e-ISSN: 1576-4737
MONOGRÁFICO
Resumen: El lenguaje médico es un lenguaje científico y técnico, y como tal, debe respetar cuatro pilares básicos destacados: la precisión, la claridad, la concisión y la veracidad. Por ello, pese a ser un lenguaje de especialidad, no debe quedar exento de lo que dictamina la normativa de la lengua española, sino que debe ajustarse a ella de forma rigurosa. No obstante, lejos de cumplirse esas cuatro premisas mencionadas anteriormente, observamos que en este tipo de discurso abundan ciertas deficiencias ortográficas, gramaticales, léxicas y estilísticas, que impiden que la información transmitida llegue de una forma clara y transparente a la población. En este estudio pretendemos realizar un análisis cualitativo sobre todos aquellos elementos lingüísticos que dificultan la comprensión del discurso médico a partir de un corpus de textos de divulgación para pacientes interesados en el tema de la Reproducción Asistida
Palabras clave: lenguaje médico, escritura científica, corrección lingüística, reproducción asistida
Abstract: Medical language is a scientific and technical language, and as such, it must respect four basic pillars: precision, clarity, conciseness and veracity. Therefore, despite being a specialized language, it should not be exempt from the rules of the Spanish language, but should be rigorously adjusted to them. However, far from complying with these four premises mentioned above, we observe that this type of discourse abounds in certain orthographic, grammatical, lexical and stylistic deficiencies, which prevent the information transmitted from reaching the population in a clear and transparent manner. In this study we intend to carry out a qualitative analysis of all those linguistic elements that hinder the understanding of medical discourse from a corpus of popularization texts for patients interested in the topic of Assisted Reproduction.
Keywords: medical language, scientific writing, linguistic correction, assisted reproduction.
Sumario: 1. Introducción. 2. Problemas ortográficos. 2.1. Escritura. 2.2. Acentuación. 2.3. Puntuación. 2.4. Letras mayúsculas. 2.5. Escritura de las abreviaturas, las siglas, los símbolos y las cifras. 3. Problemas gramaticales. 3.1. Concordancia. 3.2. Gerundio. 3.3. Omisión del artículo. 3.4. Uso de el mismo como pronombre. 3.5. La expresión y/o. 3.6. Régimen verbal. 3.7. Empleo del infinitivo como verbo principal. 4. Problemas léxicos. 4.1. Extranjerismos. 4.2. Impropiedades léxicas (falsos amigos). 4.3. Abuso de siglas. 4.4. Locuciones prepositivas erróneas. 4.5. Redundancia léxica. 5. Problemas estilísticos. 6. Conclusiones. Agradecimientos. Referencias bibliográficas.
Cómo citar: Barrajón López, E. (2025). Corrección y estilo en la producción médica divulgativa. En: Santamaría Pérez, Isabel y Marimón Llorca, Carmen (eds.) Neología y terminología en ciencias de la salud: variación y análisis multidimensional del discurso biomédico. Aplicación al ámbito de la Salud Reproductiva para la alfabetización en salud y la igualdad de género. Círculo de Lingüística Aplicada a la Comunicación 103 (2025): 1-26. https://dx.doi.org/10.5209/clac.103437
El lenguaje de la Medicina y de las Ciencias de la Salud forma parte de las lenguas de especialidad, también llamadas profesionales y académicas (Alcaraz 2007: 7). Si bien su caracterización como lenguaje científico ha sido interpretada en un sentido amplio, es decir, ni se trata de una mera variante del lenguaje común ni tampoco constituye una entidad lingüística independiente (Rodilla 2005: 19), ello no impide que sea definido de una forma más restrictiva. Como señalan Barrajón y Lavale:
el LM es la lengua utilizada para comunicarse en una situación o contexto profesional, ya sea por vía oral o escrita, y cuyos interlocutores son, fundamentalmente, el médico, el paciente y, en algunos casos, el técnico farmacéutico (2013: 27).
Sin embargo, para aproximarnos a ese lenguaje, es importante tener en cuenta las diferentes situaciones comunicativas que puede implicar, qué tipo de interlocutores son los que intervienen y cuál es el canal empleado, escrito u oral (Rodilla 2005: 20). No es lo mismo una interacción entre especialistas, la cual, en el ámbito escrito, se traduce normalmente en publicaciones científicas, que un intercambio entre profesionales y pacientes, que promueve toda una producción divulgativa orientada al público en general. Nos interesa especialmente este último contexto. En él, el lenguaje médico no solamente persigue fines «informativos, didácticos y comunicativos» (Navarro 2008: 144), sino también persuasivos (García 2004: 137; Mayor 2008: 8), dado que busca que el paciente actúe ante lo que lee. Por tanto, hablamos de un lenguaje que está estrechamente vinculado a dos de las funciones lingüísticas básicas: la representativa y la apelativa. Debe aspirar a transmitir unos conocimientos claros, relevantes, veraces y breves a ese destinatario genérico para que pueda tomar las decisiones más adecuadas en relación con el tema que le inquieta. En ese sentido, como han resaltado varios autores (Gutiérrez 2005; Navarro 2008 y 2009; Aleixandre- Benavent et al. 2017), el lenguaje médico ha de respetar ciertos parámetros que se consideran básicos en el ámbito científico: la precisión, la claridad, la concisión, la veracidad. Por ello, su objetivo es alcanzar la «excelencia lingüística» (Mayor 2010: 30) y distinguirse por «su alto nivel de corrección gramatical, léxica, semántica y estilística» (Texidor et al. 2012: 113). Tiene que caracterizarse por su precisión terminológica, sin ambigüedades y problemas de significado, su transparencia y brevedad en la exposición de los contenidos y la correspondencia de estos con la realidad. Y todo ello de una forma correcta y lo más neutra posible, ya que debe facilitar en todo momento la comunicación, no impedirla (Gutiérrez 2005: 75).
No obstante, son muchos los estudios que destacan determinados fenómenos lingüísticos que contaminan los textos médicos y que provocan una pérdida de precisión y de claridad expositiva en aquello que intentan transmitir (Ruiz 2019: 91), lo que dificulta enormemente la comunicación entre el emisor y el receptor o paciente. Como señala Zorilla, «la escritura médica ha sido víctima del virus del mal decir» (2003: 114) y «puede obstaculizar y distorsionar el proceso comunicativo» (Texidor et al. 2012: 113). De hecho, hay quien subraya que le llama la atención la falta de rigor con la que algunos divulgadores hacen uso del lenguaje de la Medicina (Mayor 2003: 59).
La demanda de publicaciones médicas de carácter divulgativo se ha disparado considerablemente. La población siente una gran preocupación por su salud (Mapelli 2024: 9) y necesita acceder a la información de aquellos temas que más le interesan. Entre ellos, se encuentra la especialidad de Reproducción Asistida (RA), un campo en constante crecimiento y de gran impacto social y económico (Santamaría 2023: 343). Cada vez hay más pacientes que precisan consultar los avances existentes en los procesos de reproducción asistida y acuden a diferentes recursos disponibles a través de Internet como folletos, guías clínicas y artículos de blog en busca de datos básicos y consejos fundamentales sobre tratamientos, técnicas, riesgos, servicios, etc., relacionados con este ámbito. Son los llamados «e-pacientes» o «pacientes 2.0.» (Mapelli 2024: 27), que se sirven de la difusión de estos contenidos no solo para ampliar sus conocimientos sobre la salud, sino también para compartir sus propias experiencias con el fin de «reforzar la capacidad de afrontar las situaciones difíciles y evitar el desánimo» (Mapelli 2024: 28). Por su parte, los profesionales emplean estos medios digitales para acercarse mucho más a los ciudadanos, proporcionarles una comunicación más directa y establecer con ellos una relación «empática y emocional» (Mapelli 2024: 28). Además, con ellos intentan cumplir los dos cometidos fundamentales de los que hablábamos anteriormente con respecto a la producción médica divulgativa, puesto que los redactan con la finalidad de ayudar a los pacientes a encontrar información sobre cuestiones relacionadas con la medicina reproductiva y de que actúen en consecuencia. No obstante, como se ha subrayado en algunos estudios (Zakhir 2022: 141), no siempre se consigue una comunicación satisfactoria en el ámbito sanitario.
Nuestro objetivo en este trabajo es determinar cuáles son los errores que con más frecuencia aparecen en la producción médica relativa a temas de reproducción asistida a partir de ejemplos reales extraídos de diversas fuentes de naturaleza divulgativa (folletos, guías clínicas y de artículos de blog). Concretamente, examinaremos distintos tipos de deficiencias: ortográficas (problemas de escritura, de acentuación, de puntuación, uso de letras mayúsculas, etc.); gramaticales (errores de concordancia, empleo incorrecto y abusivo del gerundio, etc.); léxicas (extranjerismos, uso de símbolos, abreviaturas, siglas, etc.) y estilísticas (frases largas, abuso de las construcciones pasivas, etc.). En definitiva, nos proponemos analizar toda aquella información lingüística que genere problemas comunicativos, que potencie un lenguaje opaco que impida acceder de una forma clara y precisa al contenido del mensaje que se desea difundir. Con el fin de detectar y clasificar todos estos elementos textuales que constituyen un claro obstáculo para la divulgación social del conocimiento, hemos partido de diferentes recursos digitales: en concreto, 16 folletos, 15 guías y 25 artículos de blog. Todos ellos proceden de diversas fuentes en línea, como páginas web de clínicas, asociaciones y blogs de reproducción asistida, y han sido extraídos del corpus textual divulgativo elaborado por el proyecto NEOTERMED compilado en el Sketch Engine (Martínez y Santamaría 2023).
No es la primera vez que en la producción médica se abordan imperfecciones lingüísticas relacionadas con la ortografía (Zorrilla 2003; Mayor 2010; Texidor et al. 2012; Aguilar 2013; Vivaldi 2020; Zakhir 2022: 152, etc.) e, incluso, en el caso de los informes médicos, hay quien las atribuye a factores como el desconocimiento de la gramática y de la sintaxis de nuestra lengua, la rapidez con la que se redacta este tipo de escritos sin que exista una revisión posterior (López y Almela 2021: 96) o la importancia que se le otorga al contenido (basta con que resulte comprensible para los profesionales) frente a la forma (Vivaldi 2020: 104). También hay quien prefiere hablar de «anemia idiomática», especialmente al referirse a los emisores de los folletos de salud (Mayor 2004: 66).
Dado que los textos que hemos analizado tienen un carácter divulgativo y pretenden hacer llegar la información de una forma rápida a un público amplio e interesado en conocer todo lo relativo a la reproducción asistida, creemos que en su redacción prima esa necesidad de divulgación acelerada más que el cuidado o mimo en el lenguaje empleado. Quizá esta razón podría explicar que hayamos encontrado varias deficiencias ortográficas (imágenes 1, 2 , 3 y 4): palabras que se escriben separadas y aparecen juntas (el caso de sobre todo) o viceversa (aparte, si no —combinación de la conjunción condicional si y el adverbio de negación no—); la unión de dos o más términos que no deben fusionarse (imágenes 5, 6 y 7), o vocablos que están mal separados al final del renglón (imágenes 8 y 9).
Este estilo descuidado, fruto de la premura en la redacción, podría también explicar los errores de omisión, es decir, cuando al término le falta una letra (imágenes 10 y 11); de inserción, esto es, si se le añade un carácter extra a la palabra (imagen 12), y de sustitución, a saber, cuando el vocablo contiene una letra errónea en lugar de la que le corresponde (imagen 13) —véase López y Almela 2021: 97 para conocer más sobre este tipo de equivocaciones gráficas—.
Otro de los defectos lingüísticos clásicos del lenguaje médico tiene que ver con la acentuación. Tanto la ausencia de tildes (incluso en letras mayúsculas) como su uso incorrecto han sido mencionados por varios autores (Zorrilla 2003; Teixidor y Reyes 2009; Aguilar 2013, etc.). Veamos algunos ejemplos (imágenes 14, 15, 16, 17, 18, 19, 20, 21, 22, 23 y 24):
En cuanto a las incorrecciones relacionadas con la acentuación, no solamente encontramos ejemplos como el de la imagen 25, donde ha habido un problema de transposición del acento, esto es, se ha desplazado de forma errónea, ya que debería haberse situado en la vocal fuerte, sino, sobre todo, usos de tildes que ya no son diacríticas. Nos referimos especialmente a los casos del adverbio solo, de los pronombres demostrativos y de la conjunción o cuando va entre números. Como todos sabemos, a partir de la Ortografía de la Real Academia Española del 2010, se puede prescindir de la tilde de solo cuando funciona como adverbio y de los demostrativos si actúan como pronombres, incluso en casos de doble interpretación (RAE 2010: 269). Además, como menciona la Academia en su Libro de estilo, la recomendación es no acentuar nunca estas palabras (2018: 112). Sin embargo, tal como se recoge en esta obra, así como en el Diccionario de la lengua española, la tilde se admitiría si hay riesgo de ambigüedad, por lo que, como se indica en el Diccionario panhispánico de dudas, se considera opcional cuando, a juicio del usuario, pueda dar lugar a un doble sentido. En los textos analizados, hemos comprobado que se emplea la tilde de forma arbitraria, es decir, a veces, se prescinde de ella (imágenes 26 y 27) y, en otras ocasiones, se utiliza, aunque no exista ningún tipo de ambigüedad (imágenes 26, 27 y 28). Es más, aparece también en contextos en los que los demostrativos tienen una naturaleza determinativa (imagen 29).
Por lo que respecta a la conjunción o, tal como señala la RAE (2018: 103), nunca debe acentuarse cuando aparece entre números, puesto que esa tilde no se emplea en la actualidad para evitar confusiones con el cero. No obstante, en nuestros documentos, hemos hallado ejemplos de ese acento incluso en contextos en los que enlaza sustantivos, lo que implica un profundo desconocimiento de la normativa de nuestra lengua (imagen 30):
Finalmente, algunos autores han mencionado la tendencia en el lenguaje médico «a convertir en esdrújulas las palabras llanas» (Asensi-Pérez et al. 2008: 14). En nuestros textos (imagen 31) hemos encontrado algún ejemplo de esta tendencia (acúmulo por acumulo):
Dentro de los problemas ortográficos, quizá los de mayor envergadura tengan que ver con la puntuación. Texidor et al. (2012: 118) señalan que entre los errores más comunes se encuentra el uso de las comas (2012: 118). Su empleo incorrecto en algunos casos (como la que separa sujeto y verbo o verbo y complemento) o su total ausencia en otros (por ejemplo, para señalar los complementos oracionales) dificulta la legibilidad del texto. Nosotros nos vamos a detener en aquellos contextos más significativos y reiterativos, dado que, como subrayan Asensi-Pérez et al., «sólo el correcto uso de las comas requeriría un número monográfico» (2008: 10). Una de las comas más censuradas en el lenguaje médico es la que separa el sujeto del predicado (Zorrilla 2003: 114; Claros 2008: 146), ya que, como sabemos, su uso es incorrecto, salvo que entre ellos se intercale un inciso (imagen 32 y imagen 33) o el sujeto termine con etcétera (RAE 2018: 110).
Lo mismo puede decirse de la coma que separa el verbo de sus complementos internos (imagen 34), excepto si estos se utilizan, normalmente antepuestos, «como información periférica para expresar aquello de lo que se va a hablar» (RAE, 2018: 110).
La coma tampoco se emplea, por norma general, delante de las conjunciones copulativas (y, ni) en enumeraciones, salvo en algunas excepciones —especialmente si el elemento que introducen es un inciso o se entiende como consecuencia de lo dicho anteriormente o enlaza con todo lo anterior y no con el último miembro coordinado (RAE, 2018: 111-112)— (imagen 35 y (imagen 36).
Entre los usos obligatorios de la coma podemos citar también los que deben darse delante de las conjunciones adversativas sino y pero —salvo si, en el caso de esta última, enlaza elementos inferiores a la oración, normalmente adjetivos o adverbios (RAE 2018: 112)—. Este empleo de la coma no siempre se respeta en la producción médica (imagen 37 y (imagen 38):
En lo que respecta a la ausencia de este signo de puntuación en contextos en los que debe usarse, podemos citar ejemplos de marcadores discursivos que van seguidos de coma (el caso de no obstante en la imagen 39), incisos explicativos (como la aposición que aparece en la imagen 40 o la aclaración que figura en la imagen 41), complementos oracionales que modifican a toda la oración (como el adverbio periférico nocional emocionalmente que se incluye en la imagen 42), complementos circunstanciales antepuestos — salvo si «son muy breves y no se plantean problemas de interpretación» (RAE 2018: 111)— como las oraciones finales (imagen 42) y condicionales (imagen 43).
Otro de los problemas relacionados con la puntuación es el uso del guion (-). En el lenguaje médico, existe una fuerte tendencia a confundirlo con la raya (—), la cual supone un aislamiento mayor que las comas y menor que los paréntesis. El guion tiene varios usos (signo de división de palabras al final de línea, marca de unión entre palabras compuestas por contraposición, separador de sílabas, etc.), pero nunca debe utilizarse para encerrar incisos. Sin embargo, este empleo está bastante generalizado en los textos médicos (imagen 44):
Tampoco resulta válido el uso del guion en palabras derivadas por prefijación. Tal como establece la Real Academia Española, los prefijos deben «escribirse siempre soldados gráficamente a la base a la que afectan» (2010: 532), algo ya señalado por Zorrilla (2003: 118-119), y separados de ella si está constituida por varias palabras (RAE 2010: 536 y 2018: 132; Carriscondo 2014: 57). El mal uso del guion en estos casos (imágenes 45 y 46) refleja nuevamente un desconocimiento de la norma actual:
Lo mismo ocurre con la formación de palabras con prefijo mediante un espacio (imagen 47) o el empleo del guion para separar los componentes de las locuciones latinas (imagen 48):
En español, como indica Gutiérrez, «no es propio de nuestros textos que todos los sustantivos importantes incluidos en una frase se escriban con mayúscula como se hace en inglés» (2005: 75). El uso abusivo de las letras mayúsculas en nombres comunes o utilizados de forma genérica sin especificar un organismo concreto por influencia del mundo anglosajón es otro de los grandes vicios del lenguaje médico (Texidor y Reyes 2009: 224), dado que los profesionales se sirven constantemente de ellas con el fin de resaltar palabras a las que se les quiere dar un énfasis especial (Mayor 2010: 34), por lo que parecen acogerse a la denominada «mayúscula de relevancia o enfática», la cual no está justificada desde el punto de vista lingüístico por la Academia (2010: 515). Los siguientes ejemplos son bastante representativos de esta tendencia (imágenes 49, 50, 51 y 52):
Según Padrón-Arrendondo, las mayúsculas deben evitarse porque «son difíciles de leer, ralentizan la lectura y además un mensaje lleno de mayúsculas innecesarias o no justificadas puede llegar a resultar tedioso para el lector» (2022: 26). Asimismo, tal como indican Texidor y Reyes (2009: 223-224) y confirma la Academia (2010: 501), los nombres de enfermedades, como la amenorrea hipotalámica funcional, el síndrome del ovario poliquístico, la hiperplasia, el síndrome de Turner, etc., deben escribirse en minúscula, algo que no siempre se respeta en la producción médica examinada. Lo mismo ocurre con la denominación de los medicamentos, excepto cuando se trata de marcas y nombres comerciales registrados (RAE 2010: 502 y 506-507; Aguilar 2013: 105). Además, estos últimos deben ir acompañados de su registro con el símbolo no volado ® o ™ siempre volado (Aguilar 2013: 105). No obstante, no siempre se sigue esta última instrucción en el lenguaje médico, pues a veces aparecen con el registro y otras veces no (imágenes 53 y 54):
También es importante destacar que el uso de mayúsculas detrás de los dos puntos es posible en algunos contextos (citas, tras el saludo inicial de las cartas, etc.). Sin embargo, en el lenguaje médico es frecuente el empleo de este tipo de letra fuera de esos entornos lingüísticos (imagen 55):
En el caso de las abreviaturas, uno de los errores más generalizados es la ausencia de punto al final, tal como dictamina la norma (RAE 2018: 141), sobre todo cuando se trata de números (imágenes 56 y 57). Quizá este error se deba a que en inglés es frecuente que las abreviaturas no terminen en un punto (Claros 2008: 155):
Por lo que respecta a las siglas, estas nunca se pluralizan en español (RAE 2010: 583 y 2018: 142), aunque en inglés sí que presenten esta posibilidad (Claros 2008: 156). Deben escribirse en mayúsculas, sin puntos ni espacios (Claros 2008: 156), pero esta normativa no siempre se cumple en los textos médicos (imágenes 58 y 59):
En cuanto a los símbolos, normalmente se colocan «detrás de la cifra que los cuantifica y se separan de ella por un espacio» (RAE 2010: 590), salvo que se trate de símbolos y números volados (RAE 2010: 59; 2018: 142). Esto es lo que se aplica a los porcentajes (Aguilar 2013: 116; RAE 2018: 147; Padrón-Arrendondo 2022: 25), pero lo frecuente en los textos médicos es que no exista ese espacio fino entre la cifra y el símbolo, tal como ocurre en el ámbito anglosajón (imagen 60):
En cambio, si se trata de los grados de temperatura, este símbolo se escribe de diferente manera en función de si aparece o no especificada la escala Celsius (RAE 2010: 590-591): se une a la cifra si no se explicita esta escala centígrada (20º, por ejemplo), pero va pegado al símbolo de la escala si esta se expresa (20 ºC). No obstante, algunos autores como Aguilar proponen evitar la primera opción (20º) y prefieren decantarse por la segunda, esto es, por aquella que explicita la escala: 20 ºC (2013: 113). En cualquier caso, hemos comprobado que esta instrucción no se respeta en el lenguaje médico (imagen 61):
Finalmente, en lo que se refiere a las cifras, tal como establece la Academia, no se considera válido el uso del punto, la coma o el apóstrofo para separar los grupos de tres dígitos en la parte entera de los números. Solo se acepta dejar un espacio —preferiblemente fino— en los números de más de cuatro cifras que representen cantidades (2018: 145-146). En los textos médicos examinados, en muy pocas ocasiones se cumple esta normativa. Lo más habitual es emplear en estos casos un punto (imagen 62) o una coma (imagen 63):
En nuestro corpus predomina la falta de concordancia nominal (esto es, la referente al género y al número) frente a la verbal (de número y persona). Hemos seleccionado una muestra representativa de ambos errores de concordancia. En primer lugar, exponemos los que afectan a la concordancia nominal: número (imágenes 64, 66 y 67) y género (imagen 65).
En cuanto a la concordancia verbal, ofrecemos estos dos ejemplos significativos imágenes (68 y 69):
No obstante, si hay algo característico en el lenguaje médico es la concordancia ad sensum, especialmente con sustantivos cuantificativos o partitivos. Cuando este tipo de elementos funcionan como sujeto y no van acompañados de ningún tipo de complementación, lo habitual es que concuerden con el verbo en tercera persona del singular (Gómez 2004: 772 y 2017: 808; Fundéu 2008: 72; Rodríguez-Vida 2010: 323), aunque la Academia no descarta la concordancia en plural por la existencia de una complementación plural implícita (2018: 58) y es la que suele predominar en los textos analizados. En nuestra opinión y tal como expusimos en otro lugar (Barrajón 2024: 57), la concordancia que nos resulta más natural y menos forzada es la canónica en tercera persona del singular (imagen 70).
Ahora bien, cuando estos sustantivos van seguidos de complementos preposicionales en plural introducidos por la preposición de que representan la clase cuantificada y, por consiguiente, especifican los miembros que conforman la pluralidad expresada por el sustantivo, es posible la doble concordancia de número (Martínez 2000: 2768; Garachana 2002: 53; Gómez 2004: 771-772 y 2017: 808; Martínez 2005:74-75; Fundéu 2008: 72: RAE 2009: 1451, 2013: 420-421 y 2018: 58; Instituto Cervantes 2013: 337-340 y 2016: 348; Moliner 2013: 158). A pesar de que la producción médica suele combinar ambas concordancias (imagen 71), tanto la canónica, gramatical o tradicional (aquella en la que el verbo concuerda con el nombre cuantificador) como la ad sensum (referida al sustantivo plural del sintagma preposicional), lo cierto es que hay un predominio de esta última (imagen 72). Incluso es muy frecuente cuando el núcleo del sujeto es un porcentaje (imagen 73):
El empleo abusivo del gerundio «da lugar a párrafos sumamente farragosos» y «convierte en pesada una lectura que sería más amena si el texto se fragmentara en oraciones independientes más cortas» (Mayor 2010: 34), por lo que evidencia una pobreza expresiva (Mendiluce 2002: 74; Gutiérrez 2005: 74) y «agota al lector» (Amador y Benavent 2002: 21).
Como sabemos, su utilización no siempre es incorrecta. Si presenta un valor modal (imagen 74), causal, condicional o concesivo o si indica simultaneidad, anterioridad o posterioridad inmediata a la acción principal, es lícito su empleo (RAE 2018: 44):
Quizá la presencia de la coma detrás de gradualmente impida en un primer momento apreciar el valor adverbial que presenta aquí el gerundio. Es más, dado que en este ejemplo esta forma verbal no personal genera una oración subordinada adverbial de modo (pues expresa de qué manera se puede aumentar de peso de forma gradual) que depende del verbo aumentar y es, por tanto, un complemento interno del predicado, la coma no debería aparecer.
No obstante, presenta otros usos censurables. Nos referimos al gerundio especificativo (imagen 75), que debe sustituirse por una oración de relativo (RAE 2018: 44): «las mismas socias que trabajan de forma voluntaria, altruista y rotativa»; al gerundio de posterioridad (imagen 76), y al llamado «gerundio ilativo o copulativo», que, al ser el más predominante en los textos médicos, algunos autores lo han denominado «gerundio médico» (Mendiluce 2002: 76).
Fernández afirma que los gerundios ilativos no modifican la oración principal, sino que «expresan un evento independiente que acompaña, se suma o se añade a lo denotado en la principal» (2000: 3478). Quizá por esa razón María Moliner los ha llamado copulativos (1999: 1524), puesto que, al implicar un añadido informativo, pueden sustituirse sin problema por la conjunción coordinante y.
El gerundio ilativo o copulativo coincide con el de posterioridad en que implica una acción futura, pero aporta un matiz que no está presente en este último: la estructura de la que forma parte constituye un comentario o una explicación a lo dicho en la oración principal e incluso podríamos ser más precisos y afirmar que alude a una consecuencia de lo que se expresa en la proposición principal. Esta relación de causa-consecuencia que apreciamos en estos casos es muy característica del gerundio ilativo y es lo que justificaría que podamos sustituirlo por construcciones con así y el verbo en forma personal (imagen 77):
Tal como se desprende de este ejemplo, el test permite seleccionar al donante de esperma adecuado y así, como consecuencia, en un futuro se podrán prevenir enfermedades genéticas incurables en el bebé.
En el lenguaje médico son habituales los llamados «grupos nominales escuetos» o «grupos nominales sin determinante», definidos por la Academia como aquellos que «teniendo como núcleo un sustantivo común, carecen de cualquier tipo de determinación» (RAE 2009). Lo cierto es que, si bien la Academia reconoce este uso en el ámbito periodístico (sobre todo en el encabezamiento de noticias, crónicas y reportajes), donde la necesidad de condensar la información es prioritaria, considera que fuera de este contexto la omisión del artículo no es recomendable (RAE 2013). De hecho, como señala Padrón-Arredondo, esta supresión de la determinación es «muy común en la literatura norteamericana, pero inelegante en nuestro idioma» (2022: 26).
En español, cuando se trata de sustantivos en singular coordinados, la ausencia de determinante en uno de ellos (normalmente, el segundo) indica que son entidades que comparten el mismo referente (Barrajón 2024: 13-14), pero esa correferencialidad no es la que justifica la omisión del artículo en el lenguaje médico como puede apreciarse en las imágenes 78 y 79:
Además de estos contextos, la ausencia de artículo delante de sustantivos en singular es frecuente en complementos verbales que contienen sustantivos discontinuos y que, por ello, no deberían prescindir del determinante (imágenes 80 y 81), y en siglas (imagen 82). Como consecuencia, se obtienen construcciones poco naturales y forzadas:
La supresión del artículo también se observa en sujetos plurales en posición inicial con valor generalizador, algo que suele rechazarse en español, salvo que estos sintagmas nominales lleven un complemento como de ese tipo, como ese o así (RAE 2009). En inglés, en cambio, es bastante común no emplear el artículo con sustantivos generales (Texidor y Reyes 2009: 223)(imagen 83).
En la producción médica está muy extendido el uso del adjetivo mismo precedido de artículo con valor pronominal como si de una deixis anafórica se tratara (Zorrilla 2003: 117). La Real Academia Española recomienda evitar este uso para referirse a algo mencionado anteriormente (2018: 424). Su empleo denota una enorme pobreza expresiva y en español disponemos de varios recursos para no caer en este defecto lingüístico. Así, en la imagen 84, sería posible decir «y analizar su estado en nuestro país», y en la imagen 85, podríamos recurrir a un pronombre personal tónico: «o durante la hora posterior a él».
En su día, Lázaro Carreter la censuró (1997: 105-107). La Academia también sanciona su uso (que constituye un calco del inglés and/or) en la Ortografía (2010: 426) al considerar que la conjunción o puede asumir en español tanto un valor incluyente propio de y como excluyente. No obstante, sí que matiza que su empleo podría estar justificado en contextos muy técnicos en los que resulte imprescindible recurrir a ella para evitar ambigüedades (2010: 426) o alguna duda acerca del valor inclusivo de o (2018: 79). En los textos analizados, hemos comprobado que se abusa demasiado de esta expresión sin que haya ningún problema de interpretación. Como afirman Aleixandre-Benavent et al., «se puede optar indistintamente por y o por o, y el valor semántico de la conjunción lo clarifica el contexto» (2017: 26). Así, en el ejemplo que aparece en la imagen 86, se podría perfectamente hacer uso de la conjunción copulativa y:
En el lenguaje médico son frecuentes los casos en los que se omiten preposiciones necesarias (como ocurre con la ausencia de la preposición de en la imagen 87, que genera un queísmo) o se emplean otras que no se requieren (véase la imagen 88 en la que aparece una perífrasis de obligación con el verbo deber):
No obstante, lo que más llama la atención es el uso frecuente de la preposición a ante objetos directos inanimados que no implican un proceso de personificación. Esta tendencia ya ha sido señalada por algunos autores (Zorrilla 2003: 118) (imágenes 89 , 90 y 91):
Tal como establece la Academia, no debe utilizarse el infinitivo con valor independiente como verbo principal, sino que en su lugar es necesario recurrir a una forma verbal flexionada (2018: 42-43). Así, en la imagen 92, lo recomendable sería: «Para nuevas colaboraciones, pueden dirigirse a PrensaMSP@gmail.com».
Debido a la importancia del inglés como vehículo de comunicación científica, ya que a lo largo del siglo XX se convirtió en «la lengua internacional de la ciencia» (Gutiérrez 2005: 73), su presencia en el lenguaje médico es notable. De ahí que uno de los rasgos más característicos de este sea la abundante presencia de anglicismos. No obstante, muchos de ellos son innecesarios por existir en nuestra lengua palabras equivalentes, algo que muchos científicos parecen ignorar, dado que recurren con frecuencia a vocablos ingleses cuando perfectamente pueden hallar un sinónimo en español.
Veamos algunos ejemplos. Uno de los términos ingleses más frecuentes es test. Está admitido por la Academia, pero es innecesario, puesto que en español disponemos de otros vocablos que pueden expresar el mismo significado como prueba, análisis, experimento, examen, ensayo, etc. (Aleixandre-Benavent y Amador 2001a: 147; Gutiérrez 2005: 68;Vázquez y del Árbol 2006: 308) (imagen 93).
Otra de las voces encontradas es kit, también aceptada por la Academia. Sin embargo, de nuevo contamos con algunas palabras españolas que pueden precisar su significado: equipo o juego (Aleixandre-Benavent y Amador 2001a: 148) (imagen 94).
Sidecar también está aceptada por la RAE. Aunque, a diferencia de los casos anteriores, parezca a primera vista un préstamo necesario, pues la lengua española no dispone actualmente de un término que pueda designar al vehículo de motor al que normalmente se refiere (Simone 2022: 93), no ocurre lo mismo con respecto al tipo de cuna que se mencionar en nuestro ejemplo, dado que nuestro idioma tiene una expresión sinónima que es cuna de colecho (imagen 95):
El término ebook o e-book es un extranjerismo sin adaptar al español y no aparece registrado en el diccionario académico, pero su uso puede evitarse, ya que puede traducirse como «libro electrónico» o «libro digital», tal como sugiere la Fundéu (imagen 96):
El vocablo patchwork tampoco figura en el DLE. Sigue siendo un anglicismo innecesario, dado que en español podríamos utilizar la palabra almozala (imagen 97):
Los anglicismos serían válidos, por tanto, si no existe ninguna palabra equivalente en nuestra lengua (como ocurre con sidecar en algún contexto) o si, como señalan algunos autores, se produce una adaptación a la normativa lingüística española (Aleixandre-Benavent et al. 2015: 397; Aleixandre-Benavent et al. 2017: 26). Es lo que sucede con podcast y sandwich, los cuales pueden adecuarse fácilmente a nuestra lengua a través de la aplicación de la tilde: pódcast y sándwich, aunque para este último el Diccionario panhispánico de dudas plantea como equivalente la palabra emparedado. En cualquier caso, en los textos médicos manejados, no siempre se recurre a estas adaptaciones o equivalencias (imágenes 98 y 99):
Entre las diferentes cualidades que deberían caracterizar el lenguaje médico, se encuentra, como señalábamos anteriormente, la precisión. Esta tendría que materializarse en el empleo de un léxico riguroso cuya connotación esté claramente definida y evite cualquier tipo de confusión. En este sentido, Gutiérrez indica que la propiedad de la precisión supone una concisión terminológica que no genere ni ambigüedades ni problemas de interpretación (2005: 67). Sin embargo, a menudo nos «tropezamos» en la producción médica con las llamadas impropiedades léxicas, transgresiones semánticas (Texidor et al. 2012: 118) o falsos amigos, que son producto de las malas traducciones, es decir, son palabras que se parecen formalmente en inglés y en español (coinciden en el significante), pero tienen un significado distinto. Entre los casos más comunes se mencionan términos como severo, calco del adjetivo inglés severe (Zorrilla 2003: 115; Asensi-Pérez et al. 2008: 13; Cisneros et al. 2018: 148), que en español no responde al significado de ‘severo’, sino que, como indican Aleixandre-Benavent y Amador, en muchos textos médicos se emplea con el sentido de ‘grave’ o incluso con el de ‘intenso’ o ‘fuerte’ según el contexto (2001a: 144) (imagen 100).
Por tanto, la recomendación es que «debe evitarse su uso como sinónimo de ‘grave’, ‘importante’ o ‘serio’» (Asensi-Pérez et al. 2008: 13).
Otro de los términos frecuentes empleado con un significado erróneo por causa del inglés es el sustantivo patología. Son varios los autores que han hecho hincapié en su uso como sinónimo de ‘enfermedad’ o ‘afección’ (Amador y Aleixandre-Benavent 2002: 21; Zorrilla 2003: 115; Mayor 2010: 32; Aleixandre-Benavent et al. 2015: 398). También se ha subrayado que su empleo con el sentido de ‘padecimiento’, ‘lesión’, ‘daño’, ‘mal’ o ‘morbo’ es muy común en la actualidad (Cárdenas 2010: 315). Si bien en inglés es correcto utilizar este término como sinónimo de ‘enfermedad’ o de ‘padecimiento’, no ocurre lo mismo en el caso del español e incluso se considera, además de un barbarismo, un ejemplo de anfibología (Cárdenas 2010: 316) (imagen 101).
Un caso también mencionado en la bibliografía es el empleo de emergencia como equivalente a ‘urgencia’ por influencia del inglés emergency (Asensi-Pérez et al. 2008: 14; Aleixandre-Benavent et al. 2015: 398) (imagen 102).
No obstante, la Academia sí que incluye una acepción que responde a este significado (‘situación de peligro o desastre que requiere una acción inmediata’) e incluso entre los sinónimos de emergencia recoge urgencia.
El que sí responde a un calco clásico del inglés y constituye un ejemplo de mala traducción es el sustantivo evidencia (a partir de evidence). Su uso como ‘prueba’ o ‘indicio’ parece haberse popularizado en la producción médica, algo censurado por varios autores (Asensi-Pérez et al. 2008; Casino 2014: 70-71), incluida la Real Academia Española, la cual, en el Diccionario panhispánico de dudas, señala que, aunque este nombre pueda aludir tanto a una cualidad abstracta (‘certeza clara y manifiesta de la verdad’) como a su manifestación concreta (‘cosa evidente’), «no justifica el empleo discriminado en español de la voz evidencia como sinónimo de prueba o indicio, calco censurable del inglés evidence» (imagen 103).
Otros casos de impropiedades léxicas que hemos hallado en la producción médica analizada y que no han sido tan comentados en la bibliografía son el uso de consumar por consumir (imagen 104), el de hacer por tomar (imagen 105) y el de tomar por llevar (imagen 106):
En su intento por cumplir con uno de sus rasgos característicos (la brevedad), el lenguaje médico abusa muchísimo del empleo de las siglas en sus textos contemporáneos. Con ellas se expresan de forma reducida conceptos que cuentan con una cierta extensión, lo que ahorra claramente tiempo y espacio (Rodilla 2005: 32). Sin embargo, como señala Navarro, «si las siglas no se usan con cuidado, los textos resultantes pueden llegar a ser crípticos» (2008: 154). Navarro nos recomienda utilizarlas «sabiamente» (2008: 155), es decir, incluir su explicación o su descripción entre paréntesis la primera vez que se utilizan para el conocimiento del lector (Claros 2008: 156; Aguilar 2013: 109) y usarlas cuando se trate de sustituir palabras o expresiones verdaderamente largas y que se repitan al menos cuatro veces a lo largo del artículo (Aleixandre-Benavent y Amador 2001b: 171).
En el lenguaje médico está muy extendido el empleo de locuciones prepositivas que han sido rechazadas por la Academia. Nos referimos a casos como en relación a, en base a, a nivel de, etc. Veamos algún ejemplo de cada una de ellas.
Comenzamos con en base a. La Academia señala lo siguiente (imagen 107):
Por tanto, no admite su uso con el significado de ‘con base en’ (imagen 108):
Del uso de locuciones prepositivas erróneas como en relación a habla Zorrilla (2003: 118) y, tal como recomienda la Academia, subraya que no debe usarse con el significado de ‘con respecto a’, dado que en español con ese sentido disponemos de las locuciones en relación con y con relación a (imagen 109):
A nivel de suele emplearse de forma incorrecta en el lenguaje médico con el sentido de ‘en’ (Texidor, et al. 2012: 115), tal como sucede en el siguiente ejemplo, en el que las expresiones a nivel del aparato genital y a nivel del sistema nervioso deberían expresarse como en el aparato genital y en el sistema nervioso (imagen 110):
Otra expresión que debe evitarse es la construcción galicada formada por la preposición a seguida por un sustantivo y un infinitivo (Zorrilla 2003: 115-116). Según Texidor y Reyes, «se trata de un galicismo muy arraigado en español. Se aconseja utilizar las preposiciones para o por o la conjunción que (2009: 224) (imagen 111).
La Real Academia rechaza su empleo fuera del ámbito económico y administrativo y sugiere su sustitución por una oración de relativo (2018: 69). En este ejemplo lo recomendable sería es un factor para tener en cuenta o que debe tenerse en cuenta.
Zorrilla también critica el empleo de la locución de acuerdo a. Lo considera una construcción anglicada (2003: 116). Por su parte, la RAE permite el uso de de acuerdo a con el significado de ‘según’ o ‘conforme a’, pero solo si el complemento que va después no es de persona (2018: 340). En el resto de casos recomienda el uso de de acuerdo con. Por tanto, el ejemplo recogido en la imagen 112 es correcto.
En el lenguaje médico es muy fácil encontrar en un mismo párrafo la repetición de una misma palabra —o palabras de la misma familia léxica (Texidor et al. 2012: 115)— como si no existieran sinónimos (Zorrilla 2003: 118; Vázquez y del Árbol 2006: 313). Un ejemplo podría ser el siguiente (los términos que se reiteran aparecen subrayados) (imagen 113):
De hecho, en las guías consultadas, se aprecia un uso constante de la locución luego de con el sentido de ‘con posterioridad en el tiempo’, la cual suele ser más propia de algunos países de América (imagen 114):
También se manifiesta esta reiteración léxica en el uso de palabras comodín, que tienen un carácter polisémico: sirven para todo, pero no precisan el significado concreto (Texidor et al. 2012: 115). Afecta especialmente a verbos como realizar y hacer, que son válidos para múltiples expresiones: realizar una evaluación, realizar un análisis, realizar un recuento, realizar la donación, hacer uso, hacer prevención, hacer una orientación, hacer un estudio, hacer un tratamiento, hacer mejoras, etc. Lo recomendable es sustituir todas estas expresiones por una única unidad verbal: evaluar, analizar, recontar, donar, usar, prevenir, orientar, estudiar, tratar, mejorar, etc.
Una de las deficiencias de estilo que con más frecuencia se ha detectado es el abuso de la voz pasiva. Como señalan Amador y Aleixandre-Benavent, «no se critica su uso, sino su abuso» (2002: 21), pues, como sabemos, si bien no es incorrecta, «el español prefiere la información directa, sin rodeos y sin complicaciones estilísticas» (Texidor et al. 2012: 117). En nuestra lengua prevalece la voz activa sobre la pasiva, por lo que el empleo constante de esta última se debe a un fuerte influjo del inglés en el ámbito científico-técnico (Texidor et al. 2012: 117). Aunque con ella se busca la objetividad y la neutralidad en el lenguaje médico, como ocurre con el uso de ciertas cadenas de auxiliaridad (Ruiz 2024: 109), hay quien considera que, en ocasiones, genera cierta confusión con respecto al agente de la acción (Rodilla 2005: 74), puesto que no se suele concretar de forma explícita. Si bien en nuestros textos hemos hallado muestras de este tipo de construcción (imagen 115), no cabe duda de que la estructura sintáctica predominante es la pasiva refleja (imagen 116):
En cuanto a las estructuras sintácticas, suelen ser «rebuscadas y complejas» (Vázquez y del Árbol 2006: 312). Predominan las frases largas (Zakhir 2022: 153), a veces enrevesadas (la falta de puntuación también ayuda), e incluso sin sentido (imágenes 117, 118 y 119):
También podemos hablar del abuso de los adverbios en -mente. Aunque la Academia considera totalmente válido su empleo, recomienda, en general, «no acumularlos en un mismo texto» (2018: 69) (imagen 120).
Por mencionar algún rasgo estilístico más, en ocasiones, hemos encontrado alteraciones del orden normal de ciertas palabras en el discurso, es decir, casos de hipérbaton, como el siguiente (imagen 121):
El adjetivo comunes debería ir justo detrás del sustantivo al que está modificando: fármacos.
Finalmente, tal como resaltan algunos autores, las locuciones latinas como in vitro «es aconsejable escribirlas en letra cursiva» (Texidor et al. 115), algo que no siempre se respeta en nuestros textos (imagen 122):
Nuestro objetivo en este trabajo ha sido realizar un estudio del lenguaje médico con la finalidad de caracterizarlo, de describir algunas de las imperfecciones que presenta y que dificultan su lectura, así como aportar indicaciones sobre su buen uso. En este sentido, hemos analizado diversos errores (ortográficos, gramaticales, léxicos y estilísticos) que obstaculizan el proceso comunicativo entre el emisor y el paciente en el discurso divulgativo sobre la reproducción asistida, una temática de gran interés y de enorme repercusión en la población actual. Para ello, hemos partido de una serie de ejemplos reales tomados de folletos, guías clínicas y artículos de blog acerca de técnicas de reproducción asistida en los que hemos detectado ciertas deficiencias (la mayoría de ellas se deben a la notable influencia que ejerce el inglés hoy en día) que atentan contra los grandes principios del lenguaje médico: la veracidad (pensemos en las impropiedades léxicas o en cualquier término empleado con un significado diferente al que se desea transmitir), la precisión (además de los casos de transgresión semántica que fomentan más de una interpretación, podemos mencionar la notable presencia de extranjerismos), la concisión (recordemos que la brevedad basada en la utilización constante de siglas, de abreviaturas y en la omisión del artículo no debe primar sobre la comprensibilidad del texto —Rodilla 2005: 25—) y la claridad (en su contra proliferan los llamados «anglicismos sintácticos» (Navarro 2008: 151): abuso de las siglas, del gerundio, de la pasiva perifrástica, etc.).
Como futuras líneas de investigación, sería interesante conocer el punto de vista de los ciudadanos con respecto a la comunicación entre médico y paciente mediante los géneros textuales analizados y comprobar qué aspectos lingüísticos son los que más dificultan su legibilidad para personas no especializadas o legas. Incluso se podría llevar a cabo un estudio contrastivo entre la producción divulgativa y la producción científica en el ámbito médico con el fin de examinar qué tipo de incorrecciones son las que más abundan en cada caso.
El presente trabajo se inscribe en dos proyectos de investigación. Por un lado, en el denominado «NEOTERMMED. Neología y terminología en ciencias de la salud: variación y análisis multidimensional del discurso biomédico. Aplicación al ámbito de la Reproducción asistida en la Comunidad Valenciana para la alfabetización en salud y la igualdad de género» (CIACO/2021/074), dirigido por las Dras. M.ª Isabel Santamaría Pérez y Carmen Marimón Llorca, y, por otro, en el de «Observatorio Multilingüe de la Variación Lingüística (OMVALING, Ref. PROMETEO/2023/006), dirigido por los Drs. Vicent Martines Peres y José Luis Cifuentes Honrubia.