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        <journal-title specific-use="original" xml:lang="es">Cuadernos de Información y Comunicación</journal-title>
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      <issn publication-format="electronic">1988-4001</issn>
      <issn-l>1988-4001</issn-l>
      <publisher>
        <publisher-name>Ediciones Complutense</publisher-name>
        <publisher-loc>España</publisher-loc>
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      <article-id pub-id-type="doi">https://dx.doi.org/10.5209/ciyc.101780</article-id>
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          <subject>ARTÍCULOS DE INVESTIGACIÓN</subject>
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        <article-title>Recontextualizando la noción de “industria cultural”: Análisis crítico de su recepción en manuales de formación en comunicación</article-title>
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          <trans-title>Re-contextualising the notion of “cultural industry”: Critical Analysis of its Reception in Communication training manuals</trans-title>
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          <institution content-type="original">Universidad Complutense de Madrid</institution>
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        <corresp id="cor1">Autor@s de correspondencia: Francisco Bernete García: <email>fbernete@ucm.es</email></corresp>
        <corresp id="cor2">Francisco Javier Malagón Terrón: <email>fjmalago@ucm.es</email></corresp>
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      <pub-date pub-type="epub" publication-format="electronic" iso-8601-date="2025-09-15">
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        <month>09</month>
        <year>2025</year>
      </pub-date>
      <volume>30</volume>
      <issue>1</issue>
      <fpage>21</fpage>
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        <copyright-statement>Copyright © 2025, Universidad Complutense de Madrid</copyright-statement>
        <copyright-year>2025</copyright-year>
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          <license-p>Esta obra está bajo una licencia <ext-link ext-link-type="uri" xlink:href="https://creativecommons.org/licenses/by/4.0/">Creative Commons Attribution 4.0 International</ext-link></license-p>
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      </permissions>
      <abstract>
        <p>Con el fin de recontextualizar y poner en valor la idea de “industria cultural” expuesta por Adorno y Horkheimer en Dialéctica de la Ilustración, en este artículo se examina dicha noción, centrándose en su tratamiento y recepción en diversos manuales de enseñanza de la teoría e investigación de la comunicación. El concepto de “industria cultural” suele ser extraído de su contexto original en Dialéctica de la Ilustración, reduciéndose a una crítica simplista de la cultura de masas que despoja a este concepto de su complejidad y dimensión crítica. Este artículo enfatiza la necesidad de situar el concepto de “industria cultural” en su marco original para comprender adecuadamente el sentido que le otorgan Horkheimer y Adorno. Se resalta que, a pesar de los cambios tecnológicos y sociales a lo largo de los años, las preocupaciones planteadas por los autores –más enfocadas a los fines, principios y métodos de la comunicación de masas que a sus efectos–, continúan siendo relevantes para analizar el papel de la industria cultural en la sociedad actual.</p>
      </abstract>
      <trans-abstract xml:lang="en">
        <p>In order to recontextualize and elevate the concept of “cultural industry” as articulated by Adorno and Horkheimer in Dialectic of Enlightenment, this article examines this notion, focusing on its treatment and reception in various teaching manuals on communication theory and research. The concept of “cultural industry” is frequently extracted from its original context in Dialectic of Enlightenment, leading to a simplified critique of mass culture that strips this concept of its complexity and critical dimension. This paper emphasizes the need to place the concept of “cultural industry” in its original framework in order to properly understand the meaning given to it by Horkheimer and Adorno. It is highlighted that, despite technological and social changes over the years, the concerns raised by the authors –more focused on the aims, principles, and methods of mass communication than on its effects– remain relevant for analyzing the role of the cultural industry in contemporary society.</p>
      </trans-abstract>
      <kwd-group>
        <kwd>Industria Cultural</kwd>
        <kwd>Teoría Crítica</kwd>
        <kwd>Comunicación</kwd>
        <kwd>Recepción</kwd>
        <kwd>Manuales</kwd>
        <kwd>Análisis</kwd>
      </kwd-group>
      <kwd-group xml:lang="en">
        <kwd>Cultural Industry</kwd>
        <kwd>Critical Theory</kwd>
        <kwd>Communication</kwd>
        <kwd>Manuals</kwd>
        <kwd>Reception</kwd>
        <kwd>Analysis</kwd>
      </kwd-group>
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        <custom-meta>
          <meta-name>Sumario</meta-name>
          <meta-value>: 1. Introducción. 2. La industria cultural en el debate sobre la cultura de masas. 3. La industria cultural en el debate sobre la comunicación de masas. 4. La Teoría Crítica en los manuales de comunicación universitarios. 5. Ajustes de cuentas desenfocados. 6. Final. 7. Referencias bibliográficas.</meta-value>
        </custom-meta>
        <custom-meta>
          <meta-name>Cómo citar</meta-name>
          <meta-value>: Bernete García, F. y Malagón Terrón, F. J. (2025). Recontextualizando la noción de “industria cultural”: Análisis crítico de su recepción en manuales de formación en comunicación, en <italic>Cuadernos de Información y Comunicación</italic> 30, 21-32.</meta-value>
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    </article-meta>
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<sec id="introduccion">
  <title>1. Introducción</title>
  <p><italic>Dialéctica de la Ilustración</italic>, escrita por Theodor
  Adorno (1903-1969) y Max Horkheimer (18951973) y publicada por vez
  primera en 1944 (en 1947 se publicó una versión revisada), es una de
  las obras fundamentales del pensamiento del S. XX. El texto parte de
  la paradoja de que la Ilustración, cuyo objetivo era liberar a los
  seres humanos de la superstición y la ignorancia mediante el uso de la
  razón, terminó generando nuevas formas de opresión y alienación. Para
  analizar este proceso los autores recurrieron a formular una crítica a
  la denominada “Razón instrumental”, un tipo de razón enfocada a la
  dominación de la naturaleza y la organización eficiente de la
  sociedad, dejando de lado cualquier reflexión sobre fines o valores.
  Desde su punto de vista, la razón ha llegado a convertirse en un medio
  para el control que conduce a la barbarie, como lo demuestran los
  totalitarismos del siglo XX. Otro importante aspecto que abordan
  Adorno y Horkheimer es la relación entre Mito y Razón, sosteniendo que
  la Ilustración no ha traído propiamente la superación del mito, sino
  su continuidad bajo otra forma. Según los autores, desde épocas
  antiguas, el pensamiento racional ha buscado dominar lo desconocido,
  pero en este proceso ha generado sus propios mitos, entre ellos, el
  dogma del progreso. La tercera aportación sustantiva de los autores en
  <italic>Dialéctica de la Ilustración</italic> se refiere al concepto
  de “Industria cultural”, a través del cual analizan cómo la cultura de
  masas se ha convertido en una herramienta de control social (este es
  el punto sobre el que nos detendremos en este artículo). Refiriéndose
  al Holocausto argumentan que el nazismo fue la culminación de un
  proceso en el que la razón instrumental se puso al servicio de la
  destrucción. Finalmente, frente a todo ello, proponen una racionalidad
  crítica y autoconsciente que no busque solo el control, sino también
  la emancipación humana.</p>
  <p>El capítulo que lleva por título “La industria cultural.
  Ilustración como engaño de masas” es, probablemente, el más debatido
  de <italic>Dialéctica de la Ilustración</italic>. La literatura de
  Ciencias Sociales y Humanidades que hace referencia a este capítulo es
  sobreabundante y permitiría insertar dicho capítulo de distinta manera
  en múltiples clasificaciones. Desde los campos de la Filosofía, la
  Antropología, la Sociología, la Psicología o las Ciencias de la
  Comunicación, se ha utilizado este capítulo para explicarlo (con mucha
  frecuencia, sesgándolo o simplificándolo), llevándolo a sus
  respectivos campos de estudio.</p>
  <p>Ha tenido tanto “éxito”, en el sentido de difusión, con
  independencia de su mejor o peor comprensión, que es posible encontrar
  las referencias al texto en los debates, conferencias o producciones
  editoriales sobre muy variadas cuestiones de nuestro tiempo: la
  estereotipia, la relación del arte con la sociedad, la homogeneización
  cultural, la producción de ideología, el dominio y la liberación, el
  entretenimiento, la vida cotidiana o los cambios tecnológicos en la
  comunicación, entre otras muchas).</p>
  <p>Las páginas que siguen estarán centradas en la recepción del texto
  “La industria cultural…” entre los estudiosos de la comunicación y la
  cultura. Los mismos autores, Horkheimer y Adorno, señalan en el
  prólogo (a las ediciones de 1944 y 1947) que este capítulo “muestra la
  regresión de la Ilustración a ideología, que encuentra su expresión
  normativa en el cine y la radio” (1998, p. 56). La televisión estaba
  en sus comienzos (en España aún no se conocía), pero el cine y la
  radio crecían en producción y difusión. Junto con la prensa, cada vez
  más “ilustrada” (con dibujos y fotografías), constituyen los
  principales medios de comunicación de masas en los años cuarenta del
  siglo XX, cuando se publica <italic>Dialéctica de la
  Ilustración</italic>.</p>
  <p>Los filósofos Adorno y Horkheimer y otros miembros de lo que se
  conoce como primera generación de frankfurtianos, tenían interés por
  comprender las transformaciones culturales asociadas al uso de lo que
  hoy se conoce como TIC (Tecnologías de la Información y la
  Comunicaclión). Y mostraron una gran capacidad de observación y
  sensibilidad para anotar con rigor los cambios que la organización
  empresarial estaba produciendo al introducir las innovaciones técnicas
  en la creación, la transmisión y la recepción de los productos
  culturales. Su finalidad era debatir sobre lo que estos cambios
  podrían estar implicando en el conjunto de la sociedad, lo que va más
  allá de una mera crítica a la degradación cultural.</p>
  <p>La tesis que defendemos en este artículo es la siguiente: en los
  espacios académicos donde se ocupan de los cambios en la producción
  comunicativa y cultural de la sociedad contemporánea el capítulo
  dedicado a la industria cultural ha sido sacado del contexto de la
  obra de Horkheimer y Adorno y enfrentado como un texto que critica la
  cultura de masas, desde una posición elitista y poco comprensiva de la
  autonomía de los sujetos. Además, ha sido contrapuesto a la obra de
  Walter Benjamin (1892-1940), en tanto que este último habría sido
  menos tecnófobo y más capaz de entender las posibilidades de un nuevo
  medio como el cine.</p>
  <disp-quote>
    <p>“En tanto que el pesimismo (de Adorno) está basado en el
    desaliento de un ideal conservador, el optimismo (de Benjamin) se
    explica por la fe en la posibilidad de universalización de una
    cultura revolucionaria de resistencia, permitida por el desarrollo
    de los medios de comunicación de masas” (Bolaño, 2013, p. 123).</p>
  </disp-quote>
</sec>
<sec id="la-industria-cultural-en-el-debate-sobre-la-cultura-de-masas">
  <title>2. La industria cultural en el debate sobre la cultura de
  masas</title>
  <p>Una de las muchas lecturas del capítulo llamado “La industria
  cultural” es la que se hace cuando se inserta en el debate sobre la
  naturaleza y las funciones de la ‘cultura de masas’.</p>
  <p>Es sabido que Tocqueville (1805-1859), en su magna obra, <italic>La
  democracia en América</italic>, había señalado y descrito que en los
  Estados Unidos del siglo XIX se estaba produciendo una especie de
  fusión entre la cultura popular y la cultura de las clases dominantes;
  y que ello podría ser valorado de distintas maneras. Después de
  Tocqueville, la sociedad de masas ha sido generalmente caracterizada
  como una sociedad donde la separación entre alta cultura y cultura
  popular tiende a difuminarse. Como si el consumo cultural no
  respondiera a la lógica de la estratificación social, sino a criterios
  industriales con arreglo a los cuales se organiza la producción y la
  distribución de los bienes culturales. No obstante, Pierre Bourdieu
  (1930-2002), sensible al dominio político y económico sobre las clases
  bajas, señalaría evidencias en sentido opuesto en su libro <italic>La
  distinción</italic> (1979).</p>
  <p>Con criterios industriales y, por ello mismo, mercantiles, se
  impone la producción en serie de libros, revistas, programas de radio,
  películas de cine, etc., del mismo modo en que se produce en serie
  cualquier otro tipo de bienes y servicios. Se elaboran de manera que
  tengan la máxima difusión y sean recibidos por los destinatarios de
  forma parecida a como se reciben otros bienes de consumo. Al tiempo,
  los autores (y, en particular, los artistas), se transforman en
  productores cuyo trabajo ha de estar adaptado al mercado, en lugar de
  estar al servicio de un mecenas.</p>
  <p>Esta caracterización no es discutida. Lo que sí se discute es si
  con el nombre de ‘industria cultural’ se desata una valoración
  negativa generalizada, a propósito de la cultura de masas,
  contraponiéndola a las bondades de la cultura burguesa o de élite.
  Jordi Maiso aporta una clave que debería tomarse en consideración para
  entender el texto –más de Adorno que de Horkheimer– en su contexto de
  producción:</p>
  <disp-quote>
    <p>“la crítica de Adorno no está marcada por la nostalgia de la
    cultura burguesa, sino por su cercanía al radicalismo estético del
    primer tercio del siglo XX y por la experiencia de su erradicación
    social. De acuerdo con ello, la industria cultural aparece como una
    de las fuerzas estabilizadoras que truncó la posibilidad de un arte
    nuevo unido a la esperanza de una sociedad emancipada; en lugar de
    un desarrollo autónomo y soberano del arte y la cultura, la
    producción artística y cultural quedó sometida a las exigencias de
    la reproducción de la sociedad vigente” (Maiso, 2011, p. 323)</p>
  </disp-quote>
  <p>Declarar que la producción artística y cultural ha sido sometida a
  las exigencias de la reproducción social no significa olvidarse de los
  artistas y creadores de toda índole, sino integrarlos en el
  funcionamiento de los negocios. Edgar Morin (n. 1921) en <italic>La
  Industria Cultural</italic> (1967), escrita con Adorno, explicó cómo
  la invención y la creación se integran con el conformismo y la
  estandarización de la industria cultural o, más bien, cómo esta
  industria cultural, lejos de esterilizar la creación, tiene que hacer
  sitio necesariamente a la innovación más o menos creativa. Aunque solo
  hasta cierto punto, pues diría que esa industria se nutre de talento,
  pero sofoca el genio.</p>
  <p>También E. Morin ofreció una valoración de la industria cultural al
  compararla con lo que había antes de que la cultura se produjera
  industrialmente y descarta “una edad de oro de la cultura antes de la
  cultura industrial”:</p>
  <disp-quote>
    <p>¿Qué existía antes de la cultura industrial? Hölderlin, Novalis,
    Rimbaud, ¿eran conocidos por sus contemporáneos? ¿Acaso no reinaban
    en las letras y en las artes el conformismo burgués, la mediocridad
    arrogante? Antes de los empresarios, de los productores de cine, de
    los burócratas de la radio, no había acaso académicos,
    personalidades condecoradas, salones literarios… La antigua “alta
    cultura” tenía horror a lo que revolucionaba las ideas y las formas.
    Los creadores se agotaban, sin imponer su obra. No ha habido edad de
    oro de la cultura antes de la cultura industrial. (Morin, 1967, p.
    16).</p>
  </disp-quote>
</sec>
<sec id="la-industria-cultural-en-el-debate-sobre-la-comunicacion-de-masas">
  <title>3. La industria cultural en el debate sobre la comunicación de
  masas</title>
  <p>Los conceptos de ‘cultura de masas’ y ‘comunicación de masas’ se
  utilizan indistintamente con mucha frecuencia, porque la manera de
  alcanzar mercados cada vez más amplios pasa por la industrialización
  de los llamados ‘medios de comunicación’. Industrialización que
  conduce a que los medios evolucionen mezclando los relatos procedentes
  de las tradiciones populares de las culturas (con minúscula), propias
  de cada lugar, con las obras de la alta Cultura (con mayúscula)
  elaborada en el vértice de la pirámide social, por encima de las
  culturas populares, arraigadas en un territorio limitado.</p>
  <p>La comunicación pública ha sido abordada desde disciplinas
  diferentes, no siempre declaradas, que dan lugar a asignaturas
  universitarias, publicaciones, congresos y asociaciones. Por mencionar
  algunas, existe la economía política de la comunicación, la sociología
  de la comunicación, la psicología (social) de la comunicación o la
  teoría de la comunicación, que se nutre en buena medida de las
  anteriores. En cualquiera de estos campos, los manuales dejan algún
  espacio a la teoría crítica, contraponiéndola usualmente a la
  denominada <italic>communication research</italic> o <italic>mass
  communication research</italic>, desarrollada principalmente en los
  Estados Unidos de América.</p>
  <p>Situaremos en su época tanto la <italic>communication
  research</italic> como la teoría crítica para tratar de explicar por
  qué esta última pudo resultar tan chocante para los investigadores de
  la comunicación y, aún hoy, no muy bien entendida después de tantos
  años. Principalmente, la disonancia aparece cuando se concibe la
  teoría crítica como una teoría apocalíptica de los
  <italic>mass-media</italic>, concibiendo a estos como generadores de
  una cultura de masas uniforme, donde la resistencia por parte de los
  receptores es imposible.</p>
  <p>La <italic>communication research</italic> abarca desde los
  primeros estudios sobre los efectos de la comunicación llevados a cabo
  entre las dos guerras mundiales hasta los desarrollos de la hipótesis
  de “los usos y las gratificaciones” en los años setenta del S. XX. En
  síntesis, se trata de la aplicación al estudio de la comunicación de
  modelos conductistas y funcionalistas. Cabe referirse brevemente a
  estos trabajos teóricos y empíricos con la finalidad de mostrar que
  sus conclusiones acerca de los efectos de los <italic>media</italic>
  podían verse como contrapuestas a lo defendido por Horkheimer y
  Adorno, particularmente respecto al papel y la actuación de los
  públicos destinatarios.</p>
  <p>Para hacer este resumen nos basaremos en dos de los manuales más
  utilizados para explicar la teoría y la investigación de la
  comunicación en las universidades españolas. Son los de Martín Serrano
  et al (1982) y Wolf (1987/1994).</p>
  <p>Tanto los enfoques behavioristas como los funcionalistas se
  refieren a los actores de la comunicación como ‘emisores’ y
  ‘receptores’, prestando más atención a estos últimos, considerados
  como un conjunto de individuos dispersos, como si no hubiera relación
  entre ellos. Esos receptores dispersos son contactados sirviéndose de
  los ‘mass-media’, a través de los cuales se les hacen llegar
  ‘mensajes’ o ‘estímulos’ que producen efectos sociales. Hablamos, por
  tanto, de un modelo de comunicación básicamente unidireccional.</p>
  <p>Como es archiconocido, con el nombre de “teoría de la bala” o
  “teoría hipodérmica” se planteó una aproximación a los efectos que
  pudieran tener los mensajes de los medios (principalmente la prensa,
  el cine y la radio que se iba consolidando en los años veinte del
  siglo pasado), en tanto que medios de comunicación que operan ya en
  una sociedad de masas. Se trataba de ilustrar con esas analogías un
  efecto tan potente, ineludible e inmediato como el de una bala o una
  inyección con aguja hipodérmica, sobre individuos atomizados,
  aislados, sin lazos entre ellos (tal como se conciben en la sociedad
  de masas), que se exponen a mensajes o contenidos ajenos a su
  experiencia, referidos a acontecimientos sobre los cuales no tienen
  opinión previa; razones por las que pueden ser fácilmente
  manipulables.</p>
  <p>La teoría de la bala o teoría hipodérmica es una teoría psicológica
  conductista. Supone aplicar la ciencia positivista al análisis de la
  conducta animal y humana. Solo lo que se manifiesta de forma patente
  al observador, y éste puede someter a experimentación, podría ser
  objeto de estudio científico. La conducta puede ser observada y
  sometida a experimentos, en tanto que se entiende como un
  comportamiento observable que responde a un estímulo controlado.
  Cuando se aplica este planteamiento teórico-metodológico a la
  comunicación se hace principalmente para conocer los efectos de los
  estímulos (mensajes) introducidos en ‘canales’ diferentes.</p>
  <p>Los experimentos continuarán durante los años cuarenta y, con sus
  resultados, se irán, primero, matizando y, finalmente, desmintiendo
  las hipótesis propias de la teoría hipodérmica, pensada principalmente
  como teoría de la propaganda, pero propuesta como una teoría de la
  comunicación social, en general. Frente a la creencia de que los
  sujetos solo podrían responder a los estímulos de la propaganda sin
  resistencia, los sucesivos experimentos favorecen la hipótesis de que
  la influencia de las comunicaciones está mediada por las facilidades
  y/o resistencias que los destinatarios ponen en juego en la
  interpretación de los mensajes. Este paso supone lo que, en la
  historia de los estudios sobre los efectos, se llama la superación de
  la teoría hipodérmica. Implica dejar de considerar a los individuos
  como indiferenciados y aislados entre sí. Las propias investigaciones
  empíricas dejaban de avalar los supuestos de la indiferenciación y el
  aislamiento.</p>
  <p>En efecto, hay una corriente de estudios empírico-experimentales
  que pone el énfasis en que la persuasión (no el efecto inmediato e
  ineludible) es posible, pero dependiendo de ciertos factores de los
  propios destinatarios (interés en adquirir las informaciones,
  exposición selectiva, percepción selectiva, memorización selectiva),
  otros relacionados con la credibilidad de los emisores y otros, en
  fin, con las formas de los mensajes (orden y exhaustividad de las
  argumentaciones, explicitación de las conclusiones). Cada uno de estos
  factores y las interacciones de unos con otros harían variar la
  probabilidad de que la persuasión tuviera lugar.</p>
  <p>A los experimentos de los psicólogos se unen los trabajos
  igualmente empíricos de los sociólogos, aportando nuevas evidencias de
  que los efectos de los <italic>mass-media</italic> son ‘efectos
  limitados’.</p>
  <disp-quote>
    <p>“Si la teoría hipodérmica hablaba de
    <italic>manipulación</italic> y propaganda, y si la teoría
    psicológicoexperimental se ocupaba de la
    <italic>persuasión</italic>, esta teoría habla de la
    <italic>influencia</italic>, y no solo de la ejercida por los
    <italic>media</italic> sino de la más general que «fluye» entre las
    relaciones comunitarias, de la que la influencia de las
    comunicaciones de masas es sólo un elemento, una parte” (Wolf, 1994,
    p. 51)</p>
  </disp-quote>
  <p>Este no es el lugar de ocuparnos extensamente ni de los modelos
  conductistas ni de los funcionalistas. Los lectores interesados pueden
  acudir a los manuales referidos, entre otros muchos. Se trata de
  exponer que, ya desde los mismos años cuarenta en que se publica
  <italic>Dialéctica de la Ilustración</italic>, los investigadores de
  estos enfoques académicos, con vocación instrumental, habían apostado
  por desmentir la manipulación homogeneizadora de los medios de masas.
  “Con vocación instrumental”, significa que estaban claramente
  orientados a lograr que la investigación fuera útil para aplicarla con
  éxito en las elecciones políticas o en el consumo.</p>
  <p>Sin embargo, los académicos que participan en la investigación
  administrada con fines instrumentales no son los únicos que abandonan
  la idea de que los mass-media son todopoderosos en sus efectos y
  producen una cultura de masas uniforme. Véase, por ejemplo, la crítica
  de Umberto Eco (1932-2016):</p>
  <disp-quote>
    <p>“Lo único que sabemos es que no existe una Cultura de Masas tal
    como la han imaginado los sociólogos apocalípticos de los
    mass-media, porque el modelo «massmediológico» interfiere con otros
    modelos (por ejemplo, vestidos antiguos, cultura de clase, aspectos
    de la cultura culta penetrados mediante la escolaridad, etc.) (Eco,
    1985, p. 189-190).</p>
  </disp-quote>
  <p>El resultado de estas interferencias –al entender de Umberto Eco–
  sería una cultura no uniforme, porque cada grupo usa unas reglas para
  conformar e interpretar los textos; y a ese cambio de reglas de un
  grupo a otro estarían contribuyendo “los mismos textos que circulan en
  la cultura de masas y los que se encuentran en circulación alternativa
  con respecto a ella” (p. 192).</p>
</sec>
<sec id="la-teoría-critica-en-los-manuales-de-comunicacion-universitarios">
  <title>4. La Teoría Crítica en los manuales de comunicación
  universitarios</title>
  <p>Sin distinguir ahora entre lo que destacan los manuales de
  sociología de la comunicación, psicología de la comunicación y teoría
  y/o investigación de la comunicación, lo que requeriría mucho más
  espacio, cabe señalar qué es lo que han destacado al menos los
  manuales de teoría e investigación de la comunicación, nuevamente
  apoyándonos en los ya mencionados: Martín Serrano et al. (1982) y Wolf
  (1087/1994); pero que cabría encontrar de manera similar en muchos
  otros, aun tomando solo los de admiradores de la teoría crítica.</p>
  <p>Utilizar estos manuales tiene pertinencia en la medida en que
  reflejan el lugar que se da en ellos a las teorías clásicas o
  consideradas paradigmáticas de las perspectivas que han tenido alguna
  trascendencia o han sido consideradas valiosas, al menos por algún
  tiempo, así como el modo en que se inserta a cada una entre las
  demás.</p>
  <p>La teoría crítica suele describirse a continuación de la ya
  tradicional <italic>communication research</italic> y como parte de
  una tradición europea que contrasta con la primera en cuanto a
  intereses y pretensiones. En unos casos, como parte de un paradigma
  marxista, con diferentes variantes (materialismo vulgar /vs/
  materialismo dialéctico); en otros casos, sin insertarla en ningún
  otro paradigma más abarcador. Pero en todos los casos, como
  radicalmente distinta de la mencionada tradición estadounidense.</p>
  <p>El manual de Martín Serrano et al. (1982) distingue entre (1)
  modelos destinados a una intervención práctica sobre algún sistema de
  comunicación específico y (2) modelos destinados a una explicación
  teórica o metodológica de los fenómenos comunicativos. Los primeros
  estarían representados por los ya mencionados conductistas y
  funcionalistas. Estos se aplican al estudio de sistemas de
  comunicación particulares. Los segundos, que analizan la comunicación
  como un sistema general, incluyen modelos estructuralistas,
  sistémicos, matemático-informacionales y dialécticos.</p>
  <disp-quote>
    <p>“La dialéctica es una lógica que se aplica al análisis de los
    sistemas finalizados que cambian a lo largo de la historia. El
    sistema de comunicación es uno de tales sistemas: está finalizado
    (es decir, su funcionamiento depende de los intereses que persiguen
    los usuarios, sean personas físicas o instituciones); y se utiliza
    de modo distinto en distintas épocas históricas (el desarrollo de la
    tecnología de la comunicación ha creado nuevos usos, nuevos sujetos
    de la comunicación, nuevos productos comunicativos). Por tanto, el
    sistema de comunicación social puede ser estudiado con una
    metodología dialéctica. El marxismo constituye la teoría del hombre,
    de la sociedad y de la cultura a la que se remite el modelo
    dialéctico” (Martín Serrano et al., 1982, p. 151).</p>
  </disp-quote>
  <p>Puesto que hay distintos enfoques marxistas de la comunicación
  pública y sus relaciones con la formación social, los autores del
  texto citado señalan la función ideológica de la cultura y la
  enajenación cultural de las clases dominadas entre los postulados que
  conviene tomar en consideración para referirse a lo que comparten
  estos enfoques.</p>
  <p>Tomando en cuenta esos postulados, puede entenderse que los autores
  marxistas, en general, han concebido la comunicación pública
  institucional como un sistema dependiente del sistema social. Esta
  dependencia implica lo siguiente:</p>
  <list list-type="alpha-lower">
    <list-item>     
      <p>a) Los instrumentos con los que se produce comunicación son parte
      de la infraestructura tecnológica de la formación social. En tanto
      que hay innovaciones técnicas, esas innovaciones pueden afectar a
      toda la cadena de [productores – productos – consumidores].</p>
    </list-item>
    <list-item>      
      <p>b)El conocimiento de los contenidos (temas que se tratan y forma
      de tratarlos) sirve para valorar de qué modo los medios de
      comunicación contribuyen a la reproducción social, tal como la
      desean los propietarios. “La mayor parte de los autores marxistas
      consideran los productos comunicativos como un componente de la
      supraestructura ideológica del sistema social. Por esa razón, el
      análisis suele orientarse hacia la crítica de la ideología
      existente en los contenidos de los <italic>media</italic>” (Martín
      Serrano et al., 1982, p. 153).</p>
    </list-item>
    <list-item>    
      <p>c)Los actores de la comunicación no suelen diferenciarse de los
      agentes sociales que intervienen desde fuera sobre de los procesos
      de comunicación. Lo cual no es muy útil para comprender de qué
      manera la dominación social se implementa como relaciones de
      control cognoscitivo mediante la comunicación.</p>
    </list-item>
    <list-item>
      <p>d) También es objeto de estudio la división social entre
      propietarios y trabajadores de los <italic>media</italic> para
      conocer los efectos de esa división y su repercusión en el uso que
      se hace de los media. Pero puede resultar insuficiente si no se
      contemplan las numerosas mediaciones entre propietarios y usuarios
      finales de los <italic>media</italic>.</p>
    </list-item>
  </list>
  <p>Si el sistema de comunicación se concibe como dependiente del
  sistema social, se entiende que surjan las preguntas sobre el margen
  de autonomía que tienen los sujetos para llegar a cambiar algo
  participando como usuarios de la comunicación; las preguntas sobre si
  es posible la resistencia por muy limitados e insuficientes que sean
  los movimientos de los actores de la comunicación para plantear
  críticas a las comunicaciones de los grupos hegemónicos o incluso
  “alternativas populares a la comunicación de masas” (Vidal-Beneyto,
  1979). Movimientos de resistencia y crítica que algunos académicos de
  la comunicación hubiesen querido ver identificados junto con la
  crítica adorniana al poder de la industria.</p>
  <p>Ciertamente, si el objetivo de la investigación es aproximarse a la
  trascendencia de los medios de comunicación, quizá haya que formular
  inseparablemente estas dos preguntas: ¿qué hacen los medios con la
  gente? y ¿qué hace la gente con los medios? Probablemente, cada una de
  ellas requiere la compañía de la otra. En general, los investigadores
  de la comunicación de masas suelen aceptar que ni los medios hacen lo
  que quieren con sus audiencias (su capacidad de manipulación,
  persuasión, influencia, etc. no es ilimitada), ni los públicos hacen
  lo que quieren con los mensajes de los medios (su capacidad de
  resistir, desviar, desatender, ignorar, etc. no es infinita. De hecho,
  su participación se requiere, pero no cualquier forma de
  participación).</p>
  <p>El manual de Mauro Wolf (1987/1994) es seguramente, uno de los que
  más espacio dedica a “la teoría crítica” en el contexto de un libro
  sobre la investigación de la comunicación de masas. Comienza
  introduciéndola como “el abogado del diablo de muchas
  <italic>communication research</italic>, la <italic>pars
  destruens</italic> del tipo de conocimiento que se iba elaborando
  trabajosamente en el ámbito «administrativo» (p. 90).</p>
  <p>Este libro tiene la virtud de situar la teoría crítica, no como una
  investigación sobre la comunicación o sobre la cultura o sobre el
  arte, sino:</p>
  <disp-quote>
    <p>“como una teoría de la sociedad entendida como un todo: de ahí la
    polémica constante contra las disciplinas sectoriales, que se
    especializan y que diferencian progresivamente distintos campos de
    experiencia. Al obrar así, estas últimas –vinculadas a la propia
    corrección formal y subordinadas a la razón instrumental– se
    encuentran desviadas de la comprensión de la sociedad como
    totalidad, y acaban desarrollando una función de conservación del
    orden social existente”. (p. 91)</p>
  </disp-quote>
  <p>Mauro Wolf se propone sintetizar el pensamiento complejo y
  multiforme de los autores de la Escuela de Francfort, centrándose en
  los asuntos más cercanos al debate sobre los
  <italic>mass-media</italic>. Esa síntesis comienza por presentar la
  industria cultural como un sistema, apoyándose en las conocidas frases
  de Horkheimer y Adorno “cine, radio y revistas constituyen un sistema.
  Cada sector está armonizado en sí mismo y con todos entre ellos”
  (1998, p. 165).</p>
  <p>En cuanto a la afectación de la industria cultural sobre el
  individuo, Wolf, apoyándose en distintos textos de Adorno, anteriores
  y posteriores a <italic>Dialéctica de la Ilustración</italic>, destaca
  que el individuo ya no decide autónomamente, se adhiere acríticamente
  a los valores impuestos, está siendo manejado a su antojo por el
  sistema social. Aunque el mismo individuo cree que se sustrae a los
  mecanismos productivos cuando sale del trabajo, en realidad, también
  la mecanización determina la fabricación de los productos de ocio. La
  industria dirige y disciplina las necesidades del consumidor. De todo
  ello se deduce que “la individualidad es sustituida por
  seudo-individualidad: el sujeto se haya vinculado a una identidad sin
  reservas con la sociedad” (Wolf, 1994, p. 96). Según este autor, los
  <italic>mass-media</italic> logran la integración del público cuanto
  más indiferenciado y difuso parece ser. Como se ve, esta concepción
  del público es similar a la manejada en las teorías sobre la
  comunicación de masas que la investigación administrativa consideraba
  superadas, desde que se llevan a cabo los experimentos y trabajos de
  campo donde se controlan variables sociodemográficas.</p>
  <p>No cabe esperar reacciones críticas de los espectadores de cine
  (típico producto de la industria cultural en las primeras décadas del
  siglo XX) porque se ven paralizados e imposibilitados de llevar a cabo
  actividad mental alguna, ante la velocidad con la que transcurre lo
  que se le pone por delante. Ocurriría lo mismo con la música ligera,
  por su propia naturaleza. Y en otros lenguajes y actividades de
  recepción, incluida la lectura, también se pierde expresividad por
  parte de quienes solo pueden llevar a cabo un consumo distraído y no
  comprometido. En estas ideas parece resonar las tesis de Guy Debord
  (1931-1994) sobre la sociedad del espectáculo, editado por primera vez
  en 1967 (En español, Debord, 1995).</p>
  <p>En fin, en el resumen que Wolf hace de la teoría crítica se afirma
  que la industria cultural anula toda individualidad y toda idea de
  resistencia. No se puede –según la teoría crítica– confiar en los
  espectadores como fuentes fiables de conocimiento sobre los procesos
  comunicativos, porque estos espectadores ya han aceptado los valores
  impuestos por la industria cultural. Idea que choca a los
  investigadores estadounidenses que pretenden aprovechar todos los
  datos empíricos sobre los medios de comunicación con el propósito de
  aprovecharlos para determinados fines (mercantiles, políticos,
  educativos, etc.).</p>
  <p>Para los teóricos críticos, en cambio, la discusión debe empezar
  por los fines. No es que propongan eliminar o dejar de tomar en cuenta
  los datos que se obtienen con la investigación empírica. “Pero –deduce
  Wolf– sosteniendo la necesidad de enmarcarlos en la comprensión de la
  sociedad como totalidad, la teoría crítica de hecho acaba
  privilegiando la aproximación especulativa sobre el método empírico”
  (p. 105).</p>
  <p>El contraste entre las dos tendencias (crítica y administrativa) de
  investigación sobre la comunicación da lugar a la producción de mucha
  literatura comunicológica. Básicamente, ese contraste tiene lugar por
  el perfil global de la teoría crítica y el hecho de que ésta defiende
  la necesidad de autorreflexión sobre los principios y los métodos.</p>
  <p>Los encuadres que ofrecen tanto Mauro Wolf (1994) como Martín
  Serrano et al. (1982) aún son respetuosos con la perspectiva de Adorno
  y Horkheimer sobre la sociedad de su tiempo. En el epígrafe siguiente,
  nos proponemos aportar otras muestras de cómo ha sido entendido e
  insertado el planteamiento crítico de la ‘industria cultural’ en otros
  manuales universitarios sobre la comunicación. Aun cuando muchos de
  los autores de estos manuales son académicos respetuosos y,
  probablemente, admiradores de la teoría crítica, las síntesis que
  ofrecen en sus propios textos, no sólo están necesariamente limitadas
  por el número de páginas que pueden dedicarle, sino también
  constreñidas por su objetivo de recoger solo aquellos elementos más
  cercanos temáticamente y, al tiempo, más diferenciados de la
  <italic>mass communication research</italic>.</p>
</sec>
<sec id="ajustes-de-cuentas-desenfocados">
  <title>5. Ajustes de cuentas desenfocados</title>
  <p>Como afirmamos en la introducción a este artículo, el capítulo
  dedicado a la industria cultural ha sido sacado del contexto de la
  obra de Horkheimer y Adorno y sus párrafos comentados en libros y
  artículos sobre las relaciones entre comunicación, cultura y sociedad
  de masas. Sin embargo, solo teniendo presente el conjunto de sus
  trabajos y el contexto sociohistórico de sus experiencias vitales,
  podrían comprenderse algo mejor sus críticas a la industria cultural
  como fenómeno emergente.</p>
  <p>Analizar lo que el capítulo ‘La industria cultural’ menciona sobre
  los efectos de la comunicación de masas, o sobre la autonomía del
  arte, o sobre cualquier otro asunto de los abordados puede ser
  pertinente si se mantiene la perspectiva desde la cual se describieron
  y denunciaron esas cuestiones en el trabajo original. De lo contrario,
  se asume el riesgo de la banalización, cuando no de la tergiversación.
  Como muestra, véanse como se trata la obra de Adorno y Horkheimer en
  publicaciones de Marcelino Bisbal y Ramón Zallo.</p>
  <p>Marcelino Bisbal, académico venezolano llegó a escribir “no podemos
  seguir empleando instrumentos epistemológicos provenientes de
  tradiciones cientificistas, en el campo de las humanidades o de las
  ciencias sociales, que consideran a los <italic>media</italic> como un
  signo meramente subcultural en el sentido que estableciera el círculo
  de Francfort (Bisbal, 2001, p. 87).</p>
  <p>El mismo M. Bisbal recoge el siguiente párrafo del español Ramón
  Zallo, representativo de una determinada forma de valorar la
  aportación frankfurtiana desde el presente y desde una disciplina
  determinada:</p>
  <disp-quote>
    <p>“La vieja Escuela de Frankfurt –exceptuando a W. Benjamin– no
    comprendió el entronque que muchos productos de la cultura
    industrializada iban a establecer con la cultura popular soterrada y
    menospreciada hasta entonces o el hilo de continuidad existente
    entre las culturas tradicional e industrial, y que ha permitido que
    rasgos centrales de las mercancías culturales tradicionales –tales
    como la unicidad, creación, renovación, autonomía– perduran en la
    cultura industrializada si bien con cambios cualitativos. Tampoco
    valoró que junto a producciones deleznables las nuevas industrias
    crearían las condiciones para nuevas expresiones artísticas; ni que
    los binomios cultura e industria, arte y capital, iban a alcanzar
    síntesis bien contradictorias, dada la inesperada ambivalencia de la
    producción cultural susceptible de reproducción –democratización de
    la recepción cultural y generación de nuevas formas culturales, por
    un lado, e irrupción directa del capital en el ámbito de la creación
    y la producción cultural con todas las servidumbres que ello
    implica.” (Zallo, 1992, p. 10-11)</p>
  </disp-quote>
  <p>Miquel de Moragas (2011) deduce que Martín-Barbero –el más conocido
  académico de la comunicación en toda América Latina–, en la misma
  línea de Bisbal y Zallo, “ha debido hacer una lectura crítica de los
  postulados de Adorno y de la escuela de Frankfurt en general, que
  distingue de las posiciones de Walter Benjamin con el que dialoga en
  otro sentido” (p. 165). El «ajuste de cuentas» estaría justificado
  porque el análisis crítico que hacen los frankfurtianos de la
  comunicación “es considerado un obstáculo para la compresión de la
  participación de las masas y para la compresión de la actividad
  cultural y política de las clases populares” (p. 165). Moragas se
  refiere a estas frases de Martín-Barbero:</p>
  <disp-quote>
    <p>“fuimos descubriendo todo lo que el pensamiento de Frankfurt nos
    impedía pensar a nosotros, todo lo que de nuestra realidad social y
    cultural no cabía ni en su sistematización ni en su dialéctica. De
    ahí que lo que sigue tenga un innegable sabor a ajuste de cuentas,
    sobre todo con el pensamiento de Adorno, que es el que entre
    nosotros ha tenido mayor penetración y continuidad” (Martín-Barbero,
    1987: 43)”</p>
  </disp-quote>
  <p>De la lectura que Moragas y Spà hace de Martín-Barbero, queda una
  caricatura como la siguiente:</p>
  <disp-quote>
    <p>“La idea frankfurtiana de que sólo el arte más alto, el más puro,
    el más abstracto podría escapar a la manipulación, la propuesta de
    incompatibilidad entre arte e industria, como opuestos y
    contradictorios, debe ser substituida por una nueva propuesta de
    apropiación, fundamentada en el análisis de las expresiones
    históricas de la cultura popular y de las más recientes de los
    barrios, calles y mercados de América Latina.” (Moragas y Spà, 2011,
    p. 165)</p>
  </disp-quote>
  <p>Más cerca de nosotros en el tiempo, otros manuales han seguido
  utilizando el mismo patrón de contraponer la Teoría Crítica a la
  <italic>Mass Communication Research</italic>, como si fuesen
  comparables sus objetos de estudio. Pero parece más bien una forma de
  presentar una alternativa, oponiendo el antipositivismo de los
  europeos al positivismo de los norteamericanos, la necesidad de
  explicitar los valores que orientan la investigación a la renuncia a
  explicitarlos. En términos de teoría general alternativa se trata en
  Saperas (1992) y de confrontación en Méndez Rubio (2004). Así se
  observa también en la <italic>Introducción a la Sociología de la
  Comunicación</italic> de Espinar y otros (2006), que se basa para ello
  en el libro de Clemente Penalva (2000). Si bien en este caso, la
  Escuela de Frankfurt se introduce advirtiendo que “Desde la teoría
  crítica, no tiene especial interés el estudio de los diversos efectos
  que los medios de comunicación pudieran tener sobre la opinión
  pública, las actitudes o los comportamientos (algo que concentra gran
  parte de la atención de la corriente estadounidense)” (Espinar y
  otros, 2006, p. 25).</p>
</sec>
<sec id="final">
  <title>6. Final</title>
  <p>En este artículo hemos defendido que, con frecuencia, en los
  manuales sobre Teoría o Sociología de la Comunicación, el capítulo
  dedicado a la industria cultural ha sido sacado del contexto de la
  obra de Horkheimer y Adorno y enfrentado como un texto que critica la
  cultura de masas, desde una posición elitista y poco comprensiva de la
  autonomía de los sujetos. Pero no hay tal posición elitista ni
  nostalgia de cultura burguesa anterior a la industrialización de la
  cultura, como señalaron Edgar Morin y Jordi Maiso, citados
  anteriormente.</p>
  <p>Hemos mostrado que los manuales usados en los Centros
  Universitarios que se crean a partir de los años setenta –y. aún los
  posteriores al año 2000– abren espacio a la Teoría Crítica
  frankfurtiana, contraponiéndola usualmente a la norteamericana
  <italic>communication research</italic> o <italic>mass communication
  research</italic>, pero lo que se compara son obras muy desiguales,
  porque esta última está centrada en investigar la comunicación de
  masas y, especialmente, sus efectos sobre los públicos o audiencias,
  mientras la teoría crítica enfoca la evolución de la sociedad
  industrial en tanto que sociedad supuestamente heredera del movimiento
  ilustrado.</p>
  <p>Es enriquecedor conocer valoraciones críticas a ‘La industria
  cultural’ argumentando lo que podría estar más desarrollado y no está;
  y también, por supuesto, aquello que, no solo ha tenido continuidad,
  sino también un desarrollo considerable, como hace, por ejemplo,
  Robert Kurz (2022), cuando analiza la actualidad del concepto de
  Adorno y Horkheimer. En todo caso, habría que partir de que el texto
  al que hacemos referencia no es un estudio de economía política de la
  comunicación, ni de sociología o teoría de la comunicación, ni de
  metodología para investigar los efectos de la comunicación de masas.
  Es necesario tener en cuenta el objetivo de los autores y,
  concretamente, del libro donde se encuentra este texto:
  <italic>Dialéctica de la Ilustración. Fragmentos filosóficos.</italic>
  Cabe entenderla como una teoría crítica sobre una sociedad que se
  transforma y usa la cultura como <italic>palier</italic> del cambio.
  La industria cultural no es solo un modo de producir información,
  comunicación o conocimiento, mediante técnicas o procedimientos
  industriales, sino también un medio para extender la lógica del
  sistema capitalista a las esferas de la vida que parecían estar fuera
  del sistema productivo. Esferas que fueron invadidas por el
  capitalismo. “O, más sencillamente –como señalara Gonzalo Abril– lo
  que Golding ha calificado como la invasión del campo cultural por el
  modo de producción capitalista (P. Flichy, 1982: 37)”, citado en
  Abril, 1997, p. 105. Fenómeno que no tiene solo una dimensión
  económica, según fue descrito por Jordi Maiso:</p>
  <disp-quote>
    <p>La industria cultural remite a la cotidianeidad del dominio en
    sus formas más sutiles. Se trata del sometimiento total de la vida
    al contexto funcional de la sociedad: del mismo modo que los modelos
    de producción fordistas racionalizan por completo el trabajo,
    también el llamado “tiempo libre” pasa a ser subordinado a las
    exigencias de la reproducción social tanto mediante las formas
    incipientes de “ocio” de la cultura de masas (deporte, cine,
    canciones de moda, revistas ilustradas, soap-opera, etc.) como a
    través de aparatos como la radio y la televisión, que se introducen
    en los hogares y se convierten en centro de la vida doméstica”.
    (Maiso, 2011, p. 324)</p>
  </disp-quote>
  <p>Hoy tenemos muchos casos observables para argumentar cómo se han
  confirmado, a pesar de los cambios tecnológicos, muchas de las ideas
  que ya estaban prefiguradas en ‘la industria cultural’, digamos,
  adorniana, con la revisión de Horkheimer, según aclara en su
  introducción Juan José Sánchez (1998, p. 40). Cabría diseccionar el
  texto y estudiar por separado qué ha ocurrido en los últimos ochenta
  años con cada una de las cuestiones enunciadas en 1944/1947. Es un
  objeto de estudio que, lejos de perder actualidad, parece a todas
  luces necesario para comprender el papel de la industria cultural en
  la reproducción de la sociedad actual.</p>
  <p>Puede que no exista una cultura de masas, tal como interpreta
  Umberto Eco que la imaginaban “los sociólogos apocalípticos”, porque
  la cultura de cualquier grupo humano está mediada por producciones,
  distribuciones y recepciones de diverso origen y características. Pero
  sí existen, indudablemente, fenómenos culturales extraordinariamente
  masivos. Basta pensar en las competiciones deportivas internacionales;
  las modas en vestido, calzado o complementos, que recorren el mundo; o
  los macroconciertos musicales, que se organizan con lógicas y
  mecanismos de grandes negocios. Todos estos acontecimientos producen
  el efecto de homologar patrones de consumo cultural.</p>
  <p>Valga como muestra el podcast que lleva por título “Taylor Swift:
  ¿artista perfecta o producto perfecto?”, subtitulado “Ni la mejor
  cantante, ni la mejor compositora, ni la personalidad más arrolladora:
  la estadounidense es la que mejor entiende el juego de la industria
  musical”, publicado el 24 de mayo de 2024 en El Diario Vasco.</p>
  <p>El hecho de que los periódicos y todos, en general, utilicemos hoy
  la expresión ‘industria’ aplicada con naturalidad a fenómenos
  musicales, cinematográficos, televisivos o ciberespaciales, es un
  indicio de que se naturalizó y se olvidó lo que tenía de paradójico en
  su momento unir ‘industria’ y ‘cultura’. Una vinculación que dejó de
  ser sorprendente hace tiempo, pero alguien tuvo la genialidad de
  nombrar cuando emergían unos procesos llamados a transformar la
  sociedad utilizando aquello que podía parecer lo más contrapuesto al
  mundo industrial y lo que encarnaba la esperanza de liberar las
  conciencias y dejar atrás la dominación: la cultura.</p>
  <p>Antes de que se produjera industrialmente, la cultura podía
  encarnar esa esperanza, al tiempo que jugar su tradicional papel de
  integrador social. ¿Cómo utilizarla, ahora, para reaccionar frente a
  las características más nefastas de una transformación social
  irreversible? Y, en tanto que la industria de la cultura es industria
  del entretenimiento y la diversión, ¿cómo divertirse sin que ello
  signifique estar de acuerdo?</p>
</sec>
</body>
  <back>
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<title>7. Referencias bibliográficas</title>

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