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      <journal-id journal-id-type="publisher-id">ASHF</journal-id>
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        <journal-title specific-use="original" xml:lang="es">Anales del Seminario de Historia de la Filosofía</journal-title>
      </journal-title-group>
      <issn publication-format="electronic">1988-2564</issn>
      <issn-l>0211-2337</issn-l>
      <publisher>
        <publisher-name>Ediciones Complutense</publisher-name>
        <publisher-loc>España</publisher-loc>
      </publisher>
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      <article-id pub-id-type="doi">10.5209/ashf.92313</article-id>
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        <subj-group subj-group-type="heading">
          <subject>ESTUDIOS</subject>
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        <article-title>Hegel y la ontología de la libertad</article-title>
        <trans-title-group xml:lang="en">
          <trans-title>Hegel and the ontology of freedom</trans-title>
        </trans-title-group>
      </title-group>
      <contrib-group>
        <contrib contrib-type="author" corresp="yes">
          <contrib-id contrib-id-type="orcid">https://orcid.org/0000-0002-2652-9645</contrib-id>
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            <surname>Parra-Ayala</surname>
            <given-names>Andrés Felipe</given-names>
          </name>
          <xref ref-type="aff" rid="aff-a"/>
          <xref ref-type="corresp" rid="cor1"/>
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        <aff id="aff-a"><institution content-type="original">Universidad de los Andes  (Bogotá)</institution>
          <country country="CO">Colombia</country>
        </aff>
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      <author-notes>
        <corresp id="cor1">Andrés Felipe Parra-Ayala<email>Af.parra212@uniandes.edu.co</email></corresp>
      </author-notes>
      <pub-date pub-type="epub" publication-format="electronic" iso-8601-date="2025-09-30">
        <day>30</day>
        <month>09</month>
        <year>2025</year>
      </pub-date>
      <volume>42</volume>
      <issue>3</issue>
      <fpage>579</fpage>
      <lpage>590</lpage>
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        <copyright-statement>Copyright © 2025, Universidad Complutense de
          Madrid</copyright-statement>
        <copyright-year>2025</copyright-year>
        <copyright-holder>Universidad Complutense de Madrid</copyright-holder>
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          <license-p>Esta obra está bajo una licencia <ext-link ext-link-type="uri"
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              4.0 International</ext-link></license-p>
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      <abstract>
        <p>En este artículo quiero defender la tesis de que la Ciencia de la Lógica de Hegel y, en especial,
          el tránsito de la sustancia al sujeto al final de la doctrina de la esencia, deben leerse como una ontología de
          la libertad. La ontología de la libertad es la respuesta a la pregunta de cómo es posible la existencia de la
          libertad humana dentro de la naturaleza y el mundo objetivo. Pero más allá de explicar y aclarar el tránsito de
          la sustancia al sujeto en la Ciencia de la Lógica de la forma más clara posible, me propongo realizar un aporte
          al debate acerca del carácter trascendental o metafísico-precrítico de la lógica hegeliana. Como ontología
          de la libertad, la lógica no es mera filosofía trascendental, como lo suponen ciertas lecturas anglosajonas,
          pero tampoco una metafísica prekantiana que ignora el problema de la autoconciencia. Así, la ontología
          de la libertad ofrece una nueva perspectiva para pensar lo absoluto: dado que la espontaneidad del sujeto
          no es otra cosa que la aparición y la manifestación reflexiva de la sustancia, lo absoluto no puede ser ya
          simplemente la sustancia o la naturaleza, ni tampoco la simple unidad entre esta y el sujeto, sino, más bien,
          el pensamiento autoconsciente y reflexivo de esa unidad.</p>
      </abstract>
      <trans-abstract xml:lang="en">
        <p>In this paper I want to defend the thesis that Hegel’s Science of Logic, and especially
          the transition from substance to subject at the end of the doctrine of essence, must be
          read as an ontology of freedom. The ontology of freedom is the answer to the question of
          how the existence of human freedom is possible within nature and the objective world. But
          beyond explaining and clarifying the transition from substance to subject in the Science
          of Logic as clearly as possible, I intend to contribute to the debate about the
          transcendental or metaphysical-precritical character of Hegelian logic. As an ontology of
          freedom, logic is not merely a transcendental philosophy, as certain Anglo-Saxon readings
          suppose, but neither is it a preKantian metaphysics that ignores the problem of
          self-consciousness. Thus, the ontology of freedom offers a new perspective for thinking
          the absolute: since the spontaneity of the subject is nothing other than the appearance
          and reflexive manifestation of substance, the absolute can no longer be simply substance
          or nature, nor even the simple unity between substance and subject, but rather the
          self-conscious and reflexive thought of that unity.</p>
      </trans-abstract>
      <kwd-group>
        <kwd>Absoluto</kwd>
        <kwd>Hegel</kwd>
        <kwd>Libertad</kwd>
        <kwd>Ontología</kwd>
        <kwd>Sujeto</kwd>
        <kwd>Sustancia</kwd>
      </kwd-group>
      <kwd-group xml:lang="en">
        <kwd>Absolute</kwd>
        <kwd>Hegel</kwd>
        <kwd>Freedom</kwd>
        <kwd>Ontology</kwd>
        <kwd>Subject</kwd>
        <kwd>Substance</kwd>
      </kwd-group>
    </article-meta>
  </front>
<body>
  <sec id="sec0">
    <title>Introducción</title>
    <p>En este artículo<xref ref-type="fn" rid="fn1">1</xref> quiero defender la tesis de que la
      <italic>Ciencia de la Lógica</italic><xref ref-type="fn" rid="fn2">2</xref> de Hegel y, en
      especial, el tránsito de la sustancia al sujeto al final de la doctrina de la esencia, deben
      leerse como una ontología de la libertad. La ontología de la libertad es la respuesta a la
      pregunta de cómo es posible la existencia de la libertad humana dentro de la naturaleza y el
      mundo objetivo. Hegel propuso esta ontología para evitar, pero al mismo tiempo reconciliar,
      dos posiciones filosóficas predominantes en su época: el determinismo de Spinoza y la
      filosofía trascendental. El determinismo, aunque conserva la unidad del mundo objetivo y de la
      naturaleza como totalidad, niega la espontaneidad del sujeto y rebaja la libertad al mero
      conocimiento de las propias determinaciones naturales. Por su parte, la filosofía
      trascendental busca salvaguardar a toda costa la espontaneidad del sujeto y superar el
      determinismo, pero a costa de un dualismo entre el sujeto y el mundo natural objetivo, hasta
      el punto de que este último aparece y es pensado como lo que es totalmente opuesto del sujeto
      libre y espontáneo (como no-yo, por ejemplo, en Fichte). Hegel quiere entonces la perspectiva
      de unidad y totalidad superadora de dualismos que le ofrece Spinoza junto con la espontaneidad
      del sujeto de Kant y Fichte.</p>
    <p>La ontología de la libertad parece entonces la cuadratura del círculo. En efecto, del carácter
      libre y espontáneo del sujeto afirmado por la filosofía trascendental se sigue que la
      actividad conceptual de la subjetividad está gobernada y estructurada por reglas que esta se
      da a sí misma: la fuente normativa de nuestra actividad conceptual no está en la naturaleza
      (por ejemplo, en las necesidades de la supervivencia biológica o en mecanismos psicológicos),
      sino en un acto de autodeterminación del yo. Pero si esto es así, ¿cómo es posible que la
      subjetividad libre, que tiene una fuente normativa externa y separada de la naturaleza para su
      actividad conceptual, forme, sin embargo, parte de esa misma naturaleza, de modo que no se
      produzca un dualismo ontológico entre sujeto y objeto o entre libertad y naturaleza?
      Argumentaré que Hegel responde esta pregunta por medio de la tesis de una relación isomórfica
      entre sustancia y sujeto: ambos comparten la forma lógica del “Concepto” porque sujeto y
      sustancia son actos autopoiéticos y dinámicos de autodeterminación. Con esta tesis podremos
      entender no solo por qué los sujetos espontáneos, cuya actividad conceptual no es una
      expresión inmediata de la naturaleza, siguen siendo compatibles con y formando parte de ella,
      sino también cómo Hegel conecta dos afirmaciones que parecen incompatibles entre sí: la de la
      espontaneidad del conceptualizar, por un lado, y la de la capacidad del pensamiento de acceder
      a la esencia verdadera, al ser en sí, del mundo objetivo y la naturaleza a través de los
      conceptos, por otro.</p>
    <p>En este sentido, el planteamiento de una ontología de la libertad se opone a las lecturas, sobre
      todo anglosajonas, de la lógica de Hegel como una nueva versión radicalizada o modificada de
      la filosofía trascendental de Kant.<xref ref-type="fn" rid="fn3">3</xref> Pues estas lecturas
      no enfrentan la pregunta que anima la ontología de la libertad: cómo los sujetos
      autoconscientes pueden formar parte del mundo objetivo y la naturaleza o cómo podemos afirmar
      la espontaneidad y la libertad del sujeto sin caer en un dualismo ontológico entre libertad y
      naturaleza. La ontología de la libertad se opone entonces también a las interpretaciones de la
      <italic>Lógica</italic> como una reedición de la metafísica precrítica a pesar de Kant, ya
      sea en una vertiente spinozista<xref ref-type="fn" rid="fn4">4</xref> o neoplatónica<xref
        ref-type="fn" rid="fn5">5</xref>: en estas lecturas se supone que Hegel se ocupa solo de
      encontrar las estructuras fundamentales del ser y no de explicar cómo el sujeto, con su
      carácter libre y espontáneo, puede ser pensado desde ellas. Y aunque hay muchos autores que
      sostienen una posición similar a mi interpretación, a saber, que la <italic>Ciencia de la
        Lógica</italic> no es ni una metafísica precrítica, ni una reedición de la filosofía
      trascendental,<xref ref-type="fn" rid="fn6">6</xref> creo que mi lectura de la ontología de
      la libertad podría aportar algo frente a ellas. Comparto con estas lecturas que la
      <italic>Ciencia de la Lógica</italic> ofrece una ontología relacional y del proceso en
      contra de una ontología discreta, de una onto(teo) logía del <italic>ens supremmum</italic> o
      de cualquier hipóstasis o entificación de lo que es, es decir, cualquier presentación del ser
      como una cosa o un conjunto de cosas con atributos o propiedades.<xref ref-type="fn" rid="fn7"
        >7</xref> Pero pienso también que la ontología hegeliana no se agota en una exposición
      relacional y procesual de lo que es: el núcleo de esta ontología relacional es que a partir de
      ella podemos pensar cómo es posible la existencia de sujetos libres y espontáneos dentro del
      ser y, con ello, la superación del dualismo ontológico entre libertad y naturaleza. Este texto
      pretende dar unas primeras puntadas en esta dirección.</p>
    <p>El presente artículo está estructurado del siguiente modo. En la primera parte, reconstruiré, en
      forma de un breve comentario, el último capítulo de la doctrina de la esencia, titulado “la
      relación absoluta” y consagrado a la causalidad y su tránsito a la acción recíproca. En la
      segunda parte, mostraré en qué medida ese paso de la causalidad a la acción recíproca ofrece
      una respuesta a la pregunta de la ontología de la libertad, a saber, cómo es posible el
      surgimiento y la existencia de sujetos espontáneos dentro de la naturaleza y el mundo
      objetivo. Mi tesis aquí es que Hegel resuelve el problema de cómo encajan los sujetos
      espontáneos dentro del ser presentando una <italic>deconstrucción lógica del
        determinismo</italic>. Tal deconstrucción pasa por retrotraer el postulado determinista
      atribuido por Hegel a Spinoza a su forma lógica esencial, que es el dualismo entre positividad
      (identidad) y negación (diferencia). Si ponemos en cuestión ese dualismo conceptual, el
      determinismo, que no es otra cosa que su consecuencia, quedará también refutado. Así, dejar de
      pensar el ser o la sustancia bajo el dualismo entre identidad y diferencia abre la puerta a la
      idea de que en la naturaleza y en el mundo objetivo pueden encontrarse dinámicas de
      autodeterminación o autotransformación (así sean noconscientes) porque la totalidad o la
      sustancia-una es un proceso dinámico y autopoiético de afirmación de su propia identidad a
      través de la producción de diferencias internas. En la tercera parte, mostraré en detalle por
      qué y cómo la sustancia y el sujeto tienen una relación isomórfica y me ocuparé también del
      problema de la compatibilidad de la afirmación del carácter libre y espontáneo de la
      subjetividad con la afirmación de su pertenencia ontológica a la naturaleza y al mundo.</p>
  </sec>
<sec id="sec1">
  <title>1. De la causalidad a la acción recíproca</title>
  <p>En el último capítulo de la doctrina de la esencia, titulado “la relación absoluta”, Hegel
        intenta demostrar que la sustancia solo es pensable bajo la forma lógica de la subjetividad,
        esto es, como un movimiento puro de autopoiesis y autodeterminación libre, como pura
        autotransformación y autoproducción. La autodeterminación, que parece una característica
        exclusiva de los sujetos libres, es entonces la forma ontológica de la sustancia, aunque
        exista en ella de forma noconsciente. Si esto es cierto, entonces la libertad humana no es
        ontológicamente extraña a la sustancia. Sin embargo, la demostración de la tesis de que la
        sustancia tiene la forma lógica de la autodeterminación libre pasa por examinar y sacar a la
        luz las aporías lógicas que, de acuerdo con Hegel, aparecen en la sustancia pensada desde el
        concepto de la necesidad, es decir, la sustancia en la versión de Spinoza.<xref
          ref-type="fn" rid="fn8">8</xref></p>
  <p>Antes que nada, debemos recordar que la sustancia es el resultado del análisis hegeliano de las
        modalidades. Contra una visión como la de Lewis, de acuerdo con la cual la realidad y la
        posibilidad son regiones o mundos posibles contrapuestos dentro del espacio lógico, Hegel
        defiende una teoría dinámica de las modalidades. Posibilidad y realidad no están simplemente
        contrapuestas, sino que se suceden una tras otra en un devenir dinámico. Las posibilidades
        se realizan, se convierten en realidad, pero esas realidades perecen y pasan a ser de nuevo
        posibilidades, y así sucesivamente. Las nubes cargadas son, por ejemplo, posibilidad de
        lluvia, la cual se realiza en la precipitación, pero el agua de la lluvia perece, se evapora
        convirtiéndose de nuevo en mera posibilidad de lluvia. El devenir total de esas
        posibilidades haciéndose realidad y de esas realidades convirtiéndose otra vez en
        posibilidades es la sustancia. Y por esta razón ella no se distingue de las interacciones y
        transformaciones de los accidentes. Llegamos entonces al primer acápite del capítulo: la
        relación de sustancialidad.</p>
  <sec id="sec1.1">
    <title>1.1. La relación de sustancialidad</title>
    <p>Como relación de sustancialidad, la sustancia no es aquí un sustrato o un contenedor en el
          que subsisten todos los seres finitos. La sustancia no es el conjunto de todo lo que
          existe porque no es un conjunto distinto de sus elementos. Como devenir total de las
          posibilidades en realidades y las realidades en posibilidades, la sustancia es, más bien,
          “potencia absoluta” [absolute Macht].<xref ref-type="fn" rid="fn9">9</xref> La sustancia
          es la potencia y el poder que atraviesa inmanentemente y se expresa en los cambios y
          transformaciones de los seres finitos. Y a su vez, la sustancia como poder absoluto es un
          poder que solo existe en su despliegue y en su ejercicio, lo cual significa que la
          sustancia coincide con el proceso de cambio y transformación de los accidentes. La
          sustancia es así proceso y no un sustrato contenedor ni un conjunto de elementos. En
          palabras de Hegel: “la sustancia como esta identidad del aparecer es la totalidad del todo
          y comprende a la accidentalidad dentro de sí, y la accidentalidad es toda la sustancia
          como tal”.<xref ref-type="fn" rid="fn10">10</xref></p>
    <p>Pero si la sustancia coincide con el proceso de cambio y sucesión infinita de los accidentes,
          entonces los accidentes no ejercen ningún poder real sobre los otros. El poder que
          aparentemente ejerce un accidente sobre el otro es realmente el poder absoluto de la
            sustancia.<xref ref-type="fn" rid="fn11">11</xref> Así, por ejemplo, no son los gases
          efecto invernadero los que causan el calentamiento global y no es la piedra la que rompe
          el vidrio. Todos esos fenómenos cotidianos en los que una cosa parece influir sobre otra
          son solo apariencias cuya realidad verdadera es el poder de la sustancia actuando sobre sí
          misma. Lo anterior supone una “identidad inmediata”, “sin ninguna diferencia real” entre
          la sustancia y el devenir de los accidentes. Tal identidad es propia de la sustancia que
          “no se ha manifestado en su concepto total”<xref ref-type="fn" rid="fn12">12</xref> porque
          se trata de la sustancia pensada como mera identidad consigo misma.</p>
    <p>Esta concepción identitaria de la sustancia, sin embargo, conduce a una contradicción. Se
          supone que en la sustancia está superada la dualidad entre esencia y existencia aparente,
          pero la identidad inmediata entre la sustancia y el devenir de los accidentes implica una
          sutil, pero decisiva reintroducción de dicha dualidad: la interacción entre los
          accidentes, por ejemplo, la piedra rompiendo el vidrio, es una apariencia falsa, cuya
          realidad verdadera y esencial es el poder de la sustancia. La idea de la identidad
          inmediata entre la sustancia y el devenir de los accidentes es entonces
          autocontradictoria, pues partiendo de la premisa de dicha identidad inmediata arribamos a
          una conclusión opuesta, de acuerdo con la cual el poder de la sustancia constituye la
          esencia y el devenir de los accidentes es la apariencia, y que, en esa medida, se trata de
          cosas distintas.</p>
  </sec>
  <sec id="sec1.2">
    <title>1.2. La causalidad formal</title>
    <p>A raíz del fracaso de la concepción de la sustancia como relación de sustancialidad,
          necesitamos una teoría alternativa. Esta teoría alternativa es la sustancia como relación
          causal: aprehender la relación entre la sustancia y los accidentes como una relación
          causal soluciona la contradicción presente en la relación de sustancialidad, porque hay
          una diferencia entre decir que los accidentes y sus interacciones son
            <italic>efecto</italic> de la sustancia a decir que son una <italic>falsa
            apariencia</italic> del poder sustancial como realidad esencial verdadera. A diferencia
          de la falsa apariencia, la cual no tiene ninguna consistencia ontológica y se desvanece en
          el momento en el que la verdadera realidad aparece, el efecto vale como manifestación y
          forma de aparición única y primigenia de la causa. Así, el accidente concebido como efecto
          es aparición y manifestación de la sustancia, no su falsa apariencia. Tal y como lo
          plantea Hegel, la sustancia como causa consiste en su acto de producir el efecto porque el
          ser esencial de una causa es precisamente producir un efecto: “la sustancia es, por tanto,
          realidad efectiva solo como efecto. Pero la realidad de que su ser en sí, su determinidad
          en la relación de sustancialidad está puesta ahora <italic>como determinidad</italic> es
          el <italic>efecto</italic>; por tanto, la sustancia tiene la realidad que tiene como causa
          únicamente en su efecto”.<xref ref-type="fn" rid="fn13">13</xref></p>
    <p>La causa se manifiesta en el efecto, por lo que en este último solo está presente aquello que
          ya estaba en la causa. Tenemos así una identidad y un continuum de contenido entre la
          causa y el efecto: “por lo tanto, el efecto no contiene nada en absoluto que no contenga
          la causa. Y viceversa, la causa no contiene nada que no esté en su efecto”.<xref
            ref-type="fn" rid="fn14">14</xref> A esta tesis de la identidad y del continuum de
          contenido entre causa y efecto Hegel la denomina la “causalidad formal”. Se trata de una
          tesis o teoría formal porque su postulado esencial es que no hay precisamente ninguna
          diferencia de contenido entre la causa y el efecto porque el ser de la primera consiste en
          volverse el segundo y el de este último en provenir de la primera.</p>
    <p>No obstante, aunque la causalidad formal soluciona la contradicción de la relación de
          sustancialidad en la medida en que presenta la relación entre sustancia y accidente como
          una relación de manifestación y no como una de esencia contra apariencia, persiste aun un
          problema en esta teoría. La tesis de la identidad entre causa y efecto parece contradecir
          la concepción de la causalidad de las ciencias empírico-naturales, según la cual una clara
          diferenciación entre causa y efecto es necesaria para la construcción de modelos
          explicativos. Cualquier teoría filosófica de la causalidad no puede ignorar el problema ni
          ser incompatible con la praxis de las ciencias naturales y sociales, por lo que es
          necesario explicar cómo es posible la distinción entre causa y efecto si, de entrada,
          ambos son idénticos en su contenido. La respuesta a esta pregunta radica en que, si bien
          la causa y el efecto son idénticos en su contenido, la “reflexión externa” —el pensamiento
          subjetivo de los observadores— establece la distinción entre causa y efecto. La distinción
          entre causa y efecto es entonces externa a la propia sustancia que, como causa, se
          manifiesta como efecto en sus accidentes. Aquí pasamos a una nueva teoría de la
          causalidad, denominada por Hegel la “relación causal determinada”.</p>
  </sec>
  <sec id="sec1.3">
    <title>1.3. La relación causal determinada</title>
    <p>Un ejemplo nos ayudará a entender la tesis fundamental de la teoría de la relación causal
          determinada. Si una piedra rompe un vidrio, por un lado nos topamos con una identidad de
          contenido entre la causa y el efecto: la fuerza que impulsa la piedra es la <italic>misma
            fuerza</italic><xref ref-type="fn" rid="fn15">15</xref> que produce la ruptura del
          vidrio; pero, por otro lado, tenemos la diferenciación entre causa y efecto realizada por
          la reflexión o el punto de vista del observador externo: una distinción entre la piedra y
          la ventana como sustratos diferenciados que componen la relación causal. Por ello decimos
          que la piedra rompió la ventana, atribuyéndole a la primera un papel activo y a la
          segunda, uno pasivo.</p>
    <p>La distinción establecida por el observador externo no es, sin embargo, arbitraria. A pesar
          de que sea la misma fuerza la que mueve la piedra y la que rompe la ventana, tanto la
          piedra como el vidrio tienen más propiedades y determinaciones que el ser instancias de la
          fuerza en cuestión. Porque antes de ser puesta en movimiento por la fuerza que la dirige
          hacia la ventana, la piedra ya existía con sus propiedades específicas como su
          consistencia, el color o el peso, y lo mismo puede decirse del vidrio.<xref ref-type="fn"
            rid="fn16">16</xref></p>
    <p>Hegel señala que esta estructura lógica de las relaciones de causalidad, en la que hay una
          identidad de contenido entre causa y efecto, pero también una diferenciación entre ambos
          términos como sustratos componentes de la relación, es la base de los problemas
          filosóficos de la regresión infinita de las causas y la progresión infinita de los
            efectos.<xref ref-type="fn" rid="fn17">17</xref> La cuestión cosmológica acerca del
          primer comienzo del universo, en su dimensión filosófica y no empírica, tiene su origen en
          esta forma de comprender las relaciones de causalidad. La diferencia entre la dimensión
          empírica y filosófica de la cosmología consiste en que la primera se interroga por
            <italic>cuál</italic> es el origen del universo —una pregunta que solo puede ser
          respondida empíricamente por la física—, mientras que la segunda intenta responder la
          pregunta de si, por razones lógicas o conceptuales, el mundo debe tener un primer comienzo
          o si podemos pensarlo como eternamente existente sin ningún comienzo — una interrogación
          que solo puede abordarse filosóficamente. Es sabido que Kant soluciona la cuestión
          cosmológica en sentido filosófico estableciendo los límites del conocimiento y del uso de
          la razón pura: aunque es natural que nos hagamos esa pregunta (metafísica natural), no es
          posible responderla con la certeza propia de la ciencia o el conocimiento porque dicha
          certeza solo se obtiene aplicando los conceptos puros del entendimiento —como la
          causalidad— al material que nos es dado por medio de los sentidos. Hegel sigue una
          estrategia distinta: en vez de establecer límites de la razón, problematiza la estructura
          lógica de la causalidad que está a la base de la antinomia. Si Kant ofrece una reducción
          epistemológica del problema, Hegel presenta su reducción lógica: si en vez de una sucesión
          entre causa y efecto como sustratos diferenciados entendemos el mundo como una sustancia
          que se autoproduce y se autodetermina, la pregunta por el primer comienzo se revela como
          un malentendido que responde a una mala comprensión de la estructura lógica de la
            causalidad.<xref ref-type="fn" rid="fn18">18</xref></p>
    <p>Pero para llegar a una conclusión tal, hay que entender cuál es la contradicción subyacente a
          la estructura lógica de la causalidad propia de la teoría de la relación causal
          determinada. La contradicción consiste en que la distinción entre sustrato y relación es
          insostenible: el sustrato de la relación causal es él mismo una relación causal. Si
          retornamos a nuestro ejemplo de la piedra que rompe la ventana, es claro que la piedra y
          la ventana como sustratos son también resultado y expresión de ciertas relaciones de
          causalidad. La piedra existe como piedra <italic>en virtud</italic> de ciertas relaciones
          de causalidad: su dureza, su color, su formación, etc., <italic>coincide</italic> con
          relaciones de causalidad como la gravedad, las condiciones atmosféricas, la temperatura,
          etc. Si esto es así, la representación de un sustrato de la relación causal como activo y
          del otro como pasivo es también inconsistente. Si la piedra es ella misma el resultado de
          ciertas relaciones causales que explican su existencia y que hacen que ella se dirija
          hacia el vidrio, entonces el sustrato que funge como causa y como activo es él mismo
          efecto y, por tanto, pasivo: ha sido puesto allí por otras fuerzas y factores. Pero de
          igual forma, la ventana que se rompe no es solo un efecto pasivo del golpe de la piedra,
          sino que ella misma se vuelve causa de otros acontecimientos: los trozos del vidrio roto
          pueden, por ejemplo, cortar a alguien o chocar con el suelo y romperse en partes aún más
          pequeñas, etc.</p>
    <p>Así pues, la causa se convierte en efecto, pero este último se convierte también en causa. Y
          si prescindimos de la representación de sustratos distinguibles de la relación causal, el
          resultado será que la sustancia se desdobla, se autodiferencia y actúa sobre sí misma.
          Esta idea del autodesdoblamiento de la sustancia se desprende del hecho de que la causa se
          convierte en efecto, pero al hacerlo, se convierte de nuevo en causa de otros fenómenos.
          La misma causa, que es el poder de la sustancia, se afirma produciendo siempre fenómenos
          distintos y diferenciados entre sí: la iteración de la identidad de la sustancia es la
          producción de diferencias internas, o sea, el acto de su autodiferenciación. Así, la
          identidad entre la sustancia y los accidentes ya no es inmediata o indiferenciada, sino
          que se acerca a la idea de la automediación y autodeterminación. Con esto llegamos al
          tercer estadio del análisis hegeliano de la relación causal: acción y reacción.</p>
  </sec>
  <sec id="sec1.4">
    <title>1.4. Acción y reacción y reciprocidad</title>
    <p>En el acápite de “acción y reacción”, Hegel extrae la consecuencia inmediata de la
          contradicción subyacente a la estructura lógica de la relación causal determinada. La
          conversión de la causa en efecto y del efecto en causa no tiene únicamente un sentido
          lineal, sino que también es circular.<xref ref-type="fn" rid="fn19">19</xref> En un primer
          momento, el ya mentado autodesdoblamiento de la sustancia produce una distinción entre una
          sustancia activa y una sustancia pasiva, las cuales corresponden, por decirlo así, a los
          lados de la sustancia que se desdobla.<xref ref-type="fn" rid="fn20">20</xref> La piedra
          sería la sustancia activa, mientras que el vidrio, la pasiva. En este ejemplo tenemos que
          la piedra como causa y sustancia activa es también efecto y sustancia pasiva porque hay
          una infinidad de causas que la pusieron a chocar con el vidrio; tenemos también que el
          efecto o la sustancia pasiva es igualmente causa y sustancia activa porque el vidrio roto
          produce a su vez nuevos fenómenos convirtiéndose así en causa. El punto del acápite de
          “acción y reacción” es que el vidrio no solo es causa y sustancia activa hacia adelante
          produciendo nuevos fenómenos (como cortar a alguien), sino que lo es también <italic>hacia
            atrás</italic>: el vidrio debe actuar sobre la piedra, debe ejercer una resistencia y
          una contrafuerza frente a ella, para poder romperse. El vidrio, que aparecía dentro del
          autodesdoblamiento de la sustancia como una sustancia pasiva, es también sustancia activa
          frente a la piedra, cuya determinación era la de ser la sustancia activa. En consecuencia,
          la piedra es también una sustancia pasiva en el momento de ejercer una fuerza contra el
          vidrio; el vidrio es también sustancia activa en el momento en que es roto por la piedra:
          “la reacción se dirige contra la causa que actúa primero”.<xref ref-type="fn" rid="fn21"
            >21</xref></p>
    <p>La mutua implicación entre la sustancia activa y pasiva da paso a la acción recíproca y
          supone un nuevo panorama ontológico-conceptual: toda causalidad tiene una estructura
          circular y es en el fondo acción recíproca.<xref ref-type="fn" rid="fn22">22</xref> Hegel
          termina su análisis de la causalidad y toda la doctrina de la esencia afirmando
          —misteriosamente— que la implicación de esta nueva comprensión de la causalidad es que la
          determinación esencial de la sustancia no es la necesidad, sino la libertad.<xref
            ref-type="fn" rid="fn23">23</xref></p>
  </sec>
</sec>
<sec id="sec2">
  <title>2. La sustancia como libertad</title>
  <p>¿Por qué el hecho de que toda relación causal sea en el fondo acción recíproca supone que hemos
        pasado de la necesidad a la libertad? Una respuesta clara y adecuada a esta pregunta exige
        de antemano una precisión. La libertad que surge como determinación esencial de la sustancia
        no es la libertad en el sentido ordinario del término. No se trata de la libertad jurídica,
        política o moral, propia de los sujetos, sino de una libertad que podríamos llamar lógica y
        ontológica. Esto no quiere decir, sin embargo, que la libertad ontológica de la sustancia y
        la libertad de los sujetos en sentido ordinario no tengan nada que ver y estén totalmente
        desconectadas.</p>
  <p>Para Hegel la libertad lógica consiste en el hecho de que la manifestación de la sustancia en
        los seres finitos coincide con un acto de autoproducción y autotransformación de la propia
        sustancia. La sustancia solo es pensable como siempre deviniendo distinta de sí misma, como
        permanente transformación de sí. La sustancia es por ello principalmente acto autopoiético y
        no cosa. Esto significa que la sustancia no es una positividad pura y plana, como Hegel
        creía que era el caso en Spinoza, sino que la negatividad, la transformación y el cambio le
        son esenciales, pues solo a través de su propia transformación, de la producción de
        diferencias internas la sustancia afirma su propia identidad positiva.</p>
  <p>Por esta razón, la totalidad solo puede ser pensada para Hegel como totalidad viviente
          [<italic>lebendige Totalität</italic>]. La vida no es una metáfora o un ejemplo para hacer
        plausible el concepto de la totalidad, sino su forma primigenia de ser: el planteamiento de
        la ontología de la libertad que estoy defendiendo acá supone también una ontología de la
          vida.<xref ref-type="fn" rid="fn24">24</xref> Pues <italic>la</italic> vida existe en
        singular como una totalidad, pero la manera en la que la vida se reproduce y afirma su
        identidad consiste en el surgimiento constante de nuevos seres vivientes siempre distintos
        entre sí. La vida permanece idéntica consigo misma, pero solo si, en su acto autopoiético,
        produce y da lugar a nuevas formas de vida, es decir, solo si se autotransforma y se
        autodiferencia. Tiene todo el sentido hablar acá de una autodiferenciación porque la forma
        de vida particular o el viviente singular son <italic>vivos</italic>, es decir,
        manifestaciones de la vida que pertenecen a ella como un todo y solo en ella tienen
        existencia particular, pero, justamente por el hecho de ser vivos y manifestaciones de vida,
        los vivientes son siempre distintos entre sí y su desarrollo vital consiste específicamente
        en alterar y transformar la vida como un todo.</p>
  <p>Libertad ontológica significa entonces que la sustancia solo es pensable como totalidad
        viviente, como acto de autotransformación y autodeterminación.<xref ref-type="fn" rid="fn25"
          >25</xref> Aunque esta idea resulta plausible porque podemos describir satisfactoriamente
        nuestra libertad en sentido práctico y ordinario con los conceptos de autotransformación o
        autodeterminación y decimos que los individuos o las sociedades son libres si el contenido
        que los identifica es resultado de su propia acción y obra, la razón específica por la que
        podemos identificar la libertad ontológica (y también la ordinaria) con la autodeterminación
        y la autotransformación es más bien otra: el determinismo de la sustancia (y cualquier
        determinismo en general) se basa en el dualismo lógico-categorial entre identidad y
        diferencia, que el concepto de autodeterminación supera y refuta.</p>
  <p>En efecto, la base de la ontología de la necesidad es una concepción de la identidad separada y
        contrapuesta frente a la diferencia. La razón es clara: desde el concepto formal de la
        identidad, la única relación que algo puede tener consigo mismo es una relación estática, es
        decir, la pura relación tautológica, mientras que si hay cambio o transformación, el proceso
        de transformación debe involucrar dos elementos heterogéneos y distintos: uno que transforma
        y el otro que es transformado. La ontología de la necesidad se basa precisamente en esta
        distinción entre lo activo y lo pasivo. La ontología de la necesidad y su determinismo
        subsecuente son la consecuencia de pensar el cambio y la transformación desde el dualismo
        lógico-categorial entre identidad y diferencia. Ahora bien, de acuerdo con Hegel, la
        sustancia como acto autopoiético de autodiferenciación refuta ese dualismo y refuta con ello
        también el determinismo y la ontología de la necesidad. Pues, en la sustancia como
        autopoiesis y como totalidad viviente, identidad y diferencia forman un solo correlato: la
        identidad del todo se afirma en la producción permanente de diferencias, de seres finitos
        distintos entre sí, pero estas diferencias son siempre internas al todo y pertenecen a él.
        La sustancia no se relaciona consigo misma en la forma vacía de la tautología (como se sigue
        de los presupuestos lógicos de una ontología de la necesidad), sino en la forma activa de su
        autotransformación y autodiferenciación.</p>
  <p>Aquí se puede entrever la solución hegeliana al problema de cómo la libertad es pensable en un
        mundo objetivo aparentemente gobernado por la necesidad causal. La solución consiste en
        retrotraer la idea de la necesidad causal a sus presupuestos lógicos y mostrar que en ellos
        subyace implícitamente aquella autodeterminación y autotransformación que parecía no encajar
        en el mundo. Si la necesidad causal puede retrotraerse a la autodeterminación y a la
        dinámica autopoiética de la sustancia como totalidad viviente, entonces la pregunta de cómo
        son posibles la autodeterminación y la libertad en el mundo resulta ser un malentendido
        producido por el dualismo lógico-categorial entre identidad y diferencia, que nos mantenía
        presos de la ontología de la necesidad.<xref ref-type="fn" rid="fn26">26</xref></p>
  <p>Así, la tesis general de Hegel es que la sustancia como totalidad viviente y la subjetividad
        son isomórficas: ambas son un acto de autodiferenciación, autotransformación y
        autodeterminación, en el que la identidad y diferencia forman un solo correlato porque la
        identidad se afirma a través de la producción de diferenciaciones internas. Pero hasta acá
        solo he mostrado cómo y por qué la sustancia debe pensarse como autopoiesis. Hace falta
        explicar detalladamente en qué sentido la subjetividad es también un acto de
        autodiferenciación y tiene esa misma estructura lógica de la sustancia. Aquí la concepción
        hegeliana del “Concepto” como relación recíproca entre lo universal, particular y singular
        juega un rol clave, pues la forma o la estructura lógica que comparten la sustancia y el
        sujeto es precisamente la del Concepto.</p>
</sec>
<sec id="sec3">
  <title>3. Concepto y subjetividad</title>
  <sec id="sec3.1">
    <title>3.1. Isomorfismo entre sustancia y sujeto</title>
    <p>Hegel termina la doctrina de la esencia señalando que el paso de la causalidad a la acción
          recíproca no solo implica un tránsito de la necesidad a la libertad, sino también el
          ingreso a la esfera del Concepto. Si por Concepto entendemos, tal y como lo hace Hegel, la
          relación recíproca entre lo universal y lo singular, la tesis en cuestión deja de ser
          extraña. En efecto, en la idea de la sustancia como totalidad viviente y acto autopoiético
          de autodiferenciación está implícita la forma lógica del Concepto. La sustancia como
          totalidad es universal, pero dado que ella se reproduce y se itera a sí misma por medio de
          su autotransformación y da lugar con ello a seres finitos distintos entre sí, la
          universalidad de la sustancia coincide con su propia singularización. Lo universal de la
          sustancia es el permanente proceso en el que ella deviene singular. Del mismo modo, la
          singularidad de cada ser finito consiste en ser expresión y desarrollo del todo, pero se
          trata de una expresión y de un desarrollo diferenciado porque la existencia del singular
          transforma y altera el todo, precisamente porque dichas transformaciones y alteraciones no
          son otra cosa que el todo autotransformándose. Lo singular solo existe en su singularidad
          haciéndose universal.</p>
    <p>De nuevo, el carácter viviente de la totalidad da cuenta de forma clara cómo en ella está
          presente la forma lógica del concepto. La vida es un universal, pero dado que la vida
          consiste no solo en producir vida, sino en producir vida siempre diferente de sí misma, la
          totalidad de la vida se afirma instanciándose en cada ser vivo singular. Pero, a su vez,
          cada uno de estos seres vivos vive en la medida en que incide y modifica la vida como un
          todo: el ecosistema y la vida entera no es exactamente la misma después de que un ser vivo
          ha desarrollado su vida porque, para el singular, vivir significa interactuar con el todo.
          En consecuencia, la vida del singular es su propia universalización.</p>
    <p>sustancial/conceptual de causas recíprocas, o sea, de una totalidad viviente que se afirma a
          sí misma produciendo diferencias internas. No es gratuito en este sentido que la
          teleología pase a la idea, cuya primera configuración conceptual es la de la vida: decir
          que la teleología es la verdad del mecanismo significa decir que la totalidad viviente es
          la verdad del mecanismo y la causalidad.</p>
    <p>Sin embargo, con “Concepto” Hegel no solo designa el movimiento autopoiético de la sustancia
          como totalidad viviente, sino <italic>también</italic> la actividad del sujeto
          autoconsciente por medio de la cual este produce conceptos. En este sentido vale recordar
          que, según Hegel, no es correcto plantear que yo “tengo” conceptos “como yo tengo una
          falda, color y otras propiedades externas”.<xref ref-type="fn" rid="fn27">27</xref> El yo
          no es un sustrato o un receptáculo vacío que alberga conceptos, sino la actividad que los
          produce. Por esta razón Hegel afirma también que “yo bien tengo conceptos, esto es,
          conceptos determinados; pero el yo es el propio concepto puro, el cual ha venido a la
          existencia como concepto”.<xref ref-type="fn" rid="fn28">28</xref> El yo no
            <italic>tiene</italic> conceptos, sino que <italic>es</italic> concepto (actividad
          conceptual) y no puede ser otra cosa sino actividad conceptual; los conceptos
          determinados, como el de mesa o león, son resultado de la actividad del yo. Ahora, si
          Hegel concluye con tanta vehemencia que el yo es concepto es porque tanto los conceptos,
          como la actividad del yo que los produce, comparten con la sustancia como totalidad
          viviente la estructura lógica de la interrelación recíproca entre universalidad y
          singularidad.</p>
    <p>Comencemos entonces con los conceptos. Que los conceptos deban entenderse por medio de la
          relación recíproca entre lo universal y lo singular parece una tesis contraintuitiva, pero
          no es difícil de conceder luego de un análisis de fondo. Normalmente solemos pensar que lo
          universal y lo singular son términos necesariamente contrapuestos. Esto sería aún más
          claro en el caso de los conceptos porque el sano sentido común nos dice que la extensión y
          la intensión de un concepto son propiedades contrapuestas: cuanto más abarque un concepto
          o una definición (entre mayor sea su extensión), menor será su especificidad y su
          singularidad (su intensión), y, por ello, un concepto como el de “ser” es más universal,
          pero menos particular y específico que el concepto “león”.</p>
    <p>Hegel no quiere poner en cuestión estas convicciones del sentido común, sino mostrar que
          ellas son incluso posibles gracias a la relación recíproca entre lo universal y lo
          singular: el mundo de los conceptos y sus propiedades lógicas deben retrotraerse al
          Concepto, es decir, a la ya mentada relación entre universal y singular. Así, Hegel nos
          diría que, nuestras proposiciones sobre objetos que consideramos únicos y singulares,
          como, por ejemplo “león hembra que vive en el zoológico de Nueva York”, son inteligibles
          únicamente bajo conceptos universales: león, hembra, zoológico, etc., son conceptos
          universales, sin los cuales lo singular es simplemente indistinguible. Es más: cuanto más
          singular sea el objeto de nuestras al que se refieren las proposiciones o enunciados,
          necesita de más términos universales para ser inteligible. En consecuencia, lo universal
          no es lo contrario de lo singular y lo específico, sino el médium primigenio de su
          inteligibilidad. Lo universal es la forma necesaria de aparición de lo singular
            <italic>qua</italic> singular porque solo es posible distinguir un objeto de otro por
          medio de conceptos y términos universales: algo es distinguible de otra cosa solo si puede
          aparecer <italic>como algo</italic>, pero ese “como algo” es siempre un concepto
          universal.</p>
    <p>Por esta misma razón, el movimiento funciona también a la inversa: no solo de lo singular
          hacia lo universal, sino de lo universal hacia lo singular. Un concepto universal es
          siempre un <italic>universal necesariamente diferenciable</italic> y sus diferenciaciones
          son manifestaciones de su universalidad: “así, lo particular no solo
            <italic>contiene</italic> lo universal, sino que también lo presenta <italic>a través de
            su determinidad</italic>”.<xref ref-type="fn" rid="fn29">29</xref> La razón es que lo
          universal es un proceso inmanente de autodiferenciación. Podemos ver esto claramente con
          el concepto de ‘animal’. Este contiene diferenciaciones específicas internas porque hay
          distintas formas de ser animal: mamífero, insecto, ovíparo, etc., y no es posible subsumir
          un objeto en el concepto animal sin subsumirlo a su vez en una de sus diferenciaciones
          específicas: no existe un ‘animal’ que lo sea sin ser mamífero, insecto, etc. Pero esto es
          así no simplemente porque el conjunto de animal contenga dentro de sí otros subconjuntos,
          sino porque la vida animal es un proceso biológico autopoiético que se transforma a sí
          mismo a través del tiempo: en su desarrollo, la vida animal crea y produce nuevas formas
          de ser animal (nuevas razas, especies y géneros), y por eso cada clase o subclase de
          animal expresa y manifiesta de forma particular la vida animal como un todo. Pero no solo
          la naturaleza da testimonio de ello.<xref ref-type="fn" rid="fn30">30</xref> El lenguaje,
          como una característica universal de los seres humanos, es también un proceso
          autopoiético: la lengua solo existe como diversidad de lenguas e incluso las lenguas
          particulares se van transformando en la medida en que son habladas con acentos y modismos
          específicos. La lengua es un universal como proceso vivo y por ello contiene a lo
          particular no como un simple subconjunto, sino como una forma particular en la que se
          muestra su todo: el proceso de la interacción viva de los hablantes.</p>
    <p>Pero no solo los conceptos, sino también la actividad conceptual del sujeto autoconsciente
          tiene la forma lógica del Concepto. Al respecto Hegel afirma: “[e]n efecto, conceptualizar
          un objeto no consiste en otra cosa sino en que el yo se lo apropia, lo atraviesa y lo
          lleva a su propia forma, esto es, a la universalidad, la cual es inmediatamente
          determinidad o determinidad, la cual es inmediatamente universalidad”.<xref ref-type="fn"
            rid="fn31">31</xref></p>
    <p>Esta cita presenta un argumento que consta de dos premisas y una conclusión. La primera
          premisa es que conceptualizar significa retrotraer lo diverso y disperso de la
          representación a la forma de la unidad originaria del yo, es decir, a la unidad de la
          autoconciencia consigo misma. En efecto, cada concepto supone una unificación de lo
          diverso, pero el fundamento de la posibilidad de dicha unificación es para Hegel, al igual
          que para Kant<xref ref-type="fn" rid="fn32">32</xref> y la filosofía trascendental, la
          unidad de la autoconciencia consigo misma: el hecho de que <italic>siempre</italic> puedo
          ser consciente de que soy consciente y de que, por tanto, esa autoconciencia debe poder
          siempre acompañar mis representaciones conscientes.<xref ref-type="fn" rid="fn33"
            >33</xref> La razón por la que la unidad de la autoconciencia es la unidad que subyace a
          todos los conceptos (y por la que puede, por tanto, reclamar ese rol universal en la
          actividad conceptual) consiste en que solo este planteamiento puede solucionar el círculo
          vicioso asociado a los intentos filosóficos de explicar nuestra actividad conceptual.
          ¿Cómo podemos explicar la unificación presente en todos los conceptos si la unidad misma
          es un concepto? Desde la unidad de la autoconciencia se puede responder a esta pregunta
          señalando que podemos unificar lo diverso en un concepto no porque entendemos el concepto
          de la unidad (lo cual sería circular), sino porque somos nosotros mismos unitarios en
          nuestra actividad: siempre puedo ser consciente de que soy yo el que realiza la actividad.
          La segunda premisa del argumento es que el yo es al mismo tiempo universal y singular: el
          yo es una estructura que vincula a todos los sujetos porque cada uno participa de ella,
          pero también es absolutamente determinado: cuando digo ‘yo’ me refiero a mí y no a los
          otros. Este doble carácter del yo, universal y singular a la vez, supera la contraposición
          entre el yo empírico y el yo trascendental, pues dicha oposición surge cuando se parte del
          supuesto de que lo universal y lo singular son mutuamente excluyentes, supuesto que Hegel,
          como vimos, niega con buenas razones. Con estas dos premisas en mente, la conclusión del
          argumento resulta obvia: cada concepto producido por la mente humana para la
          inteligibilidad del mundo debe aparecer bajo la forma lógica de la interacción entre lo
          universal y lo singular, pues producir un concepto consiste en hacer aparecer la
          representación bajo la forma del yo (premisa 1) y esta forma es la de una universalidad
          que se singulariza (premisa 2). Todo esto nos lleva de forma segura a la tesis de que la
          sustancia y el sujeto en su actividad conceptual tienen la misma forma lógica del
          Concepto: la de un universal que se autodiferencia y se singulariza en la medida en que
          afirma su universalidad.<xref ref-type="fn" rid="fn34">34</xref></p>
    <p>Pero esta visión hegeliana de la actividad conceptual tiene también otra consecuencia: si
          conceptualizar un objeto significa retrotraerlo a la unidad del yo consigo mismo, entonces
          las reglas y los modos de la actividad conceptual son creados y generados espontáneamente
          por el mismo yo. A diferencia del empirismo y del naturalismo, que quieren reducir la
          actividad conceptual a leyes psicológicas de la asociación o a conexiones neuronales que
          el cerebro realiza por razones biológicas, Hegel afirmaría, al igual que Kant, la tesis de
          la espontaneidad del conceptualizar. La actividad conceptual es una actividad
          normativamente estructurada porque existen reglas para hacer inferencias y para el uso
          correcto de conceptos, pero esta normatividad es producida por el propio yo de forma
          espontánea. Es en esta medida que el sujeto y su actividad conceptual están “emancipados”
          frente a la sustancia y a la naturaleza y el tránsito de la sustancia al sujeto tiene un
          propósito filosófico-emancipatorio.<xref ref-type="fn" rid="fn35">35</xref></p>
  </sec>
  <sec id="sec3.2">
    <title>3.2. Espontaneidad conceptual y totalidad viviente</title>
    <p>Sin embargo, esta última conclusión nos lleva a un problema ulterior, el cual puede ser
          resuelto con la ayuda del planteamiento de una ontología de la libertad, tal y como la
          estoy defiendo en este texto. ¿Cómo es posible que la actividad conceptual del sujeto, la
          cual es para Hegel libre y espontánea y, como tal, está “emancipada” frente a la sustancia
          y la naturaleza, siga formando parte de ella? ¿Cuál es la validez objetiva de una
          actividad conceptual que está “emancipada” frente a la sustancia y la naturaleza? ¿No
          corremos el riesgo de caer de nuevo en la tesis kantiana del conocimiento como un acto de
          imposición a la realidad de las reglas y categorías por parte del sujeto y, con ello, en
          el dualismo ontológico entre libertad y naturaleza?</p>
    <p>Este problema —o al menos una versión similar— ha sido ya abordado dentro de la literatura
          especializada por Robert Pippin.<xref ref-type="fn" rid="fn36">36</xref> Desde mi punto de
          vista, Pippin rastrea el problema, pero no lo formula ni lo soluciona satisfactoriamente
          porque lee la <italic>Ciencia de la Lógica</italic> como una reedición radicalizada de la
          filosofía trascendental. Así, en el contraste con los planteamientos de Pippin, el aporte
          preciso de la una ontología de la libertad como marco de interpretación de la
            <italic>Lógica</italic> puede brillar con más luz.</p>
    <p>Pippin constata (correctamente, a mi juicio) la similitud entre Kant y Hegel respecto del
          carácter espontáneo y emancipado frente a la sustancia de la actividad conceptual: la
          fuente de la normatividad conceptual no está en la experiencia o en algo exterior a la
          actividad del sujeto, sino que este es capaz de darse a sí mismo las propias normas de su
          actividad conceptual.<xref ref-type="fn" rid="fn37">37</xref> Nada inmediato o empírico
          puede acá fungir como fundamento de la normatividad conceptual. Para ser fundamento o
          norma de la actividad conceptual el elemento en cuestión tiene que estar ya, de entrada,
          atravesado por conceptos. O para ponerlo en los términos de Pippin: el fundamento del
          “espacio de las razones” (término que, siguiendo a Sellars, Pippin acuña para designar la
          esfera de una actividad conceptual normativamente estructurada) no puede ser un elemento
          externo a él, sino el espacio de las razones tomado como un todo, es decir, la actividad
          conceptual del yo en su autodeterminación.<xref ref-type="fn" rid="fn38">38</xref> Frente
          a esto Pippin se pregunta cómo hace Hegel para evitar caer en un idealismo subjetivo y en
          la “tesis de la imposición” de Kant, es decir, en la idea de que las reglas que
          estructuran normativamente nuestra actividad conceptual podrían ser totalmente ajenas a la
          realidad objetiva y ser un resultado incontrolado de nuestra producción normativa
          autárquica.</p>
    <p>Pippin es consciente de que Hegel no quiere aceptar la tesis kantiana de la imposición y
          quiere asegurar un mínimo de validez objetiva para las reglas que nos damos a nosotros
          mismos en nuestra actividad conceptual. Hegel quiere rechazar a toda costa la idea de que
          nuestra actividad conceptual es, para usar la metáfora de McDowell, una tela de araña que
          se teje en el vacío sin ningún tipo de fricción por parte de la realidad externa. Como
          solución a este problema, Pippin, al igual que McDowell, propone la teoría de la
          percepción informada conceptualmente.<xref ref-type="fn" rid="fn39">39</xref> Según esta
          tesis, las críticas de Hegel a la distinción kantiana entre entendimiento e intuición, así
          como sus alusiones a un pensamiento que puede producir sus propias intuiciones, no se
          refieren a la idea de un pensamiento cósmico-divino que es capaz de crear materialmente
          objetos en la medida en que los piensa, sino a la tesis de que el pensamiento informa
          conceptualmente nuestras percepciones sensibles: percibimos una silla <italic>como
            silla</italic>, una calle <italic>como calle</italic>, etc. Si esto es así, podemos
          asegurar la convicción filosófica de que nuestra sensibilidad y el mundo exterior al que
          ella se refiere no son incompatibles con nuestra actividad conceptual que discurre con
          normas que nos damos a nosotros mismos. Podemos afirmar tanto la espontaneidad como la
          fricción y la resistencia del mundo objetivo en nuestra actividad conceptual de
          conocimiento. Con esto se entiende mejor la tesis de que el idealismo de Hegel es un Kant
          radicalizado: una mejor y más elaborada respuesta, por medio de la teoría de la percepción
          conceptualmente informada, al problema de cómo hacer compatibles la espontaneidad y la
          fricción del mundo exterior en nuestro conocimiento, evitando así el escepticismo.</p>
    <p>Aunque hay evidencias de que Hegel sí defendió la tesis de que nuestra percepción está
          conceptualmente informada<xref ref-type="fn" rid="fn40">40</xref>, el problema que
          resuelven Hegel y su ontología de la libertad es, a mi juicio, más profundo y radical de
          lo que cree Pippin. A mi entender, Hegel no solo pretende hacer compatible la
          espontaneidad con la fricción que ejerce el mundo exterior en nuestro conocimiento, sino,
          ante todo, hacer compatible la espontaneidad con la tesis de que, a través de los
          conceptos, conocemos y accedemos al ser en sí y a la verdad esencial del mundo exterior.
          Esta es una afirmación mucho más fuerte. Supone, además, de suyo que la espontaneidad no
          es incompatible ontológicamente con la naturaleza: que la naturaleza admite dentro de sí
          seres espontáneos, emancipados frente a ella, que, sin embargo, son capaces de
          aprehenderla objetivamente siguiendo unas reglas y procedimientos cuya fuente no es la
          propia naturaleza. Veamos entonces qué es lo que nos dice Hegel:</p>
    <p>“El objeto en la intuición [<italic>Anschauung</italic>] o también en la representación
            [<italic>Vorstellung</italic>] es todavía algo exterior y extraño. A través de la
          conceptualización [Begreifen] el ser-en-sí-y-para sí que el objeto tiene en la intuición y
          representación se convierte en serpuesto; el yo lo atraviesa pensando. Pero el objeto es
          ante todo en-y-por-sítal y como es en el pensamiento; como es en la intuición o
          representación, es fenómeno/apariencia [Erscheinung]; el pensamiento supera la inmediatez
          del objeto, con la cual viene ante nosotros, y hace de él un ser-puesto; pero este
          serpuesto es su ser-en-sí-y-para-sí o su objetividad”<xref ref-type="fn" rid="fn41"
            >41</xref></p>
    <p>La cita es clara en plantear que hay, en la conceptualización, una transformación espontánea
          del objeto por parte del pensamiento, es decir, esa emancipación frente a la naturaleza,
          pero a su vez dicha conceptualización eleva su objeto a su ser en sí, a lo que el objeto
          es verdaderamente. ¿Cómo es posible este movimiento simultáneo de transformación
          espontánea y comprensión objetiva de la esencia y verdad de la realidad? La respuesta está
          ya en la tesis del isomorfismo entre sustancia y sujeto. Si la sustancia como totalidad
          viviente es isomórfica con el sujeto y si este último retrotrae el objeto a su propia
          forma lógica en el acto de la conceptualización, entonces hacerse un concepto de un objeto
          significa también situarlo en el entramado de relaciones que constituye la sustancia como
          totalidad viviente. Retrotraer el objeto a la forma originaria del yo y situarlo en la
          totalidad viva y sustancial son uno y el mismo acto. En efecto, el “Concepto”, a cuya
          forma retrotraemos el objeto cuando lo conceptualizamos, designa a su vez la sustancia
          como totalidad viviente y la actividad conceptual del yo en su autodeterminación
          espontánea. Con esto la espontaneidad y el acceso del pensamiento a la esencia verdadera
          de los objetos (algo que Hegel reclama contra Kant en infinidad de ocasiones) se vuelven
          compatibles.</p>
    <p>Veamos esto con un ejemplo. Tomemos, de nuevo, el concepto de un león. Conceptualizar un león
          no quiere decir tomar distintos ejemplares y encontrar cualidades y propiedades en común e
          inventar un nombre arbitrario para designarlas. La versión nominalista de los conceptos es
          falsa porque presupone lo que tiene que explicar: el acto del bautizo y la comparación
          entre elementos comunes entre objetos con miras a construir un concepto presupone ya
          distinciones y contenidos conceptuales que deberían poder ser explicados. Conceptualizar
          un león significa, más bien, dar cuenta de las relaciones en las que él está inmerso:
          entender, por ejemplo, que el león es un mamífero, un animal y un ser vivo y que, como
          tal, transforma y afecta la vida total animal de un modo específico (mantiene, por
          ejemplo, un ecosistema y la vida en él por su rol en la cadena alimenticia). Así, al igual
          que lo piensa Pippin, hacerse un concepto de un objeto significa construir redes de
          inferencias entre ese concepto y otros conceptos. Pero si, más allá de Pippin y contra él,
          ponemos esta tesis en el contexto del isomorfismo entre sustancia y sujeto, las
          consecuencias son mucho más fructíferas. Volviendo al ejemplo del león, conceptualizarlo
          de forma inferencial significa entenderlo (al león) como parte de un entramado total de
          relaciones, las cuales contienen sus condiciones de individuación. Pensamos así al león
          como parte del movimiento inmanente de autodiferenciación de la sustancia como totalidad
          viviente autopoiética. Conceptualizar un objeto significa, entonces, hacerlo aparecer en
          la unidad de la autoconciencia, pero también, en virtud del isomorfismo de esta con la
          sustancia, hacerlo aparecer en la unidad viviente de la sustancia. Por ello, el concepto
          es la esencia verdadera y objetiva de un objeto: el concepto como libertad ontológica,
          como proceso autopoiético de la sustancia, contiene las condiciones de individuación de un
          objeto, las cuales son captadas y comprendidas explícitamente por el concepto como
          libertad subjetiva en la actividad espontánea de la conceptualización.</p>
    <p>Dos tesis se siguen de esta correlación necesaria entre el concepto como libertad ontológica
          y el concepto como libertad subjetiva de la conceptualización. La primera es que libertad
          y naturaleza son compatibles ontológicamente, es decir, la naturaleza permite que existan
          en su seno seres espontáneos, en virtud de su propia autoeludicación epistémica<xref
            ref-type="fn" rid="fn42">42</xref> o de la autotrascendencia de la vida.<xref
            ref-type="fn" rid="fn43">43</xref> Ambos términos apuntan a la tesis de que el mundo, la
          naturaleza y la vida se observan y se elucidan a sí mismos a través de nuestra actividad
          conceptual objetivante autoconsciente. Nuestra observación del mundo es siempre la
          autobservación del mundo a través de nosotros. La segunda es que en la definición de lo
          absoluto como relación isomórfica entre sustancia y sujeto (la famosa formulación de que
          la sustancia es sujeto y viceversa) el sujeto tiene una prerrogativa dialéctica frente a
          la sustancia. Pues ambos (sustancia y sujeto) son cada uno unidad con su respectivo
          opuesto: la sustancia admite dentro de sí seres espontáneos emancipados frente a ella,
          pues en las conceptualizaciones de esos sujetos ella se observa a sí misma; el sujeto,
          incluso con sus atribuciones espontáneas y libres que, como tales, están emancipadas
          frente a la naturaleza, sigue formando parte de ella y puede acceder a su ser en sí y
          verdad esencial en virtud de su actividad conceptual. Sin embargo, la unidad entre sujeto
          y objeto, entre subjetividad libre y totalidad viviente autopoiética aparece de forma
          autoconsciente en el sujeto. Esta es la razón por la que, para Hegel, lo absoluto no
          reside en la naturaleza como estado de cosas objetivo, la cual es unidad entre sustancia y
          sujeto, pero sin articulación autoconsciente, sino en la unidad entre sujeto y objeto
          siendo consciente de sí misma: la Idea, especialmente, la Idea absoluta. Explicar esto a
          profundidad y cómo se configura aquí la definición de la naturaleza como Idea en su ser
          otro (unidad entre sujeto y objeto que es totalidad viviente, pero sin ser consciente de
          ello) debe ser, por cuestiones de espacio, tema de otra investigación.</p>
  </sec>
</sec>
</body>
<back>
<fn-group>
  <fn id="fn1">
    <label>1</label><p>Profesor asociado del departamento de Ciencia
    Política y Estudios Globales de la Universidad de los Andes
    (Bogotá). Doctor en Filosofía de la Rhenische
    Friedrich-Wilhelms-Universität Bonn. Doctor en Estudios políticos de
    la Universidad Nacional de Colombia.</p>
  </fn>
  <fn id="fn2">
    <label>2</label><p>Hegel, G.W.F. <italic>Wissenschaft der
    Logik</italic> II (Frankfurt: Suhrkamp, 2014). Todas las citas de
    esta referencia son traducciones propias.</p>
  </fn>
  <fn id="fn3">
    <label>3</label><p>Klaus Hartmann, “Hegel: a non-metaphysicycal view,” en <italic>Hegel: A Collection of Critical
            Essays</italic>, ed. Alasdair McIntyre (Londres: University of Notre Dame Press, 1972),
          101-124; Robert Pippin, <italic>Hegel’s Idealism. The Satisfaction of
            Self-Consciousness</italic> (Cambridge: Cambridge University Press, 1989); Robert
          Pippin, <italic>Hegel’s Real of Shadows. Logic as Metaphysics in the Science of
            Logic</italic> (Chicago: Chicago University Press, 2018); Robert Brandom, <italic>Tales
            of the Mighty Dead</italic> (Cambridge: Harvard University Press, 2002); Beatrice
          Longuenesse, <italic>Hegel’s Critique of Metaphysics</italic> (Cambridge: Cambridge
          University Press, 2007); John McDowell, <italic>Having the world in view: Essays on Kant,
            Hegel and Sellars</italic> (Cambridge: Harvard University Press, 2009).</p>
  </fn>
  <fn id="fn4">
    <label>4</label><p>John McTaggart, <italic>A commentary on Hegel’s
    Logic</italic> (Londres: Cambridge University Press, 1910);
    Frederick Beiser, <italic>Hegel</italic> (Nueva York/Londres:
    Routledge, 2005).</p>
  </fn>
  <fn id="fn5">
    <label>5</label><p>Jens Halfwassen., <italic>Hegel und der spätantike Neuplatonismus. Untersuchungen zur Metaphysik
            des Einen und des Nous in Hegels spekulativer und geschichtlicher Deutung</italic>
          (Bonn: Bouvier, 1999).</p>
  </fn>
  <fn id="fn6">
    <label>6</label><p>Herbert Marcuse, <italic>Hegels Ontologie und die Grundlegung einer Theorie der
            Geschichtlichkeit</italic> (Frankfurt: Vittorio Klostermann, 1932); Stephen Houlgate,
            “<italic>Why Hegel’s Concept Is Not the Essence of Things,</italic>” en <italic>Hegel’s
            Theory of the Subject</italic>, ed. David G. Carlson (Nueva York: Palgrave, 2005);
          Sephen Houlgate, <italic>Hegel, Nietzsche and the Critique of Metaphysics</italic>
          (Cambridge: Cambridge University Press, 1986); Christian Iber, <italic>Metaphysik
            absoluter Relationalität. Eine Studie zu den beiden ersten Kapiteln von Hegels
            Wissenschaft der Logik</italic> (De Gruyter: Berlín, 1990); Rof-Peter Horstmann,
          “Metaphysikkritik bei Hegel und Nietzsche,” <italic>Hegel-Studien</italic> 28 (1993):
          285-301; Rolf-Peter Horstmann, <italic>Ontologie und Relationen. Hegel, Bradley, Rusell
            und die Kontroverse über interne und externe Beziehungen</italic> (Hain: Königstein,
          1984); Anton F. Koch, <italic>Die Evolution des logischen Raumes. Aufsätze zu Hegels
            Nicht-Standardmetaphysik</italic> (Tubinga: Mohr Siebeck, 2014); Robert Stern, “Hegel,
          British Idealism and the Curious case of the Concrete Universal,” <italic>British Journal
            for the History of Philosophy 15, n.º 1</italic> (2007): 115-153.</p>
  </fn>
  <fn id="fn7">
    <label>7</label><p>Hans Fulda (2003) argumenta que, por estas razones, la <italic>Ciencia de la Lógica</italic> no
          es una ontología. Su tesis es que el objeto de la Lógica es la idea absoluta y esta no
          puede ser entendida como una entidad presupuesta, por lo que la obra en cuestión no es una
          ontología de predicados del ser, ni una del ser supremo. Si por “ontología” entendemos una
          ciencia que busca las predicaciones o propiedades de una entidad presupuesta, naturalmente
          la lógica hegeliana no es una ontología, pues uno de sus objetivos es precisamente
          cuestionar los conceptos y categorías que apuntan a la entificación del ser, o sea, a su
          comprensión como una cosa con propiedades. Sin embargo, me parece que esa es una
          comprensión reducida del término “ontología”, pues existen ontologías relacionales y del
          proceso (como la de Hegel y sus intérpretes citados más arriba) que siguen hablando de lo
          que es sin presuponer su entificación o su presentación teórica como una cosa con
          propiedades. Esta interpretación parece ser sugerida incluso por el propio Fulda cuando
          dice que la Lógica puede verse como sucesora de la doctrina metafísica de lo que es siendo
          de un modo [Nachfolger der metaphysischen Lehre vom seienderweise Seienden]: una
          concepción procesual del pensamiento que se piensa a sí mismo sin que se suponga un sujeto
          al que pertenece o en el que acontece ese proceso sea Dios o el filósofo (2003, 136). Como
          se hará claro más adelante, la ontología de la libertad defiende una concepción procesual
          y relacional de la realidad como totalidad viviente, la cual es un proceso sin sustrato
          previo. Creo que esta posición no cae en el sentido de “ontología” criticado por Fulda, a
          pesar de que mi propuesta, al igual que muchas otras interpretaciones de Hegel, siga
          usando la palabra “ontología” o “metafísica”, entre otras cosas porque Hegel (§24) mismo
          afirma que su Lógica “coincide” [Zusammenfällt] con la metafísica (<italic>Enzyklopädie
            der philosophischen Wissenschaften</italic>, 2014, §24, p. 81).</p>
  </fn>
  <fn id="fn8">
    <label>8</label><p>Para una reconstrucción detallada de la teoría de las modalidades con la explicación de por qué
          estas terminan en el concepto de la sustancia véase: Franz Knappik, “Modal Argument
          against Spinozism. An Interpretation of the Chapter ‘Actuality’ in Hegel’s Science of
          Logic,” <italic>Hegel Bulletin</italic> 36, n.º 1 (2015): 53-79.</p>
  </fn>
  <fn id="fn9">
    <label>9</label><p>Hegel, <italic>Wissenschaft der Logik
    II</italic>, 220.</p>
  </fn>
  <fn id="fn10">
    <label>10</label><p><italic>Íbid.</italic></p>
  </fn>
  <fn id="fn11">
    <label>11</label><p>Hegel, <italic>Wissenschaft der Logik
    II</italic>, 221.</p>
  </fn>
  <fn id="fn12">
    <label>12</label><p><italic>Íbid.</italic></p>
  </fn>
  <fn id="fn13">
    <label>13</label><p>Hegel, <italic>Wissenschaft der Logik
    II</italic>, 224.</p>
  </fn>
  <fn id="fn14">
    <label>14</label><p><italic>Íbid</italic>.</p>
  </fn>
  <fn id="fn15">
    <label>15</label><p>Hegel, <italic>Wissenschaft der Logik
    II</italic>, 226.</p>
  </fn>
  <fn id="fn16">
    <label>16</label><p>Hay que aclarar que la teoría de la relación causal determinada no es lo que Hegel piensa
          realmente y en última instancia de la causalidad, sino solo un estadio intermedio que será
          criticado y refutado con argumentos lógicos. Este malentendido lo replica, a mi juicio,
          Thomas Meyer (2017) en su tesis de que Hegel defiende una teoría “identitaria” de la
          causalidad, es decir, la idea de que los sustratos se transmiten entre sí el ‘mismo’
          contenido en sus interacciones causales.</p>
  </fn>
  <fn id="fn17">
    <label>17</label><p><italic>Cfr.</italic> Hegel,
    <italic>Wissenschaft der Logik II</italic>, 231-232.</p>
  </fn>
  <fn id="fn18">
    <label>18</label><p>Esta comprensión inadecuada de la estructura lógica de la causalidad está también a la base del
          escepticismo humeano, tal y como lo ha mostrado Westphal (2015). Pues solo una
          representación que separa los sustratos de la relación causal puede llegar a la pregunta
          de si estamos seguros de que los sustratos transfieran sus propiedades causales o fuerzas
          a otros sustratos.</p>
  </fn>
  <fn id="fn19">
    <label>19</label><p>Cfr. Hegel, <italic>Wissenschaft der Logik
    II</italic>, 234</p>
  </fn>
  <fn id="fn20">
    <label>20</label><p>Christian Iber ha sugerido que esta distinción correspondería a la dupla <italic>natura
            naturans</italic> y <italic>natura naturata</italic> de Spinoza Cfr. Christian Iber,
          “Übergang zum Begriff. Rekonstruktion der Überführung von Substantialität, Kausalität und
          Wechselwirkung in die Verhältnisweise des Begriffs”, en <italic>Der Begriff als die
            Wahrheit</italic>, ed. Koch, Oberauer y Utz (Paderborn: Schöningh, 2003), 49-68.</p>
  </fn>
  <fn id="fn21">
    <label>21</label><p>Hegel, <italic>Wissenschaft der Logik
    II,</italic> 236.</p>
  </fn>
  <fn id="fn22">
    <label>22</label><p><italic>Cfr</italic>. Hegel,
    <italic>Wissenschaft der Logik II</italic>, 237.</p>
  </fn>
  <fn id="fn23">
    <label>23</label><p><italic>Cfr</italic>. Hegel,
    <italic>Wissenschaft der Logik II</italic>, 240.</p>
  </fn>
  <fn id="fn24">
    <label>24</label><p>Más al respecto en el trabajo de Annette Sell (2014) y en la tesis de Renata Wahsner (1993), que
          comparto plenamente, según la cual el paso de la esencia al concepto muestra los límites
          del mecanicismo y anticipa ya una concepción orgánica (no mecánica) de la totalidad. Una
          argumentación similar puede encontrarse en Maraguat (2016, 211-12), para quien el
          mecanicismo es una <italic>representación</italic> (no reflexiva y no conceptualizada) de
          la causalidad. Friedricke Schick (2014) ha intentado mostrar los límites del mecanicismo
          para Hegel con la idea de que los enunciados conceptuales y definitorios (que presuponen
          un marco de inteligibilidad orgánico) son presupuestos necesarios de los enunciados
          causales. Hay que aclarar, sin embargo, siguiendo las indicaciones de C. Asmuth (2007) que
          el concepto de vida implícito en una posible ontología de la vida no debe confundirse con
          la vida orgánica o la vida del ser humano (del espíritu), sino que debe conceptualizarse
          como la “vida lógica” en un nivel puramente conceptual. No se trata de la vida como región
          particular de la realidad opuesta a lo inorgánico, pues la vida lógica designa una forma
          de ser de la totalidad absoluta como totalidad viviente cuyo carácter universal se afirma
          a través de la autodeterminación que produce contenidos diferenciados. Esto querría decir,
          a mi juicio, que incluso los objetos ‘inertes’ o inorgánicos tienen sus condiciones de
          individuación en el trasfondo relacional de una totalidad viviente.</p>
  </fn>
  <fn id="fn25">
    <label>25</label><p>El vínculo estrecho entre autodiferenciación/autodeterminación y libertad no es algo nuevo en la
          literatura. Ya se ha tratado en los trabajos de Maker (2005), Beuthan (2014), Houlgate
          (2005) y Koch (2014).</p>
  </fn>
  <fn id="fn26">
    <label>26</label><p>Me parece que Hegel ofrece un argumento similar en la primera parte de la sección de la
          teleología en la doctrina del concepto. Aunque por cuestiones de espacio no puedo
          detenerme en un comentario a esta sección, daré aquí unas breves indicaciones al respecto.
          En la tesis de Hegel de que la teleología es la “verdad” del mecanismo
            (<italic>Wiseenschaft der Logik II,</italic> 436-439) resuena la afirmación de que las
          relaciones causales mecánicas tienen como presupuesto una totalidad dinámica y
          autopoiética que se autodetermina, un “todo de causas recíprocas” (<italic>Ibíd</italic>).
          Si la estructura del fin teleológico es la “autodeterminación” y el mecanismo es la
          aspiración [Streben] a esa totalidad que se autodetermina, es claro por qué la teleología
          es la verdad del mecanismo, lo cual no supone, sin embargo, la existencia de un intelecto
          exterior al mundo que lo determine desde afuera, como lo pensaba la “vieja metafísica”
          (Hegel, <italic>Wiseenschaft der Logik II,</italic> 436-39). Pienso que este argumento y
          la forma en la que Hegel aborda en esta sección la tercera antinomia de la <italic>Crítica
            de la razón pura</italic> apuntan a lo mismo que estoy planteando acá: que la solución
          de la antinomia entre libertad y necesidad pasa por una deconstrucción lógica de la
          causalidad y del mecanicismo que muestra que los fenómenos causales y mecánicos (cuya
          existencia no niega Hegel) solo son posibles en virtud de una autodeterminación viviente
          de un todo</p>
  </fn>
  <fn id="fn27">
    <label>27</label><p>Hegel, <italic>Wissenschaft der Logik
    II</italic>, 254.</p>
  </fn>
  <fn id="fn28">
    <label>28</label><p>Hegel, <italic>Wissenschaft der Logik
    II</italic> , 253.</p>
  </fn>
  <fn id="fn29">
    <label>29</label><p>Hegel, <italic>Wissenschaft der Logik</italic>
    II, 280.</p>
  </fn>
  <fn id="fn30">
    <label>30</label><p>Hay que hacer la claridad de que para Hegel, en la exposición de los conceptos puros, lo
          universal solo tiene dos géneros (lo universal y lo particular), y el hecho de que los
          géneros universales tengan más de dos especies en la naturaleza es, según el filósofo, una
          “impotencia” de esta última para expresar la pureza de las formas lógicas
            (<italic>Wissenschaft der Logik II,</italic> 282). De todos modos, la estructura lógica
          sigue siendo una condición de inteligibilidad de la naturaleza en su diversidad y
          dispersión y por eso incluso tal diversidad y dispersión natural sigue apareciendo como un
          mundo de especies, géneros e individuos en interacción recíproca.</p>
  </fn>
  <fn id="fn31">
    <label>31</label><p>Hegel, <italic>Wissenschaft der Logik
    II</italic>, 255.</p>
  </fn>
  <fn id="fn32">
    <label>32</label><p>Kant, I. <italic>Kritik der reinen
    Vernunft</italic> (Hamburg: Meiner, 1998), p. 178 (§16/B 132).</p>
  </fn>
  <fn id="fn33">
    <label>33</label><p><italic>Cfr</italic>. Hegel,
    <italic>Wissenschaft der Logik II</italic>, 254.</p>
  </fn>
  <fn id="fn34">
    <label>34</label><p>Vale la pena abrir acá un paréntesis para anotar que el planteamiento de la relación isomórfica
          entre sustancia y sujeto excluye la idea, defendida, por ejemplo, por Klaus Düsing (1995),
          de que el tránsito de la sustancia al sujeto puede leerse como una restauración de la
          ontoteología contra Spinoza: la tesis de que la sustancia es sujeto no significa una nueva
          personificación de Dios, como parece sugerirlo Düsing (1995, 132). La sustancia no es
          persona porque, a pesar de ser autopoiesis, no es autoconsciente y, como argumentaré más
          adelante, solo gana dicha autoconciencia a través del pensamiento del sujeto.</p>
  </fn>
  <fn id="fn35">
    <label>35</label><p>Esta es la conclusión del ensayo de Christian Iber sobre el tránsito de la sustancia al sujeto.
          Cfr. Iber, <italic>Übergang zum Begriff</italic>, 49-68.</p>
  </fn>
  <fn id="fn36">
    <label>36</label><p>Robert Pippin. „Hegels Begriffslogik als die Logik der Freiheit.“ En Der Begriff als die
          Wahrheit. Zum Anspruch der Hegelschen Subjektiven Logik, editado por Anton Friedrich Koch,
          Alexander Oberauer y Konrad Utz (Paderborn: Ferdinand Schöningh, 2003).</p>
  </fn>
  <fn id="fn37">
    <label>37</label><p>Pippin, <italic>Hegels Begriffslogik als die
    Logik der Freiheit</italic>, 226.</p>
  </fn>
  <fn id="fn38">
    <label>38</label><p>Pippin, <italic>Hegels Begriffslogik als die
    Logik der Freiheit</italic>, 229.</p>
  </fn>
  <fn id="fn39">
    <label>39</label><p>Pippin, <italic>Hegels Begriffslogik als die Logik der Freiheit</italic>, 231233; Pippin,
            <italic>Hegel’s Real of Shadows,</italic> 47; McDowell, <italic>Mind and World,</italic>
          45.</p>
  </fn>
  <fn id="fn40">
    <label>40</label><p>“En todo intuir humano está el pensamiento;
    igualmente el pensamiento es lo universal en todas las
    representaciones, recuerdos y, en general, en toda actividad
    espiritual, en todo</p>
  </fn>
  <fn id="fn41">
    <label>41</label><p>querer, desear, etc.” (Hegel, <italic>Enzyklopädie</italic>, §24, p. 86). “El ser humano es, así,
          pensante también cuando intuye; si observa cualquier cosa, lo observa siempre como un
          universal, singular fijado” (<italic>Enzyklopädie</italic>, §24, p. 83).</p>
  </fn>
  <fn id="fn42">
    <label>42</label><p>Hogrebe, <italic>Echo des Nichtwissens</italic>
    (Berlin: Akademie Verlag, 2006).</p>
  </fn>
  <fn id="fn43">
    <label>43</label><p>Franco, Reynner. „Ontologie des Lebens als
    unmittelbare Wahrheit des Denkens.“ En <italic>Hegel-Jahrbuch (Das
    Lenben denken II)</italic>, editado por Andreas Arndt (Berlín:
    Akademie Verlag, 2007), 206-212.</p>
  </fn>
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