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      <journal-id journal-id-type="publisher-id">ASHF</journal-id>
      <journal-title-group>
        <journal-title specific-use="original" xml:lang="es">Anales del Seminario de Historia de la Filosofía</journal-title>
      </journal-title-group>
      <issn publication-format="electronic">1988-2564</issn>
      <issn-l>0211-2337</issn-l>
      <publisher>
        <publisher-name>Ediciones Complutense</publisher-name>
        <publisher-loc>España</publisher-loc>
      </publisher>
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    <article-meta>
      <article-id pub-id-type="doi">10.5209/ashf.96408</article-id>
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        <subj-group subj-group-type="heading">
          <subject>ESTUDIOS</subject>
        </subj-group>
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      <title-group>
        <article-title>El genio como anomalía en el pensamiento estético de Diderot</article-title>
        <trans-title-group xml:lang="en">
          <trans-title>Genius as an anomaly in Diderot´s aesthetic thought</trans-title>
        </trans-title-group>
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        <contrib contrib-type="author" corresp="yes">
          <contrib-id contrib-id-type="orcid">https://orcid.org/0009-0007-0316-2928</contrib-id>
          <name>
            <surname>Olszevicki</surname>
            <given-names>Nicolás Martín</given-names>
          </name>
          <xref ref-type="aff" rid="aff-a"/>
          <xref ref-type="corresp" rid="cor1"/>
        </contrib>
        <aff id="aff-a"><institution content-type="original">CONICET, Universidad Nacional de General Sarmiento, Universidad de La Plata</institution>
          <country country="AR">Argentina</country>
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      </contrib-group>
      <author-notes>
        <corresp id="cor1">Ni colás Martín Olszevicki<email>nolsze@gmail.com</email></corresp>
      </author-notes>
      <pub-date pub-type="epub" publication-format="electronic" iso-8601-date="2025-06-06">
        <day>06</day>
        <month>06</month>
        <year>2025</year>
      </pub-date>
      <volume>42</volume>
      <issue>2</issue>
      <fpage>373</fpage>
      <lpage>385</lpage>
      <page-range>373-385</page-range>
      <permissions>
        <copyright-statement>Copyright © 2025, Universidad Complutense de
          Madrid</copyright-statement>
        <copyright-year>2025</copyright-year>
        <copyright-holder>Universidad Complutense de Madrid</copyright-holder>
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      <abstract>
        <p>El concepto diderotiano de “genio”, nunca elaborado de manera sistemática en sus escritos,
          ha sido reconocido sin embargo como central para la transición de la estética ilustrada a la estética
          romántica. En este trabajo, nos proponemos estudiar dicho concepto en su relación con otro concepto
          central de la estética ilustrada: el de “gusto”. Propondremos que el pensamiento del autor de La religieuse
          entraña una fuerte polémica con las doctrinas defendidas por Condillac, Hélvetius y Voltaire: mientras
          para estos autores el genio, la razón y el gusto eran vistos como aliados naturales para contribuir al
          progreso de la humanidad (de modo que el genio podía concebirse como manifestación excelsa del
          gusto epocal), la exaltación del carácter anómalo del genio por parte de Diderot implica una manera
          alternativa, y revolucionaria, de concebir su relación con la temporalidad, con el progreso y con el buen
          gusto.</p>
      </abstract>
      <trans-abstract xml:lang="en">
        <p>Diderot’s concept of “genius” was never systematically elaborated in his writings.
          Nevertheless, it has been recognized as central in the transition from the aesthetics of Enlightenment
          to Romanticism. This paper aims to study this concept in its relationship with another central concept
          of Enlightenment aesthetics: “taste.” We will propose that Diderot’s thought entails a strong polemic
          with the doctrines defended by Condillac, Helvétius, and Voltaire. While for these authors, genius,
          reason, and taste were seen as natural allies in contributing to human progress (so that genius could be
          conceived as a supreme manifestation of the taste of the time), Diderot’s exaltation of the monstrous
          character of genius implies an alternative, and revolutionary, way of conceiving its relationship with
          temporality, progress, and good taste.</p>
      </trans-abstract>
      <kwd-group>
        <kwd>genio</kwd>
        <kwd>gusto</kwd>
        <kwd>instante</kwd>
        <kwd>Diderot</kwd>
      </kwd-group>
      <kwd-group xml:lang="en">
        <kwd>genius</kwd>
        <kwd>taste</kwd>
        <kwd>instant</kwd>
        <kwd>Diderot</kwd>
      </kwd-group>
    </article-meta>
  </front>
<body>
<sec id="sec1">
  <title>1. Introducción</title>
  <p>La relación existente entre el genio creador de obras de arte (<italic>génie</italic>) y el
        hombre de gusto (<italic>homme de goût</italic>), encargado de juzgarlas, ha sido un tópico
        central de reflexión entre los pensadores de la Ilustración Francesa. Si durante la primera
        mitad del siglo XVIII, como herencia de la <italic>Querelle des anciens et des
          modernes</italic>, la progresiva independización del trabajo artístico con respecto a las
        reglas poéticas heredadas había permitido un acercamiento teórico entre ambos tipos ideales,
        de manera que progresivamente comenzaban a ser vistos como actores complementarios para
        lograr obras de arte de calidad, en la segunda mitad del siglo toma fuerza nuevamente la
        idea de que existe una antagonía insalvable entre ambos tipos ideales.</p>
  <p>Entre los <italic>philosophes</italic>, como suele ocurrir cuando se analiza el período con una
        mirada no reduccionista y atenta a los matices, las opiniones están divididas: mientras
        pensadores como Voltaire se esfuerzan por encauzar al genio por medio del gusto (a tal punto
        que a él mismo le cuesta entender y aceptar su fascinación por Shakespeare<xref
          ref-type="fn" rid="fn1">1</xref>, otros, “románticos sin saberlo”, rompen con esa unidad y
        oponen el dominio del gusto, que se reduce a la simplicidad y la elegancia, con el del
        genio, asociado con la poesía elevada y lo sublime, en la tradición iniciada en Inglaterra
        por Edmund Burke<xref ref-type="fn" rid="fn2">2</xref>.</p>
  <p>Elena Russo ha sintetizado de manera provechosa el cambio producido a partir de aquel momento
        en el pensamiento estético de los <italic>philosophes</italic>: “Buscando reinventar el
        ideal del escritor y del artista, que demandaba que se demarcaran del <italic>goût
          moderne</italic> y del <italic>bel esprit</italic>, los filósofos de la Ilustración
        definieron el dominio del arte elevado como separado del dominio del arte placentero
          (<italic>génie</italic> versus <italic>goût</italic>)”<xref ref-type="fn" rid="fn3"
          >3</xref>. Como es bien sabido, hacia el final del siglo, y con mayor fuerza en el siglo
        siguiente (baste recordar el ejemplo de Gustave Flaubert), el gusto quedará relegado a un
        rol de mero conservador del <italic>statu quo</italic> estético, y se destacará la figura
        del genio revolucionario y liberador como nuevo héroe cultural. Así, como postula Dieckmann,
        “el genio artístico pasa a ser visto como el tipo humano más elevado, reemplazando así a
        otros tipos ideales como el héroe, el sabio, el santo, el <italic>uomo universale</italic>,
        el <italic>cortigiano</italic> o el <italic>honnêtte homme</italic>”<xref ref-type="fn"
          rid="fn4">4</xref>.</p>
  <p>La figura clave en el ámbito francés de este proceso de recentralización y reconceptualización
        del genio en su camino hacia el Romanticismo es Denis Diderot. Aunque la preocupación por
        definirlo aparece constantemente en sus textos, es difícil reconstruir a partir de ellos una
        teoría elaborada y coherente sobre el genio<xref ref-type="fn" rid="fn5">5</xref>. No
        obstante, y a pesar de los matices, consideramos que sus reflexiones pueden leerse, en
        líneas generales, como una acalorada respuesta a los intentos de Hélvetius, Condillac y
        Voltaire de inscribir al artista genial dentro de los límites de la civilización, la razón y
        el gusto. Veamos, en primer lugar, en qué consisten estos intentos, para comprender hacia
        dónde apunta la crítica diderotiana.</p>
</sec>
<sec id="sec2">
  <title>2. El sensualismo francés: genio y gusto, aliados en el camino del progreso</title>
  <p>Heredero de la revolución filosófica iniciada por John Locke al otro lado del Canal de la
        Mancha, el sensualismo francés buscará minimizar el carácter excepcional del genio,
        intentando inscribirlo, como había intentado hacerlo el <italic>parti moderne</italic>
        durante la <italic>Querelle des anciens et des modernes</italic>, en un
          <italic>continuum</italic> histórico<xref ref-type="fn" rid="fn6">6</xref>.</p>
  <p>Así, en el <italic>Essai sur l´origine de conaissances humaines</italic> (1746), el texto
        canónico de esa tradición, Condillac postula que la aparición de genios en una nación es el
        resultado de un desarrollo general de la civilización que, por diversas vías, determina la
        personalidad del artista: “Las circunstancias favorables al desarrollo de genios se
        encuentran en una nación en el momento en que su lengua comienza a tener principios fijos y
        un carácter decidido. Este momento es, por lo tanto, la época de los grandes hombres”<xref
          ref-type="fn" rid="fn7">7</xref>.</p>
  <p>La explicación que debe darse de su aparición no puede ser, por tanto, meramente fisiológica,
        lo que implicaría aceptar uno de los principios que el sensualismo más fuertemente combate:
        el innatismo. De acuerdo con Condillac, para dar cuenta del “desarrollo de talentos” (nótese
        que equipara genio con talento, como veremos que hará luego, provocativamente, Voltaire) es
        necesario tomar en cuenta una pluralidad de causas materiales:</p>
  <list list-type="order">
    <list-item>
      <p specific-use="wrapper">
        <disp-quote>
          <p>El clima es una condición esencial. 2. El gobierno debe haber tomado una forma
                constante y, por ella, haber fijado el carácter de una nación. 3. Le corresponde a
                este carácter otorgarle uno al lenguaje, multiplicando los giros que expresan el
                gusto dominante de un pueblo. 4. Esto ocurre lentamente en las lenguas formadas por
                los restos de varias otras; pero una vez superados estos obstáculos, se establecen
                las reglas de la analogía, el lenguaje progresa y los talentos se desarrollan<xref
                  ref-type="fn" rid="fn8">8</xref>.</p>
        </disp-quote>
      </p>
    </list-item>
  </list>
  <p>Lejos de romper, gracias a su desmesurada originalidad, con el normal desarrollo histórico y
        artístico de un pueblo, de una nación y de una lengua, para conducirla por un camino hasta
        entonces inexplorado y luminoso, el genio se presenta en la filosofía de Condillac como su
        máxima expresión, como el epítome de la regularidad: es producto del desarrollo del gusto de
        una nación y comparte su régimen de temporalidad; trabajando armónicamente, ambos
        contribuyen a cimentar el desarrollo cultural. Cuando el genio descubre el carácter
        particular de una lengua (su “génie”) no puede sino expresarlo vivamente en todos sus
        escritos. El resto de las “gens à talent”, que hasta entonces no habían podido explotarlo,
        de repente lo perciben y, por imitación, comienzan a aplicarlo en sus obras. Así, la lengua
        se enriquece poco a poco por aportes de los diversos artistas, de manera que, con el correr
        del tiempo, “todo el mundo vuelve la vista a aquellos que se distinguen”. El resultado es
        que “su gusto deviene el gusto dominante de la nación”: “Cada uno aporta, en los asuntos a
        los que se aplica, el discernimiento que ha obtenido en ellos; los talentos fermentan: todas
        las artes cobran carácter propio y vemos hombres superiores en todos los géneros”.</p>
  <p>De la misma manera que Condillac, Hélvetius procura, primero en su <italic>De l´Esprit</italic>
          (1758)<xref ref-type="fn" rid="fn9">9</xref> y luego en su <italic>De l`Homme</italic>
          (1772)<xref ref-type="fn" rid="fn10">10</xref>, restarle excepcionalidad al genio, para lo
        cual comienza por denostar a todos aquellos autores que, al referirse a él como “un fuego,
        una inspiración, un entusiasmo divino”, utilizaron como definiciones lo que no eran más que
        metáforas. Además de ser metodológicamente objetables desde el punto de vista filosófico,
        estas metáforas impiden comprender un tipo de genio que para Hélvetius, como ilustrado, es
        fundamental: el genio científico, cuyo máximo ejemplo es Isaac Newton. Justamente es la
        ampliación del concepto al ámbito científico la que le permite objetar <italic>in
          toto</italic> la doctrina del genio tal como se venía configurando en la difusa, aunque
        persistente, herencia platónica retomada a lo largo del siglo anterior, en particular por
        los partidarios de los <italic>Anciens</italic> en la <italic>querelle</italic>.</p>
  <p>Dado que el ser humano nace como una <italic>tabula rasa</italic> y que los sentidos son la
        fuente de todas sus ideas, el innatismo que defendían, entre otros, Boileau y Du Bos, debe
        ser rechazado. Si existen diferencias entre los hombres, no es a causa de un determinado
        temperamento u organización interna (que, para Hélvetius, es lo mismo que admitirlas como
        resultado de cualidad oculta) sino de la educación. Todos los hombres nacen con los órganos
        y los sentidos en igualdad de condiciones y, por lo tanto, “están dotados por la naturaleza
        de la fineza de los sentidos necesaria para elevarse a los grandes descubrimientos de las
        matemáticas, la química, la política, la física, etc.”<xref ref-type="fn" rid="fn11"
          >11</xref>. El factor determinante para la proliferación de los genios es, de acuerdo con
        Hélvetius, la educación, lo que inspira a las naciones una enorme esperanza: la grandeza no
        depende del azar sino de la responsabilidad con que intenten “perfeccionar la ciencia de la
          educación”<xref ref-type="fn" rid="fn12">12</xref>.</p>
  <p>El genio, por lo tanto, no es pura individualidad creativa, independiente de las condiciones
        sociales de su aparición; por el contrario: depende tanto de ellas que es su mejor
        expresión; es la cumbre de un desarrollo histórico del que es parcialmente responsable y que
        contribuye a fortalecer con su esfuerzo creativo. Si bien para Hélvetius las circunstancias
        sociales contribuyen a su aparición, no por eso la sobredeterminan: el genio posee ciertos
        méritos que no le vienen dados de nacimiento ni se explican por ningún tipo de posesión
        divina sino por la paciencia en el intento de dominar una técnica. Es, por eso, producto de
        la sucesión, del devenir temporal, en un doble sentido: por un lado, depende del trabajo
        persistente y continuo de sus predecesores, que preparan el terreno para su aparición; por
        otro lado, depende se su propio esfuerzo, también persistente y continuo, para lograr
        manejar una <italic>techné</italic> particular (“El genio no puede ser más que el producto
        de una atención fuerte y concentrada en un arte o una ciencia”<xref ref-type="fn" rid="fn13"
          >13</xref>). De ahí que, para Hélvetius, las obras de genio sean comparables a “esos
        monumentos superlativos de la antigüedad que, ejecutados por varias generaciones de reyes,
        llevan el nombre de quien los culmina”<xref ref-type="fn" rid="fn14">14</xref>.</p>
  <p>El genio —como el “clásico” de acuerdo a la famosa definición de T.S.Eliot— es el momento
        culminante de una civilización para cuya evolución colaboraron miles de hombres a quienes la
        historia no les ha deparado el mismo reconocimiento. Su naturaleza es, en este sentido, más
        colectiva que individual, y su existencia depende del progreso generalizado de la humanidad:
        sus logros no son producto de revelaciones instantáneas, tan pasajeras como privadas, sino
        que se explican por la acumulación paulatina de trabajo propio y ajeno. La obra del genio
        carga con las huellas de la historicidad y del tiempo: lejos de poner en duda el régimen de
        temporalidad progresista y lineal, es su más sólido monumento.</p>
  <p>Este modo de concebir la historia en general, y la historia del genio en particular, que
        frecuentemente se ha considerado, desde la <italic>doxa</italic>, como el único imperante
        dentro del grupo de los <italic>philosophes</italic>, tiene también ciertos ecos en el
        pensamiento de Voltaire: sus reflexiones sobre el concepto de “genio” y su relación con el
        gusto están teñidas por una visión en general progresista.</p>
  <p>El artículo “Génie” de las <italic>Questions sur l´Encyclopédie</italic> (1770-1772) es, como
        todos los de ese libro, una máquina de guerra que pretende atacar la superstición. En ese
        sentido, es natural que su primera crítica, de naturaleza empírica, esté dirigida a la
        visión religiosa del genio proveniente de la antigüedad: “Como nunca he visto genios,
        demonios, hadas o duendes, ya sean benévolos o malévolos, no puedo hablar de ellos con
        conocimiento de causa, y me remito a quienes los han visto”<xref ref-type="fn" rid="fn15"
          >15</xref>. Voltaire recuerda luego que el término “génie” no se confundía con el de
        “talent” sino que estaba asociado, siempre, con un tipo de invención que “parecía un don de
        los dioses, ese <italic>ingenium quasi ingenitum,</italic> una especie de inspiración
        divina”. Sin invención, sin originalidad, un artista no era considerado un genio sino, en
        todo caso, un razonable epígono: “Es posible que varias personas jueguen mejor al ajedrez
        que el inventor del juego, y que le ganen los granos de trigo que el rey de las Indias
        quería darle; pero ese inventor era un genio, y los que le ganen pueden no serlo”<xref
          ref-type="fn" rid="fn16">16</xref>.</p>
  <p>El problema es que esta valoración del genio por sobre sus antecesores y sucesores,
        independiente del tiempo y de la acumulación del conocimiento, atentaba contra la filosofía
        de la historia que, aunque con vacilaciones, Voltaire defendía en sus obras principales:</p>
  <disp-quote>
    <p>¿Qué vale más, poseer sin maestría el genio de un arte o alcanzar la perfección imitando y
          superando a sus maestros? Si haces esta pregunta a los artistas, tal vez haya opiniones
          divididas; si la haces al público, no dudará. ¿Prefieres un hermoso tapiz de Gobelinos a
          un tapiz hecho en Flandes en los inicios del arte? ¿Prefieres las obras maestras modernas
          en estampas a los primeros grabados en madera? ¿La música actual a las primeras melodías
          que se asemejaban al canto gregoriano? ¿La artillería actual al genio que inventó los
          primeros cañones? Todos te responderán: “Sí”. Todos los compradores te dirán: admito que
          el inventor de la lanzadera tenía más genio que el fabricante que hizo mi tela; pero mi
          tela vale más que la del inventor<xref ref-type="fn" rid="fn17">17</xref>.</p>
  </disp-quote>
  <p>El pasaje, claro eco de la <italic>Querelle des anciens et des modernes</italic>, intenta
        despojar al genio de muchos de los rasgos que los propios autores clásicos (desde Boileau
        hasta Racine) le habían atribuido y coincide con las ideas de Condillac y Hélvetius. La
        excelencia no se alcanza en un rapto de inspiración por un hombre excepcionalmente dotado:
        es, nuevamente, el fruto del trabajo colectivo y acumulativo de la humanidad. En la segunda
        parte del artículo, Voltaire va más lejos aún, al identificar el genio con el talento: “El
        genio particular de un hombre en las artes no es otra cosa que su talento; pero no se le da
        ese nombre sino a un talento muy superior”<xref ref-type="fn" rid="fn18">18</xref>. Entre el
        genio y el individuo normal no hay una diferencia ontológica sino de grados, y sólo debe
        triunfar y ser reconocido aquel que incorpora a su imaginación las restricciones que impone
        el gusto: “El genio guiado por el gusto nunca cometerá errores garrafales: así, Racine desde
          <italic>Andrómaca</italic>, Poussin y Rameau nunca los cometieron. El genio sin gusto
        cometerá errores enormes; y lo peor es que no los sentirá”<xref ref-type="fn" rid="fn19"
          >19</xref>.</p>
  <p>El sometimiento del genio a las leyes del gusto y de la razón es defendido con idéntico énfasis
        en el artículo “Enthousiasme” de su <italic>Dictionnaire Encyclopédique,</italic> en el que
        Voltaire propone una breve genealogía. Tradicionalmente, en la herencia platónica, se
        consideraba que el artista genial, en el momento de la creación poética, estaba gobernado
        por el “enthousiasme”, una mezcla de “aprobación, sensibilidad, emoción, trastorno,
        sorpresa, pasión, ímpetu, demencia, furor, ira”<xref ref-type="fn" rid="fn20">20</xref>; el
        patriarca de Ferney no considera todas estas afecciones especialmente dignas de elogio sino
        que recomienda, por el contrario, su contención dentro de los más previsibles cauces de la
        razón. La gran poesía no es consecuencia de los grandes raptos de entusiasmo sino de la
        conjunción de este con la razón.</p>
  <disp-quote>
    <p>El entusiasmo es precisamente como el vino: puede excitar tanto tumulto en los vasos
          sanguíneos y vibraciones tan violentas en los nervios que la razón queda completamente
          destruida. Puede causar solo ligeras sacudidas, que solo le dan al cerebro un poco más de
          actividad: esto es lo que sucede en los grandes movimientos de la elocuencia y, sobre
          todo, en la poesía sublime. El entusiasmo razonable es el patrimonio de los grandes
          poetas. Este entusiasmo razonable es la perfección de su arte: esto es lo que hizo creer
          en el pasado que estaban inspirados por los dioses, y esto es lo que nunca se ha dicho de
          otros artistas<xref ref-type="fn" rid="fn21">21</xref>.</p>
  </disp-quote>
  <p>La búsqueda del “entusiasmo razonable” como ideal regulativo de la poesía permite, según Annie
        Becq, “alinear su posición con la concepción de la literatura regular (...), posición
        fundamentalmente clásica que mantiene un equilibrio entre la imaginación entusiasta y el
        juicio, entre la espontaneidad y la cultura”: entre el genio y el gusto<xref ref-type="fn"
          rid="fn22">22</xref>.</p>
  <p>De lo que se trata entonces, para el autor del <italic>Candide</italic> (y, también, para
        Condillac, para Hélvetius) es de reducir la radical extrañeza del genio e incorporarlo como
        un eslabón más de una cadena razonable de progresos, no necesariamente continuos, de la
        humanidad: para eso, es preciso que el artista talentoso combine su creatividad con la
        sabiduría acumulada en el gusto gracias a su carácter histórico. La mejor obra de arte es,
        al mismo tiempo, revolucionaria y conservadora.</p>
  <p>Pero en paralelo con esta concepción del genio, existe otra que, abrevando en la tradición de
        lo sublime de Boileau, toma fuerza en la segunda mitad del siglo gracias a trabajos como
          <italic>A Philosophical Enquiry into the Origin of Our Ideas of the Sublime and
          Beautiful</italic>, de Edmund Burke (1757) y <italic>Conjectures on original composition,
          de Thomas Young</italic> (1759), traducido al francés por primera vez por quien fue,
        también, el gran traductor de Shakespeare. Desde esta nueva perspectiva, la originalidad del
        genio supone una ruptura (o una suspensión) del tiempo histórico, una iluminación momentánea
        e impredecible que no se deriva de lo ya pasado ni predice lo que vendrá y que, por lo
        tanto, obliga a olvidar la sucesión y a concentrarse en el momento preciso de la creación,
        privilegiando el instante por sobre la duración.</p>
</sec>
<sec id="sec3">
  <title>3. Diderot: el genio como monstruo</title>
  <sec id="sec3.1">
    <title>3.1. Diderot contra Hélvetius</title>
    <p>No es sorprendente, por tanto, que uno de los momentos determinantes de la crítica
          diderotiana a la noción sensualista de genio se encuentre en el trabajo que dedica a
          objetar minuciosamente las doctrinas del autor de <italic>De l´Esprit</italic>.</p>
    <p>En su <italic>Réfutation de l’ouvrage d’Helvétius intitulé</italic> L’Homme (1774), el
            <italic>philosophe</italic> ataca en sus bases las teorías de su antagonista retórico
          para enfatizar el carácter excepcional del genio: si las hipótesis propuestas en el
          tratado de Hélvetius fueran ciertas, advierte Diderot, debería haber en las sociedades
          tantos genios como niños bien educados, lo que en la realidad, como es evidente, no
          ocurre. La doctrina del autor de <italic>De l´Esprit</italic> es peligrosa porque se basa
          en preceptos falsos: al educar homogéneamente a <italic>todos</italic> los niños,
          suponiendo que <italic>todos</italic> poseen un talento equivalente para hacer
            <italic>todas</italic> las actividades, el sistema de Hélvetius terminaría por
          “satisfacer las condiciones de la sociedad de hombres mediocres” y por “extraviar el
            genio”<xref ref-type="fn" rid="fn23">23</xref>, que se caracteriza por no hacer
          excelentemente sino una sola cosa: aquella para la que está naturalmente predispuesto. El
          resultado del sistema de Hélvetius sería una sociedad con, en el mejor de los casos,
          muchos hombres moderadamente buenos en diversas actividades, pero sin genios.</p>
    <p>Esto se debe a que, a diferencia de Helvétius, para Diderot el genio no es producto de la
          atención ni de la perseverancia sino de ciertas cualidades particulares, innatas, que lo
          convierten en lo que es.</p>
    <disp-quote>
      <p>Existe, tal vez, un número considerable de hombres capaces de pintar un objeto como
            naturalistas o historiadores, <italic>pero como poetas, eso es otra cosa</italic>. En
            pocas palabras, me gustaría saber cómo el interés, la educación o el azar pueden
            infundir calor al hombre frío, brío (<italic>verve</italic>) al espíritu metódico e
            imaginación a quien no la tiene. Cuanto más reflexiono sobre ello, más me confunde la
            paradoja del autor. Si este artista no nació ebrio (<italic>ivre</italic>), la mejor
            instrucción nunca le enseñará más que a imitar la embriaguez (<italic>ivresse</italic>)
            de manera más o menos torpe. De ahí la abundancia de imitadores insípidos de Píndaro y
            de todos los autores originales<xref ref-type="fn" rid="fn24">24</xref>.</p>
    </disp-quote>
    <p>El poeta jamás deviene: es. La <italic>ivresse</italic>, condición indispensable para la
          creación genial, no se transfiere ni se aprende y, de hecho, la imitación forzada de este
          estado innato por parte de los artistas que no nacieron con el don se percibe fácilmente
          como mala copia: “¿Por qué los verdaderos originales sólo han producido malas
            copias?”<xref ref-type="fn" rid="fn25">25</xref>, se pregunta nuestro autor. Si
          Hélvetius pretendía minimizar el carácter extraordinario del genio, Diderot lo exalta
          equiparando su figura con la del monstruo, entendido como aquella anomalía natural
          imposible de reducir a la regla:</p>
    <disp-quote>
      <p>Entre esos griegos y romanos que tanto admiran, se pueden contar con los dedos de las manos
            los hombres de genio, y los tontos y locos abundaron tanto como entre nosotros. Es que
            está inscrito en el orden eterno que el monstruo llamado hombre de genio sea siempre
            infinitamente raro, y que el hombre de ingenio y sensatez nunca sea común<xref
              ref-type="fn" rid="fn26">26</xref>.</p>
    </disp-quote>
    <p>Esta idea es reiterada y reforzada, un poco más adelante, en una crítica a Quintiliano. En
          las <italic>Instituciones Oratorias</italic>, el retórico romano sugería que existía
          cierta “pereza de espíritu” propia de determinados hombres que les impedía acceder a un
          conocimiento profundo de la naturaleza, pero advertía, al mismo tiempo, que todos contaban
          con idéntica aptitud para la instrucción, de modo que “Los espíritus torpes e inhábiles
          para las ciencias no son más comunes en la naturaleza que los monstruos”. “¡Cuántos
          monstruos! — exclama el <italic>philosophe</italic>— Quintiliano habría demostrado mucho
          más juicio si hubiera asociado a los imbéciles con los hombres de genio y los hubiera
          considerado a ambos como monstruos”<xref ref-type="fn" rid="fn27">27</xref>.</p>
    <p>La falla fundamental que encuentra Diderot en el razonamiento de Hélvetius es, justamente, el
          no reconocer el carácter absolutamente fuera de lo ordinario del genio. El intento del
          autor de <italic>De l´esprit</italic> de incorporarlo como un eslabón más de una cadena
          continua que lo vincula con el pasado falla porque, como procuraremos mostrar,
          malcomprende la novedosa relación con la temporalidad que establece el genio-monstruo.
          Esta nueva relación, proponemos, es en parte producto de la revalorización general del
          instante en el pensamiento ilustrado. Conviene detenernos unos momentos en este punto.</p>
  </sec>
  <sec id="sec3.2">
    <title>3.2. La apología del instante</title>
    <p>En el primer tomo de su clásico <italic>Étud es sur le temps Humain,</italic> Georges Poulet
          se ha ocupado de describir el modo en que, entre Hume y Condillac, el instante se
          autonomiza y comienza a comprenderse como el verdadero fundamento de la existencia
          temporal del hombre:</p>
    <disp-quote>
      <p>Por primera vez desde el cristianismo, el hombre siente de repente el instante de su
            existencia como un instante liberado de toda dependencia, libre de toda duración, igual
            a sus posibilidades, causa de sí mismo (...) Si esta variedad de instantes sucesivos es
            tan seductora es, sin duda, en primer lugar debido a la intensidad con la que cada
            momento desprendido llega a su vez a aportar al ser la deliciosa revelación de su
            existencia actual<xref ref-type="fn" rid="fn28">28</xref>.</p>
    </disp-quote>
    <p>Se reconoce al instante, desde entonces, como portador de una intensidad incompatible con la
          duración. Esta revalorización del instante conduce a la consolidación de lo que se ha
          descrito como una “estética del momento”, que puede percibirse operando en todos los
          ámbitos del pensamiento ilustrado (desde las finanzas hasta la pintura, el teatro y la
          novela).</p>
    <disp-quote>
      <p>Entender la Ilustración francesa, lo que la diferencia de lo que la precedió y la siguió, y
            su significado para nosotros hoy, depende de su sentido único de lo que yo llamo “el
            momento”: las formas en que una nueva atención a los placeres y desafíos de un presente
            indeterminado moldearon su cultura, sus prácticas económicas, su literatura y su arte.
            Cada uno de estos registros interdependientes se convirtió en el lugar para celebrar el
            momento como una temporalidad que ofrecía una libertad antes insospechada de las
            ataduras de la continuidad, de las tiranías de la lealtad al pasado y al futuro. Es
            aquí, más que en ningún otro lugar, donde la Ilustración trazó con mayor claridad el
            proyecto de su propio momento fugaz<xref ref-type="fn" rid="fn29">29</xref>.</p>
    </disp-quote>
    <p>El genio, tal como lo concibe Diderot, es heredero de este proceso de revalorización del
          momento presente y su construcción teórica entraña una fuerte polémica con las doctrinas
          continuistas defendidas por Condillac, Hélvetius y Voltaire. De acuerdo con estos autores,
          como hemos visto, el genio podía inscribirse en una línea temporal progresiva de la cual
          constituía uno de sus picos máximos: no excepción sino manifestación excelsa del gusto
          epocal, aparecía como una suerte de símbolo del desarrollo de una civilización, de modo
          tal que a partir de su ejemplo era posible pensar en reconstruir, retrospectivamente, la
          completa historia de la humanidad. Es natural, por tanto, que los tres consideraran
          generalmente que el genio y el gusto evolucionaban armónicamente, en consonancia, marcando
          en conjunto el ritmo del desarrollo humano.</p>
    <p>La exaltación del carácter excepcional del genio por parte de Diderot implica una manera
          alternativa de concebir su relación con el gusto. En un fragmento inédito titulado “Sur le
          génie” e incorporado en el volumen de miscélaneas filosóficas de la clásica edición de
          Assezat-Tourneux, el director de la <italic>Encyclopédie</italic> intenta ofrecer una
          definición del concepto. ¿Cuál es la cualidad que convierte a un hombre en un genio, se
          pregunta allí el <italic>philosophe</italic>? Luego de descartar la imaginación, el
          juicio, el <italic>esprit</italic>, “el calor (<italic>chaleur</italic>), la vivacidad
            (<italic>vivacité</italic>), el fervor (<italic>fougue</italic>)” y la “sensibilidad
          (sensibilité)”, Diderot pone a consideración la idea de que el criterio demarcatorio
          podría estar determinado por el gusto. Sin embargo, considera que esta facultad es
          insuficiente para explicar la emergencia del artista sublime: “El gusto borra los defectos
          antes que producir bellezas; es un don que se adquiere en mayor o menor medida, pero no es
          una fuerza de la naturaleza”<xref ref-type="fn" rid="fn30">30</xref>.</p>
    <p>El gusto es una facultad que corrige, pero que no crea. Mientras que es pasible de ser
          aprendido con esfuerzo y dedicación, el genio se asocia, más bien, al “espíritu
          observador” que, a diferencia del primero, “se ejerce sin esfuerzo, sin contención, no
          mira sino que ve, se extiende sin estudiar”. Es una rara máquina, un “espíritu profético”,
          capaz de descubrir lo verdadero y lo falso, lo bello y lo feo, de manera instantánea, sin
          que parezca mediar reflexión<xref ref-type="fn" rid="fn31">31</xref>.</p>
    <p>No se trata solo de descubrir sino, sobre todo, de crear. El momento del arrebato poético, de
          hecho, se define por un furor que <italic>suspende</italic> el tiempo, tal como apunta en
          un artículo clave de la <italic>Encyclopédie</italic> (“Eclectisme”)<xref ref-type="fn"
            rid="fn32">32</xref>. Para acceder a lo sublime, aspiración máxima, las artes deben,
          necesariamente, ser producto de un momento de “entusiasmo
          (<italic>enthousiasme</italic>)”, definido como “un movimiento violento del alma por el
          cual somos transportados al centro de los objetos que debemos representar”. En ese estado
          inspirado, en el que puede encontrarse el germen de la obra de arte, el fluir temporal se
          detiene:</p>
    <disp-quote>
      <p>Vemos una escena completa desarrollarse en nuestra imaginación, como si estuviera fuera de
            nosotros: en efecto, está ahí, porque mientras dura esta ilusión, todos los seres
            presentes son aniquilados y nuestras ideas ocupan su lugar: solo percibimos nuestras
              ideas...<xref ref-type="fn" rid="fn33">33</xref></p>
    </disp-quote>
    <p>El momento de la iluminación pausa la cotidianeidad, la coloca en un segundo plano, la torna
          vaga e imprecisa. Durante ese movimiento del alma, sólo hay una visión; la escena
          imaginada se presenta ante los ojos del genio como un <italic>tableau</italic> completo.
          De ahí que, como propone en la <italic>Lettre sur les sourds et les muets</italic>, el
          lenguaje articulado se conciba como un obstáculo, en tanto obliga a descomponer en una
          sucesión la impresión compleja y completa que el alma recibe en el instante de la
          iluminación:</p>
    <disp-quote>
      <p>Una cosa es el estado de nuestra alma; otra cosa, el relato que damos de ella, ya sea a
            nosotros mismos o a los demás; una cosa es la sensación total e instantánea de ese
            estado; otra cosa, la atención sucesiva y detallada que nos vemos obligados a prestarle
            para analizarla, manifestarla y hacernos entender (...). El espíritu no va paso a paso
            como la expresión<xref ref-type="fn" rid="fn34">34</xref>.</p>
    </disp-quote>
    <p>Entre el espíritu en el instante inspirado y la expresión existe un desfasaje constitutivo;
          la tarea del genio será disminuir este desfasaje, lograr que la expresión se parezca lo
          más posible al momento de iluminación. El hiato que existe entre el orden de las palabras
          y el orden de los pensamientos solo puede salvarse, como ha señalado con acierto Jacques
          Proust, mediante la condensación, mediante la polisemia: si para el Diderot
            <italic>philosophe</italic> la indeterminación de las palabras puede constituir un
          obstáculo, para el Diderot artista, cuyo objetivo central es convertir el sentimiento en
          expresión (como dice en los <italic>Pensées detachées sur la peinture</italic>) “es al
          contrario una cualidad del lenguaje por la cual se puede compensar artísticamente su
          relativa pobreza”<xref ref-type="fn" rid="fn35">35</xref>.</p>
    <p>En <italic>De la poésie dramatique</italic>, nuevamente, Diderot
    enfatiza la fugacidad del momento de inspiración y define el estado
    durante el momento de la creación como un <italic>fuera de
    sí</italic>:</p>
    <disp-quote>
      <p>No confundiremos, ni usted ni yo, al hombre que vive, piensa, actúa y se mueve entre los
            demás con el hombre entusiasta que toma la pluma, el arco, el pincel o que sube a sus
            andamios. Fuera de sì mismo, es todo lo que le plazca al arte que lo domina. Pero pasado
            el momento de la inspiración, vuelve a ser lo que era; a veces un hombre común<xref
              ref-type="fn" rid="fn36">36</xref>.</p>
    </disp-quote>
    <p>El carácter momentáneo e inexplicable de la inspiración la torna frágil, sensible a cualquier
          mínimo cambio ambiental. Así, después de realizar el mayor elogio de Vernet, uno de sus
          pintores favoritos, en el <italic>Salón de 1767</italic>, Diderot critica uno de sus
          cuadros y se pregunta retóricamente cómo es posible que una misma persona (el pintor, el
          poeta, el orador) sea tan diferente a sí misma en dos puntos diferentes del tiempo.</p>
    <disp-quote>
      <p>Son cuestiones del momento, del estado del cuerpo, del estado del alma. Una pequeña pelea
            doméstica, una caricia dada a su esposa por la mañana antes de ir al taller, dos gotas
            de líquido perdidas que contenían todo el fuego, todo el calor, todo el genio; un niño
            que ha dicho o hecho una tontería; un amigo que ha sido insensible; una amante que ha
            recibido con demasiada familiaridad a un indiferente; ¿qué sé yo? Una cama demasiado
            fría o demasiado caliente, una manta que se cae por la noche, una almohada mal puesta en
            su cabecera, media copa de vino de más, un empacho, el pelo revuelto bajo el gorro; y
            adiós a la <italic>verve</italic><xref ref-type="fn" rid="fn37">37</xref>.</p>
    </disp-quote>
    <p>La frágil inspiración del genio depende de cada mínima circunstancia y es, en buena medida,
          independiente del esfuerzo y del trabajo. Con el buen gusto ocurre exactamente lo
          contrario:</p>
    <disp-quote>
      <p>Solo un largo tiempo, una larga práctica, un trabajo tenaz y la contribución de un gran
            número de hombres sucesivamente aplicados, pueden producir esas cualidades que no son
            del genio, que más bien lo encadenan y que tienden más a templar y extinguir la
            vehemencia que a irritarla y encenderla<xref ref-type="fn" rid="fn38">38</xref>.</p>
    </disp-quote>
    <p>El gusto es producto del desarrollo temporal y progresivo: de la
    duración; el genio, del instante (fugaz, caprichoso) en que se
    manifiesta la “verve”, concepto que ya hemos visto aparecer y que
    resulta omnipresente en la enumeración diderotiana de los rasgos
    atribuibles al “génie”. En la <italic>Encyclopédie</italic>, se lo
    define como</p>
    <disp-quote>
      <p>Una viva representación del objeto en la mente, y una emoción del corazón proporcionada a
            ese objeto; un momento feliz para el genio del poeta, donde su alma, inflamada como por
            un fuego divino, se representa con vivacidad lo que quiere pintar, y esparce sobre su
            cuadro ese espíritu de vida que lo anima, y esos rasgos conmovedores que nos seducen y
            nos enloquecen<xref ref-type="fn" rid="fn39">39</xref>.</p>
    </disp-quote>
    <p>Como el “enthousiasme”, la “verve” es característica del genio y hace referencia al fugaz
          momento de iluminación en que el <italic>tableau</italic> se concibe de un <italic>coup
            d´oeil</italic> en la mente del artista.</p>
    <disp-quote>
      <p>Esta situación del alma no es fácil de definir, y las ideas que dan sobre ella la mayoría
            de los autores parecen provenir más de una imaginación acalorada que de una mente
            reflexiva. Según ellos, a veces es una visión celestial, una influencia divina, un
            espíritu profético: a veces es una embriaguez, un éxtasis, una alegría mezclada con
            confusión y admiración, en presencia de la divinidad. ¿Tienen la intención, con este
            lenguaje enfático, de elevar las artes y ocultar a los profanos los misterios de las
              musas?<xref ref-type="fn" rid="fn40">40</xref></p>
    </disp-quote>
    <p>En las “Réflexions sur Terence” (1762), es justamente la carencia de “verve” la clave que
          permite distinguir al autor romano de algunos de sus antecesores y sucesores geniales. Tal
          como lo había hecho Longepierre al compararlo con Menandro, Diderot considera que Terencio
          adolece de los rasgos gracias a los cuales podría definírselo como “genio”: “Terencio no
          está poseído por ese demonio. Lleva en su pecho una musa más tranquila y dulce”. Esta musa
          parsimoniosa se revela incompatible con la <italic>verve</italic>, que tiene un ritmo
          particular.</p>
    <disp-quote>
      <p>La <italic>verve</italic> tiene un ritmo propio: desdeña los caminos trillados. El gusto
            tímido y circunspecto gira constantemente sus ojos a su alrededor; no se arriesga a
            nada; quiere complacer a todos; es el fruto de los siglos y del trabajo sucesivo de los
            hombres. Podríamos decir del gusto lo que Cicerón decía de la acción heroica de un viejo
            romano: <italic>Laus est temporum, non hominis</italic><xref ref-type="fn" rid="fn41"
              >41</xref>.</p>
    </disp-quote>
    <p>La lógica que define la evolución del gusto es la de la sucesión y la acumulación; se forja
          en el diálogo entre las épocas, en el “proceso de civilización”. Terencio es un autor
          atípico, raro, porque, aunque carente de <italic>verve</italic>, logra producir una obra
          relevante en tanto condensación del <italic>bon goût</italic> acumulado a lo largo de los
          siglos que lo precedieron:</p>
    <disp-quote>
      <p>Nada es más raro que un hombre dotado de un tacto tan exquisito, una imaginación tan
            regulada, una organización tan sensible y delicada, un juicio tan fino y justo, un
            apreciador tan severo de los caracteres, pensamientos y expresiones; que haya recibido
            la lección del gusto y de los siglos en toda su pureza, y que nunca se desvíe de ella:
            tal me parece Terencio<xref ref-type="fn" rid="fn42">42</xref>.</p>
    </disp-quote>
    <p>Exquisitez, sometimiento a reglas, organización sensible y delicada, juicio justo, severidad:
          el autor romano es el ejemplo definitivo, la máxima expresión a la que puede aspirar una
          estética basada exclusivamente en el gusto. Si este gusto es correcto, si no es producto
          de la impostura ni de las convenciones sociales, si no es tampoco aceptación acrítica de
          reglas o copia servil de antecesores, merece el elogio, aunque exige un modo de recepción
          diferente al que alientan las obras del verdadero genio. Lejos de generar en el lector las
          emociones intensas que Diderot suele preferir (“la escena te atrapa y te conmueve. Es
          grandiosa, patética y violenta”, dice, por ejemplo sobre Deshays), las obras de Terencio
          son comparables a las estatuas de los griegos como la <italic>Vénus de Médicis</italic> o
          el <italic>Antinoüs</italic>.</p>
    <disp-quote>
      <p>Poseen pocas pasiones, poco carácter y casi ningún movimiento; pero se observa en ellas
            tanta pureza, tanta elegancia y verdad, que uno nunca se cansa de contemplarlas.
              <italic>Son bellezas tan delicadas, tan ocultas, tan secretas, que solo se captan en
              su totalidad con el tiempo</italic>; lo que se lleva uno es más la impresión y el
            sentimiento que la cosa en sí misma; hay que volver a ellas, y se vuelve una y otra
              vez<xref ref-type="fn" rid="fn43">43</xref></p>
    </disp-quote>
    <p>Además de ser ella misma producto de la duración, la obra de <italic>bon goût</italic> invita
          a una recepción demorada y lenta: es preciso retornar sobre ella varias veces para
          detectar las bellezas ocultas, los matices. La obra del genio, por el contrario, “se
          conoce toda entera, de una vez, o no se conoce”. No sólo la producción sino también la
          recepción de la obra genial se realizan instantáneamente; por eso, Diderot advierte que,
          para traducir una obra de genio, el único modo es “tener el alma impregnada de las
          impresiones que se han recibido (de la obra original), y no darse por satisfecho con la
          traducción hasta que despierte las mismas impresiones en el alma del lector”<xref
            ref-type="fn" rid="fn44">44</xref>. El traductor, lector antes que cualquier otra cosa,
          tiene que devenir uno con el autor. Porque el receptor es, como veremos más adelante, un
          autor en potencia.</p>
    <p>Los pasajes del corpus diderotiano en que genio y gusto se presentan como instancias
          antagónicas son abundantes. Ocurre, de manera palmaria, en el artículo “Génie” de la
            <italic>Encyclopédie</italic>, escrito por Saint-Lambert pero, como ha argumentado
          Dieckmann, fuertemente influido y retocado por el propio Diderot<xref ref-type="fn"
            rid="fn45">45</xref>.</p>
    <disp-quote>
      <p>El gusto suele estar separado del genio. El genio es un don puro de la naturaleza; lo que
            produce es obra de un momento; el gusto es fruto del estudio y del tiempo; se basa en el
            conocimiento de una multitud de reglas, establecidas o supuestas; produce bellezas que
            son solo convencionales. Para que algo sea bello según las reglas del gusto, debe ser
            elegante, acabado, trabajado sin parecerlo: para ser genio, a veces debe ser descuidado;
            debe tener un aire irregular, escarpado, salvaje. Lo sublime y el genio brillan en
            Shakespeare como relámpagos en una larga noche, y Racine es siempre bello: Homero está
            lleno de genio, y Virgilio de elegancia<xref ref-type="fn" rid="fn46">46</xref>.</p>
    </disp-quote>
    <p>La valoración negativa del gusto en beneficio del genio, enunciada explícitamente en ese
          artículo, es una constante en los <italic>Salones</italic>. Así, por ejemplo, sobre la
            <italic>Madeleine dans le désert</italic>, de Carle van Loo, Diderot advierte que no es
          más que un cuadro agradable, que podría haber alcanzado la sublimidad si no hubiese sido
          porque su autor, aunque un gran artista, “no tiene genio”:</p>
    <disp-quote>
      <p>Hay gusto en todas estas cosas, y especialmente en el vestido violeta de la penitente; pero
            todos estos objetos están pintados con una pincelada demasiado suave y uniforme (...).
            ¡Cuánto más interesante y patética sería la santa si la soledad, el silencio y el horror
            del desierto estuvieran presentes en el lugar?<xref ref-type="fn" rid="fn47"
            >47</xref></p>
    </disp-quote>
    <p>La pintura, cuando es verdaderamente genial, carga con una energía estética que la distingue
          de las obras prolijas dictadas por el gusto y el talento. Su carácter particular es el
          resultado de un proceso doble en el que lo fundamental es el instante: es por un lado,
          reflejo de la correcta elección del instante a representar y, por el otro, reflejo de la
          inspiración instantánea del artista. El pictorialismo literario de Diderot, esto es, su
          idea de que la literatura, en todas sus formas, debe <italic>faire tableau</italic>, se
          desprende de una concepción particular sobre la temporalidad de la creación genial. Al
          “faire tableau”, se logra evocar en el espectador algunas de las sensaciones más íntimas
          del proceso de composición. Ocultando el carácter necesariamente sucesivo tanto del relato
          como de la ejecución (ambos, a diferencia de la iluminación, están obligados al despliegue
          temporal, sucesivo), el artista intenta que su receptor perciba la totalidad de la obra en
          un <italic>coup d´oeil</italic>. En el límite, esa es, también, la aspiración del proyecto
          enciclopédico: ofrecer “un cuadro general de los esfuerzos del espiritu humano en todos
          los tiempos”; una especie de mapa que dé cuenta del todo.</p>
    <p>A pesar de que, como adelantamos, carecen de sistematicidad, hemos propuesto un eje a partir
          del cual es posible organizar las reflexiones diderotianas sobre el genio: su oposición
          con el gusto en base a los diferentes regímenes de temporalidad asociados a los dos
            conceptos<xref ref-type="fn" rid="fn48">48</xref>. Hemos sugerido que, excepto en
          algunos casos puntuales y limitados (como el de Terencio), Diderot presenta al genio como
          actor estético fundamental, para lo cual procura elaborar lo que podríamos llamar una
          “poética del instante”. Mostraremos ahora de qué modo la preferencia de Diderot por los
          bocetos (<italic>esquisses</italic>) se debe a la posibilidad de vislumbrar allí el
          trabajo del genio en el momento de la creación, de acceder al laboratorio mental del
          artista.</p>
  </sec>
  <sec id="sec3.3">
    <title>3.3. Apología de la esquisse</title>
    <p>En el <italic>Salon de 1767</italic>, refiriéndose a cuadros de
    Hubert Robert y de Greuze, Diderot realiza una contundente apología
    del boceto como forma pictórica autónoma. El reconocimiento del
    valor artístico de las <italic>esquisses</italic> se inscribe en una
    tradición cuyos orígenes pueden remontarse, en Francia, hacia fines
    del siglo anterior, particularmente en la obra de Roger de
    Piles.</p>
    <p>En la primera de las <italic>Conversations sur la connaissance de la peinture,</italic>
          publicadas en 1677, dos personajes, Pamphile y Damon, entablan un diálogo cuyo motivo
          central es el de la validación de los juicios de gusto, luego de asistir a una exposición
          de los nuevos cuadros del rey en el Louvre. Interesado por encontrar justificaciones
          teóricas para sus intuiciones de <italic>amateur</italic>, Damon manifiesta cierta
          confusión por las diferencias de criterios existentes entre los especialistas, que
          dificulta alcanzar un conocimiento profundo de la pintura. A su inquietud de que el “genio
          de fuego, esa rapidez de vena y esa facilidad de inventar las cosas” es incompatible con
          la prudencia y, por lo tanto, un potencial obstáculo para finalizar con éxito las obras,
          Pamphile responde:</p>
    <disp-quote>
      <p>Las obras más acabadas (...) no siempre son las más agradables; y los cuadros
            artísticamente tocados producen el mismo efecto que un discurso en el que las cosas, no
            explicadas con todas sus circunstancias, dejan juzgar al lector, quien se complace en
            imaginar todo lo que el autor tenía en mente. Las minucias en el discurso debilitan un
            pensamiento y le quitan todo el fuego, y los cuadros en los que se ha puesto un extremo
            cuidado en acabar todas las cosas, caen a menudo en la frialdad y la sequedad<xref
              ref-type="fn" rid="fn49">49</xref>.</p>
    </disp-quote>
    <p>En su intento de modernizar el panorama teórico de la pintura de fines del siglo XVII,
          desplazando el ideal platónico de lo Bello (objetivo, trascendente, permanente) en
          beneficio de la personalidad creativa del artista, De Piles se concentra en la creación y
          la inspiración como instancias decisivas del proceso pictórico. De ahí que, como apunta
          Gita May, le otorgue importancia al boceto: especie de fotografía <italic>avant la
            lettre</italic> de “la personalidad profunda del pintor, sus tendencias irreductibles”,
          es capaz de revelar mejor que los cuadros terminados el estilo esencial del pintor<xref
            ref-type="fn" rid="fn50">50</xref>.</p>
    <p>En <italic>L´idée du peintre parfait</italic>, concebida justamente para proveer “de reglas
          para los juicios que deben tenerse sobre las obras pictóricas”<xref ref-type="fn"
            rid="fn51">51</xref>, De Piles vuelve a insistir sobre las ventajas de lo inconcluso en
          el capítulo sobre los “Desseins”, a los que define como “pensamientos que los pintores
          expresan en un papel para la ejecución de una obra sobre la cual están meditando”<xref
            ref-type="fn" rid="fn52">52</xref>. Si bien De Piles admite que el conocimiento de los
            <italic>desseins</italic> no es tan estimable como el de los <italic>tableaux</italic>
          completos, reconoce en ellos una cualidad muy destacable: son en efecto esos ensayos los
          que exhiben con mayor contundencia el “caracter del Maestro” y revelan “si su genio es
          vivo o pesado, si sus pensamientos son elevados o comunes”. Según De Piles, los
            <italic>desseins</italic> deben juzgarse de acuerdo a tres parámetros cuya adecuada
          combinación garantiza su calidad: la <italic>science</italic>, que exige una buena
          composición, correcta y de buen gusto; el <italic>esprit</italic>, definido como “la
          expresión viva y natural del sujeto en general y de los objetos en particular” y la
            <italic>liberté</italic>, “un hábito que la mano ha adquirido para expresar rápida y
          audazmente la idea que el pintor tuvo en su espíritu”<xref ref-type="fn" rid="fn53"
            >53</xref>. Lograr un equilibrio entre las tres cualidades es extremadamente difícil
          puesto que exigen aptitudes diferentes; a menudo, de hecho, la <italic>liberté</italic> no
          puede desenvolverse cuando “está encerrada por los límites de una gran regularidad”. De
          ahí que, para De Piles, sea aceptable resignar corrección en pos de una mayor
          libertad:</p>
    <disp-quote>
      <p>Los dibujos esbozados y poco terminados tienen más ingenio y agradan mucho más que si
            estuvieran más acabados, siempre que tengan un buen carácter y conduzcan la idea del
            espectador por un buen camino. El motivo es que la imaginación suple todas las partes
            que faltan o que no están terminadas, y cada uno las ve según su gusto. Los dibujos de
            los maestros que tienen más genio que ciencia dan a menudo la oportunidad de
            experimentar esta verdad<xref ref-type="fn" rid="fn54">54</xref>.</p>
    </disp-quote>
    <p>Para De Piles, los bocetos, obra del genio, habilitan el libre juego de la imaginación del
          espectador, que se convierte de este modo en una especie de co-autor de la obra.</p>
    <p>Las originales posiciones teóricas del autor de las <italic>Conversations sur la connaisance
            de la peinture</italic> son testimonio de un cambio de época: en el marco de la
          incipiente reivindicación de la figura del artista genial, las <italic>esquisses</italic>
          comienzan a ser apreciadas como la “emanación de la marcha creativa del artista”<xref
            ref-type="fn" rid="fn55">55</xref>. Este proceso concluye, en la segunda mitad del siglo
          XVIII, con su incorporación definitiva en el mercado del arte: dejan de ser meras
          tentativas preliminares destinadas a perderse, sin espectadores, en el taller de los
          artistas para ser exhibidas como obras propiamente dichas.</p>
    <p>Testimonio de la revalorización, aunque todavía matizada, de las <italic>esquisses</italic>,
          es el artículo que se le dedica en la <italic>Encylopédie</italic>, escrito por el pintor
          Watelet aunque, como ocurría con la entrada “Génie”, influido por el pensamiento
            diderotiano<xref ref-type="fn" rid="fn56">56</xref>. Definida, en principio, por la
          negativa (“modelo incorrecto de la obra que se trazó livianamente, que no contiene más que
          el espíritu de la obra que se propone ejecutar y que no muestra más que el pensamiento del
            artista”<xref ref-type="fn" rid="fn57">57</xref>), la <italic>esquisse</italic> termina
          presentándose como un tipo de obra que habilita posibilidades novedosas. Según Watelet,
          para dar cuenta de la idea que se ofrece fugazmente a su imaginación, el genio se vale de
          todos los medios que tiene a su disposición con el único criterio de que estén disponibles
          rápidamente: la iluminación tiene la efímera duración del instante, es un fuego provisorio
          que corre el riesgo de extinguirse si la ejecución del boceto demora mucho la plasmación
          de esa idea original. Para captarla en la plenitud de su potencia estética primordial, es
          preciso actuar sin dilaciones, tan velozmente como sea posible, “Porque el espíritu
          siempre pierde parte de su fuego por la lentitud de los medios que se ve obligado a
          utilizar para expresar y fijar sus concepciones”.</p>
    <p>El proceso de composición se concibe así como una suerte de batalla entre la abstracción
          mental, producto de un momento tan breve como fugaz, y su plasmación material,
          necesariamente lenta, demorada. En tanto que materialización casi inmediata de la idea
          original, la <italic>esquisse</italic> funciona como ventana al pensamiento genial del
          autor, quien luego, para convertirla en un <italic>tableau</italic> completo, trabajará
          sobre ese pensamiento con herramientas técnicas compartidas por el resto de la comunidad
          de los artistas. El riesgo de ese proceso lento es que el genio vea cómo “se desvanecen
          las formas que se presentan en gran cantidad si no se fijan con trazos que puedan
          recordarlas”. Si pretende seguir el “rápido vuelo de su genio”, el artista debe lograr
          superar las dificultades que el hábito de su arte le opone sin cesar: mientras la mano
          actúa materialmente, la imaginación, “maestra absoluta de la obra” sufre impacientemente
          “cada pequeño retraso en la producción”. La imaginación, que concibe la obra en un
            <italic>coup d´oeil</italic>, anhela la instantaneidad, pero la realidad es
          sucesiva.</p>
    <disp-quote>
      <p>Es esta rapidez de ejecución la que es el principio del fuego que se ve brillar en los
            bocetos de los pintores de genio; en ellos se reconoce la huella del movimiento de su
            alma, se calcula su fuerza y fecundidad. Si por lo que he dicho es fácil sentir que no
            es más posible dar los principios para hacer bellos bocetos que para tener un bello
            genio, también se debe inferir que nada puede ser más ventajoso para calentar a los
            artistas y para formarlos que estudiar este tipo de dibujos de los grandes maestros, y,
            sobre todo, de aquellos que han tenido éxito en la parte de la composición.</p>
    </disp-quote>
    <p>La <italic>esquisse</italic> puede ser concebida como la plasmación material del estado
          mental del genio en el momento fundamental de la creación (en ese momento en que está
          dominado por la <italic>verve</italic> y el <italic>enthousiasme</italic>), mediada apenas
          por los principios del gusto y las constricciones académicas. En este sentido,
          paradójicamente, es el mejor ejemplo para los artistas nóveles: si, en tanto que
          manifestación casi inmediata del genio personal, rehúsa la imitación (el genio es
          inimitable e intransferible; en todo caso se lo puede estudiar y entender, pero no
          copiar), puede servir no obstante para estudiar cómo realizar el pasaje de la idea a la
          obra con la menor pérdida posible de su energía original. El análisis retrospectivo de la
          progresión del primer boceto al <italic>tableau</italic> definitivo permite trazar una
          suerte de biografía de la obra de arte cuyo hilo conductor es la dialéctica entre
          imaginación y juicio, que puede ser más o menos exitosa. En la revisión de los estudios
          particulares que hace el artista para “cada figura, para cada miembro, para el desnudo de
          esas figuras y para sus ropas” se descubre “la marcha entera del genio, y aquello que
          podemos llamar el espíritu del arte”. Así, a través de una comparación atenta entre la
          idea genial y el producto final, el estudioso puede reconocer todos los aspectos ajenos al
          arte que limitan la imaginación, como, entre otras, las imposiciones de los mecenas,
            <italic>amateurs</italic> “que los obligaron a abandonar ideas razonables y sustituirlas
          por ideas absurdas”: el palimpsesto conformado por <italic>esquisse</italic> y
            <italic>tableau</italic> convoca a reconsiderar la historia del arte como una lucha
          permanente entre el genio y la estupidez (<italic>sottise</italic>).</p>
    <p>Sobre el final del artículo, consciente de los riesgos que implica para el mundo del arte y
          para los nóveles artistas esta contundente defensa de las <italic>esquisses</italic>,
          Watelet adopta una postura significativamente más conservadora. A la estética del genio
          contrapone una estética del gusto de acuerdo a la cual, en la propia composición del
          boceto, operan ya los principios racionales y técnicos que, según lo que había sugerido
          anteriormente, no tenían lugar en la producción del boceto sino en el trayecto entre el
          boceto y el producto final. En este sentido, sugiere que el análisis del
            <italic>esquisse</italic> como forma artística no debe desviar a los jóvenes artistas
          del estudio de las técnicas propias del arte en que quieren desarrollarse. El artista
          joven, impaciente y frecuentemente arrebatado por el <italic>enthousiasme</italic>, se ve
          impulsado a producir incansablemente <italic>esquisses de composition</italic>, cuya
          ejecución es relativamente fácil y necesariamente rápida. Sin embargo,</p>
    <disp-quote>
      <p>La indecisión en la planificación, la incorrección en el diseño y la aversión a terminar
            son, por lo general, las consecuencias de este tipo de obra. Y el peligro es aún mayor
            porque casi con certeza seducirá con este género de composición libre, en el que el
            espectador exige poco y se encarga de añadir con su imaginación todo lo que falta.</p>
    </disp-quote>
    <p>Parece paradójico, pero Watelet sugiere que para que las <italic>esquisses</italic> sean
          artísticamente valiosas, es preciso, primero, haber producido obras completas con éxito;
          sólo entonces el boceto puede evitar los defectos típicos del
            <italic>enthousiasme</italic>. No ya obra del capricho juvenil sino expresión del genio
          formado, capaz de resistir a la seducción de las numerosas, desordenadas y vagas ideas que
          le vienen a la mente y de llevar a cabo “un análisis riguroso de esas producciones
          libertinas cuando quiere abandonar la composición”: solo el conocimiento de las “reglas de
          esa parte de la pintura” y el respeto del “tribunal de la razón y del juicio” terminará
          por garantizar el valor de las <italic>esquisses.</italic></p>
    <p>La postura de Diderot en los análisis de obras que realiza en sus <italic>Salones</italic> es
          más radical, especialmente a partir de 1765: si hasta entonces los bocetos ocupaban un
          lugar marginal en sus reflexiones y eran apenas mencionados al pasar entre otras obras
          mayores, adquieren a partir de ese momento un inédito protagonismo y son reconocidos como
          un género propiamente dicho. Las <italic>esquisses</italic> de Van Loo y Greuze, entre
          otras, reciben (al menos) la misma atención que los cuadros terminados, y son objeto de
          una reflexión teórica que pretende legitimar tanto su composición como su recepción. Así,
          por ejemplo, en la célebre <italic>compte rendu</italic> de « La mère bien-aimée » de
          Greuze en el <italic>Salon de 1765</italic>, Diderot comienza ensayando una contundente
          apología:</p>
    <disp-quote>
      <p>Los bocetos comúnmente tienen un fuego que el cuadro terminado (<italic>tableau</italic>)
            no tiene; es el momento de calor (<italic>chaleur</italic>) del artista, la pura
            efervescencia (<italic>verve</italic>), sin ninguna mezcla de la meticulosidad que la
            reflexión pone en todo, es el alma del pintor que se derrama libremente sobre el lienzo.
            La pluma del poeta, el lápiz del hábil dibujante parecen correr y jugar. El pensamiento
            rápido caracteriza con un trazo. Cuanto más vaga sea la expresión de las artes, más
            cómoda se sentirá la imaginación<xref ref-type="fn" rid="fn58">58</xref>.</p>
    </disp-quote>
    <p>El campo semántico que describe a las <italic>esquisses</italic> es el mismo que describe al
          artista genial: “Verve”, velocidad, libertad, “chaleur”, “feu”. En el <italic>Salón de
            1767</italic>, en efecto, Diderot define al boceto como “la obra del calor y del genio”
          y lo opone nuevamente con el <italic>tableau</italic>, producto de “la obra del trabajo”.
          De este modo,</p>
    <disp-quote>
      <p>Un mal boceto nunca genera más que un mal cuadro; un buen boceto no siempre genera uno
            bueno. Un buen boceto puede ser la producción de un joven lleno de brío y fuego, que no
            se cautiva por nada, que se abandona a su ímpetu. Un buen cuadro no es más que la obra
            de un maestro que ha reflexionado, meditado y trabajado mucho. Es el genio el que hace
            el bello boceto, y el genio no se otorga; es el tiempo, la paciencia y el trabajo los
            que dan el buen hacer, y el hacer se puede adquirir<xref ref-type="fn" rid="fn59"
              >59</xref>.</p>
    </disp-quote>
    <p>La comparación del <italic>esquisse</italic> con el <italic>tableau</italic> ayuda a percibir
          materialmente las diferentes temporalidades que gobiernan al genio y al hombre de gusto
          devenido artista. Mientras el genio hace obra, para Diderot, gracias a una fulguración
          instantánea, provisoria, en la que se manifiesta la “verve” en toda su intensidad y cuya
          realización material más inmediata es la <italic>esquisse</italic>, el
            <italic>tableau</italic> requiere “tiempo, paciencia y trabajo”, cualidades más propias
          del estudioso que del artista, menos valorables en tanto y en cuanto se pueden aprender.
          Homero versus Terencio.</p>
    <p>Esta defensa de las <italic>esquisses</italic> por sobre los <italic>tableaux</italic>
          finalizados procura, en Diderot, no sólo otorgarle un sustento material a la estética del
          genio que, especialmente a partir de 1757, comienza a desarrollar, sino reconstruir la
          relación estética del espectador con la obra y con el artista, que percibía fracturada en
          el momento de sus reflexiones. En el nuevo pacto de espectatorialidad que propone,
          influido por la estética de lo sublime de Burke, ya no se espera del público pasividad y
          conocimiento teórico de las reglas del arte sino la capacidad de comprometerse
          emocionalmente de manera profunda con la obra. Como apunta Delon en su clásico estudio
          sobre la idea de energía, mientras que la imitación exacta de la naturaleza, modelo
          creativo por antonomasia, exige una recepción pasiva, la nueva estética implica al
          espectador en la escena representada, lo provoca, de modo que el efecto estético,
          inversamente proporcional a la descripción y a la claridad, supone un llamado al poder
          creativo que es la imaginación<xref ref-type="fn" rid="fn60">60</xref>.</p>
    <p>La imaginación es una facultad que se pone en juego especialmente en las
            <italic>esquisses</italic> y que no define solamente la estatura del genio sino también
          la del espectador, que se ve obligado a completar lo que en la tela apenas está sugerido.
          El buen espectador deviene, así, coautor de la obra, y termina de cerrar el círculo con el
          que se inició la creación: porque, en el origen, el genio creativo no es otra cosa que un
          espectador atento y sensible, un modelo ideal de espectador. Así, por ejemplo, a la idea
          de Helvétius de que la calidad de las ideas y de los cuadros no depende de la naturaleza
          del <italic>esprit</italic>, idéntica en todos los hombres, sino de “la especie de objetos
          que el azar graba en su memoria y del interés que tiene en combinarlos”<italic>,</italic>
          Diderot responde:</p>
    <disp-quote>
      <p>Entre diez mil personas que se habrán conmovido con las imágenes sonrientes de la
            primavera, apenas una sabrá hacer una descripción sublime, porque lo sublime, ya sea en
            la pintura, la poesía o la elocuencia, no siempre nace de la descripción exacta de los
            fenómenos, sino de la emoción que el espectador genio habrá experimentado, del arte con
            el que me comunicará el estremecimiento de su alma, de las comparaciones que utilizará,
            de la elección de sus expresiones, de la armonía que golpeará mi oído, de las ideas y
            sentimientos que sabrá despertar en mí<xref ref-type="fn" rid="fn61">61</xref>.</p>
    </disp-quote>
    <p>La obra sublime es producto de un don de comunicación, por supuesto (no todos pueden traducir
          el sentimiento en palabras o en pinceladas), pero es sobre todo la coronación del primer
          momento en que se revela la excepcionalidad del genio: el momento de la espectatorialidad,
          del impacto del objeto en las facultades del sujeto. Lo sublime no está tanto en el
          paisaje en sí ni en la técnica con que el artista da cuenta de él (aunque ambos factores
          son necesarios) sino en el modo en que el sujeto recibe, primordialmente, el impacto
          estético de ese paisaje. En el “Essai sur la peinture”, para argumentar en contra de la
          estética congelada de las Academias, Diderot se pregunta de dónde extrae Miguel Ángel sus
          ideas de composición, y sugiere que, más allá de sus conocimientos geométricos
          (académicos) lo hace de la experiencia cotidiana de su vida, no más particular en sus
          circunstancias cotidianas que cualquier otra vida. Luego integra al “homme sensible” y al
          genio como parte de un mismo <italic>ethos</italic>:</p>
    <disp-quote>
      <p>También puede haber gusto sin sensibilidad, al igual que sensibilidad sin gusto. La
            sensibilidad, cuando es extrema, ya no distingue; todo la conmueve indistintamente. Uno
            te dirá fríamente “¡Esto es bello!”; el otro se emocionará, se transportará, se
            embriagará (...), balbuceará, no encontrará expresiones que transmitan el estado de su
            alma. El más afortunado es, sin duda, este último. Ser el mejor juez es otra cosa. Los
            hombres fríos, severos y tranquilos observadores de la naturaleza, a menudo conocen
            mejor las cuerdas delicadas que hay que pulsar: hacen entusiastas, sin serlo ellos
            mismos (...). La razón rectifica a veces el juicio rápido de la sensibilidad (...). De
            ahí tantas producciones casi tan pronto olvidadas como aplaudidas; tantas otras, o
            inadvertidas o despreciadas, que reciben del tiempo, del progreso del espíritu y del
            arte, de una atención más serena, el tributo que merecían. <italic>De ahí la
              incertidumbre del éxito de toda obra de genio. Está sola. Sólo se aprecia al
              compararla directamente con la naturaleza. ¿Y quién sabe remontarse hasta ahí? Otro
              hombre de genio</italic><xref ref-type="fn" rid="fn62">62</xref>.</p>
    </disp-quote>
    <p>La extrema soledad de la obra de genio y la incerteza sobre el modo correcto de juzgarla
          derivan de la imposibilidad de comprender su sentido con la sola ayuda de la tradición y
          el conocimiento: el gusto (acumulativo, severo, tranquilo, razonable) alcanza su límite
          cuando se ve enfrentado a la originalidad radical. Si muchas veces el genio pasa
          desapercibido en su tiempo, esto ocurre porque sus trabajos, más dependientes de la
          sensibilidad propia que del gusto general, solo pueden ser juzgados provechosamente por
          otro hombre sensible: por otro genio.</p>
    <p>Lo que caracteriza al genio en primer lugar es, entonces, su capacidad de conmoverse
          instantáneamente y de reproducir ese sentimiento en quienes perciben luego su obra. El
          espectador no es ya un mero receptáculo pasivo de sensaciones que el artista le inocula:
          por el contrario, como apunta Delon, es invitado a otorgarle vida a la representación: “La
          invención y la recepción de la obra de arte requieren la intervención de la imaginación,
          cuya relación con la experiencia sensorial y la realidad vivida es problemática”<xref
            ref-type="fn" rid="fn63">63</xref>. La imaginación se convierte así en la facultad que
          gobierna la experiencia estética en el proceso de creación y en el de recepción; en tanto
          que resultado de una sensibilidad particular y de una imaginación libre, las
            <italic>esquisses</italic> ofrecen una posibilidad única para la experiencia estética:
          aquella en que genio y espectador colaboran para crear una nueva obra de arte que solo
          existe en la imaginación de ambos.</p>
    <p>El genio y el verdadero hombre de gusto, redefinido radicalmente por Diderot, entran así en
          una suerte de consonancia trascendental que los hermana. Las <italic>esquisses</italic> no
          son solamente pictóricas, sino que también tienen lugar en la literatura, como parece
          indicar al final de la nota dedicada a Hubert Robert en el <italic>Salón de
          1767</italic>:</p>
    <disp-quote>
      <p>El movimiento, la acción, la pasión misma se indican con algunos rasgos característicos, y
            mi imaginación hace el resto. Me inspira el soplo divino del artista. <italic>Agnosco,
              veteis vestigia flammae</italic>. Virg. Es una palabra que despierta en mí un gran
            pensamiento. En los arrebatos violentos de la pasión, el hombre suprime las
            conjunciones, comienza una frase sin terminarla, deja escapar una palabra, lanza un
            grito y se calla. Sin embargo, lo he oído todo. Es la <italic>esquisse</italic> de un
            discurso. La pasión solo hace <italic>esquisses</italic>. ¿Qué hace entonces un poeta
            que termina todo? Le da la espalda a la naturaleza<xref ref-type="fn" rid="fn64"
              >64</xref>.</p>
    </disp-quote>
    <p>Como ejemplo de poeta que le da la espalda a la naturaleza aparece Racine. No significa esto
          que, para Diderot, el autor de <italic>Bérenice</italic> sea reprochable ni que le falte
          capacidad poética; de hecho, como lo había hecho con Terencio, reconoce explícitamente el
          talento del autor. Pero lo que propone Diderot es una revolución radical en el modo en que
          una civilización debe determinar sus cánones artísticos. Si es cierto que Racine puede ser
          citado como el máximo ejemplo del arte dramático de una determinada época, también lo es
          que los criterios por los que se lo califica como tal parecen obsoletos: sometido a una
          “técnica tradicional a la cual el hombre de genio se conforma”, Racine no es juzgado de
          acuerdo a la naturaleza sino por el adecuado dominio de esa técnica. En tanto que
          exponente máximo del desarrollo progresivo de los <italic>modi scribendi</italic> que
          condujeron a la poesía y la dramaturgia clásica a su máximo esplendor, el autor de
            <italic>Phédre</italic> es difícilmente criticable. Ahora bien: si una sociedad valora
          eternamente el adecuado manejo de una <italic>techné</italic> como el factor central de
          enjuiciamiento estético, el resultado será necesariamente el progresivo estancamiento, la
          generalización de la copia y el alejamiento del arte de la naturaleza (y esto incluye, por
          ejemplo, el hecho de que los actores estén obligados a hablar en verso, como señala en sus
          escritos dramatúrgicos).</p>
    <p>En este escenario —que es, para Diderot, el de la Francia ilustrada heredera del absolutismo
            <italic>louisquatorzien</italic>—, el gran artista (el <italic>grand homme</italic>)
          será reconocido no por su capacidad de exhibir con contundencia lo real sino, por el
          contrario, por “conciliar la mentira con la verdad”. Sin trabas en el horizonte, esa
          estética de la mentira se perpetua como uno de los pilares del sistema dramático francés:
          el único modo de desviar ese camino aparentemente inexorable de alejamiento de lo natural
          es que aparezca “un <italic>philosophe</italic>, un poeta” que, enfrentándose al “todo
          está perdido” de “los críticos, los pequeños espíritus y los admiradores del tiempo
          pasado”, intente “conducir a sus contemporáneos a un mejor gusto”. No es difícil adivinar
          que quien asume la tarea profética de este <italic>philosophe</italic> poeta, hombre de
          gusto y genio al mismo tiempo, es el propio autor de los <italic>Salones</italic>.</p>
  </sec>
  <sec id="sec3.4">
    <title>3.4. Conclusión: el homme de goût como génie</title>
    <p>La redefinición del hombre de gusto que propone Diderot luego de todos sus ataques (a la
          Academia, a la Manière, a la pedantería,) no es, en el límite, más que la disolución de la
          figura del hombre de gustocrítico en una nueva figura: el hombre de gusto-genio.</p>
    <p>Esta idea se escenifica con fuerza en la reseña del <italic>Sacrificio de Carilhoe</italic>
          de Fragonard en el <italic>Salón de 1765</italic>. Reseña curiosa, por cierto, puesto que
          el <italic>philosophe</italic> se lamenta, desde el principio, por no haber podido ni
          siquiera darle un rápido vistazo a ese cuadro, que según comenta había causado sensación,
          aunque de manera efímera, entre el público. En lugar de describir y criticar el cuadro
          como lo hace habitualmente, Diderot opta, a lo largo de un diálogo ficticio con Grimm, por
          narrar una visión que se le presentó en sueños, y lo hace con tanto detalle y precisión
          que genera en su interlocutor la sensación de que “uno solo de vuestros sueños alcanzaría
          para una galería entera”.</p>
    <p>Lo notable, en este caso, no es el fabuloso poder evocatorio de la <italic>écfrasis</italic>
          diderotiana, tan importante en su pensamiento estético, sino que las imágenes oníricas que
          Diderot describe con palabras coinciden punto a punto con el cuadro completo de Fragonard
            <italic>que jamás vio</italic>: “Es el mismo templo, el mismo orden, los mismos
          personajes, la misma acción, los mismos caracteres, el mismo interés general, las mismas
          cualidades, los mismos defectos” y el instante elegido es, también, exactamente el mismo.
          El Diderot <italic>rêveur</italic> y el Fragonard <italic>peintre</italic> entran en una
          conexión metafísica, espiritual, inexplicable en términos racionales. Un Grimm sorprendido
          por las coincidencias entre <italic>philosophe</italic> y pintor cierra el diálogo
          despreciando los comentarios de los “jueces de gusto severo”que se concentran
          insidiosamente en las deficiencias técnicas sin percibir la potencia estética del cuadro y
          asegura que, así como Diderot “ha producido un bello sueño”, Fragonard “ha producido un
          bello cuadro”<xref ref-type="fn" rid="fn65">65</xref>.</p>
    <p>El diálogo entre Diderot y Grimm es clave para comprender la radicalidad del proyecto
          diderotiano. Conducido el razonamiento al extremo, la sensibilidad desbordante del
          espectador ideal, equiparable a la del genio, no necesitaría ni siquiera de la presencia
          física de la obra de arte para echar a funcionar su maquinaria imaginativa. Este nuevo
            <italic>homme de goût</italic> está infinitamente alejado tanto de aquel que se definía
          por su capacidad de adaptarse cómodamente a la sociedad <italic>mondaine</italic> como del
          crítico que aplica con rigor una serie de principios aprendidos a lo largo del tiempo a
          obras de arte particulares: es, por el contrario, quien logra, en el momento de la
          recepción, aproximarse tanto como sea posible al método de composición y a las sensaciones
          del artista genial. <italic>“</italic>Un solo rasgo, un gran rasgo, y dejar el resto a mi
          imaginación; ese es el verdadero gusto, ese es el gran gusto”, dice Diderot en el
            <italic>Salón de 1767</italic>.</p>
    <p>La <italic>esquisse</italic> revela, al mismo tiempo, el talento del genio y el del hombre de
          gusto, en tanto revaloriza el modo en que funciona la imaginación de ambos personajes: el
          genio es genio porque es hombre de gusto y el hombre de gusto es hombre de gusto, porque
          es genio. Entre ambos difícilmente pueda haber una relación agonística: bien comprendidos
          son, en verdad, anverso y reverso de una misma moneda.</p>
  </sec>
</sec>
</body>
<back>
<fn-group>
  <fn id="fn1">
    <label>1</label><p>Olsevicki, Nicolás. “Shakespeare en Diderot. Una crítica del gusto neoclásico”. <italic>Thélème.
            Revista Complutense de Estudios Franceses</italic>, 32(1), 71-84</p>
  </fn>
  <fn id="fn2">
    <label>2</label><p>Puede revisarse, en este punto, el clásico libro de Naves sobre el gusto de Voltaire: Naves,
          Raymond. <italic>Le goût de Voltaire</italic>. Géneve: Slatkine, 1938.</p>
  </fn>
  <fn id="fn3">
    <label>3</label><p>Russo, Elena. <italic>Styles of enlightenment</italic>. Baltimore: John Hopkins University Press,
          2007, p.13. Salvo que se indique lo contrario, todas las traducciones de textos en otros
          idiomas son nuestras.</p>
  </fn>
  <fn id="fn4">
    <label>4</label><p>Dieckmann, Herbert. “Diderot’s Conception of Genius.” <italic>Journal of the History of
            Ideas</italic> 2, no. 2 (1941): 151-182.</p>
  </fn>
  <fn id="fn5">
    <label>5</label><p>Cabe señalar el esfuerzo reconstructivo realizado por Esteban Ponce, “Diderot, el genio y la
          bestia”. En Luciana Martínez y Esteban Ponce. <italic>El genio en el siglo XVIII</italic>.
          Barcelona: Herder Editorial, 2022. La imposibilidad de definir al genio es, en verdad, un
          lugar común de la época. En el artículo “Génie” de su <italic>Dictionnaire de
            Musique</italic>, Rousseau advertía: “No busques más, joven artista, lo que es el genio.
          Si lo tienes, lo sentirás en ti mismo; si no lo tienes, no lo conocerás jamás”. De acuerdo
          con el autor del <italic>Contrat Social</italic>, el genio no se define ni se explica
          causalmente: se siente. Así y todo, en el artículo “Compositeur”, recurriendo a los
          primeros versos del <italic>Art poétique</italic> de Boileau, ensaya una definición que
          recupera la tradición platónica: distingue al genio de “ese gusto bizarro y caprichoso que
          siembra por todos lados lo barroco y lo difícil” y lo define, por el contrario, como “ese
          fuego interior que quema y que atormenta al compositor a pesar de sí mismo”.</p>
  </fn>
  <fn id="fn6">
    <label>6</label><p>Olszevicki, Nicolás. “El concepto de genio en la Francia preilustrada”. En Martínez, Luciana y
          Ponce, Esteban. <italic>El genio en el siglo XVIII</italic>. Barcelona: Herder, 2022.</p>
  </fn>
  <fn id="fn7">
    <label>7</label><p>Etiénne Bonnot de Condillac. <italic>Essai sur l’origine des connaissances humaines</italic>.
          Paris: Mortier, 1746, p.202.</p>
  </fn>
  <fn id="fn8">
    <label>8</label><p>Ibid, p.207.</p>
  </fn>
  <fn id="fn9">
    <label>9</label><p>Hélvetius. <italic>De l´esprit</italic>. Paris:
    Durand, 1758.</p>
  </fn>
  <fn id="fn10">
    <label>10</label><p>Hélvetius. <italic>De l´homme</italic>. Londres:
    Societé Typographique, 1773</p>
  </fn>
  <fn id="fn11">
    <label>11</label><p>Ibid, p.157.</p>
  </fn>
  <fn id="fn12">
    <label>12</label><p>Ibid, p.6.</p>
  </fn>
  <fn id="fn13">
    <label>13</label><p>Ibid, p.51.</p>
  </fn>
  <fn id="fn14">
    <label>14</label><p><italic>De l´esprit</italic>, p.479.</p>
  </fn>
  <fn id="fn15">
    <label>15</label><p>Voltaire, <italic>Questions sur
    l’Encyclopédie</italic>. Vol.6. Geneve: Cramer, 1771, p.254.</p>
  </fn>
  <fn id="fn16">
    <label>16</label><p>Ibid, p.255.</p>
  </fn>
  <fn id="fn17">
    <label>17</label><p>Ibid., p.257.</p>
  </fn>
  <fn id="fn18">
    <label>18</label><p>Ibid.</p>
  </fn>
  <fn id="fn19">
    <label>19</label><p>Ibid.</p>
  </fn>
  <fn id="fn20">
    <label>20</label><p>Voltaire, <italic>Dictionnaire
    philosophique</italic>. Paris: Garnier Frères, 1878, p.552.</p>
  </fn>
  <fn id="fn21">
    <label>21</label><p>Ibid, p.554.</p>
  </fn>
  <fn id="fn22">
    <label>22</label><p>Becq, Annie. <italic>Genèse de l’esthétique française moderne</italic>. Paris: Albin Michel,
          1994, p.701.</p>
  </fn>
  <fn id="fn23">
    <label>23</label><p>Diderot, Denis. <italic>Œuvres complètes</italic>, Vol.II. París: Garnier Frères, 1875-1877,
          p.277.</p>
  </fn>
  <fn id="fn24">
    <label>24</label><p>Ibid, p.330.</p>
  </fn>
  <fn id="fn25">
    <label>25</label><p>Ibid, p.331.</p>
  </fn>
  <fn id="fn26">
    <label>26</label><p>Ibid.,p.290.</p>
  </fn>
  <fn id="fn27">
    <label>27</label><p>Ibid., p.297.</p>
  </fn>
  <fn id="fn28">
    <label>28</label><p>Poulet, Georges. <italic>Études sur le temps
    humain I</italic>. Paris : Plon, 1950, p.25.</p>
  </fn>
  <fn id="fn29">
    <label>29</label><p>Kavanagh, Tom. <italic>Esthetics of the Moment:
    Literature and Art in the French Enlightenment</italic>.
    Philadelphia: University of Penns-</p>
    <p>ylvania Press, 1996, 20-22.</p>
  </fn>
  <fn id="fn30">
    <label>30</label><p>Diderot, Denis. <italic>Oeuvres
    complètes</italic>. Tome IV. Paris: Garnier, 1875, p.26.</p>
  </fn>
  <fn id="fn31">
    <label>31</label><p>Ibid., p.27.</p>
  </fn>
  <fn id="fn32">
    <label>32</label><p>Utilizamos las versiones disponibles en <ext-link ext-link-type="uri"
            xlink:href="https://encyclopedie.uchicago.edu/"
              ><underline>https://encyclopedie.</underline></ext-link>
          <ext-link ext-link-type="uri" xlink:href="https://encyclopedie.uchicago.edu/"
              ><underline>uchicago.edu/</underline></ext-link>, página del extraordinario proyecto
          ARTFL Encyclopédie de la Universidad de Chicago.</p>
  </fn>
  <fn id="fn33">
    <label>33</label><p><ext-link ext-link-type="uri"
            xlink:href="https://artflsrv04.uchicago.edu/philologic4.7/encyclopedie0922/navigate/5/1220?byte=3049058"
            >https://artflsrv04.uchicago.edu/philologic4.7/encyclope-</ext-link>
          <ext-link ext-link-type="uri"
            xlink:href="https://artflsrv04.uchicago.edu/philologic4.7/encyclopedie0922/navigate/5/1220?byte=3049058"
              ><underline>die0922/navigate/5/1220?byte=3049058</underline></ext-link>, acceso el 6
          de junio de 2024.</p>
  </fn>
  <fn id="fn34">
    <label>34</label><p>Diderot, Denis. <italic>Oeuvres
    complètes</italic>. Tome I. Paris: Garnier, 1875, p.439.</p>
  </fn>
  <fn id="fn35">
    <label>35</label><p>Proust, Jacques. <italic>L objet et le texte.
    Pour un poétique de la prose française du XVIII siècle</italic>.
    Géneve: Droz, 1980, p.31.</p>
  </fn>
  <fn id="fn36">
    <label>36</label><p>Diderot, Denis. <italic>Oeuvres
    complètes</italic>. Tome IV. Paris: Garnier, 1875, p.363.</p>
  </fn>
  <fn id="fn37">
    <label>37</label><p>Diderot, Denis. <italic>Oeuvres
    complètes</italic>. Tome XI. Paris: Garnier, 1875, p.142.</p>
  </fn>
  <fn id="fn38">
    <label>38</label><p>Ibid., p.39.</p>
  </fn>
  <fn id="fn39">
    <label>39</label><p><ext-link ext-link-type="uri"
            xlink:href="https://artflsrv04.uchicago.edu/philologic4.7/encyclopedie0922/navigate/17/475?byte=1812722"
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              ><underline>die0922/navigate/17/475?byte=1812722</underline></ext-link>, acceso el 6
          de junio de 2024.</p>
  </fn>
  <fn id="fn40">
    <label>40</label><p>Ibid.</p>
  </fn>
  <fn id="fn41">
    <label>41</label><p>Diderot, Denis. <italic>Oeuvres
    complètes</italic>. Tome V. Paris: Garnier, 1875, p.234.</p>
  </fn>
  <fn id="fn42">
    <label>42</label><p>Ibid.</p>
  </fn>
  <fn id="fn43">
    <label>43</label><p>Ibid.</p>
  </fn>
  <fn id="fn44">
    <label>44</label><p>Ibid.</p>
  </fn>
  <fn id="fn45">
    <label>45</label><p>A tal punto que frecuentemente se le ha mal atribuido a él. Dieckmann, Herbert. “Diderot’s
          Conception of Genius.” <italic>Journal of the History of Ideas</italic> 2, no. 2 (1941):
          151-182.</p>
  </fn>
  <fn id="fn46">
    <label>46</label><p><ext-link ext-link-type="uri"
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              ><underline>die0922/navigate/7/1898?byte=6279487</underline></ext-link>, acceso el 6
          de junio de 2024.</p>
  </fn>
  <fn id="fn47">
    <label>47</label><p>Diderot, Denis. <italic>Oeuvres
    complètes</italic>. Tome X. Paris: Garnier, 1875, p.109-110.</p>
  </fn>
  <fn id="fn48">
    <label>48</label><p>De hecho, como ha reconocido Martin-Haag, a partir de una aguda lectura de la <italic>Lettre a
            Falconet</italic>, Diderot inventa una novedosa filosofía de la historia que se sostiene
          sobre un “culto a los hombres ilustres y los genios” (438). A la historia tradicional,
          continuista, construida en base al encadenamiento de eventos a lo largo del tiempo,
          Diderot le opone una “historia ideal de genios”. Martin-Haag, Éliane. “Le «génie» de
          Diderot, ou de l’indistinction première de l’esthétique et de l’histoire.”
            <italic>Dix-Huitième Siècle</italic> 26 (1994): 435-452.</p>
  </fn>
  <fn id="fn49">
    <label>49</label><p>De Piles, Roger. <italic>Conversations sur la
    connaissance de la peinture</italic>. Paris: N. Langlois, 1677,
    p.70.</p>
  </fn>
  <fn id="fn50">
    <label>50</label><p>May, Gita. «Diderot et Roger de Piles».
    <italic>PMLA</italic>, Vol. 85, No. 3, p.452.</p>
  </fn>
  <fn id="fn51">
    <label>51</label><p>De Piles, Roger. <italic>L idée du peintre parfait</italic>. Amsterdam: Honoré, 1736, p.51.</p>
  </fn>
  <fn id="fn52">
    <label>52</label><p>Ibid, p.52.</p>
  </fn>
  <fn id="fn53">
    <label>53</label><p>Ibid.</p>
  </fn>
  <fn id="fn54">
    <label>54</label><p>Ibid, p.53-54.</p>
  </fn>
  <fn id="fn55">
    <label>55</label><p>Guichard, Charlotte. <italic>Les amateurs d’art
    à Paris au XVIIIe siècle</italic>. Seyssel : Champ Vallon, 2008,
    p.151.</p>
  </fn>
  <fn id="fn56">
    <label>56</label><p>May, “Diderot et Roger de Piles”.</p>
  </fn>
  <fn id="fn57">
    <label>57</label><p><ext-link ext-link-type="uri"
            xlink:href="https://artflsrv04.uchicago.edu/philologic4.7/encyclopedie0922/navigate/5/3493"
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              ><underline>die0922/navigate/5/3493</underline></ext-link>, acceso el 6 de junio de
          2024.</p>
  </fn>
  <fn id="fn58">
    <label>58</label><p>Diderot, Denis. <italic>Oeuvres
    complètes</italic>. Tome X. Paris: Garnier, 1875, p.351.</p>
  </fn>
  <fn id="fn59">
    <label>59</label><p>Diderot, Denis. <italic>Oeuvres
    complètes</italic>. Tome XI. Paris: Garnier, 1875, p.322.</p>
  </fn>
  <fn id="fn60">
    <label>60</label><p>Delon, Michel. <italic>L’idée d’énergie au
    tournant des Lumières</italic> (1770-1820). Paris: PUF, 1988.</p>
  </fn>
  <fn id="fn61">
    <label>61</label><p>Diderot, Denis. <italic>Oeuvres
    complètes</italic>. Tome II. Paris: Garnier, 1875, p.330.</p>
  </fn>
  <fn id="fn62">
    <label>62</label><p>Diderot, Denis. <italic>Oeuvres
    complètes</italic>. Tome X. Paris: Garnier, 1875, p.528. Las
    bastardillas son nuestras.</p>
  </fn>
  <fn id="fn63">
    <label>63</label><p>Delon, Michel. «Carte blanche a l imagination.
    Diderot et l affirmation de l imagination creatrice». <italic>Revue
    d’histoire littéraire de la France</italic>, Vol.111, No2, 2011,
    p.285.</p>
  </fn>
  <fn id="fn64">
    <label>64</label><p>Diderot, Denis. <italic>Oeuvres
    complètes</italic>. Tome XI. Paris: Garnier, 1875, p.254.</p>
  </fn>
  <fn id="fn65">
    <label>65</label><p>Diderot, Denis. <italic>Oeuvres
        complètes</italic>. Tome XI. Paris: Garnier, 1875, p.406-407.</p>
  </fn>
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          <source>Questions sur l'Encyclopédie</source>
          <volume>6</volume>
          <publisher-loc>Genève</publisher-loc>
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