplares habían reducido el número de páginas de cuatro a dos.

Primer número del Suplemento de Ciencias, Literatura y Artes de La Correspondencia de España, 2 de noviembre de 1890
La Época fue otro de las grandes cabeceras españolas del siglo XIX. Fundado en 1849 por Diego Coello y Quesada se mantuvo hasta la guerra civil. Fue un periódico conservador y monárquico. La Época comenzó publicando los lunes un suplemento llamado “La Época Científica, Literaria, Financiera, Industrial y Mercantil” que duró hasta el 12 de julio de 1880. En él las noticias y creaciones literarias se mezclaban con otras de materias que no tenía que ver con lo exclusivamente cultural. Constaba de dos hojas que se publicaban semanalmente.
A partir del lunes 19 de julio de 1880 apareció “La Hoja Literaria de los Lunes”, centrada únicamente en temas literarios y culturales. La estructura del suplemento era muy similar al anterior; se publicada cada lunes y constaba de dos hojas de cinco columnas cada una. Se iniciaba con la cabecera que lo distinguía del resto del periódico y constaba, como su precursor, de un pequeño sumario. En este primer número se incluía al lado derecho de la cabecera dos advertencias. La primera iba dirigida a posibles lectores que se animaran a participar en la redacción del suplemento: “Aceptamos con agradecimiento todo artículo ó noticia que pueda sernos útil para la confección de esta hoja”, mientras que la segunda les hacía a ellos responsables de lo publicado: “Los artículos se publican bajo la responsabilidad de sus autores”.

Último ejemplar de “La Época Científica, Literaria, Financiera, Industrial y Mercantil”, 12 de julio de 1880
Como uno de los grandes periódicos que fue, en La Época publicaron algunos de los mejores redactores del momento, como Luis Alfonso, Pedro Bofill, Francisco Fernández Villegas, gran crítico teatral que firmaba como Zeda y que fue sustituido por Melchor Fernández Almagro y Eduardo Gómez de Baquero más conocido por su seudónimo Andrenio. Gómez Baquero fue, junto con Clarín, el gran crítico literario de los años de la Restauración. En “La Hoja Literaria de los Lunes” de La Época, Emilia Pardo Bazán publicó, en varias entregas entre 1882 y 1883, los artículos de “La cuestión palpitante” que tanta polémica causaron sobre la recepción en la literatura española del naturalismo francés (Roch, 1923).
Junto a esta hoja literaria, La Época editaba de vez en cuando un “Suplemento Literario y Artístico”. Se publicaron pocos números a lo largo de 1890; en realidad, según la documentación consultada, tan solo salieron a la calle dos ejemplares. Constaban de cuatro hojas, el doble que “La hoja literaria de los lunes”, y se caracterizaban por la gran cantidad de ilustraciones que acompañaban a los artículos. La justificación de su publicación se hacía en el primero que apareció el 5 de enero de 1890:
Deseosos de proporcionar á nuestros suscriptores un número extraordinario el día de Reyes, que sirviese á la vez de recreo á los ojos y al espíritu, hemos dispuesto, por vía de ensayo, este Suplemento […]. Si el ensayo sale bien, es probable que lo repitamos, y que de esta suerte, y de un modo ameno y agradable, demos á conocer á nuestros favorecedores las publicaciones ilustradas más dignas de ser conocidas, que en Madrid, y en España en general, se impriman3.
Según hemos podido comprobar en la Hemeroteca Digital de la BNE se publicó un suplemento más, al final de ese año de 1890, el 31 de diciembre, este último se llamó “Suplemento extraordinario ilustrado”.

Primer número de La hoja literaria de los lunes 19 de julio de 1880.

Suplemento Literario Artístico publicado por La Época el 5 de enero de 1890
La cabecera del El Día fue fundada en 1881 por Camilo Hurtado de Amézaga sexto marqués de Riscal, pero en 1886 pasó a manos de Segismundo Moret, que por entonces era ministro de Estado. Se trataba de un periódico de tipo político e informativo. Muy pronto, desde el 15 de julio del año de su fundación, comenzó a sacar una “Hoja Literaria” que, pocos meses después, en octubre, pasó a llamarse “Suplemento literario”4. Se publicaba los lunes cada quince días, y constaba de cuatro páginas de cuatro columnas. El suplemento se estuvo publicando hasta el 2 de mayo de 1886, un total de 215 ejemplares.
La firma de Emilio Castelar fue la de las más habituales, con un artículo cada quince días de tipo histórico principalmente; también fue relevante la publicación por entregas de las memorias de Antonio Alcalá Galiano, tras una dura pugna con los herederos, como se quejaba la redacción el 24 de septiembre de 1881:
En la hoja literaria que publicaremos el 1 de octubre además de un artículo del Sr. Castelar, comenzarán a insertarse las Memorias inéditas de D. Antonio Alcalá Galiano. A costa de grandes esfuerzos, ha podido conseguir El Día que sus lectores sean los primeros que lean la obra póstuma del ilustre escritor, en donde se contienen detalles desconocidos de los graves acontecimientos ocurridos en nuestra patria desde los comienzos del régimen constitucional, sucesos en que parte tan principal tuvo el insigne Galiano.
Clarín fue uno de los colaboradores del suplemento literario desde noviembre de 1881, publicando 19 artículos de crítica sobre las obras tan notables como Un viaje de novios, La pródiga, El amigo Manso, Pot-Bouille, El doctor Centeno, Marta y María, El idilio de un enfermo, La Tribuna, Tormento. De gran relevancia fue también la publicación de las Tradiciones peruanas de Ricardo Palma entre 1883 y 1884. Algunos de los autores que estamparon su firma en las páginas del suplemento de El Día fueron Julio Burell, Manuel del Palacio, Concepción Arenal, Ros de Olano, Sinesio Delgado, Rodrigo Amador de los Ríos, Rafael Comenge, Salomé Núñez y Topete, la reina Isabel de Rumanía, Morayta, Tolosa Latour, Balaguer, Picatoste, Moreno Nieto, Manuel Cossío, Piernas Hurtado, etc.

Suplemento literario de El Día 2 de enero de 1882
El Globo fue fundado por Emilio Castelar para convertirse en el principal órgano de difusión del Partido Republicano conservador unitario. Aunque el periódico pasó por distintas manos, fue de los más representativos de la prensa madrileña de los años ochenta ocupando el cuarto puesto de ventas tras El Liberal, El Imparcial y La Correspondencia. En 1896 lo adquirió Álvaro Figuera y Torres, conde de Romanones, que confió la dirección al médico y periodista José Francos Rodríguez. Fue él quien tomó la decisión de publicar un suplemento semanal siguiendo los modelos de El Imparcial, La Época o El Liberal, en que aglutinar los contenidos literarios y culturales. Se tituló “Plana de los Lunes” y se mantuvo entre 1897 y 1898. En su redacción intervinieron un grupo de jóvenes redactores entre los que destacaba la figura de Francisco Navarro Ledesma y el joven Andrés Ovejero Bustamante, que después fue catedrático de Literatura en la Universidad Central; también Manuel Bueno, José Rocamora, etc. En la última fase del suplemento se sumó Pío Baroja.
Por este tiempo, mi editor, Bernardo Rodríguez Serra, nos dijo que su amigo y paisano Emilio Riu iba a comprar el periódico El Globo, que en la época de Castelar había sido famoso. […] De las manos de Castelar, el diario pasó a las de Romanones, que lo llevó al palacio de Oñate, de la calle Mayor, que era suyo. En esta segunda etapa escribieron en El Globo Navarro Ledesma, Manuel Bueno y otros. Luego el periódico de Romanones pasó a Riu, ya con muy poca vida […]. Por consejo, sin duda, de Rodríguez Serra, nos llamó a varios y formó la redacción con Azorín, López Pinillos, Serrano de la Pedrosa y yo y algunos más que no recuerdo (Baroja, 1982: 243-245).
El suplemento se publicaba los lunes y era la tercera página del diario. Llevaba una cabecera y constaba de cinco columnas en medio de las cuales había una ilustración que no tenía mucho que ver con los temas que se trataban. En el análisis que hace Cecilio Alonso de la “Plana del lunes” valora el que en una época en que otros diarios suprimieran páginas dedicadas a temas culturales o incluso todo el suplemento literario (El Imparcial lo hizo durante seis meses) para dedicarlas a la información política debido a la grave situación que vivía el país por las guerras coloniales y la muerte de Cánovas, en El Globo se apostó por la información cultural (Alonso, 2014).

Plana del Lunes de El Globo 1 de marzo de 1897
El País se fundó en 1887 tras el cierre de El Progreso, que era el periódico del Partido Republicano Progresista de Manuel Ruiz Zorrilla y Nicolas Salmerón. Lo fundó Antonio Catena Muñoz, y tuvo muy buena acogida como diario popular y anticlerical. Al año siguiente de su fundación pasó a dirigirlo Alejandro Lerroux que lo convirtió en uno de los diarios más polémicos y a la vez más leídos de la época. Por desavenencias, Lerroux dejó el periódico en 1897 y fundó El Progreso. Fue sustituido por Joaquín Dicenta que añadió en la cabecera lo de “Diario republicano socialista revolucionario”. Durante un tiempo, el periódico se convirtió en portavoz de la revista Germinal y muchos de los que publicaban en ella lo hacían también en el diario, entre ellos un grupo de jóvenes escritores e intelectuales, como José Martínez Ruiz (no fue Azorín hasta 1904), Pío Baroja, Ramiro de Maeztu (el grupo de los tres), Miguel de Unamuno, Valle-Inclán, los hermanos Machado, Antonio y Manuel, Rubén Darío, Manuel Bueno, hasta Ortega y Gasset, que llegó a considerar a El País como el periódico con las ideas más avanzadas de España. A pesar de algunos cierres judiciales, el periódico se mantuvo hasta 1933.
La “Hoja literaria” se publicó durante muy poco tiempo, entre los meses de marzo y mayo de 1899, en concreto entre el 6 de marzo y el 22 de mayo, con un total de 12 ejemplares. La “hoja” salía publicada los lunes y consistía en una única hoja de cinco columnas dedicada a información literaria principalmente, en la que se recogían artículos, poemas, narraciones de diferentes escritores. La primera se abrió con un artículo de Rubén Darío sobre Mallarmé. No fue el único escritor americano que publicó en este suplemento, también lo hicieron Leopoldo Lugones, Francisco A. de Icaza, José Ingenieros o Enrique Gómez Carrillo, cuya firma fue de las más habituales junto a la de Pío Baroja. Esta mezcla entre autores de uno y otro lado del océano fue uno de los valores de esta breve “Hoja literaria”.
Estos fueron suplementos literarios pioneros de la prensa española. Ellos, en el último tercio del siglo XIX, abrieron el camino y favorecieron el desarrollo de la crítica literaria en España, que en esos últimos años de la centuria tomó consciencia de su relevancia en la construcción de una narrativa propia, en el momento en el que el género novelístico se estaba perfilando. Su creación pone de manifiesto la importancia que la información literaria y cultural tenía en la sociedad española, tanto como para que los periódicos de la época les dedicaran un espacio de relevancia. Ya en los primeros años del siglo XX, con la modernización de la prensa, estos suplementos se generalizaron y se convirtieron en habituales en las páginas de periódicos y de revistas.

Primer número de la “Hoja literaria” de El País, 6 de marzo de 1899
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1La Ibérica, 24 de agosto de 1859.
2«Dice El Fénix: «EL LIBERAL ha cambiado sus lunes por una plana bisemanal que titula Entre páginas. ¿Se verá también El Imparcial en la necesidad de entretelarse?» ¡Quién sabe!… ¡Hace tanto frío!», El Liberal 8 de enero de 1880.
3La Época, 5 de enero de 1890.
4El suplemento tuvo otros nombres “Suplemento literario del lunes”, “Hoja literaria de El Día”, “Artículos literarios”. (Lissorgues, 2010).