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<!DOCTYPE article PUBLIC "-//NLM//DTD JATS (Z39.96) Journal Publishing DTD v1.3 20210610//EN" "http://jats.nlm.nih.gov/publishing/1.3/JATS-journalpublishing1-3.dtd">
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      <journal-id journal-id-type="publisher-id">ASHF</journal-id>
      <journal-title-group>
        <journal-title specific-use="original" xml:lang="es">Anales del Seminario de Historia de la
          Filosofía</journal-title>
      </journal-title-group>
      <issn publication-format="electronic">1988-2564</issn>
      <issn-l>0211-2337</issn-l>
      <publisher>
        <publisher-name>Ediciones Complutense</publisher-name>
        <publisher-loc> España </publisher-loc>
      </publisher>
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    <article-meta>
      <article-id pub-id-type="doi">10.5209/ashf.92379</article-id>
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        <subj-group subj-group-type="heading">
          <subject>Estudios</subject>
        </subj-group>
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      <title-group>
        <article-title>Leibniz y el problema de la relación entre Dios y las esencias: oposición y
          evolución desde un modelo teo-mereológico hacia un modelo representacional<xref
            ref-type="fn" rid="fn1">1</xref></article-title>
        <trans-title-group xml:lang="en">
          <trans-title>Leibniz and the problem of the relation between God and essences: opposition
            and evolution from a Theo-mereological model towards a representational
            model</trans-title>
        </trans-title-group>
      </title-group>
      <contrib-group>
        <contrib contrib-type="author" corresp="yes">
          <contrib-id contrib-id-type="orcid">https://orcid.org/0000-0002-6810-3802</contrib-id>
          <name>
            <surname>Silva</surname>
            <given-names>Camilo</given-names>
          </name>
          <xref ref-type="aff" rid="aff-a"/>
          <xref ref-type="corresp" rid="cor1"/>
        </contrib>
        <aff id="aff-a"><institution content-type="original">Universidad Adolfo Ibáñez
            a</institution></aff>
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      <author-notes>
        <corresp id="cor1">Camilo Silva <email>camilof.silva@gmail.com</email></corresp>
      </author-notes>
      <pub-date pub-type="epub" publication-format="electronic" iso-8601-date="2025-01-17">
        <day>17</day>
        <month>01</month>
        <year>2025</year>
      </pub-date>
      <volume>42</volume>
      <issue>1</issue>
      <fpage>77</fpage>
      <lpage>93</lpage>
      <page-range>77-93</page-range>
      <permissions>
        <copyright-statement>Copyright © 2025, Universidad Complutense de
          Madrid</copyright-statement>
        <copyright-year>2025</copyright-year>
        <copyright-holder>Universidad Complutense de Madrid</copyright-holder>
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          <license-p>Esta obra está bajo una licencia <ext-link ext-link-type="uri"
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              4.0 International</ext-link></license-p>
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      <abstract>
        <p>La presente contribución tiene por objeto examinar el problema de la relación entre Dios
          y las esencias en la metafísica de Leibniz. La originalidad de nuestra propuesta consiste,
          fundamentalmente, en mostrar que la metafísica leibniziana de las esencias está sujeta a
          una tensión, y que se refleja en una oposición y evolución de dos modelos que dan cuenta
          de una significativa transición, a saber, un modelo teo-mereológico según el cual las
          esencias constituyen la naturaleza ontológica de Dios y que, en el límite, se identifican
          a Él (1668-1676), y un modelo representacional que hace de las esencias, más bien, objetos
          intencionales del entendimiento de Dios, sin que ellas constituyan propiamente, ni puedan
          identificarse a Dios ni a su entendimiento (1680 en adelante). Por medio de un análisis de
          diversos manuscritos de Leibniz, así como de una remisión a algunos estudios relativos a
          la ontología leibniziana de las esencias, nuestro propósito consiste en mostrar de qué
          manera y por qué el modelo teo-mereológico adoptado por el joven Leibniz es superado por
          un modelo representacional. </p>
      </abstract>
      <trans-abstract xml:lang="en">
        <p>This survey aims to examine the problem of the relation between God and essences in
          Leibniz’s metaphysics. The originality of our research reveals that Leibniz’s metaphysics
          of essences is subjected to a tension, which is reflected on the opposition and evolution
          of two models, namely a Theo-mereological model according to which essences constitute the
          ontological nature of God and, in the limit, are identical to him (1668 – 1676) and a
          representational model in which essences stand for intentional objects of God’s
          understanding, excluding then the possibility they constitute or identify to God or the
          divine understanding (1680 onwards). Through an analytical survey of several Leibniz’s
          manuscripts as well as some studies concerning Leibnizian ontology of essences, our task
          consists in revealing how and why the Theo-mereological model adopted by the young Leibniz
          is overcame by a representational model. </p>
      </trans-abstract>
      <kwd-group>
        <kwd>Constitución</kwd>
        <kwd>Dios</kwd>
        <kwd>entendimiento divino</kwd>
        <kwd>esencia</kwd>
        <kwd>objeto</kwd>
        <kwd>representación</kwd>
        <kwd>teo-mereología</kwd>
      </kwd-group>
      <kwd-group xml:lang="en">
        <kwd>Constitution</kwd>
        <kwd>Divine understanding</kwd>
        <kwd>Essence</kwd>
        <kwd>God</kwd>
        <kwd>Object</kwd>
        <kwd>Representation</kwd>
        <kwd>theo-mereology</kwd>
      </kwd-group>
    </article-meta>
  </front>
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<sec id="la-ontología-leibniziana-de-las-esencias-leibniz-contra-descartes-hobbes-y-spinoza">
  <title>1. La ontología leibniziana de las esencias: Leibniz contra Descartes, Hobbes y Spinoza
          <xref ref-type="fn" rid="fn2">2</xref></title>
  <p>La concepción leibniziana de las esencias puede entenderse a partir de una triple oposición a
        i) la tesis cartesiana de la creación de las verdades eternas, ii) la concepción hobbesiana
        de la omnipotencia ilimitada de Dios y iii) el necesitarismo de Spinoza<xref ref-type="fn"
          rid="fn3">3</xref>. A partir de una original estrategia argumentativa, Leibniz muestra
        que, pese a sus diferencias teóricas, las doctrinas de Descartes, Hobbes y Spinoza
        convergen, y atentan contra los fundamentos de la teología: al negar la distinción entre
        esencia y existencia, las doctrinas de los tres autores envuelven dificultades que implican
        el colapso de la teología. Refiriéndose a una de las proposiciones de los
          <italic>Principios</italic> de Descartes<xref ref-type="fn" rid="fn4">4</xref>, en una
        carta a Philipp, Leibniz describe tales problemas a que conducen las filosofías de
        Descartes, Hobbes y Spinoza:</p>
  <disp-quote>
    <p>Yo no creo que uno pueda formar una proposición más peligrosa que aquella [según la cual] la
          materia recibe todas las formas posibles sucesivamente, [pues] de ello se sigue que no
          podemos imaginar nada más absurdo ni extraño y contrario a lo que llamamos ‘justicia’ […]
          Tales son, precisamente, las opiniones que Spinoza ha explicado claramente, a saber, que
          justicia, belleza [y] orden no existen sino con respecto a nosotros, y que la perfección
          de Dios consiste en la amplitud de su operación, de manera que no hay nada posible o
          concebible que no se produzca actualmente. Tal es también la opinión de Hobbes, quien
          sostiene que todo aquello que es posible, ha de ser pasado, presente o futuro: [pero] no
          cabe lugar alguno para garantizar la providencia, si Dios produce todo y no ejerce una
          elección entre los seres posibles […] Descartes logró cuidarse de hablar de manera tan
          franca, pero no pudo evitar develar sus opiniones […] como para que éstas no fuesen
          comprendidas por aquellos que examinan en profundidad estas cosas […] Tal es el fundamento
          de la Filosofía Atea, que no deja de decir de Dios cosas bellas en apariencia.<xref
            ref-type="fn" rid="fn5">5</xref></p>
  </disp-quote>
  <p>Si –como afirma Descartes– “la materia recibe todas las formas posibles sucesivamente”,
        entonces Dios no elige, de modo tal que –como sugiere Spinoza– “justicia, belleza y orden no
        existen sino con respecto a nosotros”, pues tal proposición supone que –como piensa Hobbes–
        “todo aquello que es posible, ha de ser pasado, presente o futuro”. En el fondo, es porque
        las doctrinas de Descartes, Hobbes y Spinoza suprimen la contingencia y dan espacio al
        necesitarismo, que ponen en peligro la teología<xref ref-type="fn" rid="fn6">6</xref>.</p>
  <p>Si bien Leibniz suele asociar a Descartes, Hobbes y Spinoza, en la década de 1680, él concentra
        sus esfuerzos en criticar la filosofía del pensador francés<xref ref-type="fn" rid="fn7"
          >7</xref>. De hecho, en la misma carta a Philipp, Leibniz profundiza su crítica a
        Descartes, quien, separándose de la tradición escolástica, considera que las verdades
        eternas son <italic>creadas</italic> por la voluntad divina<xref ref-type="fn" rid="fn8"
          >8</xref>. Con relación a esta doctrina, Leibniz replica:</p>
  <disp-quote>
    <p>[…] Descartes juzga que la verdad, la bondad y la justicia no existen sino porque Dios las ha
          establecido por un acto libre de su voluntad, lo que es muy extraño, pues si las cosas no
          son buenas o malas sino en virtud de un efecto de la voluntad de Dios, el bien no será un
          motivo de su voluntad, puesto que él es posterior a ella y su voluntad será un cierto
          decreto absoluto sin razón […] Pero, después de eso, es inútil hablar de la bondad y de la
          justicia de Dios, y la providencia no será más que una quimera […] la voluntad misma de
          Dios no será sino una ficción […] pues ¿qué [es aquella] voluntad que no tiene el bien por
          objeto o motivo? Más aún: un tal Dios no tendrá siquiera entendimiento. En efecto, si la
          verdad misma no depende sino de la voluntad de Dios y no de la naturaleza de las cosas
          –estando el entendimiento necesariamente antes de la voluntad (hablo de prioridad natural
          y no temporal)–, el entendimiento de Dios estará antes de la verdad de las cosas y, por
          consiguiente, no tendrá la verdad por objeto. Un entendimiento tal […] no es más que una
          quimera y, por lo tanto, será necesario concebir a Dios a la manera de Spinoza, [esto es]
          como un ser que no tiene entendimiento ni voluntad [y] que produce todo de manera
          indiferente […] Por consiguiente, al ser indiferente con respecto a las cosas y sin tener
          razón alguna que lo incline a una[s] más que a otra[s], Él no hará nada, o bien, hará
          todo. Pero decir que un Dios así concebido ha hecho las cosas o que éstas han sido
          producidas por una necesidad ciega son una y la misma cosa.<xref ref-type="fn" rid="fn9"
            >9</xref></p>
  </disp-quote>
  <p>Al despojar a la voluntad de un objeto (i.e. el bien), la articulación de las facultades
        divinas pierde su coherencia: la suposición cartesiana de una voluntad desprovista de un
        objeto es la antesala de la filosofía de Spinoza, quien no atribuye a Dios sino la facultad
        del poder<xref ref-type="fn" rid="fn10">10</xref>.</p>
  <p>Sin mencionar otros escritos<xref ref-type="fn" rid="fn11">11</xref>, el <italic>Discurso de
          metafísica</italic> (1686 (?)) constituye la mejor presentación de la oposición de Leibniz
        a Descartes, Hobbes y Spinoza. Allí Leibniz reconoce estar</p>
  <disp-quote>
    <p>[…] completamente alejado de la opinión de aquellos que sostienen que no hay reglas de bondad
          y de perfección en la naturaleza de las cosas o en las ideas que Dios tiene de ellas […]
          [Esta] opinión […] parece extremadamente peligrosa, y muy cercana a la de los últimos
          innovadores [<italic>Novateurs</italic>], cuya opinión es que la belleza del universo y la
          bondad que atribuimos a las obras de Dios no son sino quimeras [<italic>chimères</italic>]
          de los hombres que conciben a Dios a su manera […] Al decir que las cosas no son buenas en
          virtud de ninguna regla de bondad, sino que lo son por la sola voluntad de Dios,
          destruimos […] todo el amor de Dios y toda su gloria. En efecto, ¿por qué alabarlo por lo
          que ha hecho, si Él podría igualmente ser alabado haciendo todo lo contrario? ¿Dónde
          estarán entonces su justicia y su sabiduría, si no queda más que un cierto poder
          despótico, al suponer que la voluntad toma allí el lugar de la razón […]? […] toda
          voluntad supone alguna razón de querer o que la razón es naturalmente anterior a la
          voluntad. Por ello […] es completamente extraña la expresión de algunos filósofos [según
          la cual] las verdades eternas de la Metafísica o de la Geometría –y, por consiguiente,
          también las reglas de la bondad, de la justicia y de la perfección– no son más que efectos
          de la voluntad de Dios, en vez [de decir] que ellas no son sino consecuencias
            [<italic>suites</italic>] de su entendimiento […]<xref ref-type="fn" rid="fn12"
            >12</xref></p>
  </disp-quote>
  <p>Con el fin de contestar el voluntarismo cartesiano, Leibniz funda la definición de la justicia
        en –lo que podríamos llamar– una concepción intelectualista: la justicia de Dios no depende
        de la voluntad de Dios, sino de su intelecto o sabiduría. A la luz de este esquema
        apologético, Leibniz rechaza categóricamente la posibilidad de concebir la justicia de Dios
        como un efecto arbitrario de su voluntad. Él explica su posición en una de las piezas
        preparatorias de la <italic>Teodicea</italic>:</p>
  <disp-quote>
    <p>Nosotros atribuimos, en primer lugar, <italic>la justicia de
    Dios</italic> (cuyo grado supremo es la Santidad) no sólo a la
    bondad, sino a la conjunción de ésta con la sabiduría, de la misma
    forma en que atribuimos una y otra a las substancias inteligentes
    […] La justicia de Dios no es arbitraria, sino que ella nace
    [<italic>fluit</italic>] de las reglas de la sabiduría
    eterna.<xref ref-type="fn" rid="fn13">13</xref></p>
  </disp-quote>
  <p>Al no depender de la voluntad, sino de la bondad y sabiduría de Dios, la justicia no puede
        resultar de un decreto arbitrario. Desde una perspectiva platónica<xref ref-type="fn"
          rid="fn14">14</xref>, Leibniz compara el estatus de las reglas o principios de la justicia
        con los teoremas matemáticos: “la sabiduría y la justicia tienen sus teoremas eternos, así
        como la aritmética y la geometría: Dios no los establece por su voluntad, sino que Él los
        encierra [<italic>renferme</italic>] en su esencia, y los adopta
          [<italic>suit</italic>]”<xref ref-type="fn" rid="fn15">15</xref>. Si bien este extracto
        está en sintonía con el estatus objetivo que Leibniz confiere a la justicia, él impone, al
        mismo tiempo, una dificultad: ¿en qué sentido Dios <italic>contiene</italic> o <italic>puede
          contener</italic>, <italic>en su propia esencia</italic>, (la esencia de) la justicia?
        Pese a parecer trivial, la pregunta no es inocua, pues está vinculada con el modo en que
        Leibniz entiende la relación entre Dios y las esencias. Como veremos, el modo en que Leibniz
        caracteriza dicha relación oscila entre un modelo según el cual las esencias constituyen o
        componen (a modo de partes) a Dios (concebido como un todo), identificándose con éste (i.e.
        modelo teo-mereológico), y un modelo según el cual, sin constituir o componer la naturaleza
        de Dios, las esencias son entendidas, más bien, como objetos de su entendimiento (i.e.
        modelo representacional)<xref ref-type="fn" rid="fn16">16</xref>. La oscilación entre ambos
        modelos no es, sin embargo, sincrónica: es en virtud de una evolución teórica que, en su
        madurez, Leibniz adopta un modelo representacional de la relación entre las esencias y el
        entendimiento divino en reemplazo de un modelo teo-mereológico, al cual él adhiere en su
        juventud. ¿Cuáles son los rasgos que caracterizan ambos modelos? Y ¿de qué forma el modelo
        teo-mereológico es superado por un modelo representacional? Éstas son las preguntas que
        pretendemos responder en las siguientes dos secciones de este estudio.</p>
</sec>
<sec id="el-modelo-teo-mereológico-de-la-relación-entre-dios-y-las-esencias-escritos-de-juventud-de-leibniz-1668-1676">
  <title>2. El modelo teo-mereológico de la relación entre Dios y las esencias: Escritos de juventud
        de Leibniz (1668-1676)</title>
  <p>En sus escritos de juventud, Leibniz entiende la relación entre Dios y las esencias a la luz de
        un modelo teo-mereológico según el cual las esencias constituyen o componen la naturaleza de
        Dios, del mismo modo en que las partes constituyen un todo. Dicho modelo se proyecta y
        alcanza su desarrollo más sistemático en el conjunto de escritos intitulados como <italic>De
          Summa Rerum</italic>, que Leibniz redacta entre 1675 y 1676. En 1675, motivado por un
        frenético impulso a acceder a la <italic>Ética</italic> de Spinoza –que no se publicó sino
        póstumamente en 1677–, Leibniz comienza a desarrollar un conjunto de tesis –de carácter
        exploratorio y aporético– destinadas a explicar la relación entre Dios y el mundo<xref
          ref-type="fn" rid="fn17">17</xref>. En concordancia con la filosofía de Spinoza, Leibniz
        privilegia, en tales escritos, una caracterización correspondiente a un modelo
        teo-mereológico. Sin embargo, dado que este modelo está ya parcialmente prefigurado en otros
          <italic>juvenilia</italic> de Leibniz, resulta pertinente y conveniente examinar la
        evolución de este modelo teo-mereológico, que alcanza su sistematización en confrontación
        con la filosofía de Spinoza.</p>
  <p>Ya en su carta de mayo de 1671 a Magnus Wedderkopf, Leibniz anticipa este modelo
        teo-mereológico. Tras afirmar que, así como “las esencias de las cosas son […] como los
        números, [pues] ellas contienen la posibilidad misma de las cosas”<xref ref-type="fn"
          rid="fn18">18</xref>, y que “Dios no es el autor de esta posibilidad, sino de su
          existencia”<xref ref-type="fn" rid="fn19">19</xref>, Leibniz sugiere una <italic>identidad
          constitutiva</italic> entre las esencias (posibilidades o ideas) y Dios: “estas
        posibilidades o ideas de las cosas […] <italic>coinciden</italic> con Dios mismo”<xref
          ref-type="fn" rid="fn20">20</xref>. En un conjunto de pasajes de diversos opúsculos del
        mismo período, Leibniz insiste en la misma tesis: “la mente de Dios consiste
          [<italic>constat</italic>] en las ideas de todas las cosas”<xref ref-type="fn" rid="fn21"
          >21</xref>; “Dios es uno en todas las cosas [<italic>unus omnia</italic>]”<xref
          ref-type="fn" rid="fn22">22</xref>; “Dios es la razón última de las cosas, es decir
          [<italic>seu</italic>] la armonía universal”<xref ref-type="fn" rid="fn23">23</xref>, es
        decir, “Dios o el espíritu universal no es más que la armonía de las cosas”<xref
          ref-type="fn" rid="fn24">24</xref>. Se trata de la misma tesis que, a propósito del
        problema del origen del mal, Leibniz recordará en la <italic>Confessio Philosophi</italic>:
        “los pecados <italic>no son imputables a la voluntad</italic>, <italic>sino al entendimiento
          divino</italic> o, lo que es lo mismo [<italic>vel quod idem est</italic>], a las famosas
        ideas eternas, es decir [<italic>seu</italic>] a la naturaleza de las cosas”<xref
          ref-type="fn" rid="fn25">25</xref>. Así, “la naturaleza de las cosas […] está contenida en
        las ideas mismas de ellas, esto es [<italic>id est</italic>] en la esencia de Dios
          [<italic>Essentia Dei continetur</italic>]”<xref ref-type="fn" rid="fn26">26</xref>.</p>
  <p>Si hasta el período de la <italic>Confessio Philosophi</italic>, Leibniz sugiere que la
        relación entre el entendimiento de Dios y la esencias debe ser entendida según una relación
        mereológica de identidad constitutiva de acuerdo con la cual Dios (o su entendimiento)
        encierra, contiene o coincide con las esencias<xref ref-type="fn" rid="fn27">27</xref>, en
          <italic>De Summa Rerum</italic>, él consolidará esta tesis, dando lugar a la
        sistematización de este <italic>modelo</italic> teo-mereológico en gestación, precisando y
        reforzando los supuestos que lo sostienen.</p>
  <p>En uno de los escritos más aporéticos de <italic>De Summa
  Rerum</italic>, Leibniz escribe:</p>
  <disp-quote>
    <p>Las ideas están en Dios en la medida en que, a partir de todas las formas absolutas o la
          conjunción de todas las perfecciones posibles enel mismo sujeto, resulta el Ser más
          perfecto. Pero, a partir de la conjunción de las formas simples posibles resultan las
          modificaciones, es decir, las ideas, tal como las propiedades resultan de una
            esencia.<xref ref-type="fn" rid="fn28">28</xref></p>
  </disp-quote>
  <p>El pasaje es más bien críptico. Aunque es patente que la tesis central es que las ideas están
        en Dios, la conjunción de las dos afirmaciones que Leibniz luego desliza envuelve una
        dificultad: i) Dios es un ser que resulta de todas las formas absolutas o la conjunción de
        todas las perfecciones posibles y ii) las ideas no son más que modificaciones que resultan
        de la conjunción de las formas simples posibles. La conjunción de ambas afirmaciones implica
        que las ideas no son, <italic>stricto sensu</italic>, ideas cuyo correlato sean individuos,
        sino que ellas son idénticas a las modificaciones de Dios. Las formas o perfecciones
        posibles parecen así representar elementos constitutivos de Dios mismo: Dios y las formas
        absolutas o la conjunción de las perfecciones posibles son entonces distintos. Y, sin
        embargo, aunque tales formas absolutas o perfecciones posibles constituyen (la naturaleza
        de) Dios, inversamente, ellas necesitan a Dios: toda modificación es modificación de un
        sujeto. El siguiente pasaje transparenta esta conclusión:</p>
  <disp-quote>
    <p>Es un hecho admirable que el sujeto difiera de las formas o atributos. Esto es necesario, ya
          que nada puede ser dicho de las formas [o atributos] debido a su simplicidad. Por
          consiguiente, no habría proposiciones verdaderas, a menos que haya un sujeto al cual las
          formas estén unidas.<xref ref-type="fn" rid="fn29">29</xref></p>
  </disp-quote>
  <p>La existencia de un sujeto que sirva de hipóstasis a las formas o atributos es una condición
        necesaria. Y dado que no hay más que un sujeto –que contiene todas las ideas–, Él es todas
        las cosas. A partir de una comparación entre la extensión y el pensamiento, Leibniz
        explica:</p>
  <disp-quote>
    <p>La extensión es un estado, [mientras que] el pensamiento es una acción. La extensión es algo
          absoluto, [mientras que] el pensamiento es relativo. Todo aquel que piensa, piensa en algo
            [<italic>Omne cogitans cogitat utique aliquid</italic>]. El ser más simple es aquel que
          se piensa a sí mismo al pensar [<italic>Simplicissimum est, id quod cogitat cogitare se
            ipsum</italic>]: y el pensamiento es absoluto cuando aquello que se piensa a sí mismo es
          todas las cosas [<italic>et cogitatio absoluta est, cum id quod cogitat se ipsum, omnia
            est</italic>].<xref ref-type="fn" rid="fn30">30</xref></p>
  </disp-quote>
  <p>En virtud de su naturaleza intencional, el pensamiento exige un objeto: “todo ser que piensa,
        piensa en algo”<xref ref-type="fn" rid="fn31">31</xref>. Y ya que no existe sino Dios –en
        tanto que sujeto–, cuando Él piensa, Él no puede sino pensarse a sí mismo. Por lo mismo,
        Dios, al pensarse a sí mismo, <italic>es</italic> todas las cosas. Así, si –como Leibniz
        escribe en otro texto– “todo existe en el único Ser, que contiene todas las ideas”<xref
          ref-type="fn" rid="fn32">32</xref>, entonces la expresión ‘todas las cosas’ no puede sino
        designar las modificaciones de Dios<xref ref-type="fn" rid="fn33">33</xref>. El siguiente
        pasaje da prueba de ello:</p>
  <disp-quote>
    <p>Es posible demostrar […] que las cosas no se distinguen en cuanto substancias, sino en cuanto
          modos. Esto puede demostrarse a partir del hecho de que las cosas que son radicalmente
          distintas pueden ser pensadas unas sin las otras: ello quiere decir que todos los
          requisitos de una de estas cosas pueden ser comprendidos sin que por ello uno comprenda
          los requisitos de las otras. Pero, cuando se trata de las cosas, eso no es posible: ya que
          hay una sola razón de las cosas, que encierra, ella sola, el agregado de todos los
          requisitos de todas las cosas, es evidente que los requisitos de todas las cosas es el
          mismo […] supuesto que las esencias sean el agregado de todos los primeros requisitos, la
          esencia de todas las cosas es la misma, y las cosas no difieren entre sí sino por sus
          modos […] Si sólo las cosas que pueden ser separadas unas de otras o que pueden ser
          comprendidas perfectamente sin las otras, son distintas, se sigue que no hay ninguna cosa
          que difiera de otra: todas las cosas son una, como Platón dijo en el
            <italic>Parménides</italic>.<xref ref-type="fn" rid="fn34">34</xref></p>
  </disp-quote>
  <p>La premisa sobre la cual descansa el argumento es que i) “hay una sola razón de las cosas, que
        encierra, ella sola, el agregado de todos los requisitos de todas las cosas”. De ello se
        sigue que ii) “los requisitos de todas las cosas es el mismo”. Supuesto i) y ii), y que iii)
        “las esencias sean el agregado de todos los primeros requisitos”, iv) “la esencia de todas
        las cosas es la misma”. Ahora bien, v) “si sólo las cosas que pueden ser separadas unas de
        otras o que pueden ser comprendidas perfectamente sin las otras, son distintas”, entonces
        vi) “no hay ninguna cosa que difiera de otra”, puesto que –<italic>a contrario</italic>–
        vii) “las cosas que son radicalmente distintas pueden ser pensadas unas sin las otras”. Por
        consiguiente, viii) “las cosas no se distinguen en cuanto substancias, sino en cuanto modos”
        y, por lo tanto, ix) “todas las cosas son una”. La continuación del pasaje confirma este
        reordenamiento del argumento:</p>
  <disp-quote>
    <p>La razón última de todas las cosas es la misma. La razón última es el agregado de los
          requisitos suficientes de todas las cosas. El agregado de los requisitos suficientes es la
          esencia. Por lo tanto, la esencia de todas las cosas es la misma.<xref ref-type="fn"
            rid="fn35">35</xref></p>
  </disp-quote>
  <p>Como han destacado diversos autores<xref ref-type="fn" rid="fn36">36</xref>, en este pasaje
        Leibniz suscribe una posición metafísica monista: al no haber más que <italic>una</italic>
        substancia que encierra todas las esencias, las cosas se distinguen modalmente –y no
        realmente–, puesto que hay una sola razón primera que envuelve todos los requisitos de todas
        las cosas. Si bien, en su conjunto, los escritos que componen <italic>De Summa
          Rerum</italic> no gozan de coherencia<xref ref-type="fn" rid="fn37">37</xref>, es claro
        que, en ellos, Leibniz privilegia un enfoque o modelo teo-mereológico para explicar la
        relación entre Dios y las cosas en tanto que esencias que constituyen y se identifican con
        la naturaleza divina. Sin considerar en su totalidad los pasajes que reivindican un modelo
          teo-mereológico<xref ref-type="fn" rid="fn38">38</xref>, es preciso aludir a otros
        fragmentos en que, siguiendo la misma línea, Leibniz introduce variaciones sutiles, pero
        significativas. En uno de tales textos, como resultado de una analogía entre la relación de
        constitución entre Dios y las esencias, y la suma aritmética, Leibniz deduce una peculiar
        consecuencia:</p>
  <disp-quote>
    <p>Las cosas no se producen por la sola combinación de las formas en Dios, sino más bien con un
          sujeto. El sujeto mismo, es decir, Dios, con su ubicuidad [<italic>ubiquitate</italic>],
          da lugar a lo inmensurable [<italic>inmensum</italic>], y, de este inmensurable, combinado
          con otros sujetos, se siguen todos los modos posibles o cosas. De la combinación de las
          formas con un sujeto –que dan lugar a la variedad– resultan las cosas particulares. Yo no
          puedo explicar cómo las cosas resultan de las formas sino por analogía con la manera en
          que los números resultan de las unidades, [pero] con esta diferencia: todas las unidades
          son homogéneas, mientras que las formas son diferentes.<xref ref-type="fn" rid="fn39"
            >39</xref></p>
  </disp-quote>
  <p>El pasaje es –como los anteriores– críptico, pues sugiere una dificultad que emerge en dos
        momentos de la argumentación. En primer lugar, Leibniz se expresa de manera ambigua al
        afirmar que “las cosas no se producen por la sola combinación de las formas en Dios, sino
        más bien con un sujeto”, y luego, que “el sujeto mismo, es decir, Dios […] da lugar a lo
        inmensurable, y [que] de este inmensurable, combinado con otros sujetos, se siguen todos los
        modos posibles o cosas”: mientras que Leibniz habla, en primer lugar, de un solo sujeto que
        él identifica con Dios, enseguida, él refiere a una pluralidad de sujetos<xref ref-type="fn"
          rid="fn40">40</xref>. Dado este matiz, podría uno conjeturar que Leibniz ya no concibe la
        realidad a la luz del presupuesto de la existencia de un único sujeto al cual pertenecen
        todas las modificaciones, sino, más bien, como un agregado o conjunto de sujetos. Es ahí,
        sin embargo, que emerge la segunda dificultad. Leibniz dice que, de la combinación de formas
        con un sujeto <italic>y</italic> con otros sujetos resultan los modos o cosas: las cosas no
        son entonces idénticas a los sujetos –puesto que ellas <italic>resultan,</italic> de éstos–
        y, por consiguiente, cuando Leibniz escribe ‘modos o cosas’ (<italic>modos […] seu
          Res</italic>), el conector ‘o’ [<italic>seu</italic>] no indica una alternativa, sino una
        especificación. Por lo tanto, ‘cosa’ sería equivalente a ‘modo’. Ahora bien, si tal fuese el
        caso, sería entonces posible tomar literalmente la proposición que Leibniz enuncia
        enseguida, a saber, que es “de la combinación de las formas con un sujeto –que dan lugar a
        la variedad– [que] resultan las cosas particulares”. Siguiendo esta hipótesis, serían las
        cosas en tanto que modos combinados las que producirían la variedad de individuos: éstos, en
        lugar de ser <italic>el sujeto</italic> de las formas, resultarían de éstas. Pero esta
        consecuencia parece contraintuitiva. Esta actitud ambivalente tiene su origen en una
        dicotomía que puede expresarse por medio del siguiente dilema: a) hacer de los sujetos un
          <italic>resultado</italic> de la combinación de las formas con Dios o bien b) hacer de los
        sujetos la hipóstasis de las formas. Si uno acepta a), entonces los modos-cosas son
        “primitivos”, y que es en combinación con un solo sujeto –y no con Dios <italic>y otros
          sujetos</italic>, como Leibniz, empero, afirma– que resultan los individuos. En cambio, si
        uno acepta b), entonces las cosas son producidas por la combinación de los individuos con
        Dios <italic>y con otros sujetos</italic>, pero, en tal caso, los individuos, en vez de
          <italic>resultar</italic> de las formas, deben suponerse de antemano en tanto que sujetos
          <italic>de</italic> las formas –contra la hipótesis de Leibniz. Sea como fuere, parece
        difícil negar que Leibniz haya sido consciente de esta dificultad: él parece estar inmerso
        en la tarea de la elaboración de un esquema conceptual que apunta a caracterizar, coherente
        y satisfactoriamente, la relación entre Dios y la realidad.</p>
  <p>En síntesis, es posible advertir la presencia de una notoria ambivalencia que atraviesa
          <italic>De Summa Rerum</italic> y de la cual el último texto que hemos citado y analizado
        da testimonio, al sugerir la coexistencia de dos concepciones ontológicas diferentes y que
        tienden a divergir. Siguiendo la exégesis de Mark Kulstad<xref ref-type="fn" rid="fn41"
          >41</xref>, parece razonable –o, al menos, posible– aventurar la presencia de dos teorías
        distintas –y, de hecho, incompatibles– a partir de las cuales Leibniz intenta caracterizar
        la relación entre Dios y las cosas: a) una teoría puramente relacional (<italic>pure
          relations theory</italic>) y b) una teoría de sujetos (<italic>subjects
          theory</italic>)<xref ref-type="fn" rid="fn42">42</xref>. Mark Kulstad asocia estas
        teorías a un enfoque monista y a un enfoque pluralista respectivamente:</p>
  <disp-quote>
    <p>[…] es posible que [en el período de <italic>De Summa Rerum</italic>] Leibniz, enfrentado a
          la opción de un monismo y a la de un pluralismo, haya desarrollado dos teorías separadas
          sobre el origen de la variedad de las cosas a partir de formas o atributos. Una de estas
          teorías, al exigir una multiplicidad de sujetos y la relación de estos sujetos a las
          formas o atributos, estaría naturalmente asociada a una opción pluralista. La otra teoría,
          al exigir nada más que atributos de Dios y sus relaciones, estaría asociada a una
          concepción monista.<xref ref-type="fn" rid="fn43">43</xref></p>
  </disp-quote>
  <p>Sobre el trasfondo de esta ambivalencia, Leibniz explora diferentes estrategias para dar cuenta
        de la relación entre Dios y las cosas, privilegiando, sin embargo, un enfoque
        teo-mereológico: “Dios es el sujeto de todas las formas simples absolutas: absolutas, es
        decir, afirmativas. Así, pues, en Dios hay dos cosas: el Uno, que está en todas las formas,
        y la Esencia o colección de las formas”<xref ref-type="fn" rid="fn44">44</xref>. Leibniz
        parece aquí querer distinguir entre una unidad que determina internamente la naturaleza de
        las formas y la colección o esencia de todas estas unidades de las formas. Sin embargo, ya
        que tanto la unidad de las formas como la colección o esencia de las formas están en Dios,
        la diferencia que él quiere destacar al apuntar la presencia de “dos cosas” valida un modelo
          teo-mereológico<xref ref-type="fn" rid="fn45">45</xref>. Es la conclusión que, al
        referirse a este enigmático pasaje, Mark Kulstad deduce:</p>
  <disp-quote>
    <p>La colección de las formas o atributos es precisamente el agregado de todos los requisitos
          contenidos en Dios, y que constituye [<italic>fait</italic>] la esencia de Éste. Pero es
          de este agregado de todos los requisitos que Leibniz dice que es “la esencia de todas las
          cosas”. Se trata no solamente de la esencia de Dios, sino también de la esencia de todas
          las cosas. La esencia de Dios es la esencia de todas las cosas.<xref ref-type="fn"
            rid="fn46">46</xref></p>
  </disp-quote>
  <p>En consecuencia, pese a la intención de Leibniz de clarificar la relación entre Dios y las
        esencias, su posición sigue siendo más bien obscura. En el fondo, Leibniz vacila entre dos
        hipótesis para explicar la relación entre Dios y las esencias, a saber, presuponer una
        distinción modal o bien una distinción real.</p>
  <p>En una carta que Spinoza envía a Henry Oldenburg –secretario de la
  <italic>Royal Society</italic>– y que Leibniz tuvo la oportunidad de
  leer y anotar, éste consigna:</p>
  <disp-quote>
    <p>Puede decirse que todas las cosas son una [es decir] que todas las cosas están en Dios, de la
          misma forma en que el efecto está contenido en su causa y que las propiedades de todo
          sujeto están en la esencia de éste. Es muy cierto que la existencia de las cosas es una
          consecuencia de la naturaleza de Dios, que no hace más que elegir lo más perfecto de/entre
          las cosas que pueden ser elegidas.<xref ref-type="fn" rid="fn47">47</xref></p>
  </disp-quote>
  <p>Leibniz compara el sentido en que es aceptable decir que todas las cosas son una –esto es, que
        todas las cosas están en Dios– con dos tipos de relación pertenecientes a dos géneros
        distintos: mientras que la relación de inherencia de las propiedades en la esencia de un
        sujeto da cuenta de una distinción modal, la distinción entre la causa y el efecto obedece a
        una distinción real. Con el fin de preservar la legitimidad de esta doble relación
        analógica, podríamos, no obstante, interpretar esta última relación según una distinción
        modal: puesto que el efecto está contenido en la causa, aquél no puede ser separado de ésta
        y, por consiguiente, si ambos se distinguen, es modalmente. Con ello, podríamos entonces
        concluir que en esta doble analogía es la connotación de una distinción modal la que
        prevalece por sobre la connotación de una distinción real. Sin embargo, el problema surge
        cuando esta interpretación entra en comparación con la manera en que Leibniz
          <italic>quiere</italic> (re)interpretar la relación entre Dios y las cosas: “es muy cierto
        que la existencia de las cosas es una consecuencia de la naturaleza de Dios, que no hace más
        que elegir lo más perfecto de/entre las cosas que pueden ser elegidas”. El sentido de la
        primera parte de este enunciado es coherente con una interpretación que supone una
        distinción modal entre Dios y las cosas: la existencia de las cosas es una
          <italic>consecuencia</italic> (o resultado) de la naturaleza de Dios, de la misma forma en
        que el efecto es una <italic>consecuencia</italic> (o resultado) de la causa y, de la misma
        manera en que, a su vez –podríamos decir– las propiedades son una
          <italic>consecuencia</italic> (o resultado) de la esencia de las cosas. La segunda parte
        del enunciado, empero, sugiere una dificultad: Dios elige lo más perfecto entre las cosas
        que <italic>pueden</italic> ser elegidas. Parece así emerger una tensión entre dos modelos
        difíciles de conciliar: i) un modelo teo-mereológico según el cual las cosas y las esencias
        están contenidas en la esencia de Dios, identificándose con ella/Él, y ii) un modelo que
        distingue entre las cosas existentes y las cosas que <italic>pueden</italic> existir, y en
        donde interviene la elección de Dios.</p>
  <p>Si bien la adhesión a un modelo teo-mereológico de la relación entre Dios y las esencias
        representa paradigmáticamente el desarrollo de la ontología de Leibniz durante el período de
          <italic>De Summa Rerum</italic>, las ambigüedades que este modelo encierra y que hemos
        discutido trascienden dicho período.</p>
  <p>En un breve extracto de un manuscrito que habría sido redactado alrededor de 1685, Leibniz
        consigna: “Dios conoce la posibilidad o esencia de las cosas cuando Él observa [<italic>ex
          consideratione</italic>] su propio entendimiento, que expresa [<italic>expressas</italic>]
        [y] contiene [<italic>continet</italic>] eminentemente todas las ideas o esencias de las
          cosas”<xref ref-type="fn" rid="fn48">48</xref>. Este fragmento pone en evidencia la
        ambigüedad con que Leibniz concibe la relación entre Dios y las esencias –o posibilidades:
        según él, Dios, a la vez, <italic>expresa</italic> y <italic>contiene</italic> las
        posibilidades o esencias de las cosas. La ambigüedad es manifiesta: las relaciones
        ‘expresar’ y ‘contener’ <italic>no son idénticas</italic>, y difícilmente podría reducirse
        una a la otra<xref ref-type="fn" rid="fn49">49</xref>.</p>
  <p>Como se desprende de nuestra exposición, uno de los conceptos a los cuales Leibniz alude en
          <italic>De Summa Rerum</italic> es el de requisito: al ser el Ser que encierra todos los
        requisitos de las cosas, Dios es la esencia de ellas. Ahora bien, el concepto de requisito
        encierra también una ambigüedad. Nuestra hipótesis es que, precisamente, la ambigüedad con
        que Leibniz concibe la relación entre Dios y las esencias –según una relación
        expresión-contención– es una <italic>proyección</italic> de la ambigüedad que encierra el
        concepto de requisito. En un magistral estudio consagrado al análisis de las nociones,
        Jean-Baptiste Rauzy apunta, precisamente, al carácter anfibológico del concepto de
        requisito:</p>
  <disp-quote>
    <p>[…] [hay una] anfibología subyacente en la noción de requisito. Los requisitos de una cosa
          son, al mismo tiempo, aquello en lo cual (la noción de) la cosa puede ser analizada, lo
          que determina su existencia […] y aquello en virtud de lo cual la cosa puede eventualmente
          agradar a un espíritu y, finalmente, ser elegida.<xref ref-type="fn" rid="fn50"
          >50</xref></p>
  </disp-quote>
  <p>Jean-Baptiste Rauzy acierta en el blanco: si en el período de <italic>De Summa Rerum</italic>,
        Leibniz entiende el concepto de razón como el agregado de los requisitos<xref ref-type="fn"
          rid="fn51">51</xref>, él va a reemplazar esta doctrina –equivalente al modelo
        teo-mereológico– por una concepción que destaca el papel que cumple Dios en la actualización
        o existentificación de las cosas<xref ref-type="fn" rid="fn52">52</xref>. El §73 de las
          <italic>Investigaciones generales sobre el análisis de las nociones y de las
          verdades</italic> (1686) ilustra esta concepción:</p>
  <disp-quote>
    <p>[…] lo existente es el ser compatible con el número mayor de seres, es decir, el ser posible
          en más alto grado. Por ello, todos los coexistentes son igualmente posibles o –lo que
          quiere decir lo mismo– lo que existe es aquello que agrada a un ser inteligente y
          poderoso: pero entonces presuponemos el [hecho] mismo [de] existir. Podremos, sin embargo,
          dar al menos la siguiente definición: es existente aquello que agradará a un espíritu y no
          desagradará a otro espíritu más poderoso, si uno supone que ciertos espíritus existen. Nos
          vemos así conducidos a decir que existe aquello que no desagradará al espíritu más
          poderoso, si uno supone que el espíritu más poderoso existe […] <italic>Existe</italic> lo
          que agrada a un espíritu […] y que no desagradará (absolutamente) al espíritu más
            poderoso.<xref ref-type="fn" rid="fn53">53</xref></p>
  </disp-quote>
  <p>Es a Dios al que place un conjunto de cosas en detrimento de las otras: Él las elige y las hace
        existentes. Es por ello necesario distinguir entre un análisis de requisitos –que
        corresponde a una/la razón– y un análisis de nociones –en el cual es la razón divina la que
        interviene para hacer existentes ciertas cosas en detrimento de otras. Así, pues, como
        explica Jean-Baptiste Rauzy,</p>
  <disp-quote>
    <p>[…] las <italic>notiones</italic> representan un progreso considerable. Las nociones son, en
          Dios, aquello en lo que consiste el entendimiento de Dios […] Pero la relación de las
          nociones con respecto a la existencia exige un análisis especial del cual Leibniz tuvo un
          conjunto de consideraciones cuando él formuló, en las <italic>Investigaciones
            generales</italic> [la expresión], “lo que place a un espíritu” […] [L]a ontología de
          las <italic>notiones</italic> […] hace […] posible distinguir más claramente un orden de
          razones y un orden de cosas.<xref ref-type="fn" rid="fn54">54</xref></p>
  </disp-quote>
  <p>Siguiendo esta interpretación, parece plausible presuponer que Leibniz operó una transición
        decisiva entre una ontología de requisitos hacia una ontología de nociones: mientras que la
        primera ontología es congruente o, más aún, constituye el fundamento del modelo
        teo-mereológico de la relación entre Dios y las esencias, la segunda ontología apunta, en
        cambio, a hacer de las esencias objetos a disposición del entendimiento de Dios para que
        Éste pueda elegir el conjunto de cosas que más le agrada. La ineluctable consecuencia es
        enunciada por el mismo Leibniz: “Dios no forma parte de las cosas, sino, más bien, Él es el
        principio de ellas”<xref ref-type="fn" rid="fn55">55</xref>.</p>
  <p>En esta evolución es posible entonces advertir la marcha de una sola transición, pero que se
        expresa en dos dimensiones distintas: al abandonar el modelo teo-mereológico –según el cual
        las esencias están <italic>contenidas</italic> en Dios, constituyéndolo e identificándose
        con Él– y reemplazarlo por un modelo representacionalista –según el cual las esencias
          <italic>expresan</italic> a Dios, sin constituirlo ni identificarse con Él–, las esencias
        dejan de ser todas actuales como Dios mismo –lo que constituye una exigencia del modelo
        teo-mereológico–, y pasan a estar a <italic>disposición de Él</italic>, quien elige unas en
        detrimento de otras<xref ref-type="fn" rid="fn56">56</xref>.</p>
  <p>Sin embargo, la llave maestra con que Leibniz logra hacer evolucionar su ontología está dada
        por un descubrimiento que él comienza sistemáticamente a destacar a partir de 1676:
          <italic>Dios no es el alma del mundo</italic>. La contraposición de ideas que figura en
        dos opúsculos que forman parte de <italic>De Summa Rerum</italic> ilustra de manera
        categórica la transición que, en aquel período, sufre la ontología leibniziana. En el
        primero de tales escritos –redactado presuntamente el 11 de febrero de 1676–, Leibniz
        declara:</p>
  <disp-quote>
    <p>Éste [i.e. el espíritu más perfecto, es decir, Dios] existe como un alma, como un todo en
          todo cuerpo del Universo [<italic>corpori Mundi</italic>]: la existencia de las cosas nace
          de este espíritu. Este espíritu es causa de sí mismo […] La razón de las cosas es el
          agregado de todos sus requisitos. Dios fluye de Dios. El todo infinito es uno. Todos los
          espíritus singulares existen porque el Ser supremo juzga que es armónico que haya seres
          que comprendan, o que haya una especie de espejo intelectual o una réplica del Mundo.
          Existir no es más que ser armónico.<xref ref-type="fn" rid="fn57">57</xref></p>
  </disp-quote>
  <p>Pero sólo dos meses después, Leibniz escribe:</p>
  <disp-quote>
    <p>No hay un alma del mundo, porque un continuo no puede estar compuesto por espíritus, como el
          espacio puede, sin embargo, estarlo. Ud. puede decir que esta alma existe de una cierta
          manera, en la medida en que los espíritus se perciben a sí mismos. Yo digo, en cambio, que
          un alma no puede ser un Ser por agregación […] Así pues no es sorprendente que no haya un
          alma del mundo.<xref ref-type="fn" rid="fn58">58</xref></p>
  </disp-quote>
  <p>Para Leibniz, Dios no es ni puede ser el alma del mundo<xref ref-type="fn" rid="fn59"
        >59</xref>. En este contexto, él pone en obra una progresiva “desmereologización” de Dios.
        El argumento de Leibniz que subyace a la tesis de la imposibilidad de concebir a Dios como
        alma del mundo puede formularse de la siguiente manera<xref ref-type="fn" rid="fn60"
          >60</xref>:</p>
  <list list-type="roman-lower">
    <list-item>
      <p>El alma no es un ser por agregación porque es indivisible;</p>
    </list-item>
    <list-item>
      <p>Ahora bien, si el mundo fuese un alma, entonces, puesto que el alma es indivisible, ella
            debería ser continua, toda vez que el mundo es uno;</p>
    </list-item>
    <list-item>
      <p>Pero un continuo no puede estar compuesto por espíritus, porque los espíritus son entidades
            discretas;</p>
    </list-item>
    <list-item>
      <p>Por lo tanto, si el mundo fuese un alma, o bien el mundo resultaría discreto –en lugar de
            ser continuo–, o bien los espíritus resultarían continuos –en lugar de ser discretos.
            Sin embargo, ambas consecuencias contradicen las hipótesis<xref ref-type="fn" rid="fn61"
              >61</xref>.</p>
    </list-item>
  </list>
  <p>mundo: “Él [i.e. Dios] no es el alma del mundo, sino su autor” (Leibniz a Des Bosses, 16 de
        octubre de 1706, GP II, 324). Para otras formulaciones contra la tesis de Dios como alma del
        mundo, cf. <italic>Dialogue entre Théophile et Polidore</italic> (1679 (?)), A VI, 4-C,
        2236; <italic>Deum non esse mundi animam</italic> (1683-1685/6 (?)), A VI, 4-B, 1492;
          <italic>De mun do praesenti</italic> (1684-1685/6 (?)), A VI, 4-B, 1509; <italic>Rationale
          fidei catholicae contra omnis generis sectas</italic>, A VI, 4-C, 2316-2317, §6; Leibniz a
        Morell, 29 de septiembre de 1698, G (I), 139-140; <italic>Considérations sur la doctrine
          d’un Esprit Universel Unique</italic> (1702), GP VI, 535-536; <italic>Nos esse
          substantias</italic> (1704), G (II), 558; “Discours préliminaire” de la
          <italic>Théodicée</italic>, §8, GP VI, 54; <italic>Théodicée</italic>, §195, GP VI, 232;
          <italic>Discours sur la Théologie naturelle des Chinois</italic>, LP, 35, y; Leibniz à
        Clarke, quinto escrito, agosto de 1716, §86, GP VII, 410-411. En un estudio en preparación,
        analizo gran parte de estos pasajes en el contexto de una reinterpretación de la teoría
        leibniziana de la creación como emanación.</p>
  <p>He aquí el punto de inflexión en que la ontología leibniziana de la relación entre Dios y las
        esencias encuentra el inicio de su evolución. De ahí en más, Leibniz privilegia un modelo
        objetivista según el cual las esencias constituyen un objeto de representación que
        trasciende el entendimiento de Dios, y que se enmarca en –lo que hemos designado– un modelo
        representacional.</p>
</sec>
<sec id="el-modelo-representacional-de-la-relación-entre-dios-y-las-esencias-la-concepción-madura-de-leibniz-1680-en-adelante">
  <title>3. El modelo representacional de la relación entre Dios y las esencias: la concepción
        madura de Leibniz (1680 en adelante)<xref ref-type="fn" rid="fn62">62</xref></title>
  <p>A partir de la década de 1680 –especialmente, en la segunda mitad de ésta–, Leibniz comienza a
        forjar y pulir una nueva concepción de la relación entre Dios y las esencias: éstas ya no
        representan un elemento constitutivo de la naturaleza de Dios, sino, más bien, un objeto del
        entendimiento divino. Supuesta la imposibilidad de concebir a Dios como un ser que contiene
        todas –i.e. infinitamente– las esencias, éstas se constituyen en un objeto representacional
        o intencional del entendimiento divino: las esencias y el mundo ya no constituyen ni
        componen, ni, menos aún, se identifican a Dios, sino, más bien, lo
        <italic>expresan</italic>.</p>
  <p>No obstante, este cuadro evolutivo no se da con total coherencia, pues, en su época de madurez,
        existen vestigios que podrían indicar que Leibniz retiene todavía elementos parciales del
        modelo teomereológico de la relación entre Dios y las esencias. Muestra de ello es un pasaje
        que figura en <italic>Sobre el origen radical de las cosas</italic> (1697). En esta pieza
        capital de metafísica, Leibniz apunta:</p>
  <disp-quote>
    <p>Las esencias [y] lo que llamamos ‘verdades eternas’ que están en relación con aquéllas […]
          existen, por decirlo así, en una región de las ideas [<italic>regione idearum</italic>], a
          saber, en Dios mismo [<italic>in ipso Deo</italic>], que es la fuente de toda esencia y de
          la existencia de todos los otros seres.<xref ref-type="fn" rid="fn63">63</xref></p>
  </disp-quote>
  <p>A partir de este período, al referirse a la ‘región de las ideas’, Leibniz suele entender el
        “lugar” en que subsisten las esencias y las verdades eternas. Al recurrir a este término,
        Leibniz destaca la relación de dependencia ontológica de las esencias con respecto a Dios.
        Da cuenta de ello el §184 de la <italic>Teodicea</italic>:</p>
  <disp-quote>
    <p>No es necesario decir con algunos escotistas que las verdades eternas subsistirían si no
          hubiese entendimiento alguno, ni siquiera el de Dios. En efecto, a mi juicio, es el
          entendimiento divino que confiere realidad [<italic>qui fait la réalité</italic>] de las
          Verdades eternas, pese a que su voluntad no juegue en ello papel alguno. Toda realidad
          debe estar fundada en alguna cosa existente […] Sin Dios, no sólo no habría nada
          existente, sino que [incluso] no habría nada posible.<xref ref-type="fn" rid="fn64"
            >64</xref></p>
  </disp-quote>
  <p>Adoptando una posición equidistante entre el realismo de Scoto y el
  voluntarismo de Descartes<xref ref-type="fn" rid="fn65">65</xref>,
  Leibniz sostiene que, sin depender de la voluntad divina, las verdades
  eternas sí dependen, empero, del entendimiento de Dios: “[…] esta
  consideración o relación de una substancia existente [i.e. Dios] con
  respecto a las simples posibilidades, no puede ser sino el
  entendimiento que tiene las ideas de tales
  posibilidades”<xref ref-type="fn" rid="fn66">66</xref>. De esta
  manera, uno debe tener</p>
  <disp-quote>
    <p>[…] todas las esencias posibles […] por eternas y necesarias, ya que ellas se encuentran en
          la región ideal de los posibles, es decir, en el entendimiento divino. Dios no es, por lo
          tanto, autor de las esencias, en tanto que ellas no son sino posibilidades.<xref
            ref-type="fn" rid="fn67">67</xref></p>
  </disp-quote>
  <p>Por medio de esta tesis de dependencia ontológica de las esencias con respecto a Dios, Leibniz
        asegura el principio nuclear de su metafísica: “sin Dios, no sólo no habría nada existente,
        sino que [incluso] no habría nada posible”. Para él, esta relación de dependencia ontológica
        parece consistir en la realidad que Dios, por el hecho de “contener” en su entendimiento
        todas las esencias, confiere a los posibles. Leibniz enuncia esta tesis insistentemente. Por
        ejemplo, en el §8 de <italic>La Causa de Dios</italic>:</p>
  <disp-quote>
    <p>la posibilidad misma de las cosas, incluso si éstas no existen en acto, tiene una realidad
          fundada en la existencia divina: así pues, si Dios no existiese, nada sería posible, y los
          posibles están, desde toda la eternidad, en las ideas del entendimiento divino.<xref
            ref-type="fn" rid="fn68">68</xref></p>
  </disp-quote>
  <p>También en el §43 de la <italic>Monadología</italic>:</p>
  <disp-quote>
    <p>en Dios está no solamente la fuente de las existencias, sino también de las esencias, en
          tanto que reales, o de lo que hay de real en la posibilidad. Ello es así porque el
          entendimiento de Dios es la región de las verdades eternas, o de las ideas del cual ellas
          dependen, y sin Él no habría nada real en las posibilidades, y no sólo nada existente,
          sino que, incluso, nada posible.<xref ref-type="fn" rid="fn69">69</xref></p>
  </disp-quote>
  <p>Y, finalmente, en el §189 de la <italic>Teodicea</italic>:</p>
  <disp-quote>
    <p>estas verdades [eternas] no existen sin que haya un entendimiento que las conozca
            [<italic>qui en prenne connaissance</italic>] […] ellas no subsistirían, si no hubiese
          un entendimiento divino en el cual se realicen, por decirlo así.<xref ref-type="fn"
            rid="fn70">70</xref></p>
  </disp-quote>
  <p>Más aún, podría no existir nada actualmente –excepto Dios– y, sin embargo, habría, de todos
        modos, verdades eternas: la realidad de éstas, no dependiendo de la existencia de entidades
        contingentes, está fundada enteramente en la existencia de Dios. En otros términos, “[…] las
        verdades eternas, incluso cuando su sujeto no exista, no dejan de tener realidad en el
        entendimiento divino o en los conocimientos de Dios”<xref ref-type="fn" rid="fn71"
        >71</xref>.</p>
  <p>En definitiva, para Leibniz, las verdades eternas fundadas en las esencias, i) sin exigir
        sujetos existentes, ii) dependen sólo de Dios. Leibniz apela frecuentemente a este
        razonamiento para bosquejar la prueba de la existencia de Dios a partir de las verdades
        eternas, y que él enuncia, por ejemplo, en el siguiente extracto de los <italic>Nuevos
          Ensayos</italic>. Refiriéndose al problema de la <italic>constantia subjecti</italic>, él
        explica:</p>
  <disp-quote>
    <p>Los escolásticos han disputado mucho acerca de la <italic>constantia subjecti</italic> […] es
          decir, cómo la proposición que versa sobre un sujeto puede tener una verdad real si este
          sujeto no existe. La razón es que la verdad no es más que condicional, e indica que, si
          acaso el sujeto existe, él será tal como lo que se predica de él. Pero puede aún
          preguntarse en qué se funda esta conexión […] La respuesta será que ella se encuentra en
          la relación de las ideas. Sin embargo, se preguntará, nuevamente, dónde estarían estas
          ideas si ningún espíritu existiera, y en qué consiste entonces el fundamento real de esta
          certeza de las verdades eternas. Ello nos conduce, finalmente, al último fundamento de las
          verdades, a saber, a este espíritu Supremo y Universal que no puede dejar de existir, cuyo
          entendimiento, a decir verdad, es la Región de las verdades eternas […] De esta manera,
          estas verdades necesarias, siendo anteriores a la existencia de los Seres contingentes,
          deben estar fundadas en la existencia de una substancia necesaria.<xref ref-type="fn"
            rid="fn72">72</xref></p>
  </disp-quote>
  <p>Ahora bien, pese a que es claro que, al situarse en la región de las verdades eternas, las
        esencias o posibilidades dependen de Dios, no resulta evidente qué hay que entender por
        ‘región de las verdades eternas’. ¿Leibniz suscribe aún un modelo teo-mereológico en virtud
        del cual las esencias constituyen la naturaleza de Dios, identificándose con Él? Algunos
        autores consideran que, en su madurez, Leibniz concibe efectivamente en tales términos la
        relación entre Dios y las esencias.</p>
  <p>En su iluminadora monografía, <italic>El Dios de Leibniz</italic>, refiriéndose a este
        problema, Jacques Jalabert comenta: “si las verdades son coeternas a Dios, es porque ellas
        están envueltas [<italic>enveloppées</italic>] en la esencia misma de Dios, tanto en su
        posibilidad como en su actualidad”<xref ref-type="fn" rid="fn73">73</xref>, es decir, “las
        verdades necesarias [y] <italic>coeternas</italic> [que] están envueltas en su entendimiento
        […] <italic>son Dios mismo</italic>”<xref ref-type="fn" rid="fn74">74</xref>.</p>
  <p>Al igual que Jacques Jalabert, otros autores parecen tomar al pie de la letra esta
        caracterización de la relación entre Dios y las esencias. Por ejemplo, según Paul Rateau,
        para Leibniz</p>
  <disp-quote>
    <p>el entendimiento no es […] una potencia pura o una capacidad de conocer […] Ya sea divino o
          creado, él no es una simple receptividad, un receptáculo vacío o una tableta virgen a la
          espera de ser informada por objetos. Él es un orden y una conexión de ideas en número
          infinito […] El entendimiento en sí mismo no es más que sus ideas. No hay pensamiento puro
          [o] <italic>cogito</italic> sin <italic>cogitata</italic> […] Su entendimiento [i.e. el
          entendimiento de Dios] es sus verdades mismas […] La relación de tales verdades con su
          entendimiento no es, en rigor, una relación (de sujeto a objeto). Esto excluye toda
          distancia y precedencia en beneficio de una dependencia recíproca: las esencias no pueden
          darse sin Dios, ni Dios sin las esencias.<xref ref-type="fn" rid="fn75">75</xref></p>
  </disp-quote>
  <p>María Griselda Gaiada sugiere, finalmente, una interpretación
  semejante a la de Paul Rateau. Según ella,</p>
  <disp-quote>
    <p>[en Dios] los posibles son idénticos a su entendimiento […] los posibles no “están ahí” para
          que Dios los piense, esto es, para que “actualice” mediante su pensamiento una potencia
          metafísica hasta entonces, por decirlo así, pasiva. Por el contrario, su pensamiento
          implica que “sean”, y decir que Dios los piensa no es otra cosa que decir que <italic>Dios
            es pensándose a sí mismo en todas sus manifestaciones posibles</italic>, siempre como
          facultad activa. Por consiguiente, la totalidad del ser, es decir, los posibles mismos son
          una manifestación de la potencia metafísica de Dios y esta potencia no sabría ser
          meramente la facultad actualizable de pensarlos, esto es, de tomarlos por “objeto” para
          que tenga lugar una elección.<xref ref-type="fn" rid="fn76">76</xref></p>
  </disp-quote>
  <p>Jacques Jalabert, Paul Rateau y María Griselda Gaiada coinciden en entender la “relación” entre
        Dios o, más precisamente, el entendimiento divino y las esencias a la luz de un modelo según
        el cual existe una identificación entre él y éstas. Sin embargo, esta interpretación
        encierra un problema ineludible que, de hecho, implica una contradicción. El argumento que
        devela esta contradicción, en su formulación más simple y que procede por medio de una
        reducción al absurdo, puede enunciarse del siguiente modo:</p>
  <list list-type="bullet">
    <list-item>
      <p>P1: El entendimiento divino es idéntico a las esencias (versión del modelo
            teo-meréologico);</p>
    </list-item>
    <list-item>
      <p>P2: Dios encierra todas las perfecciones y es, por ello, un ser
      perfecto;</p>
    </list-item>
    <list-item>
      <p>P3: Hay esencias que son limitadas;</p>
    </list-item>
    <list-item>
      <p>P4: Todo aquello que es limitado es imperfecto;</p>
    </list-item>
    <list-item>
      <p>P5: Hay esencias imperfectas (por <italic>modus ponens</italic>
      entre P4 y P3);</p>
    </list-item>
    <list-item>
      <p>P6: Dios es un ser perfecto y encierra las esencias imperfectas
      (por conjunción entre P2 y P5);</p>
    </list-item>
    <list-item>
      <p>P7: Aquello que encierra imperfecciones no puede ser un ser
      perfecto (principio de la composición);</p>
    </list-item>
    <list-item>
      <p>P8: Al encerrar imperfecciones, Dios es un ser imperfecto
      (<italic>por modus ponens</italic> entre P6 y P7);</p>
    </list-item>
    <list-item>
      <p>C: Dios es un ser perfecto e imperfecto (por conjunción entre P2 y P8).</p>
    </list-item>
  </list>
  <p>La suposición de la identificación del entendimiento de Dios y las esencias (P1) conduce
        –aceptando las premisas del argumento– a una contradicción: si Dios es un ser perfecto
          <italic>porque</italic> encierra todas las perfecciones –versión del argumento
        ontológico–, entonces es un ser también imperfecto, dado que, al encerrar todas las
        esencias, encierra también todas aquellas que son limitadas, esto es, imperfectas<xref
          ref-type="fn" rid="fn77">77</xref>.</p>
  <p>En sus escritos tardíos, Leibniz caracteriza de otro modo la relación entre el entendimiento
        divino y las esencias: para él, las esencias <italic>expresan</italic> o
          <italic>representan</italic> la naturaleza de las cosas, esto es, constituyen el objeto
        intencional del entendimiento de Dios. En diversos pasajes de la <italic>Teodicea</italic>,
        Leibniz sugiere este modelo representacional o intencional: “[…] su entendimiento [i.e. el
        entendimiento de Dios] […] <italic>representa</italic> las naturalezas, tal como ellas son
        en las verdades eternas”<xref ref-type="fn" rid="fn78">78</xref>. En otros términos,</p>
  <disp-quote>
    <p>[…] [la] infinidad de los mundos posibles [está]
            <italic>representad</italic>[<italic>a</italic>] en la región de las verdades eternas,
          es decir, en el objeto de la inteligencia divina […] Así pues, en la región de los
          posibles, ellos están <italic>representados</italic> tal como son […] Dios los vería tal
          como son en la región de los posibles antes que Él determine [<italic>discernait</italic>]
          admitirlos en la existencia.<xref ref-type="fn" rid="fn79">79</xref></p>
  </disp-quote>
  <p>Este modelo representacional supone, además, una asimetría según la cual “[…] el entendimiento
        divino […] confiere realidad a las verdades eternas”<xref ref-type="fn" rid="fn80"
        >80</xref>. Las esencias corresponden a la realidad objetiva de las cosas, cuya
          <italic>representación</italic> –pero <italic>no</italic> la esencia misma– está en el
        entendimiento. Como explica Leibniz:</p>
  <disp-quote>
    <p>Platón ha dicho en el <italic>Timeo</italic> que el mundo tenía su origen en el entendimiento
          junto con la necesidad. Otros han unido Dios y la naturaleza. Es posible dar a ello un
          buen sentido: Dios será el entendimiento, y la necesidad, es decir, la naturaleza esencial
          de las cosas, será el objeto del entendimiento en tanto que él consiste en las ideas
          eternas. Pero este objeto es interno y se encuentra en el entendimiento divino.<xref
            ref-type="fn" rid="fn81">81</xref></p>
  </disp-quote>
  <p>No es el caso que las esencias constituyan o se identifican con el entendimiento divino: son,
        más bien, las verdades eternas del entendimiento las que <italic>representan</italic> la
        naturaleza esencial de las cosas. Sin embargo, es posible encontrar en la
          <italic>Teodicea</italic> pasajes que dificultan esta interpretación y que rememoran el
        modelo teo-mereológico: “[…] todas las esencias posibles, que debemos tener por necesarias y
        eternas […] están en la región ideal de los posibles, es decir, en el entendimiento
          divino”<xref ref-type="fn" rid="fn82">82</xref>.</p>
  <p>La conjunción de dos pasajes de la <italic>Monadología</italic>
  revela la misma dificultad. En el §46 de este texto, Leibniz parece
  suscribir un modelo representacional:</p>
  <disp-quote>
    <p>No es necesario imaginarse como algunos que las verdades eternas, al ser dependientes de
          Dios, son arbitrarias y dependen de su voluntad […] Ello no es cierto sino de las verdades
          contingentes […] Las verdades necesarias dependen únicamente de su entendimiento, y son el
          objeto interno de éste.<xref ref-type="fn" rid="fn83">83</xref></p>
  </disp-quote>
  <p>Sin embargo, un poco antes, Leibniz parece sugerir un modelo teo-mereológico: “en Dios está no
        solamente la fuente de las existencias, sino también la de las esencias”<xref ref-type="fn"
          rid="fn84">84</xref>. ¿Cómo hacer coherentes estos pasajes? ¿Las esencias son objetos de
          <italic>representación objetiva</italic> del entendimiento divino o bien ellas están
        contenidas <italic>realmente</italic> en el entendimiento de Dios?<xref ref-type="fn"
          rid="fn85">85</xref></p>
  <p>En un estudio consagrado a la metafísica de la posibilidad de
  Leibniz, y advirtiendo las dificultades que ella envuelve, Fabrizio
  Mondadori observa:</p>
  <disp-quote>
    <p>Leibniz tiene una tendencia a identificar el “país de los posibles” –la “<italic>regio
            idearum</italic>”– con el entendimiento divino […] No debemos tomar al pie de la letra
          esta identificación: debemos, más bien, considerarla como una forma (equívoca) de decir
          que la colección de los <italic>possibilia</italic> no es una colección de entidades
          auto-subsistentes. Los <italic>possibilia</italic> tienen realidad sólo “en” Dios.<xref
            ref-type="fn" rid="fn86">86</xref></p>
  </disp-quote>
  <p>Fabrizio Mondadori está en lo correcto: no debemos tomar al pie de la letra la identificación
        que Leibniz parece pretender establecer entre la región de los posibles –o de las verdades
        eternas– y el entendimiento divino, pues, si Leibniz se expresa de este modo, no es sino
        para subrayar la dependencia que las esencias tienen con respecto al entendimiento divino en
        cuanto a su realidad.</p>
  <p>Pero el autor que ha ido más lejos en esta interpretación es Jean-Luc Marion. Desde su enfoque
        fenomenológico, él insiste en la necesidad de distinguir, en la metafísica de Leibniz, entre
        el entendimiento y las esencias, cuya relación estaría dada, precisamente, por el modo de la
        representación:</p>
  <disp-quote>
    <p>Las verdades eternas dependen, ciertamente, del entendimiento divino, pero sobre el modo del
          objeto, lo que significa no solamente que las verdades eternas no coinciden con el
          entendimiento hasta la identificación […], sino sobre todo que la separación
            [<italic>écart</italic>] representativa las distingue, de entrada, del entendimiento. La
          relación de objetividad […] impone una separación del objeto con respecto a aquello de
          donde procede: ¿no implica ya esta separación una cierta independencia de las verdades con
          respecto a Dios […]? […] esta independencia increada da a las verdades un estatus
          comparable al entendimiento que, a manera de objetos, los piensa: las verdades parecen, en
          el límite, tan divinas como Dios mismo.<xref ref-type="fn" rid="fn87">87</xref></p>
  </disp-quote>
  <p>Como sugiere el autor, la relación entendimiento divino – esencias no corresponde a una
        relación de constitución y, menos aún, de identidad –modelo teo-mereológico–: se trata, más
        bien, de un modelo representacional o intencional que concibe las esencias como entidades
        distintas del entendimiento.</p>
  <p>En definitiva, por medio de la adopción de un modelo
  representacional o intencional entre Dios –o el entendimiento divino–
  y las esencias, Leibniz, en su madurez, intenta superar su antiguo
  modelo teo-mereológico, so pretexto, fundamentalmente, de no caer en
  una especie de monismo panteísta o ‘esencialismo spinozista’ en que
  toda esencia esté encerrada o incluida en la naturaleza de Dios.</p>
</sec>
<sec id="conclusión">
  <title>4. Conclusión</title>
  <p>A partir de un análisis de diversos manuscritos de Leibniz pertenecientes, respectivamente, a
        su juventud (1668 – 1676) y a su madurez (1680 en adelante), parece plausible sostener que,
        con el objeto de superar su modelo teo-mereológico de la relación entre entre Dios y las
        esencias –y que evocaba, en cierto sentido, el monismo panteísta de Spinoza–, Leibniz
        desarrolló y adhirió a un modelo representacional: mientras que los
          <italic>juvenilia</italic> de Leibniz y, en particular, los opúsculos que componen
          <italic>De Summa Rerum</italic> dan cuenta de la adopción de un modelo teomereológico –en
        que las esencias son concebidas como partes constitutivas de (la esencia de) Dios, con
        quien, en su conjunto, ellas se identifican–, hacia su madurez intelectual (1680 en
        adelante), y, fundamentalmente, en sus últimos escritos como la <italic>Teodicea</italic> y
        la <italic>Monadología</italic>, el modelo teo-mereológico es reemplazado por un modelo
        representacional o intencional en que las esencias son concebidas como objetos (internos)
        del entendimiento de Dios.</p>
  <p>Desde una perspectiva conjetural, no parece imprudente aventurar, por otra parte, que la
        elaboración de este modelo haya tal vez logrado, si no servir de antesala, cuando menos
        allanar el camino para la aparición de la fenomenología. En otros términos, supuestas las
        dificultades a que da lugar un modelo teo-mereológico de la relación entre Dios y las
        esencias, y viéndose forzado, por ello, a sustituir ese modelo por un modelo
        representacional o intencional, tal vez Leibniz haya concebido su teología metafísica a
        manera de una <italic>onto-teología proto-fenomenológica</italic>. Esta hipótesis merece ser
        examinada en detalle en una investigación en que los resultados de la presente puedan
        prolongarse más ampliamente, profundizando en los programas filosóficos de Leibniz y
        Husserl, y en las eventuales relaciones genealógicas de las que son susceptibles<xref
          ref-type="fn" rid="fn88">88</xref>.</p>
</sec>
</body>
<back>
<fn-group>
  <fn id="fn1">
    <label>1</label><p>Empleamos las siguientes abreviaciones para las ediciones de las obras de Descartes y Leibniz: AT
          (= <italic>Œuvres complètes</italic> de René Descartes, ADAM, C. y TANNERY, P. (eds.), 12
          volúmenes, Vrin, Paris, 1996), seguido del número de volumen y página; A (=
            <italic>Sämtliche Schriften und Briefe</italic>, editado por Preussischen Akademie des
          Wissenschaften [herausgegeben von der Berlin Branderburgischen Akademie der Wissenschaften
          und der Akademie der Wissenschaften in Göttingen], Darmstadt – Berlin, 1923-…), seguido
          del número de serie, volumen y página; C (= <italic>Opuscules et fragments
            inédits</italic>, extraits des manuscrits de la bibliothèque royale de Hanovre,
          COUTURAT, L. (ed.), Alcan, Paris, 1903 [reimpresión, Hildesheim: G. Olms, 1961]), seguido
          del número de página; G (= <italic>Textes inédits</italic>, d’après les manuscrits de la
          Bibliothèque provinciale de Hanovre, GRUA, G. (ed.), (2 tomos), PUF, París, 1948
          [reimpresión París: PUF, «Épiméthée», 1998]), seguido del número de tomo y página; GP (=
            <italic>Die Philosophischen Schriften</italic> von Gottfried Wilhelm Leibniz, GERHARDT,
          C. I. (ed.) (7 volúmenes), Berlín, 1875-1890 [reimpresión, Hildesheim: G. Olms,
          1960-1961]), seguido del número de volumen y página; LP (= <italic>Discours sur la
            théologie naturelle des Chinois</italic>, LI, W. y POSER, H. (eds.), Vittorio
          Klossterman, Frankfurt am Main, 2002), seguido del número de página, y; M (=
            <italic>Leibnizens ungedruckten Schriften</italic>, MOLLAT, G. (ed.), Verlag von H.
          Haessel, Leipzig, 1893), seguido del número de página. Todas las traducciones que figuran
          en este estudio son de nuestra autoría, a menos que se indique expresamente lo
          contrario.</p>
  </fn>
  <fn id="fn2">
    <label>2</label><p>Una parte de la presente investigación fue
    desarrollada en mi tesis doctoral defendida en la Escuela Normal
    Superior de París (diciembre de 2021), y que fue supervisada por
    Jean-Pascal Anfray. Agradezco a este último, así como a Sophie Roux,
    quienes, en una ponencia relacionada con este problema y que
    presenté en las segundas <italic>Doctoriales</italic> de la Escuela
    Normal Superior de París (junio de 2017), realizaron agudos
    comentarios críticos de los que mi investigación, tanto en el
    estudio que aquí expongo como en mi tesis doctoral, felizmente se
    benefició.</p>
  </fn>
  <fn id="fn3">
    <label>3</label><p>Cf. RILEY, P., “Leibniz and modernity: Against the “voluntarism” of Calvin, Descartes, Hobbes and
          Spinoza”, <italic>Studia Leibnitiana</italic>, Sonderhefte 37, 2010, pp. 41-48.</p>
  </fn>
  <fn id="fn4">
    <label>4</label><p>Cf. <italic>Principia philosophiae</italic>
    (1644), Pars tertia, prop. xlvii, AT, VIII A, 101-103.</p>
  </fn>
  <fn id="fn5">
    <label>5</label><p>Leibniz a Philipp, enero de 1680, A II, 1,
    787.</p>
  </fn>
  <fn id="fn6">
    <label>6</label><p>“Si quisiéramos rechazar absolutamente los posibles, destruiríamos la contingencia, pues, si lo
          que Dios ha creado efectivamente fuese lo único posible, lo que Dios haya creado sería
          necesario […]” (Observaciones a la carta de Arnauld, junio de 1686, A II, 2, 51). Cf.
          también <italic>Théodicée</italic> (1710), §§170174, GP VI, 212-217.</p>
  </fn>
  <fn id="fn7">
    <label>7</label><p>Cf. e.g. <italic>De la philosophie cartésienne</italic> (1683-1684/5 (?)), A VI, 4-B, 1479-1488 y
            <italic>Animadversiones</italic> (1692), GP IV, 350-392. Sobre la oposición de Leibniz a
          Descartes, además de BELA<sc>val, Y</sc>., <italic>Leibniz critique de Descartes</italic>,
          Gallimard, Paris, 1960, cf. PHEMISTER, P., “Descartes and Leibniz”. En Look, B. (ed.),
            <italic>The Bloomsbury companion to Leibniz</italic>, Bloomsbury, London – New Delhi –
          New York – Sidney, 2011, pp. 16-31 y ANFRAY, J.-P., “Leibniz and Descartes”. En Nadler,
          S., Schmaltz, T. y Antoine-Mahut, D. (eds.), <italic>The Oxford Handbook of Descartes and
            Cartesianism</italic>, Oxford university press, Oxford – New York, 2019, pp. 721-737.
          Cf. también BELAVAL, Y., “Leibniz face à Descartes”. En <italic>Leibniz
          1646-1716</italic>: <italic>Aspects de l’homme et de l’œuvre</italic> (= Journées Leibniz
          organisées au Centre International de Synthèse), Éditions Aubier-Montaigne, Paris, 1968,
          pp. 189-200.</p>
  </fn>
  <fn id="fn8">
    <label>8</label><p>Esta doctrina figura en la carta del 15 de abril
    de 1630 que Descartes envía a Mersenne: “las verdades matemáticas
    que ud. llama ‘eternas’ han sido establecidas por Dios, de quien
    dependen enteramente, tanto como el resto de las criaturas […] Es
    Dios quien ha establecido estas leyes en la naturaleza, tal como un
    rey establece las leyes en su reino” (AT I, 145). Cf. también ibid.,
    27 de mayo de 1630, AT I, 152.</p>
  </fn>
  <fn id="fn9">
    <label>9</label><p>A II, 1, 787-789.</p>
  </fn>
  <fn id="fn10">
    <label>10</label><p><sup>0</sup> Ya el joven Leibniz critica el voluntarismo: “[…] una voluntad absoluta
          independiente de la bondad de las cosas es monstruosa” (Leibniz a Wedderkopf, mayo de
          1671, A II, 1, 187): “Nada es más extraño que pretender convertir la noción del libre
          arbitrio en un poder inaudito y absurdo de actuar o de no actuar sin [que haya] una razón
          […] Habría que estar loco para desear un poder así” (<italic>Confessio Philosophi</italic>
          (1672-1673 (?)), A VI, 3, 133). Una voluntad así concebida equivaldría a un “[…]
          monstruoso poder de una irracionalidad racional” (ibid.). Para una evaluación de la
          relación entre racionalidad y voluntad en la filosofía de Leibniz, cf. PHEMISTER, P.,
          “Leibniz, freedom of will and rationality”, <italic>Studia Leibnitiana</italic> 21 (1),
          1991, pp. 25-39. Sobre el anti-voluntarismo del joven Leibniz, cf. MULVANEY, R., “The
          Early Development of Leibniz’s Concept of Justice”, <italic>Journal of the History of
            Ideas</italic> 29 (1), 1968, pp. 5372; RATEAU, P., <italic>La question du mal chez
            Leibniz. Fondements et élaboration de la</italic> Théodicée, Honoré Champion, Paris,
          2008, en particular capítulo 1; JOHNS, C., <italic>The science of right in Leibniz’s moral
            and political philosophy</italic>, Bloomsbury, London – New Delhi – New York – Sidney,
          2013; SILVA, C., “El antivoluntarismo gestacional y la búsqueda de un fundamento racional
          del concepto de “justicia” en el joven Leibniz”. En Casales, R., Velasco, L. y Reyes, P.
          (eds.), <italic>La actualidad de Leibniz: alcances y perspectivas sobre su obra filosófica
            y científica</italic>, Comares, Granada, 2020, pp. 207-223, y; DERENNE, J.,
            <italic>L’élaboration progressive de la doctrine du juste chez le jeune Leibniz
            (1663-1677)</italic>. Tesis de doctorado – Universidad libre de Bruselas: 2022.</p>
  </fn>
  <fn id="fn11">
    <label>11</label><p>Cf. e.g. las observaciones de Leibniz a la carta
    de Eckhard, mayo de 1677, A II, 1, 530, nota 74; A II, 1, 533, nota
    86, y; A II, 1, 533-535, nota 90; Leibniz a – (¿?), A II, 1, 778;
    Leibniz a Honoré Fabri, GP IV, 256-261; A VI, 4-B, 1389; Leibniz a
    Arnauld, 14 de julio de 1686, A II, 2, 69-71; Leibniz a Bierling, 20
    de junio de 1702, GP VII, 507, y; <italic>Théodicée</italic>, §186,
    GP VI, 228.</p>
  </fn>
  <fn id="fn12">
    <label>12</label><p><italic>Discours de métaphysique</italic>, §2, A VI, 4-B, 1532-1533. Para un comentario de este
          pasaje, cf. BURGELIN, P., <italic>Commentaire du</italic> Discours de métaphysique
            <italic>de Leibniz</italic>, Presses universitaires de France, Paris, 1959, pp. 84-96 y
          MULVANEY, R., “Divine Justice in Leibniz’s “Discourse on Metaphysics””, <italic>Studia
            Leibnitiana Supplementa</italic> 14 (3), Franz Steiner Verlag, Wiesbaden, 1975, pp.
          61-82. Cf. también A VI, 4-B, 1385; A VI, 4-C, 22272240; “Préface” y “Discours
          préliminaire” de la <italic>Théodicée</italic>, §37, GP VI, 28-29 y 71-72 respectivamente;
            <italic>Théodicée</italic>, §§176178, GP VI, 219-221, y; <italic>Causa Dei</italic>
          (1712), §77, GP VI, 450.</p>
  </fn>
  <fn id="fn13">
    <label>13</label><p>GP III, 34. Las cursivas son de Leibniz. Cf. también e.g. <italic>Confessio Philosophi</italic>,
          A VI, 3, 121-122 y <italic>Méditation sur la notion commune de la justice</italic> (1704),
          M, 48.</p>
  </fn>
  <fn id="fn14">
    <label>14</label><p>El autor que más ha insistido en entender la teoría de la justicia de Leibniz a la luz del
          influjo que, sobre ella, habría ejercido el pensamiento de Platón, es Patrick Riley. Cf.
          en particular, RILEY, P., <italic>Leibniz’ Universal Jurisprudence. Justice as the Charity
            of the Wise</italic>, Harvard university press, Cambridge (Massachusetts), 1996.</p>
  </fn>
  <fn id="fn15">
    <label>15</label><p><italic>Conversation du Marquis de Pianese et du père Emery eremite</italic> (1679-1681 (?)), A
          VI, 4-C, 2269.</p>
  </fn>
  <fn id="fn16">
    <label>16</label><p>Samuel Newlands observa también esta ambivalencia. Cf. <sc>Newlands, S</sc>., “Leibniz and the
          ground of possibility”, <italic>Philosophical review</italic> 122 (2), 2013, pp. 155-187,
          aquí p. 171, nota 43.</p>
  </fn>
  <fn id="fn17">
    <label>17</label><p>Siguiendo a diversos autores, damos por concedida la influencia que Spinoza habría ejercido sobre
          el pensamiento de Leibniz. Sin entrar en los detalles de esta exégesis, me limito a
          aconsejar algunos estudios de referencia que pueden ser de interés: CURLEY, E.,
            “<italic>Homo Audax</italic>: Leibniz, Oldenburg and the TTP”. En Marchlewitz, I. y
          Heinekamp, A. (eds.), <italic>Lei bniz’ Auseinandersetzung mit Vorgängern und
            Zeitgenossen</italic> (= <italic>Studia Leibnitiana Supplementa</italic> 27), Franz
          Steiner Verlag, Stuttgart, 1990, pp. 277-312, en particular pp. 291-295 y 311312; ADAMS,
          R., <italic>Leibniz: Determinist, theist, idealist</italic>, Oxford university press, New
          York – Oxford, 1994, especialmente pp. 123-134; KULSTAD, M., “Leibniz, Spinoza and
          Tschirnhaus: multiple worlds, possible worlds”. En Brown, S. (ed.), <italic>The young
            Leibniz and his philosophy (1646-76)</italic> (= <italic>Archives internationales
            d’histoire des idées/International archives of the history of ideas</italic> 166),
          Kluwer academic publishers, Dordrecht – Boston – London, 1999, pp. 245-262; ibid.,
          “Leibniz’s <italic>De Summa Rerum</italic>. The origin of the variety of things, in
          connection with the Spinoza – Tschirnhaus correspondence”. En Berlioz, D. y Nef, F.
          (eds.), <italic>L’actualité de Leibniz: les deux labyrinthes</italic> (= <italic>Studia
            Leibnitiana Supplementa</italic> 34), Franz Steiner Verlag, Stuttgart, 1999, pp. 69-85;
          ibid., “Pantheism, harmony, unity and multiplicity: a radical suggestion of Leibniz’s
            <italic>De Summa Rerum</italic>”. En Lamarra, A. y Palaia, R. (eds.), <italic>Unità e
            Molteplicità nel pensiero filosofico e scientifico di Leibniz</italic> (=
            <italic>Lessico intellettuale europeo</italic> 84), Leo S. Olschki editore, Firenze,
          2000, pp. 97-105; ibid., “The one and the many and kinds of distinctness: the possibility
          of monism or pantheism in the young Leibniz”. En Rutherford, D. y Cover, J. (eds.),
            <italic>Leibniz: Nature and freedom</italic>, Oxford University press, United States,
          2005, pp. 20-43, e; ibid., “Leibniz et Spinoza sur Dieu comme nature ou essence des
          choses”. En Andrault, R., Lærke, M. y Moreau, P.-F. (dirs.), <italic>Spinoza/Leibniz:
            rencontres, controverses, réceptions</italic>, Presses de l’université Paris-Sorbonne,
          Paris, 2014, pp. 21-35; WILSON, C. “Atoms, minds and vortices in <italic>De Summa
            Rerum</italic>”. En Brown, S. (ed.), <italic>The young Leibniz and his philosophy
            (1646-76)</italic> (= <italic>Archives internationales d’histoire des
            idées/International archives of the history of ideas</italic> 166), Kluwer academic
          publishers, Dordrecht – Boston – London, 1999, pp. 223-243; MALCOLM, N., “Leibniz,
          Oldenburg, and Spinoza, in the light of Leibniz’s letter to Oldenburg of 18/28 november
          1676”, <italic>Studia Leibnitiana</italic> 35 (2), 2003, pp. 225243; RUSSELL, B.,
            <italic>A Critical Exposition of the philosophy of Leibniz</italic>, Routledge (Taylor
          and Francis group), London – New York, 2005 [primera edición 1900 y segunda edición 1937),
          capítulo 15, especialmente pp. 216-223; LOOK, B., “Existence, essence et expression:
          Leibniz sur “toutes les absurdités du Dieu de Spinoza””. En Andrault, R., Lærke, M. y
          Moreau, P.-F. (dirs.), <italic>Spinoza/Leibniz: rencontres, controverses,
            réceptions</italic>, Presses de l’université Paris-Sorbonne, Paris, 2014, pp. 5782, y;
          ANFRAY, J.-P., “Leibniz and Spinoza on plenitude and necessity”. En Melamed, Y. (ed.),
            <italic>A companion to Spinoza</italic>, Wiley Blackwell, United Kingdom, 2021, pp.
          495-505. Otros autores, sin embargo, han adoptado una exégesis opuesta, sugiriendo que
          Leibniz no se vio influenciado, de ninguna manera o en ningún sentido fundamental, por
          Spinoza. Cf. <sc>Parkinson, G. H. R</sc>., “Leibniz’s Paris writings in relation to
          Spinoza”, <italic>Studia Leibnitiana Supplementa</italic> 18 (2) (= <italic>La philosophie
            de Leibniz</italic>), Franz Steiner Verlag, Wiesbaden, 1978, pp. 73-89; <sc>Mercer,
            C</sc>., “Leibniz and Spinoza on substance and mode”. En Pereboom, D. (ed.),
            <italic>Rationalists: Critical Essays on Descartes, Spinoza and Leibniz</italic>,
          Roweman &amp; Littlefield, Lanham – Boulder – New York – Oxford, 1999, pp. 272-300; BLANK,
          A., “Substance monism and substance pluralism in Leibniz’s metaphysical papers 1675-1676”,
            <italic>Studia Leibnitiana</italic> 33 (2), 2001, pp. 216-223, e; ibid., “Leibniz’s
            <italic>De Summa Rerum</italic> and the panlogistic interpretation of the theory of
          simple substances”, <italic>British journal for the History of Philosophy</italic> 11 (2),
          2003, pp. 261-269. Las dos monografías de referencia sobre la relación entre Leibniz y
          Spinoza son FRIEDMANN, G., <italic>Leibniz et Spinoza</italic>, Gallimard, Paris, 1946, y
          LÆRKE, M., <italic>Leibniz lecteur de Spinoza: la genèse d’une opposition
            complexe</italic>, Honoré Champion, Paris, 2008.</p>
  </fn>
  <fn id="fn18">
    <label>18</label><p>A II, 1, 117. La tesis de la comparación de las
    esencias con los números y la de la inclusión de aquéllas en Dios
    remontan a la <italic>Disputatio metaphysica de principio
    individui</italic> (1663). Cf. A VI, 1, 19,
    <italic>corollaria</italic> III y IV.</p>
  </fn>
  <fn id="fn19">
    <label>19</label><p>A II, 1, 117.</p>
  </fn>
  <fn id="fn20">
    <label>20</label><p>Ibid. Nosotros subrayamos.</p>
  </fn>
  <fn id="fn21">
    <label>21</label><p><italic>De transsubstantiatione</italic> (1668
    (?)), <italic>Scholia</italic>, A VI, 1, 511.</p>
  </fn>
  <fn id="fn22">
    <label>22</label><p><italic>De conatu et motu, sensu et
    cogitatione</italic> (1671 (?)), A VI, 2, 283.</p>
  </fn>
  <fn id="fn23">
    <label>23</label><p>Leibniz a Johann Friedrich, octubre de 1671, A
    II, 1, 265.</p>
  </fn>
  <fn id="fn24">
    <label>24</label><p><italic>Demonstrationum catholicarum conspectus</italic> (1668-1669 (?), A VI, 1, 499, c. 51. Cf.
          también <italic>De transsubstantiatione</italic>, A VI, 1, 510, nota Z. 14 y A VI, 1, 512.
          Fabrizio Mondadori ha también destacado la dimensión mereológica que encierra la
          concepción de las esencias en el joven en Leibniz. Cf. MONDA<sc>dori, F.</sc>, “A harmony
          of one’s own and universal harmony in Leibniz’s Paris writings”, <italic>Studia
            Leibnitiana Supplementa</italic> 18 (2) (= <italic>La philosophie de Leibniz</italic>),
          Franz Steiner Verlag, Wiesbaden, 1978, pp. 151-168. Para un examen detallado del concepto
          de armonía en el joven Leibniz, cf. MOLL, K., “<italic>Deus sive harmonia universalis est
            ultima ratio rerum</italic>: The conception of God in Leibniz’s early philosophy”. En
          Brown, S. (ed.), <italic>The young Leibniz and his philosophy (1646-76)</italic> (=
            <italic>Archives internationales d’histoire des idées/International archives of the
            history of ideas</italic> 166), Kluwer academic publishers, Dordrecht – Boston – London,
          1999, pp. 65-78.</p>
  </fn>
  <fn id="fn25">
    <label>25</label><p>A VI, 3, 121. Las cursivas son de Leibniz.</p>
  </fn>
  <fn id="fn26">
    <label>26</label><p>A VI, 3, 124. Cf. también ibid., A VI, 3,
    122.</p>
  </fn>
  <fn id="fn27">
    <label>27</label><p>Como subraya también Mark Kulstad. Cf. KULSTAD,
    M., “The one and the many and kinds of distinctness: the possibility
    of monism or pantheism in the young Leibniz”, op. cit.</p>
  </fn>
  <fn id="fn28">
    <label>28</label><p><italic>De origine rerum ex formis</italic>
    (1676 (?)), A VI, 3, 521. Cf. también ibid., A VI, 3, 518;
    <italic>Ens perfectissimum existit</italic> (1676 (?)), A VI, 3, 575
    y 577; <italic>Quod Ens perfectissimum existit</italic> (1676 (?)),
    A VI, 3, 578 y 579, y; Observaciones de Leibniz a la carta de
    Eckhard, mayo de 1677, A II, 1, 519, nota 40.</p>
  </fn>
  <fn id="fn29">
    <label>29</label><p><italic>De formis seu attributis Dei</italic> (1676 (?)), A VI, 3, 514. Aunque el pasaje no
          permite inferir que, así como las formas o atributos exigen un sujeto en el que inhieran,
          el sujeto exija, recíprocamente, la existencia de formas o atributos, en otros textos,
          Leibniz subraya esta segunda condición. Cf. e.g. <italic>Animadversiones</italic>, I, ad.
          art. 51, GP IV, 354 y <italic>Nouveaux Essais sur l’entendement humain</italic> (1704
          (?)), II, xxiii, §2, A VI, 6, 218.</p>
  </fn>
  <fn id="fn30">
    <label>30</label><p><italic>De origine rerum ex formis</italic>, A
    VI, 3, 518.</p>
  </fn>
  <fn id="fn31">
    <label>31</label><p>Y “el ser más perfecto [es] aquel que contiene todas las esencias, es decir, que tiene todas las
          cualidades o atributos afirmativos” (<italic>Quod Ens perfectissimum sit
            possibile</italic> (1676 (?)), A VI, 3, 572). Por lo demás, es a la luz de este
          principio de intencionalidad que, por el mismo período, Leibniz lee la célebre tesis de la
          visión en Dios de Malebranche: “Cuando el alma piensa en el ser, en la identidad, en el
          pensamiento [o] en la duración, ella tiene un cierto objeto inmediato o causa próxima de
          su percepción. Y de esta manera puede ser que veamos todo en Dios, y que las ideas u
          objetos inmediatos sean los atributos de Dios mismo. Estas locuciones o expresiones del
          lenguaje encierran algo verdadero, pero, para hablar con exactitud, es necesario dar un
          significado constante a los términos” (Respuesta a Foucher (1676 (?)), A VI, 3, 316). Cf.
          también la segunda versión de la carta de Leibniz a Malebranche, 22 de junio de 1679, A
          II, 1, 724; <italic>Discours de métaphysique</italic>, §28, A VI, 4-B, 1573-1574; Acerca
          de la <italic>Recherche de la verité</italic> de Malebranche (1686-1699 (?)), A VI, 4-B,
          1923, y<italic>; Entretien de Philarète et d’Ariste</italic> (<italic>suite du premier
            entretien d’Ariste et Théodore</italic>), GP VI, 593. Para un estudio comparativo de
          Leibniz y Malebranche sobre la doctrina de la visión en Dios, cf. WILSON, C.,
            <italic>Leibniz’s metaphysics: A historical and comparative study</italic>, Manchester
          university press, Manchester, 1989, capítulo 3, especialmente pp. 104-110.</p>
  </fn>
  <fn id="fn32">
    <label>32</label><p><italic>De veritativus necessariis seu
    aeternis</italic> (1677), A VI, 4-A, 17.</p>
  </fn>
  <fn id="fn33">
    <label>33</label><p>Sobre este punto, cf. WILSON, C., “Atoms, minds
    and vortices in <italic>De Summa Rerum</italic>”, op. cit.</p>
  </fn>
  <fn id="fn34">
    <label>34</label><p><italic>Quod Ens perfectissimum sit possibile</italic>, A VI, 3, 573. Para un análisis de este
          pasaje, cf. KULSTAD, M., “Leibniz’s early argument that all things are one in relation to
          Descartes’ notions of real and modal distinction”. En Poser, H. (ed.), <italic>VII
            Internationaler Leibniz– Kongreß. Nihil sine ratione. Mensch, Natur und Technik im
            Wirken von G. W. Leibniz.</italic> Schirmherrschaft: Der Regierende Bürgermeister von
          Berlin. Berlin, 2001, vol. 2<italic>,</italic> pp. 663-668 e ibid., “The one and the many
          and kinds of distinctness: the possibility of monism or pantheism in the young Leibniz”,
          op. cit., en particular pp. 27-33. Aunque sin afirmar una tesis monista, en una carta de
          1676 a Malebranche, Leibniz deduce la tesis de la inseparabilidad de dos cosas a partir de
          la imposibilidad de comprender perfectamente todos los requisitos de cada una. Cf. A II,
          1, 400-401. Sobre la posible conexión entre ambos escritos, cf. LÆRKE, M., “Monism,
          separability and real distinction in the young Leibniz”, <italic>The Leibniz
            review</italic> 18, 2009, pp. 1-28.</p>
  </fn>
  <fn id="fn35">
    <label>35</label><p><italic>Quod Ens perfectissimum sit
    possibile</italic>, A VI, 3, 573.</p>
  </fn>
  <fn id="fn36">
    <label>36</label><p>Por ejemplo, KULSTAD, M., “The one and the many
    and kinds of distinctness: the possibility of monism or pantheism in
    the young Leibniz”, op. cit., en particular p. 31.</p>
  </fn>
  <fn id="fn37">
    <label>37</label><p>Lo que justifica entender <italic>De Summa Rerum</italic> como un conjunto de manuscritos de
          carácter aporético y exploratorio. Sobre este punto, cf. CARLIN, L., “Infinite
          accumulations and pantheistic implications: Leibniz and the <italic>anima mundi</italic>”,
            <italic>The Leibniz review</italic> 7, 1997, pp. 1-24, en particular p. 6; KULSTAD, M.,
          “Leibniz’s <italic>De Summa Rerum</italic>. The origin of the variety of things, in
          connection with the Spinoza – Tschirnhaus correspondence”, op. cit., p. 69; ibid.,
          “Leibniz’s early argument that all things are one in relation to Descartes’ notions of
          real and modal distinction”, op. cit., p. 666, nota 9; WILSON, C., “Atoms, minds and
          vortices in <italic>De Summa Rerum</italic>”, op. cit., p. 223, y; <sc>Lærke, M.,</sc>
            “<italic>De origine rerum ex formis</italic> (april 1676): a quasispinozistic
          parallelism in <italic>De Summa Rerum</italic>”. En Kulstad, M., Lærke, M. y Snyder, D.
          (eds.), <italic>The philosophy of the young Leibniz</italic> (= <italic>Studia
            Leibnitiana</italic> 35), Franz Steiner Verlag, Stuttgart, 2009, pp. 203-219, en
          particular p. 208.</p>
  </fn>
  <fn id="fn38">
    <label>38</label><p>Por ejemplo, aquellos en que Leibniz compara la
    relación de constitución entre las cosas y Dios, y de las
    propiedades a partir de una esencia, con sumas numéricas: “Me parece
    que el origen de las cosas a partir de Dios es como el origen</p>
    <p>de las propiedades a partir de una esencia, como 6 = 1 + 1 + 1 + 1 + 1 + 1: entonces 6 = 3 +
          3 = 3 X 2 = 4 + 2 […]” (<italic>De origine rerum ex formis</italic>, A VI, 3, 518). Cf.
          también <italic>De veritatibus, de mente, de Deo, de universo</italic> (1676), A VI, 3,
          512 y <italic>De formis simplicibus</italic> (1676), A VI, 3, 523.</p>
  </fn>
  <fn id="fn39">
    <label>39</label><p><italic>De formis simplicibus</italic>, A VI, 3, 523. Para un comentario de este pasaje, cf.
          KULSTAD, M., “Leibniz’s <italic>De Summa Rerum</italic>. The origin of the variety of
          things, in connection with the Spinoza – Tschirnhaus correspondence”, op. cit., pp. 80-81
          e ibid., “Leibniz, Spinoza, and Tschirnhaus: Metaphysics <italic>à trois</italic>
          (1676-1676)”. En Koistinen, O. y Biro, J., <italic>Spinoza: Metaphysical themes</italic>,
          Oxford University press, United States, 2002, pp. 221-234.</p>
  </fn>
  <fn id="fn40">
    <label>40</label><p>La misma ambigüedad está presente en un manuscrito de juventud de Leibniz: “La substancia de las
          cosas [<italic>Substantia rerum</italic>] es una idea. La idea es la unión de Dios con las
          criaturas, y entonces la acción del agente y del paciente es la misma
            [<italic>unum</italic>] […] No hay ideas en Dios, a menos que haya cosas fuera de Él […]
          Las ideas de Dios y las substancias de las cosas [<italic>substantiae rerum</italic>] son
          en efecto la misma cosa, que difieren por la relación […]” (<italic>De
            Transsubstantiatione</italic>, A VI, 1, 513).</p>
  </fn>
  <fn id="fn41">
    <label>41</label><p>Cf. KULTAD, M., “Leibniz’s <italic>De Summa
    Rerum</italic>. The origin of the variety of things, in connection
    with the Spinoza-Tschirnhaus correspondence”, op. cit., en
    particular pp. 77-85.</p>
  </fn>
  <fn id="fn42">
    <label>42</label><p>Cf. ibid., pp. 78 y <italic>sqs</italic>.</p>
  </fn>
  <fn id="fn43">
    <label>43</label><p>Ibid., pp. 82-83.</p>
  </fn>
  <fn id="fn44">
    <label>44</label><p><italic>De origine rerum ex formis</italic>, A
    VI, 3, 519-520.</p>
  </fn>
  <fn id="fn45">
    <label>45</label><p>De manera paralela, Leibniz desarrolla una estrategia diferente. Por ejemplo, en vez de examinar
          la posibilidad y sentido de la distinción entre Dios y las esencias de las cosas, en otros
          textos, él explora la posibilidad de distinguir entre <italic>las cosas</italic> y
            <italic>la esencia de las cosas</italic>: “hay una diferencia
            [<italic>discrimen</italic>] entre las cosas y las esencias. Lo mismo está en todas las
          cosas, pero no en la esencia de todas las cosas: la realidad de todas las cosas es una,
          [mientras que] la esencia es diversa. Por lo mismo, las cosas no deben distinguirse por la
          realidad que encierran, sino por aquello que ellas encierran de positivo” (<italic>De iis
            quae per se concipiuntur</italic> (1677), A VI, 4-A, 26). Aunque interesante, esta
          estrategia de Leibniz parece no revestir más que un valor exploratorio y ocasional: en vez
          de distinguir la realidad y la esencia de las cosas, Leibniz concibe, en general, ambos
          conceptos como equivalentes (cf. e.g. <italic>De rerum originatione radicali</italic>
          (1697), GP VII, 303). Al contravenir un postulado fundamental de la metafísica de Leibniz,
          esta estrategia parece, <italic>eo ipso</italic>, descartable.</p>
  </fn>
  <fn id="fn46">
    <label>46</label><p><sc>Kulstad, M</sc>., “Leibniz et Spinoza sur
    Dieu comme nature ou essence des choses”, op. cit., p. 27.</p>
  </fn>
  <fn id="fn47">
    <label>47</label><p>Observaciones a la carta de Spinoza a Oldenburg (1676 (?)), A VI, 3, 370, nota 25. Para un examen
          de las notas de Leibniz en esta carta, cf. el iluminador estudio de OTTAVIANI, O., “Divine
          wisdom and possible worlds. Leibniz’s notes to Spinoza – Oldenburg correspondence and the
          developpement of his metaphysics”, <italic>Studia Leibnitiana</italic> 48 (1), 2016, pp.
          15-41, especialmente pp. 19-21.</p>
  </fn>
  <fn id="fn48">
    <label>48</label><p><italic>Rationale fidei catholicae contra omnis
    generis sectas</italic> (1685), primera version, A VI, 4-C,
    2309.</p>
  </fn>
  <fn id="fn49">
    <label>49</label><p>Mientas que la relación de expresión es simétrica (si ‘x’ expresa ‘y’, entonces ‘y’ expresa ‘x’),
          la de contención –o, alternativamente, inclusión– es asimétrica (si ‘x’ contiene (a) ‘y’,
          entonces ‘y’ no contiene (a) ‘x’).</p>
  </fn>
  <fn id="fn50">
    <label>50</label><p><sc>Rauzy, J.-B</sc>., “L’inhérence
    conceptuelle, la raison suffisante et David Wiggins”. En Berlioz, D.
    y Nef, F. (eds.), <italic>Leibniz et les puissances du
    langage</italic>, Vrin, Paris, 2005, pp. 71-93, aquí p. 82. Cf.
    también ibid., “An attempt to evaluate Leibniz’ nominalism”,
    <italic>Metaphysica</italic> 5 (1), 2004, pp. 43-58, en particular
    p. 53.</p>
  </fn>
  <fn id="fn51">
    <label>51</label><p>“La razón es la suma de los requisitos” (<italic>De formis seu attributis Dei</italic> (1676
          (?)), A VI, 3, 515).</p>
  </fn>
  <fn id="fn52">
    <label>52</label><p>Empleo ‘existentificación’ como una variante de la voz ‘existentificans’ que Leibniz forja para
          caracterizar la acción de Dios sobre los posibles que serán actualizados. Cf.
            <italic>Résumé de métaphysique</italic> (1697 (?)), §4, C 534.</p>
  </fn>
  <fn id="fn53">
    <label>53</label><p><italic>Generales Inquisitiones de analysi
    notionum et veritatum</italic>, A VI, 4-A, 763. Las cursivas son de
    Leibniz.</p>
  </fn>
  <fn id="fn54">
    <label>54</label><p><sc>Rauzy, J.-B</sc>., “An attempt to evaluate
    Leibniz’ nominalism”, op. cit., p. 54.</p>
  </fn>
  <fn id="fn55">
    <label>55</label><p><italic>Notizen zur Wissenschaft und Metaphysik</italic> (1676), primer borrador, A VI, 3, 392:
          “Dios no es parte de nuestra mente” (<italic>De origine rerum ex formis</italic>, A VI, 3,
          520). Por ello mismo, sin negar la tesis según la cual Dios es todas las cosas, en su
          madurez, Leibniz precisará su sentido: “Dios es uno en todas las cosas: el uno contiene
          todas las cosas [es decir] todas las cosas están comprendidas en el uno, pero uno en
          sentido formal, [y] todas las cosas en sentido eminente” (<italic>Discours sur la
            Théologie naturelle des chinois</italic> (1714), LP, 29). Y, pocas líneas después, él
          mismo añade: “El <italic>dictum</italic> según el cual <italic>todo es uno</italic> se
          debe considerar como recíproco de <italic>el uno es todo</italic> […] Este
            <italic>dictum</italic> significa que Dios es todo eminentemente –tal como las
          perfecciones de los efectos están en su causa–, y no formalmente –como si Dios fuese el
          agregado del mundo [<italic>amas du monde</italic>]. Asimismo, todas las cosas son uno no
          formalmente –como si ellas fuesen compuestas, o como si este <italic>gran Uno</italic>
          fuese su materia–, sino por emanación, porque ell[a]s son sus efectos inmediatos, de
          manera que él concurre en ellas en todas partes íntimamente, y se expresa en las
          perfecciones que les comunica en concordancia con su receptividad. Es de esta manera que
          cabe entender […] que él está en todas las cosas y que todo está en él” (ibid., LP, pp. 47
          y 49. Las cursivas son de Leibniz).</p>
  </fn>
  <fn id="fn56">
    <label>56</label><p>Mogens Lærke sostiene una tesis semejante a propósito del cuadro teórico de transición que tiene
          lugar entre la redacción de la <italic>Confessio Philosophi</italic> (1672-1673 (?)) –en
          donde Dios se identifica con la armonía de las cosas– y la ulterior corrección del texto
          realizada por Leibniz algunos años después: “[…] esto indica muy claramente un cambio de
          opinión desde la versión original [<italic>primitive version</italic>] de la
            <italic>Confessio Philosophi</italic> de 1672-1673. La versión original afirma,
          consistentemente, que Dios es idéntico con la armonía del mundo existente. Leibniz luego
          parece corregir su posición y afirmar que la armonía divina debe ser considerada como
          “algo ideal” (<italic>ideale quiddam</italic>), emplazada “en los posibles” (<italic>in
            possibilibus</italic>) […] él introduce la noción de ‘idealidad’ de la concepción de
          Dios al interior de la estructura argumentativa de la <italic>Confessio
            Philosophi</italic> con vistas a distinguir la armonía concebida en la mente de Dios de
          la del mundo actual [y] creado –que entonces no está en la mente de Dios […] por una
          parte, está la armonía del mundo actual [y] por otra, está la armonía ‘ideal’ que
          observamos “en los ‘posibles’” (LÆRKE, M., “<italic>Quod non omnia possibilia ad
            existentiam perveniant</italic>: Leibniz’s ontology of possibility (1668-1678)”,
            <italic>The Leibniz review</italic> 17, 2007, pp. 1-30, aquí pp. 17-18).</p>
  </fn>
  <fn id="fn57">
    <label>57</label><p><italic>De arcanis sublimium vel de Summa
    Rerum</italic>, A VI, 3, 474.</p>
  </fn>
  <fn id="fn58">
    <label>58</label><p><italic>De origine rerum ex formis</italic>, A VI, 3, 521. Para un comentario de este pasaje, cf.
          CARLIN, L., “Infinite accumulations and pantheistic implications: Leibniz and the
            <italic>anima mundi</italic>”, op. cit., p. 5. Para un comentario de otros problemas
          relacionados con la tesis de Dios como alma del mundo, cf. ibid., pp. 5 y
            <italic>sqs</italic>.</p>
  </fn>
  <fn id="fn59">
    <label>59</label><p>Leibniz no dejará de oponerse –y de manera severa– a aquellas doctrinas que afirman
          explícitamente o de las cuales se deduce la tesis de la identificación de Dios como alma
          del</p>
  </fn>
  <fn id="fn60">
    <label>60</label><p>Para una exégesis alternativa –pero complementaria y coherente con la nuestra–, cf. el estudio de
          NACHTOMY, O., “Infinité de l’être et infinité du nombre”. En Andrault, R., Lærke, M. y
          Moreau, P.-F. (dirs.), <italic>Spinoza/Leibniz: rencontres, controverses,
            réceptions</italic>, Presses de l’université Paris-Sorbonne, Paris, 2014, pp.
          121-143.</p>
  </fn>
  <fn id="fn61">
    <label>61</label><p>En los <italic>Nuevos ensayos sobre el entendimiento humano</italic>, Leibniz explica que la
          unidad del mundo se reduce a la actividad mental: “[…] esta unidad de colección no es más
          que una consideración [<italic>rapport</italic>] o relación cuyo fundamento está en
          aquello que se encuentra en cada una de las substancias separadas. De este modo, tales
          Entidades por Agregación [<italic>Êtres par Agrégation</italic>] no tienen otra unidad […]
          que mental y, por consiguiente, su unidad es también, de cierto modo, mental o fenoménica
            [<italic>de phénomène</italic>], como la del arcoíris” (<italic>Nouveaux Essais sur
            l’entendement humain</italic>, II, xii, §7, A VI, 6, 146). Cf. también
            <italic>Definitiones notionum metaphysicarum atque logicarum</italic> (1685 (?)), A VI,
          4-A, 627-628 y <italic>Rationale fidei catholicae</italic>, A VI, 4-C, 2308-2309. Y, por
          otra parte, en tanto que agregado, el mundo no es solamente divisible al infinito, sino
          actualmente divido en su infinitud. Sobre este punto, cf. e.g. Leibniz a Foucher, junio de
          1693, A II, 2, 713; <italic>Double infinité chez Pascal et monade</italic> (1695 (?)), G
          (II), 553-555; Leibniz a Sophie, 4 de noviembre de 1696, GP VII, 541-543, y;
            <italic>Monadologie</italic>, §§65-67, GP VI, 618. Es interesante notar que el
          razonamiento por medio del cual Leibniz descarta la posibilidad de concebir a Dios como
          alma del mundo se asemeja a aquél por medio del cual Aristóteles descarta la posibilidad
          de que el tiempo (continuo e infinito) esté constituido o compuesto por distintos
          instantes presentes, esto es, una pluralidad de “ahoras”: si –<italic>a contrario
            sensu</italic>– esto fuese el caso, entonces no habría sucesión, sino simultaneidad y,
          por consiguiente, no habría tiempo. Si el tiempo está constituido por partes, éstas son el
          pasado y el futuro, de los cuales el presente (el “ahora”) es un mero límite –y no una
          parte. En otras palabras, del mismo modo en que, para Leibniz, Dios (indivisible) no es el
          alma del mundo (continuo), para Aristóteles, el “ahora” (indivisible) no es una parte del
          tiempo (continuo). Cf. ARISTÓTELES, <italic>Física</italic>, libro IV, 218a y 220a,
          Editorial Gredos, Madrid, 1995.</p>
  </fn>
  <fn id="fn62">
    <label>62</label><p>Junto con la trascendencia y objetividad de las esencias con respecto al entendimiento de Dios,
          existe otra característica que determina la doctrina de las esencias en la madurez de
          Leibniz, a saber, su dinamismo intrínseco. Debido a las limitaciones de este estudio, no
          me referiré a este problema que constituye un capítulo aparte dentro de la ontología
          leibniziana de las esencias. Para una discusión reciente de este problema, me permito
          referir a mi estudio reciente: SILVA, C., “La tesis leibniziana de la pretensión de las
          esencias a la existencia: una reivindicación de la interpretación literal”, <italic>Anales
            del Seminario de Historia de la filosofía</italic> 41(1), 2024, pp. 51-66.</p>
  </fn>
  <fn id="fn63">
    <label>63</label><p><italic>De rerum originatione radicali</italic>, GP VII, 305. En un escrito del mismo período,
          Leibniz sostiene la misma tesis: “Las ideas o posibilidades [están] en Dios”
            (<italic>Discussion avec Gabriel Wagner</italic>, Thesis IV, G (I), 396).</p>
  </fn>
  <fn id="fn64">
    <label>64</label><p>GP VI, 226-227. Para un análisis focalizado de esta doctrina leibniziana, cf. MONDADORI, F., ““Il
          ne faut point dire avec quelques Scotistes”: Leibniz on the reality and the possibility of
          the possible”, <italic>Studia Leibnitiana</italic> 46 (2), 2014, pp. 206-233, en
          particular pp. 211-218.</p>
  </fn>
  <fn id="fn65">
    <label>65</label><p>“No es necesario imaginarse como algunos que las verdades eternas […] son arbitrarias y dependen
          de [la] voluntad [divina], como Descartes parece haber pensado […]”
            (<italic>Monadologie</italic>, §46, GP VI, 614). Para otros pasajes relacionados con
          esta crítica a Descartes, cf. <italic>supra</italic>, sección 1.</p>
  </fn>
  <fn id="fn66">
    <label>66</label><p><italic>Théodicée</italic>, §7, GP VI, 106.</p>
  </fn>
  <fn id="fn67">
    <label>67</label><p>Ibid., §335, GP VI, 314. Cf. también
    <italic>Elementa verae pietatis, sive de amore Dei super
    omnia</italic> (1677-1678 (?)), A VI, 4-B, 1362; Leibniz a Jaquelot,
    4 de septiembre de 1704, GP VI, 558-560, y; Leibniz a Bourguet, 3 de
    abril de 1716, GP III, 592. No siendo Dios autor de las esencias, la
    relación entre Aquél y éstas no es causal, como advierte
    correctamente Samuel Newlands. Cf. NEWLANDS, S., “Leibniz and the
    ground of possibility”, op. cit., pp. 170-172.</p>
  </fn>
  <fn id="fn68">
    <label>68</label><p>GP VI, 440.</p>
  </fn>
  <fn id="fn69">
    <label>69</label><p>GP VI, 614. Cf. también <italic>De veritatibus necessariis seu aeternis</italic> (1677), A VI,
          4-A, 17; <italic>De veritatis realitatis</italic> (1677), A VI, 4-A, 18-19, y; Leibniz a
          Arnauld, 14 de julio de 1686, A II, 2, 78-79.</p>
  </fn>
  <fn id="fn70">
    <label>70</label><p>GP VI, 229. Cf. también <italic>Rationale fidei catholicae contra omnis generis sectas</italic>,
          §7, A VI, 4-C, 2317.</p>
  </fn>
  <fn id="fn71">
    <label>71</label><p>Leibniz a Bourguet, 3 de enero de 1714, GP III,
    562.</p>
  </fn>
  <fn id="fn72">
    <label>72</label><p><italic>Nouveaux essais sur l’entendement humain</italic>, IV, xi, §§13-14, A VI, 6, 447. Para un
          análisis del problema de la condicionalidad de la verdad que está presente en este pasaje,
          cf. RAUZY, J.-B., “Leibniz: conditionnalité et actualité”. En Duchesneau, F. y Griard, J.
          (dirs.), <italic>Leibniz selon les</italic> Nouveaux Essais sur l’entendement humain,
          Bellarmin – Vrin, Montréal – Paris, 2006, pp. 73-95, especialmente pp. 90-95. Para otras
          formulaciones equivalentes de la prueba de la existencia de Dios a partir de las verdades
          eternas, cf. e.g. <italic>De veritatibus necessariis seu aeternis</italic>, A VI, 4-A, 17;
            <italic>De veritatis realitatis</italic>, A VI, 4-A, 18-19, y; <italic>Specimen
            inventorum de admirandis naturae generalis arcanis</italic> (1688 (?)), A VI, 4-B,
          1618.</p>
  </fn>
  <fn id="fn73">
    <label>73</label><p><sc>Jalabert, J</sc>., <italic>Le Dieu de
    Leibniz</italic>, Presses universitaires de France, Paris, 1960, p.
    122.</p>
  </fn>
  <fn id="fn74">
    <label>74</label><p>Ibid., p. 38. Las cursivas son del autor.</p>
  </fn>
  <fn id="fn75">
    <label>75</label><p><sc>Rateau, P</sc>., “Leibniz, Bayle et la
    figure de l’athée vertueux”. En Leduc, C., Rateau, P. y Solère,
    J.-L. (eds.), <italic>Leibniz et Bayle: confrontation et
    dialogue</italic> (= <italic>Studia Leibnitiana</italic>,
    Sonderhefte 43), Franz Steiner Verlag, Stuttgart, 2015, pp. 301-329,
    aquí pp. 316-317.</p>
  </fn>
  <fn id="fn76">
    <label>76</label><p><sc>Gaiada, M. G</sc>., <italic>Deo Volente: El
    estatus de la voluntad divina en la Teodicea de Leibniz</italic>,
    Editorial Nova Leibniz, Granada, 2015, pp. 17-18. Las cursivas son
    de la autora.</p>
  </fn>
  <fn id="fn77">
    <label>77</label><p>Debido a la naturaleza de nuestro estudio, no podemos detenernos en la justificación de cada una
          de las proposiciones que hemos enunciado en este argumento, cuya verosimilitud damos por
          concedida.</p>
  </fn>
  <fn id="fn78">
    <label>78</label><p><italic>Théodicée</italic>, §149, GP VI,
    198-199. Las cursivas son nuestras.</p>
  </fn>
  <fn id="fn79">
    <label>79</label><p>Ibid., §42, GP VI, 126. Las cursivas son
    nuestras. ,,,</p>
  </fn>
  <fn id="fn80">
    <label>80</label><p>Ibid., §184, GP VI, 226: “[…] en Dios se realizan las esencias, es decir, las verdades eternas
          […]” (<italic>De ratione cur hace existant potius quam alia</italic> (1689 (?)), A VI,
          4-B, 1635).</p>
  </fn>
  <fn id="fn81">
    <label>81</label><p><italic>Théodicée</italic>, §20, GP VI, 115.</p>
  </fn>
  <fn id="fn82">
    <label>82</label><p>Ibid., §335, GP VI, 314.</p>
  </fn>
  <fn id="fn83">
    <label>83</label><p><italic>Monadologie</italic>, §46, GP VI,
    614.</p>
  </fn>
  <fn id="fn84">
    <label>84</label><p>Ibid., §43, GP VI, 614. Cf.
    <italic>supra</italic>, nota 69.</p>
  </fn>
  <fn id="fn85">
    <label>85</label><p>En su ya centenaria monografía, Bertrand Russell se percató de esta misma dificultad. Cf.
          RUSSELL, B., <italic>A critical exposition of the philosophy of Leibniz</italic>, op.
          cit., pp. 212-214. En un estudio en preparación, analizamos la importancia que este
          descubrimiento de Russell tuvo en el desarrollo de su propia filosofía.</p>
  </fn>
  <fn id="fn86">
    <label>86</label><p><sc>Mondadori, F</sc>., “‘Quid sit essentia creaturae, priusquam a Deo producatur’: Leibniz’s
          view”. En Lamarra, A. y Palaia, R. (eds.), <italic>Unità e Molteplicità nel pensiero
            filosofico e scientifico di Leibniz</italic> (= <italic>Lessico intellettuale
            europeo</italic>, 84), Leo S. Olschki editore, Firenze, 2000, pp. 185-223, aquí p. 187,
          nota 6.</p>
  </fn>
  <fn id="fn87">
    <label>87</label><p><sc>Marion, J.-L</sc>., “De la création des vérités éternelles au principe de raison. Remarques
          sur l’anti-cartésianisme de Spinoza, Malebranche, Leibniz”, <italic>Dix-septième
            siècle</italic> 147, 1985, pp. 143-164, aquí p. 159.</p>
  </fn>
  <fn id="fn88">
    <label>88</label><p>En un estudio reciente, Roberto Casales y Rubén Sánchez han, precisamente, explorado la recepción
          de la filosofía de Leibniz en la fenomenología de Husserl. Tomando como eje articulador de
          esta recepción la <italic>Monadología</italic> de Leibniz, el estudio que ambos autores
          proponen avanza, sin embargo, en una dirección distinta de aquella en la que nosotros
          pretendemos profundizar: en vez de concentrarse en cuestiones como las de la
          representación o, derechamente, la intencionalidad –que es, en cierto sentido, aquello que
          nosotros quisiéramos indagar propiamente–, ellos abordan la manera en que la clasificación
          de los reinos monadológicos y su relación tanto con la teología teleológica como con la
          ética leibnizianas se proyectan en la fenomenología de Husserl. Cf. CASALES, R. Y SÁNCHEZ,
          R., “Husserl y Leibniz: la recepción fenomenológica de la <italic>Monadologie</italic>”.
          En Xolocotzi, A. (coord.), <italic>Aspectos fenomenológicos de la tradición
            filosófica</italic>, Editorial SB, Buenos Aires, 2023, pp. 233-251.</p>
  </fn>
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