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        <journal-title specific-use="original" xml:lang="es">Anales del Seminario de Historia de la Filosofía</journal-title>
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      <issn publication-format="electronic">1988-2564</issn>
      <issn-l>0211-2337</issn-l>
      <publisher>
        <publisher-name>Ediciones Complutense</publisher-name>
        <publisher-loc>España</publisher-loc>
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      <article-id pub-id-type="doi">10.5209/ashf.97710</article-id>
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          <subject>ESTUDIOS</subject>
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        <article-title>La facultad de apetecer kantiana y el caso del placer</article-title>
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          <trans-title>Kant on the faculty of desire and the case of pleasure</trans-title>
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          <contrib-id contrib-id-type="orcid">https://orcid.org/0000-0003-3064-3480</contrib-id>
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            <surname>Kolomý</surname>
            <given-names>Vojtěch</given-names>
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        <corresp id="cor1">Vojtěch Kolomý<email>vkolomy@unav.es</email></corresp>
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      <pub-date pub-type="epub" publication-format="electronic" iso-8601-date="2025-09-30">
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        <year>2025</year>
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        <copyright-statement>Copyright © 2025, Universidad Complutense de
          Madrid</copyright-statement>
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      <abstract>
        <p>Aunque a primera vista es muy claro cómo funciona según Kant la facultad de apetecer y
          el papel que ejerce allí el sentimiento, cuando se quiere ofrecer una concepción más detallada, aparecen
          varios problemas, en el fondo relacionados. ¿A qué se refiere Kant exactamente cuándo dice que en la
          facultad de apetecer inferior siempre hay que presuponer el placer en la realidad de un objeto? ¿Es un placer
          actualmente presente o meramente esperado en el futuro? ¿Cómo hay que entender exactamente el móvil
          [Triebfeder] que, según Kant, nos mueve a la acción? ¿Cuál es el papel del sentimiento de respeto en la
          facultad de apetecer? Este trabajo quiere ofrecer una explicación holística del funcionamiento de la facultad
          de apetecer tal como puede reconstruirse a partir de las alusiones y comentarios más bien dispersos a lo
          largo del corpus kantiano, con el objetivo de aclarar la función que desempeña allí el sentimiento.</p>
      </abstract>
      <trans-abstract xml:lang="en">
        <p>At first glance, Kant’s understanding of the faculty of desire and the role of feeling in it may appear
          straightforward. However, when one attempts to offer a more detailed conception, several, ultimately related
          problems arise. What exactly does Kant mean when he claims that in the lower faculty of desire, pleasure
          in the reality of an object must always be presupposed? How exactly should we understand the incentive
          [Triebfeder], that, according to Kant, moves us to action? What is the role of the feeling of respect in the
          faculty of desire? This paper aims to offer a comprehensive account of the functioning of the faculty of desire,
          reconstructed from rather dispersed allusions and remarks throughout the Kantian corpus, with the goal of
          clarifying the role that feeling plays within it.</p>
      </trans-abstract>
      <kwd-group>
        <kwd>facultad de apetecer</kwd>
        <kwd>Kant</kwd>
        <kwd>móvil</kwd>
        <kwd>respeto</kwd>
        <kwd>sentimiento</kwd>
      </kwd-group>
      <kwd-group xml:lang="en">
        <kwd>faculty of desire</kwd>
        <kwd>feeling</kwd>
        <kwd>incentive</kwd>
        <kwd>Kant</kwd>
        <kwd>respect</kwd>
      </kwd-group>
    </article-meta>
  </front>
<body>
<p>En las últimas décadas hemos podido presenciar el esfuerzo de muchos filósofos kantianos de
      luchar en contra de la imagen de Kant como un pensador frío y adversario de los sentimientos e
      intentar rescatar las alusiones de Kant al sentimiento.<xref ref-type="fn" rid="fn1">1</xref>
      Uno de los ámbitos de la filosofía kantiana en los cuales claramente el sentimiento juega un
      papel importante es la facultad de apetecer [<italic>Begehrungsvermögen</italic>]. Ahora bien,
      mientras está claro que en la facultad de apetecer el sentimiento es un componente clave, su
      papel exacto sigue siendo muy problemático. Por otra parte, los trabajos que expliquen la
      concepción de Kant de la facultad de apetecer y su funcionamiento son bastante escasos,
      probablemente porque Kant no nos ofrece una explicación holística en ningún lugar de sus obras
      y hay que ir reconstruyéndola a partir de alusiones y comentarios más bien dispersos. El
      objetivo de este artículo es, pues, explicar la facultad de apetecer kantiana y aclarar la
      función que desempeña el sentimiento allí. Para facilitar la lectura, dividiré el artículo en
      dos partes principales: en la primera explico el funcionamiento general de la facultad de
      apetecer y, en la segunda, analizo el concepto problemático del “móvil”
        [<italic>Triebfeder</italic>], que es decisivo precisamente para entender el papel del
      sentimiento en dicha facultad.</p>
<sec id="sec1">
  <title>1. La facultad de apetecer</title>
  <p>La facultad de apetecer [<italic>Begehrungsvermögen</italic>] es, junto con el sentimiento
          [<italic>Gefühl</italic>] y la facultad de conocer [<italic>Erkenntnis vermögen</italic>],
        una de las tres facultades básicas del ánimo a las que se pueden reducir todas (KU, 5:
          177).<xref ref-type="fn" rid="fn2">2</xref> Kant la define como “la facultad que tiene un
        ser de originar, mediante sus representaciones, la realidad de los objetos de esas
        representaciones” (KpV, 5: 9 Nota; cfr. también una definición similar en MS, 6: 211). Para
        prevenir posibles malentendidos, hay que subrayar que cuando Kant habla de “objetos”, no se
        refiere a objetos materiales relacionados con la acción, sino al fin de la acción en
        general, esto es, lo que uno quiere hacer. Si, por ejemplo, un pintor quiere pintar un
        cuadro, el “objeto” es el cuadro. Pero si va a una tienda de arte a comprar un cuadro, el
        objeto cuya realidad desea no es el cuadro, sino su posesión. Y si quiere comer una manzana,
        el objeto no es la manzana en sí, sino comerla.<xref ref-type="fn" rid="fn3">3</xref></p>
  <p>Kant divide la facultad de apetecer en la inferior y la superior.<xref ref-type="fn" rid="fn4"
          >4</xref> La diferencia básica entre las dos es la relación con el objeto. Como se explica
        de manera muy sencilla en las lecciones de metafísica que Kant, muy probablemente, impartió
        entre los años 1777-1780, “la facultad de apetecer inferior es una capacidad para apetecer
        algo en la medida que somos afectados por objetos. La facultad de apetecer superior es una
        capacidad para que apetezcamos algo nosotros, independientemente de objetos”
        (V-Met-L1/Pölitz, 28: 228). La diferencia principal es, pues, que en el primer caso hace
        falta previamente un objeto para que surja un apetito y, en el segundo caso, somos nosotros
        quienes queremos producir el objeto sin que éste nos tenga que afectar previamente. Ahora
        bien, ¿cómo se produce exactamente el apetito en los dos casos? Aquí ya las cosas se
        empiezan a complicar.</p>
  <p>Centrémonos primero en la facultad de apetecer inferior. Como hemos dicho, la facultad de
        apetecer inferior es “una capacidad para apetecer algo en la medida que somos afectados por
        objetos”; es decir, la afección por un objeto es la condición necesaria del apetecer. Sin
        embargo, cómo exactamente nos tiene, según Kant, que afectar el objeto para que se produzca
        un apetito ya no queda tan claro. Empecemos recordando que algunas representaciones nuestras
        de la facultad de conocer están ligadas en nosotros con el sentimiento de placer o
        displacer. Por ejemplo, cuando saboreamos una comida deliciosa, la representación es
        placentera. Para distinguir este placer, que proviene directamente de objetos, de otros
        tipos, Kant lo llama, en la <italic>Crítica del Juicio</italic>, “deleite”
          [<italic>Vergnügen</italic>] y el objeto que lo produce “agradable”
          [<italic>angenehm</italic>] (KU §3, 5: 205ss). Hay que subrayar, sin embargo, que el
        sentimiento es un aspecto meramente subjetivo de la representación y el carácter agradable
        en realidad no puede adscribirse al propio objeto;<xref ref-type="fn" rid="fn5">5</xref>
        Kant por tanto habla de “la coincidencia del objeto […] con las <italic>condiciones subje
          tivas</italic> de la vida” (KpV, 5: 9 Nota, la cursiva es mía) y ya que esas condiciones
        subjetivas difieren en cada sujeto, por ello también a cada sujeto le proporcionan placer
        objetos diferentes — como dice Kant, “en lo que toca a lo agradable, vale el principio de
        que <italic>cada uno tiene su propio gusto</italic>” (KU, 5: 212.21ss).<xref ref-type="fn"
          rid="fn6">6</xref></p>
  <p>Pues bien, el deleite es de tal índole que está directamente conectado con la facultad de
        apetecer. Como explica Kant en la <italic>Crítica del Juicio</italic>, “no sólo el objeto
        place, sino también su existencia” (KU, 5: 209.21s). Al experimentar el deleite, que Kant en
        otros sitios también llama placer “patológico” (es decir, pasivo, de <italic>pathos</italic>
        en griego), no nos basta meramente con contemplar el objeto, sino que estamos
          <italic>interesados</italic> en él: lo queremos para nuestro propio disfrute. Y de la
        explicación anterior resulta claro que lo que nos atrae de los objetos agradables es
        simplemente el deleite que nos proporcionan — por ello Kant dice que en la facultad de
        apetecer inferior, en lo que Kant en general llama “inclinaciones”,<xref ref-type="fn"
          rid="fn7">7</xref> siempre hay que presuponer “la relación de la representación [de un
        objeto] con el sujeto”, la cual “se llama <italic>el placer</italic> en la realidad de un
        objeto” (KpV, 5: 21.21ss), y a lo largo del primer capítulo de la Analítica de la segunda
          <italic>Crítica</italic> insiste mucho en que todos los principios materiales, esto es,
        los que dependen del objeto previo de la facultad de apetecer, “son, como tales, de una
        misma clase”<xref ref-type="fn" rid="fn8">8</xref> y “pertenecen al principio universal del
        amor propio, o sea, de la propia felicidad” (KpV, 5: 22).<xref ref-type="fn" rid="fn9"
          >9</xref></p>
  <p>Pero sigamos ahora con el mecanismo de la facultad de apetecer. Dice Kant en la
          <italic>Pedagogía</italic><xref ref-type="fn" rid="fn10">10</xref> que “un animal lo es ya
        todo por su instinto; una razón extraña le ha provisto de todo. Pero el hombre necesita una
        razón propia. No tiene ningún instinto, y ha de hacerse él mismo el plan de su conducta”
        (Päd, 9: 441.18ss). ¿Qué significa eso exactamente y qué consecuencias tiene? Según Kant,
        todo animal, el ser humano incluido, “tiene necesidades [<italic>Bedürfnisse</italic>] y
        esas necesidades conciernen la materia de su facultad de apetecer, es decir, algo que se
        refiere a un sentimiento subjetivo de placer o displacer que se halla en la base, por el
        cual se determina lo que él necesita para estar contento con su estado” (KpV, 5:
          25.17-20).<xref ref-type="fn" rid="fn11">11</xref> Es decir, el animal es un ser
        dependiente, con necesidades. Esas necesidades se experimentan como dolor
          [<italic>Schmerz</italic>], un cierto descontento. Kant explica más tarde en la
          <italic>Antropología</italic> que el dolor es “lo que me impulsa inmediatamente (por el
        sentido) a <italic>abandonar</italic> mi estado (a salir de él)” (Anth, 7: 231). En cambio,
        el placer es la satisfacción de una necesidad —Kant también habla del “fomento de la vida”—
        y, por lo tanto, el placer es “lo que me impulsa a <italic>conservar [mi estado]</italic>”
        (Anth, 7: 231): cuando experimento algo placentero, quiero mantenerlo. Ahora bien, no es
        posible satisfacer una necesidad continuamente. Cuando tenemos hambre, por ejemplo, comemos,
        y eso se experimenta como placer. Pero conforme nos vamos saciando, el hambre, es decir, la
        necesidad, va disminuyendo, pero también va disminuyendo el placer experimentado al
        satisfacer la necesidad hasta que finalmente llega un momento cuando comer ya no resulta
        placentero y hasta que tengamos hambre otra vez, no podemos experimentar el placer de la
        comida. Por eso Kant dice que para el hombre no es posible “un continuo fomento de la fuerza
        vital” y que en la vida siempre hay “represiones de la fuerza vital” (Anth, 7: 231); en
        otras palabras, el placer eternamente prolongado es imposible y en esta vida siempre habrá
        dolores. Pero, al mismo tiempo, también gracias a ello es posible conseguir más placer:
        después del “impedimento de la vida” puede llegar otra vez el “fomento” de ella, esto es, el
        placer. Es esta, pues, la dinámica entre el placer y displacer, y precisamente esta dinámica
        define, para Kant, la vida: la vida es un continuo juego del antagonismo entre el deleite y
        el dolor (Anth, 7: 231.31).<xref ref-type="fn" rid="fn12">12</xref></p>
  <p>Pues bien, en el animal no racional, esta dinámica entre el placer y el displacer viene
        totalmente determinada. El animal nace con su conducta establecida; por eso Kant dice,
        repitámoslo otra vez, que “un animal lo es ya todo por su instinto; una razón extraña le ha
        provisto de todo” (Päd, 9: 441.18ss). Así, cuando el animal percibe que a su alcance hay una
        oportunidad de satisfacer una necesidad suya, es decir, que a su alcance está placer, un
        “fomento de la vida”, efectúa la acción en cuestión (a no ser que se le ofrezca un placer
        todavía más fuerte). El animal además sabe exactamente qué cosas le permiten satisfacer sus
        necesidades y cuáles no, eso es precisamente lo que significa el <italic>instinto</italic>,
        una “necesidad sentida de hacer algo o gozar de algo de lo cual no se tiene aún concepto
        alguno (como el impulso industrioso en los animales o el impulso hacia el sexo)” (RGV, 6: 29
        Nota; cfr. también Anth, 7: 265). En cambio, en el hombre ocurre algo diferente. Es verdad
        que el hombre también busca la satisfacción con su propio estado; para él, eso significa
        buscar la <italic>felicidad</italic> como “un máximo de bienestar en [su] estado actual y en
        todo estado futuro” (GMS, 6: 418.09s). Sin embargo, el hombre difiere del animal en dos
        aspectos cruciales. Primero, el hombre no obra según instinto porque no tiene determinado
        qué cosas le permiten satisfacer sus necesidades y cuáles no, y tiene que averiguarlo por sí
          mismo;<xref ref-type="fn" rid="fn13">13</xref> esto es, se establece él mismo un plan de
        conducta —se establece fines— que considera adecuado para conseguir la felicidad.<xref
          ref-type="fn" rid="fn14">14</xref> Pero no solo eso, sino que, segundo, el hombre además
        es libre en un sentido más radical: puede escoger no perseguir la propia felicidad, sino
        obrar al margen de ella, obrar por deber; en otras palabras, no solo tiene la facultad de
        apetecer inferior, sino también la superior, “una capacidad para que apetezcamos algo
        nosotros, independientemente de objetos” (V-Met-L1/Pölitz, 28: 228).<xref ref-type="fn"
          rid="fn15">15</xref></p>
  <p>Así Kant escribe en la <italic>Fundamentación</italic> su famosa afirmación: “Cada cosa en la
        naturaleza actúa según leyes. Sólo un ser racional posee la facultad de obrar <italic>por la
          representación</italic> de las leyes, esto es, por principios; posee una
          <italic>voluntad</italic>” (GMS, 6: 412.26ss). El hombre, a diferencia del animal, que
        obra por leyes naturales necesarias, obra por máximas, “principio[s] subjetivo[s] de obrar”
        (GMS, 6: 420 Nota) “autoimpuestos a sí mismo” (GMS, 6: 438.24s).<xref ref-type="fn"
          rid="fn16">16</xref> Las máximas expresan el fin de la acción o la intención
          [<italic>Absicht</italic>], la “regla práctica” [<italic>praktische Regel</italic>] que
        “prescribe la acción, como medio para el efecto, considerado como intención” (KpV
          20.07s),<xref ref-type="fn" rid="fn17">17</xref> pero también el móvil
          [<italic>Triebfeder</italic>], lo que nos mueve o empuja a realizar la intención. Y es
        precisamente el concepto del móvil que parece ser lo más decisivo para la distinción entre
        la conducta guiada por la propia felicidad y la guiada por deber, esto es, entre la facultad
        de apetecer inferior y la superior.<xref ref-type="fn" rid="fn18">18</xref> Y sin embargo,
        es también aquí donde surgen los principales problemas interpretativos relacionados con la
        facultad de apetecer, ya que el concepto del móvil y su relación con los demás elementos que
        constituyen los principios de la teoría de la acción de Kant son muy poco claros. Como es
        sabido, para Kant el móvil moral es el respeto a la ley moral. Ahora bien, no está nada
        claro cómo hay que entender exactamente ese respeto. Como acertadamente, y con una buena
        dosis de humor, observa en su conocido comentario a la segunda <italic>Crítica</italic>
        Lewis White Beck, “es lamentable que Kant no fuera más claro [sobre esta cuestión]; pero, si
        lo hubiera sido, los comentadores de Kant se habrían quedado sin trabajo”.<xref
          ref-type="fn" rid="fn19">19</xref> Pero es más, tampoco queda claro cómo entender el móvil
        en el caso de la facultad de apetecer inferior, esto es, cuando apetecemos algo en la medida
        que somos afectados por objetos. En el siguiente apartado analizaré pues qué significa el
        móvil.</p>
</sec>
<sec id="sec2">
  <title>2. El móvil</title>
  <p>¿Cómo hay que entender pues el propio concepto del móvil [<italic>Triebfeder</italic>]? En
        primer lugar hay que decir que Kant define el móvil como “el fundamento de determinación
        subjetivo de la voluntad” (KpV, 5: 72). El “fundamento de determinación”
          [<italic>Bestimmungsgrund</italic>] es el término que Kant utiliza para el concepto de
        razón suficiente, aquello que en último término mueve a la voluntad a querer algo;<xref
          ref-type="fn" rid="fn20">20</xref> que sea “subjetivo” quiere decir aquí que es lo que
          <italic>de hecho</italic> mueve el sujeto (a diferencia del fundamento de determinación
          <italic>objetivo</italic>, que se refiere a lo que <italic>debería</italic> mover al
        sujeto). Eso parece indicar que, en el caso de la facultad de apetecer inferior, el
        fundamento de determinación es precisamente el deleite relacionado con los objetos. Y
        efectivamente, Kant al comienzo de la segunda <italic>Crítica</italic> parece cifrar el
        fundamento de determinación precisamente en el deleite que uno pretende conseguir con la
        acción — solo así puede decir que “los principios materiales que ponen el fundamento de
        determinación del albedrío en el placer o displacer que se siente por la realidad de un
        objeto cualquiera son totalmente de la misma clase, en tanto en cuanto todos ellos
        pertenecen al principio del amor propio, o sea, de la felicidad propia” (KpV, 5: 22). Ahora
        bien, eso puede resultar sorprendente, ya que significa que en realidad no hace falta que el
        sentimiento esté actualmente presente para que surja la acción; el sentimiento que para Kant
        es necesario en la facultad de apetecer, por lo menos en la inferior, podría ser así solo un
        sentimiento “esperado”:<xref ref-type="fn" rid="fn21">21</xref> uno se decide a hacer la
        acción por el móvil del sentimiento del placer que <italic>espera</italic> obtener en el
        futuro. Eso es desde luego curioso porque más bien parece que el sentimiento debería estar
        actualmente presente para poder actuar. Y es que Kant ya en la
          <italic>Fundamentación</italic> explicaba, a raíz de la acción moral, que “para querer
        aquello sobre lo cual la razón prescribe el deber al ser racional afectado por los sentidos,
        hace falta, sin duda, una facultad de la razón que inspire un sentimiento de placer o de
        complacencia al cumplimiento del deber, y, por consiguiente, hace falta una causalidad de la
        razón que determine la sensibilidad conformemente a sus principios” (GMS, 4:
          460.08-12).<xref ref-type="fn" rid="fn22">22</xref> Efectivamente, precisamente porque el
        sentimiento es necesario para obrar, y en la facultad de apetecer superior uno tiene que
        obrar por sí mismo, sin depender de un objeto previo que pueda producir el sentimiento, Kant
        habla del peculiar sentimiento del respeto “producido sólo por la razón”, que “no sirve para
        juzgar las acciones ni para fundamentar la ley moral objetiva misma, sino sólo de móvil para
        hacer de esta ley, en sí misma, la máxima” (KpV, 5: 76.16-19, cfr. también GMS, 4: 401
          Nota).<xref ref-type="fn" rid="fn23">23</xref> Sin embargo, el sentimiento del respeto
        claramente funciona en la facultad de apetecer superior solamente como <italic>causa
          remota</italic>, un mero <italic>impulso</italic> a la acción, y desde luego no como
          <italic>causa próxima</italic>, el motivo propiamente dicho.<xref ref-type="fn" rid="fn24"
          >24</xref> Por ello es desde luego sorprendente que el móvil en la facultad de apetecer
        inferior sea el sentimiento que uno <italic>espera</italic> obtener y no un sentimiento
          <italic>actual</italic> que sirva de impulso a la acción.</p>
  <p>Pues bien, me parece que este es uno de los temas que en los cuales Kant simplemente no habla
        con la claridad y profundidad requeridas por el problema. Así, efectivamente, cuando habla
        de la facultad de apetecer inferior, cuando apetecemos algo en la medida que somos afectados
        por objetos, parece sugerir que el sentimiento que siempre hace falta para obrar es
        simplemente el deleite que perseguimos con la acción,<xref ref-type="fn" rid="fn25"
          >25</xref> pero en cambio cuando tematiza la acción moral motivada por el deber, habla del
        sentimiento del respeto que está actualmente presente. Efectivamente, esta posición parece
        insuficiente: no es muy convincente que Kant argumente que el sentimiento del respeto es
        necesario para obrar moralmente, pero al mismo tiempo explique la acción no-moral de tal
        modo que el sentimiento en realidad no es necesario.</p>
  <p>Sin embargo, me parece que es posible simplemente enmendar la explicación kantiana, sin tener
        que rechazar su concepción entera. Veámoslo con un ejemplo y apliquemos lo que Kant dice
        acerca del respeto en el tercer capítulo de la Analítica de la segunda
          <italic>Crítica</italic>. Cuando por ejemplo debemos ayudar al prójimo tratándose de una
        persona más bien repugnante y, lógicamente, no nos apetece, el sentimiento que esperamos de
        la realidad del objeto es un displacer y nos sentimos impulsados a evitar la acción.<xref
          ref-type="fn" rid="fn26">26</xref> Sin embargo, se nos impone la ley moral que nos manda a
        hacer la acción<xref ref-type="fn" rid="fn27">27</xref> y comprendemos intelectualmente, “en
        el juicio de la razón”, “la superioridad de la ley [moral] objetiva sobre los impulsos de la
        sensibilidad” (KpV, 5: 75s). Sin embargo, como ya habíamos visto insistir a Kant, eso por sí
        mismo no basta. “Para querer aquello sobre lo cual la razón prescribe el deber al ser
        racional afectado por los sentidos, hace falta, sin duda, […] una causalidad de la razón que
        determine la sensibilidad conformemente a sus principios” (GMS, 4: 460.0812). Sin
        sentimiento no hay acción. De acuerdo con ello, Kant explica en el capítulo del respeto que
        “podemos comprender a priori que la ley moral, como fundamento de determinación de la
        voluntad, debe producir un sentimiento porque causa perjuicio a todas nuestras
        inclinaciones, sentimiento que puede ser denominado dolor [<italic>Schmerz</italic>] […]”
        (KpV, 5: 72.3273.05). ¿Por qué podemos comprenderlo <italic>a priori</italic>? La
        explicación de Kant es que “toda inclinación y todo impulso sensible está fundado en el
        sentimiento, y el efecto negativo sobre el sentimiento (por el daño inferido a las
        inclinaciones) es él mismo un sentimiento” (KpV, 5: 72). Aunque los pocos autores que han
        analizado este pasaje cuestionan el argumento,<xref ref-type="fn" rid="fn28">28</xref> Kant
        parece basarse en una idea muy simple. La representación del objeto de la acción apetecible
        que efectivamente nos mueve a la acción en la facultad de apetecer inferior está conectada
        también con un placer <italic>actual</italic>. Por ello, cuando la ley moral determina la
        voluntad en oposición a las inclinaciones (lo cual ocurre siempre porque, como aclara Kant,
        el hombre siempre es imperfecto y tiene inclinaciones contrarias a la ley moral)<xref
          ref-type="fn" rid="fn29">29</xref>, produciéndoles daño, el resultado es un sentimiento.
        Dicho de otro modo: puesto que las inclinaciones necesariamente producen un sentimiento
        actual, cuando algo obra en contra de ellas, eso también se <italic>siente</italic>. Es
        verdad que no disponemos de evidencia textual explícita e inequívoca, pero me parece que es
        el único modelo plausible. Cuando nos decidimos a obrar porque algún objeto nos parece
          deleitable,<xref ref-type="fn" rid="fn30">30</xref> ese objeto en realidad nos parece
        deleitable porque ya en ese momento actúa sobre nuestro sentido interno.<xref ref-type="fn"
          rid="fn31">31</xref> Por ejemplo, en general nos gustan las fresas, esto es, nos parecen
        deleitables, y así tenemos una inclinación propiamente dicha, un apetito
          <italic>habitual</italic>, hacia ellas.<xref ref-type="fn" rid="fn32">32</xref> Sin
        embargo, la representación de las fresas no siempre es actualmente deleitable para nosotros
        y, por lo tanto, no siempre tenemos el apetito de comernos las fresas. Así, cuando nos
        encontramos mal o hemos comido demasiado, la representación de las fresas no nos resulta
        placentera: las fresas no pueden satisfacer ninguna necesidad nuestra.<xref ref-type="fn"
          rid="fn33">33</xref> Pero, ¿cómo sabemos eso? Precisamente por experiencia, viendo si esa
        representación produce en nosotros de hecho un sentimiento actual — precisamente por eso
        decimos, cuando nos apetece algo, que se nos hace boca agua.<xref ref-type="fn" rid="fn34"
          >34</xref> Sin la presencia del sentimiento actual no podría explicarse de manera
        satisfactoria que a veces no nos apetecen las fresas aunque en general nos encantan. Por así
        decir, es precisamente el sentimiento actual que nos descubre los apetitos o, en otras
        palabras, que nos indica el objeto como deleitable. También hay que añadir que, lógicamente,
        si la representación produce en nosotros un sentimiento actual depende sobre todo de nuestra
        experiencia anterior: si el objeto anteriormente nos resultó placentero o no. La experiencia
        anterior es crucial porque sin ella no sería posible —a no ser que se trate de un instinto,
        una “necesidad sentida de hacer algo o gozar de algo de lo cual no se tienen aún concepto
        alguno” (RGV 29 Nota)— que se den los apetitos: solo si sabemos (o por lo menos lo intuimos
        por un parecido real o imaginado con otro objeto ya conocido) cómo es un objeto en relación
        con nuestras “condiciones subjetivas de la vida” (KpV, 5: 9 Nota), puede luego su
        representación producir en nosotros un sentimiento de placer actual y podemos imaginárnoslo
        como deleitable, esto es, puede funcionar como un móvil.<xref ref-type="fn" rid="fn35"
          >35</xref> Así, no solo en la facultad de apetecer superior está presente un sentimiento
        actual que nos impulsa a la acción (esto es, el sentimiento del respeto), lo mismo ocurre
        también en la facultad de apetecer inferior.</p>
  <p>Esta interpretación parece venir confirmada también por otros escritos. En la
          <italic>Metafísica de las costumbres</italic> Kant explica que “toda determinación del
        albedrío va desde la representación de la posible acción hasta la acción, a través del
        sentimiento de placer o displacer, al tomar un interés en ella o en su efecto” (MS, 6: 399)
        y en la <italic>Crítica del Juicio</italic> aclara que “el estado de espíritu de una
        voluntad determinada por algo es ya en sí un sentimiento de placer, idéntico con él” (KU, 5:
        222). En un ser sensible como nosotros siempre hace falta un sentimiento actualmente
        presente para que se produzca una acción, tanto en la facultad de apetecer inferior como en
        la superior. La diferencia entre las dos consiste en que en la primera, la inferior, el
        placer actual viene, por así decir, primero: es él que nos descubre que un objeto es, en el
        momento presente, efectivamente deleitable y, en consecuencia, nos impulsa a la acción. En
        cambio, en la facultad de apetecer superior, lo que viene primero es la comprensión
        intelectual, “en el juicio de la razón”, de “la superioridad de la ley [moral] objetiva
        sobre los impulsos de la sensibilidad” (KpV, 5: 75s); esta comprensión intelectual, el
        reconocimiento de la autoridad de la ley moral, luego produce en nosotros el sentimiento del
        respeto propiamente dicho, gracias al cual la ley moral puede movernos a la acción.<xref
          ref-type="fn" rid="fn36">36</xref> Por eso escribe Kant en la
          <italic>Fundamentación</italic> que “la voluntad humana puede también <italic>tomar
          interés</italic> en algo, sin por ello <italic>obrar por interés</italic>. Lo primero
        significa el interés <italic>práctico</italic> en la acción; lo segundo, el interés
          <italic>patológico</italic> en el objeto de la acción. Lo primero demuestra que depende la
        voluntad de principios de la razón en sí misma; lo segundo, de los principios de la razón
        respecto de la inclinación, pues, en efecto, la razón no hace más que dar la regla práctica
        de cómo podrá subvenirse a la exigencia de la inclinación. En el primer caso, me interesa la
        acción; en el segundo, el objeto de la acción (en cuanto que me es agradable)” (GMS, 4: 413
        Nota).</p>
  <p>Este modelo permite explicar bien el hecho de adoptar una máxima, un principio de obrar,<xref
          ref-type="fn" rid="fn37">37</xref> pero también capta bien el hecho de que el móvil es
        realmente el fundamento de determinación del albedrío [<italic>Bestimmungsgrund</italic>],
        esto es, lo que en último término mueve a la voluntad a querer algo. El móvil es,
        efectivamente, en el caso de la facultad de apetecer inferior, el deleite que queremos
        conseguir con la acción y, en el caso de la facultad de apetecer superior, el respeto
        entendido como el reconocimiento de la autoridad de la ley moral. Esa es la <italic>causa
          próxima</italic>, el motivo propiamente dicho. Sin embargo, nos mueve a la acción
        precisamente <italic>a través del sentimiento actual</italic> que funciona como
          <italic>causa remota</italic>, como un <italic>impulso</italic> a la acción. Como se ve,
        la gran ventaja de este modelo es, pues, que permite conciliar la eterna lucha entre la
        interpretación afectivista e intelectualista del respeto (cfr. la nota n. 23). Así, el móvil
        moral es propiamente la actitud intelectual ante la ley moral tal como proponen los
        intelectualistas (solo así puede ser el verdadero fundamento de determinación
          [<italic>Bestimmungsgrund</italic>]), pero el sentimiento de respeto qua sentimiento que
        Kant describe no es un simple <italic>byproduct</italic>, un epifenómeno de la determinación
        de la voluntad, como sostienen los intelectualistas, sino un aspecto imprescindible del
        respeto sin el cual la acción jamás podría efectuarse — aquí, en cambio, tienen razón los
        afectivistas.</p>
</sec>
<sec id="sec3">
  <title>3. Conclusión</title>
  <p>A mi juicio, el modelo presentado de la facultad de apetecer en general y del concepto del
        móvil en particular es el único modelo coherente de la facultad de apetecer kantiana. Es
        verdad que, en el caso de la facultad de apetecer inferior, le falta apoyo textual
        concluyente o incluso, en algún lugar, los textos más bien parecen indicar otra cosa, pero
        incluso en estas divergencias siempre es posible salvar el modelo añadiendo algunos matices
        al texto; a mi modo de ver, Kant simplemente no ha profundizado, en este punto, lo
        suficiente.</p>
</sec>
</body>
<back>
<fn-group>
  <fn id="fn1">
    <label>1</label><p>Cfr. por ejemplo el volumen colectivo editado por A. Cohen (<italic>Kant on emotion and
            value</italic> (London: Palgrave Macmillan, 2014)), que reúne algunos de los trabajos
          más importantes. En el ámbito hispanohablante, véase por ejemplo el trabajo de Nuria
          Sánchez Madrid, “Resonancias emocionales de la razón en Kant”, <italic>Princípios: Revista
            de Filosofia</italic> 23, núm. 41 (2016): 33-74.</p>
  </fn>
  <fn id="fn2">
    <label>2</label><p>Todas las referencias a las obras de Kant citan el volumen y el número de página (a veces también
          la línea) de la edición de la Academia (Immanuel Kant, <italic>Gesammelte Schriften
            (Akademie Ausgabe)</italic>, ed. Preussische Akademie der Wissenschaften (and
          successors) (Berlin: De Gruyter, 1900ff)). Se usan las abreviaturas habituales: Anth =
            <italic>Antropología en sentido pragmático</italic>, GMS = <italic>Fundamentación de la
            metafísica de las costumbres</italic>, KpV = <italic>Crítica de la razón
            práctica</italic>, KU = <italic>Crítica del Juicio</italic>, MAM = <italic>Probable
            inicio de la historia humana</italic>, MS = <italic>Metafísica de las
            costumbres</italic>, Päd = <italic>Pedagogía</italic>, PND = <italic>Principiorum
            primorum cognitionis metaphysicae nova dilucidatio</italic>, RGV = <italic>La religión
            dentro de los límites de la mera Razón</italic>, Refl = Reflexiones, V-Met-L1/Pölitz =
          Apuntes de las lecciones de metafísica recogidos por Pölitz (L<sub>1</sub>),
          V-Mo/Kaehler(Stark) = Apuntes de Kaehler de las lecciones de filosofía moral, publicadas
          por Werner Stark, ed., <italic>Immanuel Kant: Vorlesung zur Moralphilosotphie</italic>
          (Berlin: De Gruyter, 2004).</p>
  </fn>
  <fn id="fn3">
    <label>3</label><p>Los ejemplos son tomados de Hans Reiner, “Kants Beweis zur Widerlegung des Eudämonismus und das
          Apriori der Sittlichkeit”, <italic>Kant-Studien</italic> 54 (1963): 137. Reiner analiza,
          en el artículo, algunos de los problemas que se analizan aquí; sin embargo, sus resultados
          me parecen, en varios puntos, insuficientes (cfr. también más en adelante nota 25).</p>
  </fn>
  <fn id="fn4">
    <label>4</label><p>Kant sigue aquí la tradición filosófica: como quedará manifiesto, su distinción se remonta a la
          distinción escolástica entre <italic>appetitus sensitivus</italic> y <italic>appetitus
            rationalis</italic>, que a su vez procede de la distinción clásica entre pasión y
          voluntad (cfr. Lewis White Beck, <italic>A Commentary on Kant’s Critique of Practical
            Reason</italic> (Chicago: The University of Chicago Press, 1960), 94). Cfr. también
          Alexander Gottlieb Baumgarten, <italic>Metaphysica: Psychologia empirica</italic> (Halle,
          1757), sec. XVII y XVIII, cuyo manual Kant seguía en sus clases universitarias.</p>
  </fn>
  <fn id="fn5">
    <label>5</label><p>Kant lo explica con un ejemplo: “El color verde de los prados pertenece a la sensación objetiva,
          como percepción de un objeto del sentido; el carácter agradable
            [<italic>Annehmlichkeit</italic>] del mismo, empero, pertenece a la sensación subjetiva,
          mediante la cual ningún objeto puede ser representado, es decir, al sentimiento, mediante
          el cual el objeto es considerado como objeto de la complacencia
            [<italic>Wohlgefallen</italic>] (que no es conocimiento del objeto)” (KU, 5: 206).</p>
  </fn>
  <fn id="fn6">
    <label>6</label><p>Kant obviamente no niega que también entre los deleites de los sentidos hay una cierta
          universalidad y de que se puede hablar del cultivo de gusto. “Pero aquí —subraya Kant al
          mismo tiempo— la universalidad se toma sólo comparativamente; y aquí hay tan sólo reglas
            <italic>generales</italic> (como son todas las empíricas) y no
            <italic>universales</italic>” (KU, 5: 213.15ss).</p>
  </fn>
  <fn id="fn7">
    <label>7</label><p>Aunque el término “inclinación” también tiene un significado más específico (cfr. nota 32), Kant
          también lo usa muchas veces, sobre todo en la <italic>Fundamentación</italic>, en un
          sentido amplio para designar todos los apetitos de la facultad de apetecer inferior.</p>
  </fn>
  <fn id="fn8">
    <label>8</label><p>En la Observación I al Corolario del Teorema I y II de la segunda <italic>Crítica</italic> Kant
          critica extensamente a los hombres que creen “encontrar una diferencia entre la
            <italic>facultad de apetecer inferior</italic> y la <italic>superior</italic> en que las
            <italic>representaciones</italic> que están ligadas al sentimiento de placer tengan su
          origen en los <italic>sentidos</italic> o en el <italic>entendimiento</italic>” (KpV, 5:
          22s). Desde el punto de vista del mecanismo de la facultad de apetecer es completamente
          indiferente si uno prefiere —usando los ejemplos de Kant— un bello discurso o la comida;
          lo que hace, en ambos casos, que estemos interesados en el objeto es, en el fondo, el
          deleite que nos proporcionan. Como explica Kant, aunque es verdad que algunos placeres son
            “<italic>más refinados</italic>, porque se hallan, más que otros, en nuestro poder, no
          se desgastan, fortalecen más bien el sentimiento para poder gozar aún más los placeres de
          esa clase y, a la vez que deleitan, cultivan, pero venderlos por ello como otra manera de
          determinar la voluntad, distinta a hacerlo mediante el sentido […] es lo mismo que cuando
          unos ignorantes que quieren chapucear en la metafísica piensan la materia tan fina, tan
          superfina, que tal vez se marean a sí mismos y después creen que han ideado un ser
            <italic>espiritual</italic> y, sin embargo, extenso” (KpV, 5: 24). Como ya hemos
          señalado (y como veremos con más detalle más adelante), “la facultad de apetecer superior
          es una capacidad para que apetezcamos algo nosotros, independientemente de objetos”
          (V-Met-L1/Pölitz, 28: 228) y, por lo tanto, también del deleite que nos proporcionan.</p>
  </fn>
  <fn id="fn9">
    <label>9</label><p>La felicidad es definida por Kant en términos hedonistas como “un máximo de bienestar en el
          estado actual y en todo estado futuro” (GMS, 4: 418.09s). Para la cuestión de la felicidad
          en Kant, puede verse el estudio de Beatrix Himmelmann, <italic>Kants Begriff des
            Glücks</italic> (Berlin, Boston: De Gruyter, 2011).</p>
  </fn>
  <fn id="fn10">
    <label>10</label><p><italic>Pedagogía</italic> fue editada por Friedrich Theodor Rink en el año 1803 a partir de
          apuntes que Kant utilizaba para impartir sus lecciones. Por lo tanto, en realidad no se
          trata de obra publicada por el propio Kant, aunque salió cuando Kant todavía vivía. Para
          ver más al respecto, cfr. por ejemplo Robert B. Louden, <italic>Kant’s Human Being. Essays
            on His Theory of Human Nature</italic> (Oxford University Press, 2011), 136ss.</p>
  </fn>
  <fn id="fn11">
    <label>11</label><p>Las necesidades responden a las “condiciones
    subjetivas de la vida” (KpV, 5: 9 Nota), a las que ya nos hemos
    referido más arriba, cfr. página 514.</p>
  </fn>
  <fn id="fn12">
    <label>12</label><p>Kant dice que “la naturaleza ha puesto el dolor en el hombre como un aguijón de la actividad al
          que no puede escapar, para que progrese siempre hacia lo mejor, y hasta el último instante
          de la vida es el contentamiento sentido por el último período de ella sólo digno de este
          nombre comparativamente (comparándonos en parte con la suerte de otros, en parte con
          nosotros mismos), pero nunca es pura y completa. — Estar en la vida (absolutamente)
          contento sería un inerte reposo y quietud de los móviles [<italic>Triebfeder</italic>], o
          aturdimiento de las sensaciones y de la actividad ligada a unos y otras” (Anth, 7:
          235).</p>
  </fn>
  <fn id="fn13">
    <label>13</label><p>Como explica Kant en su ensayo <italic>Probable inicio de la historia humana</italic>
            [<italic>Muthmaßlicher Anfang der Menschengeschichte</italic>, 1786], al referirse a los
          primeros hombres, “el instinto, esa <italic>voz de Dios</italic> que obedecen todos los
          animales, era lo único que guiaba inicialmente al hombre inexperto” (MAM, 8: 111.04s).
          Cuando, según Kant, el hombre empezó a comer cosas <italic>parecidas</italic> como las
          marcadas por el instinto, allí ya intervino la razón, “una facultad que puede sobrepasar
          los límites donde se detienen todos los animales” (MAM, 8: 112.01s).</p>
  </fn>
  <fn id="fn14">
    <label>14</label><p>En este sentido, los fines que se establece el hombre son medios para un único fin, la felicidad.
          Así se expresa Kant por ejemplo en la <italic>Fundamentación</italic> cuando habla de los
          imperativos de la prudencia [<italic>Klugheit</italic>], “la habilidad en la elección de
          los medios para el mayor bienestar propio” (GMS, 4: 416.01ss). La elección de los medios
          (esto es, el plan de conducta) es, muchas veces, errónea. Muchas veces pensamos que un
          objeto nos proporcionará placer, pero la posterior experiencia es distinta. Como dice Kant
          en la <italic>Fundamentación</italic>, “es una desdicha que el concepto de la felicidad
          sea un concepto tan indeterminado que, aun cuando todo hombre desea alcanzarla, nunca
          puede decir por modo fijo y acorde consigo mismo lo que propiamente quiere y desea” (GMS,
          4: 418.01-04).</p>
  </fn>
  <fn id="fn15">
    <label>15</label><p>Sin la facultad de apetecer superior, la razón humana sólo estaría “al servicio de las
          inclinaciones” (KpV, 5: 25) o, en palabras de Jochen Bojanowski, solo sería “una facultad
          meramente funcional (regulativa)” que nos guiaría en nuestra búsqueda de la felicidad.
          “Allí puede ser necesario superar los impulsos inmediatos para obrar y subordinarlos a
          fines a largo plazo, pero esta libertad es solamente relativa. Los fines a largo plazo
          difieren de los impulsos inmediatos no categorialmente, sino solo
            <italic>gradualmente</italic>. Nuestro intelecto simplemente nos guía en la tarea de
          realizar fines que nos prometen más placer (cfr. KpV, 5: 23s)” (Jochen Bojanowski,
            <italic>Kants Theorie der Freiheit. Rekonstruktion und Rehabilitierung</italic>
          (Berlin/New York: Walter de Gruyter, 2006), 250). Empleando la terminología de la
            <italic>Religión</italic>, el hombre no solo tiene “la disposición para la
            <italic>humanidad</italic> del mismo como ser viviente y a la vez
            <italic>racional</italic>”, sino también “la disposición para su
            <italic>personalidad</italic> como ser racional y a la vez <italic>susceptible de que
            algo le sea imputado</italic>” (RGV, 6: 26.08-11). Kant explica en la correspondiente
          nota a pie de página que la primera disposición no implica automáticamente la segunda.</p>
  </fn>
  <fn id="fn16">
    <label>16</label><p>La expresión entera del último pasaje es “reglas autoimpuestas a sí mismo” [<italic>sich selbst
            auferlegten Regeln</italic>]” (GMS, 4: 438.24s). Ahora bien, como advierte Maria
          Schwartz, Kant no es del todo preciso cuando habla de máximas como de reglas; como se
          entiende de lo que sigue (cfr. nota 17), hay que distinguir entre máximas y “reglas
          prácticas” <italic>subordinadas</italic> a las máximas (KpV 19.07s). Cfr. Maria Schwartz,
            <italic>Der Begriff der Maxime bei Kant. Eine Untersuchung des Maximenbegriffs in Kants
            praktischer Philosophie</italic> (Berlin/Münster: Lit, 2006), 30 y 36.</p>
  </fn>
  <fn id="fn17">
    <label>17</label><p>Esta “regla práctica”, por tanto, es un imperativo hipotético: puesto que se quiere conseguir X,
          hay que hacer Y. Según la terminología de la GMS, se trata de “regla de la habilidad”
            [<italic>Regel der Geschicklichkeit</italic>] (GMS, 4: 416,19s), en la KpV se utiliza
          también el término “precepto de habilidad” [<italic>Vorschrift der
            Geschicklichkeit</italic>] (KpV 20.18). Sobre la estructura de la máximas, cfr. el libro
          de Schwartz (<italic>Der Begriff der Maxime bei Kant</italic>) quien argumenta muy
          convincentemente que el modelo más acertado es propuesto por Harald Köhl en los años 90
            (<italic>Kants Gesinnungsethik</italic> (Berlin/New York: Walter de Gruyter, 1990),
          51).</p>
  </fn>
  <fn id="fn18">
    <label>18</label><p>Todo el mundo conoce la dicotomía kantiana entre obrar por deber y obrar por inclinación: uno
          puede hacer la misma acción, por ejemplo ayudar al prójimo, por deber, pero también por
          inclinación.</p>
  </fn>
  <fn id="fn19">
    <label>19</label><p>Beck, <italic>A Commentary on Kant’s Critique of
    Practical Reason</italic>, 221.</p>
  </fn>
  <fn id="fn20">
    <label>20</label><p>Como explica Rovira, el fundamento de determinación [<italic>Bestimmungsgrund</italic>] “no es
          sino la traducción de la locución latina <italic>ratio determinans</italic>. Y el lector
          de la obra de Kant sabe que ya en 1755 el filósofo había señalado que prefería esta
          expresión a la común de <italic>ratio sufficiens</italic>. El fundamento subjetivo de
          determinación de la voluntad es, por tanto, la <italic>ratio sufficiens (deteminans)
            agendi</italic>, es decir: aquello que en último término mueve a la voluntad a querer
          algo” (Rogelio Rovira, <italic>Teología ética. Sobre la fundamentación y construcción de
            una teología racional según los principios del idealismo trascendental de Kant</italic>
          (Madrid: Encuentro, 1986), 35s). Rovira se refiere al escrito <italic>Principiorum
            primorum cognitionis metaphysicae nova dilucidatio</italic> del año 1755 (PND, 1:
          393.18ss).</p>
  </fn>
  <fn id="fn21">
    <label>21</label><p>Kant en la segunda <italic>Crítica</italic> habla de “la sensación del agrado
            [<italic>Annehmlichkeit</italic>] que el sujeto <italic>espera</italic> de la realidad
          del objeto [que] determina la facultad de apetecer” (KpV, 5: 22.15s; la cursiva es mía).
          Cfr. también KpV, 5: 23.14s: “el agrado, el deleite [<italic>die Annehmlichkeit, das
            Vergnügen</italic>] que uno <italic>espera</italic> y que impulsa la actividad de
          producción del objeto” (la cursiva es mía). Nótese el parecido con Baumgarten, cuyos
          manuales Kant usaba en sus clases universitarias: “Lex facultatis appetitivae hace est:
          Quae placentia <italic>praevidens</italic> exstitura nisu meo praesagio, nitor producere.”
          (§ 665). “Multa bona possum non appetere, […] 3) <italic>per errorem
          displicentia</italic>” (§ 666) (Alexander Gottlieb Baumgarten, <italic>Metaphysica:
            Psychologia empirica</italic> (Halle, 1757); la cursiva es mía).</p>
  </fn>
  <fn id="fn22">
    <label>22</label><p>Como podemos darnos cuenta al estudiar los apuntes que nos han llegado, Kant argumentaba ya en
          las lecciones precríticas sobre la filosofía práctica que el mero juicio de la razón no
          nos puede mover a obrar — para eso necesitamos un sentimiento. El sentimiento, desde
          luego, no puede servir como <italic>principio diudicationis</italic>, para distinguir qué
          acciones son moralmente buenas y cuáles moralmente malas, pero tiene una función
          imprescindible: la de <italic>principio executionis</italic> (cfr. V-Mo/Kaehler(Stark),
          67s). Cfr. también una de las reflexiones de Kant acerca de la <italic>Metafísica</italic>
          de Baumgarten: “Dado que la autoafección [<italic>Selbstempfindung</italic>] es el último
          fundamento de determinación de todas nuestras acciones, todo se refiere al sentimiento
          (que es o bien placer o displacer)” (Refl 711, 15:315). Para ver con más detalle el papel
          del sentimiento moral en los años 70, cfr. por ejemplo Michael Walschots, “Achtung in Kant
          and Smith”, <italic>Kant-Studien</italic> 113, núm. 2 (2022): 238-68.</p>
  </fn>
  <fn id="fn23">
    <label>23</label><p>Todavía hoy podemos encontrar defensores de la llamada interpretación “intelectualista”, quienes
          sostienen —frente a los “afectivistas— que lo que nos determina a obrar moralmente es un
          respeto a la ley, por así decir, meramente intelectual, cognoscitivo, y que el respeto en
          cuanto <italic>sentimiento</italic> es tan solo es una especie de
            <italic>byproduct</italic>, producto derivado, que no juega ningún papel en la
          motivación moral (cfr. por ejemplo Oliver Sensen, “The Role of Feelings in Kant’s Moral
          Philosophy”, <italic>Studi Kantiani</italic> 25 (2012): 45-58 o Maria Borges,
            <italic>Emotion, reason, and action in Kant</italic> (New York: Bloomsbury Academic,
          2019), 40s). Pero es solo porque el sentimiento es necesario para obrar que Kant lo
          tematiza en la <italic>Crítica de la razón práctica</italic>. Si el respeto solo fuera un
          epifenómeno, un <italic>byproduct</italic>, de la determinación moral, como sostienen los
          intelectualistas, no tendría ningún sentido que Kant incluyera su descripción en la
          segunda <italic>Crítica</italic>. Tal cosa se podría incluir en la <italic>Metafísica de
            las costumbres</italic>, pero no en la <italic>Crítica</italic> que explica la
          posibilidad de la razón pura práctica. Como se dice al comienzo del tercer capítulo de la
            <italic>Crítica</italic>, “es un problema insoluble para la razón humana” conocer “cómo
          una ley por sí e inmediatamente pueda ser fundamento de determinación de la voluntad”;
          Kant parte del hecho de que la ley moral <italic>es</italic> un móvil para la moralidad y
          señala lo que “<italic>debe</italic> efectuar” en el espíritu (KpV, 5: 72; la cursiva es
          mía). Kant analiza el respeto porque tiene que mostrar cómo surge, ya que el sentimiento
          es para él necesario como móvil para cualquier acción. Kant no puede explicar el
          fundamento por el que surge (eso significaría explicar la libertad), pero sí tiene que
          describir el proceso. Por eso a veces se llama a este capítulo la “fenomenología del
          respeto”. Y lo mismo ocurre también con la <italic>Religión</italic>: la tercera
          disposición original al bien en la naturaleza humana que tiene “como raíz la razón por sí
          misma práctica” (RGV, 5: 28.11s), la de la personalidad, “es la susceptibilidad del
          respeto por la ley moral como de un móvil, suficiente por sí mismo, del albedrío” (RGV, 5:
          27.27ss) y este respeto claramente no puede considerarse una actitud meramente intelectual
          porque Kant habla de la susceptibilidad del mero respeto por la ley moral en el sentido
          del “sentimiento moral” (RGV, 5: 27.30). La capacidad de experimentar el respeto en cuanto
          sentimiento es un requisito necesario para poder obrar por la ley de nuestra razón. Por
          eso lo tematiza Kant tanto en la segunda <italic>Crítica</italic>, como en la
            <italic>Religión</italic>.</p>
  </fn>
  <fn id="fn24">
    <label>24</label><p>Para esta útil distinción, en relación con la facultad de apetecer en Kant, cfr. el artículo de
          Reiner, “Kants Beweis zur Widerlegung des Eudämonismus und das Apriori der Sittlichkeit”.
          Sin embargo, el análisis que hace Reiner de los textos de Kant me parece equivocado, cfr.
          nota 25.</p>
  </fn>
  <fn id="fn25">
    <label>25</label><p>Así, las interpretaciones de algunos kantianos que creían encontrar en los escritos de Kant una
          referencia explícita al sentimiento de placer actual que de hecho produce la acción a mi
          modo de ver más bien tergiversan el texto, cfr. Iain P. D. Morrisson, <italic>Kant and the
            role of pleasure in moral action</italic> (Athens: Ohio University Press, 2008), 66;
          Jens Kulenkampff, <italic>Kants Logik des ästhetischen Urteils</italic>, 2., erw. Aufl.
          (Frankfurt am Main: V. Klostermann, 1994), 74s; Reiner, “Kants Beweis zur Widerlegung des
          Eudämonismus und das Apriori der Sittlichkeit”. Para una crítica a mi juicio acertada de
          Morrisson y de Reiner, cfr. Thomas Höwing, <italic>Praktische Lust. Kant über das
            Verhältnis von Fühlen, Begehren und praktischer Vernunft</italic> (Berlin/Boston: De
          Gruyter, 2013), 144 Nota 172 y 173.</p>
  </fn>
  <fn id="fn26">
    <label>26</label><p>Ahora bien, lo que nos mueve es, en el fondo, el placer: encontramos placer en evitar la acción.
          Cfr. también Barbara Herman, “Rethinking Kant’s Hedonism”, en <italic>Moral
            Literacy</italic> (Harvard University Press, 2008), 180.</p>
  </fn>
  <fn id="fn27">
    <label>27</label><p>Como subraya Timmermann, “que el respeto ‘hace temblar incluso al criminal más atrevido’ (KpV
          80.01s) o, generalmente, la tesis que también los hombres que son a menudo inmorales sí
          son conscientes del camino recto, es un motivo que aparece muy a menudo en los escritos
          éticos de Kant” (Jens Timmermann, <italic>Sittengesetz und Freiheit. Untersuchungen zu
            Immanuel Kants Theorie des freien Willens</italic> (Berlin/ Boston: De Gruyter, 2003),
          192.</p>
  </fn>
  <fn id="fn28">
    <label>28</label><p>Por ejemplo, Höwing lo señala como “problemático” y luego aventura una interpretación bastante
          complicada de por qué Kant pudo argumentar así (Höwing, <italic>Praktische Lust</italic>,
          236ss). Por su parte, Engstrom introduce un paso intermedio en la argumentación kantiana
          (Stephen Engstrom, “The Triebfeder of pure practical reason”, en <italic>Kant’s “Critique
            of practical reason”. A Critical Guide</italic>, ed. Andrews Reath y Jens Timmermann
          (Cambridge University Press, 2010), 99.</p>
  </fn>
  <fn id="fn29">
    <label>29</label><p>Cfr., por ejemplo, KpV, 5: 83s.</p>
  </fn>
  <fn id="fn30">
    <label>30</label><p>Cfr. la formulación de Korsgaard, quien habla del móvil simplemente como de una “representación
          de un cierto objeto como placentero” (Christine Korsgaard, <italic>Self-constitution.
            Agency, Identity and Integrity</italic> (Oxford University Press, 2009), 153).</p>
  </fn>
  <fn id="fn31">
    <label>31</label><p>En este sentido, probablemente tiene razón Wuerth cuando le reprocha a Korsgaard que
          “intelectualice” el móvil sensible (cfr. Julian Wuerth, <italic>Kant on Mind, Action, and
            Ethics</italic> (Oxford University Press, 2014), 262). Korsgaard entiende el móvil más
          bien a modo de una propuesta que como algo que nos estimula o urge a llevar al cabo una
          acción: “An incentive is something that makes an action interesting to you, that makes it
          a live option” (Christine Korsgaard, “Morality as Freedom”, en <italic>Kant’s practical
            philosophy reconsidered. Papers presented at the Seventh Jerusalem Philosophical
            Encounter, December 1986</italic>, ed. Yirmiyahu Yovel (Dordrecht [etc.]: Kluwer
          Academic Publishers, 1989), 29). Me parece que el problema radica precisamente en que
          Korsgaard no tiene en cuenta que el móvil en cuanto móvil produce en nosotros un
          sentimiento actual. Por otra parte, Wuerth tampoco es capaz de explicar de modo
          satisfactorio el móvil, cfr. la nota n. 33.</p>
  </fn>
  <fn id="fn32">
    <label>32</label><p>Como hemos explicado más arriba, aunque Kant usa muchas veces el término “inclinación” en sentido
          amplio para designar a todos los apetitos sensibles del hombre, el término tiene también
          un significado más específico. En sentido estricto significa “apetito [sensible]
            <italic>habitual</italic>” (RGV, 6: 28.28; MS, 6: 212.23; la cursiva es mía) o “apetito
          sensible que le sirve al sujeto de regla (costumbre [<italic>Gewohnheit</italic>])” (Anth,
          7: 265.26s).</p>
  </fn>
  <fn id="fn33">
    <label>33</label><p>Este es, a mi juicio, precisamente el error de
    Wuerth quien insiste que una representación puede ser placentera
    pero no producir un apetito (Wuerth, <italic>Kant on Mind, Action,
    and Ethics</italic>, 262). El problema de su interpretación es que
    no es capaz de explicar qué es lo que produce el apetito. El impulso
    que, según Wuerth, caracteriza al apetito es una especie de
    <italic>deus ex machina</italic>: se añade en determinados momentos
    a ciertas representaciones sin quedar muy claro cómo ocurre eso.</p>
  </fn>
  <fn id="fn34">
    <label>34</label><p>Este modelo cuadra así muy bien con la imagen que da la neurociencia actual. Cfr. por ejemplo la
          siguiente observación del neurocientífico Manfred Spitzer: “Wie jeder Ver-u
          haltenstherapeut weiß, wirkt ja auch das sprichwörtlich im Munde zusammenlaufende Wasser
          (und keineswegs nur die im Munde befindliche Nahrung) belohnend und damit als Belohnung
          vor der Belohnung” (Manfred Spitzer, “Heidegger und das Frühstück kalifornischer Raben”,
            <italic>Nervenheilkunde</italic> 26, núm. 4 (2007): 309).</p>
  </fn>
  <fn id="fn35">
    <label>35</label><p>Solo por la experiencia anterior es también posible que llegue a actualizarse, por así decir, una
          “propensión” [<italic>Hang</italic>] del sujeto, esto es, una
            “<italic>predisposición</italic> a apetecer un goce [<italic>Genuss</italic>]” (RGV, 6:
          28 Nota). Como se ejemplifica muy gráficamente en la <italic>Religión</italic>, “todos los
          hombres rudos tienen una propensión a las cosas que embriagan; pues aunque muchos de ellos
          no conocen en absoluto la embriaguez, y por lo tanto no tienen tampoco ningún apetito de
          las cosas que la producen, sin embargo basta dejarles probar sólo una vez tales cosas para
          producir en ellos un apetito, apenas extinguible, de ellas” (RGV, 6: 28 Nota).</p>
  </fn>
  <fn id="fn36">
    <label>36</label><p>Cuando Kant dice en la <italic>Crítica</italic> que “la ley moral determina primero objetiva e
          inmediatamente la voluntad en el juicio de la razón” (KpV, 5: 78.22ss), quiere decir que
          la razón determina inmediatamente la voluntad en sentido estricto, entendida como la
          función legislativa de la facultad de apetecer; por eso habla de la determinación
          “objetiva” (en contraposición a a subjetiva) y del “juicio de la razón”. Esta determinación produce
          el sentimiento del respeto, que luego (posiblemente)
          mueve el albedrío. Para este punto, cfr. Timmermann, Sittengesetz
          und Freiheit, 196, quien también subraya que muchas
          veces se da el caso en el que tan solo es determinada por la
          ley la voluntad legislativa, pero no el albedrío (y así tampoco
          la facultad de apetecer entera — eso ocurre cuando obramos
          en contra de la ley moral. Para la distinción, todavía no explícita
          en la segunda Crítica pero sí en la Metafísica de las costumbres,
          entre la voluntad en sentido estricto y el albedrío,
          cfr. MS, 6: 213.</p>
  </fn>
  <fn id="fn37">
    <label>37</label><p>Como explica Kant en la
    <italic>Religión</italic>, “[el albedrío] no puede ser determinado a
    una acción por ningún móvil [<italic>Triebfeder</italic>] <italic>si
    no es en tanto que el hombre ha incorpo rado tal móvil en su
    máxima</italic> (ha hecho de ello para sí una regla universal según
    la cual él quiere comportarse)” (RGV, 6: 23s). Este pasaje se ha
    venido a conocer, sobre todo en el ambiente anglosajón, como la
    “incorporation thesis”. El que le dio el nombre fue H. Allison en su
    obra <italic>Kant’s Theory of Freedom</italic> (Cambridge: Cambridge
    University Press, 1990).</p>
  </fn>
</fn-group>
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    <person-group person-group-type="author">
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        <surname>Allison</surname>
        <given-names>Henry E.</given-names>
      </name>
    </person-group>
    <year>1990</year>
    <source>Kant's Theory of Freedom</source>
    <publisher-name>Cambridge University Press</publisher-name>
    <publisher-loc>Cambridge</publisher-loc>
    <pub-id pub-id-type="doi">10.1017/CBO9781139172295</pub-id>
  </element-citation>
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        <surname>Baumgarten</surname>
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    <year>1757</year>
    <source>Metaphysica: Psychologia empirica</source>
    <publisher-loc>Halle</publisher-loc>
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        <surname>Beck</surname>
        <given-names>Lewis White</given-names>
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    <year>1960</year>
    <source>A Commentary on Kant's Critique of Practical Reason</source>
    <publisher-name>The University of Chicago Press</publisher-name>
    <publisher-loc>Chicago</publisher-loc>
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        <surname>Bojanowski</surname>
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    <year>2006</year>
    <source>Kants Theorie der Freiheit. Rekonstruktion und Rehabilitierung</source>
    <publisher-name>Walter de Gruyter</publisher-name>
    <publisher-loc>Berlin/New York</publisher-loc>
    <pub-id pub-id-type="doi">10.1515/9783110909906</pub-id>
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      </name>
    </person-group>
    <year>2019</year>
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