ISSN-e: 1988-2696
RESEÑAS
Javier Mayoral Sánchez
Universidad Complutense de Madrid ✉ 
https://dx.doi.org/10.5209/emp.100795
Es este un libro que combina, como anuncia el título, lo privado (incluso lo íntimo) con lo público. También las pasiones (o las emociones) con los argumentos. Sobre todo, es este un libro que desvela al gran periodista que fue Charles Dickens (1812-1870), antes incluso de ser gran novelista o escritor. Con 25 años Dickens ya había publicado Escenas de la vida de Londres por «Boz», recopilación de artículos periodísticos. Un éxito al que siguió, inmediatamente, el de su primera novela: Los papeles póstumos del club Pickwick. El novelista no llegaba a los medios esta vez para sobrevivir en lo económico ni para amplificar el eco de su trabajo como escritor. En el caso de Dickens, el novelista ya era periodista. Y nunca dejó de serlo, como podemos comprobar en Pasiones públicas, emociones privadas.
Escribe Dolores Payás —excelente su labor como editora y traductora— que Dickens es el primer novelista con atributos contemporáneos: «Mundialmente famoso, generador de un marketing específico, escritor de best sellers, militante activo en favor de los royalties, promotor de la primera asociación de escritores, filántropo…, en definitiva un genuino influencer» (p. 13). Ese perfil de escritor encaja a la perfección con un periodismo ambicioso, diverso, dotado de amplitud de miras, capaz de conjugar compasión e indignación, humor y dolor, razón e innovación. En sus artículos defiende a la clase trabajadora, a la que, según Dickens, los poderes políticos tratan con paternalismo condescendiente —como si fuera un «niño grande» (p. 68)— o con desprecio. «Nada dejaba entrever que fueran seres humanos», escribe sobre unos indigentes a los que encuentra a las puertas de un asilo. Además de trasladar al lector lo que él ha visto, razona y enjuicia: «Sé bien que en cuanto salga a la calle habrá quien salte de inmediato a la palestra para demostrarme que las cosas son así, inevitables, y que lo que les suceda a otros seres humanos no es de nuestra incumbencia. Quienes proclaman semejante barbaridad son los acólitos dementes de una teoría económica que se basa en aritméticas desquiciadas para aplicar políticas de una dureza más allá de lo imaginable (políticas que consideran cualquier signo de humanidad como una flaqueza)» (p. 45).
Su mirada periodística es, por tanto, compasiva. Dickens quiere mirar (y quiere no dejar de mirar) porque necesita sentirse concernido por el drama personal de quienes no tienen apenas nada, de quienes malviven o no disponen de recursos elementales. En sus textos defiende una profunda transformación moral de la sociedad que ayude a salir del barro a las clases bajas. Eso, a su juicio, generaría cierta armonía social. Aunque denuncia de las condiciones de vida de los pobres y la obscenidad de la riqueza insaciable y acaparadora, renuncia a maximalismos. En especial, reniega de la violencia: «Resulta innecesario puntualizar —escribe en 1848— que la posición de este periódico respecto a la violencia es de tolerancia cero. No la aceptamos, ni en teoría ni llevada a la práctica» (p. 117). Sí lo sentimos indignarse en ocasiones. Sí lo vemos situarse en la frontera misma del panfleto: «La buena educación es estupenda para las ocasiones ordinarias, pero está fuera de lugar cuando peligran las libertades y el bienestar de todo un país» (p. 148). El panfleto, no obstante, le sale elegante. No puede evitarlo. Arremete quizá algún día con dureza implacable, «prescindiendo de cualquier asomo de cortesía» (p. 148), pero nunca deja de argumentar. Con frecuencia se sirve de la ironía y del humor. En algún momento, también exhibe sus emociones: «Escribo lo sucedido en esta visita con mano temblorosa y el ánimo por los suelos» (p. 172), asegura en un descarnado artículo de denuncia sobre las penurias de un grupo de soldados.
La base de su prosa periodística es el orden expositivo y el espíritu analítico. Lo más visible para el lector, sin embargo, seguramente serán las habilidades de Dickens para narrar y describir. Nada de lo que cuenta cansa. Nada molesta. Nada estorba. Las historias se relatan con extraordinaria fluidez. Siempre es personal la escritura de estos textos periodísticos. A veces, también íntima: «En la cama, y sin pegar ojo», titula en octubre de 1852. Antes de llegar a la mitad de la pieza, anota: «Pero debo dormir. Me concentraré en dormir. Estoy decidido (continué diciéndome) a pensar solo en dormir (…). Dormir, dormir. El sueño es democrático, nos iguala a todos» (p. 335). En el propio artículo detalla Dickens cómo pierde el hilo de lo que iba pensando. Hasta que finalmente salta de la cama y acaba saliendo a la calle a dar un paseo. Explica Dolores Payás que el escritor padecía de insomnio y caminaba con frecuencia por las noches. Por eso, entre otros motivos, Dickens andaba una media de 30 kilómetros diarios. La propia editora del libro vincula muy agudamente este problema del insomnio con una escritura cinematográfica, con ángulos cambiantes, con visión múltiple de las realidades referidas, como si el periodista fuera «el ojo de la cámara» que va recogiendo diferentes escenas (p. 236). Prueba magnífica de esa escritura andariega es el artículo titulado «Las calles. Mañana», que se publica el 21 de julio de 1835 (pp. 239-247). Ahí se puede aprender periodismo. Ahí ha quedado para la historia una gran exhibición de capacidades descriptivas, narrativas y comprensivas.
El libro Pasiones públicas, emociones privadas traslada al lector a otra época, pero rezuma modernidad, contemporaneidad. En forma y fondo. Se refiere Dickens, por ejemplo, a «cortinas de humo muy útiles para enmascarar los hechos» (p. 128), a los «disparatados propagadores de noticias falsas» (p. 191), a «una época marcada por el utilitarismo» (p. 85), a los excesos de lo que hoy llamaríamos «lenguaje políticamente correcto»… En un artículo publicado en 1854, asegura: «La mejora de la vivienda es la primera reforma que debemos abordar, la medida que debe preceder a cualquier otra. Mientras el pueblo viva en cuchitriles pestilentes, cualquier otro cambio está condenado al fracaso (…). Bastaría con el que el Parlamento dedicara una de sus sesiones a la reforma de la vivienda, una sola, siempre y cuando fuera larga e intensiva, para que se hallaran soluciones al problema» (p. 112).
Charles Dickens es, para colmo de contemporaneidad, complejo y contradictorio. Argumenta Dolores Payás, la editora del libro, que nos hallamos ante un hombre de acción, resolutivo, que suele diagnosticar bien los problemas, pero que a menudo ofrece soluciones poco o nada realistas (p. 209). En su amplio repertorio de filantropías diversas, merece la pena destacar el proyecto «Urania Cottage», al que Dickens dedicó mucho tiempo y esfuerzo. Se trataba de una especie de refugio para mujeres caídas en desgracia (p. 210). No se concibió como lugar de reclusión o de castigo. Todo lo contrario. Se trataba de una casa con jardín, situada en las afueras de Londres, en la que mujeres con graves problemas aprendían a realizar labores domésticas y recibían una amplia formación cultural. En ese artículo, «Un hogar para mujeres en la calle» (abril de 1853), vemos con nitidez una faceta de Dickens. Seguramente la que marcó o reflejó la mayor parte de la vida del autor. Pero Payás no quiere santificar al personaje/escritor y muestra también otra faceta de la misma persona: al final de la obra, lo descubrimos envuelto en «amores que se mantendrían siempre en la más estricta clandestinidad», atrapado en un afán de «ocultamiento fanático que requirió apaños muy complicados, casi rocambolescos», capaz de una «crueldad desmesurada, incluso para los estándares misóginos de la época» (p. 391). El título del último capítulo del libro lo dice todo: «Nadie es perfecto».
Javier Mayoral Sánchez. Profesor Titular en la Facultad de Ciencias de la Información (Universidad Complutense de Madrid). Forma parte del proyecto competitivo «Implicaciones de la inteligencia artificial generativa en los contenidos periodísticos: ejercicio profesional, percepciones de las audiencias y desafíos docentes» (IAGPER), del Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades. Desde 2017 es miembro del Grupo de Investigación en Redacción Periodística: Estilos, Narrativas y Géneros (GIRP-ENG), que codirige en la actualidad. ORCID: https://orcid.org/0000-0002-6758-5328