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<!DOCTYPE article PUBLIC "-//NLM//DTD JATS (Z39.96) Journal Publishing DTD v1.3 20210610//EN" "http://jats.nlm.nih.gov/publishing/1.3/JATS-journalpublishing1-3.dtd">
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      <journal-id journal-id-type="publisher-id">ASHF</journal-id>
      <journal-title-group>
        <journal-title specific-use="original" xml:lang="es">Anales del Seminario de Historia de la Filosofía</journal-title>
      </journal-title-group>
      <issn publication-format="electronic">1988-2564</issn>
      <issn-l>0211-2337</issn-l>
      <publisher>
        <publisher-name>Ediciones Complutense</publisher-name>
        <publisher-loc>España</publisher-loc>
      </publisher>
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      <article-id pub-id-type="doi">10.5209/ashf.94956</article-id>
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        <subj-group subj-group-type="heading">
          <subject>ESTUDIOS</subject>
        </subj-group>
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        <article-title>Asociación y Objetividad. La triple síntesis como respuesta de Kant al «problema de Hume»<xref ref-type="fn" rid="fn1">1</xref></article-title>
        <trans-title-group xml:lang="en">
          <trans-title>Association and Objectivity. The threefold synthesis as Kant’s answer to “Hume’s problem”</trans-title>
        </trans-title-group>
      </title-group>
      <contrib-group>
        <contrib contrib-type="author" corresp="yes">
          <contrib-id contrib-id-type="orcid">https://orcid.org/0000-0001-6065-2092</contrib-id>
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            <surname>López López</surname>
            <given-names>Alberto</given-names>
          </name>
          <xref ref-type="aff" rid="aff-a"/>
          <xref ref-type="corresp" rid="cor1"/>
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        <aff id="aff-a"><institution content-type="original">Universidad Complutense de Madrid</institution>
          <country country="ES">España</country>
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      </contrib-group>
      <author-notes>
        <corresp id="cor1">Alberto López López<email>alberl02@ucm.es</email></corresp>
      </author-notes>
      <pub-date pub-type="epub" publication-format="electronic" iso-8601-date="2025-09-30">
        <day>30</day>
        <month>09</month>
        <year>2025</year>
      </pub-date>
      <volume>42</volume>
      <issue>3</issue>
      <fpage>521</fpage>
      <lpage>536</lpage>
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        <date date-type="received" iso-8601-date="2024-11-12">
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          <month>11</month>
          <year>2024</year>
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        <date date-type="accepted" iso-8601-date="2025-01-23">
          <day>23</day>
          <month>01</month>
          <year>2025</year>
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        <copyright-statement>Copyright © 2025, Universidad Complutense de
          Madrid</copyright-statement>
        <copyright-year>2025</copyright-year>
        <copyright-holder>Universidad Complutense de Madrid</copyright-holder>
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          <license-p>Esta obra está bajo una licencia <ext-link ext-link-type="uri"
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              4.0 International</ext-link></license-p>
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      <abstract>
        <p>El objetivo del presente trabajo es mostrar en qué sentido la noción kantiana de objetividad
          teórica constituye una respuesta a lo que Kant denomina «problema de Hume». Para ello, se lleva a cabo un
          análisis de la Deducción Trascendental, donde Kant ofrece una fundamentación de dicha noción, haciendo
          especial hincapié en la primera edición y, particularmente, en la conocida doctrina de la triple síntesis. A partir
          de este análisis se muestra, ya en las conclusiones, que la afinidad trascendental, inseparable de la noción
          de objetividad teórica, constituye propiamente la respuesta de Kant al problema planteado por Hume.</p>
      </abstract>
      <trans-abstract xml:lang="en">
        <p>The aim of this paper is to show in what sense the Kantian notion of theoretical objectivity constitutes
          an answer to what Kant calls “Hume’s problem”. For this purpose, an analysis of the Transcendental Deduction
          is carried out, where Kant offers a foundation of this notion, with special emphasis on the first edition and,
          particularly, on the well-known doctrine of the triple synthesis. From this analysis it is shown, already in the
          conclusions, that the transcendental affinity, inseparable from the notion of theoretical objectivity, constitutes
          Kant’s answer to the problem proposed by Hume.</p>
      </trans-abstract>
      <kwd-group>
        <kwd>Afinidad</kwd>
        <kwd>asociación</kwd>
        <kwd>deducción</kwd>
        <kwd>objetividad</kwd>
        <kwd>síntesis</kwd>
        <kwd>trascendental</kwd>
      </kwd-group>
      <kwd-group xml:lang="en">
        <kwd>Affinity</kwd>
        <kwd>association</kwd>
        <kwd>deduction</kwd>
        <kwd>objectivity</kwd>
        <kwd>synthesis</kwd>
        <kwd>transcendental</kwd>
      </kwd-group>
    </article-meta>
  </front>
<body>
<sec id="sec1">
  <title>I. Introducción</title>
  <p>La deducción trascendental [DT] de la <italic>KrV</italic> ha sido siempre, tanto en sus
        aspectos metodológicos como en el enfoque interpretativo acerca de sus conceptos, sentido y
        estructura, largo objeto de debate, y lo ha seguido siendo también en los últimos años<xref
          ref-type="fn" rid="fn2">2</xref>. El presente trabajo aborda este pasaje tomando como
        punto de partida el contexto polémico del cual surge, como el propio Kant subraya en varios
        lugares y, con especial claridad, en los <italic>Prolegomena</italic>, a saber: la respuesta
        que cabe ofrecer, desde el planteamiento trascendental kantiano, al «problema de Hume»<xref
          ref-type="fn" rid="fn3">3</xref>. La relevancia de esta polémica de cara a comprender la
        filosofía teórica kantiana resulta difícil de exagerar, y ello no sólo porque, como es
        sabido, la crítica de Hume a la metafísica despertó a Kant de su «sueño dogmático»<xref
          ref-type="fn" rid="fn4">4</xref>, sino también y ante todo porque la <italic>KrV</italic>
        no es sino «el <italic>desarrollo</italic> del problema de Hume en su máxima amplitud
          posible»<xref ref-type="fn" rid="fn5">5</xref>. Pese a la amplitud de este desarrollo la
        DT ocupa, sin embargo, el principal lugar en esta polémica, al punto de que podría
        considerarse, sin ambages, la respuesta de Kant al problema planteado por Hume.</p>
  <p>Kant señala que la crítica de Hume a la conexión de causalidad, lejos de quedar restringida al
        nexo causa-efecto alcanza en realidad a la posibilidad misma de la metafísica, pues dicho
        nexo «no es ni con mucho el único mediante el cual el entendimiento piensa a priori
        conexiones de las cosas, sino que más bien la metafísica consiste enteramente en ello»<xref
          ref-type="fn" rid="fn6">6</xref>. Tras el problema planteado por Hume acerca de la
        conexión causa-efecto, cuyo planteamiento damos inicialmente por supuesto<xref ref-type="fn"
          rid="fn7">7</xref>, habían de ponerse entre paréntesis todas las investigaciones
        metafísicas, pues antes de seguir con éstas era preciso afianzar un paso previo: «decidir
        primero sobre la posibilidad de una metafísica»<xref ref-type="fn" rid="fn8">8</xref>. La
        posibilidad de la metafísica descansaba por tanto en probar no sólo que nuestro
        entendimiento estaba en posesión de conceptos <italic>a priori</italic>, sino ante todo en
        mostrar que estos conceptos <italic>a priori</italic> establecían una conexión <italic>entre
          las cosas</italic>, esto es: en que se trataba de conceptos no sólo <italic>a
          priori</italic> sino también trascendentales<xref ref-type="fn" rid="fn9">9</xref>,
        dotados de validez objetiva (<italic>objective Gültigkeit</italic>) y, por tanto, de una
        significación <italic>onto</italic>-lógica. Esta prueba no es otra cosa que la DT, y la
        misma constituye, dentro de este marco polémico, el objeto del presente estudio. Resulta
        preciso a este respecto, no obstante, señalar en la presente introducción ciertas
        acotaciones propias del enfoque que hemos adoptado.</p>
  <p>El análisis de la DT que proponemos se centra ante todo en la primera edición [DTA] sin por
        ello dejar de considerar ésta enteramente coherente con la segunda [DTB] en sus conclusiones
          fundamentales<xref ref-type="fn" rid="fn10">10</xref> y de referirse a pasajes esenciales
        de ésta cuando lo hemos creído oportuno. La razón fundamental de esta acotación es que en
        DTA se aprecia con especial claridad (y, ciertamente, con mayor claridad que en DTB) la
        respuesta que da Kant al problema planteado por Hume. Pues en efecto, es en el marco de la
        triple síntesis y, particularmente, de la síntesis de reproducción en la imaginación, donde
        Kant enuncia la «ley de reproducción»<xref ref-type="fn" rid="fn11">11</xref>, que denomina
        también en la <italic>Anthropologie</italic> «ley de asociación»<xref ref-type="fn"
          rid="fn12">12</xref>, y donde empieza a bosquejar el fundamento trascendental de su
        posibilidad. Fundamento este que será en última instancia lo que Kant denomina afinidad
        trascendental, una afinidad que enraíza en la unidad sintética de apercepción trascendental
        y en la correspondiente noción kantiana de objetividad, ambas tematizadas en la síntesis de
        reconocimiento en el concepto. El objetivo del presente trabajo es por tanto en última
        instancia mostrar que y cómo Kant llega a estas nociones como respuesta al problema
        planteado por Hume. Mas al margen de ciertas referencias al pensamiento del pensador
        escocés, el lector no encontrará en el presente trabajo un análisis de este pensamiento,
        sino en todo caso de los textos de la DT (contando con el apoyo textual de otros pasajes de
        la <italic>KrV</italic>, los <italic>Prolegomena</italic> y la
        <italic>Anthropologi</italic>e) donde se expresa con claridad la interpretación kantiana del
        pensamiento de Hume, que la DT da por supuesto como su punto de partida polémico. Pues en
        efecto, como subraya Allison, en buena medida la filosofía de Kant y, en especial, la DT
        «comienza donde Hume acabó, es decir, en el hecho de la asociación»<xref ref-type="fn"
          rid="fn13">13</xref>. Dónde acaba, sin embargo, el pensamiento teórico de Kant en el curso
        de la investigación trascendental acerca de la posibilidad de este hecho es justamente lo
        que el presente estudio pretende contribuir a esclarecer.</p>
</sec>
<sec id="sec2">
  <title>II. La síntesis de aprehensión y la génesis pura del tiempo como horizonte de ordenación
        sucesiva de la sensación</title>
  <p>Como es sabido, el apartado dedicado a la síntesis de aprehensión comienza con una «observación
        general que se debe poner como fundamento en todo lo que sigue»<xref ref-type="fn"
          rid="fn14">14</xref>, y por “todo lo que sigue” ha de entenderse no sólo el propio
        apartado inicial de la síntesis de aprehensión, sino también los otros dos apartados
        dedicados a la síntesis de reproducción y de reconocimiento. Pues ciertamente, en esta
        observación general se encuentra la condición que hace inteligible la descripción kantiana
        tanto de la unidad de los tres modos de la síntesis como de cada uno de sus aspectos.</p>
  <p>Esta observación general subraya, en efecto, la <italic>intratemporalidad</italic> de toda
        representación independiente de su origen: tenga su origen en la afección de las cosas
        externas o de causas internas, sea <italic>a priori</italic> o empírica, toda representación
        pertenece al sentido interno y queda sometida, por tanto, a la condición formal de tal
        sentido, esto es, al tiempo<xref ref-type="fn" rid="fn15">15</xref>. Todos nuestros
        conocimientos, señala Kant, «deben ser ordenados, conectados y puestos en relaciones»<xref
          ref-type="fn" rid="fn16">16</xref> en el tiempo, y este requisito establece –decimos– la
        condición inicial de inteligibilidad de la triple síntesis, a saber: la
          <italic>sucesividad</italic> inherente a su proceder. Esta sucesividad se aprecia ya de
        entrada, como veremos, en la definición kantiana de la síntesis de aprehensión y determina
        el tipo de unidad a la cual ésta da lugar. Pues en efecto, como ha subrayado Allison, «el
        punto esencial es que, debido a que todas nuestras representaciones, como modificaciones del
        sentido interno están dadas en el tiempo, i.e., sucesivamente, deben ser unificadas a fin de
        constituir un todo [de representaciones] tal y como requiere el conocimiento»<xref
          ref-type="fn" rid="fn17">17</xref>. No ha de perderse de vista, por tanto, que el
        conocimiento se constituye como «un todo [<italic>ein Ganzes</italic>] de representaciones
        comparadas y conectadas»<xref ref-type="fn" rid="fn18">18</xref> entre sí, de donde se
        desprende que para constituirse en tal totalidad y unidad la pluralidad de representaciones
        requiere de una síntesis cuyo primer aspecto es, en efecto, la aprehensión. La necesidad de
        una síntesis de aprehensión responde por tanto a la constitución propia del conocimiento o
        la experiencia, mas para hacer visible esta necesidad Kant parte en el presente contexto de
        una caracterización del tiempo no exenta de dificultades interpretativas.</p>
  <p>La razón que da Kant para hacer visible la necesidad de una síntesis de aprehensión ha
        despertado cierta controversia hermenéutica por cuanto apela a la noción de instante
          (<italic>Augenblick</italic>) interpretado como unidad absoluta (<italic>absolute
          Einheit</italic>). Pues ciertamente, sostiene Kant, habida cuenta de que, «<italic>en
          cuanto contenida en un instante</italic>, ninguna representación puede ser jamás otra cosa
        que unidad absoluta», ocurre que la pluralidad de representaciones contenida en cada
        intuición «no sería representada como tal si el ánimo no distinguiese el tiempo en la
        sucesión de las impresiones unas tras otras»<xref ref-type="fn" rid="fn19">19</xref>. Así
        pues, el ánimo <italic>tiene que</italic> distinguir previamente el tiempo a fin de poder
        dis-poner las sensaciones sucesivamente, unas <italic>tras</italic> otras y, serializándolas
        de este modo, puede distinguirlas unas <italic>de</italic> otras, distinción esta que es el
        requisito indispensable para que sea posible la representación de una
          <italic>pluralidad</italic> sensorial. “Distinguir el tiempo” quiere decir en este
        contexto, e independientemente del significado que se atribuya a la “unidad absoluta”
          <italic>del instante</italic><xref ref-type="fn" rid="fn20">20</xref>, fragmentar y
        de-limitar ésta última en una pluralidad <italic>de instantes</italic> de tiempo, acción
        esta que Kant caracteriza, en una etapa ulterior de la investigación, como “generar el
        tiempo en la aprehensión”<xref ref-type="fn" rid="fn21">21</xref>. Con lo cual se aprecia,
        en suma, que la representación de la <italic>pluralidad sensorial</italic> comporta la
        dis-posición de las sensaciones en una <italic>pluralidad de instantes</italic> del tiempo
        y, por tanto, toda síntesis de una pluralidad sensorial comporta la producción sincrónica y
          <italic>a priori</italic> de un tiempo <italic>determinado</italic> o, si se prefiere, de
        una serie <italic>finita</italic> de instantes o ahoras como horizonte de ordenación
        temporal de la sensación. Pues bien, el acto <italic>sucesivo</italic> por el cual se
        recorre, paso a paso, la pluralidad previamente dada en la intuición a fin de comprehenderla
        y enlazarla en una unidad es denominado por Kant síntesis de aprehensión:</p>
  <disp-quote>
    <p>Para que esta pluralidad llegue a ser una unidad de intuición [<italic>Einheit der
            Anschauung</italic>] es necesario, en primer lugar, recorrer dicha pluralidad y reunirla
          después; acción esta que denomino <italic>síntesis de aprehensión</italic> por cuanto está
          dirigida directamente a la intuición, la cual ofrece ciertamente una pluralidad que, sin
          embargo, no puede nunca producirse como tal y, por tanto, como contenida <italic>en una
            representación</italic>, sin que tenga lugar una síntesis<xref ref-type="fn" rid="fn22"
            >22</xref></p>
  </disp-quote>
  <p>Como puede apreciarse, Kant distingue en este punto la “unidad de intuición” de la “unidad
        absoluta” y, por tanto, la argumentación se apoya en dos significaciones distintas del
        término “unidad” situadas, a su vez, en dos niveles distintos de constitución de la
        intuición pura. Pues en efecto, mientras que la unidad absoluta es ya de por sí (esto es,
        previamente y al margen de la actividad sintética) unidad, la unidad de intuición, sin
        embargo, parte previamente de una pluralidad que requiere necesariamente de la síntesis
        sucesiva de aprehensión para constituirse como tal. En efecto, puesto que “la intuición (…)
        ofrece ciertamente una pluralidad que (…) no puede nunca producirse como tal y, por tanto,
        como contenida <italic>en una representación</italic>, sin que tenga lugar una síntesis”, la
        unidad de intuición es una unidad sintética, esto es: una unidad que contiene en sí una
        pluralidad de representaciones previamente enlazadas a través de la síntesis de aprehensión.
        Una vez que Kant ha descrito el proceder sucesivo de la síntesis de aprehensión y el tipo de
        unidad a que da lugar ha de mostrar aún, no obstante, en qué sentido cabe hablar de una
        síntesis <italic>pura</italic> de aprehensión posibilitante de la experiencia misma. La
        respuesta a esta cuestión ha sido sin embargo ya perfilada en la argumentación anterior: la
        ordenación de las sensaciones requiere de su disposición en una pluralidad de instantes del
        tiempo y, por tanto, la producción <italic>a priori</italic> de una serie finita de ahoras.
        La cuestión es, sin embargo, que por muy pura que sea, dicha pluralidad sigue siendo
        pluralidad y, por tanto, su posibilidad descansa asimismo en una síntesis
          <italic>pura</italic> de aprehensión que recorre los instantes del tiempo y los enlaza en
        una unidad de intuición pura. Por controvertida que resulte<xref ref-type="fn" rid="fn23"
          >23</xref>, tal es la tesis de Kant en este punto: «esta síntesis de aprehensión debe
        efectuarse también a priori (…) Pues sin ella no podríamos tener a priori ni las
        representaciones del espacio, ni las del tiempo; pues éstas sólo pueden ser generadas
        mediante la síntesis de la pluralidad que ofrece la sensibilidad en su receptividad
        originaria. Tenemos, pues, una síntesis pura de aprehensión»<xref ref-type="fn" rid="fn24"
          >24</xref>. El paso que gana en este punto la argumentación es por tanto relevante: la
        síntesis pura de aprehensión, generadora de una serie finita de instantes del tiempo, está
        implicada en la posibilidad de toda síntesis empírica de aprehensión de una pluralidad
        sensorial y, consiguientemente, en la posibilidad misma de la experiencia como conocimiento
        empírico. Mas habida cuenta de la sucesividad inherente a su proceder, la síntesis de
        aprehensión va a requerir de la intervención de un segundo modo de síntesis, a saber: la
        síntesis de reproducción. Es en este segundo modo de síntesis donde comienza a atisbarse el
        denominado “problema de Hume”.</p>
</sec>
<sec id="sec3">
  <title>III. La síntesis de reproducción y el fundamento a priori de la asociación entre
        representaciones</title>
  <p>La síntesis de reproducción es llevada a cabo por lo que Kant denomina “imaginación
        reproductiva”, la cual, a su vez, guarda una relación esencial con el concepto humeano de
          asociación<xref ref-type="fn" rid="fn25">25</xref>, toda vez que la «síntesis [de la
        imaginación reproductiva] está sometida solamente a leyes empíricas, a saber, a las de la
          asociación»<xref ref-type="fn" rid="fn26">26</xref>. Conviene precisar de entrada, por
        tanto, en qué sentido la asociación entre representaciones tiene lugar, a ojos de Kant, al
        modo de una reproducción entre las mismas y cuál es la significación de este último
        término.</p>
  <p>Habida cuenta de que la síntesis de reproducción está inseparablemente ligada a la de
          aprehensión<xref ref-type="fn" rid="fn27">27</xref>, ocurre que el sentido y la función de
        la “reproducción” se determinan por relación a la acción de aprehender una pluralidad. Pues
        en efecto, debido a que la aprehensión procede <italic>hacia delante</italic> enlazando
        percepciones se requiere un segundo acto de enlace regresivo a fin de que las percepciones
        que van quedando atrás puedan ser enlazadas a la aprehensión actual y puedan ser
        con-figuradas junto a ésta en una sola imagen (si se prefiere: en una imagen completa y
        unitaria). Este segundo acto de enlace regresivo es la reproducción que, a diferencia de la
        aprehensión, se despliega en una doble movilidad: un primer movimiento regresivo, a fin de
          <italic>retener</italic> las representaciones que van quedando atrás en el proceder
        sucesivo de la aprehensión, y un segundo movimiento que <italic>vuelve a traer de
          nuevo</italic> al momento actual de aprehensión las percepciones retenidas, enlazándolas
        así (esto es: <italic>re</italic>-productivamente) a la aprehensión actual<xref
          ref-type="fn" rid="fn28">28</xref>. Así pues, cuando Kant sostiene que la «imaginación es
        la facultad de representar en la intuición un objeto aún <italic>sin la presencia de
          él</italic>»<xref ref-type="fn" rid="fn29">29</xref>, este “representarse” es un
        re-producir, es decir: un traer de vuelta al acto presente de aprehensión aquellas
        percepciones que fueron aprehendidas y retenidas en éste y que, consiguientemente, son
        asociables a (esto es: reproducibles junto a) las percepciones actualmente aprehendidas.
        Como principio de asociación, la reproducción trae de vuelta las percepciones que
          <italic>frecuentemente</italic> han venido siendo aprehendidas junto a la percepción
        aprehendida en el presente de tal modo que han terminado por asociarse a ésta última. Dicha
        frecuencia en el enlace entre representaciones genera en el ánimo, por tanto, el
          <italic>hábito</italic> de reproducir <italic>determinadas</italic> percepciones ante la
        aprehensión actual de otras, tal y como enuncia la «ley de asociación» formulada en la
          <italic>Anthropologie</italic>: «las representaciones empíricas que se han sucedido
        frecuentemente producen en el ánimo un hábito de hacer surgir una cuando se produce la
          otra»<xref ref-type="fn" rid="fn30">30</xref>. Esta ley es denominada por Kant en el
        fragmento inicial del pasaje que nos ocupa «ley de reproducción», una ley «meramente
        empírica según la cual las representaciones que con frecuencia se han sucedido o acompañado
        terminan por asociarse unas con otras»<xref ref-type="fn" rid="fn31">31</xref>. Pues bien,
        el punto esencial de la argumentación kantiana en este contexto radica en mostrar que la
        asociación y reproducción así entendidas presuponen una condición trascendental que las hace
        posibles como tales.</p>
  <p>En la formulación de la ley empírica de asociación se aprecia con claridad que la imaginación,
        ante la presencia de una percepción, no reproduce cualesquiera percepciones, sino <italic>un
          conjunto determinado</italic> de las mismas, a saber: aquellas con las cuales la
        percepción dada ha venido apareciendo frecuentemente enlazada. Con lo cual la síntesis
        empírica de reproducción no discurre aleatoriamente y, por tanto, el enlace asociativo entre
        representaciones no es arbitrario, sino que está determinado en cada caso, esto es: está
        limitado en cada caso a un conjunto determinado de percepciones que han venido asociándose
        habitualmente entre sí. Tomando el célebre ejemplo kantiano del cinabrio, ante la percepción
        de un determinado mineral la imaginación reproduce unas percepciones
          <italic>determinadas</italic>, a saber: las percepciones del rojo y la pesadez y
          <italic>no</italic> otras posibles (el azul, la liviandad, etc.). <italic>Lo que</italic>
        el cinabrio <italic>es</italic> se resuelve por tanto en una determinada unidad de
        percepciones enlazadas entre sí o, si se prefiere, en <italic>una determinada unidad
          sintética</italic> entre percepciones (y lo mismo ocurre con el resto de los
          <italic>objetos</italic> de la experiencia posible). En este sentido, ante una percepción
        dada a la aprehensión la imaginación reproductiva atiende a la unidad sintética de
        percepciones asociables a aquella a fin de reproducirlas junto a ella en el proceder
        sintético (unidad sintética que será lo que Kant denomina concepto)<xref ref-type="fn"
          rid="fn32">32</xref>. Si no fuese así y la imaginación reproductiva tuviese ante sí, cada
        vez que aprehende una percepción, la infinitud de las percepciones posibles y no un conjunto
        determinado de las mismas, entonces no podría ejercer la reproducción, pues no habría
        discernimiento posible acerca de qué percepciones sí y cuales no habrían de reproducirse
        junto a la percepción actualmente dada a la aprehensión. Ante tal ceguera, la imaginación
        enlazaría cada vez de un modo distinto las percepciones, con lo cual tampoco podría
        configurarse ninguna unidad sintética determinada ni, por tanto, objeto alguno de
        experiencia, sino que todo sería, al decir de Kant, un «flujo de fenómenos»<xref
          ref-type="fn" rid="fn33">33</xref> o un «juego ciego de representaciones» que
        constituirían «menos que un sueño»<xref ref-type="fn" rid="fn34">34</xref>. Este es, en
        efecto, el sentido del célebre ejemplo kantiano: «si el cinabrio fuera ora rojo, ora negro,
        ora liviano, ora pesado (…) mi imaginación empírica no tendría ni siquiera la ocasión de
        recibir en los pensamientos al cinabrio pesado, al tener la representación del color
          rojo»<xref ref-type="fn" rid="fn35">35</xref>, con lo cual «nuestra imaginación empírica
        nunca recibiría nada para hacer, que fuera adecuado a su capacidad», sino que «permanecería
        escondida en el interior del ánimo, como una facultad muerta y desconocida para
          nosotros»<xref ref-type="fn" rid="fn36">36</xref>. Así pues, pese a que sea algo
        enteramente contingente que en la representación del cinabrio la percepción del rojo esté
        enlazada con la pesadez (esto es: aunque sea enteramente contingente que el cinabrio sea
        rojo y pesado), resulta sin embargo necesaria la siguiente condición: <italic>si</italic> ha
        de tener lugar la asociación y reproducción y, por tanto, la misma experiencia, entonces las
        percepciones <italic>tienen que</italic> encontrarse en cada caso enlazadas de un modo
        determinado (es decir, en conjuntos determinados, conformando determinadas unidades
        sintéticas) y no arbitraria o azarosamente. Esta es, como ha subrayado Yovel, la condición
        implícita en la asociación entre representaciones, pues aunque la asociación entre
        representaciones sea «subjetiva y accidental, no puede tener lugar de cualquier manera ni
        entre dos percepciones <italic>cualesquiera</italic>, sino solamente entre percepciones que
        se prestan a ser asociadas»<xref ref-type="fn" rid="fn37">37</xref>. Pues bien, es en esta
        exigencia <italic>a priori</italic> de no arbitrariedad y de determinación del modo de
        enlace entre percepciones donde la investigación trascendental localiza la necesidad que a
        su vez permite hacer visible la condición trascendental de la asociación y reproducción.</p>
  <p>Kant es claro respecto del hecho de que «en el fundamento de toda necesidad está siempre una
        condición trascendental»<xref ref-type="fn" rid="fn38">38</xref>, cual es, en este caso, la
        condición que impone <italic>a priori</italic> a la asociación y reproducción de las
        percepciones la unidad sintética (i.e., la no arbitrariedad en el modo de enlace) entre las
        mismas. Tal es la conclusión inicial a la que arriba la argumentación kantiana: «debe haber
        algo que haga posible esta reproducción misma de los fenómenos, al ser el fundamento
          <italic>a priori</italic> de una unidad sintética <italic>necesaria</italic> de
          ellos»<xref ref-type="fn" rid="fn39">39</xref>. La cuestión en este punto de la
        argumentación no es, sin embargo, describir y caracterizar este fundamento <italic>a
          priori</italic>, sino localizarlo en relación con los pasos ya ganados. Para ello Kant
        propone una prueba cuya formulación es la siguiente:</p>
  <disp-quote>
    <p>Si podemos, pues, mostrar que aun nuestras más puras intuiciones a priori no producen
          conocimiento alguno, salvo en la medida en que contengan un enlace de la pluralidad que
          haga posible una síntesis <italic>integral</italic> [<italic>durchgängige</italic>] de
          reproducción, entonces esta síntesis de la imaginación se funda, previamente a toda
          experiencia, en principios a priori, y hemos de suponer una síntesis trascendental pura de
          la imaginación, [una síntesis] que yace en el fundamento de la posibilidad misma de toda
          experiencia (la cual presupone la reproducibilidad [<italic>Reproducibilität</italic>] de
          los fenómenos)<xref ref-type="fn" rid="fn40">40</xref></p>
  </disp-quote>
  <p>De acuerdo con esta formulación, el fundamento <italic>a priori</italic> de unidad sintética
        que se persigue radicaría en la síntesis trascendental de la imaginación por cuanto esta
        posibilita la “reproducibilidad” requerida en toda posible experiencia. La estrategia que
        Kant propone en el fragmento citado consiste en mostrar que “nuestras más puras intuiciones
        a priori”, es decir, el espacio y el tiempo, no pueden suministrar conocimiento a no ser
        “que contengan un enlace de la pluralidad que haga posible una síntesis integral de
        reproducción”. Así pues, la prueba pretende hacer visible la presencia de una síntesis pura
        de reproducción implicada en la producción <italic>a priori</italic> del espacio y el tiempo
        que tiene lugar en la síntesis pura de aprehensión. Habida cuenta de su carácter preliminar,
        sin embargo, dicha prueba apela únicamente a la razón por la cual la síntesis de
        reproducción está necesariamente implicada en el proceder de la síntesis pura de
        aprehensión, a saber: la sucesividad de esta última.</p>
  <p>Como señalamos anteriormente, puesto que la aprehensión es un enlace sucesivo de percepciones,
        ocurre que en su proceder <italic>hacia delante</italic> va dejando <italic>atrás</italic>
        las percepciones anteriormente aprehendidas, de suerte que si estas percepciones no pudiesen
        ser retenidas y traídas de vuelta (es decir, reproducidas) a cada nuevo paso de la
        aprehensión, el procedimiento de síntesis se hundiría y no podría tener lugar la
        representación completa del objeto como un conjunto unificado de percepciones. Tal es, en
        efecto, el núcleo argumentativo de la prueba en el pasaje que nos ocupa: «si yo dejara que
        se me fuera del pensamiento la representación precedente (…) y no la reprodujera al pasar a
        las siguientes, entonces nunca podría surgir una representación completa [<italic>eine ganze
          Vorstellung</italic>]»<xref ref-type="fn" rid="fn41">41</xref>. Se comprende, por tanto,
        que Kant afirme que «la síntesis de aprehensión está (…) inseparablemente enlazada con la
        síntesis de reproducción»<xref ref-type="fn" rid="fn42">42</xref>. A tenor de esta unidad
        estructural entre ambos modos de síntesis resulta claro, por tanto, que sin una síntesis
        pura de reproducción ligada a la síntesis pura de aprehensión «ni siquiera podrían surgir
        las más puras y primarias representaciones fundamentales del espacio y el tiempo»<xref
          ref-type="fn" rid="fn43">43</xref>. Pues como decíamos, por muy pura que sea, la síntesis
        aprehensiva que genera <italic>a priori</italic> un espacio y un tiempo determinados sigue
        siendo sucesiva y, por ende, precisa de la retención-reproducción pura de los instantes que
        va dejando atrás a fin de producir una serie de ahoras en los que ir disponiendo y ordenando
        las percepciones. La necesidad de presuponer una síntesis pura de reproducción como
        condición trascendental implicada en la síntesis pura de aprehensión es por tanto el eje en
        torno al cual pivota la prueba: puesto que la síntesis pura de aprehensión genera <italic>a
          priori</italic> un espacio y un tiempo determinados y puesto que la síntesis de
        reproducción está implicada en el proceder de aquella ocurre, concluye Kant, que «la
        síntesis reproductiva de la imaginación se cuenta entre las acciones trascendentales del
        ánimo [<italic>traszendentalen Handlungen des Gemüths</italic>]»<xref ref-type="fn"
          rid="fn44">44</xref>. De este modo, la necesidad de una síntesis reproductiva pura sigue
        respondiendo a la sucesividad de la síntesis y, en particular, de la síntesis pura de
        aprehensión, enraizando así en la síntesis trascendental de la imaginación no ya
        reproductiva, sino productiva<xref ref-type="fn" rid="fn45">45</xref>. Mas este análisis
        sigue siendo todavía preliminar y, en rigor, esta acción o procedimiento que es la síntesis
        requiere todavía de otro tercer modo de síntesis supuesto en su posibilidad: el
        reconocimiento en el concepto. Es más, es precisamente en relación con este tercer modo de
        la sintesis como se aprecia propiamente la respuesta kantiana al denominado “problema de
        Hume”.</p>
</sec>
<sec id="sec4">
  <title>IV. Síntesis de reconocimiento: la autoconciencia pura y la objetividad como fundamentos a
        priori de la asociación y reproducción</title>
  <p>La posibilidad de la asociación y reproducción entre las percepciones radica, como hemos visto,
        en un fundamento <italic>a priori</italic> de unidad sintética entre éstas, unidad que Kant
        acabará denominando, en el pasaje que nos ocupa, <italic>objetividad</italic>
          (<italic>Objektivität</italic>). A fin de acceder a esta noción de objetividad la
        argumentación comienza apoyándose en la descripción de la síntesis de reproducción y
        mostrando que ésta no sería posible si no estuviese entretejida a la
          <italic>identidad</italic> (<italic>Identität</italic>) de la autoconciencia pura o
        apercepción trascendental. La identidad de la autoconciencia pura es por tanto el reverso de
        la objetividad de las representaciones, y a este respecto la argumentación kantiana comienza
        haciendo visible aquella a fin de llegar a ésta. El punto de partida en este contexto es,
        como decimos, la posibilidad de la síntesis reproductiva, y el fragmento fundamental es el
        siguiente:</p>
  <disp-quote>
    <p>Sin conciencia de que lo que pensamos es precisamente lo mismo
    que pensábamos un momento antes, sería inútil toda reproducción en
    la serie de las representaciones. Pues cada representación sería, en
    el estado actual, una nueva representación, una representación que
    no correspondería al acto mediante el cual ha tenido que ser
    generada poco a poco, y su pluralidad nunca constituiría un todo,
    pues carecería de la unidad que sólo la conciencia puede
    suministrarle<xref ref-type="fn" rid="fn46">46</xref></p>
  </disp-quote>
  <p>La condición de posibilidad de la reproducción es, como puede apreciarse, la “conciencia de que
        lo que [ahora] pensamos es lo mismo que habíamos pensado hace un instante”. De acuerdo con
        los análisis anteriores, “lo que ahora pensamos” son las aprehensiones presentes del
        fenómeno, mientras que “lo que pensábamos hace un instante” son las aprehensiones pasadas de
        éste. El supuesto esencial de la reproducción es, por tanto, la conciencia de que las
        aprehensiones pasadas pertenecen al acto de aprehensión presente y han de ser, por ello,
        reproducidas a cada paso de éste. Ello implica, sin embargo, la siguiente condición: la
        conciencia de que el acto de enlace permanece idéntico o, por así decir, permanece siendo el
        mismo en el pasado y en el presente. Sin esta conciencia de la identidad del acto de
        síntesis las aprehensiones pasadas nada tendrían que ver con la aprehensión actual y, por
        tanto, no podrían ser enlazadas con (esto es: reproducidas junto a) ella, pues “no
        pertenecería[n] al acto mediante el cual [la representación del objeto] ha tenido que ser
        generada poco a poco”. Con lo cual, en suma, sin conciencia de la identidad del acto de
        síntesis no sería posible reproducir las aprehensiones anteriores junto a cada nueva
        aprehensión y el procedimiento sintético se hundiría a cada paso de ésta, con lo cual la
        “pluralidad nunca constituiría un todo” y no podría tener lugar unidad sintética entre las
        percepciones ni, por tanto, podrían estas configurarse en <italic>objeto</italic> de
        experiencia. Pues bien, es en este contexto donde se hace visible en qué consiste,
        propiamente, el acto de reconocimiento.</p>
  <sec id="sec4.1">
    <title>IV.1. Reproducción e identidad de autoconciencia pura o apercepción trascendental</title>
    <p>La identidad del acto de síntesis ofrece, decíamos, la base de permanencia
            (<italic>Beständigkeit</italic>) requerida para contemplar las aprehensiones que quedan
          atrás en su conexión con el acto presente de aprehensión, es decir, como actos de
          aprehensión que <italic>ya han sido</italic> ejecutados en el mismo e idéntico acto actual
          de síntesis. Gracias a esta conciencia de la identidad, en efecto, las aprehensiones que
          quedan atrás son contempladas no como meras aprehensiones desconectadas del acto de enlace
          que continúa aprehendiendo el fenómeno en el presente, sino justamente en su
            <italic>haber</italic>-<italic>sido</italic>-aprehendidas en éste. El reconocimiento es
          por tanto reconocimiento de las aprehensiones pasadas como aprehensiones ligadas al mismo
          e idéntico acto de enlace que continúa desplegándose en el presente. Precisamente por
          ello, el reconocimiento consiste en una <italic>identificación</italic>
            (<italic>Identifizierung</italic>)<xref ref-type="fn" rid="fn47">47</xref> con una
            <italic>vertiente objetiva</italic>, pues la identidad del acto en cada caso reconocida
          permite <italic>identificar</italic> las percepciones anteriormente aprehendidas como
          percepciones <italic>del</italic> (esto es: “pertenecientes al”) fenómeno que continúa
          siendo aprehendido en el presente a fin de constituirse en objeto. Lo cual, a su vez,
          permite advertir la necesidad de retenerlas y traerlas de vuelta a cada paso del acto
          presente de aprehensión, de donde se desprende, en efecto, que el reconocimiento de la
          identidad del acto de síntesis es el fundamento de la reproducción entre representaciones.
          Este concepto de identificación suministra, de hecho, la base de la definición que da Kant
          del reconocimiento <italic>empírico</italic>, a saber: «la <italic>conciencia
            empírica</italic> de la identidad de estas representaciones reproductivas con los
          fenómenos por los cuales han sido dadas»<xref ref-type="fn" rid="fn48">48</xref>.
          Kantianamente hablando, conciencia empírica quiere decir percepción<xref ref-type="fn"
            rid="fn49">49</xref> y, por tanto, la conciencia de la identidad del acto de síntesis
          comporta la <italic>referencia a priori de</italic> cada percepción aprehendida
            <italic>a</italic> éste y, por tanto, implica también la <italic>unidad</italic> de
          todas ellas en cuanto percepciones enlazadas en un único y mismo acto de enlace, esto es:
          implica su unidad sintética. Ahora bien, el concepto de identificación que hemos empleado
          dispone también de una <italic>vertiente subjetiva</italic> esencial a la investigación
          trascendental.</p>
    <p>El reconocimiento no sólo tiene lugar, ciertamente, como una identificación objetiva (esto
          es: referida a las aprehensiones y reproducciones que van determinando y configurando el
          fenómeno como <italic>objeto</italic> en el acto sucesivo de síntesis), sino que dispone
          también de una vertiente subjetiva por cuanto es, a la vez, reconocimiento de la identidad
            <italic>del sujeto</italic> agente del acto de enlace, sujeto que Kant caracteriza
          inicialmente como «esa conciencia <italic>una</italic> (…) que unifica en una
          representación la pluralidad intuida poco a poco y luego también reproducida»<xref
            ref-type="fn" rid="fn50">50</xref>. La conciencia de la identidad <italic>de sí
            mismo</italic> sólo es posible, por tanto, a partir de la conciencia de la identidad
            <italic>del acto</italic> de síntesis, como Kant señala a las claras: «sería imposible
          que el ánimo pudiese pensar, a priori, la identidad <italic>del sí mismo</italic> en medio
          de la pluralidad de sus representaciones, <italic>si no</italic> tuviera presente la
          identidad <italic>de su acto</italic>»<xref ref-type="fn" rid="fn51">51</xref>. De acuerdo
          con esta vertiente subjetiva el reconocimiento consiste, también, en una
            <italic>identificación de sí como sujeto</italic> agente, uno y único, del acto de
          síntesis de la pluralidad, y en esta vertiente subjetiva del acto de identificación se
          apoya justamente la <italic>auto-referencia a priori</italic>, práxica o ejecutivamente
            mediada<xref ref-type="fn" rid="fn52">52</xref>, <italic>de</italic> toda representación
          aprehendida o enlazada (es decir, de toda representación, pura y simplemente)
            <italic>a</italic> sí mismo y, por tanto, a la unidad procedimental atribuida a este
          sujeto o esa “conciencia una y única”. Gracias a esta referencia <italic>a priori</italic>
          de toda representación a la conciencia idéntica ocurre que toda representación es, como
          dirá Kant en DTB, <italic>su</italic> representacion<xref ref-type="fn" rid="fn53"
            >53</xref>, y en esta medida toda representación aprehendida y reproducida ha de poder
          ser enlazada en la <italic>unidad</italic> sintética que esta conciencia en general va
          produciendo “poco a poco”. De este modo, dicha identidad «somete toda síntesis de la
          aprehensión (que es empírica) a una unidad trascendental, y hace posible, ante todo, su
          concatenación según reglas a priori»<xref ref-type="fn" rid="fn54">54</xref>, esto es:
          según las categorías como distintos modos de posición de dicha unidad y, a la vez, como
          pensamientos de dicha conciencia pura<xref ref-type="fn" rid="fn55">55</xref>. Así pues,
          en suma, la representación de unidad sintética es para Kant inseparable de la
          representación de identidad, y precisamente el reconocimiento de lo uno a partir de lo
          otro es el reconocimiento <italic>puro</italic>, que la DTA formula del siguiente modo:
          «la conciencia originaria y necesaria de la identidad de sí mismo es a la vez una
          conciencia de una unidad igualmente necesaria de la síntesis de todos los fenómenos según
            conceptos»<xref ref-type="fn" rid="fn56">56</xref>. Tal es, como es sabido, la
          estructura de auto-conciencia o a-percepción trascendental, donde los prefijo “auto-” o
          “a-” señalan justamente la mencionada identificación reflexiva de sí (a partir del acto de
          enlace de las representaciones en la unidad del objeto) <italic>como</italic> el mismo y
          único agente de la síntesis, y la consiguiente auto-referencia <italic>a priori</italic>
          de toda posible representación <italic>como</italic> suya<xref ref-type="fn" rid="fn57"
            >57</xref>.</p>
    <p>A la luz de este análisis resulta claro el sentido de la expresión “unidad sintética de
          apercepción trascendental”. Pues ciertamente hablamos de una <italic>unidad
            sintética</italic> por cuanto se trata de una unidad constituida a través de un previo
          enlace sucesivo de las percepciones de cara a la configuración de estas en objeto de
          experiencia. Pero esta unidad sintética es “<italic>de</italic> apercepción trascendental”
          en el doble sentido subjetivo y objetivo del genitivo. Por una parte, lo es en sentido
          objetivo porque la unidad sintética de las percepciones sobre las que recae la acción de
          enlace es posible en virtud de la referencia <italic>a priori</italic> de la
          aprehensión-reproducción de cada una de ellas a esa misma e idéntica acción y, a través de
          ella, al sujeto agente de la misma, con lo cual, en efecto, se trata de una unidad
          sintética entre percepciones dadas que no sería posible posible si no tuviese lugar la
          a-percepción del sujeto agente del acto de enlace. Por otra parte, lo es en sentido
          subjetivo porque gracias a que cada percepción aprehendida y reproducida es referida, en
          este acto de apercepción, al sujeto agente del acto de enlace y es por ello unificada en
          objeto, ocurre a la postre que toda representación de objetos o toda representación
          objetiva (esto es: toda representación cognoscitiva, pura y simplemente), es
            <italic>su</italic> representación, en el sentido señalado anteriormente. Habida cuenta
          de la función referencial de unificación sintética de las percepciones que desempeña esta
          apercepción y de que lo apercibido en este contexto es, en último término, la identidad y
          mismidad del sujeto agente dicha acción unificante queda claro, en suma, que hablamos de
          una apercepción <italic>trascendental</italic>.</p>
    <p>Esta parte de la argumentación desarrollada en la DT constituye la respuesta kantiana al
          problema planteado por Hume en los términos de la noción de identidad y mismidad<xref
            ref-type="fn" rid="fn58">58</xref> a partir de la cual Kant piensa la unidad sintética
          posibilitante de la experiencia, esto es: la unidad sintética de apercepción
          trascendental. Esta unidad es también sin embargo, como decíamos, la objetividad
          kantianamente entendida, noción esta que recibe la denominación de unidad de objeto en
          general o trascendental=X<xref ref-type="fn" rid="fn59">59</xref>. Por consiguiente, en
          este punto ha de esclarecerse, al decir de Kant, qué hemos de entender por “objeto de las
            representaciones”<xref ref-type="fn" rid="fn60">60</xref>, y es precisamente el análisis
          de esta noción de objetividad lo que nos va a permitir apreciar con mayor claridad la
          respuesta kantiana al problema de Hume.</p>
  </sec>
  <sec id="sec4.2">
    <title>IV.2. Reproducción y unidad de objeto en general</title>
    <p>En su momento mostrábamos que la posibilidad de la asociación y reproducción entre
          representaciones descansaba en un fundamento <italic>a priori</italic> de unidad
          sintética. Este fundamento será técnicamente denominado por Kant, a la postre, «afinidad
            trascendental»<xref ref-type="fn" rid="fn61">61</xref> de las representaciones. La
          investigación trascendental se referirá a ésta como un «fundamento objetivo»<xref
            ref-type="fn" rid="fn62">62</xref> de la asociación y reproducción supuesto en su
          «fundamento subjetivo»<xref ref-type="fn" rid="fn63">63</xref>, es decir, en la denominada
          ley de reproducción o asociación y, en general, en la noción de hábito de Hume.</p>
    <p>No es casualidad, por tanto, que esta oposición entre lo subjetivo y lo objetivo esté
          presente en la definición que da Kant de la conocida noción humeana: el «hábito
            [<italic>Gewohnheit</italic>]» sería a este respecto «una necesidad subjetiva surgida,
          en la experiencia, de la frecuente asociación, [necesidad] que es, al fin, tenida
          falsamente por objetiva»<xref ref-type="fn" rid="fn64">64</xref>. A tenor de esta noción
          de hábito, la presunta necesidad que advertimos en el enlace entre percepciones no
          pertenecería a los objetos mismos y no revestiría objetividad alguna, sino que se trataría
          de una necesidad “surgida en la experiencia de la frecuente asociación”. La frecuencia y
          repetición en el enlace entre representaciones generaría en el sujeto empírico que en cada
          caso lo observa el hábito psicológico de reproducir unas representaciones determinadas
          ante la presencia de otras (recordemos: el rojo ante la presencia de un mineral, en el
          caso del cinabrio, etc.). La presunta necesidad arraigaría entonces en el hábito como
          estructura psicológica y subjetiva (en sentido subjetivista) de reproducción y asociación
          entre representaciones y, por ende, además de subjetiva esta estructura sería empírica,
          pues tendría su origen en la observación reiterada de enlaces entre percepciones. Así las
          cosas, las leyes que rigen la experiencia no dispondrían de verdadera necesidad ni de
          universalidad estricta, sino de una universalidad meramente comparativa o relativa<xref
            ref-type="fn" rid="fn65">65</xref> obtenida por inducción a partir de la observación de
          casos empíricos, con lo cual no cabría, a ojos de Kant, objetividad alguna. Pues en
          efecto, para Kant la noción de un enlace objetivo entre representaciones es intercambiable
          con la universalidad y necesidad del mismo<xref ref-type="fn" rid="fn66">66</xref>, y a
          este respecto la investigación trascendental se orienta a localizar un índice de necesidad
          que permita hacer visible la objetividad constitutiva de la experiencia. En este punto el
          fragmento fundamental es el siguiente:</p>
    <disp-quote>
      <p>Pero encontramos que nuestro pensamiento de la <italic>referencia</italic> de todo
            conocimiento a su objeto lleva en sí algo de <italic>necesidad</italic>, pues este es
            considerado como <italic>aquello que se opone</italic> [<italic>was davider
            ist</italic>] a que nuestros conocimientos sean determinados al azar, o de manera
            caprichosa, y antes bien [hace] <italic>que estén determinados a priori de cierta
              manera</italic>; porque al tener que <italic>referirse a</italic> un objeto,
              <italic>necesariamente</italic> concuerdan entre sí con respecto a éste; es decir,
            deben tener aquella <italic>unidad</italic> en la que consiste el concepto de un
              objeto<xref ref-type="fn" rid="fn67">67</xref></p>
    </disp-quote>
    <p>Precisamente esta formulación se corresponde con la descripción que hicimos del fundamento
            <italic>a priori</italic> de la síntesis reproductiva en el segundo apartado de este
          trabajo. Pues en efecto, como ha subrayado Allison, la necesidad que Kant describe en este
          fragmento es una «necesidad normativa»<xref ref-type="fn" rid="fn68">68</xref>, es decir,
          una necesidad que remite a una norma o regla, la cual “<italic>se opone</italic>
            [<italic>was davider ist</italic>] a que nuestros conocimientos sean determinados al
          azar, o de manera caprichosa, y antes bien [hace] <italic>que estén determinados de cierta
            manera</italic>”. Esta norma o regla impone <italic>a priori</italic>, por tanto, la
          siguiente condición a la asociación entre representaciones: la no arbitrariedad en el
          enlace entre éstas y, por tanto, la determinación del modo (de esa “cierta manera”) en que
          este enlace se ejerce en cada caso (dicho de otro modo: esta regla impone que haya un
          determinado enlace en cada caso, uno que es el “bueno” o el “válido” con exclusión de
          otros posibles). Pues como vimos, la imaginación empírica no reproduce cualesquiera
          percepciones, sino que reproduce <italic>una</italic>s percepciones
            <italic>determinadas</italic> (esto es: unas y <italic>no</italic> otras o unas
            <italic>con exclusión de</italic> otras) ante la presencia de otras. Lo cual presupone
          que las representaciones se encuentran enlazadas no de cualquier modo, sino de un modo
          determinado en cada caso, conformando determinadas unidades sintéticas (o si se prefiere:
          determinados conjuntos enlazados de percepciones). Precisamente por ello Kant afirma una
          «reproducción <italic>según reglas</italic>», reglas de enlace o conceptos que determinan
          que, en la asociación, «una representación <italic>debe</italic> ponerse en conexión
            <italic>más bien con esta que con otra</italic> en la imaginación»<xref ref-type="fn"
            rid="fn69">69</xref>. La condición necesaria mencionada se concreta por tanto en la
          siguiente tesis: que en <italic>cada</italic> contexto o experiencia particular debe haber
          una y sólo una manera en que las percepciones se encuentran enlazadas o asociadas, una que
          es la “buena” o la <italic>válida</italic> a diferencia de cualquier otra posible. En este
          sentido, cada contexto cognosctivo o experiencia particular debe poder admitir una y solo
          una descripción válida con exclusión de otras posibles, esto es: una descripción
            <italic>objetiva</italic><xref ref-type="fn" rid="fn70">70</xref>. Esta condición
          normativa en que consiste la objetividad es por tanto también una condición de unidad
          entre representaciones (a saber, la denominada “unidad de objeto en general o
          trascendental=X”), lo cual permite apreciar un matiz relevante en la noción kantiana de
          objetividad como respuesta al problema de Hume.</p>
    <p>Puesto que la objetividad es la condición trascendental que impone la unidad sintética entre
          representaciones (es decir: que estas se encuentren enlazadas entre sí de un modo
          determinado, no arbitrariamente), resulta que impone asimismo una <italic>coherencia
            interna</italic> o <italic>compatibilidad</italic><xref ref-type="fn" rid="fn71"
            >71</xref> sin la cual éstas no podrían ser unificadas y enlazadas entre sí. En este
          sentido, toda posible representación cognoscitiva comporta <italic>a priori</italic> la
          referencia a un objeto, pues como señala Kant en el fragmento anterior, “al tener que
          referirse a un objeto”, todas las representaciones «<italic>necesariamente concuerdan
            entre sí</italic> con <italic>respecto a</italic> este; es decir, deben tener aquella
            <italic>unidad</italic> en la que consiste el concepto de un objeto»<xref ref-type="fn"
            rid="fn72">72</xref>. El concepto de un objeto en general delinea por tanto <italic>a
            priori</italic> un horizonte de unidad o, como ha subrayado Heidegger, un «horizonte de
            objetividad»<xref ref-type="fn" rid="fn73">73</xref> dentro del cual toda representación
          cognoscitivamente válida tiene que poder concordar (esto es: ser compatible o coherente)
          con <italic>cualquier otra</italic> representación cognoscitiva y ser, así, unificable y
          enlazable junto a todas las demás. Para referirse a esta peculiar unidad (que es también,
          no lo olvidemos, la unidad de apercepción trascendental) Kant remite en DTB no a la
          categoría de unidad, sino a la unidad cualitativa [<italic>qualitative Einheit</italic>]
          del §12<xref ref-type="fn" rid="fn74">74</xref>, que caracteriza como «la unidad del
          resumen [<italic>Zusammenfassung</italic>] de la pluralidad de los conocimientos, como por
          ejemplo la unidad del tema de una obra de teatro, un discurso o una fábula»<xref
            ref-type="fn" rid="fn75">75</xref>. Se trata, pues, de un plano u horizonte atemático de
          unidad en el cual ha de poder integrarse toda representación cognoscitiva a fin de
          enlazarse con cualquier otra en la trama de sentido que el conocimiento y la experiencia
          son. En definitiva, por tanto, la noción kantiana de objetividad es la de una condición
            <italic>a priori</italic> (y, por tanto, universal-y-necesaria) que impone la unidad
          sintética entre representaciones (y, por tanto, la no arbitrariedad y determinación del
          modo de enlace, la coherencia interna mencionada, etc.). Pues bien, esta noción de
          objetividad es el sentido mismo de la noción que opera como respuesta de Kant al problema
          de Hume, esto es: de la afinidad trascendental. Una vez que hemos ganado el sentido de
          esta noción de objetividad podemos, por tanto, aprovechar las conclusiones para exponer en
          concreto la respuesta de Kant al problema de Hume.</p>
  </sec>
</sec>
<sec id="sec5">
  <title>V. A modo de conclusión: la objetividad y la afinidad trascendental como respuesta al
        problema de Hume</title>
  <p>Kant parte, como venimos viendo, del «<italic>principio subjetivo y empírico</italic> de
        reproducción según reglas [que] se llama <italic>asociación</italic> de las
          representaciones»<xref ref-type="fn" rid="fn76">76</xref>, y advierte, como hemos visto,
        que esta “reproducción según reglas” consiste en que “una representación se pone en conexión
          <italic>más bien con esta que con otra</italic> dentro de la imaginación”. Atendiendo a
        esta formulación, vale decir que la afinidad <italic>empírica</italic> consiste en que, en
        el enlace asociativo entre representaciones, cada percepción es <italic>afín</italic> no
          <italic>a</italic> cualesquiera otras percepciones, sino a un determinado conjunto de
        éstas. Ahora bien, esta afinidad empírica de las percepciones presupone justamente que las
        mismas sean asocia<italic>bles</italic> o reproduci<italic>bles</italic> y, por tanto,
        enlazables de un modo determinado entre sí, lo cual es, como mostramos en la argumentación
        anterior, la condición <italic>a priori</italic> en que consiste la objetividad, noción esta
        última que Kant liga a la noción de afinidad trascendental. Así pues, en definitiva, la
        asociación o afinidad empírica, como “fundamento subjetivo y empírico” del enlace entre
        representaciones, sólo es posible si enraíza en la afinidad trascendnetal como “fundamento
        objetivo” de unidad sintética. Kant es claro respecto de esto en el siguiente fragmento:</p>
  <disp-quote>
    <p>Si esta unidad de la asociación no tuviera también un fundamento objetivo, de manera que
          fuera imposible que los fenómenos fueran aprehendidos por la imaginación bajo la condición
          de una posible unidad sintética de esa aprehensión, entonces sería algo
            <italic>enteramente accidental</italic> el que los fenómenos se compaginaran en una
          concatenación [<italic>Zusammenhang</italic>] del conocimiento humano. Pues aunque
          tuviéramos la facultad de asociar percepciones, seguiría siendo, empero, en sí enteramente
          indeterminado y contingente el que ellas fuesen, además, <italic>asociables</italic><xref
            ref-type="fn" rid="fn77">77</xref></p>
  </disp-quote>
  <p>Semejante asociabilidad o «reproducibilidad»<xref ref-type="fn" rid="fn78">78</xref> de los
        fenómenos se funda en la afinidad no ya empírica sino trascendental, que es, dice Kant, el
        «fundamento objetivo de toda asociación de los fenómenos»<xref ref-type="fn" rid="fn79"
          >79</xref> y que «sólo podemos encontrar (…) en el principio de unidad de
          apercepción»<xref ref-type="fn" rid="fn80">80</xref> o unidad de objeto en general. En la
        medida en que arraiga en esta unidad, la afinidad trascendental consiste en la exigencia
          <italic>a priori</italic> de objetividad en la cual se funda la afinidad empírica, que es,
        al decir de Kant, solo «una consecuencia»<xref ref-type="fn" rid="fn81">81</xref> de
        aquella. Puesto que el sentido de la noción de afinidad trascendental es ni más ni menos que
        la exigencia <italic>a priori</italic> de unidad de apercepción o unidad de objeto en
        general (esto es: la objetividad), ésta última resulta ser, a fin de cuentas, aquel
        «fundamento a priori de una necesaria unidad sintética»<xref ref-type="fn" rid="fn82"
          >82</xref> por el que comenzaba preguntándose Kant en la síntesis de reproducción, y que
        constituye la respuesta kantiana al problema de Hume. Que esto es así se aprecia de forma
        especialmente clara en la formulación kantiana de la confusión en la que se vió envuelto el
        filósofo escocés al solapar dos planos de legalidad que la investigación trascendental
        separa tajantemente, y cuya caracterización preliminar está presente en la noción de
        objetividad que hemos descrito.</p>
  <p>Como hemos visto, lo que dicha noción comporta es la condición <italic>a
        priori</italic>-universal-y-necesaria de que en cada contexto cognoscitivo o experiencia
        particular haya un y sólo un modo de enlazar las percepciones y, por tanto, una y
          <italic>solo una</italic> manera en que esta experiencia particular está constituida, lo
        cual comporta que sólo haya <italic>una</italic> descripción <italic>válida</italic> posible
        de ésta, es decir: comporta la posibilidad una descripción <italic>objetiva</italic>. Ahora
        bien, como ha subrayado Martínez Marzoa<xref ref-type="fn" rid="fn83">83</xref>, es crucial
        advertir lo que cae dentro y, sobre todo, fuera de esta condición: por muy anticipable que
        sea <italic>a priori</italic> que en cada experiencia o contexto cognoscitivo
          <italic>habrá</italic> un y sólo un modo de enlace válido, lo que en modo alguno resulta
        posible anticipar <italic>a priori</italic> es <italic>cuál</italic> será ese modo de enlace
        que sabemos de antemano que habrá. Lejos de ello, sólo la experiencia empírica y particular
        (esto es: la experiencia en el sentido de la <italic>quaestio facti</italic>) puede
        enseñarnos cuál es ese enlace entre las percepciones, cuál es la constitución de dicha
        experiencia particular y cuál es por tanto la descripción válida u objetiva que le
        corresponde. Lo que el principio de objetividad otorga <italic>a priori</italic> es
        simplemente, por tanto, el derecho a presuponer que es posible en cada caso una descripción
        universal y necesariamente válida (i.e., una descripción objetiva) de los fenómenos, pero
        cuál sea esta descripción es algo que sólo puede ser descubierto <italic>a
          posteriori</italic> en la investigación empírica y que, consiguientemente, reviste toda la
        contingencia propia de ésta. La separación y peculiar articulación entre ambos planos es
        algo genuino del pensamiento kantiano que se aprecia especialmente en la irreductibilidad y
        relación que Kant establece entre las leyes trascendentales, propias de la experiencia
        posible (<italic>mögliche Erfahrung</italic>), y las leyes empíricas, propias de la
        experiencia efectivamente real (<italic>wirkliche Erfahrung</italic>)<xref ref-type="fn"
          rid="fn84">84</xref>. Pues bien, esta irreductibilidad es lo que a ojos de Kant Hume
        suprimió al confundir, en última instancia, ambos planos de legalidad.</p>
  <p>Kant no tiene ciertamente problema alguno en reconocer con Hume que las leyes empíricas o
        reglas de asociación entre percepciones no son cognoscibles <italic>a priori</italic>, pues
        por ejemplo, «que la luz del Sol, que ilumina la cera, a la vez la funde, mientras que
        endurece la arcilla, [es algo que] ningún entendimiento podría adivinar, y aún menos podría
        inferir de acuerdo con una ley, a partir de conceptos que previamente tengamos de estas
        cosas; y sólo la experiencia puede enseñarnos tal ley»<xref ref-type="fn" rid="fn85"
          >85</xref>. Como decimos, en efecto, solo la experiencia efectivamente real (la
        experiencia en el sentido de la <italic>quaestio facti</italic>) puede ser maestra a este
        respecto, pero de ello en modo alguno cabe concluir que no hay criterio
          <italic>objetivo</italic> posible para discernir si dichas leyes empíricas o reglas
        asociativas que nos enseña la experiencia constituyen o no propiamente
          <italic>conocimiento</italic> empírico (esto es: si son compatibles o coherentes con el
        resto de conocimientos empíricos disponibles y, por tanto, enlazables o sintéticamente
        unificables con éstos de un modo determinado, etc.). Pues en efecto, toda ley empírica o
        regla de asociación entre percepciones comporta la referencia <italic>a priori</italic> al
        horizonte de objetividad que describimos, cuya expresión definitiva es el plano de validez
        (i.e., de validación de éstas leyes o reglas empíricas <italic>como</italic> conocimiento)
        que Kant denomina experiencia posible (la experiencia en el sentido de la <italic>quaestio
          juris</italic>), y que se encuentra a la postre constituido por las leyes trascendentales
        técnicamente denominadas “principios (<italic>Grundsätze</italic>) del entendimiento puro”.
        Pues en efecto, sostiene Kant como continuación del pasaje anterior, pese a que no sea
        posible conocer <italic>a priori</italic> las leyes empíricas particulares o reglas de
        asociación, sí que «podemos sin embargo conocer, enteramente <italic>a priori</italic>, pero
        con referencia a un tercero, a saber, la experiencia <italic>posible</italic>
          [<italic>mögliche Erfahrung</italic>] (…), la ley de la conexión con otras cosas»<xref
          ref-type="fn" rid="fn86">86</xref>, cual es en el ejemplo propuesto el principio de
        causalidad. Pues –digámoslo atendiendo al principio de objetividad enunciado– cuál sea la
        conexión causal determinada entre ciertas percepciones de la experiencia efectivamente real
        (como es el caso de la luz del sol, la cera y la arcilla en el ejemplo citado) resulta una
        cuestión contingente y sólo la experiencia en el sentido de la <italic>quaestio
          facti</italic> puede mostrárnoslo <italic>a posteriori</italic>. Ahora bien, el que sea
        cual sea esa conexión causal particular que habrá de mostrarnos la experiencia,
          <italic>siempre tiene que</italic> haber, sin embargo, una determinada conexión causal
        entre los objetos que la integran, eso podemos saberlo <italic>a priori</italic> en
        referencia al plano de legalidad trascendental que constituye la experiencia posible y es,
        por tanto, cuestión necesaria (y de igual modo ocurre con el resto de categorías y
        principios trascendentales). «Por consiguiente», continúa Kant, «aunque yo, sin experiencia,
        no pueda conocer <italic>de manera determinada</italic> (…) ni la causa, a partir del
        efecto, ni el efecto, a partir de la causa» ( es decir: la determinada conexión causal entre
        el sol y la cera o la arcilla en este caso) ocurre, sin embargo, que «si la cera que antes
        era sólida se funde, puedo conocer a priori que algo debe haber precedido (p. ej., el calor
        del sol) de lo cual esto se siguió según una ley constante»<xref ref-type="fn" rid="fn87"
          >87</xref>, pues estoy en posesión de un principio ya no empírico sino trascendental, cual
        es la ley de causalidad (i.e., la segunda analogía de la experiencia), que me otorga el
        derecho a tal presuposición. Pues bien, es justamente en este contexto donde Kant denuncia
        la confusión en la que Hume se vio envuelto<xref ref-type="fn" rid="fn88">88</xref>.</p>
  <p>El desliz esencial consistió, sostiene Kant, en que «de la contingencia de nuestra
        determinación <italic>según la ley»</italic>, Hume «infirió erróneamente (…) la contingencia
        de <italic>la ley</italic> misma». Hume confundió, por tanto, el hecho de que las leyes
        empíricas o reglas de asociación son enteramente contingentes y los enlaces determinados
        entre percepciones que éstas formulan sólo cognoscibles <italic>a posteriori</italic>, con
        la condición <italic>a priori</italic> que impone la necesidad de su conexión. Pues por muy
        contingente que sea el hecho de que el sol derrita la cera (y, por tanto, por muy
        contingente que sea la ley empírica que enuncia esta conexión causal determinada), lo
        necesario es que dichas percepciones (al igual que cualesquiera otras) sean enlazables en
        conexiones causales determinadas, esto es: sean legibles conforme al principio trascendental
        de causalidad (y, asimismo, conforme al resto de principios trascendentales). Esta necesidad
        no es, por tanto, una necesidad subjetiva surgida en la experiencia efectivamente real (como
        vimos que Kant recogía en su formulación del concepto de hábito de Hume), sino una necesidad
        objetiva que arraiga en la experiencia posible a la que aquella se encuentra sometida.
        Precisamente por ello, la confusión inicial recién señalada implica también, señala Kant,
        que Hume «confundió el salir del concepto de una cosa e ir a la experiencia posible
          [<italic>mögliche Erfahrung</italic>] (lo que ocurre <italic>a priori</italic>, y
        constituye la realidad objetiva de él) con la síntesis de los objetos de la experiencia
        efectivamente real [<italic>wirklicher Erfahrung</italic>], la cual, por cierto, es siempre
        empírica». Y al confundir ambos planos de legalidad, en definitiva, Hume, «de un principio
        de afinidad, que tiene su asiento en el entendimiento y enuncia una conexión necesaria, hizo
        una regla de asociación, que se encuentra solamente en la imaginación reproductiva, y puede
        exhibir enlaces sólo contingentes, y no objetivos»<xref ref-type="fn" rid="fn89">89</xref>.
        La crítica kantiana al problema de Hume concluye, como puede apreciase, que el pensador
        escocés redujo ilegítimamente el principio de afinidad trascendental a una regla de
        asociación y, con ello, negó sencillamente la objetividad del enlace entre percepciones y,
        por tanto, la experiencia misma como conocimiento empírico. La respuesta kantiana es, como
        ha podido apreciarse, la deducción trascendental de las categorías y, consiguientemente, la
        elucidación del fundamento <italic>a priori</italic> que sostiene el principio de afinidad
        trascendental, esto es: la objetividad. Este es por tanto el punto de llegada de la
        argumentación trascendental. Pues Kant comienza, en efecto, donde Hume acabó, esto es: en el
        hecho de la asociación. Pero lejos de acabar en una crítica meramente negativa del
        planteamiento del filósofo escocés, Kant acaba ofreciendo una fundamentación de este hecho
        en el principio de objetividad y, con ello, acaba haciendo visible su verdadera
        dignidad.</p>
</sec>

</body>
<back>
<fn-group>
  <fn id="fn1">
    <label>1</label><p>Este trabajo se inscribe en el proyecto de investigación «<italic>Schematismus</italic>.
          Esquematismo, teoría de las categorías y mereología en la filosofía kantiana: una
          perspectiva fenomenológico-hermenéutica», cuya referencia es la siguiente:
          PID2020-115142GA-I00. A su vez, este trabajo tiene como antecedente una comunicación cuyo
          título fue idéntico al de este artículo, y que fue realizada en las «Jornadas sobre la
          actualidad del pensamiento kantiano en la Fenomenología», las cuales tuvieron lugar en la
          Facultad de Filosofía de la UCM el 4 y 5 junio de 2024 y fueron organizadas por el grupo
          de investigación «Fenomenología y Hermenéutica» a la luz del proyecto de investigación «La
          hermenéutica fenomenológica en el contexto de la filosofía trascendental», cuya referencia
          es: PID2019-108291GB-I00.</p>
  </fn>
  <fn id="fn2">
    <label>2</label><p>Acerca del sentido metódico de la DT son clásicos dos de los trabajos de Dieter Henrich:
            <italic>cf</italic>. Dieter Henrich, “The ProofStructure of Kant's Transcendental
          Deduction”, <italic>The Review of Metaphysics</italic>, núm. 22 (1969): 640-659; Dieter
          Henrich, “La noción kantiana de deducción y los antecedentes metodológicos de la primera
          Crítica”, en: <italic>Argumentos Trascendentales</italic> (Instituto de Investigaciones
          Filosóficas. Universidad Autónoma de México, 1999): 395-417. Para disponer de un amplio
          estudio reciente sobre los aspectos metódicos de la DT y sobre las controversias
          interpretativas que estos despiertan en la literatura secundaria conviene consultar la
          obra de Schulting: Dennis Schulting, <italic>Kant´s Deduction from Apperception. An essay
            on the transcendental deduction of the categories</italic> (Walter de Gruyter, 2019).
          Sobre la estructura de la DT y la posible unidad entre sus dos ediciones son también
          varios los trabajos que pueden consultarse, además del trabajo recién señalado de Dieter
          Henrich de 1969, donde también se trata esta cuestión: <italic>cf</italic>. Henry Allison,
          “Reflections on the B-Deduction,” <italic>The Southern Journal of Philosophy</italic>
          (Supplement), 25 (1986):1-15; Henry Allison, <italic>El idealismo trascendnetal de Kant:
            una interpretación y defensa</italic> (Anthropos, 1992): 220; y más recientemente: Mario
          Caimi, “El principio de la deducción y la estructura de la argumentación de la Deducción
          B”, en: <italic>Guía Comares de Immanuel Kant</italic> (Editorial Comares S.L., 2023):
          115-136. Sobre la DT en general, como el lector comprobará en la lectura del presente
          trabajo son varios los autores en los que nos hemos apoyado, con lo cual nos limitamos a
          reseñar aquí los trabajos más recientes al respecto donde, además del propio análisis del
          pasaje en cuestión, el lector encontrará una amplia discusión y reseña de la literatura
          secundaria: <italic>cf.</italic>, Alberto Rosales, <italic>Ser y subjetividad en Kant.
            Sobre el origen subjetivo de las categorías</italic> (Editorial Biblios, 2009); Henry
          Allison, <italic>Kant´s Trascendental Deduction. An Analytical-Historical
            Commentary</italic> (Oxford University Press, 2015); Dennis Schulting, <italic>Kant´s
            Radical Subjectivism. Perspectives on the Trascendental Deduction</italic> (Palgrave
          Mcmillan, 2017); y Alba Jiménez, <italic>Deducción y aplicación de las categorías en la
            filosofía de Kant</italic>, (Editorial Comares, 2021).</p>
  </fn>
  <fn id="fn3">
    <label>3</label><p><italic>Prol.</italic>, AA 04: 261 (trad.:
    Immanuel Kant, <italic>Prolegómenos a toda</italic></p>
    <p><italic>metafísica que haya de poder presentarse como
    ciencia</italic>, trad. Mario Caimi (Istmo, 2015), 31).</p>
  </fn>
  <fn id="fn4">
    <label>4</label><p><italic>Prol.</italic>, AA 04: 260 (trad.: Kant,
    <italic>Prolegómenos</italic>, 29).</p>
  </fn>
  <fn id="fn5">
    <label>5</label><p><italic>Prol.</italic>, AA 04: 261 (trad.: Kant,
    <italic>Prolegómenos</italic>, 31).</p>
  </fn>
  <fn id="fn6">
    <label>6</label><p><italic>Prol.</italic>, AA 04: 260 (trad.: Kant,
    <italic>Prolegómenos</italic>, 29).</p>
  </fn>
  <fn id="fn7">
    <label>7</label><p>Por razones de extensión hemos renunciado a describir inicialmente el denominado “problema de
          Hume” y nos hemos limitado a ir introduciendo sus puntos esenciales, con las
          correspondientes referencias a las obras del filósofo escocés, al hilo de la discusión y,
          ante todo, también en las conclusiones. Ello se ha hecho siempre por referencia a aspectos
          concretos y significativos de la argumentación que Kant desarrolla en la DT.</p>
  </fn>
  <fn id="fn8">
    <label>8</label><p><italic>Prol.</italic>, AA 04: 261 (trad.: Kant,
    <italic>Prolegómenos</italic>, 31).</p>
  </fn>
  <fn id="fn9">
    <label>9</label><p>Con vistas a comprender el sentido y la necesidad de una deducción <italic>trascendental</italic>
          (y no meramente metafísica) de las categorías ha de tenerse previamente clara la
          distinción kantiana entre lo <italic>a priori</italic> y lo trascendental. Pues resulta
          crucial comprender, sostiene Kant, que «no todo conocimiento <italic>a priori</italic>
          debe llamarse trascendental», sino que únicamente es conocimiento trascendental «el
          conocimiento de que las representaciones no poseen un origen empírico, por una parte, y,
          por otra, la posibilidad de que, no obstante, se refieran a priori a objetos»
            (<italic>KrV</italic>, A 57/B 81). El sentido de esta distinción se encuentra en esta
          cita claramente marcado por el conector de oposición “no obstante”, pues éste subraya la
          perplejidad inicial de la investigación trascendental, a saber: que representaciones que
          “no poseen un origen empírico”, sino que son representaciones <italic>a priori</italic> y,
          por tanto, anteriores a e independientes de la experiencia, puedan <italic>sin embargo
            referirse a</italic> los objetos de dicha experiencia y ser, por tanto, vinculantes
          respecto de éstos. Esta referencia objetiva es lo que otorga a las representaciones
            <italic>a priori</italic> validez y realidad objetiva (<italic>objective
            Gültigkeit</italic> und <italic>objective Realität</italic>) y lo que las constituye
          como representaciones trascendentales, válidas de antemano para todo objeto de la
          experiencia posible (sobre los conceptos de validez y realidad objetiva, pueden
          consultarse los siguientes trabajos: <italic>cf</italic>., Allison, <italic>El idealismo
            trascendental de Kant</italic>, 220-221; Mario Caimi, “<ext-link ext-link-type="uri"
            xlink:href="https://philpapers.org/rec/CAIKCA"><underline>Kants
            carte-M</underline></ext-link>
          <ext-link ext-link-type="uri" xlink:href="https://philpapers.org/rec/CAIKCA"
              ><underline>sianische Auffassung des Begriffs der objektiven
            Realität</underline></ext-link>
          <ext-link ext-link-type="uri" xlink:href="https://philpapers.org/rec/CAIKCA"
              ><underline>und der Schematismus</underline></ext-link>”, en: <italic><ext-link
              ext-link-type="uri" xlink:href="https://philpapers.org/rec/VATNUF"><underline>Natur
                Und Freiheit. Akten des</underline></ext-link>
            <ext-link ext-link-type="uri" xlink:href="https://philpapers.org/rec/VATNUF"
                ><underline>Xii. Internationalen Kant-Kongresses</underline></ext-link></italic> (De
          Gruyter, 2018): 735737). Precisamente por ello, la DT no ha de mostrar que estamos en
          posesión de las categorías como conceptos <italic>a priori</italic> que tienen su sede en
          el entendimiento puro, pues ello es el objeto de la deducción metafísica [DM]. Antes bien,
          la DT ha de mostrar que estos conceptos cuyo origen <italic>a priori</italic> ha sido ya
          probado en la DM son, además, conceptos trascendentales, constitutivos de la experiencia
          posible y referidos, por tanto, a todo objeto de la experiencia efectivamente real. Sobre
          este sentido de lo trascendental en respecto kantiano y sobre su diferencia respecto a lo
            <italic>a priori</italic>, pueden consultarse los siguientes trabajos: Juan Manuel
          Navarro Cordón, <italic>Caminos del pensamiento</italic> (Guillermo Escolar, 2020):
          107-125; Ramón Rodríguez, “Una nota sobre los sentidos clásico y moderno
          de‘trascendental’”, en: <italic>Elogio de la filosofía: ensayo en honor de Mercedes
            Torrevejano</italic> (Pre-textos, 2012): 121-134; Ramón Rodríguez, “La reflexión
          trascendental como forma de pensamiento”, en: <italic>Praxis e interpretación. Un homenaje
            a Alejandro G. Vigo</italic> (Georg Olms Verlag, 2023): 281-302.</p>
  </fn>
  <fn id="fn10">
    <label>10</label><p>Al afirmar esta coherencia entre ambas ediciones nos alejamos de las interpretaciones
          tradicionales que, como la de Heidegger, afirman la primacía de la edición A
            (<italic>cf</italic>., GA, 3, 165168), pero también de aquellas que, como ocurre en el
          caso de Henrich, afirman la primacía de la edición B (<italic>cf</italic>., Henrich, “The
          Proof-Structure of Kant's Transcendental Deduction”, p. 641). Pese a que una comparativa
          entre ambas ediciones es algo que excluye las posibilidades de este escrito, nos
          limitaremos simplemente a señalar dónde radica a nuestro juicio la concordancia entre la
          primera y la segunda edición. Como señalábamos anteriormente, la DT tiene como objetivo
          mostrar la posibilidad de la referencia objetiva de las categorías, mas la tesis de Kant
          ya desde el comienzo de la obra (<italic>cf</italic>. a este respecto el comienzo de la
          Estética Trascendental: A 19/B 33) es que esta referencia del entendimiento (o si se
          prefiere: del concepto) al objeto de experiencia es <italic>mediata</italic>, esto es: es
          referencia inmediata a la intuición y, por tanto, referencia mediata al objeto intuido. En
          el contexto de la DT esta referencia es comprendida como la referencia <italic>a
            priori</italic> de las categorías al tiempo y, a través de éste, a todo objeto de la
          experiencia posible, pues el tiempo es la forma de toda intuición empírica, única a la que
          le son dados los objetos de la experiencia efectivamente real (el §22 de la DTB es
          especialmente claro respecto de este punto: <italic>cf.</italic>, <italic>KrV</italic>, B
          146-148). Pues bien, habida cuenta de la heterogeneidad y diferencia de naturaleza entre
          entendimiento y sensibilidad ocurre que esta referencia <italic>a priori</italic>,
          posibilitante de la validez objetiva de las categorías, radica en último término en la
          síntesis trascendental de la imaginación productiva (facultad esta sensible-receptiva y a
          la vez intelectual-espontánea: <italic>cf.</italic>, <italic>KrV</italic>, B 151-153)
          ejercida como esquematismo trascendental, esto es: como una determinación trascendental
          del tiempo ejecutada de acuerdo con las categorías (<italic>cf</italic>.,
            <italic>KrV</italic>, A138-139/B 177-178, y también A145/B 185). Frente a lecturas como
          la de Caimi (<italic>cf.,</italic> Caimi, “El principio de la deducción”, p. 129),
          consideramos que esta función de la imaginación productiva no es reductible al
          entendimiento y que, consiguientemente, esta facultad conserva una dimensión propia y
          fundamental. Pues la síntesis trascendental de la imaginación productiva sostiene, en el
          esquematismo trascendental, la referencia <italic>a priori</italic> de las categorías al
          tiempo, posibilitando así a la postre la validez objetiva de éstas y revelándose como el
          fundamento que persigue la DT tanto en A como en B. Por consiguiente, en suma,
          consideramos que la imaginación productiva es el principio de la síntesis <italic>a
            priori</italic> en ambas ediciones y, en este sentido, nos alejamos de posiciones como
          la anteriormente citada de Caimi, pero también de la de Henrich (<italic>cf</italic>.,
          Dieter Henrich, “La identidad del sujeto en la Deducción Trascendental”,
            <italic>Ágora</italic>, núm. 7 (1988): p. 99) y, más recientemente, Schulting
            (<italic>Cf</italic>., Schulting, “Kants deduction from apperception” pp.1-16), para
          quienes el principio de la síntesis <italic>a priori</italic> sería la unidad sintética de
          apercepción trascendental. Consideramos, por tanto, que la diferencia entre ambas
          ediciones atañe simplemente a la estrategia expositiva, mas no al sentido de la
          fundamentación ni al fundamento descubierto. Puesto que no podemos desarrollar aquí la
          argumentación al respecto, nos limitaremos a señalar los lugares en que esto se manifiesta
          en ambas ediciones. En la edición A esto se aprecia en la tesis kantiana que constituye el
          punto de llegada de la argumentación allí desarrollada, a saber: «el principio de la
          unidad necesaria de la síntesis pura (productiva) de la imaginación es, <italic>antes de
            la</italic> a otra). Este objetivo no es sin embargo el del presente trabajo, pese a que
          consideremos oportuno pronunciarnos sobre este asunto en el sentido en que lo hemos hecho,
          y pese a que en el curso de su desarrollo se toquen aspectos relevantes para esta cuestión
          (véase a este respecto, por ejemplo, la nota 53 de este trabajo).</p>
  </fn>
  <fn id="fn11">
    <label>11</label><p><italic>KrV</italic>, A 100.</p>
  </fn>
  <fn id="fn12">
    <label>12</label><p><italic>Anthropologie</italic>, AA 07: 176 (trad.: Immanuel Kant, <italic>Antropología en sentido
            pragmático</italic>, trad. Dulce María Granja, Gustavo Leyva y Peter Storand (Fondo de
          Cultura Económica, 2014), 67).</p>
  </fn>
  <fn id="fn13">
    <label>13</label><p>Henry Allison, “Trascendental Affinity –Kant´s Answer to Hume”, en: <italic>Proceedings of the
            Third International Kant Congress</italic> (Synthese historical Library, Springer,
          1972): 122, traducción nuestra.</p>
  </fn>
  <fn id="fn14">
    <label>14</label><p><italic>KrV</italic>, A 99.</p>
  </fn>
  <fn id="fn15">
    <label>15</label><p><italic>Cf.</italic>, <italic>KrV</italic>, A
    99.</p>
  </fn>
  <fn id="fn16">
    <label>16</label><p><italic>KrV</italic>, A 99.</p>
  </fn>
  <fn id="fn17">
    <label>17</label><p>Allison, <italic>Kant’s Trascendental
    Deduction</italic>, 206, traducción nuestra.</p>
  </fn>
  <fn id="fn18">
    <label>18</label><p><italic>KrV</italic>, A 97.</p>
  </fn>
  <fn id="fn19">
    <label>19</label><p><italic>KrV</italic>, A 99, traducción de Caimi
    modificada.</p>
  </fn>
  <fn id="fn20">
    <label>20</label><p>Como veremos en lo que sigue, Kant distingue en este con texto dos tipos de unidad temporal: la
          denominada “unidad absoluta” <italic>del instante</italic> y la “unidad de intuición” o
          “unidad intui tiva” [<italic>Einheit der Anschauung</italic>] de una pluralidad <italic>de
            instantes</italic>. Mientras que este último tipo de unidad no representa demasiadas
          dificultades interpretativas, pues se constituye en la síntesis pura de aprehensión de la
          pluralidad de instantes del tiempo, no ocurre lo mismo con la significación de la unidad
          absoluta del instante. Existe cierto consenso entre los intérpretes sobre el carácter
          pre-sintético de esta unidad: puesto que en ausencia de una síntesis de aprehensión toda
          representación, en tanto contenida en un instante del tiempo, no puede ser sino unidad
          absoluta, resulta que la unidad absoluta del instante debe poseer cierta consistencia con
            <italic>anterioridad</italic> a la síntesis que se ejerce <italic>sobre</italic> ella a
          fin de delimitar instantes (esto es: unidades intuitivas puras de tiempo) en los que ir
          disponiendo y ordenando las sensaciones. La controversia hermenéutica a la que aludimos
          concierne, más bien, a cómo interpretar esta unidad, y a este respecto hay dos grandes
          posiciones en la literatura secundaria. La primera de ellas aboga por una interpretación
          atomística del instante, donde la pluralidad de instantes del tiempo se daría, en primer
          lugar, como un disgregado discreto de unidades absolutas (es decir, desligadas en sí
          mismas unas de otras) que sólo posteriormente, en la síntesis pura de aprehensión, son
          recorridas, reunidas y enlazadas, dando así lugar a una unidad y extensión temporal
          determinada. Esta interpretación ha sido sostenida por Heidegger (<italic>cf.</italic>,
          GA, 25, 345), y también por autores más recientes y pertenecientes a otras líneas de
          interpretación, como Schulting (<italic>cf.</italic>, Schulting, <italic>Kant´s Radical
            Subjectivism</italic>, 268) y Yirmiyahu Yovel (<italic>cf.</italic>, Yirmiyahu Yovel,
            <italic>La revolución filosófica de Kant. Una breve guía de lectura de la Crítica de la
            Razón Pura</italic> (Tecnos, 2021): 99). Respecto de esta línea de interpretación ha
          sido especialmente crítico Allison (<italic>Cf.</italic>, Allison, <italic>Kant’s
            Trascendental Deduction</italic>, 208-212), quien considera que el tiempo no se compone
          para Kant de momentos atómicos que deben ser sintéticamente unificados, pues una
          pluralidad pura de instantes requiere de al menos dos límites o posiciones a fin de
          generar una extensión o unidad temporal y, por tanto, presupone el continuo o la
          continuidad del tiempo (<italic>cf.</italic>, <italic>KrV</italic>, A 169170/B 211-212)
          como sustrato fundamental. Precisamente una consideración de este tipo abre la puerta a la
          otra gran línea de interpretación, que considera que la unidad absoluta del instante alude
          a lo que Kant denomina en la Estética Trascendental «magnitud infinita dada»
            (<italic>cf.</italic>, <italic>KrV</italic>, A 25/B 39-40, A 3132/B 48) y, por tanto, a
          la continuidad del tiempo sobre la cual se ejerce la síntesis pura de aprehensión. Tal es
          el caso, por ejemplo, de Rosales (<italic>cf</italic>. Rosales, <italic>Ser y subjetividad
            en Kant</italic>, 173). Puesto que no podemos desarrollar aquí una discusión al
          respecto, nos limitaremos a señalar que nosotros nos inclinamos más hacia esta última
          posición.</p>
  </fn>
  <fn id="fn21">
    <label>21</label><p>Cf., KrV, A 143/B 182.</p>
  </fn>
  <fn id="fn22">
    <label>22</label><p>KrV, A 99, traducción de Caimi modificada.</p>
  </fn>
  <fn id="fn23">
    <label>23</label><p>Longuenesse aboga a este respecto por otorgar un sentido estricto a esta tesis y entender que el
          tiempo mismo es producido en la aprehensión pura de la síntesis figurativa
            (<italic>synthesis speciosa</italic>) de la imaginación productiva
          (<italic>cf.</italic>, Béatrice Longuenesse, <italic>Kant and the capacity to judge.
            Sensibility and discursivity in the trascendental analytic of the Critique of pure
            Reason</italic> (Princeton University Press, 2000), 219). Schulting, sin embargo,
          considera que un acto de espontaneidad, cual es la síntesis figurativa de la imaginación
          productiva (<italic>cf</italic>., <italic>KrV</italic>, B 151-152), nunca puede producir
          la receptividad de la forma de la intuición, sino a lo sumo <italic>de su
            representación</italic> (<italic>cf</italic>., Schulting, <italic>Kant´s Radical
            Subjectivism</italic>, 269). A su vez, ambas propuestas se sostienen sobre distintas
          interpretaciones de la célebre distinción entre <italic>forma de la intuición</italic> e
            <italic>intuición formal</italic> que Kant propone en el §26 de DTB, interpretaciones
          estas a las cuales remitimos pese a que aquí no pueden ser desarrolladas:
            <italic>cf.</italic>, Longuenesse, <italic>Kant and the capacity to judge</italic>,
          214-229; y aparte del trabajo citado de Schulting, también uno de los trabajos conjuntos
          de Schulting y Onof (<italic>cf</italic>., Christian Onof &amp; Dennis Schulting, “Space
          as Form of Intuition and Formal Intuition: on the Note to B 160 in Kant´s ‘Critique of
          Pure Reason’”, <italic>Kantian Review</italic>, 124 (2015): 1-58). Conviene consultar a
          este respecto también el siguiente trabajo de Rosefeldt: <italic>cf.</italic>, Tobias
          Rosefeldt, “Kant on Decomposing Synthesis and the Intuition of Infinite Space”,
            <italic>Philosopher´s Imprint</italic>, núm. 22 (2022): 3-23. En el marco de esta
          controversia nos limitamos a señalar lo siguiente. Se trata de distinguir en este punto
          dos niveles de constitución de la intuición pura: la génesis del tiempo alude a la
          intuición formal enraizada en la síntesis figurativa de la imaginación productiva (y, por
          tanto, indirectamente, en la unidad de apercepción), y esta síntesis, delimitadora de una
          pluralidad de instantes del tiempo, se ejerce <italic>sobre</italic> la forma de la
          intuición, pre-sintéticamente dada como magnitud infinita a la intuición pura en calidad
          de lo que Kant denomina sinopsis trascendental (<italic>cf.</italic>,
          <italic>KrV</italic>, A 94-95).</p>
  </fn>
  <fn id="fn24">
    <label>24</label><p><italic>KrV</italic>, A 99, traducción de Caimi
    modificada.</p>
  </fn>
  <fn id="fn25">
    <label>25</label><p>Hume define en el <italic>Enquiry</italic> la noción de asociación como «un principio de conexión
          entre los diversos pensamientos o ideas de la mente» que hace «que, al aparecer en la
          memoria o en la imaginación, unos introducen a otros con un cierto grado de método o
          regularidad» (David Hume, <italic>Investigación sobre el entendimiento humano</italic>,
          trad. Vicente Sanfélix y Carmen Ors (Istmo, 2004): 67). Este “introducir” unos
          pensamientos o ideas a otros está basado en la memoria o la imaginación, siendo ambas
          facultades cuya función consiste, leemos en el <italic>Treatise</italic>, en que «cuando
          una impresión <italic>ha estado presente</italic> a la mente aparece <italic>de
            nuevo</italic> en ella como idea» (David Hume, <italic>Tratado de la naturaleza
            humana</italic>, trad. Félix Duque (Técnos, 2018): 52, el subrayado es nuestro). La
          asociación es por tanto un principio de <italic>conexión temporal</italic>, pues “trae de
          nuevo” al presente, como idea, la impresión que “ha estado presente” (es decir: la
          impresión pasada) en la mente y de la cual se deriva. Puesto que las ideas son «imágenes
          débiles de las impresiones» (Hume, <italic>Tratado</italic>, 43), la imaginación y la
          memoria traen de nuevo al presente en cada caso no una impresión pasada, sino una imagen
          de la misma que se encuentra asociada con la impresión presente. Como se puede apreciar
          con claridad en la <italic>Anthropologie</italic> (<italic>cf. Anthropologie</italic>, AA
          07: 182-188 –trad.: Kant, <italic>Antropología</italic>, 74-81–), Kant ve enteramente esta
          naturaleza temporal de la asociación en relación con la memoria y la imaginación
          reproductiva. En el presente contexto esta significación temporal de la asociación está
          enteramente presente, pues la reproducción se concibe como ese traer de nuevo al presente
          de la síntesis de aprehensión las aprehensiones pasadas del fenómeno enlazándolas de este
          modo entre sí. Kant concibe, por tanto, la acción asociativa de la imaginación como un
          reproducir, y la investigación trascendental parte en el presente contexto de esta
          significación e investiga el fundamento trascendental que hace posible esta movilidad
          imaginativa de enlace entre percepciones.</p>
  </fn>
  <fn id="fn26">
    <label>26</label><p><italic>KrV</italic>, B 152.</p>
  </fn>
  <fn id="fn27">
    <label>27</label><p><italic>cfr.</italic>, <italic>KrV</italic>, A
    102.</p>
  </fn>
  <fn id="fn28">
    <label>28</label><p>El hecho de que el significado del término “reproducción” se determina a partir de esta doble
          movilidad imaginativa es algo tácitamente asumido en la literatura secundaria. Así, por
          ejemplo, Heidegger propuso comprender la acción de re-producir «de un modo totalmente
          literal», como un «volver-a-producir [<italic>Wieder-vor-führens</italic>] lo que ya ha
          sido producido [<italic>Vorgeführtes</italic>], es decir, lo que ya se ha presentado en la
          unidad aprehensiva de una pluralidad» (GA, 25, 349, traducción nuestra). Precisamente por
          ello Heidegger localiza en este modo de síntesis ambas dimensiones dinámicas, es decir,
          «una continua retentividad [<italic>Behaltbarkeit</italic>] y reproducibilidad
            [<italic>Wiedervorführbarkeit</italic>] de lo que se presenta empíricamente» (GA, 25,
          351, traducción nuestra). Rosales emplea esta noción de retención en su análisis del tipo
          de unidad que guardan entre sí la síntesis de reconocimiento y la de reproducción
            (<italic>cf</italic>., Rosales, <italic>Ser y subjetividad en Kant</italic>, 176) y,
          desde una línea de interpretación distinta, también se sirven de ésta Schulting
            (<italic>cf.</italic>, Schulting, <italic>Kant´s Radical Subjectivism</italic>, 217) y
          Tolley (<italic>cf</italic>., Clinton Tolley, “Kant on the Role of the Imagination (and
          Images) in the Transition from Intuition to Experience”, en <italic>The Imagination in
            German Idealism and Romanticism</italic>, ed. Gerard Gentry y Konstantin Pollok
          (Cambridge University Press, 2019), 34).</p>
  </fn>
  <fn id="fn29">
    <label>29</label><p><italic>KrV</italic>, B 151.</p>
  </fn>
  <fn id="fn30">
    <label>30</label><p><italic>Anthropologie</italic>, AA 07: 176
    (trad.: Kant, <italic>Antropología</italic>, 67).</p>
  </fn>
  <fn id="fn31">
    <label>31</label><p><italic>KrV</italic>, A 100.</p>
  </fn>
  <fn id="fn32">
    <label>32</label><p>En la argumentación que Kant desarrolla en este contexto está implícitamente presente, por así
          decir, la función que el concepto desempeña en relación con la aprehensión y la
          reproducción, a saber: el ser una <italic>regla</italic> de enlace o síntesis de las
          percepciones. En cuanto regla, el concepto <italic>regula</italic> el proceder de la
          aprehensión-reproducción en el sentido de que muestra anticipativamente a la imaginación
          la unidad del objeto en que habrán de configurarse las percepciones que va enlazando y, de
          este modo, ofrece a ésta la orientación acerca de qué percepciones sí y cuáles no ha de
          enlazar dentro del continuo sensorial (o dicho de otro modo: qué percepciones sí y cuales
          no ha de reproducir junto a la aprehensión en el proceder sucesivo de ésta dentro del
          continuo sensorial). En este sentido el concepto es originariamente una regla de síntesis
          que determina <italic>el modo</italic> de enlace de las percepciones, es decir, determina
            <italic>cómo</italic> han de enlazarse las percepciones o, dicho en el lenguaje de la
          triple síntesis: determina <italic>cómo ha de proceder</italic> la
          aprehensión-reproducción de las percepciones para que éstas se configuren en un
          determinado objeto de experiencia, posibilitando de este modo la no arbitrariedad del
          proceder aprehensivo-reproductivo, que es precisamente, como veremos, el rasgo definitorio
          del concepto kantiano de objetividad. Para disponer de una descripción de esta función del
          concepto como regla de síntesis y, también, acerca de cómo esta función pertenece al
          concepto en la medida en que arraiga en el esquema, <italic>cf</italic>., Felipe Martínez
          Maroza, <italic>Releer a Kant</italic> (Anthropos, 1989), pp. 56-62 y pp. 87-89.</p>
  </fn>
  <fn id="fn33">
    <label>33</label><p><italic>KrV</italic>, A 107.</p>
  </fn>
  <fn id="fn34">
    <label>34</label><p><italic>KrV</italic>, A 112.</p>
  </fn>
  <fn id="fn35">
    <label>35</label><p><italic>KrV</italic>, A 101.</p>
  </fn>
  <fn id="fn36">
    <label>36</label><p><italic>KrV</italic>, A 100, traducción de Caimi
    modificada.</p>
  </fn>
  <fn id="fn37">
    <label>37</label><p>Yovel, <italic>La revolución filosófica de
    Kant</italic>, 101.</p>
  </fn>
  <fn id="fn38">
    <label>38</label><p><italic>KrV</italic>, A 106, traducción de Caimi
    modificada.</p>
  </fn>
  <fn id="fn39">
    <label>39</label><p><italic>KrV</italic>, A 101, el subrayado es
    nuestro.</p>
  </fn>
  <fn id="fn40">
    <label>40</label><p><italic>KrV</italic>, A 101-102, traducción de
    Caimi modificada.</p>
  </fn>
  <fn id="fn41">
    <label>41</label><p><italic>KrV</italic>, A 102.</p>
  </fn>
  <fn id="fn42">
    <label>42</label><p><italic>KrV</italic>, A 102.</p>
  </fn>
  <fn id="fn43">
    <label>43</label><p><italic>KrV</italic>, A 102.</p>
  </fn>
  <fn id="fn44">
    <label>44</label><p><italic>KrV</italic>, A 102, traducción de Caimi
    modificada.</p>
  </fn>
  <fn id="fn45">
    <label>45</label><p>Como ha subrayado Schulting, la síntesis trascendental que aquí se enuncia corresponde a la
          imaginación productiva (Schulting, <italic>Kant´s Radical Subjectivism</italic>, 280) y,
          por tanto, en este contexto opera implícitamente la distinción kantiana entre imaginación
          productiva e imaginación reproductiva. Pues en efecto, al ser meramente empírica y
          receptiva, la imaginación reproductiva «pertenece a la psicología, no a la filosofía
          trascendental» (<italic>KrV</italic>, B 152). Cosa distinta es que este proceder
          psicológico y empírico de la imaginación reproductiva enraíce en la imaginación productiva
          y, por ende, arraigue también mediatamente en la espontaneidad de la unidad sintética de
          apercepción trascendental. Gracias a ello, como ha visto con claridad Ferrarin (Alfredo
          Ferrarin, “Construction and Mathematical Schematism Kant on the Exhibition of a Concept in
          Intuition”, <italic>Kant Studien</italic>, núm. 86 (1995): 142), la imaginación productiva
          es determinante de la sensibilidad (<italic>cf.</italic>, <italic>KrV</italic>, B 151-152)
          y puede, por tanto, establecer la condición trascendental de unidad sintética de las
          percepciones que venimos describiendo. Conviene a este respecto consultar la diferencia
          entre la «presentación derivada (<italic>exhibitio derivativa</italic>)» propia de la
          imaginación reproductiva y la «presentación originaria (<italic>exhibitio
            originaria</italic>)» correspondiente a la imaginación productiva, ambas formuladas en
          la <italic>Anthropologie</italic>: <italic>cf</italic>.,</p>
  </fn>
  <fn id="fn46">
    <label>46</label><p><italic>Anthropologie</italic>, AA 07: 167 (trad.: Kant, <italic>Antropología</italic>, 57). Para
          disponer de un tratamiento sobre la imaginación en Kant, resulta ya clásica la
          interpretación de Heidegger (<italic>cf</italic>., GA, 3; GA, 24), pero pueden consultarse
          también otros trabajos más recientes: <italic>cf</italic>., Alfredo Ferrarin, “Kant´s
          productive imagination and its Alleged Antecedents”, <italic>Graduate Faculty Philosophy
            Journal</italic>, núm. 1 (1995): 65-92; Alfredo Ferrarin, “Kant and Ima-ú gination,
            <italic>Fenomenologia e Società</italic>”, 32 (2009): 7-18; Tobias Rosefeldt, “Kant on
          the epistemic role of the imagination”, <italic>Synthese</italic>, Suppl. 13 (2021):
          3171-3192; Tolley, <italic>Kant on the Role of the Imagination (and Images)</italic>,
          27-48.</p>
  </fn>
  <fn id="fn47">
    <label>47</label><p>Este concepto de identificación ha sido definido por Heidegger del siguiente modo: «el término
          “reconocimiento” es (…) ambiguo. El acto fundamental que posibilita tomar algo retenido
          como lo que ya hemos intuido, captarlo como el mismo, es una identificación
            [<italic>Identifizierung</italic>]» (GA, 25, 363, traducción nuestra). Reconocer las
          aprehensiones pasadas como <italic>pertenecientes al</italic> mismo e idéntico acto de
          aprehensión que continúa aprehendiendo el fenómeno en el presente es, por tanto, un
          identificarlas como aprehensiones <italic>de</italic> dicho fenómeno y, por tanto, como
          habiendo de ser reproducidas en cada aprehensión actual de éste. Este concepto de
          identificación ha sido empleado en este mismo sentido tanto por Rosales
            (<italic>cf.</italic>, Rosales, <italic>Ser y subjetividad en Kant</italic>, 17) como
          por Yovel (<italic>cf.</italic>, Yovel, <italic>La revolución filosófica de Kant</italic>,
          101) en su análisis del pasaje que nos ocupa.</p>
  </fn>
  <fn id="fn48">
    <label>48</label><p><italic>KrV</italic>, A 115.</p>
  </fn>
  <fn id="fn49">
    <label>49</label><p><italic>cf.</italic>, <italic>KrV</italic>, A
    166/B 207.</p>
  </fn>
  <fn id="fn50">
    <label>50</label><p><italic>KrV</italic>, A 103, traducción de Caimi
    modificada.</p>
  </fn>
  <fn id="fn51">
    <label>51</label><p><italic>KrV</italic>, A 108, traducción de Caimi
    modificada, el subrayado es nuestro</p>
  </fn>
  <fn id="fn52">
    <label>52</label><p>El concepto kantiano de autoconciencia dispone, en efecto, de un carácter práxico o ejecutivo
          claramente marcado. Pues la investigación trascendental no afirma que la conciencia de sí
          mismo tenga lugar a partir de una intuición intelectual que, en un acto reflexivo, captase
          al sujeto del pensar como objeto susceptible de ser conocido (i.e., como sustancia
          pensante). Antes bien, tal es el desliz cartesiano que Kant denuncia en los Paralogismos:
          «la unidad de conciencia, que sirve de fundamento de las categorías, se toma aquí por
            <italic>intuición del sujeto</italic>, <italic>como</italic> [si fuera intuición] de
            <italic>un objeto</italic> y a ella se aplica la categoría de sustancia»
            (<italic>KrV</italic>, B 421-422, el subrayado es nuestro). Lejos de afirmar una certeza
          cartesiana en este punto al modo en que ha propuesto Dieter Henrich (<italic>cf.</italic>,
          Henrich, “La identidad del sujeto en la Deducción Trascendental”, p<italic>.</italic> 76),
          Kant subraya más bien que «la conciencia de sí mismo dista todavía mucho de ser un
          conocimiento de sí mismo» (<italic>KrV</italic>, B 157). Precisamente por ello no es
          posible afirmar tampoco una «línea de conducción cartesiana de la deducción de Kant»
          (Henrich, “La identidad del sujeto en la Deducción Trascendental”, 99), pues la
          investigación trascendental hace visible la conciencia de sí partiendo de un dato que
          dispone de una dimensión ineludiblemente práxica y ejecutiva, cual es el
            <italic>acto</italic> o la <italic>acción</italic> de enlazar o sintetizar una
          pluralidad que no es producida en la propia actividad de enlace (consúltese a este
          respecto el §17 de DTB: cf., <italic>KrV</italic>, B 138-139), sino que es dada en una
          dimensión <italic>cualitativamente</italic> diferente al entendimiento, cual es la
          sensibilidad o la intuición. Así pues, cuando Kant localiza la autoconciencia pura cuya
          expresión lingüística es “Yo pienso” el punto de partida es, como ha subrayado Allison,
          «la identidad <italic>de su acción</italic>» (Allison, <italic>Kant´s Trascendental
            Deduction</italic>, 230, traducción y subrayado nuestros). Por consiguiente, al decir
          también de Yovel, «el dato del que parte Kant es <italic>la efectividad</italic> del “yo
          pienso”, no su posibilidad abstracta» (Yovel, <italic>La revolución filosófica de
            Kant</italic>, 104, subrayado nuestro). Pues en efecto, la identificación de sí mismo
          como sujeto agente de la síntesis tiene lugar por cuanto éste se atribuye a sí mismo la
          acción de enlazar (y en esta medida se autorrefiere <italic>a priori</italic>, también,
          toda representación enlazada –toda posible representación–). Por consiguiente, sostiene
          también Yovel, «el sujeto <italic>nunca</italic> se atribuye una representación como suya
            <italic>de manera inmediata</italic>, sino <italic>mediatizada</italic> por un enlace de
          interconexiones, enlace que no es dado de antemano, sino que es <italic>conectado
            por</italic> el sujeto» (Yovel, <italic>La revolución filosófica de Kant</italic>, 106,
          subrayado nuestro). De ello es posible extraer al menos dos conclusiones. En primer lugar,
          que la identidad de la conciencia de sí mismo no es para Kant la identidad de una
          sustancia, como lo era no sólo para Descartes sino también para Locke
          (<italic>cf</italic>., John Locke, <italic>Ensayo sobre el entendimiento humano</italic>,
          trad. Edmundo O’Gorman (Fondo de Cultura Económica, 2018), 318). Lejos de ello, se trata
          de la identidad <italic>de una actividad</italic> espontánea de enlace. En segundo lugar,
          puesto que lo sintetizado <italic>a priori</italic> conforme a las categorías es el tiempo
          mismo (<italic>cf.</italic>, <italic>KrV</italic>, A 145/B 184-185) y, en esta medida,
          toda <italic>posible</italic> sensación por cuanto esta se da en el tiempo, ocurre que
          esta actividad idéntica de enlace se expresará en último término, y en un nivel de
          constitución distinto al meramente lógico-intelectual (<italic>cf.</italic>, Alejandro
          Vigo, “Kategoriale Synthesis und Einheit des Bewusstseins. Zu Kants Lehre vom Verhältnis
          zwischen Wahrnehmung und Erfahrung”, en <italic>Kants Theorie der Erfahrung</italic>, ed.
          Rainer Enskat (Walter de Gruyter, 2015), 173-178), en el <italic>procedimiento</italic> de
          síntesis que es el esquematismo trascendental de la imaginación productiva. Con lo cual el
          concepto kantiano de autoconciencia no es pensable al margen de este procedimiento
          imaginativo puro y de la consiguiente relación <italic>mediata</italic> con la intuición
          pura del tiempo. Esta es una de las razones fundamentales por las cuales afirmamos a pie
          de página en la introducción a este trabajo que el fundamento de la DT trascendental es la
          síntesis trascendnetal de la imaginación productiva, y que lo es tanto en A como en B.</p>
  </fn>
  <fn id="fn53">
    <label>53</label><p><italic>cf</italic>., <italic>KrV</italic>, B
    135.</p>
  </fn>
  <fn id="fn54">
    <label>54</label><p><italic>KrV</italic>, A 108, el subrayado es
    nuestro</p>
  </fn>
  <fn id="fn55">
    <label>55</label><p><italic>cf.</italic>, <italic>KrV</italic>, A
    346/B 404.</p>
  </fn>
  <fn id="fn56">
    <label>56</label><p><italic>KrV</italic>, A 108.</p>
  </fn>
  <fn id="fn57">
    <label>57</label><p>Ciertamente, el sentido del prefijo “auto-” (“<italic>selbst-</italic>”) indica tradicionalmente
          el momento reflexivo por el cual el sujeto se constituye como tal frente al objeto. Este
          modelo reflexivo, descrito por Henrich en su clásico trabajo al respecto
            (<italic>cf.</italic>, Dieter Henrich, <italic>Identität und Objektivität: eine
            Untersuchung über Kants transzendentale Deduktion</italic> (C. Winter, 1976): 82)
          aparece de forma clara en Leibniz: cabe «distinguir entre <italic>percepción</italic>, que
          es el estado interior de la mónada que representa las cosas externas, y la
            <italic>apercepción</italic>, que es la conciencia o conocimiento reflexivo de ese
          estado interior» (Gottfried Leibniz, <italic>Principios de la naturaleza y de la gracia
            fundados en la razón</italic>, trad. Ezequiel de Olaso (Gredos, 2011), 164). Pese a que
          Kant toma este término de Leibniz y, por tanto, la “<italic>a</italic>-percepción” o
            “<italic>auto</italic>-conciencia” incorpora cierto sentido reflexivo resulta importante
          advertir, como recientemente se ha señalado (<italic>cf.</italic>, Javier Castillo Vallez
          &amp; Javier Fuentes Gonzalez, “Propiedad en lugar de reflexividad en la comprensión de la
          autoconciencia y la autonomía en Kant”, <italic>Anales del Seminario de Historia de la
            Filosofía</italic>, núm. 41 (2024): 568-574), que el sentido kantiano del prefijo en
          cuestión indica ante todo un «modelo de propiedad» que significaría que ciertos actos (en
          este caso el acto de enlace o síntesis de las representaciones) han sido realizados por el
          sujeto y que, como tales, son «actos propios» que por tanto han de ser atribuíos o
          referidos al mismo (en este caso: es <italic>su</italic> acto de enlace y por tanto
            <italic>sus</italic> representaciones). Esta conciencia del “tener en propiedad” el acto
          de enlace es por tanto lo que sostiene la autorreferencia <italic>a priori</italic> de las
          representaciones a la unidad de conciencia, propia del modelo reflexivo, y no a la
          inversa.</p>
  </fn>
  <fn id="fn58">
    <label>58</label><p>La crítica que Hume realiza en el <italic>Treatise</italic> acerca de la noción de identidad
          personal (esto es: la identidad del sí mismo o del “yo”) incide en que, puesto que «tiene
          que haber una impresión que dé origen a cada idea real», se sigue que «si hay alguna
          impresión que origine la idea de yo, esa impresión deberá seguir siendo invariablemente
          idéntica durante toda nuestra vida, pues se supone que el yo existe de ese modo». Ahora
          bien, puesto que «no existe ninguna impresión que sea constante e invariable» se ve con
          claridad, sostiene Hume, que «la idea del yo no puede derivarse de ninguna de estas
          impresiones, ni tampoco de ninguna otra. Y en consecuencia, no existe tal idea» (Hume,
            <italic>Tratado</italic>, 355). Kant está de acuerdo con Hume, ciertamente, en que no
          hay impresión alguna constante e invariable, pero también está de acuerdo en algo que el
          pensador escocés subraya en el curso de la argumentación recién citada, a saber: que «el
          yo o persona no es ninguna impresión, sino aquello a que se supone que nuestras distintas
          impresiones e ideas tienen referencia» (Hume, <italic>Tratado</italic>, 355). Como puede
          apreciarse, la respuesta de Kant en este contexto radica en mostrar que el sí mismo o el
          yo es, en su identidad y mismidad, el centro focal de referencia de toda impresión, pero
          por ello mismo no es impresión alguna, sino el fundamento trascendental de la unidad
          sintética de las impresiones y, por tanto, el principio de unificación que las entreteje
          en la trama de la experiencia posible.</p>
  </fn>
  <fn id="fn59">
    <label>59</label><p>En efecto, el propio Kant señala que en «el concepto de objeto en general (…) se piensa meramente
          el sujeto trascendental sin predicado alguno» (<italic>KrV</italic>, A 414/B 441), y
          precisamente por ello, al igual que la conciencia pura o el sujeto trascendental, el
          objeto en general resulta «idéntico =X en todos nuestros conocimientos»
            (<italic>KrV</italic>, A 109). Lo cual comporta que el origen de la representación de
          unidad que permite unificar sintéticamente las percepciones y, con ello, con-figurarlas
            <italic>como objetos</italic> de experiencia tiene su origen, en último término, en la
          “conciencia” o el “sujeto trascendental” que realiza el propio acto de unificación, como
          por otra parte Kant señala a las claras en el pasaje que nos ocupa: «la unidad que el
          objeto hace necesaria no puede ser otra cosa que la unidad formal de la conciencia en la
          síntesis del múltiple de las representaciones» (<italic>KrV</italic>, A105). Esta doble
          polarización comporta pensar la estructura de la objetividad (i.e., del conocimiento en
          general) como una estructura de co-relación trascendental sostenida en una doble
          referencialidad que la <italic>Jäsche-Logik</italic> tematiza claramente: «todo nuestro
          conocimiento presenta una <italic>doble</italic> referencia [<italic>Beziehung</italic>]:
            <italic>en primer lugar</italic>, una referencia al <italic>objeto</italic>, <italic>en
            segundo lugar</italic>, una referencia al <italic>sujeto</italic>»
            (<italic>Jäsche-Logik</italic>, AA 09: 33, traducción modificada –trad.: Immanuel Kant,
            <italic>Lógica</italic>, trad. Mª Jesús Vázquez Lobeiras (Akal, 2000), 98–).</p>
  </fn>
  <fn id="fn60">
    <label>60</label><p><italic>cf.</italic>, <italic>KrV</italic>, A
    104.</p>
  </fn>
  <fn id="fn61">
    <label>61</label><p><italic>KrV</italic>, A 113/114.</p>
  </fn>
  <fn id="fn62">
    <label>62</label><p><italic>KrV</italic>, A 121/122.</p>
  </fn>
  <fn id="fn63">
    <label>63</label><p><italic>KrV</italic>, A 121.</p>
  </fn>
  <fn id="fn64">
    <label>64</label><p><italic>KrV</italic>, B 127.</p>
  </fn>
  <fn id="fn65">
    <label>65</label><p>Véase la formulación inicial de esta distinción
    en la <italic>Einleitung</italic> a <italic>KrV</italic>:
    <italic>cf</italic>., <italic>KrV</italic>, A1-A2/B3-B4.</p>
  </fn>
  <fn id="fn66">
    <label>66</label><p>Resulta crucial comprender que el concepto de universalidad estricta (y, por tanto, también el de
          necesidad y aprioridad) es intercambiable con la noción de validez objetiva, como Kant
          subraya en los <italic>Prolegomena</italic> (<italic>cf.</italic>, <italic>Prol</italic>.,
          AA 04: 299 –trad.: Kant, <italic>Prolegómenos</italic>, 127–). En el marco de la
          distinción entre juicios de percepción y juicios de experiencia, cuyo sentido no podemos
          detenernos en esclarecer aquí (puede consultarse a este respecto uno de los trabajos de
          Rafael Reyna: <italic>Cf</italic>., Rafael Reyna Fortes, “El papel de los juicios de
          percepción y de los conceptos empíricos en la síntesis categorial”, <italic>Logos. Anales
            del Seminario de Metafísica</italic>, núm. 54 (2021): 175-192) Kant distingue entre la
          validez meramente subjetiva de los juicios de percepción, que valen solo «para nuestro
          sujeto» en sentido psicológico y empírico, y la validez objetiva que transforma el juicio
          de percepción en juicio de experiencia mediante la aplicación de las categorías. Gracias a
          esta aplicación, el juicio empírico gana «una referencia a un objeto», con lo cual dicho
          juicio no expresa ya «una referencia de la percepción a un sujeto, sino una propiedad del
          objeto». En la medida en que dicha propiedad expresa algo <italic>del</italic> objeto (el
          rojo <italic>del</italic> cinabrio, en el ejemplo kantiano aludido en este trabajo), cuya
          validez es, por definición, independiente de las condiciones particulares del sujeto
          empírico enunciante del juicio en cuestión, dicho juicio es algo con lo cual tiene que
          concordar todo posible juicio sobre el mismo objeto, sea emitido por el mismo sujeto en un
          momento posterior del tiempo o sea emitido por <italic>cualquier otro</italic> sujeto
          empírico y particular: este conjunto determinado de todos los juicios posibles sobre el
          mismo objeto constituye la unidad del mismo y no expresa otra cosa que <italic>lo
            que</italic> ese objeto <italic>es</italic>, su “ser…”. Se comprende entonces, sostiene
          Kant, que «cuando un juicio concuerda con un objeto, todos los juicios sobre el mismo
          objeto deben también concordar entre sí», y «también a la inversa, si encontramos motivo
          para tener un juicio por necesariamente válido universalmente (…) debemos tenerlo también
          por objetivo» (<italic>Prol</italic>., AA 04: 299 – trad.: Kant,
            <italic>Prolegómenos</italic>, 127–). Esta noción de validez objetiva se enuncia como
          respuesta al “problema de Hume”, como se aprecia cuando Kant sostiene que en los juicios
          de percepción (como «cuando el sol baña la piedra, esta se calienta») ocurre que «las
          percepciones se encuentran sólo habitualmente enlazadas», y que es justamente la
          aplicación de las categorías (en este caso, la categoría causa-efecto), lo que permite
          transformar dicho juicio en un juicio de experiencia, cual es «el sol
            <italic>calienta</italic> la piedra» (<italic>Prol</italic>., AA 04: 301302 –trad.:
          Kant, <italic>Prolegómenos</italic>, 137–, nota a pie de página). <italic>KrV</italic>, A
          106, el subrayado es nuestro.</p>
  </fn>
  <fn id="fn67">
    <label>67</label><p><italic>KrV</italic>, A 104-105, el subrayado es
    nuestro.</p>
  </fn>
  <fn id="fn68">
    <label>68</label><p>Allison, <italic>Kant´s Trascendental
    Deduction</italic>, 222, la traducción es nuestra.</p>
  </fn>
  <fn id="fn69">
    <label>69</label><p><italic>KrV</italic>, A 121, el subrayado es
    nuestro.</p>
  </fn>
  <fn id="fn70">
    <label>70</label><p>Este concepto de objetividad tiene su
    inspiración directa en la formulación que realiza Martínez Maroza al
    respecto: <italic>Cf</italic>., Martínez Maroza, <italic>Releer a
    Kant</italic>, 72.</p>
  </fn>
  <fn id="fn71">
    <label>71</label><p>El hecho de que Kant piense la noción de objetividad en términos de coherencia ha sido subrayado
          tanto por Allison (<italic>Cf</italic>., Henry Allison, “Kant’s Concept of the
          Trascendental Object”, <italic>Kant Studien</italic>, núm. 59 (1968): 178) como por
          Martínez Marzoa. Reproducimos a este respecto las palabras de este último por su especial
          claridad: «La “certeza” (<italic>Gewiβheit</italic>) es la validez o legitimidad de la que
          venimos hablando. Es evidente que, si no puedo asumir como información empíricamente
          válida el que yo haya naufragado en el Pacífico hace unos minutos, ello se debe a que ese
          “dato” junto con toda una serie de otros datos de experiencia, como mi actual ubicación en
          una calle de Barcelona, lo que recuerdo de esta mañana, lo que sé –también por
          experiencia– acerca de la distancia entre Barcelona y el Pacífico, acerca del nivel
          tecnológico de los medios de transporte etc., no es susceptible de entrar en
            <italic>coherencia</italic> alguna, no es <italic>compatible</italic> lo uno con lo
          otro. Ahora bien, si se exige “compatibilidad” o “coherencia” se está presuponiendo algún
          tipo de reglas por las que se determina qué es compatible con qué otras cosas; se está
          suponiendo que funcionan algo así como criterios de compatibilidad o coherencia (…)
          implicados en la homologación de algo como experiencia. Tendrán, pues, que ser leyes o
          reglas o criterios cuya validez tiene lugar <italic>a priori</italic>» (Martínez Maroza,
            <italic>Releer a Kant</italic>, 18, el subrayado es nuestro).</p>
  </fn>
  <fn id="fn72">
    <label>72</label><p><italic>KrV</italic>, A 106, traducción de Caimi
    modificada, el subrayado es nuestro.</p>
  </fn>
  <fn id="fn73">
    <label>73</label><p>GA, 3, 84, traducción nuestra.</p>
  </fn>
  <fn id="fn74">
    <label>74</label><p>Un análisis pormenorizado y riguroso del §12 de la DT puede encontrarse en uno de los trabajos de
          Alejandro Vigo: <italic>Cf</italic>., Alejandro Vigo, “Conceptos trascendentales,
          reflexión y juicio. Sobre el §12 de la Kritik der reinen Vernunft”,
            <italic>Dianoia</italic>, núm. 61 (2008) :73-110.</p>
  </fn>
  <fn id="fn75">
    <label>75</label><p><italic>KrV</italic>, B 114.</p>
  </fn>
  <fn id="fn76">
    <label>76</label><p><italic>KrV</italic>, A 121, el subrayado es
    nuestro.</p>
  </fn>
  <fn id="fn77">
    <label>77</label><p><italic>KrV</italic>, A 121-122, el subrayado es
    nuestro.</p>
  </fn>
  <fn id="fn78">
    <label>78</label><p><italic>KrV</italic>, A 102.</p>
  </fn>
  <fn id="fn79">
    <label>79</label><p><italic>KrV</italic>, A 122.</p>
  </fn>
  <fn id="fn80">
    <label>80</label><p><italic>KrV</italic>, A 123.</p>
  </fn>
  <fn id="fn81">
    <label>81</label><p><italic>KrV</italic>, A 114.</p>
  </fn>
  <fn id="fn82">
    <label>82</label><p><italic>KrV</italic>, A 101.</p>
  </fn>
  <fn id="fn83">
    <label>83</label><p><italic>cf.</italic>, Martínez Marzoa,
    <italic>Releer a Kant</italic>, 72.</p>
  </fn>
  <fn id="fn84">
    <label>84</label><p>Esta separación y articulación entre las leyes trascendentales y las empíricas es claramente
          afirmada por Kant tanto en DTA como en DTB (<italic>KrV</italic>, A 127-128;
            <italic>KrV</italic>, B 165). En base a ella resulta claro lo siguiente, a saber: que no
          cabe concluir una génesis o derivación integral de las leyes empíricas a partir de las
          leyes trascendentales pese a que aquellas se encuentren <italic>a priori</italic>
          sometidas a estas, pues las determinaciones específicas y particulares de las primeras
          sólo son cognoscibles <italic>a posteriori</italic> en la experiencia efectivamente real,
          mas no enteramente a partir de la experiencia posible. Esta irreductibilidad de las
          determinaciones empíricas y contingentes a la necesidad del principio de objetividad al
          cual se encuentran, sin embargo, sometidas, está presente ya en la formulación que hemos
          hecho de este principio. Una expresión distinta de esta articulación kantiana entre
          necesidad y contingencia puede encontrarse en un trabajo reciente de Claudia Jáuregui:
            <italic>Cf</italic>., Claudia Jáuregui, “La concepción kantiana del Yo”, en <italic>Guía
            Comares de Immanuel Kant</italic>, ed. Gustavo Leyva (Editorial Comares S.L., 2023),
          140.</p>
  </fn>
  <fn id="fn85">
    <label>85</label><p><italic>KrV</italic>, A 766-767/B 794-795.</p>
  </fn>
  <fn id="fn86">
    <label>86</label><p><italic>KrV</italic>, A 766-767/B 794-795.</p>
  </fn>
  <fn id="fn87">
    <label>87</label><p><italic>KrV</italic>, A 766-767/B 794-795.</p>
  </fn>
  <fn id="fn88">
    <label>88</label><p>En la crítica a la idea de conexión necesaria que encontramos en el <italic>Enquiry</italic> Hume
          incurre, en efecto, en la confusión señalada por Kant acerca del principio trascendental
          de causalidad, pues pretende invalidar el carácter <italic>a
          priori</italic>universal-y-necesario de dicho principio aduciendo que no podemos anticipar
          los enlaces causales <italic>determinados</italic> que observamos en la experiencia
          efectivamente real. En efecto, sostiene Hume, «a partir de la primera aparición de un
          objeto nunca podemos conjeturar qué efecto resultará de él. Pero si la mente pudiera
          descubrir el poder o la energía de cualquier causa, podríamos prever el efecto incluso sin
          experiencia; y podríamos, desde el principio, pronunciarnos con certeza respecto a él, por
          la mera fuerza del pensamiento y el razonamiento» (Hume, <italic>Investigación</italic>,
          157). Kant estaría de acuerdo con Hume en que no es posible “prever (…) sin experiencia”,
          esto es, <italic>a priori</italic>, “qué efecto resultará” de la “primera aparición de un
          objeto”, pues ello sólo es descubrible <italic>a posteriori</italic> en la propia
          experiencia efectivamente real. Pero lo que sí es posible anticipar <italic>a
            priori</italic> es que, sea cual sea el efecto que resultará de dicho objeto, tendrá que
          ser uno determinado en cada caso (el derretimiento de la cera ante el calor del sol, por
          ejemplo) y que, por tanto, no valdrá cualquiera. De este modo, los principios
          trascendentales de la experiencia posible, como es el principio de causalidad, establecen
            <italic>a priori</italic> el mínimo de legalidad para poder interrogar a la experiencia
          efectivamente real y, con ello, ofrecen el mínimo de orientación para que podamos buscar,
          en su particularidad y contingencia irreductibles, las conexiones y leyes empíricas que
          sólo ella puede enseñarnos.</p>
  </fn>
  <fn id="fn89">
    <label>89</label><p><italic>KrV</italic>, A 766-767/B 794-795.</p>
  </fn>
</fn-group>
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    <source>Kant Studien</source>
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