Ediciones Complutense Creative Commons BY

Complutum

ISSN: 1131-6993

ARTÍCULOS

Brutos de granito. El toro vettón de Villanueva del Campillo y los verracos del Valle Amblés (Ávila)

Jesús Rodríguez-Hernández

Universidad de Salamanca. Dpto. de Ingeniería Cartográfica y del Terreno. Escuela Politécnica Superior de Ávila, Avda. de los Hornos Caleros 50. 05003 Ávila  ✉

jesusrodriguez@usal.es

Jesús R. Álvarez-Sanchís

Universidad Complutense de Madrid. Dpto. de Preh istoria, Historia Antigua y Arqueología. Facultad de Geografía e Historia. C/Profesor Aranguren s/n. 28040 Madrid  ✉

jralvare@ghis.ucm.es

Gonzalo Ruiz Zapatero

Universidad Complutense de Madrid. Dpto. de Prehistoria, Historia Antigua y Arqueología. Facultad de Geografía e Historia. C/Profesor Aranguren s/n. 28040 Madrid  ✉

gonzalor@ghis.ucm.es

https://dx.doi.org/10.5209/cmpl.102418

Recibido: 27/02/2025 Aceptado 09/04/2025

ES Resumen: Se ofrecen unas consideraciones generales sobre el estudio de los famosos verracos vettones, esculturas en granito de toros y cerdos de la Segunda Edad del Hierro en las tierras de la Meseta Occidental. Seguidamente se analiza la situación de las esculturas en el Valle Amblés (Ávila), el área con mayor concentración de verracos de todo el territorio vettón. Nos centramos a continuación en las dos esculturas halladas en Villanueva del Campillo, un gran toro y un cerdo. El primero, monumental, es de grandes dimensiones y la escultura de mayor tamaño de la Europa céltica. Se analiza el contexto del hallazgo, las características del gran bóvido y sus posibles interpretaciones y significado, priorizando la idea de marcadores de pastos de calidad por las élites vettonas. Se reflexiona también sobre la pequeña historia del traslado de las esculturas de su emplazamiento original a la plaza del pueblo cercano.

Palabras clave: Verracos; esculturas de granito; paisajes ganaderos; Edad del Hierro; Valle Amblés; Ávila; vettones.

EN Granite brutes: The Vetton bull of Villanueva del Campillo and the boars of the Amblés Valley (Ávila)

EN Abstract: Some general considerations are offered on the study of the famous Vetton boars, granite sculptures of bulls and pigs, from the Late Iron Age in the lands of the Western Spanish Plateau. Then is analyzed the situation of the sculptures in the Amblés Valley (Ávila), the area with the highest concentration of boars in the entire Vetton territory. We next concentrate on the two sculptures found in Villanueva del Campillo, a large bull and a pig. The former is monumental, of great dimensions and the largest sculpture in Celtic Europe. The context of the discovery, the characteristics of the huge bull and its possible interpretations and meaning are analyzed. Prioritizing the idea of quality pasture markers by the Vetton elites. It also reflects on the story of the sculptures’ transfer from their original location to the nearby village square.

Keywords: Boars; granite sculptures; livestock landscapes; Iron Age; Amblés Valley; Ávila; Vettones.

Sumario: 1. Consideraciones generales, 2. Los verracos y el Valle Amblés, 3. Villanueva del Campillo. Un bestiario de la Edad del Hierro, 4. El futuro del pasado. Memoria e imagen del gran toro, 5. Agradecimientos, 6. Bibliografía.

Cómo citar: Rodríguez-Hernández, J.; Álvarez-Sanchís, J. R.; Ruiz Zapatero, G. (2025): Brutos de granito. El toro vettón de Villanueva del Campillo y los verracos del Valle Amblés (Ávila). Complutum, 36(1): 117-130

1. Consideraciones generales

Este trabajo quiere ser un pequeño reconocimiento a la excelencia de la trayectoria docente e investigadora de nuestra compañera y amiga Teresa Chapa, por sus proverbiales sabiduría, rigor, equilibrio y ponderación. Y, además, por sus notables contribuciones –entre otros temas– al estudio de la escultura zoomorfa ibérica, que nos han servido de estímulo y referencia para reflexionar sobre los verracos vettones.

Como en muchas otras áreas de la Península Ibérica, las últimas dos décadas de investigación arqueológica en la Meseta occidental han incrementado de forma significativa nuestro conocimiento sobre los grandes poblados del final de la Prehistoria. A pesar de su importancia –podría decirse que representan el primer urbanismo en esta zona de la Hispania Céltica (Ruiz Zapatero, Álvarez-Sanchís, Rodríguez-Hernández 2020)– los oppida y sus entornos están mal estudiados y escasamente reconocidos como focos para el desarrollo cultural de las regiones donde se levantan, lo que implica un enorme desafío para su gestión y divulgación (Álvarez-Sanchís y Rodríguez-Hernández 2016; Moore, Guichard, Álvarez-Sanchís 2020). Hasta cierto punto, representan un microcosmos de los retos a los que nos enfrentamos día a día en la defensa de estos lugares, frágiles y excepcionales, creados a partir de la vida de las personas, de sus percepciones, de sus creencias…. y, por tanto, fundamentales para poder entender el sentimiento identitario de la gente, tanto en el pasado como en el presente.

Estas penillanuras del occidente meseteño fueron el solar de los antiguos vettones, bien identificados en las fuentes clásicas a comienzos del siglo II a.C. Aunque existen algunas dificultades para precisar su etnogénesis, los vettones alcanzaron un alto grado de desarrollo social y económico que podría calificarse como “estado tribal” (Collis 2008), comparable a los que existieron en otras partes de Iberia y Europa. Como el resto, se caracterizaron por asentamientos urbanos bien fortificados (oppida) y de gran tamaño como Ulaca –Solosancho, Ávila– (Álvarez-Sanchís, Ruiz Zapatero, Rodríguez-Hernández 2024; Ruiz Zapatero 2005), seguramente resultado de un fenómeno rápido de concentración de población hasta entonces desconocido, y una sociedad jerarquizada visible en grandes cementerios de cremación con centenares o incluso miles de tumbas, aparentemente dominada por una aristocracia militar que fundamentaba su riqueza en el ganado. Pero tuvieron también otros rasgos que los distinguen de sus coetáneos. Pocos elementos arqueológicos hay que comporten para el sentido histórico de los vettones tanto interés como los verracos, las célebres esculturas de piedra que representan toros y cerdos que marcaban los pastos y los asentamientos, un fenómeno sin parangón alguno de la Prehistoria Final en la Europa Templada (Manglano 2018; Ruiz Zapatero y Álvarez-Sanchís 2008), donde la escultura en piedra resulta un fenómeno prácticamente excepcional (Duceppe-Lamarre 2002). Resistentes a la intemperie y sin protección alguna, como los propios berrocales de origen, se esculpieron y erigieron para ser vistos y contemplados, sea cual fuere su función (Mariné 1999: 84).

Existen tres importantes factores que afectan al registro arqueológico de los verracos y que influyen en nuestra manera de entender y apreciar estos “brutos” de granito. Por un lado, las actividades de las gentes que vivieron en la Edad del Hierro y la impronta dejada por ellas. Esto es particularmente relevante en la provincia de Ávila, sobre todo cuando estimamos la magnitud de los poblados fortificados, mucho más visibles que las granjas y alquerías que debieron sin duda existir también. En el Valle Amblés, estos yacimientos implican una concentración de la población excepcionalmente alta y nucleada; se conocen pocos hallazgos aparte de los verracos fuera de Ulaca, La Mesa de Miranda (Chamartín) o Las Cogotas (Cardeñosa), y nuestras prospecciones de campo no han sido muy fructíferas en este sentido. La ciudad romana de Obila, que acabó reemplazándolos hacia el cambio de era (Fabián 2007), resultaba mucho más pequeña y difícilmente podría haber incorporado a todos los habitantes del valle, lo que implica que puede haber habido un gran descenso de la población en la época de la conquista romana, cuando los oppida dejaron de ser relevantes.

El estatus especial de esta zona también está implícito en la excepcional concentración de verracos en el valle y sus alrededores (Fig. 1). En alguna ocasión hemos valorado la distancia crítica que existe entre los zoomorfos y los poblados (Ruiz Zapatero y Álvarez-Sanchís 2008), algo que se antoja especialmente relevante si aceptamos la idea de un urbanismo de base agraria y baja densidad (Fletcher 2009, 2012), con poblaciones numerosas ocupando grandes superficies y dejando entre los lugares de residencia zonas vacías (Hawken y Fletcher 2021). El espacio periurbano alrededor de los oppida debió integrar elementos y estructuras relacionados con actividades económicas, ceremoniales y de otro tipo, algo que tradicionalmente no ha sido objeto de investigación arqueológica (Collet y Flouest 1997; Augier et al. 2001) pero que plantea retos interesantes, como la organización de los espacios necropolitanos en sectores o agrupaciones de enterramientos, rasgo típico de los cementerios vettones.

Fig. 1. Mapa del occidente de la Meseta con la distribución de los verracos, la posición central del Valle Amblés y el toro de Villanueva del Campillo (según Manglano 2018, con añadidos).

Así, los verracos marcarían espacios articuladores de las actividades de dentro y fuera de los hábitats, siendo indicadores de las características sociales de las comunidades que los construyeron y usaron. Incitan otros desafíos, como el material empleado en su talla, fundamentalmente el granito (Rodríguez-Hernández 2012), o su procedencia (Berrocal-Rangel, Ruano, Manglano 2018; De Soto et al. 2023), aunque aún no tengamos del todo claro por qué una técnica era más preferida que otra en sitios tan cercanos; por ejemplo, por qué algunas de las grandes esculturas de los oppida citados estaban unidas a la base por un soporte central y otras mayores de los alrededores no –como los toros de San Miguel de Serrezuela, Villanueva del Campillo o Tornadizos de Ávila– y eso a pesar de que fueron levantados en la misma época y sobre un mismo sustrato de granito. Es evidente que las esculturas buscaban abiertamente emplazamientos para ser bien vistas y que la visualización de piezas por parte de los artesanos que se movían en una determinada comarca movería a adoptar y compartir una serie de rasgos comunes, creando de esa manera una especie de marca o sello de identidad.

El segundo factor es lo que ha ocurrido en los dos mil años siguientes. En el occidente de la Meseta, algunos de los yacimientos más importantes mencionados en las fuentes (Ávila/Obila, Salamanca/Salmantica, Ledesma/Bletisama, Talavera la Vieja/Augustobriga, Talavera de la Reina/Caesarobriga, Irueña/Urunia, Ciudad Rodrigo/Mirobriga) han estado ocupados ininterrumpidamente desde su fundación, por lo que restos de las primitivas ciudades de la Edad del Hierro es seguro que yacen todavía enterrados bajo depósitos modernos, y sólo han empezado a ser accesibles con la llegada de los nuevos métodos de arqueología urbana. Por tanto, muchos de los verracos situados en prados y herbazales, o en zonas que luego fueron densamente ocupadas, han podido desaparecer, y es precisamente en estas zonas donde cabría esperar que hubiera una ocupación mucho más densa y rica, por lo que a veces los arqueólogos podemos estar ocupándonos de sitios que, en cierto modo, eran periféricos cuando estaban en uso.

También están las ‘biografías’ de los verracos, una vez perdieron su sentido original. La reutilización como tumbas (cupae) en época romana de verracos de piedra con inscripciones latinas (Martín Valls 1974; Martín Valls y Pérez Herrero 1976) ayuda a comprender el mundo simbólico y religioso de los vettones romanizados y ofrece una ventana espléndida para asomarse al imaginario colectivo, en sentido amplio, de las gentes del occidente meseteño prácticamente hasta la tardo-antigüedad. Luego, siquiera sea como elemento arqueológico, su perceptibilidad se extiende por lo menos desde el siglo XIII, con la primera mención que conocemos del famoso toro del puente romano en el Fuero de Salamanca, hasta la actualidad. Ochocientos años de historia dependiendo de si se han conservado in situ y han sido visibles, si se han reutilizado como estatuas para ornato de casas, fincas, palacios y murallas, si se han descubierto en excavaciones arqueológicas o si se han restaurado siguiendo las nuevas directrices de gestión y presentación al público (Mariné 2008: 442). La admiración por los verracos, que arranca cuando la erudición renacentista los valora como monumentos dignos de ser conservados e interpretados, implica su traslado a lugares emblemáticos con un fin ornamental recíproco: el verraco embellece el entorno y éste lo enaltece, e implica una instalación de realce por medio de peanas e islotes de respeto, en feliz expresión de María Mariné (1999: 85-6), contribuyendo de esta forma a incrementar su estima social.

El tercer factor, y posiblemente el más importante de todos, son las actividades de los propios arqueólogos, de los organismos encargados de proteger y difundir el patrimonio y de los gobiernos locales y regionales. Pueden existir restos de verracos diseminados por el paisaje o enterrados en la tierra, pero hace falta mostrar interés por ellos para buscarlos, catalogarlos e interpretarlos de forma que tengan sentido para la gente de hoy. Los verracos ofrecen muchas posibilidades, pero su puesta en valor requiere, en ocasiones, más interés e imaginación que recursos financieros. En la comarca abulense del Valle Amblés, donde venimos trabajando desde hace más de treinta años (Álvarez-Sanchís, Rodríguez-Hernández, Ruiz Zapatero, 2024), hemos sido testigos de la evolución de estas actitudes. Por ejemplo, el crecimiento de la investigación arqueológica ha dado lugar a formas de apropiación y uso de la iconografía pretérita que han servido para construir identidades y referentes de prestigio (Ruiz Zapatero 2002), un ‘vettonismo que redescubre los antiguos verracos como logos comerciales, elementos heráldicos en escudos de municipios o incluso iconos de dulces típicos (Ruiz Zapatero y Salas 2008).

2. Los verracos y el Valle Amblés

El estado de la documentación arqueológica relativa a estas esculturas no ha variado mucho en las décadas transcurridas desde los trabajos de Juan Cabré. Eso sí, el inventario de piezas ha crecido de forma notable. De las más de cuatrocientas cincuenta piezas conocidas casi la mitad procede de la provincia de Ávila, siendo el Valle Amblés la región más rica en este tipo de representaciones (Álvarez-Sanchís 1990, 1999), aunque la nómina de hallazgos no deja de crecer (Manglano et al. 2021; Gordón Baeza et al. 2022). Aun siendo un elenco numeroso, debe estar reflejando, sin duda alguna, sólo una pequeña parte del bestiario real esculpido en la época. Estamos lejos de poder evaluar el significado de las densidades de esculturas por áreas, pero con toda certeza debe estar relacionado con diferencias en la densidad de poblamiento (Manglano 2018; Ruiz Zapatero y Álvarez-Sanchís 2008).

El Valle Amblés fue una comarca densamente poblada en la Segunda Edad del Hierro (Álvarez-Sanchís 1999: 282-3). El poblamiento en las comarcas periféricas es mucho más débil y el número de verracos cae en picado con una densidad de piezas muy baja. La concentración de esculturas (ca. 2,1 esculturas por 10 km2) se explica por la existencia de los grandes oppida. Abundan las de toros (más del 80 %), y esto contrasta con el sur del territorio vettón, más allá del Tajo, donde reinan los cerdos (Fig. 1). Las razones de esta desigualdad se han relacionado con el tipo de ganadería predominante en cada zona (Blanco Freijeiro 1984: 4). La importancia que debió tener el ganado vacuno puede vislumbrarse a partir de la gran cantidad de representaciones de bóvidos encontradas en este ámbito, realizadas en distintos soportes, con una amplia y diversa iconografía (Fig. 2) (Álvarez-Sanchís, Rodríguez-Hernández, Ruiz Zapatero 2021). El dato también es relevante si tenemos en cuenta que una gran parte de los restos óseos recuperados en Ulaca y yacimientos vecinos se identifican con el ganado vacuno (Estaca-Gómez et al. 2022). El predominio de individuos adultos sugiere una explotación secundaria de la cabaña ganadera, presentando elevados porcentajes de huesos con marcas de corte vinculadas al desollado, el desarticulado y el descarnado (Maté-González et al. 2023). Se trata además de un ambiente montañoso con bosques cercanos, más proclive a la práctica de estrategias ganaderas trasterminantes y no trashumantes, que son más propias de ovejas y cabras (Sánchez-Moreno 2001). La investigación sobre la explotación de los recursos animales en la Edad del Hierro con las técnicas modernas de análisis está dando sus primeros pasos y ayuda a estimular más y mejor investigación en este área de estudio.

Fig. 2. Los significados profundos de las esculturas de verracos y evocaciones imaginarias de su manufactura y entornos paisajísticos: A (según Álvarez-Sanchís 2008: 46-7, a partir del dibujo de Dionisio Álvarez), B (según : fig. 4), C y D (según autores), E (dibujo de José Muñoz Domínguez, modificado) y F (según Rodríguez-Hernández 2012: fig. 3).

Los análisis palinológicos sugieren que a finales de la Edad del Hierro se produjo en esta zona un aumento considerable de la presión antrópica sobre el medio (López-Sáez, López-Merino, Pérez-Díaz 2008; López-Sáez et al. 2009), más acorde al desarrollo de grandes centros urbanos con poblaciones entre 500 y 2000 habitantes. Se han detectado hongos coprófilos, indicativos de la existencia de excrementos animales en el interior de los poblados, dato que confirmaría la función –no exclusiva– de algunos recintos fortificados como encerraderos para el ganado (Cabré 1930; Ruiz Zapatero y Álvarez-Sanchís 1995). Lo que parecen mostrar estos estudios es una creciente presión ganadera y una destacada actividad agrícola en los fondos de valle (Blanco González 2009). De manera que la base económica de las élites sociales vettonas residía en el control de la tierra –una agricultura cerealista de secano– y especialmente en las cabezas de ganado mayor. Todo parece indicar que el ganado debió ser la mayor contribución en la alimentación y la que permitía acumular más riqueza de una forma eficaz (Rodríguez-Hernández 2019).

En este singular contexto, la localización de los zoomorfos en el paisaje es conspicua. Muchos se erigen en posiciones dominantes sobre zonas de pasto y manantiales que resultarían primordiales para la supervivencia de los rebaños en el estío (Álvarez-Sanchís 1999: 215-94). De esa forma las estatuas ejercerían como singulares hitos o mojones, marcando recursos críticos controlados y gestionados desde los oppida. Los análisis micro-locacionales y de visibilidad en el Valle Amblés y en el entorno de Ulaca apoyan esta hipótesis (Álvarez-Sanchís 2003: 55-63; Ruiz Zapatero y Álvarez-Sanchís 2008). Aun así, en la zona oriental del valle medio del Tajo no parece haber una relación tan directa ni con el poblamiento ni con los espacios de pasto (Charro Lobato 2009). El factor crucial en este caso parece ser su proximidad a rutas o pasos estratégicos, aunque será necesario confirmar todos estos presupuestos en el marco de futuras investigaciones.

3. Villanueva del Campillo. Un bestiario de la Edad del Hierro

Del paraje conocido como ‘Tejera Vieja’, en el término municipal de Villanueva del Campillo (Ávila), proceden dos esculturas que permanecían semienterradas en la divisoria de dos propiedades, en un prado que se llama de forma elocuente Campo del Toro o, también, Cabeza de Toro (Fig. 3) (Álvarez-Sanchís y Ruiz Zapatero 1999). Las esculturas descansan al pie de un cerro donde tradicionalmente se colocaba ‘la Cruz de Mayo’, símbolo protector de las cosechas (Barranco 1993: 35). Una de las figuras representa un cerdo y es de tamaño medio, pero la otra, el toro, ostenta unas dimensiones realmente excepcionales (250 x 243 x 150 cm), habiéndose calculado que el peso del bloque sobre el que se esculpió el animal pudo superar las 15 toneladas (Rodríguez-Hernández 2012: 125). Es, con mucho, la escultura zoomorfa en piedra más grande del área vettona y muy probablemente de la estatuaria prerromana de la Europa occidental. Una pequeña excavación del Museo de Ávila no encontró contexto arqueológico alguno asociado a las esculturas (Larrén 1990: 249); no en vano, uno de los valores añadidos es que se han mantenido en su lugar original durante más de dos mil años, algo inusual entre los verracos conocidos hoy.

Fig. 3. La zona de descubrimiento de los verracos de Villanueva del Campillo (A - E). La zona inicialmente preparada para su instalación en la zona del hallazgo con el suido levantado y la base-pedestal del gran toro (F). La rueda central resume la secuencia de tareas de trabajo de la manufactura de las esculturas.

El conjunto se sitúa en el extremo septentrional de un extenso llano rodeado de cumbres, muy rico en praderas y manantiales, a 3500 m a la izquierda de la entrada al Valle Amblés por el puerto de Villatoro. Reúne los únicos pastos explotables en el estío, según nos confirmaron varios vecinos del pueblo con ganado en estas dehesas. A comienzos del siglo XX el término soportaba una cabaña mayor de cuatro centenares de cabezas de vacuno, y el catastro de Ensenada, en 1752, es categórico en este mismo sentido (Barranco 1993: 184-7). Las esculturas ocupan el lugar más visible según se accede desde el puerto, a una altitud en torno a los 1400 m (Fig. 4). Desde el sur y el este, donde el acceso es más fácil, la perceptibilidad es óptima, con muy pocas ‘zonas ciegas’. Resulta difícil imaginar una posición de visibilidad más central y clara. Los verracos están alineados en dirección este-oeste con la cabeza mirando al ocaso, es decir, orientados de manera que ofrezcan el máximo volumen y la mayor visibilidad al acceder desde el sur o sureste, vía natural de entrada a la hoya desde el puerto. Se hallan debajo de la máxima elevación del horizonte (‘Cabeza del Toro’) según se accede al llano. Esa altura podría haber actuado como referente en el paisaje para resaltar la visualización del conjunto. Luego, en ejes visuales cada 30º comprobamos que la visibilidad del gran toro de piedra –que reprodujimos con una ligera estructura de madera recubierta de tela gris como el granito de la zona– era real a distancias en torno a los 2000 m. Distancias en las que se puede ver a un grupo pequeño de vacas en movimiento, como comprobamos durante los días que duró la experiencia.

Fig. 4. Recreación in situ del gran toro de Villanueva del Campillo (A, B y D), croquis de la entrada al emplazamiento desde el puerto de Villatoro (C) y análisis de distancias de visualización en el terreno.

Seduce la idea de relacionar el tamaño de la escultura mayor con su posición a la entrada al valle; una señal evocadora de la riqueza de las gentes del Amblés para los ‘extraños’ que accedieran allí y al mismo tiempo un aviso de entrada a un territorio específico. Acaso una suerte de advertencia de pisar tierra de ‘otros’. Estos verracos son demarcadores de especiales áreas ricas en pastos y su emplazamiento responde a un complejo juego de factores visuales en el paisaje. También hay que tener en cuenta que la distancia de visibilidad real actual no fue con seguridad la visibilidad real pretérita, en el sentido de que esta última debió ser más amplia, asumiendo que las gentes de la Edad del Hierro debieron tener otra percepción del espacio físico.

Los verracos de formato grande tienen unos elevados pesos (6000 a 8000 kg y aún más), precisaron varios operarios para ser erguidos y sus bases fueron enterradas en el suelo para asegurar la estabilidad de la escultura. En el caso del gran toro de Villanueva del Campillo se ha comprobado, por análisis litológicos, que la cantera de origen –siguiendo los caminos de mínimo coste de transporte– estuvo a unos 1000 m hacia el Este (De Soto García et al. 2023). Queda por saber si los operarios vettones prepararon el bloque, labraron íntegramente la escultura y finalmente la trasladaron en carro al emplazamiento elegido o si, por el contrario, solo se trasladó el bloque en bruto y se esculpió en el propio emplazamiento. La decisión, en principio, es arqueológicamente de muy difícil exploración (Rodríguez-Hernández 2012: 125-6). El traslado del bloque o de la escultura finalizada se pudo efectuar en carros de madera de los que nos quedan evidencias indirectas de su uso –roderas en superficies de granito en el acceso y dentro de poblados– en varios sitios vettones. En cualquier caso, es evidente que el manejo y labra de nuestro ‘bruto’ de granito –con más de 15.000 kg de peso estimado– requirió el concurso de varios operarios. Se nos antoja que para el volteado de la pieza y su levantamiento final fue necesario un mínimo de 6-8 personas –probablemente más en, al menos, esas dos tareas–. Además, calculando el número de horas de trabajo implicadas, los operarios tuvieron que ser asistidos logísticamente para su alimentación y otros menesteres.

Ciertamente los verracos vettones resultan de talla tosca –sobre todo si se comparan con sus coetáneos del mundo ibérico (Chapa 1985; Chapa et al. 2009)–, pero eso no quiere decir que su manufactura no requiriera una especialización. Estamos convencidos de que eso fue realmente así. Lo que resta, más allá de los estudios realizados (Rodríguez-Hernández 2012, 2019: 252-68), es un análisis de las posibles huellas del trabajo de cantería en las propias esculturas, al estilo de lo que se ha llevado a cabo con la famosa escultura alemana del príncipe hallstáttico de Glauberg (Trefný et al. 2022). Acaso ello permitiría conocer mejor dos cuestiones relevantes: el proceso de talla y la pericia de los escultores, si bien la dureza del granito y la erosión ambiental sufrida por las piezas constituyen factores limitadores para la identificación de huellas de esculpido. En Glauberg el uso combinado de traceología mecanoscópica para el estudio de trazas en la superficie de la escultura de piedra y de fluorescencia de rayos X para identificar las herramientas empleadas ha proporcionado resultados muy interesantes (Trefný et al. 2022: 45-6). En el caso de Villanueva del Campillo solo podemos especular la secuencia de trabajo. Esta posiblemente implicara un desbastado inicial del bloque, empleando picos y dobles-picos, para seguir con un esbozado de las proporciones de la pieza con picos de mano y azuelas y terminar con los detalles anatómicos –ojos, oquedades para cuernos, líneas del cuello y delineación de cuartos traseros y delanteros–, realizados mediante mazas de madera y distintos tipos de escoplos y cinceles. El levantamiento de las esculturas sería la fase más delicada, en especial en el caso del gran toro, con el empleo de sogas, palancas y apilamiento de madera para ir apuntalando la elevación paulatina de la escultura (véase Fig. 3).

La posición de las esculturas de granito parece que tuvo en cuenta las vías de entrada natural a ciertos parajes o las vías de acceso a castros y oppida. En torno a Villanueva del Campillo, los vettones hicieron alarde y ostentación de estas figuras. Eso es muy notorio si consideramos la accesibilidad y visibilidad del sitio de emplazamiento de los verracos. Tras venir del Valle del Corneja, los viajeros de la Edad del Hierro ascendían el Puerto de Villatoro y conseguían ver la entrada y un buen tramo de la cabecera del Valle Amblés. Pero girando a la izquierda, con el referente de la mayor altura ‘Cabeza del Toro’ –apenas a unos pocos cientos de metros–, quedaba el emplazamiento de los verracos a los pies de esta elevación; que actuaba a modo de cierre del horizonte, una suerte de “trasfondo visual” que realzaba la singular posición de las esculturas de granito (Fig. 5). El gran toro era una figura poderosamente visual, un icono cargado de significado y una imagen pugnazmente interpelativa para todos, locales y foráneos.

Fig. 5. La geografía local del emplazamiento de Villanueva del Campillo y el modelo visual sugerido (A), los recursos de pastos y otros usos del suelo (B), la ruta de verracos del Norte del Valle Amblés hacia el Corneja (según Manglano 2018, con añadidos) (C), y fotografía del gran toro (D).

Los verracos se emplazan en un lugar que tiene tres rasgos fundamentales: primero, se recortan contra el cierre del horizonte señalado, segundo, allí se concentran los pastos de mayor calidad (por más que falten analíticas para conocer la situación del pasado) y tercero, se localiza la mejor visualización perimetral (Fig. 5 B). Es decir, da la impresión de que su emplazamiento concreto guarda una centralidad que, de alguna manera, tuvo en cuenta esas tres variables. Por último, la dispersión de verracos siguiendo el sector septentrional del Valle Amblés termina en Villanueva del Campillo con algún hallazgo en el Valle del Corneja, como si fuera una ruta de expansión de las esculturas hacia el Oeste tal y como propone Manglano (2018: 113-4) y se deduce bien de la distribución cartografiada (Fig. 5 C).

Un estudio de visibilidades destaca cómo desde el emplazamiento de nuestros verracos hay una visibilidad notable hacia el Noreste, el Este y el Sur, que aumentaría fuertemente hacia la cabecera del Valle Amblés si nos movemos apenas 1000 m hacia el Sur, en el reborde de alturas que miran y controlan las tierras del fondo del valle (Fig. 6).

Fig. 6. Visibilidades desde el emplazamiento de los verracos en Villanueva del Campillo sobre las cabeceras del Valle Amblés y el Valle del Corneja.

La lectura que proponemos no ha dejado de suscitar polémica y agudas críticas (Martín Valls y Pérez Gómez 2004). Con todo, dicha hipótesis no invalida que en otros casos los verracos fueran elementos protectores de la comunidad, pues sabemos que algunos fueron erigidos en el interior de los castros (La Mesa de Miranda) o junto a las entradas y caminos de acceso (Las Cogotas, Las Merchanas o Yecla la Vieja). Este dato permite plantear una función apotropaica, como defensores del poblado y el ganado, lo que no desentona en absoluto con la vieja idea de Cabré (1930: 39-40). Es más, su acertada reflexión respecto al emplazamiento del jabalí y los dos toros de Las Cogotas se ha visto corroborada con el hallazgo de otros dos ejemplares junto a la zona de piedras hincadas. Este mismo aspecto ha sido valorado y enriquecido por Esparza (2003: 173-4), al dotar a las piedras hincadas de un contenido simbólico de protección y prestigio, basado precisamente en la idea de que estas esculturas tuvieron una función apotropaica. Más recientemente Berrocal enfatizaba la singular concurrencia de estos artilugios defensivos con los verracos y los grabados de animales e ideomorfos hallados en las murallas de los castros de Yecla la Vieja y Las Merchanas. Muchos representan figuras de caballos y ciervos, pero también jabalíes y lobos, con una fuerte carga simbólica (Berrocal-Rangel, Ruano, Manglano 2021: 37-42; sobre simbolismo y significado de los verracos desde la mitología comparada, véase Almagro-Gorbea 2022). Ese significado es independiente del papel que las estatuas desempeñaron en la organización del territorio durante la Segunda Edad del Hierro, pero no alterarían lo esencial de su función, a saber, la transmisión de la ideología de un grupo de poder.

La otra dimensión interesante de la distribución de verracos –a pesar de las dificultades de contar con emplazamientos originales– es la de considerar su dispersión como una forma de ordenar el uso de la tierra dentro de estrategias ganaderas, fundamentales en las economías de los grupos vettones. Sería, en cierto modo, como una forma de análisis diferente al de los famosos Celtic Fields en buena parte de las Islas Británicas, Holanda y Sur de Escandinavia, pero revelando conductas agrarias de uso de la tierra, comparables hasta cierto punto con las que quedaron impresas en los suelos de estas regiones. Incluso cabe sospechar si esos paisajes ganaderos y los pastos fueron remarcados por las elites vetonas, mediante la realización de actividades de ‘mantenimiento’ de los entornos de los verracos y, acaso, de actividades ceremoniales o de otro tipo para fijar el valor y significado de las estatuas en esos pastizales de mayor calidad.

No existen indicadores arqueológicos, pero las oquedades para encajar cuernas en algunas estatuas –lo que significa una visita más o menos frecuente para su instalación y mantenimiento– o las marcas y cazoletas en el lomo de algunas de ellas pudieron asociarse a actividades rituales en el paisaje. No se trata sólo de que estuvieran ubicadas dentro de los territorios de vida alrededor de los asentamientos y, por tanto, de alguna forma, en terra nullius, sino que son puntos con un profundo sentido social, construido a partir de las actuaciones y ceremonias en torno a las esculturas (Ruiz Zapatero y Álvarez-Sanchís 2008: 228-9). Sin que todo ello impida añadir la posibilidad de su vinculación a la protección del ganado y su fertilidad (Sánchez Moreno 2000: 145-6) y, por extensión, a las comunidades y territorios ocupados como ha sugerido Marco Simón (2005: 301), que además sostiene que estos animales en piedra pudieran ser la manifestación zoomórfica de una deidad que cumplía diferentes funciones.

4. El futuro del pasado. Memoria e imagen del gran toro

Las vicisitudes que siguieron al hallazgo son variadas y conforman el interés que suscitan los verracos como elementos de prestigio, no exentos de polémica. El toro de Villanueva del Campillo es un claro ejemplo de las dificultades que en ocasiones pueden surgir entre los intereses locales y los histórico-arqueológicos (Falquina, Rolland y Marín 2005). A finales del siglo XX ambos ejemplares yacían aún tumbados, desplazados a la linde por los trabajos de explotación del paraje (Fig. 3 A), al tiempo que se gestaba un proyecto municipal acordado con los vecinos para darles valor propio en el paisaje, una vez rechazado el tradicional traslado a la plaza del pueblo con argumentos bien asesorados técnicamente (Mariné 1999: 88). También se planteó una jornada de rastreo festivo para localizar la mitad que le faltaba a la escultura mayor por las vallas y tapias del contorno, con resultados infructuosos. Luego más tarde, a comienzos de 2003, con financiación de la Diputación de Ávila y la colaboración de la Junta de Castilla y León, se acordó la construcción de un cercado de piedra inmediato al lugar del hallazgo –un espacio de unos 25 x 25 m- donde se levantarían los verracos respetando la orientación original, con la cabeza mirando al oeste– y un camino habilitado de acceso al lugar desde el municipio (Fig. 3 F). El traslado de las esculturas al recinto verificó la fragmentación de ambas –toda la peana de la escultura del cerdo y la mitad abdominal de la del toro, pero conservando la peana– y barruntó la posibilidad de que ambas hubieran sido inutilizadas a propósito, con objeto de que no sirvieran para lo que hasta ese momento habían servido, algo que debió suceder en tiempos pretéritos, pues no había memoria de ello entre los vecinos (Fabián 2004).

Como al mayor le faltaban los cuartos traseros, ya exhumado fue llevado a Ávila y restaurado con una prótesis de bronce fundido. A finales de 2004 fue exhibido temporalmente junto a otro gran toro de bella factura, oriundo de San Miguel de Serrezuela y que había estado en paradero desconocido durante largo tiempo, en la abulense plaza del Corral de las Campanas, junto a la sede de la Diputación de Ávila (Fig. 7). De allí nuestro protagonista retornó a su municipio de origen, ubicándose a finales de ese mismo año –a propuesta y presión del ayuntamiento– en la plaza principal de la localidad, de donde se habría determinado que después se trasladaría –junto al verraco menor– a su primer y original emplazamiento. La Comisión de Patrimonio Cultural de Ávila acordó en mayo de 2005 que las esculturas debían volver a su lugar original, a poca distancia del casco urbano de Villanueva del Campillo, pero la Diputación Provincial y el Consistorio municipal ignoraron la medida. Solo Izquierda Unida en la Diputación de Ávila reclamó el cumplimiento de la resolución de la Comisión de Patrimonio y solicitó intervención y ayuda a la Junta de Castilla y León, además de proponer la posibilidad de crear una réplica en la plaza del pueblo. Todo algo muy sensato que también fue ignorado.

Fig. 7. El gran toro en su instalación provisional en Ávila con figura humana a escala (A) y silueta del mismo (B). La colocación de la escultura en la plaza de Villanueva del Campillo y el contexto actual de los verracos (C - E).

Hoy siguen ahí, al amparo de distintos intereses, tras perder su función primordial. Se malogra así una excelente oportunidad de enseñar los verracos en el paisaje que los vio nacer. Son muy pocos los casos en los que conocemos el emplazamiento original de los verracos y, por tanto, podemos intentar la recuperación de buena parte de su contexto: el del paisaje que los rodea y ayuda a comprender su significado. Pero si en estos pocos casos divorciamos las esculturas de su contexto original, perdemos la posibilidad de mostrar el hallazgo arqueológico en su matriz paisajística. Lo convertimos en un patrimonio arqueológico ‘castrado’ –nunca mejor dicho– y similar a otros casos que hace 100 o 50 años inevitablemente se producían, pero que hoy resulta inaceptable. A veces los valores de los viejos vettones no acaban siendo comprendidos por los ‘vettones’ de hoy, porque mostrar el pasado y deleitar a través de estos brutos de granito requiere ingenio y discernimiento, pero también otras virtudes.

5. Agradecimientos

Este trabajo se ha realizado al amparo del proyecto nacional de investigación I+D+i PID2021-123721OB-I00 URBADEN. Urbanismo de baja densidad en la Vettonia. Financiado por Ministerio de Ciencia e Innovación MCIN/AEI/10.13039/501100011033/FEDER, UE. J. Rodríguez-Hernández agradece un contrato posdoctoral (Programa IIb) financiado por la Universidad de Salamanca.

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