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<!DOCTYPE article PUBLIC "-//NLM//DTD JATS (Z39.96) Journal Publishing DTD v1.3 20210610//EN" "http://jats.nlm.nih.gov/publishing/1.3/JATS-journalpublishing1-3.dtd">
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        <journal-title specific-use="original" xml:lang="es">Anales del Seminario de Historia de la
          Filosofía</journal-title>
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      <issn publication-format="electronic">1988-2564</issn>
      <issn-l>0211-2337</issn-l>
      <publisher>
        <publisher-name>Ediciones Complutense</publisher-name>
        <publisher-loc> España </publisher-loc>
      </publisher>
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      <article-id pub-id-type="doi">10.5209/ashf.92654</article-id>
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        <subj-group subj-group-type="heading">
          <subject>Estudios</subject>
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        <article-title>Pasiones y vida feliz: de Montaigne a Leibniz</article-title>
        <trans-title-group xml:lang="en">
          <trans-title>Passions and a Happy Life: From Montaigne to Leibniz</trans-title>
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        <contrib contrib-type="author" corresp="yes">
          <contrib-id contrib-id-type="orcid">https://orcid.org/0000-0002-2648-5371</contrib-id>
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            <surname>Lluís Llinàs Begon</surname>
            <given-names>Joan</given-names>
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        <aff id="aff-a"><institution content-type="original">Universitat de Valencia</institution></aff>
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      <author-notes>
        <corresp id="cor1">Joan Lluís Llinàs Begon<email>joan.llinas@uv.es</email></corresp>
      </author-notes>
      <pub-date pub-type="epub" publication-format="electronic" iso-8601-date="2025-01-17">
        <day>17</day>
        <month>01</month>
        <year>2025</year>
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      <volume>42</volume>
      <issue>1</issue>
      <fpage>13</fpage>
      <lpage>23</lpage>
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        <copyright-statement>Copyright © 2025, Universidad Complutense de
          Madrid</copyright-statement>
        <copyright-year>2025</copyright-year>
        <copyright-holder>Universidad Complutense de Madrid</copyright-holder>
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          <license-p>Esta obra está bajo una licencia <ext-link ext-link-type="uri"
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      <abstract>
        <p>El objetivo de este artículo es intentar establecer una línea de continuidad entre Montaigne y Leibniz respecto del tema de las pasiones y la vida feliz, entendiendo como parte de ésta una adecuada gestión de aquellas. Se sostiene que hay puntos de contacto entre Montaigne y Leibniz, que a menudo pasan por la intermediación de Descartes. Tras comparar las propuestas de estos tres autores por lo que respecta a las pasiones y la vida feliz, se concluye que el tratamiento moderno de las pasiones tiene su antecedente en Montaigne, y que llega hasta Leibniz por una consideración cada vez más “racionalista”. Se sugiere además que en los tres autores es posible considerar su filosofía como una forma de vida, y que más allá de que cada uno parta de posiciones metafísicas diferentes sus propuestas de vida feliz son similares.</p>
      </abstract>
      <trans-abstract xml:lang="en">
        <p>The aim of this article is to attempt to establish a continuity line between Montaigne and Leibniz regarding the theme of passions and a happy life, understanding an appropriate management of passions as part of it. It is argued that there are points of contact between Montaigne and Leibniz, often mediated by Descartes. After comparing the proposals of these three authors regarding passions and a happy life, it is concluded that the modern treatment of passions finds its precedent in Montaigne and extends to Leibniz through an increasingly ‘rationalist’ perspective. Additionally, it is suggested that in the case of all three authors, their philosophies can be considered as a way of life, and beyond the fact that each starts from different metaphysical positions, their proposals for a happy life are similar.</p>
      </trans-abstract>
      <kwd-group>
        <kwd>Pasiones</kwd>
        <kwd>Vida feliz</kwd>
        <kwd>Montaigne</kwd>
        <kwd>Descartes</kwd>
        <kwd>Leibniz</kwd>
      </kwd-group>
      <kwd-group xml:lang="en">
        <kwd>Passions</kwd>
        <kwd>Happy Life</kwd>
        <kwd>Montaigne</kwd>
        <kwd>Descartes</kwd>
        <kwd>Leibniz</kwd>
      </kwd-group>
    </article-meta>
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<sec id="fuentes-de-financiación">
  <title>Fuentes de financiación</title>
  <p>Este artículo se enmarca en el proyecto PID 2021 12612333NB-100,
  financiado por el Ministerio de Ciencia e Innovación, convocatoria
  2021, “Proyectos de Generación de Conocimiento”.</p>
</sec>
<sec id="agradecimientos">
  <title>Agradecimientos</title>
  <p>A Valente Vázquez y a Luis Antonio Velasco, y en especial a Juan
  Antonio Nicolás por sus sugerencias y comentarios.</p>
</sec>
<sec id="introducción">
  <title>1. Introducción</title>
  <p>El objetivo de este artículo es intentar establecer una línea de continuidad entre Montaigne y
        Leibniz respecto del tema de las pasiones y la vida feliz, entendiendo como parte de ésta
        una adecuada gestión de las pasiones. Ello nos llevará a defender lo siguiente: 1. El
        importante papel que juega Montaigne en el tratamiento moderno de las pasiones; 2. El rol
        intermediario de Descartes entre Montaigne y Leibniz; 3. La similitud entre las tres
        propuestas respecto de la vida feliz, propuestas que, en cambio, parten de una metafísica
        diferente.</p>
  <p>Dado que no disponemos de textos en los que Leibniz discuta directamente con los
          <italic>Essais</italic> de Montaigne, se procederá de la siguiente manera. En primer
        lugar, se presentarán, brevemente, las posiciones respectivas de Montaigne, Descartes y
        Leibniz en relación a las pasiones y la vida feliz. Posteriormente se analizarán
        continuidades y discontinuidades para, finalmente, establecer una serie de conclusiones.</p>
</sec>
<sec id="montaigne-y-el-estudio-del-ser-humano">
  <title>2. Montaigne y el estudio del ser humano</title>
  <p>Montaigne, recordémoslo, no es un filósofo sistemático. De hecho, para algunos ni siquiera es
        un filósofo, y su presencia en las historias de la filosofía suele ser mínima, cuando no
        nula. Quizás sea debido a la poca importancia filosófica que habitualmente se concede al
        siglo XVI, siglo sin grandes pensadores sistemáticos, considerado como una simple transición
        entre el orden medieval y el moderno. Quizás se deba también a la gradación que parece
        establecerse entre los términos pensador y filósofo por lo que hace a la profundidad y
        sistematicidad del pensamiento. Visto de esta manera Montaigne sería un pensador interesante
        pero que, al carecer, aparentemente, de un sistema, no poseería méritos suficientes para
        figurar entre los filósofos que merecen un capítulo en la historia de la filosofía. Ese
        evitar la denominación de filósofos se extiende a los propios montaigneanos, como se puede
        comprobar echando una ojeada a la numerosa bibliografía existente sobre Montaigne: pocos son
        los títulos que se atreven a usar los términos “filosofía” y “filósofo”<xref ref-type="fn"
          rid="fn1">1</xref>. De hecho, en apoyo de esa posición se puede presentar una afirmación
        del propio Montaigne: “No soy filósofo” (III, 9, 950C, 1416).<xref ref-type="fn" rid="fn2"
          >2</xref> Sin embargo, conviene tener en cuenta que a lo largo del millar de páginas de
        los <italic>Ensayos</italic>, este término (como muchos otros) es utilizado de modo diverso.
        Cierto es que aparece en ellas una visión negativa de la filosofía, y que Montaigne se
        desmarca de esa imagen, pero también lo es que se dibuja otra filosofía, con cuya actividad
        se puede asociar la actividad de Montaigne como productor de los
        <italic>Ensayos</italic>.</p>
  <p>Para entender en qué consiste esta filosofía de Montaigne debemos
  empezar atendiendo a su aviso al lector:</p>
  <disp-quote>
    <p>Este es un libro de buena fe, lector. Te advierte de entrada que no me he propuesto más fin
          que el doméstico y privado. No he tenido ninguna consideración de tu servicio, ni de mi
          gloria. Mis fuerzas no son capaces de un objetivo tal. Lo he consagrado a la comodidad
          particular de parientes y amigos: a los que habiéndome perdido (lo que sucederá pronto)
          puedan reencontrar algunos rasgos de mi condición y humor, y que por este medio conserven
          más entero y más vivo el conocimiento que han tenido de mí. Si hubiese sido para buscar el
          favor del mundo, me hubiese adornado mejor y me presentaría en una forma más estudiada.
          Quiero que en él se vea mi aspecto simple, natural y ordinario, sin contención ni
          artificio: pues es a mí mismo a quien pinto. Mis defectos se leerán al vivo, y mi forma
          ingenua, tanto como me lo ha permitido la reverencia pública. Si formase parte de esas
          naciones de las cuales se dice que viven aún bajo la dulce libertad de las primitivas
          leyes de la naturaleza, te aseguro que me hubiese pintado bien entero y desnudo. Así,
          lector, soy yo mismo la materia de mi libro: no hay razón que emplees tu tiempo libre en
          un tema tan frívolo y tan vano. Adiós pues; de Montaigne, este primero de marzo de mil
          quinientos ochenta.</p>
  </disp-quote>
  <p>Ahí queda claro que en el libro se pretende llevar a cabo un autorretrato, una pintura de sí
        mismo. Una pintura que va cambiando y se va diversificando, a medida que cambia el objeto
          descrito<xref ref-type="fn" rid="fn3">3</xref>. Pero no se trata del autorretrato por el
        autorretrato, sino que hay un objetivo final, el de vivir lo mejor posible y disfrutar de
        nuestro ser<xref ref-type="fn" rid="fn4">4</xref>. Así pues, la filosofía de Montaigne es de
        carácter moral: la pintura de sí exige el conocimiento de sí, y éste debe desembocar en una
        mayor felicidad. Ahora bien, al seguir el precepto délfico del conócete a ti mismo, debe
        indagar sobre “qué motivos [<italic>ressorts</italic>] nos empujan, y cómo se producen los
        movimientos tan variados que se dan en nosotros” (I, 26, 159A, 204), esto es “explorarse
        hasta el interior, y ver por qué motivos se produce el movimiento” (II, 6, 338A, 489). Así,
        la introspección deviene un instrumento de conocimiento psicológico, pero que posee una
        finalidad performativa, esto es, se buscan las condiciones para una sabiduría eficaz y a
        medida del hombre.</p>
  <p>Llegamos así al tema de las pasiones<xref ref-type="fn" rid="fn5">5</xref>. Quizás el texto más
        representativo para introducirnos en la cuestión lo encontramos en la “Apología de Ramón
        Sibiuda” (II, 12), concretamente en las numerosas páginas dedicadas a comparar al ser humano
        con los animales. En un momento dado, Montaigne distingue entre el pulpo y el camaleón:</p>
  <disp-quote>
    <p>El camaleón adopta el color del lugar donde se sitúa; pero el pulpo se da a sí mismo el color
          que se le antoja, según las ocasiones, para esconderse de aquello que teme y atrapar
          aquello que busca. En el caso del camaleón, es un cambio pasivo; pero en el del pulpo, es
          un cambio activo. Nosotros experimentamos algunas mutaciones de color con el miedo, la
          cólera, la vergüenza y otras pasiones que modifican el tinte de nuestro semblante, pero es
          por un efecto pasivo, como en el caso del camaleón. (II, 12, 469A, 682)</p>
  </disp-quote>
  <p>En la pasión estamos sometidos a una causalidad externa (el camaleón), en la acción expresamos
        una causalidad interna (el pulpo). Esta distinción retoma la distinción de origen
        aristotélica y escolástica entre acción y pasión. En la acción interviene la racionalidad,
        frente a la irracionalidad de la pasión. En ese juego de acción-pasión que se produce en el
        ser humano, el grado de la pasión llega al extremo cuando se impide al alma la libertad de
          acción<xref ref-type="fn" rid="fn6">6</xref>.</p>
  <p>Como vemos, Montaigne coincide con la definición clásica de la antropología tomista en la
        medida que considera la pasión como un movimiento, una agitación del alma que produce
        efectos en el organismo. En cambio, al considerar el alma como un todo, se separa de la
        concepción clásica al no atribuir el movimiento de la pasión al apetito sensitivo. También
        se separa del estoicismo, pues la pasión no es para Montaigne un movimiento anti-natural,
        sino que está inscrita en la naturaleza del hombre. Renegar de la pasión, o ignorarla,
        supone desnaturalizarnos. La filosofía que pretende ignorar el dolor, por ejemplo, está
        condenada al fracaso, porque se trata de algo que pertenece necesariamente al hombre, de
        algo que es una parte de la naturaleza (I, 14, 55C, 354; II, 12, 490C, 716-717). Con esto,
        Montaigne anticipa la visión moderna de las pasiones. Al ser naturales, las pasiones no se
        pueden eliminar. Vivir es ser sensible y las pasiones, así, son connaturales a nuestro ser.
        Un alma sin pasión sería inerte, sin vida (II, 12, 567A, 849-850).</p>
  <p>Sin embargo, aunque consideremos el ser humano como un todo en la medida que es ese todo el que
        es afectado, esto no nos impide considerar el cuerpo y el alma separadamente. La posición de
        Montaigne, a este respecto, diverge de la clásica aristotélica: el cuerpo no es comprensible
        solo con relación al alma que lo organiza y lo vivifica, sino que se da una autonomía
        dinámica del cuerpo respecto del alma. Existen movimientos corporales involuntarios. El
        cuidado del alma debe, así, ser repensado, pues debe incluir el conocimiento del propio
        cuerpo. Podemos decir, en esta perspectiva, que Montaigne sostiene una concepción
        corporeista del fenómeno pasional: la sensación es un proceso que manifiesta nuestra
        “condición extraordinariamente [<italic>merveilleusement</italic>] corporal” (III, 8, 930B,
        1389), y no hay lugar a ninguna consideración cognitiva sobre el bien o el mal de esos
        objetos. El hecho es que las pasiones alteran nuestro juicio, y por ello es importante
        ocuparse de ellas, esto es, ocuparse de la fuerza del cuerpo para afectar el alma.</p>
  <p>Desde otra perspectiva, podemos considerar a Montaigne como un antecesor de la psicología
        empírica: el alma es conocida en la experiencia inmediata de sus estados psíquicos
        (pensamientos, sensaciones, pasiones). Así, además de pasiones corporales, hay “pasiones del
        alma” (Cf. II, 33), pasiones complejas que son el motor de la acción humana. Estas pasiones
        son componentes energéticos esenciales a la razón y que sólo son dañinas por exceso (II, 12,
        567A, 850). Ejemplos de estas pasiones complejas que no pueden desarrollarse sin actividad
        física son la ambición, la gloria o la avaricia. Montaigne piensa el alma como un campo de
        fuerzas pasional (I, 38, 234A, 318-319), en el que se producen choques, mezclas, divisiones,
        dominios. Estas pasiones dan trabajo al alma, pues solo pueden ser gestionadas por la
        reflexión.</p>
  <p>Recordemos que la pintura de sí que lleva a cabo Montaigne en los <italic>Essais</italic> no
        persigue descubrir la esencia del ser humano, sino el conocimiento de uno concreto que
        pretende la mejor vida posible en tanto que tal. En esa búsqueda de la mejor vida posible,
        no es tan importante cuál sea el origen de las pasiones como comprobar cómo somos afectados
        por ellas y cómo actuamos a partir de ellas. En este sentido, a Montaigne no le preocupa si
        las pasiones tienen origen en el cuerpo o en el alma, pues la unión de estos dos se
        manifiesta de manera incontestable, por ejemplo, en la experiencia de la enfermedad (II, 12,
        490BC, 716-717; III, 13, 1089-1091, 1628-1631). La pasión es un fenómeno mixto que se sitúa
        entre los intercambios entre cuerpo y alma, dos partes asociadas (II, 17, 639-640AC, 965),
        que forman una unión íntima (I, 21, 104A, 121), constituyendo al hombre vivo (II, 12, 505A,
        742), entero (II, 6, 376A, 542).</p>
  <p>La cuestión importante, por tanto, es cómo gestionar las pasiones. Para Montaigne, la filosofía
        que pretende eliminarlas se revela como ineficaz. Siendo las pasiones naturales, hay que
        vivir de acuerdo a ellas. Es más, la pasión es tanto más algo propio del ser humano como lo
        es la razón. La crítica a ésta última efectuada en la “Apología de Ramón Sibiuda” (II, 12),
        que conduce a una crisis de su legitimidad y de su carácter esencial de la naturaleza
        humana, se combina con la defensa de la naturalidad de la pasión, dando lugar a una
        afirmación contundente: “La pasión nos manda mucho más vivamente que la razón” (II, 34,
        742A, 1111-1112). De este modo, Montaigne replantea la clásica oposición entre razón y
        pasión. Siendo ésta última tan nuestra como la razón, no puede ser algo negativo. En este
        sentido, contra el estoicismo, si las pasiones son naturales deben poseer una función vital
        y conservadora esencial a la existencia humana. Para poder cumplir su función, debemos
        conocerlas, pues sólo así podremos modularlas y abrirnos a la acción. Montaigne nos recuerda
        que “Hemos nacido para actuar” (I, 20, 89A, 96), por lo que el soberano bien ya no puede ser
        la <italic>tranquillitas animi</italic>. El ideal de sabiduría debe tener en cuenta la
        inquietud perenne de los hombres: hay que llevar a cabo un buen uso de las pasiones, pero no
        mediante una dominación racional, sino a través de la práctica de la introspección, la
        corrección constante de los juicios, el uso reflexivo del hábito, y sobre todo con la
        utilización de las pasiones para compensar, equilibrar y temperar las fuerzas pasionales
        (idea que solo una pasión puede oponerse con eficacia a otra pasión). Es en este sentido que
        Montaigne propone el arte de la diversión (III, 4) frente a la pasión violenta y desmedida.
        La ética, pues, requiere de una “patética” que la acompañe, y la acción resultante es fruto
        de esa mezcla. Acción, en cualquier caso, orientada a la alegría, a la felicidad. Saber
        hacer debidamente el hombre (III, 13, 1110, 1659) es, así, algo indefectiblemente ligado a
        la pasión y la imperfección propia del ser humano.</p>
  <p>En lugar de la razón eliminadora de las pasiones, por tanto, Montaigne utiliza el juicio como
        el instrumento para la gestión de las mismas. Sin suprimir las pasiones, el juicio tiene su
        lugar aparte (III, 13, 1074B, 1605), y por eso la importancia de formarlo es uno de los más
        importantes descubrimientos que efectúa Montaigne en el proceso de pintura de sí (Cf. I,
        26). El uso del juicio es el que nos conduce a hacer debidamente el hombre y disfrutar
        lealmente de nuestro ser.</p>
</sec>
<sec id="pasiones-y-vida-feliz-en-descartes-a-partir-de-la-interacción-y-la-unión-cuerpo-alma">
  <title>3. Pasiones y vida feliz en Descartes a partir de la interacción y la unión
        cuerpo-alma</title>
  <p>Descartes, considerado de manera casi unánime como el primer filósofo moderno, debe ser
        abordado en el tema de las pasiones a partir de desmontar dos tópicos que se han instalado
        en las investigaciones filosóficas actuales. En primer lugar, la idea que el pensamiento
        cartesiano se construye desde cero. Que el punto de partida para construir el sistema
        filosófico de Descartes sea poner todo en duda, una vez en la vida, no supone eliminar la
          tradición<xref ref-type="fn" rid="fn7">7</xref>. Los buenos libros, que son uno de los
        grados más elevados de conocimiento, previo al grado más elevado, el de la filosofía<xref
          ref-type="fn" rid="fn8">8</xref>, son simplemente puestos en suspenso hasta que el
        desarrollo del sistema nos permita determinar cuánto de verdad hay en ellos. En este
        sentido, encontramos en Descartes similitudes con posiciones de otros autores, y este es el
        caso de Montaigne<xref ref-type="fn" rid="fn9">9</xref>. Durante mucho tiempo, la
        interpretación dominante fue que el Renacimiento no influyó en la construcción del
        pensamiento sistemático de los filósofos modernos del siglo XVII. En el caso de Montaigne,
        esa es la posición de una de las más influyentes interpretaciones en la segunda mitad del
        siglo XX, la de Hugo Friedrich (<italic>Montaigne</italic>, 1949; 1968). Sin embargo,
        estudios de finales del siglo pasado e inicios de éste, como los de Gontier o Faye, sitúan a
        Montaigne en el marco de un problema que atraviesa la filosofía moderna, a saber, el
        problema del conocimiento que pueda tener el ser humano de sí mismo<xref ref-type="fn"
          rid="fn10">10</xref>. Y Ferrari sitúa a Montaigne en el origen de la ruptura con la
        antropología aristotélico-escolástica que se plasmará a partir de Descartes. En efecto,
        podemos rastrear unas afinidades entre Montaigne y Descartes, aunque antes de pasar a
        detallarlas, conviene recordar, aunque sea sucintamente, los rasgos básicos de la teoría de
        las pasiones de Descartes.</p>
  <p>El segundo tópico que hay que evitar es abordar a Descartes sólo a partir de unas ideas que
        aparecen en pasajes muy concretos de su obra, obviando el resto de la misma. El ejemplo más
        significativo es el de Damasio, que aborda las pasiones en Descartes exclusivamente desde la
        distinción metafísica entre alma y cuerpo<xref ref-type="fn" rid="fn11">11</xref>. La idea
        que el uso de la razón puede pasarse de las emociones es, como señala acertadamente uno de
        los máximos especialistas actuales sobre el pensamiento cartesiano, Denis Kambouchner, un
          absurdo<xref ref-type="fn" rid="fn12">12</xref>. Recordemos que, para Descartes, toda la
        conducta de nuestra vida depende de nuestros sentidos (<italic>Dióptrica</italic> I, AT VI,
        81). Esto significa que los sentidos no poseen una función meramente informativa, sino que
        la sensación, cuando viene acompañada de placer o dolor, apela a nuestra voluntad. La
        función sensitiva está, pues, ligada a la función afectiva. Así, el pretendido dualismo de
        Descartes debería ser matizado, atendiendo especialmente a la correspondencia con Elisabeth
        y al tratado de las <italic>Pasiones del alma</italic>, teniendo en cuenta las nociones
        primitivas, de las cuales una es la unión cuerpo-alma. Las impresiones del cerebro, ligadas
        a la aparición de objetos exteriores, tienen la capacidad de excitar en el cuerpo el proceso
        fisiológico correspondiente a una determinada pasión. La función de las pasiones queda
        clara:</p>
  <disp-quote>
    <p>El efecto principal de todas las pasiones en los seres humanos es
    que incitan y predisponen su alma a desear las cosas para las cuales
    preparan sus cuerpos. De tal manera que el sentimiento de miedo lo
    incita a desear huir, el de valentía lo incita a desear combatir, y
    así sucesivamente. (<italic>PA</italic>, art. 40, AT XI, 359).</p>
  </disp-quote>
  <p>Así, el cuerpo tiene un papel importante en Descartes, y más si consideramos la filosofía
        cartesiana como un proyecto moral. Esto se refleja claramente en la tercera parte del
          <italic>DM</italic>, en el que vincula la búsqueda de la verdad a la elección de un modo
        de vida, y en la carta-prefacio de la edición francesa de los <italic>PF</italic>, en la que
        el árbol de la filosofía tiene su culminación en las ramas, de la cual la moral aparece como
        el grado más elevado de la sabiduría. Ahora bien, el cuerpo es mecánico, y como tal está en
        mutación permanente (<italic>Lettre à Mesland 9 février 1645</italic>, AT IV, 166-167) y
        sujeto a un cambio perpetuo (<italic>Lettre à Elisabeth 1r septembre 1645</italic>, AT IV…),
        pues la materia del cuerpo fluye como un río (<italic>Lettre à Chanut 1r février
          1647</italic>, AT IV, 605). En cierto modo, Descartes sigue a Montaigne cuando éste habla
        de la condición extraordinariamente corporal del hombre, dando valor al poder y autonomía
        mecánica del cuerpo respecto del alma<xref ref-type="fn" rid="fn13">13</xref>.</p>
  <p>Esta “autonomía” del cuerpo se refleja en los movimientos involuntarios<xref ref-type="fn"
          rid="fn14">14</xref>. Descartes, recurriendo al modelo del autómata, deja atrás el
        animismo, el error de “creer que el alma da movimiento y calor al cuerpo”
          (<italic>PA</italic>, art. 5, AT XI, 330). La experiencia de los actos involuntarios
        muestra que buena parte de nuestras acciones se lleva a cabo sin la participación de nuestro
        pensamiento. Descartes elabora una fisiología que permite explicar los movimientos
        involuntarios respecto de la actividad psíquica (dicho sea de paso, esto permite explicar
        los movimientos animales sin necesidad de atribuirles un alma<xref ref-type="fn" rid="fn15"
          >15</xref>). Pero, como hace notar Ferrari, este planteamiento esté presente en Montaigne
        en términos muy parecidos, aunque no poseyese una fisiología elaborada<xref ref-type="fn"
          rid="fn16">16</xref>.</p>
  <p>La autonomía del cuerpo, en este sentido, se complementa con la visión unitaria del alma. El
        alma no está compuesta de partes (<italic>PA</italic> art. 47, AT XI, 364). Esto conduce a
        Descartes a considerar, rompiendo así con la visión aristotélica, las pasiones como del
        alma, y no de un apetito concupiscible o irascible independientes de la razón
          (<italic>PA</italic> 47, AT XI, 364). Tenemos pues un cuerpo mecánico que afecta al alma y
        que dispone a ésta a dirigirse a una determinada acción. La conclusión de las
          <italic>Pasiones del Alma</italic> es en este sentido clara:</p>
  <disp-quote>
    <p>Y ahora que las conocemos todas, tenemos mucho menos motivo para temerlas que antes. Pues
          vemos que todas son buenas por naturaleza. (<italic>PA</italic> art. 211, AT XI, 485).</p>
  </disp-quote>
  <p>Pero comoquiera que las impulsiones que vienen del cuerpo no son siempre de una pertinencia
        infalible, “no tenemos nada más a evitar que su mal uso o exceso” (<italic>ibidem</italic>).
        Porque, como ya había señalado anteriormente, el uso de las pasiones no siempre es bueno
          (<italic>PA</italic>, art. 138, AT XI, 431). En ocasiones, las pasiones alteran el juicio,
        por lo que hacen falta remedios para corregirlas. Nuevamente, la propuesta de Descartes
        concuerda con la de Montaigne, al menos respecto de la diversión. Montaigne considera la
        diversión como una vía para gestionar las pasiones, y éste es también el camino por el que
        transita Descartes, el de considerar que el sujeto posee la capacidad de actuar
        indirectamente sobre sus pasiones<xref ref-type="fn" rid="fn17">17</xref>. Las pasiones son
        resultado de un movimiento fisiológico, por lo que no pueden ser directamente eliminadas por
        un acto de la voluntad. Necesitamos, nos dice Descartes (<italic>PA</italic>, art. 45)
        representar cosas que habitualmente van unidas a las pasiones que queremos tener, y que son
        contrarias a las que queremos evitar. De este modo, y coincidiendo con Montaigne, Descartes
        plantea un uso compensatorio de las pasiones, de manera que la voluntad sola no puede
        oponerse a una pasión, sino que necesita de otra pasión para ello. En este sentido se
        explica el recurso a la literatura y el teatro (efectuado tanto por Montaigne como por
        Descartes) para gestionar adecuadamente nuestras pasiones.</p>
  <p>Si solo una pasión puede oponerse eficazmente a otra, nos encontramos con una pasión perfecta
        para aportar al hombre alegría y contento: la generosidad, que hace que un hombre se valore
        en el grado más alto que lo puede hacer legítimamente (<italic>PA</italic>, art. 153, AT XI
        445-446) y que consiste, por una parte, en saber que nada le pertenece verdaderamente más
        que la libre disposición de sus voliciones, y por la otra, en sentir en sí mismo la
        resolución firme y constante de hacer un buen uso de ellas, es decir, de tener la voluntad
        de emprender y de ejecutar todo lo que juzgue que es lo mejor. En este sentido, la
        generosidad es también una virtud (<italic>PA</italic>, art. 148). Tenemos pues una pasión
        que en la medida que es una virtud es el remedio más eficaz contra el exceso de las
        pasiones. Esto es así porque los generosos no creen que valga la pena anhelar nada
        intensamente si no lo pueden adquirir por sí (<italic>PA</italic>, art. 156). Tampoco odian,
        porque no subestiman al resto de hombres; ni temen, pues la virtud que poseen les da
        seguridad; ni poseen cólera, porque al tener en poca estima las cosas que no dependen de sí
        mismos no dan a sus enemigos la ventaja de reconocer que les han ofendido.</p>
  <p>Esta pasión-virtud es básica para el proyecto de vida feliz que encontramos en la filosofía
        cartesiana. En una de las cartas dirigidas a Elisabeth de Bohemia, comentando <italic>De
          vita beata</italic> de Séneca, Descartes aborda las reglas que hay que seguir para
        contentarse uno mismo<xref ref-type="fn" rid="fn18">18</xref>. Antes, Descartes había
        definido la vida beata como la perfecta alegría de</p>
  <p>espíritu y la satisfacción interior, que se adquiere sin ayuda de la fortuna (AT IV, 264).
        Descartes recupera una idea presente en el DM y que se mantiene hasta <italic>Las pasiones
          del al</italic>ma: hay cosas que dependen de nosotros y otras no, y las que importan son
        las primeras y no las segundas. Esas cosas que dependen de nosotros son la virtud y la
        sabiduría, y la adquisición de ambas es lo que nos produce la satisfacción. El camino que
        conduce a la satisfacción pasa por observar, continúa Descartes, tres cosas (AT IV,
        265):</p>
  <list list-type="order">
    <list-item>
      <label>1)</label>
      <p>Intentar servirse, lo mejor que pueda, de su espíritu, para conocer lo que ha de hacer en
            todas las circunstancias de la vida; 2) Tener una resolución firme y constante de
            ejecutar todo lo que la razón le aconseja, sin que las pasiones o los apetitos le
            desvíen. Esta firmeza en la resolución es la virtud; 3) Considerar que, mientras se
            comporta tanto como pueda según la razón, todos los bienes que no posee están
            completamente fuera de su poder, y así se acostumbra a no desearlos.</p>
    </list-item>
  </list>
  <p>Estas reglas se mantienen en las <italic>Pasiones del alma</italic>, pero ahí queda claro que
        las pasiones no son consideradas negativamente, sino que el control que puede ejercer la
        razón sobre ellas pasa por partir de ellas, convirtiendo una de ellas, la generosidad, en
        una virtud. De esta manera, la vida feliz no se entiende sin las pasiones. Su bondad natural
        lleva a incorporarlas a la vida feliz, y sus excesos pueden controlarse mediante ellas
        mismas, en especial por la pasión-virtud de la generosidad. Así, tener la voluntad de seguir
        aquello que se juzgue que es lo mejor posee una dimensión afectiva, pues está ligada a una
        satisfacción interior (<italic>Carta a Cristina de Suecia</italic>, 20 de noviembre de
        1647), a una alegría (<italic>PA</italic> art. 190, AT XI, 235), a un contento
          (<italic>Carta a Elisabeth</italic>, 18 de agosto de 1645; <italic>Carta a
          Elisabeth</italic>, 1 de septiembre de 1645).</p>
</sec>
<sec id="pasiones-y-vida-feliz-en-leibniz-percepciones-confusas-y-uso-de-la-razón">
  <title>4. Pasiones y vida feliz en Leibniz: percepciones confusas y uso de la razón</title>
  <p>Comoquiera que es imposible en un artículo presentar un estudio completo de las pasiones en
        Leibniz, me limitaré únicamente a abordar algunos aspectos a partir de tres textos de
        Leibniz: los <italic>Nuevos Ensayos sobre el entendimiento humano</italic> (1704), el
          <italic>De affectibus</italic> (1679) y un breve texto, de menos de una página, <italic>De
          la vie heureuse</italic> (1672-1676)<xref ref-type="fn" rid="fn19">19</xref>. Nuestro
        punto de partida será el <italic>De Affectibus</italic>, pero dado su carácter de escrito
        temprano e inacabado conviene completarlo con pasajes de otras obras, en especial las
        páginas dedicadas a este tema en los <italic>Nuevos Ensayos sobre el entendimiento
          humano</italic>. El <italic>De Affectibus</italic> empieza retomando las
          <italic>PA</italic> de Descartes, pero, como bien señala Di Bella<xref ref-type="fn"
          rid="fn20">20</xref>, a lo largo de las redacciones sucesivas se pasa de un estudio
        psicológico a un análisis más ontológico, y finalmente lógico, de las <italic>series
          cogitationum</italic>, que aparece como el modelo de las <italic>series rerum</italic> en
        general, y prefigura la estructura de la substancia individual. Comoquiera que lo que nos
        interesa es resaltar las similitudes entre los autores objeto de este escrito, empecemos por
        las definiciones que ofrece Leibniz al inicio del <italic>De Affectibus</italic>. La pasión,
        escribe, es algún estado que es efecto próximo del cambio, es el estado de una cosa en la
        medida en que en ésta se sigue el cambio presente, y el afecto es la ocupación del espíritu
        surgida del juicio del espíritu sobre lo bueno y lo malo. Más adelante concreta:</p>
  <p>los afectos son percepciones, sensaciones o trastornos del alma,
  que se remiten a ella en particular […] sin que nadie conozca una
  causa próxima a la que puedan remitirse.</p>
  <p>De este modo, el afecto es, por una parte, una inclinación espontánea del alma a la que precede
        un juicio sobre lo bueno y lo malo; este juicio consiste bien en una convicción bien en una
        percepción; y por la otra, al afecto le sigue un activo estar dirigido hacia afuera
          (<italic>conatus</italic>)” (<italic>NE</italic>, II, 222-224; AA VI, 6, 191-192, par.
        39). Como se observa por estas definiciones, los afectos son del alma, y no tienen su origen
        en el cuerpo. Vemos, pues, una diferencia notoria con Descartes. Para éste, las pasiones se
        originan en el cuerpo y afectan al alma. Para Leibniz, en cambio, pese a que podemos
        distinguir entre cuerpo y alma, no se trata de dos substancias. Como es sabido, para Leibniz
        no hay interacción entre el mundo mental y el material como pretendía Descartes, y la
        adecuación se explica por la teoría de la armonía establecida y por la teoría de la
        expresión. Por la armonía preestablecida se da una exacta correspondencia entre el alma y el
        cuerpo (<italic>NE</italic> II, 1, 15; A VI. 6, 116). Por la teoría de la expresión se
        explica cómo entendemos esta correspondencia, la naturaleza de esa relación: como una
          representación<xref ref-type="fn" rid="fn21">21</xref>. Si el alma representa o expresa el
          cuerpo<xref ref-type="fn" rid="fn22">22</xref>, entonces no se dan almas sin cuerpos, pues
        en cada momento el alma está expresando lo que sucede en el cuerpo orgánico, como si se
        tratase de un mapa.<xref ref-type="fn" rid="fn23">23</xref></p>
  <p>Esto significa que se dan en el alma toda clase de representaciones, incluidas las
        inconscientes. Pero también significa, para Leibniz, que en el alma se da un dinamismo, esto
        es, que no se expresan meramente percepciones fijas, sino que, al sucederse continuamente
        las percepciones, entonces estas vienen acompañadas de apetencias, inclinaciones, que
        conducen a nuevas percepciones y apetencias. Para lo que nos interesa, hemos de resaltar dos
        cosas: 1. Los contenidos de la mente son percepciones e inclinaciones (<italic>Principes de
          la nature et de la grace fondés en raison</italic> 2; <italic>Monadologie</italic> 15.);
        2. La sucesión de las percepciones se suceden según las causas del bien y del mal, según un
        principio de la moral: seguir la alegría y evitar la tristeza (<italic>NE</italic>, I,
        92-93;A VI. 6, 88-9).</p>
  <p>Se dan infinitas percepciones, por lo que también se dan infinitas inclinaciones. Ahora bien, a
        partir de lo confusas o distintas que puedan ser las percepciones, en los
          <italic>NE</italic> Leibniz establece tres clases de inclinaciones: 1. Insensibles; 2.
        Sensibles pero confusas; 3. Distintas<xref ref-type="fn" rid="fn24">24</xref>. Las primeras
        son las llamadas “pequeñas percepciones insensibles” (PPI), tal como las explica Leibniz en
        los NE. De este modo, los afectos se originan en el ámbito de lo inconsciente. Esta es
        precisamente la diferencia entre las PPI y los afectos: el grado de claridad y distinción de
        nuestra percepción consciente<xref ref-type="fn" rid="fn25">25</xref>. De las PPI no tenemos
        consciencia, de los afectos sí. Entre unas y otros, encontramos las inclinaciones, la
        predisposición a la formación de un afecto. Recordemos el conocido ejemplo del sonido del
        mar: escuchamos el sonido del mar porque no somos conscientes del sonido de cada una de las
        olas y gotas. Así, las PPI se sitúan en la base de nuestra vida afectiva, determinando
        nuestro deseo.</p>
  <p>Del segundo tipo de inclinaciones somos conscientes, pero las percibimos confusamente.
        Incluimos aquídesde la simple inquietud hasta el deseo o el miedo, pasando por el placer y
        el dolor (<italic>NE</italic>, II, 223-224; A VI. 6, 192). En este grupo encontramos
        instintos, hábitos, y también pasiones. Sabemos a qué objetos tienden, pero no cómo se
        originan. Las pasiones, pues, las sentimos con fuerza, influyen en nuestras acciones, pero
        al relacionarse con percepciones confusas no podemos detectar su razonabilidad.</p>
  <p>Finalmente, el tercer grupo de inclinaciones se refiere a las que siguen las representaciones
        ordenadas de la razón, fruto de la reflexión:</p>
  <disp-quote>
    <p>Por último, existen inclinaciones distintas, que nos da la razón, de las cuales sentimos
          tanto la fuerza como la formación; y los placeres de esta naturaleza que se encuentran en
          el conocimiento y la creación del orden y la armonía son los más estimables.
            (<italic>NE</italic> II.21.46, A VI. 6, 194–5.).</p>
  </disp-quote>
  <p>Esto significa que también el pensamiento abstracto está ligado a inclinaciones. Ahora bien
        estas inclinaciones reflexivas son distintas en la medida que podemos dar cuenta de cómo
        llegamos a ellas. Y, a diferencia de las percepciones confusas, tienen en cuenta el
        futuro:</p>
  <disp-quote>
    <p>[…] Y he observado aquí más de una vez que, a menos que el apetito esté guiado por la razón,
          tiende hacia el placer presente y no hacia la felicidad, es decir, hacia el placer
          duradero, aunque tienda a hacerlo durar. […]. (<italic>NE</italic> II.21.51, A VI. 6,
          199–200).</p>
  </disp-quote>
  <p>Así pues, el alma es como una fuerza sometida a un conjunto de inclinaciones más o menos
        conscientes y distintas, cuyo resultado final podemos denominar voluntad<xref ref-type="fn"
          rid="fn26">26</xref>. La voluntad presente, entonces, es la tendencia dominante de la
        mente, que es el resultado de este conjunto de inclinaciones. En este sentido, podemos
        considerar al alma como un autómata espiritual, pues sus movimientos son la consecuencia del
        conjunto de fuerzas que siguen sus propias leyes. Así, se refuerza la analogía entre el alma
        y el cuerpo, pues el afecto es para la mente lo que el <italic>ímpetus</italic> es para el
        cuerpo:</p>
  <disp-quote>
    <p>El <italic>affectus</italic> es para la mente lo que el <italic>ímpetus</italic> es para el
          cuerpo. Así como la pasión es la determinación de la mente para seguir alguna secuencia de
          pensamientos, de la misma manera el ímpetus es la determinación del cuerpo para recorrer
          alguna trayectoria de movimiento» (A VI. 4, 1426).</p>
  </disp-quote>
  <p>Pero si esto es así, como bien señala Ebbensmeyer<xref ref-type="fn" rid="fn27">27</xref>, la
        volición actual no tiene por qué coincidir con lo que racionalmente puede determinarse que
        es lo mejor. Y, sin embargo, si atendemos al texto <italic>La vie heureuse</italic>, la vida
        feliz depende de seguir a la razón, que es la vía segura para alcanzar la tranquilidad del
        espíritu y la felicidad. ¿Hemos de convenir, con Couto<xref ref-type="fn" rid="fn28"
          >28</xref>, que Leibniz está en este texto planteando una felicidad imposible, una utopía
        irrealizable? Antes de responder a esta pregunta, debemos volver a los afectos, para
        analizar cómo afectan a nuestras voliciones.</p>
  <p>En los <italic>Nuevos Ensayos sobre el entendimiento humano</italic>, Leibniz define a las
        pasiones de la siguiente manera:</p>
  <disp-quote>
    <p>Pero prefiero decir que las pasiones no son ni satisfacciones ni desdichas, ni opiniones,
          sino más bien tendencias o, mejor dicho, modificaciones de la tendencia, que surgen de la
          opinión o del sentimiento y van acompañadas de placer o desdicha (<italic>NE</italic>
          II.21.9; A VI. 6, 167).</p>
  </disp-quote>
  <p>Así, si son tendencias, entonces dirigen nuestras acciones, marcan un camino a seguir. En los
          <italic>NE</italic>, pues, Leibniz mantiene la misma idea expresada en el <italic>De
          affectibus</italic>, en el que se entiende el afecto como una inclinación espontánea del
        alma a la que precede un juicio sobre lo bueno y lo malo, y al que le sigue un activo estar
        dirigido hacia afuera (<italic>conatus</italic>)” (<italic>NE</italic>, II, 222224;AA VI, 6,
        191-192, par. 39). Las pasiones, además, poseen un componente cognitivo, nos proporcionan
        cierta información sobre el objeto percibido, aunque al proceder de la opinión y del
        sentimiento dicha información no se identifica con el pensamiento racional. Pero,
        finalmente, la definición de las pasiones proporcionada en los <italic>NE</italic> aporta un
        componente vital, que da sentido al <italic>conatus</italic> y al elemento cognitivo: las
        pasiones vienen acompañadas de placer y dolor. Las pasiones, pues, son importantes para la
        cuestión de determinar y alcanzar la vida feliz<xref ref-type="fn" rid="fn29">29</xref>.</p>
  <p>La asunción de la vida feliz pasa por seguir a la razón, esto es, por seguir las inclinaciones
        fruto de un pensamiento distinto, frente a las inclinaciones que se originan, como las
        pasiones, en percepciones confusas<xref ref-type="fn" rid="fn30">30</xref>. Hay que precisar
        que no todas las percepciones confusas se oponen a la razón, pues eso no es así en el caso
        de los instintos, por lo que se abre la puerta a que no todas las pasiones se opongan a la
          razón<xref ref-type="fn" rid="fn31">31</xref>. Las inclinaciones confusas no son un
        defecto de nuestro juicio, sino un rasgo de nuestra naturaleza. El problema de las pasiones
        “no es que nos impidan pensar, sino que gobiernan nuestro pensamiento manteniendo nuestras
        capacidades racionales en vereda”<xref ref-type="fn" rid="fn32">32</xref>. Las pasiones, a
        diferencia de los instintos, suponen un obstáculo para el pensamiento. Y si la vida feliz
        implica el buen uso de la razón, entonces debemos concluir que las pasiones son a menudo un
        obstáculo para que el ser humano alcance la felicidad. Estar sometido a las pasiones implica
        una cierta esclavitud, la falta de la libertad que acompaña al pensamiento distinto<xref
          ref-type="fn" rid="fn33">33</xref>. Porque para Leibniz, pese a todas las inclinaciones
        que nos gobiernan, podemos ser libres usando la razón para generar pensamientos distintos. Y
        para conseguirlo debemos conseguir que en el conjunto de inclinaciones domine la de la
        razón, lo que se alcanza mejor si la ligamos, como sucede con las pasiones, con los
        sentimientos de placer y dolor<xref ref-type="fn" rid="fn34">34</xref>. En resumen, no se
        trata de eliminar las pasiones, de sentir menos, sino de pensar más<xref ref-type="fn"
          rid="fn35">35</xref>.</p>
</sec>
<sec id="una-continuidad">
  <title>5. ¿Una continuidad?</title>
  <p>Ciertamente, la posición de Leibniz respecto de las pasiones es distinta de la de Montaigne y
        Descartes. Montaigne, a su vez, se mueve en un plano distinto, pues no construye un sistema
        metafísico que sirva de base a una teoría de los afectos. Su análisis parte de la mera
        experiencia del yo individual. Descartes construye su teoría a partir de la interacción
        cuerpoalma, pues si bien las pasiones son del alma, su origen reside en el cuerpo. Ese
        trasfondo fisiológico es el que niega Leibniz, pues para él, como es sabido, no se puede dar
        interacción cuerpo-alma. De este modo, encontraríamos una ruptura entre Montaigne y
        Descartes por un lado, y Leibniz por otro. En su análisis, Montaigne de facto distingue
        entre cuerpo y alma, pues puede reconocer y dar cuenta de los movimientos del alma, pero no
        así de todos los movimientos del cuerpo (III, 2, 810B). El movimiento corporal sería
        independiente de la vida psicológica, por lo que se abriría la puerta, en este aspecto, al
        cartesianismo, que consideraría el inconsciente como perteneciente a la esfera fisiológica y
        no psicológica<xref ref-type="fn" rid="fn36">36</xref>. Leibniz, por su parte, plantearía
        las cosas de otro modo, pues la no comunicación entre cuerpo y alma conduce a centrar toda
        la cuestión de los afectos en el alma, ya estemos hablando de la esfera de lo consciente, ya
        de lo inconsciente.</p>
  <p>Sin embargo, y más allá de las diferencias, podemos, a partir de lo dicho, encontrar puntos en
        común a los tres autores. Destaquemos los siguientes:</p>
  <p>En primer lugar, que las pasiones sean del alma. Más allá de que para Montaigne y Descartes
        tengan un origen fisiológico que influye en el ámbito psicológico, cosa que no defiende
        Leibniz, para los tres autores las pasiones son del alma. Quién primero explicita esto es
        Descartes en el artículo 47 de las <italic>Pasiones del alma</italic>: las pasiones no
        pertenecen a un apetito irascible o concupiscible independiente de la razón, sino a un alma
        que no posee partes. En Montaigne ya encontramos una simplificación conceptual de este tipo,
        pues reduce las pasiones a corporales y del alma. Leibniz culmina el proceso, al limitar las
        pasiones al alma, también en su origen.</p>
  <p>En segundo lugar, la teoría de las pequeñas percepciones, tal como es presentada por Leibniz en
        los <italic>Nuevos Ensayos</italic><xref ref-type="fn" rid="fn37">37</xref>, se asemeja al
        lenguaje utilizado por Montaigne para describir el efecto de las pequeñas percepciones<xref
          ref-type="fn" rid="fn38">38</xref>. En la Apología de Ramón Sibiuda, Montaigne se refiere
        al instinto fortuito que nos hace favorecer una cosa más que otra, instinto que influye en
        la decisión de los jueces (II, 12, 565A). Y pese a que el objetivo sea ser maestro de sí
        mismo (III, 5, 841B), en “Del arrepentimiento” nos recuerda que existen partes secretas en
        la naturaleza de los hombres que a menudo su poseedor desconoce y que influyen en su
        voluntad (III, 2, 814CB). En los <italic>NE</italic>, Leibniz explica el efecto de las
        pequeñas percepciones que pueden inclinar la balanza en nuestras deliberaciones y que son
        importantes para la moral y la formación de nuestras costumbres. Parece que vemos aquí un
        vínculo entre Montaigne y Leibniz sin pasar por Descartes, más allá de que Montaigne
        prefigure la interacción cuerpo-alma desarrollada por Descartes. Sin embargo, como ya afirmó
        Vicente Raga, es posible encontrar “la existencia de pensamientos confusos en tanto que
        representaciones de fenómenos físicos, como una suerte de proto-inconsciente en los textos
        de Descartes, que anuncian las “pequeñas percepciones”, aunque sin la relevancia, ni el
        aparato metafísico que subyace a la explícitamente polémica propuesta de Leibniz”<xref
          ref-type="fn" rid="fn39">39</xref>. Es decir, el hecho de que el origen de las pasiones
        pase desapercibido para el sujeto, que se dé una especie de inconsciente en Descartes
          (<italic>PA</italic>, art. 147; AT XI, 441), recuerda las pequeñas percepciones de
        Leibniz.</p>
  <p>En tercer lugar, y con relación a las pequeñas percepciones insensibles, Montaigne puede ser
        visto como un antecedente del principio leibniziano de los indiscernibles (II, 37, 786), en
        la medida que el rechazo por parte de Montaigne del dilema del asno de Buridán (II, 14) se
        produce en términos idénticos a los de Leibniz en su <italic>Teodicea</italic> (I, § 49/OFC
        10, 124-5; I, § 46/OFC 10,123; III, § 305/OFC 10, 305). Montaigne utiliza el término, para
        resolver el dilema, “imperceptiblemente”, lo que nos conduce a pensar en las “pequeñas
        percepciones”. La diferencia entre ambos, sin embargo, es obvia. Aunque Montaigne se adhiera
        al principio de razón (siempre hay una razón), su conclusión, a diferencia de la de Leibniz,
        parece tender al escepticismo<xref ref-type="fn" rid="fn40">40</xref>.</p>
  <p>En cuarto lugar, encontramos una coincidencia respecto de la naturalidad de las pasiones. Para
        los tres autores, las pasiones son naturales. Contra el estoicismo, que ve las pasiones como
        algo negativo, Montaigne naturaliza a las pasiones y les confía una función vital y
        conservadora esencial a la existencia humana. La pasión no es para Montaigne un movimiento
        anti-natural, sino que está inscrita en la naturaleza del hombre. Renegar de la pasión, o
        ignorarla, supone desnaturalizarnos (I, 15, 55; II, 12, 490). Esta misma idea, con sus
        correspondientes matices, está presente tanto en Descartes como en Leibniz.</p>
  <p>Finalmente, y por lo que concierne a la concepción de la vida feliz, observamos una continuidad
        entre Montaigne y Descartes<xref ref-type="fn" rid="fn41">41</xref>: la filosofía cartesiana
        puede ser comprendida como una forma de vida, y todo el árbol de la filosofía se plantea
        como objetivo alcanzar la mejor vida posible, tanto en el plano corporal como en el
        espiritual. En Montaigne no disponemos de un conocimiento verdadero y seguro que nos oriente
        adecuadamente a la acción, por lo cual se hace necesario formar y ejercer nuestro juicio
        para conducirnos adecuadamente en la vida. En Descartes, el establecimiento de verdades
        inmutables debe servir de base para la toma de decisiones. Pero más allá de esas diferencias
        metafísico-epistemológicas, ambos autores utilizan la razón individual para orientar la
        acción, y sustentan dicha orientación en la determinación de la voluntad.</p>
  <p>Pero también encontramos una similitud entre Descartes y Leibniz. Si comparamos la
          <italic>Lettre à Elisabeth 4 aout 1645</italic> (AT IV, 664) anteriormente mencionada con
          <italic>De la vie heureuse</italic> (A IV, 1, N89, 668) veremos un parecido sorprendente.
        Las tres reglas que ofrece Leibniz para obtener un alma contenta y tranquila son muy
        similares a las que Descartes le relata a Elisabeth para tener un espíritu contento y
        satisfecho. Veamos con un poco más de detalle los matices diferenciales para determinar si
        estamos ante la misma propuesta o bien se trata de una, aunque muy parecida, diferente. En
        primer lugar, lo que se pretende no es exactamente lo mismo en la medida que Leibniz
        introduce el concepto de “tranquilidad” del alma, mientras que en Descartes figura el
        término “satisfacción”. La diferencia es interesante, pues en Descartes el término parece
        implicar una alegría que en Leibniz es sustituida por el reposo. Pero este planteamiento,
        que tiende a recuperar el ideal estoico de sabio, parece ir en contra del carácter dinámico
        del alma leibniziana, y apunta a una contradicción con otros textos de Leibniz. Como señala
        Couto, para conservar la tranquilidad, el sujeto debe permanecer consigo mismo siempre<xref
          ref-type="fn" rid="fn42">42</xref>. Todo lo que te arrastra perturbará tu tranquilidad. El
        ideal de paz absoluta se centra en el “en-sí” del sujeto, en el autodominio alcanzado al
        precio de expulsar de sí mismo todo lo que no es, lo que no tiene, todo lo que no es él
        mismo. Esto sería coherente con lo que veremos que se afirma en la tercera regla, el dejar
        de considerar como verdaderos bienes todo lo que está fuera de nuestro poder. Ahora bien,
        hemos visto que nuestro interior está en continuo movimiento, sujeto a diversas
        inclinaciones, y la razón misma es un movimiento. La tranquilidad, pues, no puede ser un
        estado definitivo, sino una aspiración, un intento de no dejarse arrastrar por las
        inclinaciones confusas.</p>
  <p>Si comparamos los dos textos regla por regla, vemos que el contenido de la primera regla parece
        idéntico: se trata de usar la razón para determinar la acción a realizar. Pero observamos
        algunas diferencias: Descartes no menciona la palabra “razón” y alude a servirse de su
        “espíritu”. Leibniz explicita que se trata de usar la razón, y en eso consiste la sabiduría,
        en seguir las órdenes de la razón. Observemos también que en los dos casos se alude a usar
        la razón en la medida de lo posible (Leibniz), o lo mejor posible (Descartes), esto es,
        aunque se dé la formación continua de sí, la perfectibilidad, tanto en un autor como en otro
        aparece una consciencia de los límites de la razón. Con relación a la segunda regla, el
        énfasis puesto en tener la resolución o el propósito de seguir aquello que la razón nos
        indica que es lo mejor obliga a matizar la distinción entre un Descartes voluntarista y un
        Leibniz racionalista<xref ref-type="fn" rid="fn43">43</xref>. El paso de la teoría a la
        práctica exige una voluntad que es la base de la virtud, identificada por Descartes con la
        firmeza de la resolución y por Leibniz con el hábito, y en los dos casos por mantener en el
        tiempo la voluntad de seguir a la razón. Y por lo que hace a la tercera regla, es
        prácticamente idéntica. En los dos casos se afirma que conducirse según la razón produce
        contento y evita desear aquello que no se posee, así como el arrepentimiento. Dos pequeñas
        diferencias, sin embargo, aparecen al principio y al final del texto de Leibniz. Al
        principio, Leibniz menciona el esfuerzo por alcanzar los verdaderos bienes, lo que está
        ausente en Descartes. Al final, Leibniz explicita en qué consiste el resultado de esta
        actitud: la felicidad o tranquilidad del alma. Así, mientras parece que Descartes plantea
        una regla para conducirse en cada una de nuestras acciones, Leibniz explicita el sentido y
        el resultado de la regla, pues seguir la razón está vinculado a un determinado conocimiento,
        el de los verdaderos bienes, que nos conducirán a la felicidad. Esta conexión entre
        conocimiento y acción está presente en Descartes (no así en Montaigne), pero en Leibniz
        aparece claramente explicitada<xref ref-type="fn" rid="fn44">44</xref>. Como señala
          Couto<xref ref-type="fn" rid="fn45">45</xref>, nada contribuye más a una vida feliz que la
        iluminación del entendimiento y el ejercicio de la voluntad para comprender y penetrar
        profundamente los dictados de la razón, según los cuales se debe actuar. Así, de la luz del
        entendimiento, cada vez más alto, brotará un progreso continuo en sabiduría y virtud, y por
        lo tanto también en perfección y en la alegría de vivir<xref ref-type="fn" rid="fn46"
          >46</xref>.</p>
  <p>Pero, además, Leibniz añade un aviso final al lector, que no está presente en el texto
        cartesiano. Se exige al lector atención a lo escrito, reflexión sobre lo hecho hasta el
        momento, y sobre cómo deberá vivir en el futuro. Solo así sacará provecho del texto, pues si
        lo lee como mero placer es mejor que no continúe la lectura. La vida feliz, pues, no se
        presenta como una opción más entre las muchas que se le presentan a un individuo a lo largo
        de su vida, sino como una exigencia misma de la razón en busca de la perfección humana.</p>
</sec>
<sec id="algunas-conclusiones-provisionales">
  <title>6. Algunas conclusiones provisionales</title>
  <p>A la espera de un estudio más detallado de las relaciones entre Montaigne, Descartes y Leibniz,
        y a partir de lo comentado, voy a limitarme a destacar unas pocas conclusiones
        provisionales:</p>
  <list list-type="order">
    <list-item>
      <label>1)</label>
      <p>En primer lugar, observamos una línea hacia un mayor racionalismo. La confianza de
            Montaigne en la razón es limitada, pues al renunciar a construir una metafísica y
            adoptar una actitud escéptica, el buen uso de las pasiones no puede ser llevado a cabo
            mediante una dominación racional, sino mediante la introspección, el uso del juicio, del
            hábito, y del uso compensatorio de las pasiones. Descartes confía en la razón y
            construye su sistema a partir de ella, pero la gestión de las pasiones requiere partir
            de las pasiones mismas, y desarrollar una pasión que sea al mismo tiempo una virtud.
            Además, en Descartes el racionalismo está matizado por la importancia dada a la
            voluntad, sin cuyo concurso no se pueden gestionar adecuadamente las pasiones y alcanzar
            la vida feliz. Leibniz construye un sistema racional y confía en la fuerza de la razón
            para controlar las pasiones. Ahora bien, hemos visto que ese racionalismo no solo debe
            ser matizado en el caso de Descartes, sino que parece también que en el caso de Leibniz.
            La razón está ligada a las inclinaciones de la mente, y su uso se vincula así al deseo y
            el placer. Y, como hemos visto en <italic>De la vie heureuse</italic>, la voluntad juega
            un papel importante para conseguir el objetivo de la vida feliz.</p>
    </list-item>
    <list-item>
      <label>2)</label>
      <p>Desde Montaigne se abre una línea moderna del tratamiento de las pasiones, consistente en
            aceptar la naturalidad de las pasiones. Se deja de lado tanto el modelo
            escolástico-aristotélico como el estoico, para intentar una adecuada gestión de las
            pasiones consideradas como hechos naturales, lo que implica que no son inevitablemente
            malas y que no deben ser eliminadas. Así, en Montaigne se prioriza la diversión como
            remedio, en Descartes se pretende conseguir mediante la generosidad, que es una pasión y
            al tiempo una virtud, y en Leibniz, priorizando, frente a los deseos presentes, el deseo
            de felicidad duradera. En los tres casos, el uso de la razón no implica la eliminación
            de las tendencias no racionales presentes en el ser humano.</p>
    </list-item>
    <list-item>
      <label>3)</label>
      <p>Esta comparación respecto del tema de las pasiones nos permite plantearnos otra manera de
            abordar el pensamiento de Leibniz. Es comúnmente aceptado que la filosofía de Montaigne
            puede ser entendida como una forma de vida. He defendido en otros textos que esta
            aproximación puede ser hecha respecto de Descartes<xref ref-type="fn" rid="fn47"
              >47</xref>. Está por ver si, siguiendo una idea sugerida por Paul Lodge, podemos
            considerar la filosofía de Leibniz como una forma de vida<xref ref-type="fn" rid="fn48"
              >48</xref>. Para ello, debemos recordar qué entendemos al considerar la filosofía como
            forma de vida. Siguiendo a Hadot, entenderemos que asumir que la filosofía es una forma
            de vida supone: 1) una clase de conducta moral; 2) una manera de estar en el mundo; 3)
            una práctica constante; 4) el objetivo de transformar la vida del individuo que la
            practica; 5) un instrumento para curar las angustias<xref ref-type="fn" rid="fn49"
              >49</xref>. Es bastante claro que la posición de Montaigne encaja con esta concepción.
            Defiendo que Descartes también encaja, pues asume muchos de los planteamientos
            montaigneanos, aunque elimina su escepticismo para construir una metafísica
            fundamentadora. Aun así, lo importante del sistema no está en la raíz del árbol sino en
            los frutos del mismo, que proporcionan la vida feliz. De manera similar, si abordamos el
            sistema de Leibniz desde su estudio de las pasiones, se hace plausible considerar su
            filosofía como una forma de vida. Para fundamentar esto habría que ir a otros textos y
            ello supondría un nuevo artículo. Así que lo voy a dejar aquí, aunque apuntaré un par de
            cosas en esta línea. En primer lugar, aunque la filosofía de Leibniz se suele
            identificar como una filosofía teorética, no está de más recordar que en los
              <italic>Nuevos Ensayos sobre el entendimiento humano</italic> Teófilo se declara más
            inclinado a las cuestiones morales que a la filosofía especulativa (<italic>NE</italic>,
            69; A VI,6, 71). En segundo lugar, si la filosofía consiste en el uso de la razón para
            alcanzar la sabiduría, y ésta consiste en alcanzar la felicidad<xref ref-type="fn"
              rid="fn50">50</xref>, entonces toda la filosofía teórica se dirige a una praxis
            consecuente, a una manera de vivir en el que el individuo que la practica sea feliz<xref
              ref-type="fn" rid="fn51">51</xref>. En los tres autores me parece que es posible
            considerar su filosofía como un discurso vivido, como una praxis y no meramente como una
            teoría. Es claro que ser montaigneano supone una actitud ante la vida, una manera de
            estar en el mundo, la filosofía de Montaigne es eminentemente práctica. Pero esto
            también es cierto, me parece, respecto de Descartes y Leibniz.</p>
    </list-item>
  </list>
  <p>Pero lo sorprendente es que, tras la comparación de estos autores, especialmente en el caso de
        Descartes y Leibniz, observamos que, aunque los presupuestos que llevan a la vida feliz sean
        distintos en cada caso, el resultado final no difiere mucho: otorgar poder al ser humano
        para gestionar sus afectos, para construir su propia vida, poder que se alcanza con el
        ejercicio de la razón (con el juicio en el caso de Montaigne). Esto es, aunque partan de
        posiciones metafísicas distintas, la propuesta de cómo conducirse adecuadamente en la vida y
        aspirar a alcanzar la vida feliz presenta en estos tres autores muchas similitudes.</p>
</sec>
</body>
<back>
<fn-group>
  <fn id="fn1">
    <label>1</label><p>Entre los pocos libros que explícitamente tratan a Montaigne como filósofo, destaquemos como
          pionero a Marcel Conche, <italic>Montaigne et la philosophie</italic>
            (<italic>Paris</italic>: Mégare, 1987), y también a Jaume Casals, <italic>La filosofia
            de Montaigne</italic> (Barcelona: eds. 62, 1986).</p>
  </fn>
  <fn id="fn2">
    <label>2</label><p>La primera cifra remite al número de libro de los <italic>Ensayos</italic>, la segunda al
          capítulo, la tercera a la página de la edición de Pierre Villey bajo la dirección de V.-L.
          Saulnier, Montaigne, <italic>Les Essais</italic> (Paris, PUF, 1965). La letra se refiere a
          la edición de los <italic>Ensayos</italic>: A para la edición de 1580, B para la de 1588,
          C para los añadidos posteriores a esa fecha. Se añade a continuación el número de página
          de la traducción castellana de Jordi Bayod en: Montaigne, <italic>Los ensayos</italic>
          (Barcelona: Acantilado, 2007), traducción que, a diferencia de la edición de Villey, no
          parte del Ejemplar de Burdeos sino de la edición de 1595.</p>
  </fn>
  <fn id="fn3">
    <label>3</label><p>“No puedo fijar mi objeto. Anda confuso y vacilante debido a una embriaguez natural. Lo atrapo en
          este momento, tal y como es en el instante en el que me ocupo de él. No pinto el ser;
          pinto el tránsito, no el tránsito de una edad a otra, o, como dice el pueblo, de siete en
          siete años, sino día a día, minuto a minuto. Hay que acomodar mi historia al momento.
          Acaso cambiaré dentro de poco no sólo de fortuna sino también de intención. Esto es un
          registro de acontecimientos diversos y mudables, y de imaginaciones indecisas, y, en algún
          caso, contrarias, bien porque yo mismo soy distinto, bien porque abordo los objetos por
          otras circunstancias y consideraciones.” (“El arrepentirse”, III, 2, 805B; 1201-1202).</p>
  </fn>
  <fn id="fn4">
    <label>4</label><p>“(B) Nada es tan hermoso y legítimo como hacer bien de hombre, y tal como es debido. Ni hay
          ciencia tan ardua como saber vivir bien (C), y naturalmente, (B) esta vida. Y, entre
          nuestras enfermedades, la más salvaje es despreciar nuestro ser. (…) Es una perfección
          absoluta, y como divina, saber gozar lealmente del propio ser. Perseguimos otras
          condiciones porque no entendemos el uso de las nuestras, y salimos fuera de nosotros
          porque no sabemos qué hay dentro.” (“La experiencia”, III, 13, 1110, 1115; 1659,
          1668).</p>
  </fn>
  <fn id="fn5">
    <label>5</label><p>Más allá de algunos artículos específicos, hasta la aparición de la monografía de Emiliano
          Ferrari (<italic>Montaigne, une anthropologie des passions</italic>, Paris: Classiques
          Garnier, 2014) no encontramos ningún libro específicamente dedicado a la cuestión de las
          pasiones en Montaigne. Algunos artículos anteriores a tener en cuenta son: A. Lagrange,
          “l’homme et le monde dans l’édition des <italic>Essais</italic> de 1580. La passion et les
          passions”, <italic>Bulletin de la Société des Amis de Montaigne</italic>, nº 3-4 (1980) :
          31-52; Françoise Charpentier, “La passion de la tristesse”, <italic>Montaigne
            Studies</italic> IX (1997): 35-50; Terence Cave, “’Outre l’erreur de nostre discours’.
          L’analyse des passions chez Montaigne”, en <italic>La Poétique des passions à la
            Renaissance. Mélanges offerts à Françoise Charpentier</italic>, éd. F. Lecercle &amp; S.
          Perrier (Paris: Champion, 2001): 389-406; Claude Couturas, “Les passions dans les
            <italic>Essais</italic>: un discours hétérodoxe”, <italic>Cahier textuel</italic> 26
          (2003): 105-120.</p>
  </fn>
  <fn id="fn6">
    <label>6</label><p>“En verdad, la violencia de un disgusto, para ser extrema, debe sobrecoger el alma entera e
          impedir su libertad de acción. Así nos ocurre en plena alarma por una noticia muy
          desgraciada: nos sentimos atrapados, transidos y como incapaces de movimiento alguno.
          Cuando, más adelante, el alma cede a las lágrimas y a los lamentos, parece desprenderse,
          separarse y quedar más desahogada y tranquila”ç (I, 2, 12A, 16).</p>
  </fn>
  <fn id="fn7">
    <label>7</label><p><italic>Meditaciones Metafísicas</italic> I. Todas las citas se hacen por la edición de Charles
          Adam y Paul Tannery, <italic>Oeuvres de Descartes</italic>, 11 vols, Paris, Vrin, 1996.
          Habitualmente se cita con las siglas de los editores, añadiendo nº de volumen y página, en
          este caso, AT VII, 17, para la edición latina, y AT IX, 13. Si no se indica lo contrario,
          las traduccions son mías.</p>
  </fn>
  <fn id="fn8">
    <label>8</label><p>“Carta del autor al traductor”, <italic>Los
    principios de la filosofía</italic>, edición francesa (AT IX-b,
    5).</p>
  </fn>
  <fn id="fn9">
    <label>9</label><p>Por poner algún ejemplo, Jean de Silhon, coetáneo y amigo de Descartes, en <italic>L’immortalité
            de l’âme</italic> (1634), intenta demostrar, a partir de la idea el cristianismo
          coincide con la luz natural de la razón, que Dios existe y que el alma es inmortal, y en
          el curso de la demostración afirma que poseemos un conocimiento del cual ninguna persona
          puede dudar, que existimos y somos.</p>
  </fn>
  <fn id="fn10">
    <label>10</label><p>Cf. Hugo Friedrich, <italic>Montaigne</italic>,
    trad. al de Robert Rovini (Paris: Gallimard, 1968); Emmanuel Faye,
    <italic>Philosophie et perfection de l’homme</italic> (Paris: Vrin,
    1998); Thierry Gontier, <italic>De l’homme à l’animal. Paradoxes sur
    la nature des animaux (Montaigne et Descartes)</italic> (Paris:
    Vrin, 1998).</p>
  </fn>
  <fn id="fn11">
    <label>11</label><p>Antonio Damasio, <italic>El error de</italic>
    Descartes, traducción de Joan Domènec Ros del original inglés de
    1994 (Barcelona, Destino, 2011).</p>
  </fn>
  <fn id="fn12">
    <label>12</label><p>Denis Kambouchner, <italic>Descartes n’a pas
    dit</italic> (Paris : Le Belles Lettres, 2015): cap. 17.</p>
  </fn>
  <fn id="fn13">
    <label>13</label><p>Emiliano Ferrari observa una similitud entre el inicio del artículo 94 de las PA, dedicado a las
          pasiones que son excitadas por bienes y males que conciernen solo al cuerpo (AT XI, 398),
          y un pasaje de la Apología referido a la salud corporal (II, 12, 565AB). Véase Emiliano
          Ferrari, <italic>Montaigne. Une anthropologie des passions</italic>, 79-80.</p>
  </fn>
  <fn id="fn14">
    <label>14</label><p>Esto ya aparece en Montaigne: “Lo cierto es que
    nuestra aprehensión, nuestro juicio y las facultades de nuestra alma
    en general sufren según los movimientos y alteraciones del cuerpo,
    alteraciones que son continuas” (II, 12, 564A; 845).</p>
  </fn>
  <fn id="fn15">
    <label>15</label><p>Véanse las <italic>Respuestas a las cuartas objeciones</italic> (AT VII, 218256; AT IX,
          170-197).</p>
  </fn>
  <fn id="fn16">
    <label>16</label><p>Compárese AT IX, 178 con II, 6, 375-376AB. Cf. Ferrari, <italic>Montaigne. Une anthropologie des
            passions</italic>, 67-68.</p>
  </fn>
  <fn id="fn17">
    <label>17</label><p>Compárese <italic>Essais</italic>, III, 855B con
    <italic>PA</italic>, arts. 44-46, AT XI, 361-364.</p>
  </fn>
  <fn id="fn18">
    <label>18</label><p><italic>Descartes à Elisabeth</italic>, 4 août
    1645, AT IV, 263-268.</p>
  </fn>
  <fn id="fn19">
    <label>19</label><p>Citamos las obras de Leibniz según la edición de la Akademie-Ausgabe, usando las siguientes
          abreviaciones, habituales en los estudios leibnizianos:</p>
    <p>A = <italic>Leibniz: Sämtliche Schriften und Briefe</italic>, hrsg. von der Preußischen
          (después: Berlin-Brandenburgischen und Göttinger) Akademie der Wissenschaften zu Berlin,
          Darmstadt (después: Leipzig, finalmente: Berlin) 1923 et sq., citados por secciones,
          volúmenes y páginas;</p>
    <p>GP = <italic>Die philosophischen Schriften von Leibniz</italic>,
    hrsg. von C. I. Gerhardt, vol. 1–7, Berlin 1875–1890 (reimpresión:
    Hildesheim 1960–1961); OFC = Leibniz: Obras filosóficas y
    científicas, 20 vols., Granada, Comares, 2007ss.</p>
  </fn>
  <fn id="fn20">
    <label>20</label><p>Stefano Di Bella, “Le <italic>De affectibus</italic> leibnizien : de la dynamique des passions à
          la constitution de la substance individuelle”, en Les passions à l’âge classique, ed.
          Pierre-François Moreau (Paris: PUF, 2006), 194.</p>
  </fn>
  <fn id="fn21">
    <label>21</label><p>Leibniz, <italic>L’addition à l’explication du
    système nouveau</italic>: «[…] su [=el alma] naturaleza consiste en
    expresar el cuerpo, lo que pongo en el lugar de las influencias del
    cuerpo” (GP IV, 583).</p>
  </fn>
  <fn id="fn22">
    <label>22</label><p>Leibniz, <italic>L’addition à l’explication du
    système nouveau</italic>: “[…] Creo que es la propia naturaleza que
    Dios le ha dado, de representarse a sí misma de acuerdo con sus
    propias leyes lo que ocurre en los órganos” (GP IV, 519); “[…] el
    alma debe expresar el cuerpo” GP IV, 580; « su [=el alma] naturaleza
    consiste en expresar su cuerpo” (GP IV, 580).</p>
  </fn>
  <fn id="fn23">
    <label>23</label><p><italic>Carta a Arnauld</italic>, de 9 de
    octubre de 1687: “Una cosa expresa a otra (en mi lenguaje) cuando
    hay una relación constante y regulada entre lo que se puede decir de
    una y de la otra” (A II. 2, 240/OFC 14, 120).</p>
  </fn>
  <fn id="fn24">
    <label>24</label><p>Leibniz, <italic>Nuevos Ensayos sobre el entendimiento humano</italic> (Madrid: Editora Nacional,
          1977), II, XXI, 226 (A VI, 6, 194). Seguimos aquí a Sabrina Ebbensmeyer, “Leibniz on the
          Passions and the Dynamical Dimension of the Human Mind”, en <italic>Emotional
            Minds</italic>, ed. S. Ebbensmeyer (Göttingen, De Gruyter, 2012), 146-147.</p>
  </fn>
  <fn id="fn25">
    <label>25</label><p>Antonella Lang-Ballestra, “La teoría de las ‘petites perceptions insensibles’ de Leibniz. La
          fecundidad de esta teoría para la doctrina de los afectos” <italic>Rev. Filosofía Univ.
            Costa Rica</italic>, LI, nº 129-131 (Enero-Diciembre 2012): 295.</p>
  </fn>
  <fn id="fn26">
    <label>26</label><p>“Sin embargo, como a menudo hay varias opciones para tomar, en lugar de comparar el alma con una
          balanza, podríamos compararla con una fuerza que hace esfuerzo en varios lados al mismo
          tiempo, pero que solo actúa donde encuentra más facilidad o menos resistencia.” (Th
          III.325; GP VI, 309/ OFC 10,326); “Pero cuando se habla de la mayor inclinación de la
          voluntad, se está hablando del resultado de todas las inclinaciones (Th I.43; GP VI,
          127/OFC 10,121); “Varias percepciones e inclinaciones contribuyen a la volición perfecta,
          que es el resultado de su conflicto” (<italic>NE</italic> II.21.39; A VI. 6, 192).</p>
  </fn>
  <fn id="fn27">
    <label>27</label><p>Ebbersmeyer, “Leibniz on the Passions and the
    Dynamical Dimension of the Human Mind”, 150.</p>
  </fn>
  <fn id="fn28">
    <label>28</label><p>Maria Luísa Couto Soares, “A felicidade
    impossível. A partir do texto <italic>De la Vie Heureuse</italic>”,
    <italic>Cultura. Revista de História e Teoria das Ideias</italic>,
    Vol. 28 (2011): 267-280.</p>
  </fn>
  <fn id="fn29">
    <label>29</label><p>La relación entre las afecciones y la vida feliz ha sido abordada, entre otros, por Roberto
          Casales, “Placer, virtud y felicidad en Leibniz”, <italic>Estudios</italic> 139, XIX
          (2021): 179-199, quien resalta que una adecuada comprensión de esta relación pasa por
          considerar la importancia de factores epistémicos en el proceso deliberativo de la
          racionalidad práctica.</p>
  </fn>
  <fn id="fn30">
    <label>30</label><p>Leibniz, <italic>L’addition à l’explication du système nouveau</italic>: “En lo que respecta a
          las luchas que se suponen entre el cuerpo y el alma, no es más que la diversidad de
          inclinaciones que nacen de pensamientos distintos o de pensamientos confusos, es decir, de
          razones o de instintos y pasiones” (GP IV, 576).</p>
  </fn>
  <fn id="fn31">
    <label>31</label><p>Ebbersmeyer, “Leibniz on the Passions and the
    Dynamical Dimension of the Human Mind”, 154.</p>
  </fn>
  <fn id="fn32">
    <label>32</label><p><sup>3</sup> Ebbersmeyer, “Leibniz on the
    Passions and the Dynamical Dimension of the Human Mind”, 155.</p>
  </fn>
  <fn id="fn33">
    <label>33</label><p>“Y podemos decir que estamos libres de la esclavitud en la medida en que actuamos con un
          conocimiento distinto; pero que estamos sometidos a las pasiones en la medida en que
          nuestras percepciones son confusas. […] Y lo que hacen las cadenas y la coerción en un
          esclavo, se hace en nosotros a través de las pasiones, cuya violencia es suave pero no
          menos perjudicial”. (Th III.289 ; GP VI, 288–9/OFC 10, 296-297).</p>
  </fn>
  <fn id="fn34">
    <label>34</label><p>NE II.21.35 ; A VI. 6, 186: « Ainsi si nous
    préferons le pire, c’est que nous sentons le bien qu’il renferme,
    sans sentir ny le mal qu’il y a, ny le bien qui est dans le parti
    contraire».</p>
  </fn>
  <fn id="fn35">
    <label>35</label><p>Ebbersmeyer, “Leibniz on the Passions and the
    Dynamical Dimension of the Human Mind”, 157.</p>
  </fn>
  <fn id="fn36">
    <label>36</label><p>Véase G. Rodis-Lewis, <italic>Le problème de l’inconscient et le cartesianisme</italic> (Paris:
          PUF, 1985), 61.</p>
  </fn>
  <fn id="fn37">
    <label>37</label><p>Pref., p. 46ss; I, 20; A VI, 6, 53-55.</p>
  </fn>
  <fn id="fn38">
    <label>38</label><p><italic>Essais</italic>, II, 12, 565A; III, 2,
    814CB.</p>
  </fn>
  <fn id="fn39">
    <label>39</label><p>Vicente Raga, “ Demasiada felicidad. Sobre la
    teoría de los afectos en Descartes y Leibniz”, <italic>Logos. Anales
    del Seminario de Metafísica</italic><bold>,</bold> 54, n° 2 (2021):
    359; Cf. AT V, 57</p>
  </fn>
  <fn id="fn40">
    <label>40</label><p>Para la relación entre Leibniz y Montaigne respecto de este tema, y en la que se defiende, más
          allá de la coloración escéptica del texto de Montaigne, una especie de pre-leibnizianismo
          en Montaigne, véase Bernard Sève, <italic>Montaigne. Des règles pour l’esprit</italic>
          (Paris: PUF, 2007): 68-74.</p>
  </fn>
  <fn id="fn41">
    <label>41</label><p>Véase Joan Lluís Llinàs, “En torno a la propuesta moral cartesiana: un diálogo con Montaigne”,
            <italic>Contrastes. Revista Internacional de Filosofía</italic> 15 (2010): 185-202; Joan
          Lluís Llinàs, “La philosophie comme forme de vie. Un Descartes montaignien?”,
            <italic>Montaigne Studies</italic> XXV (2013): 169-176.</p>
  </fn>
  <fn id="fn42">
    <label>42</label><p>María Luísa Couto, “A felicidade impossível”,
    270.</p>
  </fn>
  <fn id="fn43">
    <label>43</label><p>Cf. Raga, “Demasiada felicidad. Sobre la teoría
    de los afectos en Descartes y Leibniz”</p>
  </fn>
  <fn id="fn44">
    <label>44</label><p>Para una interpretación sobre la relación entre proceso de auto-perfección conducente a la
          felicidad y los procesos cognitivos, véase Markku Roinila, “Leibniz’s Passionate
          Knowledge”, <italic>Blityri, Studi di storia delle idee sui segni e le lingue</italic> IV,
          1-2 (2015): 75-85. Roinila defiende que la cooperación entre cogniciones confusas y
          distintas en el hombre sabio refleja el interés de Leibniz por la estética y las
          emociones.</p>
  </fn>
  <fn id="fn45">
    <label>45</label><p>María Luísa Couto, “A felicidade impossível”,
    278-9.</p>
  </fn>
  <fn id="fn46">
    <label>46</label><p>Cf. <italic>Initia et Specimina Scientiae novae Generalis,</italic> A VI,4, 357361/OFC 3,
          158-163.</p>
  </fn>
  <fn id="fn47">
    <label>47</label><p>Véase Joan Lluís Llinàs, &quot;La philosophie
    comme forme de vie. Un Descartes montaignien?&quot;.</p>
  </fn>
  <fn id="fn48">
    <label>48</label><p>Paul Lodge, “Leibniz’s Philosophy as a Way of Life?”, <italic>Metaphilosophy</italic>, Vol. 51,
          nº. 2–3 (Abril 2020): 259-279.</p>
  </fn>
  <fn id="fn49">
    <label>49</label><p>Cf. Pierre Hadot, <italic>La philosophie comme manière de vivre</italic> (Paris: Albin Michel,
          2001).</p>
  </fn>
  <fn id="fn50">
    <label>50</label><p>Véase Leibniz, <italic>De la sagesse</italic> (A
    IV, 669-673).</p>
  </fn>
  <fn id="fn51">
    <label>51</label><p>Recordemos que, en la <italic>Disertación sobre el arte combinatorio</italic> de 1666, Leibniz
          sugiere que la teoría y la praxis no deben concebirse independientemente (A VI 1, 229/). Y
          en los <italic>NE</italic> se sugiere que el estudio de la substancia conducirá a los
          individuos que lo llevan a cabo a conocerse mejor a sí mismos (<italic>NE</italic>, A VI,
          6, XXIII)</p>
  </fn>
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      <source>Estudios</source>
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      <issue>XIX</issue>
      <year iso-8601-date="2021">2021</year>
      <fpage>179</fpage>
      <lpage>199</lpage>
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      <fpage>35</fpage>
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