ISSN: 1131-6993
ARTÍCULOS
Ana Cabrera Díez
Museo Arqueológico Nacional, c/ Serrano 13, 28001 Madrid ✉ 
ana.cabreradiez@cultura.gob.es
https://orcid.org/0009-0008-9283-506X
Cristina Charro Lobato
Instituto de Arqueología-Mérida (CSIC-Junta de Extremadura). Plaza de España, 15. 06800 Mérida (Badajoz) ✉ 
cristina.charro@iam.csic.es
https://orcid.org/0000-0003-0864-7047
Recibido: 30/09/2024 • Aceptado 09/04/2025 |
ES Resumen: El presente artículo estudia un conjunto de bronces interpretados como los restos de una sítula y un simpulum aparecidos en una estructura doméstica del asentamiento vetón del Cerro de la Mesa. Las piezas formaban parte de un variado depósito de materiales, amortizado en el incendio que destruyó la casa que lo albergaba. Las características de los bronces y la singularidad de su contexto de aparición, nos permiten proponer la inutilización intencionada del conjunto como parte de un ejercicio de clausura del espacio habitacional, ligado a la ocupación final del yacimiento.
Palabras clave: Edad del Hierro; Iberia céltica; sítula; simpulum; espacio doméstico; clausura intencionada.
EN The abandonment of a vetton house. The set of bronze objects of Casa 1 from Cerro de la Mesa settlement (Alcolea de Tajo, Toledo, Spain)
EN Abstract: This paper tackles a set of bronze objects interpreted as the remains of a sítula and a simpulum recovered within a domestic unit from the Cerro de la Mesa vettonian settlement. These pieces were part of a varied deposit of materials, abandoned in the fire that destroyed the house. The characteristics of these bronze objects and the singularity of their context of appearance allow us to propose the intentional disabling of the set as part of an exercise of closure of the living space, linked to the final occupation of the site.
Keywords: Iron Age; Celtic Iberia; situla; simpulum; domestic space; intentional closure.
Sumario: 1. Introducción, 2. El complejo doméstico de las Casas 1 y 2, 3. El conjunto singular de materiales de la Casa 1, 3.1. Los bronces del conjunto singular de la Casa 1, 3.1.1 Sítula de bronce, 3.1.2 Vástago de bronce. Mango de simpulum, 4. Valor y significación de los bronces de la Casa 1, 4.1. La llegada de los bronces al Cerro de la Mesa, 4.2. Uso y función del conjunto de bronces; 4.3. La amortización de los bronces: el incendio de la Casa 1, 5. Conclusiones, 6. Agradecimientos, 7. Bibliografía.
Cómo citar: Cabrera Díez, A.; Charro Lobato, C. (2025): El abandono de una casa vetona. Los bronces de la Casa 1 del Cerro de la Mesa (Alcolea de Tajo, Toledo). Complutum, 36(1): 295-311
Con una misma pregunta
Todos nos acribillan:
“¿Encontráis algún tesoro?”
¡Tesoros… y maravillas!
Que en el Cerro de la Mesa
No discurre un solo día
Sin darnos una sorpresa (…)
Teresa Chapa. Cerro de la Mesa. Campaña 2008
El Cerro de la Mesa es un yacimiento arqueológico situado junto a la confluencia de los ríos Tajo y Huso, en la comarca toledana de la Campana de Oropesa, declarado Bien de Interés Cultural desde 2014. Los restos arqueológicos localizados corresponden a varias fases de ocupación, desde el siglo VII a.C. hasta el siglo II-I a.C. Su ubicación resulta estratégica debido a que controla uno de los vados históricos del río Tajo (Chapa y Pereira 2006), una zona en uso desde el Bronce Final hasta época medieval.
En el área más elevada se exhumaron dos estructuras domésticas entre los años 2005 y 2010, que ocupan una superficie de 175 m². Estas casas forman parte de la última fase de ocupación del poblado en los siglos II-I a.C., y para su construcción se realizó un trabajo previo de preparación y nivelación del terreno sobre una gran fosa que puede fecharse a finales del siglo III o inicios del siglo II a.C. (Chapa et al. 2013). Existe una gran diferencia en el registro y volumen de materiales recuperados en cada casa. La Casa 1 sufrió un incendio que preservó una rica y variada cantidad de objetos, mientras que, en la Casa 2, la práctica ausencia de materiales y la estratigrafía y escasos objetos recuperados indicaban un proceso de abandono.
Entre el conjunto de materiales de la Casa 1 sobresalen unos bronces considerados elementos extraordinarios de vajilla metálica suntuaria. Este artículo pretende caracterizar y valorar el sentido de estas piezas, atípicas en el contexto doméstico vetón.
El complejo doméstico de las Casas 1 y 2 comprende dos viviendas de planta rectangular y disposición paralela, adosadas en su eje longitudinal con orientación norte-sur y acceso desde su lado norte, hacia donde ambas comparten un patio enlosado (Fig. 1). Su distribución y área son idénticas, 12 x 5 m, unos 60 m². Están organizadas en tres espacios: una estancia de acceso desde el patio y otra, en paralelo, con un suelo empedrado, de planta y tamaño similares, interpretada inicialmente como corral y, en la Casa 1, como un posible granero. Al fondo se ubica la tercera, mayor y con un hogar central. Las características constructivas de estas viviendas son similares a las de otros poblados vetones: muros con zócalos de piedra, alzados de adobe y tapial y cubiertas de madera y ramaje con manteado de barro. Se accede a ambas viviendas desde el patio enlosado citado, orientado al norte. El umbral de la Casa 1 estaba marcado por una doble alineación de piedras sobre la que habría una puerta ligeramente elevada que, en el momento de amortización de la casa, actuaría como elemento de contención del incendio. En la zona oeste del patio interpretamos el hallazgo de una llave junto con una plancha de madera como indicador de un acceso controlado al recinto. Probablemente la unidad doméstica fue objeto de tareas de mantenimiento y remodelaciones, como evidencia un depósito votivo analizado como parte de un rito bien de remodelación, bien de protección, compatible con la consagración de este espacio como lugar sacro (Cabrera y Moreno 2014).

Fig. 1. Localización del Cerro de la Mesa (Alcolea de Tajo, Toledo) y de las áreas excavadas. Se indican las plantas del conjunto formado por las Casas 1 y 2 y los resultados de la prospección geofísica magnética resaltando algún posible módulo de casas.
En la zona más alta del poblado se habían excavado previamente algunas viviendas, identificadas con dos fases, la más antigua fechada a inicios del IV a.C., y la más reciente entre los siglos III-II a.C. (Ortega y del Valle 2004: 179). La única casa que cuenta con un conjunto de estructuras relacionadas estratigráficamente, tiene una superficie excavada de unos 50 m². Su planta se distingue por su disposición cuadrangular y compartimentación interna. Al menos tiene tres estancias, siendo el tamaño de la que alberga el hogar prácticamente la mitad del calculado para las de las Casas 1 y 2.
Las prospecciones geofísicas realizadas (Pereira et al. 2020) han identificado un espacio intramuros con estructuras agrupadas con cierta irregularidad en manzanas, entre las que podrían existir viales secundarios. Algunas estructuras podrían ser unidades domésticas. Tienen plantas similares a las exhumadas y su misma orientación norte-sur, sin que sea precisable si presentan una planta gemela. Entre ellas, hacia el área norte, son apreciables varios módulos que coinciden en disposición y extensión con la unidad doméstica de las Casas 1 y 2. Son conjuntos de estructuras de aproximadamente 100-120 m² con compartimentaciones interiores aunque, a falta de comprobación mediante excavación arqueológica, podrían corresponder también a unidades domésticas adosadas de 50-60 m².
Desconocemos paralelos en el contexto vetón de unidades domésticas geminadas con semejante acumulación de materiales singulares, teniendo en cuenta, además, que la presencia de algunos de ellos suele ser más habitual en necrópolis. En el conjunto de la Meseta hay un mayor número de casos, aunque difícilmente comparables con el Cerro de la Mesa. Faltan tanto trabajos centrados en identificar el urbanismo del interior de los poblados, como conjuntos excavados con buenos registros metodológicos. Ruiz Zapatero (2018), en su síntesis sobre las casas prerromanas de la Meseta, propone dos modelos posibles durante la Segunda Edad del Hierro: las casas simples y las complejas, según sus dimensiones, distribución y compartimentación interior. En los asentamientos más extensos, como el Raso de Candeleda y Ulaca, parecen coexistir ambos tipos (Fernández 1986, 2011; Álvarez-Sanchís 2003: 145, respectivamente), con una alta variabilidad en las plantas a pesar de la similitud en sus características arquitectónicas. La planta de la Casa 1 y de la Casa 2, por separado, se podría relacionar con un modelo sencillo al tener sólo tres estancias. Las casas del núcleo D del Raso de Candeleda son las más parecidas, aunque no encontramos paralelo para su distribución interna con una estancia empedrada. Si las consideramos de forma conjunta debido a la compartición del patio, estamos ante un modelo no identificado en el área vetona. Los patios corresponden a “casas singulares” en el sentido de pertenencia a las élites, como la Casa C de la Mesa de Miranda (González-Tablas 2008). Éste y otros casos peninsulares están relacionados con los modelos arquitectónicos de influencia mediterránea denominados como “casas de patio”. El conjunto del Cerro de la Mesa está condicionado en su acceso por un patio, si bien su posición no determina la circulación en el interior de las viviendas.
Ampliando la perspectiva, vemos algunos ejemplos de casas con estructuras dobles e incluso triples en el ámbito ibérico. Son paradigmáticas la casa 201 y su análoga del barrio norte de Alorda Park (Álvarez et al. 2023), cuyas plantas complejas han sido interpretadas como el reflejo de la ampliación de los grupos domésticos y la consolidación de las élites locales (Belarte et al. 2009: 116-17). En ellas se han documentado varios depósitos rituales de animales que se han relacionado con la ostentación de la riqueza y el refuerzo del estatus e identidad social de sus ocupantes (Belarte y Valenzuela 2013). Este conjunto comparte un cierto eje de simetría en espejo con las Casas 1 y 2 del Cerro de la Mesa pero presenta diferentes estructuras agregadas y comunicadas entre sí, cuyas dimensiones (unos 280 m²), distribución, evolución y complejidad exceden ampliamente nuestro caso de estudio.
Una apreciación repetida en los asentamientos de la Segunda Edad del Hierro donde se han excavado unidades domésticas en extensión es que los conjuntos materiales recuperados en todas ellas presentan una gran similitud y relativa diversidad de niveles de riqueza. Esto se constata tanto en el ámbito vetón (de nuevo mencionamos el ejemplo del Raso de Candeleda, por ser el asentamiento más ampliamente excavado y publicado), como en otros ámbitos peninsulares, se localicen o no estructuras anejas interpretadas como almacenes que puedan indicar una acumulación de excedentes y, por tanto, desigualdades socioeconómicas. Esta disimetría apenas se aprecia en las arquitecturas y ajuares domésticos, pero sí aparece en las necrópolis. En cambio, en áreas como la ibérica con una mayor tradición en el estudio del registro doméstico, la convivencia de casas complejas y sencillas con diversidad de dimensiones y estructuras, se ha relacionado con la existencia de grupos pertenecientes a varios estamentos sociales e indicio de la simultaneidad de varios niveles de organización familiar y suprafamiliar.
Siendo conscientes de sus limitaciones, consideramos que los elementos descritos en las Casas 1 y 2 y, en especial en la primera, son un unicum tanto en el Cerro de la Mesa, como en un área geográfica mayor. Si esta serie de variables hubiera concurrido en otros poblados, no habría pasado inadvertida, sin perjuicio de que en el futuro se documenten casos similares en el registro arqueológico que ayuden a modificar o refinar esta interpretación.
Además de las características arquitectónicas y espaciales, el conjunto de materiales exhumados también nos permite sostener la particularidad de la Casa 1. El colapso provocado por el incendio del último momento de ocupación del espacio atrapó in situ un abundante y bien conservado registro cerámico, metálico y lítico (Fig. 2).

Fig. 2. Cerro de la Mesa. Detalle de algunas de las piezas recuperadas en torno al hogar de la Casa 1: 1. Hacha pulimentada; 2-3. Vasos fenestrados; 4. Cuenco; 5. Base de bronce; 6. Botella; 7. Asas de bronce; 8. Simpulum de bronce (fotografías de Juan Pereira y de las autoras).
Los numerosos recipientes cerámicos corresponden a vasos de almacenaje, vajilla de mesa y de posible funcionalidad ritual, cuyo estudio de conjunto está en curso. De forma preliminar se individualizaron no menos de 44 recipientes, la mitad aproximadamente vasos de almacenaje medianos y grandes (tinajas, urnas de orejetas, toneletes..). El contenido se ha podido identificar en algunos, gracias a la conservación directa de granos carbonizados en el fondo de los vasos, reconociéndose restos de avena, lentejas y habas. Entre la vajilla de mesa, documentamos platos, fuentes, escudillas, cuencos y copas, en general de cerámica a torno pintada, además de alguna tapadera. Sin embargo, lo más singular con respecto a la cerámica de este recinto es la acumulación, al menos, de cuatro vasos fenestrados con decoración calada, tradicionalmente relacionados con una función de quemaperfumes o incensarios. Estos vasos son bien conocidos en yacimientos del entorno vetón como Mesa de Miranda (Cabré et al. 1950, fig. 7.7., lám. 19, 30), El Raso (Fernández Gómez 1986: 306) o Villasviejas del Tamuja (Hernández et al. 1989: fig 42, 365, 58, 640), así como del ámbito del SO peninsular donde se recuperaron los ejemplares más completos y semejantes a los del Cerro de la Mesa en Castrejón de Capote (Berrocal 1989: 254) o Garvâo (Beirão et al. 1985: 63).
Entre los utensilios de hierro identificados sobresalen aperos y herramientas relacionadas con tareas agropecuarias tales como tijeras de esquilar, un hacha, un pico, un cuchillo afalcatado y varias hoces, una de las cuales conserva improntas de espiga de cereal. Además, una interesante hacha de piedra pulimentada de tradición neolítica se ha interpretado como herramienta multifuncional utilizada para pulir o repasar elementos de hueso y hierro a modo de piedra de afilar (Moya-Maleno et al. e. p.).
El trabajo textil ha sido identificado gracias al hallazgo de pesas de telar, fusayolas o una aguja de bronce. Por último, en el depósito había elementos de adorno personal: un anillo de plata, que se añade a otro documentado en una zona distinta del yacimiento (Cano et al. 1999), una cuenta de collar de oro, un pendiente de bronce y varias fíbulas. Destaca entre ellas una de gran calidad de las denominadas de caballito (Pereira et al. 2023).
El conjunto de materiales de la Casa 1 cuenta con dos piezas excepcionales de bronce, halladas juntas y cuya función y significado podemos considerar relacionados. Se trata de un recipiente tipo sítula del que conservamos unas asas dobles con sendos apliques y una base de bronce rellena de plomo, y de un vástago de bronce que hemos identificado como el mango de un simpulum.
Muy cerca del hogar de la Casa 1 se documentaron unas asas dobles completas que relacionamos con una base circular de bronce, exhumada un poco más al norte del recinto. Las asas dobles son de tipo vertical y sección aplanada con los extremos vueltos en forma de “torrecilla”, terminadas en un remate cónico moldurado (Fig. 3, núm. 1). Ensartados aún en las asas, se mantenían dos apliques que articulaban con el cuerpo del recipiente y que presentaban sendos orificios. Los apliques están decorados con motivos vegetales, curiosamente, no realizados a molde sobre la pieza de metal completa sino impresos en una lámina troquelada, adherida posteriormente al cuerpo principal del aplique (Fig. 3, núm. 2). El motivo decorativo presenta una palmeta inscrita en un rombo y una roseta estilizada de ocho pétalos en la parte superior (Fig. 3, núm. 3). La base de bronce es una pieza circular, de unos 14 cm de diámetro, con un reborde entrante en el labio (Fig. 4). Este reborde cierra una superficie discoidal interior que contenía un relleno de plomo a modo de pletina. Durante la restauración se comprobó que el relleno había sido aplanado sobre la base con un pequeño instrumento, cincel o similar, que dejó unas pequeñas marcas en forma de L. Probablemente son los restos de la soldadura con los que se habría proporcionado un fondo reforzado al cuerpo del vaso, posiblemente una fina lámina batida.

Fig. 3. Asas de sítula de la Casa 1 del Cerro de la Mesa y sus paralelos: 1-3. Asas y detalle de los apliques (fotografía de las autoras, dibujo de “Dibujantes de Arqueología”); 4. Apliques de sítula El Cigarralejo (según Graells y Pérez 2022: fig. 33), 5. La Pedrera (según Vives-Ferrándiz 2006/2007: fig. 5); 6. Aplique y sítula etrusca. Museo Nazionale di Villa Giulia (nº inv. 51229). Fotos Catalogo Generale dei Beni Culturali ,https://w3id.org/arco/resource/ArchaeologicalProperty/1200754912. Consultado: 04/11/2024.

Fig. 4. Base de bronce y plomo de la sítula de la Casa 1 del Cerro de la Mesa (“Dibujantes de Arqueología”, fotografía de las autoras).
No conservamos el cuerpo del recipiente, aunque es verosímil que le perteneciera un gran trozo de bronce en forma de amasijo que se recuperó junto a las asas. A pesar de todo éstas y la base anular nos permiten apuntar a un vaso contenedor de tipo sítula. Estos recipientes, con característica asa de cesta, suelen tener un cuerpo alargado, con las paredes exvasadas hacia la boca y estrechadas hacia la base. Pueden completarse con un pequeño pie redondeado en forma de disco.
La morfología de las asas dobles, aplanadas y rematadas, con un motivo en forma de piña y la decoración vegetal de los apliques de nuestro recipiente podrían remitir formalmente a las sítulas etruscas del período clásico, ovoides o de campana, semejantes al tipo F de Giuliani Pomes (1957). Los motivos decorativos de sus placas de articulación se acercan a nuestro ejemplar. Constan de dos orificios que frecuentemente adquieren la apariencia de una doble voluta conformada con nervaduras a modo de flor de loto, entre las que aparecen palmetas o flores con un número impar de hojas y dispuestas en abanico, reproduciendo un motivo de raigambre oriental arcaica (Pomes 1957: 67) (Fig. 3, núm. 6). En los apliques del Cerro de la Mesa el motivo decorativo aparece reinterpretado con una ligera distorsión del patrón del doble orificio con roseta frontal emergente. Los orificios no tienen nervaduras incisas y la roseta consta de ocho pétalos. Se ha añadido en la parte inferior una palmeta inserta en un espacio triangular que, en los ejemplares itálicos, puede ser el motivo principal hasta época romana.
Cronológicamente las sítulas de bronce etruscas se documentan desde el período arcaico y alcanzan su máximo apogeo en los siglos IV-III a.C., aunque mantienen una larga difusión posterior, cronológica y geográfica. Se expanden más allá de la península italiana, llegando a ámbitos célticos de La Tène y de la Europa septentrional (Sideris 2021). Además, de manera prácticamente contemporánea a los ejemplares italianos, encontramos vasos griegos similares en bronce y plata por la Europa céltica (Sideris 2021). La forma de sítula nunca desaparece por completo en los siglos siguientes y, sobre todo, con morfología del tipo campana se documenta a finales de los siglos II y I a.C., notablemente en el período temprano de Augusto (Castelo et al. 1995: 130).
A pesar de la extensa y continuada presencia de estos vasos de bronce en la Europa del I milenio, en la península ibérica no son abundantes los ejemplares de sítulas con doble asa y apliques con decoración vegetal. Se limitan a unos pocos ejemplares en el ámbito ibérico mediterráneo y no son paralelos exactos de nuestra pieza. Se han reconocido apliques dobles de vajilla metálica similar a la de la Casa 1 en yacimientos levantinos cuyas cronologías van desde el siglo VI al III a.C. Parecen asociados a la circulación de productos etruscos o suritalicos (Vives-Ferrándiz 2006-2007: 319-320, 2021: 48; Graells 2007; Bardelli y Graells 2012: 33), aunque recientemente se les ha atribuido una filiación apulo-macedonia (Graells y Pérez 2022) (Fig. 3, núms. 4-5).
En el ámbito vetón o del interior peninsular no conocemos ejemplos comparables. Las piezas más frecuentes son los característicos apliques de sítula con un único orificio y cabeza masculina barbada, típicamente hispanos, sistematizados por Delgado (1970) a partir de los materiales de Conimbriga. Sobre todo se distribuyen por la Lusitania, desde el siglo II a.C. hasta el período bajo imperial romano. A esta tipología pueden adscribirse casi todo los ejemplos conocidos en territorio vetón, como los dos apliques de Cardeñosa (inv. MAN1999/114/563 y MAN1999/114/532) y las piezas de la villa romana de El Saucedo en Talavera la Nueva (Castelo et al. 1995), ya de cronología imperial.
En resumen, la pieza del Cerro de la Mesa resulta bastante excepcional. Parece responder a un elemento de vajilla de inspiración etrusca arcaica o suritálica, pero con elementos diferenciadores que probablemente remiten a una fabricación peninsular o a una reelaboración del modelo en talleres locales. La singularidad de la decoración de los apliques, sin paralelos exactos, así como la atípica técnica de decoración sobre lámina troquelada y adherida al todo macizo, apuntan en esta dirección. El material de las asas es la característica y flexible aleación de bronce plomado, habitual en los bronces protohistóricos peninsulares, en cambio es más significativo el de la base circular. El análisis de isótopos del relleno de plomo ha situado la procedencia de éste en el sureste peninsular y, concretamente, en la zona almeriense de la Sierra Almagrera, punto estratégico en la explotación y la distribución del mineral.
La segunda pieza de este set de bronces es un vástago decorado, encontrado segmentado y flanqueado en sus dos extremos por lo que parecían ser dos trozos de anillas. En la restauración se constató que los trozos de vástago correspondían a una única pieza de unos 42 cm de longitud, con una sección cuadrada y un extremo reducido, seguramente para configurar una espiga para enmangar. Se conservaba también una chapa cilíndrica que serviría para ajustar este mango a la pieza de bronce. La parte central de la varilla se decora en dos secciones diferenciadas. En la más cercana al enmangue una serie de motivos geométricos (eses y líneas oblicuas) se disponen en paralelo en sus distintas caras. La segunda sección, separada de la anterior con molduras transversales, se decora con una torsión oblicua. Una pequeña anilla de bronce de sección circular apareció in situ junto al extremo del enmangue. Tiene un diámetro de 32 mm y probablemente estaría unida al vástago, sirviendo para colgar el utensilio (Fig. 5, núms. 1-2). Más problemáticos son los fragmentos de tendencia circular y sección cuadrada que aparecen en el otro extremo de la varilla. Durante la restauración y, por el deficiente estado de conservación de esta parte de la pieza, se entendieron como “dos apéndices curvos” que rematarían el vástago a modo de ganchos. En consecuencia, se restituyeron en una posición semejante a la que tienen terminaciones de piezas teóricamente similares como el llamado “pincho” vetón de la necrópolis de La Osera (MAN 1986/81/VI/514/14) (Delibes, Fernández, Celis 1992-93: 424-26) o los pinchos de carne con decoración torsionada derivados del Bronce atlántico (Armada y López 2003; Lackinger, Paniagua, Pereira 2014). Esta primera interpretación de la pieza como un posible asador o gancho de carne ha sido reiteradamente publicada por nosotros (Chapa y Pereira 2006; Chapa et al. 2013; Cabrera y Moreno 2014; Pereira et al. 2020; Pereira et al. 2023).

Fig. 5. Casa 1 del Cerro de la Mesa. 1-2. Simpulum de bronce y detalles decorativos del mango (“Dibujantes de Arqueología”, fotografía de las autoras); 3. Simpulum, Museo Arqueológico Nacional, Madrid (inv. 9932, foto Ángel Martínez Levas); 4. Simpulum, Museo Archeologico Nazionale di Napoli (inv. 73778, según Graells 2007: fig. 3); 5. Simpulum tipo Pescate, Museo Arqueológico Nacional, Madrid (inv. 9929, Archivo del Museo Arqueológico Nacional); 6. Vaso tintero pintado de la Casa 1 (fotografía de las autoras).
Hoy un estudio más exhaustivo nos hace reinterpretarla como un mango de simpulum en el que los extremos curvos del vástago constituirían el remate que, dispuesto horizontalmente al mango y no en perpendicular, abrazaría el recipiente o cacillo del utensilio. Esta propuesta permite encuadrar formalmente el bronce en el tipo de simpulum de dos piezas, con mango horizontal de sección mixta, que combina una parte cuadrada y otra torsionada cerca de la cazoleta. Los ejemplares de este tipo aparecen mayoritariamente en Campania a partir de finales del siglo VI a.C. (Graells 2007: 100-101), y deben diferenciarse de los posteriores simpula tardo-republicanos, de tipo Pescate, que tienen también variantes con mango horizontal pero sin decoración mixta torsionada (Pozo 2022). Estos últimos cuentan con numerosos ejemplos documentados en la Península sobre todo a lo largo del siglo II-I a.C (vide Pozo y Roig 2018), si bien no conocemos ningún simpulum de sección mixta en yacimientos ibéricos, teniendo que recurrir para sus paralelos a los procedentes de contextos italianos (p. ej. Museo Arqueológico Nacional, MAN9931, MAN9932, MAN9933, MAN9934; Museo Arqueológico de Nápoles, Graells 2007: 100-101) (Fig. 5, núms. 3-4).
Nuestra pieza, de nuevo, presenta claras diferencias formales con los ejemplares canónicos de mango mixto. Primero el vástago no tiene el remate aplanado y zoomorfo que caracteriza las piezas italianas, sino una espiga para enmangar probablemente con la finalización de una anilla. Este rasgo lo comparte llamativamente con algunas variantes de los simpula tipo Pescate del siglo II a.C. En segundo lugar, al faltarle la cazoleta de bronce no podemos saber si tendría la habitual forma piriforme. Sin embargo, en el Cerro de la Mesa el mango apareció junto a un pequeño vasito cerámico o “tintero”, pintado, de cuerpo globular (Fig. 5, núm. 6) con dimensiones similares a las de los cacillos semiesféricos de tipo Pescate (11 cm alt. x 6,5 cm. diám. boca; frente a los 10,5 cm x 8,5 cm del ejemplar MAN 9929)(Fig. 5, núm. 5). Podemos plantear que este vasito cumpliría el papel del recipiente de bronce, quizá perdido o sustituido para adecuarse mejor a las funciones que tuviera la pieza en el contexto vetón y sobre las que volveremos posteriormente. Las dimensiones del mango sí se ajustan, sin embargo, a las de los cazos de forma mixta. Los 42 cm de longitud total de nuestro bronce se encuadran sin problemas en las dimensiones promedio del tipo, establecidas entre los 37,5 y los 46 cm (Graells 2007: 102), y se diferencian de los mangos más cortos del tipo Pescate, en general inferiores a los 30 cm.
Proponemos que esta pieza está inspirada en bronces itálicos antiguos, adaptada a los gustos o necesidades indígenas a partir de modelos del siglo II a.C. El mango se ha transformado, verosímilmente para facilitar la sujeción de un vaso cerámico más pesado que el cacillo de bronce, y se le ha añadido la anilla. Estas modificaciones de simpula, precisamente en la zona del mango y la argolla, no son desconocidas. Se documentan en casos como el bronce romano-republicano procedente de Cáceres el Viejo (Pozo y Roig 2018: 263) o en otro con cronología más antigua, recuperado en el pecio de Cala Sant Vicenç (Graells 2007).
En general, parece que los dos bronces del Cerro de la Mesa imitan producciones italianas arcaicas, posiblemente de la zona campana, y han sido retocados o adaptados de manera puntual. Es un fenómeno razonable considerando que la existencia de talleres peninsulares productores de vajilla metálica con tipos mediterráneos es segura desde el siglo VII a.C (Jiménez Ávila 2006-2007) y que las manufacturas locales etruscas o magno-griegas abastecen los asentamientos ibéricos levantinos a partir de los siglos VI-V a.C. (Vives-Ferrándiz 2006-07: 321-22, 2021: 48). Suponiendo que el conjunto de bronces funcionara de forma unitaria, es muy posible que fueran producidos en algún momento entre el siglo IV a.C. y el II/I a.C, y que, bien desde su concepción original o bien en un momento posterior, se modificaran formalmente para darles un uso específico en el entorno vetón.
La excepcionalidad de estas piezas en el Cerro de la Mesa y en el área vetona, así como las particularidades del contexto arqueológico de aparición, nos plantean el significado de la presencia, función y destrucción de los bronces de nuestro yacimiento.
Como hemos señalado, asumimos que la sítula y el simpulum de bronce son bienes importados caracterizables como elementos poco frecuentes de vajilla mediterránea. Es habitual suponer que su presencia se relaciona con el flujo de importaciones comerciales impulsado tempranamente por los pueblos orientales en esta zona del Tajo medio. Los elementos orientalizantes en el valle están bien constatados en hallazgos próximos, como los del ajuar funerario de Las Fraguas, las fíbulas de Azután o la tumba de Casa del Carpio. Todos prueban el tránsito comercial por la ruta que conectaría el Tajo con la alta Extremadura y desde allí, a través de la vía de la Plata, con el suroeste peninsular (Fernández-Miranda y Pereira 1992; Pereira 2008, 2011). Hacia el norte, el paso por este punto que domina uno de los vados del río sería especialmente relevante para penetrar al interior de la Meseta y la vertiente septentrional de la Sierra de Gredos (Caldentey, López y Menéndez 1996; Martin y García 2023).
El Cerro de la Mesa está muy pronto integrado en estas dinámicas relaciones comerciales. Existe una ocupación del sitio ya durante la primera Edad del Hierro, vinculada precisamente a la llegada de elementos mediterráneos. En este sentido entendemos el llamado “santuario” del siglo VI a.C. donde se constata un altar en forma de lingote chipriota junto a pithoi decorados que remiten al mundo orientalizante andaluz (Ortega y del Valle 2004: 178). Seguramente se trata de algún complejo cultual dedicado a la sanción del comercio de tipo colonial. No conocemos bien la ocupación del lugar hasta la II Edad del Hierro, pero es muy probable que continuara el flujo esporádico de productos mediterráneos como parece constatar la existencia de cerámica ática fechable en la primera mitad del siglo IV a.C. (Ortega y del Valle 2004: 181).
En este contexto, es posible que los bronces de la Casa 1 hubieran arribado como parte de intercambios entre élites indígenas y comerciantes orientales, quizá como presente diplomático u objeto de transacción destinado a iniciar o favorecer el tránsito de productos hacia el interior peninsular (Fernández-Miranda y Pereira 1992: 64-65; Ruiz Zapatero y Álvarez-Sanchis 2013: 348). Materias primas, tales como el estaño y el oro del cauce del Tajo (Caldentey, López y Menéndez 1996: 200), o derechos de paso por el punto estratégico del vado que el Cerro de la Mesa controla, bien hubieran podido servir de contrapartida en estas dinámicas.
La más que probable afluencia de estos objetos en el marco de contactos comerciales no descarta otras posibles alternativas. Es verosímil, por ejemplo, la hipótesis de que la llegada de los bronces hubiera formado parte de procesos generados por las guerras o las actividades militares. La movilidad de los ejércitos, el botín de guerra, la actividad mercenaria o el desarrollo de los diversos episodios bélicos que se producen en la península ibérica en el Hierro Final pueden explicar en algunos casos la aparición de elementos de filiación ibérica o mediterránea en las áreas vetonas (Sánchez Moreno 2000: 220-22). Esta hipótesis se ha apuntado, más bien, para los objetos importados, fundamentalmente armas o elementos de adorno personal, que se han documentado en necrópolis como La Osera (Quesada 2007) o Las Guijas en el Raso de Candeleda (Martín Ruiz 2020) pero, además, es factible para hallazgos de contextos peninsulares próximos como la Celtiberia (Graells, Lorrio y Quesada 2014) o el mundo ibérico: ajuar de la tumba de La Pedrera (Graells 2016) o de la tumba 478 de El Cigarralejo (Graells y Pérez 2022).
Nuestros bronces no proceden de contextos funerarios, ni tienen un componente intrínseco que los pueda situar en actividades guerreras. Sin embargo su excepcionalidad y exotismo permite asociarlos con élites de jefatura que son, sin duda, igualmente guerreras. Recordemos que, en el mismo conjunto de la Casa 1, apareció una fíbula de caballito y jinete, recientemente interpretada como testimonio de la sanción de alianzas entre jefes de caballería de distintas regiones que se reconocen a través de estas piezas singulares (Pereira et al. 2023).
La sítula y el simpulum del Cerro de la Mesa son, en cualquier caso, piezas que pueden considerarse suntuarias en base a su manufactura, singularidad y procedencia importada, que han tenido una larga perduración o han mantenido, al menos, su aspecto formal arcaico. Es llamativo constatar que, al igual que sucede con la fíbula de caballito (Pereira et al. 2023: 18) o el hacha neolítica de la Casa 1, tampoco los bronces son producciones tipológicamente habituales en la Península en el momento de su amortización (caso de las sítulas con asas de aplique antropomorfo y los simpula con mango tipo Pescate). Por el contrario, ambas piezas responden a formas más antiguas, cuyo aspecto general conservan a pesar de las adaptaciones que sufren, dotándoles de una significación especial más allá de los valores funcionales prácticos a los que estuvieran destinadas.
En el contexto mediterráneo antiguo y de la Europa Central hallstáttica los vasos tipo sítula de bronce y los cazos que suelen acompañarlos desempeñan funciones relacionadas con el contener y escanciar o distribuir líquidos. Se usan habitualmente en entornos rituales, como muestran las numerosas representaciones iconográficas y textuales conocidas (Lucas 2003-2004: 128-129), y en la inmensa mayoría de los casos, se trata de entornos funerarios. Ya en época romana imperial es más habitual encontrarlos en contextos domésticos, formando parte de la vajilla metálica del Instrumentum Domesticum ordinario (Castelo et al. 1995: 134). Los líquidos de uso más frecuente serían el agua y el vino, específicamente en las áreas mediterráneas. No obstante el recurso a este mismo servicio de bebida ya en la tradición del Bronce Final de algunas regiones de la Europa septentrional, da pie a pensar en su empleo también con otros líquidos y bebidas alcohólicas (Lucas 2003-2004: 126-127).
En la península ibérica este tipo de vajilla es excepcional antes de la difusión del vino, documentándose primero en la zona catalana y el valle del Ebro ya durante el Hierro I (Lucas 2003-2004: 96; Faro Carballa 2015). Posteriormente, dejando al margen el entorno ibérico, contamos con simpula meseteños, tanto en ámbito celtibérico (Martín Valls 1990), como vacceo (Romero, Sanz y Górriz 2009), procedentes de necrópolis y asociados a tipologías locales de vasos y copas cerámicas. Se han relacionado con ritos funerarios cuyos detalles desconocemos, aunque Martín Valls (1990: 164-66) sugirió para los simpula de Palenzuela una asociación con el consumo y la ofrenda funeraria de bebidas fermentadas.
Tampoco conocemos bien el uso específico de esta vajilla en el mundo vetón. No es descartable su intervención en actividades de ritual centradas en la elaboración y el consumo de algún tipo de bebida alcohólica, o no. De inicio, podemos pensar en la ingesta de vino, relacionada con la presencia de vajilla griega en algunas necrópolis (Álvarez-Sanchís 2009). Sin embargo, creemos más probable el uso de una bebida local elaborada con cereales fermentados, al estilo de la cerveza o la caelia descrita por las fuentes. Plinio (XIV, 149) afirma que los pueblos celtíberos se emborrachaban macerando cereales y que en el occidente de Hispania existían otras bebidas obtenidas con un procedimiento similar. Su consumo estaría probablemente ritualizado, o al menos asociado a momentos excepcionales de la comunidad, tal y como podemos entrever en la referencia que nos da Orosio (5, 7, 2-18) sobre los numantinos lanzándose a la lucha después de ingerirla. Hay que recordar que, entre los pueblos célticos, el banquete y la embriaguez se relacionan con rituales previos al comienzo de las operaciones bélicas, liberando a través de ellos el “furor guerrero” (Marco Simón 2009: 83).
Ya se mencionó la aparición de los bronces del Cerro de la Mesa rodeados de contenedores con grano carbonizado, además de significativamente mezclados con fragmentos de vasos calados. Si aceptamos una posible relación funcional entre ellos, podemos pensar que estamos ante varios de los utensilios destinados a la celebración de ceremonias en las que se elabora o distribuye la bebida, probablemente en entornos de convivialidad. Sería además una bebida local que, aunque puede manipularse con utensilios importados, necesita adaptaciones al contexto vetón, respondiendo quizá al empleo de una medida autóctona determinada para el reparto o la elaboración.
Por otra parte, las características de estos bronces permiten atribuirles un valor como bien de prestigio y elemento de uso representativo. La sítula y el cazo son elementos simbólicos asociados a los tópicos del ideal guerrero en la Europa atlántica desde el Bronce Final, junto a la panoplia militar (Lucas 2003-2004: 95-96). Esta connotación cultural genérica se completa con otro elemento que daría realce a los bienes en el entorno vetón; la circulación de vajilla de bronce de influjo mediterráneo es extraordinariamente rara en el interior peninsular, al igual que en otros contextos “bárbaros” (Graells 2012: 35 citando a Bouloumié). La confluencia de estos factores, sin duda, aportaría a las piezas valores diferenciales y reconocibles lejos de su lugar de origen. Su posesión y uso subraya la pertenencia de los dueños a cierto estatus social que, si consideramos el aspecto formal arcaico y un probable uso dilatado en el tiempo, quizá esté indicando incluso la existencia de linajes elitistas, que conservan estas piezas al modo de “reliquias” intergeneracionales (Esteban y Sánchez 2024). En el mismo sentido se han considerado elementos similares en el área vetona, como la punta de flecha de cobre de la vivienda 3 de Las Cogotas (Barril 2007: 82) o la punta de lanza del Bronce Final aparecida en la casa D11 de El Raso (Fernández 2011: 381).
En definitiva, los individuos con acceso a estos bienes metálicos estarían exhibiendo ante el resto de la sociedad y, particularmente ante sus iguales en las ceremonias en las que se emplearan, una posición de preeminencia marcada por el control del flujo de los bienes importados y por la posibilidad de establecer relaciones diplomáticas con pueblos lejanos.
La valoración de los bronces como bienes singulares de prestigio se refuerza si analizamos la forma y momento en el que fueron amortizados junto al resto de objetos de la Casa 1. Algunos indicios nos permiten apuntar que el incendio del recinto en el que se encontraban no fue un evento accidental, sino una amortización deliberada. En primer lugar, el fuego quemó con precisión los límites acotados de la casa. Los niveles de incendio se documentaron en el pasillo de acceso, la habitación principal y el corral o granero que marcan la extensión de la planta. Había restos residuales también en el empedrado del patio. Sin embargo, no se identificaron trazas de carbones y cenizas ni en la anexa Casa 2, ni en el espacio de calle que se extiende al este y al norte del recinto quemado.
La exactitud del perímetro del incendio es difícil de explicar en un fuego accidental; máxime cuando sabemos que las estructuras arquitectónicas de adobe no son fácilmente inflamables y presentan ciertas particularidades cuando son sometidas al fuego. Análisis experimentales realizados en contextos arqueológicos de la Europa atlántica y el Próximo Oriente han determinado que, en general, se trata de estructuras resistentes a altas temperaturas: su desintegración requiere alcanzar aproximadamente los 600 ºC (Kreimerman y Shahack-Gross 2018). Esto sucede a pesar de la alta variabilidad en la composición de los adobes entre las estructuras de un mismo sitio (Sapir, Avraham y Faust. 2018). Otro patrón observado es que los efectos de un incendio en el interior de estructuras de barro son sólo perceptibles en las paredes internas, mientras que las externas no se ven afectadas (Friesem et al. 2014). Incluso cuando tienen cubiertas de madera, el recubrimiento con barro u otro tipo de materiales resistentes al fuego también obstaculiza la combustión de las techumbres (Kreimerman y Shahack-Gross 2018; Kreimerman et al. 2022). Es decir, la evidencia apunta que un incendio dentro de una estructura cerrada con adobes y cubierta de madera, tendería a poder contenerse y limitarse sin descontrolarse.
Hay otros indicios para sostener la intencionalidad del incendio. Es llamativa la concentración de materiales recuperados en la casa. No se trata del equipamiento habitual que esperaríamos en un espacio doméstico o de almacén. En la misma estancia nos encontramos útiles de trabajo en uso, reservas alimenticias y bienes de prestigio, que configuran un conjunto variado y más extenso del que cubriría las actividades domésticas ordinarias. Esa variedad y amplitud caracterizan precisamente los conjuntos que Chapman (1999: 123) ha estudiado en recintos incendiados deliberada y ritualmente, y para los que supone el depósito intencionado y ordenado de los materiales destruidos. A los objetos habituales del equipamiento del hogar, a veces se añaden otros externos, enriqueciendo el conjunto de abandono ritual (Lightfoot 1993: 174).
Tampoco la disposición espacial de los hallazgos en la Casa 1 corresponde al panorama esperable si un incendio hubiera sorprendido a los habitantes del edificio. La concentración de los bienes en la sala en la que se dispone un gran hogar central y cuatro basas de columna hubiera dejado muy poco espacio habitable si esa acumulación de objetos hubiera sido habitual. En el mismo sentido, es extraño que el espacio empedrado localizado al oeste de la habitación del hogar, seguramente un granero o corral, estuviera casi vacío de materiales en el momento final, como también lo estaba el recinto de la Casa 2. La relación de los dos espacios hace previsible que el nivel de uso documentara una presencia mayor de materiales en este lugar, al menos, relacionados con la actividad textil o con el uso del hogar central.
En definitiva, la llamativa dicotomía entre la carencia de objetos en estos espacios funcionales y la sorprendente acumulación de la habitación central del recinto incendiado, apunta hacia una posible limpieza intencionada que dejaría in situ solo elementos muy pesados o voluminosos (telar, algunas tinajas, molinos…) trasladando el resto del equipamiento a la Casa 1. La estrategia de los abandonos rituales intencionados es conocida a través de paralelos etnográficos aunque, como apuntan LaMotta y Schiffer (1999: 23-24), los razonamientos basados en la lógica de la eficiencia deben aplicarse con cautela.
Una última evidencia significativa a considerar es el carácter inusual de la construcción incendiada. Su representatividad es reducida en comparación con la superficie del área habitada. Como sucede en poblados excavados en extensión, la variabilidad en la planta de las unidades domésticas probablemente sería muy alta sin que ninguna fuera exactamente igual a otra. Por esta razón estas casas geminadas que presentan sutiles diferencias entre ellas, cobran una especial relevancia. Su distribución espacial es diferente de las excavadas anteriormente y, por el momento, son las únicas con plantas gemelas que comparten un espacio común. Consideradas individualmente, su planta parece sencilla. Tienen un esquema de accesibilidad básico pero una alta privacidad al tener al fondo la habitación que centralizaría la vida de la casa. Sin embargo, ambas viviendas comparten un patio común de acceso, lo que complejiza su distribución, acercándolas al modelo de casa plurifocal (Grau 2013), relacionado con los mecanismos de diferenciación de los grupos de mayor estatus.
Existe una tendencia de fundaciones deliberadas en áreas interpretadas como de culto o con algún tipo de relevancia simbólica (Rodríguez-Hernández 2019: 152-53). El complejo doméstico de la fase vetona se ubica precisamente donde antes había dos estancias con un altar de inicios del siglo VI a.C. (Ortega y del Valle 2004: 178). Sin poder asegurar que su existencia fuera conocida en el momento de remodelación del espacio, su emplazamiento evidenciaría una estrategia de asociación directa entre los moradores y sus antepasados mediante la evocación o reconstrucción de los elementos localizados en esos espacios simbólico-religiosos.
Para terminar, y en otro orden de cosas, no puede ser casual que la amortización que destruye el recinto estudiado coincida con la ocupación final del yacimiento. Como no conocemos restos de violencia generalizada en el poblado, o indicios evidentes de una posterior presencia romana en el Cerro de la Mesa, nos preguntamos cuáles serían las condiciones que le darían sentido a una destrucción intencionada de los bienes. Los últimos niveles de ocupación del sitio se han datado en el siglo II-I a.C, un momento ciertamente cambiante en esta región del Tajo. Sabemos que, ya desde comienzos del siglo II a.C., vive cierta inestabilidad política, al pasar a formar parte del área de acción e interés de los ejércitos romanos (Álvarez-Sanchís 2011: 113-14). La campaña de Fulvio Nobilior en el 193 a.C, venciendo a una coalición de vetones, vacceos y celtíberos en Toletum, abriría para Roma el dominio de los vados del río y, sin duda, alteraría el equilibrio de poderes tradicionales en torno al valle. Durante todo el siglo II la región se verá afectada por distintos episodios de enfrentamientos, especialmente en la guerra de Viriato. Las fuentes nos dicen que los ejércitos romanos se adentran por tierras vetonas y galaicas tras los pasos del lusitano (Sánchez Moreno 2000: 27-28). Años después, César hace una de las últimas referencias históricas a la Vetónia (Bellum civile, I, 38, 1-4) en el contexto de la Guerra Civil, precisamente señalando esta región como vía de paso obligada de los ejércitos de Pompeyo hacia la Citerior (Sánchez Moreno 2000: 27-28).
Es probable que, en algún momento de este azaroso desarrollo histórico, se produjera un movimiento de población hacia núcleos mejor defendidos de la sierra o del interior de la Meseta, facilitando la concentración de recursos materiales y humanos. De forma más extrema, quizá podríamos considerar también la hipótesis del abandono motivado por un castigo de guerra infringido a los perdedores. Las deportaciones de poblaciones vetonas y lusitanas están documentadas por las fuentes, a mediados del siglo II a.C. tras las Guerras Lusitanas y en la primera mitad del siglo I a.C. tras las Guerras Sertorianas (Pina 2004).
Este momento crítico para la comunidad ocasiona el abandono precipitado del oppidum, sin tiempo o posibilidad para vaciar y acarrear todas las pertenencias del grupo, ya que no parece haber una limpieza total del asentamiento, pero sí para destruir o inutilizar recursos importantes y significativos. Se impediría así que el enemigo pudiera acceder a ellos o profanarlos. La situación podría parecerse a la que nos relata Livio (XXII, 4-5) en su descripción del avance de Aníbal por Italia, cuando Roma dispone para aquellas ciudades sin buenas defensas, su traslado a lugares seguros prendiendo antes fuego a sus casas y destruyendo las cosechas de forma que faltase de todo. De modo mucho más dramático pero con el mismo trasfondo desesperado para impedir una ventaja del enemigo, Livio nos narra también el incendio intencionado de las riquezas de las poblaciones asediadas de Sagunto (XXI, 14) o Estepa (XXVIII, 22).
Las piezas de bronce localizadas en la Casa 1 del Cerro de la Mesa se han interpretado como dos utensilios del servicio de bebida, habituales en el área mediterránea: una sítula de asas dobles con apliques con decoración vegetal y un simpulum del que sólo conservamos el mango. La caracterización tipológica ha permitido situar la procedencia del modelo, probablemente en Italia, aunque tenemos indicios para suponer una fabricación peninsular, adaptada a las necesidades culturales propias de las poblaciones locales. Son objetos singulares en el entorno vetón, con funciones prácticas asociadas a la manipulación de bebidas especiales y de uso restringido (vino, cerveza…), normalmente en actividades funerarias, pero también dotados de otros valores como bienes de prestigio y símbolos de rango o incluso, pertenencia a un linaje que tiene acceso a los productos suntuarios durante varias generaciones.
Precisamente esta combinación de valores, justifica que las piezas se “seleccionaran” para ser amortizadas en el incendio deliberado de la Casa 1 y que, por tanto, pudiéramos recuperarlas excepcionalmente en un contexto doméstico. La destrucción de los bronces se suma a la de otros bienes suntuarios y de prestigio (fíbula de caballito, anillos y pendiente de oro, etc), junto a lo que podríamos considerar medios de producción domésticos agropecuarios y artesanales (herramientas de hierro, útiles textiles) y finalmente, a la riqueza efectiva, representada por los excedentes de producción, al menos de grano y quizá ganadera que no se ha conservado. En definitiva, es un conjunto no aleatorio de elementos, reunidos por su valor real y simbólico para ser destruidos con premeditación y, muy probablemente, de manera ritual. Hay que señalar que la sociedad vetona se ha descrito, al menos en su fase final, como una sociedad jerarquizada en la que las élites asientan su poder en el dominio de las bases territoriales y económicas de los oppida, clásicamente establecidas en la ganadería, la agricultura cerealista de secano y la explotación minera (Álvarez-Sanchís 2011). El control de los recursos críticos y los excedentes eventuales permitirá desarrollar el comercio, impulsando el paulatino enriquecimiento económico o material de los grupos de poder, así como las relaciones de dependencia respecto a otros grupos sociales (Sánchez 2020: 239). En este marco, la amortización en un único momento crítico de los medios de producción, la riqueza real y los marcadores físicos de prestigio social, significa la desaparición conjunta de los elementos simbólicos y reales del origen y la expresión del poder de las élites vetonas.
No es casual que esta destrucción “total” se escenifique en el espacio doméstico de la Casa 1, un recinto sobresaliente dentro del oppidum por sus características arquitectónicas, espaciales y representativas. Sería aventurado con los datos que hoy conocemos sobre el Cerro de la Mesa determinar la función exacta de este complejo doméstico. Sin embargo, nos parece verosímil proponer que se tratara de un espacio significativo para la comunidad o para alguna de sus principales familias (residencia, almacén, espacio de producción…). Supondría, como sugería Chapman (1999), el marco perfecto para la quema de una cultura material simbólica que denota la ruptura entre el pasado y el presente de una comunidad. El lugar idóneo para plasmar un acto de cierre cultural que, implicando o no la muerte de las élites de la sociedad, equivale en cualquier caso al fin de la corriente interminable de renovación cultural de la que depende la reproducción social (Chapman 1999: 123).
Las autoras agradecen a Juan Pereira su disponibilidad generosa y las facilidades dadas para la elaboración de este artículo y a Teresa Chapa su sabio magisterio y su constante ejemplo. Montserrat Cruz Mateos restauró los bronces en 2006 e Ignacio Montero realizó los análisis de isótopos de plomo de base de bronce.
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