ISSN: 1131-6993
ARTÍCULOS
Trinidad Tortosa
Instituto de Arqueología de Mérida, Consejo Superior de Investigaciones Científicas – Junta de Extremadura, Plaza de España 15, 06800 Mérida, Badajoz ✉
Ricardo Olmos
Profesor de Investigación, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, Madrid
Recibido: 4/11/2024 • Aceptado 09/04/2025 |
ES Resumen: En esta ocasión nos acercamos, precisamente, al relato novelado inspirado en la arqueología a través del cuento que Teresa Chapa realizó para un libro editado hace ya algunos años. Una narración que actúa como un reflejo de su conocimiento y de sus intereses a lo largo de su larga trayectoria investigadora en el ámbito de la protohistoria ibérica. Un tipo de composición imaginada que ha sido utilizada también por otros arqueólogos del pasado como José Ramón Mélida o Manuel Gómez-Moreno y que se entiende como una manera de dar vida a sus conocimientos y de imaginar situaciones específicas de la historia del pasado. Cerramos estas páginas con algunos de los recuerdos vividos junto a esta dama del iberismo.
Palabras clave: Novela arqueológica; Ibérico; Pompeya; Mélida; Gómez-Moreno.
EN From archaeology to the imagined story of the past
EN Abstract: On this occasion, we take a closer look at the narrative inspired by archaeology through the story that Teresa Chapa wrote for a book published some years ago. A narration that acts as a reflection of her knowledge and interests throughout her long research career in the field of Iberian protohistory. A type of imagined composition that has also been used by other archaeologists of the past such as José Ramón Mélida or Manuel Gómez-Moreno and which is understood as a way of bringing their knowledge to life and imagining specific situations in the history of the past. We close these pages with some of the memories of this lady of the lived with this lady of Iberianism.
Keywords: Archaeological novel; Iberian; Pompeii; Mélida; Gómez-Moreno.
Sumario: 1. A una dama ibérica, 2. Arqueólogos y sus novelas: José Ramón Mélida y Manuel Gómez-Moreno, 3. Momentos y espacios compartidos, 4. Bibliografía.
Cómo citar: Tortosa, T.; Olmos, R. (2025): De la arqueología al relato imaginado del pasado. Complutum, 36(1): 151-161
Hemos querido en este ejercicio de memoria hacia una dama de la arqueología ibérica, como es Teresa Chapa, acercarnos a ella y a su dilatada experiencia profesional a través de la ensoñación de la arqueología y del relato novelado, esa doble cara de la literatura que juega con la realidad y la ficción, que emula y recuerda las experiencias de la arqueología a través de la narrativa vital de la propia vida. Ritualidad, paisajes, religiosidad, amores, matrimonios…son aspectos que aparecen en el relato que Teresa apuntó hace ya unos años en un breve cuento que se publicó en 1999 en una obra colectiva y que ella tituló “La otra historia” (cf. en Perea, ed. 1999). El relato habla de la memoria y de su transmisión a través de la oralidad que nos permite recordarla. Se trata de un monólogo que la anciana Belisker1 realiza aludiendo a diferentes épocas de su vida y donde hallamos aspectos que nos conducen a diferentes temáticas arqueológicas que Teresa ha desarrollado a lo largo de su productivo e interesante camino profesional. El paisaje cultural se manifiesta en la narración a través del traslado de personas a nuevos territorios, de la creación de nuevos poblados, de las nuevas fronteras (Molinos et al. 1999), de aquel Gran Río que nace en las tierras del interior. Habla Teresa de costumbres, aquellas de costa que son diferentes a otras más rudas del interior… Cuenta sobre el matrimonio que sirve para unir clanes diferentes y así crecer e incrementar su poder. Relata acerca de las cuevas, esos espacios rupestres con rituales colectivos más arraigados a lo largo del tiempo pero también más tradicionales que, esos otros nuevos, que se proponen a través de grandes y engalanados edificios donde las divinidades encuentran un hogar construido lejos de sus moradas rupestres, más primitivas. O la mención que efectúa a los ‘sacristanes del culto’ (vide Chapa y Madrigal, 1997; Chapa 2022), esos sacerdotes que Teresa identificó y que abrió la puerta para que hablásemos de los importantes ‘agentes del culto’ en época ibérica. En su narración, Teresa incluye al final de su relato un interesante párrafo que transgrede la norma, el código social de las mujeres de la comunidad que, ante la ausencia de los hombres, se convertían en guerreras para evitar las agresiones que pudieran venir de fuera, ante la ausencia de los aguerridos hombres de la comunidad. Unos códigos femeninos que el hombre no reconoce o que no quiere reconocer (Chapa 1999: 158):
Con el fin de que nada nos delatara, en estas etapas manteníamos los disfraces tanto en público como en privado. Incluso organizamos fiestas empleando las cráteras y las copas de los hombres, y hubo quien encargó algunas con la representación de mujeres guerreras, lo que causó un regocijo generalizado. Es cierto que su presencia fue luego algo difícil de explicar cuando los hombres volvieron y se encontraron con esos dibujos, que les parecían estrafalaris ‘A las mujeres las engañan con cualquier novedad!’, decían entre risas.
Y, en ese mundo funerario, cuando lo describe, hallamos el pulular de la escultura íbera de la Dama de Baza que nos evoca el revuelo que hace años provocó su inusual ajuar con armas en el enterramiento de una mujer (Chapa 1999: 158-159; cf. Chapa e I. Izquierdo, eds. 2010):
Cuando alguna de nosotras moría, aprovechábamos para simular que era un hombre el fallecido. Una vez envuelto el cadáver en el sudario, nadie podría sospechar que se trataba de una mujer, y aún menos cuando el fuego todo lo había reducido a cenizas. No dejábamos por ello de introducir en la urna, disimuladamente, las necesarias fusayolas, y por añadir las armas no dañábamos en nada a la difunta. En definitiva, más estrambótico había sido el caso de nuestros vecinos de la Ancha Hondonada, quienes para asegurarse de que la gran diosa iba a cuidarles en el viaje a los infiernos, la enterraron en forma de estatua entronizada acompañada de ricos ajuares. Y para que fuera más verosímil, incluso metieron algunos huesos en el interior de la escultura. ¡Una diosa enterrada! ¡Ellos sí que eran brutos!
En este universo en el que se integran la arqueología y el relato novelado intervienen diversos hechos. Las actuaciones de Carlos III en Pompeya y Herculano (1748 y 1738, respectivamente) estimularon el camino que integraría la arqueología de campo en el estudio de las antigüedades como fuente del pasado histórico (Canto de Gregorio 2012: 299). Las consecuencias de estos trabajos, de los resultados obtenidos y del interés del monarca por la difusión de los mismos despertó un enorme interés social a través de la constatación de objetos, espacios y construcciones que se pudieron admirar en estos sitios, como una foto fija que quedó grabada cuando el 24 de agosto del año 79 d.C. rugía el Vesubio, tal y como relataba Plinio ‘El Viejo’; un espacio que permitía volver al pasado como si, de una máquina del tiempo se tratara, a un momento determinado de la historia (Olmos 1992, 1993). El fenómeno que despertaron estos trabajos de excavación ocasionó un profundo cambio en la comunicación y la percepción del conocimiento arqueológico.
Debemos recordar que la disciplina arqueológica estaba ya asistiendo, por factores múltiples, a cambios cualitativos como ya habían avanzado obras como la del Conde de Caylus en su obra editada en París, Recueil d’antiquités égyptiennes, étrusques, grecques et romaines (1752), en una propuesta que apostaba a que piezas y monumentos descubiertos se debían cotejar con otras antigüedades similares. También Bernard de Montfaucon transitó en un camino análogo; ambos autores comprendían que los vestigios arqueológicos son el resultado de un tiempo y espacio específicos (Gran Aymerich 2001: 34-42). Sería ya en el siglo XIX cuando se vislumbra el proceso hacia una arqueología científica; un camino sembrado de cambios conceptuales y de maneras diferentes de analizar y mirar la arqueología (Tortosa 2024). Descubrimientos, monumentos que, tanto en Italia como en Grecia y otros países van a atraer a anticuarios, viajeros, arquitectos y artistas; ellos analizarán, dibujarán y reconstruirán esos vestigios y sus paisajes. Será en este siglo complejo, interesante y polifacético cuando se vivirá el apogeo de las novelas arqueológicas.
Antes de ocuparnos de los dos arqueólogos citados en el título veamos la obra del escritor valenciano Vicente Blasco Ibáñez (1867-1928) quien escribió una novela histórica Sónnica la cortesana, en 1901 (Fig. 1), donde nos introducía en los escenarios y personajes que habitaban la ciudad costera de Sagunto (Valencia) –la ciudad ibérica de nombre Arse que se convertiría en la romana Saguntum-; un lugar de encuentro entre indígenas, romanos, púnicos y griegos cuyo relato cuenta el asedio y destrucción de la ciudad por el mismo Aníbal en el marco de la Segunda Guerra Púnica (Fig. 2)(Blasco Ibáñez 1923 [1901]). La trama está inspirada en su parte histórica en obras de autores clásicos como en la Púnica de Silio Itálico, obra de la que extrae algunas escenas y personajes secundarios, y en los textos del libro III de Estrabón. Una magnifica escenificación donde se mezclan referencias y guiños a los textos antiguos junto a la propia imaginación del autor que construye una visión onírica de un mundo espléndido en el que están presentes los ecos del Romanticismo y el orientalismo de finales del siglo XIX y principios del siglo XX, que difunden algunos de los estereotipos comunes que solemos encontrar en las novelas de corte occidental de la época. Un relato que para el autor significaría una incursión en la historia etnográfica de su región, cuya voz protagonista concede a Sónnica, una mujer que se exhibe como una sensual y refinada hetera griega (Tortosa 2024: 27):
Iba envuelta en una amplia tela de lino blanco, que descendía hasta sus pies en armoniosos pliegues, como el ropaje de las estatuas. De su cabellera rubia solo se veían algunos bucles caídos sobre la frente. Mostraba la boca recién pintada de rojo, y de sus ojos negros, aterciopelados… Al mover los brazos bajo el manto sonaban con argentino choque sus joyas ocultas. La punta de una sandalia, asomando por el borde de su ropaje, brillaba como un astro de pedrería.

Fig. 1. Cubierta de la novela de Vicente Blasco Ibáñez, Sónnica la cortesana. Ed. Prometeo, Valencia, 1923.

Fig. 2. Ilustración del ejército de elefantes que Aníbal traslada a Sagunto que aparece en la novela de Vicente Blasco Ibáñez traducida al francés, M. de Becque, Sonnica la courtisane, 1928: 132.
Labios pintados de rojo, los brazos escondidos bajo el manto, el sonido del tintineo de las joyas nos traslada a la iconografía de la antigüedad, con algunos elementos que bien pudieran ser ibéricos, aunque el autor no lo indique de manera específica en el prólogo de su obra. Pero que recoge, sin embargo, algunos de los topoi que la novela histórica, con tradición decimonónica, seguirá conservando aún en el siglo XX.
Hay un elemento interesante y curioso del que se ocupó uno de nosotros y que indica ciertas similitudes en la sonoridad de los nombres elegidos para las protagonistas femeninas de algunos de estos relatos. Blasco Ibáñez (1923 [1901]), por ejemplo, escarbaría en las inscripciones cristianas antiguas reunidas por Emil Hübner (1869); donde encontró la voz femenina de Sónnica que finalmente elegiría para su sensual hetera griega. La doble ‘n’ le gustó al igual que gustó a Gustave Flaubert (1821-1880) el nombre de Salammbô, para nombrar en su obra a la insinuante sacerdotisa de Cartago; quizás para hacerlos más vibrantes. También el historiador Manuel Gómez Moreno, del que nos ocuparemos más adelante, seguirá un proceso similar y buscará entre los nombres que aparecen en el volumen II de las inscripciones latinas para acabar llamando de forma silbante a una mujer jienense de Cástulo, Siseia, para nombrar a su protagonista. No importaba en estos casos si el nombre era romano; les valió esa referencia de la antigüedad para llamar de esa manera a sus protagonistas (Olmos 1999: 34-35).
Cambiemos de perfil; ahora con un arqueólogo de la talla de José Ramón Mélida (1856-1933)2, Director del Museo Arqueológico Nacional de Madrid (1916-1930)3 y uno de los personajes más influyentes en la arqueología de la época. Él como otros profesionales procedentes de ese ámbito o de otros campos4 se animaron a componer narraciones noveladas movidos, quizás, por la pasión de la escritura y, tal vez, también por cierto halo de libertad que suponía la reconstrucción de escenarios del pasado a través del espacio flexible que les proporcionaba la novela. Él sentía auténtica pasión por la escritura de estas novelas y precisamente en el prólogo de una de ellas, titulada Salomón (Mélida 1884)5 señala lo que supone para este género literario el hecho diferenciador que aporta la arqueología a estos relatos y el cambio que este hecho ha ocasionado en su morfología: … que antes se redactaba como un acercamiento literario y político, con arreglo a las referencias de los autores antiguos, y ha sido renovada por la arqueología, que nos ha puesto en comunicación directa con el mundo antiguo. A través de estos escritos literarios se realiza un intento de reconstrucción, en los que jugando con la imaginación y la información arqueológica se supera, en cierto modo, ese carácter catastrofista que posee la ruina, adquiriendo de esta manera una categoría de vivencia y de cotidianeidad de la historia que será, por otra parte, bien acogida por los lectores (Tortosa 2024: 32-33).
Sorprende, para quienes hemos seguido en algún momento la trayectoria intensa de José Ramón Mélida, saber que, como señala el estudio de Miguel Ángel Molinero (2024: 83-104), la novela en coautoría El sortilegio de Karnak (Mélida y López 1880) sería la primera publicación del joven arqueólogo que contaba, por entonces, veinticuatro años. Molinero indica el carácter pedagógico que posee este relato sobre el antiguo Egipto y cuya trama, además, logra mantener cierta tensión. Un interés pedagógico que refleja el interés de Mélida por las ideas krausistas y alumbra sobre su relación con ciertos miembros de la Institución Libre de Enseñanza. Molinero también indica que, como ocurre en otras novelas, a veces es excesiva la descripción de determinados aspectos dado el importante conocimiento que el autor posee sobre la temática en cuestión; lo que lleva a que, en ocasiones, resulte farragosa su lectura; un aspecto que hemos comprobado en general en un buen número de estos relatos. El contenido de esta novela narra las cuitas amorosas del príncipe Si-Montu y la hija del primer sacerdote de Amón, Isis-meri que dan pie a un argumento de desengaños, venganza y otras consecuencias nacidas de las relaciones de los diferentes personajes que habitan en la obra. Molinero (2024: 87-ss.) nos cuenta que una de las fuentes de inspiración de los autores de este relato pudiera encontrarse, en algunas escenas de la ópera Aida de Giuseppe Verdi, estrenada seis años antes en el Teatro Real de Madrid (12 de diciembre de 1874). Precisamente, Antonio Peña y Goñi (1874: 723, en Molinero 2024: 89) en su trabajo menciona a un “gran egiptólogo español” que habría escrito, en la crónica de ese estreno operístico, el argumento y contexto histórico de la obra. Y, aunque no ofrece el nombre específico de esa persona, Mélida tal vez se encontraría entre los posibles candidatos que hubiesen podido efectuar ese trabajo, manifestando de esa manera el vínculo entre arqueología, música y escenografía.
Veíamos en el caso de Blasco Ibáñez cómo la inspiración se ponía al servicio de la información que algunos autores clásicos relataban sobre la toma de Sagunto por Roma. En el ejemplo que veremos ahora de José Ramón Mélida y su novelita Una noche en Pompeya -integrada en su obra de varios relatos, A orillas del Guadazar (Mélida 1886)- el arqueólogo nos introduce en dos aspectos que resultan interesantes: por un lado, el autor se convierte en una especie de viajero en el tiempo y lo hace a través, precisamente, del camino que le proporciona el ‘sueño’ estimulado por una conferencia escuchada en una tertulia madrileña, tal y como nos lo describe con estas palabras (Mélida 1886: 268);
mi mente parecía una linterna mágica, en la que todo pasara confuso, atropellado y de continuo…
En la tertulia a la que asistió, un arqueólogo relató su viaje a la Campania y estas palabras serán el aliciente que el madrileño necesita para la ensoñación de un viaje que transcurre por las calles, edificios y personajes de Pompeya y Herculano. La relectura, con el paso del tiempo de la novelita de Mélida (1886: 273), nos ha parecido deliciosa y sus descripciones tanto de los personajes que intervienen como de las indumentarias y espacios –por ejemplo, cuando describe las calles por las que camina-, denota su conocimiento como arqueólogo. En el relato la ensoñación es protagonista; el autor se observa como un voyeur que alcanza su deseo de convertirse en observador caminando por las calles pompeyanas; pero es más, cuando un ciudadano le pregunta si es griego; él tiene que mirar su ropaje para averiguar algo que finalmente confirma: sí es griego; tal es la confusión en la que se encuentra en ese ámbito en el que realidad y ficción se entremezclan. El relato acaba con la mirada, casi mítica, de los dos ‘amantes’, esos dos cuerpos carbonizados hallados en las excavaciones pompeyanas justo en el momento en el que pierden la vida como consecuencia de la erupción volcánica. Mélida (1886: 283) no puede disimular su emoción al evocar y rememorar este momento que le lleva a proclamar:
…yo tengo envidia de aquellas víctimas del Vesubio.
Quizás, menos conocida resulte su novela titulada Luisa-Minerva (Mélida 1880)6 (Fig. 3) ¡¡hasta nuestro Mélida se dejó atrapar por el tipo de novela amorosa!!, donde se cuentan los pormenores de los amores y desamores entre Luisa, la protagonista, y los dos hombres que pululan en su entorno y se la disputan: Sebastián y Miguel. El sobrenombre por el que la conocen en el bullicioso Madrid del momento es el de Luisa-Minerva y así se entiende este símil (Mélida 1886b: 28; cit. en Molinero 2024: 89):
¿Usted no sabe que la diosa Minerva7 era en la antigüedad el prototipo de la sabiduría? Y como además de sabia era hermosa y era virgen casta… Ya puede usted deducir que el símil –en referencia a Luisa- es bastante propio.

Fig. 3. Cubierta de la novela de J. R. Mélida, Luisa-Minerva. La Guirnalda, Madrid, 1880.
Será estupendo profundizar en las peculiaridades de esta novela donde, no sólo nos introduce en el Madrid8 de la época o en la descripción incluso de unas tanagras, sino también en el perfil sociológico y psicológico de la mujer protagonista, que tal y como nos la descubre el madrileño aúna en ella un cúmulo de virtudes propio de una mujer inteligente a la que no le gusta que la comparen con la diosa romana (Mélida 1880: 60) tal y como la propia protagonista nos desvela:
… quiero un amante que adore mi alma llamándome Luisa a secas y no me hable de mi hermosura ni de mis habilidades, ni de mi talento.
A través de este mundo de ensoñaciones, Mélida podía rememorar una arqueología vívida e intensa; una trama con inicio y final que le permitían dotar de vida al discurso académico que caminaba por otra vía de racionalidad constreñida a los datos empíricos conocidos.
Y, cerramos este pequeño paseo, con otro de los grandes nombres de la arqueología española, Manuel Gómez-Moreno Martínez (1870-1970)9. Él también sucumbió a la fiebre de imaginar la historia. Y así nos lo transmite (Olmos y Tortosa 1997: 269-270):
yo estaba componiendo un libro de historia casi absolutamente en serio pero la tentación sobrevino… (Gómez Moreno 1924: 8).
Creyó en la inspiración. Lo hizo sin querer. Y tras hallar un método narrativo, gustoso de leer, ameno y ejemplar, esbozó unas escenas que él imaginaba desde las vivas policromías que narraban las gestas de aquella infancia que ahora intentaba recuperar. Así que, en su Novela de España, del año 1924 no pudo evitar novelar la historia. Tal vez, una forma de encontrarse a sí mismo y de dar rienda suelta a sus emociones y deseos.
Lo ibérico –o lo hispánico, como él prefería llamarlo- estaba ya por entonces inventado y definido. O, mejor dicho, continuaba definiéndose. Él había ayudado a hacerlo. Se podían contar ya cuentos ibéricos, recrear su realidad material, envolver la nueva erudición que, en ciencia iba surgiendo, junto al viejo misterio de las palabras. El capítulo de la obra citada arriba llamado “Memorias”, evoca y transforma el relieve arqueológico del Beso de Osuna10 en un romance imposible entre dos jóvenes; se trata de un relato, inacabado, del griego Dórifon, que acaso muere tras esculpir en Osuna esta famosa escena del beso en el que retrataba a su amigo y a la amante de éste, una muchacha del lugar, Siseia. Pero, sobre todo, el precedente relato de la muchacha Siseia no deja de recordarnos, de nuevo en esta ocasión, el paisaje de la escultura. Así dice el narrador de cuentos:
Entre la multitud reconocemos el grupo que forman Siseia, la protagonista y sus amigas junto a sus respectivos novios, con sus ropas cortas ceñidas a la cintura, clámides airosas de colores y collares de plata. Han obsequiado a las muchachas, y Siseia añade a su traje un cinturón de cuentas rutilantes como piedras finas, y se perfuma con esencia de nardo, contenida en una ampollita de vidrio primorosa. Otro joven, además, se les agrega: es el jonio Dórifon, escultor de fama, que había hecho ya una vistosa esfinge de bronce para la tumba de cierto personaje, pues hay costumbre de señalarlas con animales quiméricos, generalmente de piedra, y ahora modela un retrato de la gran sacerdotisa. Dórifon se despacha muy a gusto hablando su propia lengua con Siseia, que la comprendía por haber tenido una niñera asiática; el artista desahoga sus ardores sensuales con elogios a todo, que refluían sobre Siseia, y le promete dedicarle una figurita de bronce con incrustaciones de plata representando a su diosa Artemis, aunque temía que, según llevaba clavadas las facciones de la joven, bien podría resultar su retrato, y Siseia reía los galanteos del griego, sin fijarse mucho con la hosquedad que transparentaba su novio (…) Más tarde, a solas en su cuarto, se apercibió con asombro de que toda su alma se iba tras el griego, el porvenir se le complicaba… A la misma hora, unas palmeras eran testigos de silenciosa lucha entre dos hombres y uno de ellos caía balbuciendo palabras en lengua extraña (Gómez Moreno 1974 [1924]: 148-149).
Nos describe, nos acerca al mundo ibérico del área del SE y del Sur peninsular, donde las palmeras ilicitanas (Fig. 4), los relieves de Osuna o las esculturas, como las esfinges de Agost… cobran vida en este relato (Fig. 5). En otro momento de la narración, el autor se deleita con una detallada descripción del ritual de su preparación personal para mostrarse en sociedad:
“Siseia es la muchacha más linda de Contestia11. Ella lo sabe; sabe que en presentándose, todos alrededor experimentan una conmoción; que si algo pregunta, la contestación sale balbuciente, turbia; que un ademán suyo es orden para todos; que al pasar se clavan en ella las miradas, y clavadas la siguen hasta que traspone. … Hoy es día de gran fiesta. Se ha lavado toda; ha hecho con su pelo negro habilidades de trenzas y rizos; se ha mirado despacio en su espejo de bronce, y no tiene que pintarse, porque el blanquete es suciedad para su tez, y carmín no lo hay tan fino como el de sus mejillas y labios; se calza pulcramente; da unas pataditas mirándose los pies; luego, desnuda como está, ensaya unos pasos de baile, ondula despacio todo su cuerpo castañeteando los dedos a compás, se estremece y suspira hondo: está alegre, le rebosa la alegría. Canta por lo bajo mientras se pone la túnica de lino, toda rizada a lo largo finamente, lo que permitía ajustarla al cuerpo; se mete por los brazos desnudos, hasta lo alto, unas espirales serpentinas de plata; va tomando luego de una bandeja, y se los cuelga tres collares de oro en gradación de amplitud, formando entrevesada cadena el uno, y compuestos de piezas tubulares y colgantes los otros; encima echa por los lados sus cuatro trenzas; a las orejas sujétase con cadenillas unos grandes zarcillos de rueda, magníficos, y en lo alto del peinado hunde la redonda peineta. Por último, sacude el manto pajizo con franjas de púrpura; en airoso revoleo échaselo encima, cubriéndola de pies a cabeza; y, como es angosto, necesita de ambas manos para sujetarlo, en forma que la tape toda por delante, no sin marcar de arriba abajo el perfil del cuerpo; que en esto de rebujarse ceñido está el punto de la elegancia de aquellas hembras. …

Fig. 4. Puente de Elche según M. Edouard Charton (1855: 52). Dibujo de Rouargue.

Fig. 5. Dibujo de la Esfinge de Agost (Alicante). Dibujo de Santiago González. Archivo Iconografía Ibérica, Instituto de Arqueología de Mérida, Consejo Superior de Investigaciones Científicas (IAM- CSIC).
Y, de nuevo, evoca en ella elementos arqueológicos reconocibles en las esculturas íberas femeninas y en algunas piezas de orfebrería como, por ejemplo, el tesoro de Jávea (Alicante) (Fig. 6).

Fig. 6. Escultura íbera de la Dama del Cerro de los Santos (Montealegre del Castillo, Albacete). Se conserva en el Museo Arqueológico Nacional. Archivo Iconografía ibérica, Instituto de Arqueología de Mérida, Consejo Superior de Investigaciones Científicas (IAM-CSIC).
En estos casos concretos asistimos a imaginar ese relato a partir de las propias fuentes arqueológicas que le otorgan veracidad al relato y, por tanto, al contenido que se está ofreciendo. Escuchamos en estos pequeños párrafos las voces que se incorporan en los banquetes, proposiciones que aluden al lujo y exotismo que transmite el mundo oriental, junto a ese concepto femenino, de la mujer bella, virtuosa y engalanada que manifiesta uno de los prototipos femeninos que aparecerán en estas novelas; frente a otros perfiles de féminas malévolas de donde, en ocasiones, radica el mal del entorno que la novela plantea.
José Ramón Mélida o Manuel Gómez-Moreno beben de su propia experiencia como profesionales de la arqueología; Vicente Blasco Ibáñez lo hará, como él mismo sugería en la introducción de su novela, de las obras latinas; a todos les persigue un mismo objetivo: reconstruir y rememorar ‘la vida del pasado’ en estos contextos.
Con Teresa hemos compartido muchos y buenos momentos en Madrid, Jaén, Roma, Elche… Dos imágenes evocan algunos de ellos. En el año 2006, una estancia de Teresa y María Belén Deamos en Roma nos permitió compartir con ambas paseos, conversaciones, pizzas y lugares tan especiales como esta iglesia de Santa Maria alla Navicella -“cerca del pequeño barco”- que es realmente Santa María in Domnica; iglesia construida no más allá del siglo VII y donde León X colocó la fuente con la pequeña nave, un barco romano, enfrente del edificio (Fig. 7). Otro día memorable, fue dos años más tarde cuando nos reunimos en Jaén para hablar de diferentes temas que nos involucraban a todos, desde las esculturas de Porcuna hasta la que era una inminente exposición prevista a medio plazo; una exposición relativa al mundo ibérico que aparecería en todo su esplendor –así lo pensamos- en la capital italiana, en concreto en el Palazzo delle Esposizioni de Roma. Esta vez no nos acompañó la diosa Fortuna y la crisis global del año 2008 se llevó por delante nuestro deseo colectivo…; el icono de la misma se puede apreciar en la pantalla que se ve al fondo de la imagen (Fig. 8). Estábamos en el Museo Provincial de Jaén rodeados de esas espléndidas esculturas jienenses junto a nuestros anfitriones, los compañeros y amigos del Instituto universitario de Investigación en Arqueología Ibérica de la Universidad de Jaén y, además, con los profesores Mario Torelli y Concetta Masseria. Fue un día memorable en el que ciencia, gastronomía y palabras se fueron sucediendo en un ambiente donde Apolo y Dionisos correteaban a su gusto.

Fig. 7. Fuente della Navicella frente a la iglesia romana conocida por el mismo nombre. De izquierda a derecha Trinidad Tortosa, Ricardo Olmos, Teresa Chapa, Carmen Albacete. Año 2006.

Fig. 8. Reunión en el Museo Provincial de Jaén. Equipo de arqueología ibérica de Jaén encabezado por Arturo Ruiz; Teresa Chapa, Mario Torelli, Concetta Masseria, Ricardo Olmos, Trinidad Tortosa. Año 2008.
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1 Belisker: nombre imaginario formado por los prefijos/sufijos Bel e –Iscer, muy frecuentes en el área mediterránea según atestiguan las inscripciones en lengua latina referidas a nombres ibéricos (Perea, ed., 1999: 214).
2 Con anterioridad fue Director del Museo de Reproducciones Artísticas (1901-1916) (Díaz-Andreu 2004; Casado 2006; Tortosa 2019).
3 Debemos destacar como acontecimiento importante su codirección, junto a Maximiliano Macías, de las excavaciones en Mérida a partir del año 1910. Pero, para el tema que aquí nos interesa sobre su vinculación con este género de la novela arqueológica, cf. Casado Rigalt 2006: 63-ss.
4 Recordamos, en este sentido, la conocida novelita La Dama de Elche, de Clemente Pereda (1931), profesor de la Universidad de Puerto Rico, editada por el Instituto precursor del actual Hispanic Institute de la Universidad de Columbia (Olmos, Tortosa 1997: 270-271, n. 42).
5 Novela en la que se explica la transformación de la novela histórica desde W. Scott hasta B. Litton y J. Ebers (cf. Litvak 1985: 186).
6 Consultamos el ejemplar de Luisa – Minerva en la biblioteca del Museo Arqueológico Nacional de Madrid. Nuestro agradecimiento a Margarita Moreno, que nos habló de ella.
7 Mélida (1880) ofrece otros guiños al mundo clásico a lo largo de Luisa – Minerva: cf. el título del cap. XXXIX “El hilo de Ariadna”, por ejemplo.
8 Mélida (1880: 250 y 264) nos acerca también a Lisboa y Sintra, a través de estas páginas, cf. cap. CCCII “Lisboa” y cap. XXXIV “Cintra. ¡Hermoso Edén!: ¡pero qué triste!”.
9 La carrera de Manuel Gómez-Moreno Martínez se consolida a partir de 1913 con la obtención de la cátedra de arqueología árabe en la Universidad Central de Madrid. Perteneció a la generación de historiadores anteriores a la Guerra Civil que consolidaron los estudios en la Universidad española. Una de sus peculiaridades fue la de combinar en ellos el patrimonio arqueológico con el artístico, concediendo así gran originalidad a sus escritos (Pasamar Alzuria 2009: 305-306).
10 Altorrelieve del ‘Beso de Osuna’ (Sevilla), Museo Arqueológico Nacional, nº inv. 38429.
11 Supuesta, por algunos autores, ciudad del territorio de la Contestania en A. Perea (ed.)(1999: 217).