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      <journal-id journal-id-type="publisher-id">ASHF</journal-id>
      <journal-title-group>
        <journal-title specific-use="original" xml:lang="es">Anales del Seminario de Historia de la
          Filosofía</journal-title>
      </journal-title-group>
      <issn publication-format="electronic">1988-2564</issn>
      <issn-l>0211-2337</issn-l>
      <publisher>
        <publisher-name>Ediciones Complutense</publisher-name>
        <publisher-loc> España </publisher-loc>
      </publisher>
    </journal-meta>
    <article-meta>
      <article-id pub-id-type="doi">10.5209/ashf.92182</article-id>
      <article-categories>
        <subj-group subj-group-type="heading">
          <subject>Articulos</subject>
        </subj-group>
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      <title-group>
        <article-title>Nuevas reflexiones acerca del ser modos finitos de la sustancia infinita en Spinoza</article-title>
        <trans-title-group xml:lang="en">
          <trans-title>New Reflections on Being Finite Modes of Infinite Substance in Spinoza</trans-title>
        </trans-title-group>
      </title-group>
      <contrib-group>
        <contrib contrib-type="author" corresp="yes">
          <contrib-id contrib-id-type="orcid">https://orcid.org/0000-0002-2391-8354</contrib-id>
          <name>
            <surname>García Ruzo</surname>
            <given-names>Antonieta</given-names>
          </name>
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          <xref ref-type="corresp" rid="cor1"/>
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        <aff id="aff-a"><institution content-type="original">Universidad de Buenos Aires/CONICET</institution></aff>
      </contrib-group>
      <author-notes>
        <corresp id="cor1">Antonieta García Ruzo<email>agarcia@bedes.com.ar</email></corresp>
      </author-notes>
      <pub-date pub-type="epub" publication-format="electronic" iso-8601-date="2025-01-17">
        <day>17</day>
        <month>01</month>
        <year>2025</year>
      </pub-date>
      <volume>42</volume>
      <issue>1</issue>
      <fpage>39</fpage>
      <lpage>51</lpage>
      <page-range>39-51</page-range>
      <permissions>
        <copyright-statement>Copyright © 2025, Universidad Complutense de
          Madrid</copyright-statement>
        <copyright-year>2025</copyright-year>
        <copyright-holder>Universidad Complutense de Madrid</copyright-holder>
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          <license-p>Esta obra está bajo una licencia <ext-link ext-link-type="uri"
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              4.0 International</ext-link></license-p>
        </license>
      </permissions>
      <abstract>
        <p>El presente trabajo se inscribe en el contexto de una investigación doctoral y tiene como
          base una hipótesis denominada onto-gnoseológica. Dicha hipótesis sostiene que las
          dualidades al interior del sistema spinoziano (expresadas en las duplas infinito-finito,
          eternidad-duración, esencia-existencia, sustanciamodos), lejos de referir a distinciones
          ontológicas, deben entenderse como distinciones gnoseológicas. En el marco de esta
          hipótesis, busco probar en este artículo que las nociones de sustancia y modos finitos,
          tradicionalmente entendidas como fuertemente ontológicas, son asociadas consistentemente
          por Spinoza a las distintas maneras de conocer humanas. Esto es, son presentadas como las
          notas, rasgos o caracteres con los que los hombres conciben lo real a partir de los
          distintos géneros de conocimiento. La defensa de esta hipótesis interpretativa tiene como
          corolario no sólo la supresión de toda objeción dualista al sistema unívoco spinoziano,
          sino, también, una comprensión más profunda de la teoría del conocimiento de Spinoza. </p>
      </abstract>
      <trans-abstract xml:lang="en">
        <p>This work is part of a doctoral research and is based on a hypothesis called onto-gnoseological. This hypothesis maintains that the dualities within the spinozian system (expressed in the pairs infinite-finite, eternity-duration, essence-existence, substance-modes) cannot be considered as ontological but rather as gnoseological. Within the framework of this hypothesis, I seek to prove in this article that the notions of substance and finite modes, traditionally understood as strongly ontological, are consistently associated by Spinoza with the different human ways of knowing. That is, they are presented as the notes, traits or characters with which men conceive Nature from the different genres of knowledge. This kind of interpretation has as a corollary not only the suppression of all dualist objection to the spinozian univocal system, but also a deeper understanding of the power of human knowledge in Spinoza.</p>
      </trans-abstract>
      <kwd-group>
        <kwd>Univocidad</kwd>
        <kwd>Dualidad</kwd>
        <kwd>Sustancia</kwd>
        <kwd>Modos</kwd>
        <kwd>Imaginación</kwd>
        <kwd>Razón</kwd>
      </kwd-group>
      <kwd-group xml:lang="en">
        <kwd>Univocity</kwd>
        <kwd>Duality</kwd>
        <kwd>Substance</kwd>
        <kwd>Modes</kwd>
        <kwd>Imagination</kwd>
        <kwd>Reason</kwd>
      </kwd-group>
    </article-meta>
  </front>
<body>

<sec id="introducción">
  <title>1. Introducción</title>
  <p>Las lecturas que se han hecho de la ontología spinoziana desde los inicios de su recepción han
        tenido que desentrañar el problemático vínculo que existe entre Dios –o la única sustancia
        absolutamente infinita– y los infinitos modos finitos<xref ref-type="fn" rid="fn1">1</xref>
        que de él se siguen como su efecto necesario e inmanente (EIP15 y 16). La inmanencia
        postulada por Spinoza a pocas proposiciones de iniciada la <italic>Ética</italic><xref
          ref-type="fn" rid="fn2">2</xref> como explicación de este nexo estuvo lejos de sonar como
        una solución acabada a los oídos de los intérpretes. La discusión en torno al lugar que
        ocupa la finitud en un sistema que defiende la existencia de un solo ser absolutamente
        infinito ha sido, y sigue siendo hasta nuestros días, de los puntos más discutidos de su
        filosofía. Los lectores de su obra no sólo no han llegado a acuerdos sobre esta cuestión,
        sino que se han sugerido las interpretaciones más disímiles en torno a dicho vínculo<xref
          ref-type="fn" rid="fn3">3</xref>. No hace falta más que tener presente, por ejemplo, las
        lecturas de Pierre Bayle y Hegel sobre este punto apenas iniciada la recepción. El primero
        acusaba a Spinoza de ateo por sostener que su ontología destruía todo lo infinito,
        reduciéndolo a una multiplicidad cambiante, durable y finita<xref ref-type="fn" rid="fn4"
          >4</xref>; el segundo, en la vereda contraria, afirmaba que el sistema spinoziano derivaba
        en un acosmismo al reducir toda la realidad finita a una pura nada que se veía aplastada por
        un Dios infinito que es lo único que terminaba por existir<xref ref-type="fn" rid="fn5"
          >5</xref>. A estas lecturas <italic>unilaterales</italic> que, o bien optaron por los
        modos finitos o bien por la sustancia infinita, se sumaron, más tarde, aquellas que buscaron
        compatibilizar la realidad de ambos aspectos, esto es, no renunciar ni a la sustancia ni a
        sus modificaciones. Podemos nombrar entre ellas, por un lado, a las lecturas dualistas y,
        por el otro, a las unívocas. Las <italic>dualistas</italic>, haciéndose eco de la distinción
        planteada por Spinoza entre el <italic>ser en sí</italic> y el <italic>ser en otro</italic>,
        sostuvieron que la posición spinozista no se aleja de un planteo de corte platónico en el
        que lo real aparece quebrado en dos ámbitos completamente diferentes expresados por la
        sustancia infinita y sus modificaciones finitas. Esto es, abrazaron la división ontológica
        para conservar tanto la sustancia como sus modificaciones finitas<xref ref-type="fn"
          rid="fn6">6</xref>. Las lecturas <italic>unívocas</italic>, por el contrario, haciendo
        hincapié fundamental en el concepto de inmanencia, buscaron mostrar que la metafísica
        spinoziana no postula más que un mismo proceso de causalidad, expresión o existencia de la
        sustancia y sus modos, negando así cualquier tipo de trascendencia o dualismo. Esto es,
        borrando, en la medida de lo posible, todo aquello que aludiera a distinción o diferencia
        entre la sustancia y sus modos<xref ref-type="fn" rid="fn7">7</xref>.</p>
  <p>Tal como lo entiendo, si bien las lecturas brevemente esgrimidas arriban a interpretaciones del
        nexo sustancia-modos radicalmente diferentes, comparten un mismo punto de partida: el de la
          <italic>lectura ontológica</italic> de dichas nociones. Esto es, tienen la convicción de
        que los conceptos de Dios y sus modificaciones poseen un respaldo ontológico, aludiendo a
        dos maneras de ser diferentes. Es este hecho el que obliga a los intérpretes a tener que
        tomar decisiones radicales para volver coherente esta dualidad con el monismo sustancial
        postulado por Spinoza. De allí que el mismo punto de partida derive en una pluralidad de
        interpretaciones que nada tienen en común, excepto el simplificar la propuesta spinoziana
        reduciéndola a un esquema en el que siempre se pierde algo. Las lecturas
          <italic>unilaterales</italic> postulan la unidad, pero como la consecuencia de la
        eliminación de uno de los aspectos fundamentales del ser, o bien anulan la sustancia o bien
        los modos, quitándole profundidad y complejidad al planteo. Las <italic>dualistas</italic>,
        al realizar un análisis de tipo platónico, donde lo infinito se separa de lo finito y lo
        trasciende, pierden de vista que la ontología de Spinoza abraza la univocidad de lo real.
        Las <italic>unívocas</italic>, logran conservar la univocidad pero a costa de ignorar la
        dualidad que, por entenderla como meramente ontológica, no logran armonizar con el planteo
        spinoziano.</p>
  <p>Así, ninguna de estas <italic>lecturas ontológicas</italic> logra
  evitar caer en tergiversaciones y deformaciones de la filosofía
  spinoziana. Es imposible, si partimos de una interpretación ontológica
  de los conceptos de sustancia y modos presentados por Spinoza, lograr
  una aproximación a la riqueza y profundidad de su propuesta
  filosófica.</p>
  <p>En virtud de este estado de cosas, buscaré, en lo que sigue, postular un punto de partida
        distinto: consideraré estas nociones como gnoseológicas, esto es, como introducidas por el
        conocimiento humano. Con una línea interpretativa que denomino
          <italic>onto-gnoseológica</italic><xref ref-type="fn" rid="fn8">8</xref>, buscaré mostrar
        que Spinoza presenta, a lo largo de toda su obra, la dupla sustancia-modos como consecuencia
        de las maneras de conocer de los hombres. En efecto, los modos son asociados
        consistentemente por nuestro filósofo a la manera de concebir lo real a partir de la
        imaginación, que concibe la Naturaleza en su finitud y en tanto
          <italic>modificación</italic>. La sustancia, por su parte, aparece como consecuencia de la
        manera de conocer de la razón, que concibe la misma Naturaleza pero en su infinitud y
        unidad. Así, mientras la realidad o Naturaleza es una y la misma –de allí la univocidad–, la
        dualidad es introducida por las distintas perspectivas que nos brindan nuestras capacidades
        cognoscitivas. Ahora bien, tal como sabemos, hay un tercer y fundamental género de
        conocimiento para Spinoza: la ciencia intuitiva. Mientras que el dualismo gnoseológico
        refiere a sólo dos accesos cognoscitivos, las maneras de conocer humanas son tres. Buscaré,
        entonces, mostrar que la causa de esta disparidad es, justamente, el rol fundamental que
        Spinoza otorga a la ciencia intuitiva, aquello que la hace no sólo diferente de la
        imaginación y la razón, sino más excelsa y deseable. Esta excelencia radica, justamente, en
        su acceso a la univocidad de lo real: cuando los seres humanos conocen según el tercer
        género de conocimiento perciben la unión inmediata de las perspectivas que la imaginación y
        la razón presentaban como separadas. La ciencia intuitiva nos brinda un conocimiento
        completo, ya sin perspectivas, sino como la fusión de ellas. Esto es, accede a la
        constatación de la univocidad ontológica que existe entre las nociones de sustancia y modos.
        En otras palabras, nos permite comprender la unión que poseemos con toda la Naturaleza,
        llevándonos a la más alta felicidad (TIE 8).</p>
  <p>Este modo de entender el planteo spinoziano, por un lado, evitará la paradoja que implica la
        defensa de una dualidad ontológica en un sistema monista. Esto elimina tanto las
          <italic>lecturas dualistas</italic> que se aferraban a dicha dualidad para postular un
        sistema trascendente, como las <italic>unilaterales</italic>, que, separándose de ellas,
        debían elegir qué hacer con este punto de partida quebrado, proclamando la unidad a costa de
        eliminar algún estrato de lo real. Por otro lado, el entender la dualidad como gnoseológica,
        nos permitirá conservarla sin perjuicio alguno de la univocidad del ser spinoziana. Esto es,
        evitará tener que caer, tal como lo hacían las <italic>lecturas unívocas</italic>, en la
        supresión de la distinción como única forma de abrazar la unidad. Este conservar las
        nociones de sustancia y modos como gnoseológicas hace que tengamos presente las limitaciones
        de los primeros dos géneros de conocimiento y la importancia de la ciencia intuitiva como
        conocimiento completo de la Naturaleza.</p>
</sec>
<sec id="desontologización-de-las-nociones-de-sustancia-y-modos">
  <title>2. Desontologización de las nociones de sustancia y modos</title>
  <p>Spinoza aborda en sus <italic>Pensamientos metafísicos</italic> dos nociones que considero de
        fundamental importancia para el análisis de la dupla sustancia-modos: las nociones de
          <italic>uno</italic> y <italic>múltiple</italic>. Nuestro filósofo decide dar una
        definición de estos conceptos para distinguirse explícitamente de aquellos a quienes
        denomina “metafísicos” por confundir entes de razón con el ser real, esto es, por sostener
        que todo ser es uno, verdadero y bueno, como si esos términos fuesen realmente sus
        afecciones. Frente a esto, sostiene Spinoza: “[n] osotros, en cambio, decimos que la unidad
        ni se distingue en modo alguno del ser ni le añade nada, sino que sólo es un modo de pensar,
        con el que separamos una cosa de las demás, que son semejantes a ella o que concuerdan de
        alguna forma con ella” (CM 246. Trad. cast.: 244). A esto agrega:</p>
  <disp-quote>
    <p>[…] a la unidad se opone la multitud, la cual tampoco añade nada a las cosas, ni es más que
          un modo de pensar […] Dios, en cuanto lo separamos de los demás seres se puede denominar
          uno; pero en cuanto que no puede haber varios de la misma naturaleza, se puede llamar
          único. No obstante, si quisiéramos examinar la cuestión con más rigor, quizás pudiéramos
          demostrar que sólo impropiamente decimos que Dios es uno y único. Pero este asunto no
          tiene mayor importancia o, mejor dicho, no tiene ninguna para quienes se interesan por las
          cosas y no por los nombres (<italic>Ibídem</italic>).</p>
  </disp-quote>
  <p>Spinoza, que ya se ha mostrado preocupado en esta obra de juventud por establecer la distinción
        entre el ser real y los entes de razón (CM 234. Trad. cast: 231), vuelve a recurrir a ella
        para analizar los conceptos de uno y múltiple. La unidad, afirma, no se distingue en modo
        alguno del ser, ni tampoco añade nada a este, sino que sólo es un modo de pensar con el que
        separamos una cosa de las demás. La multitud, por su parte, tampoco es más que un
          <italic>modus cogitandi</italic> que no agrega nada a las cosas. De esta manera, concluye,
        Dios, en la medida en que lo separamos de los demás seres, puede denominarse uno. Pero, en
        la medida en que no hay otra sustancia de la misma naturaleza, puede llamarse único. Ahora
        bien, establece Spinoza a continuación, “si quisiéramos examinar la cuestión con más rigor,
        quizás pudiéramos demostrar que sólo impropiamente decimos que Dios es uno y único”. Una vez
        hecha esta contundente proclamación, nuestro filósofo decide no profundizar en ella,
        alegando que no posee mayor importancia para quienes se interesan por las cosas y no por los
        nombres.</p>
  <p>Analicemos en mayor profundidad lo que Spinoza afirma en este pasaje. En primer lugar, es
        sumamente alusivo que nuestro filósofo busque aquí alejarse de los “metafísicos”, a quienes
        define como aquellos que interpretan como ontológicos conceptos que no son más que entes de
        razón o modos de pensar. Es un error, en este sentido, confundir la realidad con nuestro
        modo de conocerla. Por eso, es de fundamental importancia lo que Spinoza establece a
        continuación: es el mismo ser el que puede llamarse <italic>uno</italic> y único, o
          <italic>múltiple</italic>. Estos nombres no le añaden ni quitan nada, esto es, no tienen
        injerencia sobre lo que existe. En este sentido, nuestro filósofo estipula en esta obra de
        juventud que la unidad y la multiplicidad refieren, desde el punto de vista ontológico a la
        misma realidad. Estas nociones surgen, entonces, de nuestras maneras de pensar, comparar,
        relacionar o asir lo que existe. Así, por ejemplo, llamamos a Dios <italic>uno</italic> en
        la medida en que lo separamos de los demás seres. Esto, aun cuando este Dios no pueda
        existir separado de estos seres. Así, Spinoza nos previene contra los riesgos de confundir
        lo real con nuestros modos de pensarlo o concebirlo. No hay que caer en los errores de los
        metafísicos, sino que debemos poder distinguir entre estas dos cuestiones claramente. Es
        esto lo que nos llevará a una comprensión adecuada y completa del ser.</p>
  <p>El <italic>Tratado breve</italic> se encuentra en esta misma línea, aunque nos permite dar un
        paso más en el análisis de los conceptos de sustancia y modos específicamente. Allí, tal
        como mostraré más adelante que sucede en la <italic>Ética</italic>, Spinoza comienza por
        brindar una distinción entre la sustancia y sus modificaciones que parece ser de carácter
        ontológico, para luego buscar un origen de esta dualidad en el conocimiento. El Capítulo 2
        de la Primera Parte del KV, titulado <italic>Qué es Dios</italic>, busca explicitar el
        vínculo entre Dios, sus atributos y sus modos. En función de esta cuestión se hallan los
        primeros apartados, donde nuestro filósofo se dedica a resolver objeciones fundamentales a
        su ontología, como el problema de la división de la extensión divina, y cómo esta puede
        convenir a un ser perfecto como Dios (KV I, 2, §18). Respecto de esta cuestión afirma, en
        absoluta continuidad con sus <italic>Pensamientos metafísicos</italic>, “[q]ue parte y todo
        no son ningún ser verdadero o real, sino solamente entes de razón, y [que] por consiguiente
        en la naturaleza* no existen ni todo ni partes” (KV I, 2, §19). En este sentido, agrega, no
        puede decirse que la extensión tenga partes, sino que ella es infinita en su naturaleza
          (<italic>Ibídem</italic>). Así, el todo y las partes –que en CM aparecían como lo uno y lo
        múltiple– son asociados aquí, nuevamente, a entes de razón que no dicen nada acerca del
        ser.</p>
  <p>Ahora bien, ¿qué implica que en la naturaleza no haya todo ni partes? Es evidente que, en tanto
        modos finitos extensos, somos múltiples y distintos, esto es, partes de la extensión divina.
        Spinoza se ocupa, a continuación, de explicar en qué sentido sí podemos hablar de partes.
        Esto es, plantea, como lo hará a lo largo de su obra, que desde un punto de vista es
        imposible hablar de dualidad, pero desde otro es absolutamente necesario. Así, señala que
        “por lo que concierne al dividir en la naturaleza, decimos que la división jamás tiene
        lugar, como ya antes se ha dicho, en la sustancia, sino siempre y sólo en los modos de la
        sustancia” (KV I, 2, §21). En este sentido, agrega, cuando decimos que el hombre perece o es
        destruido, esto sólo se entiende del hombre en tanto modo, y no de la sustancia, de la que
        él depende (<italic>Ibídem</italic>). De esta manera, Spinoza busca hacer coherente la
        univocidad con la dualidad: por un lado, se proclama la unidad de la naturaleza
        estableciendo que en ella no hay partes ni todo; por el otro, establece que puede hablarse
        de división de la naturaleza, pero sólo desde el punto de vista de los modos.</p>
  <p>El <italic>Epistolario</italic> es, sin dudas, una obra esencial para abordar esta misma dupla.
        Allí, Spinoza busca explicar, frente a objeciones de sus interlocutores, la relación precisa
        que une al todo con sus partes, esto es, el modo en que la unidad de Dios es compatible con
        la pluralidad de sus modificaciones por fuera de toda dualidad ontológica. En función de
        esta cuestión, nuestro filósofo proclama en la Carta 12 que “<italic>concebimos</italic> la
        existencia de la sustancia como absolutamente diferente de la existencia de los modos” (Ep.
        12, Gb. 54. Énfasis mío). En la misiva 32 se expresa en el mismo sentido, fundando la
        distinción entre el todo y sus partes en las distintas maneras de considerar de los hombres.
        Allí, utilizando el conocido ejemplo de la sangre, ilustra la relación de la sustancia y sus
        modos en los siguientes términos:</p>
  <disp-quote>
    <p>Dado que los movimientos de las partículas de la linfa, del quilo, etc., se adaptan
          mutuamente en función de su tamaño y forma, de modo que coinciden<xref ref-type="fn"
            rid="fn9">9</xref> por completo entre sí y forman todas a la vez un solo líquido,
            <italic>sólo en tal sentido</italic> se considera a la linfa, al quilo, etc. como partes
          de la sangre; pero en cuanto <italic>concebimos</italic> que las partículas linfáticas se
          diferencian, en función de su forma y movimiento, de las partículas del quilo, <italic>en
            tal sentido</italic> las <italic>consideramos</italic> como un todo, no como una parte.
          (Ep. 32, Gb. 171. Énfasis mío)</p>
  </disp-quote>
  <p>Así, la diferencia se asienta en los distintos modos de concebir una y la misma cosa. Spinoza
        establece que concebir las cosas como una parte es considerarlas en tanto siendo una porción
        de otra cosa. Por el contrario, cuando las concibo como un todo, las considero como cosas
        aisladas, separadas del resto, en su individualidad. Ahora bien, es siempre la misma
        partícula la que me encuentro concibiendo.</p>
  <p>La <italic>Ética</italic> recoge esta misma intención y la plasma de modo superador. Esta
        cuestión se deja ver ya en las primeras páginas de esta obra magna, donde se brindan las
        definiciones de las nociones sustancia, modo, <italic>en sí</italic> y <italic>en
          otro</italic>, a partir de un interés gnoseológico. La sustancia aparece allí como aquello
        “que es en sí y se concibe por sí, esto es (<italic>hoc est id</italic>), aquello cuyo
        concepto, para formarse, no precisa del concepto de otra cosa” (EIDef3)<xref ref-type="fn"
          rid="fn10">10</xref>. Encontramos en esta definición que a una primera parte de corte
        ontológico –lo que es <italic>en sí</italic>–, se suma la definición a partir del aspecto
        gnoseológico –aquello cuyo concepto, para formarse, no precisa del concepto de otra cosa–.
        Esta última habilita una manera de leer el concepto de “sustancia” por fuera del carácter
        fuertemente ontológico que le ha dado la tradición. Ahora bien, ¿qué sucede con el
          “<italic>en sí</italic>” de la sustancia? ¿expresa éste, tal como sostienen las lecturas
          <italic>dualistas</italic>, una posible diferenciación real entre ella y los modos, que
        son “<italic>en otro</italic>”? Spinoza aborda los conceptos de “ser en sí” y “ser en otro”
        en los axiomas de esta primera parte. Allí dice:</p>
  <list list-type="roman-upper">
    <list-item>
      <p>Todo lo que es, o es en sí, o en otra cosa.</p>
    </list-item>
    <list-item>
      <p>Lo que no puede concebirse por medio de otra cosa, debe
      concebirse por sí (EIAxI y II).</p>
    </list-item>
  </list>
  <p>El axioma I plantea la distinción pero sin explicarla, y nos envía al axioma II. Éste parece
        asociar estos conceptos, en principio ontológicos, a modos de concebir: lo en sí (<italic>in
          se</italic>) se asocia a un modo de conocer que no necesita recurrir a nada por fuera de
        la cosa para entenderla; lo en otro (<italic>in alio</italic>), por el contrario, no tiene
        su causa explicativa en sí mismo.</p>
  <p>La definición de modo se inscribe en esta misma línea, Spinoza hace hincapié en cómo lo
        concebimos: “Por modo entiendo las afecciones de una sustancia. O sea, aquello que es en
        otra cosa, por medio de la cual es también concebido” (EIDef5). Esta definición vuelve a
        enviarnos al concepto de “ser en otro”, que, como ya hemos establecido, se encuentra en los
        axiomas I y II. Así, los modos aparecen como aquellos que necesitan de otra cosa para poder
        ser comprendidos. ¿Implica esto un modo de ser distinto al de la sustancia? No
        necesariamente. Lo que sí queda claro desde el inicio es que el comprender rectamente va a
        implicar una prioridad gnoseológica de la sustancia. Si no concebimos los modos a través de,
        por medio de, en la sustancia, será imposible conocerlos adecuadamente.</p>
  <p>Estas definiciones se encuentran en completa consonancia con lo establecido en la epístola 32.
        Llamamos sustancia a aquello que concebimos como un todo, sin recurrir al concepto de
        ninguna otra cosa, como una entidad individual. Llamamos modo a aquello que concebimos como
        una parte de algo mayor, a cuyo concepto necesitamos recurrir para entenderlo adecuadamente.
        En esta misma línea se encuentra la Proposición 15 de la Primera Parte de la
          <italic>Ética</italic>. Allí, Spinoza distingue entre dos maneras de concebir la cantidad
        o extensión, “a saber: abstractamente, o sea, superficialmente, es decir, como cuando
        actuamos con la imaginación; o bien <italic>como substancia</italic>, lo que sólo hacemos
        con el entendimiento” (EIP15Esc. Énfasis mío). Ahora bien, señala inmediatamente nuestro
        filósofo, “la materia es la misma en todo lugar” (<italic>Ibídem</italic>). Es la misma
        extensión la que concebimos con la imaginación o con el entendimiento, extensión que
        recibirá el nombre de modo o sustancia según estos distintos accesos. Así, nuevamente, se
        insiste en abordar las nociones de sustancia y modos a partir de las distintas maneras de
        concebir la realidad. Dirijámonos, entonces, a mostrar el vínculo que hay entre los
        distintos géneros de conocimiento humano y la dupla sustancia-modos.</p>
</sec>
<sec id="sustancia-modos-razón-imaginación">
  <title>3. Sustancia-modos; razón-imaginación</title>
  <p>Es un hecho que Spinoza vincula desde el inicio de su obra las nociones de sustancia y modos a
        los géneros de conocimiento humanos. No sólo, como hemos visto, decide en sus obras de
        juventud abordar la distinción entre lo sustancial y lo modal en virtud de los modos de
        concebir, sino que cuando tiene que definir estos conceptos en su obra magna lo hace de la
        misma manera. ¿Es esto una coincidencia? ¿Es posible que nuestro filósofo elija incluir en
        cada una de las definiciones esenciales de su ontología una clara referencia al modo de
        conocer humano y que, sin embargo, esto no sea un discurso pensado y planeado? No parece
        razonable. No hace falta más que indagar la manera en que Spinoza presenta los primeros dos
        géneros de conocimiento en su obra para constatar que tanto en el KV, como en el
          <italic>Epistolario</italic> y en la <italic>Ética</italic>, establece entre la dupla
        sustancia-modos y la dupla entendimiento-imaginación un vínculo inescindible: mediante la
        razón concebimos la naturaleza como todo o <italic>sustancia</italic> (EIP15Esc), mediante
        la imaginación como parte o modificación. Analicemos los textos.</p>
  <p>En su <italic>Tratado breve</italic>, luego de afirmar que parte y todo no pueden referir a
        distinciones acerca del ser, Spinoza introduce dos diálogos que buscan explicar dicha
        dualidad en absoluta continuidad con nuestra hipótesis <italic>onto-gnoseológica</italic>.
        Dichos diálogos son: aquel que se da entre el entendimiento, el amor, la razón y la
        concupiscencia; y el que se da entre Erasmo y Teófilo<xref ref-type="fn" rid="fn11"
          >11</xref>. Ambos poseen como objetivo el abordar la problemática relación entre sustancia
        y modos, pero en un tono más metafórico y poético que el del tratado en sí. Allí, la
        concupiscencia y Erasmo actúan como portadores de ciertas objeciones fundamentales,
        inquiriendo por el problema de la pluralidad y el de la mutabilidad, respectivamente
        (Spinoza 1990: nota 45 de Atilano Domínguez, 221). Nos interesa ahora analizar el primero de
        los diálogos debido a su relación con los primeros dos géneros de conocimiento. El segundo
        se abordará más adelante, cuando analicemos la manera de concebir de la ciencia
        intuitiva.</p>
  <p>En el primero de ellos, como dijimos, Spinoza nos propone un intercambio entre el
        entendimiento, el amor, la razón y la concupiscencia. Atilano Domínguez señala que en este
        diálogo los conceptos de entendimiento y razón no poseen un significado muy preciso
          (<italic>Ibíd</italic>., nota 46, 222). Sin embargo, sabemos que Spinoza postula y define
        en su KV la teoría del conocimiento distinguiendo, del mismo modo en que lo hará en su
          <italic>Ética</italic>, entre tres géneros de conocimiento. Si bien la razón recibe en
        esta obra el nombre de <italic>fe</italic> o <italic>fe verdadera</italic>, es posible
        establecer que se trata de un conocimiento adecuado que –aún sin referencia a las nociones
        comunes– posee los rasgos del segundo género de conocimiento de su obra magna<xref
          ref-type="fn" rid="fn12">12</xref>. Esto nos lleva a interpretar que el personaje
        encarnado por la razón debe poseer estas mismas características. El concepto de
        entendimiento, por su parte, también debe, en continuidad con lo que nuestro filósofo
        postula con anterioridad en el TIE, estar asociado a un conocimiento adecuado que se
        contrapone a la inadecuación de la imaginación<xref ref-type="fn" rid="fn13">13</xref>. De
        este modo, tanto la razón como el entendimiento son conocimientos adecuados de la
        Naturaleza, esto es, poseen un modo de concebir equivalente; lo que también es evidente por
        el modo colaborativo en que los presenta Spinoza. Ambos modos de conocer se enfrentan en
        bloque a las objeciones de la concupiscencia. Esta última es equiparada por Atilano
        Domínguez a la “opinión” (Spinoza 1990: nota 49 de Atilano Domínguez, 222), esto es,
        asociada al conocimiento inadecuado o imaginativo. Respecto al amor, este personaje no posee
        una incidencia considerable en la discusión. Sin embargo, debemos suponer que su carácter se
        halla en continuidad con aquello que se postula a lo largo del KV, donde es definido como
        una pasión que puede surgir de la opinión o de conceptos verdaderos, tendiendo la primera a
        nuestra perdición y la segunda a nuestra salvación suprema (KV, II, 3, §4). Esto es, el amor
        parece ser un afecto que, en este diálogo, bien puede construirse en función de las ideas
        inadecuadas de la concupiscencia, o de las verdaderas de la razón y el entendimiento.
        Investiguemos, entonces, qué perspectiva de lo real presenta cada uno de estos personajes en
        la discusión.</p>
  <p>Este primer diálogo es iniciado por el <italic>amor</italic>, quien da lugar a la pregunta
        principal: si puede captarse “un ser que es la suma perfección y no puede ser limitado por
        algo distinto, y en el cual también yo estoy comprendido” (KV, I, 2, Diálogo 1°). Así, el
        dilema es presentado en torno a la relación entre la unidad y la pluralidad, esto es, la
        sustancia y sus modos. El primero en responder es el <italic>entendimiento</italic>, que
        afirma: “[y]o, por mi parte, no contemplo la naturaleza más que en su conjunto, infinita y
        sumamente perfecta. Y si lo pones en duda, pregúntaselo a la razón, y ésta te lo dirá” (KV,
        I, 2, Diálogo 1°, 2). Así, el entendimiento establece dos cuestiones fundamentales: en
        primer lugar, que las notas con que conoce son la unidad, la infinitud y la perfección. En
        segundo lugar, que la posición que expresa es compartida por la razón, a quien hace
        referencia explícita. Tal como es de esperarse, el siguiente turno es el de la
          <italic>razón</italic>. Ésta se muestra en absoluto acuerdo con lo sostenido por el
        entendimiento, afirmando que la naturaleza es “una unidad eterna, infinita, todopoderosa”
        (KV, I, 2, Diálogo 1°, 3), a la que denomina “la naturaleza infinita y todo lo en la misma
        comprendido”. Así, parece referir a la sustancia y sus modos como a un todo único e
        infinito.</p>
  <p>La concupiscencia, entonces, hace su entrada con una objeción directa a estos dos modos de
        concebir. A propósito de la diversidad de los atributos de la sustancia, señala: “[s]uena
        admirablemente el que la unidad y la diversidad, que yo veo por doquier en la naturaleza,
        concuerden entre sí. Pero ¿cómo? Yo veo que la sustancia pensante no tiene nada en común con
        la sustancia extensa y que la una limita a la otra” (KV, I, 2, Diálogo 1°, 4). Así,
        introduce la separación o división de lo real: la extensión y el pensamiento se le presentan
        como absolutamente distintos. El amor expresa, a continuación, su reticencia a unirse a
        aquello expresado por la concupiscencia, esto es, busca alejarse de aquellas ideas
        inadecuadas y dirigirse a aquello que postula la razón. En este sentido, objeta a la
        concupiscencia: “si alguna vez yo me hubiera unido con aquello que tú has apuntado, al
        momento hubiera sido perseguido por los dos principales enemigos del género humano, a saber,
        el odio y el arrepentimiento, y muchas veces también el olvido. Por eso, me vuelvo de nuevo
        hacia la razón para que prosiga y tape la boca a estos enemigos” (KV, I, 2, Diálogo 1°, 8).
        Así, se deja ver una preocupación fuertemente spinoziana: el amor no debe surgir de las
        opiniones, sino de conceptos verdaderos. Sólo así dejará de ser una pasión, para ser esa
        acción que nos permite alcanzar nuestra salvación suprema (KV, II, 3, §4).</p>
  <p>La razón, a continuación, vuelve a proclamar la unidad, afirmando que sólo hay un Uno, el cual
        existe por sí mismo y es el sujeto de todos los demás atributos (KV, I, 2, Diálogo 1°, 9).
        Para defender esto, recurre a la causa inmanente, replicando a la concupiscencia:</p>
  <disp-quote>
    <p>Tu razonamiento es, pues, éste: que la causa, puesto que es productora de los efectos, debe
          estar fuera de ellos. Y tú dices esto, porque tan sólo tienes noticias de la causa
          transitiva y no de la causa inmanente, la cual no produce en absoluto algo fuera de ella.
          Por ejemplo, el entendimiento, que es causa de sus conceptos: por eso también yo lo llamo
          causa (<italic>en cuanto a</italic> o en relación a sus efectos, que dependen de él); y,
          por otra parte, lo llamo todo, <italic>en cuanto que</italic> consta de sus conceptos. Por
          tanto, tampoco Dios es, respecto a sus efectos o creaturas, otra cosa que una causa
          inmanente, y, además, respecto a la segunda <italic>consideración</italic>, es un todo
          (KV, I, 2, Diálogo 1°, 12. Énfasis mío).</p>
  </disp-quote>
  <p>Así, la razón da por concluido este diálogo con una afirmación fundamental: el entendimiento,
        que podemos aquí asociar o bien al atributo pensamiento, o bien a su modo infinito
        inmediato, sólo puede llamarse todo <italic>en cuanto que</italic> consta de sus conceptos.
        En este sentido, al considerarlo como un todo, concebimos sus conceptos como sus partes,
        como siendo constitutivos de la totalidad. Lo contrario sucede cuando la concupiscencia es
        la encargada de percibir el mismo entendimiento, por sólo lograr captar las cosas de modo
        externo a su causa, esto es, desconociendo el carácter inmanente de lo real.</p>
  <p>De este modo, Spinoza utiliza en este diálogo diferentes personajes para abordar el problema en
        torno a la relación entre la unidad de la extensión y la pluralidad de sus modificaciones.
        Estos personajes no sólo son asociados, a partir de sus nombres, a géneros de conocimiento
        humanos, sino que sus intervenciones dejan ver aquello que Spinoza proclama en su teoría del
        conocimiento. La concupiscencia, encarnando la imaginación, refiere a un modo de concebir
        que tiende a la separación y la división de la naturaleza. Este primer género no logra
        percibir la manera en que las modificaciones son en la sustancia, esto es, parte de un todo
        por el cual se explican adecuadamente. Así, es acusada por la razón de entender la relación
        sustancia-modos a partir de la exterioridad o causa transitiva: concibe los efectos a partir
        de su existencia, singularidad e individualidad (Spinoza 1990: nota 56 de Atilano Domínguez,
        223). Este hecho evita que pueda aprehender la unidad que se da entre la causa y sus
        efectos. Así, Spinoza presenta a la imaginación en este diálogo como aquella que concibe los
        modos en sus diferencias e independencia, esto es, a partir de lo que no tienen en común. Lo
        que postulan el entendimiento y la razón, en tanto que conocimientos adecuados, es,
        justamente, lo contrario. Estos personajes establecen que la naturaleza es infinita y
        sumamente perfecta. Es en este sentido que la razón afirma comprender el carácter de causa
        inmanente que posee Dios, lo que la lleva a concebir la Naturaleza en su unidad, dejando de
        lado cualquier multiplicidad (KV I, 2, Diálogo 1°, 12).</p>
  <p>Como adelantamos, en su <italic>Epistolario</italic>, Spinoza vuelve a enfrentarse con la dupla
        sustancia-modos para brindar, nuevamente, una explicación a partir del factor gnoseológico.
        En la Carta 12, fechada en 1663, luego de establecer que “concebimos la existencia de la
        sustancia como absolutamente diferente de la existencia de los modos” (Ep. 12, Gb. 54),
        explicita a qué maneras de concebir se está refiriendo. Allí dice que:</p>
  <disp-quote>
    <p>la existencia y la duración de los modos, si consideramos estos y no el orden de la
          Naturaleza, como sucede muy a menudo, podemos determinarlas a voluntad (sin destruir, por
          esto, de ninguna manera el concepto que tenemos de ellas), <italic>concebirlas</italic>
          mayores o menores, y dividirlas en partes; pero la eternidad y la sustancia, como no
          pueden ser <italic>concebidas</italic> sino como infinitas, no pueden tolerar nada
          semejante, sin que destruyamos al mismo tiempo su concepto (Ep. 12, Gb. 55. Énfasis
          mío).</p>
  </disp-quote>
  <p>De este modo, se asocian los conceptos de existencia, duración, modo y parte, a una de estas
        maneras de concebir; y los de eternidad, sustancia, todo e infinito, a la otra. La primera
        de estas maneras, que sucede muy a menudo, es la que introduce la división. La segunda, la
        que introduce la unidad. A continuación, Spinoza, profundizando lo ya dicho y como si
        buscara evitar el problema que signó la completa recepción de su obra, establece:</p>
  <disp-quote>
    <p>Sin embargo, si usted me pregunta por qué somos tan propensos, por impulso natural, a dividir
          la sustancia extensa, a esto respondo que la cantidad puede ser <italic>concebida</italic>
          por nosotros de dos modos: a saber, abstracta o superficialmente, conforme la tenemos en
          la <italic>imaginación</italic> con ayuda de los sentidos; o como sustancia, lo que solo
          ocurre por medio del <italic>entendimiento</italic>. Y así, si
            <italic>consideramos</italic> la cantidad según es en la imaginación, cosa que sucede
          muy a menudo y muy fácilmente, se la hallará divisible, finita, compuesta de partes y
          múltiple. Pero si la <italic>consideramos</italic> según es en el entendimiento, y se la
          concibe tal cual es en sí, lo que ocurre muy difícilmente, entonces, como lo he demostrado
          suficientemente antes, se hallará infinita, indivisible y única (Ep. 12, Gb. 57. Énfasis
          mío).</p>
  </disp-quote>
  <p>Así, la polémica en torno a la dualidad y la univocidad parece desarmarse: si tenemos en cuenta
        los géneros de conocimiento humanos, la objeción dualista se desarticula. Se comprende que,
        al concebir la cantidad, propiedad de la extensión (CM 254. Trad. cast.: 254), con la
        imaginación, la conocemos como divisible, finita, compuesta de partes y múltiple. Esto es,
        que el primer género de conocimiento nos muestra las expresiones de la sustancia como
        separadas y singulares. Así, la noción de modo parece perder su carácter puramente
        ontológico para entenderse como una de las maneras de concebir lo real. Esta manera de
        concebir, tal como sostendrá Spinoza sobradas veces, es auténtica aunque incompleta. ¿Qué
        queremos decir con esto? Como sabemos, nuestro filósofo define el primer género de
        conocimiento como inadecuado y asocia a sus ideas al concepto de falsedad. Sin embargo, se
        esfuerza a su vez por aclarar que esta falsedad no puede ser identificada con el error, sino
        asociada a una privación de conocimiento (TIE §110, EIIP35, EIIP41). En su
          <italic>Ética</italic> afirma “que en la medida en que percibe, nadie se equivoca; esto
        es, conced[e] que las imaginaciones del alma, en sí mismas consideradas, no implican ninguna
        clase de error” (EIIP49Esc. Agregado mío).</p>
  <p>Tal como señala Marilena Chaui, la imaginación es una potencia de la mente y no un vicio de
        ella. El alma, afirma la filósofa, no yerra por el hecho de imaginar, las imágenes en cuanto
        imágenes no contienen error alguno ya que son representaciones de afecciones reales del
        cuerpo propio (Chaui 1999: 109)<xref ref-type="fn" rid="fn14">14</xref>. De este modo, no
        puede decirse que la “falsedad” sea algo positivo, sino que es una carencia o privación de
        una comprensión completa de la cosa que nos hallamos percibiendo: percibimos los cuerpos
        como modos finitos unos distintos de los otros y en virtud de cómo estos nos afectan, pero
        no comprendemos en sentido alguno su causa y su manera de ser en Dios. Esto mismo es
        explicado muy claramente por Atilano Domínguez, quien afirma que, lejos de ser un género de
        conocimiento falso o pernicioso, el conocimiento imaginativo encierra para Spinoza algo
          positivo<xref ref-type="fn" rid="fn15">15</xref>:</p>
  <disp-quote>
    <p>Pese a la fluctuación terminológica, característica de Spinoza, su convicción profunda es que
          la imagen corporal «implica» o «explica» el cuerpo externo (EII, 35, esc. –al final-; IV,
          1, esc. –hacia el medio-) Por encima de todas las limitaciones que asigna a la
          experiencia, admite sin reticencias que, «ante la presencia de un objeto, la mente tiende
          a pensar principalmente lo que hay en él» (EIII, 52, esc) (Domínguez 1975: 83)</p>
  </disp-quote>
  <p>Así, Domínguez sostiene que, a pesar de la mediación que ejercen las afecciones de nuestro
        cuerpo en el conocimiento sensible, la imaginación nos permite conocer los cuerpos
        exteriores (<italic>Ibídem</italic>). En este sentido, el primer género de conocimiento debe
        entenderse como un punto de vista auténtico e irrefutable de lo real. En otras palabras,
        concebir lo real en tanto modificación a partir de la imaginación es una forma genuina
        aunque parcial de conocer la Naturaleza: nos muestra las cosas singulares como efectos sin
        causas, o, en palabras de Michel Henry, nos presenta “el individuo separado del
          universo”<xref ref-type="fn" rid="fn16">16</xref>.</p>
  <p>La razón, por su parte, es la encargada de presentarnos la perspectiva contraria. Perspectiva
        que, en tanto limitada, también es incompleta<xref ref-type="fn" rid="fn17">17</xref>. El
        segundo género de conocimiento concibe lo real bajo los caracteres de lo infinito, lo
        indivisible y lo uno; esto es, en tanto sustancia. Deja de lado, por lo tanto, la
        multiplicidad o distinción entre los modos, es incapaz de concebir las diferencias entre un
        modo y otro. El propio Spinoza explicita este hecho al afirmar que las nociones comunes
        “explican lo que es común a todas las cosas, y que no explican la esencia de ninguna cosa
        singular” (EIIP44Cor2Dem). Así, se vuelve claro que la noción de sustancia tampoco es una
        noción ontológica, sino un modo de percibir la realidad. Realidad que es exactamente la
        misma que la que percibía la imaginación.</p>
  <p>Un año más tarde, en 1664, Oldenburg envía una misiva a Spinoza preguntándole, nuevamente, por
        el nexo que une a la sustancia y sus modos. En la carta 31, presentando la duda como
        compartida con Boyle, le pide a Spinoza que le comunique si “logra alguna luz en la ardua
        indagación que versa acerca de la manera de conocer cómo cada parte de la naturaleza
        concuerda con su todo y de qué modo se relaciona con las demás partes” (Ep. 31, Gb. 167). La
        respuesta que Spinoza brinda en la epístola 32 es de una claridad categórica y de suma
        utilidad para nuestro estudio. Allí establece específicamente cómo conocen los primeros dos
        géneros de conocimiento y cómo estas maneras de concebir dan lugar a las nociones de
        sustancia y modos:</p>
  <disp-quote>
    <p>Por correlación de las partes (<italic>coherentia partium</italic>)<xref ref-type="fn"
            rid="fn18">18</xref>, pues, no entiendo sino que las leyes o la naturaleza de una parte
          coinciden de tal modo con las leyes o naturaleza de la otra, que se contrarían lo menos
          posible. Con respecto al todo y sus partes, solo <italic>considero</italic> las cosas como
          partes de algún todo en cuando sus naturalezas se adaptan recíprocamente de tal modo que
          coinciden, hasta donde es posible, entre sí; pero en cuanto se diferencian entre sí, cada
          una de ellas forma en nuestra mente una idea distinta de la otra y, por tanto, es
            <italic>considerada</italic> como un todo, no como una parte (Ep. 32, Gb. 170. Énfasis
          mío).</p>
  </disp-quote>
  <p>Analicemos las dos maneras de considerar descritas en el pasaje. Nuestro filósofo parte de la
        proclamación de que por correlación (<italic>coherentia</italic>) de las partes entiende que
        “las leyes o la naturaleza de una parte coinciden de tal modo con las leyes o naturaleza de
        la otra” (<italic>Ibídem</italic>). A esto agrega que, con respecto al todo y sus partes,
        “sólo consider[a] las cosas como partes de algún todo en cuanto sus naturalezas se adaptan
        recíprocamente de tal modo que coinciden, hasta donde es posible, entre sí”
          (<italic>Ibídem</italic>). ¿Qué implican estas afirmaciones? El segundo género de
        conocimiento concibe aquello que es común a todo lo finito. A partir de las nociones
        comunes, la razón nos pone en contacto con aquello que es compartido por todas las cosas.
        Dichas nociones son ideas de composiciones de relaciones entre muchas cosas<xref
          ref-type="fn" rid="fn19">19</xref>. El Lema II de la segunda parte de la
          <italic>Ética</italic> nos brinda un ejemplo específico de las nociones comunes a todos
        los cuerpos. Allí dice: «todos los cuerpos convienen en el hecho de que implican el concepto
        de un solo y mismo atributo. Además, en que pueden moverse más lenta o más rápidamente, y,
        en términos absolutos, en que pueden moverse o estar en reposo» (EIIL2Dem). Así, el
        conocimiento de lo común a todo lo finito no es más que el conocimiento de los rasgos
        esenciales de los atributos divinos, en el caso de la extensión, el movimiento y el
          reposo<xref ref-type="fn" rid="fn20">20</xref>. En otras palabras, el entendimiento o
        razón concibe aquello que tiene en común todo lo finito, dejando de lado las diferencias y
        aprehendiendo la manera en que todo lo singular se adapta recíprocamente y coincide entre
        sí. Esto es, conoce cómo todas las cosas son partes de un mismo todo. El segundo modo de
        considerar descrito en el pasaje debe ser asociado a la imaginación. Cuando consideramos
        aquello que hace a las cosas diferentes entre sí –señala Spinoza–, entonces, formamos de
        ellas, en nuestra mente, ideas distintas. De este modo, las consideramos como una separada
        de la otra, esto es, concebimos a cada cosa como una singularidad independiente de otra, y
        no como una parte de algo superior. Si bien ya señalamos el carácter de parcialidad que tiñe
        a este modo de concebir las cosas, también es importante insistir en que es una función
        imprescindible del primer género de conocimiento el hecho de preservar la singularidad. La
        imaginación nos muestra, contra todo acosmismo, el carácter real y singular de lo finito.
        Nos enseña, en palabras de Joachim, que “cada modo es un miembro indispensable e
        irremplazable de la Naturaleza naturada, y que su contribución es absolutamente necesaria
        para la plenitud y coherencia del sistema modal en su conjunto”<xref ref-type="fn"
          rid="fn21">21</xref>.</p>
  <p>Ahora bien, es fundamental insistir en que estas dos maneras de concebir no atentan en ningún
        sentido contra la univocidad de lo real. Spinoza busca explicitar que son las mismas cosas
        las que puedo considerar como partes de algún todo al percibir sus equivalencias; o en
        cuanto se diferencian entre sí, formando en nuestra mente una idea distinta e independiente
        de la otra. Así, los conceptos de todo o sustancia y de parte o modo surgen como los rasgos
        o consecuencias de distintas maneras de percibir, concebir, pensar, conocer, aprehender o
        entender lo real. Para ilustrar esta cuestión con mayor claridad, nuestro filósofo brinda en
        esta carta el ejemplo de la sangre y sus partes, que ya presentamos más arriba y que nos
        gustaría ahora analizar en profundidad. El ejemplo reza del siguiente modo:</p>
  <disp-quote>
    <p>Por ejemplo: dado que los movimientos de las partículas de la linfa, del quilo, etc., se
          adaptan mutuamente en función de su tamaño y forma, de modo que coinciden por completo
          entre sí y forman todas a la vez un solo líquido, sólo en tal sentido se considera a la
          linfa, al quilo, etc., como <italic>partes</italic> de la sangre; pero en cuanto
          concebimos que las partículas linfáticas se diferencian en función de su forma y
          movimiento, de las partículas del quilo, en tal sentido las consideramos como un
            <italic>todo</italic>, no como una parte (Ep. 32, Gb. 171).</p>
  </disp-quote>
  <p>Así, Spinoza asocia nuevamente el todo y sus partes a una cuestión gnoseológica. A
        continuación, para ser aún más claro, nos insta a imaginar que en esta sangre habita un
        gusanito “dotado de <italic>vista</italic> para discernir las partículas de la sangre, etc.,
        y de <italic>razón</italic> para observar cómo cada una de estas partículas al chocar con
        otra retrocede o le comunica una parte de su movimiento, etc” (<italic>Ibídem</italic>.
        Énfasis mío). Esto es, representa al sujeto que conoce la Naturaleza con la figura de un
        gusano que busca entender la naturaleza de la sangre<xref ref-type="fn" rid="fn22"
        >22</xref>. Y esto, en principio, de dos maneras distintas: o a partir de la
          <italic>vista</italic>, que le muestra las distinciones entre las partículas de la sangre;
        o a partir de la <italic>razón</italic>, que le permite observar la relación que une a las
        distintas partículas, esto es, la naturaleza general de la sangre. Así, el paralelismo se
        hace evidente: mientras que la vista debe ser asociada a los sentidos, esto es, a un
        conocimiento singular y modal de lo real; la razón nos permite concebir lo común y
        sustancial de la Naturaleza. ¿Qué nos dice Spinoza de estas dos maneras de concebir? La
        imaginación, señala nuestro filósofo, “no podría saber que todas las partes están regidas
        por la naturaleza general de la sangre, a adaptarse y, en cierto modo, a coincidir entre sí”
        (Ep. 32, Gb. 171). Es esta, justamente, la limitación del primer género de conocimiento, su
        incapacidad de percibir las leyes de la naturaleza, aquello que de necesario e infinito
        posee lo real. Así, nuevamente, la imaginación es identificada como la responsable de
        introducir la división, la parte, la modificación. Lo contrario sucedería si el gusanito
        pudiera concebir la sangre a partir del segundo género de conocimiento. Entonces, percibiría
        que “los movimientos de las partículas de la linfa, del quilo, etc., se adaptan mutuamente
        en función de su tamaño y forma, de modo que coinciden por completo entre sí y forman todas
        a la vez un solo líquido, sólo en tal sentido se considera a la linfa, al quilo, etc., como
        partes de la sangre” (<italic>Ibídem</italic>). Esto es, entendería que “todas las partes
        están regidas por la naturaleza general de la sangre y están obligadas, como lo exige la
        naturaleza general de la sangre, a adaptarse y, en cierto modo, a coincidir entre sí”
          (<italic>Ibídem</italic>).</p>
  <p>Un poco más adelante, Spinoza explicita cómo debemos extrapolar el ejemplo de la sangre a la
        dupla sustancia-modos. En función de esto, señala</p>
  <disp-quote>
    <p>Pero como todos los cuerpos de la Naturaleza pueden y deben concebirse del mismo modo como
          hemos concebido aquí a la sangre; pues todos los cuerpos están rodeados por otros y son
          determinados, a su vez, por estos a existir y obrar de cierta y determinada manera,
          conservando siempre, a la vez, en todos, es decir, en todo el Universo, la misma relación
          de movimiento y reposo; se sigue de aquí que todo cuerpo, en tanto existe modificado de
          determinado modo, debe ser considerado como una parte de todo el Universo que coincide con
          su todo y que se relaciona con las demás partes (…) (Ep. 32, Gb. 172).</p>
  </disp-quote>
  <p>Así, parece unir en una misma postulación ambas perspectivas: por un lado, aquella que nos
        muestra que todos los cuerpos están rodeados por otros cuerpos, que los determinan a existir
        y obrar de determinada manera; por el otro, aquella que nos enseña cómo conservan todos
        ellos la misma relación de movimiento y reposo, lo que los hace ser parte de un mismo todo.
        Así, parte y todo, modo y sustancia vuelven a presentarse como conceptos que pueden
        distinguirse como gnoseológicos. Desde el punto de vista ontológico no hay posibilidad de
        establecer que sustancia y modos sean dos cosas realmente diferentes.</p>
  <p>Ahora bien, podemos realizar nosotros mismos una objeción a esta manera de entender los
        conceptos de sustancia-modos. Si postulamos que el todo y la parte son sólo modos de
        concebir lo que hay, y no entes ontológicos dados, ¿cómo es posible que la sustancia sea
        siempre el todo, de manera invariable y constante? ¿No refiere esto a un respaldo ontológico
        y real? Creemos que la respuesta la brinda el propio Spinoza en esta misma carta. Allí
        señala que la sangre, que es concebida como un todo, bien puede concebirse como una parte si
        la pensamos en función de la relación que posee con las causas que le son externas. Por
        ejemplo, si pensamos las funciones que posee la sangre en el cuerpo humano, esto es, las
        causas que le comunican nuevos movimientos a la sangre, o los cuerpos a los que las
        partículas de la sangre pueden transmitir su movimiento. Así, aquello que habíamos
        identificado con el todo, se vuelve parte. ¿Es esto posible respecto al Universo o
        sustancia? Spinoza explicita que si fuera de la sangre no existiera nada más, esto es,
        ninguna causa que le comunique nuevo movimiento, ésta permanecería siempre en su estado,
        debiéndose concebir siempre como un todo, pero no como una parte. Es esto lo que sucede con
        la sustancia o naturaleza, a la que jamás podremos concebir sino como un todo, y esto ya que
        no hay nada por fuera de ella (<italic>Ibídem</italic>).</p>
  <p>La <italic>Ética</italic> se encuentra en absoluta continuidad con lo hasta aquí establecido.
        En ella, Spinoza insiste en abordar la distinción entre la sustancia y sus modos en virtud
        de los primeros dos géneros de conocimiento. De hecho, destina el Escolio de la Proposición
        15 de la Primera Parte de su obra magna a explicitar esta cuestión. No es casualidad que
        nuestro filósofo elija dicha Proposición para hacerlo, ya que es ella, justamente, la que
        postula la inmanencia entre Dios y sus modificaciones estableciendo que “[t]odo cuanto es,
        es en Dios, y sin Dios nada puede ser ni concebirse”. Esto es, afirma la univocidad de la
        Naturaleza spinoziana. A continuación, Spinoza se dedica a brindar ciertos argumentos que
        buscan defender, contra sus adversarios (EIP15Esc), que la extensión es uno de los infinitos
        atributos de Dios. Esto es, que buscan mostrar, contra toda la tradición, que Dios es
        corpóreo. Es en este contexto que nuestro filósofo se ve obligado a explicar el modo en que
        la extensión, que es una e infinita, alberga la multiplicidad de los cuerpos múltiples y
        finitos. La explicación no deja lugar a dudas:</p>
  <disp-quote>
    <p>Pero como en la naturaleza no hay vacío (de esto he hablado en otro lugar), sino que todas
          sus partes deben concurrir de modo que no lo haya, se sigue de ahí que estas partes no
          pueden distinguirse realmente, esto es, que la substancia corpórea, en cuanto sustancia,
          no puede ser dividida. Si alguien, con todo, pregunta ahora que por qué somos tan
          propensos por naturaleza a dividir la cantidad, le respondo que la cantidad es concebida
          por nosotros de dos maneras, a saber: abstractamente, o sea, superficialmente, es decir,
          como cuando actuamos con la <italic>imaginación</italic>; o bien como substancia, lo que
          sólo hace el <italic>entendimiento</italic> (EIP15Esc. Énfasis mío) <xref ref-type="fn"
            rid="fn23">23</xref>.</p>
  </disp-quote>
  <p>Así, el problema vira, nuevamente, de ser ontológico a volverse gnoseológico. Spinoza responde
        a las objeciones en torno a la relación entre sustancia y modos a partir de una explicación
        que aparece de modo transversal a lo largo de toda su obra, permitiéndonos explicar cómo la
        unidad del ser se vuelve compatible con las dualidades conceptuales que postula. En este
        caso, la distinción entre la imaginación y el entendimiento posibilita que la unidad y la
        distinción coexistan en un sistema unívoco, esto es, en un sistema que sostiene que “la
        materia es la misma en todo lugar, y que en ella no se distinguen partes, sino en cuanto la
        concebimos como afectada de diversos modos” (EIP15Esc).</p>
  <p>¿Qué es concebir la cantidad “como cuando actuamos con la imaginación”? Inmediatamente Spinoza
        lo aclara: “Si consideramos la cantidad tal como se da en la imaginación –que es lo que
        hacemos con mayor facilidad y frecuencia– aparecerá finita, divisible y compuesta de partes”
          (<italic>Ibídem</italic>). Así, nuevamente se asocia el primer género de conocimiento a
        los modos finitos y distintos entre sí. ¿Qué sucede con la razón? Creemos que que Spinoza
        sostenga que el entendimiento concibe la cantidad <italic>como sustancia</italic>
          (<italic>vel ut substantia</italic>) (<italic>Ibídem</italic>), expresa de modo
        concluyente la intención que aparece desde sus primeros escritos: la sustancia no puede ser
        entendida como un concepto ontológico.</p>
  <p>A continuación, nuestro filósofo decide brindar, tal como en su carta 32, un ejemplo para
        ilustrar esta particular relación entre el todo y sus partes. El nuevo ejemplo, que no se
        separa en modo alguno del del gusanito en la sangre, es el del agua y sus partes. “Por
        ejemplo –señala–, concebimos que el agua, <italic>en cuanto es</italic> agua
          (<italic>quatenus aqua</italic>), se divide, y que sus partes se separan unas de otras;
        pero no <italic>en cuanto que</italic> es sustancia corpórea (<italic>quatenus
          substantia</italic>), pues en cuanto tal ni se separa ni se divide”
          (<italic>Ibídem</italic>). El ejemplo es diáfano. La misma agua puede ser concebida de dos
        modos distintos. Es por esta razón que Spinoza utiliza</p>
  <p>la expresión <italic>quatenus ad</italic><xref ref-type="fn" rid="fn24">24</xref> para
        referirse a estas dos perspectivas cognoscitivas de la misma realidad<xref ref-type="fn"
          rid="fn25">25</xref>. La primera, que es identificada con la imaginación, concibe las
        distintas partes del agua; la segunda, el agua como un todo o sustancia. Con esto, Spinoza
        da por finalizada su explicación, afirmando que, en función de lo dicho, “no hay razón
        alguna para decir que Dios padezca en virtud de otra cosa, o que la sustancia extensa sea
        indigna de la naturaleza divina, aunque se la suponga divisible, con tal que se conceda que
        es eterna e infinita” (EIP15Esc). Así, la conclusión es clarísima: ya no importa el hecho de
        que la extensión pueda concebirse como divisible, esta es, de hecho, una manera auténtica de
        concebirla; ahora bien, es necesario que se conceda que, al menos desde una perspectiva,
        ésta es eterna e infinita.</p>
  <p>Estas postulaciones de la Primera Parte de la <italic>Ética</italic>, encuentran una
        explicación precisa en la Segunda Parte de esta misma obra, donde Spinoza expone la
        comúnmente denominada Digresión Física. Allí, en el Lema 7, llama a la naturaleza “un solo
        individuo, cuyas partes –esto es, todos los cuerpos– varían de infinitas maneras, sin cambio
        alguno del individuo total” (EIIL7). Esto es, vuelve a explicar la relación sustancia-modos
        como una relación de todo y partes. Más adelante, en esta misma Parte, Spinoza explicita que
        el alma cuando imagina no tiene ni de sí misma, ni de su cuerpo, ni de los cuerpos
        exteriores un conocimiento adecuado, sino sólo confuso y mutilado. Esto se da siempre que es
        determinada de un modo externo, esto es, según la fortuita presentación de las cosas, a
        considerar esto o aquello (EIIP29Esc). Así, el primer género de conocimiento nos pone en
        contacto con una percepción de los cuerpos que Spinoza define como “consecuencias sin
        premisas” (EIIP28Dem), esto es, como efectos sin causa. En tanto tales, los cuerpos, los
        modos, las cosas, son concebidos en su singularidad (EIIP40Esc2), separados uno de otros y,
        sobre todo, separados de aquello de lo que son parte, esto es, la sustancia. De allí, que
        las ideas de la imaginación sean presentadas como mutiladas o inadecuadas (EIIP35Dem), por
        no lograr comprender el lugar de <italic>parte</italic> que los cuerpos ocupan en la
        totalidad. Esto es, tomando cada cuerpo como un todo<xref ref-type="fn" rid="fn26"
        >26</xref>, sin lograr concebir la trama en la que se hallan inmersos<xref ref-type="fn"
          rid="fn27">27</xref>. La razón, en cambio, percibe la necesidad de las cosas tal como en
        en sí. “Esta necesidad de las cosas –afirma nuestro filósofo– es la necesidad misma de la
        naturaleza eterna de Dios” (EIIP44Cor2Dem). Que la necesidad de las cosas sea la misma
        necesidad de la naturaleza eterna de Dios se explica en la medida en que entendemos que es
        necesario que cada uno de los cuerpos singulares sea una parte de la extensión divina. Esto,
        como sabemos, no quiere decir otra cosa que que cada uno de estos cuerpos tendrá,
        necesariamente, los rasgos esenciales que caracterizan la extensión. Esto es, el movimiento
        y el reposo. Así, es necesario que todo modo, en tanto sustancia (<italic>quatenus
          substantia</italic>), se mueva o esté en reposo. Es en este sentido que Spinoza señala que
        “lo que proporciona el conocimiento de la esencia eterna e infinita de Dios es común a
        todos, y se da igualmente en la parte y en el todo, y, por consiguiente, dicho conocimiento
        será adecuado” (EIIP46Dem). En otras palabras, cuando concibo lo singular a partir del
        segundo género de conocimiento, lo concibo en cuanto sustancia.</p>
  <p>Así, se vuelve a insistir en que la limitación de la imaginación consiste en ser incapaz de
        elevarse por sobre lo singular para captar lo común. También vuelve a afirmarse que la
        parcialidad de la razón radica en lo opuesto. El segundo género de conocimiento, tal como
        sabemos, no accede a la cosa singular (EIIP44Cor2Dem). Las nociones comunes, al percibir lo
        común o, lo que es lo mismo, los rasgos esenciales de los atributos divinos, no nos brindan
        conocimiento de las esencias singulares de las cosas. Es decir, como ya se sostuvo, que la
        razón no nos permite concebir qué hace que un modo sea ese modo y no otro. El conocimiento
        de las diferencias se ve aplastado por el conocimiento de lo común o general.</p>
  <p>Así, queda claro que a lo largo de toda su obra Spinoza sostiene consistentemente que las
        nociones de sustancia y modos deben comprenderse como consecuencias de los accesos
        incompletos de los dos primeros géneros de conocimiento. Son las carencias de estos dos
        géneros las que van a verse compensadas por el accionar del último y mejor género de
        conocimiento: la ciencia intuitiva. Este último acceso se presenta como aquel conocimiento
        en el que las perspectivas imaginativa y racional –auténticas, aunque incompletas– se hallan
        unidas, dando lugar al conocimiento completo de la naturaleza. Conocimiento que tendrá como
        corolario la más alta felicidad humana, asociada al conocimiento de la unión que tiene mi
        espíritu finito con toda la Naturaleza (TIE 8).</p>
</sec>
<sec id="univocidad-y-ciencia-intuitiva">
  <title>4. Univocidad y ciencia intuitiva</title>
  <p>Analicemos entonces ahora cómo es abordada la dupla sustancia-modos a partir del tercer género
        de conocimiento. Tal como señala Michel Henry, la ciencia intuitiva es aquella manera de
        conocer que nos permite descubrir la parte como consecuencia del todo en el que tiene su
        condición de inteligibilidad y de existencia<xref ref-type="fn" rid="fn28">28</xref>. Esto
        es, una comprensión de las nociones de sustancia y modos, como todo y parte, en su absoluta
        unidad ontológica. Spinoza insiste en este hecho cada vez que aborda el accionar del último
        género en su obra. Vayamos a los textos.</p>
  <p>Tal como señalamos, el <italic>Tratado breve</italic> presenta –a continuación del diálogo
        entre entendimiento, el amor, la razón y la concupiscencia– un segundo diálogo que, en
        palabras de Spinoza, “sirve, por un lado, para lo anterior y, por otro, para la segunda
        parte del siguiente”. Esto es, se postula en continuidad con lo anterior y lo que vendrá más
        adelante. Este segundo intercambio se da entre los personajes de Erasmo y Teófilo. Erasmo
        (“amable”) representa, para Atilano Domínguez, el deseo racional; mientras que Teófilo
        (“amigo de Dios”) encarna el amor intelectual. Entre ambos no se presenta una oposición como
        la que encontrábamos en el diálogo anterior entre la razón y la concupiscencia, sino que
        colaboran como la razón y el entendimiento (Spinoza 1990: nota 64 de Atilano Domínguez,
        224). Nos interesa, específicamente, aquella parte en la que Erasmo inquiere a Teófilo
        acerca de la precisa relación entre la sustancia y sus modos, o el todo y sus partes.
        Partiendo de la afirmación de la causalidad inmanente de Dios, Erasmo objeta que, si este
        Dios y lo por él producido forman juntos un todo, entonces parecería que se atribuye más ser
        a Dios en un momento que en otro (KV I, 2, Segundo Diálogo, 3). Teófilo brinda, entonces,
        una explicación que busca aclarar este “embrollo” (<italic>Ibíd</italic>., 4.): “[l]a
        esencia de la cosa no toma nada por su unión con otra, con la que forma un todo, sino que,
        por el contrario, la primera permanece invariable” (<italic>Ibídem</italic>). ¿Qué quiere
        expresar Spinoza a partir de esta afirmación representada por Teófilo? ¿Es casualidad que el
        interlocutor identificado con el amor intelectual defienda el conocimiento de la esencia
        singular de las cosas? A continuación, Teófilo brinda un ejemplo para ilustrar su punto:</p>
  <disp-quote>
    <p>Para que me comprendas mejor, te pondré un ejemplo: un escultor, que ha hecho de madera
          diversas figuras, que imitan las partes de un cuerpo humano. Coge una de ellas, que tiene
          la figura de un pecho humano, y la une con otra que tiene la figura de una cabeza humana,
          y forma con esas dos un todo, que representa la parte superior de un cuerpo humano. ¿Vas a
          decir que la esencia de la cabeza ha aumentado, porque fue unida con el pecho? Esto es un
          engaño, ya que es lo mismo que era antes (KV I, 2, Segundo Diálogo, 4).</p>
  </disp-quote>
  <p>El ejemplo parece aludir claramente al tercer género de conocimiento, aquel que puede concebir
        el todo sin perder de vista la esencia singular de las cosas. Esto es, aquel conocimiento
        que comprende lo singular como siendo en Dios. Es decir, que no se pierde ni en la división
        y separación, ni en la totalización absoluta, sino que da cuenta de la unidad de la parte y
        el todo. O, en otras palabras, que entiende que la unidad no se opone a la multitud ni añade
        nada a las cosas, ya que no es más que un modo de pensar (CM 246. Trad. cast.: 244).</p>
  <p>Spinoza establece en su KV que el <italic>conocimiento claro</italic> o intuitivo supera la
        limitación de la razón al tener como central a la singularidad, dando lugar a “un gozo o una
        unión inmediata con algo que sea mejor conocido [separándose de la imaginación] y gozado
        [distinguiéndose de la razón] que lo anterior, en cuyo caso la victoria es siempre
        necesaria” (<italic>Ibídem</italic>. Agregados míos). La proclamación de Teófilo, entonces,
        se encuentra en este mismo sentido: el modo de conocer de la ciencia intuitiva comprende el
        todo, pero sin desconocer sus partes. O, en otras palabras, comprende el ser ya sin todo ni
        partes.</p>
  <p>La Epístola 32 también da cuenta de la manera en que la ciencia intuitiva concibe la dupla
        sustanciamodos. Allí, Spinoza, a propósito de la traspolación del ejemplo del gusanito a la
        relación entre la sustancia y sus modos, dice:</p>
  <disp-quote>
    <p>Pero respecto a la sustancia concibo que cada parte tiene una unión mucho más estrecha con el
          todo. Pues como he intentado demostrar anteriormente en mi primera carta (que le escribí
          cuando aún residía en Rijnsburg), que pertenece a la naturaleza de la sustancia ser
          infinita, se sigue que a la naturaleza de la sustancia corpórea le pertenece cada una de
          sus partes y <italic>sin ellas no puede existir ni concebirse</italic> (Ep. 32, Gb. 173.
          Énfasis mío)<italic>.</italic></p>
  </disp-quote>
  <p>El último género de conocimiento nos permite concebir la unión de la parte con el todo. Esto
        implica, no sólo superar la separación introducida por la imaginación, sino también dejar
        atrás la limitación de la razón, para entender que no hay todo sin partes. De esto da cuenta
        Spinoza, al establecer de modo explícito, contra cualquier prioridad ontológica, que la
        sustancia corpórea no puede existir ni concebirse sin sus partes. Esta afirmación es un
        revés directo a cualquier lectura que pretenda sostener que lo que hay entre la sustancia y
        sus modos, o entre el todo y sus partes, es una distinción real.</p>
  <p>Vayamos a la <italic>Ética</italic>, donde esto mismo se ve expresado de manera concluyente. La
        ciencia intuitiva, dice Spinoza en esta obra, “progresa a partir de la idea adecuada de la
        esencia formal de ciertos atributos de Dios, hacia el conocimiento adecuado de la esencia de
        las cosas” (EIIP40Esc2 y EVP25Dem). Es importante para la comprensión cabal de esta
        definición, retomar la proposición 15 de la primera parte de la <italic>Ética</italic>, con
        la que Spinoza se encuentra dialogando. Ésta establece que “todo cuanto es, es en Dios, y
        sin Dios nada puede ser ni concebirse” (EIP15), es decir, resume en una sola afirmación el
        carácter inmanente del planteo spinoziano. El último género de conocimiento surge en
        respuesta a esta proposición: la única manera de concebir adecuadamente las cosas singulares
        es concebirlas a partir de Dios, entenderlas bajo el atributo del que son modos, implicando
        el concepto de ese atributo, es decir, la esencia eterna e infinita de Dios (EIIP45Dem). En
        definitiva, la única manera de comprender correctamente los modos es como siendo “en otro”,
        entendiendo este ser en otro, tal como señalamos más arriba, como un modo de concebir. Dicho
        en otras palabras, conocer los modos de manera completa es entenderlos a partir de su causa
        explicativa: la sustancia. Sólo el tercer género de conocimiento logra, como se vio en las
        obras anteriores, dar lugar a un conocimiento completo. En este sentido, ya no nos pone en
        contacto con perspectivas incompletas de la Naturaleza, como sucedía con la imaginación y la
        razón, sino que logra concebir de manera íntegra al conocer las cosas en su singularidad,
        pero a partir de la necesidad y eternidad divinas. En este sentido, la Quinta Parte de la
          <italic>Ética</italic> no sólo proclama que “las cosas singulares no pueden concebirse sin
        Dios” (EVP30Dem), sino también, que conocer a Dios es entender las cosas según el tercer
        género de conocimiento (EVP27Dem). Es tan ridículo creer que se puede concebir la parte sin
        el todo, como sostener que puede comprenderse el todo sin la parte. Lo que insiste en dejar
        atrás toda dualidad, para comprender la unidad que gobierna lo real<xref ref-type="fn"
          rid="fn29">29</xref>. Así, es la ciencia intuitiva aquella que nos permite captar la
        unidad inescindible que existe entre la sustancia y sus modos; aquella que capta de manera
        inmediata la unidad entre lo singular y lo común. Dicho de otro modo, aquella que nos deja
        comprender que, desde el punto de vista ontológico sólo hay una única naturaleza expresada
        de infinitos modos: sustancia modificada, Naturaleza naturada naturante. El último género de
        conocimiento nos muestra que los conceptos de sustancia y modos descansan en las
        perspectivas humanas sobre la realidad, y que cuando conocemos el ser de modo completo, ya
        sin perspectivas, comprendemos que los modos no pueden ni ser ni ser concebidos sin la
        sustancia y, viceversa –un pequeño y enorme viceversa, diría Marilena Chaui (Chaui 2008: 19)
        –, la sustancia no puede ser ni ser concebida sin sus modos.</p>
</sec>
<sec id="a-modo-de-cierre">
  <title>5. A modo de cierre</title>
  <p>El objetivo del presente trabajo fue postular un nuevo punto de partida a un problema que ha
        signado la recepción de la ontología spinoziana: el vínculo que une a la sustancia con sus
        modos. A lo largo de estas páginas intentamos mostrar que el propio Spinoza identifica las
        nociones de sustancia y modos con los géneros de conocimiento humanos, posibilitando una
        lectura de estos conceptos no ya como ontológicos, sino como gnoseológicos. Nuestro filósofo
        sostiene a lo largo de su obra que la sustancia es una manera de concebir la naturaleza a
        partir de la razón, y que los modos son otra manera de concebir la misma naturaleza a partir
        de la imaginación. Estas dos perspectivas son sesgadas en la medida en que ignoran un
        aspecto de lo real: la razón pierde de vista lo singular, mientras que la imaginación lo
        común. La ciencia intuitiva conserva ambas perspectivas dando lugar a un conocimiento
        completo de la naturaleza; conocimiento que deja atrás las nociones de sustancia y modos,
        para dar lugar a la de sustancia modificada o Naturaleza. Esta lectura permite un abordaje
        del planteo spinoziano en el que ya no hay que elegir entre la univocidad o la dualidad:
        ambas pueden coexistir en un sistema donde uno y el mismo ser es concebido o captado desde
        distintas perspectivas.</p>
</sec>
</body>
<back>
<fn-group>
  <fn id="fn1">
    <label>1</label><p>Analizaremos en esta ocasión sólo el problema que reviste el vínculo entre la sustancia
          absolutamente infinita y los modos finitos. El análisis del lugar que los modos infinitos
          ocupan en el sistema spinoziano ya ha sido realizado en García Ruzo, Antonieta. “Una
          interpretación gnoseológica de los conceptos de esencia y existencia en Spinoza”, en
            <italic>Ideas. Revista de filosofía moderna y contemporánea,</italic> no. 15-16, 2023,
          pp. 182-211.</p>
  </fn>
  <fn id="fn2">
    <label>2</label><p>Las obras de Spinoza se citan según la paginación de la edición canónica: Baruch Spinoza.
            <italic>Opera quae supersunt omnia</italic>, Heidelberger Akademie der Wissenschaften,
          editada por Carl Gebhardt, 4 tomos, Heidelberg, Carl Winter-Verlag, 1925. Para citar cada
          obra, se utilizan las siguientes abreviaturas y referencias: TIE <italic>Tractatus de
            intellectus emendatione</italic> (<italic>Tratado de la reforma del
            entendimiento</italic>) (párrafo de Gb.); CM <italic>Cogitata metaphysica</italic>
            (<italic>Pensamientos metafísicos</italic>) (página Gebhardt y página traducción al
          español); KV <italic>Korte Verhandeling van God, de mensch en deszelvs Welstand</italic>
            (<italic>Tratado breve</italic>) (parte, capítulo, apartado). Ep =
            <italic>Epistolae</italic> (<italic>Epistolario</italic>) (número y p. Gb.); La
            <italic>Ética</italic> se cita según su modo habitual (indicando la parte en número
          romano y la proposición en número arábigo; y si se trata de una demostración, definición,
          axioma, etc., indicando la abreviatura y el número). Las traducciones al castellano de
          todas las obras utilizadas son consignadas en la bibliografía.</p>
  </fn>
  <fn id="fn3">
    <label>3</label><p>Para un estudio pormenorizado de estas líneas interpretativas y los autores que las defendieron
          consultar García Ruzo, Antonieta. “Univocidad versus Dualidad en Spinoza: Historia de una
          confusión”, en <italic>Cadernos Espinosanos. Estudos sobre ó seculo XVII</italic>, n° 43,
          jul-dez 2020, ISSN 1413-6651, pp. 81-131.</p>
  </fn>
  <fn id="fn4">
    <label>4</label><p>Pierre Bayle, <italic>Diccionario histórico y crítico</italic>, compilado traducido y dirigido
          por Fernando Bahr (Buenos Aires: El cuenco de Plata, 2010), 366.</p>
  </fn>
  <fn id="fn5">
    <label>5</label><p>G. W. F. Hegel, <italic>Lecciones sobre la Historia de la Filosofía</italic>, Colección de textos
          clásicos: Grandes obras, Tomo I, dirigida por José Gaos, (México-Buenos Aires: Fondo de
          Cultura Económica, 1955), 303.</p>
  </fn>
  <fn id="fn6">
    <label>6</label><p>Podemos nombrar como representantes de las lecturas platónicas a Valtteri Viljanen, Don Garrett,
          Christopher Martin, Tad Schmaltz, Charles Jarrett, entre otros.</p>
  </fn>
  <fn id="fn7">
    <label>7</label><p>Exponentes de esta corriente son Gilles Deleuze, Vittorio Morfino, Marilena Chaui, entre otros.
          El concepto de <italic>expresión</italic>, propiamente deleuzeano, sirve para resumir esta
          posición que defiende la existencia de un único ente (Ente-uno) o Ser que se expresa de
          infinitas maneras (<italic>Cf.</italic> Gilles Deleuze. <italic>Spinoza y el problema de
            la expresión</italic>. Trad. Horst Vogel. Barcelona: Muchnik editores S. A., 1996).</p>
  </fn>
  <fn id="fn8">
    <label>8</label><p>Para una explicación más profunda de esta hipótesis <italic>Cf.</italic> García Ruzo, Antonieta.
          “La <italic>Ética</italic> de Spinoza como proyecto onto-gnoseológico”, en <italic>Daimon.
            Revista internacional de filosofía</italic>, España, 86, 2022, pp. 101-116. <ext-link
            ext-link-type="uri" xlink:href="https://doi.org/10.6018/daimon.423251"
            >https://doi.org/10.6018/</ext-link>
          <ext-link ext-link-type="uri" xlink:href="https://doi.org/10.6018/daimon.423251"
            >daimon.423251</ext-link>.</p>
  </fn>
  <fn id="fn9">
    <label>9</label><p>No debe entenderse este coincidir como una
    identidad o equivalencia; más bien tiene que ver con un concordar o
    adecuarse entre sí.</p>
  </fn>
  <fn id="fn10">
    <label>10</label><p>Esto mismo se replica en EIP8Esc., donde Spinoza señala que si los hombres atendieran a la
          naturaleza de la sustancia, entenderían que es “aquello que es en sí y es concebido por
          sí, esto es, aquello cuyo conocimiento no precisa del conocimiento de otra cosa”.</p>
  </fn>
  <fn id="fn11">
    <label>11</label><p>Atilano Domínguez señala que estos diálogos expresan una doctrina típicamente spinoziana:
          relación de Dios con las cosas o criaturas (dial. 1.°, § 12/fin y diál. 2.°, § 1),
          explicada a partir de los conceptos de naturaleza única e infinita (diál. 1.°, § 3), de
          sustancia-modos (Ib., § 9), de todo-partes (dial. 2.°, §§ 4-9) y, finalmente, de causa
          inmanente (diál. 1.°, § 12 y dial. 2.°, § 1-2), entendida como causa inmediata y no remota
          (diál. 2.°, § 12). (Spinoza (1990) op. cit., nota 45 de Atilano Domínguez, p. 221).</p>
  </fn>
  <fn id="fn12">
    <label>12</label><p>Basándome en los contundentes estudios realizados por Filippo Mignini y el apoyo casi unánime que
          a ellos han prestado los más célebres estudiosos de Spinoza, consideraré en este trabajo
          al KV como inmediatamente precedente a la <italic>Ética</italic> y, en este sentido, como
          una verdadera introducción metodológica y sistemática a lo que en la obra magna se
          sostiene. Así, entenderé que los géneros de conocimiento presentados en ambas obras pueden
          entenderse como equivalentes. Obviamente, exceptuando la postulación de las nociones
          comunes que nuestro filósofo realiza recién en su <italic>Ética</italic> (Cf. Mignini, F.
          “Per la datazione e l’interpretazione del Tractatus de intellectus emendatione de Spinoza”
          en La cultura, n° 17, 1979, ½, pp. 87-160; Introduzione a Spinoza, op. cit., pp. 5-35;
          Nuovi contributi per la datazione e l’interpretazione del TIE (separata), Bibliopolis,
          1985; “Per una nuova edizione del Tractatus de intellectus emendazione”, Studia
          Spinoziana, IV, 1988; “Données et problèmes de la chronologie spinozienne entre 1656 et
          1665”, Revue des sciences philosophiques et théologiques, LXXI, 1987).</p>
  </fn>
  <fn id="fn13">
    <label>13</label><p>En TIE Spinoza distingue entre la imaginación y el entendimiento como modos de conocer
          diferentes, uno adecuado y el otro inadecuado. (Cf. Eremiev, B.; Placencia, L., op. cit.,
          p. 34).</p>
  </fn>
  <fn id="fn14">
    <label>14</label><p>Sobre el problema del error <italic>Cf.</italic> Laura Arese y Cecilia Paccazochi. “Spinoza y el
          error” en Tatián, D., <italic>Spinoza. Sexto coloquio</italic>, Córodba: Brujas, 2010, p.
          211.</p>
  </fn>
  <fn id="fn15">
    <label>15</label><p>En este mismo sentido, Deleuze señala que “la inspiración spinozista es profundamente empirista”
          y que este empirismo está puesto al servicio del racionalismo (Deleuze 1996: 134).</p>
  </fn>
  <fn id="fn16">
    <label>16</label><p>Michel Henry, <italic>La Felicidad de
    Spinoza</italic>, Traducción de Axel Cherniavsky (Buenos Aires:
    Ediciones la Cebra, 2008), 131.</p>
  </fn>
  <fn id="fn17">
    <label>17</label><p>Esta incompletitud no implica en modo alguno inadecuación. El segundo género de conocimiento
          conoce adecuadamente lo común a todo lo finito a partir de las nociones comunes. Sin
          embargo, no logra acceder a la Naturaleza en su completitud ya que no logra captar lo
          singular o individual: la realidad modal.</p>
  </fn>
  <fn id="fn18">
    <label>18</label><p>Si bien adoptamos en este trabajo la traducción de Oscar Cohan, que se inclina por correlación de
          partes, conviene aclarar que la <italic>coherentia partium</italic> encuentra en otras
          traducciones mayor claridad o precisión. Atilano Domínguez en su
            <italic>Correspondencia</italic>, por ejemplo, habla de “conexión de las partes”, lo que
          parece acercarse más a la coherencia o adecuación de las partes que Spinoza tiene en
          mente.</p>
  </fn>
  <fn id="fn19">
    <label>19</label><p>Gilles Deleuze, <italic>Spinoza. Filosofía
    práctica</italic>, (Buenos Aires: Tusquets, 2013), 139.</p>
  </fn>
  <fn id="fn20">
    <label>20</label><p>Diane Steinberg, “Knowledge in Spinoza’s Ethics” en Koistinen, O. (ed) <italic>The Cambridge
            Companion to Spinoza’s Ethics</italic> (Cambridge, 2009), 150. Acerca de esto señala
          Spinoza: “Por ello, lo que proporciona el conocimiento de la esencia eterna e infinita de
          Dios es común a todos, y se da igual en la parte y en el todo, y, por consiguiente, dicho
          conocimiento será adecuado” (EIIP46Dem.).</p>
  </fn>
  <fn id="fn21">
    <label>21</label><p>Harold H. Joachim, <italic>Spinoza’s Tractatus the Intellectus Emendatione. A
          Commentary</italic>, (Oxford: Oxford University, 1958), 42.</p>
  </fn>
  <fn id="fn22">
    <label>22</label><p>El paralelo es explicitado por Spinoza: “Este
    gusanito viviría, sin duda, en la sangre, como nosotros en esta
    parte del Universo…” (Ep. 32).</p>
  </fn>
  <fn id="fn23">
    <label>23</label><p>Más adelante Spinoza aclarará a qué se refiere cuando habla de ‘entendimiento’: “En efecto (como
          es notorio por sí), no entendemos por el pensamiento en términos absolutos, sino sólo un
          cierto modo de pensar, que difiere de otros modos como el deseo, el amor, etc. y que, por
          tanto debe ser concebido por medio del pensamiento tomado en términos absolutos, es decir
          (por la Proposición 15 y la Definición 6), debe concebirse por medio de un atributo de
          Dios que exprese la eterna e infinita esencia del pensamiento de tal como que sin él no
          pueda ser ni ser concebido, y por ello (por el Escolio de la Proposición 29) debe ser
          referido a la Naturaleza naturada, como también los demás modos del pensar, y no a la
          naturante. Q.E.D” (EIP31Dem). Y agrega en el Escolio que no ha querido referirse con
          este</p>
  </fn>
  <fn id="fn24">
    <label>24</label><p>Tal como señala Julie Klein, la expresión latina <italic>quatenus ad</italic> –que ella traduce
          como “in so far as”, y que en español debe entenderse como “en cuanto que” o “en la medida
          que” –, es un recurso que Spinoza utiliza cuando quiere hacer patente el hecho de que
          podemos pensar las mismas cosas desde distintas perspectivas (Julie Klein, “By eternity I
          understand: Eternity according to Spinoza” en <italic>Olyyun. The Jerusalem Philosophical
            Quarterly 51</italic>, Julio 2002, 310).</p>
  </fn>
  <fn id="fn25">
    <label>25</label><p>Esto mismo aparece en EIP13Cor., donde Spinoza establece: “De aquí se sigue que ninguna
          substancia y, consiguientemente, ninguna substancia corpórea, en cuanto substancia, es
          divisible”.</p>
  </fn>
  <fn id="fn26">
    <label>26</label><p>Este es el modo de concebir que nos lleva a pensar al hombre, “dentro de la naturaleza, como un
          imperio dentro de otro imperio” (EIIIPrefacio).</p>
  </fn>
  <fn id="fn27">
    <label>27</label><p>Vittorio Morfino, “Esencia y Relación” en <italic>Revista Pensamiento Político</italic>, Num. 6,
          (Chile: Universidad Diego Portales, 2015).</p>
  </fn>
  <fn id="fn28">
    <label>28</label><p>Michel Henry, <italic>Ibid</italic>., 132.</p>
  </fn>
  <fn id="fn29">
    <label>29</label><p>“Mediante la ciencia intuitiva la cosa es percibida en su totalidad y, por lo tanto, aprehendida
          adecuadamente, sin peligro de error” (TIE §13).</p>
  </fn>
</fn-group>
  
    
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      <title>Fuente</title>
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            <name>
              <surname>Spinoza</surname>
              <given-names>Baruch</given-names>
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          </person-group>
          <article-title>Opera quae supersunt omnia</article-title>
          <person-group person-group-type="editor">
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              <surname>Gebhardt</surname>
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          </person-group>
          <publisher-loc>Heidelberg</publisher-loc>
          <publisher-name>Carl Winter-Verlag</publisher-name>
          <year>1925</year>
        </element-citation>
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    </ref-list>
    
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      <title>Traducciones consultadas</title>
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              <surname>Spinoza</surname>
              <given-names>Baruch</given-names>
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          <article-title>Ética</article-title>
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              <given-names>Vidal</given-names>
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          <year>2011</year>
        </element-citation>
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              <given-names>Atilano</given-names>
            </name>
          </person-group>
          <comment>Traducción, notas y prólogo de Atilano Domínguez</comment>
          <publisher-loc>Madrid</publisher-loc>
          <publisher-name>Alianza</publisher-name>
          <year>1990</year>
        </element-citation>
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