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        <journal-title specific-use="original" xml:lang="es">Cuadernos de Información y Comunicación</journal-title>
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      <issn publication-format="electronic">1988-4001</issn>
      <issn-l>1988-4001</issn-l>
      <publisher>
        <publisher-name>Ediciones Complutense</publisher-name>
        <publisher-loc>España</publisher-loc>
      </publisher>
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      <article-id pub-id-type="doi">https://dx.doi.org/10.5209/ciyc.102523</article-id>
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        <subj-group subj-group-type="heading">
          <subject>ARTÍCULOS DE INVESTIGACIÓN</subject>
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        <article-title>Para una epistemología crítica basada en el territorio</article-title>
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          <trans-title>Towards a Critical Epistemology Grounded in Territory</trans-title>
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        <contrib contrib-type="author" corresp="yes">
          <contrib-id contrib-id-type="orcid">https://orcid.org/0000-0002-0986-5305</contrib-id>
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            <surname>Carrasco Campos</surname>
            <given-names>Ángel</given-names>
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          <institution content-type="original">Universidad de Valladolid</institution>
          <country country="ES">España</country>
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      <author-notes>
        <corresp id="cor1">Autor@s de correspondencia: Ángel Carrasco Campos: <email>angel.carrasco.campos@uva.es</email></corresp>
      </author-notes>
      <pub-date pub-type="epub" publication-format="electronic" iso-8601-date="2025-09-15">
        <day>15</day>
        <month>09</month>
        <year>2025</year>
      </pub-date>
      <volume>30</volume>
      <issue>1</issue>
      <fpage>33</fpage>
      <lpage>44</lpage>
      <page-range>33-44</page-range>
      <permissions>
        <copyright-statement>Copyright © 2025, Universidad Complutense de Madrid</copyright-statement>
        <copyright-year>2025</copyright-year>
        <copyright-holder>Universidad Complutense de Madrid</copyright-holder>
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          <license-p>Esta obra está bajo una licencia <ext-link ext-link-type="uri" xlink:href="https://creativecommons.org/licenses/by/4.0/">Creative Commons Attribution 4.0 International</ext-link></license-p>
        </license>
      </permissions>
      <abstract>
        <p>Este artículo propone una epistemología crítica basada en el territorio como respuesta a la despolitización del conocimiento académico y a la hegemonía de la razón instrumental. A partir de los fundamentos de la Teoría Crítica –la unidad entre teoría y praxis, la dialéctica materialista y la crítica inmanente–, y en diálogo con perspectivas interseccionales y epistemologías situadas, se plantea la necesidad de repensar los vínculos entre saber, poder y espacio. El texto identifica seis claves para una epistemología crítica territorializada: el reconocimiento de los contextos, la transformación de las estructuras sociales, la interseccionalidad de las luchas, la producción participativa del conocimiento, la resistencia a la mercantilización cultural y el cuestionamiento de la hegemonía epistémica global.</p>
      </abstract>
      <trans-abstract xml:lang="en">
        <p>This article proposes a critical epistemology grounded in territory as a response to the depoliticization of academic knowledge and the dominance of instrumental reason. Drawing on the foundations of Critical Theory –the unity of theory and praxis, materialist dialectics, and immanent critique– and engaging with intersectional perspectives and situated epistemologies, the need is posed to rethink the links between knowledge, power, and space. The article identifies six key dimensions for a territorialized critical epistemology: the recognition of the specificity of the contexts, the transformation of social structures, the intersectionality of struggles, the participatory production of knowledge, resistance to the commodification of culture, and the questioning of global epistemic hegemony.</p>
      </trans-abstract>
      <kwd-group>
        <kwd>conocimiento situado</kwd>
        <kwd>descolonización epistemológica</kwd>
        <kwd>epistemologías del Sur</kwd>
        <kwd>justicia cognitiva</kwd>
        <kwd>posicionamiento epistémico</kwd>
        <kwd>teoría crítica</kwd>
      </kwd-group>
      <kwd-group xml:lang="en">
        <kwd>situated knowledge</kwd>
        <kwd>epistemological decolonization</kwd>
        <kwd>epistemologies of the South</kwd>
        <kwd>cognitive justice</kwd>
        <kwd>epistemic positioning</kwd>
        <kwd>critical theory</kwd>
      </kwd-group>
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        <custom-meta>
          <meta-name>Sumario</meta-name>
          <meta-value>: 1. Introducción. 1.1. Declaración de intenciones. 1.2. Fundamentos para una crítica territorializada. 2. La crítica como actitud y posición epistémica. 2.1. Materialismo y crítica inmanente. 2.2. Dialéctica, historia y territorio. 2.3. Teoría y praxis: emancipación transformadora. 3. Pensar desde el territorio: crítica de la universalidad abstracta. 3.1. Contra la universalidad abstracta, particularismo situado: la especificidad de los territorios requiere de marcos conceptuales situados. 3.2. Transformar las estructuras sociales para la emancipación. 3.3. Interseccionalidad de la lucha de clases; de lo local a lo global. 3.4. Producción situada y participativa del conocimiento. 3.5. Contra la mercantilización de la cultura, el conocimiento y los saberes. 3.6. Cuestionamiento de la hegemonía del conocimiento global. 4. Conclusiones y compromisos. Referencias.</meta-value>
        </custom-meta>
        <custom-meta>
          <meta-name>Cómo citar</meta-name>
          <meta-value>: Carrasco Campos, Á. (2025). Para una epistemología crítica basada en el territorio, en <italic>Cuadernos de Información y Comunicación</italic> 30, 33-44.</meta-value>
        </custom-meta>
      </custom-meta-group>
    </article-meta>
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<sec id="introduccion">
  <title>1. Introducción</title>
  <sec id="declaracion-de-intenciones">
    <title>1.1. Declaración de intenciones</title>
    <p>El objeto de la Teoría Crítica (TC en adelante) no es la
    explicación neutral del mundo, sino que aspira a su transformación
    radical, en sus estructuras y sus prácticas. Frente a lo que Max
    Horkheimer (1973) define como teoría tradicional, el modelo de
    conocimiento que propone no puede entenderse como una actividad de
    distanciamiento analítico, sino como una praxis teórica posicionada
    en un interés emancipador del conocimiento (Habermas, 1984). Tal y
    como hemos detallado en trabajos previos (Carrasco-Campos, 2021 y
    2016, entre otros), el carácter práctico y transformador de la TC se
    define por su reivindicación de la contradicción inherente a la
    dialéctica materialista. Esto es, de un pensamiento de la no
    identidad enraizado en la “conciencia de la diferencia” (Adorno y
    Horkheimer, 1968, p. 32), capaz de afrontar la irreductible
    especificidad material de la realidad social, con todas sus
    injusticias y desigualdades estructurales, para señalarlas,
    denunciarlas, y movilizar para su transformación. Para la TC la
    crítica no se ejerce desde un punto de vista ni abstracto ni
    subjetivo, sino desde la atención radical a las formas materiales e
    históricas de la vida social. Así, esa “tan manifiesta (…) tensión
    entre la realidad y la idea, entre la organización del mundo y cómo
    este debería ser” (Horkheimer y Adorno, 1968, p. 51) resulta su
    basamento epistemológico.</p>
    <p>Bajo esta consideración, se hace necesario revisar y actualizar
    los límites y alcances de la TC, en diálogo con los desafíos
    contemporáneos. En particular, este artículo propone una
    epistemología crítica basada en el territorio, que en lugar de
    asumir la neutralidad de la mirada académica o la hegemonía del
    conocimiento globalizado, se compromete con las luchas y
    experiencias situadas. Nuestra propuesta entronca con la herencia de
    la TC de la primera generación de la Escuela de Frankfurt, entendida
    no como un corpus cerrado, sino como una actitud frente a la
    realidad: aquella que asume que el pensamiento no puede desligarse
    de las condiciones materiales y sociales de su producción. Sin
    embargo, la reivindicación de la materialidad de los territorios no
    deja de ser un elemento en segundo plano en la obra de sus
    principales autores de referencia. Por ello, esta propuesta se
    inscribe en una doble tensión: por un lado, recuperar los
    fundamentos epistemológicos de la TC (materialismo, dialéctica
    negativa, crítica inmanente); por otro, dialogar con las
    epistemologías que emergen en los territorios e identidades
    concretas como formas de resistencia frente a la mercantilización de
    la vida y del conocimiento. El territorio, en este enfoque, no es un
    mero escenario neutro donde se despliegan relaciones sociales, sino
    una categoría constitutiva de dichas relaciones: es lugar de
    inscripción material del poder, pero también potencial espacio de
    emancipación.</p>
    <p>Considerando que “no es la conciencia la que determina la vida,
    sino la vida la que determina la conciencia” (Marx, 1972, p. 27),
    desde esta perspectiva materialista, el territorio no es un mero
    soporte físico, sino una categoría histórica y socialmente
    producida, en la que se condensan conflictos, luchas y formas de
    organización de la vida. Esta apuesta teórica y política, por tanto,
    debe situarse en las condiciones históricas y estructurales que
    configuran el presente, marcadas por una nueva geopolítica del poder
    y la desigualdad.</p>
  </sec>
  <sec id="fundamentos-para-una-critica-territorializada">
    <title>1.2. Fundamentos para una crítica territorializada</title>
    <p>En los últimos treinta años, la globalización neoliberal no ha
    traído la prosperidad que se prometía sino que, muy al contrario, la
    creciente acumulación capitalista y administración de la vida
    pública a escala mundial han supuesto la reconfiguración territorial
    de las desigualdades. Pensar, hoy, las violencias e injusticias
    estructurales a las que nos ha llevado la razón instrumental en la
    fase más reciente de su desarrollo hace urgente la tarea de repensar
    los fundamentos de la TC desde los márgenes y los territorios. Esto
    implica abandonar las pretensiones de universalidad abstracta que
    han caracterizado a buena parte del pensamiento científico en
    ciencias sociales, y avanzar</p>
    <p>hacia marcos conceptuales que reconozcan la historicidad, la
    conflictividad y la especificidad material de los espacios que
    habitamos.</p>
    <p>En un contexto académico crecientemente despolitizado e integrado
    en las lógicas neoliberales, una epistemología crítica basada en el
    territorio se posiciona no como una alternativa metodológica más,
    sino como una forma de pensar con y desde las contradicciones reales
    que atraviesan el espacio, la historia y el conocimiento. Toda
    epistemología territorialmente arraigada que aspire a la
    transformación social requiere anclarse en una concepción de la
    crítica que supere tanto el empirismo ingenuo como el normativismo
    abstracto. No se trata simplemente de añadir contenidos locales a
    una teoría general ya establecida, sino de repensar los propios
    fundamentos del conocimiento desde una posición que reconozca su
    implicación en la historia, el conflicto y las condiciones
    materiales de producción y reproducción de la realidad social.</p>
    <p>En esta tarea, la tradición de la TC ofrece herramientas
    insustituibles para articular una epistemología no reproductiva,
    sino radicalmente negativa: crítica no solo del contenido del saber,
    sino de sus condiciones de posibilidad, de sus formas, de sus fines.
    Lejos de limitarse a una crítica externa o puntual del poder, la TC
    plantea que la razón moderna ha sido colonizada por la lógica de la
    dominación, lo que exige desmontar sus supuestos más básicos. Esta
    crítica a la razón instrumental no equivale a un rechazo del
    pensamiento racional, sino a una exigencia de su autoconciencia
    histórica y territorial: pensar no desde un punto de vista neutral,
    sino desde las fracturas del mundo, desde los lugares donde la
    violencia estructural se hace evidente.</p>
    <p>Más que nunca, resulta necesaria una mirada interseccional en la
    que, a las categorías tradicionales de dominación (clase social,
    sexo, género, raza, identidad cultural), se añada la del espacio y
    los territorios. Este gesto de negatividad crítica encuentra,
    también, resonancia más allá del denominado “marxismo occidental”.
    Por ello, es urgente reivindicar las epistemologías no hegemónicas
    que se sustentan en la irrebasable materialidad de los espacios, y
    sus conflictos, en los que surgen. Junto con perspectivas
    interseccionales, recuperar las epistemologías del Sur resulta,
    también, un ejercicio necesario para una epistemología crítica
    basada en el territorio, puesto que han mostrado que los modos
    hegemónicos de producir conocimiento están históricamente vinculados
    a estructuras coloniales, raciales y capitalistas que invisibilizan
    la diversidad epistémica de los territorios, su historia y sus
    luchas. El diálogo entre Frankfurt y los márgenes no es, así, una
    pose intercultural, sino una apuesta por una racionalidad
    transformadora, capaz de articular la crítica del presente con una
    conciencia de las heridas históricas de los estratos sociales y los
    territorios oprimidos.</p>
  </sec>
</sec>
<sec id="la-critica-como-actitud-y-posicion-epistemica">
  <title>2. La crítica como actitud y posición epistémica</title>
  <p>La crítica, en su sentido más radical, no se limita a señalar las
  injusticias de nuestras sociedades, sino que busca desvelar sus
  contradicciones internas y abrir posibilidades de transformación. Esta
  concepción, hunde sus raíces en tres ejes fundamentales de la
  tradición marxista: el materialismo, como crítica inmanente; la
  dialéctica, y la unidad entre teoría y praxis. La interpretación
  realizada por la TC de estos planteamientos sienta las bases para una
  epistemología crítica basada en el territorio, y un conocimiento
  histórica y territorialmente situado.</p>
  <sec id="materialismo-y-critica-inmanente">
    <title>2.1. Materialismo y crítica inmanente</title>
    <p>Uno de los núcleos epistemológicos más fértiles de la TC consiste
    en su recuperación de la dialéctica materialista como condición de
    posibilidad para una teoría social transformadora. Frente a los
    idealismos que privilegian la conciencia, la voluntad o la razón
    como fundamentos del conocimiento, la TC insiste en que el
    pensamiento no puede desligarse de las condiciones materiales e
    históricas de su producción. Este posicionamiento supone una
    distancia tanto del positivismo como del subjetivismo, incluida la
    fenomenología trascendental, al proponer una forma de crítica
    inmanente que confronta los objetos sociales con sus propias
    contradicciones internas. Tal como advierte Adorno (2005a, 2005b),
    la fenomenología, en tanto que falsa objetivación de la
    trascendencia, absolutiza la conciencia, desvinculándola de las
    mediaciones históricas y materiales que hacen posible su
    configuración. En contraposición, la crítica inmanente no explica
    los fenómenos</p>
    <p>desde categorías exteriores o normativas, sino que señala la
    brecha entre “lo que las cosas son” y “lo que las cosas prometen
    ser”, es decir, entre su forma empírica y su concepto. Como
    sostienen Horkheimer y Adorno (1969), “crítica no significa aquí
    subjetivismo, sino confrontación de la cosa con su propio concepto”
    (p. 22).</p>
    <p>La tensión entre lo real y lo posible como forma de crítica se
    articula en una dialéctica negativa (Adorno, 2005a), como aquella
    que “quiere obtener algo positivo mediante el instrumento
    intelectual de la negación” (p. 9) y que, por tanto, rehúsa superar
    las contradicciones en totalidades cerradas o síntesis idealistas.
    Esta reivindicación de la primacía del objeto no implica una
    ontología rígida ni una fetichización de lo dado; por el contrario,
    exige una atención radical al carácter contingente de las formas de
    dominio, en sus estructuras y formas simbólicas. Tal y como sostiene
    Herbert Marcuse (1971), el pensamiento no debe de “condescender con
    el orden existente” (p. 33). La crítica inmanente de la TC se
    sostiene en el rechazo de lo ya dado como algo necesario e
    inmutable, y pretende descubrir la ideología que lo sostiene.</p>
    <p>Esta crítica materialista de los espacios tiene consecuencias
    epistemológicas directas, pues supone la impugnación de toda
    pretensión de conocimiento abstracto, descontextualizado o
    universalista. En su lugar, demanda marcos teóricos capaces de dar
    cuenta de la densidad histórica, política y simbólica de los
    territorios concretos. El pensamiento crítico debe, por tanto,
    replegarse sobre lo material, pero no para someterse a la mera
    explicación de lo empírico, sino para reconstruir dialécticamente la
    mediación entre el concepto y la realidad social, tal y como esta ha
    llegado a ser.</p>
  </sec>
  <sec id="dialectica-historia-y-territorio">
    <title>2.2. Dialéctica, historia y territorio</title>
    <p>La TC se concibe como una crítica radical del presente, pero no
    en una posición de denuncia moralista, sino desde una comprensión
    dialéctica de la historia. La crítica dialéctica entiende la
    realidad social como una totalidad en transformación, atravesada por
    contradicciones internas. Es necesario reivindicar la materialidad
    histórica de la realidad social. Horkheimer (2003) lo expresa con
    claridad al señalar que “los hechos que nos entregan nuestros
    sentidos están preformados socialmente de dos modos: por el carácter
    histórico del objeto percibido y por el carácter histórico del
    órgano percipiente” (p. 233). Sujeto y objeto están atravesados por
    la historia: no hay neutralidad posible, porque nuestro conocimiento
    está ya mediado por relaciones de poder. La historia no es una
    simple sucesión de acontecimientos, sino un campo de luchas y
    hegemonías donde se configuran las formas de vida y las estructuras
    de dominación, pero también las posibilidades de su
    contestación.</p>
    <p>Aplicado a la cuestión territorial, este enfoque obliga a
    interrogar los espacios en su configuración históricamente dada,
    cargada de sentidos, desigualdades y conflictos. El territorio no
    es, por tanto, el simple escenario de las relaciones sociales, sino
    un componente activo de la producción y reproducción de las
    relaciones de poder y acumulación. Hacerse cargo dialécticamente de
    los territorios significa, por tanto, desenmascarar la ideología que
    los naturalizan, y considerarlos como parte indisoluble de los
    social e históricamente constituido.</p>
    <p>Como ya anticipó Donna Haraway (1988) en su crítica a la “visión
    desde ninguna parte”, el conocimiento no es nunca neutral, sino
    situado, encarnado y políticamente implicado. Esta concepción pone
    en tela de juicio la figura del investigador neutral o del teórico
    desapegado, y reconoce la implicación de los sujetos y comunidades
    en las condiciones de posibilidad de su saber. Por ello, una
    epistemología crítica basada en el territorio debe recuperar esta
    dimensión histórica, no sólo del objeto, sino también del sujeto del
    conocimiento. El pensamiento situado no es un relativismo, sino una
    exigencia dialéctica: reconocer que el saber surge en condiciones
    históricas y territoriales determinadas, pero contingentes y
    susceptibles de ser transformadas. En este sentido, el conocimiento
    territorialmente situado puede ofrecer una lectura más precisa de
    las formas de dominación realmente existentes, así como de sus
    potencialidades emancipadoras.</p>
    <p>La dialéctica, por tanto, no debe entenderse simplemente como una
    lógica idealista, sino como una actitud frente a la realidad
    material: una forma de pensar que asume las tensiones,
    contradicciones y procesos como elementos constitutivos del mundo
    social. El pensamiento dialéctico, en tanto que reconoce la
    historicidad y territorialidad de los fenómenos, permite incorporar
    estas categorías como ejes de su epistemología. Así como no hay
    conocimiento al margen del tiempo histórico, tampoco lo hay
    desligado del espacio vivido.</p>
  </sec>
  <sec id="teoria-y-praxis-emancipacion-transformadora">
    <title>2.3. Teoría y praxis: emancipación transformadora</title>
    <p>La TC hereda la premisa fundamental marxista de la unidad entre
    teoría y praxis, y la amplifica en un contexto marcado por la
    reificación y la alienación. Siguiendo la estela de Georg Lukács
    (1985), para quien “la naturaleza práctica de la teoría tiene que
    desarrollarse a partir de ella misma y de su relación con su objeto”
    (p. 58), la TC aspira a la rehabilitación de la teoría como una
    “forma de praxis” (Adorno, 1973, p. 161); una teoría que, desde su
    autonomía, confronte la contingencia de la realidad social. Esta
    práctica teórica supone una interpretación sagaz de la célebre tesis
    11 sobre Feuerbach de Karl Marx (1973) pues, tal y como sostiene
    Adorno (1991), “cuando Marx reprochaba a los filósofos que sólo
    habían interpretado el mundo de diferentes formas, y que se trataría
    de transformarlo, no legitimaba esa frase tan sólo la praxis
    política, sino también la teoría filosófica” (p. 94). Este principio
    permite entender la crítica no como exterior al objeto, sino como
    una confrontación inmanente entre la realidad social y su concepto.
    Desde esta perspectiva, el pensamiento crítico no es una forma de
    conocimiento más, sino una forma de intervención en la realidad. “El
    pensamiento crítico no cesa, sino que asume otra forma. Los
    esfuerzos de la razón se vuelven hacia la teoría y la práctica
    social” (Marcuse, 1994, p. 33).</p>
    <p>Este vínculo entre teoría y praxis es particularmente relevante
    para una epistemología crítica basada en el territorio. Lejos de ser
    un simple ejercicio de descripción empírica o de recogida de datos
    locales, el pensamiento territorialmente situado es un giro ético y
    político: se orienta hacia la visibilización de las formas de
    dominación concretas, pero también hacia la resistencia y a la
    construcción de alternativas que emerjan desde esos mismos
    territorios. Pensar el territorio es también pensar las condiciones
    de posibilidad de una praxis transformadora. El conocimiento crítico
    debe surgir desde los conflictos territoriales, desde las
    resistencias locales, desde las formas de vida que desbordan la
    lógica del capital. No como una recopilación romántica de saberes
    populares, sino como articulación dialéctica entre experiencia y
    teoría.</p>
  </sec>
</sec>
<sec id="pensar-desde-el-territorio-critica-de-la-universalidad-abstracta">
  <title>3. Pensar desde el territorio: crítica de la universalidad
  abstracta</title>
  <p>Si la epistemología crítica se define por su impulso emancipador,
  entonces debe asumir como una de sus tareas centrales la crítica a la
  universalidad abstracta; esto es, a las formas de conocimiento que,
  bajo apariencia de neutralidad y generalidad, encubren desigualdades e
  injusticias histórica y territorialmente determinadas. Pensar con y
  desde el territorio y su historia implica, en este sentido, un
  desplazamiento fundamental: dejar de concebir el conocimiento como
  producción abstracta de sujetos trascendentales, y comenzar a
  reconocerlo como proceso y resultado de prácticas inscritas en
  estructuras de poder y conflicto. Esta exigencia de situar el
  conocimiento no equivale a un localismo romántico o a un relativismo
  culturalista sino que, muy al contrario, es una apuesta decidida por
  lo concreto, sus historias, sus márgenes y sus luchas. Tal y como
  manifiesta Silvia Rivera Cusicanqui (2018), “situar estas reflexiones
  en el aquí y ahora de la geografía, física y mental” (p. 7)</p>
  <p>Considerando los fundamentos expuestos en los anteriores epígrafes,
  nuestra propuesta para una epistemología crítica basada en el
  territorio plantea una crítica a la universalidad abstracta articulada
  en torno a seis ejes o desplazamientos fundamentales, que detallamos a
  continuación. Por supuesto, y en coherencia con el carácter “llegado a
  ser” de todo conocimiento humano, estos seis principios no constituyen
  un modelo acabado ni un programa dogmático, sino un conjunto de
  vectores críticos que permiten articular la TC con los desafíos
  políticos, epistémicos y territoriales del presente. Se trata, así, de
  pensar con el territorio, no simplemente sobre él; de pensar
  críticamente desde los márgenes sin renunciar a la pretensión de
  transformación de la totalidad social en su conjunto, en sus
  estructuras y agencias.</p>
  <sec id="contra-la-universalidad-abstracta-particularismo-situado-la-especificidad-de-los-territorios-requiere-de-marcos-conceptuales-situados">
    <title>3.1. Contra la universalidad abstracta, particularismo
    situado: la especificidad de los territorios requiere de marcos
    conceptuales situados</title>
    <p>Para una epistemología crítica basada en el territorio resulta
    imprescindible rechazar la universalidad abstracta como horizonte de
    validez del conocimiento. Esta forma de descontextualización del
    conocimiento de su aquí y ahora, presente tanto en la tradición
    positivista como en buena parte del pensamiento moderno, presupone
    un sujeto de conocimiento sin cuerpo, sin historia y sin lugar. Sin
    embargo, esa supuesta objetividad y neutralidad es profundamente
    ideológica y, bajo la lógica de la razón instrumental, termina
    identificándose con los intereses dominantes de la sociedad
    (Horkheimer, 1969). En consecuencia, y siguiendo a Sandra Harding
    (1986), lo que se presenta como un sujeto cognoscente neutral no es
    sino una subjetividad marcada por la hegemonía: no ya un sujeto
    trascendental, sin cuerpo, lugar ni historia, sino un varón
    occidental, blanco, heterosexual y privilegiado.</p>
    <p>No obstante, cabe aclarar que esta crítica a la abstracción no
    implica el rechazo de toda mediación conceptual general. Las
    categorías analíticas son necesarias para articular luchas y
    sentidos más allá de lo local. Sin embargo, con base en una
    dialéctica negativa que hace propia la primacía del objeto y la
    autonomía de la teoría, deben ser constantemente tensionadas desde
    las condiciones concretas de producción del conocimiento, para que
    no operen como dispositivos ideológicos de homogeneización o
    exclusión.</p>
    <p>Una epistemología crítica del territorio no puede, así, limitarse
    a aplicar conceptos generales a situaciones locales, sino que debe
    reconocerlas como <italic>locus</italic> productivo. No son simples
    escenarios donde se despliega la acción social, sino agentes
    activos, materiales e históricos en su configuración. Lejos de
    constituirse como meros contenedores de fenómenos, los territorios
    son agentes activos en la producción de sentido y en la disputa por
    la hegemonía cultural y epistémica. Todo ejercicio cognitivo debe
    ser consciente de las condiciones concretas desde las que se
    elabora, de modo que los marcos conceptuales que utilicemos puedan
    hacerse eco de la densidad material, histórica y política de los
    espacios en los que se inscriben.</p>
    <p>El territorio es un espacio de disputas y, como señala Carlos
    Walter Porto-Gonçalves (2009), “problematizar la relación entre
    saberes y territorios es, antes de todo, poner en cuestión la idea
    eurocéntrica de conocimiento universal” (p. 122). Por ello, atender
    toda forma de epistémica debe formar parte del compromiso ético y
    político de una epistemología crítica situada. Siguiendo a Mirada
    Fricker (2007), este tipo de injusticia se manifiesta cuando los
    colectivos no hegemónicos son sistemáticamente desacreditados o
    ignorados como fuentes legítimas de conocimiento en favor de las
    narrativas universalistas En contextos territoriales, esto ocurre
    cuando las formas de saber propias de las comunidades son
    subordinadas a categorías analíticas externas, muchas veces
    impuestas desde centros de poder académico o político. De acuerdo
    con Jana Bacevic (2021), afrontar las injusticias epistémicas
    requiere de un posicionamiento epistémico consciente, que reconozca
    las condiciones estructurales desde las que se enuncia el
    conocimiento. Es por ello por lo que afirmamos que una mirada
    crítica interseccional debe, también, integrar la determinación
    territorial, aspecto especialmente relevante en contextos donde los
    saberes comunitarios son instrumentalizados o fetichizados.</p>
  </sec>
  <sec id="transformar-las-estructuras-sociales-para-la-emancipacion">
    <title>3.2. Transformar las estructuras sociales para la
    emancipación</title>
    <p>El territorio es más que un espacio físico: es estructuralmente
    constitutivo del conflicto social, de su reproducción y su disputa.
    Milton Santos (2000) insistía en que el espacio no puede ser
    reducido a paisaje, y enfatizaba que el territorio es una categoría
    política, en la que se entrecruzan relaciones de poder, prácticas de
    resistencia y procesos de subjetivación. Pensar territorialmente,
    entonces, exige una concepción crítica del espacio como estructura
    activa de dominación o emancipación. Por ello, una epistemología
    crítica basada en el territorio no puede limitarse a describir o
    registrar las formas del saber local. Insistimos en que su
    orientación es necesariamente ética y política: se funda en el
    reconocimiento de que integrar la dimensión territorial completa su
    compromiso con la transformación social.</p>
    <p>El conocimiento territorializado no es neutral, y debe asumir
    como propia la tarea de cuestionar las estructuras que perpetúan las
    violencias y desigualdades. Esta concepción implica, en primera
    instancia, reconocer que las injusticias no se distribuyen
    homogéneamente, sino que están territorializadas: se anudan a formas
    concretas de dominación sobre cuerpos, recursos, registros de
    sentido y modos de vida. Por ello, una epistemología crítica del
    territorio debe estar orientada a visibilizar y desnaturalizar esas
    relaciones, mostrando cómo las estructuras sociales están
    incrustadas en el espacio, y cómo los saberes locales pueden operar
    como vectores de resistencia. La tarea, entonces, es doble:
    comprender cómo las formas de opresión se territorializan y, al
    mismo tiempo, cómo los horizontes de sentido situados pueden generar
    alternativas que no solo sean locales, sino que apunten a su
    transformación estructural. Como señala Raquel Gutiérrez Aguilar
    (2015), la dimensión espacio-temporal forma parte constitutiva de
    las luchas sociales y, por ello, dan forma a los saberes
    comunitarios. Las dinámicas espaciales están vinculadas a procesos
    de opresión y una epistemología crítica basada en el territorio es
    clave para la resistencia y la transformación social. Descentralizar
    la producción del conocimiento exige tomar partido a favor de la
    contestación a los cánones epistémicos dominantes y la apertura a
    conocimientos que nacen en las experiencias concretas y las luchas
    colectivas. A partir de la denuncia negativa, se abren imaginarios y
    horizontes posibles; porque los territorios no solo resisten: tienen
    la posibilidad del cambio.</p>
  </sec>
  <sec id="interseccionalidad-de-la-lucha-de-clases-de-lo-local-a-lo-global">
    <title>3.3. Interseccionalidad de la lucha de clases; de lo local a
    lo global</title>
    <p>Asumir que los territorios son espacios en disputa e
    inherentemente contradictorios implica asumir, también, que están
    atravesados por múltiples subjetividades. Por ello, una
    epistemología crítica basada en el territorio debe rechazar los
    discursos que fijan identidades territoriales cerradas para su
    dominación, mediante folklorización y reificiación de las
    subjetividades, para recuperar la riqueza de sus narrativas.</p>
    <p>Una epistemología crítica basada en el territorio debe abordar la
    complejidad de las relaciones sociales desde una perspectiva
    interseccional. De acuerdo con Patricia Hill Collins (2015) la
    interseccionalidad “hace referencia a la idea fundamental de que la
    raza, la clase, el género, la sexualidad, la etnicidad, la nación,
    la capacidad y la edad no funcionan como entidades unitarias y
    mutuamente excluyentes, sino como fenómenos que se construyen
    recíprocamente y que a su vez dan forma a desigualdades sociales
    complejas” (p. 2; traducción propia). Así, una mirada interseccional
    territorial debe asumir, que el entrecruzamiento de estos ejes de
    opresión sucede en contextos históricos y geográficos concretos.
    Como ya anticipara Haraway (1988), no existe una perspectiva
    universal desde la que mirar el mundo, sino múltiples miradas
    encarnadas. Recuperar esta base de su crítica feminista refuerza la
    necesidad de una interseccionalidad arraigada en contextos
    históricos y geográficos concretos. Esto implica comprender que las
    luchas por la justicia no son unívocas ni homogéneas, sino que
    atraviesan múltiples subjetividades.</p>
    <p>Retomando las ideas de Angela Davis (1989), se trata no solo de
    valorar la diferencia, sino de politizarla: de asumir que las
    epistemologías dominantes borran o marginalizan los marcos
    conceptuales que emergen de la experiencia vivida de los territorios
    oprimidos. Esto implica fomentar articulaciones entre los horizontes
    de diversas comunidades y sujetos, sin subsumirlos bajo lógicas
    centralizadoras. Como señala Catherine Walsh (2005), se trata de un
    proyecto político y epistémico. La interseccionalidad territorial,
    por tanto, no es solo una categoría analítica: exige comprender que
    los conocimientos, producidos por sujetos y comunidades diversas en
    marcos históricos y territoriales concretos, son fundamentales,
    también, para imaginar y construir alternativas emancipadoras de
    validez global. La crítica interseccional no puede ser reducida al
    relativismo cultural e identitatrio: no se trata de añadir más voces
    múltiples al coro dominante, sino de cuestionar las reglas del
    concierto.</p>
  </sec>
  <sec id="produccion-situada-y-participativa-del-conocimiento">
    <title>3.4. Producción situada y participativa del
    conocimiento</title>
    <p>La primacía del objeto y la dialéctica materialista, que
    reivindicábamos más arriba como elementos constitutivos de la TC,
    señalan que toda forma de conocimiento emerge desde las condiciones
    materiales, históricas y culturales específicas de los territorios.
    Así, por tanto, el conocimiento no es neutral y está vinculado a
    relaciones de poder y estructuras económicas, en contextos
    territoriales específicos, y afectados por dinámicas locales,
    históricas y culturales. Esto implica que las formas de conocimiento
    que emergen de un territorio son moldeadas por las condiciones
    particulares de ese espacio, desafiando la idea del universalismo
    descontextualizado.</p>
    <p>La especificidad de los territorios requiere, por tanto, marcos
    conceptuales situados en las dinámicas, historias y tensiones de lo
    local. Las experiencias y sentidos locales, leídos desde una
    racionalidad crítica, pueden convertirse en fuentes de
    problematización general y no simplemente en datos a ser
    incorporados a teorías externas. Este principio implica también una
    ruptura con la forma clásica de relación entre academia y comunidad
    pues, tal y como afirmábamos con anterioridad, el conocimiento no
    debe producirse sobre los territorios y acerca de determinadas
    comunidades, sino con los territorios y con sus comunidades.</p>
    <p>En una línea similar, Orlando Fals Borda (1970) proponía librarse
    del “colonialismo intelectual” para una ciencia comprometida y
    propia y arraigada. Siendo, así, una ciencia orientada hacia la
    transformación de lo social, la consideración de los territorios y
    sus comunidades como agentes activos y depositarios de perspectivas
    cognitivas exige la comparecencia de modelos de investigación
    participativa y sociopráxica, los cuales se definen, más acá de por
    las técnicas empleadas, por su orientación transformadora y la
    unidad entre teoría y praxis (Montañés Serrano y Carrasco-Campos,
    2021). Se trata, por tanto, de una metodología que no solo busca
    conocer el mundo, sino también transformarlo colectivamente junto
    con las comunidades implicadas. Siguiendo la estela de Paulo Freire
    (1970), apuntan hacia una búsqueda de liberación comunitaria como
    práctica pedagógica, dialógica y emancipadora.</p>
    <p>En definitiva, una epistemología crítica territorialmente situada
    no pretende simplemente visibilizar la alteridad epistémica, sino
    reconfigurar el modo mismo en que se concibe, produce y legitima el
    conocimiento. Se trata de una apuesta por una ciencia social capaz
    de romper con las jerarquías del saber, confrontando con las formas
    institucionalizadas de producción académica, que muchas veces
    privilegian estándares de validación desligados de los procesos
    sociales de base. Por ello, tal y como analizaremos más adelante,
    una epistemología crítica del territorio también interpela a las
    condiciones institucionales que determinan qué saberes son
    legitimados y cuáles permanecen al margen.</p>
    <p>Así, por tanto, este compromiso con una sociopraxis participativa
    exige abrirse a la co-producción contextualizada del conocimiento,
    reconociendo su pluralidad y diversidad como parte constitutiva de
    su propio horizonte de validez. No se trata de abandonar la crítica,
    sino de radicalizarla, volviéndola capaz de pensar con y desde los
    territorios como instancias concretas de producción social de
    sentidos, resistencias e imaginarios para la emancipación, pese a
    que choque con los marcos institucionales que certifican qué cuenta
    como conocimiento válido dentro de los esquemas hegemónicos.</p>
  </sec>
  <sec id="contra-la-mercantilizacion-de-la-cultura-el-conocimiento-y-los-saberes">
    <title>3.5. Contra la mercantilización de la cultura, el
    conocimiento y los saberes</title>
    <p>La diversidad cultural y las expresiones locales son, a menudo,
    marginadas o fetichizadas en entornos donde predominan lógicas
    económicas globales. Asistimos a una constante apropiación,
    estandarización y explotación de elaboraciones epistémicas y
    expresiones culturales locales, que son reconfiguradas bajo la
    racionalidad instrumental del mercado. Esta tendencia no solo
    invisibiliza la riqueza epistémica de los territorios, sino que
    también vulnera sus condiciones de existencia. Frente a la
    homogeneización del capitalismo cognitivo, una racionalidad crítica
    atenta a lo territorial debe asumir la defensa de la diversidad
    epistémica y cultural como forma de resistencia y creación de otros
    mundos posibles.</p>
    <p>Bajo este punto de vista, la crítica de la industria cultural
    sigue siendo un eje central para una racionalidad crítica situada.
    Para ello, tal y como hemos afirmado en trabajos anteriores
    (Carrasco- Campos, 2021), es necesario considerar no solo la
    definición originaria de Horkheimer y Adorno en 1944 (1994) como
    parte de su diagnóstico de la “Ilustración como engaño de masas”
    (pp. 165212), sino también la reformulación del propio Adorno en el
    año 1963 (2008) y sus conexiones con el concepto de “pseudocultura”
    (Adorno 2004) y la lógica unidimensional que planteaba Marcuse
    (1968). Bajo esta consideración, la mercantilización de la cultura
    no es únicamente una operación económica dentro de la lógica
    capitalista, sino una forma de colonización subjetiva que impide la
    autonomía crítica. La razón instrumental que opera en la matriz de
    la industria cultural es, ante todo, una forma de integración de los
    individuos, sujetos y comunidades bajo una forma de cultura
    unidimensional y de segunda mano, con el propósito de privar a la
    cultura de su potencial emancipador. En coherencia con este
    diagnóstico, las injusticias epistémicas son también injusticias
    culturales, al marginar e invisibilizar aquellos referentes no
    codificables en términos de valor de cambio. Retomando la posición
    de Boaventura de Sousa Santos (2009), perseguir la justicia social
    global exige la búsqueda de una justicia cognitiva global que
    “confronta la monocultura de la ciencia moderna con la ecología de
    los saberes” (p. 182).</p>
    <p>Por tanto, una epistemología crítica basada en el territorio se
    opone a la mercantilización indiscriminada del conocimiento,
    especialmente cuando esto conlleva la apropiación y explotación de
    saberes locales. Busca preservar las formas de conocimiento que no
    se ajustan fácilmente a la cuantificación académica y que son
    esenciales para la identidad y el bienestar de las comunidades. Para
    ello, debe asumir un compromiso político con la desmercantilización
    del conocimiento y la cultura, defender la pluralidad de horizontes
    cognitivos, y señalar las condiciones materiales y simbólicas que
    permiten su reproducción y transmisión. No se trata de una
    epistemología aplicada al cambio social, sino de una epistemología
    en lucha, en favor de la diversidad cultural y epistemológica no
    mercantilizada.</p>
  </sec>
  <sec id="cuestionamiento-de-la-hegemonia-del-conocimiento-global">
    <title>3.6. Cuestionamiento de la hegemonía del conocimiento
    global</title>
    <p>Una epistemología crítica basada en el territorio debe asumir que
    el conocimiento no se produce ni circula en un vacío neutro, sino
    que existe una jerarquía (estructural, material y simbólica) de
    dominación del Norte opulento frente al Sur global. No se trata de
    una simple asimetría, sino una manifestación concreta del poder: una
    economía política del conocimiento en la que el paradigma dominante,
    a través de sus instituciones, recursos y estructuras, impone sus
    propios marcos de validación.</p>
    <p>En el marco de una academia neoliberal, estas jerarquías, y las
    instituciones que les dan forma (principalmente la industria
    editorial, asociaciones de investigación hegemónicas, y agencias de
    evaluación y financiación; véase (Carrasco-Campos y Saperas, 2021a y
    2021b), definen el arquetipo dominante de conocimiento válido;
    aquello que, de manera hegemónica, forma parte del paradigma
    dominante de lo que se investiga y cómo se investiga, se publica y
    dónde se publica, se financia y se premia, invisibilizando otras
    formas de saber, de preguntar, de interpretar las realidades
    sociales. Nos referimos, por tanto, a una forma de imperialismo
    cognitivo (de Sousa Santos, 2019); una forma de colonialidad
    (Quijano, 2000) que, desde una epistemología crítica basada en el
    territorio, exige su descolonización: la descentralización de la
    producción y acceso al conocimiento para contrarrestar la hegemonía
    de las teorías y prácticas que emanan predominantemente de centros
    de poder globales.</p>
    <p>La impugnación de estas injusticias epistémicas estructurales
    (Fricker, 2007) exige no solo una racionalidad crítica con
    conciencia histórica y territorial sino, también, y en palabras de
    Bacevic (2021), una economía política del conocimiento
    interseccional que, no se limite a diagnosticar desigualdades, sino
    que promueva procesos de redistribución cognitiva. Debe asumirse que
    las condiciones históricas, geográficas y sociales afectan a la
    producción, la concentración y la recepción del saber, y afrontar
    que, en contextos académicos, esto se traduce en la socialización de
    prácticas de legitimación y deslegitimación científica. Cuestionar
    la hegemonía del conocimiento global implica, por tanto, cuestionar
    sus instituciones y lógicas de reproducción a través de la industria
    editorial, sistemas de indexación y de evaluación de la ciencia, así
    como de la propia socialización del conocimiento dominante que en
    muchas ocasiones se produce en el seno de las comunidades
    científicas.</p>
  </sec>
</sec>
<sec id="conclusiones-y-compromisos">
  <title>4. Conclusiones y compromisos</title>
  <p>A lo largo de las páginas anteriores se ha argumentado que una
  epistemología crítica basada en el territorio no solo es posible, sino
  necesaria. Se trata de una forma de respuesta a la creciente
  despolitización del conocimiento académico y a las dinámicas de
  producción de saber que privilegian la abstracción, la
  descontextualización y la subordinación a la racionalidad instrumental
  y las lógicas de mercado. Como base epistemológica de esta
  argumentación hemos partido de tres de los principales ejes de la TC:
  la unidad de la teoría y praxis (desde el ejercicio autónomo de la
  teoría), la reivindicación de una dialéctica negativa materialista, y
  la necesidad de una crítica inmanente, como parte de la reivindicación
  de la primacía del objeto. Estos tres ejes dibujaban las claves de una
  epistemología crítica, y señalaban la necesidad de completarla con una
  racionalidad enraizada de manera interseccional en los propios
  territorios, con su historia, sus identidades, sus opresiones y sus
  luchas. Así, esta ampliación territorial del pensamiento crítico no
  podía entenderse como una simple extensión espacial de su análisis,
  sino como una transformación estructural: no se trata de aplicar la
  crítica a los territorios, sino de producirla con ellos y desde ellos,
  con sus contradicciones, resistencias y memorias vivas.</p>
  <p>Desde esta premisa, y en diálogo con corrientes del pensamiento
  crítico, tanto occidental como de las epistemologías del Sur, hemos
  argumentado que una epistemología crítica verdaderamente comprometida
  debe incorporar la categoría de territorio no como simple paisaje o
  marco geográfico, sino como espacio material, simbólico e histórico,
  donde se inscriben luchas, memorias, y relaciones de poder. Esto exige
  una recuperación del pensamiento dialéctico y materialista no como
  método, sino como actitud; en línea de lo que Adorno identificó como
  “dialéctica negativa”, capaz de confrontar la totalidad sin
  reconciliarla ni idealizarla. Frente a la abstracción de los discursos
  dominantes, proponemos un pensamiento que piense desde y con los
  territorios, que no ignore su complejidad ni su conflictividad.</p>
  <p>Una epistemología crítica territorializada es, por tanto,
  inseparable de una voluntad de insurrección epistémica. Implica
  desbordar los marcos disciplinares instituidos, reconfigurar los
  vínculos entre academia y comunidad, y reconocer que los territorios
  son también parte constitutiva de la producción de sentido,
  resistencias e imaginarios. Hablar de territorio es hablar de
  conflicto, pero también de posibilidad; es hablar de una práctica
  teórica encarnada que, desde su dimensión material, reconoce la
  corporalidad, la afectividad y la interdependencia como elementos
  imbricados en los conocimientos. Así, una epistemología crítica basada
  en el territorio no solo es una posición de denuncia sino, también,
  una respuesta a las injusticias epistémicas globales. Exige el
  cuestionamiento de las jerarquías en la circulación del conocimiento y
  el silenciamiento sistemático de las voces en los márgenes, a la vez
  que reivindica una racionalidad crítica territorializada, capaz de
  cuestionar no solo los objetos de conocimiento, sino también desde
  dónde, para quién y con qué intereses (ideológicos o manifiestos) se
  produce el conocimiento. Este posicionamiento nos obliga a descentrar
  la mirada, a construir prácticas de conocimiento de manera comunitaria
  y participada, y a defender la diversidad epistémica como un principio
  político.</p>
  <p>En definitiva, el compromiso de una epistemología crítica basada en
  el territorio es con la transformación de la realidad social, en toda
  su contingencia, y no con la administración de lo dado. No basta con
  reconocer la diversidad de saberes y de los sujetos y territorios que
  los producen: hay que apostar por su politización activa, por su
  articulación con los procesos sociales y por su capacidad para
  resistir las lógicas de homogeneización propias del capitalismo
  cognitivo. Se hace, pues, necesario abrir espacios para una razón
  dialéctica materialista transformadora. Este es, en última instancia,
  el horizonte normativo de la crítica: no simplemente representar el
  mundo desde un saber legítimo, sino contribuir a su emancipación
  concreta.</p>
</sec>
</body>
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