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      <journal-id journal-id-type="publisher-id">ASHF</journal-id>
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        <journal-title specific-use="original" xml:lang="es">Anales del Seminario de Historia de la Filosofía</journal-title>
      </journal-title-group>
      <issn publication-format="electronic">1988-2564</issn>
      <issn-l>0211-2337</issn-l>
      <publisher>
        <publisher-name>Ediciones Complutense</publisher-name>
        <publisher-loc>España</publisher-loc>
      </publisher>
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      <article-id pub-id-type="doi">10.5209/ashf.91244</article-id>
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        <subj-group subj-group-type="heading">
          <subject>ESTUDIOS</subject>
        </subj-group>
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      <title-group>
        <article-title>De <italic>Ananké</italic> y <italic>anankaia</italic>. Necesidad(es) y vulnerabilidad en Simone Weil y Hannah Arendt</article-title>
        <trans-title-group xml:lang="en">
          <trans-title>About <italic>Ananké</italic> and <italic>anankaia</italic>. Need(s) and vulnerability in Simone Weil and Hannah Arendt</trans-title>
        </trans-title-group>
      </title-group>
      <contrib-group>
        <contrib contrib-type="author" corresp="yes">
          <contrib-id contrib-id-type="orcid">https://orcid.org/0000-0001-5103-4890</contrib-id>
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            <surname>Palacios Morales</surname>
            <given-names>Aïda</given-names>
          </name>
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          <xref ref-type="aff" rid="aff-b"/>
          <xref ref-type="corresp" rid="cor1"/>
        </contrib>
        <aff id="aff-a"><institution content-type="original">Universidad Complutense de Madrid</institution>
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        <aff id="aff-b"><institution content-type="original">Universitat de Barcelona</institution>
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      <author-notes>
        <corresp id="cor1">Aïda Palacios Morales<email>aidapalamor@outlook.com</email></corresp>
      </author-notes>
      <pub-date pub-type="epub" publication-format="electronic" iso-8601-date="2025-06-06">
        <day>06</day>
        <month>06</month>
        <year>2025</year>
      </pub-date>
      <volume>42</volume>
      <issue>2</issue>
      <fpage>425</fpage>
      <lpage>435</lpage>
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        <copyright-statement>Copyright © 2025, Universidad Complutense de
          Madrid</copyright-statement>
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          <license-p>Esta obra está bajo una licencia <ext-link ext-link-type="uri"
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              4.0 International</ext-link></license-p>
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      </permissions>
      <abstract>
        <p>Este artículo aborda la concepción que Simone Weil y Hannah Arendt tienen de la vulnerabilidad a
          partir de sus aproximaciones a las necesidades humanas. Ambas difieren en qué entienden por necesidad y
          necesidades y qué se desprende de ellas. Para Weil, existe una necesidad metafísica que se concreta en las
          necesidades del cuerpo y del alma. Estas, a su vez, generan obligaciones a las que hay que dar respuesta,
          atendiendo a lo sagrado que habita en cada ser humano. Para Arendt, las necesidades deben circunscribirse
          a la naturaleza y se traducen en la condición humana de vida. Más allá de la mera oposición entre vida
          y política, se propone aquí su articulación en una lectura de mundanidad y pluralidad como afines a las
          necesidades del alma apuntadas por Weil. Aunque tanto Weil como Arendt aceptan la vulnerabilidad surgida
          de las necesidades como insoslayable, se constata en ambas cierta dificultad por pensarla desde el cuerpo,
          huyendo la una a lo sagrado, la otra a lo político.</p>
      </abstract>
      <trans-abstract xml:lang="en">
        <p>This article discusses Simone Weil’s and Hannah Arendt’s conception of vulnerability based on
          their approaches to human needs. The two differ on what they understand by necessity and needs and
          what follows from them. For Weil, there is a metaphysical necessity which settles on the needs of body and
          soul. These needs generate obligations to which one must respond, attending to the sacred that dwells in
          every human being. For Arendt, needs must be circumscribed to nature and are translated into the human
          condition of life. Beyond merely opposing life and politics, the article proposes to articulate them in a
          reading of worldliness and plurality as akin to those needs of the soul pointed out by Weil. Although both
          Weil and Arendt accept the vulnerability arising from needs as unavoidable, they both have difficulties in
          thinking about it from the body, one fleeing to the sacred, the other to the political.</p>
      </trans-abstract>
      <kwd-group>
        <kwd>Biopolítica</kwd>
        <kwd>Cuerpo</kwd>
        <kwd>Necesidad</kwd>
        <kwd>Necesidades</kwd>
        <kwd>Vulnerabilidad</kwd>
      </kwd-group>
      <kwd-group xml:lang="en">
        <kwd>Biopolitics</kwd>
        <kwd>Body</kwd>
        <kwd>Necessity</kwd>
        <kwd>Needs</kwd>
        <kwd>Vulnerability</kwd>
      </kwd-group>
    </article-meta>
  </front>
<body>
<sec id="sec1">
  <title>1. Introducción</title>
  <p>“No hay nada peor que pensar con el estómago.” Ese grito, rabioso e impotente, lo dirigía un
        hombre que vendía pañuelos en el metro a quien quisiera oírlo, que me parece no éramos
        muchos por eso de pretender que si cerramos los ojos fuerte la miseria no existe. No era
        sólo, aunque también, el resentimiento hacia quien sí tiene qué llevarse a la boca y no
        comparte; sonaba más a recordatorio de nuestra condición necesitada. Como si nos estuviera
        diciendo: “¡Eh, vosotros! Vosotros sois también estómago, aunque os creáis mejores que yo
        por haber desayunado esta mañana y estar recién duchados y bien vestidos”. No hay nada peor
        que pensar con el estómago porque se supone que somos seres racionales; hay que pensar con
        la cabeza, porque pensar con el estómago implica sujeción. Qué fácil olvidamos que pensamos
          <italic>también</italic> con el estómago; que en tanto animales mamíferos, los seres
        humanos somos seres necesitados, eventualmente carentes y, por lo tanto, vulnerables. Claro
        está que la vulnerabilidad humana trasciende la mera cobertura de necesidades e implica
        experiencias fundamentales de afección y pasividad. No obstante, la desatención a ciertas
        necesidades ahonda en esa vulnerabilidad, máxime cuando es sistémicamente organizada. Y,
        aún, más allá de estructuras y personas que cuidan o descuidan la vida, hay hambre, hay sed,
        hay sueño, hay calor y hay frío.</p>
  <p>Este artículo busca aproximarse a la visión que Hannah Arendt y Simone Weil tienen de la
        vulnerabilidad a partir de su concepción de las necesidades humanas. La pertinencia de
        pensar estas dos filósofas juntas la defendió excelentemente Roberto Esposito al afirmar que
        la una reflexiona “en el envés del pensamiento de la otra, a la sombra de su luz, en el
        silencio de su voz, en el vacío de su plenitud”<xref ref-type="fn" rid="fn1">1</xref>.
        Aunque no llegaron a conocerse en persona, sí que de algún modo compartieron espacios y
        amistades y, en la primavera de 1952, Arendt leyó “Ensayos sobre la condición obrera”, tal
        vez a sugerencia de Albert Camus<xref ref-type="fn" rid="fn2">2</xref>. El epígrafe del
        “Diario de fábrica” de Weil<xref ref-type="fn" rid="fn3">3</xref>, que estaba presente ya en
        su Cuaderno I<xref ref-type="fn" rid="fn4">4</xref>, lo transcribió Arendt en una entrada de
        su “Diario filosófico” en abril de 1952<xref ref-type="fn" rid="fn5">5</xref> y en un pie de
        página de “La condición humana”<xref ref-type="fn" rid="fn6">6</xref>. Es el último verso de
        esta estrofa de la Ilíada:</p>
  <disp-quote>
    <p>Pero el dolor de los troyanos luego no me preocupa tanto, (…) / cuanto el tuyo, cuando uno de
          los aqueos de broncínea túnica / llorosa se te lleve, arrebatándote el día de tu libertad.
          / Y acaso estando en Argos para otra el telar tejas, / y acaso lleves agua de la Meseide o
          de la Hiperea / muy mal de tu grado, que impuesta tendrás necesidad pujante.<xref
            ref-type="fn" rid="fn7">7</xref></p>
  </disp-quote>
  <p>Esa necesidad pujante en el poema homérico es Ananké, divinidad alegórica que personifica la
        insoslayable obligación ante la fuerza del destino, lo inevitablemente padecido; lo que está
        destinado a ser así, que así es y así debe ser porque no puede ser de otro modo. Weil usaba
          <italic>nécessité</italic> para referirse a esa necesidad cuasi mayúscula que ordena el
        mundo y <italic>besoin</italic> para las necesidades<xref ref-type="fn" rid="fn8">8</xref>,
        expresiones concretas en el cuerpo y el alma humanos, como el hambre o el arraigo. Carmen
        Revilla subraya la “pérdida de matices” al traducir al castellano los términos franceses
        escogidos por Weil<xref ref-type="fn" rid="fn9">9</xref>, pero me parece que ganamos, a
        cambio, una proximidad entre necesidad y necesidades. Entre <italic>nécessité</italic> y
          <italic>besoin</italic> hay un hilo del que tirar, un ver qué hay en medio que une y a la
        vez separa, como el muro que aísla a dos presos y a la vez les permite comunicarse<xref
          ref-type="fn" rid="fn10">10</xref>. Esa costura creo que no es otra que las condiciones
        impuestas por vivir en la Tierra y tener un cuerpo. Por eso, resulta pertinente pensarla por
        el reverso de la condición humana arendtiana.</p>
  <p>En el verso de la <italic>Ilíada</italic>, Héctor teme que, tras su muerte, Ananké doblegue a
        Andrómaca. Late ahí un conflicto entre libertad y necesidad que no existe en Weil, para
        quien libertad es obediencia a necesidad, pero que resulta central en Arendt. Ésta
        circunscribe la necesidad al ámbito de lo natural en la forma de <italic>anankaia</italic>
        que, en tanto esclavitud y sujeción, hay que superar para experimentar la libertad. Más allá
        de sus opuestas aproximaciones a la relación entre libertad y necesidad, Esposito apuntó a
        sus distintas concepciones de la categoría de “mundo” y de las formas de “estar-en-el-mundo”
        que permiten trascender la mera <italic>zoe</italic>: para Weil el trabajo, para Arendt la
          acción<xref ref-type="fn" rid="fn11">11</xref>. Este artículo añade otro movimiento, ya no
        hacia afuera, sino hacia adentro: qué entienden que es necesidad y qué debe hacerse con
        ella. En definitiva, qué consideración recibe un ser humano en su indigencia y qué respuesta
        debe recibir.</p>
  <p>Primero, se estudia la concepción de necesidad de Weil y su concreción en esas necesidades del
        cuerpo y del alma que es obligado obedecer si no se quiere cometer un crimen. A
        continuación, se analizan las necesidades en Arendt, atendiendo al continuo que constituyen
        junto a vida, labor y esclavitud y se propone una articulación de necesidades y política en
        la que las condiciones humanas de mundanidad y pluralidad se aproximan a las necesidades del
        alma weilianas. Finalmente, se concluye que, aunque ambas aceptan las necesidades humanas
        como ineludibles, ninguna de las dos considera esa vulnerabilidad física en tanto tal, esto
        es, simplemente corporal, animal, biológica. Weil escapa a lo sagrado, Arendt se refugia en
        lo político. Las dos se resignan a la necesidad: Weil agradecida, por cuanto permite
        experimentar la gracia, Arendt un poco más reticente pues ve su urgencia como un
        peligro.</p>
</sec>
<sec id="sec2">
  <title>2. Simone Weil: necesidad y gracia</title>
  <p>La insistencia de Weil en el verso homérico responde a su comprensión del ser humano como ser
        sometido a esa dura necesidad que “excluye toda arbitrariedad” y “regula los fenómenos
        naturales” tanto como “las cosas espirituales y sin embargo libres.”<xref ref-type="fn"
          rid="fn12">12</xref> Aunque existe una realidad otra en la que domina el Bien, la realidad
        de este mundo está regida por la necesidad, que no es más que el orden que resulta del
        equilibrio de fuerzas. Aquí abajo, todo, cuerpos y almas humanas inclusive, es
          <italic>pasivamente</italic> empujado desde fuera: la gravedad tira hacia abajo; la
        gracia, hacia arriba. La gravedad es constante y la gracia, excepcional; siempre “hay que
        esperar que las cosas sucedan conforme a la gravedad, salvo que intervenga lo
          sobrenatural.”<xref ref-type="fn" rid="fn13">13</xref> La gravedad es, en palabras de
        Gustave Thibon, “de hecho prácticamente todopoderosa”<xref ref-type="fn" rid="fn14"
          >14</xref>, pues casi “toda la vida humana transcurre siempre lejos de los baños
          calientes”<xref ref-type="fn" rid="fn15">15</xref>. Y, a pesar de ello, la gracia puede
        invertir la inercia de la caída.</p>
  <p>La realidad de este mundo está determinada, pues, por el imperio de la fuerza interrumpido por
        breves destellos de luz. Para Mary G. Dietz, la atención de Weil en el protagonismo de la
        fuerza muestra su preocupación respecto los elementos deshumanizantes de la vida terrena,
        tales como la guerra o la explotación fabril<xref ref-type="fn" rid="fn16">16</xref>. Aunque
        la fuerza puede llegar a matar, lo grave es su capacidad por cosificar al ser humano. Puede
        entenderse la fuerza como el poder que alguien tiene de deshumanizar a otro; y, escribe Weil
        citando a Tucídides, “cualquier ser ejerce siempre, por un requisito natural, todo el poder
        de que dispone”<xref ref-type="fn" rid="fn17">17</xref>. El único remedio sería cierta
        conciencia del límite: la irrupción de lo sobrenatural, pues sólo la gracia permitiría
        resistirse a ejercerlo. Pero, como Dietz propone<xref ref-type="fn" rid="fn18">18</xref>,
        hay una segunda lectura, más profunda y más certera; la que comprende que la fuerza sólo
        puede padecerse. Al fin y al cabo, la fuerza deshumaniza tanto a quienes la sufren como a
        quienes la ejercen. La verdad de la <italic>Ilíada</italic> radica, para Weil, en el
        absoluto protagonismo de la fuerza, su ciega imparcialidad. No hay más héroe que la fuerza:
        ni Aquiles, ni Agamenón; hasta Héctor termina siendo “una cosa arrastrada detrás de un carro
        entre el polvo”<xref ref-type="fn" rid="fn19">19</xref>. Todos igualmente sometidos a la
        misma necesidad irremediable, igualmente vulnerables a la fuerza, igualmente humanos.</p>
  <p>Weil “admira y ama”<xref ref-type="fn" rid="fn20">20</xref> esa fuerza terrible y despiadada
        por cuanto es manifestación del orden divino y abre la puerta a la trascendencia. La
        necesidad no es más que “la pantalla entre Dios nosotros para que podamos ser”<xref
          ref-type="fn" rid="fn21">21</xref>. Aunque no entienda de bien ni de mal y no quede más
        que aceptar su dominio, obedecerla puede llevar al Bien. Cierto que se puede obedecer a la
        gravedad, y eso llevar a la bajeza; pero también puede ser grave antesala a la gracia pues
        la obediencia a necesidad implica apertura y atención y lleva a la acción que no puede dejar
        de hacerse. Weil se refería a ella como acción virtuosa o pasiva, comparable a actuar cual
        resorte, “no para un fin determinado, sino por una necesidad. Que no me quede otro
          remedio.”<xref ref-type="fn" rid="fn22">22</xref> Cuando se actúa así, “casi a pesar de
        uno, casi con vergüenza y remordimiento”, se es “empujado por Dios hacia el prójimo como la
        flecha hacia el blanco por el arquero.”<xref ref-type="fn" rid="fn23">23</xref></p>
  <sec id="sec2.1">
    <title>2.1. Las necesidades generan obligaciones incondicionales</title>
    <p>Entre diciembre de 1942 y abril de 1943, en Londres, meses antes de su muerte<xref
            ref-type="fn" rid="fn24">24</xref>, Weil escribió “Estudio para una declaración de las
          obligaciones respecto al ser humano” y el manuscrito inacabado que es “Echar raíces”,
          encabezado por un “Preludio a una declaración de los deberes hacia el ser humano”<xref
            ref-type="fn" rid="fn25">25</xref>. Ambos recogen su aproximación a la respuesta debida
          al impacto de necesidad en los seres humanos, en la forma de obligaciones incondicionales
          e ineludibles que tienen “por objeto las necesidades terrenales del alma y del cuerpo de
          los seres humanos, cualesquiera que sean. A cada necesidad responde una obligación. A cada
          obligación corresponde una necesidad.”<xref ref-type="fn" rid="fn26">26</xref> Los dos
          textos forman parte de un mismo esfuerzo: pensar qué debía ser de Francia tras el fin de
          la guerra para que André Philip, por entonces Comisario de Interior y de Trabajo en el
          Comité Nacional de la Francia Libre, hiciera algo con ello. Pero Weil se movía en un plano
          distinto, en otro plano. “¿Por qué no se dedica a las cosas concretas, a los problemas
          sindicales, en vez de quedarse en las generalidades?”<xref ref-type="fn" rid="fn27"
            >27</xref>, le preguntaba Philip. Resulta difícil pensar en algo más concreto para ella
          que el cumplimiento de esas obligaciones.</p>
    <p>Weil piensa en necesidades sagradas que son terrenas, es decir, de este mundo, aquí abajo; y
          vitales, pues si no se les da respuesta no hay vida humana como tal: se reduce el ser
          humano a materia inerte expuesta a la gravedad. Esas necesidades refieren tanto al cuerpo
          como al alma humanas,</p>
    <disp-quote>
      <p>se ordenan por parejas de contrarios y deben combinarse en equilibrio. El hombre tiene
            necesidad de alimento, pero también de un intervalo entre las comidas; tiene necesidad
            de calor y frescor, de reposo y ejercicio. Igual ocurre con las necesidades del
              alma.<xref ref-type="fn" rid="fn28">28</xref></p>
    </disp-quote>
    <p>Respecto a las necesidades físicas, en “Estudio” Weil escribe que el “cuerpo humano tiene
          sobre todo necesidad de alimento, de calor, de sueño, de higiene, de reposo, de ejercicio,
          de aire puro.”<xref ref-type="fn" rid="fn29">29</xref> En “Preludio” cita la protección
          contra la violencia, el alojamiento, el vestido, el calor, la higiene, los cuidados
          durante la enfermedad y, más adelante, incluye también alimento y sueño<xref ref-type="fn"
            rid="fn30">30</xref>. La lista resulta un tanto errática, máxime cuando Weil tenía
          cierta pretensión de universalidad y afirmaba que son “bastante fáciles de enumerar”<xref
            ref-type="fn" rid="fn31">31</xref>.</p>
    <p>Sin duda, fueron las necesidades del alma las que ocuparon sus esfuerzos de precisión. Tales
          necesidades le parece a Weil que son igual de evidentes que las físicas: “Todo el mundo es
          consciente de que hay crueldades que atentan contra la vida del hombre sin atentar contra
          su cuerpo. Son las que le privan de cierto alimento necesario para la vida del alma.”<xref
            ref-type="fn" rid="fn32">32</xref> Hay ciertas díadas que se mantienen constantes en
          “Estudio” y “Preludio”: igualdad y jerarquía; propiedad privada y propiedad colectiva;
          honor y castigo; seguridad y riesgo; así como la necesidad de arraigo, que no constituye
          un polo opuesto a nada y que “quizá sea la necesidad más importante e ignorada del
            alma”<xref ref-type="fn" rid="fn33">33</xref>. La necesidad del alma “más sagrada de
            todas”<xref ref-type="fn" rid="fn34">34</xref> es la verdad, que se opone en “Estudio” a
          libertad de expresión y en “Preludio” a libertad de opinión, debido a su preocupación con
          la propaganda como instrumento de coerción. En “Estudio” aparecen dos oposiciones que
          contrastan vida individual y vida comunitaria: soledad e intimidad y vida social, y
          participación disciplinada en tarea común e iniciativa personal; ambas desaparecen como
          tales en “Preludio”. Finalmente, obediencia consentida y libertad<xref ref-type="fn"
            rid="fn35">35</xref> se convierte en orden y libertad, donde orden es “la primera
          necesidad del alma humana, la más próxima a su destino universal”<xref ref-type="fn"
            rid="fn36">36</xref>.</p>
    <p>Estas necesidades son la concreción de necesidad en cuerpo y alma. Weil concibe obligaciones
          hacia los seres humanos <italic>en tanto</italic> seres sagrados, de modo que cada
          necesidad genera una obligación eterna; universal, porque vincula a todos los seres
          humanos; e incondicionada, pues si “se basa en algo, ese algo no es de este mundo.”<xref
            ref-type="fn" rid="fn37">37</xref> Por lo tanto, esas necesidades implican un claro
          componente metafísico que, como Chiara Zamboni subraya, rehuye “cualquier interpretación
          mecanicista de la necesidad, como si fuésemos cuerpo-máquina” o “en clave de
          ‘animalidad’”, pues no son “ni naturales ni sociales, sino reales”<xref ref-type="fn"
            rid="fn38">38</xref>. Ahora bien, reales en el sentido weiliano del término, que refiere
          a aquello que se da donde convergen necesidad y bien. La aproximación de Weil resulta
          ciertamente distinta de otras, puede que más operativas, como las de Abraham Maslow<xref
            ref-type="fn" rid="fn39">39</xref> o Len Doyal y Ian Gough<xref ref-type="fn" rid="fn40"
            >40</xref>, por mencionar dos conocidos ejemplos. Sea como fuere, Weil no acepta
          argumentos acerca de lo relativo o lo subjetivo de la construcción de las necesidades y,
          como estos últimos, Weil defiende que hay necesidades universales y objetivas<xref
            ref-type="fn" rid="fn41">41</xref>.</p>
    <p>En cualquier caso, las necesidades originan obligaciones, van primero y exigen respuesta.
          Weil considera que en todos los seres humanos existe un vínculo con lo sagrado: la
          exigencia de bien que habita “en el centro del corazón” y la capacidad “de orientar la
          atención y el amor fuera del mundo y de recibir el bien”<xref ref-type="fn" rid="fn42"
            >42</xref>. Para que el bien se cuele en esta realidad, hay que prestar atención a la
          realidad otra, dado que cultivar la obediencia a necesidad es lo que permite actuar
          pasivamente. La hebra que une ambas realidades, fina y fuerte cual hilo de pescar, es la
          atención a la exigencia de bien. Hay reciprocidad entre la atención y lo sagrado, que es
          la aspiración al bien propia y, a la vez, el reconocimiento de la idéntica aspiración al
          bien del otro. Sólo cabe la sensibilidad y la obediencia a esas necesidades en que se
          traduce la necesidad aquí abajo.</p>
    <p>Por lo tanto, atención orientada a la otra realidad es atención al otro, concretada en
          apertura y amparo, de suerte que los seres humanos están vinculados entre sí no porque se
          reconozcan derechos sino porque se deben obligaciones unos a otros. De hecho, Weil
          aborrece los derechos por estar totalmente desligados de lo sobrenatural. Antes que nada,
          hay una obligación que nace de la atención y que se tiene para con el otro, y eso es
          independiente de si el otro tiene o cree tener un derecho. Carmen Herrando subraya que
          esas obligaciones no vienen de fuera en forma de imposición, sino que surgen del interior
          de cada uno, y que son absolutas puesto que “la obligación existe incluso en la soledad
          del sujeto, mientras que se precisan al menos dos sujetos para poder hablar de
            derechos.”<xref ref-type="fn" rid="fn43">43</xref></p>
    <p>La propuesta de Weil es, así, una relación de obligación ética de atención y cuidado del
          otro, cuya fundamentación radica en el vínculo con la otra realidad. Según José Luis
          Monereo, no es sólo que la obligación sustituya a un derecho “sin garantías de
          efectividad”; es que, además, “adquiere sentido moral” e “incumbe al ser humano en
          relación con los otros, yendo más allá de la justicia legal y del derecho.”<xref
            ref-type="fn" rid="fn44">44</xref> Al anteponer el otro a uno mismo, Weil altera la
          perspectiva habitual, pues yo no tengo derechos que el otro debe satisfacer, sino
          obligaciones para con él. Esta primacía absoluta del otro es, según Emilia Bea, un
          elemento fundamental del pensamiento de Weil<xref ref-type="fn" rid="fn45">45</xref> y,
          como afirma Juan-Ramón Capella, supone un reconocimiento de la interdependencia y la
          reciprocidad humanas<xref ref-type="fn" rid="fn46">46</xref>.</p>
  </sec>
  <sec id="sec2.2">
    <title>2.2. De lo sobrenatural y lo concreto</title>
    <p>Se puede decir que, para Weil, el núcleo de lo humano es la exigencia de bien, “alrededor de
          la cual se dispone la materia psíquica y carnal”<xref ref-type="fn" rid="fn47">47</xref>.
          La apertura a lo sagrado es el corazón y, en torno a ella, un ser humano que hay que
          atender y que exige el bien —y que, a su vez, atiende y puede generar bien. La
          aproximación a ese vínculo con la otra realidad seguramente no se entienda con la cabeza,
          pero casi se percibe —antes de que se vuelva a escapar— con las entrañas: es del orden de
          lo sobrenatural. Aún así, y por muy del orden de lo sobrenatural que sea, hay algo muy
          concreto ahí: el respeto y la respuesta debida ante el grito “¿Por qué se me hace
            mal?”<xref ref-type="fn" rid="fn48">48</xref>. A esa exigencia le corresponde una
          respuesta precisa y obligada, acción pasiva que no hay más remedio que llevar a cabo:</p>
    <p>Hay veces en que algo es obligado por el simple hecho de que es posible. Como, por ejemplo,
          comer cuando se tiene hambre, o dar de beber a un herido muerto de sed, teniendo el agua
          al ladito. Ni un bandido ni un santo dejarían de hacerlo.</p>
    <p>Por analogía, identificar aquellos casos en los que, aunque a primera vista no aparezca tan
          claramente, la posibilidad comporte una necesidad. Actuar en esos casos, y no en los
            otros.<xref ref-type="fn" rid="fn49">49</xref></p>
    <p>Weil deduce todas las obligaciones de aquella, concreta y transcultural, de dar de comer a
          quien tiene hambre<xref ref-type="fn" rid="fn50">50</xref>. No obstante, me parece que no
          hay nada de sobrenatural en la experiencia concreta del dolor en el alma —o, cuando menos,
          de cierta incomodidad— ante alguien que pide para comer. Ningún discurso, del tipo “algo
          habrá hecho” o “el mundo es injusto”, niega ni evita que esta persona ahora y aquí,
          delante mío, está pidiendo ayuda. Ningún alegato en favor de los trabajos forzados para
          vagos y maleantes, la renta de inserción, la renta universal o la abolición del capital le
          van a quitar el hambre a esa persona hoy aquí. Por eso, compartir el pan es el primer acto
          de generosidad.</p>
    <p>Claro está que hay muchas formas de compartirlo: no es lo mismo dar una migaja de una hogaza
          que compartir el poco pan que se tiene. Es la bondad balsámica con que Platón Karatáiev
          acoge en el barracón a Pierre Bezújov, tras ser detenido, con una patata asada, que parte
          con la navaja y adereza con sal<xref ref-type="fn" rid="fn51">51</xref>. Se
            <italic>siente</italic> la obligación de “hacerse cargo de ese hambre”<xref
            ref-type="fn" rid="fn52">52</xref>, cierta responsabilidad para con las circunstancias
          del otro, su mala suerte o la injusticia cometida con él. Una obligación que nace de la
          certeza profunda que se podría ser el otro: “Saber que ese hombre que tiene hambre y sed
          existe tan verdaderamente como yo basta —lo demás se desprende por sí solo”<xref
            ref-type="fn" rid="fn53">53</xref>.</p>
    <p>Ahora bien, ¿y cuándo se sabe que no se podría ser el otro? No
    digo cuando no se piensa en que se podría ser el otro, o prefiere
    pensarse que no se podría ser el otro; digo, a conciencia, cuando se
    sabe del cierto que no se podría ser el otro. Creo que ahí radica la
    caridad que asquea. En la otra certeza, la de un destino compartido,
    se comparte el pan porque se comparte el <italic>pathos</italic>, la
    sujeción a la dura necesidad. Y por eso, esas obligaciones bien
    pueden ir más allá del pan: sé de quien incluía sin reparos el
    tabaco.</p>
  </sec>
</sec>
<sec id="sec3">
  <title>3. Hannah Arendt: necesidades y lo político</title>
  <p>Del <italic>Diario filosófico</italic> de Arendt puede deducirse que la lectura de <italic>La
          condición obrera</italic> de Weil la espoleó a ahondar en la cuestión de la necesidad. De
        hecho, su primer esbozo de la distinción entre actividades humanas parte de las
          <italic>anankaia</italic> y, como apunta Fuster, “de una fenomenología del estar aislado,
        en soledad o en compañía”<xref ref-type="fn" rid="fn54">54</xref>. Así, labor responde a la
        condición humana de vida, al proceso biológico del cuerpo y de la especie en el que el ser
        humano está “sometido a las ἀναγϰαῖα”, “aislado” e “impulsado por el cuidado y la
          angustia”<xref ref-type="fn" rid="fn55">55</xref>. Producción corresponde a la
        construcción de mundo como artificio humano; en ella, el ser humano está “solo”, “casi como
        un dios”<xref ref-type="fn" rid="fn56">56</xref>. Acción responde a la condición de
        pluralidad de los seres humanos, al hecho que cada uno es único. Imprevisible e
        irreversible, acción constituye el núcleo del pensamiento político arendtiano por cuanto
        está íntimamente ligada a la condición humana de natalidad y sus cuasi milagrosos inicios.
        En París, en abril de 1952, Arendt anota en su <italic>Diario filosófico</italic>:</p>
  <disp-quote>
    <p>La Ἀνάγϰη es la diosa de las ἀναγϰαῖα y como tal es terrible. (...) Simone Weil entendió este
          aspecto, y luego quedó presa de las consecuencias sociales de una necesidad elemental, que
          se manifiesta como injusticia, pues ella, lo mismo que todos los europeos, no sabía
          cuántas cosas pueden suprimirse.</p>
    <p>Pero luego, cuando queda eliminada la miseria que puede suprimirse, la Ἀνάγϰη muestra por
          primera vez su verdadero rostro. Es como si toda coacción y todo poder entre los hombres
          descansaran en el carácter forzoso que impone la ἀναγϰαῖα.<xref ref-type="fn" rid="fn57"
            >57</xref></p>
  </disp-quote>
  <p>Arendt reconoce a Weil su lucidez al captar la fuerza de la necesidad y comparte con ella la
        preocupación para con la pretensión contemporánea de olvidar la sujeción a la necesidad. Le
        critica, eso sí, que no se diera cuenta de que medirlo todo según la satisfacción de
        necesidades y poner el trabajo en el centro entrañaba el riesgo de erosionar el espacio de
        libertad. La “maldición”, la “venganza”, por eliminar la miseria “consiste en que ahora toda
        actividad se ha convertido en trabajo y las ἀναγϰαῖα han desplazado todas las demás
          cosas.”<xref ref-type="fn" rid="fn58">58</xref> Las necesidades son urgencia y coacción; y
        no una coacción cualquiera pues “ninguna violencia ejercida por el hombre, excepto la
        empleada en la tortura, puede igualar la fuerza natural que ejerce la propia necesidad”<xref
          ref-type="fn" rid="fn59">59</xref>.</p>
  <p>Arendt concibe labor como un interminable combate por la supervivencia: el hecho de estar atado
        a las necesidades básicas esclaviza al laborante, pues “los lazos de la necesidad no
        necesitan ser de hierro, pueden ser de seda.”<xref ref-type="fn" rid="fn60">60</xref> En un
        sentido amplio de la actividad, trabajamos porque hay que comer —y, como en Weil, eso de
        comer es sinécdoque de necesidades. En un grupo de cazadores recolectores o bajo explotación
        capitalista, hay una experiencia común —aunque la mediación la transforme hasta dejarla casi
        irreconocible—: la de una necesidad física y concreta traducida en una actividad que trata
        de darle respuesta. Para Weil, es puerta abierta a la trascendencia; para Arendt,
        sometimiento y esclavitud. Subyace un hilo que une necesidades, condición humana de vida,
        labor y esclavitud, hasta el punto de que una vida sujeta a necesidad es antipolítica por
        definición, “no tiene posibilidad de <italic>archein</italic>, de libre disposición y de
        nuevo comienzo.”<xref ref-type="fn" rid="fn61">61</xref></p>
  <p>Al afirmar que “[e]l sentido del libro de Simone Weil es: el que trabaja no puede ser
          libre”<xref ref-type="fn" rid="fn62">62</xref> Arendt atendía más a su propia comprensión
        del trabajo que a la de Weil, quien estaría de acuerdo sólo si las condiciones fueran
        similares o comparables a las que vivió en la fábrica. De otro modo, el trabajo manual es
        precisamente lo que permite experimentar la obediencia voluntaria a necesidad de tal modo
        que, bajo ciertas condiciones, nadie como quien trabaja puede ser libre. Es como si Weil
        pudiera imaginar otro trabajo posible y Arendt no. O como si Arendt simplemente viera que la
        necesidad es demasiado miserable y no hay expectativas de recuperación tras recibir su
        impacto. Sin redención posible, el único remedio es escapar de ella, resguardarse en la
        permanencia de producción o, mejor, en la acción, cuasi tan milagrosa como la gracia.</p>
  <p>En el pensamiento arendtiano, Ananké es una presencia constante y, sin embargo, marginal. Su
        dominio, aunque formidable, debe quedar restringido a lo natural y nunca guiar la acción.
        Lejos de cualquier atribución metafísica, las necesidades no son causa de obligación sino
        meros condicionamientos objetivos y naturales<xref ref-type="fn" rid="fn63">63</xref>, algo
        que “invariablemente llevamos con nosotros por el hecho mismo de la existencia de nuestros
          cuerpos”<xref ref-type="fn" rid="fn64">64</xref>. Arendt asume que el ser humano es un ser
        vulnerable cuando piensa las necesidades del cuerpo, pero le preocupa que una vida humana
        sujeta a necesidad finja ser libre. De hecho, su preocupación nuclear es rescatar la acción,
        cuya radical contingencia colisiona con cualquier pretensión de orden determinado; y, a la
        vez, protegerla de degeneraciones y alertar de sus peligros. Uno de ellos, y no menor, es
        que las necesidades invadan lo político y dinamiten su sentido último.</p>
  <p>Por lo tanto, las necesidades deben ocupar cierto lugar o, más propiamente, no deben ocupar
        otros. Así como Weil refería a dos realidades, Arendt distingue dos esferas. La privada está
        sujeta y responde a necesidades; mediante labor, procura por la vida misma. Esta esfera,
        menesterosa y violenta, está literalmente “privada de cosas esenciales a una verdadera vida
          humana”<xref ref-type="fn" rid="fn65">65</xref> que son aquellas que suceden en la
        pública, donde cada humano aparece como ser singular en una comunidad plural e igualitaria,
        espacio de libertad. Esta distinción, ampliamente criticada especialmente desde los
          feminismos<xref ref-type="fn" rid="fn66">66</xref>, es fundamental para Arendt porque
        “coincide con la oposición de necesidad y libertad, de futilidad y permanencia y,
        finalmente, de vergüenza y honor”<xref ref-type="fn" rid="fn67">67</xref>. Libertad y
        necesidad son opuestos, hasta el punto de que la esfera pública es el lugar de la libertad
        precisamente porque expulsa la necesidad de su seno y la circunscribe a la esfera
        privada.</p>
  <sec id="sec3.1">
    <title>3.1. El cuerpo y la libertad</title>
    <p>Pensar las necesidades con Arendt es pensar la vida; la dificultad radica en comprender la
          relación entre vida y política, en articular una condición humana biológica sujeta y una
          condición humana política liberada. Hay por lo menos dos opciones interpretativas. Una es,
          a la manera de Giorgio Agamben<xref ref-type="fn" rid="fn68">68</xref> y Roberto
            Esposito<xref ref-type="fn" rid="fn69">69</xref>, entender que Arendt quedó atrapada en
          esa biopolítica negativa que, sin embargo, había pretendido criticar. Otra opción es, como
          propone Laura Quintana<xref ref-type="fn" rid="fn70">70</xref>, apuntar a una lectura</p>
    <p>biopolítica positiva capaz de acoger la corporalidad y sus necesidades. Porque aquello
          necesario para la supervivencia se impone, amenaza incesantemente a cada ser humano y a
          todos los seres humanos; y, aún, la vida que nos ha sido dada brota y se derrama. Me
          parece que la claridad está en la juntura de ambas: aunque en Arendt no existe una
          biopolítica explícita, sí hay un deber ser de la política respecto a la vida y de la vida
          respecto de la política que conjuga momentos de una y otra lectura.</p>
    <p>La distinción entre esferas se traslada al carácter que cada una, con las lógicas y
          actividades que le son propias, impone a sus habitantes. Arendt afirma que la política “se
          basa en el hecho de la pluralidad de los hombres. Dios ha creado al hombre [Mensch.], los
          hombres son un producto humano, terrenal, el producto de la naturaleza humana.”<xref
            ref-type="fn" rid="fn71">71</xref> Por un lado, el ser humano en tanto que “espécimen
          del animal de la especie”<xref ref-type="fn" rid="fn72">72</xref> y, como tal, necesitado
          de alimento y abrigo; por el otro, el ser humano nacido plural y espontáneo, capaz de
          libertad. La cuestión aquí es si nos estamos refiriendo a dos seres humanos distintos o
          bien, simplemente, a dos facetas posibles del mismo ser humano. Esto es, si el primero, al
          que Arendt denomina significativamente <italic>animal</italic> —y no
          <italic>homo</italic>— <italic>laborans</italic>, es incapaz de comportarse en otros
          momentos del día o de la vida según la mentalidad utilitaria del <italic>homo
            faber</italic> o de degustar la felicidad pública propia del ser humano en su plenitud.
          Me parece que las mentalidades asociadas a las tres actividades que Arendt distingue no
          rigen de manera exclusiva, determinante y de principio a fin cada vida humana. Ella
          pretendía “pensar en lo que hacemos”<xref ref-type="fn" rid="fn73">73</xref>, iluminar
          motivos últimos y lógicas de pensamiento que deberían guiar en determinadas circunstancias
          y que, en cualquier caso, deben guardar cierto equilibrio; no es tanto que le preocupe la
          labor como su auge, su dominio abrumador. De modo que sí, el ser humano puede ser
          laborante <italic>y a la vez</italic> ser capaz de iniciar, de revelar quien es, salvo en
          circunstancias de dominación totalitaria y pobreza extrema.</p>
    <p>Dado el alcance de este artículo, dejo de lado la cuestión del totalitarismo para centrarme
          en la pobreza, que Arendt define como aquel estado que va más allá de la carencia, la
          “constante indigencia y miseria extrema cuya ignominia consiste en su poder
          deshumanizante”, capaz de poner a los seres humanos “bajo el imperio absoluto de sus
          cuerpos, esto es, bajo el dictado absoluto de la necesidad”<xref ref-type="fn" rid="fn74"
            >74</xref>. Sucede, entonces, que la distancia entre el esfuerzo propio de labor y su
          recompensa es infinita: sólo hay sufrimiento, sin que le siga a éste el júbilo, “la pura
          gloria de estar vivo”<xref ref-type="fn" rid="fn75">75</xref>. Aquí sí el ser humano queda
          atrapado de forma privativa por las urgentes necesidades de la vida, impotente para
          producir o actuar. Como escribe Noelia Bueno, “no es lo mismo permanecer sometido a las
          necesidades de la vida si éstas están cubiertas (aunque cubrirlas sea la única dedicación)
          que si no lo están, y aún más si vivir es apenas sobrevivir en el dolor y el terror del
          cuerpo y el espíritu”<xref ref-type="fn" rid="fn76">76</xref>.</p>
    <p>Arendt manifiesta que “nada arroja a uno de manera más radical del mundo que la exclusiva
          concentración en la vida del cuerpo, concentración obligada en la esclavitud o en el dolor
            insoportable.”<xref ref-type="fn" rid="fn77">77</xref> Del mismo modo que el dolor es
          ensimismamiento y no tener dolor es condición para conocer el mundo, esclavitud es
          aislamiento y, a la vez, tener esclavos es condición necesaria para participar en la
            <italic>polis</italic>. Cuerpo y mundo son excluyentes. Fina Birulés y Lorena Fuster
          señalan que la recuperación arendtiana de la <italic>polis</italic> a la hora de
          conceptualizar lo político reside en que sus ciudadanos se tratan como pares, como agentes
          que “abandonan la casa (…) y consiguen comportarse entre sí como si no estuvieran
          condicionados por la necesidad natural”<xref ref-type="fn" rid="fn78">78</xref>.</p>
    <p>Ese <italic>como si</italic> es fundamental porque no se puede escapar de las necesidades,
          implícitas en la vida misma. Si libertad es ausencia de coerción a necesidades y las
          necesidades son inevitables, ningún ser humano en tanto que animal mamífero puede ser
          libre. El único remedio a esa coerción es trasladarla a otra persona, pues “la esclavitud
          del hombre bajo su vientre se supera mediante la posesión de esclavos.”<xref ref-type="fn"
            rid="fn79">79</xref> Los ciudadanos griegos cargaban sobre los esclavos la propia
          sujeción a <italic>anankaia</italic>, violencia mediante, para experimentar la libertad en
          la polis. Es <italic>como si</italic> el humano fuera incorpóreo, <italic>como si</italic>
          lo verdaderamente humano empezara ahí donde la corporalidad termina. En el ágora, los
          ciudadanos actúan no sólo <italic>como si</italic> no tuvieran necesidades; también
            <italic>como si</italic> no tuvieran cuerpo —aunque está claro que lo tienen: les
          permite al menos aparecer en el espacio público y emitir discursos con más o menos
          sentido.</p>
    <p>Obvio aquí los graves problemas que implica ese considerar prepolíticos esclavitud y cuerpo.
          Lo crucial es que para Arendt lo político sólo puede darse donde no gobiernan necesidades
          ni violencia, por eso libre es quien ha logrado escapar de su coerción. “No es libre quien
          labora con el fin de producir ἀναγϰαῖα para sí mismo. Quien labora para producir ἀναγϰαῖα
          a otros es un esclavo.”<xref ref-type="fn" rid="fn80">80</xref> Para Arendt, y al
          contrario que para Weil, libertad y necesidad devienen “incompatibles, puesto que la
          libertad sólo es posible si lo propiamente forzoso de la ἀναγϰαῖα se desplaza a
            otros.”<xref ref-type="fn" rid="fn81">81</xref></p>
    <p>Y, sin embargo, resulta que la libertad viene de la vida misma, al menos en dos sentidos.
          Primero, porque la libertad surge de la espontaneidad que, como la vida, también nos es
          dada. La espontaneidad es concomitante al milagro de la pluralidad humana: es el fenómeno
          prepolítico que, en última instancia, posibilita lo político. Y segundo, porque la
          libertad aparece, paradójicamente, gracias al esfuerzo realizado por quienes son excluidos
          de ella. Aun cuando su germen, la espontaneidad, venga dada, la libertad requiere de la
          satisfacción de necesidades. En la <italic>polis</italic>, como en la revolución americana
          y en tantas otras ocasiones: cuántos revolucionarios han tenido la casa limpia y la cena
          hecha.</p>
    <p>En cualquier caso, escapar de la sujeción a la necesidad no es gratuito: el regocijo del puro
          estar vivo desaparece cuando la satisfacción de necesidades no requiere esfuerzo, así como
          cuando el esfuerzo no trae consigo satisfacción de necesidades. El precio que se paga por
          que otras personas carguen con nuestras necesidades, nos sostengan y sufran la coacción
          por nosotros es la vida misma: la pérdida del contento que va de la mano del</p>
    <disp-quote>
      <p>ciclo de penoso agotamiento y placentera regeneración, y cualquier cosa que desequilibra
            este ciclo —la pobreza y la desgracia en las que el agotamiento va seguido por la
            desdicha en lugar de la regeneración, o las grandes riquezas y una vida sin esfuerzo
            alguno desde el aburrimiento ocupa el sitio del agotamiento y donde los molinos de la
            necesidad, del consumo y de la digestión, muelen despiadada e inútilmente hasta la
            muerte un imponente cuerpo humano— destruye la elemental felicidad de estar vivo.<xref
              ref-type="fn" rid="fn82">82</xref></p>
    </disp-quote>
    <p>Arendt decía del pensamiento de Marx que al definir al ser humano principalmente como animal
          laborante y, luego, abogar por la emancipación de la labor, nos dejaba “con la penosa
          alternativa entre esclavitud productiva y libertad improductiva.”<xref ref-type="fn"
            rid="fn83">83</xref> Podría llegar a decirse algo parecido de Arendt: que nos deja con
          la también penosa disyuntiva de sentirse una viva o ser libre, de tener que escoger entre
          una vida sujeta a necesidad o una vida libre pero sin júbilo. Sin embargo, eso implicaría
          malentenderla. Para Arendt es imposible eliminar la necesidad por cuanto eso implica
          eliminar la vida misma e, incluso, eliminar una libertad que se gana en los “intentos
          nunca logrados por entero de liberarse de la necesidad.”<xref ref-type="fn" rid="fn84"
            >84</xref></p>
  </sec>
  <sec id="sec3.2">
    <title>3.2. Otras condiciones necesarias: mundanidad y pluralidad</title>
    <p>De lo dicho hasta ahora, podría desprenderse que la vulnerabilidad arendtiana es
          esencialmente corporal y privada. Ahora bien, para Arendt, una vida humana requiere que
          ciertas condiciones se hagan efectivas, a saber: que nos acoja un mundo estable en el que
          podamos revelar quienes somos. Así, mundanidad y pluralidad devienen requerimientos
            <italic>si ne qua non</italic> para la vida verdaderamente humana asemejándose, en
          cierto modo, a las necesidades del alma de Weil. Sin ellas, el ser humano deviene, si no
          cosa, sí animal: algo tienen esas condiciones que las hace comparables a la sed y el
          hambre.</p>
    <p>Arendt define los seres humanos como seres condicionados, pues “todas las cosas con las que
          entran en contacto se convierten de inmediato en una condición de su existencia.”<xref
            ref-type="fn" rid="fn85">85</xref> Bien podría decirse que con esas necesidades que son
          lo perentorio de nuestra biología no entramos en contacto, sino que nos atraviesan de
          partida. Es decir, que nuestro ser condicionado por la mundanidad y la pluralidad es de
          otro modo, fruto del artificio humano y de lo humano mismo. Pero tan cierto como que
          nacemos a la vida, sujetos a necesidades, es que que nacemos, como extraños, a un mundo
          que nos precede; y que nacemos en él portando el milagro del inicio.</p>
    <p>El mundo arendtiano es, en palabras de Hans Jonas, “la verdadera morada humana, construida
          para durar y abarcar, interpuesta no sólo entre ser humano y naturaleza, sino también
          entre uno y otro ser humano”<xref ref-type="fn" rid="fn86">86</xref>. El mundo es el
          artificio humano que une y separa a los seres humanos, que nos protege de la necesidad al
          poner límites a la naturaleza, cual barrera física y permanente. Ante la futilidad de los
          frutos de labor y de la acción misma, su estabilidad ofrece un entorno confiable que nos
          salva del vacío temporal, proporcionándonos pasado y futuro. El mundo se constituye en
          elemento constante, cuasi rectilíneo, capaz de irrumpir en el ciclo de la naturaleza y
          dotar de solidez y concreción a la acción. Sin mundo, no hay ni natalidad ni
          inmortalidad.</p>
    <p>Sin embargo, y dado que libertad e inicio van juntos, la estabilidad del mundo corre peligro
          por la aparición constante de nuevos seres humanos. Natalidad es interrupción, aparición
          de singulares espontáneos: cada ser humano trae consigo nuevos comienzos y devenires
          imprevisibles. “Si el sentido de la política es la libertad, es en este espacio —y no en
          ningún otro— donde tenemos el derecho a esperar milagros.”<xref ref-type="fn" rid="fn87"
            >87</xref> Milagros que los seres humanos inician mediante acción, en un mundo erigido
          mediante producción, tras haber llegado a este mundo mediante labor. Y aunque es cierto
          que Arendt insiste en que lo político no es ninguna necesidad, “en el sentido de una
          exigencia ineludible de la naturaleza humana como el hambre o el amor” o “de una
          organización indispensable de la convivencia humana”<xref ref-type="fn" rid="fn88"
            >88</xref>, sucede, sin embargo, que “una vida sin acción ni discurso (…) está
          literalmente muerta para el mundo; ha dejado de ser una vida humana porque ya no la viven
          los hombres.”<xref ref-type="fn" rid="fn89">89</xref></p>
    <p>La hondura de lo humano arraiga en la revelación de ese quién singular que es cada cual en el
          mundo; sin ello, la vida humana pierde lo que le es propio. Mundo y pluralidad abren la
          puerta a una trascendencia que debe entenderse no desde el misticismo weiliano sino desde
          la revelación del singular que somos cada una de nosotras. Esas condiciones, aún sin ser
          necesidades, sí son necesarias para una vida humana. En definitiva, cabe subrayar la
          interdependencia y reciprocidad entre las condiciones y actividades humanas y proponer que
          las necesidades, entendidas como <italic>anankaia</italic>, no agotan la aproximación a
          vulnerabilidad en Arendt. De hecho, Arendt muestra máxima preocupación por la falta de
          permanencia del mundo en la sociedad de laborantes y la vulnerabilidad política, encarnada
          en las personas refugiadas y apátridas. Más que la vulnerabilidad humana, le inquieta la
          fragilidad de los asuntos humanos. Hasta el punto, quizá paradójico, de pretender limitar
          la primera para poder proteger la segunda.</p>
  </sec>
</sec>
<sec id="sec4">
  <title>4. Resignación a la vulnerabilidad y sujeción al cuerpo: lo sagrado y lo político</title>
  <p>Weil resuelve el imperio de la necesidad obedeciéndola, dejando abierta esa rendija por la que
        se cuela el bien. En su aproximación, necesidad adquiere una dimensión metafísica que no
        tiene en la de Arendt quien, consciente de su fuerza pero reacia a resignarse a ella, parece
        abogar por restringir su dominio al ámbito privado dada la imposibilidad de desembarazarse
        de ella por completo. Sin embargo, ambas son extremadamente atentas a la urgencia y la
        fuerza insoslayable de las necesidades. Según Arendt, “experimentamos la necesidad en la
        medida en que nos encontramos, en cuanto seres orgánicos, sometidos a procesos necesarios e
          irresistibles.”<xref ref-type="fn" rid="fn90">90</xref> En las dos, la necesidad se hace
        presente en el cuerpo: se incorpora, se encarna. Para Weil, la necesidad es real y lo real
        es “duro y rugoso. Uno encuentra algunas alegrías en ello, pero no placer.”<xref
          ref-type="fn" rid="fn91">91</xref> Esas alegrías, tal vez comparables al júbilo propio de
        la labor arendtiana, no quitan que la necesidad sea fundamentalmente vivida como urgencia
        implacable sobre el cuerpo, en el cuerpo.</p>
  <p>Pensar las necesidades es pensar la vida misma en tanto vida de un cuerpo y, como tal, expuesto
        a la escasez y la privación y, por lo tanto, vulnerable. Pero ni Weil ni Arendt se quedan en
        el cuerpo ni profundizan en él. La amabilidad de Weil para con el cuerpo no es por el cuerpo
        mismo, sino por la concreción de la experiencia de necesidad en él y su vinculación con la
        gracia. La necesidad se concreta en “la miseria, el desamparo, el aplastante peso de la
        estrechez y del trabajo agotador, la crueldad, las torturas, la muerte violenta, la
        coacción, el terror, las enfermedades —todo eso es el amor divino.”<xref ref-type="fn"
          rid="fn92">92</xref> Todo ese sufrimiento y dolor tiene un sentido trascendente; es
        posible redimirlo atendiendo a lo sagrado. En este sentido debe leerse lo siguiente:</p>
  <disp-quote>
    <p>“Los trabajadores tienen más necesidad de poesía que de pan.
    Necesidad de que su vida sea una poesía. Necesidad de una luz de
    eternidad.</p>
    <p>(…) Ninguna poesía que concierna al pueblo es auténtica si en ella no se encuentra el
          cansancio, y el hambre y la sed nacidos de ese cansancio.”<xref ref-type="fn" rid="fn93"
            >93</xref></p>
  </disp-quote>
  <p>Poesía no sólo representa aquí lo que va más allá de lo material. No es un equivalente a las
        rosas exigidas por las huelguistas de Lawrence en 1912. Aunque con profundas divergencias,
        esa poesía es más afín a aquella que Audre Lorde afirmaba que no era lujo para las mujeres,
        sino necesidad vital, “instrumento mediante el que nombramos lo que no tiene nombre</p>
  <p>para convertirlo en objeto del pensamiento.”<xref ref-type="fn" rid="fn94">94</xref> Para Weil,
        poesía no son sólo condiciones dignas de trabajo y vida; es, sobre todo, apertura a la
        verdad, la belleza, la justicia. A Weil le complace la vulnerabilidad del cuerpo humano en
        tanto la experiencia de la necesidad permite acceder a la luz, al bien. Es el cuerpo
        enfangado en lo real, el cansancio y el hambre y la sed, el que posibilita la
        trascendencia.</p>
  <p>La centralidad que el trabajo manual tiene para Weil como medio de conocimiento del mundo y de
        comprensión de la libertad, como aceptación de la necesidad, pasa por el cuerpo. De hecho,
        necesidad y libertad se concretan en el cuerpo de tal manera que no existe, a la manera de
        Arendt, un espacio en que la política devenga una actividad propiamente autónoma, en la que
        necesidad y libertad no coincidan, pero tampoco en la que el cuerpo humano no tenga cierto
        protagonismo. Weil hace del trabajo una actividad política o, más bien, <italic>en ciertas
          circunstancias</italic> el trabajo <italic>es</italic> política, una actividad que, por
        eso, es característicamente humana. En palabras de Cristina Basili, Weil rescata así
        “políticamente aquel cuerpo dolido, aquel hombre reducido a su animalidad, que el sistema
        moderno de la gran industria capitalista reproduce sin parar.”<xref ref-type="fn" rid="fn95"
          >95</xref> Aunque tanto Weil como Arendt reconocen que en el trabajo el cuerpo recibe el
        impacto de la necesidad tanto como le sirve y le da respuesta, aquello que sucede en ese
        cuerpo y las posibilidades que se le abren o cierran es radicalmente distinto.</p>
  <p>Weil abraza la corporalidad humana por su potencial trascendencia, Arendt parece tener más
        dificultades. Como se ha mostrado, para Arendt la relación con lo corporal es un tanto
        ambivalente. Arendt quiere mantener al margen de necesidad el ámbito de los asuntos humanos
        en un gesto de protección. Lo político debiera ser por definición contingente, atravesado
        desde un inicio por la singularidad y la espontaneidad de cada cual, desligado de la
        imposición de lo urgente y lo inevitable. Así pues, no es del todo cierto que, tal y como
        apunta Esposito, todos los cuerpos supongan, para Arendt, un riesgo para la política, que
        “la vida biológica se conviert[a] en el oleaje imparable en que se hunde la acción
          política”<xref ref-type="fn" rid="fn96">96</xref>. A Arendt le preocupa proteger lo
        político de todas sus posibles degeneraciones y, por lo tanto, reclama que las necesidades
        sigan siendo <italic>condiciones</italic>, jamás <italic>determinantes</italic>, de la vida
        humana. Le inquieta que la vida irrumpa violentamente en lo político.</p>
  <p>No obstante, la relación entre las necesidades y lo político es más que mera disyuntiva: a
        pesar de todo, es la vida misma la que posibilita la política. No sólo, y en una
        interpretación más clásica, porque la cobertura de las necesidades corporales sea condición
        prepolítica. También porque natalidad y espontaneidad vienen con la vida misma: vinculan la
        existencia que nos ha sido dada con la acción. Ese cuerpo que de algún modo hay que
        trascender es también, en cierto modo, condición de posibilidad de libertad. También tras
        recibir la marca de la esclavitud —en los talleres y en las fábricas, sirviendo, labrando y
        segando campos ajenos, al teléfono en <italic>call centers</italic>, tras un mostrador o la
        barra de un bar o ante la pantalla de un ordenador.</p>
</sec>
<sec id="sec5">
  <title>5. A modo de conclusión</title>
  <p>Atentas al impacto de lo necesario para la vida, Weil y Arendt nos alertan del peligro de no
        sabernos sujetos, de olvidarnos de lo condicionados que estamos por esa vida y lo que ella
        nos impone. Pensar las necesidades es pensar la vida misma; pensar qué es necesario y qué no
        lo es y cómo le damos respuesta es eminentemente político —y cómo tal lo reconoció
          Arendt<xref ref-type="fn" rid="fn97">97</xref>.</p>
  <p>Weil cita el verso homérico “incluso Níobe la de hermosos cabellos pensó en comer”<xref
          ref-type="fn" rid="fn98">98</xref> para ejemplificar como la fuerza “borra toda vida
        interior e incluso el dolor de una madre. (…) Nunca se expresó con tanta amargura la miseria
        del hombre, que incluso le hace incapaz de sentir su miseria.”<xref ref-type="fn" rid="fn99"
          >99</xref> Al definir la pobreza, Arendt también señala la deshumanización, la infinita y
        denigrante sujeción al cuerpo. En condiciones de equilibrio relativo entre sufrimiento y
        satisfacción de necesidades tal cautiverio se atenúa, cuasi se disimula, como sucede en esa
        sociedad de trabajadores sin trabajo que apunta Arendt<xref ref-type="fn" rid="fn100"
          >100</xref>. Y, sin embargo, se señala a quien se inclina bajo el peso de la necesidad a
        los ojos de todos —no hay nada peor que pensar con el estómago— más que a quien se beneficia
        del ejercicio violento de esa fuerza.</p>
  <p>Weil señala a Níobe no sólo porque piense en comer, sino porque piensa en sí misma, siente
          <italic>su</italic> hambre —no es anecdótico que ese alguien sea una mujer y, además,
        madre. Necesidad urgente se funde con vulnerabilidad; la brutalidad de la necesidad descansa
        en el vacío de la carencia. En cualquier caso, Níobe podía pensar en comer y eso no borra en
        absoluto su dolor. Dolerse y tener hambre son experiencias humanas — sin que eso quite que
        sean compartidas con otros animales— que pueden darse a la vez, o no. Ante el dolor, tan
        humano es pensar en comer como no pensar en comer o pensar en no comer. Más humano, aún, es
        decirle al doliente que coma, que beba, que descanse; a la manera firme y tierna de algunas
        abuelas, recordarle a Níobe que ella no ha muerto y llevarle un caldo.</p>
</sec>
</body>
<back>
<fn-group>
  <fn id="fn1">
    <label>1</label><p>Roberto Esposito, <italic>El orígen de la
    política ¿Hannah Arendt o Simone Weil?</italic>, trad. Rosa Rius
    Gatell (Barcelona: Paidós, 1999), 12.</p>
  </fn>
  <fn id="fn2">
    <label>2</label><p>Àngela Lorena Fuster, “Sin prejucio ni
    sentimentalismo. Hannah Arendt, lectora de Simone Weil”, en
    <italic>Lectoras de Simone Weil</italic>, ed. Fina Birulés y Rosa
    Rius Gatell (Barcelona: Icaria, 2013), 30-33.</p>
  </fn>
  <fn id="fn3">
    <label>3</label><p>Simone Weil, <italic>La condición
    obrera</italic>, trad. Teresa Escartín y José Luis Escartín (Madrid:
    Trotta, 2014), 63.</p>
  </fn>
  <fn id="fn4">
    <label>4</label><p>Simone Weil, <italic>Cuadernos</italic>, trad.
    Carlos Ortega (Madrid: Trotta, 2001), 25.</p>
  </fn>
  <fn id="fn5">
    <label>5</label><p>Hannah Arendt, <italic>Hannah Arendt: diario
    filosófico: 1950-1973</italic>, ed. Ursula Ludz y Ingeborg Nordmann,
    trad. Raúl Gabás Pallás (Barcelona: Herder, 2006), 193.</p>
  </fn>
  <fn id="fn6">
    <label>6</label><p>Hannah Arendt, <italic>La condición
    humana</italic>, trad. Ramón Gil Novales (Barcelona: Paidós, 2005),
    162.</p>
  </fn>
  <fn id="fn7">
    <label>7</label><p>Homero, <italic>Ilíada</italic>, trad. Luis M.
    Macía Aparicio (Madrid: Editorial</p>
    <p>CSIC, 2019), vv. 450-458.</p>
  </fn>
  <fn id="fn8">
    <label>8</label><p>Arendt usa a menudo, en <italic>Diario
    filosófico</italic>, ἀναγϰαῖα [<italic>anankaia</italic>],</p>
    <p>necesidades, derivado de ἀνάγκη [<italic>ananké</italic>],
    necesidad.</p>
  </fn>
  <fn id="fn9">
    <label>9</label><p>Carmen Revilla, “Descifrar el silencio del
    mundo”, en Carmen Revilla (ed.) <italic>Simone Weil: descifrar el
    silencio del mundo</italic> (Madrid: Trotta, 1995), 73; ver también
    Carmen Revilla, “Bajo el peso de la espera”, en Simone Weil,
    <italic>Reflexiones sobre las causas de la libertad y la opresión
    social</italic> (Madrid: Trotta, 2015), 31.</p>
  </fn>
  <fn id="fn10">
    <label>10</label><p>Simone Weil, <italic>La gravedad y la
    gracia</italic>, trad. Carlos Ortega (Madrid: Trotta, 2007),
    177.</p>
  </fn>
  <fn id="fn11">
    <label>11</label><p>Esposito, <italic>El orígen de la
    política</italic>, 14.</p>
  </fn>
  <fn id="fn12">
    <label>12</label><p>Weil, <italic>La gravedad y la gracia</italic>,
    131.</p>
  </fn>
  <fn id="fn13">
    <label>13</label><p>Weil, <italic>La gravedad y la gracia</italic>,
    53.</p>
  </fn>
  <fn id="fn14">
    <label>14</label><p>En anotación en Weil, <italic>La gravedad y la
    gracia</italic>, 143.</p>
  </fn>
  <fn id="fn15">
    <label>15</label><p>Simone Weil, “La Ilíada o el poema de la
    fuerza”, en <italic>La fuente griega</italic>, trad. Agustín López y
    María Tabuyo (Madrid: Trotta, 2005), 16.</p>
  </fn>
  <fn id="fn16">
    <label>16</label><p>Mary G. Dietz, <italic>Between the Human and the
    Divine. The Political Thought of Simone Weil</italic> (New Jersey:
    Rowman &amp; Littlefield, 1988), 88.</p>
  </fn>
  <fn id="fn17">
    <label>17</label><p>Weil, <italic>La gravedad y la gracia</italic>,
    61.</p>
  </fn>
  <fn id="fn18">
    <label>18</label><p>Dietz, <italic>Between the Human and the
    Divine</italic>, 87.</p>
  </fn>
  <fn id="fn19">
    <label>19</label><p>Weil, “La Ilíada o el poema de la fuerza”,
    16.</p>
  </fn>
  <fn id="fn20">
    <label>20</label><p>Simone Pétrement, <italic>Vida de Simone
    Weil</italic>, trad. Francisco Díez del Corral (Madrid: Trotta,
    1997), 676.</p>
  </fn>
  <fn id="fn21">
    <label>21</label><p>Weil, <italic>La gravedad y la gracia</italic>,
    81. Más adelante, Weil escribe: “leer por detrás de la necesidad el
    orden, leer por detrás del orden a Dios”, en <italic>La gravedad y
    la gracia</italic>, 169.</p>
  </fn>
  <fn id="fn22">
    <label>22</label><p>Weil, <italic>La gravedad y la gracia</italic>,
    90.</p>
  </fn>
  <fn id="fn23">
    <label>23</label><p>Weil, <italic>La gravedad y la gracia</italic>,
    91.</p>
  </fn>
  <fn id="fn24">
    <label>24</label><p>Pétrement, <italic>Vida de Simone Weil</italic>,
    674. Weil murió el 24 de agosto de 1943.</p>
  </fn>
  <fn id="fn25">
    <label>25</label><p>Juan-Ramón Capella, “Simone Weil o la visión del
    desarraigo moderno”, en Simone Weil, <italic>Echar raíces</italic>,
    trad. Juan Carlos González Pont y Juan-Ramón Capella (Madrid:
    Trotta, 1996), 14.</p>
  </fn>
  <fn id="fn26">
    <label>26</label><p>Simone Weil, <italic>Escritos de Londres y
    últimas cartas</italic>, trad. Maite Larrauri (Madrid: Trotta,
    2000), 66.</p>
  </fn>
  <fn id="fn27">
    <label>27</label><p>Capella, “Simone Weil o la visión del desarraigo
    moderno”, 20.</p>
  </fn>
  <fn id="fn28">
    <label>28</label><p>Simone Weil, <italic>Echar raíces</italic>,
    trad. Juan Carlos González Pont y Juan-Ramón Capella (Madrid:
    Trotta, 1996), 29.</p>
  </fn>
  <fn id="fn29">
    <label>29</label><p>Weil, <italic>Escritos de Londres</italic>,
    68.</p>
  </fn>
  <fn id="fn30">
    <label>30</label><p>Weil, <italic>Echar raíces</italic>, 25 y
    27.</p>
  </fn>
  <fn id="fn31">
    <label>31</label><p>Weil, <italic>Echar raíces</italic>, 5.</p>
  </fn>
  <fn id="fn32">
    <label>32</label><p>Weil, <italic>Echar raíces</italic>, 26.</p>
  </fn>
  <fn id="fn33">
    <label>33</label><p>Weil, <italic>Echar raíces</italic>, 49.</p>
  </fn>
  <fn id="fn34">
    <label>34</label><p>Weil, <italic>Echar raíces</italic>, 48.</p>
  </fn>
  <fn id="fn35">
    <label>35</label><p>Weil, <italic>Escritos de Londres</italic>,
    68.</p>
  </fn>
  <fn id="fn36">
    <label>36</label><p>Weil, <italic>Echar raíces</italic>, 28.</p>
  </fn>
  <fn id="fn37">
    <label>37</label><p>Weil, <italic>Echar raíces</italic>, 23-24.</p>
  </fn>
  <fn id="fn38">
    <label>38</label><p>Chiara Zamboni, “Entre necesidad y deseo”, en
    ed. Carmen Revilla, <italic>Simone Weil: descifrar el silencio del
    mundo</italic> (Madrid: Trotta, 1995), 74-75.</p>
  </fn>
  <fn id="fn39">
    <label>39</label><p>Abraham H. Maslow, <italic>Motivación y
    personalidad</italic>, trad. Caridad Clemente (Madrid: Díaz de
    Santos, 1991).</p>
  </fn>
  <fn id="fn40">
    <label>40</label><p>Len Doyal y Ian Gough, <italic>Una teoria de las
    necesidades humanas</italic>, trad. José Antonio Moyano y Aleja
    Colas (Barcelona: Icaria, 1994).</p>
  </fn>
  <fn id="fn41">
    <label>41</label><p>Doyal y Gough, <italic>Una teoria de las
    necesidades humanas</italic>, 26.</p>
  </fn>
  <fn id="fn42">
    <label>42</label><p>Weil, <italic>Escritos de Londres</italic>,
    64.</p>
  </fn>
  <fn id="fn43">
    <label>43</label><p>Carmen Herrando “Las necesidades del alma, según
    Simone Weil”, en <italic>Persona: revista iberoamericana de
    personalismo comunitario</italic>, n. 10, 2009, 44.</p>
  </fn>
  <fn id="fn44">
    <label>44</label><p>José Luis Monereo Pérez, <italic>Simone Weil.
    Filosofía del trabajo y teoría crítica social</italic> (Barcelona:
    El viejo topo, 2023), 41.</p>
  </fn>
  <fn id="fn45">
    <label>45</label><p>Emilia Bea Pérez, <italic>Simone Weil. La
    memoria de los oprimidos</italic> (Madrid: Encuentro, 1992),
    267.</p>
  </fn>
  <fn id="fn46">
    <label>46</label><p>Juan-Ramón Capella, “Pensamientos sin orden
    sobre la existencia de Simone Weil”, en ed. Emilia Bea Pérez,
    <italic>Simone Weil. La conciencia del dolor y de la
    belleza</italic> (Madrid: Trotta, 2010), 156.</p>
  </fn>
  <fn id="fn47">
    <label>47</label><p>Weil, <italic>Escritos de Londres</italic>,
    65.</p>
  </fn>
  <fn id="fn48">
    <label>48</label><p>Weil, <italic>Cuadernos</italic>, 334.</p>
  </fn>
  <fn id="fn49">
    <label>49</label><p>Weil, <italic>La gravedad y la gracia</italic>,
    89.</p>
  </fn>
  <fn id="fn50">
    <label>50</label><p>Weil escribía: “nadie considerará inocente a un
    hombre que teniendo alimento en abundancia y encontrando ante su
    puerta a alguien medio muerto de hambre pase por su lado sin darle
    nada. Es pues una obligación eterna hacia el ser humano no dejarle
    pasar hambre cuando se le puede socorrer.” En <italic>En Echar
    raíces</italic>, 25.</p>
  </fn>
  <fn id="fn51">
    <label>51</label><p>En Liev Tolstoi, <italic>Guerra y Paz</italic>,
    trad. Lydia Kúper (Barcelona, El Aleph editores: 2011), 1396.</p>
  </fn>
  <fn id="fn52">
    <label>52</label><p>Weil, <italic>La gravedad y la gracia</italic>,
    72.</p>
  </fn>
  <fn id="fn53">
    <label>53</label><p>Weil, <italic>La gravedad y la gracia</italic>,
    155.</p>
  </fn>
  <fn id="fn54">
    <label>54</label><p>Fuster, “Sin prejucio ni sentimentalismo”,
    42.</p>
  </fn>
  <fn id="fn55">
    <label>55</label><p>Arendt, <italic>Diario filosófico</italic>,
    195.</p>
  </fn>
  <fn id="fn56">
    <label>56</label><p>Arendt, <italic>Diario filosófico</italic>,
    195.</p>
  </fn>
  <fn id="fn57">
    <label>57</label><p>Arendt, <italic>Diario filosófico</italic>,
    193.</p>
  </fn>
  <fn id="fn58">
    <label>58</label><p>Arendt, <italic>Diario filosófico</italic>,
    201.</p>
  </fn>
  <fn id="fn59">
    <label>59</label><p>Arendt, <italic>La condición humana</italic>,
    143. También “la fuerza de la necesidad es más constrictiva que la
    fuerza de los hombres”, en Arendt, <italic>Qué es la
    política</italic>, 95; y “la fuerza con que la necesidad conduce y
    compele a los hombres (…) es más constrictiva que la violencia”, en
    Arendt, <italic>Sobre la revolución</italic>, 99.</p>
  </fn>
  <fn id="fn60">
    <label>60</label><p>Hannah Arendt, <italic>Sobre la
    revolución</italic>, trad. Pedro Bravo (Madrid: Alianza, 2013),
    185.</p>
  </fn>
  <fn id="fn61">
    <label>61</label><p>Arendt, <italic>Diario filosófico</italic>,
    174.</p>
  </fn>
  <fn id="fn62">
    <label>62</label><p>Arendt, <italic>Diario filosófico</italic>,
    193.</p>
  </fn>
  <fn id="fn63">
    <label>63</label><p>Arendt, <italic>Diario filosófico</italic>,
    86.</p>
  </fn>
  <fn id="fn64">
    <label>64</label><p>Arendt, <italic>Sobre la revolución</italic>,
    101.</p>
  </fn>
  <fn id="fn65">
    <label>65</label><p>Arendt, <italic>La condición humana</italic>,
    78.</p>
  </fn>
  <fn id="fn66">
    <label>66</label><p>Por ejemplo, por Hanna Fenichel Pitkin,
    “Justice: On Relating Private and Public”, en <italic>Political
    Theory</italic>, Vol. 9, No. 3 (Aug., 1981); Bonnie Honig, “Toward
    an agonistic feminism. Hannah Arendt and the politics of identity”,
    en eds. Judith Butler y Joan Wallach Scott, <italic>Feminists
    Theorize the Political</italic>. (New York: Routledge, 1992) o Seyla
    Benhabib, <italic>The Reluctant Modernism of Hannah Arendt</italic>
    (Thousand Oaks: Sage Publications, 1996).</p>
  </fn>
  <fn id="fn67">
    <label>67</label><p>Arendt, <italic>La condición humana</italic>,
    88.</p>
  </fn>
  <fn id="fn68">
    <label>68</label><p>Giorgio Agamben, <italic>Homo sacer. El poder soberano y la nuda vida</italic>, trad. Antonio
          Gimeno Cuspinera (Valencia: Pretextos, 2016)</p>
  </fn>
  <fn id="fn69">
    <label>69</label><p>Roberto Esposito, <italic>Bios. Biopolítica y
    filosofía</italic>, trad. Carlo R. Molinari Marotto (Buenos
    Aires-Madrid: Amorrortu, 2004); y, más recientemente,
    <italic>Institución</italic>, trad. Antoni Martínez Riu (Barcelona:
    Herder, 2022).</p>
  </fn>
  <fn id="fn70">
    <label>70</label><p>Laura Quintana, “Vida y política en el
    pensamiento de Hannah Arendt”, en <italic>Revista de ciencia
    política</italic>, vol. 29, n.º 1, 2009, 185-200.</p>
  </fn>
  <fn id="fn71">
    <label>71</label><p>Arendt, <italic>Qué es la política,</italic>
    45.</p>
  </fn>
  <fn id="fn72">
    <label>72</label><p>Arendt, <italic>La condición humana</italic>,
    68.</p>
  </fn>
  <fn id="fn73">
    <label>73</label><p>Arendt, <italic>La condición humana</italic>,
    33.</p>
  </fn>
  <fn id="fn74">
    <label>74</label><p>Arendt, <italic>Sobre la revolución</italic>,
    93.</p>
  </fn>
  <fn id="fn75">
    <label>75</label><p>Arendt, <italic>La condición humana</italic>,
    126.</p>
  </fn>
  <fn id="fn76">
    <label>76</label><p>Noelia Bueno, “Biopolítica y sufrimiento social.
    Pensar una política libre de dominación”, en <italic>Eikasia:
    revista de filosofía</italic>, núm. Extra 75, 2017, 193-216, p.
    199</p>
  </fn>
  <fn id="fn77">
    <label>77</label><p>Arendt, <italic>La condición humana</italic>,
    130.</p>
  </fn>
  <fn id="fn78">
    <label>78</label><p>Fina Birulés y Àngela Lorena Fuster, “En la
    brecha del tiempo”, en Fina Birulés y Àngela Lorena Fuster (ed.),
    <italic>Hannah Arendt. Más allá de la filosofía. Escritos sobre
    cultura, arte y literatura</italic> (Madrid: Trotta, 2014), 22.</p>
  </fn>
  <fn id="fn79">
    <label>79</label><p>Arendt, <italic>Diario filosófico</italic>,
    319.</p>
  </fn>
  <fn id="fn80">
    <label>80</label><p>Arendt, <italic>Diario filosófico</italic>,
    174.</p>
  </fn>
  <fn id="fn81">
    <label>81</label><p>Arendt, <italic>Diario filosófico</italic>,
    193.</p>
  </fn>
  <fn id="fn82">
    <label>82</label><p>Arendt, <italic>La condición humana</italic>,
    119.</p>
  </fn>
  <fn id="fn83">
    <label>83</label><p>Arendt, <italic>La condición humana</italic>,
    124.</p>
  </fn>
  <fn id="fn84">
    <label>84</label><p>Arendt, <italic>La condición humana</italic>,
    130. En esta dirección argumenta con mucha más profundidad Laura
    Quintana en “Vida y política en el pensamiento de Hannah Arendt”,
    192.</p>
  </fn>
  <fn id="fn85">
    <label>85</label><p>Arendt, <italic>La condición humana</italic>,
    36.</p>
  </fn>
  <fn id="fn86">
    <label>86</label><p>Hans Jonas, “Actuar, conocer, pensar. La obra
    filosófica de Hannah Arendt”, en Fina Birulés Bertrán (comp.)
    <italic>Hannah Arendt. El orgullo de pensar</italic>, trad. Angela
    Ackermann (Barcelona: Ed. Gedisa, 2000), 31</p>
  </fn>
  <fn id="fn87">
    <label>87</label><p>Arendt, <italic>Qué es la política</italic>,
    66.</p>
  </fn>
  <fn id="fn88">
    <label>88</label><p>Arendt, <italic>Qué es la política</italic>,
    71.</p>
  </fn>
  <fn id="fn89">
    <label>89</label><p>Arendt, <italic>La condición humana</italic>,
    201.</p>
  </fn>
  <fn id="fn90">
    <label>90</label><p>Arendt, <italic>Sobre la revolución</italic>,
    180.</p>
  </fn>
  <fn id="fn91">
    <label>91</label><p>Weil, <italic>La gravedad y la gracia</italic>,
    97.</p>
  </fn>
  <fn id="fn92">
    <label>92</label><p>Weil, <italic>La gravedad y la gracia</italic>,
    81.</p>
  </fn>
  <fn id="fn93">
    <label>93</label><p>Weil, <italic>La gravedad y la gracia</italic>,
    209.</p>
  </fn>
  <fn id="fn94">
    <label>94</label><p>Audre Lorde, “La poesía no es un lujo”, en
    <italic>La hermana, la extranjera</italic>. Trad. Maria Corniero
    (Madrid: Horas y horas, 2003), 13.</p>
  </fn>
  <fn id="fn95">
    <label>95</label><p>Cristina Basili, “El cuerpo de Electra: una
    lectura política de la tragedia”, en <italic>Daimon. Revista
    Internacional de Filosofía</italic>, Suplemento 5 (2016), 860.</p>
  </fn>
  <fn id="fn96">
    <label>96</label><p>Esposito, <italic>Institución</italic>, 78.</p>
  </fn>
  <fn id="fn97">
    <label>97</label><p>Hannah Arendt, “On Hannah Arendt”, en
    <italic>Hannah Arendt: The Recovery of the Public World</italic>,
    ed. Melvin A. Hill (New York: St. Martin’s Press, 1979), 318.</p>
  </fn>
  <fn id="fn98">
    <label>98</label><p>En Weil, <italic>La gravedad y la
    gracia</italic>, 78; y “La Ilíada o el poema de la fuerza”, 21. Weil
    refiere a la historia que Aquiles contó a Príamo antes de invitarle
    a cenar, tras ir éste a pedirle el cadáver de Héctor, en el canto
    XXIV de la <italic>Ilíada.</italic></p>
  </fn>
  <fn id="fn99">
    <label>99</label><p>Weil, “La Ilíada o el poema de la fuerza”,
    21.</p>
  </fn>
  <fn id="fn100">
    <label>100</label><p>Arendt, <italic>La condición humana</italic>,
    17.</p>
  </fn>
</fn-group>
  <ack>
    <p>Este texto resulta del proyecto “Trabajo y vulnerabilidad en Hannah Arendt y Simone Weil”,
        financiado por el Ministerio de Universidades y la Unión Europea Next GenerationEU/PRTR y
        por el Plan de recuperación, transformación y resiliencia, y por la convocatoria
        complementaria de ayudas para la recualificación del sistema universitario español para
        2021-2023.</p>
  </ack>
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    <element-citation publication-type="book">
      <person-group person-group-type="author">
        <name><surname>Agamben</surname><given-names>Giorgio</given-names></name>
      </person-group>
      <year>2016</year>
      <source>Homo sacer. El poder soberano y la nuda vida</source>
      <person-group person-group-type="translator">
        <name><surname>Gimeno Cuspinera</surname><given-names>Antonio</given-names></name>
      </person-group>
      <publisher-loc>Valencia</publisher-loc>
      <publisher-name>Pre-textos</publisher-name>
    </element-citation>
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      <person-group person-group-type="author">
        <name><surname>Arendt</surname><given-names>Hannah</given-names></name>
      </person-group>
      <year>1979</year>
      <article-title>On Hannah Arendt</article-title>
      <source>Hannah Arendt: The Recovery of the Public World</source>
      <person-group person-group-type="editor">
        <name><surname>Hill</surname><given-names>Melvin A</given-names></name>
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      <publisher-loc>New York</publisher-loc>
      <publisher-name>St. Martin's Press</publisher-name>
      <fpage>301</fpage>
      <lpage>339</lpage>
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        <name><surname>Arendt</surname><given-names>Hannah</given-names></name>
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      <year>2013</year>
      <source>Sobre la revolución</source>
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        <name><surname>Bravo</surname><given-names>Pedro</given-names></name>
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      <publisher-name>Alianza</publisher-name>
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        <name><surname>Arendt</surname><given-names>Hannah</given-names></name>
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      <year>2006</year>
      <source>Hannah Arendt: diario filosófico: 1950-1973</source>
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        <name><surname>Ludz</surname><given-names>Ursula</given-names></name>
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        <name><surname>Gabás Pallás</surname><given-names>Raúl</given-names></name>
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      <year>2005</year>
      <source>La condición humana</source>
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        <name><surname>Gil Novales</surname><given-names>Ramón</given-names></name>
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        <name><surname>Arendt</surname><given-names>Hannah</given-names></name>
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      <year>1997</year>
      <source>Qué es la política</source>
      <person-group person-group-type="translator">
        <name><surname>Sala Carbó</surname><given-names>Rosa</given-names></name>
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      <publisher-loc>Barcelona</publisher-loc>
      <publisher-name>Paidós</publisher-name>
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      </person-group>
      <year>2016</year>
      <article-title>El cuerpo de Electra: una lectura política de la tragedia</article-title>
      <source>Daimon. Revista Internacional de Filosofía</source>
      <volume>Suplemento 5</volume>
      <fpage>857</fpage>
      <lpage>866</lpage>
      <pub-id pub-id-type="doi">10.6018/daimon/268901</pub-id>
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        <name><surname>Bea Pérez</surname><given-names>Emilia</given-names></name>
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        <name><surname>Benhabib</surname><given-names>Seyla</given-names></name>
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      <year>1996</year>
      <source>The Reluctant Modernism of Hannah Arendt</source>
      <publisher-loc>Thousand Oaks</publisher-loc>
      <publisher-name>Sage Publications</publisher-name>
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      <article-title>En la brecha del tiempo</article-title>
      <source>Hannah Arendt. Más allá de la filosofía. Escritos sobre cultura, arte y literatura</source>
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      <article-title>Biopolítica y sufrimiento social. Pensar una política libre de dominación</article-title>
      <source>Eikasia: revista de filosofía</source>
      <issue>Extra 75</issue>
      <fpage>193</fpage>
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        <name><surname>Capella</surname><given-names>Juan-Ramón</given-names></name>
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      <year>2010</year>
      <article-title>Pensamientos sin orden sobre la existencia de Simone Weil</article-title>
      <source>Simone Weil. La conciencia del dolor y de la belleza</source>
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        <name><surname>Bea Pérez</surname><given-names>Emilia</given-names></name>
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      <publisher-name>Trotta</publisher-name>
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