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      <journal-id journal-id-type="publisher-id">ASHF</journal-id>
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        <journal-title specific-use="original" xml:lang="es">Anales del Seminario de Historia de la
          Filosofía</journal-title>
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      <issn publication-format="electronic">1988-2564</issn>
      <issn-l>0211-2337</issn-l>
      <publisher>
        <publisher-name>Ediciones Complutense</publisher-name>
        <publisher-loc> España </publisher-loc>
      </publisher>
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      <article-id pub-id-type="doi">10.5209/ashf.92970</article-id>
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          <subject>Estudios</subject>
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        <article-title>Qué puede Dios y qué el monarca: dos vías de reconstrucción teológico-política de la filosofía política de Descartes</article-title>
        <trans-title-group xml:lang="en">
          <trans-title>What God can do and what the monarch can do: two ways of theological-political reconstruction of Descartes’ political philosophy</trans-title>
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        <contrib contrib-type="author" corresp="yes">
          <contrib-id contrib-id-type="orcid">https://orcid.org/0000-0003-2038-6986</contrib-id>
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            <surname>Quintela González</surname>
            <given-names>Héctor</given-names>
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        <aff id="aff-a"><institution content-type="original">Universidad Complutense de Madrid</institution></aff>
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        <corresp id="cor1">Héctor Quintela González<email>hquintel@ucm.es</email></corresp>
      </author-notes>
      <pub-date pub-type="epub" publication-format="electronic" iso-8601-date="2025-01-17">
        <day>17</day>
        <month>01</month>
        <year>2025</year>
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      <volume>42</volume>
      <issue>1</issue>
      <fpage>25</fpage>
      <lpage>37</lpage>
      <page-range>25-37</page-range>
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        <copyright-statement>Copyright © 2025, Universidad Complutense de
          Madrid</copyright-statement>
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        <copyright-holder>Universidad Complutense de Madrid</copyright-holder>
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      <abstract>
        <p>A diferencia del grueso de los escritores de su tiempo, René Descartes no se ocupó de la política más que de manera marginal. En este artículo se ensayan dos vías de reconstrucción teológico-política de la filosofía política cartesiana a partir de lo expuesto por Carl Schmitt en sus trabajos sobre teología política. De ellos se pueden derivar dos modos distintos de pensar la teología política. Procediendo a partir del primero de estos modos, expuesto en 1922, Descartes acaba situado entre los defensores del absolutismo, apareciendo su eventual pensamiento político muy próximo al desplegado por Thomas Hobbes; en cambio, las matizaciones de las tesis de 1922 sobre teología política que el jurista lleva a cabo pasadas casi cinco décadas invitan a pensar una política cartesiana que restringe el poder absoluto del rey.</p>
      </abstract>
      <trans-abstract xml:lang="en">
        <p>In contrast to most of the writers of his time, René Descartes was only marginally concerned with politics. This paper attempts two ways of theological-political reconstruction of Cartesian political philosophy based on Carl Schmitt’s work on political theology. Two different ways of thinking about political theology can be derived from them. Proceeding from the first of these ways, set out in 1922, Descartes ends up placed among the defenders of absolutism: his eventual political thought appearing very close to that of Thomas Hobbes; however, the nuances of the 1922 theses on political theology that the jurist carries out after almost five decades invite us to think of a Cartesian politics that restricts the absolute power of the king.</p>
      </trans-abstract>
      <kwd-group>
        <kwd>Descartes</kwd>
        <kwd>filosofía política</kwd>
        <kwd>Modernidad</kwd>
        <kwd>Secularización</kwd>
        <kwd>teología política</kwd>
      </kwd-group>
      <kwd-group xml:lang="en">
        <kwd>Descartes</kwd>
        <kwd>Modernity</kwd>
        <kwd>political philosophy</kwd>
        <kwd>political theology</kwd>
        <kwd>secularization</kwd>
      </kwd-group>
    </article-meta>
  </front>
<body>

<sec id="descartes-y-el-pensamiento-político-moderno">
  <title>1. Descartes y el pensamiento político moderno</title>
  <p>Considerado el inaugurador de “la cultura de los tiempos modernos, [d]el pensamiento de la
        nueva filosofía”<xref ref-type="fn" rid="fn1">1</xref>, no es tarea fácil encontrar un
        manual dedicado a la historia de la filosofía política que se detenga en Descartes. Comparar
        el <italic>corpus</italic> cartesiano con la obra de los principales escritores de su tiempo
        permite detectar una anomalía: el autor de las <italic>Meditaciones metafísicas</italic> no
        dio a imprenta ni legó a la posteridad tratado político alguno. No extraña que las contadas
        historias de la filosofía política que se ocupan del pensamiento de Descartes se vean
        obligadas a hacerse cargo de la presunta apoliticidad del filósofo francés. Como señala
        Richard Kennington en una de ellas, el filósofo de la Turena no llevó a cabo ninguna
        discusión temática de cuestiones políticas ni tampoco, cauteloso, publicó en su propio
        nombre elogio o censura de ninguna filosofía política<xref ref-type="fn" rid="fn2">2</xref>.
        No deja de resultar curioso que uno de los escritores mejor informados de su tiempo no haya
        abordado más que de manera marginal temas políticos, cuando la política atraviesa la
        práctica totalidad de la escritura pública y privada de la primera Modernidad. En el siglo
        XVI europeo se produjo una eclosión del pensamiento político, pero la abundancia de
        reflexión política se mantiene durante el siglo del Barroco de manera no menos rica e
        intensa. Pensar la legitimación de la autoridad política, el fundamento último del poder o
        su ausencia o el ordenamiento racional de la cosa pública fueron algunos de los asuntos que
        afloran en las mejores páginas de la primera Modernidad. A duras penas comparecen en la
        escritura cartesiana.</p>
  <p>La abstención política de Descartes no resulta extraña sólo con respecto a la producción
        textual de sus contemporáneos, sino a la de todos los pensadores de relevancia anteriores a
        él. Tenía razón Raymond Polin cuando afirmaba que es pertinente preguntarse “si, de todas
        las grandes filosofías, la de Descartes es la única que no da lugar a una política”<xref
          ref-type="fn" rid="fn3">3</xref>. El silencio político de Descartes parece perturbar
        también el sentido general de su propio esfuerzo: sorprende que aquel que quiso levantar el
        edificio del conocimiento humano desde bases tan sólidas como nuevas no encontrase en él
        habitación para algo tan ineludible como la política. En su célebre metáfora botánica sobre
        la taxonomía del saber<xref ref-type="fn" rid="fn4">4</xref>, Descartes establece que la
        filosofía es como un árbol cuyas raíces son la metafísica, siendo la física su tronco. En
        esta metáfora, el francés le reserva a la moral, a la mecánica y a la medicina un lugar de
        relevancia, pero a la política no le reserva ninguno.</p>
  <p>Debido a su carácter borroso, solamente en su reconstrucción el pensamiento político cartesiano
        alcanza cierta nitidez. Tal reconstrucción puede llevarse a cabo de distintas maneras. En un
        ensayo acerca de la moral cartesiana, Henri Gouhier enumeró tres grupos de motivos que
        permiten plantear la cuestión política en Descartes: aquellos que revelan la actitud del
        francés respecto del mundo social y político de su tiempo, los fragmentos textuales donde se
        expresa esta actitud en preceptos generales, los muy raros momentos en los cuales Descartes
        aborda una teoría política<xref ref-type="fn" rid="fn5">5</xref>. Ahora bien, además de
        atendiendo a la actitud personal del filósofo y, parafraseando a Polin, además de reuniendo
        los indicios de índole política que se encuentran dispersos a lo largo del
          <italic>corpus</italic> cartesiano con el objetivo de determinar si constituyen elementos
        que sirvan a nuestro propósito, es posible derivar una política de la filosofía del francés
        o darle a ésta un significado político específico.</p>
  <p>La vía de reconstrucción de la filosofía política de Descartes que pretendo ensayar es una vía
        teológico-política. Este camino explora, como se ha dicho en un reciente trabajo, el
        “carácter en cierto sentido político que manifiesta la metafísica toda” del autor del
          <italic>Discours de la méthode</italic> o, dicho de otro modo, la posible continuidad
        entre metafísica y política cartesianas<xref ref-type="fn" rid="fn6">6</xref>. En sentido
        general, hablar de “teología política” es aludir al problema de las relaciones entre
        política y religión y, en particular, a la analogía entre el gobierno divino y el
          humano<xref ref-type="fn" rid="fn7">7</xref>. Pierre Guenancia ha señalado que la
        comparación entre Dios y el rey es uno de los lugares comunes más antiguos del pensamiento
        teológico y político, “el símbolo mismo de su incesante intercambio”<xref ref-type="fn"
          rid="fn8">8</xref>; lugar común de larguísimo recorrido que en el siglo XVII se llega a
        convertir en una suerte de cliché<xref ref-type="fn" rid="fn9">9</xref>. No obstante, “el
        tema [de la teología política], tal como hoy suele presentarse, fue introducido por Carl
        Schmitt en 1922”<xref ref-type="fn" rid="fn10">10</xref>. La complejidad del concepto de
        “teología política” y sus heterogéneos usos no impide afirmar que la popularidad que ha
        llegado a alcanzar este sintagma se debe a su puesta en circulación por parte de Carl
        Schmitt en su estudio <italic>Politische Theologie. Vier Kapitel zur Lehre von der
          Souveränität</italic>, publicado en 1922, pero también al renovado impulso que le dio a la
        trayectoria del concepto <italic>Politische Theologie II. Die Legende von der Erledigung
          jeder Politischen Theologie</italic>, trabajo de 1970<xref ref-type="fn" rid="fn11"
          >11</xref>. Por lo tanto, como afirma Carlo Galli, si en sentido estricto no se debe a
        Schmitt la invención del concepto<xref ref-type="fn" rid="fn12">12</xref> sí se le debe, en
        cambio, su reinvención<xref ref-type="fn" rid="fn13">13</xref>. La discusión contemporánea
        sobre teología política no se entiende sin la irrupción del trabajo de Schmitt: su
        influencia ha sido tal que no resulta fácil hablar de teología política hoy sin atender a
        los planteamientos schmittianos y a su recepción.</p>
  <p>La reconstrucción teológico-política de la filosofía política de Descartes se ensayará en dos
        direcciones que contiene esta vía. La primera de ellas se centra en la manera que tiene Carl
        Schmitt de hacer comparecer a Descartes en su trabajo de 1922 sobre teología política<xref
          ref-type="fn" rid="fn14">14</xref>; la segunda ofrece otra lectura teológico-política de
        la filosofía del francés, hecha a partir de las matizaciones a las tesis de los años 20 que
        el jurista alemán lleva a cabo pasado casi medio siglo. El interés de la mencionada vía
        dupla reside tanto en su novedad, pues es un camino acaso menos trillado que muchos de los
        que han servido a este propósito, como en el rendimiento que se obtiene en el tránsito
        reconstructivo. Esta opción hermenéutica, tanto en uno de los sentidos como en el otro, da
        razón del silencio político de Descartes ofreciendo una interpretación de su pensamiento
        político coherente con el conjunto de escritos cartesianos y con el contexto socio-político
        en el que éste aparece inscrito. Acaso tal cosa dificulte que el intérprete
          <italic>finja</italic> al <italic>verdadero</italic> Descartes<xref ref-type="fn"
          rid="fn15">15</xref> o ayude a que evite <italic>forjar</italic> el <italic>suyo</italic>
        propio a partir de sus convicciones<xref ref-type="fn" rid="fn16">16</xref>. Asimismo, el
        ejercicio de reconstrucción de la política cartesiana en clave teológico-política permitirá
        evaluar la idoneidad de aproximarse a la política moderna a partir de dos modos distintos de
        pensar la teología política. Por último, cabe destacar que la vía teológico-política
        involucra –por más que no se pretenda entrar aquí en ello– una consideración sobre el
        sentido histórico-filosófico de la Modernidad<xref ref-type="fn" rid="fn17">17</xref>. Dado
        que no es sino Descartes quien contribuye de manera decisiva a establecer la gramática que
        configura la Modernidad triunfante –dado que la obra del francés informa su espacio
        teórico–, inquirir cuál pueda ser la filosofía política cartesiana habrá de servir para
        ofrecer un diagnóstico de la integridad del gesto moderno.</p>
</sec>
<sec id="el-descartes-de-schmitt-unicidad-divina-y-monarquía-absoluta">
  <title>2. El Descartes de Schmitt: unicidad divina y monarquía absoluta</title>
  <p>En el primero de sus escritos dedicados a la teología política, Schmitt afirma que los
        principales conceptos políticos modernos son fruto de la secularización de determinados
        conceptos teológicos. De este proceso se derivaría la asunción, por parte del soberano
        moderno y en el espacio político, de los atributos propios de la divinidad. Entre ellos y de
        manera destacada la omnipotencia divina, aterrizada políticamente como <italic>potestas
          absoluta in terra</italic>.</p>
  <disp-quote>
    <p>Todos los conceptos centrales de la moderna teoría del Estado son conceptos teológicos
          secularizados. Lo cual es cierto no sólo por razón de su evolución histórica, en cuanto
          fueron transferidos de la teología a la teoría del Estado, convirtiéndose, por ejemplo, el
          Dios omnipotente en el legislador todopoderoso, sino también por razón de su estructura
          sistemática, cuyo conocimiento es imprescindible para la consideración sociológica de
          estos conceptos.<xref ref-type="fn" rid="fn18">18</xref></p>
  </disp-quote>
  <p>Si bien sería posible rastrear la matriz teológica de otros conceptos a los que Schmitt no
        alude aquí y que involucra la construcción del Estado moderno –acaso el indulto esté
        vinculado con la gracia–, aquellos de la esfera jurídico-política a los que se refiere
        expresamente el alemán son tres: soberanía, estado de excepción y decreto. Esta constelación
        conceptual y su estructura sistemática encuentra su correlato teológico en la tríada de
        conceptos formada por Dios omnipotente, milagro y dogma. Tal y como afirma la célebre
        definición que proporciona Schmitt, “soberano es quien decide sobre el estado de
          excepción”<xref ref-type="fn" rid="fn19">19</xref>, teniendo el “estado de excepción […]
        en la jurisprudencia análoga significación que el milagro en la teología”<xref ref-type="fn"
          rid="fn20">20</xref>. Soberano es quien, situado en un lugar trascendente respecto del
        ordenamiento jurídico y por eso mismo, está en condiciones de suspender o producir ley. Esto
        implica que la institución de un sistema jurídico o el acto de decretar el estado de
        excepción no descansan sino en la decisión libre, arbitraria del soberano. No hay, pues,
        fundamento otro para la política, pues no hay norma ni verdad que sea anterior a la voluntad
        soberana. El soberano moderno sería un secularizado del concepto moderno de Dios
        omnipotente, trascendente y único. El soberano es trascendente respecto del orden jurídico
        como Dios lo es de una naturaleza a la cual –y a cuyas leyes– ha dado libremente existencia
        y libremente mantiene en el ser. Esta conceptualización de Dios, que en nada repugna a la
        mayor parte del pensamiento de la primera Modernidad, implica que la divinidad puede quebrar
        en cualquier momento el orden natural que había instaurado, o alterarlo indefinidamente o
        sustituirlo por otro distinto.</p>
  <p>Para alcanzar semejantes resultados en esta suerte de genealogía de la política moderna,
        Schmitt se sirve de una metodología original que denomina “sociología conceptual”.
        Específicamente calibrada para moverse en el nivel del concepto, la sociología schmittiana
        permite detectar identidades sustanciales entre esferas en principio tomadas por
        heterogéneas. En la primera parte de su <italic>Teología política</italic>, la sociología
        del concepto de soberanía que despliega Schmitt muestra que las esferas de la teología y de
        la política son sustancialmente idénticas en virtud de la evolución histórica de los
        conceptos que encierran y las informan y de su estructura sistemática. Así pues, la tríada
        de conceptos soberanía, estado de excepción y decreto, esenciales para la moderna teoría del
        Estado, es estructuralmente idéntica a la tríada que conforma el corazón de la teología o de
        la metafísica de la primera Modernidad, aquella que tiene como núcleo el llamado por Schmitt
        “Dios del teísmo”<xref ref-type="fn" rid="fn21">21</xref>: Dios, milagro, dogma.</p>
  <p>No obstante lo apuntado hasta ahora, el rendimiento que el jurista de Plettenberg obtiene de su
        investigación sociológico-conceptual es mayor. En cuanto la sociología conceptual asocia la
        estructura conceptual propia de la forma política hegemónica de determinado periodo
        histórico con la común representación metafísica del mundo durante el mismo momento, lo que
        desvela es el <italic>espíritu</italic> de ese mismo tiempo, el sentido común, aquello que
        resulta evidente.</p>
  <disp-quote>
    <p>[P]ertenece […] a la sociología de la soberanía de aquella época mostrar que la existencia
          histórica y política de la monarquía correspondía al estado de conciencia de la humanidad
          occidental en aquel momento, y que la configuración jurídica de la realidad
          histórico-política supo encontrar un concepto cuya estructura armonizaba con la estructura
          de los conceptos metafísicos. Por eso tuvo la monarquía en la conciencia de aquella época
          la misma evidencia que habría de tener la democracia en época posterior […]. La imagen
          metafísica que de su mundo se forja una época determinada tiene la misma estructura que la
          forma de la organización política que esa época tiene por evidente. La comprobación de esa
          identidad constituye la sociología del concepto de la soberanía. Ello nos demuestra que,
          en realidad […], la metafísica es la expresión más intensa y más clara de una época.<xref
            ref-type="fn" rid="fn22">22</xref></p>
  </disp-quote>
  <p>El sentido común del siglo del Barroco se corresponde a la perfección, según arroja la
        investigación de Schmitt, con la imagen metafísica del mundo que proyecta la filosofía
        cartesiana. Aludiendo a distintos fragmentos donde Descartes expresa la identidad casi
        perfecta entre monoteísmo y monarquía, el jurista identifica Dios cartesiano con Dios del
        teísmo. El monarca cartesiano habría de ser pensado entonces a partir de su vinculación con
        el voluntarismo metafísico del francés, cuyos ingredientes fundamentales son la omnipotencia
        y la libertad divinas. En consecuencia, el rey cartesiano se dibuja como soberano absoluto,
        legislador único cuyo poder es irresistible y cuya voluntad libre –cuya decisión– es la
        única fuente de producción y mantenimiento de norma.</p>
  <disp-quote>
    <p>Atger apuntó que en la teoría del Estado del siglo XVII, el monarca se identificaba con Dios,
          y el Estado ocupa análoga posición a la atribuida a Dios dentro del mundo en el sistema
          cartesiano: “<italic>Le prince développe toutes les virtualités de l’État par une sorte de
            création continnuelle. Le prince est le Dieu cartésien transposé dans le monde
            politique</italic>”. La bella disquisición del <italic>Discurso del método</italic> es
          un valioso ejemplo de cómo a través de las nociones metafísicas, sociológicas y políticas
          se transparenta esa identidad casi perfecta, psicológicamente en primer lugar (y
          fenomenológicamente para un fenomenólogo), y cómo en todas ellas se postula el soberano
          como unidad personal y motor supremo […]. Las obras creadas por muchos maestros no son tan
          perfectas como las elaboradas por uno solo. “<italic>Un seul architecte</italic>” debe
          construir una casa, una ciudad; las mejores constituciones son obra de un solo legislador
          inteligente, “<italic>sont inventées par un seul</italic>”, y, en conclusión, un Dios
          único gobierna el mundo. Como en una ocasión escribiera Cartesio a Mersenne:
            “<italic>C’est Dieu qui a établi ces lois en natura ainsi qu’un roi établit les lois en
            son royaume</italic>”.<xref ref-type="fn" rid="fn23">23</xref></p>
  </disp-quote>
  <p>De ser esto así, dada la relación tan estrecha que mantendrían metafísica cartesiana y sentido
        común barroco, exponer su filosofía política de manera explícita habría resultado ocioso:
        todo lector mínimamente informado habría sabido reconocer sin mayor esfuerzo cuál es la
        política de Descartes atendiendo únicamente al despliegue de su metafísica<xref
          ref-type="fn" rid="fn24">24</xref>.</p>
</sec>
<sec id="posibilidad-de-una-teología-política-no--moderna">
  <title>3. Posibilidad de una teología política no-moderna</title>
  <sec id="dos-modos-de-pensar-la-teología-política">
    <title>3.1. Dos modos de pensar la teología política</title>
    <p>Algunas de las tesis que Schmitt sostiene en 1922 han de referirse a lo dicho en una
          conferencia que pronunció en Barcelona en el año 1929, titulada <italic>Das Zeitalter der
            Neutralisierungen und Entpolitisierungen</italic> y recogida luego en <italic>Der
            Begriff des Politischen</italic>. En ella, el jurista alemán “refracta sobre la cultura
          el principio, en verdad arquitectónico de su pensamiento, de que el antagonismo es el
          verdadero motor de la política”<xref ref-type="fn" rid="fn25">25</xref>. Lo que Schmitt
          propone en esta conferencia es la coexistencia pluralista de “esferas espirituales”
          distintas que, en constante polémica, pujan entre sí buscando convertirse en el “centro de
          gravitación espiritual” de una época. De este modo, el espíritu de un momento histórico
          estaría determinado por la esfera que ocupa este lugar de privilegio. La historia no es
          sino la historia de esta relación conflictiva entre esferas –y de los breves intervalos de
          neutralidad que se abren en los periodos de estabilización, producidos cuando una esfera
          logra convertirse en hegemónica–. Según Schmitt, el desplazamiento producido entre los
          siglos XVI y XVII, en virtud del cual la esfera de la teología deja de reinar para ser
          sucedida por la esfera de la metafísica, es especialmente relevante para la historia de la
          cultura europea. Pues la historia de la Modernidad europea que desde ese momento se
          dispara ha de comprenderse como un proceso de secularización que encuentra su inicio en la
          teología y desemboca, finalmente, en la economía.</p>
    <disp-quote>
      <p>Hagamos un repaso de las etapas que ha recorrido el espíritu europeo en los últimos cuatro
            siglos, así como de las diversas esferas espirituales en las que encontró en cada caso
            el centro de su existencia humana. Son cuatro grandes pasos simples, seculares. Se
            corresponden con los cuatro siglos y van de lo teológico a lo metafísico, de allí al
            moralismo humanitario, y de éste a la economía.<xref ref-type="fn" rid="fn26"
            >26</xref></p>
    </disp-quote>
    <p>Según Schmitt, “lo que existe siempre es […] una cierta coexistencia pluralista de etapas que
          ya han sido recorridas”<xref ref-type="fn" rid="fn27">27</xref>, cosa que confirma la
          contemporaneidad de lo actual y lo inactual. Es, pues, bien posible, como quiso el propio
            Schmitt<xref ref-type="fn" rid="fn28">28</xref>, leer <italic>Teología política</italic>
          a partir de la filosofía de la historia o la teoría de la secularización que se despliega
          en esta conferencia. Según la tesis schmittiana, la Modernidad europea estaría determinada
          por la constelación conceptual propia de la esfera teológica –esfera <italic>dejada
            atrás</italic> en el siglo XVII–. Este nuevo horizonte se forja a partir del molde
          proporcionado por la teología, espacio teórico cuya estructura conceptual se desplaza o se
          transfiere al espacio jurídico-político. El moderno concepto de soberanía habría sido
          producto de estas transferencias.</p>
    <p>Ahora bien, la interpretación histórica del proceso de secularización que Schmitt establece
          en la primera parte de su <italic>Teología política</italic> parece indicar que la
          “transferencia” (<italic>übertragung</italic>) de conceptos teológicos a la esfera de lo
          político se refiere a un proceso de secularización en sentido <italic>fuerte</italic>. El
          de secularización es un concepto complejo, sobrecargado, que alberga sentidos antitéticos.
          La historia de este concepto<xref ref-type="fn" rid="fn29">29</xref> nos enseña que,
          nacido en la Francia del siglo XVI, tuvo en primer lugar un uso técnico dentro del campo
          de la jurisprudencia: “secularización” designaba la conversión de personas o bienes
          eclesiásticos en seculares. Con el paso de los siglos el concepto de secularización se
          convirtió, fruto de una ampliación semántica producida en el siglo XIX, en categoría
          genealógica de la Modernidad o en categoría de comprensión histórica. En palabras de
          Jean-Claude Monod, pasó a referir el movimiento de fondo de la Modernidad<xref
            ref-type="fn" rid="fn30">30</xref>. Así es como adquiere una dimensión filosófica que
          desborda su sentido inicial como término cuya aplicación se llevaba a cabo en el ámbito
          del Derecho. El uso filosófico del concepto de secularización se declina en dos sentidos:
          secularización como transferencia de contenidos teológicos al horizonte temporal y
          secularización como liquidación de la herencia cristiana. Bajo la primera de estas
          categorías caería la teología política de Schmitt.</p>
    <p>El sentido último de la secularización schmittiana no se presenta, sin embargo, de manera
          aproblemática, ni su dilucidación supone un ejercicio exento de dificultades. Como señaló
          Jean-François Courtine, la teología política de Schmitt presenta dos facetas: una tiene
          que ver con la tesis de la secularización como transferencia o derivación y la segunda con
          la tesis de la analogía o afinidad estructural de esferas heterogéneas<xref ref-type="fn"
            rid="fn31">31</xref>. Dos facetas cuyo dudoso ensamblaje se vuelve fuente de equívocos:
          bien podría entenderse que la segunda faceta se deduce de la primera<xref ref-type="fn"
            rid="fn32">32</xref>. La tesis de la afinidad estructural atraviesa los dos trabajos
          sobre teología política, pero la primera tesis solamente aparece de manera explícita en
          1922. En la primera parte de <italic>Teología política</italic>, el jurista alemán señala
          que la secularización de conceptos teológicos se debe a su evolución histórica, en la
          medida en que fueron transferidos históricamente de una esfera a otra, señalando a su vez
          que semejante proceso de secularización fue posible por razón de la estructura sistemática
          de los conceptos. En cambio, en la <italic>Teología Política</italic> de 1970 la tesis de
          la secularización se <italic>debilita</italic> y hasta desaparece –si bien hay que tener
          en cuenta que el alemán nunca se retracta de las tesis sobre la secularización formuladas
          en los años veinte<xref ref-type="fn" rid="fn33">33</xref>–.</p>
    <p>A pesar de haber afirmado en 1922 que “sin el concepto de secularización no es posible en
          general comprender los últimos siglos de nuestra historia”<xref ref-type="fn" rid="fn34"
            >34</xref>, Schmitt “olvida”<xref ref-type="fn" rid="fn35">35</xref> en 1970 lo apuntado
          sobre la evolución histórica de los conceptos y se centra solamente en la segunda faceta,
          en la “análoga significación” que tiene los conceptos teológicos y los políticos en virtud
          de su estructura sistemática. “Todo lo que he dicho sobre el tema teología política son
          manifestaciones de un jurista sobre una afinidad estructural entre los conceptos
          teológicos y los conceptos jurídicos que se impone en la teoría y la práctica del
            derecho”<xref ref-type="fn" rid="fn36">36</xref>, escribía Schmitt en <italic>Teología
            política II</italic>. Parece tener razón Courtine: se diría que el jurista alemán opera
          en 1970 un “repliegue” con respecto a la tesis de 1922, sustituyendo la tesis
            <italic>fuerte</italic> de la derivación por la tesis de la afinidad o analogía
            estructural<xref ref-type="fn" rid="fn37">37</xref>.</p>
    <p>La tesis de la afinidad estructural permite afirmar que el siglo del Barroco fue el siglo de
          “las complejas interconexiones verticales y horizontales de la realidad política con las
          nociones y las imágenes religiosas”; un momento histórico donde se produjo
          sistemáticamente una “mezcla de símbolos y alegorías, de paralelos y analogías, de
          metáforas, proyecciones y reyecciones de una esfera a otra”<xref ref-type="fn" rid="fn38"
            >38</xref>. Según la tesis fuerte, la interacción entre esferas no sería tal, pues su
          relación no es activa bidireccionalmente: el tránsito –la transferencia– se habría
          producido <italic>en sentido único y descendente</italic>; la esfera de la teología habría
            <italic>descargado</italic> su contenido en la esfera de la jurisprudencia. Aunque se
          podría pensar que la afinidad estructural se debe al proceso de secularización, Hans
          Blumenberg ha señalado que alumbrar analogías teológico-políticas entre sistemas
          conceptuales pertenecientes a esferas heterogéneas no requiere necesariamente aceptar la
          tesis de la secularización<xref ref-type="fn" rid="fn39">39</xref>. Ahora bien, lo que no
          parecería entonces posible es afirmar la transferencia sustancial de contenidos de una
          esfera a otra, la vinculación genética de los contenidos de una esfera respecto de los
          contenidos de la otra. La teología política sería del orden de la retórica<xref
            ref-type="fn" rid="fn40">40</xref>.</p>
    <p>Los problemas que presenta la conjugación de las dos facetas más arriba señaladas junto con
          la poca claridad que muestra Schmitt a este respecto justifican que la teología política
          se piense partiendo de la tesis <italic>débil</italic> y no de la <italic>fuerte</italic>.
          Como el propio Schmitt afirma en 1970, la propia estructura del término “teología
          política” indica que se está hablando de “un ámbito polimórfico” que cuenta con “dos lados
          diferentes, uno teológico y otro político”, cada uno de los cuales “posee sus conceptos
          específicos”; hay, pues, “muchas teologías políticas, pues hay muchas religiones
          diferentes y muchos tipos diferentes de política”<xref ref-type="fn" rid="fn41">41</xref>.
          Cabe añadir a esto que Schmitt parece admitir que el proceso de secularización es más
          complejo que como él lo plantea en 1922 o en 1929, pues también ha de tenerse en cuenta
          que en la historia del pensamiento se dan procesos de teologización<xref ref-type="fn"
            rid="fn42">42</xref>.</p>
    <p>Esta manera de pensar la teología política permite establecer teologías políticas
          no-modernas. La teología política de carácter decisionista que emerge en el despliegue de
          la investigación schmittiana acerca de la soberanía sería un episodio teológicopolítico
          moderno: cabría, pues, no identificar sin más teología política con teología política
          moderna, pues episodios teológico-políticos se habrían dado tanto en el mundo premoderno
          como en el postmoderno<xref ref-type="fn" rid="fn43">43</xref>. La propia concepción
          histórica de Schmitt, la cual se hace cargo de la plural convivencia de estratos
          temporales, de la contemporaneidad de lo no contemporáneo, permitiría contemplar la
          posibilidad de que se formen analogías teológico-políticas dispares en periodos históricos
          concretos. En este sentido, sería posible establecer la coexistencia de teologías
          políticas de distinto cuño, declinadas algunas de ellas en sentido no-absolutista.</p>
    <p>Un ejemplo de ello sería la teología política medieval que analizó el historiador Ernst H.
          Kantorowicz en <italic>The King’s Two Bodies</italic> (1957). En este estudio, Kantorowicz
          muestra cómo la figura del rey fue pensada de manera dual por distintos teólogos,
          filósofos y juristas durante la Edad Media. Una de las decantaciones de este dualismo
          medieval fue la doctrina de la realeza <italic>politicéntrica</italic>, según la cual el
          rey es un compuesto de dos cuerpos, uno natural y uno político. Tal dualidad fue llevada a
          su máxima expresión en la Modernidad temprana por los juristas Tudor, cuyo objetivo era
          obstaculizar el establecimiento de una tiranía o de un poder regio pretendidamente
            ilimitado<xref ref-type="fn" rid="fn44">44</xref>. Del análisis del historiador alemán
          se desprende que es posible determinar la aparición en la primera Modernidad de un
          pensamiento teológico-político medieval o medievalizante, si se prefiere, pero en todo
          caso no-absolutista.</p>
  </sec>
  <sec id="alcance-político-de-las-discusiones-sobre-la-omnipotencia-divina">
    <title>3.2. Alcance político de las discusiones sobre la omnipotencia divina</title>
    <p>Uno de los presupuestos de la investigación schmittiana tiene que ver con la asunción de la
          historicidad de los conceptos. Dado que es evidente que los conceptos permanecen a través
          de los siglos, que su vida es más larga que el tiempo que determinada esfera mantiene su
          hegemonía, los estratos semánticos que se pueden detectar al reconstruir su historia se
          corresponden con las múltiples resignificaciones fruto de la fricción entre esferas y de
          su periódico desplazamiento: el antagonismo también marca la historia de la semántica
          conceptual.</p>
    <disp-quote>
      <p>Entre todos los conceptos jurídicos, es el de soberanía el que más sujeto está a los
            intereses actuales. Suele señalarse el comienzo de la historia de ese concepto invocando
            el nombre de Bodino, pero no se puede afirmar que desde el siglo XVI el concepto haya
            experimentado un desenvolvimiento o un proceso lógico. Las etapas de su historia se
            caracterizan por las diversas luchas políticas, no por la progresión dialéctica
            inmanente al propio concepto.<xref ref-type="fn" rid="fn45">45</xref></p>
    </disp-quote>
    <p>Schmitt considera que la historia del concepto de soberanía encuentra su génesis en la obra
          de Bodino. No obstante, parece posible prolongar hacia atrás el trazado de su historia.
          Según Schmitt, los centros de gravitación espiritual funcionan como irradiadores
          semánticos, pues “los conceptos específicos de cada siglo obtienen su sentido
          característico a partir de lo que en cada caso constituye el dominio o ámbito
            central”<xref ref-type="fn" rid="fn46">46</xref>. Por ello, la investigación
          históricoconceptual del concepto de soberanía debe atender a los estratos semánticos
          determinados por la teología, esfera dominante del mundo premoderno que pierde su dominio
          con el inicio del proceso histórico de secularización. La tesis de la afinidad estructural
          se sostiene en que la teología y la política comparten fundamento, radicado en un mismo
          concepto de poder<xref ref-type="fn" rid="fn47">47</xref>. Este es el motivo por el que
          conviene prestar atención al cambio en la comprensión de la <italic>potentia</italic> que
          se produce en el tránsito de la época medieval a la Modernidad temprana.</p>
    <p>Según Bertrand de Jouvenel, el proceso de mutación semántica del concepto de soberanía
          comprende tres etapas articuladas mediante dos giros: el paso de una soberanía relativa,
          la monarquía feudal, a la soberanía absoluta, la monarquía del siglo XVII, y el paso de la
          monarquía absoluta a los regímenes arbitrarios debido a un nuevo progreso de la idea
            despótica<xref ref-type="fn" rid="fn48">48</xref>. Pero quizá sea posible
            <italic>espacializar</italic> en dos regiones lo que el politólogo francés despliega
            <italic>temporalizado</italic> en tres momentos: poder que se presenta como limitado y
          poder que se busca ilimitado. La soberanía premoderna, relativa o medieval sería la propia
          de la primera región. Según Jouvenel, “cuando se decía soberano, se entendía simplemente
          superior: éste es el sentido etimológico”<xref ref-type="fn" rid="fn49">49</xref>.
          Relacional y jerárquica, la concepción medieval de la soberanía expresa que cada hombre
          tiene un “superior”, pero también que el imperio que éste tiene sobre su “inferior”
          aparece incrustado en un detallado marco de derechos y deberes. El soberano medieval se
          encuentra <italic>sub lege</italic>: es servidor de una Ley <italic>anterior</italic> a él
          y que debe respetar y hacer respetar. En consecuencia, independientemente de que se le
          pudiese reconocer el poder suficiente para derogar derecho, el rey estaba sujeto a una red
          de patrones normativos que lo desborda<xref ref-type="fn" rid="fn50">50</xref>.</p>
    <p>Esta noción de soberanía dará paso en el umbral de la Modernidad, cuando el modelo feudal se
          agota, a una forma de soberanía distinta y nueva: la soberanía moderna, elaborada con la
          vista puesta en conseguir neutralizar todo conflicto en época de guerra perenne. Este
          modelo de soberanía se correspondería con la segunda región y sería el propio del
          absolutismo monárquico del siglo XVII. Se formula ya diáfana, como apunta Schmitt, en la
          obra de Bodino. El jurista francés concibió la soberanía como un poder absoluto,
          inalienable, ilimitado y perpetuo, estableciendo que el soberano es la imagen de Dios
          sobre la tierra<xref ref-type="fn" rid="fn51">51</xref>. El soberano pasa a ser
          comprendido como <italic>legibus solutus</italic>, cuya voluntad es la única fuente de
          producción de ley. Parafraseando a Courtine, la ley pasa a definirse por su relación con
          la voluntad de quien la instituye: la ley <italic>es</italic> mandamiento, cuya fuerza
          deriva de la voluntad y del poder del legislador.<xref ref-type="fn" rid="fn52"
          >52</xref></p>
    <p>Semejante mutación en la concepción del poder se produjo al compás de los cambios que
          tuvieron lugar en la comprensión de la potencia divina. La omnipotencia de Dios es un
          credo fundamental del cristianismo y una cuestión que la reflexión teológica no ha podido
          obviar, tempranamente asediada por las fricciones entre el poder de Dios y la existencia
          del mal en el mundo o la posibilidad humana de salvación por las propias obras. La
          cuestión de la omnipotencia divina fue un tema de discusión fundamental a lo largo de la
          Edad Media. En los siglos XVI y XVII el pensamiento sobre esta cuestión adquiere un
          indudable alcance político-jurídico vinculado a la eclosión de monarquías y Estados
            modernos<xref ref-type="fn" rid="fn53">53</xref>. Durante este periodo, el tratamiento
          teológico de la <italic>potentia Dei</italic> permitió derivar simultáneamente dos
          teologías políticas que subrayaban, cada una a su manera, el parecido entre el poder del
          soberano temporal y el poder de Dios.</p>
    <p>En el seno de la reflexión medieval sobre la omnipotencia de Dios se desarrolla la distinción
          entre <italic>potentia ordinata</italic> y <italic>potentia absoluta</italic>, formulada
          en el intento de definir la omnipotencia de Dios y su relación con el mundo<xref
            ref-type="fn" rid="fn54">54</xref>. En términos generales, la <italic>potentia
            absoluta</italic> se corresponde con la potencia infinita de Dios, alude su carácter
          libérrimo y a la contingencia del mundo, pues se refiere al infinito ámbito de lo que Dios
          puede querer con independencia de lo que haya querido; la <italic>potentia
            ordinata</italic> es sin embargo finita, alude a la acción comprensible de Dios, al
          funcionamiento normal de las leyes que instaura y, en consecuencia, a la estabilidad del
          mundo, en cuanto se refiere a lo que en efecto es porque Dios así lo quiso. La
            <italic>distinctio</italic> afirma que Dios puede absolutamente, pero quiere libremente
          poder naturalmente. En definitiva, limita el poder infinito de Dios a un poder natural.
          Los juristas medievales establecerán que el monarca sigue el ejemplo divino gobernando de
          acuerdo con su poder reglado, aun cuando detente un poder absoluto que le permitiría
          virtualmente situarse al margen de la ley. El monarca actúa, pues, de <italic>potentia
            ordinata</italic>. Para contraponerla a la moderna o a la propuesta por Schmitt, a esta
          teología política se le podría llamar “medieval” o “amplia”<xref ref-type="fn" rid="fn55"
            >55</xref>.</p>
  </sec>
</sec>
<sec id="la-filosofía-política-cartesiana-como-teología-política-no-moderna">
  <title>4. La filosofía política cartesiana como teología política no-moderna</title>
  <sec id="un-mundo-sin-milagros">
    <title>4.1. Un mundo sin milagros</title>
    <p>El moderno concepto de soberanía se halla vinculado a la concepción de Dios propia de la
          reflexión protestante que transita de Lutero a Calvino. Tal cosa ha sido señalada por
          Schmitt, para quien tanto el “concepto <italic>absoluto</italic> de Dios” de Calvino
            –<italic>lege solutus</italic>, <italic>ipse sibi lex</italic>, <italic>summa
            maiestas</italic>– como la teoría calvinista de la predestinación han influido, “con su
          decisionismo intrínseco”, en el concepto de soberanía desarrollado de manera muy destacada
          por Bodino<xref ref-type="fn" rid="fn56">56</xref>. El absolutismo teológico del
          nominalismo, cuyo pleno desarrollo se encuentra en la teología reformada –para la cual la
            <italic>distinctio</italic> no es más que una inútil y peligrosa sutileza
            escolástica<xref ref-type="fn" rid="fn57">57</xref>–, supone una radicalización de la
            <italic>potentia absoluta Dei</italic>. La teología de Hobbes arraiga en esta tradición,
          inspiradora de su pensamiento político, modelo más acabado de teología política moderna.
          El filósofo inglés despliega un pensamiento teológico-político que transfiere al soberano
          los atributos de un Dios que se reduce, en última instancia, a su omnipotencia. En el
          núcleo del <italic>poder irresistible</italic> del Dios hobbesiano se identifican poder y
          hacer y se unen potencia, que es potencia actual, y voluntad. Es consecuente con su
          concepción de la divinidad que Hobbes, como Calvino, defienda la predestinación: el poder
          absoluto de Dios no puede ser condicionado de ninguna manera<xref ref-type="fn" rid="fn58"
            >58</xref>. Lo es también que no sea posible distinguir <italic>auctoritas</italic> de
            <italic>potestas</italic>. Así pues, “<italic>auctoritas, non veritas facit
            legem</italic>”, siendo la <italic>summa auctoritas</italic> no otra cosa que
            <italic>summa potestas</italic><xref ref-type="fn" rid="fn59">59</xref>. Según se lee en
          la obra que le dedicó Carl Schmitt, de tal modo se entreveraban el monopolio de la
          producción de ley y el monopolio de la violencia en la teoría del Estado del filósofo de
          Malmesbury, cuyo resultado es el dios mortal, soberano que exige total obediencia. Salazar
          Carrión afirma que el Estado se presenta como dios mortal para enfatizar la supuesta
          naturaleza irresistible del poder soberano, su carácter absoluto: del mismo modo que Dios
          funda su derecho absoluto de mando sobre los hombres en la naturaleza ilimitada de su
          poder, “el Dios mortal que es el Estado funda sus derechos de mando en un poder casi
          igualmente ilimitado y por ende irresistible”<xref ref-type="fn" rid="fn60">60</xref>.</p>
    <disp-quote>
      <p>Frente a él no cabe derecho alguno de resistencia fundado en un derecho superior o distinto
            […]. Sólo Él castiga y premia. Él sólo, en virtud de su poder soberano, determina, por
            medio de la ley, qué sea derecho […] en las cuestiones de justicia y qué sea verdad y
            confesión en las cosas que afectan a la fe religiosa.<xref ref-type="fn" rid="fn61"
              >61</xref></p>
    </disp-quote>
    <p>La teología política medieval es anti-moderna en la medida en que no opera esta reducción. Se
          diferencia así de la teología política de corte moderno, que se corresponde, en efecto,
          con la desarrollada por Hobbes. Acaso también por Descartes: el Descartes político que
          arroja la investigación de Schmitt no parece, en suma, fácilmente diferenciable del autor
          del <italic>Leviathan</italic><xref ref-type="fn" rid="fn62">62</xref>. Sin embargo y como
          señala Rivera, parece posible inscribir la filosofía política cartesiana en la corriente
          teológico-política no-moderna<xref ref-type="fn" rid="fn63">63</xref>. De ser esto cierto,
          el pensamiento político de Descartes, al menos en sus consecuencias, estaría menos próximo
          al pensamiento de Hobbes que al de los paladines de la Compañía de Jesús, como Francisco
          Suárez, cuyo pensamiento teológico y jurídico concilia la <italic>potestas</italic>
          absoluta divina con la ordenada y el libre arbitrio humano. Es cierto que Descartes
          rechaza explícitamente el uso de la <italic>distinctio</italic>, señalando en una carta a
          Mersenne que <italic>potentiam Dei ordinariam</italic> y <italic>potentia
            extraordinaria</italic> “no difieren en absoluto”<xref ref-type="fn" rid="fn64"
            >64</xref>. Ahora bien, el punto central de este tipo de teología es que Dios ajusta
          libremente sus operaciones a las leyes que él mismo ha instaurado voluntariamente. El
          análisis de la conceptualización cartesiana de la divinidad enseña que el Dios que
          comparece en la metafísica del francés no está en condiciones sino de mantener el orden
          que ha creado libremente; nunca de quebrarlo, suspenderlo, sustituirlo por otro. La
          posibilidad de que se produzca un milagro ha sido excluida de la metafísica
            cartesiana<xref ref-type="fn" rid="fn65">65</xref>.</p>
    <p>No obstante, Descartes se encuentra lejos de Suárez y del pensamiento jesuita en muchos
          aspectos. Su doctrina de la creación divina de las verdades eternas, formulada en su
          correspondencia con el mínimo Marin Mersenne durante la primavera de 1630, se opone a
          ciertas tesis teológicas de la Escuela. Los adversarios privilegiados de Descartes serían
          en este punto los jesuitas Suárez y Gabriel Vázquez, quienes sostenían la independencia de
          las verdades eternas respecto de Dios<xref ref-type="fn" rid="fn66">66</xref>. Pero en la
          concepción cartesiana de la divinidad no cabe nada anterior ni desligado de Dios, causa y
          fundamento ontológico de todo lo ente, trascendente respecto de una Creación en la que se
          incluyen tales verdades eternas: verdades lógicas, matemáticas, físicas y morales;
          creaturas que Dios mantiene en el ser en virtud de un ejercicio de creación continua. Tal
          y como señala Descartes en la <italic>Respuesta a las Sextas Objeciones</italic> –texto
          que nos traslada a las cartas enviadas por el filósofo a su amigo Mersenne en la primavera
          de 1630–, “es imposible que no haya nada que no dependa de [Dios], no solamente entre todo
          lo que subsiste, sino incluso que no haya orden, ni ley, ni razón de la bondad ni de la
          verdad que no dependa de Él; de otro modo […] no habría sido totalmente indiferente para
          crear las cosas que ha creado”<xref ref-type="fn" rid="fn67">67</xref>. Este
          Dios-voluntad, para el cual querer, entender y crear es todo uno<xref ref-type="fn"
            rid="fn68">68</xref>, es infinitamente libre siendo su voluntad invariable; las verdades
          que establece son, en consecuencia, inmutables y eternas<xref ref-type="fn" rid="fn69"
            >69</xref>. Por lo tanto y al igual que Hobbes, Descartes rechaza la distinción entre
          potencia absoluta y ordenada, pero no para subsumir el querer en el hacer –queriendo
          eliminar así todo atisbo de impotencia en Dios–, sino para afirmar la bondad de Dios y la
          estabilidad del mundo. Como bien ha señalado Lomba, “la potencia absoluta de Dios, una vez
          ejercida en el acto de creación, solo puede manifestarse como potencia ordenada”<xref
            ref-type="fn" rid="fn70">70</xref>.</p>
    <p>El Dios cartesiano es opuesto en este punto al Dios <italic>voluble</italic> del absolutismo
          teológico que hace surgir el nominalismo<xref ref-type="fn" rid="fn71">71</xref>. La
          traducción política de este Dios-tirano es el soberano barroco. Ejemplos de esta
          comprensión del poder lo son tanto el soberano que se deja ver en la obra de Hobbes como
          el que aparece en los escritos de Gabriel Naudé<xref ref-type="fn" rid="fn72">72</xref>,
          pensadores que anudan los hallazgos políticos de Maquiavelo y de Bodino. En el pensamiento
          político de estos escritores ocupa un lugar privilegiado el par teológico-político
            <italic>milagro-excepción</italic>. La caracterización de soberano que ofrece Schmitt
          incide en este punto: soberano es aquel que decide sobre el estado de excepción, a lo que
          se podría añadir: “…al igual que Dios es Aquel que decide sobre el milagro”. El corazón de
          la analogía establecida entre Dios y el soberano temporal, a partir de la cual se
          despliega el análisis schmittiano sobre el Estado y Derecho modernos, no se encuentra sino
          en este preciso lugar: la relación del milagro con el estado de excepción<xref
            ref-type="fn" rid="fn73">73</xref> o, dicho con Galli, la relación analógica establecida
          entre la soberanía como decisión en caso de excepción y el milagro<xref ref-type="fn"
            rid="fn74">74</xref>.</p>
    <p>Cuesta encontrar un lugar tranquilo reservado a la decisión en la eventual política
          cartesiana: la metafísica del francés no permite pensar la secularización del milagro. El
          pensamiento cartesiano, a pesar de requerir un Dios que no es sino potencia creadora, lo
          hace de tal manera que ofrece “[…] una metafísica que destierra del mundo el milagro”, por
          decirlo con palabras de Schmitt; metafísica, como la deísta<xref ref-type="fn" rid="fn75"
            >75</xref>, que “no [admite] la violación con carácter excepcional de las leyes
          naturales implícita en el concepto del milagro y producido por intervención directa”. De
          esta metafísica se sigue, añade Schmitt, la no admisión de “la intervención directa del
          soberano en el orden jurídico vigente”<xref ref-type="fn" rid="fn76">76</xref>. Que el
          sistema metafísico de Descartes rechace el milagro vuelve incómoda la lectura “teísta” de
          su Dios y, en consecuencia, el acabamiento barroco del monarca.</p>
  </sec>
  <sec id="descartes-contra-la-política-del-deus-fallax">
    <title>4.2. Descartes contra la política del <italic>Deus fallax</italic></title>
    <p>La naturaleza invariable de las verdades del mundo es solidaria de una concepción determinada
          de Dios. En virtud de tal concepción de Dios, y en cuanto Dios ha de ser sumamente
          perfecto, la suma bondad es uno de los atributos divinos. Descartes afirma que Dios es
          sumamente bueno y concluye, vinculando bondad y veracidad divinas, que Dios no puede ser
            falaz<xref ref-type="fn" rid="fn77">77</xref>. En las <italic>Meditationes de prima
            philosophia</italic> (1641) ha reflexionado Descartes sobre la posibilidad de que Dios
          lo sea, concluyendo que la hipótesis de un engañador omnipotente es
            autocontradictoria<xref ref-type="fn" rid="fn78">78</xref>. En esta obra de madurez
          conjuga Descartes dos figuras de la divinidad distintas: <italic>Deus fallax</italic>,
          hipótesis metafísica considerada en vistas a su posterior refutación y desarrollada para
          evitar negar la infinita bondad de Dios<xref ref-type="fn" rid="fn79">79</xref>, y
            <italic>Deus non fallax</italic>, <italic>ens perfectissimum</italic> y <italic>creator
            omnium</italic> que niega la condición de posibilidad del primero. El par <italic>Deus
            fallax</italic>-<italic>Deus non fallax</italic> es relevante porque los pensadores de
          la primera Modernidad saben que el <italic>Deus fallax</italic> sirve a una teología
          política moderna. Como apunta Rivera, “son los grandes defensores del Estado absoluto”,
          como los mencionados Hobbes o Naudé, “quienes proporcionan una noción técnica o
          instrumental de la mentira y el <italic>arcanum</italic>”<xref ref-type="fn" rid="fn80"
            >80</xref>. Estos autores, favorables a los misterios de Estado, han de mantener la
          inestabilidad e incomprensibilidad de los decretos del soberano. El desdoblamiento del
          poder de Dios encuentra su correlato en el desdoblamiento de la voluntad divina: la
            <italic>potentia ordinata</italic> coincide con la <italic>voluntas Dei signi</italic>,
          propia del Dios neotestamentario que se atiene a los límites de la ley revelada y natural;
          y la <italic>potentia absoluta</italic> se identifica con la <italic>voluntas Dei
            beneplaciti</italic>, voluntad escondida u oculta propia del Dios del Antiguo
          Testamento, que se comunicaba con su pueblo a través de oráculos y obrando milagros<xref
            ref-type="fn" rid="fn81">81</xref>. Tal cosa no resulta ajena al texto cartesiano: en
          las <italic>Segundas objeciones</italic>, agrupadas por Mersenne, se asocia la mentira
          divina con la ocultación a los seres humanos de las verdaderas intenciones de Dios.</p>
    <disp-quote>
      <p><italic>En cuarto lugar,</italic> negáis que Dios sea capaz de mentira o fraude; aunque,
            con todo, no faltan escolásticos que sostienen lo contrario, como Gabriel, o el
            Ariminense, y algunos otros, los cuales piensan que, absolutamente hablando, Dios
            miente; es decir, que transmite a los hombres alguna cosa en contra de su propia
            intención, y transgrediendo lo que Él mismo ha decretado y resuelto; como cuando, por
            medio de su Profeta, dice a los de Nínive, sin añadir condición alguna: <italic>Dentro
              de cuarenta días, Nínive será destruida;</italic> y en otras ocasiones ha afirmado
            también cosas que luego no han sucedido, pues no ha querido que sus palabras se
            acomodasen a su intención y decreto. Y si ha endurecido y obcecado al Faraón, y ha
            puesto en los Profetas el espíritu de la mentira, ¿cómo podéis decir que no puede
            engañarnos? ¿No podría Dios proceder, en su trato con los hombres, como un médico lo
            hace con sus enfermos, o un padre con sus hijos, usando a menudo de engaños, aunque
            siempre prudentemente y con vistas a algo útil? Pues si Dios nos mostrase la verdad
            desnuda, ¿qué ojos, o mejor, qué espíritu tendría fuerza bastante para soportarla?<xref
              ref-type="fn" rid="fn82">82</xref></p>
    </disp-quote>
    <p>Aquellos que comparten esta objeción piensan que Dios muestra su poder a través de la
          capacidad de engañar. Según Tullio Gregory, este fragmento ha de ser puesto en conexión
          con la “<italic>vetus opinio</italic>” según la cual Dios “<italic>potest omnia</italic>”
          que Descartes, en la primera de las meditaciones, dice tener anclada
            (<italic>infixa</italic>) en su mente<xref ref-type="fn" rid="fn83">83</xref>. El citado
          fragmento es valioso para aclarar el contexto histórico en el que se sitúa esta “vieja
            opinión”<xref ref-type="fn" rid="fn84">84</xref>: en ese pasaje se menciona una larga
          tradición escolástica que se ocupa del engaño divino, representada por Gregorio de Rimini
          o Gabriel Biel. Esto permite, por un lado, afirmar que la <italic>vetus opinio</italic>
          del <italic>Deus qui potest omnia</italic> –omnipotencia gracias a la cual puede Dios
            <italic>decipere et fallere</italic>– no es una hipótesis metafísica novedosa, sino una
          doctrina teológica precisa de la que Descartes tuvo que hacerse cargo<xref ref-type="fn"
            rid="fn85">85</xref>; por otro lado, permite aclarar el significado que ciertos lugares
          del texto cartesiano pudieron adquirir para los primeros lectores de las
            <italic>Meditationes</italic>, pues se ve que remiten a temas vivos de la cultura de
          aquel tiempo que arrastraban no obstante una larga historia<xref ref-type="fn" rid="fn86"
            >86</xref>. Esto explicaría por qué en la traducción francesa de las
            <italic>Meditationes</italic> desaparece el epíteto “<italic>vetus</italic>”: dado que
          el público al que se dirigía esta nueva edición ya no se restringía a filósofos y teólogos
          familiarizados con estos asuntos, no habría sido necesario remitir, a través del uso de
          este adjetivo, a la idea de omnipotencia divina y a su tratamiento a partir de la
          distinción medieval entre potencia absoluta y potencia ordenada<xref ref-type="fn"
            rid="fn87">87</xref>.</p>
    <p>El engaño divino y la omnipotencia de Dios son dos cuestiones que aparecen entreveradas. El
          tratamiento de la omnipotencia divina como potencia ilimitada, como potencia que alcanza a
          trastocar la conciencia lógica de los hombres, es la propia del Dios nominalista,
          identificado con el Dios de la <italic>vetus opinio</italic><xref ref-type="fn" rid="fn88"
            >88</xref>. No por casualidad asocia Blumenberg la hipótesis cartesiana del <italic>Dieu
            trompeur</italic> con el Dios de voluntad inescrutable propio del nominalismo, “oculto y
          no invocable como garantía de la certeza del hombre sobre el mundo”<xref ref-type="fn"
            rid="fn89">89</xref>. Como ha mostrado Gregory, la cuestión del engaño divino ocupa un
          importante lugar en la literatura teológica de la Baja Edad Media en buena medida debido a
          Ockham y a su tratamiento de la <italic>potentia absoluta</italic> de Dios y sus límites
          en su exégesis del <italic>credo in unum Deum Patrem omnipotentem</italic><xref
            ref-type="fn" rid="fn90">90</xref>. En el contexto de la discusión ockhamista, la
          cuestión del engaño divino no parece sino un modo particular de las operaciones de un Dios
          que actúa al margen y en contra de las leyes lógicas, físicas y éticas que han sido
          teorizadas por la razón humana. Contra la opinión de numerosos teólogos, quienes asignaban
          al Diablo la función del engañador, los teólogos ockhamistas restituyen este poder a Dios
          admitiendo en este movimiento que el riesgo de existir inmersos en un universo trucado o
          amañado constituye la condición del hombre en un mundo suspendido a la voluntad insondable
          de Dios<xref ref-type="fn" rid="fn91">91</xref>.</p>
    <p>Además de poner en duda la validez de la palabra revelada y de atentar contra la solidez del
          sistema cartesiano, un Dios semejante difícilmente puede contar con la suma bondad entre
          sus notas esenciales. En esta línea crítica se inscribe el esfuerzo de Gregorio de Rimini,
          quien no defendió la tesis que se le atribuye en la citada objeción, sino que recoge tal
          doctrina para refutarla<xref ref-type="fn" rid="fn92">92</xref>. Este teólogo polemizó
          contra ciertas consecuencias derivadas de la distinción entre <italic>potentia
            absoluta</italic> y <italic>potentia ordinata</italic>, pues, en virtud de ella, algunos
          teólogos recondujeron la autoridad de la tradición teológica y los argumentos presentes en
          las Escrituras al ámbito de la potencia ordenada. Por <italic>encima</italic> de ella y
          como expresión del obrar absoluto de Dios se situaba la potencia absoluta, en virtud de la
          cual y a pesar de seguir considerando a Dios <italic>fons veritatis</italic> y
            <italic>summun bonum</italic>, no había impedimento para que pudiese <italic>fallere et
            decipere</italic><xref ref-type="fn" rid="fn93">93</xref>. Según Gregorio de Rimini, la
          potencia absoluta de Dios, expresión de la cual es la potencia ordenada, no puede ser de
          tal modo que involucre la negación de la identificación fundamental de Dios y Bien.
          Atribuir a Dios la capacidad de engañar de potencia absoluta sería tanto como negar su
          propia naturaleza<xref ref-type="fn" rid="fn94">94</xref>. Algo semejante sostiene
          Descartes en su defensa del “Dios verdadero, principio de toda verdad que no puede ser
            engañador”<xref ref-type="fn" rid="fn95">95</xref>: el filósofo francés identifica
          bondad y veracidad divinas; arguye que la voluntad de engañar comporta
            <italic>malitia</italic> e <italic>imbecilitas</italic><xref ref-type="fn" rid="fn96"
            >96</xref>, pero además añade que la imposibilidad de que Dios sea engañador es
          claramente constatable si se repara en que la forma o la esencia del engaño es del orden
          del no ser, hacia el cual es contradictorio que se oriente el soberano ser<xref
            ref-type="fn" rid="fn97">97</xref>. Así pues, la esencia del verdadero Dios no admite el
          engaño. En este punto se anudan moral, verdad y metafísica.</p>
    <disp-quote>
      <p>[U]n Dios engañador, un “principio de toda verdad” que hiciera pensar o creer a los hombres
            lo que es falso; un Dios mentiroso, un Dios “inmoral”, es un Dios imposible. Tan
            imposible como que Dios haya creado un mundo que se resuelva en una gran mentira. Un
            mundo constituido por la falsedad de la razón es tan imposible como un Dios que no
            hubiese decretado también una moral: un Dios engañador.<xref ref-type="fn" rid="fn98"
              >98</xref></p>
    </disp-quote>
    <p>Dar cuenta del carácter polimorfo de la teología política, de la heterogeneidad de
          trasposiciones o traducciones, redistribuciones o reorganizaciones de conceptos y
          estructuras que se dan entre el ámbito de la teología y el de la política permite
          considerar la figura del <italic>Deus fallax</italic> de las <italic>Meditationes</italic>
          como un dispositivo teológico-político que opera inmerso en la red de disputas acerca del
          poder absoluto del monarca y los arcanos de Estado. Los lectores de las
            <italic>Meditationes</italic> contemporáneos de Descartes remitían inmediatamente la
          hipótesis del <italic>Dieu trompeur</italic> a la tradición de disputas que arranca en la
          Edad Media acerca de los vericuetos de la omnipotencia divina; batería de escritos
          polémicos que la primera Modernidad había volcado sobre sí, como atestiguan las
            <italic>Segundas objeciones</italic>, en las cuales se puede vislumbrar, asimismo, su
          sentido netamente político<xref ref-type="fn" rid="fn99">99</xref>. Si esto es así, los
          lectores de las <italic>Meditationes</italic> sabrían qué posición política estaría
          criticando su autor y, por lo tanto y de manera negativa, qué perspectiva política
          defiende. Se trata de pensar si es o no posible negar a Dios omnipotente el poder de
          engañar, estando marcado lo que el soberano pueda por lo que puede Dios. La hipótesis
          cartesiana del <italic>Deus fallax</italic> ha de inscribirse, entonces, en un amplio
          contexto de disputas cuyo origen es rastreable en la discusión medieval sobre la
          omnipotencia de Dios, todavía vivo en la primera Modernidad, y donde se mezclan las
          dimensiones teológica, política, apologética y antilibertina<xref ref-type="fn"
            rid="fn100">100</xref>.</p>
    <p>Los teólogos que combaten la tesis de la posibilidad del engaño divino tratan ante todo de
          destruir lo que perciben como el fundamento de la impiedad y del ateísmo contemporáneos,
          en la medida en que atribuir a Dios el poder de mentir les parece dañar irreparablemente
          la credibilidad de la Sagrada Escritura y de los artículos de fe y les parece que
          justifica el recurso a la mentira en la vida práctica. Ello es particularmente cierto en
          el caso de los “maquiavélicos” y los “políticos”, quienes enseñan el engaño o la mentira
          en nombre y en beneficio de la razón de Estado, y a quienes el concepto de Dios engañador
          les sirve como una suerte de subterfugio teológico.<xref ref-type="fn" rid="fn101"
            >101</xref></p>
  </sec>
</sec>
<sec id="conclusión-ambigüedades-del-monarquismo-cartesiano">
  <title>5. Conclusión: ambigüedades del monarquismo cartesiano</title>
  <p>A partir de cada una de las dos partes de <italic>Politische Theologie</italic> es posible
        derivar una comprensión distinta de la teología política; las eventuales filosofías
        políticas cartesianas que acaban por ser reconstruidas en clave teológico-política a partir
        de este par de opciones resultan divergentes. Encontramos no obstante una convergencia
        relevante: Descartes habría estado comprometido con el principio monárquico. Pero el
        monarquismo cartesiano se resuelve no sin ambigüedades. He querido señalar ciertas tensiones
        propias de la declinación absolutista del pensamiento político de Descartes que permite las
        tesis de 1922 acerca de la teología política; también algunos de los problemas detectados en
        las propias tesis de Schmitt, discutidos ampliamente en la literatura schmittiana. No
        obstante, creo que es posible sostener, a pesar del rechazo cartesiano de los milagros y a
        pesar del carácter nuclear que en el argumento de Schmitt tiene la excepción, que la
        importancia que en el sistema de Descartes adquiere la potencia creadora de Dios es tan
        fundamental que la analogía sistemática que establece Schmitt entre la metafísica del
        francés y la forma política monárquica se mantiene firme<xref ref-type="fn" rid="fn102"
          >102</xref>. También me parece posible apoyar la reconstrucción absolutista de la política
        de Descartes en diversos fragmentos del <italic>corpus</italic> cartesiano, como aquél de la
        epístola a Voetius donde el filósofo afirma que no está permitido pedir cuentas de sus
        juicios a quienes ostentan el poder soberano<xref ref-type="fn" rid="fn103">103</xref>.</p>
  <p>Ahora bien, es importante subrayar la “indecisión final de Schmitt”<xref ref-type="fn"
          rid="fn104">104</xref> entre el concepto histórico de secularización y la tesis de la
        afinidad estructural. A partir de las matizaciones hechas por Schmitt a la tesis
          <italic>fuerte</italic> sobre teología política y secularización propuesta en 1922 y a
        partir de la teología política <italic>amplia</italic> que se deriva de ellas, considero que
        no sólo es posible tomar en consideración que el monarquismo cartesiano podría declinarse en
        sentido no absolutista, sino que es preferible optar por esta hipótesis. A los problemas que
        presenta la vía absolutista, ya señalados, hay que añadir la posibilidad de poner en
        cuestión el presunto <italic>absolutismo cartesiano.</italic> Cabe alegar a este respecto
        que el monarquismo del francés bien podría involucrar mecanismos de limitación del poder
        regio. A sostener esta hipótesis contribuye la interpretación del par <italic>Deus
          fallax-Deus non fallax</italic> como un dispositivo teológico-político orientado a operar
        en los debates filosófico-políticos del tiempo de Descartes acerca de la naturaleza del
        poder del monarca.</p>
</sec>
</body>
<back>
<fn-group>
  <fn id="fn1">
    <label>1</label><p>G. W. F. Hegel, <italic>Lecciones sobre la historia de la filosofía</italic>, III, trad.
          Wenceslao Roces (México, D.F.: Fondo de Cultura Económica, 1985), 252. Tomo la opinión de
          Hegel como representativa de infinidad de autores: que la filosofía moderna comienza con
          Descartes no es sino un lugar común.</p>
  </fn>
  <fn id="fn2">
    <label>2</label><p>Richard Kennington, “René Descartes. 1596-1650”, en <italic>History of Political
            Philosophy</italic>, ed. Leo Strauss y Joseph Cropsey (Chicago: The University of
          Chicago Press, 1987), 421-422.</p>
  </fn>
  <fn id="fn3">
    <label>3</label><p>Raymond Polin, “Descartes et la philosophie
    politique”, en <italic>L’aventure de l’esprit. Mélanges Alexandre
    Koyré</italic>, II (París: Hermann, 1964), 382.</p>
  </fn>
  <fn id="fn4">
    <label>4</label><p>AT, IX-2, 14.</p>
  </fn>
  <fn id="fn5">
    <label>5</label><p>Henri Gouhier, “La philosophie de l’homme concret”, en <italic>Essais sur Descartes</italic>
          (París: Vrin, 1973), 253.</p>
  </fn>
  <fn id="fn6">
    <label>6</label><p>Pedro Lomba, <italic>Teo-racionalismo</italic>.
    <italic>Ensayo sobre la metafísica de Cartesio</italic> (Madrid:
    Guillermo Escolar, 2023), 87, 114.</p>
  </fn>
  <fn id="fn7">
    <label>7</label><p>Álvaro d’Ors, “Teología política: una revisión
    del problema”, en <italic>Revista de Estudios Políticos</italic>,
    205 (1976), 41.</p>
  </fn>
  <fn id="fn8">
    <label>8</label><p>Pierre Guenancia, “Dieu, le roi et les sujets”,
    en <italic>Archives de Philosophie</italic>, 53 (1990), 403.</p>
  </fn>
  <fn id="fn9">
    <label>9</label><p>Francis Oakley, “La puissance absolue et ordonée
    de Dieu et du roi aus XVI<sup>ème</sup> et XVII<sup>ème</sup>
    siécles”, en <italic>Potentia Dei. L’omnipotenza divina del pensiero
    dei secoli XVI e XVII</italic>, ed. Guido Canziani, Miguel Ángel
    Granada y Yves Charles Zarka (Milán: Francoangeli, 2007), 674.</p>
  </fn>
  <fn id="fn10">
    <label>10</label><p>D’Ors, “Teología política…”, 42.</p>
  </fn>
  <fn id="fn11">
    <label>11</label><p>Carl Schmitt, <italic>Politische Theologie. Vier Kapitel zur Lehre von der Souveränität</italic>
          (Berlín: Duncker &amp; Humblot, 1996); Schmitt, <italic>Politische Theologie II. Die
            Legende von der Erledigung jeder Politischen Theologie</italic> (Berlín: Duncker &amp;
          Humblot, 1970). Hay versión española de los textos, ambos incluidos en un solo volumen:
          “Teología política. Cuatro capítulos sobre la doctrina de la soberanía”, trad. Francisco
          Javier Conde, “Teología política II. La leyenda de la liquidación de toda teología
          política”, trad. Jorge Navarro, en <italic>Teología política</italic> (Madrid: Trotta,
          2009). Haré referencias a los textos tanto en su versión española (TP1, TP2), como en la
          alemana (PT1, PT2).</p>
  </fn>
  <fn id="fn12">
    <label>12</label><p>Parece que la aparición del sintagma se debe a Varrón, quien distinguía tres géneros teológicos:
          la teología mística, la filosófica y la civil o política. Ya en el contexto moderno y
          además de en el célebre <italic>Tractatus Theologico-Politicus</italic> (1670) de Spinoza,
          encontramos la fórmula en un trabajo de Daniel Georg Morhof, <italic>Theologiae Gentium
            politicae dissertatio prima de Divinitate Principium</italic> (1662), y en otro de Simon
          van Heenvliedt, <italic>Theologico-politica Dissertatio</italic> (1662). Cf. Hent de
          Vries, “Introduction: Before, Around, and Beyond the Theological-Political”, en
            <italic>Political Theologies: Public Religions in a Post-secular world</italic>, ed.
          Hent de Vries y Lawrence E. Sullivan (Nueva York: Fordham University Press, 2006), 26.</p>
  </fn>
  <fn id="fn13">
    <label>13</label><p>Carlo Galli, “Las teologías políticas de Schmitt”, en <italic>La mirada de Jano. Ensayos sobre
            Carl Schmitt</italic>, trad. María Julia de Ruschi (Buenos Aires: Fondo de Cultura
          Económica, 2011), 61.</p>
  </fn>
  <fn id="fn14">
    <label>14</label><p>La más completa reconstrucción de la filosofía política cartesiana realizada en este sentido de
          la que tengo constancia es la desarrollada por Pedro Lomba. En esta dirección ha trabajado
          también Luis Arenas. Cf. Pedro Lomba, “Historia y violencia: Presencia de Spinoza y
          Descartes en Carl Schmitt”, en <italic>Éndoxa</italic>, 39 (2017); Luis Arenas, “Políticas
          de la subjetividad: Descartes y la teología política”, en <italic>Ingenium</italic>, 11
          (2017).</p>
  </fn>
  <fn id="fn15">
    <label>15</label><p>Jean-Luc Nancy, <italic>Ego Sum</italic> (París:
    Flammarion, 1979), 63.</p>
  </fn>
  <fn id="fn16">
    <label>16</label><p>Delphine Kolesnik-Antoine, <italic>Descartes.
    Une politique des passions</italic> (París: Presses Universitaires
    de France, 2011), 6.</p>
  </fn>
  <fn id="fn17">
    <label>17</label><p>Me refiero a las distintas tesis acerca de la vinculación de secularización y Modernidad; también
          a la discusión organizada en torno a este asunto: la llamada “querella sobre la
          secularización”, cuyo inicio puede fijarse en la intervención de Hans Blumenberg en los
          años 60 del pasado siglo. Para este filósofo, quienes consideran que la Modernidad es
          fruto de la secularización de contenidos teológicos no están haciendo justicia a la
          novedad basada en la autoafirmación propia de esta época histórica; al contrario, estarían
          considerando ilegítima su pretensión de novedad, pues la época moderna, por más que
          pretenda obviarlo, sería dependiente del periodo que la precede. Sobre esta discusión,
          además de la obra de Blumenberg <italic>Die Legimität der Neuzeit</italic> (Frankfurt am
          Main: Suhrkamp), cuyas primera y última edición datan respectivamente de 1966 y 1998, es
          útil consultar Jean-Claude Monod, <italic>La querelle de la sécularisation. Théologie
            politique et philosophies de l’histoire de Hegel à Blumenberg</italic> (París: Vrin,
          2022). La bibliografía que trata el problema de la secularización es amplísima.</p>
  </fn>
  <fn id="fn18">
    <label>18</label><p>TP1, 37; PT1, 43.</p>
  </fn>
  <fn id="fn19">
    <label>19</label><p>TP1, 13; PT1, 13.</p>
  </fn>
  <fn id="fn20">
    <label>20</label><p>TP1, 37; PT1, 43.</p>
  </fn>
  <fn id="fn21">
    <label>21</label><p>TP1, 39; PT1, 45.</p>
  </fn>
  <fn id="fn22">
    <label>22</label><p>TP1, 44; PT1, 50-51.</p>
  </fn>
  <fn id="fn23">
    <label>23</label><p>TP1, 44-45; PT1, 51-52.</p>
  </fn>
  <fn id="fn24">
    <label>24</label><p>Tal y como señala Lomba en “Historia y
    violencia…”, 147-184. En este apartado me he hecho cargo de la
    reconstrucción que lleva a cabo Lomba a partir del texto de
    Schmitt.</p>
  </fn>
  <fn id="fn25">
    <label>25</label><p>Lomba, “Historia y violencia…”, 149.</p>
  </fn>
  <fn id="fn26">
    <label>26</label><p>Carl Schmitt, “La era de las neutralizaciones y de las despolitizaciones”, en <italic>El concepto
            de lo político,</italic> trad. Rafael Agapito (Madrid: Alianza, 1991), 109. Cito también
          la paginación correspondiente en la versión alemana: Schmitt, “Das Zeitalter der
          Neutralisierungen und Entpolitisierungen”, en <italic>Der Begriff des Politischen</italic>
          (Múnich: Duncker &amp; Humblot, 1932), 67.</p>
  </fn>
  <fn id="fn27">
    <label>27</label><p>Schmitt, “La era…”, 109-110; “Das Zeitalter…”,
    68.</p>
  </fn>
  <fn id="fn28">
    <label>28</label><p>Jean-François Courtine, “Problèmes
    théologico-politiques”, en <italic>Nature et empire de la loi.
    Études suaréziennes</italic> (París: Vrin-EHESS, 1999), 170.</p>
  </fn>
  <fn id="fn29">
    <label>29</label><p>Jean-Claude Monod, <italic>La querelle de la sécularisation. Théologie politique et philosophies
            de l’histoire de Hegel à Blumenberg</italic> (París: Vrin, 2002), 17-22.</p>
  </fn>
  <fn id="fn30">
    <label>30</label><p>Monod, <italic>La querelle</italic>…, 16.</p>
  </fn>
  <fn id="fn31">
    <label>31</label><p>Jean-François Courtine, “Problèmes
    théologico-politiques”, en <italic>Nature et empire de la loi.
    Études suaréziennes</italic> (París: Vrin-EHESS, 1999), 169.</p>
  </fn>
  <fn id="fn32">
    <label>32</label><p>Montserrat Herrero, “Carl Schmitt’s Political
    Theology: The Magic of a Phrase”, en <italic>Political Theology in
    Medieval and Early Modern Europe. Discourses, Rites, and
    Representations</italic>, ed. Montserrat Herrero, Jame Aurell y
    Angela Miceli (Turnhout: Brepols, 2017), 25.</p>
  </fn>
  <fn id="fn33">
    <label>33</label><p>Herrero, “Carl Schmitt’s Political Theology…”,
    28.</p>
  </fn>
  <fn id="fn34">
    <label>34</label><p>“Advertencia previa a la segunda edición”, TP1,
    11; PT1, 7.</p>
  </fn>
  <fn id="fn35">
    <label>35</label><p>Rivera, “Teología política medieval y
    posmoderna”, en <italic>Bajo Palabra</italic>, II, 19 (2018),
    95.</p>
  </fn>
  <fn id="fn36">
    <label>36</label><p>TP2, 117, n. 4; PT2, 101, n. 1.</p>
  </fn>
  <fn id="fn37">
    <label>37</label><p>Courtine, “Problèmes théologico-politiques”,
    170.</p>
  </fn>
  <fn id="fn38">
    <label>38</label><p>TP2, 79-80; PT2, 40.</p>
  </fn>
  <fn id="fn39">
    <label>39</label><p>Cf. Hans Blumenberg, “Una aproximación
    antropológica a la actualidad de la retórica”, en <italic>Las
    realidades en que vivimos</italic>, trad. Pedro Madrigal (Barcelona:
    Paidós, 1999); Herrero, “Carl Schmitt’s Political Theology…”,
    26-27.</p>
  </fn>
  <fn id="fn40">
    <label>40</label><p>Blumenberg, “Una aproximación antropológica…”; Graham Hammill, “Blumenberg and Schmitt of the
          Rhetoric of Political Theology”, en <italic>Political Theology and Early
            Modernity</italic>, ed. Graham Hammill, Julia R. Lupton (Chicago: The Chicago University
          Press, 2012).</p>
  </fn>
  <fn id="fn41">
    <label>41</label><p>TP2, 87; PT2, 51. Si el de secularización es un concepto aplicable solamente en el horizonte
          judeo-cristiano, parecería que el propio Schmitt está aceptando tácitamente que la
          teología política es desgajable de la tesis de la secularización. Tal cosa confirmaría que
          el jurista alemán debilita en TP2 las tesis de TP1. Cf. Antonio Rivera, “Teología política
          medieval”, 89. Para subrayar la flexibilidad del concepto de teología política en la obra
          de Schmitt –sin olvidar que su sentido último y su radio de aplicación son cuestiones
          disputadas–, cabe apuntar que Jean-François Kervégan (“L’enjeu d’une ‘théologie
          politique’: Carl Schmitt”, en <italic>Revue de Métaphysique et de Morale</italic>, 100
          (1995), 204) advierte dos usos distintos del sintagma “teología política” en TP1,
          aplicados respectivamente al pensamiento contrarrevolucionario y a Hans Kelsen, siendo uno
          de ellos de “orden descriptivo” y siendo otro de “orden propiamente político (en sentido
          schmittiano)”. Por otra parte, Montserrat Herrero (“Carl Schmitt’s Political Theology…”,
          30) distingue la apertura de cuatro vías genealógicas teológico-políticas distintas en el
            <italic>corpus</italic> schmittiano, con base en cuatro analogías diferentes: “La
          primera se basa en una analogía entre Dios y el soberano moderno; la segunda se centra en
          una analogía entre la representación eclesiástica y la representación política del Estado
          moderno; la tercera se basa en una analogía entre la relación trinitaria y el criterio
          fundamental de lo político (<italic>a fundamental criterio of the political
            sphere</italic>), la relación amigo-enemigo; por último, la cuarta se basa en una
          analogía entre la figura bíblica del <italic>Katechon</italic> y la figura del poder
          político”. Es relevante destacar que la última de ellas no se da exclusivamente en la
          época moderna.</p>
  </fn>
  <fn id="fn42">
    <label>42</label><p>Cf. Lomba, <italic>Teo-racionalismo</italic>…, 21. La existencia de procesos de teologización de
          conceptos políticos ha sido defendida por Jan Assman en <italic>Herrenschaft Und Heil:
            Politische Theologie in Altägypten, Israel Und Europa</italic> (Múnich: Hanser, 2000) o
          por Nicholas Heron en <italic>Liturgical Power: Between Economic and Political
            Theology</italic> (Nueva York: Fordham University Press, 2018). La manera amplia de
          pensar las relaciones entre teología y política permite dar cuenta de los argumentos de
          Blumenberg acerca de la providencia (<italic>pronoia</italic>) y de la historia del
          concepto “<italic>pro patria mori</italic>” trazada por Ernst H. Kantororicz. En su
          crítica a Karl Löwith (según el cual las modernas filosofías de la historia son
          secularizaciones del principio teológico de la historia de salvación cristiana –formas de
          escatología secularizada que no se saben tales–, siendo la moderna noción de progreso un
          secularizado de la providencia), Blumenberg argumentó que el de providencia no es un
          concepto teológico genuino, sino un concepto filosófico en origen que fue tomado del
          estoicismo por la Patrística. En cuanto a “morir por la patria”, Kantorowicz muestra cómo
          este concepto, propio de la ética civil romana, es teologizado o des-secularizado por el
          cristianismo para acabar siendo re-secularizado en la Modernidad. Cf. Karl Löwith,
            <italic>Meaning in History: The Theological Implications of the Philosophy of
            History</italic> (Chicago: University of Chicago Press, 1949); Hans Blumenberg,
            <italic>La legitimación de la Edad Moderna</italic>, trad. Pedro Madrigal (Valencia:
          Pre-Textos, 2008), 38, 46; Ersnt H. Kantorowicz, “<italic>Pro Patria Mori</italic> in
          Medieval Political Thought”, en <italic>The American Historical Review</italic>, 56-3
          (1951); Antonio Rivera, “La secularización después de Blumenberg”, en <italic>Res
            Publica</italic>, 11-12 (2003), 121.</p>
  </fn>
  <fn id="fn43">
    <label>43</label><p>Ver Herrero, “Carl Schmitt’s Political
    Theology…”, 27, 36-41; Rivera, “Teología política medieval…”.</p>
  </fn>
  <fn id="fn44">
    <label>44</label><p>Rivera, “Teología política medieval…”, 93.</p>
  </fn>
  <fn id="fn45">
    <label>45</label><p>TP1, 21; PT1, 25.</p>
  </fn>
  <fn id="fn46">
    <label>46</label><p>Schmitt, “La era…”, 113; “Das Zeitalter…”,
    72.</p>
  </fn>
  <fn id="fn47">
    <label>47</label><p>Herrero, “Carl Schmitt’s Political Theology…”,
    29.</p>
  </fn>
  <fn id="fn48">
    <label>48</label><p>Bertrand de Jouvenel<italic>, La
    soberanía</italic>, trad. Leandro Benavides (Granada: Comares,
    2000), 180.</p>
  </fn>
  <fn id="fn49">
    <label>49</label><p>Jouvenel, <italic>La soberanía</italic>,
    181.</p>
  </fn>
  <fn id="fn50">
    <label>50</label><p>Jouvenel, <italic>La soberanía</italic>,
    181-182.</p>
  </fn>
  <fn id="fn51">
    <label>51</label><p>Jean Bodin, <italic>Los seis libros de la
    República</italic>, trad. Pedro Bravo (Madrid: Tecnos, 1997), 47-49,
    72.</p>
  </fn>
  <fn id="fn52">
    <label>52</label><p>Cf. Jean-François Courtine, “L’heritage scolastique dans la problemátique théologico-politique de
          l’âge classique”, en <italic>Nature et empire de la loi. Études suaréziennes</italic>
          (París: VrinEHESS, 1999), 33.</p>
  </fn>
  <fn id="fn53">
    <label>53</label><p>Francis Oakley, “La puissance absolue”, 668, 674; Antonio Rivera, “Teología política:
          consecuencias jurídico-políticas de la <italic>Potentia Dei</italic>”, en
            <italic>Daimon</italic>, 23 (2001), 171.</p>
  </fn>
  <fn id="fn54">
    <label>54</label><p>Rivera, “Teología política: consecuencias…”,
    172-173.</p>
  </fn>
  <fn id="fn55">
    <label>55</label><p>Rivera, “Teología política: consecuencias…”,
    173.</p>
  </fn>
  <fn id="fn56">
    <label>56</label><p>Carl Schmitt, <italic>Sobre los tres modos de pensar la ciencia jurídica</italic>, trad.
          Montserrat Herrero (Madrid: Tecnos, 1996), 28-29.</p>
  </fn>
  <fn id="fn57">
    <label>57</label><p>Rivera, “Teología política: consecuencias…”,
    174.</p>
  </fn>
  <fn id="fn58">
    <label>58</label><p>Rivera, “Teología política: consecuencias…”,
    174-175.</p>
  </fn>
  <fn id="fn59">
    <label>59</label><p>Carl Schmitt, <italic>El Leviathan en la teoría
    del Estado de Tomás Hobbes,</italic> trad. Francisco Javier Conde
    (Granada: Comares, 2004), 39.</p>
  </fn>
  <fn id="fn60">
    <label>60</label><p>Luis Salazar Carrión, “Los usos de Hobbes: Carl
    Schmitt”, en <italic>Signos Filosóficos</italic>, I, 2 (1999),
    101.</p>
  </fn>
  <fn id="fn61">
    <label>61</label><p>Schmitt, <italic>El Leviathan…</italic>, 47.</p>
  </fn>
  <fn id="fn62">
    <label>62</label><p>Es la conclusión a la que llega Lomba en su reconstrucción de la lectura schmittiana de
          Descartes. Luis Arenas vincula el pensamiento político de Descartes con el de
          Jacques-Bénigne Bossuet. Según Arenas, Descartes reconoce como propios del poder político
          establecido los cuatro rasgos esenciales que según Bossuet caracterizan la autoridad
          regia: su carácter sagrado, paternal, absoluto y racional. Cf. Lomba, “Historia y
          violencia…”, 174; Arenas, “Políticas de la subjetividad…”, 17.</p>
  </fn>
  <fn id="fn63">
    <label>63</label><p>Rivera, “Teología política: consecuencias…”, 179-180. En la nota de pie de página 27, presente en
          la página 179, afirma Rivera que de Descartes “se puede deducir una teología política no
          absolutista”.</p>
  </fn>
  <fn id="fn64">
    <label>64</label><p>AT, VII, 434-435.</p>
  </fn>
  <fn id="fn65">
    <label>65</label><p>AT, XI, 48.</p>
  </fn>
  <fn id="fn66">
    <label>66</label><p>Jean-Luc Marion, <italic>Sur la théologie
    blanche de Descartes. Analogie, création des vérités éternelles et
    fondement</italic> (París: Presses Universitaries de France, 1981),
    57, 62.</p>
  </fn>
  <fn id="fn67">
    <label>67</label><p>AT, IX, 235</p>
  </fn>
  <fn id="fn68">
    <label>68</label><p>AT, I, 153</p>
  </fn>
  <fn id="fn69">
    <label>69</label><p>AT, I, 145-146.</p>
  </fn>
  <fn id="fn70">
    <label>70</label><p>Lomba, <italic>Teo-racionalismo</italic>…,
    92.</p>
  </fn>
  <fn id="fn71">
    <label>71</label><p>Puede leerse un resumen de algunas de las principales tesis que ha ofrecido la literatura
          especializada acerca de los vínculos entre el nominalismo y el pensamiento de Descartes en
          Jean-Paul Margot, “Descartes y el Dios engañador: Consideraciones acerca de la
            <italic>Primera meditación</italic>, AT, IX-1: 16”, en <italic>Revista Latinoamericana
            de Filosofía</italic>, XLI, 2 (2015), 256. Acerca del voluntarismo divino cartesiano y
          éste en relación con el voluntarismo nominalista, puede verse, del mismo autor,
          “Voluntarismo divino en Santo Tomás, Ockham y Descartes”, en <italic>Praxis
            Filosófica</italic>, 14 (2002).</p>
  </fn>
  <fn id="fn72">
    <label>72</label><p>Sobre la teoría de los <italic>coups d’État</italic> de Naudé como teología política en sentido
          schmittiano puede verse Antonio Rivera, “El origen del absolutismo francés: golpes de
          Estado y neutralidad religiosa”, en <italic>Res Publica</italic>, 5 (2000).</p>
  </fn>
  <fn id="fn73">
    <label>73</label><p>Courtine, “Problèmes théologico-politiques”,
    169.</p>
  </fn>
  <fn id="fn74">
    <label>74</label><p>Cf. Galli, “Las teologías políticas de Schmitt”,
    78.</p>
  </fn>
  <fn id="fn75">
    <label>75</label><p>Cabe recordar a este respecto una de las célebres críticas hechas por Blaise Pascal a Descartes,
          testimonio de Marguerite Périer. Habría dicho Pascal (L1001): “No puedo perdonar a
          Descartes: hubiera querido, en toda su filosofía, prescindir de Dios; pero no ha podido
          impedirse hacerle dar un papirotazo para poner el mundo en movimiento; tras eso, ya nada
          hay que hacer con Dios”. Pascal, <italic>Pensamientos</italic>, trad. Gabriel Albiac
          (Madrid: Tecnos, 2018), 639. Para Pascal, el Dios de Descartes no es el <italic>Dios de la
            fe</italic>, sino el <italic>Dios de los filósofos</italic>.</p>
  </fn>
  <fn id="fn76">
    <label>76</label><p>TP1, 37; PT1, 43.</p>
  </fn>
  <fn id="fn77">
    <label>77</label><p>AT, VII, 52.</p>
  </fn>
  <fn id="fn78">
    <label>78</label><p>AT, V, 147, 150-151.</p>
  </fn>
  <fn id="fn79">
    <label>79</label><p>En la primera de las <italic>Meditationes</italic> se pone en juego la figura del “genio
          maligno”. Sobre la diferencia de genio maligno y Dios engañador puede verse Gouhier, “Le
          malin génie et le bon Dieu”; en concreto, el tercer epígrafe de este ensayo, titulado
          ‘L’hypothèse du Dieu trompeur et l’artifice du malin génie’. El mismo asunto es tratado en
            <italic>La pensée métaphysique de Descartes</italic> (París: Vrin, 1962), 113. Gouhier
          considera que el <italic>Dieu trompeur</italic> es una hipótesis metafísica mientras que
          el <italic>malin génie</italic> es una suerte de artificio metodológico. Cf. <italic>La
            pensée</italic>…, 119. Tullio Gregory trata el tema y recoge abundante bibliografía
          sobre él en “Dio ingannatore e genio maligno. Nota in margine alle
            <italic>Meditationes</italic> di Descartes”, en <italic>Mundana sapientia. Forme di
            conoscenza nella cultura medievale</italic> (Roma: Edizione di Storia e Letteratura,
          1992).</p>
  </fn>
  <fn id="fn80">
    <label>80</label><p>Rivera, “Teología política: consecuencias…”,
    180.</p>
  </fn>
  <fn id="fn81">
    <label>81</label><p>Oakley, “La puissance absolue”, 677-678; Rivera,
    “Teología política: consecuencias…”, 173.</p>
  </fn>
  <fn id="fn82">
    <label>82</label><p>AT, IX-1, 99; AT, VII, 125-126. La cita está extraída de Descartes, <italic>Meditaciones
            metafísica con objeciones y respuestas</italic>, trad. Vidal Peña (Madrid: Alfaguara,
          1977), 104.</p>
  </fn>
  <fn id="fn83">
    <label>83</label><p>AT, VII, 21.</p>
  </fn>
  <fn id="fn84">
    <label>84</label><p>Gregory, “Dio ingannatore e genio maligno…”,
    401.</p>
  </fn>
  <fn id="fn85">
    <label>85</label><p>Gregory, “Dio ingannatore e genio maligno…”,
    440.</p>
  </fn>
  <fn id="fn86">
    <label>86</label><p>Gregory, “Dio inagannatore e genio maligno…”,
    408.</p>
  </fn>
  <fn id="fn87">
    <label>87</label><p>Margot, “Descartes y el Dios engañador…”,
    256.</p>
  </fn>
  <fn id="fn88">
    <label>88</label><p>Margot, “Descartes y el Dios engañador…”,
    258-259.</p>
  </fn>
  <fn id="fn89">
    <label>89</label><p>Blumenberg, <italic>La legitimación…</italic>,
    188.</p>
  </fn>
  <fn id="fn90">
    <label>90</label><p>Gregory, “La tromperie divine”, 389.</p>
  </fn>
  <fn id="fn91">
    <label>91</label><p>Gregory, “La tromperie divine”, 399.</p>
  </fn>
  <fn id="fn92">
    <label>92</label><p>Gregory, “Dio inagannatore e genio maligno…”, 408-409; Jean-Pierre Cavaillé, “Dieu trompeur,
          doctrine des equivoques et athéisme: entre Grégoire De Valence et Descartes”, en
            <italic>Potentia Dei. L’omnipotenza divina del pensiero dei secoli XVI e XVII</italic>,
          ed. Guido Canziani, Miguel Ángel Granada, Yves Charles Zarka (Milán: Francoangeli, 2007),
          319.</p>
  </fn>
  <fn id="fn93">
    <label>93</label><p>Gregory, “Dio inagannatore e genio maligno…”,
    409.</p>
  </fn>
  <fn id="fn94">
    <label>94</label><p>Gregory, “Dio inagannatore e genio maligno…”,
    412.</p>
  </fn>
  <fn id="fn95">
    <label>95</label><p>AT, IX-1, 230.</p>
  </fn>
  <fn id="fn96">
    <label>96</label><p>AT, VII, 53.</p>
  </fn>
  <fn id="fn97">
    <label>97</label><p>AT, IX-1, 230.</p>
  </fn>
  <fn id="fn98">
    <label>98</label><p>Lomba, <italic>Teo-racionalismo</italic>…,
    154.</p>
  </fn>
  <fn id="fn99">
    <label>99</label><p>Si Gregory había atendido los antecedentes medievales del Dios engañador y del genio maligno,
          deteniéndose en los teólogos que nombra Mersenne, Gregorio de Rimini y Gabriel Biel,
          Cavaillé ha llamado la atención sobre el contexto teológico y apologético contemporáneo de
          Descartes en el que habrían de inscribirse sus especulaciones sobre el <italic>Deus
            fallax</italic>. Según Cavaillé, este contexto está en buena parte constituido por
          escritos producidos en el seno de la Compañía de Jesús. En ellos se discuten los mismos
          argumentos mencionados en las <italic>Segundas Objeciones</italic> y a los mismos autores
          y a otros de la misma época, comentaristas todos de las <italic>Sentencias</italic> de
          Pedro Lombardo, normalmente con el fin de refutarlos. Cf. Cavaillé, “Dieu trompeur…”,
          319.</p>
  </fn>
  <fn id="fn100">
    <label>100</label><p>Cf. Cavaillé, “Dieu trompeur…”, 334. En esa misma página afirma Cavaillé que el Dios engañador se
          presenta como la mejor garantía de una práctica descarada de la mentira o del equívoco,
          entendido como sustituto de la mentira. Los usos de la invocación y refutación del
          argumento del <italic>Deus fallax</italic> serían múltiples: uso apologético y
          antilibertino, uso polémico en disputas morales o en la discusión metafísica y
          epistemológica. Sobre el carácter apologético y antilibertino de la escritura cartesiana
          puede consultarse Lomba, <italic>Teoracionalismo</italic>…, 48-51. Lomba trata en extenso
          esta cuestión en <italic>Márgenes de la Modernidad. Libertinismo y filosofía en el siglo
            XVII</italic> (Madrid: Escolar y Mayo, 2014).</p>
  </fn>
  <fn id="fn101">
    <label>101</label><p>Cavaillé, “Dieu trompeur…”, 320.</p>
  </fn>
  <fn id="fn102">
    <label>102</label><p>Lomba, “Historia y violencia…”, 169-170, nota
    53.</p>
  </fn>
  <fn id="fn103">
    <label>103</label><p>Arenas, “Políticas de la subjetividad…”, 28;
    AT, VIII-2, 4.</p>
  </fn>
  <fn id="fn104">
    <label>104</label><p>Rivera, “Teología política medieval…”, 88.</p>
  </fn>
</fn-group>
  
 
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        <comment>Trabajo original publicado en 1576.</comment>
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