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      <journal-id journal-id-type="publisher-id">ASHF</journal-id>
      <journal-title-group>
        <journal-title specific-use="original" xml:lang="es">Anales del Seminario de Historia de la Filosofía</journal-title>
      </journal-title-group>
      <issn publication-format="electronic">1988-2564</issn>
      <issn-l>0211-2337</issn-l>
      <publisher>
        <publisher-name>Ediciones Complutense</publisher-name>
        <publisher-loc>España</publisher-loc>
      </publisher>
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      <article-id pub-id-type="doi">10.5209/ashf.92904</article-id>
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          <subject>ESTUDIOS</subject>
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        <article-title><italic>Humani generis societas</italic>: reflexiones sobre el ideal cosmopolita y sus raíces estoicas<xref ref-type="fn" rid="fn1">1</xref></article-title>
        <trans-title-group xml:lang="en">
          <trans-title><italic>Humani generis societas</italic>: reflections on the cosmopolitan ideal and its stoic roots</trans-title>
        </trans-title-group>
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        <contrib contrib-type="author" corresp="yes">
          <contrib-id contrib-id-type="orcid">https://orcid.org/0000-0003-0251-1640</contrib-id>
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            <surname>Martínez Fernández</surname>
            <given-names>Iker</given-names>
          </name>
          <xref ref-type="aff" rid="aff-a"/>
          <xref ref-type="corresp" rid="cor1"/>
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        <aff id="aff-a"><institution content-type="original">Universidad Nacional de Educación a Distancia (UNED)</institution>
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      <author-notes>
        <corresp id="cor1">Iker Martínez Fernández<email>iker.martinez@fsof.uned.es</email></corresp>
      </author-notes>
      <pub-date pub-type="epub" publication-format="electronic" iso-8601-date="2025-06-06">
        <day>06</day>
        <month>06</month>
        <year>2025</year>
      </pub-date>
      <volume>42</volume>
      <issue>2</issue>
      <fpage>299</fpage>
      <lpage>309</lpage>
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        <copyright-statement>Copyright © 2025, Universidad Complutense de
          Madrid</copyright-statement>
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        <copyright-holder>Universidad Complutense de Madrid</copyright-holder>
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          <license-p>Esta obra está bajo una licencia <ext-link ext-link-type="uri"
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      <abstract>
        <p>En las últimas décadas han proliferado las propuestas que tratan de recuperar el espíritu del ideal
          cosmopolita ilustrado. Algunas de ellas ven en el cosmopolitismo antiguo, principalmente de corte estoico,
          un antecedente directo. En el artículo se analizan las distintas versiones que adopta el ideal cosmopolita
          en la Antigüedad, comenzando por la propuesta realizada por Zenón de Citio en su Politeia. Tres son los
          autores en los que la terminología estoica canaliza aspiraciones políticas de ámbito universal: Cicerón,
          Dion de Prusa y Marco Aurelio. A través de estos autores podemos observar dos funciones bien distintas
          del concepto en la Antigüedad: desde el punto de vista teológico — político, la cosmópolis, entendida
          como una ciudad ideal formada por dioses y hombres, resulta una consecuencia de la afirmación de un
          logos providencial y de la constitución racional del mundo; aplicada a una comunidad humana concreta,
          ofrece una fundamentación a la dominación imperial de Roma sobre el mundo conocido. Dos funciones
          ajenas e incluso contrarias al ideal cosmopolita ilustrado.</p>
      </abstract>
      <trans-abstract xml:lang="en">
        <p>In recent decades there has been a proliferation of proposals that seek to recapture the
          spirit of the Enlightenment cosmopolitan ideal. Some of them see a direct antecedent in ancient
          cosmopolitanism, mainly of a Stoic nature. The article analyses the different versions of the cosmopolitan
          ideal in antiquity, starting with the proposal made by Zeno of Citium in his Politeia. There are three
          authors in whom Stoic terminology channels political aspirations of a universal scope: Cicero, Dion of
          Prusa and Marcus Aurelius. Through these authors we can observe two very different functions of the
          concept in antiquity: from the theological-political point of view, the cosmopolis, understood as an ideal
          city made up of gods and men, is a consequence of the affirmation of a providential logos and of the
          rational constitution of the world; applied to a concrete human community, it offers a foundation for the
          imperial domination of Rome over the known world. Two functions that are alien and even contrary to the
          enlightened cosmopolitan ideal.</p>
      </trans-abstract>
      <kwd-group>
        <kwd>cosmopolitismo</kwd>
        <kwd>estoicismo</kwd>
        <kwd>ley racional</kwd>
        <kwd>philia</kwd>
        <kwd>societas</kwd>
      </kwd-group>
      <kwd-group xml:lang="en">
        <kwd>cosmopolitanism</kwd>
        <kwd>stoicism</kwd>
        <kwd>rational law</kwd>
        <kwd>philia</kwd>
        <kwd>societas</kwd>
      </kwd-group>
    </article-meta>
  </front>
<body>
<sec id="sec1">
  <title>1. Introducción: el ideal cosmopolita actual y sus raíces estoicas</title>
  <p>Pocas ideas han sido más inspiradoras y, a la vez, se han mostrado más difíciles de realizar
        como la del cosmopolitismo. Podríamos afirmar sin miedo a equivocarnos que el ideal
        cosmopolita se ha asociado con aquello que nos gustaría llegar a ser como género humano y, a
        la vez, revela lo que acaso nunca podremos ser: un conjunto de individuos que viven en
        fraternidad, armonía y respeto los unos con los otros sin más consideración que unos rasgos
        biológicos comunes. Bello propósito cuya realización práctica no ha encontrado de momento un
        lugar en la historia.</p>
  <p>La filosofía ha contribuido a sembrar de contradicciones la posibilidad misma de una asociación
        fraterna entre humanos con preguntas como ¿qué es, en último término, un humano? ¿puede,
        dada su historia, vivir con sus semejantes formando una comunidad universal? ¿cómo se
        gobernarían los unos a los otros? Por no mencionar el profundo desacuerdo entre filósofos en
        torno a la existencia misma del concepto de naturaleza humana. Al fin y al cabo, la
        filosofía —ya lo dijo Platón— es el arte del discernimiento, es decir, de hacer distinciones
        y de crear problemas.</p>
  <p>La reflexión moderna sobre el cosmopolitismo, estimulada por el progresivo incremento de
        problemas trasnacionales imposibles de abordar desde la singularidad de los Estados —
        nación, ha tratado de ofrecer soluciones institucionales a un programa de fraternidad
        universal que es fundamentalmente moral. Ya Kant consignó el cosmopolitismo como una de las
        tres claves jurídicas, junto con el republicanismo y el federalismo, para alcanzar un
        estadio en el que habría de reinar la paz perpetua<xref ref-type="fn" rid="fn2">2</xref>. En
        su famosa obra, <italic>Hacia la paz perpetua. Un discurso filosófico</italic>, nos dice el
        filósofo prusiano:</p>
  <p>Según la razón, los Estados con relaciones recíprocas no tienen más remedio que salir del
        estado sin leyes que solo entraña guerra, tal como los individuos abandonan su salvaje
        libertad sin ley, y amoldarse a restrictivas leyes públicas configurando un <italic>Estado
          de Pueblos</italic> que crezca constantemente hasta abarcar finalmente a todos los pueblos
        de la tierra (B. 37-38, p. 87)<xref ref-type="fn" rid="fn3">3</xref>.</p>
  <p>Es fácil ver en este texto la fuente de inspiración de los grandes proyectos de constitución de
        un gobierno mundial, como lo fue la fallida Sociedad de Naciones o la actual Organización
        para las Naciones Unidas. Pero más allá de estas manifestaciones institucionales, relevantes
        sin duda, la kantiana República de los Fines es, en palabras de Martha Nussbaum, «una
        comunidad política virtual de aspiración moral que une a todos los seres racionales […] por
        la libre elección moral»<xref ref-type="fn" rid="fn4">4</xref>. En definitiva: un proyecto
        ético cimentado en el respeto mutuo de unos seres humanos que poseen una igual dignidad<xref
          ref-type="fn" rid="fn5">5</xref>.</p>
  <p>Las reflexiones más actuales sobre el cosmopolitismo, siguiendo en gran medida la senda
        kantiana, han estudiado el vínculo problemático entre la adopción de los Derechos Humanos
        como programa ético universal y la diversidad moral propia de las sociedades
          pluralistas<xref ref-type="fn" rid="fn6">6</xref>. El marco para la fundamentación ética
        del ideal cosmopolita es amplio, y va desde la ética discursiva habermasiana, a la que se
        suman también, entre otros, David Held<xref ref-type="fn" rid="fn7">7</xref> o Seyla
          Benhabib<xref ref-type="fn" rid="fn8">8</xref>, hasta las teorías que ponen el acento en
        el individualismo moral, entendido como la capacidad de los agentes de utilizar una gran
        diversidad de materiales culturales para desarrollar sus propios puntos de vista. Es el caso
        de Jeremy Waldron<xref ref-type="fn" rid="fn9">9</xref>. En cambio, Charles Beitz defiende
        que el cosmopolitismo es la base sobre la que construir una justicia universal<xref
          ref-type="fn" rid="fn10">10</xref>. Son solo algunos ejemplos del abrumador elenco de
        aportaciones a este respecto<xref ref-type="fn" rid="fn11">11</xref>.</p>
  <p>Algunas de estas propuestas, las más atentas a ofrecer antecedentes históricos al concepto,
        poseen un denominador común que consiste en situar el nacimiento del ideal cosmopolita en la
        Antigüedad y, más en concreto, en la tradición filosófica cínico — estoica<xref
          ref-type="fn" rid="fn12">12</xref>. Y lo pretenden a pesar de utilizar un lenguaje
        moderno, heredero de la Ilustración, en el que abundan términos tales como dignidad —en el
        sentido antes expuesto—, autonomía, justicia universal, pluralismo o nacionalismo. Tomaré
        tan solo dos ejemplos.</p>
  <p>En su importante artículo «Principles of Cosmopolitan Order», David
  Held afirma:</p>
  <disp-quote>
    <p>Two accounts of cosmopolitism bear on its contemporary meaning. The first was set out by the
          Stoics, who were the first to refer explicitly to themselves as cosmopolitans, seeking</p>
  </disp-quote>
  <p>to replace the central role of the <italic>polis</italic> in ancient political thought with
        that of the <italic>cosmos</italic> in which humankind might live together in harmony […]
        The Stoics developed this thought by emphasizing that we inhabit two worlds —one which is
        local and assigned to us by birth and another which is “truly great and truly common”
          (Seneca)<xref ref-type="fn" rid="fn13">13</xref>.</p>
  <p>En un sentido similar se pronuncia Martha Nussbaum en uno de sus
  últimos libros, <italic>La tradición cosmopolita. Un noble e
  imperfecto ideal</italic><xref ref-type="fn" rid="fn14">14</xref>.
  Allí se dice:</p>
  <disp-quote>
    <p>El cosmopolitismo cínico — estoico nos insta a reconocer la igual (e incondicional) valía de
          todos los seres humanos, una valía fundada en su capacidad de elección moral […] más que
          en unos rasgos que dependen de configuraciones naturales o sociales fortuitas<xref
            ref-type="fn" rid="fn15">15</xref>.</p>
  </disp-quote>
  <p>De acuerdo con estos autores, el germen del ideal cosmopolita se encontraría en la famosa
        afirmación de Diógenes de Sinope que nos transmite el doxógrafo del mismo nombre, Diógenes
        Laercio: «Preguntado que de dónde era, respondió: “cosmopolita”» (D.L. VI, 63)<xref
          ref-type="fn" rid="fn16">16</xref>. Y supondría, en su desarrollo grecorromano,
        fundamentalmente dos ideas: la fraternidad, la <italic>philia</italic>, que pondría fin a
        las disputas entre los seres humanos, hasta entonces agrupados en pequeñas comunidades
        enfrentadas; y la posibilidad de constituirse en una asociación, una
          <italic>societas</italic>, fundada sobre una base moral en la que se reconoce como
        principio supremo la igual dignidad de sus miembros.</p>
</sec>
<sec id="sec2">
  <title>2. La Politeia de Zenón: ¿un antecedente adecuado?</title>
  <p>La atribución a Diógenes de la paternidad de un ideal cosmopolita de estas características no
        deja de ser problemática, pues el filósofo cínico no desarrolló el concepto<xref
          ref-type="fn" rid="fn17">17</xref>. Por ello, cabe plantearse las siguientes cuestiones:
        ¿encontramos el ideal cosmopolita</p>
  <p>entendido en estos términos en la Antigüedad? ¿Qué hubo, si es que lo hubo, del ideal
        cosmopolita en aquella época? Este trabajo pretende aclarar este importante aspecto, pues
        podría ayudarnos a comprender sus posibilidades actuales de realización, si es que
          existen<xref ref-type="fn" rid="fn18">18</xref>.</p>
  <p>La tarea es difícil, ya que la obra en la que se exponen por primera vez los caracteres de esta
        ciudad cosmopolita, la <italic>Politeia</italic> de Zenón, fundador del estoicismo, no se ha
        conservado y solo conocemos de ella unos pocos fragmentos procedentes de fuentes
        indirectas.</p>
  <p>Zenón concibió su <italic>politeia</italic> como una comunidad ideal sin fronteras integrada
        por ciudadanos libres e iguales (DL. VII, 33 = <italic>SVF</italic> I, 222). Como ha
        señalado muy certeramente John Sellars, estos ciudadanos son los sabios<xref ref-type="fn"
          rid="fn19">19</xref>. Y ¿quiénes son los sabios? Aquellos cuyo comportamiento resulta
        conforme a la virtud o, lo que es lo mismo, que viven de acuerdo con la naturaleza en estado
        de <italic>ataraxia</italic> y <italic>apatheia.</italic> De manera que la
          <italic>Politeia</italic> de Zenón era una ciudad sin fronteras formada por ciudadanos
        libres e iguales, que eran libres e iguales porque cumplían dos requisitos: haber abrazado
        la filosofía estoica y haber realizado el ideal de vida de dicha escuela. Un ideal tan
        difícil de llevar a la práctica que resultaba imposible encontrar un solo ejemplo entre los
        humanos. Probablemente Zenón configuró el sabio como un modelo de conducta virtuosa, el
        estadio más perfecto en el camino estoico hacia una vida estrictamente racional. Y es que la
        filosofía estoica se articula como un auténtico sistema en el que cada aspecto se encuentra
        perfectamente hilvanado con el resto a través de un hilo conductor, el
          <italic>logos</italic>. El <italic>logos</italic> es para el estoico la razón providencial
        que ordena el universo y que vincula al ser humano con la divinidad. Vivir conforme a la
        naturaleza, vivir virtuosamente, significa someter nuestra conducta a la legislación
        racional, esto es, a la providencia divina. Estamos, pues, ante una cuestión teológica.</p>
  <p>De lo expuesto hasta aquí cabe destacar dos aspectos: el primero es subrayar que solo una
        comunidad de personas que viven conforme a la naturaleza puede constituir una ciudad como la
        de Zenón, donde la <italic>philia</italic>, una cualidad que únicamente poseen los sabios,
        se convierte en el elemento aglutinante, pues favorece la armonía del conjunto<xref
          ref-type="fn" rid="fn20">20</xref>.</p>
  <p>El segundo aspecto, que considero sumamente relevante para apreciar el alcance del
        cosmopolitismo antiguo, es el siguiente: al vincular la existencia de la ciudad ideal con la
        del sabio estoico, Zenón propone una comunidad de ciudadanos libres e iguales, sí, pero que
        a la vez se articula como una suerte de club cerrado del que solo puede formar parte una
        minoría muy selecta. La <italic>Politeia</italic> de Zenón no posee fronteras físicas, pero
        sí una sólida, resistente y elevada frontera moral (Clem. <italic>Strom.</italic> IV, 26 =
          <italic>SVF</italic> III, 327). Tan elevada que resulta infranqueable para la práctica
        totalidad de los humanos, a quienes los estoicos denominan necios<xref ref-type="fn"
          rid="fn21">21</xref>.</p>
</sec>
<sec id="sec3">
  <title>3. Cicerón: ¿cosmopolitismo o imperialismo (justo)?</title>
  <p>Cicerón consideraba al sabio estoico como el resultado lógico de su sistema filosófico, un
        edificio coherente y sumamente riguroso que, sin embargo, solo podía darse como ejercicio de
        escuela. Así lo plantea en <italic>De finibus</italic> cuando discute con su contemporáneo
        Catón, uno de los personajes del diálogo<xref ref-type="fn" rid="fn22">22</xref>. Sin
        embargo, en <italic>De officiis</italic>, su último tratado, retoma algunos conceptos
        estoicos que conectan directamente con el ideal cosmopolita.</p>
  <p>En esta obra, Cicerón se dispone a buscar una regla que nos permita
  «juzgar sin error» (<italic>Off.</italic> III, 19) ante potenciales
  conflictos entre lo honesto y lo útil. Para ello —afirma— conviene
  recurrir a la ayuda de los estoicos, que declaran con solemnidad que
  todo lo honesto es útil<xref ref-type="fn" rid="fn23">23</xref>. La
  regla podría enunciarse en los siguientes términos:</p>
  <disp-quote>
    <p>Sustraer algo a otro y que el hombre aumente su beneficio con el daño a otro es más contrario
          a la naturaleza que la muerte, que la pobreza, que el dolor, que todo lo demás que puede
          acaecer al cuerpo o a los bienes externos. Pues ante todo quita la vida en común y la
          sociedad humana (<italic>convictum humanum et societatem</italic>). Si estamos habituados
          a que cada cual despoje al otro para conseguir su propia ventaja, se disgregará
          necesariamente aquello que es más conforme con la naturaleza, la sociedad del género
          humano (<italic>humani generis societatem</italic>) (<italic>Off.</italic> III, 21)<xref
            ref-type="fn" rid="fn24">24</xref>.</p>
  </disp-quote>
  <p>Por este motivo —continúa el arpinate— el <italic>ius
  gentium</italic> y los derechos de los pueblos declaran que no es
  lícito causar daño a otro para beneficiarse a sí
  mismo<xref ref-type="fn" rid="fn25">25</xref>. Y concluye:</p>
  <disp-quote>
    <p>[S]i la naturaleza prescribe también que el hombre mire por el hombre, cualquiera que sea su
          condición, por ser precisamente hombre, es necesario, según la misma naturaleza, que sea
          común la utilidad de todos. Y, siendo esto así, todos estamos contenidos por la misma y
          única ley natural (<italic>una continemur omnes et eadem lege naturae</italic>), y en este
          caso ciertamente se nos prohíbe por la ley natural causar daño a otro
            (<italic>Off.</italic> III, 27).</p>
  </disp-quote>
  <p>Estamos ante textos complejos que aluden a debates, sobre todo entre estoicos y peripatéticos,
        en los que no puedo detenerme en estos momentos. Quisiera centrarme únicamente en dos
        conceptos que remiten de forma clara a la propuesta cosmopolita: <italic>humani generis
          societas</italic> y <italic>lex naturae</italic>. Como hemos podido comprobar, ambos se
        encuentran profundamente interrelacionados y derivan en último término de la idea estoica de
        vida conforme a la naturaleza. De acuerdo con ella, existe una naturaleza común a los seres
        humanos que posibilita la existencia misma de una asociación de sus miembros y la
        prescripción de unas normas de conducta a las que, en tanto que asociados, todos deben
        someterse. La ley natural es la garantía de una convivencia pacífica entre los miembros de
        dicha asociación.</p>
  <p>Como ya he señalado anteriormente, los estoicos identificaban la vida conforme a la naturaleza
        con la vida virtuosa. A este respecto, habían señalado cuatro virtudes: la sabiduría
        práctica (<italic>phronesis</italic>), la fortaleza (<italic>andreia</italic>), la
        moderación o templanza (<italic>sophrosyne</italic>) y la justicia
          (<italic>dikaiosyne</italic>), garantía esta última de la defensa de la sociedad humana.
        Cicerón trata sobre estas virtudes en el Libro I de <italic>De officiis</italic>
        adaptándolas a las tradiciones y costumbres de Roma. De acuerdo con un esquema estoico, de
        ellas deriva una serie de deberes que se proponen como reglas de conducta para la clase
        dirigente de época republicana. Ahora bien, el político romano no ahorra críticas a la
        formulación estoica de las virtudes, sobre todo cuando se refiere a los deberes propios de
        la justicia, donde discrepa de la versión más cínica de la escuela en lo que respecta a la
        propiedad privada y su forma de adquisición<xref ref-type="fn" rid="fn26">26</xref>.</p>
  <p>El esquema utilizado aquí por Cicerón para definir los deberes propios de la vida virtuosa es
        estoico, pero el contenido que se ofrece, aunque con ánimo de vincular a todo el género
        humano, se asemeja indisimuladamente al <italic>ius civile</italic> romano. Así, es propio
        del <italic>vir bonus et aequus</italic>, como lo denomina nuestro filósofo, cumplir una
        promesa, devolver un depósito, obrar de buena fe y conducirse de acuerdo con lo que hoy
        denominaríamos «principio de proporcionalidad» en la imposición de sanciones<xref
          ref-type="fn" rid="fn27">27</xref>.</p>
  <p>Esta similitud la encontramos igualmente en <italic>De
  legibus</italic>, obra en la que Cicerón, apoyándose de nuevo en los
  estoicos, defiende la fundamentación de la ley en la
  naturaleza<xref ref-type="fn" rid="fn28">28</xref>:</p>
  <disp-quote>
    <p>[D]e todos los asuntos de que tratan las discusiones de los hombres sabios nada hay sin duda
          más importante que llegar a comprender perfectamente que nosotros hemos nacido para la
          justicia y que el derecho no está fundamentado en la convención, sino en la naturaleza
            (<italic>neque opinione sed natura constitutum esse ius</italic>). Esto se hará evidente
          si se examina con cuidado la sociedad y el vínculo de los hombres entre sí (<italic>inter
            ipsos societatem coniunctionemque</italic>) (<italic>Leg.</italic> I, 28)<xref
            ref-type="fn" rid="fn29">29</xref>.</p>
  </disp-quote>
  <p>Al igual que ocurría en <italic>De officiis</italic>, cuando llega el momento de concretar los
        preceptos del derecho natural, uno de los personajes del diálogo, su querido amigo Ático,
        destaca el parecido que guarda el elenco propuesto con las leyes de Numa y las costumbres y
        tradiciones romanas. Cicerón responde que, en efecto, así es porque la República de los
        antepasados, de la que él es valedor, es el gobierno más acorde con la naturaleza<xref
          ref-type="fn" rid="fn30">30</xref>. No es que Cicerón identifique plenamente el derecho
        natural con el <italic>ius civile</italic>, sino que el <italic>ius civile</italic>, en
        tanto que procedente de unas tradiciones ancestrales confirmadas generación tras generación,
        es la versión más verosímil y probable de eso que podríamos llamar derecho natural<xref
          ref-type="fn" rid="fn31">31</xref>. El matiz es importante en la medida en que deja
        abierta la posibilidad de introducir cambios <italic>pro futuro</italic> en el <italic>ius
          civile</italic> para elaborar una versión más cercana — más <italic>veri simile—</italic>
        al derecho natural. Y, de hecho, el propio Cicerón propone algunas reformas cuando se
        refiere a las distintas magistraturas en el libro III de esta obra.</p>
  <p>En cualquier caso, Cicerón ha obrado un cambio de enorme trascendencia sobre el que es
        imprescindible llamar la atención. Haciendo uso de unas premisas estoicas que conducirían a
        la defensa del ideal cosmopolita (la sociedad del género humano y la ley natural), ha
        presentado el <italic>ius civile</italic> como la versión más probable y verosímil de la
          <italic>lex naturae</italic><xref ref-type="fn" rid="fn32">32</xref>. Con ello, ha tratado
        de legitimar el dominio jurídico y político de Roma sobre el resto de los pueblos. Una
        operación que se asemeja mucho más al imperialismo que a lo que hoy entendemos por
        cosmopolitismo. Para ello, Cicerón ha abandonado la noción de sabio estoico por la más útil
        y romanizada de ciudadano (<italic>civis</italic>). Un ciudadano que rige su conducta por
        los <italic>mores maiorum</italic>, las tradiciones y normas de los ancestros, que han sido
        convenientemente universalizadas por nuestro autor.</p>
</sec>
<sec id="sec4">
  <title>4. Dion de Prusa y la ciudad de dioses y hombres</title>
  <p>Quisiera detenerme ahora en un texto fundamental que arroja mucha
  luz sobre la concepción estoica del ideal cosmopolita de época
  imperial. Dejamos, pues, la Roma republicana del siglo I a. C. y nos
  trasladamos hacia oriente, a la ciudad de Olbia — Borístenes, en la
  actual Ucrania, a orillas del Mar Negro. Un enclave entonces
  fronterizo desde el punto de vista cultural. Estamos, sin duda, dentro
  del universo romano, aunque en un contexto muy distinto al de Cicerón.
  Corre el año 95 d. C., aunque la fecha es aproximada. Allí, un sofista
  de nombre Dion, natural de Prusa (actual Bursa, al noroeste de
  Turquía) nos informa de su estancia en la
  ciudad<xref ref-type="fn" rid="fn33">33</xref>.</p>
  <p>A petición de algunos de sus habitantes, Dion pronuncia un discurso que tiene por objeto,
        precisamente, definir la ciudad en abstracto. Me refiero al <italic>Boristénico</italic>,
        célebre por su segunda parte, en la que se narra el llamado mito del carro del sol<xref
          ref-type="fn" rid="fn34">34</xref>, donde se aprecian múltiples elementos platónicos en un
        orador que, en términos generales, profesa la filosofía estoica. De nuevo, no es posible
        tratar aquí la importantísima cuestión de los préstamos e intersecciones entre doctrinas
        filosóficas, que nos llevaría a profundizar en los distintos matices que incorpora el
        estoicismo imperial respecto al primigenio y que lo convierten en un producto complejo y, en
        cierta medida, difícilmente clasificable<xref ref-type="fn" rid="fn35">35</xref>.</p>
  <p>Para el sofista, una ciudad es un grupo de hombres que habitan juntos y están gobernados por
        una ley. Pero, a diferencia de lo que ocurría en Cicerón, aquí «ley»
        (<italic>nomos</italic>) no remite a un orden jurídico concreto, sino a un orden racional,
        «[p]ues del mismo modo que no es hombre aquel que carece de razón, así tampoco es ciudad
        aquella en la que no impera la ley. Pues no podría ser legal la ciudad insensata y
          desordenada»<xref ref-type="fn" rid="fn36">36</xref>. De manera que, para el de Prusa, la
        ley, más que un conjunto de normas y prescripciones, consiste en un estado disposicional de
        quien se comporta virtuosamente, esto es, del sabio. A diferencia de lo que ocurría en el
        caso de Cicerón, se reproduce aquí el ideal estoico de comportamiento conforme a la
          naturaleza<xref ref-type="fn" rid="fn37">37</xref>.</p>
  <p>Tras esta definición, Dion se apresura a negar la existencia
  mundana de una ciudad así concebida:</p>
  <disp-quote>
    <p>[P]ues lo que es una ciudad buena, formada enteramente de buenos elementos, nadie sabe ni que
          haya existido antes siendo perecedera, ni que sea posible imaginar que pueda existir en el
          futuro, a no ser una ciudad de dioses felices en el cielo, en modo alguno inerte y ociosa,
          sino vigorosa y en continuo progreso (<italic>Or</italic>. XXXVI, 22).</p>
  </disp-quote>
  <p>Podría parecer sorprendente que Dion afirme la imposibilidad de que
  exista una ciudad mundana, pero, en realidad, resulta coherente con la
  prioridad que la filosofía estoica concede al <italic>logos</italic>
  como orden procedente de la divinidad. Una ciudad gobernada por el
  <italic>logos</italic>, una ciudad estrictamente racional solo puede
  estar gobernada y habitada por dioses.</p>
  <p>Pero entonces ¿cómo denominar a las comunidades habitadas por hombres a las que habitualmente
        llamamos ciudades? La respuesta de Dion nos introduce en lo que considero es la verdadera
        raíz del ideal cosmopolita. Para Dion, las comunidades mundanas pueden seguir denominándose
        ciudades siempre y cuando seamos conscientes de que se trata únicamente de analogías de la
        ciudad divina gobernada por Zeus, pues:</p>
  <disp-quote>
    <p>[e]s esta la única forma de gobierno o la única ciudad que puede llamarse realmente feliz, la
          que está formada por la comunión de los dioses entre sí. Pero si uno se refiere a todo el
          mundo racional, puede incluir a los hombres con los dioses, del mismo modo que se dice que
          los niños forman parte de la ciudad junto con los varones, ya que son ciudadanos por
          naturaleza y no porque comprendan y practiquen las funciones de los ciudadanos, ni
          entiendan las leyes (<italic>Or</italic>. XXXVI, 23).</p>
  </disp-quote>
  <p>Como puede observarse, Dion expone aquí el tópico estoico de la
  cosmópolis como ciudad de dioses y
  hombres<xref ref-type="fn" rid="fn38">38</xref>, que resulta muy útil
  en dos sentidos:</p>
  <list list-type="order">
    <list-item>
      <p specific-use="wrapper">
        <disp-quote>
          <p>Para descartar la existencia de una ciudad estrictamente
          racional compuesta sólo por seres humanos.</p>
        </disp-quote>
      </p>
    </list-item>
    <list-item>
      <p specific-use="wrapper">
        <disp-quote>
          <p>Como modelo que habilita para distinguir entre «la ciudad que goza de un estado
                razonable en comparación con la que está totalmente corrompida»<xref ref-type="fn"
                  rid="fn39">39</xref>.</p>
        </disp-quote>
      </p>
    </list-item>
  </list>
  <p>Al igual que Zenón en su <italic>Politeia</italic>, Dion juzga la existencia misma de una
        ciudad por el cumplimiento de estrictos requisitos morales, los cuales se resumen en la
        adopción de un comportamiento virtuoso, esto es, sometido a la legislación del
          <italic>logos</italic>. Por ello, una ciudad gobernada por un tirano no podría ser
        calificada como ciudad; y, del mismo modo, tampoco lo será una ciudad de necios gobernada
        por un sabio, pues se asemejará a un coro bajo la jefatura de un experto director cuyos
        miembros no son capaces de emitir ningún sonido al margen de la melodía<xref ref-type="fn"
          rid="fn40">40</xref>.</p>
  <p>De acuerdo con Dion, si los estoicos utilizan la analogía de la ciudad para referirse al mundo
        es tan solo «por la cantidad de seres que en él nacen y desaparecen, e incluso, por el orden
        y la buena marcha de su administración»<xref ref-type="fn" rid="fn41">41</xref>. En otras
        palabras: los estoicos hablan del mundo como una ciudad en la medida en que aprecian en él
        un orden racional que lo gobierna<xref ref-type="fn" rid="fn42">42</xref>. Dicho orden
        resulta en cierta medida comprensible para los humanos en tanto que comparten con aquél
        cierto grado de racionalidad.</p>
  <p>Estamos, pues, ante una cuestión teológica o, si se prefiere, de teología política. De ahí que
        sean necesarias analogías y metáforas para hacerla comprensible a la limitada capacidad
        racional del ser humano. En concreto, la analogía del mundo como ciudad ilustra el orden
        providencial del mundo a la vez que permite graduar la razonabilidad de un determinado
        gobierno y la sabiduría de sus gobernantes<xref ref-type="fn" rid="fn43">43</xref>. Y es con
        la mirada puesta en esta ciudad divina que Dion establece los rasgos del buen rey en su
        primer discurso sobre la realeza: sencillez, humanidad, humildad y amor a los ciudadanos y a
        sus soldados<xref ref-type="fn" rid="fn44">44</xref>. Todos ellos se conciben como analogías
        extraídas del ejemplo de Zeus, que a su vez funciona en el discurso como una metáfora de la
        providencia divina.</p>
</sec>
<sec id="sec5">
  <title>5. Roma: una patria común de «amigos por naturaleza»</title>
  <p>Descubrimos la personificación estoica de los rasgos que nos ofrece Dion en la figura del
        emperador Marco Aurelio. Sus <italic>Meditaciones</italic>, un texto que no pretende ser
        sistemático en su estructura ni exhaustivo en los temas que aborda, suponen una síntesis de
        los distintos usos que adopta el ideal cosmopolita en la Antigüedad.</p>
  <p>Para Marco Aurelio, siguiendo en esto una antigua doctrina estoica que encontramos también en
          Epicteto<xref ref-type="fn" rid="fn45">45</xref>, los seres humanos son amigos por
        naturaleza (φύσει φίλοι)<xref ref-type="fn" rid="fn46">46</xref>. La exposición más célebre
        y completa de esta idea la encontramos en el tratado <italic>Peri ton kathekonton</italic>
          (<italic>Sobre los actos apropiados</italic>) de Hierocles, filósofo estoico del siglo II
        d. C. (contemporáneo, por tanto, de Marco Aurelio). Hierocles parte de la idea expuesta por
        Crisipo de familiaridad con uno mismo (οἰκειῶσαι πρὸς ἑαυτό) como una suerte de principio de
        conservación que permite al individuo rechazar lo que le es dañino y aceptar lo que le es
          propio<xref ref-type="fn" rid="fn47">47</xref>. A partir de esta idea, Hierocles postula
        la existencia de diez círculos concéntricos cuyo núcleo sería la propia facultad del
        pensamiento (<italic>dianoia</italic>) y que abarcaría desde los familiares más directos
        hasta la totalidad del género humano. De acuerdo con lo que nos ha transmitido Estobeo<xref
          ref-type="fn" rid="fn48">48</xref>, esta doctrina animaba a ir reduciendo los círculos
        como forma de progresión moral, de manera que los conciudadanos debían ser tratados como
        primos, estos como hermanos y así sucesivamente<xref ref-type="fn" rid="fn49">49</xref>.</p>
  <p>Sin embargo, para Marco Aurelio, los humanos son amigos peculiares, pues, aunque comparten con
        él una naturaleza racional<xref ref-type="fn" rid="fn50">50</xref>, no conocen la virtud, se
        comportan al margen de la ley natural y persiguen los <italic>adiaphora</italic>, los
        indiferentes. El lector atento de las <italic>Meditaciones</italic> observa en el filósofo
        emperador una actitud que oscila entre la amistad y el rechazo a sus semejantes. En
        ocasiones, el comportamiento habitual de los hombres le parece vulgar y errado. En otras se
        enfada consigo mismo cuando reconoce rasgos de este tipo en su propia conducta. Pero, en
        general, esta actitud pendular cede ante la idea, que ya hemos podido observar en Dion, del
        mundo como una ciudad de hombres y dioses<xref ref-type="fn" rid="fn51">51</xref>: «¿Serás
        así alguna vez: capaz de convivir como ciudadano con dioses y humanos, sin hacerles
        reproches, sin recibir acusación de ellos?», se pregunta en <italic>Med.</italic> X, 1.</p>
  <p>Para el filósofo emperador, al igual que para Cicerón y para Dion, el vínculo que une a los
        humanos es la racionalidad:</p>
  <disp-quote>
    <p>Si la inteligencia nos es común, también la razón (ὁ λόγος), por la que somos racionales, es
          común; si esto es así, también es común la razón que nos ordena qué hay que hacer y qué
          no; si así es, la ley nos es común (ὁ νόμος κοινός); en tal caso, somos ciudadanos; por
          tanto, participamos de una especie de constitución; en tal caso, el mundo es como una
          ciudad. ¿De qué otra ciudadanía común se podría afirmar que participa todo el género
          humano (τὸ τῶν ἀνθρώπων πᾶν γένος)? (<italic>Med.</italic> IV, 4, 1-2)<xref ref-type="fn"
            rid="fn52">52</xref>.</p>
  </disp-quote>
  <p>Este texto resulta muy esclarecedor del uso que hace Marco Aurelio de la idea del mundo como
        ciudad. Lo primero y más destacable es que el orden providencial, el cual rige el
        funcionamiento del cosmos, se conforma como el elemento que vincula la racionalidad con la
        normatividad: «si la razón es común, también lo es la razón que nos ordena qué hacer y qué
          no»<xref ref-type="fn" rid="fn53">53</xref>. Y si la razón ofrece una legislación común,
        el mundo es como una ciudad bien ordenada. Como ha señalado Farquharson, este encadenamiento
        de silogismos nos recuerda a un texto del <italic>De legibus</italic>, de Cicerón, autor que
        Marco Aurelio conocía muy bien<xref ref-type="fn" rid="fn54">54</xref>:</p>
  <disp-quote>
    <p>[Q]uienes tienen en común la razón, tienen también en común la razón recta. Y puesto que ella
          es la ley, también se nos ha de considerar a los hombres vinculados con los dioses por la
          ley. Y lo que es más, entre quienes hay comunidad de ley, entre ellos hay comunidad de
          derecho; y aquellos para los que estas cosas son comunes han de ser considerados como de
          la misma ciudad (Cic. <italic>Leg.</italic> I, 23).</p>
  </disp-quote>
  <p>Si la ley racional hace a los hombres ciudadanos, aquellos que no se sometan a sus preceptos
        serán apátridas de esta ciudad divina construida de acuerdo con los principios estoicos. Así
        lo confirma Marco Aurelio cuando, en <italic>Med.</italic> IV, 29, afirma: « Es un exiliado
        el que huye de la razón política (φυγὰς ὁ φεύγων τ ὸν πολιτικὸν λόγον)», y concluye: «una
        amputación de la ciudad es quien amputa su propia alma de las de los seres racionales, que
        es la misma»<xref ref-type="fn" rid="fn55">55</xref>.</p>
  <p>Como ha señalado muy agudamente Stanton, Marco Aurelio configura el universo como una
        organización político — administrativa que se parece mucho a lo que hoy sería un Estado<xref
          ref-type="fn" rid="fn56">56</xref>. En efecto, el filósofo emperador vierte en esquemas
        jurídicos el contenido de una analogía que continúa siendo fundamentalmente teológico —
        política. Para él, lo verdaderamente relevante es actuar de acuerdo con la ley racional o,
        por decirlo con Cicerón, con la <italic>lex naturae</italic>: «El fin para los seres
        racionales es seguir la razón y la ley de la más venerable ciudad y su constitución»<xref
          ref-type="fn" rid="fn57">57</xref>. De ahí que se recuerde a sí mismo, como ser humano y
        como emperador, su deber de tratar con el mayor respeto a aquellos cuya conducta le incomoda
        por encontrarse alejada de la virtud.</p>
  <p>Con todo, Marco Aurelio se mantiene dentro de la preceptiva estoica y, a diferencia de Cicerón,
        no trata de identificar la ley racional con el derecho romano, al menos de forma
          explícita<xref ref-type="fn" rid="fn58">58</xref>. Ya he señalado que las
          <italic>Meditaciones</italic> no es un tratado sistemático de filosofía, sino una serie de
        apuntes dispersos. Tampoco la situación política era en el siglo II d. C. la misma que la
        republicana del siglo I a. C., sobre todo en lo que se refiere a la ciudadanía, cuya
        concesión se había convertido ya en un instrumento político para la romanización de los
        pueblos conquistados<xref ref-type="fn" rid="fn59">59</xref>. Ahora bien, resulta evidente
        que si la ley racional es la norma natural de conducta, esta ha de concretarse en unos
        preceptos, que son las virtudes. De nuevo, no encontramos en las
          <italic>Meditaciones</italic> una exposición sistemática de estas virtudes, pero sí
        referencias a las normas que se impone a sí mismo como emperador, que van desde deberes
        sociales para con los demás hasta deberes de justicia teniendo en cuenta su condición de
        emperador. Marco Aurelio es estoico, pero también profundamente romano, como él mismo
        declara en <italic>Med.</italic> VI, 44, 5 — 6: «Lo que conviene a cada uno es acorde a la
        constitución y naturaleza propias: mi naturaleza es racional y política. Mi ciudad y patria,
        como Antonino, es Roma; como ser humano, el universo. Lo que beneficia a estas ciudades es
        mi único bien»<xref ref-type="fn" rid="fn60">60</xref>. Cabría preguntarse qué ocurriría en
        caso de conflicto entre ambas identidades, la estoica y la romana: ¿antepondría su condición
        de filósofo a los deberes como emperador? No encontramos planteada la cuestión en las
          <italic>Meditaciones</italic>, acaso porque nunca observó tal conflicto<xref ref-type="fn"
          rid="fn61">61</xref>. Quizá la versión del estoicismo que sostenía Marco Aurelio había
        alcanzado un grado de hermanamiento tal con los valores y tradiciones de la aristocracia
        romana que resultaba difícil establecer sus respectivos límites<xref ref-type="fn"
          rid="fn62">62</xref>. O tal vez las contradicciones fruto de la práctica de gobierno le
        hacían consciente de lo lejos que se encontraba su persona respecto del ideal de sabio, y
        Roma respecto de una ciudad divina de dioses y hombres que, en última instancia, resulta
        imposible llevar a la práctica debido a la necedad de estos últimos<xref ref-type="fn"
          rid="fn63">63</xref>. No estamos ante hipótesis excluyentes.</p>
</sec>
<sec id="sec6">
  <title>6. Conclusión</title>
  <p>Como he tratado de mostrar, en la Antigüedad el ideal cosmopolita es una consecuencia necesaria
        de la afirmación de un <italic>logos</italic> providencial y de la constitución racional del
        mundo. Por este motivo, Dion no puede hablar de las ciudades mundanas sino como analogías de
        la ciudad universal. El ideal cosmopolita estoico requiere la mediación de un lenguaje
        figurado o metafórico para referirse a las comunidades terrenales. El motivo es la falta de
        perfectibilidad de la racionalidad humana, que condiciona la estricta observancia de la ley
        racional prescrita por el <italic>logos.</italic> De esta carencia se derivan las
        dificultades de comportarse virtuosamente, esto es, de alcanzar la sabiduría estoica. La ley
        racional es expresión del <italic>logos</italic> y el sometimiento a la misma funciona como
        vínculo entre este <italic>logos</italic> y la conducta virtuosa. Si segamos este vínculo,
        el sistema estoico se desmorona. En otros términos: el ideal cosmopolita resulta inseparable
        del sistema filosófico estoico, pues sin él, la ley racional carece de fundamento y de
        contenido material.</p>
  <p>Por este motivo, si se mantiene el esquema cosmopolita y los valores de universalidad a él
        asociados despojándolo del resto de la filosofía estoica, resulta imprescindible ofrecer un
        nuevo contenido material a la ley racional. Y esta fue la operación de Cicerón: transformar
        los <italic>mores maiorum</italic> en virtudes, sustituir la ley racional por el <italic>ius
          civile</italic> y la ciudad del género humano por la constitución mixta de la República
        romana. En definitiva: elevar a universal una condición humana particular. Cicerón convirtió
        el ideal cosmopolita estoico en el ideal romano de dominación del mundo y Marco Aurelio veía
        ambos aspectos como complementarios, o quizá coincidentes.</p>
  <p>Volvamos a la actualidad. En vista del somero repaso realizado hasta aquí, creo que pueden
        destacarse importantes diferencias entre la versión estoica y las modernas del ideal
          cosmopolita<xref ref-type="fn" rid="fn64">64</xref>: las propuestas surgidas en la
        Ilustración, así como sus variantes posteriores a la caída del Muro de Berlín, no derivan de
        la fundamentación teológica de los sistemas filosóficos modernos. Si se me permite la
        licencia, se trata de propuestas que no miran a los cielos, sino a la tierra. Su fin último
        consiste en generar las condiciones necesarias para dotar a los individuos de autonomía en
        la toma de sus propias decisiones como agentes morales<xref ref-type="fn" rid="fn65"
          >65</xref>. Además, por razones históricas que no pueden ser tratadas en este momento, el
        cosmopolitismo actual ha huido del concepto de ley natural (racional) y los intentos de
        fundamentación de los valores que integrarían un supuesto «derecho cosmopolita» han perdido
        el interés que tuvieron en otras épocas<xref ref-type="fn" rid="fn66">66</xref>.</p>
  <p>Ahora bien, junto con estas diferencias, las propuestas actuales mantienen similitudes
        importantes con una de las versiones ofrecidas en la Antigüedad. Al comienzo de este trabajo
        me he referido a dos de ellas, la de Martha Nussbaum y la de David Held, por reconocer su
        deuda con la filosofía estoica. Veamos brevemente cómo abordan la transposición al presente
        del ideal estoico de la cosmópolis.</p>
  <p>En su reciente obra, <italic>La tradición cosmopolita. Un noble e imperfecto ideal</italic>,
        Nussbaum realiza un estudio de las diferentes versiones adoptadas por el cosmopolitismo
        desde la Antigüedad hasta el momento actual. El capítulo final consiste precisamente en
        exponer su propuesta, que gira en torno a lo que en el libro denomina «enfoque de las
        capacidades», idea apadrinada en los años ochenta por el economista Amartya Sen<xref
          ref-type="fn" rid="fn67">67</xref>. Para Nussbaum, una «aproximación constructiva» de los
        problemas globales tendría que preservar el conjunto de «capacidades centrales humanas»: la
        vida, la salud y la integridad física, los sentidos, la imaginación, el pensamiento, las
        emociones o la razón práctica. El capítulo adopta los rasgos de una propuesta concreta para
        preservar estas capacidades de manera efectiva en una comunidad política mundana de ámbito
        universal. Y es aquí donde Nussbaum toma partido por un sistema democrático típicamente
        occidental en el que predominan valores como la libertad de expresión o el derecho a gozar
        de un sistema sanitario y educativo dignos y de igual acceso para todos. Una oferta que
        asienta sus raíces en un desarrollo cultural específico, de raíz grecorromana y cristiana.
        Obviamente, Nussbaum se apercibe de ello, pero no parece sentirse cómoda reconociendo esta
        circunstancia, pues teme que la teoría de las capacidades quede lastrada por los mismos
        argumentos que ella utiliza contra Cicerón.</p>
  <p>Similares reproches podrían realizarse a la propuesta de «orden cosmopolita» realizada por
        David Held, que se edifica sobre ocho principios (igualdad de valor y dignidad; agencia
        activa; responsabilidad personal y rendición de cuentas; consentimiento; toma de decisiones
        colectiva mediante procedimientos de votación; inclusividad y subsidiariedad; prevención de
        daños graves y sostenibilidad) que provienen de dos metaprincipios o nociones organizativas
        del discurso: el de autonomía (MPA) y el de razonamiento imparcial (MPIR)<xref ref-type="fn"
          rid="fn68">68</xref>. Para Held, el cosmopolitismo moderno —que, si bien proviene del
        antiguo, tiene su soporte en la filosofía kantiana, como el de Nussbaum— no consiste en
        establecer un entendimiento universal sobre un elenco de cuestiones relativas a las
        condiciones morales de vida, sino que trata de constituir un espacio ético y político
        cimentado en los ocho principios antedichos.</p>
  <p>Tanto Nussbaum como Held retoman el ideal de cosmopolitismo de la Estoa, pero vienen a
        sustituir el contenido de la filosofía estoica por la filosofía ilustrada de raíz kantiana.
        Una operación que no parece diferir demasiado de la ciceroniana<xref ref-type="fn"
          rid="fn69">69</xref>. En realidad, el problema del cosmopolitismo se plantea en los mismos
        términos que en la Antigüedad: al escindir el ideal cosmopolita de la filosofía estoica,
        resulta imprescindible dotar de contenido a la ley racional, lo que lleva a toda propuesta
        realizada en estos términos a elevar a universal una condición humana par-</p>
  <p>ticular. En otras palabras: todo indica que buscando a Zenón hemos
  encontrado a Cicerón, lo que nos lleva a plantear serias dudas acerca
  de la posibilidad de realizar en la actualidad el ideal cosmopolita
  tal y como fue concebido por los estoicos.</p>
  <p>Cuestión diversa es si esa condición humana particular sería capaz de satisfacer nuestras
        pretensiones de justicia. El asunto, de extrema importancia, fue ampliamente afrontado por
        la filosofía antigua mediante la pregunta sobre la compatibilidad entre utilidad y
        moralidad, argumento de la <italic>República</italic> de Platón y el <italic>De
          officiis</italic> ciceroniano. Pero la respuesta a esta cuestión no tendría necesariamente
        que concluir en un gobierno cosmopolita, cuyas dificultades teóricas y prácticas he tratado
        de exponer en este trabajo.</p>
</sec>
</body>
<back>
<fn-group>
  <fn id="fn1">
    <label>1</label><p>El presente trabajo se enmarca en los siguientes
    proyectos de investigación: MITRAHIF: Miradas transversales de la
    historia de la filosofía. La filosofía como sintaxis de los
    discursos culturales (2023-VICE-0030). IP: Iker Martínez Fernández,
    Kilian Lavernia Biescas; e INconRES: (PID2020-117219GB-I00)
    Incertidumbre, Confianza y Responsabilidad. Claves
    ético-epistemológicas de las nuevas dinámicas sociales en la era
    digital. IP: Concha Roldán, Astrid Wagner.</p>
    <p><italic>An. Sem. His. Filos.</italic> 42(2), 2025: 299-309
    299</p>
  </fn>
  <fn id="fn2">
    <label>2</label><p>Cfr. Roberto R. Aramayo <italic>La paz perpetua.
    Un diseño filosófico</italic> (Madrid: Alamanda, 2018), 23.</p>
  </fn>
  <fn id="fn3">
    <label>3</label><p>Traducción de Roberto. R. Aramayo, <italic>La
    paz</italic>, 2018.</p>
  </fn>
  <fn id="fn4">
    <label>4</label><p>Cfr. Martha C. Nussbaum, <italic>La tradición
    cosmopolita. Un noble e imperfecto ideal</italic> (Barcelona:
    Paidós, 2019), 11.</p>
  </fn>
  <fn id="fn5">
    <label>5</label><p>Lo cual no quiere decir que el proyecto kantiano no requiera una necesaria actualización
          transcurridos más de doscientos años desde su presentación. Sobre esta cuestión, véase
          Jurgen Habermas «La idea kantiana de paz perpetua. Desde la distancia histórica de
          doscientos años», <italic>Isegoría</italic>, 16 (1997): 61-90.</p>
  </fn>
  <fn id="fn6">
    <label>6</label><p>A este respecto, entre nosotros, cabe señalar la obra colectiva editada por Roberto R. Aramayo,
          Javier Muguerza y Concha Roldán (eds.), <italic>La paz y el ideal cosmopolita de la
            Ilustración. A propósito del bicentenario de</italic> Hacia la paz perpetua <italic>de
            Kant</italic> (Tecnos, 1996), cuyas contribuciones reflexionan, con motivo del
          bicentenario del opúsculo kantiano, sobre la vigencia del ideal cosmopolita ilustrado en
          la actualidad.</p>
  </fn>
  <fn id="fn7">
    <label>7</label><p>Cfr. David Held, «Principles of Cosmopolitan
    order». En <italic>The Political Philosophy of
    Cosmopolitanism,</italic> ed. G. Brock, H. Brighouse, (Cambridge
    University Press, 2005).</p>
  </fn>
  <fn id="fn8">
    <label>8</label><p>Cfr. Seyla Benhabib, <italic>Another
    Cosmopolitanism,</italic> Oxford: Oxford University Press, 2006.</p>
  </fn>
  <fn id="fn9">
    <label>9</label><p>Cfr. entre otros, J. Waldrom, «What is Cosmopolitan?», <italic>Journal of Politica
            Philosophy</italic>, 8/2, pp. 227-243.</p>
  </fn>
  <fn id="fn10">
    <label>10</label><p>Cfr. Charles R. Beitz «Cosmopolitanism and Global Justice». En <italic>Current Debates in Global
            Justice</italic>, ed. G. Brock, D. Moellendorf (Springer, 2005), 11-27.</p>
  </fn>
  <fn id="fn11">
    <label>11</label><p>Para un análisis pormenorizado de las distintas versiones del cosmopolitismo, véase Silvina
          Álvarez, «Los derechos humanos como valores plurales. Multiculturalismo, cosmopolitismo y
          conflictos». En <italic>Entre Estado y Cosmópolis</italic>, ed. A. Ruiz Miguel, (Trotta,
          2014), 179-212.</p>
  </fn>
  <fn id="fn12">
    <label>12</label><p>Julia Annas, <italic>The Morality of Happiness,</italic> (Oxford University Press, 1993), 264,
          llega a la misma conclusión haciendo el camino inverso: para la académica estadounidense,
          la llamada <italic>oikeiosis</italic> social estoica que culmina en la teoría de Hierocles
          resulta “muy kantiana”.</p>
  </fn>
  <fn id="fn13">
    <label>13</label><p>Cfr. David Held, «Principles…», 10, donde hace suya la posición de Horstmann.</p>
  </fn>
  <fn id="fn14">
    <label>14</label><p>No es propósito de este trabajo realizar un análisis pormenorizado de las propuestas cosmopolitas
          de ambos autores, sino únicamente mostrar su disposición a establecer un vínculo con el
          cosmopolitismo de corte estoico. Este es especialmente claro en el caso de Martha C.
          Nussbaum, que ha estudiado el fenómeno desde sus raíces estoica y kantiana en Nussbaum,
          «Kant and the Stoic Cosmopolitism». <italic>Journal of Political</italic>, 5 (1997): 1-25;
          «The Worth of Human Dignity: Two Tensions in Stoic Cosmopolitanism». En <italic>Philosophy
            and Power in the Graeco-Roman World. Essays in Honour of Miriam Griffin,</italic> ed. G.
          Clark, T. Rajak, (Oxford University Press, 2002), 31-49; y «Patriotism and
          Cosmopolitanism», en <italic>The Global Justice Reader</italic>, ed. T. Brooks (Malden,
          2008), pp. 306314, además de la monografía antes citada. Sobre los problemas que suscita
          la propuesta, véase, L. Konstantakos «On Stoic Cosmopolitanism: A Respond to Nussbam’s
            <italic>Patriotism and Cosmopolitanism</italic>». <italic>Prometeus-Filosofia,</italic>
          año 8, Número 17 (2015): 50-60, y, entre nosotros, José Javier Benéitez Prudencio «La
          ciudadanía cosmopolita de Martha Nussbaum». <italic>Daimon. Revista Internacional de
            Filosofía</italic>, Suplemento 3 (2010): 347-354 y «La revisión del cosmopolitismo de
          Martha Nussbaum». <italic>Isegoría</italic>, 64 (2021): 1-12.</p>
  </fn>
  <fn id="fn15">
    <label>15</label><p>Cfr. Martha C. Nussbaum, <italic>La tradición
    cosmopolita</italic>, 12.</p>
  </fn>
  <fn id="fn16">
    <label>16</label><p>Esta parece haber sido también la posición de Sócrates: <italic>Socrates quidem cum rogaretur,
            cuiatem se esse diceret, ‘mundanum’ inquit; totius enim mundo se incolam et civem
            arbitrabatur</italic> (Cic. <italic>Tusc.</italic> V, 108).</p>
  </fn>
  <fn id="fn17">
    <label>17</label><p>Para una interpretación de las palabras de
    Diógenes, véase Ignacio Pajón Leyra «El cosmopolitismo cínico y su
    vigencia en la era de la globalización». Iter. Poder, política y
    democra¬cia, Vol. XXIV (2018), 185-203.</p>
  </fn>
  <fn id="fn18">
    <label>18</label><p>No trataré aquí las fuentes literarias que,
    durante el periodo clásico y helenístico, se refieren a la idea de
    la unidad del género humano, como Ar. <italic>Vesp.</italic> 707 o
    Men. <italic>Epit.</italic> 875-6, ya que, como ha mostrado H. C.
    Baldry, <italic>The Unity of Mankind in Greek Thought</italic>
    (Cambridge Un. Press, 1965), 113-140, aunque aluden a los hombres en
    general, las características que les atribuyen son típicamente
    griegas. Sobre los precedentes en la sofística (en concreto, en
    Antifonte) de la tesis estoica de la igualdad de los seres humanos
    basada en una naturaleza común, véase Marcelo D. Boeri «Lo justo es
    por naturaleza, no por convención. Los argumentos estoicos en contra
    de la esclavitud y la doctrina de la οἰκείωσις», <italic>Cicer de
    clásicos modernos</italic>, Vol. 18, nº 1 (2014), 19-37.</p>
  </fn>
  <fn id="fn19">
    <label>19</label><p>Cfr. John Sellars «Stoic Cosmopolitanism and Zeno’s “Republic”». <italic>History of Political
            Thought</italic>, 28 (1) (2007), 1-29, donde se habla de un vínculo simbólico y no
          geográfico de los sabios existentes.</p>
  </fn>
  <fn id="fn20">
    <label>20</label><p>Cfr. Clemens Alex. <italic>Strom.</italic> V 14, 95 = <italic>SVF.</italic> I, 223. El origen de
          esta tesis la hallamos en el <italic>Lisis</italic> de Platón (214 c-d), diálogo al que se
          refiere el propio Clemente. La amistad entre los sabios es un principio, más que un rol o
          una cualidad de las relaciones humanas, dado que los sabios pueden ser amigos sin
          conocerse siquiera (el vínculo nace de su estatuto de sabios). De acuerdo con Estobeo
            (<italic>Ecl</italic>. II 108, 5 <italic>= SVF</italic> III, 630), el sabio puede
          ganarse la amistad de los demás con su simpatía y benevolencia; sin embargo, la amistad
          solo surgirá entre los sabios, dado que solo entre ellos, por su estilo de vida, puede
          reinar la concordia. Sobre la imposibilidad de la amistad entre necios,
            <italic>vid.</italic> Arr. <italic>Epict. diss.</italic> II, 22. Para un estudio
          completo sobre la amistad en el estoicismo, <italic>vid.</italic> Anne Banateanu
            <italic>La théorie stoïcienne de l’amitié: Essai de reconstruction</italic>
          (Paris-Fribourg: Éditions du Cerf/Éditions universitaires de Fribourg, 2001).</p>
  </fn>
  <fn id="fn21">
    <label>21</label><p>Y los necios son hostiles entre sí. Además, en tanto que no se comportan virtuosamente, son
          extranjeros los unos respecto de los otros (Casio <italic>apud</italic> DL. VII, 32 =
            <italic>SVF</italic> I, 226).</p>
  </fn>
  <fn id="fn22">
    <label>22</label><p>Cfr. Cic. <italic>Fin.</italic> IV, 69-70;
    74-76.</p>
  </fn>
  <fn id="fn23">
    <label>23</label><p>Cic. <italic>Off.</italic> III, 20.</p>
  </fn>
  <fn id="fn24">
    <label>24</label><p>Utilizo la traducción de J. Guillén Cabañero
    (Alianza, 2001) con algunas modificaciones.</p>
  </fn>
  <fn id="fn25">
    <label>25</label><p><italic>Off.</italic> III, 23.</p>
  </fn>
  <fn id="fn26">
    <label>26</label><p>En <italic>Off.</italic> I, 21; contra la tesis
    de <italic>Fin.</italic> III, 67: <italic>in Terris gignatur, ad
    usum hominum omnia creari.</italic></p>
  </fn>
  <fn id="fn27">
    <label>27</label><p><italic>Off.</italic> I, 31-32.</p>
  </fn>
  <fn id="fn28">
    <label>28</label><p>Sobre la doctrina estoica de la ley, véase
    Clemens. <italic>Strom.</italic> 2 = <italic>SVF</italic> III,
    332.</p>
  </fn>
  <fn id="fn29">
    <label>29</label><p>Traducción de C. T. Pabón (Gredos, 2009), con algunas modificaciones.</p>
  </fn>
  <fn id="fn30">
    <label>30</label><p>Cic. <italic>Leg.</italic> II, 23.</p>
  </fn>
  <fn id="fn31">
    <label>31</label><p>Klaus M. Girardet <italic>Die Ordnung der Welt. Ein Beitrag zur Philosophischen und Politischen
            Interpretation von Ciceros Schrift De Legibus</italic>, (F. S. Verlag, 1983), 60, en
          cambio, sí considera que se da una identificación entre <italic>ius civile</italic> y
            <italic>ius naturae</italic> en <italic>De legibus</italic> II. En el sentido que
          proponemos aquí, véase Luciano Perelli <italic>Il pensiero político di Cicerone</italic>,
          (La Nuova Italia, 1990), 122.</p>
  </fn>
  <fn id="fn32">
    <label>32</label><p>Sobre el significado de <italic>probabile</italic> y <italic>veri simile</italic> en Cicerón,
          véase Carlos Lévy, <italic>Cicero academicus. Recherches sur les</italic> Académiques
            <italic>et sur la philosophie cicéronienne</italic> (École française de Rome, 1992), 276
          y ss. e Iker Martínez Fernández, <italic>El ejemplo y su antagonista. Arquitectura de la
            ‘imitatio’ en la filosofía de Cicerón</italic> (Edizioni Ca’Foscari, 2021), 76 y ss.</p>
  </fn>
  <fn id="fn33">
    <label>33</label><p>Sobre el contexto histórico en el que se
    desarrolla la obra de Dion, así como de su relación con la retórica
    y la filosofía, tema que ha sido objeto de numerosos debates, véase
    C. P. Jones, <italic>The Roman World of Dio Chrysostom</italic>
    (Loeb Classical Monographs, 1978).</p>
  </fn>
  <fn id="fn34">
    <label>34</label><p>Dio Chrys. <italic>Or.</italic> XXXVI,
    39-60.</p>
  </fn>
  <fn id="fn35">
    <label>35</label><p>Sobre el sincretismo en los autores de esta época, véase el todavía vigente ensayo de E. R.
          Dodds, <italic>Paganos y cristianos en una época de angustia</italic>, Madrid: Ediciones
          Cristiandad, 1968. Sobre los préstamos platónicos en el «Boristénico», véase Malcolm
          Schofield, <italic>The Stoic Idea of the City,</italic> (The University of Chicago Press,
          1999), 59 ss.</p>
  </fn>
  <fn id="fn36">
    <label>36</label><p><italic>Or.</italic> XXXVI, 20. Utilizo la
    traducción de G. del Cerro Calderón (Gredos, 1997).</p>
  </fn>
  <fn id="fn37">
    <label>37</label><p>En los mismos términos, Marciano <italic>Inst.</italic> I = <italic>SVF</italic> III, 314. Sobre
          esta cuestión, véase<italic>.</italic> Marcelo D. Boeri «Natural Law and world order in
          Stoicism». En <italic>Nature and the Best Life. Exploring the Natural Bases of Practical
            Normativity in Ancient Philosophy</italic>, ed. Gabriela Rossi, (Olms, 2013).</p>
  </fn>
  <fn id="fn38">
    <label>38</label><p>La misma idea en Ario Dídimo
    <italic>apud</italic> Eusebio <italic>Praep. Ev.</italic> XV 15, 3-5
    = <italic>SVF</italic> II, 528.</p>
  </fn>
  <fn id="fn39">
    <label>39</label><p><italic>Or.</italic> XXXVI, 23.</p>
  </fn>
  <fn id="fn40">
    <label>40</label><p><italic>Or</italic>. XXXVI, 21. La señalada semejanza no obsta la existencia de profundas
          diferencias entre la postura de Dion y la que defiende Zenón. Como ha señalado Schofield,
            <italic>The Stoic idea</italic>, 88, la comparación que establece Dion entre la realeza
          y la divinidad es un tópico en la época (Isoc. <italic>Nic.</italic> 25-6; Sen.
            <italic>Clem.</italic> I, 7; Plu. <italic>Ad princ. Iuerd.</italic> 780E-781C; Clem.
            <italic>Strom.</italic> I, 24). Pese a que se ha señalado en muchas ocasiones la deuda
          de Dion con la filosofía cínico-estoica, Schofield detecta en muchas influencias
          platónicas, en este discurso y en la división de las formas de gobierno que se lleva a
          cabo en el tercer discurso sobre la realeza.</p>
  </fn>
  <fn id="fn41">
    <label>41</label><p><italic>Or.</italic> XXXVI, 30.</p>
  </fn>
  <fn id="fn42">
    <label>42</label><p>En el mismo sentido, con respecto a la ley natural, <italic>véase</italic> Filón de Alejandría
            <italic>de mundo opificio</italic> 3 = <italic>SVF</italic> III, 336.</p>
  </fn>
  <fn id="fn43">
    <label>43</label><p>Por ello, no sería desacertada una lectura del <italic>Boristénico</italic> como crítica hacia el
          gobierno imperial romano, tan frecuente en algunos planteamientos de la Segunda Sofística.
          Tal y como nos ha transmitido Tácito <italic>Ann.</italic> XVI, 21 y ss., encontramos
          círculos de oposición al ejercicio del poder imperial en algunos modelos estoicos del
          siglo I d.C., de los cuales quizá sea Catón uticense el más relevante. En cualquier caso,
          ninguna de las dos hipótesis se encuentra exenta de problemas. Sobre el movimiento
          sofístico imperial y su actividad de crítica política, véanse las distintas posturas de
          Ewan L. Bowie, «Los griegos y su pasado en la segunda sofística», en <italic>Estudios
            sobre historia antigua</italic>, ed. M. I. Finley, (Akal, 1981), 185-231, Simon
          Goldhill, <italic>Being Greek under Rome. Cultural Identity, the Second Sophistic and the
            Development of Empire</italic> (Cambridge University Press, 2001) y Tim Whitmarsh,
            <italic>Greek Literature and the Roman Empire. The Politics of Imitation,</italic>
          (Oxford University Press, 2001). Sobre la influencia del estoicismo romano como movimiento
          de oposición al gobierno de Nerón, Max Pohlenz, <italic>La Stoa. Historia de un movimiento
            espiritual,</italic> (Taurus, 2022), 358 y ss., se muestra escéptico, aunque las
          conexiones entre los valores romanos republicanos y las virtudes estoicas resultan
          innegables.</p>
  </fn>
  <fn id="fn44">
    <label>44</label><p>Dio Chrys. <italic>Or.</italic> I, 20-28.</p>
  </fn>
  <fn id="fn45">
    <label>45</label><p>Arr. <italic>Diss.</italic> III, 24, 11.</p>
  </fn>
  <fn id="fn46">
    <label>46</label><p>M. Aur. <italic>Med.</italic> IX, 27. Una
    expresión tomada probablemente de Platón, <italic>Rep.</italic> 470
    c, en la que se califica a los griegos como φύσει φίλοι frente a los
    bárbaros. Sobre la preexistencia de la <italic>oikeiosis</italic>
    social estoica en la <italic>República</italic> platónica, véase Tad
    Brennan <italic>The Stoic Life. Emotions, Duties and Fate</italic>
    (Oxford University Press, 2005), 154 —168.</p>
  </fn>
  <fn id="fn47">
    <label>47</label><p>D. L. VII, 85. En los <italic>Elementos de ética</italic> de Hierocles (Papyrus Berolinensis
          9780, Ed. Bastiani-Long 1992: 296-362), vemos expuesta la doctrina de la
            <italic>oikeiosis</italic> o de la familiaridad del ser vivo con su entorno. Aunque debe
          tenerse en cuenta que la teoría de los círculos concéntricos no se encuentra en los
            <italic>Elementos de ética</italic>, sino en el tratado <italic>Sobre los actos
            apropiados</italic> (véase sobre este particular Margherita Isnardi Parente, «Ierocle
          Stoico, <italic>oikeiosis</italic> e doveri sociali», <italic>ANRW</italic> 36.3 (1987):
          2201-26, algunos autores han defendido que el concepto se encuentra en el origen de la
          doctrina estoica de la fraternidad universal que desembocaría en el ideal cosmopolita.
          Sobre esta doctrina, me remito a las consideraciones anteriores. Además, existen muchos
          problemas, textuales y doctrinales, en el paso de la autoconciencia que conlleva la
          familiaridad del ser vivo individual con la naturaleza y el amor al género humano (la
          llamada <italic>oikeiosis</italic> social). Un texto de Cicerón (<italic>Luc</italic>. 131
          = <italic>SVF</italic> I. 181) afirma que el concepto se encontraba ya en Zenón (véase a
          este respecto <italic>SVF</italic> I. 197; I, 198), pero esta adscripción no es segura
          (véase Anna Maria Ioppolo, <italic>Aristone di Chio e lo stoicismo antico</italic>
          (Bibliopolis, 1980), 149 y ss. y N. P. White «The Basis of Stoic Ethics»,
            <italic>HSCP</italic> 83 (1979), 143-178. Sobre este debate, véase Ilaria Ramelli,
            <italic>Hierocles the Stoic. Elements of Ethics, Fragments, and Excerpts</italic>
          (Society of Biblical Literature, 2009), XXXV y ss. Por su parte, Porfirio
            (<italic>Abst.</italic> III, 19 = <italic>SVF</italic> 1.197) nos dice que la
            <italic>oikeiosis</italic> es para los estoicos fuente de justicia, pero estamos ante un
          autor tardío que bien podría expresar un específico momento de la doctrina estoica romana.
          Sobre esta problemática, véase Roberto Radice, Oikeiosis. <italic>Ricerche sul fondamento
            del pensiero stoico e sulla sua genesi</italic> (Vita e pensiero, 2000), 222 y ss.,
          Julia Annas, <italic>The morality</italic>, 262 y ss., Daniel Doyle, <italic>La doctrina
            estoica de la</italic> oikeiosis<italic>. Reconstrucción sistemática de la
            fundamentación de la moral en el estoicismo</italic> (Olms, 2014), 57 y ss., entre
          otros. El asunto guarda relación con el origen peripatético o estoico de la doctrina y, en
          todo caso, con su desarrollo en el mundo romano. Sobre el carácter social de la
            <italic>oikeiosis</italic> y su prevalencia en Roma sobre el carácter solipsista que
          parece adquirir en el estoicismo antiguo, me parecen muy oportunas las consideraciones de
          Gretchen Reydams-Schils, <italic>The Roman Stoics. Self, Responsibility, and
            Affection</italic> (The University of Chicago Press, 2005), 53-82.</p>
  </fn>
  <fn id="fn48">
    <label>48</label><p>Stob. <italic>Eclog.</italic> IV, p. 663,
    1-4.</p>
  </fn>
  <fn id="fn49">
    <label>49</label><p>Destacamos la reciente traducción, con introducción y notas, de José María Zamora, <italic>Éticas
            estoicas</italic>, (Madrid: Tecnos, 2023), que se une a la ya existente de Marcelo D.
          Boeri, Ricardo Salles, <italic>Los filósofos estoicos. Ontología, Lógica, Física y Ética.
            Traducción, comentario filosófico y edición anotada de los principales textos griegos y
            latinos</italic> (Sankt Augustin, Academia Verlag, 2014), 493. Sobre la teoría de los
          círculos concéntricos, véanse José María Zamora, «Los estoicos y la cuestión de la
          familiaridad (ΟΙΚΕΙΩΣΙΣ): La propuesta de Hierocles», <italic>Praxis Filosófica</italic>
          nº 45 (2017): 11-27, Ilaria Ramelli, <italic>Hierocles the Stoic</italic>, 2009.</p>
  </fn>
  <fn id="fn50">
    <label>50</label><p>M. Aur. <italic>Med.</italic> VI, 44.</p>
  </fn>
  <fn id="fn51">
    <label>51</label><p>Por lo tanto, no solo de hombres. Sobre este particular coincido con Jean-Baptiste Gourinat,
          «Ethics», en <italic>A Companion to Marcus Aurelius,</italic> ed. M. Van Ackeren,
          (Blackwell Publishing Ltd, 2012), 430.</p>
  </fn>
  <fn id="fn52">
    <label>52</label><p>Utilizo la traducción de Jorge Cano Cuenca
    (Trotta, 2023) en la que ocasionalmente introduzco modificaciones
    mínimas.</p>
  </fn>
  <fn id="fn53">
    <label>53</label><p>A este respecto, considero muy pertinentes los
    comentarios de Jorge Cano Cuenca (ed.), <italic>Marco Aurelio:
    Pensamientos. Cartas</italic> (Trotta, 2023), 98.</p>
  </fn>
  <fn id="fn54">
    <label>54</label><p>Cfr. A. S. L. Farquaharson (ed.), <italic>The Meditations of the Emperor Marcus Aurelius
            Antoninus</italic> (2 vols.), (Clarendon Press, 1944), vol. 2, 597.</p>
  </fn>
  <fn id="fn55">
    <label>55</label><p>Palabras que recuerdan las de Lelio en <italic>De republica</italic>: «único dios como maestro y
          jefe común de todos, autor de tal ley [la ley natural], juez y legislador, al que, si
          alguien desobedece huirá de sí mismo (<italic>cui qui non parebit, ipse se
          fugiet</italic>) y sufrirá las máximas penas por el hecho mismo de haber despreciado la
          naturaleza humana» (Cic. <italic>Rep.</italic> III, 33).</p>
  </fn>
  <fn id="fn56">
    <label>56</label><p>Cfr. G. R. Stanton, «The Cosmopolitan Ideas of
    Epictetus and Marcus Aurelius», <italic>Phronesis</italic>, Vol. 13,
    No. 2 (1968), 192.</p>
  </fn>
  <fn id="fn57">
    <label>57</label><p><italic>Med.</italic> II, 16, 6.</p>
  </fn>
  <fn id="fn58">
    <label>58</label><p>Una preceptiva estoica que, como en el caso de Dion, posee un carácter sincrético. A este
          respecto, resulta de enorme interés el reciente trabajo de Brad Inwood «What kind of Stoic
          are you? The case of Marcus Aurelius», en <italic>Passionate Mind. Essays in Honor of John
            M. Rist</italic>, ed. B. David, (Academia Verlag, 2019), 155-180.</p>
  </fn>
  <fn id="fn59">
    <label>59</label><p>Recuérdese a este respecto las burlas de Séneca en <italic>Apocolocintosis</italic> 3, donde
          Cloto solicita para el emperador un poco más de tiempo de vida al objeto de que este pueda
          conceder la ciudadanía a los dos o tres bárbaros que aún no la tienen.</p>
  </fn>
  <fn id="fn60">
    <label>60</label><p>Para una interpretación de este pasaje, véase Iker Martínez Fernández, «Usos políticos de la
          teología estoica: un comentario a Med. VI, 44». <italic>Logos. Anales del Seminario de
            Metafísica</italic>, <italic>57</italic>(2), (2024), 327-344.</p>
  </fn>
  <fn id="fn61">
    <label>61</label><p>En favor de esta hipótesis pueden alegarse los abundantes testimonios conservados de autores de
          la época. Así, Elio Aristides, contemporáneo de nuestro filósofo emperador, reclama en su
            <italic>Discurso a Roma</italic> para la ciudad de Rómulo la denominación de «ágora
          común» (<italic>Or.</italic> XXVI, 60) o «patria común» (<italic>Or.</italic> XXVI, 100).
          Asimismo, resalta la capacidad romana para la integración de aquellos extranjeros
          dispuesto a servir a la ciudad (<italic>Or.</italic> XXVI, 74). Sobre el uso político de
          la construcción de Roma como patria común, véase Iker Martínez, «Entre Roma y Atenas: Elio
          Aristides y el uso de la utopía altoimperial», en <italic>Utopías y ucronías. Una
            aproximación histórico — conceptual</italic>, ed. J. de D. Bares Partal, F. Oncina
          Coves, (Edicions Bellaterra, 2020). Otro autor contemporáneo de los anteriores, Ateneo,
          califica al Imperio como ἐπιτομὴν τῆς οἰκουμένης, epítome o compendio del mundo
            (<italic>Deipnosophistae</italic> I, 36). Sobre el uso de esta terminología, véanse
          Salvador Mas Torres, <italic>Pensamiento romano II,</italic> (Tirant Lo Blanch, 2016),
          39-68, y Claudia Moatti, <italic>La razón de Roma. El nacimiento del espíritu crítico a
            fines de la República</italic>, (Antonio Machado Libros, 2008), 80 y ss.</p>
  </fn>
  <fn id="fn62">
    <label>62</label><p>En favor de esta tesis, véase Max Pohlenz,
    <italic>La Stoa</italic>, 308 y ss.</p>
  </fn>
  <fn id="fn63">
    <label>63</label><p>En cualquier caso, parece que la idea del Imperio como la casa común es en el siglo II d.C. un
          tópico, no solo en la filosofía estoica, como ya he mostrado, sino en otras escuelas.
          Encontramos rastros del ideal cosmopolita incluso en un autor epicúreo de este momento,
          Diógenes de Enoanda, donde se afirma que la Tierra entera constituye una sola casa
            (<italic>ho kosmos oikos</italic>)<italic>.</italic> Sobre este texto (fragmento 30,
          col. 1-2 Smith, 1993), véase Pierre — Marie Morel, «Naturalismo e cosmopolitismo
          nell’antichità. Epicureismo vs. stoicismo», en <italic>La varietà del
            naturalismo,</italic> ed. G. Bagnati, M. Cassan, A. Morelli, (Ed. Ca’Foscari, 2019).</p>
  </fn>
  <fn id="fn64">
    <label>64</label><p>Otros autores han señalado las dificultades de trasponer el ideal estoico a la actualidad, aunque
          sin profundizar en los usos que el concepto adquirió en el pensamiento grecorromano. Véase
          a modo de ejemplo, Sandrine Berges, «Loneliness and Belonging: Is Stoic Cosmopolitanism
          Still Defendible?». <italic>Res Publica,</italic> 11 (2005), 3-25.</p>
  </fn>
  <fn id="fn65">
    <label>65</label><p>Michael Scrivener, <italic>The Cosmopolitan Ideal</italic> (Routledge, 2015), 2, enraíza las
          nuevas versiones del cosmopolitismo en un resurgimiento de las aspiraciones universalistas
          de la Ilustración.</p>
  </fn>
  <fn id="fn66">
    <label>66</label><p>Sobre esta cuestión, véase Juan Carlos Velasco,
    «Ayer y hoy del cosmopolitismo kantiano», <italic>Isegoría</italic>,
    16 (1997), 107 y ss.</p>
  </fn>
  <fn id="fn67">
    <label>67</label><p>Martha Nussbaum, <italic>La tradición
    cosmopolita,</italic> 253 ss.</p>
  </fn>
  <fn id="fn68">
    <label>68</label><p>David Held, «Principles of Cosmopolitan order»,
    20.</p>
  </fn>
  <fn id="fn69">
    <label>69</label><p>Encontramos problemas similares a los de Nussbaum y Held en una de las más recientes obras de
          Adela Cortina, donde se propone una constitución trifásica para una democracia universal
          respaldada por un único pueblo (Adela Cortina <italic>Ética cosmopolita. Una apuesta por
            la cordura en tiempos de pandemia</italic>, (Paidós, 2021), 160). Una periodización que
          podría aplicarse a Europa, y no sin titubeos, pero muy dudosamente al resto del
          planeta.</p>
  </fn>
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