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      <journal-id journal-id-type="publisher">CIC</journal-id>
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        <journal-title specific-use="original" xml:lang="es">Cuadernos de Información y Comunicación</journal-title>
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      <issn publication-format="electronic">1988-4001</issn>
      <issn-l>1988-4001</issn-l>
      <publisher>
        <publisher-name>Ediciones Complutense</publisher-name>
        <publisher-loc>España</publisher-loc>
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          <subject>ARTÍCULOS DE INVESTIGACIÓN</subject>
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        <article-title>Emociones y sentidos territoriales. Una perspectiva sociosemiótica</article-title>
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          <trans-title>Emotions and territorial senses. A socio-semiotical perspective</trans-title>
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            <surname>Peñamarín</surname>
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          <institution content-type="original">Universidad Complutense de Madrid</institution>
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      <author-notes>
        <corresp id="cor1">Autor@s de correspondencia: Cristina Peñamarín: <email>cpberis@ucm.es</email></corresp>
      </author-notes>
      <pub-date pub-type="epub" publication-format="electronic" iso-8601-date="2025-09-15">
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        <year>2025</year>
      </pub-date>
      <volume>30</volume>
      <issue>1</issue>
      <fpage>93</fpage>
      <lpage>105</lpage>
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        <copyright-statement>Copyright © 2025, Universidad Complutense de Madrid</copyright-statement>
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        <copyright-holder>Universidad Complutense de Madrid</copyright-holder>
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      <abstract>
        <p>Las emociones afectan siempre al sentido, a su producción e interpretación. Pero también es cierto que el sentido forma parte siempre del proceso emocional. Partiendo de este doble supuesto el artículo discute las concepciones del sujeto, del cuerpo y de la emoción que permitirían avanzar en la reflexión sobre este ámbito de cuestiones. Y se centra en las emociones territoriales, las emociones del formar parte del mundo, para observar cómo nos apropiamos de -o nos apegamos a- lugares, personas, objetos, expresiones, valores, para convertirlos en territorios o en asientos, más duraderos o más fugaces, de nuestro punto de vista, en aquello que nos proporciona un lugar en el mundo.</p>
      </abstract>
      <trans-abstract xml:lang="en">
        <p>Emotions always affect meaning, its production and interpretation. But it is also true that meaning is always part of the emotional process. Starting from this double assumption, the article discusses the conceptions of the subject, the body and the emotion that would allow to advance in the thinking about this field of questions. And it focuses on territorial emotions, the emotions of being part of the world, to observe how we appropriate - or become attached to - places, people, objects, expressions, values, to turn them into territories or seats, more lasting or more fleeting, of our point of view, in that which provides us with a place in the world.</p>
      </trans-abstract>
      <kwd-group>
        <kwd>emociones</kwd>
        <kwd>sentido</kwd>
        <kwd>sociosemiótica</kwd>
        <kwd>emociones territoriales</kwd>
        <kwd>territorialización</kwd>
      </kwd-group>
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        <kwd>emotions</kwd>
        <kwd>meaning</kwd>
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      </kwd-group>
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        <custom-meta>
          <meta-name>Sumario</meta-name>
          <meta-value>: 1. Introducción. Los afectos y el sentido. 2. El cuerpo y las emociones en la semiótica de la vida social. 3. El territorio y los afectos territoriales. 4. La formación de algo propio. Relatos de territorialización. 4.1. Territorialización individual. 4.2. Procesos colectivos de territorialización. 5. Apego y territorio afectivo. 6. Conclusiones. Referencias.</meta-value>
        </custom-meta>
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          <meta-name>Cómo citar</meta-name>
          <meta-value>: Peñamarín, C. (2025). Emociones y sentidos territoriales. Una perspectiva sociosemiótica, en <italic>Cuadernos de Información y Comunicación</italic> 30, 93-105.</meta-value>
        </custom-meta>
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    </article-meta>
  </front>
<body>
<sec id="introduccion.-los-afectos-y-el-sentido">
  <title>1. Introducción. Los afectos y el sentido</title>
  <p>En este momento de proliferación de los estudios sobre lo emocional
  y afectivo en semiótica y en ciencias humanas y sociales, querría
  preguntarme cómo puede la semiótica, en cuanto reflexión sobre el
  sentido, dialogar con esas otras ciencias sociales y contribuir al
  conocimiento y a las discusiones que se están produciendo sobre cómo
  intervienen las emociones en el sentido que damos al mundo y a nuestra
  vida.</p>
  <p>Tanto Greimas como Peirce, desde perspectivas muy diferentes, han
  entendido las emociones como componente fundamental del sentido. En la
  semiótica generativa se parte del proyecto de abordar las pasiones y
  los sentimientos (emociones o afectos, términos que no distinguiré
  aquí) textualizados, como temas y motivos observables en los textos.
  Pero, según Basso-Fossali, el libro <italic>Semiotique des
  passions</italic> (Greimas y Fontanille 1991) ya muestra la decisión
  de indagar la dimensión afectiva de la significación y de comprender
  cómo afecta a la constitución de los valores. Más adelante, la emoción
  será vista en esta tradición como una instancia de la enunciación,
  “que decide <italic>in vivo</italic> de la constitución de
  modalizaciones y valores” (Basso-Fossali, 2017: 32). Fontanille señala
  que para Greimas, en <italic>De l’Imperfection</italic>, “el afecto es
  el punto de origen de las semiosis en formación y, por consiguiente,
  de sus enunciaciones” (Fontanille 2017b: 23). Desde la semiótica
  pragmática, para Charles S. Peirce, la interpretación está siempre
  orientada afectivamente, ya que el interpretante primero es emocional
  y media todo posible efecto de sentido del signo (ver Peirce CP 5.475;
  Montes, 2016).</p>
  <p>Hoy estudiar la dimensión significativa de la emoción me parece más
  pertinente que nunca, incluyendo, por supuesto, la enunciación como
  fundamental en las relaciones de sentido y en las emociones. Las
  emociones entran en el estudio de la significación cuando consideramos
  que el acto de enunciar no puede ser separado del cuerpo, de la
  relación interlocutiva en que se da y de la interpretación de un
  destinatario situado particular. Esta reflexión querría contribuir a
  una perspectiva relacional y pragmática que comprenda, entre otros
  aspectos, la emoción como efecto de sentido (Montes 2016: 181; Fabbri
  2000: 70).</p>
  <p>El objetivo no es tanto complejizar el estudio de la emoción para
  introducir cuantas aportaciones semióticas podamos alegar. Pero sí
  repensar la cuestión del sentido en relación con las emociones. Por
  ejemplo, el sentido es clave en un importante debate actual en torno
  al “giro afectivo”, que ha dominado los estudios culturales y sociales
  en las últimas décadas, sobre todo en ámbito anglosajón. Esta poderosa
  corriente se forma en parte como reacción al “giro textual”, a la
  supuesta primacía de lo discursivo, y sostiene que los comportamientos
  y las acciones están determinados por disposiciones afectivas que son
  independientes de la conciencia y del control de la mente: puras
  potencialidades que eluden forma, conocimiento y significado (Arfuch,
  2016: 252). Señala Ruth Leys que, en esta línea, influida por las
  ciencias neurológicas y por la teoría de las emociones básicas de
  Tomkins y Ekman, la emoción se define de forma extremadamente
  nebulosa. Se centra en el afecto, teorizado como una “intensidad”
  subpersonal, independiente de la cognición, de la razón y del sentido
  (Leys 2021: 128). Para esta autora, en cambio, las emociones “tienen
  sentido porque están en vinculadas a objetos del mundo”, porque son
  intencionales (son “acerca de” algo) (Leys 2021: 126). Respaldando a
  Leys, Reddy defiende que “cada emoción, incluso las que parecen más
  naturales, corporales o neurofisiológicas en origen, posee un sentido
  evidente, porque es ‘acerca de’ algo” (Reddy, 2020: 174). El debate
  repercute en los supuestos en que se basan numerosas investigaciones
  sobre las emociones.</p>
  <p>Aquí nos interesa pensar cómo puede la semiótica abordar la
  relación entre emociones y sentido, incluyendo la perspectiva
  intencional sobre la emoción, el hecho de que ésta es “acerca de” algo
  y por tanto implica los sentidos y las creencias asociados con tal
  objeto. Pero para avanzar en esta línea hemos de aclarar los conceptos
  de sujeto, de cuerpo y de emoción en que nos basamos.</p>
  <p>¿Qué hace la emoción? disponernos, inclinarnos hacia o contra algo.
  “Todo ser vivo, inscrito en un medio, « se siente » a sí mismo y
  reacciona a su entorno, El ser vivo es considerado como « un sistema
  de atracciones y repulsiones” (Greimas 1983: 93). Deleuze,
  interpretando a Spinoza, tiene otra manera de verlo. Las emociones se
  juegan en la diferencia no entre atracción y repulsión, sino entre
  alegría y tristeza. Cada cuerpo, cosa, animal, ustedes o yo, dice
  Deleuze, está constituido por un conjunto de relaciones. Mis
  “relaciones constitutivas” no dejan de componerse y descomponerse
  entre sí, de las formas más complejas a las más simples (2008: 54). No
  somos sustancias, somos paquetes de relaciones, pero hay lo bueno y lo
  malo para mí, lo que me da alegría, porque se compone con mis
  relaciones en modos que me convienen, y lo que, por las razones
  opuestas, me produce tristeza. La alegría aumenta mi potencia para
  establecer relaciones, la tristeza la disminuye. Pero son precisamente
  las relaciones que me permiten formar parte de algo mayor las que
  hacen crecer mi potencia (Deleuze 2008: 88). “Pongo la música que me
  gusta. Todo mi cuerpo y mi alma —va de suyo- componen sus relaciones
  con las relaciones sonoras (…) se constituye un tercer individuo del
  cual la música y yo no somos más que una parte” (2008: 88). Para este
  autor, el bienestar o la alegría que me aporta esa música implica que
  ha crecido mi capacidad de formar parte de los destinatarios de tal
  música, de quienes la disfrutan y valoran (y con ella, fragmentos de
  una cultura, de una sensibilidad, etc.)</p>
  <p>Esta perspectiva sugiere que todas las relaciones tienen un tono
  afectivo, pues todas me producen más o menos alegría o tristeza según
  se acuerden mejor o peor con mis relaciones constitutivas y
  accidentales. Si la definición de la emoción de Greimas parte de la
  unidad del sujeto que siente, la concepción de Deleuze parte de la
  diversidad de las relaciones con el mundo y consigo mismo que componen
  el sujeto y de la intrínseca movilidad, variabilidad de estas
  relaciones y de sus modos de afectarnos. Pero podemos preguntarnos si
  la pluralidad de relaciones que componen el sujeto deleuziano no ha de
  sentirse y comportarse a menudo como uno, un cuerpo, un sistema de
  sistemas, una voz, tanto en sus relaciones consigo como con el mundo y
  los otros. Pensar si lo uno y lo múltiple no necesariamente son
  incompatibles en la vida social y en los procesos de enunciación.</p>
</sec>
<sec id="el-cuerpo-y-las-emociones-en-la-semiotica-de-la-vida-social">
  <title>2. El cuerpo y las emociones en la semiótica de la vida
  social</title>
  <p>Las emociones marcan nuestra relación con lo propio y lo otro, nos
  muestran como seres intrínsecamente relacionales, seres dependientes
  de su relación con el entorno y con otros. J. Butler señala que la
  vulnerabilidad no es una circunstancia contingente. Nuestra existencia
  es relacional. Como seres corpóreos no somos autosuficientes, somos
  dependientes de otros y de un mundo que nos sostiene (2012: 136).
  Nuestro sistema de alerta afectiva ha de estar siempre dispuesto a
  responder al carácter de esa relación con todo lo que nos puede
  afectar y dañar. Despret escribe sobre la capacidad de ser un agente
  autónomo, “la agencia no es independencia. (…) Ser un agente requiere
  dependencia de muchos otros seres; ser autónomo significa ser
  pluri-heterónomo” (Despret 2013: 44). Estudiar las emociones implica
  enfocar la dimensión relacional que nos constituye como seres
  sensibles.</p>
  <p>Esa dimensión relacional ha sido clave para el interés de las
  ciencias sociales y de la comunicación por las emociones. Los nombres
  que damos a las emociones son “abstracciones referidas a pautas de
  relación”, sostiene G. Bateson (1973: 113). Al introducir esta cita de
  Bateson, Ian Burkitt añade que “Las emociones y los afectos son
  ejemplos de cómo el cuerpo y las sensaciones corporales siempre se
  unen con sentidos sociales en las pautas relacionales de nuestros
  encuentros sociales inmediatos” (2014: 8). Sin embargo, califica la
  suya como “una comprensión estética de la emoción” porque estudia
  “cómo los humanos hacen y experimentan el sentido, y cómo el cuerpo es
  un elemento fundamental en ello” (Burkitt 2014:8). Desde la semiótica
  no deja de causar perplejidad que este autor considere estético, en
  lugar de semiótico, el estudio de cómo creamos y experimentamos el
  sentido, incluyendo la intervención del cuerpo, o la emoción, en ello.
  Querría proponer una discusión sobre una sociosemiótica que aspire a
  convertir ese objeto de estudio en netamente semiótico, que considere
  que no se puede desgajar lo emocional de las formas de dar sentido</p>
  <p>En todos los casos se entiende que el sentir tiene una clara
  localización corporal, si bien es asimismo adecuado decir que cierta
  emoción inclina “nuestro ánimo” en algún sentido. A su modo, la
  emoción realiza o plasma la unión de cuerpo y mente, introduce una
  sensación corporal que es también un estado de ánimo regido por
  ciertas ideas y pensamientos. ¿Cómo entender a qué llamamos cuerpo?
  Hemos aprendido en muchos de los estudios antes mencionados que el
  sentir es con frecuencia espontáneo, pre-reflexivo, en el sujeto, pero
  está pautado en la cultura. La atención a lo corporal no expulsa lo
  social y cultural, sino lo requiere, porque nuestras emociones más
  preconscientes adquieren forma por obra de los hábitos personales y
  sociales, las experiencias, los discursos, los valores de los que nos
  apropiamos. Por ello podemos hablar, como se hace a menudo en historia
  y sociología, de construcción sociocultural de las emociones, sin
  dejar de considerar esas emociones un fenómeno corporal, a la vez que
  mental y social.</p>
  <p>La fluctuación entre la atracción y el rechazo, o la alegría y la
  tristeza, tiene sentido a partir de un espacio de indiferencia, donde
  el sujeto está en algún punto intermedio alejado de los extremos. Esa
  indiferencia es elaborada mediante la habitualidad y la reiteración,
  claves del aprendizaje por “incorporación”, que permite al sujeto
  cierta estabilización de sus afectos respecto a entornos, relaciones u
  objetos consabidos, “familiares”. La importante operación semiótica
  consistente en “naturalizar”, como decía Barthes, ciertas ideas,
  sentimientos y valores y hacerlos así socialmente incuestionables,
  pasa por elaborar nuestras emociones y en particular, la indiferencia,
  el hábito de no sentirse afectado por algo.</p>
  <disp-quote>
    <p>Lo que llamo “cuerpo” no es sinónimo de una sustancia distintiva
    o de una forma fija; es un ensamblaje de afectos o modos de ser que
    constituye un hábito. Entre la subjetividad formal de las almas y la
    materialidad sustancial de los organismos, hay por tanto algo
    intermedio (Viveiros de Castro 2012: 113 Traducción mía C.P.)</p>
  </disp-quote>
  <p>Desde esta perspectiva “intermedia”, atender a la dimensión
  corporal del sentido requiere observar cómo se componen y se
  habitualizan los afectos formando modos de ser y (apuntaremos también)
  cómo enlazan con los afectos de otros cuerpos. La emoción muestra lo
  que es relevante para el sujeto en cada momento. Marca en cada paso
  cómo su sistema psico-físico de alerta, o sistema afectivo, dotado de
  memoria y de hábitos, evalúa (generalmente por debajo del nivel de la
  consciencia, como dice Damasio) de forma positiva, neutra o negativa,
  la situación en que se encuentra. La reacción corporal-mental, una
  sensación del cuerpo-con-memoria, valora la situación presente, e
  incluye también una anticipación de su potencial futuro, que la
  emoción percibe y define como temible, deseable, etc. El cuerpo y los
  hábitos están insertos en mundos de sentido, o semiosferas, de modo
  que las emociones, el miedo, el amor o el honor, se sienten, nombran y
  elaboran de forma muy diversa en las diferentes culturas y subculturas
  humanas (Lotman 1996; Pezzini 2019).</p>
  <p>La influencia de la etología toca a la concepción del cuerpo y el
  afecto de Deleuze, que entiende que Uexküll (pionero de esa
  disciplina) busca los “afectos activos y pasivos” que permiten a un
  animal formar parte de algo. Los cuerpos no son considerados, en esta
  perspectiva, en términos de su forma o función, sino en términos de
  cómo pueden afectar y ser afectados y cómo pueden transformarse
  (Buchanan 2008: 156). Deleuze y Guattari retoman la fórmula de Spinoza
  para sostener que “No sabemos nada de un cuerpo hasta que no sabemos
  lo que puede, es decir, cuáles son sus afectos, cómo pueden componerse
  o no con otros afectos, con los afectos de otros cuerpos, sea para
  destruirlo o para ser destruido por él, sea para intercambiar con él
  acciones y pasiones, sea para componer con él un cuerpo más potente”
  (1980: 314). En este sentido, los afectos potencian o destruyen
  nuestra capacidad de relacionarnos y vincularnos, de formar parte de
  algo; implican a nuestro cuerpo-persona en una constante tensión en la
  frontera yo/lo otro.</p>
  <p>Observar las emociones nos lleva a centrarnos en las experiencias
  de los sujetos, sean presentes, recordadas o imaginadas y, aunque
  nunca podamos captar enteramente ni traducir una experiencia singular,
  podemos orientar nuestra atención al punto de vista de quien
  experimenta esa emoción. Como hizo la etología, que prescindió de la
  visión neutral, “objetiva”, sobre el entorno para observar los
  diferentes <italic>umwelt</italic> que resultaban al adoptar “el punto
  de vista de los animales”, lo que ha inspirado a muchos estudiosos y
  también afecta a este trabajo. Según Uexkül, los animales sólo
  perciben aquello que tiene sentido para ellos. Lo que no les afecta
  queda fuera de su percepción, de su mundo “subjetivo”, su
  <italic>umwelt</italic> (Despret 2013: 38). En ese sentido,
  aproximarse al punto de vista de alguien requiere tener en cuenta lo
  que le importa, lo que encuadra y da sentido a su percepción porque es
  vital para esa persona o grupo.</p>
  <p>Hablar de emoción como experiencia nos obliga a aceptar que la
  emoción es algo que “nos ocurre” con independencia de nuestra voluntad
  consciente. Esa reacción de nuestro cuerpomente es generalmente opaca,
  extraña para nosotros mismos y a menudo es también difícil de
  comprender en otros. Esta falta de transparencia ha hecho en todos los
  tiempos a las emociones (que además se encabalgan de formas no siempre
  coherentes) interesantes como objetos de reflexión, de elaboración
  ficcional, dramática, poética (pues los humanos han tratado siempre,
  con mayor o menor éxito, de comprender y además de incidir en sus
  emociones). En el uso cotidiano del lenguaje, hemos de reconocer que a
  menudo quien nombra o expresa una emoción, como dice Reddy, lo que
  hace es explorar una posible definición de su sentir o descubrir algo
  nuevo sobre ello (en Plamper 2010: 240). Dado que la emoción afecta a
  nuestras relaciones con el mundo y los otros solemos tratar de
  comprenderla, además de mediante la introspección, a partir de la
  observación del comportamiento y las actitudes que la emoción suscita.
  Así propone Merleau-Ponty abordar el estudio del sentimiento propio,
  “como un comportamiento, como una modificación de mis relaciones con
  los otros y con el mundo” (1966 : 94). De nuevo la dimensión
  relacional está en el centro de la emoción.</p>
  <p>Sólo en entornos que nos son conocidos podemos aspirar a comprender
  algo de los movimientos afectivos observando las relaciones y los
  comportamientos de los sujetos, que interpretamos considerando sus
  mundos de sentido y valor y sus puntos de vista. Pero el punto de
  vista, afirma Viveiros, no es una propiedad del espíritu, no es sólo
  cognitivo o visual, sino que está ubicado en el cuerpo (2012: 112), en
  el conjunto de afectos, modos de ser y hábitos. Como dice
  Colas-Blaise, no hemos de subordinar el punto de vista inmediatamente
  a la consciencia, sino verlo como constitutivo de los seres provistos
  de un modo de existencia (2020: 28). Los hábitos, tanto los prácticos
  como los mentales y emocionales (las formas de vida y la cultura
  emocional, en otros términos), junto con los vínculos, apegos y
  rechazos, sean adquiridos previamente o sean generados en las
  relaciones en curso, inciden en la primera emoción del sujeto, lo que
  “le importa”, lo que le afecta e interesa, clave fundamental de su
  punto de vista.</p>
  <p>Sostiene Pezzini (2008: 12) que las configuraciones pasionales
  examinadas por Lotman y Greimas en sus estudios sobre la vergüenza, el
  miedo, el honor, la cólera, la nostalgia, “se han centrado en la
  cuestión del valor del sujeto en relación a sí mismo y a los demás, en
  su reconocimiento y en los signos en los que se materializa ese
  reconocimiento”. Indagaremos si el reconocimiento y el respeto son
  fundamentales en la vida afectiva, como sostiene Pezzini, en las
  relaciones sociales y en la propia autovaloración del sujeto (Appiah
  2010). Las reglas de trato existen en todas las sociedades humanas (y
  en muchas animales) quizá porque somos dependientes del respeto, el
  reconocimiento y el aprecio de otros que nos ayudan a respetarnos a
  nosotros mismos.</p>
</sec>
<sec id="el-territorio-y-los-afectos-territoriales">
  <title>3. El territorio y los afectos territoriales</title>
  <p>Las emociones nos muestran no sólo que necesitamos la relación con
  los otros, sino también que ciertos otros son “parte de mí”. Señala
  Aristóteles que la ira nos surge cuando sufrimos un desprecio
  inmerecido dirigido “contra uno mismo o contra los que nos son
  próximos” (<italic>Retórica</italic>, Libro II). Seguramente nos
  parece razonable también hoy dar por supuesto que sentimos la ofensa
  contra “los míos” del mismo modo que la que se dirige a uno mismo. El
  sujeto es afectado por algo que ocurre más allá de su cuerpo o su
  persona, siente de forma espontánea rabia ante una ofensa a otro, si
  este es su próximo, parte de su grupo, o son sus intereses vitales los
  menospreciados (señala poco después Aristóteles). Podemos hablar de
  otros fenómenos afectivos (empatía, amor, apego, etc.) en que el
  cuerpo propio se une en su sentir con otros cuerpos. Nos abren la
  posibilidad de ver el sujeto como centro (origen y destino) de la
  emoción y al tiempo como incompleto, necesitado de vinculación con
  algo, y muestran la frontera entre yo y otro, entre lo propio y lo
  ajeno, como capaz de ampliarse para abarcar más que uno mismo.
  (Sentimos con otros pero no con cualesquiera otros, la indiferencia e
  incluso la repugnancia ante ciertos otros define en cada cultura y
  cada persona sus “mapas de empatía” o mapas emocionales, como dice
  Hochschild, 2019: 11)</p>
  <p>La capacidad de ser constantemente afectado por el entorno y los
  otros supone una vulnerabilidad que requiere un lugar de estabilidad,
  un centro del yo que me permite decir “aquí estoy yo”, o “esto soy
  yo”. Sin embargo, este territorio, lugar de pausa y estabilización, es
  necesariamente transitorio, ya que forma parte del dinamismo propio de
  las relaciones con el entorno. Cuando habitamos mundos plurales e
  inciertos los territorios se desplazan y renuevan sin cesar.
  Precisamente porque nuestros entornos, nuestras preferencias y
  adhesiones son cambiantes, adquiere valor poder decir en cada momento
  “esto soy yo” (y esto no).</p>
  <disp-quote>
    <p>Sabemos la importancia que tienen en los animales las actividades
    que consisten en formar territorios, abandonarlos o salir de ellos,
    e incluso rehacer territorio sobre algo que es de otra naturaleza
    (el etólogo dice que el compañero o el amigo de un animal “vale por
    un estar en casa”, o que la familia es un territorio móvil). (…) Hay
    que ver como cada uno, en toda edad, en las más pequeñas cosas como
    en las grandes pruebas, se busca un territorio, soporta o realiza
    desterritorializaciones, y se reterritorializa casi sobre cualquier
    cosa, recuerdo, fetiche o sueño. Los estribillos expresan esos
    poderosos dinamismos.</p>
    <p>(Deleuze, G., Guattari, F., <italic>Qu’est que la
    philosophie?</italic></p>
    <p>Paris, Minuit, 1991: 66. Traducción mía C.P.)</p>
  </disp-quote>
  <p>La perspectiva de Deleuze y Guattari destaca el dinamismo del hacer
  y deshacer el territorio como una actividad constante de los humanos y
  otros animales, así como el hecho de que los objetos en que se
  “territorializa” el ser humano pueden ser de cualquier naturaleza o
  sustancia (compañero, amigo, recuerdo, fetiche, sueño…). Nos hacen ver
  que cualesquiera objetos materiales, humanos, imaginarios, simbólicos,
  adquieren un carácter semiótico particular cuando el sujeto se
  “territorializa” gracias a ellos, ganan entonces un sentido
  corporizado que afecta de modo particular al sentir del sujeto.</p>
  <p>Un compañero, un amigo, un recuerdo, nos hacen sentirnos “en casa”.
  Este aparece como un primer rasgo básico del territorio, su poder de
  albergar, de hacer sentirse en casa al sujeto, es decir, cómodo,
  acogido y seguro (al punto que la expresión “sentirse fuera de lugar”
  es un claro índice de malestar). Si bien ese “espacio de confort”
  nunca es definitivo o inamovible, como insisten Deleuze y Guattari, lo
  recreamos constantemente, quizá porque nos aporta el límite necesario
  para poder distinguir en todo momento yo / no-yo. “Pertenecer no es un
  estado, sino una tensión variable”, señala Fabbri (1995: 114).</p>
  <p>El dinamismo continuo del hacer y deshacer el territorio nos remite
  a la que para Fontanille es la cuestión básica en la semiótica del
  cuerpo, la diferencia propio /no propio (2017a: 24). Al interrogarnos
  sobre el territorio nos orientamos a captar cómo lo propio se hace y
  se deshace, a entender el dinamismo de esta frontera semiótica, que
  requiere observar cómo intervienen los afectos en las formas de
  construcción y destrucción de pertenencias y límites territoriales. En
  estas transformaciones están implicados los procesos de cierre y
  apertura que, al tiempo que el territorio, pautan la formación del
  sujeto en los diferentes momentos de su relación con lo otro, ya que,
  desde la perspectiva etológica, el sujeto y su mundo se construyen y
  definen recíprocamente (Renoue 2019: 36).</p>
  <p>En la afectividad humana podemos observar interesantes diferencias
  entre entorno habitual, hogar y territorio. Una niña puede estar
  habituada a su escuela o a su hogar, por ejemplo, a sus rituales,
  lenguajes, etc., pero puede no sentir esos entornos como territorio
  propio y, en cambio, elegir otros objetos, compañeros, actividades o
  expresiones como aquello que le hace sentirse “en casa”. Cuando, “en
  la era de la información, el yo se ha dispersado, descentrado y
  multiplicado, ha sido conducido a una permanente inestabilidad” (Abril
  2003: 15), nos preguntamos qué hace sentir algo como parte del propio
  territorio y darle ese sentido; qué cualidades percibidas convierten a
  una relación con entornos, objetos, personas, en tan fundamental para
  la persona que sin ellas se sentirá fuera de lugar, descentrada y
  posiblemente sin valor.</p>
  <p>Para abordar como problema este continuo ubicarse, (des)
  territorializarse, buscarse un territorio en cada situación, como
  dicen Deleuze y Guattari, necesitamos observar los afectos implicados
  en la relación con el mundo, en particular el movimiento de apropiarse
  / desprenderse, aproximarse / distanciarse de algo, como parte de un
  dinamismo básico del sentir que nos lleva a pensar a los humanos como
  seres territoriales.</p>
</sec>
<sec id="la-formacion-de-algo-propio.-relatos-de-territorializacion">
  <title>4. La formación de algo propio. Relatos de
  territorialización</title>
  <sec id="territorializacion-individual">
    <title>4.1. Territorialización individual</title>
    <p>A la hora de aproximarse al punto de vista de alguien implicado
    en un proceso afectivo de territorialización, los relatos revelan su
    poder para acercarnos al modo de sentir y a la situación vital de un
    personaje. Mi primer ejemplo de relato autobiográfico, <italic>Una
    mujer en Berlín</italic>, es uno de los más potentes en este
    sentido.</p>
    <p>Su autora, Anónima, trata de una situación extrema que se ha
    convertido en la vida cotidiana de las personas atrapadas por la
    guerra en su propia ciudad, Berlín. Una situación, por desgracia, no
    tan excepcional hoy en muchos lugares. Tras tres años de guerra,
    destrucción, penalidades y hambre para la población, en 1945 Berlín
    es tomado por los soldados rusos, gracias a cuyo descontrolado
    comportamiento en pocas semanas prácticamente no quedan mujeres
    alemanas que no hayan padecido múltiples violaciones. La narradora
    de este relato y la amiga con la que comparte su precario
    apartamento en un edificio semiderruido sobreviven como pueden al
    horror, el dolor y la humillación de las violaciones reiteradas y en
    ocasiones se complacen recurriendo entre ellas a un lenguaje
    “desvergonzado”, “procaz”, y a un humor abiertamente sexual. Cuando
    se presenta en la casa el novio de la narradora, Gerd, desaparecido
    desde el comienzo de la guerra, las amigas lo festejan con ese humor
    ya familiar entre ellas.</p>
    <disp-quote>
      <p>Vi como Gerd se quedaba algo extrañado. Entre frase y frase se
      iba enfriando cada vez más. (…) Teníamos roces continuos los dos
      (…) Si estaba yo de buen humor y me ponía a contar historias de
      las que nos tocó vivir durante las últimas semanas, entonces se
      montaba una buena, con muchas voces. Gerd: “Os habéis vuelto
      desvergonzadas como las perras, todas aquí en esta casa. ¿No os
      dais cuenta?” Poniendo cara de asco: “Es horrible tratar con
      vosotras. Habéis perdido todo el sentido de la compostura”.</p>
      <p>(Anónima. <italic>Una mujer en Berlín</italic>. Barcelona,
      Anagrama, 2007: 325)</p>
    </disp-quote>
    <p>Las amigas de Berlín han sufrido una violencia extrema. Se han
    sentido humilladas y maltratadas, privadas del control autónomo de
    su cuerpo, fuera del mundo, que no les da ningún amparo, e incapaces
    de reconocerse a sí mismas. Pues en estas formas de violencia el
    dolor corporal se asocia con la indefensión y con un menosprecio que
    lesiona la confianza en el propio cuerpo, en sí mismo y en el mundo
    (Honneth, 1997: 161-62). Privadas de territorio propio, de la más
    básica seguridad, en la situación más dura, han logrado sobrevivir,
    lo que ha implicado pactar. Pronto han suplicado para tener sólo un
    violador, en lugar de varios en grupo, y han terminado
    convirtiéndose en la amiga o la “protegida” de un oficial ruso que
    las ampara del resto de posibles violadores. Como protegidas pasan a
    ser privilegiadas y prostituidas.</p>
    <p>En esos duros momentos, la risa, la alegría entre las amigas
    surge de una anécdota que una cuenta a la otra sobre uno de los
    violadores. La cuenta repitiendo el gesto y las palabras de él, pero
    <italic>resignificándolas</italic>, dándoles una expresión y un tono
    que los convierten más en ridículos que en temibles y esa
    degradación del poderoso les produce una nueva experiencia, una
    sensación de liberación y placer. Esa expresión humorística crea la
    distancia que les permite salir de los roles obligados por la
    situación (presa, protegida), y verla desde otro lugar, otro punto
    de vista desde donde captar y compartir su lado ridículo y risible.
    Por medio de esas bromas ellas adquieren un territorio de expresión
    y lenguaje, un territorio material-simbólico ‘otro’ y un placer que
    surge del compartirlo. Las amigas sin duda se aportan una forma
    particular de mutuo reconocimiento, que incluye su actual forma de
    vida y de experiencia corporal.</p>
    <p>La reiteración de los gestos y expresiones “desvergonzadas”,
    incluso después de que Gerd expresase su rechazo hacia las mismas,
    muestra el comportamiento característico del hacer territorio. Este
    ha de ser re-enunciado, reafirmado, marcado continuamente para
    seguir existiendo como tal territorio (Fontanille 2014: 5). Lo
    entendemos como territorio de lenguaje (dotado de cualidades
    simbólicas, valorativas y afectivas para sus usuarios, como ve
    Bajtin todo lenguaje) porque consigue aportarles la sensación de
    “estar en casa”, la experiencia de sentirse a gusto “en su propia
    piel”. La transformación que introduce ese lenguaje atañe a la
    vergüenza. En el lenguaje anterior, que sigue siendo el de Gerd, su
    experiencia quedaba enmudecida y soterrada. Con su nueva expresión,
    eso que les ha ocurrido y forma parte de ellas ya no está oculto,
    avergonzándolas, está ahí fuera, compartido, gesticulado, hablado;
    objetivado y reconocido en una forma en que no las asusta ni las
    degrada, al menos a sus propios ojos. Este cambio en la definición
    de su valor como sujetos y en la visión de los valores es una
    transformación moral que Gerd detecta inmediatamente como
    desvergonzada y como propia de “zorras”.</p>
    <p>Las amigas se han convertido en extrañas para quienes eran sus
    próximos, como el novio de la narradora. Se han adaptado al entorno
    de convivencia con sus violadores y finalmente han encontrado un
    “compañero”, que diría la etología, una amiga con la que han logrado
    crear una relación cómplice y un lenguaje común. En las relaciones
    humanas se diría que la amistad y el lenguaje son ámbitos centrales
    de territorialización de cualquier sujeto.</p>
    <p>En ese encuentro de las mujeres berlinesas se da una forma de
    unión –que no fusiónen la que, como escribe Landowski, “emerge entre
    los participantes una manera de estar y de hacer que no pertenecía
    inicialmente a ninguno de ellos pero que han sabido inventar juntos,
    en acto”. Algo nuevo e inédito: una obra común, fruto del ajuste
    entre los cuerpos-sujetos a la vez autónomos y unidos (2004: 136).
    El ajuste de los cuerpos de estas mujeres pasa por una creación
    común en un ámbito material-simbólico, como el lenguaje y la
    expresión corporal, que se convierte en el territorio que les
    permite la alegría, una experiencia de placer unida a un reconocerse
    a sí mismas y sus experiencias recientes.</p>
    <p>En Gerd observamos un proceso de territorialización diferente. A
    pesar del afecto que siente por su novia, el hombre no puede
    participar de la comunicación y de la perspectiva humorística que
    esta comparte con su amiga. Él no se reconoce en esa actitud hacia
    las normas de expresión. Se siente ofendido y amenazado, como si
    aquello que daba por descontado fuera a desaparecer. Su resistencia
    a esa pérdida, en la forma incluso violenta y agresiva que adopta,
    manifiesta su adhesión a un territorio de valores básico para la
    idea de sí mismo y de la forma de vida que quiere, o a la que no
    puede renunciar. Y permite observar cómo se entrelazan en esa
    adhesión sentidos y valores sociales, normas y emociones y cómo se
    funden sentimientos morales, como la ofensa indignada o la
    indignación moral, con sensaciones físicas, como el asco. Incluso en
    las situaciones más extremas, diríamos que el humano, para ser,
    necesita reconocerse en algo, ser como algo o con algo que le
    resulta irrenunciable. Poder decirse yo soy esto, ésta es mi
    frontera.</p>
    <p>Gerd se repliega en un territorio propio, se re-territorializa en
    el sistema de sentido y valor anterior al cambio que se ha producido
    en ellas. En un territorio que cree compartir con otros, una
    comunidad virtual de personas dignas, no degradadas por la
    desvergüenza. Ese territorio transsubjetivo de ideas, imágenes,
    valores es lo que siente como una irrenunciable parte de sí mismo.
    Señalar a las mujeres como extrañas le permite reconocerse a sí
    mismo y sentir su pertenencia al territorio de quienes no son como
    ellas. Su ira muestra su apego y su disposición a luchar por el
    territorio simbólico en el que se reconoce y por los valores
    irrenunciables, para él, que implica.</p>
    <p>La corporalidad es en la emoción inseparable de lo relacional, lo
    simbólico y social, ya que la emoción surge en cada cuerpo-persona
    singular al ser afectado por (cómo interpreta, a nivel consciente y
    preconsciente) su situación en la relación con los otros y lo otro.
    Y, como sugerían Deleuze y Guatari, las relaciones emocionales ponen
    en juego constantemente la frontera yo- otro, el movimiento íntimo
    de aproximarse y apropiarse de cualidades ajenas vs alejarse y
    diferenciarse. La frontera semiótica (o semioemocional), a la vez
    corporal y social, implicada en cada relación.</p>
  </sec>
  <sec id="section">
    <title></title>
  </sec>
  <sec id="procesos-colectivos-de-territorializacion">
    <title>4.2. Procesos colectivos de territorialización</title>
    <p>Es también interesante observar otra forma de territorialización,
    que se realiza a partir de un encuentro con algo atractivo,
    fascinante o interesante que hace sentir al sujeto “eso soy yo”, que
    produce el auto-descubrimiento propio de la admiración estética
    (según H.R. Jauss). Es el caso de las generaciones de jóvenes y sus
    territorios colectivos de identidad de los que habla Appadurai,
    también en modo autobiográfico</p>
    <disp-quote>
      <p>En mi juventud en Bombay, mi experiencia de la modernidad fue
      sobre todo sinestésica y fundamentalmente preteórica. Descubrí la
      imagen y el aroma de la modernidad leyendo <italic>Life</italic> y
      catálogos de colegios universitarios estadounidenses en la
      biblioteca del Servicio de Información de los Estados Unidos,
      yendo al cine Eros, a sólo cinco cuadras de mi edificio de
      departamentos, donde se proyectaban películas de clase B (y
      algunas de clase A) provenientes de Hollywood. Le rogaba a mi
      hermano, que al principio de la década del sesenta estaba en la
      Universidad de Stanford, que me trajera pantalones vaqueros y que
      a su regreso me trajera un poquito del aire de aquel lugar, de
      aquella época en su bolsillo. De esta manera fui perdiendo la
      Inglaterra que había mamado en mis textos escolares Victorianos,
      en rumores de compañeros de liceo que habían conseguido la beca de
      la Fundación Rhodes, en libros de Billy Bunter and Biggles que
      devoraba en forma indiscriminada, lo mismo que los libros de
      Richmal Crompton y Enid Blyton. Franny y Zooey, Molden Caulfield y
      Rabbit Angstrom fueron erosionando lentamente aquella parte de mí
      que hasta ese momento había sido la Inglaterra eterna. En fin,
      tales fueron las pequeñas derrotas que explican por qué Inglaterra
      perdió el Imperio en la Bombay poscolonial.</p>
      <p>(A. Appadurai, <italic>La modernidad desbordada</italic>,
      Traducción de Gustavo Remedi.</p>
      <p>Trilce, FCE; Montevideo, Buenos Aires, 2001: 5)</p>
    </disp-quote>
    <p>Appadurai relata algo que le ocurrió a él y a muchas otras
    personas de su edad, que en muy diferentes lugares del mundo se
    sintieron atraídas por las mismas figuras y admiraron similares
    creaciones o gestos “modernos”. Apropiándose de esos elementos,
    varias generaciones de jóvenes compusieron un territorio de
    experiencia estética y de identidad de su elección, mientras
    rechazaban decididamente lo que se les ofrecía a cambio.</p>
    <p>Entendemos que la emoción compartida, la atracción y admiración
    estética, impulsa la formación del territorio colectivo. En este
    caso muchas personas dispersas sentían una atracción por las mismas
    producciones artísticas y culturales, compartían una emoción de
    forma “distribuida”. Y ocasionalmente, en los conciertos y
    encuentros multitudinarios, compartían también emociones de forma
    “agregativa”, es decir, sentían simultáneamente la misma emoción
    (Kaufmann y Queré, 2020: 21). Así crearon un territorio colectivo
    que hizo posibles nuevas experiencias para cada persona particular y
    las puso en escena en el espacio común. Experiencias afectivas y
    simbólicas que conforman un territorio, una “parte de sí”, dice
    Appadurai, antes identificada con el imperio británico, que se
    cambia por el territorio más atractivo de la cultura de EEUU, la
    base de su poder “soft”. Las dinámicas de adhesión-distancia,
    atracción-rechazo, aparecen como básicas en la constitución de lo
    subjetivo (de lo que el sujeto individual se apropia, hace propio) y
    de lo colectivo, de los territorios afectivos y simbólicos
    britanizados o americanizados de millones de personas.</p>
    <p>K. A. Appiah aporta otro ejemplo de cambio semio-emocional
    colectivo. Estudia en <italic>Honor Code</italic> las “grandes
    revoluciones morales” que acabaron con la celebración de duelos en
    Inglaterra, con el comercio de esclavos en el Atlántico y con la
    mutilación de los pies femeninos en China, como revoluciones que
    implican el honor, es decir, no sólo el respeto y reconocimiento que
    alguien recibe, sino sobre todo el que “cree merecer”. Por qué, se
    pregunta, la costumbre de vendar-mutilar los pies de las niñas y
    jóvenes, que perduró en China durante casi un milenio -desde finales
    del Siglo X hasta comienzos del siglo XX- afectando al 99% de la
    población femenina, desapareció en el curso de una generación
    (Appiah 2010: 73). Los “pies de loto”, de 7,5 cm de longitud máxima,
    eran no sólo un signo de belleza femenina originado en las clases
    altas, sino sobre todo un signo que hacía posible el honor de la
    familia, ya que ningún joven “digno” se casaría con una muchacha que
    excediera esas medidas (si bien a las que tenían que trabajar se les
    consentían otros 7 cm más). El honor corresponde, para Appiah, a la
    “necesidad humana” de reconocimiento y respeto (2010: 18), que
    podemos traducir como la necesidad de sentirnos parte de un entorno
    social de reconocimiento y reciprocidad que afecta a la
    consideración de sí, porque una persona de honor se preocupa, además
    de por ser respetada, por ser “merecedora” de respeto, como insiste
    este autor. Appiah atribuye el cambio en las reglas del honor, no a
    los argumentos morales en contra de tales prácticas, que eran bien
    conocidos desde mucho antes, sino al cambio en la forma que adquiere
    la necesidad humana de respeto, que se produce cuando las personas
    se valoran “en un campo de honor más amplio” (2010: 107).</p>
    <p>Necesitamos una perspectiva semiótica que permita precisar ese
    “campo de honor más amplio” no sólo como una cuestión de percepción
    visual o cognitiva ampliada (verse o imaginarse en otro mapa de
    referencia), sino como un cambio en los afectos y valores que incide
    en el punto de vista de los sujetos. Durante siglos, cómo valoraran
    los extranjeros la costumbre china de miniaturizar los pies
    femeninos les había sido indiferente a los padres que buscaban ser
    dignos del respeto de su comunidad. Esa indiferencia frente a los
    valores del otro, del extranjero, es lo que cambia a comienzos del
    siglo XX, en los chinos, e incide decisivamente en el modo en que
    dan sentido y valor a su comportamiento.</p>
    <p>Este no es un aspecto que desarrolle Appiah, aunque sí detalla
    cómo China sufrió en los siglos XVIII y XIX importantes derrotas de
    las potencias occidentales de entonces, sobre todo de Gran Bretaña y
    Francia, y hubo de rendir sustanciales derechos de acceso a sus
    puertos, a su comercio, etc. Entendemos que estas potencias no
    podían ya ser ignoradas por los chinos, como lo habían sido cuando
    éstos se sentían superiores a todos sus enemigos, así como tampoco
    el hecho de que su armamento, buques, ejércitos, etc., eran más
    poderosos y avanzados que los propios. Este doloroso contraste de
    valor hizo que pasaran a percibirse como relevantes las voces que en
    el interior de China apuntaban al retraso tecnológico, cultural y
    social del país como causa de sus derrotas. A partir de aquí los
    chinos entran en diálogo con la “modernidad occidental” y se
    hibridan y transforman en cierto modo.</p>
    <p>La percepción por parte del sujeto de su valor “en relación a sí
    mismo y a los demás”, clave en tantas emociones, como señala
    Pezzini, depende, para esta perspectiva semiótica, del sistema de
    sentido y valor del que se ha apropiado, o en el que se ha
    territorializado, el sujeto y que concibe, por un tiempo al menos,
    como fundamental para sí. Pero esa opción por un sistema de valor a
    su vez depende de cómo se configuran y qué valoran “los otros
    significativos” (que diría G.H. Mead) desde los que el sujeto
    considera su propio valor (También para Goffman, que ha dedicado
    importantes estudios a la cuestión del territorio, los diferentes
    tipos de otros son claves en el modo en que los sujetos valoran a su
    propio comportamiento).</p>
  </sec>
</sec>
<sec id="apego-y-territorio-afectivo">
  <title>5. Apego y territorio afectivo</title>
  <p>Hemos observado que el territorio tiene un cuerpo
  material-simbólico. Está cargado de figuras y sentidos propios de los
  que el sujeto se puede apropiar. Como objeto de identificación (‘yo
  soy eso’) o de apropiación (‘eso es parte de mi’), el territorio puede
  hacerse inherente al sujeto y por ello permite definir la frontera
  yo/otro, activar las posibilidades de cierre y apertura respecto a lo
  otro. El sujeto actúa, señala como propio el territorio, lo marca,
  reitera o refuerza los signos que lo distinguen, o abandona un
  territorio para hacerse otro, cuando no se adecúa a su entorno de
  relación o pierde atractivo frente a otras opciones. El territorio es
  deíctico, señala Fontanille (2014: 11), separa lo mío de lo de otros,
  aquí de allí. Le permite, además, al sujeto tener un punto de vista
  sobre la situación y sobre los mundos posibles que se abren en ella.
  Un punto de vista que no es sólo una perspectiva cognitiva, sino, como
  dice Viveiros, es corporal, es un lugar sensible desde el que
  comprender, valorar y sentir. Hay que tener en cuenta que el
  territorio no es un objeto inerte, tiene un valor y da valor al
  sujeto. Le da algo que le afecta, le aporta el poder fundamental de
  ser algo que no sería sin ello (como si ambos, sujeto y territorio,
  fueran algo sólo conjuntamente, se hicieran recíprocamente, como diría
  Landowski) y le permite auto reconocerse.</p>
  <p>Estos dos aspectos del sentimiento de pertenencia son
  complementarios pero diferentes. De una parte, el sujeto se apropia de
  un valor, o se une a él como a algo indispensable. De otra parte, es
  el valor de la propia vida o la propia persona lo que resulta
  cualificado por esa posesión. El valor que da sentido a una vida
  (Greimas) ha de ser a su vez evaluado afectivamente, sentido como
  valioso y por ello apropiado. Latour apunta aspectos centrales para
  comprender la complejidad del apego. Señala la ruptura introducida en
  ciertos puntos por el advenimiento del valor. Ocurre cuando “uno ya no
  puede prescindir” de algo (2013: 409). Ese tipo de valor se distingue
  porque no es intercambiable. “Si hay algo que no puede reducirse a una
  transferencia de equivalentes, es precisamente la irrupción del valor”
  (2013: 415). El apego es asociado así a un valor irrenunciable. Esta
  perspectiva nos llevaría a esquivar esa filosofía (de la identidad, de
  la esencia) que, según Latour, “nos habría obligado a no confesar
  nunca nuestro apego a las cosas capaces de darnos propiedades que no
  sabíamos que poseíamos” (2013: 406).</p>
  <p>Además de definir este tipo de valor, Latour añade las
  “propiedades” que el objeto de apego da al sujeto, que éste no poseía
  ni podía haber previsto. Coincidiendo de nuevo con la noción del
  territorio que aquí sostengo, que da al sujeto algo que no tendría sin
  él. Pero a diferencia de Latour, que no incluye el apego entre las
  emociones, sino que lo separa como un “modo de existencia” diferente,
  aquí considero el apego como parte fundamental de la vida afectiva y
  de los procesos de territorialización.</p>
  <p>Más que a estados de apego podemos referirnos a los procesos de
  hacer y deshacer apegos, implicados en los de hacer y deshacer
  territorios. Se ha observado que en las primeras semanas y meses de
  vida de la criatura humana la seguridad afectiva es clave. Inspirado
  por K. Lorentz y la etología, el psiquiatra infantil y psicólogo John
  Bowlby (1979) advirtió que es fundamental para el bebé sentirse seguro
  de la estabilidad del vínculo con la madre, o persona que asuma ese
  papel. Desde esa “base segura”, lugar de reciprocidad afectiva -donde
  es posible no sólo recibir, también, e igualmente importante, dar
  afecto-, la criatura necesita así mismo abrirse al mundo, ejercitar su
  curiosidad, explorar otras relaciones. Como decía D. Winnicott, la
  criatura debe adquirir la confianza en la seguridad del afecto
  materno, pero (para no caer en la angustia ante la posible pérdida de
  ese vínculo) también debe aprender a “estar sola”, a conjugar la
  fusión y la separación (Winnicott, 1954: 844). Estos autores nos
  sugieren que la reciprocidad del reconocimiento corporal-afectivo es,
  junto con la seguridad y la apertura de ese vínculo básico de apego,
  el fundamento de la “confianza en sí mismo” (como la llamó Erikson) y
  lo que hace posible el reconocimiento de los propios afectos.</p>
  <p>El encuentro con un territorio en el que sentirse “en casa” es
  clave en ciertas situaciones extremas. Las mujeres maltratadas nos
  hacen pensar en sus semejanzas y diferencias con las amigas de Berlín
  de 1945. La falta de un vínculo básico de reconocimiento y de
  reciprocidad es clave en la experiencia de las mujeres maltratadas por
  su esposo o su pareja. En este caso, el agresor aísla siempre a la
  mujer de toda relación personal próxima, fuera del entorno de
  violencia que él domina (Aparici y Estarellas (2010: 324) señalan que
  todas las mujeres maltratadas que estudian refieren “el hecho de estar
  aisladas, es decir, no contar con una red social o familiar que les
  apoye”). Ese agresor destruye progresivamente en ella, junto con su
  seguridad básica, su elemental confianza en sí por la vía de
  imposibilitar que ella tenga alguna relación de reciprocidad afectiva
  y un territorio propio donde sentirse segura, respetada y apreciada.
  Para recuperarse plenamente, e incluso para tomar la decisión de salir
  de la relación de maltrato, estas mujeres necesitan percibir la
  proximidad y el apoyo de una o más personas que les hagan sentir que
  algo las une afectivamente a un mundo exterior al entorno de
  violencia. Ese afecto las atrae y las saca del papel de sumisión total
  en el que se sienten degradadas, no merecedoras del respeto de otros.
  Así pueden empezar a construir de nuevo un territorio simbólico y
  afectivo propio desde el que dar sentido y valor a su vida (Peñamarín
  y Fernández 2022). Esta recuperación de un territorio semiótico (es
  decir, semioafectivo) propio parece estar ligada a una relación de
  proximidad afectiva o de simpatía. A algo similar apunta Sánchez Leyva
  (2023: 7) cuando se refiere a ciertas escritoras que narran de tal
  manera sus experiencias, que permiten a sus lectoras reconocer su
  propia experiencia. Esta literatura “a todos, pero sobre todo a las
  mujeres, les permite explicarse, conocerse, deshacerse, aclararse,
  dolerse”. Encontrar una relación de proximidad afectiva ayuda a las
  mujeres sometidas a la violencia a deshacerse, desterritorializarse de
  un vínculo fatal, para abrirse a territorios que consientan el
  autorreconocimiento.</p>
</sec>
<sec id="conclusiones">
  <title>6. Conclusiones</title>
  <p>He sugerido en este texto ciertas cuestiones que me parecen
  relevantes a la hora de poner lo emocional en el centro del estudio
  del sentido. Me pregunto si tales cuestiones (sociosemióticas) pueden
  ser útiles a otras disciplinas de las ciencias humanas y sociales que
  se interesan por la dimensión emocional de la vida humana.</p>
  <p>Estas disciplinas insisten en que las emociones han de comprenderse
  siempre en contextos históricos y relaciones socioculturales
  particulares, una exigencia en principio traducible a los términos
  semióticos de las semiosferas y las enciclopedias. Pero además, esa
  obligación de pensar en sistemas de sentido y en formas de afecto
  singulares en cada caso, nos impone el estudio de y el diálogo con
  esas ciencias humanas y sociales. La semiótica necesita hallar el
  lenguaje adecuado para ese diálogo. Para tramar conjuntamente con esas
  disciplinas una forma de agenciamiento colectivo que permita una
  reflexión en profundidad sobre conceptos ya compartidos o
  compartibles, como los de perspectiva, relato, hábito, emoción, forma
  de vida… (Peñamarín 2015) Y sobre otras nociones, como las de cuerpo,
  territorio o punto de vista corporal, que amplían la posibilidad de
  articular las dimensiones material y mental, afectiva y simbólica de
  las relaciones y conflictos.</p>
  <p>Me he apropiado de una concepción de la emoción como la dimensión
  relacional y sensible de la vida humana y una idea de sujeto como
  comprensible a partir de sus relaciones y afectos, ya que no puede no
  ser afectado por las relaciones con los otros y no puede no
  afectarles. Establecer vínculos y perderlos; formar parte de algo o
  sentirse carente de lugar son afectos básicos en un sujeto frágil,
  interdependiente. Los procesos de apropiarse-desprenderse,
  aproximarse-distanciarse, de crear fronteras y conjunciones entre lo
  propio y lo ajeno, fundamentales en el sentir humano, inciden en la
  formación de imaginarios y territorios afectivo-simbólicos
  individuales y colectivos y, por ello, en las relaciones de poder.</p>
  <p>Esta visión del territorio me ha llevado a asociar “la necesidad
  humana básica” de reconocimiento y respeto con los procesos de
  apropiación de objetos y valores antes extraños gracias a los cuales
  nos reconocemos. Podemos así estudiar cómo cada sujeto elabora su
  subjetividad en las diferentes situaciones -personales, sociales,
  políticas- implicando sus emociones (y pensamientos) que le llevan a
  aceptar, naturalizar, apropiarse de, o bien a contestar, rechazar, los
  objetos, valores, reglas, de los territorios posibles del sentido y
  del sentir.</p>
  <p>Para enunciar algo, y así también enunciarse, un sujeto se
  territorializa, se vincula afectivamente con alguien o algo, y en
  particular con ciertos lenguajes y formas de expresión, como si fueran
  “parte de sí” y se distancia de alguien o algo para crear una
  discontinuidad, una frontera de aversión. O bien matiza su distancia
  graduando su apropiación y rechazo de los valores, lenguajes,
  enciclopedias y perspectivas en juego. Son importantes las
  conjunciones, los ensamblajes o agenciamientos plurales que resultan
  de estos vínculos y territorializaciones, si bien requieren un sujeto
  que modula, orienta su vinculación con las formas de lo colectivo.
  Siempre enunciamos con otros, repetimos los lugares comunes, es
  cierto, pero éstos han de ser enunciados en cada ocasión particular
  “de algún modo” que singulariza la enunciación y su sujeto. Lo
  colectivo y lo individual no se contraponen, más bien se integran en
  cada enunciación y en los afectos implicados.</p>
</sec>
</body>
<back>
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  <fn id="fn1">
    <label>1</label><p>Una versión de este artículo ha sido publicada
    como: Peñamarín, Cristina 2025, « Affects, sens et territoires : une
    perspective sociosémiotique »,
    <ext-link ext-link-type="uri" xlink:href="https://nouveautes-editeurs.bnf.fr/accueil?id_declaration=10000001149486&amp;titre_livre=La_s%c3%a9miotique_et_ses_potentiels"><underline>Biglari,
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