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      <journal-id journal-id-type="publisher-id">ASHF</journal-id>
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        <journal-title specific-use="original" xml:lang="es">Anales del Seminario de Historia de la Filosofía</journal-title>
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      <issn publication-format="electronic">1988-2564</issn>
      <issn-l>0211-2337</issn-l>
      <publisher>
        <publisher-name>Ediciones Complutense</publisher-name>
        <publisher-loc>España</publisher-loc>
      </publisher>
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      <article-id pub-id-type="doi">10.5209/ashf.96122</article-id>
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        <subj-group subj-group-type="heading">
          <subject>ESTUDIOS</subject>
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        <article-title>La ideología deportiva del cuidado de sí. Las características neoliberales del proyecto tardío de Michel Foucault</article-title>
        <trans-title-group xml:lang="en">
          <trans-title>The sports ideology of self-care. The neoliberal characteristics of Michel Foucault’s late project</trans-title>
        </trans-title-group>
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      <contrib-group>
        <contrib contrib-type="author" corresp="yes">
          <contrib-id contrib-id-type="orcid">https://orcid.org/0000-0002-1211-7906</contrib-id>
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            <surname>Chaves González</surname>
            <given-names>Julián</given-names>
          </name>
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          <xref ref-type="corresp" rid="cor1"/>
        </contrib>
        <aff id="aff-a"><institution content-type="original">Universidad Complutense de Madrid</institution>
          <country country="ES">España</country>
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        <corresp id="cor1">Julián Chaves González<email>juchaves@ucm.es</email></corresp>
      </author-notes>
      <pub-date pub-type="epub" publication-format="electronic" iso-8601-date="2025-06-06">
        <day>06</day>
        <month>06</month>
        <year>2025</year>
      </pub-date>
      <volume>42</volume>
      <issue>2</issue>
      <fpage>445</fpage>
      <lpage>459</lpage>
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        <copyright-statement>Copyright © 2025, Universidad Complutense de
          Madrid</copyright-statement>
        <copyright-year>2025</copyright-year>
        <copyright-holder>Universidad Complutense de Madrid</copyright-holder>
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          <license-p>Esta obra está bajo una licencia <ext-link ext-link-type="uri"
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      <abstract>
        <p>Este trabajo se propone indagar el vínculo entre el proyecto foucaultiano de una estética de
          la existencia y la ideología neoliberal con el fin de revisar la validez crítica del primero bajo la vigencia
          de la segunda. Para ello, se investigan los rasgos principales del cuidado de sí en los estudios tardíos
          de Foucault y se los compara con los elementos competitivos de la ética de la empresa, el deporte y la
          guerra; principalmente a través de la obra de Rafael Sánchez Ferlosio. Como resultado de la investigación,
          se concluye que la propuesta de Foucault contiene algunos elementos propios de una ideología bélicodeportiva
          que puede identificarse como neoliberal o de sentido común hegemónico.</p>
      </abstract>
      <trans-abstract xml:lang="en">
        <p>This paper sets out to investigate the link between the Foucauldian project of an aesthetics of
          existence and neoliberal ideology in order to review the critical validity of the former in the context of the
          latter. To this end, the main features of self-care in Foucault’s late studies are investigated and compared with
          the competitive elements of the ethics of business, sport and war, mainly through the work of Rafael Sánchez
          Ferlosio. As a result of the research, it is concluded that Foucault’s proposal contains some elements of a
          war-sport ideology that can be identified as neoliberal or hegemonic common sense.</p>
      </trans-abstract>
      <kwd-group>
        <kwd>Foucault</kwd>
        <kwd>cuidado de sí</kwd>
        <kwd>deporte</kwd>
        <kwd>neoliberalismo</kwd>
        <kwd>Ferlosio</kwd>
      </kwd-group>
      <kwd-group xml:lang="en">
        <kwd>Foucault</kwd>
        <kwd>self-care</kwd>
        <kwd>sport</kwd>
        <kwd>neoliberalism</kwd>
        <kwd>Ferlosio</kwd>
      </kwd-group>
    </article-meta>
  </front>
<body>
<sec id="sec1">
  <title>1. Introducción. El comodín de la ideología</title>
  <p>Conforme a la quizá no tan vieja creencia de que a todo problema le corresponde una solución,
        es costumbre del ensayo contemporáneo, sobre todo bajo la influencia de su vertiente
        anglosajona o divulgativa, ofrecer algunas recomendaciones constructivas al final de los
        libros con el fin optimista de no darlo todo por perdido, o al menos de ofrecer algo más que
        una crítica de las cosas. En el caso de los textos críticos con el neoliberalismo, los
        consejos que se dan al lector para que intente escapar de la ideología empresarial vigente
        constituyen ya un tópico conocido como el «cuidado de sí», o la «estética de la existencia»
        de acuerdo con los últimos textos de Foucault, aunque ha recibido también los nombres de
        «práctica alternativa de subjetivación», «contra-conducta» o, en fin, «resistencia».
        Christian Laval y Pierre Dardot, autores del libro más citado en los estudios del
        neoliberalismo, concluyen su análisis llamando a la práctica de las contraconductas con el
        fin de que los sujetos se desarrollen a sí mismos contra la sujeción neoliberal;<xref
          ref-type="fn" rid="fn1">1</xref> del mismo modo, Elettra Stimilli se hace eco de la
        estética de la existencia como posibilidad de liberación ideológica justo en los párrafos
        finales de <italic>La deuda del viviente.</italic><xref ref-type="fn" rid="fn2">2</xref>
        Pero, como advirtió Rafael Sánchez Ferlosio, cuya obra también aparecerá en las páginas que
        siguen, «lo más sospechoso de las soluciones es que se las encuentra siempre que se
          quiere».<xref ref-type="fn" rid="fn3">3</xref></p>
  <p>Quizá ocurra algo semejante con la propuesta foucaultiana que aparece al final de los libros
        como una solución al problema de la ideología neoliberal, puesto que siempre lo hace tan
        perfectamente que incluso puede adoptarse a través de los mismos medios por los que se
        reproduce el sentido común —las prácticas de subjetivación coinciden con el cuidado de uno
        mismo— y, además, no parece necesitar de mayores explicaciones, ya sea por su carácter de
        propuesta, y por tanto de tentativa, o por la evidencia de su potencialidad crítica. Ahora
        bien, bajo esa evidencia inexplicada, el cuidado de sí quizá haga las funciones de un
        comodín contra la ideología neoliberal, un comodín del que se echa mano allí donde parecía
        no haber salida de la ideología.<xref ref-type="fn" rid="fn4">4</xref> Así las cosas, se nos
        impone sospechar de esta carta de la crítica que, en su presunta validez total o
        incondicionada, también podría llegar a disimular como un tabú cualquiera de sus
        asimilaciones ideológicas. Incluso habría que llamarse a cuidado de que el comodín contra la
        ideología no acabara siendo precisamente aquel que guarda bajo la manga la propia ideología
        para abrir una puerta falsa o dibujar un fascinante espejismo, en la medida en que ambos
        pudieran compartir algunas íntimas creencias.<xref ref-type="fn" rid="fn5">5</xref> Por
        ello, se impone revisar la propuesta foucaultiana de la estética de la existencia con el fin
        de averiguar su potencialidad crítica, o más modestamente, su lugar respecto a la ideología
        neoliberal.</p>
  <p>Con el fin de simplificar el análisis, nos reduciremos a estudiar una institución central tanto
        en el capitalismo contemporáneo como en los estudios de Foucault: el deporte. Como veremos
        en lo que sigue, tanto las investigaciones foucaultianas sobre la inquietud de sí como las
        críticas más contemporáneas del neoliberalismo se han ocupado de lo deportivo —también de lo
        bélico, lo competitivo o lo agonal— de manera insistente y, aunque quizá no del todo
        central, como un elemento a tener en cuenta para entender de qué forma se pone en juego la
        subjetividad en ambos casos. Para la hipótesis de partida, proponemos este punto en común
        como interrogante para el problema crítico del cuidado; primero, revisaremos los elementos
        deportivos de las éticas griegas en las interpretaciones de Foucault y, después,
        compararemos lo obtenido con las críticas de la ideología neoliberal. También nos
        permitiremos un breve umbral que enlace ambas secciones del trabajo y que muestre los nexos
        de todos los rasgos deportivos que Foucault encuentra en el cuidado griego de sí; lo haremos
        con un interesante puñado de páginas de Hegel. Cerraremos con las conclusiones que puedan
        sacarse.</p>
</sec>
<sec id="sec2">
  <title>2. El cuidado como deporte. Lecturas de Foucault</title>
  <p>La definición de la estética de la existencia es ya imposible. Hay dos motivos para su
        imposibilidad: primero y como se sabe, no estamos seguros de que fuera a existir alguna vez
        una propuesta como esa, pues no pasó de ser una tentativa, una hipótesis, o a lo sumo, una
        categoría hermenéutica, la del cuidado, para la lectura de los textos clásicos; segundo, la
        propuesta en cuestión se ha reconstruido tanto y tan acabadamente que, como las filosofías
        más populares, ha sido reducida a una serie de claves básicas que no suelen ponerse en
        discusión y que articulan la lectura del último Foucault bajo algunos consensos teóricos,
        por lo que una definición del cuidado como una tesis propositiva seguramente no alcanzaría
        ya más que una redundancia.</p>
  <p>Las tesis éticas de Foucault sobre el arte de vivir se han colegido normalmente de sus últimos
        estudios sobre las formas de vida en la Antigüedad. Las similitudes entre los textos más
        constructivos, como «¿Qué es la Ilustración?»<xref ref-type="fn" rid="fn6">6</xref> o «¿Qué
        es la crítica?»<xref ref-type="fn" rid="fn7">7</xref>, y los tres últimos cursos del Colegio
        de Francia o los volúmenes II y III de la <italic>Historia de la sexualidad</italic> —todos
        ellos de la misma última etapa de los ochenta— no son pocas y, en efecto, apuntan a que la
        intención de construir una propuesta ético-política podría haber sido ambiciosa. Para su
        reconstrucción o quizá su construcción póstuma, la vía de investigación más común ha sido
        trabajar con esas similitudes y ofrecer entre todas ellas una ética más o menos acabada con
        cinco características fundamentales: <italic>i)</italic> la vida como obra de arte;
          <italic>ii)</italic> la vida como filosofía o una forma de vida filosófica;
          <italic>iii)</italic> la resistencia frente a las relaciones de poder;
          <italic>iv)</italic> el cuidado del cuerpo o el placer; y <italic>v)</italic> el cuidado
        de los otros.<xref ref-type="fn" rid="fn8">8</xref> También se ha podido contar con el apoyo
        de los propios testimonios de Foucault en diversas entrevistas de los años ochenta,<xref
          ref-type="fn" rid="fn9">9</xref> que señalaban el objetivo de construir una ética a partir
        de los estudios sobre la Antigüedad. No obstante, también en esas entrevistas Foucault elude
        o intenta no contestar directamente las preguntas relacionadas con esa posibilidad de su
        trabajo reciente,<xref ref-type="fn" rid="fn10">10</xref> y, cuando lo hace, llama a la
        prudencia.</p>
  <p>Una de esas respuestas por fuerza nos tiene que resultar sorprendente. A la pregunta de «Un
        estilo de existencia, eso es admirable. ¿Y usted ha encontrado admirables a esos griegos?»,
        Foucault responde con un lacónico «No». Se puede notar en el texto la perplejidad de los
        entrevistadores, que insisten: «¿Ni ejemplares ni admirables?», y Foucault, de nuevo, dice
        tan sólo: «No». La perplejidad se salva con una pregunta abierta: «¿Cómo los ha
        encontrado?», y Foucault argumenta lo siguiente:</p>
  <disp-quote>
    <p>«No muy perfectos. Chocaron enseguida contra lo que me parece ser el punto de contradicción
          de la moral antigua: entre, por una parte, esa búsqueda obstinada de cierto estilo de
          existencia y, por otra, el esfuerzo de hacerla común a todos, estilo que vincularon sin
          duda más o menos oscuramente con Séneca y Epicteto, pero que no encontró la posibilidad de
          investirse más que dentro de un estilo religioso. Toda la Antigüedad me parece que ha sido
          “un profundo error”».<xref ref-type="fn" rid="fn11">11</xref></p>
  </disp-quote>
  <p>Enseguida se cambia de tema, pero apenas dos o tres preguntas después, los entrevistadores
        vuelven sobre lo mismo y plantean la posible equivalencia de las prácticas de sí griegas y
        modernas. Foucault responde entonces que «de lo que se trata es de hacer aparecer la
        proximidad y la diferencia y, a través de su juego, mostrar cómo el mismo consejo dado por
        la moral antigua puede jugar de modo diferente en un estilo de moral contemporánea».<xref
          ref-type="fn" rid="fn12">12</xref></p>
  <p>Todo lo anterior es síntoma de que la ética del cuidado admite distintas lecturas cuando se
        desprende de los estudios sobre la Antigüedad. No basta con asumir las éticas helenísticas
        bajo el concepto de la estética de la existencia, sino que ha de verse qué elementos de
        aquellas caben o pueden caber en esta. No será objeto de este trabajo proponer una
        definición definitiva del cuidado foucaultiano, pues no otra cosa se conseguiría que la
        redundancia antedicha, ni tampoco ofrecer otra característica más que se sume a las más
        arriba referidas; más bien, lo que intentaremos en lo que sigue será tan sólo hacer notar la
        importancia de los elementos deportivos en los diversos comentarios que Foucault hizo de las
        éticas griegas. Más abajo, nos encargaremos de la tarea que exige el propio Foucault y
        veremos cómo esas éticas pueden corresponderse con las formas contemporáneas de vida.</p>
  <p>A ningún lector de Foucault le resultará extravagante que pueda hablarse del deporte cuando
        hablamos del cuidado, pero quizá sí excesivo, extraño o demasiado accesorio como para ser
        tenido en cuenta. Es fácil encontrar en los textos foucaultianos numerosos comentarios
        relacionados con el ejercicio físico o el juego competitivo, aunque sus comentaristas no les
        han concedido mucha importancia a la hora de definir el cuidado. Allí donde esos pasajes han
        sido considerados, no se ha pasado de la paráfrasis y la explicación de lo dicho por
        Foucault, sin concederles mayor relevancia.<xref ref-type="fn" rid="fn13">13</xref> Sin
        embargo, que lo deportivo está muy presente en la propuesta del cuidado de sí lo certifica
        el hecho de que se hayan producido algunos trabajos que, si bien ninguno de mucho
          interés,<xref ref-type="fn" rid="fn14">14</xref> en esa clave llegan a reflexionar sobre
        el desplazamiento de algunos rasgos de las éticas griegas hacia los ejercicios físicos
          contemporáneos.<xref ref-type="fn" rid="fn15">15</xref> Aunque pueden encontrarse algunas
        visiones prudentes que señalan sus peligros ideológicos,<xref ref-type="fn" rid="fn16"
          >16</xref> en general se encargan de utilizar las herramientas foucaultianas para
        reflexionar sobre conductas deportivas que avancen el proyecto de la estética de la
        existencia en nuestros días.</p>
  <p>Sea como fuere, lo cierto es que el deporte está muy presente en los estudios foucaultianos
        sobre la inquietud de sí. En las últimas clases del curso conocido como <italic>La
          hermenéutica del sujeto</italic>, Foucault se hace cargo de la ascética estoica. De sobra
        se sabe que el término «ascética» recorre todos los textos del Foucault tardío y, si se
        tuviera que dar sobre él una rápida explicación, se podría decir que define el carácter
        activo y dinámico del cuidado bajo la traducción de <italic>askesis</italic> como
        «ejercicio», «práctica», «entrenamiento»<xref ref-type="fn" rid="fn17">17</xref> o incluso
          «desafío».<xref ref-type="fn" rid="fn18">18</xref> Que Foucault pretende señalar
        destacadamente la parte activa de la <italic>askesis</italic> lo deja claro cuando renuncia
        a los términos de «ascesis» o de «ascetismo» por sus connotaciones históricas y defiende el
        uso de «ascética» como «el conjunto más o menos coordinado de ejercicios que son accesibles,
        recomendados e incluso obligatorios o, en todo caso, utilizables por los individuos en un
        sistema moral, filosófico y religioso, a fin de alcanzar un objetivo espiritual definido.
        Entiendo por “objetivo espiritual” cierta mutación, cierta transfiguración de sí mismo en
        cuanto sujeto».<xref ref-type="fn" rid="fn19">19</xref></p>
  <p>El concepto de «ascética» articula en esas páginas la aproximación al «arte de vivir» estoico,
        que se distingue por ser una técnica (una <italic>tekhne</italic>), no un conjunto de
        reglas, y que se desarrolla bajo dos formas de vida o dos formas de ser sujeto,
          <italic>meletan</italic> y <italic>gymnazein</italic>. Ambos términos remiten a la
        definición citada de la ascética: mientras que <italic>meletan</italic> se traduce al latín
        por <italic>meditari</italic> y señala el ejercicio activo del pensamiento con que un
        individuo se prepara para algo que pronto deberá hacer, el término
          <italic>gymnazein</italic> alude al «hecho de hacer gimnasia para sí mismo, [y] significa
        propiamente “ejercitarse”, “entrenarse”, [...] se relaciona, me parece, <italic>mucho
          más</italic> [cursiva propia] con una práctica en situación real.
          <italic>Gymnazein</italic>, en efecto, es estar en presencia de una situación [...] en la
        cual [uno] pone a prueba lo que hace».<xref ref-type="fn" rid="fn20">20</xref> Nótese que
        Foucault concede con ese «mucho más»<xref ref-type="fn" rid="fn21">21</xref> una importancia
        mayor a la parte deportiva del cuidado estoico, de la que además se ocupa primero («por
        [unas] cuantas razones que les resultarán manifiestas, espero»<xref ref-type="fn" rid="fn22"
          >22</xref>) y mayormente en estas sesiones finales del curso.</p>
  <p>El concepto tardoantiguo de <italic>gymnazein</italic> abarca una especie de desafío ascético
        que consiste en sobreponerse con la suficiente astucia a una dificultad provocada o
        sobrevenida: «estamos en el orden de la práctica prescrita que tiene, sin duda, sus reglas y
        su juego: hay una tecnicidad real; pero, reiterémoslo, estamos también en un espacio de
        libertad en el que cada uno improvisa un poco en función de sus exigencias, de sus
        necesidades y de la situación».<xref ref-type="fn" rid="fn23">23</xref> De forma concreta,
        esta forma de vida se desarrolla en el régimen de abstinencias bajo el cual los individuos
        someten a sus cuerpos a prácticas de pobreza respecto a la comida, el frío, el calor o el
        sueño; por otra parte, Foucault distingue las «pruebas» estoicas como despliegue práctico y
        positivo de la ascética, aunque bajo esta especie de retos o desafíos también puedan
        asimilarse las abstinencias. De hecho, cuando se ocupa de recordar las justificaciones de
        estas últimas según Musonio, Foucault menciona los objetivos que comparte con la gimnasia
        platónica, la <italic>andreia</italic> y la <italic>sophrosyne</italic>.<xref ref-type="fn"
          rid="fn24">24</xref> Asimismo, también la lucha con los placeres se efectúa como un
        deportista que trata de medirse consigo mismo y para la cual se necesita entrenamiento,
        ejercicio, en definitiva, <italic>askesis</italic>.<xref ref-type="fn" rid="fn25"
        >25</xref></p>
  <p>No obstante, pese lo evidentemente deportivo de la abstinencia, con la distinción entre
        abstinencia y prueba se quiere destacar el carácter positivo de esta última, en tanto que
        implica una «interrogación de sí mismo sobre sí mismo» con la que se trata de «saber de qué
        es uno capaz, si es capaz de hacer tal o cual cosa y hasta el final». Foucault sostiene que
        la prueba consiste, «en el fondo, ENG saber qué somos»; de ahí que para los estoicos sea
        preciso «que la vida entera se convierta en una prueba».<xref ref-type="fn" rid="fn26"
          >26</xref> Estas pruebas consisten, como ha señalado Foucault en distintos lugares, en «la
        adquisición de una virtud y medir el punto a que se ha llegado»,<xref ref-type="fn"
          rid="fn27">27</xref> o sea, sirven para calcular el progreso ético, por así decir. No
        obstante, la prueba tiene más que ver con aquella demostración de capacidad que con algún
        conjunto de virtudes, ya que no parece privilegiar algunas virtudes sobre otras, o al menos,
        Foucault no le concede importancia a qué virtudes concretas alcanza la ética estoica: se
        trata más de medir la virtud que de adquirirla o abandonarla.</p>
  <p>Por ello, la prueba se caracteriza sobre todo por la virtud, si se quiere, de la capacidad de
        superación de las pruebas mismas. La principal consecuencia de adoptar la prueba como forma
        de vida es que continuamente se produce una «transfiguración»<xref ref-type="fn" rid="fn28"
          >28</xref> en la que los males se convierten en bienes en la medida en que son
        aprovechados para la «preparación» o la «formación» del individuo; con ello, el estoicismo
        propone una forma de vivir que pretende sacar rédito del sufrimiento en el momento en que se
        tiene que actuar y se hace de forma entrenada, preparada, o en este mismo momento de la
        prueba en que el individuo se interroga a sí mismo y se comprende, sabe quién es. Ahora
        bien, preparación, ¿para qué?, se pregunta Foucault sin alcanzar una respuesta muy
          satisfactoria,<xref ref-type="fn" rid="fn29">29</xref> ya que los estoicos no se
        preocuparon demasiado de la finalidad de los ejercicios, hasta el punto de que la forma de
        vida que despliega la vida como prueba parece bastarse a sí misma en su práctica, o sea,
        que, de nuevo, la ascética deportiva no concede tanta importancia al contenido de su acción
        como a su forma. Sea como fuere, en base a este rasgo fundamental de la gestión beneficiosa
        del sufrimiento, Foucault puede discernir que esta «benevolencia protectora» de la prueba
        estoica constituye la diferencia con la ética trágica u homérica, cuya prueba es el pulso
        entre los dioses y los hombres.<xref ref-type="fn" rid="fn30">30</xref> También aquí se
        encuentra la diferencia con la renuncia cristiana de sí, puesto que la forma estoica de vida
        no pretende alcanzar otro mundo, sino que pretende precisamente lo contrario, a saber, un
        «dominio egoísta de sí» que se afirme mundanamente, a semejanza de «la justa del
          atleta».<xref ref-type="fn" rid="fn31">31</xref></p>
  <p>Podría decirse que no son más que unas páginas, que no son más que unos breves ratos, pero lo
        cierto es que Foucault insiste ya hasta el final del curso en la idea de que el arte estoico
        de vida deshace la inquietud de sí para convertirla en forma de vida, concediéndole la
        suficiente importancia como para cerrar las lecciones diciendo que «la forma de
        subjetividad» se constituyó «por medio de un movimiento [...] en que el
          <italic>bios</italic> dejó de ser lo que había sido durante tanto tiempo para el
        pensamiento griego, a saber, el correlato de una <italic>tekhne</italic>; [...] el
          <italic>bios</italic> (la vida) dejó de ser el correlato de una <italic>tekhne</italic>,
        para convertirse en la forma de una prueba de sí».<xref ref-type="fn" rid="fn32">32</xref>
        Así, Foucault cierra el curso concediendo al concepto de «prueba» un estatus de término
        total con el que abarcar el problema del cuidado, o al menos, como clave hermenéutica que
        explica cómo la inquietud de sí pudo convertirse en una forma de vida en la Antigüedad
        tardía, lo cual no carece de importancia en la medida en que Foucault se refiere a estos
        siglos como la época dorada del cuidado.</p>
  <p>En este curso de 1982, aparece ya la noción de <italic>parrhesia</italic><xref ref-type="fn"
          rid="fn33">33</xref> (en adelante, aunque los textos de Foucault conservan la
        transliteración del griego, utilizaremos «parresia» debido a que el diccionario del
        castellano así lo recoge como figura retórica; y haremos lo propio con «parresiasta» aunque
        no esté recogida).<xref ref-type="fn" rid="fn34">34</xref></p>
  <p>Foucault sitúa la parresia en el marco del cuidado — como harán todos los comentaristas
        posteriores— y sostiene que su objetivo es principalmente conseguir que los demás, aquellos
        a quienes va dirigido el decir veraz, «lleguen a constituir por sí mismos, con respecto a sí
        mismos, una relación de soberanía».<xref ref-type="fn" rid="fn35">35</xref> En la segunda
        clase del curso siguiente, conocido como <italic>El gobierno de sí y de los otros</italic>,
        y después de una revisión de lo visto el año anterior, Foucault comienza a definir la
        parresia de modo más detallado. Para introducirla, la distingue de la lógica (no es una
        demostración), de la pedagogía y de la retórica, especialmente de esta última porque con su
        contraste extrae dos características del hablar con franqueza: no es una persuasión porque
        no alude a ninguna técnica del discurso, sino que es el crudo decir veraz, «el grado cero de
        la retórica», y sobre todo, se erige sobre una «estructura agonística» en la que puede
        llegar a enfrentarse con el tirano y «la victoria de la violencia, la violencia pura».<xref
          ref-type="fn" rid="fn36">36</xref></p>
  <p>Por ello, Foucault habla de la parresia como una «verdad expuesta» cuyo precio puede ser la
        muerte del parresiasta como aquel que acepta morir por decir la verdad (en «esta formulación
        un poco patética de la relación entre el decir veraz y el riesgo de muerte»,<xref
          ref-type="fn" rid="fn37">37</xref> dice Foucault de manera enigmática, pues durante el
        curso no resulta nada patético ni descreído el trato de la parresia; tampoco sus
        comentaristas lo han tomado como tal). Todas estas definiciones son conocidísimas, pero cabe
        detenerse en la comparación que se lleva a cabo entre la parresia y el acto de habla,<xref
          ref-type="fn" rid="fn38">38</xref> de donde se extraen tres características que nos
        interesan mucho. Primero, mientras que el performativo requiere de un efecto conocido y
        regulado (o sea, codificado), la parresia se sitúa en una situación abierta en la que sus
        efectos son desconocidos e imprevisibles. En segundo lugar, si en el acto de habla se puede
        no ser sincero,<xref ref-type="fn" rid="fn39">39</xref> o al menos, no creer un enunciado
        performativo que se dice rutinaria o ritualmente, el decir veraz siempre surge de la
        interioridad del parresiasta, que cree íntimamente la verdad que enuncia. Por último, el
        acto de habla antepone como condición de posibilidad el estatus del emisor, tal como ocurre
        en una declaración de guerra o en la aceptación de un matrimonio, mientras que la parresia
        se sitúa al margen del estatus, haciendo valer la libertad del individuo que habla desde el
        coraje. Por estas tres características, Foucault encuentra en el enfrentamiento con el
        tirano el acto paradigmático de la parresia, en que se le dice la verdad a riesgo de que se
        desate la violencia contra el parresiasta. Así las cosas, la parresia se termina entendiendo
        como «una manera de ligarnos a nosotros mismos en la forma de un acto valeroso. Es el libre
        coraje por el cual uno se liga a sí mismo en el acto de decir la verdad».<xref ref-type="fn"
          rid="fn40">40</xref></p>
  <p>De acuerdo con esta caracterización, no parece que la parresia añada nada a la prueba de sí con
        que se cerraba el curso anterior; a lo sumo, añade un ejemplo privilegiado, quizá su
        paradigma, puesto que la parresia entendida como el coraje del decir veraz parece ser, si no
        una prueba, al menos el momento ineludible de reto o de desafío para el cual se entrena de
        acuerdo con la ascética o el <italic>gymnazein</italic>. En todo caso, la parresia y la
        prueba comparten los mismos rasgos. En estas mismas páginas del primer curso sobre la
        verdad, Foucault desliza sin problemas el carácter deportivo o gimnástico de la parresia
        cuando habla de ella como «esta suerte de justa, este desafío».<xref ref-type="fn"
          rid="fn41">41</xref></p>
  <p>Normalmente, la investigación foucaultiana sobre la parresia ha sido leída desde el problema de
        la relación entre el sujeto y la verdad, pero lo cierto es que la verdad del yo sobre sí
        mismo se bastaba con la prueba, que ya servía para «interrogarse» y «descubrirse», mientras
        que aquella necesita un elemento quizá más fundamental que la verdad y del que, sin embargo,
        carecía esta última: el otro, el que escucha la verdad, aquel a quien se dirige la parresia.
        Si la prueba puede ser asumida por uno mismo, la parresia necesita al otro.</p>
  <p>Los comentaristas suelen relacionar el concepto de cuidado sí con el de la amistad, de acuerdo
        con la insistencia de Foucault en que cuidar de uno mismo consistía a su vez en cuidar de
        las relaciones con los demás, o sea, en cuidar de los demás, así fuera indirectamente.<xref
          ref-type="fn" rid="fn42">42</xref> Esta interpretación alcanza inmediatamente al concepto
        de parresia; en ella, la amistad es indispensable en la medida en que «la presencia personal
        y confiada del otro [es] imprescindible dentro de esta praxis [parresiástica]: exponerse al
        juicio del otro, presuponer la confianza en una relación personal y una relación común con
        la verdad».<xref ref-type="fn" rid="fn43">43</xref> Ahora bien, no es tan evidente esa
        concepción «amistosa» de la parresia si nos atenemos a algunos de sus rasgos deportivos.</p>
  <p>En el último curso que Foucault imparte en el Colegio de Francia, se insiste en la definición
        de parresia como la verdad que se dice en un escándalo que puede costar la vida. Parece
        difícil enmarcar ese decir en una relación de amistad. Al ser unidireccional y casi
        unilateral el único vínculo que produce, el parresiasta podría retirarse y ausentarse una
        vez que ha dicho la verdad, ya que «deposita en aquel a quien se dirige la dura tarea de
        tener el coraje de aceptar esa verdad, de reconocerla y hacer de ella un principio de
          conducta».<xref ref-type="fn" rid="fn44">44</xref> Así, la parresia no debate, ni discute,
        sino que afirma y concluye; tampoco espera respuesta, sino que el que escucha asuma la
        verdad como trabajo sobre sí mismo. Quizá por eso nunca se dice que el parresiasta
        establezca un lazo de amistad, sino todo lo contrario, se advierte del riesgo de «la
        hostilidad, la guerra, el odio y la muerte»<xref ref-type="fn" rid="fn45">45</xref> que
        conlleva su actitud. Por eso la parresia es un juego de coraje del que habla tanto como del
        que escucha, pero sólo el primero necesita el coraje suficiente para arriesgarse a morir. El
        que escucha la verdad ha de tener una especie de coraje pasivo para no revolverse contra
        ella, para aceptarla. De acuerdo con la estructura agonística de la parresia y aunque
        Foucault nunca hable en estos términos, podríamos decir que el receptor de la verdad ha de
        tener el coraje de la derrota.</p>
  <p>Hay dos casos en este último curso que esclarecen el lugar del otro en la práctica
        parresiástica. Si el caso paradigmático del cuidado fueron quizá los estoicos, Sócrates y
        los cínicos ofrecerán la imagen más concreta del parresiasta. En el caso del primero,
        Foucault dice que «se ha considerado siempre como una especie de soldado entre los
        ciudadanos, un soldado que tiene que luchar a cada instante, defenderse y defenderlos»<xref
          ref-type="fn" rid="fn46">46</xref> con la consabida misión de ocuparse de los demás para
        enseñarles a ocuparse de sí mismos.<xref ref-type="fn" rid="fn47">47</xref> Ahora bien,
        cuando describe el «pacto parresiástico» que se establece entre Sócrates y Laques, Foucault
        niega que el coraje demostrado en la batalla o la cualidad de valeroso de Sócrates tenga
        algo que ver con la parresia; al revés, Laques acepta el pacto no en función de su valentía,
        sino de la armonía entre su vida y su discurso.<xref ref-type="fn" rid="fn48">48</xref> Así
        las cosas, Sócrates es un parresiasta porque actúa como un soldado, pero que haya sido
        soldado o valiente en términos literales no le hace más diestro o más sabio respecto al
        coraje de la verdad. La parresia, por tanto, no parece estar directamente relacionada con la
        guerra, aunque quizá sí con su metáfora o su alegoría.<xref ref-type="fn" rid="fn49"
          >49</xref></p>
  <p>En el caso de los cínicos, Foucault insiste en la analogía griega entre el deporte y la
        filosofía, la cual, según nos dice, recorre toda la historia antigua.<xref ref-type="fn"
          rid="fn50">50</xref> Considerando a Heracles el fundador de la filosofía, los cínicos se
        acogen a la tradición griega de entender la filosofía bajo la metáfora «atlética o militar»
        y proponen un combate contra las costumbres, las convenciones o las leyes, un combate que se
        dirige al otro como ejemplo para que modifique su modo de vida, pero que se comparaba con el
        atleta que trataba de imponerse sobre los demás.<xref ref-type="fn" rid="fn51">51</xref> En
        todo caso, el cínico es aquel cuya forma de vida consiste en el escándalo de la verdad bajo
        «un reto permanente», lo cual remite a las pruebas, los ejercicios, etc.<xref ref-type="fn"
          rid="fn52">52</xref> La forma de vida de la parresia constituye, por tanto, una prueba;
        por eso Foucault acaba diciendo que «el cínico es como el atleta que se prepara para
        Olimpia. Pero la que tendrá que abordar es desde luego una lucha más seria».<xref
          ref-type="fn" rid="fn53">53</xref> Y aunque en la forma de vida del cínico el medirse a sí
        mismo conlleva a su vez una vigilancia de sí y de los demás con el fin de ejercer la
        parresia, parece difícil que en esa forma de vida la parresia pueda desplegarse bajo las
        formas de la amistad; a lo sumo, la relación de contraste con el otro puede alcanzar el
        carácter positivo de la ejemplaridad. Tal vez por eso mismo dice Foucault que, en su
        combate, el cínico es «un benefactor agresivo».<xref ref-type="fn" rid="fn54">54</xref></p>
  <p>En este curso, Foucault se entretiene con un «cinismo transhistórico» que, como actitud que se
        toma la vida como el escándalo de la verdad, se puede encontrar en el ascetismo cristiano,
        en las prácticas políticas revolucionarias y en el arte moderno a partir del siglo XIX.<xref
          ref-type="fn" rid="fn55">55</xref> Cualquier lector de Foucault enlazará enseguida lo
        dicho en este curso con las apreciaciones sobre Baudelaire en el célebre gesto con Kant y la
        Ilustración, donde se ha encontrado a menudo una propuesta en firme de la estética de la
        existencia. Es muy conocida la defensa que hace Foucault de la ilustración como actitud bajo
        la cual uno se inventa o vive como artista de sí mismo y no hace falta insistir en ella,
        pero sí hay un par de elementos que son llamativos para nuestro trabajo. De los cuatro
        rasgos que Foucault encuentra en la actitud ilustrada de Baudelaire, dos de ellos remiten a
        lo heroico: primero, esa actitud consiste en «captar lo que hay de “heroico” en el momento
        presente [...] [o en] una voluntad de “heroizar” el presente»,<xref ref-type="fn" rid="fn56"
          >56</xref> lo que se explica con la clave de no despreciar el tiempo actual como un
        conjunto de modas pasajeras. Por eso, de acuerdo con el segundo rasgo, Foucault dice que
        «esta heroización es irónica, por supuesto», y que no se trata de sacralizar el presente
        sino de acogerlo como un elemento de vital importancia para luego entenderse y reinventarse,
        en fin, cuidarse a uno mismo: «Para la actitud de modernidad, el alto valor del presente es
        indisociable de la obstinación en imaginarlo de otra manera y en transformarlo, no
        destruyéndolo sino captándolo tal cual es. La modernidad baudelairiana es un ejercicio en el
        que la extrema atención a lo real es confrontada con la práctica de una libertad que
        simultáneamente respeta esa realidad y la viola».<xref ref-type="fn" rid="fn57">57</xref>
        Esta transformación del presente será la que enseguida vincule Foucault, a través del
        dandismo, con un «ascetismo indispensable»<xref ref-type="fn" rid="fn58">58</xref> que tiene
        que hacer de la subjetividad una obra de arte. Con esto hemos llegado quizá al culmen del
        cuidado de sí en la obra de Foucault, dado que justo aquí se produce esa adaptación o
        desplazamiento de la moral antigua hacia la moral moderna, que, de acuerdo con el rechazo
        del término postmodernidad o el abrazo del de Ilustración, Foucault podía considerar
        contemporánea a su propia época, también la nuestra. No obstante, en este desplazamiento, el
        deporte o al menos lo agonal parece haberse diluido; sólo quedan esos restos metafóricos de
        heroización o de ascetismo.</p>
</sec>
<sec id="sec3">
  <title>3. Umbral. Hegel y el deporte como metáfora de la guerra</title>
  <p>Y sin embargo, quizá esas metáforas heroicas respecto a quien hace de su vida una obra de arte
        no son del todo accesorias, ni tan irónicas como se pretende. Cuando Hegel se hizo cargo de
        la relación de los griegos con la subjetividad, defendió un entrelazamiento entre el arte y
        el deporte que pone en juego todo lo recogido por Foucault en sus estudios sobre el cuidado
        de sí. Hegel también se refiere al cuidado como «el rasgo capital, el principal asunto de
        los griegos» y lo describe como su principio, su costumbre o su actitud «no sólo de
        recrearse, sino de exhibirse, y, por este medio, principalmente de hacerse valer y gozarse
        en sí mismos».<xref ref-type="fn" rid="fn59">59</xref> Aquí se encuentra, dice Hegel, el
        origen del arte. Una vez que el griego busca el reconocimiento ajeno haciéndose a sí mismo
        «otra cosa», surge la idea del adorno, aunque aquel no se reduce a este, sino que el
        individuo quiere ser reconocido por lo que es en sí mismo. Por ello, la primera obra de arte
        que surgió en Grecia fue el cuerpo: ese elemento natural e inmediato en el ser humano, a
        través de la idea del sí mismo, se podía «transformar [...] en un órgano cabal de la
          voluntad»<xref ref-type="fn" rid="fn60">60</xref> y con ello, distinguirlo como una obra
        de arte.</p>
  <p>Enseguida dice Hegel que por esto mismo los juegos aparecen en Grecia desde muy pronto. Igual
        que lo advierte Foucault, el deporte es una institución central en la Grecia antigua, pero
        tal vez no pueda entenderse con ideas contemporáneas. Uno de los rasgos que enlazan el
        deporte con lo dicho por Hegel sobre la «obra de arte subjetiva» es la condena del exceso en
        los ejercicios físicos; el griego no buscaba disciplinar el cuerpo al máximo ni llevarlo al
        límite, sino encontrar en el deporte un modo de expresión del yo.<xref ref-type="fn"
          rid="fn61">61</xref> Por otra parte, el rechazo griego del deporte profesional, que
        también compartió la modernidad en la popularización de lo deportivo a finales del XIX,
        evidencia esa relación entre el cuidado y el juego.<xref ref-type="fn" rid="fn62"
        >62</xref></p>
  <p>Aun así, la «habilidad» del juego o el deporte se sitúa en Grecia como el mejor cauce del
        cuidado de sí, aunque este cuidado deportivo del cuerpo tuviera una paradójica utilidad:
        «[l]os griegos han cultivado sus cuerpos hasta hacer de ellos figuras hermosas y órganos que
        sirven no para llevar a cabo cosa alguna, sino para exhibir la destreza por sí misma. El
        interés consistía en revelar la libertad».<xref ref-type="fn" rid="fn63">63</xref> Que los
        juegos no tenían ninguna finalidad o utilidad lo reconoce Hegel mediante la definición del
        juego como lo opuesto a la seriedad. Como consecuencia de lo anterior, no había necesidad de
        los juegos, dice Hegel, pero, contra lo que pudiera parecer a simple vista, en ellos se
        encuentra una «seriedad superior» en que «el juego está seguro de sí mismo, brota por sí
        independiente y [su] seriedad se limita a revelar la libertad del hombre <italic>en</italic>
        su cuerpo y <italic>sobre</italic> su cuerpo, como algo que ha sido producido, trabajado,
        transformado por él mismo».<xref ref-type="fn" rid="fn64">64</xref></p>
  <p>En la clásica definición del juego por parte de Johan Huizinga, la seriedad también aparece
        como un elemento paradójico que, dentro de la ociosidad del juego, alcanza un ámbito propio
        en el que la diferencia entre lo serio y lo no-serio acaba perdiendo validez.<xref
          ref-type="fn" rid="fn65">65</xref> Es muy llamativo para nosotros que Huizinga note ya a
        principios del siglo XX la «creciente seriedad» de los deportes, por la cual el juego perdía
        su carácter lúdico y se situaba como una institución cultural que, aunque con mucho peso en
        la sociedad occidental, se distinguía de la función religiosa o ritual del deporte antiguo
        por un antagonismo gratuito que no estaba vinculado con ninguna función social.<xref
          ref-type="fn" rid="fn66">66</xref></p>
  <p>Del mismo modo, en la comparación hegeliana entre Grecia y Roma, puede encontrarse una curiosa
        defensa espiritual pero pagana del deporte griego. Cuando se ocupa de los juegos en Roma,
        Hegel denuncia que los romanos se reducían a ser «meros espectadores» y que, dejándolos para
        los gladiadores, los libertos o los criminales, «no asistían a ellos con el espíritu». En
        esta interpretación, Hegel encuentra en la muerte el mayor problema del antagonismo lúdico
        romano:</p>
  <disp-quote>
    <p>«Todos debían matarse mutuamente. El interés romano solo podía ser excitado por una muerte
          sin espíritu; en sus juegos la muerte tenía que ser real. Esta fría negatividad de la
          simple muerte representa a la vez la muerte íntima de un fin espiritual objetivo. En lugar
          de los dolores humanos en las profundidades del sentimiento y del espíritu, en lugar de
          los dolores acarreados por las contradicciones de la vida, los romanos organizaban una
          cruel realidad de dolores corporales; la sangre a torrentes, el [exterior] de la muerte,
          la exhalación del alma eran los espectáculos que les interesaban».<xref ref-type="fn"
            rid="fn67">67</xref></p>
  </disp-quote>
  <p>No puede resultar sino sorprendente que el espíritu del antagonismo griego por el cual los
        cuerpos se retaban entre sí a ver cuál de ellos podía <italic>más</italic> con el fin de
        exhibirse y autoafirmarse se diluya justo en la lucha más extrema, la lucha por la vida.
        Compartiendo el núcleo agónico que en lo deportivo llega incluso a volverse gratuito o al
        menos basta por sí mismo, ¿cómo es posible que el deporte y la lucha —valdría decir la
        guerra— no compartan a su vez la misma función espiritual? Creo que sólo cabe leer este
        pasaje de Hegel bajo una clave: la defensa de lo deportivo como metáfora o alegoría de la
        guerra. La desconsideración de «la simple muerte» como «la muerte íntima de un fin
        espiritual» sitúa a la competición deportiva como el único ámbito donde el antagonismo se
        desprende de todas sus finalidades, así sea la de salvar la propia vida, y aprovecha de
        forma pura la exhibición de la victoria. Lo agónico parece enlazar deporte y guerra por
        medio de su metáfora, pero lo cierto es que, de acuerdo con Hegel, también los separa en la
        medida en que dar o recibir muerte no alcanza los rigores espirituales de la competitividad
        olímpica; de hecho, en el fragmento citado puede advertirse cómo la muerte se considera una
        «fría negatividad» en la que no se intuye más que una sencilla pero quizá no astuta
        ejecución. Por todo ello, no es que el deporte sea una metáfora de la guerra, que
          también,<xref ref-type="fn" rid="fn68">68</xref> sino que su más alto sentido consiste
        justamente en ser tan sólo esa metáfora, evitando la muerte y aislando el antagonismo como
        medio para la expresión del ego del deportista. Quizá por ser lenguaje figurado las
        metáforas militares y deportivas no causaron ningún problema a la estética foucaultiana de
        la existencia, concebidas como un juego del yo consigo mismo en que se simula una lucha con
        la que interrogarse y afirmarse, pero estas páginas de Hegel resultan inquietantes porque
        deslizan la hipótesis de que es precisamente en su condición metafórica cuando lo agonal
        cumple netamente sus principios.</p>
</sec>
<sec id="sec4">
  <title>4. El arte de vivir neoliberal</title>
  <p>Es muy conocido que Foucault cifra el fenómeno del neoliberalismo en la clave de la
        competencia. La mutación contemporánea del liberalismo consistió en el desarrollo de «una
        sociedad sometida a la dinámica competitiva», «una sociedad empresa» o al menos, la
        popularización de «una ética social de la empresa».<xref ref-type="fn" rid="fn69">69</xref>
        También es la competencia la noción que articula el análisis sobre el sujeto neoliberal o el
        empresario de sí, aunque ya no fue Foucault sino sus más célebres comentaristas, Christian
        Laval y Pierre Dardot, quienes mencionaron la relación entre la ética neoliberal y el
          deporte.<xref ref-type="fn" rid="fn70">70</xref> De acuerdo con su análisis, el deportista
        sirve como ejemplo de competición para toda relación social, en la cual se tiene que cumplir
        con unas exigencias de rendimiento si se quiere conseguir unas determinadas metas; a su vez,
        la ética deportiva exige cumplir con un afán de superación bajo el que los individuos no han
        de cesar de competir contra sí mismos y los demás. Esta mezcla paradójica entre el
        rendimiento como deber y el goce de sí mismo como imperativo es el principal rasgo de una
        subjetividad neoliberal que, según los autores, tiene que definirse como «una
          <italic>subjetivación a través del exceso de sí respecto de sí mismo,</italic> o a través
        de la <italic>superación indefinida de sí mismo</italic>».<xref ref-type="fn" rid="fn71"
          >71</xref> No extraña entonces que puedan afirmar tajantemente que «los deportistas son
        perfectas encarnaciones del emprendedor de sí».<xref ref-type="fn" rid="fn72">72</xref></p>
  <p>Este vínculo entre el deporte y la ideología neoliberal pone a la estética de la existencia en
        una situación delicada. Ya hemos visto la centralidad del deporte en la propuesta de
        Foucault y, si se ha interpretado o actualizado en clave de resistencia a las relaciones
        vigentes de poder, no puede desdeñarse la sospecha de que puedan llegar a compartir aquellos
        rasgos deportivos. Una sospecha como esta apareció en los años ochenta cuando Charles Taylor
        publicó <italic>Fuentes del yo.</italic> En medio del estudio sobre Agustín de Hipona y sin
        mencionar a Foucault, Taylor desliza una crítica al cuidado de sí como una relación con uno
        mismo en la que no se da la reflexividad radical de la interioridad agustiniana o ya casi
        moderna; el cuidado se reduce a «una llamada a que nos preocupemos por la salud de algo muy
        importante (el alma para los antiguos, el cuerpo para los modernos), en vez de absorbernos
        por completo en los avatares de algo mucho menos importante (la propiedad o el poder)», para
        lo cual la identidad es relevante en la medida en que señala los beneficios del cuidado,
        «pero esta identidad carece de importancia en lo que respecta a aprender o a definir qué es
        lo que implica [qué reflexividad, qué interioridad o qué yo] cuidar de ese alma (o
          cuerpo)».<xref ref-type="fn" rid="fn73">73</xref> Que Taylor reduzca el cuidado de los
        modernos al cuerpo —y sin decirnos por qué, no cabe otra cosa que entenderlo como el
        excesivo cuidado de su propia época, o sea, como un cuidado deportivo, dicho sea de paso— ya
        sitúa al lector en la imposibilidad del desplazamiento no banal o la actualización
        contemporánea de la ética griega, que también es desconsiderada en lo que atañe a la
        subjetividad. La hipótesis que puede entreverse aquí se confirmará al final del libro cuando
        Taylor, ya aludiendo explícitamente a Foucault, comente el «hondo problema» que supone la
        propuesta de lo estético para el yo, critique la libertad «profundamente autorrelacionada»
        del cuidado bajo una herencia superficialmente romántica, y, en fin, reduzca la propuesta de
        Foucault a un «subjetivismo de autocelebración».<xref ref-type="fn" rid="fn74">74</xref></p>
  <p>De acuerdo con todo lo anterior, se impone revisar la propuesta de la estética de la existencia
        a la luz de estas sospechas: ¿es posible que la estética de la existencia se reduzca a un
        subjetivismo de autocelebración? En este mismo sentido, ¿compartiría algunos elementos de su
        ética con la ética empresarial de la ideología de nuestro tiempo? Para responder estas
        preguntas, podemos echar mano de algunas reflexiones de Rafael Sánchez Ferlosio, quien más
        se ha ocupado y más en serio se ha tomado lo deportivo o lo agonal como núcleo de la
          ideología.<xref ref-type="fn" rid="fn75">75</xref></p>
  <p>Cualquier lector de Ferlosio sería muy suspicaz con la prueba de sí en que consiste la ascética
        helénica. Debido al «auge que han tomado en los últimos decenios las palabras
          <italic>reto</italic> o <italic>desafío</italic>»<xref ref-type="fn" rid="fn76">76</xref>
        y de acuerdo con su costumbre de medir los síntomas ideológicos en el lenguaje
          coloquial,<xref ref-type="fn" rid="fn77">77</xref> Ferlosio desplegó una crítica del reto,
        o más bien de la vida entendida como desafío, para analizar la ideología contemporánea.
        Según la reflexión que aparece en el libro, <italic>Mientras no cambien los dioses, nada ha
          cambiado</italic>, un desafío se define por dos características tácitas pero
        indispensables, o al menos dos consecuencias inevitables: primero, el reto se define
        meramente por la superación de su obstáculo y no por el contenido o lo concreto del
        obstáculo mismo, de donde se deriva la consecuencia o la característica de que todo reto
        provoque un desplazamiento de la importancia de su acción desde el objeto hacia el sujeto de
        la misma. Al reto no solamente le vale cualquier contenido para erigirse como hazaña
        mediante su superación —y de ahí quizá que en el presente podamos observar que cualquier
        disparate se convierta en reto—, sino que además produce un resultado de «enyosamiento»<xref
          ref-type="fn" rid="fn78">78</xref> por el cual el individuo pasa al primer plano de la
        acción y, brillando como un héroe, resplandece sobre el objeto de la misma. Así, todo reto
        está vacío o es una depurada estructura agonal para la autoafirmación de quien lo asume o
        quien lo lleva a cabo. Esta primera característica cobrará <italic>sentido</italic> en la
        segunda característica del desafío, por la cual este consigue imprimir valor en la causa de
        la hazaña bajo el tiempo retorcido o negativo del destino. Quiere esto decir que el reto,
        por una parte, supone una secularización del principio sacrificial, en la medida en que
        puede esgrimir el esfuerzo o la sangre derrochados como el aval de que la causa o el dios de
        la acción son admirables por haber merecido ese derroche,<xref ref-type="fn" rid="fn79"
          >79</xref> pero esa legitimación a posteriori sólo podrá ser posible si se despliega bajo
        una temporalidad «retroproyectiva»,<xref ref-type="fn" rid="fn80">80</xref> que racionaliza
        las acciones del pasado por haber sido proyectadas tensamente hacia el futuro y haber
        encontrado su sentido en un hecho definitorio del presente. Es por este motivo por lo que
        Walter Benjamin, en un texto fundamental para Ferlosio, dice que el tiempo del destino es
        parasitario de todo tiempo.<xref ref-type="fn" rid="fn81">81</xref> El ejemplo predilecto de
        Ferlosio fue el del refrán castellano, «El potro que ha de ir a la guerra ni lo come el lobo
        ni lo aborta la yegua», en el que los hechos de la vida del potro se cuentan
        retroactivamente con el fin de afirmar que su pasado no ocurrido fue causa necesaria para
        que se cumpliera su destino de morir en la batalla.<xref ref-type="fn" rid="fn82">82</xref>
        Así, el esfuerzo de la hazaña no sólo legitima la causa del reto, sino que además la
        racionaliza como una concatenación necesaria de sucesos en el destino de un sujeto henchido
        de sí mismo.</p>
  <p>La conversión de la vida en desafío encuentra en esta estructura agonística la más precisa
        caracterización de la forma neoliberal de vida. En primer lugar, la racionalización del reto
        permite hacer pasar por liberadora toda disciplina, o al menos disimularla imprimiéndole un
        sentido de meta, objetivo o satisfacción prometida y «alcanzada»; aunque, sumada a esa
        disciplina y neutralizando su diferencia, lo neoliberal ha sido normalmente descrito como la
        mezcla entre lo disciplinario y lo hedónico:<xref ref-type="fn" rid="fn83">83</xref> dicho
        rápidamente, el tiempo del destino en que tiene lugar un desafío hace fulgurar lo segundo en
        la retorcida racionalización de lo primero. De acuerdo con esa racionalización, uno de los
        conceptos clave de la retórica neoliberal, el de <italic>experiencia</italic> o
          <italic>vivencia,</italic><xref ref-type="fn" rid="fn84">84</xref> alcanza toda su
        importancia ideológica en la medida en que el reto cumple con dos exigencias de la
        subjetividad empresarial: <italic>i)</italic> al racionalizar como necesario todo hecho
        contingente y responsabilizar absolutamente<xref ref-type="fn" rid="fn85">85</xref> al
        sujeto de todas sus acciones, sólo una vida entendida como reto puede capturar y apropiarse
        de toda experiencia como si le perteneciera íntimamente al yo, como si se tratase de una
        medalla, de un mérito y, por ende, de un capital acumulado; <italic>ii)</italic> después, al
        desplazar la importancia del objeto de la acción hacia el sujeto, el reto supone una
        equivalencia general de las experiencias en el punto común del enyosamiento, por lo que
        cualquier experiencia puede ser capitalizable en igualdad de condiciones sin importar su
        contenido concreto. Seguramente por esto mismo Ferlosio, en uno de sus apuntes o pecios,
        escribió: «Prohibido terminantemente, de una vez por todas, que se me cuenten experiencias o
        sensaciones nuevas».<xref ref-type="fn" rid="fn86">86</xref></p>
  <p>La consonancia ideológica entre el reto y la subjetividad neoliberal deja entonces poco margen
        crítico al arte estoico de vivir basado en la prueba de sí. Aparte de que este cuidado de sí
        comparte algunas características enunciadas por Ferlosio, como la despreocupación por el
        «para qué» o el carácter «positivo» de la prueba frente a la abstinencia —quizá actualizada
        como desafío, por cierto, en ese comodín ideológico de «resiliencia»—, la estructura
        agonística de todo reto no desvía ni resiste las relaciones de poder vigentes sino que, por
        la contaminación deportiva de la vida, es la forma básica de la subjetividad neoliberal; de
        ahí quizá los usos interesados del estoicismo en la actualidad, los cuales, aunque
        ciertamente superficiales, sirven perfectamente a las pretensiones ideológicas.</p>
  <p>Cuando Foucault describe la parresia, lo hace como una forma de ligarse a uno mismo bajo las
        metáforas del desafío y del pacto: «lo manifestado por esta escena, esta suerte de justa,
        este desafío, es el ritual solemne del decir veraz en el cual el sujeto compromete lo que
        piensa en lo que dice [...] En otras palabras, creo que dentro del enunciado parresiástico
        hay algo que podríamos calificar de pacto: el pacto del sujeto hablante consigo mismo».<xref
          ref-type="fn" rid="fn87">87</xref> Pues bien, igual que pudimos entender la parresia como
        el paradigma de la prueba, en la obra de Ferlosio podemos encontrar un vínculo esencial
        entre el sujeto deportivo que se reta a sí mismo y la coherencia que a su vez tiene que
        mantener consigo. Ferlosio llamó «síntesis de fatalidad» o «fatalidad sintética»<xref
          ref-type="fn" rid="fn88">88</xref> a una fatalidad originada por la voluntad humana, la
        cual se ciega para cumplir con la coherencia de su acción, aunque basta también con quien
        pretende obedecerse a toda costa, como le ocurre al deportista; no en vano vimos más arriba
        que Hegel llamaba «órgano cabal de la voluntad» al cuerpo del deportista griego. El ejemplo
        privilegiado para Ferlosio es el de la amenaza: aquel que amenaza queda atado a sus actos en
        la medida en que, de no cumplirse lo exigido, deberá hacer caso de sí mismo y desatar la
        violencia prometida; «tú lo has querido»,<xref ref-type="fn" rid="fn89">89</xref> dice ese
        individuo coherente consigo mismo. La autoafirmación del deportista o del que asume desafíos
        consiste en un pacto como este, ya que sólo dando cuenta de su <italic>ídem</italic>, de su
        cumplimiento con lo establecido por sí mismo, o sea, del desafío mismo, puede afirmarse como
        el individuo de la hazaña: de nuevo, no hay contenido en el reto, sino que «el contenido del
        acto de afirmación no puede ser sino la ratificación, la fijación, el establecimiento de una
        identidad. El acto de afirmación asienta una identidad como quien clava una pica en el
          suelo».<xref ref-type="fn" rid="fn90">90</xref> También Ferlosio ha criticado mucho la
        expresión castellana, «aquí estoy yo», como caso paradigmático de una autoafirmación como la
        del reto, contra la cual no caben nunca matices de ninguna complejidad moral, ni hay
        dificultades que no sean obstáculos para la exhibición. El momento en que el sujeto del reto
        «se enyosa» o cobra la identidad del héroe es ese momento de afirmación en que se descarga
        de la tensión agonal, da por justificado todo lo hecho y se satisface en un momento de
        gloria tan o más parte del reto que su propia superación; lo ha dicho mejor que nadie Lewis
        Mumford: «si el héroe intentara evitar una recepción pública y el desfile, se consideraría
        que estaba haciendo trampa».<xref ref-type="fn" rid="fn91">91</xref> Así las cosas, ningún
        pacto con uno mismo a la luz de un desafío puede escapar de la ideología ególatra o
        autorreferente que encuentra en el deporte un modelo para la vida y, de igual modo, no debe
        extrañarnos que Foucault incurra con elogio en algunas comparaciones que podrían parecer
        errores o desvíos pero que, a la luz de la autoafirmación deportiva, son más bien plenos
        aciertos, como la del parresiasta y el magnánimo según Aristóteles.<xref ref-type="fn"
          rid="fn92">92</xref></p>
  <p>Ahora bien, el pacto del parresiasta encuentra su sentido en el enfrentamiento a un tirano y en
        una transgresión de tabúes o un escándalo de la verdad. En este sentido, la parresia parece
        contraponerse por definición a todo poder y no cabría una parresia ideológica en virtud de
        la cercanía entre la ideología y la mentira.<xref ref-type="fn" rid="fn93">93</xref> Pero
        también a la parresia le es consustancial una transgresión por ser una clase de reto o
        desafío, dado que este se define por esa transgresión ociosa o no necesaria —de ahí su
        carácter eminentemente deportivo o alegórico de lo bélico, según lo visto con Hegel más
        arriba— de unos límites establecidos. El problema que surge aquí es que, al establecerse el
        desafío como la forma ideológica de vida en nuestro tiempo, la transgresión se neutraliza y
        se convierte en norma; como han referido Dardot y Laval, «el sujeto está obligado a
        “trascenderse”, a “hacer retroceder los límites”, como dicen los managers y los
          entrenadores».<xref ref-type="fn" rid="fn94">94</xref> Podría pensarse que quizá no se
        ajuste del todo la transgresión deportiva al escándalo que produce la verdad parresiástica,
        pero lo cierto es que, una vez que esta verdad es lanzada en la estructura agonística del
        desafío —algo que no se cansa de repetir Foucault—, acoge la norma neoliberal que neutraliza
        toda transgresión; así, parece que la parresia queda a su vez ideológicamente neutralizada
        bajo la forma de vida neoliberal.</p>
  <p>Quizá por lo anterior encontramos en la obra de Ferlosio un perfecto caso de parresia en que la
        autoafirmación de quien dice la verdad de manera deportiva —o sea, Diógenes, el cínico— se
        desbarata en el momento de su escándalo. Me refiero a la anécdota que Ferlosio cuenta como
        sigue:</p>
  <disp-quote>
    <p>«Le salió mal [dar una respuesta ingeniosa ya pensada], sin embargo, con Platón: entró, en
          efecto, en el jardín de la Academia y se puso a patear los arriates y las flores; mas
          comoquiera que Platón se guardase muy bien de darle pie con la pregunta, tuvo que ser él
          mismo el que adelantase la respuesta preparada: “Pisoteo la vanagloria de Platón”, con lo
          que al fin acabó por ser él el que le diese pie a Platón para aquella respuesta memorable:
          “Oh, Diógenes, tú pisas una vanagloria con otra vanagloria”».<xref ref-type="fn"
            rid="fn95">95</xref></p>
  </disp-quote>
  <p>Quizá la resistencia a la ideología del reto pase por una verdad como la de Platón, quizá más
        libre de la estructura del reto, menos hostil o arriesgada. En todo caso, la parresia parece
        converger hacia la autoafirmación deportiva del desafío, tal como exhibe la anécdota citada,
        y, con ello, hacia la ideología neoliberal. Lo mismo ocurre, por cierto, con Baudelaire; si
        para la modernidad del siglo XIX, el poeta actuaba ante la sociedad como «ante un patio de
        butacas» para mostrar con «excentricidades» la actitud de lo moderno<xref ref-type="fn"
          rid="fn96">96</xref> —recuérdese el cinismo transhistórico que vio Foucault—, la
        modernidad tardía ha convertido el gesto artístico en norma hasta el punto de que podemos
        considerarnos románticos póstumos<xref ref-type="fn" rid="fn97">97</xref> que se limitan a
        extremar la expresividad del yo,<xref ref-type="fn" rid="fn98">98</xref> o dicho en términos
        ferlosianos, la autoafirmación. La convivencia griega entre el deporte y el arte encuentra
        aquí una actualización tardomoderna, que convertirá a su vez la transgresión en un desafío
        permanente. Con todo lo anterior, la estética de la existencia parece ya solamente dar pie a
        imponerse a los demás en un contexto omnipresente de competencia cuyos fines se han
        difuminado en el éxito de la autoafirmación. Aun así, en la célebre entrevista sobre el
        cuidado de sí, Foucault responde a una pregunta sobre el peligro de que el arte de vivir se
        «absolutice» y «tiranice» al sujeto: «no [hay tal peligro], dado que el riesgo de dominar a
        los otros y de ejercer sobre ellos un poder tiránico sólo proviene precisamente del hecho de
        que uno no se ha cuidado de síy ha llegado a ser el esclavo de sus deseos»,<xref
          ref-type="fn" rid="fn99">99</xref> a lo que sigue un rechazo de la condena cristiana del
        amor propio.</p>
  <p>Este es precisamente el punto donde la parresia parece perder lo violento de su carácter
        agónico, o al menos, donde su lucha es beneficiosa para ambas partes, en la medida en que
        concibe al otro o a los otros como parte necesaria de su ejercicio. Aun así, esta hipótesis
        no está libre de problemas. Como vimos, el parresiasta tiene en cuenta a los demás como
        meros receptores o partes pasivas de la acción, cuya verdad reciben y han de asimilar con el
        coraje de aceptarla. En el caso paradigmático del tirano, puede decirse que la verdad
        parresiástica trata de imponerse a la mentira, el tabú o el disimulo tiránicos, de acuerdo
        con el desafío en que consiste. Ahora bien, que la parresia se acoja a la estructura
        agonística tiene como consecuencia, de nuevo, la aparición de un elemento deportivo
        fundamental, al que Ferlosio se ha referido con el neologismo de «simultad» y que alude a
        aquella misma estructura del <italic>agón</italic> de toda batalla —quizá el más puro de los
        desafíos, en tanto la victoria implica la derrota del otro—, puesto que se define como la
        «relación que media entre dos implementos referidos a un mismo y único lugar vacío»; por eso
          <italic>simultad</italic> no viene de simultaneidad sino de <italic>simultas</italic>,
        esto es, rivalidad, enemistad y odio, aunque justamente define el hecho de ser a la vez dos
        (partes) y una (victoria).<xref ref-type="fn" rid="fn100">100</xref> Así, que la parresia se
        acoja a un esquema donde sólo cabe uno parece que dificulta la inclusión del otro;<xref
          ref-type="fn" rid="fn101">101</xref> al revés, la parresia lo expulsa del lugar de la
        verdad entendida como victoria —no como hegemonía, pues en estos cursos Foucault no piensa
        en ninguna noción «construida» de la verdad—.<xref ref-type="fn" rid="fn102">102</xref></p>
  <p>Pensando la parresia bajo las formas de la amistad o el diálogo entre iguales, puede surgir el
        mismo problema con la primacía de un sujeto que dice la verdad contra el sujeto que escucha.
        De acuerdo con la teoría narrativa de Ferlosio,<xref ref-type="fn" rid="fn103">103</xref>
        muy emparentada con la crítica a la ideología tardocapitalista en la medida en que defiende
        que toda narración se acoge a los esquemas de la épica —los cuales, en su obra, no se
        distinguen de los del deporte o la guerra—, tal vez podamos mencionar un ejemplo de
        narración — sobre todo cinematográfica— como una forma de la parresia deportiva propia de
        nuestro tiempo. Se ha impuesto como esquema típico lo que podríamos llamar aquí una «épica
        de la autorrealización» bajo la cual el protagonista de una película o de una serie cumple
        con el destino de su identidad cuando se enfrenta con el personaje —y que puede ser un padre
        o una madre, un hermano o una hermana, un profesor, un vecino, una sinécdoque de un colegio,
        una sociedad, una empresa, etc.— que estaba imposibilitándole su desarrollo personal o el
        cumplimiento no tanto de su vocación como de su identidad. Ese enfrentamiento suele darse
        cuando el protagonista dice una verdad mucho tiempo callada en un escándalo semejante al de
        la parresia; por eso mismo, la escena acostumbrada es la de un monólogo encendido en la que
        el receptor está perplejo y en silencio. Esta épica, igual que la del derecho narrativo de
        Ferlosio, concibe al personaje secundario como elemento referido al centro de coordenadas
        del protagonista y, por tanto, como mero contraste; de hecho, lo acostumbrado es que ese
        personaje sea tan plano en su maldad o su conflicto como en su bondad y su arrepentimiento
        posterior, con los que acepta sin problemas la nueva o verdadera identidad del protagonista
        en una reconciliación que da fin y sentido a la trama. Podría esgrimirse que esta
        reconciliación alude al beneficio que el otro recibe del parresiasta, y es posible que así
        sea, pero debería hacernos sospechar el hecho de que este esquema narrativo sea tan
        repetido, ya que, al concebir al otro como un contraste del yo protagonista y exhibir la
        épica autorrealizativa de este último, la parresia parece más un acto de afirmación que de
        resistencia en el contexto de una ética empresarial que impone esa transgresión como norma y
        el éxito en todas las esferas de la vida como elemento de distinción. Dicho rápidamente, no
        es que la parresia no pueda servir de crítica o de acto de resistencia, puesto que la verdad
        puede tener los efectos corrosivos que muestra Foucault, sino que parece haber quedado
        neutralizada en el momento en que su escándalo se ha convertido en norma.</p>
  <p>Para terminar, un último apunte. Aunque hemos visto que Taylor opina que al cuidado griego le
        faltaba la «interioridad» o «reflexividad» moderna, Hegel y Huizinga llaman la atención
        sobre lo extremadamente espiritual del juego griego en contraposición con la lucha romana y
        con el deporte contemporáneo respectivamente. De acuerdo con lo que hemos visto de Ferlosio,
        puede que sólo Hegel haya captado el «espíritu» del deporte. Cuando revisamos la defensa que
        este último hace de que sólo el antagonismo desvinculado de la muerte capta el espíritu
        griego de expresión del yo, advertimos que se trataba de un encumbramiento del deporte como
        metáfora de la guerra precisamente en su puro carácter metafórico y desplazado a través del
        atributo compartido del <italic>agón</italic>. El concepto de «dioses» en Ferlosio remite a
        un desplazamiento como ese, en la medida en que descubre, bajo la pretendida secularización
        moderna del desafío deportivo, los dioses antiguos del sacrificio; muy bien sabe el lector
        de Ferlosio que «los dioses no han cambiado...».<xref ref-type="fn" rid="fn104">104</xref>
        Así, se defiende una ahistoricidad crítica<xref ref-type="fn" rid="fn105">105</xref> que
        emparenta lo primitivo y lo presente, lo antiguo y lo moderno, a través de una ideología
        épico-deportiva que se descubre bajo los discursos de distintas épocas y que permanece
        desnuda. Según lo visto aquí, es posible que esa ideología haya pervivido más de lo supuesto
        en el proyecto foucaultiano de la estética de la existencia, el cual, convertido en una
        metáfora de la guerra a través del deporte y guardando así el antagonismo más acendrado, ha
        convocado a los dioses del desafío, que son los de la competitividad, la disciplina y la
        egolatría. La heroización irónica de la estética de la existencia bajo las metáforas del
        heroísmo es quizá, por las paradojas hegelianas del <italic>agón</italic>, la más perfecta
        consumación del propio heroísmo, extendido por Foucault a todas las esferas de la vida en un
        gesto seguramente inconsciente, pero semejante al de la contaminación metafórica de la vida
        por parte de los discursos empresariales. Un error trágico de Foucault: ir a la Antigüedad
        para buscar otra forma de vida y traerse de allí la misma de la que iba huyendo.</p>
</sec>
<sec id="sec5">
  <title>5. Conclusiones. La negación de sí</title>
  <p>Cuando empezábamos este trabajo refiriéndonos a las páginas finales de algunos estudios sobre
        el neoliberalismo, decíamos que el cuidado aparecía haciendo las funciones de un comodín,
        pero lo cierto es que, de tener esa carta un payaso pintado, no sería tan amable como
        pudiera parecer a simple vista, ya que tanto Dardot y Laval como Stimilli deslizan algunas
        críticas veladas a la estética foucaultiana de la existencia: los primeros, si bien habían
        defendido de paso la extrema diferencia del cuidado helénico con la ética empresarial,<xref
          ref-type="fn" rid="fn106">106</xref> dicen en itálicas que «<italic>una pura estetización
          de la ética es una pura y simple renuncia a una verdadera actitud ética</italic>»<xref
          ref-type="fn" rid="fn107">107</xref> y alertan contra el cuidado meramente individual; por
        su parte, la segunda sostiene que la fuerza del cuidado «no reside en la capacidad de
        adquirir una forma definida, sino sobre todo en no cristalizar de manera absoluta, su
        poder-no-ser más lo que, sin embargo, ha devenido».<xref ref-type="fn" rid="fn108"
          >108</xref> Si combinamos ambos comentarios, tendremos como resultado que la filosofía más
        contemporánea del cuidado ha rechazado una estética positiva o afirmativa del yo, que no
        creo que pueda leerse más que como el rechazo de una afirmación de la identidad.</p>
  <p>Si intentamos recapitular en pocas frases la crítica de la propuesta foucaultiana como síntoma
        de la ideología neoliberal, la cual hemos desprendido de la obra de Ferlosio, encontraremos
        que el elemento principal de la misma es que la conducta deportiva afirma radicalmente al
        sujeto: lo hace brillar, lo eleva en su egolatría sobre el contenido de su acción, lo pone
        en primer plano tautológicamente con el mero fin de mostrar que «aquí estoy yo». El problema
        que la prueba estoica o la parresia cínica pueden tener como herramientas de resistencia en
        el presente surge justamente allí donde se vuelven elementos de una voluntad gratuita y
        ególatra cuyo único fin es la ceguera de su imposición en una estructura agónica, o sea,
        donde el cuidado se vuelve deportivo. Así las cosas, y de acuerdo con la importancia del
        deporte en la ideología tardomoderna, la propuesta foucaultiana incurre en la recomendación
        de varios elementos ideológicos que la neutralizan y la asimilan como una forma ideológica
        de vida más.</p>
  <p>No obstante, el peligro de esta afirmación de uno mismo parece haberse tenido en cuenta
        tácitamente en las actualizaciones más contemporáneas de la propuesta de Foucault, quizá por
        la agudización de aquella ideología deportiva. En un libro publicado en 2005, <italic>Dar
          cuenta de sí mismo</italic>, Judith Butler sostiene que «la pérdida de sí es una aflicción
        necesaria, se pierde lo que nunca se tuvo»<xref ref-type="fn" rid="fn109">109</xref> a la
        vez que, en base a esa teoría negativa del sujeto, despliega una propuesta ética en la que
        no sólo los individuos tienen que dejar de exigirse coherencia entre sí puesto que nadie
        está conformado como un yo coherente, sino que han de suspender también «la demanda de
        autoidentidad». Así como Butler parece apostar —criticando a Foucault, dicho sea de paso—
        por una vacilación o incertidumbre de sí que consista en la renuncia a la afirmación de un
        sí mismo y abrace su diferencia o su pluralidad, Giorgio Agamben hace lo propio cuando
        sustituye la noción foucaultiana de cuidado por la de «uso» (<italic>chresis</italic>,
          <italic>chrestai</italic>), con la que ha pretendido llevar la teoría de la «potencia
        destituyente» a la subjetividad. En la línea de lo dicho por Stimilli, el uso de sí se
        caracteriza como «una forma-de-vida [que] incesantemente depone las condiciones sociales en
        que se encuentra viviendo, sin negarlas, sino, sencillamente, usándolas».<xref ref-type="fn"
          rid="fn110">110</xref> De nuevo, Agamben rebaja el componente afirmativo del cuidado y lo
        disocia de la identidad, que se niega en una forma de vida definida por su mudanza y su
        diferencia constante. Quizá podamos tomar estas propuestas como síntomas del agotamiento de
        Foucault y, en la medida en que llaman a ignorarse a uno mismo, quizá podamos denominarlas
        como una «negación de sí».</p>
  <p>En la obra de Ferlosio, sobre el tema podemos encontrar, más que propuestas, un pecio contrario
        al cuidado, que lleva por título «Antisócrates» y que dice con exclamaciones: «“Conócete a
        ti mismo”; ¡sí, hombre, como si no tuviera uno otra cosa en que pensar!».<xref ref-type="fn"
          rid="fn111">111</xref> No obstante, en otro pecio, hay una diferencia entre dos morales
        que llaman a una autonegación semejante a las anteriores: mientras que la moral de identidad
        consiste en reafirmarse o seguir siendo idéntico a uno mismo, la moral de perfección
        encuentra su sentido en «dejar de parecerse a sí mismo, al menos un poquito cada día».<xref
          ref-type="fn" rid="fn112">112</xref> No hay mucho más en Ferlosio, excepto un villancico
        que, en su estribillo, canta: «Nazca el niño negativo, / nadie, nunca, nada, no». La
        propuesta es tan ninguna como su pesimismo, aunque quizá puede entreverse alguna salida
        justamente en las estrofas que aluden al <italic>agón:</italic> «Si amanece la arrogancia /
        de la fuerza y el valor, / niño débil y cobarde, / niño noche y deserción. // Si relumbran
        los fusiles / de la blanca afirmación, / niño oscuro, niño inerme, / niño niebla y
          evasión».<xref ref-type="fn" rid="fn113">113</xref></p>
</sec>
</body>
<back>
<fn-group>
  <fn id="fn1">
    <label>1</label><p>Christian Laval y Pierre Dardot, <italic>La nueva
    razón del mundo. Ensayo sobre la sociedad neoliberal,</italic>
    traducción de Alfonso Diez, Barcelona: Gedisa, 2015, pp.
    402-409.</p>
  </fn>
  <fn id="fn2">
    <label>2</label><p>Elettra Stimilli, <italic>La deuda del viviente. Ascesis y capitalismo</italic>, traducción de
          José Miguel Burgos Mazas, Valencia: Pre-Textos, 2022, pp. 216-217.</p>
  </fn>
  <fn id="fn3">
    <label>3</label><p>Rafael Sánchez Ferlosio, <italic>Campo de retamas. Pecios reunidos,</italic> Barcelona:
          Literatura Random House, 2015, p. 15.</p>
  </fn>
  <fn id="fn4">
    <label>4</label><p>La discusión sobre la totalidad o la no-salida de
    la ideología capitalista es ya clásica, cfr. Terry Eagleton,
    <italic>Ideología. Una introducción</italic>, traducción de Jorge
    Vigil, Barcelona: Paidós, 1997, pp. 73-90.</p>
  </fn>
  <fn id="fn5">
    <label>5</label><p>Por ejemplo, en el caso de uno de los ensayos más leídos sobre el problema ideológico del
          capitalismo tardío, el célebre opúsculo de Mark Fisher, se concluye también con una
          propuesta obligada por el cierre del ensayo y que tiene que resultar por fuerza llamativa:
          Fisher propone que la izquierda tiene que hacerse cargo del deseo creado pero frustrado
          del neoliberalismo y establecer un sistema en que ese deseo se realice, hasta el punto de
          entender la cultura del capitalismo de consumo como un antiguo proyecto soviético que está
          todavía por cumplirse. A la luz de estos desbarres evidentemente ideológicos, toda
          prudencia es poca en las páginas finales de los ensayos críticos. Cfr. Mark Fisher,
            <italic>Realismo capitalista. ¿No hay alternativa?</italic>, traducción de Claudio
          Iglesias, Buenos Aires: Caja Negra, 2018, pp. 141-152.</p>
  </fn>
  <fn id="fn6">
    <label>6</label><p>Michel Foucault, «¿Qué es la Ilustración?», traducción e introducción de Antonio Campillo,
            <italic>Daimon</italic>, nº 7, 1993, pp. 5-18.</p>
  </fn>
  <fn id="fn7">
    <label>7</label><p>Michel Foucault, «¿Qué es la crítica? [Crítica y
    <italic>Aufklärung</italic>]», traducción de Javier de la Higuera,
    <italic>Daimon</italic>, nº 11, 1995, pp. 5-25.</p>
  </fn>
  <fn id="fn8">
    <label>8</label><p>Rodrigo Castro Orellana, «Ética y Libertad: La <italic>pars construens</italic> de la filosofía
          foucaultiana», <italic>Revista de Filosofía</italic> (Universidad de Chile), vol. 62,
          2006, pp. 117-138. DOI: <ext-link ext-link-type="uri"
            xlink:href="http://dx.doi.org/10.4067/S0718-43602006000100008"
              ><underline>http://</underline></ext-link>
          <ext-link ext-link-type="uri"
            xlink:href="http://dx.doi.org/10.4067/S0718-43602006000100008"
              ><underline>dx.doi.org/10.4067/S0718-43602006000100008</underline></ext-link></p>
  </fn>
  <fn id="fn9">
    <label>9</label><p>La más célebre y citada seguramente sea la que
    puede leerse en Michel Foucault, «La ética del cuidado de sí como
    práctica de la libertad», en <italic>Estética, ética y
    hermenéutica</italic>, traducción de Ángel Gabilondo, Barcelona:
    Paidós, 1999, pp. 393-415.</p>
  </fn>
  <fn id="fn10">
    <label>10</label><p>Especialmente revelador es el desvío puramente históricoteórico que Foucault toma ante varias
          preguntas en Michel Foucault, «El cuidado de la verdad», en <italic>Estética, ética y
            hermenéutica</italic>, traducción de Ángel Gabilondo, Barcelona: Paidós, 1999, pp. 373 y
          ss.</p>
  </fn>
  <fn id="fn11">
    <label>11</label><p>Michel Foucault, «El retorno de la moral», en
    <italic>Estética, ética y hermenéutica</italic>, traducción de Ángel
    Gabilondo, Barcelona: Paidós, 1999, p. 383.</p>
  </fn>
  <fn id="fn12">
    <label>12</label><p><italic>Ibíd</italic>., p. 385.</p>
  </fn>
  <fn id="fn13">
    <label>13</label><p>Por ejemplo, a pesar de que se mencionan muchos rasgos del cuidado relacionados con lo deportivo,
          no se llama la atención sobre ello en Thimoty O’Leary, <italic>Foucault and the Art of
            Ethics</italic>, Londres: Continuum, 2002, y, sobre todo, en Wilhelm Schmid<italic>, En
            busca de un nuevo arte de vivir. La pregunta por el fundamento y la nueva fundamentación
            de la ética en Foucault</italic>, traducción de Germán Cano, Valencia: Pre-Textos, 2002,
          pp. 237-244.</p>
  </fn>
  <fn id="fn14">
    <label>14</label><p>Un buen ejemplo se encontrará en el recorrido teórico, aunque un tanto desactualizado, que hacen
          Genèvieve Rail y Jean Harvey, «Body at Work: Michel Foucault and the Sociology of Sport»,
            <italic>Sociology of Sport Journal</italic>, 12, 1995, pp. 164-179.</p>
  </fn>
  <fn id="fn15">
    <label>15</label><p>Cfr. Pirkko Markula y Richard Pringle,
    <italic>Foucault, Sport and Exercise,</italic> Londres: Routledge,
    2006.</p>
  </fn>
  <fn id="fn16">
    <label>16</label><p>Es el caso de los problemas que Pirkko Markula encuentra a la hora de que las deportistas mujeres
          no decaigan hacia unas formas de cuidado del cuerpo que confrontan con la tradición
          feminista o, más grave, se adecúan a las normas de género más exigentes. Cfr. Pirkko
          Markula, «The Technologies of the Self: Sport, Feminism, and Foucault», <italic>Sociology
            of Sport Journal</italic>, 20, 2003, pp. 87-107. Un dilema semejante entre resistencia e
          ideología aparece justamente allí donde el deporte es ineludible en la obra de Foucault, o
          sea, en el cuidado del cuerpo, tal como plantea, aunque proponiendo una solución favorable
          al cuidado, Rodrigo Castro Orellana, «El peligro de los placeres», en <italic>Ética para
            un rostro de arena: Michel Foucault y el cuidado de la libertad,</italic> tesis
          doctoral, Universidad Complutense de Madrid, 2004, pp. 378-383.</p>
  </fn>
  <fn id="fn17">
    <label>17</label><p>Michel Foucault, <italic>Historia de la
    sexualidad II. El uso de los placeres</italic>, traducción de Tomás
    Segovia, México: Siglo XXI, 2005, pp. 70 y ss.</p>
  </fn>
  <fn id="fn18">
    <label>18</label><p>Cfr. Michel Foucault, <italic>Seguridad, territorio, población. Curso del Collège de France
            (1977-1978),</italic> traducción de Horacio Pons, Madrid: Akal, 2008, p. 205. En estas
          páginas, Foucault presenta ya el ascetismo como una «contraconducta» a las formas
          pastorales del poder cristiano.</p>
  </fn>
  <fn id="fn19">
    <label>19</label><p>Michel Foucault, <italic>La hermenéutica del sujeto. Curso del Collège de France (1982)</italic>,
          traducción de Horacio Pons, Madrid: Akal, 2021, p. 388.</p>
  </fn>
  <fn id="fn20">
    <label>20</label><p><italic>Ibíd</italic>., p. 397.</p>
  </fn>
  <fn id="fn21">
    <label>21</label><p>«Et puis vous avez le <italic>gumnazein</italic> (sic) [...] qui indique le fait que l’on fait de
          la gymnastique pour soi même, qui signifie proprement “s’exercer”, “s’entraîner”, et qui
          se rapporte, me semble-t-il, <italic>beaucoup plus</italic> à une pratique en situation
          réelle [cursiva propia]». Michel Foucault, <italic>L’herméneutique du sujet. Cours au
            Collège de France (1981-1982)</italic>, París: Seuil/Galllimard, 2001, p. 407.</p>
  </fn>
  <fn id="fn22">
    <label>22</label><p>Foucault, <italic>La hermenéutica del sujeto</italic>, op. cit., p. 398. No dice Foucault en
          ningún momento las razones, pero puede entreverse que una de ellas, si no la principal, es
          la primacía de la gimnasia —como parte netamente activa del arte de vivir— frente a la
          meditación.</p>
  </fn>
  <fn id="fn23">
    <label>23</label><p><italic>Ibíd</italic>., p. 398.</p>
  </fn>
  <fn id="fn24">
    <label>24</label><p><italic>Ibíd</italic>., p. 400.</p>
  </fn>
  <fn id="fn25">
    <label>25</label><p>Foucault, <italic>Historia de la sexualidad II</italic>, op. cit., pp. 61-76. También en las pp.
          112-113 de este libro, Foucault señala el antecedente de la abstinencia o la lucha de los
          placeres en el régimen platónico de los atletas, algo que luego extiende a la cultura
          griega (p. 156).</p>
  </fn>
  <fn id="fn26">
    <label>26</label><p>Todos los entrecomillados provienen de Foucault, <italic>La hermenéutica del sujeto</italic>, op.
          cit., p. 403.</p>
  </fn>
  <fn id="fn27">
    <label>27</label><p>Michel Foucault, <italic>Historia de la
    sexualidad III. La inquietud de sí</italic>, traducción de Tomás
    Segovia, México: Siglo XXI, 2007, p. 58.</p>
  </fn>
  <fn id="fn28">
    <label>28</label><p>Foucault, <italic>La hermenéutica del
    sujeto</italic>, op. cit., p. 413.</p>
  </fn>
  <fn id="fn29">
    <label>29</label><p><italic>Ibíd</italic>., p. 416.</p>
  </fn>
  <fn id="fn30">
    <label>30</label><p><italic>Ibíd.,</italic> pp. 411-415.</p>
  </fn>
  <fn id="fn31">
    <label>31</label><p>Foucault, <italic>Seguridad, territorio, población,</italic> op. cit., pp. 205207.</p>
  </fn>
  <fn id="fn32">
    <label>32</label><p>Foucault, <italic>La hermenéutica del sujeto,</italic> op. cit<italic>.</italic>, p. 453. También
          es verdad que lo deportivo está presente a lo largo del curso y al lector no pueden
          extrañarle unas conclusiones como esas: se insiste casi desde el principio en que el
          cuidado es un «entrenamiento» (p. 90), situándolo en el paso de la adolescencia a la
          adultez (p. 93), en el extremo cuidado del cuerpo (p. 105) o en el ocio privilegiado (p.
          116). También se distingue lo monástico de la «preparación atlética» (p. 218), se habla
          del yo como «una meta» (p. 237) o de la <italic>askesis</italic> antigua como el ejercicio
          de un «atleta del acontecimiento» (p. 302).</p>
  </fn>
  <fn id="fn33">
    <label>33</label><p><italic>Ibíd</italic>., pp. 343 y ss.</p>
  </fn>
  <fn id="fn34">
    <label>34</label><p>Real Academia Española, <italic>Diccionario de la lengua española</italic>, 23ª ed., versión 23.7
          en línea, <ext-link ext-link-type="uri" xlink:href="https://dle.rae.es/parresia"
              ><underline>https://dle.rae.es/parresia</underline></ext-link> (consultado el 13 de
          mayo de 2024). No está libre de problemas el uso del término y quizá por ello no se ha
          utilizado más que la transliteración en las ediciones de los textos foucaultianos. Llama
          mucho la atención la voz «parresia» debido a que aparece un componente de astucia generosa
          que quizá está en el tratamiento de Foucault, aunque nunca se lo encuentra tan
          explícitamente como aquí: «apariencia de que se habla audaz y libremente al decir cosas,
          aparentemente ofensivas, y en realidad gratas o halagüeñas para aquel a quien se le
          dicen». Tampoco puede desdeñarse que el núcleo de la de finición remita a una falsedad o a
          una apariencia, ya que Foucault insiste justamente en lo contrario, en que el parresiasta
          no puede mentir, ni siquiera interiormente. Puede que la confusión derive de los usos
          latinos del término, debido a que Foucault dice que se tradujo como
            «<italic>libertas</italic>» (<italic>La hermenéutica del sujeto</italic>, op. cit., p.
          343) mientras que la retórica lo identifica con la «<italic>licentia</italic>» o la
            «<italic>oratio libera</italic>» y lo define como «la franqueza sin concesiones a la
          susceptibilidad del auditorio» (Bice Mortara Garavelli, <italic>Manual de
            retórica</italic>, traducción de Mª José Vega, Madrid: Cátedra, 1991, p. 305). Sea como
          fuere y aunque haya grandes diferencias de matiz, todas las definiciones parecen converger
          hacia el decir veraz de la parresia —que, incluso como apariencia, pretende tener un
          efecto de verdad o de claridad para el receptor—, por lo que podemos respetar el uso
          castellano del término teniendo siempre en cuenta que añade una sombra de duda nada
          desdeñable.</p>
  </fn>
  <fn id="fn35">
    <label>35</label><p>Foucault, <italic>La hermenéutica del
    sujeto</italic>, op. cit., p. 361.</p>
  </fn>
  <fn id="fn36">
    <label>36</label><p>Michel Foucault, <italic>El gobierno de sí y de
    los otros. Curso en el Collège de France (1982-1983)</italic>,
    traducción de Horacio Pons, Buenos Aires: Fondo de Cultura
    Económica, 2009, pp. 70-73.</p>
  </fn>
  <fn id="fn37">
    <label>37</label><p><italic>Ibíd</italic>., p. 75. «Je ne voudrais pas évidemment qu’on s’arrête à cette formulation
            <italic>un peu pathétique</italic> du rapport entre le direvrai et le risque de la mort,
          mais enfin, c’est ça qu’il faudrait maintenant un petit peu débrouiller [cursiva propia]»,
          Michel Foucault, <italic>Le gouvernement de soi et des autres. Cours au Collège de France
            (1982-1983)</italic>, París: Seuil/Gallimard, 2008, p. 56.</p>
  </fn>
  <fn id="fn38">
    <label>38</label><p>Foucault, <italic>El gobierno de sí y de los
    otros</italic>, op. cit., pp. 77-82.</p>
  </fn>
  <fn id="fn39">
    <label>39</label><p>Las relaciones del acto de habla con la mentira no son tan sencillas como resume aquí Foucault,
          aunque se entienda que este se refiere a la verdad «interior» o de la sinceridad del
          emisor y no a la verdad del enunciado. En todo caso, téngase en cuenta que el problema de
          la mentira del performativo —que encontró en el «parásito» su paradigma— articula la
          célebre discusión entre Jacques Derrida y John Searle y que quizá podría haber aquí una
          fructífera vía de investigación para el problema de la parresia. Cfr. Jacques Derrida,
            <italic>Limited Inc</italic>., traducción de Javier Pavez, Santiago de Chile: Pólvora,
          2018 y John R. Searle, «Reiterating the differences. A reply to Derrida»,
            <italic>Glyph</italic>, 1(2), pp. 198-208.</p>
  </fn>
  <fn id="fn40">
    <label>40</label><p>Foucault, <italic>El gobierno de sí y de los
    otros</italic>, op. cit., p. 82.</p>
  </fn>
  <fn id="fn41">
    <label>41</label><p><italic>Ibíd</italic>., p. 80. En este curso de 1982-1983, no se insistirá demasiado en el
          carácter deportivo y militar de la parresia, pero hay otra mención en la p. 183: «se dará
          [la parresia] en la forma de la justa, la rivalidad, el enfrentamiento, y, por
          consiguiente, quienes quieran utilizar un lenguaje de verdad se verán en la necesidad de
          manifestar su valor (ese será el vértice moral)» (también en la p. 169 se refiere Foucault
          a la dinámica de combate y conflicto). No obstante, el curso siguiente estará repleto de
          referencias a lo deportivo.</p>
  </fn>
  <fn id="fn42">
    <label>42</label><p>Foucault, «La ética del cuidado de sí como práctica de la libertad», op. cit., pp. 399-400.</p>
  </fn>
  <fn id="fn43">
    <label>43</label><p>Schmid, <italic>En busca de un nuevo arte de
    vivir</italic>, op. cit., p. 317.</p>
  </fn>
  <fn id="fn44">
    <label>44</label><p>Michel Foucault, <italic>El coraje de la verdad. El gobierno de sí y de los otros II. Curso en el
            Collège de France (1983-1984)</italic>, trad. de Horacio Pons, Buenos Aires: Fondo de
          Cultura Económica, 2010, p. 35.</p>
  </fn>
  <fn id="fn45">
    <label>45</label><p><italic>Ibíd</italic>., p. 41.</p>
  </fn>
  <fn id="fn46">
    <label>46</label><p><italic>Ibíd</italic>., p. 101.</p>
  </fn>
  <fn id="fn47">
    <label>47</label><p>La interpretación de la figura de Sócrates como aquel que llama a los demás a cuidar de sí mismos
          es clásica, pero tiene un exponente muy cercano a los estudios de Foucault, a saber, Jan
          Patočka, <italic>Platón y Europa</italic>, traducción de Marco-Aurelio Galmarini,
          Barcelona: Edicions 62, 1991. Se encontrará un estudio de la relación entre ambos autores
          en Andrea Stella, <italic>¿Qué es la filosofía? Foucault, Patočka y la noción de
            cuidado</italic>, tesis doctoral, Universidad Autónoma de Madrid, 2017.</p>
  </fn>
  <fn id="fn48">
    <label>48</label><p>Foucault, <italic>El coraje de la
    verdad</italic>, op. cit., pp. 161-163.</p>
  </fn>
  <fn id="fn49">
    <label>49</label><p>Cfr. más abajo, «3. Umbral. Hegel y el deporte
    como metáfora de la guerra».</p>
  </fn>
  <fn id="fn50">
    <label>50</label><p><italic>Ibíd</italic>., p. 293.</p>
  </fn>
  <fn id="fn51">
    <label>51</label><p><italic>Ibíd</italic>., pp. 291 y ss.</p>
  </fn>
  <fn id="fn52">
    <label>52</label><p><italic>Ibíd</italic>., p. 276.</p>
  </fn>
  <fn id="fn53">
    <label>53</label><p><italic>Ibíd</italic>., p. 321.</p>
  </fn>
  <fn id="fn54">
    <label>54</label><p><italic>Ibíd</italic>., p. 292.</p>
  </fn>
  <fn id="fn55">
    <label>55</label><p><italic>Ibíd</italic>., pp. 187-202.</p>
  </fn>
  <fn id="fn56">
    <label>56</label><p>Foucault, «¿Qué es la Ilustración?», op. cit.,
    p. 11.</p>
  </fn>
  <fn id="fn57">
    <label>57</label><p><italic>Ibíd</italic>., p. 12. Nótese, por cierto, que el <italic>flâneur</italic> actúa aquí
          como mero contraste de la actitud moderna que defiende Foucault, con lo que hay a menudo
          una confusión que atribuye al primero los atributos de la segunda, quizá por el uso que
          hizo Benjamin de la figura baudelairiana del <italic>flâneur</italic>. Cfr. Walter
          Benjamin, <italic>Sobre Baudelaire</italic>, Madrid: Abada, 2023.</p>
  </fn>
  <fn id="fn58">
    <label>58</label><p>Foucault, «¿Qué es la Ilustración?», op. cit.,
    p. 12.</p>
  </fn>
  <fn id="fn59">
    <label>59</label><p>G. W. F. Hegel, <italic>Lecciones sobre la filosofía de la historia universal</italic>,
          traducción de José Gaos, Madrid: Alianza, 2012, p. 419. En las páginas 419-421 y 431-434
          se encuentra toda la reflexión de Hegel sobre el arte, el deporte y la subjetividad
          griega.</p>
  </fn>
  <fn id="fn60">
    <label>60</label><p><italic>Ibíd</italic>., p. 420.</p>
  </fn>
  <fn id="fn61">
    <label>61</label><p>Cfr., por ejemplo, Aristóteles,
    <italic>Política</italic>, VIII, 3-4, 1338b-1339a o <italic>Magna
    Moralia</italic>, I, 5, 1185b. También Foucault lo comenta, por
    cierto, en <italic>Historia de la sexualidad II. El uso de los
    placeres</italic>, op. cit., p. 98.</p>
  </fn>
  <fn id="fn62">
    <label>62</label><p>Fernando García Romero, <italic>El deporte en la Grecia antigua,</italic> Madrid: Síntesis, 2019.
          Se escucharán con mucho provecho las tres conferencias impartidas por el autor en la
          Fundación Juan March, octubre de 2020, y cuyo registro está disponible en <ext-link
            ext-link-type="uri"
            xlink:href="https://www.march.es/es/madrid/deporte-grecia-antigua-25871"
              ><underline>https://www.march.es/es/madrid/deporte-grecia</underline></ext-link><ext-link
            ext-link-type="uri"
            xlink:href="https://www.march.es/es/madrid/deporte-grecia-antigua-25871"
              ><underline>antigua-25871</underline></ext-link> (consultado por última vez el 14 de
          mayo de 2024).</p>
  </fn>
  <fn id="fn63">
    <label>63</label><p>Hegel, <italic>Lecciones</italic>, op. cit., p.
    433.</p>
  </fn>
  <fn id="fn64">
    <label>64</label><p><italic>Ibíd</italic>., p. 434.</p>
  </fn>
  <fn id="fn65">
    <label>65</label><p>Johan Huizinga, <italic>Homo ludens. El juego
    como elemento de la historia</italic>, Lisboa: Azar, 1943, pp. 20 y
    ss.</p>
  </fn>
  <fn id="fn66">
    <label>66</label><p><italic>Ibíd</italic>., pp. 253-254.</p>
  </fn>
  <fn id="fn67">
    <label>67</label><p>Hegel, <italic>Lecciones</italic>, op. cit., p.
    515.</p>
  </fn>
  <fn id="fn68">
    <label>68</label><p>El vínculo entre el deporte y la guerra viene de antiguo y ha sido tratado filosóficamente en
          numerosas ocasiones. Como ejemplo más conocido quizá pueda citarse la célebre intervención
          de José Ortega y Gasset, «El origen deportivo del estado», en <italic>Obras completas.
            Tomo II. El espectador (19161934)</italic>, Madrid: Revista de Occidente, 1963, pp.
          607-624. Como Foucault, también Ortega habla aquí de un «primer ascetismo religioso y
          atlético» que los monjes tomaron de los griegos. Del mismo modo, tienen gran interés los
          análisis no tan conocido que hicieron de los deportes de masas Thorstein Veblen,
            <italic>Teoría de la clase ociosa,</italic> traducción de Carlos Mellizo, Madrid:
          Alianza, 2021, pp. 275-304 y Lewis Mumford, <italic>Técnica y civilización</italic>,
          traducción de Constantino Azar de Acevedo, Madrid: Alianza, 1979, pp. 325-329.</p>
  </fn>
  <fn id="fn69">
    <label>69</label><p>Michel Foucault, <italic>Nacimiento de la biopolítica. Curso del Collège de France
            (1978-1979)</italic>, traducción de Horacio Pons, Madrid: Akal, 2016, pp. 158-159.</p>
  </fn>
  <fn id="fn70">
    <label>70</label><p>Dardot y Laval, <italic>La nueva razón del
    mundo. Ensayo sobre la sociedad neoliberal,</italic> op. cit., pp.
    358-362.</p>
  </fn>
  <fn id="fn71">
    <label>71</label><p><italic>Ibíd</italic>., p. 361.</p>
  </fn>
  <fn id="fn72">
    <label>72</label><p><italic>Ibíd</italic>., p. 359.</p>
  </fn>
  <fn id="fn73">
    <label>73</label><p>Charles Taylor, <italic>Fuentes del yo. La
    construcción de la identidad moderna,</italic> traducción de Ana
    Lizón, Barcelona: Paidós, 2016, p. 188.</p>
  </fn>
  <fn id="fn74">
    <label>74</label><p><italic>Ibíd</italic>., p. 663.</p>
  </fn>
  <fn id="fn75">
    <label>75</label><p>Para una breve introducción a la crítica ferlosiana del sujeto neoliberal, puede verse nuestro
          estudio, Julián Chaves González, «La empresa, la deuda y el reto. Un mapa conceptual del
          sujeto neoliberal», <italic>RECERCA. Revista de pensament i anàlisi,</italic> 2023, pp. 11
          y ss. DOI: <ext-link ext-link-type="uri" xlink:href="https://doi.org/10.6035/recerca.6812"
              ><underline>https://doi.org/10.6035/recer</underline></ext-link><ext-link
            ext-link-type="uri" xlink:href="https://doi.org/10.6035/recerca.6812"
              ><underline>ca.6812</underline></ext-link></p>
  </fn>
  <fn id="fn76">
    <label>76</label><p>Rafael Sánchez Ferlosio, <italic>Ensayos I, II, III</italic> y <italic>IV</italic> (4
            vols.)<italic>,</italic> edición al cuidado de Ignacio Echevarría, Barcelona: Debate,
          20152017, vol. IV, p. 9 (en adelante, citaremos por volumen y página con el fin de no
          recargar demasiado el espacio de las referencias bibliográficas). La crítica de Ferlosio a
          la ideología tardomoderna del reto ha sido recogida, actualizada y desarrollada por
          Antonio Valdecantos, <italic>La excepción permanente. O la construcción totalitaria del
            tiempo</italic>, Madrid: Díaz &amp; Pons, 2014, pp. 93-107.</p>
  </fn>
  <fn id="fn77">
    <label>77</label><p>Ferlosio, <italic>Campo de retamas</italic>, op.
    cit., pp. 193-195.</p>
  </fn>
  <fn id="fn78">
    <label>78</label><p>Ferlosio, <italic>Ensayos</italic>, op. cit., vol. IV, p. 9. De acuerdo con el «principio de
          literalidad» con que Gonzalo Hidalgo Bayal analizó los textos ensayísticos y
          enrevesadamente hipotácticos de Ferlosio, por el cual se definen como no resumibles o no
          parafraseables, es muy difícil citar fragmentos u oraciones que quieran decir todo lo que
          dice Ferlosio. Por ello, indicamos aquí que la crítica del reto puede encontrarse a lo
          largo de su obra, pero, sobre todo, en el libro citado más arriba, <italic>Mientras no
            cambien los dioses, nada ha cambiado</italic> (vol. IV, pp. 7-87). Cfr. también, Gonzalo
          Hidalgo Bayal, <italic>Camino de Jotán. El desierto de Takla Makán. Lecturas de
            Ferlosio,</italic> Cáceres: La Moderna, 2019, pp. 196 y ss., pp. 208-209.</p>
  </fn>
  <fn id="fn79">
    <label>79</label><p>Ferlosio, vol. IV, p. 12.</p>
  </fn>
  <fn id="fn80">
    <label>80</label><p>Ferlosio, vol. III, p. 458.</p>
  </fn>
  <fn id="fn81">
    <label>81</label><p>El tiempo tenso del destino es negativo o es un no-tiempo porque cancela el pasado, el presente y
          el futuro, o sea todo tiempo, como dijo Benjamin en un texto fundamental para Ferlosio:
          «se puede hacer a este tiempo simultáneo con cualquier otro tiempo no presente. Pues se
          trata de un tiempo dependiente, parasitario del tiempo propio de una vida superior y menos
          natural. Un tiempo que carece de presente, sin duda, pues instantes del destino sólo los
          hay en las novelas malas, y pasado y futuro igualmente sólo los conoce en modificaciones
          peculiares», Walter Benjamin, «Destino y carácter», en <italic>Obras. Libro II, vol.
            1</italic>, edición española al cuidado de Juan Barja, Félix Duque y Fernando Guerrero,
          Madrid: Abada, 2007, p. 180.</p>
  </fn>
  <fn id="fn82">
    <label>82</label><p>Ferlosio, vol. III, pp. 476-478.</p>
  </fn>
  <fn id="fn83">
    <label>83</label><p>Nos permitiremos remitir de nuevo a nuestro
    trabajo, Chaves González, «La empresa, la deuda y el reto», op.
    cit., pp. 16-17.</p>
  </fn>
  <fn id="fn84">
    <label>84</label><p>Se encontrará una crítica en consonancia con lo
    dicho aquí en Antonio Valdecantos, <italic>La modernidad
    póstuma</italic>, Madrid: Abada, 2022, pp. 27-64.</p>
  </fn>
  <fn id="fn85">
    <label>85</label><p>Recuérdese que la responsabilización extrema que
    produce la sujeción neoliberal no tiene como resultado simplemente
    la culpa o la deuda, sino también la gloria —la otra cara de la
    moneda neoliberal— con que el empresario de sí pretende brillar en
    la competencia.</p>
  </fn>
  <fn id="fn86">
    <label>86</label><p>Ferlosio, <italic>Campo de retamas</italic>, op.
    cit., p. 166.</p>
  </fn>
  <fn id="fn87">
    <label>87</label><p>Foucault, <italic>El gobierno de sí y de los
    otros</italic>, op. cit., p. 81.</p>
  </fn>
  <fn id="fn88">
    <label>88</label><p>Ferlosio, vol. III, pp. 271 y ss.</p>
  </fn>
  <fn id="fn89">
    <label>89</label><p>Ferlosio, vol. III, pp. 323 y ss.</p>
  </fn>
  <fn id="fn90">
    <label>90</label><p>Ferlosio, vol. II, p. 139.</p>
  </fn>
  <fn id="fn91">
    <label>91</label><p>Mumford, <italic>Técnica y
    civilización</italic>, op. cit., p. 326.</p>
  </fn>
  <fn id="fn92">
    <label>92</label><p>Foucault, <italic>El coraje de la
    verdad,</italic> op. cit., p. 31.</p>
  </fn>
  <fn id="fn93">
    <label>93</label><p>Las relaciones entre la ideología y la mentira en la modernidad tardía no son tan sencillas como
          puede llegar a creerse. Sobre el particular, puede verse muy fructíferamente la teoría de
          la ideología que despliega Valdecantos, <italic>La modernidad póstuma</italic>, op. cit.,
          pp. 65-112.</p>
  </fn>
  <fn id="fn94">
    <label>94</label><p>Laval y Dardot, <italic>La nueva razón del mundo</italic>, op. cit., p. 361. También debe leerse
          sobre esta transgresión ideológica, Antonio Valdecantos, <italic>Manifiesto
            antivitalista,</italic> Madrid: Catarata, 2018, en el que se encontrará una crítica del
          cuidado ideológico contemporáneo como «gestión de sí» y donde se leerán, por cierto, unas
          páginas (pp. 75-77) sobre lo deportivo. Por otra parte, que Ferlosio opinaba que la
          transgresión es en buena medida ideológica puede comprobarse en un artículo no incluido en
          los ensayos completos, «Transgresores y ofendidos», <italic>El País</italic>, 25 de
          febrero de 2006.</p>
  </fn>
  <fn id="fn95">
    <label>95</label><p>Ferlosio, vol. I, p. 486. También aparece
    referida en el vol. II, p. 138. La anécdota se encuentra en Diógenes
    Laercio, <italic>Vidas y opiniones de los filósofos
    ilustres</italic>, libro VI, 26.</p>
  </fn>
  <fn id="fn96">
    <label>96</label><p>Walter Benjamin, «Parque central», en
    <italic>Obras. Libro I, vol. 2</italic>, edición al cuidado de Juan
    Barja, Félix Duque y Fernando Guerrero, Madrid: Abada, 2008, p.
    269.</p>
  </fn>
  <fn id="fn97">
    <label>97</label><p>Valdecantos, <italic>La modernidad
    póstuma</italic>, op. cit., pp. 153-186.</p>
  </fn>
  <fn id="fn98">
    <label>98</label><p>Esa es justamente la crítica de Charles Taylor a
    Foucault en <italic>Fuentes del yo,</italic> op. cit., p. 663.</p>
  </fn>
  <fn id="fn99">
    <label>99</label><p>Foucault, «La ética del cuidado de sí...», op.
    cit., p. 401.</p>
  </fn>
  <fn id="fn100">
    <label>100</label><p>Toda la reflexión sobre la «simultad» está en
    Ferlosio, vol. III, pp. 463-468.</p>
  </fn>
  <fn id="fn101">
    <label>101</label><p>Judith Butler ha criticado la misma exclusión
    que Foucault hace del otro en <italic>Dar cuenta de sí mismo.
    Violencia ética y responsabilidad,</italic> traducción de Horacio
    Pons, Buenos Aires: Amorrortu, 2012, pp. 153-183.</p>
  </fn>
  <fn id="fn102">
    <label>102</label><p>Foucault, «La ética del cuidado de sí...», op.
    cit., pp. 411-412.</p>
  </fn>
  <fn id="fn103">
    <label>103</label><p>Ferlosio, vol. I, pp. 43-314.</p>
  </fn>
  <fn id="fn104">
    <label>104</label><p>Ferlosio, vol. IV, p. 60.</p>
  </fn>
  <fn id="fn105">
    <label>105</label><p>Sobre esa ahistoricidad, no debe dejar de verse lo que dice Ferlosio al respecto en <italic>Las
            semanas del jardín</italic>, vol. I, pp. 54-56.</p>
  </fn>
  <fn id="fn106">
    <label>106</label><p>Laval y Dardot, <italic>La nueva razón del
    mundo</italic>, op. cit., pp. 339-341.</p>
  </fn>
  <fn id="fn107">
    <label>107</label><p><italic>Ibíd</italic>., p. 408.</p>
  </fn>
  <fn id="fn108">
    <label>108</label><p>Stimilli, <italic>La deuda del
    viviente</italic>, op. cit., p. 217.</p>
  </fn>
  <fn id="fn109">
    <label>109</label><p>Butler, <italic>Dar cuenta de sí
    mismo</italic>, op. cit., p. 93.</p>
  </fn>
  <fn id="fn110">
    <label>110</label><p>Giorgio Agamben, <italic>El uso de los cuerpos. Homo Sacer, IV, 2</italic>, traducción de César
          Palma, Valencia: Pre-Textos, 2017, p. 302.</p>
  </fn>
  <fn id="fn111">
    <label>111</label><p>Ferlosio, <italic>Campo de retamas</italic>,
    op. cit., p. 88.</p>
  </fn>
  <fn id="fn112">
    <label>112</label><p><italic>Ibíd</italic>., p. 108.</p>
  </fn>
  <fn id="fn113">
    <label>113</label><p><italic>Ibíd</italic>., p. 179.</p>
  </fn>
</fn-group>
  <ack>
    <title>Agradecimientos</title>
    <p>Este artículo ha sido realizado gracias a la financiación correspondiente a la ayuda
        predoctoral FPU19/06490 del Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades del Gobierno
        de España.</p>
  </ack>
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    <element-citation publication-type="book">
      <person-group person-group-type="author">
        <name><surname>Agamben</surname><given-names>Giorgio</given-names></name>
      </person-group>
      <year>2017</year>
      <source>El uso de los cuerpos. Homo Sacer, IV, 2</source>
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        <name><surname>Palma</surname><given-names>César</given-names></name>
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      <publisher-loc>Valencia</publisher-loc>
      <publisher-name>Pre-Textos</publisher-name>
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    <element-citation publication-type="book">
      <person-group person-group-type="author">
        <name><surname>Butler</surname><given-names>Judith</given-names></name>
      </person-group>
      <year>2012</year>
      <source>Dar cuenta de sí mismo. Violencia ética y responsabilidad</source>
      <person-group person-group-type="translator">
        <name><surname>Pons</surname><given-names>Horacio</given-names></name>
      </person-group>
      <publisher-loc>Buenos Aires</publisher-loc>
      <publisher-name>Amorrortu</publisher-name>
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