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      <journal-id journal-id-type="publisher-id">ASHF</journal-id>
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        <journal-title specific-use="original" xml:lang="es">Anales del Seminario de Historia de la Filosofía</journal-title>
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      <issn publication-format="electronic">1988-2564</issn>
      <issn-l>0211-2337</issn-l>
      <publisher>
        <publisher-name>Ediciones Complutense</publisher-name>
        <publisher-loc>España</publisher-loc>
      </publisher>
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      <article-id pub-id-type="doi">10.5209/ashf.94528</article-id>
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        <subj-group subj-group-type="heading">
          <subject>ESTUDIOS</subject>
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        <article-title><italic>Un pueblo libre frente a un pueblo dirigido. La ruptura de Maquiavelo con el legado de Cicerón</italic></article-title>
        <trans-title-group xml:lang="en">
          <trans-title><italic>Free people versus controlled people.</italic> Machiavelli’s break with Cicero’s legacy</trans-title>
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        <contrib contrib-type="author" corresp="yes">
          <contrib-id contrib-id-type="orcid">https://orcid.org/0000-0001-5190-5916</contrib-id>
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            <surname>Fernández de la Peña</surname>
            <given-names>Miguel</given-names>
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          <xref ref-type="corresp" rid="cor1"/>
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        <aff id="aff-a"><institution content-type="original">Universidad Complutense de Madrid</institution>
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        <corresp id="cor1">Miguel Fernández de la Peña<email>miguef04@ucm.es</email></corresp>
      </author-notes>
      <pub-date pub-type="epub" publication-format="electronic" iso-8601-date="2025-06-06">
        <day>06</day>
        <month>06</month>
        <year>2025</year>
      </pub-date>
      <volume>42</volume>
      <issue>2</issue>
      <fpage>325</fpage>
      <lpage>335</lpage>
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        <copyright-statement>Copyright © 2025, Universidad Complutense de
          Madrid</copyright-statement>
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        <copyright-holder>Universidad Complutense de Madrid</copyright-holder>
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      </permissions>
      <abstract>
        <p>Décadas atrás la interpretación de Maquiavelo como maestro del mal comenzó a perder vigencia
          conforme se privilegiaban lecturas republicanas. Algunas de estas trataron de convertir a Maquiavelo un
          seguidor del pensamiento de Cicerón. Sin embargo, a pesar de una cierta convergencia de su pensamiento
          en relación con el modo en que hace suya la defensa de la república, las diferencias resultan evidentes en
          lo relativo al modo en que entienden la retórica y la ética. Más allá de estas últimas divergencias, una nueva
          escuela de maquiavelianos reclama la radicalidad y especificidad del pensamiento del florentino en relación
          con su forma de concebir el rol del pueblo en la república.</p>
      </abstract>
      <trans-abstract xml:lang="en">
        <p>Decades ago, the interpretation of Machiavelli as a master of evil began to lose validity as republican
          readings were privileged. Some of these tried to turn Machiavelli into a follower of Cicero’s thought. However,
          despite a certain convergence of their thought in relation to the way in which he defends the republic, the
          differences are evident in relation to the way in which they understand rhetoric and ethics. Beyond these
          latter divergences, a new school of Machiavellians claims the radicality and specificity of the Florentine’s
          thought in relation to his way of conceiving the role of the people in the republic.</p>
      </trans-abstract>
      <kwd-group>
        <kwd>Cicerón</kwd>
        <kwd>Maquiavelo</kwd>
        <kwd>pueblo</kwd>
        <kwd>Derecho natural</kwd>
        <kwd>tumulto</kwd>
      </kwd-group>
      <kwd-group xml:lang="en">
        <kwd>Cicero</kwd>
        <kwd>Machiavelli</kwd>
        <kwd>people</kwd>
        <kwd>Natural law</kwd>
        <kwd>tumult</kwd>
      </kwd-group>
    </article-meta>
  </front>
<body>
<sec id="sec1">
  <title>1. Introducción</title>
  <p>Desde que algunos de los más prominentes miembros de la Escuela de Cambridge privilegiaran el
        estudio de los <italic>Discursos sobre la primera dé cada de Tito Livio</italic> sobre
          <italic>El príncipe</italic>, Maquiavelo pasó a considerarse como un autor republicano.
        Esta lectura enfatizaba el modo en que el florentino seguía le estela de los grandes
        pensadores romanos, entre los que destacaba Cicerón. De ese modo, aunque algunos de los
        miembros de la escuela señalaron las diferencias entre ambos pensadores, marcando su
        diferente comprensión del engaño<xref ref-type="fn" rid="fn1">1</xref> o la impugnación
        maquiaveliana de los valores del humanismo inspirados por Cicerón<xref ref-type="fn"
          rid="fn2">2</xref>, muchos de ellos marcaron continuidades que resultan del todo
          excesivas<xref ref-type="fn" rid="fn3">3</xref>. Estas continuidades permitían, a su vez,
        establecer una conexión entre el humanismo y Maquiavelo, quien sería partícipe de las
        “coordenadas básicas” de la virtud humanista<xref ref-type="fn" rid="fn4">4</xref>.</p>
  <p>Teniendo en cuenta la evidente influencia de Cicerón en el contexto humanista<xref
          ref-type="fn" rid="fn5">5</xref>, desde hace décadas se vienen señalando importantes
        discontinuidades entre el autor romano y Maquiavelo. Se trata de algo que ya Leo Strauss
        había anotado<xref ref-type="fn" rid="fn6">6</xref>, y que la nueva escuela de
        interpretación radical maquiaveliana ha llevado mucho más allá. Así, aunque no quepa
        cuestionar la influencia ciceroniana en el ambiente cultural de las ciudades-estado
        italianas del Renacimiento, las diferentes formas en que Cicerón y Maquiavelo concibieron la
        retórica o la virtud les separan significativamente. No obstante, la discontinuidad más
        relevante, y a la que atenderemos más ampliamente, es aquella referida al modo en que
        concibieron el papel del pueblo en la república. Si Maquiavelo puede ser considerado como un
        fiero adversario de los privilegios de la oligarquía, Cicerón mostró ampliamente sus
        simpatías para con la aristocracia de la que él mismo formaba parte.</p>
</sec>
<sec id="sec2">
  <title>2. República, ley y patria</title>
  <p>Como decíamos, resultaría del todo inadecuado negar las evidentes continuidades entre
        Maquiavelo y los autores republicanos romanos. Ciertamente existen una serie de
        coincidencias, en muchos casos relacionadas directamente con la preponderancia de la
        política republicana romana en la obra de Maquiavelo, y no tanto con la lectura o la
        admiración de los teóricos republicanos. Por ello, previamente a analizar las diferencias
        sustantivas en torno al modo de comprender al pueblo entre Cicerón y Maquiavelo, conviene
        tener en cuenta algunos legítimos puntos de conexión.</p>
  <p>En primer lugar, ambos autores consideran que la comunidad debe actuar conforme a las leyes
        aprobadas por sus gobernantes, las cuáles deben ser aplicadas con igualdad a todos los
        ciudadanos. A este respecto, para Cicerón la multitud se libera del yugo de los oprimidos a
        través de la protección de uno distinguido por su virtud capaz de apartar la injusticia y
        establecer leyes iguales para todos, poniendo “a los poderosos en igualdad de derecho con
        los más bajos”<xref ref-type="fn" rid="fn7">7</xref>. De forma similar, Maquiavelo sostiene
        que no se debe contravenir la norma legal, incluso cuando de ello se derivaría un bien,
        puesto que posteriormente podría romperse con peores intenciones, de lo que se podría
        derivar el intento de que algunos trataran de infringir las leyes civiles<xref ref-type="fn"
          rid="fn8">8</xref>. Esta confianza en la norma le lleva a sostener que tampoco convendría
        dotarse de leyes retroactivas y que el pueblo gobernado por la ley se comporta de forma más
        virtuosa que el príncipe<xref ref-type="fn" rid="fn9">9</xref>. A pesar de esto, Cicerón
        parece más convencido de la necesidad de insistir que lo que define al derecho es la
        igualdad con la que se aplica, algo sobre lo que Maquiavelo no se pronuncia tan
        enfáticamente: “En efecto, siempre se ha buscado un derecho equitativo, pues de otro modo no
        sería derecho”<xref ref-type="fn" rid="fn10">10</xref>.</p>
  <p>En segundo lugar, la igualdad ante la ley exige la necesidad de un compromiso generalizado en
        la defensa de la patria. Para Cicerón “no hemos nacido solo para nosotros, sino que la
        patria reclama una parte de nuestro nacimiento” y, por tanto, quien no defiende a su
        comunidad actúa como si dejara indefensos a sus padres o amigos<xref ref-type="fn"
          rid="fn11">11</xref>. El amor que el ciudadano profesa por sus ascendientes y
        descendientes debe manifestarse en su amor por la República en tanto que la patria comprende
        a todos los que son queridos<xref ref-type="fn" rid="fn12">12</xref>. Además, Cicerón asume
        en algunos casos que la seguridad del pueblo romano debe ser la ley suprema, tal y como reza
        el lema presente en <italic>De legibus</italic> III 3 8 “salus populi suprema lex esto”<xref
          ref-type="fn" rid="fn13">13</xref>. Por ello, en <italic>De oratore</italic> II 106
        considera que un particular puede matar legalmente a un ciudadano, sin necesidad de juicio,
        en nombre de la salvación de la patria, es decir, “salute patriae”<xref ref-type="fn"
          rid="fn14">14</xref>. A pesar de esto, para el senador romano existen límites que no deben
        ser sobrepasados por razón alguna, de tal modo que ciertos medios serán rechazados por la
        patria, en tanto que “ni tampoco la república querrá que se admitan por ella”<xref
          ref-type="fn" rid="fn15">15</xref>. También para Maquiavelo cada ciudadano debe
        comprometerse en la defensa de su patria, tal y como promovió con la creación de la milicia
        florentina y dejó establecido en innumerables textos en los que se enfrentaba a las milicias
          mercenarias<xref ref-type="fn" rid="fn16">16</xref>. Quienes defendían su patria podían
        posteriormente volver a sus quehaceres habituales y sus negocios privados, convirtiéndose en
        humildes ciudadanos respetuosos de los mandatos de los magistrados<xref ref-type="fn"
          rid="fn17">17</xref>. Así, aunque múltiples acciones civiles pueden ser más gloriosas que
        aquellas llevadas a cabo en el campo de batalla y las armas deban ceder a la toga, no se
        debe renunciar al uso de las armas cuando la defensa de la comunidad así lo exija, “no sea
        que se deje la guerra por evitar la lucha, más que por la consideración del bien común”<xref
          ref-type="fn" rid="fn18">18</xref>. De forma similar, para Maquiavelo, la guerra no es un
        fin en sí mismo, de tal modo que ningún reino o república consiente a un súbdito o ciudadano
        tenerla por su actividad principal<xref ref-type="fn" rid="fn19">19</xref>.</p>
  <p>En tercer lugar, ambos son partícipes de una noción de conocimiento cuyo fin es el desarrollo
        práctico de los mecanismos de la política, a diferencia de unos antiguos que, aunque
        “trataban acerca del estado de palabra e ingeniosamente”, no lo hacían “según nuestra
        aplicación práctica a la política”<xref ref-type="fn" rid="fn20">20</xref>. Por ello,
        Cicerón entiende que la unión social precede al amor por el saber, por lo que “son más
        adecuados a la naturaleza los deberes que surgen de la sociabilidad que los que lo hacen del
          conocimiento”<xref ref-type="fn" rid="fn21">21</xref>. De forma similar, para Maquiavelo
        la práctica prevalece, en particular desde la óptica de la <italic>verità effettuale della
          cosa</italic> y no “alla immaginazione di essa”<xref ref-type="fn" rid="fn22">22</xref>.
        En este sentido, ambos se acercan a la política desde la contingencia, lo probable o lo
        provisional, y no desde una verdad filosófica o científica<xref ref-type="fn" rid="fn23"
          >23</xref>. Serían, ambos, fieles defensores de la retórica como instrumento de
        conocimiento y diálogo, lo que, sin embargo, no nos debe llevar a asimilar el modo en que
        ambos pretendían servirse de ella.</p>
</sec>
<sec id="sec3">
  <title>3. Retórica, virtud y gloria</title>
  <p>Si bien algunos autores han querido señalar convergencias entre Cicerón y Maquiavelo en
        relación con su comprensión de la retórica<xref ref-type="fn" rid="fn24">24</xref>, conviene
        matizar señalando la distancia entre sus dos diferentes propuestas morales. Si Cicerón no
        excluía la necesidad de manipular ciertas audiencias, su principal pretensión consistía en
        negar toda separación entre lo honesto y lo útil<xref ref-type="fn" rid="fn25">25</xref>, ya
        que el buen orador no podía permitirse engañar, puesto que, en cierta medida, la verdad
        prevalece en último término<xref ref-type="fn" rid="fn26">26</xref>. No obstante, el
          <italic>decorum</italic>, como disposición ética y a la vez analítica, permitía al orador
        determinar, analizando a la audiencia, la ocasión y el contexto, qué cantidad de carga
        emotiva era la apropiada sin que de ella se derivara una injustificada manipulación<xref
          ref-type="fn" rid="fn27">27</xref>. En ese sentido, cabía manipular la audiencia conforme
        a unos objetivos y a unas circunstancias, concibiéndola como un medio de asegurar el
        bienestar de la comunidad, sin olvidar la necesidad de mantener la unidad entre
          <italic>honestum</italic> y <italic>utile</italic>. En cambio, Maquiavelo no propondría
        una solución frente a la indeterminación ética y su directa relación con el uso de la fuerza
        o el fraude<xref ref-type="fn" rid="fn28">28</xref>. En su obra no existen significados
        prefijados o referencias teológicas, de tal modo que el orden es un producto creado por la
        razón humana. Esta ruptura con la tradición multiplicó la elaboración de textos en torno a
        cuándo era lícita la reserva mental, por lo que algunos autores optaron simplemente por
        demonizar al secretario debido a que entrar en su retórica implicaba replantearse
        retóricamente los fines<xref ref-type="fn" rid="fn29">29</xref>. Si bien no cabe duda de
        que— Cicerón concibe límites mayores al uso de la retórica, vinculados directamente con su
        forma de concebir el Derecho natural, no debemos exiagerar, como hace Kahn, la
        indeterminación ética maquiaveliana, puesto que algunos de los usos de la retórica podían
        cuestionarse en caso de corresponderse con “preghi o persuasioni non ragionevoli” puestas al
        servicio de la obtención de un bien particular o faccioso<xref ref-type="fn" rid="fn30"
          >30</xref>.</p>
  <p>Como ejemplifica el caso de la retórica, lo que marca la distancia entre Maquiavelo y Cicerón
        es su diferente conceptualización de la virtud en el ámbito político, algo que se hace
        igualmente patente en el modo en que ambos entienden la cuestión de la gloria, el honor o la
        reputación. Cicerón rechaza la monarquía, entre otras cosas, debido su negativa a aceptar
        determinados procedimientos moralmente cuestionables dentro de la disputa política. Para él,
        el acceso al poder no puede estar nunca motivado por el objetivo de conseguir honores,
        considerando que la ambición y la lucha por éstos es la mayor de las desgracias<xref
          ref-type="fn" rid="fn31">31</xref>. Frente a esto, la <italic>dignitas</italic> y la
          <italic>gloria</italic> se alcanzan únicamente actuando en favor de la <italic>res
          publica</italic><xref ref-type="fn" rid="fn32">32</xref>. En cambio, Maquiavelo concibe la
        reputación como un instrumento absolutamente necesario para la gestión del poder. Así, es
        consciente de la necesidad de controlar la propia imagen, de modo que, aunque conciba una
        diferencia entre reputación y gloria<xref ref-type="fn" rid="fn33">33</xref>, ambas pueden
        ser el resultando de hacer uso de medios que para Cicerón serían inconcebibles. Prueba de
        ello es el modo en que Aníbal obtiene la gloria combatiendo a unos romanos que no se fiaban
        de él<xref ref-type="fn" rid="fn34">34</xref>. Frente a esto, Cicerón es consciente de que
        la obtención de reconocimiento lleva aparejado en muchos casos el sacrificio de principios
        morales, de tal modo que frente a la <italic>ficta gloria</italic> se erige la <italic>vera
          gloria</italic><xref ref-type="fn" rid="fn35">35</xref>. Esta última implica el
        reconocimiento de aquellos que son capaces de distinguir el verdadero mérito, no del
        populacho, lo que en <italic>Tusculanae</italic> III 2 3-4 aparece como <italic>fama
          popularis</italic>, expresión con una connotación claramente antipopular. El mérito no
        consistiría en ganarse el favor del pueblo, ya que el autor confiesa su irritación ante un
        pueblo que aplaude a quienes encarnan “depravadas intenciones”<xref ref-type="fn" rid="fn36"
          >36</xref>. El verdadero mérito se derivaría del generoso servicio al estado, incluso en
        los casos en los que este implica el sacrificio de la propia vida, lo que si garantiza la
        inmortalidad del recuerdo<xref ref-type="fn" rid="fn37">37</xref>. Para obtener gloria sería
        necesario mantenerse en la senda de la justicia y de la honestidad, sirviendo a otros y
        actuando dentro de la excelencia humana<xref ref-type="fn" rid="fn38">38</xref>.</p>
  <p>Esta forma de concebir la gloria engarza de forma completa con la moral incondicional de
        Cicerón, según la cual “nada que no sea el bien moral es bueno”<xref ref-type="fn"
          rid="fn39">39</xref>. Como decíamos anteriormente, Cicerón rechaza toda diferencia entre
        lo justo y lo útil, invocando el juicio de Sócrates según el cual dichos elementos están
        “unidos indisolublemente por la naturaleza”<xref ref-type="fn" rid="fn40">40</xref>. Cicerón
        rechaza el parecer de algunas de las escuelas filosóficas de los antiguos según las cuales
        existe diferencia entre el bien moral y el sumo bien<xref ref-type="fn" rid="fn41">41</xref>
        puesto que ello se enfrentaría a la tesis según la cual todo se hace se hace según el
        criterio y la voluntad de los dioses<xref ref-type="fn" rid="fn42">42</xref>. De hecho, los
        primeros deberes de los hombres son para con los dioses inmortales<xref ref-type="fn"
          rid="fn43">43</xref>, y la correcta veneración divina obliga a apartarse del crimen<xref
          ref-type="fn" rid="fn44">44</xref>. De ese modo, el respeto a lo honesto aparece como
        irrenunciable en toda circunstancia, incluido el ámbito político<xref ref-type="fn"
          rid="fn45">45</xref>, lo que le lleva a rechazar el papel jugado por Rómulo en la
        fundación de Roma, considerando que mató a su hermano con la única motivación de reinar
        solo, prescindiendo de toda piedad o humanidad<xref ref-type="fn" rid="fn46">46</xref>.
        Frente a esto, Maquiavelo señala los buenos fines de Rómulo, de tal modo que sus medios
        quedan excusados porque se debe reprender al que es violento para estropear, pero no al que
        lo es para componer<xref ref-type="fn" rid="fn47">47</xref>.</p>
  <p>La diferente forma de concebir la relación entre moral y política de los dos autores supone una
        distancia muy significativa, independientemente de que sus obras coincidan en elogiar o
        censurar determinados comportamientos concretos<xref ref-type="fn" rid="fn48">48</xref>. En
        este sentido, mientras para Cicerón existe una perfecta coherencia entre virtudes y su
        perfecta contraposición con los vicios, Maquiavelo rechaza tal clasificación, lo que supone
        un ataque directo al corazón del humanismo político y su sistema de virtudes afianzado sobre
          <italic>De officiis</italic><xref ref-type="fn" rid="fn49">49</xref>. De ese modo, el
        florentino no concibe unas virtudes que se retroalimentan unas a otras, sino un modelo en el
        que cada virtud debe ser juzgada separadamente en función de sus efectos<xref ref-type="fn"
          rid="fn50">50</xref>. De esta diferencia en el enfoque se derivan gran cantidad de juicios
        morales contrarios en función de las diferencias entre juicios morales o políticos<xref
          ref-type="fn" rid="fn51">51</xref>. De ese modo, para Maquiavelo las exigencias éticas no
        podían pensarse como autónomas respecto de las necesidades políticas, de tal modo que los
        pecados más graves son aquellos que llevan a la comunidad a la sumisión frente a otros
        poderes, tal y como demostró la entrada en Italia de Carlos VIII de Francia<xref
          ref-type="fn" rid="fn52">52</xref>. Puesto que quien se adecúa perfectamente a las reglas
        morales haya rápidamente su ruina<xref ref-type="fn" rid="fn53">53</xref>, es necesario
        saber entrar en el mal o “sapere intrare nel male necessitato”<xref ref-type="fn" rid="fn54"
          >54</xref>.</p>
  <p>Según la perspectiva de ciertos intérpretes, estas diferencias entre Cicerón y Maquiavelo no
        serían tan acentuadas si atendiéramos a aquellos pasajes que muestran el pragmatismo del
        pensador romano<xref ref-type="fn" rid="fn55">55</xref>. Esta forma de interpretar su
        pensamiento se ha centrado especialmente en el modo en que un juramento emitido puede no ser
        cumplido en el caso de que se emita sin la convicción interna de su emisor<xref
          ref-type="fn" rid="fn56">56</xref>. Todo esto permitiría pensar en un Cicerón pragmático,
        capaz de entender la excepción y la trasgresión moral. No obstante, toda excepción o límite
        práctico a la moral que se presenta en su obra queda justificada por medio de una
        argumentación precisa. Si su pensamiento ilumina un caso en el que se enfrentan dos valores
        o es necesario privilegiar alguno de los dos, Cicerón trata de justificar el caso
        ateniéndose a una cierta jerarquía valorativa, algo muy diferente al modo en que Maquiavelo
        sostiene que la supervivencia de la comunidad exige olvidarse de toda consideración
        referente a la justicia<xref ref-type="fn" rid="fn57">57</xref>. Para Cicerón, aunque la
        política exigiera ciertos comportamientos, de modo que los fundadores y los hombres de
        estado, e incluso, en circunstancias extraordinarias, los ciudadanos privados, podían ser
        capaces de incurrir en ciertos vicios por necesidad<xref ref-type="fn" rid="fn58">58</xref>,
        la existencia de la ley natural se establece como un límite infranqueable. De hecho, es
        precisamente este límite lo que establecería la distinción entre su republicanismo del
        propio de Maquiavelo<xref ref-type="fn" rid="fn59">59</xref>. Aunque sea posible encontrar
        pasajes específicos en los que Cicerón parezca contravenir sus propias palabras, su obra
        trata de afianzar la equivalencia entre lo justo y lo útil<xref ref-type="fn" rid="fn60"
          >60</xref>, entendiendo lo moral como aquello que puede ser alabado por sí mismo sin
        atender a criterios de utilidad, algo capaz de ser asumido por todo entendimiento común y
        atendiendo a las inclinaciones de los “hombres mejores”<xref ref-type="fn" rid="fn61"
          >61</xref>.</p>
</sec>
<sec id="sec4">
  <title>4. La élite que moldea al pueblo</title>
  <p>Más allá de las diferencias tenidas en cuenta hasta este punto, el papel del pueblo dentro de
        la república es quizás el punto que más separa la obra de Cicerón de la de Maquiavelo. Si
        bien son muchos los autores que han señalado esta fractura<xref ref-type="fn" rid="fn62"
          >62</xref>, posiblemente el asunto no ha sido abordado con el detenimiento que se
        merece.</p>
  <p>La vida política de Cicerón estuvo vinculada en todo momento con los intereses de los
        optimates, de tal modo que sus posiciones políticas contrastaban con las de la facción
          popular<xref ref-type="fn" rid="fn63">63</xref>, combatiendo, a su vez, la idea de que los
        optimates representaban tan solo las aspiraciones de su clase. Para el orador, la discordia
        y la sedición surgían cuando los políticos consultaban únicamente el interés de una parte
        del pueblo, con la supuesta intención de limitar los supuestos abusos de la élite, lo que
        desencadenaba la violencia y la anarquía<xref ref-type="fn" rid="fn64">64</xref>. Para él,
        quienes se autodenominaban populares representaban sólo a la escoria, de modo que, aunque
        existiera un magistrado popular honesto, este no sería capaz de prosperar en su acción
        política ya que partía del error de pensar que “el verdadero pueblo romano era aquel que se
        encontraba en estas asambleas”<xref ref-type="fn" rid="fn65">65</xref>, lo cual habría
        motivado que todos ellos, magistrados inexpertos y demagogos<xref ref-type="fn" rid="fn66"
          >66</xref>, tuvieran un final aciago<xref ref-type="fn" rid="fn67">67</xref>. Los
        populares eran en realidad “populistas”<xref ref-type="fn" rid="fn68">68</xref> y se servía
        de sus artes demagógicas<xref ref-type="fn" rid="fn69">69</xref> para obtener el apoyo de la
        plebe, y, con ello, un mando extraordinario. Por ello, nada había más abominable que esa
        bestia “que tiene aparentemente el nombre de popular”<xref ref-type="fn" rid="fn70"
          >70</xref> y que pretende derivar en tiranía.</p>
  <p>Cicerón se presentaba como el verdadero <italic>popularis,</italic> quien debía ser considerado
        como portavoz de todo el pueblo o, al menos, del pueblo “real”<xref ref-type="fn" rid="fn71"
          >71</xref>, de modo que sostuvo que con su exilio<xref ref-type="fn" rid="fn72">72</xref>
        también la República había sido expulsada de Roma<xref ref-type="fn" rid="fn73">73</xref>.
        De ese modo, consideraba que el pueblo había decidido su vuelta a la ciudad al juzgarlo como
        el hombre “más digno” y la clave para que Roma recuperara su propia dignidad<xref
          ref-type="fn" rid="fn74">74</xref>. El pueblo había reclamado la guía que representaba su
        aristocracia natural, en tanto que los optimates eran rastreadores de “lo mejor y más
        deseable para todos los hombres sanos, honestos y felices”<xref ref-type="fn" rid="fn75"
          >75</xref>. Así, aunque su definición de república parte del pueblo como garante último
        del poder, constituyendo la garantía de la independencia de la comunidad frente al
          exterior<xref ref-type="fn" rid="fn76">76</xref>, este control debía, en realidad,
        llevarse a cabo únicamente en el nombre del pueblo y a través de la acción directa de los
        optimates. Se trataba, tan solo, de beneficiar la acción de “aquellos que por naturaleza
        tienen aptitud para dedicarse a actividades públicas”<xref ref-type="fn" rid="fn77"
          >77</xref>, aquella “gente de bien”<xref ref-type="fn" rid="fn78">78</xref> “hombres de
          bien”<xref ref-type="fn" rid="fn79">79</xref> o “personas buenas”<xref ref-type="fn"
          rid="fn80">80</xref> a los solo el “pueblo bajo”<xref ref-type="fn" rid="fn81">81</xref>
        se oponía.</p>
  <p>El modo en que Cicerón entendía la relación entre clases se corresponde con su idea de que el
        mejor gobierno exigía una constitución mixta en la cual el elemento aristocrático tuviera
        preponderancia para ser capaz de frenar los errores del vulgo<xref ref-type="fn" rid="fn82"
          >82</xref>. El Senado debía funcionar como guía de la comunidad, como una fuerza
          cohesionadora<xref ref-type="fn" rid="fn83">83</xref>, mientras que el pueblo
          elegiría<xref ref-type="fn" rid="fn84">84</xref> a aquellos en quienes confiar la gestión
        de sus propios bienes, que serían administrarlos en nombre y en interés del pueblo<xref
          ref-type="fn" rid="fn85">85</xref>. En la cabeza de la élite debían estar colocados los
        cónsules, los cuáles tendrían, “sólo por un año, una potestad que por sí misma y de derecho
        era como la de los reyes”<xref ref-type="fn" rid="fn86">86</xref>. Pero este modelo,
        presentado en <italic>De re publica</italic>, se completaría con el giro aristocrático de
          <italic>De legibus</italic>, en la cual el autor enfatizó la necesidad de que la
        naturaleza moral de los senadores se impusiera en el gobierno de la república, haciendo de
        la libertad del pueblo mera <italic>species libertatis</italic><xref ref-type="fn"
          rid="fn87">87</xref>. En este sentido, mientras en <italic>De re publica</italic> el poder
        es ejercido por unos magistrados en los que el pueblo ha confiado<xref ref-type="fn"
          rid="fn88">88</xref>, en <italic>De legibus</italic> estos poderes políticos no se delegan
        de manera significativa, sino que implican una forma de “cuasi-alienación” de la soberanía
          popular<xref ref-type="fn" rid="fn89">89</xref>, la cual, según el autor, era lo único que
        podía salvar la Roma republicana<xref ref-type="fn" rid="fn90">90</xref>. De este modo
        Cicerón habría infringido su propia prohibición de no hacer de la comunidad un lugar en el
        que los ciudadanos no pudieran vivir según sus propios deseos sin estar sujetos a los
        caprichos o preferencias de los demás<xref ref-type="fn" rid="fn91">91</xref>.</p>
  <p>Para Cicerón, la igualdad no debía implicar un igual ejercicio del poder puesto que de ello se
        derivaría una “equitable form of equality”<xref ref-type="fn" rid="fn92">92</xref>. Por
        ello, “cuando todo lo gobierna el pueblo, aunque sea éste justo y moderado, la misma
        igualdad es injusta, pues no distingue grados de dignidad”<xref ref-type="fn" rid="fn93"
          >93</xref>, al igual que resultaría una iniquidad considerar igual el honor que
        corresponde a los más nobles con el resto<xref ref-type="fn" rid="fn94">94</xref>. Un
        gobierno prudente debía no ceder a un popular una causa a la que no se pudieran oponer
          fácilmente<xref ref-type="fn" rid="fn95">95</xref>, al igual que debía controlar la
        selección de los cargos, puesto que servirse del sorteo sería la peor de las decisiones, al
        igual que sucedería si el pueblo no fuera capaz de acceder a “obedecer a los que son
          superiores”<xref ref-type="fn" rid="fn96">96</xref>, razón por la cual las decisiones
        tomadas por las asambleas populares no tendrían validez sin ratificación por parte del
          Senado<xref ref-type="fn" rid="fn97">97</xref>. Este control de la elección pasaba por
        establecer el voto secreto, de tal modo que fuera más difícil aprobar determinadas
        propuestas demagógicas<xref ref-type="fn" rid="fn98">98</xref>.</p>
  <p>El modo en que Cicerón trató de minimizar la participación popular puede apreciarse en relación
        con los Tribunos de la plebe, los cuáles aparecen en su obra como un elemento histórico que
        no debía perdurar. Para él, el proceso político por el cual la plebe negoció el
        establecimiento de tal magistratura estuvo marcado por la carencia de lógica y fue
        consecuencia de un mal ordenamiento institucional que favoreció que la plebe se soliviantara
        a causa de las deudas<xref ref-type="fn" rid="fn99">99</xref>. Así, aunque algunos
        intérpretes consideren que el autor no cuestiona el cargo de tribuno en sí mismo, de tal
        forma que la maldad de algunos de aquellos que ostentaron el cargo habría manchado el
        funcionamiento de su cargo<xref ref-type="fn" rid="fn100">100</xref>, Cicerón caracteriza a
        tribunos como Gayo Curiacio como “el más ruin y sórdido de los hombres”, a Gayo Graco como
        un gran desestabilizador o a Saturnino y Sulpicio como magistrados que la república solo
        pudo expulsar recurriendo a las armas<xref ref-type="fn" rid="fn101">101</xref>. En
        resumidas cuentas, “encontrarás en cualquier época a tribunos que hayan sido funestos;
        también superficiales, y que no fueran buenos quizá más”<xref ref-type="fn" rid="fn102"
          >102</xref>, por lo que la potestad tribunicia, excesiva en todas sus atribuciones, solo
        sería beneficiosa en tanto que la violencia del pueblo resultaría mucho más cruel e
          irreflexiva<xref ref-type="fn" rid="fn103">103</xref>.</p>
  <p>El compromiso incondicional ciceroniano frente a la violencia de la plebe es resultado de
        entenderla como asociada con la locura colectiva o el libertinaje que acompaña al pueblo que
        toma el poder absoluto<xref ref-type="fn" rid="fn104">104</xref>. Así, si la violencia puede
        ser motivada inicialmente por el intento de expulsar a un rey, posteriormente es adoptada
        por el pueblo como herramienta contra los aristócratas, sometiendo todo el Estado a sus
          caprichos<xref ref-type="fn" rid="fn105">105</xref>. Es por ello por lo que todo conato de
        violencia debe ser castigado, ya que todo esfuerzo es poco para “refrenar la furiosa e
        indomable violencia del populacho”<xref ref-type="fn" rid="fn106">106</xref>. Esto supone
        que no hay espacio en la obra de Cicerón para la revuelta que permitiera acabar con un
        régimen despótico, siguiendo la línea según la cual “prefiero incluso el gobierno de un rey
        a un pueblo sin gobierno”<xref ref-type="fn" rid="fn107">107</xref>. Según esta lógica, la
        injusticia cometida por parte de la élite no justificaría la revolución ni el tumulto, y la
        paz de la ciudad aparecería como principal objetivo, manteniendo la idea de una <italic>res
          publica</italic> como organización armoniosa en la que es posible una perfecta
        convivencia, la cual se mantendrá en tanto que se garantice la unidad del derecho, la
        seguridad pública y la coexistencia de diversos intereses, de acuerdo con la idea de
          <italic>consensu et utilitatis communione sociatus</italic>
        <xref ref-type="fn" rid="fn108">108</xref>.</p>
  <p>Este recorrido por la sociedad y el gobierno defendido por Cicerón estaría incompleto si no
        atendiéramos a su relación con el Derecho natural, el cual concede, a través del pensamiento
        filosófico, la validez a todo derecho<xref ref-type="fn" rid="fn109">109</xref>. En este
        sentido, la verdadera ley no sería otra cosa que la “recta razón, congruente con la
          naturaleza”<xref ref-type="fn" rid="fn110">110</xref> o una “razón suprema implantada en
        la naturaleza”<xref ref-type="fn" rid="fn111">111</xref>. Inspirada en esta se establecería
        la ley positiva, de modo que el pueblo fuera capaz de respetar la justicia<xref
          ref-type="fn" rid="fn112">112</xref>, lo cual exigiría mantener un equilibrio racional
        entre las clases más altas, las más bajas y las medias<xref ref-type="fn" rid="fn113"
          >113</xref>, diferenciando entre diversos roles y grados de participación política. Por
        tanto, en último término, la cuestión del pueblo en Cicerón es garantizada por la ley
        natural en el sentido de que incluso la honestidad está, para Cicerón, racionalmente
        vinculada con la nobleza del carácter o incluso de la sangre o el nacimiento<xref
          ref-type="fn" rid="fn114">114</xref>. En ese sentido, no cabe cuestionar que quienes deben
        comandar la sociedad son aquellos a los que, como decíamos anteriormente, la naturaleza
        concedió aptitudes y medios para gobernar.</p>
</sec>
<sec id="sec5">
  <title>5. El pueblo que protege su libertad</title>
  <p>Maquiavelo, al igual que Cicerón, vivió en un momento en el que el modelo republicano de su
        ciudad vivía su ocaso. Sin embargo, a diferencia de él, no consideró que hacer de ese modelo
        una aristocracia fuera el medio para conservarlo. Frente a esto, quiso servirse de la
        historia de la República de Roma como antídoto para la crisis republicana de Florencia,
        haciendo posible un renacimiento que debía contar con raíces populares<xref ref-type="fn"
          rid="fn115">115</xref>. Por ello, más allá de tratar de encontrar quién representaba al
        verdadero pueblo, Maquiavelo se consideró parte del estrato popular, tal y como explicita en
        la dedicatoria de <italic>Il principe</italic>, en la cual señala que para conocer la
        naturaleza de los “principi bisogna esser populare”<xref ref-type="fn" rid="fn116"
          >116</xref>.</p>
  <p>Para entender el renacer de la política popular florentina, conviene tener en cuenta la propia
        clasificación social de la ciudad. A este respecto, Maquiavelo vivió en una Florencia en la
        que no se consideraba a la nobleza, los “uomini da bene”<xref ref-type="fn" rid="fn117"
          >117</xref>, “nobili”, “gentili uomini”, “potenti” o “grandi” como parte del pueblo<xref
          ref-type="fn" rid="fn118">118</xref>. Por otro lado, tampoco formaba parte del pueblo la
        plebe, conformada fundamentalmente por los grupos más desfavorecidos económicamente y cuya
        posición empeoró tras el convulso periodo que representó la Revuelta de los Ciompi
        (1378-1382). Muestra de ello es el modo en que Coluccio Salutati o Leonardo Bruni
        denunciaron la violencia de esas bestias plebeyas, que en nada se asemejaban a las capas
        medias, y que atentaron contra la riqueza de los honorables, ejerciendo la rapiña, el
        asesinato y la caza de los ciudadanos<xref ref-type="fn" rid="fn119">119</xref>. De ese
        modo, la revuelta solidificó la contraposición entre <italic>popolo</italic> y
          <italic>popolazzo</italic><xref ref-type="fn" rid="fn120">120</xref>, lo cual suponía un
        cambio muy significativo respecto del <italic>Duecento</italic>, durante el cual resultaba
        común la noción universal del pueblo como conformador de la ciudad entera. Todo ello
        favoreció el modo en que los <italic>grandi</italic> se presentaban como aquellos que
        atesoraban la sabiduría, la caballerosidad y la capacidad de establecer un orden harmónico y
        adecuado a través de la discusión entre unos pocos, diciendo comandar como padres benévolos,
        y haciendo de la república una jerárquica familia en la que quienes no forman parte de las
        principales familias pasaban a ser entendidos como niños incapaces de gobernarse<xref
          ref-type="fn" rid="fn121">121</xref>.</p>
  <p>Partiendo de la naturaleza histórica del pueblo florentino, Maquiavelo trató de ir algo más
        allá. Tomando le ejemplo de Roma, pensó en la posibilidad de un pueblo capaz de protegerse a
        sí mismo frente a los desmanes de la aristocracia, de tal modo que la unidad de las clases
        populares asegurara tal protección. Para ello, era necesario tomar aquellas instituciones
        romanas que permitían mantener un orden político que fortaleciera toda la comunidad. Este
        fortalecimiento del pueblo pasaba por una “romanización” a través de la cual incluir dentro
        del pueblo algunos de los estratos excluidos, dejando atrás parte de la segregación social y
        conceptual que se produjo tras 1382. Asumir que parte de la plebe debía ser integrada en el
        pueblo es, por tanto, una consecuencia lógica de su pretensión de una Florencia apoyada
        sobre la mayoría, algo que no era posible sin un tumulto que permitía “sfogare
          l’ambizione”<xref ref-type="fn" rid="fn122">122</xref> y, al mismo tiempo, engrandecer la
        ciudad, tal y como sucedió en Roma<xref ref-type="fn" rid="fn123">123</xref>. En ese
        sentido, asumir la posibilidad del tumulto era la única forma de asegurar la expansión
        territorial por medio de la participación del pueblo, entendido de una forma amplia, en el
        gobierno y el ejército<xref ref-type="fn" rid="fn124">124</xref>. De lo contrario, como
        sucedía en Florencia, si la élite desarmaba al pueblo con la intención de saquearlo y
        limitar su influencia política, la ciudad se mantenía en peligro a causa de su debilidad
        estructural, tal y como la milicia creada por Maquiavelo trató de remediar<xref
          ref-type="fn" rid="fn125">125</xref>. Además, asegurar cierta participación política por
        parte de la plebe evitaría que esta se viera seducida por las propuestas despóticas que
        avala frecuentemente en las <italic>Istorie</italic>.</p>
  <p>Frente a un Cicerón para el que la igualdad consistía en privilegiar la acción de los más
        preparados por naturaleza, Maquiavelo entiende que los grandes son capaces, por sí mismos,
        de intervenir políticamente. Puesto que el pueblo solo desea no ser oprimido y los grandes
        son capaces de llevar a cabo todo tipo de estrategias para conseguir dominar, Maquiavelo
        considera necesario mantener la guardia de la libertad en manos populares<xref ref-type="fn"
          rid="fn126">126</xref>, asegurando así mismo que la élite no carece de límites en forma de
        leyes y acusaciones públicas contra aquellos que no la cumplen<xref ref-type="fn"
          rid="fn127">127</xref>. De lo contrario, será habitual que la élite se subleve, en tanto
        que quienes poseen son capaces de organizar las mayores alteraciones<xref ref-type="fn"
          rid="fn128">128</xref>, lo que prescribe, igualmente, un control popular por la vía de la
        fuerza, lo que implica hacer uso de un poder constituyente<xref ref-type="fn" rid="fn129"
          >129</xref>. Por tanto, aunque algunos autores han visto en el florentino un pensador
        equidistante entre la insolencia de la nobleza y la ambición desmedida del populacho,
        señalando además que “the people and the plebs are keen to other vices — foolishness,
        ignorance and, above all, license”<xref ref-type="fn" rid="fn130">130</xref>, lo cierto es
        que mientras que la ignorancia no es una amenaza permanente al mantenimiento del orden
        político y la licencia solo se produce por medio de estallidos violentos que son el
        resultado, no tanto de una tendencia natural del pueblo, sino más bien de un desgobierno
        generalizado, la soberbia de los grandes es permanente, por lo que es necesario aplacar su
        ambición por medio de diversos procedimientos, entre los que destacan la ley y las demandas
        del pueblo<xref ref-type="fn" rid="fn131">131</xref>. Además, si se ven libres del dominio
        de un monarca escupen su veneno<xref ref-type="fn" rid="fn132">132</xref>, son capaces de
        matar de hambre al pueblo<xref ref-type="fn" rid="fn133">133</xref>, e injurian a la plebe,
        incluso cuando no existe motivo alguno<xref ref-type="fn" rid="fn134">134</xref>.</p>
  <p>A pesar de las capacidades para el dominio por parte de los privilegiados, Maquiavelo no
        imagina una sociedad que se vea libre de ellos, puesto que toda comunidad cuenta con una
        élite que no puede ser suprimida de forma permanente. Frente a esta posibilidad, el autor
        trata de defender la causa de los populares, de tal modo que se enfrenta a la opinión de
        “tutti gli scrittori”, autores que, como Tito Livio, habían visto en el pueblo una masa
          inconstante<xref ref-type="fn" rid="fn135">135</xref>. Así, aunque en ciertos momentos
        parezca señalar diversos errores del pueblo, que puede verse engañado por lo que parece<xref
          ref-type="fn" rid="fn136">136</xref> o puede desear su ruina engañado de una falsa especie
        de bien<xref ref-type="fn" rid="fn137">137</xref>, desconfiando en algunos casos de los
        argumentos de los magistrados que buscan su bien<xref ref-type="fn" rid="fn138">138</xref>,
        de estos fallos de cálculo no se deriva la ignorancia permanente del pueblo. Este es capaz
        de actuar políticamente, pero, ciertamente, como cualquier otro actor político, su acción no
        es infalible. Sin embargo, quienes más yerran no suelen formar parte de la masa anónima,
        sino que son aquellos sobre los que recae mayor responsabilidad política, como sucede con
        los príncipes al juzgar las grandes empresas<xref ref-type="fn" rid="fn139">139</xref>. Por
        tanto, la mayoría no encarnar el error, de tal modo que es considerada como “più savia e più
        costante che uno principe”<xref ref-type="fn" rid="fn140">140</xref>. En tanto que
        constituye la mayoría de la comunidad, sabe qué es lo que conviene al conjunto, es capaz de
        entender los asuntos políticos y elegir con sabiduría sobre asuntos particulares como la
        distribución de los cargos<xref ref-type="fn" rid="fn141">141</xref> e incluso puede
        encarnar proféticamente la voz de Dios<xref ref-type="fn" rid="fn142">142</xref>.</p>
  <p>Mientras que Cicerón había condenado la acción de la mayoría de los tribunos de la plebe,
        Maquiavelo considera que dicha magistratura sirve a dos propósitos fundamentales. Si por un
        lado estable una figura capaz de aconsejar políticamente al pueblo, puesto que cuando se les
        aconseja yerran en menor medida que los príncipes<xref ref-type="fn" rid="fn143">143</xref>,
        por el otro lado canaliza institucionalmente el descontento de la plebe como condición
        innegociable dentro del buen funcionamiento del orden romano<xref ref-type="fn" rid="fn144"
          >144</xref>, estableciendo una mediación entre pueblo y aristocracia<xref ref-type="fn"
          rid="fn145">145</xref>. En tanto que Maquiavelo consideraba la magistratura como necesaria
        para aplacar la insolencia y la maldad del ánimo de los nobles<xref ref-type="fn"
          rid="fn146">146</xref>, pretendía recuperarla para Florencia, lo cual se concretaría a
        través de la figura de los <italic>proposti</italic>, magistrados de los que Maquiavelo da
        cuenta en el <italic>Discursus</italic> y que propone que sean elegidos de entre el
          pueblo<xref ref-type="fn" rid="fn147">147</xref>.</p>
  <p>Cerrábamos nuestro recorrido por el papel del pueblo en Cicerón vinculándolo con la cuestión
        del Derecho natural y la justicia, por lo que conviene hacer lo mismo con Maquiavelo. La
        importancia del Derecho natural en el pensamiento de Cicerón queda patente desde su
        cuestionamiento de la tesis según la cual la ley positiva es justa en sí misma, por lo que
        sería justa la ley de los tiranos<xref ref-type="fn" rid="fn148">148</xref>. Sin embargo,
        Maquiavelo no parte de ningún elemento por encima de la sociedad o la política para
        determinar lo que es justo o no, lo que habitualmente ha motivado lecturas de su pensamiento
        como ajeno a toda consideración por lo justo. Lo cierto es que para Maquiavelo la ley es
        justa cuando se corresponde con la noción de justicia del pueblo al que se aplica, porque
        fueron los pueblos los que fueron capaces de, sintiendo compasión entre ellos ante las
        injusticias, dotarse de una organización que, por medio de la ley, permitiera salir de ese
        mal o castigarlo<xref ref-type="fn" rid="fn149">149</xref>.</p>
</sec>
<sec id="sec6">
  <title>6. Conclusiones</title>
  <p>Aquellas lecturas que han considerado a Maquiavelo como un partícipe de una tradición del
        republicanismo, dentro de la cual Cicerón debía ser considerado una figura fundacional, han
        ignorado las sustanciales diferencias entre el modo en que ambos autores entendieron que
        debía funcionar la república, en especial en relación con el papel merecido por el pueblo.
        El objetivo de esta lectura habría sido emparentar el republicanismo con la obra de
        múltiples autores como una forma de otorgarle un pedigrí teórico, olvidando para ello las
        principales precauciones históricas y filológicas que deben guiar la labor del intérprete.
        Frente a esta, el presente artículo confirma la sospecha generalizada dentro de los estudios
        maquiavelianos más recientes según la cual el secretario florentino percibiría al pueblo de
        forma opuesta al elitismo ciceroniano. Asemejar la comprensión de ambos podría suponer un
        intento de opacar la sensibilidad democrática radical que podría derivarse de la obra de
        Maquiavelo.</p>
  <p>Señalada esta divergencia entre ambos, conviene atender a aquello que los separa. A este
        respecto, en el presente artículo se ha tratado de argumentar en favor de considerar el rol
        del pueblo dentro de la república de Cicerón como algo que viene motivado por una elección
        del autor y que pasa a ser justificado filosóficamente sirviéndose de la noción de Derecho
        Natural como pauta que rige el universo, que cuenta con la aquiescencia divina y que se
        lleva a cabo según la propia naturaleza y la razón. Frente a esto, en el caso de Maquiavelo
        no hay intento alguno de justificar su elección por medio de una completa filosofía
        política, lo cual le concede una gran flexibilidad en el momento de elaborar sus argumentos,
        pudiendo contravenir los juicios de diversas escuelas de pensamiento. Solo de esa forma pudo
        centrar su atención en la propia pugna política y construir un enfoque de la primacía de la
        política. Por consiguiente, la mayor importancia atribuida al pueblo se basa en la asunción
        de que el engrandecimiento de la república, así como el mantenimiento del orden y la
        convivencia, pasaba por integrar ampliamente las demandas populares, lo que a su vez
        permitiría mantener la libertad del conjunto de la comunidad por más tiempo.</p>
</sec>
</body>
<back>
<fn-group>
  <fn id="fn1">
    <label>1</label><p>Quentin Skinner, <italic>Maquiavelo</italic>
    (Madrid: Alianza Editorial, 1998), 59.</p>
  </fn>
  <fn id="fn2">
    <label>2</label><p>Skinner, <italic>Maquiavelo,</italic> 71-72.</p>
  </fn>
  <fn id="fn3">
    <label>3</label><p>Pocock consideró a Cicerón como un antecedente de
    la lógica del <italic>vivere civile</italic> maquiaveliano en J. G.
    A. Pocock. <italic>El momento maquiavélico: El pensamiento político
    florentino y la tradición republicana atlántica</italic> (Madrid:
    Tecnos, 2008), 59. Por su lado, Skinner identificó en la consecución
    del honor y gloria mundanos la continuación entre Cicerón, Tito
    Livio y Maquiavelo (Skinner, <italic>Maquia-</italic></p>
    <p><italic>velo</italic>, 43). De igual modo, la virtud maquiaveliana se habría visto
          fuertemente influenciada por la ciceroniana y su comprensión de la prudencia, la justicia,
          la fortaleza y la templanza (Skinner, <italic>Maquiavelo</italic>, 50). Por último, para
          Viroli Maquiavelo fue el verdadero fundador del republicanismo moderno y Cicerón el padre
          de la tradición republicana, tal y como explicita en Maurizio Viroli, <italic>Republica
            nismo</italic> (Santander: Editorial de la Universidad de Cantabria, 2014), 58, 53.
          Ambos habrían concebido una ley aplicable de forma igualitaria y habrían defendido la
          propiedad individual (Viroli, <italic>Republicanismo</italic>, 89, 99).</p>
  </fn>
  <fn id="fn4">
    <label>4</label><p>Viroli, <italic>Republicanismo</italic>, 58,
    113</p>
  </fn>
  <fn id="fn5">
    <label>5</label><p>Autores como Petrarca, Zabarella, Vergerio, Salutati, Alberti, Filelfo o Bruni fueron
          responsables del descubrimiento de las obras de Cicerón y de su difusión en la Italia
          humanista. Así, la influencia de Cicerón en el Humanismo apareció como una referencia
          alternativa contra el aristotelismo escolástico, promovió un modelo de diálogo literario
          erudito y fomentó el uso de la epístola como un género cercano al diálogo que se nutría de
          los recursos estilísticos del orador romano, en David Marsh, “Cicero in the Renaissance.”
          In <italic>The Cambridge Companion to Cicero,</italic> ed. Catherine Steel (Cambridge
          University Press, 2013), 306-308, 316.</p>
  </fn>
  <fn id="fn6">
    <label>6</label><p>Para él, la crítica de Maquiavelo contra la opinión de aquellos algunos que condenaron Roma a
          causa de los desórdenes provocados por el conflicto habría sido implícitamente dirigida a
          Cicerón. Leo Strauss, <italic>Thoughts on Machiavelli</italic> (Glencoe, Illinois: The
          Free Press, 1958), 95, 107.</p>
  </fn>
  <fn id="fn7">
    <label>7</label><p>Marco Tulio Cicerón, <italic>Los deberes</italic>
    (Madrid: Gredos, 2014), 187, <italic>De officiis</italic> II 12
    41.</p>
  </fn>
  <fn id="fn8">
    <label>8</label><p>Niccolò Machiavelli. <italic>Discorsi sopra la prima deca di Tito Livio</italic>, en
            <italic>Tutte le opere secondo l’edizione di Mario Martelli (1971</italic>).
          Introduzione di Michele Ciliberto. Coordinamento di Pier Davide
            Accendere<italic>,</italic> Niccolò Machiavelli (Firenze e Milano: Giunti Editore
          S.p.A./Bompiani Il Pensiero Occidentale, 2018), 397, <italic>Discorsi</italic> I 34; 333,
            <italic>Discorsi</italic> I 7.</p>
  </fn>
  <fn id="fn9">
    <label>9</label><p>Machiavelli. <italic>Discorsi sopra la prima deca
    di Tito Livio</italic>, 333, <italic>Discorsi</italic> I 7; 448,
    <italic>Discorsi</italic> I 58).</p>
  </fn>
  <fn id="fn10">
    <label>10</label><p>Cicerón, <italic>Los deberes</italic>, 187,
    <italic>De officiis</italic> II 12 42.</p>
  </fn>
  <fn id="fn11">
    <label>11</label><p>Cicerón, <italic>Los deberes</italic>, 72-73,
    <italic>De officiis</italic> I 7 22-23.</p>
  </fn>
  <fn id="fn12">
    <label>12</label><p>Cicerón, <italic>Los deberes</italic>, 94,
    <italic>De officiis</italic> I 17 57.</p>
  </fn>
  <fn id="fn13">
    <label>13</label><p>Andrew Roy Dyck, <italic>A commentary on
    Cicero</italic> De legibus (The University of Michigan Press, 2004),
    458.</p>
  </fn>
  <fn id="fn14">
    <label>14</label><p>Gabriele Pedullà, “L’arte fiorentina dei nodi.
    Introduzione di Gabriele Pedullà,” en Niccolò Machiavelli,
    <italic>Il principe</italic> (Roma: Donzeli Editore, 2022) CV,
    CXXII.</p>
  </fn>
  <fn id="fn15">
    <label>15</label><p>Cicerón, <italic>Los deberes</italic>, 156,
    <italic>De officiis</italic> I 45 159.</p>
  </fn>
  <fn id="fn16">
    <label>16</label><p>Niccolò Machiavelli, <italic>Il Principe (De
    Principatibus),</italic> en <italic>Tutte le opere secondo
    l’edizione di Mario Martelli,</italic> Machiavelli, 848,
    <italic>Principe</italic> XII.</p>
  </fn>
  <fn id="fn17">
    <label>17</label><p>Machiavelli. <italic>Discorsi sopra la prima
    deca di Tito Livio</italic>, 649, <italic>Discorsi</italic> III
    25.</p>
  </fn>
  <fn id="fn18">
    <label>18</label><p>Cicerón, <italic>Los deberes</italic>, 109,
    <italic>De officiis</italic> I 23 81.</p>
  </fn>
  <fn id="fn19">
    <label>19</label><p>Niccolò Machiavelli, <italic>Dell’arte della
    guerra</italic>, en <italic>Tutte le opere secondo l’edizione di
    Mario Martelli,</italic> Machiavelli, 933, <italic>Guerra</italic>
    I.</p>
  </fn>
  <fn id="fn20">
    <label>20</label><p>Marco Tulio Cicerón, <italic>Las leyes</italic> (Madrid: Gredos, 2009), 122123, <italic>De
            legibus</italic> III 6 14.</p>
  </fn>
  <fn id="fn21">
    <label>21</label><p>Cicerón, <italic>Los deberes</italic>, 152,
    <italic>De officiis</italic> I 43 153.</p>
  </fn>
  <fn id="fn22">
    <label>22</label><p>Machiavelli, <italic>Il Principe,</italic> 859,
    <italic>Principe</italic> XV.</p>
  </fn>
  <fn id="fn23">
    <label>23</label><p>Antonio Rivera García, “El republicanismo de Cicerón: retórica, constitución mixta y ley natural
          en <italic>De republica</italic>”. <italic>DOXA, Cuadernos de Filosofía del
            Derecho</italic>, 29 (2006), 368.</p>
  </fn>
  <fn id="fn24">
    <label>24</label><p>Para Michelle Zerba, mientras Maquiavelo no escondería su frío realismo, su “primitivism” y su
          “raw language”, Cicerón defendería un uso del engaño de una forma más sutil Cicerón
          estaría disimulando su propio uso de la hipocresía, algo que estaría íntimamente
          relacionado con la necesidad de proteger sus intereses como maestro de retórica, lo que le
          convertiría en “more Machiavellian than Machiavelli”. Michelle Zerba, “The Frauds of
          Humanism: Cicero, Machiavelli, and the Rhetoric of Imposture”. <italic>Rhetorica</italic>,
          Vol. 22.3 (2004), 235236, 238.</p>
  </fn>
  <fn id="fn25">
    <label>25</label><p>Gary A. Remer, <italic>Ethics and the Orator.
    The Ciceronian Tradition of Political Morality</italic> (Chicago and
    London: The University of Chicago, 2017), 27-29.</p>
  </fn>
  <fn id="fn26">
    <label>26</label><p>En cierta medida, la propia obra de Cicerón invita a ser honesto en tanto que ninguna simulación
          podría durar demasiado (Cicerón, <italic>Los deberes</italic>, 188, <italic>De
            officiis</italic> II 12 43), a lo que se enfrenta directamente la idea de Maquiavelo de
          que el universal se conforma con aquello que parece ser, dejándose engañar con gran
          facilidad (Machiavelli, <italic>Discorsi sopra la prima deca di Tito Livio</italic>, 378,
            <italic>Discorsi</italic> I 25).</p>
  </fn>
  <fn id="fn27">
    <label>27</label><p>Remer, <italic>Ethics and the Orator,</italic>
    51-54.</p>
  </fn>
  <fn id="fn28">
    <label>28</label><p>Victoria Kahn, <italic>Machiavellian Rhetoric. From The Counter-Reformation to Milton</italic>
          (Princeton University Press, 1994), 9.</p>
  </fn>
  <fn id="fn29">
    <label>29</label><p>Kahn, <italic>Machiavellian Rhetoric,</italic>
    40, 84.</p>
  </fn>
  <fn id="fn30">
    <label>30</label><p>Niccolò Machiavelli, <italic>Allocuzione fatta ad un magistrato,</italic> en <italic>Tutte le
            opere secondo l’edizione di Mario Martelli,</italic> Machiavelli, 187,
            <italic>Allocuzione.</italic></p>
  </fn>
  <fn id="fn31">
    <label>31</label><p>Cicerón, <italic>Los deberes</italic>, 111,
    <italic>De officiis</italic> I 25 85.</p>
  </fn>
  <fn id="fn32">
    <label>32</label><p>Tamás Nótári, “La Teoría del Estado de Cicerón
    en su Oratio pro Sestio” <italic>Revista de Estudios
    Histórico-Jurídicos</italic>, vol. XXXII (2010), 210.</p>
  </fn>
  <fn id="fn33">
    <label>33</label><p>Frente a “reputación”, concepto amplio y flexible, enunciado en algunos casos con connotaciones
          negativas, como cuando se vincula a su obtención “per modi privati” (Machiavelli, Niccolò.
            <italic>Istorie fiorentine</italic>, en <italic>Tutte le opere secondo l’edizione di
            Mario Martelli,</italic> Machiavelli, 2032, <italic>Istorie</italic> VII 1), la “gloria”
          se aparenta únicamente con la victoria o el sacrificio (Machiavelli, <italic>Discorsi
            sopra la prima deca di Tito Livio</italic>, 691, <italic>Discorsi</italic> III 45;
          Machiavelli, <italic>Dell’arte della guerra</italic>, 1081, <italic>Guerra</italic> VI),
          por lo que se refiere a acciones que merecen el reconocimiento unánime (Machiavelli,
            <italic>Discorsi sopra la prima deca di Tito Livio</italic>, 639,
            <italic>Discorsi</italic> III 22).</p>
  </fn>
  <fn id="fn34">
    <label>34</label><p>Machiavelli, <italic>Discorsi sopra la prima
    deca di Tito Livio</italic>, 684, <italic>Discorsi</italic> III
    40.</p>
  </fn>
  <fn id="fn35">
    <label>35</label><p>Francis A. Sullivan, “Cicero and Gloria”.
    <italic>Transactions and Proceedings of the American Philological
    Association</italic>, Vol. 72 (1941), 382-386.</p>
  </fn>
  <fn id="fn36">
    <label>36</label><p>Marco Tulio Cicerón, <italic>Cartas a Ático</italic>. Introducción, traducción y notas de Miguel
          Rodríguez-Pantoja Márquez (Madrid: Gredos, 1996), 421, <italic>Atticum</italic> XII 16
          2.</p>
  </fn>
  <fn id="fn37">
    <label>37</label><p>Sullivan, “Cicero and Gloria”, 390-391.</p>
  </fn>
  <fn id="fn38">
    <label>38</label><p>Andrew Roy Dyck, <italic>A commentary on
    Cicero</italic> De officiis (The University of Michigan Press,
    1996), 355.</p>
  </fn>
  <fn id="fn39">
    <label>39</label><p>Marco Tulio Cicerón, <italic>Disputaciones tusculanas</italic> (Madrid: Gredos, 2016), 399,
            <italic>Tusculanae</italic> V 7 18.</p>
  </fn>
  <fn id="fn40">
    <label>40</label><p>Cicerón, <italic>Los deberes</italic>, 230,
    <italic>De officiis</italic> III 3 11.</p>
  </fn>
  <fn id="fn41">
    <label>41</label><p>Cicerón, <italic>Disputaciones
    tusculanas</italic>, 399, <italic>Tusculanae</italic> V 7 19.</p>
  </fn>
  <fn id="fn42">
    <label>42</label><p>Cicerón, <italic>Las leyes</italic>, 78,
    <italic>De legibus</italic> II 7 15.</p>
  </fn>
  <fn id="fn43">
    <label>43</label><p>Cicerón, <italic>Los deberes</italic>, 157,
    <italic>De officiis</italic> I 45 160.</p>
  </fn>
  <fn id="fn44">
    <label>44</label><p>Cicerón, <italic>Las leyes</italic>, 79,
    <italic>De legibus</italic> II 7 16</p>
  </fn>
  <fn id="fn45">
    <label>45</label><p>La incondicionalidad de la moral ciceroniana no encuentra su límite fuera de la comunidad
          política, de modo que los ciudadanos debían cumplir las promesas hechas al enemigo aun
          cuando estas se hubieran realizado bajo la obligación de las circunstancias (Cicerón,
            <italic>Los deberes</italic>, 81, <italic>De officiis</italic> I 11 35), al igual que
          era necesario aplicar la humanidad y la clemencia contra los enemigos derrotados (Pedullà,
          “L’arte fiorentina dei nodi”, LXXIV).</p>
  </fn>
  <fn id="fn46">
    <label>46</label><p>Cicerón, <italic>Los deberes</italic>, 247,
    <italic>De officiis</italic> III 10 41.</p>
  </fn>
  <fn id="fn47">
    <label>47</label><p>Machiavelli. <italic>Discorsi sopra la prima
    deca di Tito Livio</italic>, 339, <italic>Discorsi</italic> I 9.</p>
  </fn>
  <fn id="fn48">
    <label>48</label><p>Aunque la búsqueda de las riquezas sea rechazada como fin en sí mismo por ambos, mientras que
          para Cicerón se trata de una buena cualidad en tanto que todas las pasiones inmoderadas
          son perjudiciales (Cicerón, <italic>Los deberes</italic>, 103, <italic>De
            officiis</italic> I 21 73), Maquiavelo se centra en rechazar la desigualdad en tanto que
          impedimento para el establecimiento de una república (Machiavelli. <italic>Discorsi sopra
            la prima deca di Tito Livio</italic>, 440, <italic>Discorsi</italic> I 55).</p>
  </fn>
  <fn id="fn49">
    <label>49</label><p>Cappelli, Guido M., “Machiavelli e l’umanesimo
    politico del Quattrocento”, <italic>Res publica</italic> 20, no. 1
    (2017): 83.</p>
  </fn>
  <fn id="fn50">
    <label>50</label><p>Pedullà, “Note” en Niccolò Machiavelli,
    <italic>Il principe</italic> (Roma: Donzeli Editore, 2022), 237.</p>
  </fn>
  <fn id="fn51">
    <label>51</label><p>Si para Cicerón la generosidad es una virtud, de tal modo que quien carece de dinero debe
          despreciarlo, y quien lo tiene debe dedicarlo a la beneficencia y a la liberalidad
          (Cicerón, <italic>Los deberes</italic>, 101, <italic>De officiis</italic> I 20 68),
          Maquiavelo la rechaza en los casos en los que supusiera la ruina del Estado (Machiavelli,
            <italic>Il Principe</italic>, 861, <italic>Principe</italic> XVI). Mientras que Cicerón
          considera que no hay nada más propio de un hombre noble que la mansedumbre y la clemencia
          (Cicerón, <italic>Los deberes</italic>, 109, <italic>De officiis</italic> I 24 82),
          Maquiavelo sostiene que unos pocos castigos ejemplares son suficientes para abordar un
          desorden público que con excesiva clemencia sería mantenido (Machiavelli, <italic>Il
            Principe</italic>, 859, <italic>Principe</italic> XV). Si para Cicerón ser temido u
          odiado, dos posibilidades que habitualmente se presentan unidas (Cicerón, <italic>Los
            deberes</italic>, 109, <italic>De officiis</italic> II 7 23), debe ser evitado en tanto
          que constituye un vicio, para Maquiavelo temer u odiar aparecen como muy diversas
          actitudes, la primera de las cuáles constituye un fundamental instrumento de gobierno
          (Machiavelli, <italic>Il Principe</italic>, 867, <italic>Principe</italic> XVII).
          Igualmente, si la simulación en Maquiavelo debe ser una habilidad necesaria para el poder
          (Machiavelli, <italic>Il Principe</italic>, 869, <italic>Principe</italic> XVIII), en
          Cicerón no cabe asumir que la lucha política requiere de tales instrumentos puesto que no
          cabe mentir en provecho propio y la prudencia no se sirve de la astucia: “En efecto,
          cuanto más astuto y taimado es uno, tanto más antipático y sospechoso se hace si falta la
          reputación de integridad […] La justicia sin prudencia podrá bastante, pero la prudencia
          sin justicia no servirá de nada” (Cicerón, <italic>Los deberes</italic>, 183, <italic>De
            officiis</italic> II 9 34).</p>
  </fn>
  <fn id="fn52">
    <label>52</label><p>Machiavelli, <italic>Il Principe</italic>, 848;
    <italic>Principe</italic>, XII.</p>
  </fn>
  <fn id="fn53">
    <label>53</label><p>“…che colui che lascia quello che si fa per quello che si doverrebbe fare, impara più presto la
          ruina che la preservazione sua…” (Machiavelli, <italic>Il Principe</italic>, 859,
            <italic>Principe</italic> XV).</p>
  </fn>
  <fn id="fn54">
    <label>54</label><p>Machiavelli, <italic>Il Principe</italic>, 870,
    <italic>Principe</italic> XVIII.</p>
  </fn>
  <fn id="fn55">
    <label>55</label><p>Cicerón parece establecer ciertos límites en torno a alguna de sus máximas. Con respecto a la
          palabra dada, aunque esta constituye una obligación fundamental, no habría que cumplir las
          promesas que no son útiles a los mismos a quienes se hicieron, como ejemplifica el caso de
          la promesa de Neptuno a Teseo (Cicerón, <italic>Los deberes</italic>, 280, <italic>De
            officiis</italic> III 25 94). Igualmente, aunque matar es un crimen, acabar con la vida
          de un tirano no lo es (Cicerón, <italic>Los deberes</italic>, 235, <italic>De
            officiis</italic> III 4 19)</p>
  </fn>
  <fn id="fn56">
    <label>56</label><p>“En efecto, jurar en falso no es quebrar el juramento; antes bien, perjurio es no hacer lo que
          hayas jurado «de acuerdo con tu intención» […] Con la lengua he jurado, libre está de
          juramento mi mente” (Cicerón, <italic>Los deberes</italic>, 289, <italic>De
            officiis</italic> III 29 108). Cicerón acepta de este modo la reserva mental propia de
          la doctrina estoica, según la cual no existe obligación de cumplir un juramento si el alma
          no lo consiente en el momento en que se produjo la promesa. José Guillén Cabañero,
          “Estudio preliminar, traducción y notas,” en Marco Tulio Cicerón. <italic>Sobre los
            deberes</italic> (Madrid: Tecnos, 1989) 184.</p>
  </fn>
  <fn id="fn57">
    <label>57</label><p>Machiavelli. <italic>Discorsi sopra la prima
    deca di Tito Livio</italic>, 685, <italic>Discorsi</italic> III
    41.</p>
  </fn>
  <fn id="fn58">
    <label>58</label><p>Remer, <italic>Ethics and the Orator,</italic>
    69, 75.</p>
  </fn>
  <fn id="fn59">
    <label>59</label><p>Michael C. Hawley, <italic>Natural law
    republicanism: Cicero’s liberal legacy</italic> (Oxford University
    Press 2022), 8.</p>
  </fn>
  <fn id="fn60">
    <label>60</label><p>Esta equivalencia influyó profundamente la
    filosofía cristiana de, entre otros, Tomás de Aquino. Janet Coleman,
    <italic>A History of Political Thought: From the Middle Ages to the
    Renaissance</italic> (Oxford: Blackwell Publishers, 2000), 105.</p>
  </fn>
  <fn id="fn61">
    <label>61</label><p>Marco Tulio Cicerón, <italic>Del supremo bien y del supremo mal</italic>. Introducción,
          traducción y notas de Víctor José Herrero Llorente (Madrid: Gredos, 1987) 124, <italic>De
            finibus</italic> II 14 45.</p>
  </fn>
  <fn id="fn62">
    <label>62</label><p>John P. McCormick, <italic>Democrazia machiavelliana. Machiavelli, il potere del popolo e il
            controllo delle élites.</italic> Traduzione di Anna Carocci (Roma: Viella, 2020), 45-46.
          Pedullà, “L’arte fiorentina dei nodi”, CLXXXIV.</p>
  </fn>
  <fn id="fn63">
    <label>63</label><p>Su obra <italic>De legibus</italic> estuvo marcada, por la turbulencia de los años 50 a. C., por
          la amarga decepción y humillación de su exilio y por su enfrentamiento con el magistrado
          Publio Clodio Pulcro (92 a. C. — 52 a. C.). Este último utilizó el favor popular en contra
          de la vuelta de Cicerón a Roma (Dyck, <italic>A comme ntary on Cicero</italic> De legibus,
          16), puesto que, en palabras del autor, Clodio estaba dispuesto a todo para servirse de la
          plebe en su toma del poder (Cicerón, Marco Tulio. “Sobre la Respuesta de los Arúspices,”
          en Marco Tulio Cicerón, <italic>Discursos IV</italic>. Traducciones, introducciones y
          notas de José Miguel Baños Baños [Madrid: Editorial Gredos, 1994], 251,
            <italic>Haruspicum</italic> 20 43), de tal modo que incluso llegó a retratarle como
          tirano, invitando a la plebe a votar por el mantenimiento de su exilio (Marco Tulio
          Cicerón, “En defensa de P. Sestio” en Marco Tulio Cicerón, <italic>Discursos IV</italic>.
          Traducciones, introducciones y notas de José Miguel Baños Baños [Madrid: Editorial Gredos,
          1994] 358, <italic>Sestio</italic> 51 109).</p>
  </fn>
  <fn id="fn64">
    <label>64</label><p>Robin Seager, “Cicero and the Word Popvlaris”.
    <italic>The Classical Quarterly</italic>, 22, 2 (1972), 337.</p>
  </fn>
  <fn id="fn65">
    <label>65</label><p>Cicerón, “En defensa de P. Sestio”, 362,
    <italic>Sestio</italic> 53 114.</p>
  </fn>
  <fn id="fn66">
    <label>66</label><p>Malcolm Schofield, <italic>Cicero: Political Philosophy</italic> (Oxford University Press, 2021),
          35.</p>
  </fn>
  <fn id="fn67">
    <label>67</label><p>“En cambio, quienes despreciaron el consejo del senado, la autoridad de los ciudadanos honestos,
          las instituciones de nuestros antepasados, y pretendieron agradar a un populacho ignorante
          y agitado, casi todos expiaron sus crímenes contra el Estado, o con una muerte inmediata o
          con un exilio vergonzoso” ( Cicerón, “En defensa de P. Sestio”, 383,
            <italic>Sestio</italic> 67 140).</p>
  </fn>
  <fn id="fn68">
    <label>68</label><p>Marco Tulio Cicerón, <italic>Discursos VI.
    Filípicas</italic>. Introducción, traducción y notas de María José
    Muñoz Jiménez (Madrid: Gredos, 2006), 96,
    <italic>Philippicae</italic> I 15 37; 348,
    <italic>Philippicae</italic> XI 7 17<italic>.</italic></p>
  </fn>
  <fn id="fn69">
    <label>69</label><p>Cicerón, <italic>Las leyes</italic>, 135,
    <italic>D e legibus</italic> III 16 35.</p>
  </fn>
  <fn id="fn70">
    <label>70</label><p>Marco Tulio Cicerón, <italic>La
    república.</italic> Introducción, traducción, apéndice y notas de
    Álvaro d’Ors <italic>(</italic>Madrid: Gredos, 1991) 142, <italic>De
    re publica</italic> III 33 45.</p>
  </fn>
  <fn id="fn71">
    <label>71</label><p>Joy Connolly, <italic>The Life of Roman
    Republicanism</italic> (Princeton University Press, 2015), 54.</p>
  </fn>
  <fn id="fn72">
    <label>72</label><p>Su expulsión de la ciudad se llevó a cabo, según
    él mismo, a instancias de una pequeña multitud, totalmente irrisoria
    con respecto a la asamblea que posteriormente lo convocó de nuevo.
    Henrik Mouritsen, <italic>Plebs and Politics in the Late Roman
    Republic</italic> (Cambridge University Press, 2001), 33.</p>
  </fn>
  <fn id="fn73">
    <label>73</label><p>“Por lo tanto, consideré que, desterrada la República, no había lugar para mí en esta ciudad y no
          dudé de que, en el caso de que fuera restituida, ella misma me haría regresar a su lado”.
          Marco Tulio Cicerón, “En agradecimiento al Pueblo,” en Marco Tulio Cicerón,
            <italic>Discursos IV</italic>. Traducciones, introducciones y notas de José Miguel Baños
          Baños (Madrid: Editorial Gredos, 1994) 81, <italic>Populo</italic> 6 14.</p>
  </fn>
  <fn id="fn74">
    <label>74</label><p>Cicerón, “En agradecimiento al Pueblo,” 71,
    <italic>Populo</italic> 10 24.</p>
  </fn>
  <fn id="fn75">
    <label>75</label><p>Cicerón, “En defensa de P. Sestio”, 351,
    <italic>Sestio</italic> 45 98.</p>
  </fn>
  <fn id="fn76">
    <label>76</label><p>Walter Nicgorski, “Cicero’s Republicanism,” en <italic>The Cambridge Companion To Cicero’s
            Philosophy</italic>, eds. Jed W. Atkins &amp; Thomas Bénatouïl (Cambridge University
          Press, 2022) 226.</p>
  </fn>
  <fn id="fn77">
    <label>77</label><p>Cicerón, <italic>Los deberes</italic>, 103,
    <italic>De officiis</italic> I 21 72.</p>
  </fn>
  <fn id="fn78">
    <label>78</label><p>Cicerón, <italic>Cartas a Ático,</italic> 346, <italic>Atticum</italic> 371a, XIV 17; 437,
            <italic>Atticum</italic> 418, XVI 8.</p>
  </fn>
  <fn id="fn79">
    <label>79</label><p>Cicerón, <italic>Cartas a Ático,</italic> 389,
    <italic>Atticum</italic> 397, XV 20.</p>
  </fn>
  <fn id="fn80">
    <label>80</label><p>Cicerón, <italic>La república,</italic> 143,
    <italic>De re publica</italic> III 34 46</p>
  </fn>
  <fn id="fn81">
    <label>81</label><p>Cicerón, <italic>Cartas a Ático</italic>, 437,
    <italic>Atticum</italic> 418, XVI 8.</p>
  </fn>
  <fn id="fn82">
    <label>82</label><p>Cicerón, <italic>Las leyes</italic>, 97, <italic>De legibus</italic> II 17 43. Cicerón,
            <italic>La república,</italic> 70, <italic>De re publica</italic> I 34 51.</p>
  </fn>
  <fn id="fn83">
    <label>83</label><p>Schofield, <italic>Cicero</italic>, 84.</p>
  </fn>
  <fn id="fn84">
    <label>84</label><p>En la realidad, las votaciones debían ser
    controladas por la élite, evitando “que los votos no estuvieran en
    poder de la muchedumbre, sino de los más ricos, y cuidó, lo que
    siempre debe conservarse en una república, que no prevaleciera la
    mayoría” (Cicerón, <italic>La república,</italic> 105-106,
    <italic>De re publica</italic> II 22 39).</p>
  </fn>
  <fn id="fn85">
    <label>85</label><p>Valentina Arena, “Popular sovereignty in the late Roman Republic: Cicero and the will of the
          people,” en <italic>Popular Sovereignty in Historical Perspective,</italic> eds. Richard
          Bourke &amp; Quentin Skinner (Cambridge University Press, 2016) 78.</p>
  </fn>
  <fn id="fn86">
    <label>86</label><p>Cicerón, <italic>La república,</italic> 115,
    <italic>De re publica</italic> II 32 56.</p>
  </fn>
  <fn id="fn87">
    <label>87</label><p>Arena, “Popular sovereignty in the late Roman Republic”, 9091.</p>
  </fn>
  <fn id="fn88">
    <label>88</label><p>En dicha obra ya se establece que el modelo
    político en el que todo está en manos del pueblo no merece el nombre
    de república (Cicerón, <italic>La república,</italic> 142,
    <italic>De re publica</italic> III 33 45).</p>
  </fn>
  <fn id="fn89">
    <label>89</label><p><italic>De legibus</italic> puede considerarse como un evidente intento de minimizar la acción
          popular, enfatizando los aspectos negativos de la libertad republicana (Connolly,
            <italic>The Life of Roman Republicanism</italic>, 34).</p>
  </fn>
  <fn id="fn90">
    <label>90</label><p>Frente a esta idea, el modelo republicano pereció como consecuencia de la excesiva concentración
          de poderes en los generales de las provincias (Dyck, <italic>A commentary on
            Cicero</italic> De legibus, 429). Por otro lado, puesto que Augusto mantuvo lo que para
          Cicerón constituían los principales objetivos de la política, entre los que no se
          encontraba la libertad del pueblo (Schofield, <italic>Cicero,</italic> 94), pero sí el
          mantenimiento de la paz, la religión y el modelo de vida ancestral, el respeto a los
          auspicios, la estabilidad del poder de los magistrados, la autoridad del Senado y la ley y
          el prestigio de la política económica y militar, pareciera que el proyecto de Cicerón era
          capaz de convivir con el modelo imperial.</p>
  </fn>
  <fn id="fn91">
    <label>91</label><p>Arena, “Popular sovereignty in the late Roman Republic”, 9495.</p>
  </fn>
  <fn id="fn92">
    <label>92</label><p>Schofield, <italic>Cicero</italic>, 46.</p>
  </fn>
  <fn id="fn93">
    <label>93</label><p>Cicerón, <italic>La república,</italic> 64,
    <italic>De re publica</italic> I 27 43.</p>
  </fn>
  <fn id="fn94">
    <label>94</label><p>Cicerón, <italic>La república,</italic> 71,
    <italic>De re publica</italic> I 34 53.</p>
  </fn>
  <fn id="fn95">
    <label>95</label><p>Cicerón, <italic>Las leyes</italic>, 130,
    <italic>De legibus</italic> III 11 26.</p>
  </fn>
  <fn id="fn96">
    <label>96</label><p>Cicerón, <italic>La república,</italic> 70,
    <italic>De re publica</italic> I 34 51.</p>
  </fn>
  <fn id="fn97">
    <label>97</label><p>Cicerón, <italic>La república,</italic> 115,
    <italic>De re publica</italic> II 32 56.</p>
  </fn>
  <fn id="fn98">
    <label>98</label><p>Cicerón, <italic>Las leyes</italic>, 137,
    <italic>De legibus</italic> III 17 39.</p>
  </fn>
  <fn id="fn99">
    <label>99</label><p>Cicerón, <italic>La república,</italic> 116,
    <italic>De re publica</italic> II 33 58.</p>
  </fn>
  <fn id="fn100">
    <label>100</label><p>Arena, “Popular sovereignty in the late Roman
    Republic”, 88.</p>
  </fn>
  <fn id="fn101">
    <label>101</label><p>Cicerón, <italic>Las leyes</italic>, 126-127,
    <italic>De legibus</italic> III 9 19-20.</p>
  </fn>
  <fn id="fn102">
    <label>102</label><p>Cicerón, <italic>Las leyes</italic>, 129,
    <italic>De legibus</italic> III, X 24.</p>
  </fn>
  <fn id="fn103">
    <label>103</label><p>Cicerón, <italic>Las leyes</italic>, 128,
    <italic>De legibus</italic> III 10 23.</p>
  </fn>
  <fn id="fn104">
    <label>104</label><p>Cicerón, <italic>La república,</italic> 65,
    <italic>De re publica</italic> I 28 44.</p>
  </fn>
  <fn id="fn105">
    <label>105</label><p>Cicerón, <italic>La república,</italic> 81,
    <italic>De re publica</italic> I 43 66.</p>
  </fn>
  <fn id="fn106">
    <label>106</label><p>Cicerón, <italic>La república,</italic> 41,
    <italic>De re publica</italic> I 5 9.</p>
  </fn>
  <fn id="fn107">
    <label>107</label><p>Cicerón, <italic>La república,</italic> 143,
    <italic>De re publica</italic> III 34 46.</p>
  </fn>
  <fn id="fn108">
    <label>108</label><p>Nótári, “La Teoría del Estado de Cicerón en su
    Oratio pro Sestio”, 213.</p>
  </fn>
  <fn id="fn109">
    <label>109</label><p>Nótári, “La Teoría del Estado de Cicerón en su
    Oratio pro Sestio”, 214.</p>
  </fn>
  <fn id="fn110">
    <label>110</label><p>Cicerón, <italic>La república,</italic> 137,
    <italic>De re publica</italic> III 23 33.</p>
  </fn>
  <fn id="fn111">
    <label>111</label><p>Cicerón, <italic>Las leyes</italic>, 43,
    <italic>De legibus</italic> I 6 18.</p>
  </fn>
  <fn id="fn112">
    <label>112</label><p>Schofield, <italic>Cicero</italic>, 67.</p>
  </fn>
  <fn id="fn113">
    <label>113</label><p>Cicerón, <italic>La república,</italic> 122,
    <italic>De re publica</italic> II 42 69.</p>
  </fn>
  <fn id="fn114">
    <label>114</label><p>McCormick, <italic>Democrazia
    machiavelliana,</italic> 97.</p>
  </fn>
  <fn id="fn115">
    <label>115</label><p>Más allá de los <italic>Discorsi</italic>, conviene recordar la importancia del apoyo popular en
            <italic>Il principe</italic>. De hecho, este último puede interpretarse como un intento
          de convencer a Lorenzo, Duque de Urbino, de la necesidad de apoyarse en el estrato
          popular, a diferencia de lo hecho por sus antepasados (Pedullà, “Note”, 159).</p>
  </fn>
  <fn id="fn116">
    <label>116</label><p>Machiavelli, <italic>Il Principe</italic>, 804,
    <italic>Principe</italic> dedica.</p>
  </fn>
  <fn id="fn117">
    <label>117</label><p>Guidubaldo Guidi, <italic>Lotte, pensiero e
    istituzioni politiche nella Repubblica Fiorentina dal 1494 Al 1512
    (I). Tra politica e diritto pubblico</italic> (Firenze: Leo S.
    Olschki Editore, 1992), 367.</p>
  </fn>
  <fn id="fn118">
    <label>118</label><p>De una nobleza tradicional, conformada por familias gibelinas y güelfas, la cual quedó excluida
          del derecho de obtener cargos públicos durante las décadas de 1280 y 1290 (John M. Najemy,
            <italic>A History of Florence, 1200—1575</italic> [Malden, MA: Blackwell Publishing,
          2006] 21), se pasó a una nueva élite mercantil que en algunos casos recibían el
          calificativo de el calificativo de <italic>popolani,</italic> para diferenciarlas de la
          antigua élite.</p>
  </fn>
  <fn id="fn119">
    <label>119</label><p>Guidi, <italic>Lotte, pensiero e istituzioni
    politiche nella Repubblica Fiorentina</italic>, 452.</p>
  </fn>
  <fn id="fn120">
    <label>120</label><p>E. Igor Mineo, “Le parti e il tutto. La memoria
    dei ciompi e la semantica del popolo,” en <italic>Al di là del
    repubblicanesimo. Modernità politica e origini dello Stato</italic>,
    ed. Guido M. Cappelli (Napoli: Quaderni della ricerca della
    Università degli studi di Napoli “L’Orientale”, Unior Press, 2020),
    122.</p>
  </fn>
  <fn id="fn121">
    <label>121</label><p>Najemy, John M. “Civic humanism and Florentine
    politics,” en <italic>Renaissance Civic Humanism. Reappraisals and
    Reflections</italic>, ed. James Hankins (Cambridge University Press,
    2000) 103.</p>
  </fn>
  <fn id="fn122">
    <label>122</label><p>Machiavelli. <italic>Discorsi sopra la prima deca di Tito Livio</italic>, 321322,
            <italic>Discorsi</italic> I 4.</p>
  </fn>
  <fn id="fn123">
    <label>123</label><p>Machiavelli. <italic>Discorsi sopra la prima
    deca di Tito Livio</italic>, 328, <italic>Discorsi</italic> I 6.</p>
  </fn>
  <fn id="fn124">
    <label>124</label><p>John M. Najemy, “Society, class, and state in Machiavelli’s Discourses on Livy,” en <italic>The
            Cambridge Companion to Machiavelli,</italic> ed. John M. Najemy (Cambridge University
          Press, 2010), 104.</p>
  </fn>
  <fn id="fn125">
    <label>125</label><p>Jérémie Barthas, “Machiavelli, the Republic, and the Financial Crisis,” en <italic>Machiavelli on
            liberty and conflicto,</italic> eds. David C. Johnston, Nadia Urbinati, &amp; Camila
          Vergara (The University of Chicago Press, 2017), 272.</p>
  </fn>
  <fn id="fn126">
    <label>126</label><p>Machiavelli. <italic>Discorsi sopra la prima deca di Tito Livio</italic>, 323326,
            <italic>Discorsi</italic> I 5.</p>
  </fn>
  <fn id="fn127">
    <label>127</label><p>Machiavelli. <italic>Discorsi sopra la prima
    deca di Tito Livio</italic>, 669, <italic>Discorsi</italic> III
    34.</p>
  </fn>
  <fn id="fn128">
    <label>128</label><p>Machiavelli. <italic>Discorsi sopra la prima deca di Tito Livio</italic>, 325326,
            <italic>Discorsi</italic> I 5.</p>
  </fn>
  <fn id="fn129">
    <label>129</label><p>Camila Vergara, “Machiavelli’s Republican
    Constituent Power,” en <italic>Machiavelli’s Discourses on Livy: New
    Readings,</italic> eds. Diogo Pires Aurélio and Andre Santos Campos
    (Boston: Brill, 2022) 154.</p>
  </fn>
  <fn id="fn130">
    <label>130</label><p>Maurizio Viroli, “Neither Medicean nor Populist: a defense of Machiavelli’s republicanism”.
            <italic>Machiavelliana. Rivista internazionale di studi su Niccolò Machiavelli</italic>.
          Vol. I. (2022), 160.</p>
  </fn>
  <fn id="fn131">
    <label>131</label><p>“…quando la plebe, e con questa legge e con altri suoi appetiti, non avesse sempre frenato
          l’ambizione de’ nobili” (Machiavelli. <italic>Discorsi sopra la prima deca di Tito
            Livio</italic>,: 404, <italic>Discorsi</italic> I 37).</p>
  </fn>
  <fn id="fn132">
    <label>132</label><p>Machiavelli. <italic>Discorsi sopra la prima
    deca di Tito Livio</italic>, 320, <italic>Discorsi</italic> I 3.</p>
  </fn>
  <fn id="fn133">
    <label>133</label><p>Machiavelli. <italic>Discorsi sopra la prima
    deca di Tito Livio</italic>, 332, <italic>Discorsi</italic> I 7.</p>
  </fn>
  <fn id="fn134">
    <label>134</label><p>Machiavelli. <italic>Discorsi sopra la prima deca di Tito Livio</italic>, 421422,
            <italic>Discorsi</italic> I 46.</p>
  </fn>
  <fn id="fn135">
    <label>135</label><p>Machiavelli. <italic>Discorsi sopra la prima
    deca di Tito Livio</italic>, 447, <italic>Discorsi</italic> I
    58.</p>
  </fn>
  <fn id="fn136">
    <label>136</label><p>Machiavelli. <italic>Discorsi sopra la prima
    deca di Tito Livio</italic>, 378, <italic>Discorsi</italic> I
    25.</p>
  </fn>
  <fn id="fn137">
    <label>137</label><p>Machiavelli. <italic>Discorsi sopra la prima
    deca di Tito Livio</italic>, 435, <italic>Discorsi</italic> I
    53.</p>
  </fn>
  <fn id="fn138">
    <label>138</label><p>Machiavelli. <italic>Discorsi sopra la prima
    deca di Tito Livio</italic>, 435, <italic>Discorsi</italic> I
    53.</p>
  </fn>
  <fn id="fn139">
    <label>139</label><p>Machiavelli. <italic>Discorsi sopra la prima
    deca di Tito Livio</italic>, 652, <italic>Discorsi</italic> III
    27.</p>
  </fn>
  <fn id="fn140">
    <label>140</label><p>Machiavelli. <italic>Discorsi sopra la prima
    deca di Tito Livio</italic>, 447, <italic>Discorsi</italic> I
    58.</p>
  </fn>
  <fn id="fn141">
    <label>141</label><p>Machiavelli. <italic>Discorsi sopra la prima
    deca di Tito Livio</italic>, 423, 426, <italic>Discorsi</italic> I
    47</p>
  </fn>
  <fn id="fn142">
    <label>142</label><p>Machiavelli. <italic>Discorsi sopra la prima
    deca di Tito Livio</italic>, 450, <italic>Discorsi</italic> I
    58.</p>
  </fn>
  <fn id="fn143">
    <label>143</label><p>Machiavelli. <italic>Discorsi sopra la prima deca di Tito Livio</italic>, 671,
            <italic>Discorsi</italic> III 34.</p>
  </fn>
  <fn id="fn144">
    <label>144</label><p>Machiavelli. <italic>Discorsi sopra la prima
    deca di Tito Livio</italic>, 332, <italic>Discorsi</italic> I 7.</p>
  </fn>
  <fn id="fn145">
    <label>145</label><p>Machiavelli. <italic>Discorsi sopra la prima deca di Tito Livio</italic>, 315,
            <italic>Discorsi</italic> I 2, 320-321, <italic>Discorsi</italic> I 3.</p>
  </fn>
  <fn id="fn146">
    <label>146</label><p>Jérémie Barthas, <italic>Machiavelli
    costituzionalista. Il progetto di riforma dello Stato di Firenze del
    1522</italic> (Roma: Viella, 2023), 128.</p>
  </fn>
  <fn id="fn147">
    <label>147</label><p>McCormick, <italic>Democrazia
    machiavelliana,</italic> 217.</p>
  </fn>
  <fn id="fn148">
    <label>148</label><p>Cicerón, <italic>Las leyes</italic>, 56,
    <italic>De legibus</italic> I 15 42.</p>
  </fn>
  <fn id="fn149">
    <label>149</label><p>Machiavelli. <italic>Discorsi sopra la prima deca di Tito Livio</italic>, 315,
            <italic>Discorsi</italic> I 2.</p>
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