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<!DOCTYPE article PUBLIC "-//NLM//DTD JATS (Z39.96) Journal Publishing DTD v1.3 20210610//EN" "http://jats.nlm.nih.gov/publishing/1.3/JATS-journalpublishing1-3.dtd">
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      <journal-id journal-id-type="publisher-id">ASHF</journal-id>
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        <journal-title specific-use="original" xml:lang="es">Anales del Seminario de Historia de la Filosofía</journal-title>
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      <issn publication-format="electronic">1988-2564</issn>
      <issn-l>0211-2337</issn-l>
      <publisher>
        <publisher-name>Ediciones Complutense</publisher-name>
        <publisher-loc>España</publisher-loc>
      </publisher>
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      <article-id pub-id-type="doi">10.5209/ashf.98269</article-id>
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        <subj-group subj-group-type="heading">
          <subject>ESTUDIOS</subject>
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        <article-title>Walter Benjamin y la fenomenología: un análisis de la doctrina del Eidos en la formación de su pensamiento</article-title>
        <trans-title-group xml:lang="en">
          <trans-title>Walter Benjamin and Phenomenology: an analysis of the doctrine of Eidos in the formation of his thought</trans-title>
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        <contrib contrib-type="author" corresp="yes">
          <contrib-id contrib-id-type="orcid">https://orcid.org/0000-0003-2068-3462</contrib-id>
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            <surname>Álvarez Gavela</surname>
            <given-names>Ariadna</given-names>
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          <xref ref-type="corresp" rid="cor1"/>
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        <aff id="aff-a"><institution content-type="original">Universidad de Salamanca</institution>
          <country country="ES">España</country>
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      <author-notes>
        <corresp id="cor1">Ariadna Álvarez Gavela<email>ariadnagavela@gmail.com</email></corresp>
      </author-notes>
      <pub-date pub-type="epub" publication-format="electronic" iso-8601-date="2025-06-06">
        <day>06</day>
        <month>06</month>
        <year>2025</year>
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      <volume>42</volume>
      <issue>2</issue>
      <fpage>401</fpage>
      <lpage>414</lpage>
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        <copyright-statement>Copyright © 2025, Universidad Complutense de
          Madrid</copyright-statement>
        <copyright-year>2025</copyright-year>
        <copyright-holder>Universidad Complutense de Madrid</copyright-holder>
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      </permissions>
      <abstract>
        <p>El presente artículo analiza la relación de Walter Benjamin con la fenomenología desde sus
          tempranos años de formación universitaria hasta la publicación de su tesis de habilitación no aprobada, El
          origen del Trauerspiel alemán (1928). Tomando por hilo conductor la doctrina del Eidos, proponemos que en
          la recurrencia de este topos es posible cifrar tanto su interés inicial por la escuela fenomenológica como
          las claves de su posterior distanciamiento. Para probar nuestra hipótesis, rastrearemos las referencias a la
          fenomenología en la preocupación benjaminiana por la cuestión del eidos siguiendo un orden cronológico
          y deteniéndonos particularmente en dos hitos: el fragmento nunca publicado Eidos und Begriff (1916) que
          toma por interlocutor al fenomenólogo Paul F. Linke, y la presencia del término esencialidad [Wesenheit] en
          el “Prólogo epistemocrítico” al libro sobre el barroco. En este último, los remanentes de la fenomenología se
          manifiestan de mano de una figura en sí misma heterodoxa, Jean Héring, cuya definición de la esencialidad
          permitirá apreciar las correspondencias y divergencias de Benjamin con la fenomenología antes de
          distanciarse definitivamente de esta corriente.</p>
      </abstract>
      <trans-abstract xml:lang="en">
        <p>This article analyzes Walter Benjamin’s relationship with phenomenology from his early years of
          university education to the publication of his unapproved habilitation thesis, The Origin of German Tragedy
          (1928). Using the doctrine of Eidos as a guiding thread, we propose that the recurrence of this topos allows
          us to decipher both his initial interest in the phenomenological school and the keys to his subsequent
          distancing from it. To test our hypothesis, we will trace references to phenomenology in Benjamin’s
          concern with the question of eidos in chronological order, focusing particularly on two milestones: the
          unpublished fragment Eidos und Begriff (1916), which engages with the phenomenologist Paul F. Linke,
          and the presence of the term “essentiality” [Wesenheit] as a synonym for the idea in the “Epistemological
          Preface” to his book on the Baroque. In the latter, the remnants of phenomenology are manifested through
          the heterodox figure of the Alsatian thinker Jean Héring, whose definition of essentiality will allow us to
          appreciate the correspondences and divergences between Benjamin and phenomenology before he
          definitively distances himself from this current.</p>
      </trans-abstract>
      <kwd-group>
        <kwd>Doctrina de las Ideas</kwd>
        <kwd>Eidos</kwd>
        <kwd>Fenomenología</kwd>
        <kwd>Jean Héring</kwd>
        <kwd>Paul F. Linke</kwd>
        <kwd>Walter Benjamin</kwd>
      </kwd-group>
      <kwd-group xml:lang="en">
        <kwd>Doctrine of Ideas</kwd>
        <kwd>Eidos</kwd>
        <kwd>Jean Héring</kwd>
        <kwd>Paul F. Linke</kwd>
        <kwd>Phenomenology</kwd>
        <kwd>Walter Benjamin</kwd>
      </kwd-group>
    </article-meta>
  </front>
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<sec id="sec1">
  <title>1. Introducción</title>
  <p>Los años de formación escolar y universitaria de Walter Benjamin están caracterizados por su
        aproximación a una miríada de autores y corrientes filosóficas en ocasiones de difícil
        enlace; algo que no está reñido con el hecho de que Benjamin, “a diferencia de numerosos
        escritores que solo encuentran su tono propio después de largos tanteos, […] es
        completamente él mismo en sus escritos desde el comienzo”<xref ref-type="fn" rid="fn1"
          >1</xref>. El tiempo que se abre con su estancia en la institución educativa de élite de
        Haubinda, y se extiende hasta sus primeros años en la Universidad de Berlín y en Friburgo,
        tiene una figura intelectual rectora que se impone sobre las demás: la del reformador
        educativo Gustav Wyneken, cuyo correlato fue el intenso compromiso del joven Benjamin en el
        Movimiento de la Juventud. Cuando en 1914 rompe definitivamente con el Movimiento y su
        primer maestro, queda un espacio vacante en el que, coincidiendo con su etapa universitaria,
        Benjamin tanteará diferentes afinidades intelectuales. Este nuevo espacio pronto será
        ocupado por grandes figuras teóricas que, con el paso de los años, se revelarán esenciales
        en la conformación de su pensamiento de largo alcance. El panteón filosófico resultante de
        este nuevo periodo de formación, en el que Benjamin termina de consagrar algunas
        certidumbres teóricas que le acompañarán, a veces metamorfoseadas, hasta sus obras tardías,
        queda bien sintetizado en el segundo currículum que redacta en 1928<xref ref-type="fn"
          rid="fn2">2</xref>, en un momento que podríamos considerar el cierre de esta etapa con la
        publicación de la que fue su tesis de habilitación no aprobada por la Universidad de
        Frankfurt, <italic>El origen del Trauerspiel alemán</italic>. Describiendo entonces su
        formación, identifica sus cuatro autores o escuelas de cabecera en la época en los
        siguientes términos: “de manera especial, y con lecturas siempre renovadas, estudié a Platón
        y Kant, seguidos de la filosofía de Husserl y la Escuela de Marburgo”<xref ref-type="fn"
          rid="fn3">3</xref>
        <xref ref-type="fn" rid="fn4">4</xref>.</p>
  <p>De estas cuatro referencias, solo la fenomenología ha pasado de puntillas por la literatura
        especializada, pero también por el pensamiento benjaminiano. La centralidad de Kant queda
        patente en el <italic>Programa para una filosofía venidera</italic>¸ así como en la
        correspondencia y en el proyecto no realizado de una tesis de habilitación dedicada a la
        filosofía de la historia kantiana. Platón, por su parte, es el pensador al que se encomienda
        el prólogo al libro sobre el barroco, donde Benjamin aspira a formular una “ciencia
        platónica” de las ideas<xref ref-type="fn" rid="fn5">5</xref>. También ha sido evidenciada
        la relevancia del neokantismo en la formación del pensamiento del joven Benjamin, sin la que
        no puede comprenderse su abordaje de la teoría del conocimiento kantiana, y con la que
        discutirá hasta sus últimos textos<xref ref-type="fn" rid="fn6">6</xref>. En cambio, la
        cuarta de esas menciones, la filosofía de Husserl, ha sido en buena medida eludida. En
        primer lugar, por el propio Benjamin, quien a partir del año 1928 evita en sus obras y su
        correspondencia las referencias a la fenomenología, salvo para confrontarse a Heidegger o
        para aconsejar a Adorno a propósito de su <italic>Husserl</italic>; pero también por los
        principales custodios de su obra. Así, tanto Gershom Scholem como el propio Theodor Adorno
        coinciden en la desatención, cuando no menosprecio, del lugar de la fenomenología en la
        formación del pensamiento benjaminiano. En <italic>Historia de una amistad</italic> escribe
        el primero que Benjamin “solo tenía una idea imprecisa”<xref ref-type="fn" rid="fn7"
          >7</xref> de la fenomenología adquirida en sus tiempos en Munich. Adorno, por su parte, se
        manifestó en un sentido afín al afirmar que su amigo no había entendido a Husserl<xref
          ref-type="fn" rid="fn8">8</xref>, y su propia confrontación con esta escuela pudo haber
        contribuido a que minimizara su presencia entre los intereses del joven Benjamin. Solo
        recientemente la literatura especializada tomó distancia de estos supuestos para mostrar que
        Benjamin mantuvo una interlocución sostenida con autores y problemas vinculados a la
          fenomenología<xref ref-type="fn" rid="fn9">9</xref>, aun cuando esta relación esté
        atravesada por múltiples tensiones que terminarán por distanciarle de esta corriente al
        cierre de esta etapa.</p>
  <p>El presente artículo da cuenta de la relación de Walter Benjamin con la fenomenología desde los
        inicios de su formación universitaria, una vez rotos los lazos teóricos con el Movimiento de
        la Juventud, hasta la publicación de su último trabajo estrictamente académico, la tesis de
        habilitación no aprobada <italic>El origen del Trauerspiel alemán</italic> (1928), momento
        tras el cual se aleja definitivamente de esta corriente. Para rastrear esta presencia en su
        pensamiento de juventud seguimos la pista que, a nuestro juicio, otorga la más fiel medida
        de su aproximación y posterior distanciamiento de esta corriente: la doctrina del eidos, que
        constituye el núcleo problemático de la fenomenología que más genuinamente interesó a
        Benjamin. Así, la hipótesis de este trabajo es que, en su sostenido interés por esta
        problemática, es posible identificar una dimensión propiamente fenomenológica que se expresa
        todavía —y como último destello de presencia antes de desaparecer para siempre— en la
        doctrina de las ideas del libro sobre el barroco. Esta presencia, que ha pasado
        desapercibida para una literatura especializada tendente a privilegiar otras líneas filiales
        en la genética de la idea, como el realismo platónico o el romanticismo de Schlegel<xref
          ref-type="fn" rid="fn10">10</xref>, se manifiesta de mano de una figura en sí misma
        heterodoxa dentro de la fenomenología: Jean Héring. En contra de la minusvaloración de su
        importancia por parte de Uwe Steiner<xref ref-type="fn" rid="fn11">11</xref>, coincidimos
        con Ferenzc-Flatz<xref ref-type="fn" rid="fn12">12</xref> en que la traza fenomenológica en
        la filosofía benjaminiana pasa por figuras secundarias, como Moritz Geiger, Paul F. Linke o
        el mismo Héring, más que por pensadores de primera línea como Husserl ― una particularidad
        coherente con el conjunto de la filosofía benjaminiana, siempre perseverante en su trabajo
        con figuras, nociones y fenómenos periféricos con la esperanza de hallar en ellos claves de
        comprensión totalizadoras.</p>
  <p>Para poner a prueba esta hipótesis, rastrearemos las referencias a la fenomenología en la
        doctrina del eidos siguiendo un orden cronológico, y nos detendremos particularmente en dos
        hitos: el fragmento nunca publicado <italic>Eidos und Begriff</italic> de 1916 y la
        presencia del término <italic>esencialidad</italic> [<italic>Wesenheit</italic>] como
        sinónimo de la idea en el “Prólogo epistemocrítico” [“<italic>Erkenntniskritische
          Vorrede</italic>”] a <italic>El origen del</italic> Trauerspiel <italic>alemán</italic>.
        El apartado “2. El problema del concepto y el eidos en los años de formación universitaria”
        reconstruye el lugar de la fenomenología en la temprana gestación del pensamiento
        benjaminiano, coincidiendo con sus años de estudios universitarios, a través de su
        correspondencia y hasta desembocar en el citado fragmento de 1916. Este da cuenta del
        momento de mayor afinidad intelectual de Benjamin con la fenomenología, llegando a ser
        caracterizado por Peter Fenves como un intento de experimentar con el método fenomenológico
        de la intuición de esencias<xref ref-type="fn" rid="fn13">13</xref>. Mostraremos que, en el
        marco de la discusión emprendida en este fragmento, donde confronta con el fenomenólogo Paul
        F. Linke en el terreno de las teorías de la abstracción de los conceptos, Benjamin configura
        ya una caracterización esencial de la idea (denominada en este texto eidos) que pasará
        intacta al prólogo epistemocrítico y que explica su posterior acuerdo con la propuesta de
        Jean Héring<xref ref-type="fn" rid="fn14">14</xref>. El apartado siguiente, “3. Benjamin
        lector de Héring: la huella de la fenomenología en la noción de esencialidad
          [<italic>Wesenheit</italic>] en el periodo 1924-1928”, indaga en la presencia de la
        fenomenología en el siguiente periodo de formación, aquel en el que comienza, ya presentada
        su tesis doctoral, cuando Benjamin busca un tema para realizar su escrito de habilitación y
        poder así dedicarse profesionalmente a la docencia universitaria. Aquí cifraremos la huella
        de la fenomenología en el uso de un término que Benjamin toma prestado de esta corriente en
        el preciso sentido que le imprime Jean Héring: <italic>Wesenheit</italic>, esencialidad. A
        través de esta noción, la doctrina del eidos se funde con la de la idea, centro mismo de la
        epistemología benjaminiana de la época. Nuestro propósito consistirá, entonces, en desgranar
        los elementos específicamente fenomenológicos de esta última. Para ello, un primer
        subapartado presentará una aproximación global al lugar de la fenomenología en su
        pensamiento de estos años; lugar que, como trataremos de probar, se caracteriza ante todo
        por la ambigüedad. Benjamin se encuentra entonces disputando con algunos de los elementos
        teóricos claves para la fenomenología, a la par que sigue bebiendo de la doctrina del eidos
        tal y como esta la presenta. En esta negociación especulativa cobra protagonismo una figura
        por lo demás secundaria para la escuela fenomenología, Jean Héring, cuya propuesta teórica
        se aviene muy bien con las búsquedas de Benjamin en dicho periodo. Siendo así, dedicaremos
        el segundo subapartado de esta parte del artículo, “3.2. Rasgos compartidos entre la idea y
        la esencialidad”, a establecer una comparativa entre la idea benjaminiana y la esencialidad
        héringiana en base a cuatro aspectos de coincidencia: la discontinuidad como rasgo
        característico de ambas, su independencia respecto del mundo fenoménico, su contabilidad y,
        por último, su modo de darse. Dicha comparativa deberá revelar en qué aspectos la propuesta
        de Benjamin sigue conectada con un sistema especulativo de carácter fenomenológico, y en qué
        otros se encuentra ya distante del mismo, dándonos así la cifra de la tensa adscripción de
        Benjamin a la fenomenología ya en este estadio final de su pensamiento de juventud.</p>
</sec>
<sec id="sec2">
  <title>2. El problema del concepto y el eidos en los años de formación universitaria</title>
  <p>El primer testimonio de un acercamiento de Benjamin a la fenomenología podría fecharse en 1913,
        en su primer año de universidad, cuando deja constancia en una carta a su amigo Franz Sachs
        de estar leyendo <italic>La filosofía como ciencia estricta</italic><xref ref-type="fn"
          rid="fn15">15</xref>. Aunque el ensayo de Husserl aparecido en la revista
          <italic>Logos</italic> dos años antes contiene varios motivos afines a la posterior
        doctrina de las ideas y al pensamiento benjaminiano en general<xref ref-type="fn" rid="fn16"
          >16</xref>, este contacto inicial con la fenomenología dejó al joven Benjamin un tanto
        indiferente, a juzgar por la ausencia de referencias a esta lectura u otras afines en la
        correspondencia y escritos posteriores. En un momento de fuerte compromiso con el Movimiento
        de la Juventud, aquel texto no halló resonancia entre sus intereses. Esta situación cambiará
        dos años después, ya lejos de Berlín y desencantado con su anterior maestro. En su tiempo en
        la Universidad de Munich, “deprived of any suitable organization for university reform,
        Benjamin— for a change— could give his undivided attention to his studies”<xref
          ref-type="fn" rid="fn17">17</xref>.</p>
  <p>En este nuevo contexto, asiste a finales de 1915 al seminario del fenomenólogo Moritz Geiger
        dedicado a la crítica kantiana del juicio, que constituirá el verdadero desencadenante de su
        renovado acercamiento a la fenomenología y, esta vez sí, al desarrollo de un genuino interés
        por la misma. Siempre estricto con sus maestros universitarios, Benjamin juzgará en cambio
        que el seminario de Geiger tiene “demasiadas pocas horas”<xref ref-type="fn" rid="fn18"
          >18</xref>, y todavía en su último currículum recuerda la “impresión duradera [que le]
        dejaron las clases del filósofo muniqués Moritz Geiger”<xref ref-type="fn" rid="fn19"
          >19</xref>. Es, en efecto, este encuentro mucho más que aquella primera lectura de Husserl
        la que pone a Benjamin en la órbita de la fenomenología y le mueve a profundizar en su
        corpus y problemas. Así, en una carta a su amigo Fridtz Radt de diciembre de 1915, confiesa
        encontrarse “ocupado” leyendo las <italic>Beiträge zur Phänomenologie des ästhetischen
          Genusses</italic> (1913) del propio Geiger y estudiando un segundo trabajo de Husserl que
        refiere como su “ardua fundamentación de principios” [“Husserls schwere, prinzipielle
          Grundlegung”]<xref ref-type="fn" rid="fn20">20</xref>, dejando irresuelta la cuestión de
        si se refiere a <italic>Investigaciones lógicas</italic> o a <italic>Ideas</italic><xref
          ref-type="fn" rid="fn21">21</xref>. En esta misma carta expresa con claridad la intención
        en que se enmarcan dichas lecturas: Benjamin se encuentra determinado a “ganar entrada en la
        escuela” fenomenológica<xref ref-type="fn" rid="fn22">22</xref>. Cabe suponer que, con este
        objetivo, comienza también a seguir las discusiones que, tras el giro trascendental de
        Husserl en <italic>Ideas</italic>, tienen lugar en ciertas revistas alemanas de la época.
        Así, del volumen de 1916 de los <italic>Kant-Studien</italic> se interesa por “Das Recht der
        Phänomenologie” de Paul F. Linke<xref ref-type="fn" rid="fn23">23</xref>, que será para el
        joven estudiante universitario su puerta de acceso a la escuela.</p>
  <p>El ensayo Linke constituye una defensa del fundamento trascendental de la fenomenología frente
        a las lecturas e intentos de interpretación empiristas de <italic>Ideas</italic>. De entre
        estas, confronta específicamente la del psicólogo neokantiano Theodor Elsenhans (1915), que
        en palabras de Benjamin había lanzado “una crítica incomprensible contra la
          fenomenología”<xref ref-type="fn" rid="fn24">24</xref> en el ensayo “Phänomenologie,
        Psychologie, Erkenntnistheorie” (1915), aparecido en el volumen anterior de la mencionada
        revista. Elsenhans encontraba un punto débil de la fenomenología en lo que Linke defiende
        como su mayor fortaleza: que la captación de lo dado se produzca desligada de toda
          experiencia<xref ref-type="fn" rid="fn25">25</xref>. Para separar lo experiencialmente
        dado ―objeto del empirismo― de lo dado en general, el ensayo del fenomenólogo de Jena se
        introduce en la cuestión de la formación de los conceptos tratando de refutar las “falsas
        teorías de la abstracción y la generalidad” que Elsenhans presenta en su trabajo, y
        demostrando así el carácter puramente eidético de aquellos<xref ref-type="fn" rid="fn26"
          >26</xref>. Aunque Benjamin reconoce tener que agradecer al texto del entonces profesor de
        la Universidad de Jena y posterior maestro de Scholem “algunas enseñanzas sobre la esencia
        de la fenomenología, o lo que él considera que es”<xref ref-type="fn" rid="fn27">27</xref>,
        identifica en él un problema que será el objeto de <italic>Eidos und Begriff</italic>, un
        fragmento redactado en 1916 que señala y aspira a “corregir”<xref ref-type="fn" rid="fn28"
          >28</xref> los defectos del ensayo de Linke.</p>
  <p>Aunque breve y nunca publicado, este escrito resulta fundamental por varias razones. En primer
        lugar, es el único ensayo terminado, y de cuyo resultado Benjamin parece satisfecho todavía
        varios años después<xref ref-type="fn" rid="fn29">29</xref>, que se conserva en torno a esta
        temática.</p>
  <p>En este sentido, da testimonio de un periodo en que sabemos que el joven estudiante berlinés
        reflexionaba sobre la doctrina del eidos, y que se extiende al menos hasta fines de 1917,
        cuando todavía discutía con Scholem sobre el problema de la identidad, que reconoce como
        esencialmente vinculado “a la doctrina del eidos”<xref ref-type="fn" rid="fn30">30</xref>.
        En manos de este último habría quedado el célebre cuaderno “sobre las tesis de la identidad”
          <xref ref-type="fn" rid="fn31">31</xref>, que recogía las discusiones de los dos amigos
        sobre esta temática y que se encuentra perdido<xref ref-type="fn" rid="fn32">32</xref>. En
        segundo lugar, este escrito muestra que, precisamente en este contexto de discusión
        intelectual con la fenomenología, Benjamin había comenzado a fraguar una caracterización de
        la idea o, en la terminología de esta época, el eidos, que trasladará sin apenas
        modificaciones a su tesis de habilitación en el momento de su redacción en 1924. En tercer y
        último lugar, <italic>Eidos y concepto</italic> muestra que Benjamin identifica
        tempranamente un problema de la fenomenología que, como también apunta Fenves<xref
          ref-type="fn" rid="fn33">33</xref>, es el mismo que años después tratará de resolver Jean
        Héring en el volumen de 1921 del <italic>Jahrbuch für Philosophie und phänomenologische
          Forschung</italic>: la sobrecarga semántica, en el ámbito de la fenomenología, de la
        noción de eidos o esencia.</p>
  <p>El escrito de Benjamin se posiciona contra la indistinción linkeana entre concepto y esencia
        (eidos), reunidos bajo el paraguas común de los objetos eidéticos que se dan inmediatamente.
        A juicio de Benjamin, “Das Recht der Phänomenologie” refutaba adecuadamente las teorías de
        la abstracción de los conceptos — algo que, por otro lado, el propio Husserl había hecho en
          <italic>Ideas</italic><xref ref-type="fn" rid="fn34">34</xref> — pero, al no clarificar de
        dónde surge el concepto si no es de un proceso de abstracción y/o generalización, y
        definirlo simplemente como resultado de una dación inmediata, lo hacía caer en una total
        indistinción respecto al eidos. “El punto de vista de Linke”, escribe en 1918 a su amigo
        Scholem al presentarle por carta el objeto de su escrito, “de que no hay necesidad de una
        teoría del concepto porque los conceptos se dan eidéticamente es insostenible”<xref
          ref-type="fn" rid="fn35">35</xref>, aserción que reafirma en el breve ensayo: “aun cuando
        los datos eidéticos que nos ofrece la fenomenología se nos hayan dado de un modo inmediato,
        una teoría del concepto es tan necesaria como antes”<xref ref-type="fn" rid="fn36"
        >36</xref>. Y ello no solo porque hay muchos conceptos que no se pueden explicar por los
        procesos que proponen las teorías de la abstracción, sino porque resulta fundamental para
        salvar las ambigüedades propias de la indistinción con el eidos y “asegurar el carácter
        eidético de las ciencias eidéticas”<xref ref-type="fn" rid="fn37">37</xref>, lo que hace la
        reducción fenomenológica a través de la intuición. Benjamin no logrará en este momento dar
        una solución a este problema en la forma de una teoría del origen de los conceptos, pero,
        como ya avanzamos, sí llega a captar que la fenomenología, presa de la ausencia de una
        teoría tal, cargaba a la esencia con demasiadas responsabilidades. En este marco, su
        contribución específica a la escuela de la que aspiraba a formar parte consiste en la
        propuesta de una clara diferenciación entre concepto y esencia (eidos), diferencia que
        adelanta ya algunos de los rasgos clave de la contraposición concepto-idea en la doctrina
        que elaborará años después.</p>
  <p>La diferenciación que propone se asienta sobre la respectiva relación del concepto y el eidos
        con lo singular-fáctico, y por tanto con el tiempo y el espacio. Con estos mantiene el
        concepto una relación que le es esencial. Cuando se forma el concepto de un determinado
        objeto, es fundamental para el mismo que dicho objeto exista en un lugar del espacio real y
        en un tiempo real. Así, tomando el ejemplo propuesto por el autor, “del concepto de esta
        hoja de papel secante forma parte el hecho de que existe ahí, en este punto del tiempo real,
        del espacio real […]; dicho en otras palabras: lo singular-fáctico es esencial para el
          concepto”<xref ref-type="fn" rid="fn38">38</xref>. El concepto, aunque sea él mismo
        atemporal, incluye siempre una referencia al <italic>hic et nunc</italic> de su objeto. Y
        esto sucede porque el concepto mantiene una relación “indicial” con el mismo, es decir, “el
        concepto puede ser también concepto de eso que es singular-fáctico”. Esta dimensión
        relacional es a la que Benjamin concede más importancia en 1918 cuando, refiriéndose a
          <italic>Eidos und Begriff</italic>, confiesa a Scholem que, si bien no es el aspecto al
        que presta más atención en su ensayo, lo más probable es que la diferencia fundamental entre
        concepto y esencia se base “precisamente en [el] carácter relacional del concepto”, del que
        en cambio está libre el eidos<xref ref-type="fn" rid="fn39">39</xref>. Este énfasis en el
        elemento indicial o relacional se resalta también en una nota unos meses posterior a
          <italic>Eidos y concepto</italic> en la que afirma que “el concepto deriva del objeto; se
        encuentra con él emparentado”<xref ref-type="fn" rid="fn40">40</xref>. El eidos, por su
        parte, está por naturaleza libre de toda relación con el objeto, pues incluso “un eidos de
        un objeto que, como tal, es singular-fáctico nunca es al mismo tiempo el Eidos de lo
        singular-fáctico en él”<xref ref-type="fn" rid="fn41">41</xref>. Y esto se debe,
        precisamente, a que lo singular-fáctico del objeto cae en el eidos “víctima de la
          reducción”<xref ref-type="fn" rid="fn42">42</xref>. En esta referencia a la reducción
        eidética se sitúa el corazón mismo de su denuncia de la insuficiencia del ensayo de Linke.
        Si aquel dejaba abierta la cuestión de la formación de los conceptos, señalando únicamente
        que eran objetos eidéticos dados de modo inmediato, Benjamin excluye manifiestamente al
        concepto del proceso de la epojé ― este no se da a través de una intuición, como sí sucede
        con el Eidos, ni está, por supuesto, libre del anclaje espacio-temporal. De este modo, traza
        una línea divisoria infranqueable entre ambos. En su ensayo, Benjamin insiste en que “ambas
        esferas, [la] del concepto y la esencia, no se solapan ni siquiera en parte”, de manera que
        también “el concreto lugar en el espacio y el punto en el tiempo”<xref ref-type="fn"
          rid="fn43">43</xref> en que se encuentre el objeto singular-fáctico al que en última
        instancia pueda remitir un Eidos, le resulta a este inesencial.</p>
  <p>De la esencia de esta hoja forma parte el que, cuando se da en la realidad, sin duda es algo
        singularmente fáctico; pero, eidéticamente, no lo es, es decir, no es nada fáctico, sino
        algo que tiene su existencia eidéticamente dentro de un tiempo eidético en un lugar
        eidético, da lo mismo que haya tiempo fácticamente, lugar fácticamente, o que haya existir
          fácticamente<xref ref-type="fn" rid="fn44">44</xref>.</p>
  <p>De este modo, Benjamin demarca el “carácter más absoluto”<xref ref-type="fn" rid="fn45"
          >45</xref> de la esencia o el Eidos, esto es, su radical distancia y diferencia
        cualitativa respecto del mundo fenoménico, abriendo también la posibilidad de la existencia
        de un tiempo y un espacio eidéticos que aquí quedan simplemente esbozados como posibilidad,
        pero que el joven pensador desarrollará con más detalle en el prefacio a <italic>El origen
          del Trauerspiel alemán</italic>. De hecho, la caracterización del Eidos y la
        fundamentación de su diferencia respecto del concepto en la relación de este último con lo
        fáctico-singular será uno de los rasgos claves de la Idea en el mentado prólogo, tanto como
        de lo que Jean Héring (1921) llama esencialidad (<italic>Wesenheit</italic>) o eidos para
        diferenciarlo de la mera esencia y vaciar el término del exceso de significados asociados.
        Esta intuición compartida por ambos pensadores da cuenta del acierto de la crítica de
        Benjamin a Linke, quien sin embargo reaccionó con indiferencia cuando Scholem le hizo llegar
        en 1918 <italic>Eidos und Begriff</italic>. La minusvaloración del texto por parte del
        entonces maestro de Scholem alimentó la creencia de este último de que los conocimientos de
        Benjamin en el campo de la fenomenología eran pobres<xref ref-type="fn" rid="fn46"
        >46</xref>.</p>
  <p>Benjamin, por su parte, una vez alejado de Munich, descansará de esta discusión que, sin
        embargo, sigue filtrándose en sus fragmentos y cartas, y latiendo de fondo en sus
        reflexiones sobre teoría del lenguaje hasta volver a emerger nuevamente con fuerza, ya en
        1924, en el primer borrador del prólogo a su tesis de habilitación.</p>
</sec>
<sec id="sec3">
  <title>3. Benjamin, lector de Héring: la huella fenomenológica en la noción de esencialidad
        [Wesenheit] en el periodo 1924-1928</title>
  <p>Tras el momento álgido de identificación con la fenomenología que <italic>Eidos und
          Begriff</italic> representa, los intereses teóricos de Benjamin se diseminan en varias
        direcciones y su vínculo con la fenomenología pierde fuerza en favor de otras tradiciones o
        escuelas de pensamiento. No obstante, la cuestión del concepto y la esencia sigue
        apareciendo como un núcleo problemático hacia el que Benjamin mantiene un tenso interés, y
        que seguirá tratando de desentrañar desde diferentes puntos de abordaje. Prueba de ello es
        que, cuando en 1920 se plantea por vez primera la posibilidad de realizar un escrito de
        habilitación para poder ejercer como <italic>Privatdozent</italic> —escrito que entonces
        esperaba presentar en la Universidad de Berna— recurre nuevamente a este tema. En una carta
        a Scholem de ese mismo año confiesa que, al considerar la posibilidad de habilitarse,
        sugerida en Berna, solo tenía clara la intención temática: emprender “alguna investigación
        que se inscriba en el gran campo problemático de la palabra y el concepto (lenguaje y
          logos)”<xref ref-type="fn" rid="fn47">47</xref>. No obstante, en este momento Benjamin no
        aspira ya a poder dar respuesta a estas inquietudes especulativas desde la fenomenología,
        sino que sus esperanzas de resolución del problema están puestas en la escolástica. Pronto
        se desencanta también de este posible abordaje, pues solo un año después, en 1921, espera
        que su hipotética solución provenga del ámbito de “los filósofos del lenguaje”<xref
          ref-type="fn" rid="fn48">48</xref>. Tampoco esta última vía parece dar grandes frutos, y
        cuando la inflación le obliga a dejar Suiza y volver a Alemania, la intención de consagrar
        su escrito de habilitación a este tema pierde fuerza. Sin embargo, la fundamentación de la
        distinción entre concepto y esencia que había trazado en 1916 en <italic>Eidos und
          Begriff</italic> subsiste hasta reaparecer en el corazón teórico del que será finalmente
        su fallido escrito de habilitación, el célebre “Erkenntniskritische Vorrede” a <italic>El
          origen del</italic> Trauerspiel <italic>alemán</italic>.</p>
  <sec id="sec3.1">
    <title>3.1. La fenomenología en el prólogo epistemocrítico: una presencia ambigua</title>
    <p>En la <italic>Vorrede</italic> es posible apreciar la tensión especulativa que Benjamin
          mantiene en estos años con la fenomenología y que termina por cristalizar en la doctrina
          de las ideas. Esta constituye, de hecho, un momento bisagra en dicha relación, pues acoge
          tanto elementos de afinidad como insalvables distancias entre el pensamiento del joven
          Benjamin, cuyas líneas fundamentales ya se encuentran definidas en estos años, y la
          escuela husserliana a la que trató de aproximarse en su temprana formación universitaria.
          Respecto a los lazos vigentes entre ambas, cabe en primer lugar señalar que el prólogo
          vincula constantemente, tanto en su borrador como en la versión publicada, la noción de
          idea al término de esencialidad [<italic>Wesenheit</italic>]. Aunque empleada de manera
          indistinta en el habla alemana de la época<xref ref-type="fn" rid="fn49">49</xref>, la
          noción de <italic>Wesenheit</italic> adquiere una significación específica en el contexto
          de la fenomenología de mano de Jean Héring<xref ref-type="fn" rid="fn50">50</xref>. Sus
          “Observaciones sobre la esencia, la esencialidad y la idea”, publicadas en el
            <italic>Jahrbuch für Philosophie und phänomenologische Forschung</italic> de 1921,
          constituyen “el primer desarrollo fenomenológico de la doctrina sobre la especie o la
            esencia”<xref ref-type="fn" rid="fn51">51</xref> (Rovira 2004: 7). Benjamin da cuenta de
          haber leído este texto ya en el momento de la primera redacción de su prólogo, que los
          editores fechan entre mayo y junio de 1924<xref ref-type="fn" rid="fn52">52</xref>, y cita
          extensamente un apartado del mismo en un momento central de la exposición de la doctrina
          de las ideas que pasará también a la versión publicada. Además, emplea el término con
          inusitada frecuencia tanto en esta versión final, donde aparece en ocho ocasiones, como en
          la primera redacción, donde lo emplea hasta quince veces<xref ref-type="fn" rid="fn53"
            >53</xref>. También testifica a favor de la afinidad con la fenomenología remanente en
          el prólogo el hecho de que todavía en 1928, con la publicación del <italic>Ursprung der
            Deutschen Trauerspiel</italic>, Benjamin inscriba metodológicamente su trabajo bajo el
          signo de esta escuela. Así, en el mentado currículum que redacta aquel año, en el que
          sitúa a Husserl como una de sus principales referencias filosóficas junto a Kant, Platón y
          la escuela de Marburgo, afirma que su modo de investigación se encuentra “más cercano a la
          observación eidética de los fenómenos que a [la] histórica”<xref ref-type="fn" rid="fn54"
            >54</xref>.</p>
    <p>De todo ello cabría inferir que la relación de Benjamin con la fenomenología permanece
          vigente en el periodo 1924-1928; sin embargo, sus inequívocas críticas en el prólogo a
          algunos presupuestos innegociables de esta corriente nos ponen sobre la pista de que dicha
          relación se encuentra para entonces fuertemente tensionada. La doctrina de las ideas
          expuesta en el prefacio arremete, en primer lugar, contra la intencionalidad, fundamento
          de la relación de la conciencia con el mundo para la fenomenología, excluyéndola del
          ámbito de la verdad para relegarla al del mero conocimiento. Para Benjamin, la verdad “se
          sustrae a toda clase de intención, incluido el hecho de aparecer como intención ella
            misma”<xref ref-type="fn" rid="fn55">55</xref>. Su esfuerzo por superar el subjetivismo
          le conduce también a retirar a la verdad del ámbito de la conciencia, “sea ésta o no
            trascendental”<xref ref-type="fn" rid="fn56">56</xref>. La verdad se expone a sí misma
          en una forma que “no pertenece a una conexión en la consciencia, como en el caso de la
          metodología del conocimiento, sino ya a un ser”<xref ref-type="fn" rid="fn57">57</xref>.
          Por último, encontramos en el prólogo una crítica a la idea de la “visión” y, con ello, a
          la intuición como modo de acceso privilegiado a las verdades esenciales para la
          fenomenología. “Si en alguna parte queda abrumadoramente clara la debilidad que todo
          esoterismo comunica a la filosofía, es en la ‘visión’<xref ref-type="fn" rid="fn58"
            >58</xref> que se prescribe a los adeptos de todas las doctrinas del paganismo platónico
          como actitud filosófica”<xref ref-type="fn" rid="fn59">59</xref>. Benjamin es nuevamente
          cristalino al decretar que “el ser de las ideas no puede ser pensado en absoluto como
          objeto de una intuición”<xref ref-type="fn" rid="fn60">60</xref>. Esta disconformidad con
          los presupuestos básicos de la fenomenología traslucía ya en el manuscrito de 1924, donde
          se muestra una distancia escéptica ante el método fenomenológico, que Benjamin parece
          considerar insuficiente, al referirse precisamente a las <italic>Bemerkungen</italic> de
          Héring. Allí, al tratar la cuestión de la discontinuidad de las esencialidades, remite al
          análisis que el alsaciano emprendió sobre este mismo motivo, y se refiere a su trabajo, no
          sin cierto matiz despectivo, como “por lo demás, puramente fenomenológico”<xref
            ref-type="fn" rid="fn61">61</xref>. Con el paso de los años, esta distancia no hará más
          que agrandarse, y después de 1928 Benjamin renuncia a definir su método en los términos
          fenomenológicos entonces empleados en el currículum, toda vez que Husserl desaparece para
          siempre de su personal panteón de referencias filosóficas.</p>
    <p>La fenomenología constituye, por tanto, una presencia ambigua y, a juzgar por las notas
          contradictorias que acabamos de resumir, en disputa en el interior del pensamiento
          benjaminiano de esta época. Lo incómodo de su lugar, todavía irresuelto, centellea con
          especial fuerza en el prólogo, donde la figura de Jean Héring como único representante de
          esta corriente no hace más que avivar esta aparente ambigüedad. Las
            <italic>Bemerkungen</italic> del alsaciano se dirigen al mismo problema que Benjamin
          había identificado en <italic>Eidos y concepto</italic>, a saber, la indistinción de
          ciertos objetos eidéticos, que terminaba en la sobrecarga de la noción de esencia
            [<italic>Wesen</italic>]. En base a ello, el texto se presentaba como una mera
          clarificación conceptual, aspirando a proveer una definición clara y distinta de la
          esencia, separándola a su vez de la esencialidad [<italic>Wesenheit</italic> o eidos] y de
          la idea [<italic>Idee</italic>]. A la esencia [<italic>Wesen</italic>] le reserva Héring
          una naturaleza indicial: siempre es necesariamente esencia de algo, y de un algo
          individual, sea este un objeto empírico o ideal. Según su propuesta, la esencia de cada
          objeto la conforman el conjunto de sus elementos constitutivos o, en términos prestados de
          Husserl, el “repertorio de predicable esenciales”<xref ref-type="fn" rid="fn62">62</xref>
          que conforma su índole propia. Así, la esencia es el <italic>poion einai</italic> del
          objeto, aquello que define su <italic>sosein</italic> o revela su “hechura”<xref
            ref-type="fn" rid="fn63">63</xref>. Por supuesto, en el esquema de Héring cada objeto
          tiene su propia esencia individual, de manera dos objetos iguales —dos rosas iguales o dos
          triángulos congruentes, según sus propios ejemplos— poseen cada uno una esencia propia,
          que serán iguales sin ser la misma. Además, la esencia está necesariamente vinculada al
          objeto del que es esencia, que también puede definirse como su soporte, pero no es
          idéntica a éste en su totalidad, ya que el objeto —especialmente si se trata de uno
          empírico— posee también numerosas características que no son esenciales, esto es, otras
          determinaciones secundarias o “afecciones” que no pertenecen a su dimensión esencial<xref
            ref-type="fn" rid="fn64">64</xref>. Finalmente, la esencia subsiste únicamente en el
          objeto, y desaparece con el mismo — “se disuelve en nada tan pronto como la cosa deja de
            ser”<xref ref-type="fn" rid="fn65">65</xref>. Héring reserva en cambio el término idea
            [<italic>Idee</italic>] para aquellas existencias ideales que funcionan a la manera de
          un prototipo de cierta clase de objetos idénticos, y que son a su vez los ejemplares o
          singularizaciones de dicha idea<xref ref-type="fn" rid="fn66">66</xref>. En una definición
          que coincide con la de Lotze, “hay Ideas de todo lo que puede pensarse en una forma
          universal, apartado de las percepciones particulares con las que se presenta”<xref
            ref-type="fn" rid="fn67">67</xref>. Frente a las múltiples rosas idénticas existentes,
          habría una única idea de rosa que se capta mediante el acto ideatorio o ideación, a menudo
          “construido sobre la base de una representación individual, pero caracterizado luego por
          una vuelta de mirada hacia otra esfera”<xref ref-type="fn" rid="fn68">68</xref>. La idea
          existe una sola vez, independientemente de que se singularice “con frecuencia de
          diferentes maneras”<xref ref-type="fn" rid="fn69">69</xref>. Por ello mantiene, en
          comparación con la esencia, una independencia mayor respecto de los fenómenos u objetos
          que son sus ejemplares, pues si bien tiene un primer modo de existencia “en las cosas”,
          existe también “por sí misma intemporal e inespacialmente”<xref ref-type="fn" rid="fn70"
            >70</xref>, pues no mantiene ninguna relación de dependencia con el <italic>hic et
            nunc</italic> de sus ejemplares. La idea, de hecho, no tiene vicisitudes o afecciones
          contingentes, y “las proposiciones sobre relaciones que atañen a la idea misma son siempre
          proposiciones esenciales sobre la idea”, de modo que lo que pertenece a la esencia de una
          idea, pertenece “<italic>eo ipso</italic> a la esencia de su singularización”<xref
            ref-type="fn" rid="fn71">71</xref>. Aunque todos sus ejemplares desaparecieran o no
          hubieran existido nunca, la idea existiría de todos modos, y en este sentido mantiene una
          autonomía respecto a los fenómenos mayor que las esencias, a la vez que entra en relación
          con ellos, siendo esta última su diferencia fundamental para con las esencialidades. “La
          cosa en la idea tiene ya un elemento de <italic>hic et nunc</italic> […] «esta lámpara» es
          algo así como una conformación espacio-temporal, aun cuando la idea misma <italic>qua
            idea</italic> no existe ni aquí ni ahora”<xref ref-type="fn" rid="fn72">72</xref>. Si la
          esencia da cuenta del ser así (<italic>Sosein, poion einai</italic>) del objeto, y la idea
          de su prototipo o universal, la esencialidad es capaz de dar cuenta del <italic>ti
            einai</italic>, del <italic>qué</italic> de todo objeto ideal o empírico. “El
            <italic>qué</italic> no es un rasgo en él, sino aquello que conforma su esencia, que lo
          hace lo que es”<xref ref-type="fn" rid="fn73">73</xref>. La esencialidad da cuenta de la
            <italic>quididad</italic> del objeto, que no tiene con él la misma relación que una
          propiedad o elemento cualquiera, dado que “no podemos pensar lo que [un objeto] podría ser
          sin la <italic>quididad</italic>”<xref ref-type="fn" rid="fn74">74</xref>; para Héring, si
          no existieran las esencialidades, no existirían los objetos individuales ni, por ende, las
          esencias, lo que le lleva a considerarlas <italic>proté ousia</italic> o sustancias
          primeras.</p>
    <p>A pesar del tácito aval de Husserl al ensayo —se publica en el principal órgano de difusión
          de la corriente y se dedica, precisamente, al maestro en su sesenta cumpleaños—, las
            <italic>Bemerkungen</italic> se desplazan de la doctrina fenomenológica en una dirección
          que explica que Benjamin pudiera experimentar una comodidad con sus planteamientos que no
          sentía ya con la ortodoxia de esta escuela. En primer lugar, porque constituyen el único
          ejemplo hasta la fecha, solo seguidas por un texto algo posterior de Roman Ingarden
          (1925), de una suerte de doctrina del <italic>eidos</italic> publicada en el anuario
            fenomenológico<xref ref-type="fn" rid="fn75">75</xref>. En segundo lugar, porque Héring
          le imprime a la esencialidad [<italic>Wesenheit</italic> o también eidos] un cierto
          platonismo ontológico al convertirla en sustancia primera — algo que Husserl había
          explícitamente rechazado hacer, dedicando un apartado de <italic>Ideas</italic> a refutar
          las acusaciones de realismo platónico que se habían vertido contra las esencias
            fenomenológicas<xref ref-type="fn" rid="fn76">76</xref>. Y, en tercer lugar, porque
          renuncia a la posibilidad de la captación de las esencialidades o eidos a través de la
          intuición intelectual, expulsando con ello a la fenomenología de su terreno. Así, en un
          alejamiento sorprendente de la doctrina de la escuela, Héring afirma que el objeto de
          conocimiento de esta nueva ciencia rigurosa serían las ideas, y no las esencialidades, que
          quedan encomendadas a “un abismo de lo misterioso”. Tal distanciamiento de la ortodoxia
          por su parte causó que Arnold Metzger, en un número posterior del anuario fenomenológico,
          imputara a su doctrina del Eidos caer en “errores fundamentales” más propios de una
          “necesidad metafísica” que del análisis fenomenológico, refiriéndose específicamente a la
          “mistificación de la esencialidad” que la convierte en <italic>proté ousia</italic> y
          relega al resto de entidades y objetos a <italic>deutera ousia</italic><xref ref-type="fn"
            rid="fn77">77</xref>, algo que, no obstante, las sitúa más cerca de la idea
          benjaminiana.</p>
    <p>No es, entonces, de extrañar que cuando Benjamin lee el texto de Héring entre la fecha de su
          publicación y la primera mitad de 1924, encontrara en su noción de esencialidad
            [<italic>Wesenheit</italic>] un relevante aporte a la cuestión del Eidos, y en la
          distinción para con los otros objetos eidéticos, la misma tonalidad ontológica en que él
          situaba ya entonces a la idea, y por tanto una posible fuente de soluciones para su
          construcción teórica de la misma. Héring es, de este modo, el último fenomenólogo que hace
          acto de presencia en el prólogo, y el único interlocutor proveniente de esta corriente que
          Benjamin toma para su doctrina de las ideas.</p>
  </sec>
  <sec id="sec3.2">
    <title>3.2. La idea y la esencialidad: un balance de sus correspondencias y contrastes</title>
    <p>La idea benjaminiana, en la elaboración teórica que adquiere en el prólogo al libro sobre el
          barroco, posee una complejísima genética donde se dan cita el romanticismo de Schlegel, la
          morfología goetheana, la lectura benjaminiana de la monadología de Leibniz, el dualismo
          platónico y el neokantismo presente ya en el mismo título del prefacio
            —<italic>Erkenntniskritische</italic>—. Junto a todas estas líneas filiales, resuenan
          ciertos componentes cuya cercanía con la doctrina fenomenológica del Eidos, tal y como
          Héring la retoma y expone en sus <italic>Bemerkungen</italic>, nos conducen a postular una
          relación entre ambas que, como siempre ocurre en el caso de Benjamin, se caracteriza tanto
          por los préstamos como por los rechazos y, en todo caso, resulta en una alquimia original.
          Como ya avanzamos, en las dos versiones disponibles del prólogo —el primer borrador
          manuscrito y el de la versión publicada en 1928— Benjamin emplea las nociones de idea y de
          esencialidad (<italic>Wesenheit</italic>) como sinónimos, y cita extensamente un fragmento
          de las <italic>Observaciones sobre la esencia, la esencialidad y la idea</italic> de
          Héring al exponer un aspecto fundamental de su doctrina de las ideas<xref ref-type="fn"
            rid="fn78">78</xref>:</p>
    <p>las ideas [siguen] aquella ley que dice: todas las esencialidades
            [<italic>Wesenheiten</italic>] existen en completa autonomía e intangibilidad, no sólo
          con respecto a los fenómenos, sino, sobre todo, entre sí. Así como la armonía de las
          esferas estriba en el rotar de unos astros que jamás se tocan mutuamente, así la
          existencia del <italic>mundus intelligibilis</italic> estriba en la siempre insalvable
          distancia entre las puras esencialidades. Cada idea es un sol y se relaciona con sus
          semejantes como los soles se relacionan entre sí. La relación sonora de tales
          esencialidades es precisamente la verdad. Su pluralidad concreta se revela contable. Pues
          la discontinuidad se puede predicar de aquellas «esencialidades […] que llevan una vida
            <italic>toto coelo</italic> distinta de los objetos y de sus cualidades; cuya existencia
          no puede ser impuesta dialécticamente seleccionando a capricho […] un complejo que no
          encontremos en un objeto y añadiéndolo καθ’αύτό, sino que su número está contado y se ha
          de buscar laboriosamente cada una en el lugar correspondiente de su mundo hasta topar con
          ella como si fuera un <italic>rocher de bronce</italic>, o hasta que la esperanza en su
          existencia se demuestre engañosa»<xref ref-type="fn" rid="fn79">79</xref>.</p>
    <p>En el fragmento, Benjamin toma como propia de la definición héringiana de la esencialidad y
          sintetiza los rasgos fundamentales que esta compartiría con la idea: (i) la
          “discontinuidad” e “insalvable distancia” entre esencialidades, es decir, su mutua
          “autonomía e intangilibilidad”, que también poseen (ii) respecto de los fenómenos; el
          hecho de que (iii) su número o nombre sea contable y, finalmente, (iv) su modo de
          darse.</p>
    <p>La (i) autonomía e intangibilidad que ideas y esencialidades mantienen entre sí es el primer
          rasgo compartido por ambas, y también el más definitorio en la medida en que les garantiza
          un estatuto ontológico y epistemológico distinto, fundamentando así el resto de sus
          cualidades. Las <italic>Bemerkungen</italic> de Héring no dejan lugar a duda sobre la
          naturaleza ontológica de la esencialidad: “ella, y solo ella, es πρώτη oὐσία / ΠΡΟΤΗ
            ΟΘΣΙΑ”<xref ref-type="fn" rid="fn80">80</xref>, sustancia primera que no toma su
          existencia de la participación en nada exterior. Sus condiciones de posibilidades están
          total y enteramente dadas en sí mismas: las esencialidades se prescriben su propia esencia
          y gozan de autonomía y primacía ontológica sobre las esencias y las ideas, transformadas
          ahora en <italic>deutera ousia</italic> en la medida en que toman su ser de las primeras,
          invirtiendo así el clásico orden aristotélico.</p>
    <p>La esencialidad o el Eidos —así queremos denominarla también a partir de ahora— no se gana su
          existencia, como el objeto, por participación (<italic>μέθεξις</italic>) en algo fuera de
          ella, que le prestaría su “esencia” […] sino que ella se prescribe a sí misma, si cabe
          decirlo así, su esencia. Las condiciones de su posibilidad no están fuera de ella, sino
          plena y completamente en ella misma<xref ref-type="fn" rid="fn81">81</xref>.</p>
    <p>La radical autonomía de las esencialidades implica que también entre ellas ha de existir una
          distancia que permita que sean “independientes y descans[e] n sobre sí mismas”<xref
            ref-type="fn" rid="fn82">82</xref>, aunque, sin menoscabo de su independencia, algunos
          eide puedan encontrarse “predelineados”<xref ref-type="fn" rid="fn83">83</xref> en otros.
          También en la doctrina de Benjamin esta discontinuidad juega un papel central,
          garantizando que las ideas se prescriban su propia existencia con absoluta autonomía. El
          manuscrito del prólogo —a menudo más claro que la versión publicada— define las
          esencialidades como “lo irreductible. Son originarias”<xref ref-type="fn" rid="fn84"
            >84</xref>, siendo que “la esencialidad de una cosa es en cada caso lo que le pertenece,
          prescindiendo de todas las relaciones en las que podría ser pensada”, para aclarar
          enseguida que “una esencialidad que tuviera que determinarse a sí misma a partir de sí
          misma, pero en armonía con otras, dejaría de serlo”<xref ref-type="fn" rid="fn85"
            >85</xref>. Por esta razón, “la discontinuidad […] muestra su sentido constitutivo para
          el reino de las esencialidades [<italic>Wesenheiten</italic>]”<xref ref-type="fn"
            rid="fn86">86</xref>, y conforma además un claro elemento de afinidad que Benjamin
          encuentra con la propuesta de Héring, a la que sin duda refiere cuando menciona que dicha
          discontinuidad “es señalada muy claramente por una nueva investigación”<xref ref-type="fn"
            rid="fn87">87</xref>. En este aspecto, Benjamin se aproxima al fenomenólogo de Alsacia y
          se separa tanto de la escuela romántica<xref ref-type="fn" rid="fn88">88</xref> como de la
          jerarquización platónica de las ideas<xref ref-type="fn" rid="fn89">89</xref>.</p>
    <p>La discontinuidad también es garantía de un cierto estatuto epistemológico, pues su
          respectivo aislamiento imposibilita el conocimiento lineal y deductivo de todas las ideas
          a partir de la contemplación de una sola en un “continuo pseudológico”<xref ref-type="fn"
            rid="fn90">90</xref>. En un fragmento que permanece casi idéntico en las dos versiones
          del prólogo, Benjamin sostiene que “el reino del pensamiento filosófico no se deshilvana
          siguiendo las líneas ininterrumpidas de las deducciones conceptuales, sino al describir el
          mundo de las ideas”<xref ref-type="fn" rid="fn91">91</xref>. El hecho de que constituyan
          una “pluralidad irreductible”<xref ref-type="fn" rid="fn92">92</xref> y discontinua obliga
          a que la ejecución del ejercicio filosófico haya de recomenzar con cada una, incansable,
          descartando así el método de la deducción, del mismo modo que su desconexión del mundo
          fenoménico descartará la validez de la inducción. A la idea, como a la verdad, “no se la
          puede conjurar <italic>more geometrico</italic>”<xref ref-type="fn" rid="fn93"
          >93</xref>.</p>
    <p>El fragmento concede asimismo relevancia al hecho de que esta autonomía e intangibilidad se
          da también (ii) respecto de los fenómenos. En el caso de Benjamin, la génesis de este
          rasgo de la idea puede situarse ya en <italic>Eidos y concepto</italic>, donde la
          distinción entre ambos tipos ideales radicaba precisamente en la heterogeneidad del Eidos
          respecto de lo fácticosingular. En el prólogo este aspecto adquiere un desarrollo teórico
          más amplio, toda vez que se diseña una estructura de mediación que permite a la idea
          aparecer en el medio de la empiria, adquiriendo así vida histórica, sin dejar de salvar
          una trascendencia irrenunciable para el dualismo de signo platónico y judío de la doctrina
          benjaminiana. También la esencialidad pergeñada por Héring se encuentra totalmente
          liberada de la relación con los objetos, al punto de que esta “«es lo que es», haya o no
          haya en general mundos reales e ideales de objetos”<xref ref-type="fn" rid="fn94"
            >94</xref>. Así, las esencialidades “pertenece[n] a una esfera completamente distinta de
          la de los objetos”, y nunca entran en relación directa con ellos ni se mezclan con lo
          empírico: “De una <italic>realización</italic> de la esencialidad no cabe hablar […] si
          por tal se entiende una especie de ingreso de la esencialidad en el mundo
            <italic>empírico</italic>”<xref ref-type="fn" rid="fn95">95</xref>. De hecho, es esta
          ausencia de relación con los fenómenos lo que las diferencia de los otros dos tipos
          eidéticos de los que se ocupa su ensayo. Y, sin embargo, ambos pensadores se encargan de
          construir una estructura de mediación que logra mantener la radical autonomía de estas
          entidades eidéticas independientes a la vez que permite, respectivamente, que se expongan
          o se concreticen sin mancharse con la empiria del mundo fenoménico. En este sentido, puede
          señalarse que ambos tensionan el platonismo de las dos sustancias (<italic>duo eide ton
            onton</italic>, dos clases de ser: la idea y lo sensible, la forma y la materia) e
          introducen tres tipos de ser (<italic>tria eide ton onton</italic>)<xref ref-type="fn"
            rid="fn96">96</xref>: en el caso de Benjamin, en el plano epistemológico —aunque no así
          en el ontológico— introduce la mediación del concepto, que se sitúa entre la idea y el
          fenómeno conformando una “interpretación objetiva”, una “ordenación de elementos
            cósicos”<xref ref-type="fn" rid="fn97">97</xref> sobre la que puede ir a exponerse la
          idea; en el de Héring, la morfé, un desdoblamiento de la esencialidad que entra en
          contacto con lo empírico.</p>
    <p>En la doctrina benjaminiana de las ideas, su autonomía e intangibilidad respecto de los
          fenómenos implica que estos últimos “no pueden ser criterios para la existencia de las
            ideas”<xref ref-type="fn" rid="fn98">98</xref>, puesto que ellas “no están dadas en el
          mundo de los fenómenos”<xref ref-type="fn" rid="fn99">99</xref>. No obstante, necesitan
          romper en cierta medida su aislamiento, pues “así como a la madre sólo se la ve comenzar a
          vivir con todas sus fuerzas cuando el círculo de sus hijos, al sentir su proximidad, se
          cierra sobre ella, así las ideas sólo cobran vida cuando se juntan los extremos a su
            alrededor”<xref ref-type="fn" rid="fn100">100</xref>. Los extremos a los que refiere
          Benjamin son los fenómenos una vez que han sido depurados de la falsa unidad en que
          aparecen en el medio de la empiria y ordenados objetivamente en sus elementos, una
          operación que realiza el concepto. Por ello Benjamin los define como “mediadores” que
          “permiten a los fenómenos participar del ser de las ideas”<xref ref-type="fn" rid="fn101"
            >101</xref>: disuelven las cosas, los fenómenos más extremos, en sus elementos,
          salvándolos así de cuanto tienen de caducidad y falsa apariencia para que las ideas puedan
          ir a exponerse no en la nuda empiria, “sino única y exclusivamente en la ordenación de
          elementos cósicos que se da en el concepto”<xref ref-type="fn" rid="fn102">102</xref>. En
          esta operación, realizada por el filósofo en su dimensión de investigador<xref
            ref-type="fn" rid="fn103">103</xref>, se consuman a la vez “la salvación de los
          fenómenos por medio de la mediación de las ideas”, que serían entonces la interpretación
          objetiva de aquellos, y “la exposición de las ideas”<xref ref-type="fn" rid="fn104"
            >104</xref>, madres fáusticas que permanecen oscuras hasta que los elementos se les
          declaran alrededor, según la imagen que Benjamin toma de Goethe. De este modo y gracias a
          la intermediación del concepto, las ideas, que son “constelaciones eternas”<xref
            ref-type="fn" rid="fn105">105</xref>, pueden cobrar vida histórica exponiéndose en el
          mundo fenoménico sin mezclarse directamente con él, esto es, conservando el dualismo que
          mantiene intacta su trascendencia.</p>
    <p>Tal y como Héring las describe en su ensayo de 1921, las esencialidades cuentan también con
          un mecanismo de mediación destinado a salvar su autonomía y aislamiento. En el andamiaje
          teórico que el alsaciano articula, las esencialidades tienen una naturaleza no indicial,
          pero son a la vez condición de posibilidad de la existencia de los objetos, las esencias y
          las ideas. ¿Cómo opera, entonces, esta participación de los fenómenos en las
          esencialidades? A través de una escisión que Héring introduce en el seno mismo de las
          esencialidades. Estas son, en primer lugar, eidos, <italic>proté ousía</italic>, y en esta
          faceta permanecen totalmente libres de cualquier relación con el objeto. En su pureza
          eidética, la esencialidad es completamente abstracta y goza de un apriorismo puro; como
          tal, nunca hay una realización o concretización suya como entrada en el mundo empírico.
          Sin embargo, la esencialidad puede aparecer también bajo una segunda modalidad que ya no
          conserva su pureza: será entonces morfé o “quididad” [<italic>washaftigkeit</italic>],
          consistiendo en la realización o concreción en el objeto individual —la rosa roja— de algo
          no individual —la rojez—. Así, en esta segunda modalidad, es siempre el <italic>ti
            einai</italic> de algo. Gracias a esta distinción, la esencialidad pura puede
          concretizarse en la morfé sin mancharse con la empiria del fenómeno, en lo que
          constituiría una relación de <italic>methexis</italic> o partipación primaria. A su vez,
          la morfé se concretiza, ya en una <italic>methexis</italic> secundaria, en el objeto,
          atándose inicialmente al mismo para darle su <italic>ti einai</italic>, su
            <italic>quididad</italic> o <italic>washaftigkeit</italic>. De hecho, la morfé siempre
          lo es de cosas completamente determinadas, pues consiste en la concretización en el objeto
          individual de algo no individual, que es el Eidos o la esencialidad. Así, el eidos
          conserva su intangibilidad respecto del fenómeno al mismo tiempo que se concretiza a
          través de una forma eidética, la morfé, vinculada a una individualidad determinada. Las
          esencialidades pueden ser, por tanto, bien eide o esencialidades puras o bien morfés, y
          cuando Benjamin las toma como sinónimo de sus ideas se está refiriendo, sin duda, a las
          esencialidades en cuanto eide, es decir, a su primera modalidad. En su lectura de las
            <italic>Bemerkungen</italic>, bien pudo Benjamin encontrar de interés la estructura de
          mediación que constituye la morfé para salvar la trascendencia de las esencialidades, y
          cuya posición puede considerarse análoga a la del concepto en la propuesta del berlinés.
          Sin embargo, esta última va mucho más lejos al no hacer entrar a la idea en ningún tipo de
          relación genética con los fenómenos. Según la célebre metáfora, “las ideas son a las cosas
          lo que las constelaciones a las estrellas. Esto quiere decir, en primer lugar: no son ni
          sus conceptos ni sus leyes”<xref ref-type="fn" rid="fn106">106</xref>, lo que excluye su
          valor cognoscitivo para el mundo fenoménico. Para Héring, en cambio, la esfera de los eide
          o las esencialidades “nos pone por sí sol[a] en la situación de averiguar todo lo que hay,
          sino también de entenderlo”<xref ref-type="fn" rid="fn107">107</xref>.</p>
    <p>También la doctrina benjaminiana es más ambiciosa en lo que se refiere a la iii) contabilidad
          de los eide, es decir, al hecho de que constituyan una “pluralidad concreta” cuyo número
          está contado, tal y como refiere citando precisamente el ensayo de Héring. Según el
          fenomenólogo, el número de eide, estos “qué” originarios o ingredientes esenciales, es
          limitado: no existe un eidos por cada idealidad genérica o universal —ese sería el espacio
          eidético que ocupan las ideas—, ni mucho menos para cada objeto individual. Ni siquiera
          existe un eidos por cada morfé, pues en su mayoría son inauténticas, esto es, toman la
          forma de un conglomerado compuesto a partir de la combinación de varias morfés originarias
          —aquellas morfés irreductibles que “no pueden ser completadas o descompuestas a capricho”—
          en las que se concretizan los contados eide; a ello se debe que la existencia de los eide
          “no se pued[a] forzar dialécticamente”<xref ref-type="fn" rid="fn108">108</xref>. En el
          ordenamiento delineado por Héring, el número específico de eide permanece desconocido y,
          de un modo que lo sitúa muy cerca de la teoría de Benjamin, cada eidos concreto se ha de
          buscar laboriosamente, sin tener la certeza previa de si será verdaderamente un eidos o
          solo una morfé inauténtica. En cambio, la contabilidad de las ideas benjaminianas comporta
          un elemento enteramente ajeno a la fenomenología por su sustrato teológico: esta
          “pluralidad sujeta a número”, es, propiamente hablando, una pluralidad sujeta a
            nombre<xref ref-type="fn" rid="fn109">109</xref>. El nombre es, en la propuesta de
          Benjamin, el único tipo de ser que iguala al sencillo ser de las cosas a la par que le es
          superior en consistencia; es “el ser apartado de toda fenomenalidad”<xref ref-type="fn"
            rid="fn110">110</xref>. Las ideas o esencialidades son, ante todo, nombres que guardan,
          desde la teoría del lenguaje expuesta en el ensayo <italic>Sobre el lenguaje en general y
            el lenguaje humano</italic> (1916), la fuerza lingüística y “nobleza denominativa” del
          nombrar adámico. La idea, por tanto, es “palabra que reclama nuevamente su derecho
            denominativo”<xref ref-type="fn" rid="fn111">111</xref>, y la verdad tiene carácter
          lingüístico. En tanto nombres poseen como núcleo la fuerza lingüística de la palabra
          divina, las ideas son vehículo de esta, pues mediante la restauración del carácter
          simbólico de la palabra, nuevamente tarea del filósofo, “la idea llega al
          autoentendimiento, que es la contraposición de toda comunicación dirigida hacia
            afuera”<xref ref-type="fn" rid="fn112">112</xref>. Por ello, Benjamin se opone
          enérgicamente a “la introducción de nuevas terminologías, en la medida en que no se atenga
          estrictamente al ámbito conceptual sino que apunte a los objetos últimos de
          consideración”, es decir, las ideas, ya que estas nuevas terminologías “carecen de la
          objetividad que ha dado la historia a las plasmaciones principales de las consideraciones
            filosóficas”<xref ref-type="fn" rid="fn113">113</xref>.</p>
    <p>La última de las conexiones identificadas entre los dos pensadores, iv) el modo de darse de
          ideas y esencialidades, coincide con el punto de mayor distancia crítica de Benjamin para
          con la fenomenología. El prólogo epistemocrítico, como expusimos anteriormente, alberga
          inequívocas críticas contra la intencionalidad, el sujeto trascendental y la posibilidad
          de captación de las ideas a través de la intuición intelectual; para el filósofo berlinés,
          estos artificios fenomenológicos pertenecerían, a lo sumo, al ámbito de conocimiento, que
          es radicalmente distinto a la verdad. Esta última “escapa a cualquier clase de proyección
          en el ámbito del conocimiento”, que es un “haber” cuyo “mismo objeto se determina por el
          hecho de que se ha de tomar posesión de él en la consciencia”<xref ref-type="fn"
            rid="fn114">114</xref>, algo incompatible con el modo de darse de la verdad, que como
          “reino de las ideas que se expone”, no es “desvelamiento que anule el misterio, sino
          revelación que le hace justicia”<xref ref-type="fn" rid="fn115">115</xref>. Como señala
            Mendicino<xref ref-type="fn" rid="fn116">116</xref>, la escisión que Benjamin instaura
          entre conocimiento y verdad marca una ruptura fundamental no solo con los reclamos de
          verdad de las ciencias empíricas, sino de cualquier sistema filosófico, entre ellos el
          fenomenológico, que se base en la cognición consciente e intencional. Al ser exposición de
          sí misma, la verdad no puede ser aprehendida a través de la intención. “La renuncia al
          curso inamovible de la intención es su primer signo distintivo. Tenazmente comienza el
          pensamiento siempre una vez más, minuciosamente regresa a la cosa misma”<xref
            ref-type="fn" rid="fn117">117</xref>. Por ello la “incansable toma de aliento”<xref
            ref-type="fn" rid="fn118">118</xref> que supone el tratado, con su exposición en forma
          de rodeo, se convierte para el Benjamin del prólogo epistemocrítico en la forma filosófica
          predilecta, la exigida por las ideas para consumar su autoexposición.</p>
    <p>No es entonces de extrañar que la laboriosa búsqueda de las esencialidades puras a la que
          alude Héring se avenga tan bien con su doctrina. Ya avanzamos que, para este fenomenólogo
          poco convencional, las esencialidades no pueden ser captadas a través de la reducción
          fenomenológica ni eidética, y no son por tanto el objeto de esta “ciencia estricta”.
          Mientras que “a los objetos ideales podemos mirarlos y atenderlos en un sentido cabal, en
          verdad, ideándolos […] de una manera que tiene en común algo esencial con el mirar a los
          objetos empíricos”<xref ref-type="fn" rid="fn119">119</xref>, con las esencialidades “no
          parece posible un intuir contemplativo como frente a los objetos secundarios
            (<italic>deuterai ousiai</italic>)”. Las esencialidades demandan “que nos sumerjamos en
          ellas de tal modo que se nos abr[a]n”<xref ref-type="fn" rid="fn120">120</xref>. Solo
          entonces, tras una ardua búsqueda sin garantías, puede un Eidos revelarse tal, en un
          procedimiento que, como el descrito por Benjamin para la idea, no entrega toda la agencia
          al investigador, sino que parece reservar también una parte a la propia entidad eidética.
          Héring extrema en este punto la prudencia, e incluso se disculpa en una nota al pie por
          introducirse apenas en ese “abismo de lo milagroso”<xref ref-type="fn" rid="fn121"
            >121</xref>: “sobre este asunto no quisiéramos atrevernos a decir nada más”, insiste,
          “serán necesarias investigaciones más minuciosas”<xref ref-type="fn" rid="fn122"
            >122</xref>.</p>
    <p>La comparativa entre ideas y esencialidades da cuenta de una constante: incluso en los
          aspectos compartidos por ambas, la teoría benjaminiana va sistemáticamente más lejos que
          la propuesta de Héring, adentrándose en un terreno que deja atrás todo posible anclaje en
          la escuela fenomenológica. Así, si bien comparten su estatuto ontológico, Benjamin funda
          sobre la discontinuidad de los eide unas elecciones epistemológicas que no tienen
          equivalente en el ensayo del fenomenólogo alsaciano. Del mismo modo, si bien comparten la
          estructura de mediación que supone para uno el concepto y para el otro la morfé, al evadir
          la idea benjaminiana cualquier tipo de relación de carácter genético con los fenómenos,
          goza de una autonomía respecto a los mismos mucho más radical. En lo que se refiere a su
          carácter contable, encontramos también en la propuesta de Benjamin un
            <italic>surplus</italic> teológico, basado en su teoría del lenguaje, que le distancia
          radicalmente de la fenomenología como ciencia estricta. Por último, aunque coinciden en el
          modo de darse ideas y esencialidades, Héring permanece prudente dentro de las fronteras
          fenomenológicas donde Benjamin se adentra plenamente en una teoría de la verdad como
          revelación. La imagen de conjunto resultante da cuenta de un pensador que, quizás tomando
          como base ciertos aspectos de la discusión fenomenológica sobre la naturaleza del Eidos,
          se eleva sobre la misma para constituir una propuesta original que no conserva de aquellos
          aspectos más que una lejana huella.</p>
    <p>Después de la publicación de <italic>El origen del</italic> Trauerspiel
            <italic>alemán</italic> en 1928, las referencias a la esencialidad, en este preciso
          sentido todavía compartido con la fenomenología, desaparecerán de la obra de Benjamin.
          Quedan así ancladas a la doctrina de las ideas, que desaparece también ―o acaso se
          metamorfosea ― en su pensamiento posterior. Tampoco Husserl será ya de nuevo citado entre
          sus referentes filosóficos tras el mentado currículum que redacta ese año, a la vez que se
          extinguen las menciones a la fenomenología, salvo para confrontar con Heidegger<xref
            ref-type="fn" rid="fn123">123</xref>.</p>
  </sec>
</sec>
<sec id="sec4">
  <title>4. Conclusiones</title>
  <p>Si hubiéramos de seguir el ejemplo de Gershom Scholem, quien caracterizó la aproximación de
        Benjamin al judaísmo como <italic>asintótica</italic>, y encontrar una figura geométrica que
        representara su relación con la fenomenología, esta sería una curva en U o parabólica. El
        recorrido que hemos emprendido muestra cómo, de mano del seminario de Moritz Geiger sobre la
        crítica kantiana del juicio al que asiste en Munich a finales de 1915, Benjamin supera su
        inicial falta de interés por la fenomenología y comienza a adentrarse en lecturas y
        problemáticas propias de esta corriente, si bien no llega a convertirse nunca en un acólito
        que tome por definitivos sus presupuestos o su metodología. Muestra de ello es que, en el
        mismo año en que su relación con esta escuela se encuentra en su punto más álgido, con el
        escrito <italic>Eidos und Begriff</italic> (1916) como intento de hacerse un nombre entre
        los fenomenólogos, Benjamin se halla igualmente inmerso en preocupaciones de orden teológico
        y lingüístico que aborda desde marcos conceptuales muy distantes de los fenomenológicos,
        como se plasma en <italic>Sobre el lenguaje en general y sobre el lenguaje de los
          hombres</italic>. A pesar de ello, hemos mostrado que la llama de interés que le mantiene
        atento a las investigaciones en fenomenología permanecerá viva al menos hasta mediados de
        los años veinte, si bien esta es ya una década de alejamiento donde la relación se signa,
        ante todo, por una tensa distancia cuyo colofón puede fecharse en 1928. Los préstamos pero
        sobre todo los contrastes entre la esencialidad héringiana y la idea benjaminiana en el
        prólogo al libro sobre el barroco muestran cómo los remanentes de la doctrina fenomenológica
        del eidos se encuentran ya extremadamente tensionados para esta época.</p>
  <p>Al menos dos constataciones, ya avanzadas como hipótesis a lo largo de este trabajo, se
        desprenden de nuestra revisión. La primera y más evidente es que, lejos del intento de Uwe
        Steiner (2008) de hallar las trazas fenomenológicas del pensamiento de Benjamin en una
        posible influencia de Edmund Husserl, estas parecen encontrarse más fácilmente en su
        discusión con autores secundarios, y aun heterodoxos, dentro de dicha escuela. La segunda es
        que su atracción por la fenomenología habría de acotarse en torno a la cuestión del eidos,
        problema central en el pensamiento benjaminiano de la época que desemboca en la doctrina de
        las ideas y que enlaza los intereses gnoseológicos, teológicos, lingüísticos y metodológicos
        de su periodo de formación universitaria. Tanto su discusión con Paul F. Linke como su
        recuperación del ensayo de Héring de 1921 se enmarcan en sus esfuerzos por desentrañar el
        núcleo problemático recurrente de la naturaleza del eidos, que ya desde 1916 Benjamin aborda
        desde una fuerte ontologización que explica sus discrepancias con el primero y sus
        avenencias con el segundo. En este sentido, no es casual que el diálogo de Benjamin con la
        fenomenología se extinga en el mismo momento en que lo hace la centralidad de la figura de
        la idea en su pensamiento.</p>
</sec>
</body>
<back>
<fn-group>
  <fn id="fn1">
    <label>1</label><p>Bernd Witte, <italic>Walter Benjamin. Una
    biografía</italic> (Gedisa editorial, 2002), 23.</p>
  </fn>
  <fn id="fn2">
    <label>2</label><p>Nos referimos a la versión modificada del segundo currículum, también redactado a principios de
          1928, que tenía por objeto la obtención de una beca de la Universidad de Jerusalén. Como
          señalan los editores, se desconoce el motivo de la redacción de esta segunda versión, que
          sí incluye a Husserl a diferencia de la primera, pues nunca fue enviado (GS VI:
          773-774).</p>
  </fn>
  <fn id="fn3">
    <label>3</label><p>En lo que refiere a la obra y correspondencia
    completa de Benjamin, nos atenemos a la citación especializada:
    cuando se remita a la edición original de sus escritos completos en
    Gesammelte Schriften, se utilizará la abreviatura GS seguida</p>
    <p>por cifras romana y arábiga para indicar respectivamente el tomo
    y el volumen correspondiente. Para la edición en español, que se
    citará preferentemente, empleamos la abreviatura Ob seguida también
    por el número de volumen y tomo. La misma metodología se seguirá
    para su correspondencia completa, Gesammelte Briefe, utilizando la
    abreviatura GB, mientras que la primera edición de las cartas,
    Briefe, se consigna con las siglas Br seguidas por el
    correspondiente tomo. En el caso de la correspondencia, así como de
    algunos volúmenes o tomos de la GS para los que no existen ediciones
    en castellano, todas las traducciones serán propias.</p>
  </fn>
  <fn id="fn4">
    <label>4</label><p>Walter Benjamin, <italic>GS VI</italic>, 218.</p>
  </fn>
  <fn id="fn5">
    <label>5</label><p>Benjamin, <italic>Ob I/1</italic>, 237.</p>
  </fn>
  <fn id="fn6">
    <label>6</label><p>Aunque Benjamin se reclama heredero de la escuela de Marburg, la presencia de Heinrich Rickert no
          es menor en su pensamiento de juventud, como ha mostrado Francisco Naishtat en “Presente y
          pasado. Consideraciones sobre la crisis del tiempo histórico en los jóvenes Heidegger y
          Benjamin” en <italic>Crisis de mundo. Perspectivas filosóficas</italic>, comp. O. Nudler
          (Prometeo, 2020). Respecto a la transversalidad de esta corriente, remitimos al trabajo de
          Florencia Abadi, <italic>Conocimiento y redención en la filosofía de Walter
            Benjamin</italic> (Miño y Dávila, 2014), quien lee la <italic>tarea</italic> de las
          tesis sobre el concepto de historia en la genealogía de la crítica a la noción neokantiana
          de <italic>tarea infinita</italic>.</p>
  </fn>
  <fn id="fn7">
    <label>7</label><p>Gershom Scholem, <italic>Walter Benjamin.
    Historia de una amistad</italic> (Penguin Random House, 2014),
    92.</p>
  </fn>
  <fn id="fn8">
    <label>8</label><p>Theodor W. Adorno, <italic>Noten zur
    Literatur</italic> (Suhrkamp, 2003), 571.</p>
  </fn>
  <fn id="fn9">
    <label>9</label><p>En este sentido, remitimos a los trabajos pioneros de Uwe Steiner, “Phänomenologie der Moderne.
          Benjamin und Husserl”, <italic>Benjamin-Studien</italic> 1 (2008): 107-123, y de Peter
          Fenves en el libro <italic>The Messianic Reduction. Walter Benjamin and the Shape of
            Time</italic> (Stanford University Press, 2010).</p>
  </fn>
  <fn id="fn10">
    <label>10</label><p>Hans Heinz Holz, “Idea” en <italic>Conceptos de
    Walter Benjamin</italic> eds. Opitz M. y E. Wizisla (Las Cuarenta,
    2014).</p>
  </fn>
  <fn id="fn11">
    <label>11</label><p>Steiner, “Phänomenologie der Moderne”.</p>
  </fn>
  <fn id="fn12">
    <label>12</label><p>Christian Ferenzc-Flatz, “Edmund Husserl. Das
    Wesen der Phänomenologie” en <italic>Entwendungen: Walter Benjamin
    und seine Quellen</italic>, eds Nietzsche, J. y N. Werner (Fink,
    2018).</p>
  </fn>
  <fn id="fn13">
    <label>13</label><p>Fenves, <italic>The Messianic
    Reduction</italic>, 9.</p>
  </fn>
  <fn id="fn14">
    <label>14</label><p>Jean Héring, “Bemerkungen über das Wesen, die Wesenheit und die Idee”, <italic>Jahrbuch für
            Philosophie und phänomenologische Forschung</italic> 4 (1921): 495-543.</p>
  </fn>
  <fn id="fn15">
    <label>15</label><p>Benjamin, <italic>Br I</italic>, 77.</p>
  </fn>
  <fn id="fn16">
    <label>16</label><p>Pensamos particularmente en la referencia a la
    monadología como modelo para la psique y en las críticas al
    historicismo escéptico y “la nueva filosofía de la cosmovisión”
    (Husserl, 1973, 43).</p>
  </fn>
  <fn id="fn17">
    <label>17</label><p>Howards Eiland y Michael W. Jennings.
    <italic>Walter Benjamin. A Critical Life</italic> (Harvard
    University Press, 2014), 89.</p>
  </fn>
  <fn id="fn18">
    <label>18</label><p>Benjamin, <italic>GB I</italic>, 301.</p>
  </fn>
  <fn id="fn19">
    <label>19</label><p>Benjamin, <italic>Ob VI</italic>, 316.</p>
  </fn>
  <fn id="fn20">
    <label>20</label><p>Benjamin, <italic>GB I</italic>, 302.</p>
  </fn>
  <fn id="fn21">
    <label>21</label><p>Scholem parece sugerir que se trataría de las <italic>Investigaciones lógicas</italic>, de las
          que Benjamin habría adquirido “una idea imprecisa” durante su época de estudiante en
          Munich (2014: 92). En un trabajo reciente, Eiland y Jennings (2014: 79) afirman que se
          trataría de <italic>Ideas</italic>, pero no clarifican la fuente documental que
          justificaría su afirmación. En este sentido, Fenves (2010) permanece más prudente, sin
          atreverse a manifestarse sobre si es uno o el otro texto.</p>
  </fn>
  <fn id="fn22">
    <label>22</label><p>Benjamin, <italic>GB I</italic>, 302.</p>
  </fn>
  <fn id="fn23">
    <label>23</label><p>Paul Ferdinand Linke (1876-1955), profesor de la Universidad de Jena desde 1907 hasta 1950, fue
          una figura asociada al movimiento original de la fenomenología desde que en 1912 publicara
            <italic>Die phänomenale Sphäre und das reale Bewusstslein</italic>, aunque tras 1916 se
          torne paulatinamente crítico del giro trascendental de la misma y termine por alejarse de
          esta, tendiendo hacia la filosofía analítica. Herbert Spiegelberg asimila su filosofía a
          la de Geiger por su común pertenencia a la fenomenología del objeto
            (<italic>Gegenstandsphänomenologie</italic>). “The whole trend toward a phenomenology of
          the object (<italic>Gegenstandsphänomenologie</italic>) [was] represented by
          phenomenologists like Moritz Geiger and Paul Linke, a trend which to many in the Gottingen
          and Munich Circles seemed to be the most important feature of phenomenology.” (1994:
          333)</p>
  </fn>
  <fn id="fn24">
    <label>24</label><p>Benjamin, <italic>GB I</italic>, 308.</p>
  </fn>
  <fn id="fn25">
    <label>25</label><p>Paul F. Linke, “Das Recht der Phänomenologie. Eine Auseinandersetzung mit Th. Elsenhans”,
            <italic>Kant-Studien</italic> 21, 1-3 (1916): 167.</p>
  </fn>
  <fn id="fn26">
    <label>26</label><p>Linke, “Das Recht der Phänomenologie”,
    178-189.</p>
  </fn>
  <fn id="fn27">
    <label>27</label><p>Benjamin, <italic>GB I</italic>, 380.</p>
  </fn>
  <fn id="fn28">
    <label>28</label><p>Benjamin, <italic>GB I</italic>, 409.</p>
  </fn>
  <fn id="fn29">
    <label>29</label><p>En la carta a Scholem del 10 de enero de 1918, a pesar de reconocerlo como un texto “improvisado,
          borroso y [del que] habría que examinar las cosas con otra amplitud” afirma que “aún hoy
          sigo convencido de haber representado algo correcto en [este escrito]” (GB I: 427).</p>
  </fn>
  <fn id="fn30">
    <label>30</label><p>Benjamin, <italic>GB I</italic>, 409.</p>
  </fn>
  <fn id="fn31">
    <label>31</label><p>Benjamin, <italic>GS VI</italic>, 653.</p>
  </fn>
  <fn id="fn32">
    <label>32</label><p>Sobre el problema de la identidad se ha conservado, además de las referencias en la
          correspondencia, el fragmento titulado <italic>Tesis sobre el problema de la
            identidad</italic> (2016) (fr. 14; Ob VI: 35-38), que data de la misma fecha que
            <italic>Eidos y concepto</italic>. Otro fragmento posterior (GS VI: 11-14; Ob VI:
          15-18), que se supone elaborado entre mediados de 1916 y mediados de 1917, muestra la
          continuidad de la reflexión de Benjamin sobre el problema del concepto, insistiendo
          todavía en su parentesco con el objeto, del que libra en cambio a la esencia [<italic>das
            Wesen</italic>], equiparando esta última al “puro nombre” [<italic>reiner
          Name</italic>].</p>
  </fn>
  <fn id="fn33">
    <label>33</label><p>Fenves, <italic>The Messianic
    Reduction</italic>, 49, 54.</p>
  </fn>
  <fn id="fn34">
    <label>34</label><p>Edmund Husserl, <italic>Ideas relativas a una fenomenología pura y una filosofía
            fenomenológica</italic> (México, Fondo de cultura económica, 1949), 55-6.</p>
  </fn>
  <fn id="fn35">
    <label>35</label><p>Benjamin, <italic>GB I</italic>, 427-8.</p>
  </fn>
  <fn id="fn36">
    <label>36</label><p>Benjamin, <italic>Ob VI</italic>, 39.</p>
  </fn>
  <fn id="fn37">
    <label>37</label><p>Fenves, <italic>The Messianic
    Reduction</italic>, 53.</p>
  </fn>
  <fn id="fn38">
    <label>38</label><p>Benjamin, <italic>Ob VI</italic>, 39.</p>
  </fn>
  <fn id="fn39">
    <label>39</label><p>Benjamin, <italic>GB I</italic>, 427.</p>
  </fn>
  <fn id="fn40">
    <label>40</label><p>Benjamin, <italic>Ob VI</italic>, 18.</p>
  </fn>
  <fn id="fn41">
    <label>41</label><p>Benjamin, <italic>Ob VI</italic>, 40.</p>
  </fn>
  <fn id="fn42">
    <label>42</label><p>Benjamin, <italic>Ob VI</italic>, 38.</p>
  </fn>
  <fn id="fn43">
    <label>43</label><p>Benjamin, <italic>Ob VI</italic>, 38.</p>
  </fn>
  <fn id="fn44">
    <label>44</label><p>Benjamin, <italic>Ob VI</italic>, 39.</p>
  </fn>
  <fn id="fn45">
    <label>45</label><p>Benjamin, <italic>GB I</italic>, 427.</p>
  </fn>
  <fn id="fn46">
    <label>46</label><p>Para un desarrollo mayor sobre la recepción por
    parte de Paul F. Linke del ensayo <italic>Eidos und
    Begriff</italic>, véase Fenves 2010: 51-54.</p>
  </fn>
  <fn id="fn47">
    <label>47</label><p>Benjamin, <italic>GB II</italic>, 68.</p>
  </fn>
  <fn id="fn48">
    <label>48</label><p>Revela Benjamin (<italic>GB II</italic>,127) en la carta a Scholem de enero de 1921 estar dudando
          si “es correcto utilizar la búsqueda de analogías escolásticas como una guía y no tal vez
          como una [mera] diversión”, por lo que que decide finalmente dirigirse hacia la filosofía
          de lenguaje, comenzando con la <italic>Sprachlehre</italic> (1801-1803) de August
          Ferdinand Bernhardi.</p>
  </fn>
  <fn id="fn49">
    <label>49</label><p>El mismo Benjamin había empleado la noción en una ocasión, en el texto inédito en vida
            <italic>Dos poemas de Hölderlin</italic> (<italic>GS II/1</italic>, 112), redactado
          entre finales de 1914 y principios de 1915, y volverá a hacerlo en el texto sobre el
          surrealismo de 1929 (<italic>GS II/1</italic>, 302). No obstante, en ambas ocasiones el
          término no comporta una carga diferencial respecto a la noción de esencia
            [<italic>Wesen</italic>] o su adjetivo, esencial [<italic>Wesenhaft</italic>], como sí
          sucede con su uso en el prefacio epistemocrítico.</p>
  </fn>
  <fn id="fn50">
    <label>50</label><p>Jean Héring (Alsacia 1890-1966) se cuenta entre los principales discípulos de Edmund Husserl en
          la Universidad de Göttingen (1901-1916). Estudió en dicha universidad entre 1909 y 1913 y
          fue uno de los jóvenes miembros de la <italic>Sociedad filosófica de Göttingen</italic>
          fundada en 1907 para poner en práctica el método presentado en las <italic>Investigaciones
            filosóficas</italic> de Husserl, que llegaría a presidir durante el invierno de
          19121913. Su investigación se centró inicialmente en la fenomenología eidética. Fruto de
          ello es su artículo en el <italic>Anuario de filosofía e investigación
            fenomenológica</italic> “Bemerkungen über das Wesen, die Wesenheit und die Idee” (1921),
          que había circulado entre los miembros del grupo desde 1916. Tras la Primera Guerra
          Mundial se forma como teólogo en París y en 1925 presenta su tesis <italic>Fenomenología y
            filosofía religiosa</italic> en la Universidad de Estrasburgo, en la que permanecerá
          como docente comprometido con la difusión de la fenomenología en Francia. Para una nota
          biográfica ampliada, véase Herrero Hernández y Hernández Marcelo (2019).</p>
  </fn>
  <fn id="fn51">
    <label>51</label><p>Rogelio Rovira, “Introducción” a <italic>Observaciones sobre la esencia, la esencialidad y la
            idea</italic>, Héring, J. (Ediciones Encuentro, 2004), 7.</p>
    <p>Christian Ferenzc-Flatz, “Edmund Husserl. Das Wesen der
    Phänomenologie” en <italic>Entwendungen: Walter Benjamin und seine
    Quellen</italic>, eds Nietzsche, J. y N. Werner (Fink, 2018).</p>
  </fn>
  <fn id="fn52">
    <label>52</label><p>Benjamin, <italic>GS I/3</italic>, 924.</p>
  </fn>
  <fn id="fn53">
    <label>53</label><p>Nos preguntamos, de hecho, si esta disminución en el uso del término en los cuatro años que
          transcurren entre las dos versiones puede constituir una plasmación de su distanciamiento
          teórico de la fenomenología.</p>
  </fn>
  <fn id="fn54">
    <label>54</label><p>Benjamin, <italic>GS VI</italic>, 218.</p>
  </fn>
  <fn id="fn55">
    <label>55</label><p>Benjamin, <italic>Ob I/1</italic>, 231.</p>
  </fn>
  <fn id="fn56">
    <label>56</label><p>Benjamin, <italic>Ob I/1</italic>, 225.</p>
  </fn>
  <fn id="fn57">
    <label>57</label><p>Benjamin, <italic>Ob I/1</italic>, 225-6.</p>
  </fn>
  <fn id="fn58">
    <label>58</label><p>El trasfondo fenomenológico de la crítica de Benjamin es más evidente en la lengua original, en
          la medida en que la <italic>Anschauung</italic> (intuición) husserliana comparte raíz con
          el verbo <italic>schauen</italic> (mirar).</p>
  </fn>
  <fn id="fn59">
    <label>59</label><p>Benjamin, <italic>Ob I/1</italic>, 231.</p>
  </fn>
  <fn id="fn60">
    <label>60</label><p>Benjamin, <italic>Ob I/1</italic>, 231.</p>
  </fn>
  <fn id="fn61">
    <label>61</label><p>“eine im übrigen rein phänomenologischen
    Analysen” (<italic>GS I/3</italic>, 938).</p>
  </fn>
  <fn id="fn62">
    <label>62</label><p>Héring, <italic>Observaciones</italic>, 22.</p>
  </fn>
  <fn id="fn63">
    <label>63</label><p>Héring, <italic>Observaciones</italic>, 38.</p>
  </fn>
  <fn id="fn64">
    <label>64</label><p>Héring, <italic>Observaciones</italic>, 34.</p>
  </fn>
  <fn id="fn65">
    <label>65</label><p>Héring, <italic>Observaciones</italic>, 75.</p>
  </fn>
  <fn id="fn66">
    <label>66</label><p>Héring, <italic>Observaciones</italic>, 72.</p>
  </fn>
  <fn id="fn67">
    <label>67</label><p>Daniele De Santis, “Wesen, Eidos, Idea. Remarks
    on the “Platonism” of Jean Héring and Roman Ingarden”,
    <italic>Studia Phaenomenologica</italic> 15 (2015): 169,
    <ext-link ext-link-type="uri" xlink:href="https://doi.org/10.5840/studphaen2015159"><underline>https://doi.org/10.5840/</underline></ext-link>
    <ext-link ext-link-type="uri" xlink:href="https://doi.org/10.5840/studphaen2015159"><underline>studphaen2015159</underline></ext-link></p>
  </fn>
  <fn id="fn68">
    <label>68</label><p>Héring, <italic>Observaciones</italic>, 71.</p>
  </fn>
  <fn id="fn69">
    <label>69</label><p>Héring, <italic>Observaciones</italic>, 71.</p>
  </fn>
  <fn id="fn70">
    <label>70</label><p>Héring, <italic>Observaciones</italic>, 74.</p>
  </fn>
  <fn id="fn71">
    <label>71</label><p>Héring, <italic>Observaciones</italic>, 74.</p>
  </fn>
  <fn id="fn72">
    <label>72</label><p>Héring, <italic>Observaciones</italic>, 76.</p>
  </fn>
  <fn id="fn73">
    <label>73</label><p>Héring, <italic>Observaciones</italic>, 42.</p>
  </fn>
  <fn id="fn74">
    <label>74</label><p>Héring, <italic>Observaciones</italic>, 42.</p>
  </fn>
  <fn id="fn75">
    <label>75</label><p>Para un análisis comparado de ambos textos, véase De Santis (2015).</p>
  </fn>
  <fn id="fn76">
    <label>76</label><p>Husserl, <italic>Ideas</italic>, 54-6.</p>
  </fn>
  <fn id="fn77">
    <label>77</label><p>Metzger, 1925, 665.</p>
  </fn>
  <fn id="fn78">
    <label>78</label><p>Esta cita ha servido de fundamento a los pocos estudiosos que se han ocupado de la relación
          Benjamin-Héring y contra la opinión de Uwe Steiner, para quien la influencia de Héring,
          incluso en el prólogo, sería menor para atribuirle una notable relevancia a esta relación.
          Es el caso de Peter Fenves (2010), Christian Ferencz-Fatz (2019), Kristina Mendicino
          (2017) y, más recientemente, Ronald Mendoza de Jesús (2021).</p>
  </fn>
  <fn id="fn79">
    <label>79</label><p>Benjamin, <italic>Ob I/1: 233-4</italic>.</p>
  </fn>
  <fn id="fn80">
    <label>80</label><p>Héring, <italic>Observaciones</italic>, 44.</p>
  </fn>
  <fn id="fn81">
    <label>81</label><p>Héring, <italic>Observaciones</italic>, 44.</p>
  </fn>
  <fn id="fn82">
    <label>82</label><p>Héring, <italic>Observaciones</italic>, 43.</p>
  </fn>
  <fn id="fn83">
    <label>83</label><p>Así, por ejemplo “el Eidos “rojez” no contiene en sí nada del acervo del Eidos “color”, aunque la
          existencia del uno está predelineada en la del otro” (Héring, 2004: 49) o “la esencialidad
          [azul] […] es ella misma en su totalidad algo nuevo frente a la esencialidad
          “cromaticidad”” (Ibid.: 51).</p>
  </fn>
  <fn id="fn84">
    <label>84</label><p>Benjamin, <italic>GS I/3</italic>, 938.</p>
  </fn>
  <fn id="fn85">
    <label>85</label><p>Benjamin, <italic>GS I/3</italic>, 928.</p>
  </fn>
  <fn id="fn86">
    <label>86</label><p>Benjamin, <italic>GS I/3</italic>, 938.</p>
  </fn>
  <fn id="fn87">
    <label>87</label><p>Benjamin, <italic>GS I/3</italic>, 938.</p>
  </fn>
  <fn id="fn88">
    <label>88</label><p>En la primera versión del prólogo escribe que “el reconocimiento erróneo de esta discontinuidad
          ha quebrado no pocas veces los intentos más enérgicos de renovación de la doctrina de las
          ideas, más recientemente los de la joven Escuela Romántica, en la que la verdad, en lugar
          del carácter lingüístico, asumía el de un contexto reflexivo (...) (o: un continuum
          reflexionante) de la conciencia” (GS1, II: 938).</p>
  </fn>
  <fn id="fn89">
    <label>89</label><p>Nótese que, si bien Benjamin otorga a las ideas “aquel supremo significado metafísico que el
          sistema platónico les atribuye expresamente” (Ob I/1: 226) en lo que se refiere a su
          dimensión ontológica, y que retoma la imagen —también platónica— del sol, que aquel
          identificaba con la idea suprema de Bien, en el firmamento benjaminiano los astros se
          multiplican en un orden sin jerarquía: “Las esencialidades están unas junto a otras como
          soles; no se tocan. La condición previa de toda armonía profunda en su relación mutua es
          la distancia inamovible” (GS1/II: 928). Esta distancia no jerárquica es, por tanto,
          condición del ordenamiento armónico, que acoge, empero, la existencia de “sistemas de
          multiplicidades esenciales” (Ob VI: 30), tal y como recoge el fragmento “Lenguaje y lógica
          II” fechado entre 1920 y mediados de 1921. En dicho texto, en el que Benjamin emplea
          indistintamente las nociones de <italic>Wesen</italic> y <italic>Wesenheit</italic>, se
          sugiere la existencia de una relación de dominio entre ciertas esencias que garantiza su
          organización armónica sin necesidad de que unas incorporen otras. Restaría saber, no
          obstante, si Benjamin plantea esta relación de superioridad únicamente en el marco de las
          esencias [<italic>Wesen</italic>] —de manera que estas podrían conformar lo que Héring
          llama conglomerados de esencias— o si se daría también entre las contadas esencialidades
            [<italic>Wesenheiten</italic>], lo que supondría la introducción de una jerarquía entre
          ellas.</p>
  </fn>
  <fn id="fn90">
    <label>90</label><p>Benjamin, <italic>Ob I/1</italic>, 240.</p>
  </fn>
  <fn id="fn91">
    <label>91</label><p>Benjamin, <italic>Ob I/1</italic>, 240.</p>
  </fn>
  <fn id="fn92">
    <label>92</label><p>Benjamin, <italic>Ob I/1</italic>, 240.</p>
  </fn>
  <fn id="fn93">
    <label>93</label><p>Benjamin, <italic>Ob I/1</italic>, 223.</p>
  </fn>
  <fn id="fn94">
    <label>94</label><p>Héring, <italic>Observaciones</italic>, 43.</p>
  </fn>
  <fn id="fn95">
    <label>95</label><p>Héring, <italic>Observaciones</italic>, 49.</p>
  </fn>
  <fn id="fn96">
    <label>96</label><p>De Santis, “Wesen, Eidos, Idea”, 107-1.</p>
  </fn>
  <fn id="fn97">
    <label>97</label><p>Benjamin, <italic>Ob I/1</italic>, 230.</p>
  </fn>
  <fn id="fn98">
    <label>98</label><p>Benjamin, <italic>Ob I/1</italic>, 230.</p>
  </fn>
  <fn id="fn99">
    <label>99</label><p>Benjamin, <italic>Ob I/1</italic>, 231.</p>
  </fn>
  <fn id="fn100">
    <label>100</label><p>Benjamin, <italic>Ob I/1</italic>, 231.</p>
  </fn>
  <fn id="fn101">
    <label>101</label><p>Benjamin, <italic>Ob I/1</italic>, 230.</p>
  </fn>
  <fn id="fn102">
    <label>102</label><p>Benjamin, <italic>Ob I/1</italic>, 230.</p>
  </fn>
  <fn id="fn103">
    <label>103</label><p>Sostiene Benjamin que “el filósofo ocupa una posición intermedia entre el investigador y el
          artista”, aunque históricamente se le ha situado demasiado cerca del primero. Comparte con
          este “el interés en la extinción de lo que es mera empiria” y, por tanto, la labor de
          disolución del fenómeno en sus elementos y el análisis conceptual. Su similitud con el
          artista se funda en cambio en la tarea de trazar “una pequeña imagen del mundo de las
          ideas […] como símil”, esto es, una tarea de carácter expositivo (Ob I/1: 228).</p>
  </fn>
  <fn id="fn104">
    <label>104</label><p>Benjamin, <italic>Ob I/1</italic>, 230.</p>
  </fn>
  <fn id="fn105">
    <label>105</label><p>Benjamin, <italic>Ob I/1</italic>, 230.</p>
  </fn>
  <fn id="fn106">
    <label>106</label><p>Benjamin, <italic>Ob I/1</italic>, 230.</p>
  </fn>
  <fn id="fn107">
    <label>107</label><p>Héring, <italic>Observaciones</italic>, 63.</p>
  </fn>
  <fn id="fn108">
    <label>108</label><p>Héring, <italic>Observaciones</italic>, 62.</p>
  </fn>
  <fn id="fn109">
    <label>109</label><p>Benjamin, <italic>Ob I/1</italic>, 240.</p>
  </fn>
  <fn id="fn110">
    <label>110</label><p>Benjamin, <italic>Ob I/1</italic>, 232.</p>
  </fn>
  <fn id="fn111">
    <label>111</label><p>Benjamin, <italic>Ob I/1</italic>, 233.</p>
  </fn>
  <fn id="fn112">
    <label>112</label><p>Benjamin, <italic>Ob I/1</italic>, 232. El ensayo de Héring refiere también a la cuestión del
          nombre apuntando una teoría del origen de los nombres de los objetos que, aunque alejada
          del cariz teológico de la propuesta benjaminiana, afirma que los nombres de los objetos
          “se prefirieron en su origen a otros porque expresaban una propiedad del objeto
          especialmente importante en la praxis” (2004: 66). Dicha correspondencia entre el nombre y
          la propiedad predilecta del objeto, como en la teoría de Benjamin, se habría perdido en
          nuestro tiempo.</p>
  </fn>
  <fn id="fn113">
    <label>113</label><p>Benjamin, <italic>Ob I/1</italic>, 233.</p>
  </fn>
  <fn id="fn114">
    <label>114</label><p>Benjamin, <italic>Ob I/1</italic>, 225.</p>
  </fn>
  <fn id="fn115">
    <label>115</label><p>Benjamin, <italic>Ob I/1</italic>, 227.</p>
  </fn>
  <fn id="fn116">
    <label>116</label><p>Kristina Mendicino, “Before Truth: Walter Benjamin’s «Epistemo-Critical Prologue»”, <italic>Qui
            Parle</italic> 26<italic>,</italic> 1 (2017), 20, <ext-link ext-link-type="uri"
            xlink:href="https://doi.org/10.1215/10418385-3822439"
              ><underline>https://doi.</underline></ext-link>
          <ext-link ext-link-type="uri" xlink:href="https://doi.org/10.1215/10418385-3822439"
              ><underline>org/10.1215/10418385-3822439</underline></ext-link></p>
  </fn>
  <fn id="fn117">
    <label>117</label><p>Benjamin, <italic>Ob I/1</italic>, 224.</p>
  </fn>
  <fn id="fn118">
    <label>118</label><p>Benjamin, <italic>Ob I/1</italic>, 224.</p>
  </fn>
  <fn id="fn119">
    <label>119</label><p>Héring, <italic>Observaciones</italic>, 50.</p>
  </fn>
  <fn id="fn120">
    <label>120</label><p>Héring, <italic>Observaciones</italic>, 50.</p>
  </fn>
  <fn id="fn121">
    <label>121</label><p>Héring, <italic>Observaciones</italic>, 62.</p>
  </fn>
  <fn id="fn122">
    <label>122</label><p>Héring, <italic>Observaciones</italic>, 59.</p>
  </fn>
  <fn id="fn123">
    <label>123</label><p>Para una profundización en esta confrontación, en el marco de su relación con la fenomenología,
          remitimos a Mendoza de Jesús (2021). Una visión global de esta oposición puede encontrase
          en el volumen editado por Andrew Benjamin y Dimitris Vardoulakis, <italic>Sparks will fly.
            Benjamin and Heidegger</italic> (2015).</p>
  </fn>
</fn-group>
  <ack id="ack1">
    <title>Fuentes de financiación</title>
    <p>Este artículo se ha realizado en el marco de un contrato postdoctoral Margarita Salas
        financiado por la Unión Europea — NextGenerationEU, Ministerio de Universidades y Plan de
        Recuperación, Transformación y Resiliencia, mediante convocatoria de la Universidad
        Complutense de Madrid.</p>
  </ack>
  <ack id="ack2">
    <title>gradecimientos</title>
    <p>La investigación que culmina en este artículo se realizó en el Centro de Investigaciones
        Filosóficas (CIF, unidad asociada del CONICET — Argentina) bajo el auspicio del Dr.
        Francisco Naishtat y gracias a los generosos intercambios que tuvieron lugar en el marco de
        los proyectos que dirige, PIP-CONICET (2022-2024) “Walter Benjamin: de la antropología
        temprana al materialismo antropológico a la luz de su teoría de lo no-humano
          (<italic>Unmensch</italic>). Una perspectiva benjaminiana para repensar el humanismo, el
        sujeto y la política” y UBACyT (2023-2025) “La potencialidad política de la idea
        benjaminiana de historia natural ante la caducidad, lo no-humano y el anacronismo
        productivo”, así como en el Grupo de Estudio de Pensamiento Alemán Contemporáneo (GEPAC —
        CleFi, FaHCE — UNLP) coordinado por la Dra. Anabella di Pego.</p>
  </ack>
  <ref-list>
  <ref id="ref1">
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