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        <journal-title specific-use="original" xml:lang="es">Anales del Seminario de Historia de la
          Filosofía</journal-title>
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      <issn publication-format="electronic">1988-2564</issn>
      <issn-l>0211-2337</issn-l>
      <publisher>
        <publisher-name>Ediciones Complutense</publisher-name>
        <publisher-loc> España </publisher-loc>
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      <article-id pub-id-type="doi">10.5209/ashf.91247</article-id>
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          <subject>Estudios</subject>
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        <article-title>Antagonismos en la Europa revolucionaria: de Kant y Fichte a Napoleón y Constant</article-title>
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          <trans-title>Antagonisms in revolutionary Europe: from Kant and Fichte to Napoleon and Constant</trans-title>
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        <contrib contrib-type="author" corresp="yes">
          <contrib-id contrib-id-type="orcid">https://orcid.org/0000-0002-6124-184X</contrib-id>
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            <surname>Leiva Bustos</surname>
            <given-names>Javier</given-names>
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        <aff id="aff-a"><institution content-type="original">Universidad Complutense de Madrid (España)</institution></aff>
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        <corresp id="cor1">Javier Leiva Bustos<email>jleiva01@ucm.es</email></corresp>
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      <pub-date pub-type="epub" publication-format="electronic" iso-8601-date="2025-01-17">
        <day>17</day>
        <month>01</month>
        <year>2025</year>
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      <volume>42</volume>
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      <fpage>119</fpage>
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        <copyright-statement>Copyright © 2025, Universidad Complutense de
          Madrid</copyright-statement>
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        <copyright-holder>Universidad Complutense de Madrid</copyright-holder>
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          <license-p>Esta obra está bajo una licencia <ext-link ext-link-type="uri"
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      <abstract>
        <p>La idea del antagonismo, de un enemigo al que combatir, ha subyacido ya en muchos de los planteamientos anteriores a nuestra época, no sólo a raíz de las ideologías contemporáneas. Sin ir más lejos, la tenemos en múltiples reflexiones realizadas en torno a la Revolución francesa. Así las cosas, el objetivo del presente artículo, a través de un enfoque de filosofía de la historia, es sacar a la luz dicha concepción de «antagonismo» y retratar una panorámica de cómo éste se encontraba presente no sólo durante el periodo revolucionario, sino también previamente a finales de la Ilustración, en pensadores como Kant y Fichte, y más tarde en la época imperial, reflejado en el enfrentamiento entre el establecido y más tarde derrocado Imperio napoleónico y el emergente liberalismo guiado por Benjamin Constant.</p>
      </abstract>
      <trans-abstract xml:lang="en">
        <p>The idea of antagonism, of an enemy to be fought, already underlay in many of approaches that predate our own time, not only as a result of contemporary ideologies. As it happens in numerous reflections on the French Revolution. In this way, the aim of this article, through a philosophy of history point of view, is to reveal that conception of «antagonism» and portray an overview of how this was present not only during the revolutionary period, but also previously at the end of Enlightenment, in authors like Kant and Fichte, and later in the imperial age, reflected in the confrontation between the established and afterwards overthrown Napoleonic Empire, and the growing liberalism guided by Benjamin Constant.</p>
      </trans-abstract>
      <kwd-group>
        <kwd>Antagonismo</kwd>
        <kwd>Benjamin Constant</kwd>
        <kwd>Fichte</kwd>
        <kwd>Kant</kwd>
        <kwd>Liberalismo</kwd>
        <kwd>Napoleón</kwd>
        <kwd>Revolución francesa</kwd>
        <kwd>translatio imperii</kwd>
      </kwd-group>
      <kwd-group xml:lang="en">
        <kwd>Antagonism</kwd>
        <kwd>Benjamin Constant</kwd>
        <kwd>Fichte</kwd>
        <kwd>French Revolution</kwd>
        <kwd>Kant</kwd>
        <kwd>Liberalism</kwd>
        <kwd>Napoleon</kwd>
        <kwd>translatio imperii</kwd>
      </kwd-group>
    </article-meta>
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<sec id="fuentes-de-financiación">
  <title>Fuentes de financiación</title>
  <p>Este artículo se enmarca dentro de la concesión de una «Ayuda Margarita Salas para la formación
        de jóvenes doctores» (Ref.: CA1/RSUE/2021-00517) por parte de la Universidad Autónoma de
        Madrid, de la que son entidades financiadoras la Unión Europea
          (<italic>NextGenerationEU</italic>), el Ministerio de Universidades y el Plan de
        Recuperación, Transformación y Resiliencia, y la propia UAM. Asimismo, su elaboración ha
        sido posible gracias al Proyecto de Investigación «Esquematismo, teoría de las categorías y
        mereología en la filosofía kantiana: una perspectiva fenomenológico hermenéutica» (MINECO
        PID2020-115142GA-I00), con Alba Jiménez Rodríguez como Investigadora Principal. La labor
        investigadora y docente se realiza en el Departamento de Lógica y Filosofía Teórica de la
        Universidad Complutense de Madrid.</p>
</sec>
<sec id="introducción">
  <title>1. Introducción</title>
  <p>Cuando se ha reflexionado acerca de la idea de «antagonismo» en nuestras sociedades, no han
        sido pocos los que han dirigido su mirada a la figura del eminente pensador alemán G.W.F.
        Hegel. Para ellos, en efecto, este habría sido el primero en detectar y analizar dicho
        antagonismo, tal y como se pondría de manifiesto en sus palabras sobre la dominación y la
        servidumbre en la autonomía y no autonomía de la autoconciencia –la popular dialéctica del
        amo y el esclavo–; en las dedicadas a la libertad absoluta y el Terror, ambas dentro de la
          <italic>Fenomenología del espíritu</italic><xref ref-type="fn" rid="fn1">1</xref>; o las
        consideraciones que en sus <italic>Lecciones sobre la filosofía de la historia
          universal</italic> dedica a la Revolución francesa y sus consecuencias<xref ref-type="fn"
          rid="fn2">2</xref>. Sin embargo, conviene guardar prudencia antes de realizar semejante
        aseveración por lo que refiere a dos puntos fundamentales. En primer lugar, cabe discernir
        entre qué fue legado por el propio Hegel y qué fue lo que de él se interpretó. El caso
        paradigmático que ilustra esto es la ya mencionada dialéctica del amo y el esclavo, retomada
        años más tarde por Karl Marx para insertarla dentro de su doctrina de la lucha de clases
        –perteneciente a su filosofía de la historia–, donde el proletariado ocuparía el lugar del
        esclavo y el burgués, el del amo<xref ref-type="fn" rid="fn3">3</xref>. Desde esta óptica,
        el antagonismo que había sido percibido por Hegel en un determinado momento histórico era,
        en el fondo, el motor que movía la historia. No obstante, a pesar de que muchos hayan visto
        en el autor del <italic>Manifiesto comunista</italic> una continuación del pensamiento
        hegeliano en este aspecto, e incluso aunque él mismo se viese de tal modo, si acudimos a la
          <italic>Fenomenología</italic> nos encontramos un estudio diferente de la cuestión. Así,
        en el Capítulo IV Hegel explicita cómo las ansias de conocimiento que la conciencia había
        tenido en los capítulos anteriores lo que escondían en el fondo era un ansia de dominación
        del mundo; es decir, si se quiere conocer el mundo es para consumirlo, destruirlo,
        conquistarlo, devorarlo. Cuando la conciencia se vuelve autoconciencia al percatarse de que
        ella es toda la realidad, en virtud de su principio de apetición o volición, de su
          <italic>Begierde</italic>, consume el mundo que ella misma ha puesto; pero el problema
        surge cuando encuentra algo diferente a todo lo demás, que no sólo no se deja domeñar, sino
        que al mismo tiempo intenta dominarla a ella, a saber: otra conciencia. Este choque entre
        conciencias, esta irrupción de la intersubjetividad, es lo que da lugar a la <italic>lucha
          por el reconocimiento</italic>, la cual engendra a su vez la dominación y la servidumbre.
        En otras palabras, llega un momento del combate en el que una de las dos conciencias siente
        la presencia de lo que Hegel llama «el señor absoluto<italic>»</italic>, la muerte, ante
        cuyo temor prefiere someterse a la otra, que sí persiste en la lucha –al carecer de dicho
        miedo–. O lo que es igual, la primera conciencia prefiere someterse a un amo relativo,
        físico, contra el que está luchando, antes que fenecer. Se crea entonces la figura del
          <italic>esclavo</italic> sometido al <italic>amo</italic>, donde el primero trabaja y
        configura el mundo para el segundo; pero dado que aquel no puede disponer de aquello que
        conforma, al no ser propiedad suya, debe dejarlo pasar, en tanto en cuanto su amo, debido a
        su <italic>Begierde</italic>, las devora y las destruye. Sin embargo, esta situación acaba
        convirtiendo al amo en un ser dependiente del esclavo, dando así lugar a una inversión de
        roles, principalmente por dos motivos. El primero de ellos es que, al no poder consumir esos
        objetos que produce, el esclavo se desapega de alguna forma de la materialidad, del amor y
        necesidad de las cosas, lo que constituye una cierta liberación para él; se vuelve un
        asceta, pues, como no puede poseer las cosas, se desacostumbra de tenerlas y triunfa sobre
        esta necesidad<xref ref-type="fn" rid="fn4">4</xref>. Pero, ahora bien, a través de su
          <italic>Formieren</italic> o capacidad formativa imbuye su subjetividad en los objetos que
        produce; esto es, reconoce su propio yo en aquellos objetos que ha conformado. Bien es
        verdad que no los puede disfrutar, al ser propiedad del amo, pero reconoce su yo en ellos.
        El segundo motivo es que el amo, al no ser ya capaz de trabajar, configurar y confrontarse
        al mundo por haber interpuesto un mediador entre él mismo y la cosa, se ha vuelto
        absolutamente dependiente del esclavo. De manera especular a que este último se haya
        liberado del dominio de las cosas, el primero se vuelve, en cambio, dependiente del consumo;
        necesita continuamente un flujo de cosas, productos y configuraciones que no llegan a él
        sino desde el esclavo. Atendiendo, pues, a estas puntualizaciones podemos observar los
        distintos enfoques empleados para analizar el antagonismo en la dialéctica del amo y el
        esclavo de Hegel, y la ulterior interpretación de su pensamiento efectuada por Marx.</p>
  <p>Ahora bien, es la segunda cuestión que citábamos en nuestro comienzo la que supone el verdadero
        punto de partida en la presente indagación. Es cierto que el autor de la
          <italic>Fenomenología</italic>, pasada la Ilustración y a la luz de lo que habían supuesto
        tanto los acontecimientos de la Revolución como los actos consumados por <italic>el alma del
          mundo a caballo</italic>, se encontraba en una posición privilegiada para efectuar el
        diagnóstico de los enfrentamientos que acaecían en su época, y de los cuales dejó testimonio
        en sus obras<xref ref-type="fn" rid="fn5">5</xref>. Sin embargo, ello no quiere decir que
        fuese el primer autor en abordar la temática del antagonismo. En este sentido, antes que él
        bien podemos encontrar al menos dos figuras que ahondaron en la materia, advirtieron los
        peligros que traería consigo una revolución violenta del pueblo –como fue la francesa–, al
        tiempo que trataban de proponer una serie de medidas para impedir los desastres que un
        levantamiento semejante pudiera conllevar. Hablamos de Immanuel Kant y Johann Gottlieb
        Fichte.</p>
</sec>
<sec id="antagonismos-en-kant-y-fichte">
  <title>2. Antagonismos en Kant y Fichte</title>
  <p>El tratamiento de la cuestión por parte de ambos autores se despliega en torno a tres ejes, no
        tanto cronológicos sino más bien temáticos. En primer lugar, encontramos la oposición y la
        crítica de ambos frente a quienes impiden el avance de la Ilustración y que, por
        consiguiente, se convierten casi por definición en enemigos de la humanidad. Segundo,
        atendemos en Fichte a la creación de una idea de identidad y nación germanas cuya existencia
        se ve seriamente amenazada por el enemigo francés durante las Guerras de Liberación de
        Alemania contra Napoleón. Y tercero, tenemos con Kant la concepción de una «insociable
        sociabilidad» dentro de la raza humana que, llevado al nivel de los estados, da lugar a una
        serie de contiendas tras las cuales se alcanzará una <italic>paz perpetua</italic> entre los
        mismos; paz lograda a través de una federación de naciones, gobernadas por medio de una
        constitución republicana y regidas por aquella que sea garante de dicha constitución y de su
        armonía resultante.</p>
  <p>Deteniéndonos en el primer punto, encontramos una línea marcada por el regiomontano desde la
        publicación de su célebre escrito <italic>Contestación a la pregunta: ¿Qué es la
          Ilustración?</italic> (1784) y continuada por un Fichte todavía en la órbita kantiana en
        su <italic>Reivindicación de la libertad de pensamiento a los príncipes de Europa que hasta
          ahora la oprimieron</italic> (1792)<xref ref-type="fn" rid="fn6">6</xref>; sendas obras
        formuladas en clave claramente ilustrada y abanderadas del ideal de un progreso lineal y
        necesario de la humanidad hacia lo mejor. Recordemos que para Kant la Ilustración suponía la
        emancipación de una minoría de edad voluntaria<xref ref-type="fn" rid="fn7">7</xref>,
        mientras que Fichte llega a afirmar que, si bien la constitución de todo estado no podía
        haber sido mejor de lo que fue en el momento de su promulgación, ello no le obsta para
        perfeccionarse cada vez más<xref ref-type="fn" rid="fn8">8</xref>. En todo caso, la idea
        nuclear de progreso se encuentra muy estrechamente vinculada en los dos autores a un aspecto
        de mayor inmediatez y pragmatismo para su situación, como es la precaución que el pueblo
        debiera tomar ante una revolución. En su texto de 1784 Kant ya había expresado que una
        revolución de gran magnitud, como la que se llevaría a cabo pocos años después, podría
        derrocar un despotismo personal, mas eso no habría de cambiar necesariamente el modo de
        pensar de una sociedad ni suprimir sus antiguos y perniciosos prejuicios; opinión que
        reforzaría, a la luz de lo ocurrido en Francia, con la publicación de <italic>El conflicto
          de las Facultades</italic><xref ref-type="fn" rid="fn9">9</xref> (1798). Por su parte,
        Fichte, conocedor ya de la Revolución de 1789 y previendo el riesgo que entrañaría el
        emergente <italic>Régimen del Terror</italic>, manifestaba enérgicamente que este tipo de
        revoluciones violentas entrañaban pisar un terreno demasiado arriesgado y audaz para la
        humanidad; pues, aun cuando en el caso de tener éxito una nación pudiera progresar en pocos
        años más que en varios siglos, de fracasar acabaría hundida en una miseria todavía mayor de
        la que había partido<xref ref-type="fn" rid="fn10">10</xref>. Por lo tanto, en opinión de
        ambos, era preferible el progreso otorgado por una Ilustración más amplia, cuya
        obstaculización –como bien vio el autor de la <italic>Reivindicación</italic> a la luz de la
        historia– sólo originaba una revolución todavía más desatada; revolución en la que el pueblo
        se vengaba de sus opresores y en la que este corría el peligro añadido de retroceder a una
        barbarie ya dejada atrás, negándose a aprender de los hechos ocurridos<xref ref-type="fn"
          rid="fn11">11</xref>.</p>
  <p>En síntesis, una Ilustración como de la que había gozado Alemania era el único medio posible
        para llevar al género humano hacia adelante; y para ello se tornaba indispensable el
        concurso de la libertad, ya fuera formulada en los términos de «uso público de la razón» de
        Kant o de la «libertad de pensamiento» fichteana. Impedirla suponía «vulnerar y pisotear los
        sagrados derechos de la humanidad»<xref ref-type="fn" rid="fn12">12</xref>, esbozándose así
        un férreo antagonismo respecto de los enemigos de la Ilustración, que, por extensión, se
        hacían también adversarios de la humanidad misma. Estos son, en terminología kantiana,
        aquellos tutores que se han atribuido la labor de superintendencia del pueblo, al que sólo
        muestran los peligros que conlleva pensar por sí mismos; los mismos que, incapaces de toda
          <italic>Aufklärung</italic>, vuelven a poner el yugo a quienes querían y empezaban a
        emanciparse de la minoría de edad. Son el déspota, el tirano sojuzgador del estado y, sobre
        todo, la casta clerical, guiada por el dogmatismo y los prejuicios antes que por el uso de
        la razón, y que sitúa cerca del monarca a sus miembros como consejeros áulicos, corrompiendo
        e incitando a aquel a permanecer ciego e ignorante en su <italic>reino de
        tinieblas</italic>. Tal actitud no sólo hace que la humanidad siga inmersa en una barbarie
        de la que dichos tutores no la dejan salir, sino que, simultáneamente, provoca que el
        soberano mismo, al inmiscuirse y someter a control gubernamental todas las opiniones y
        escritos, dañe su majestad, inscribiéndose con ello en un bucle interminable donde cuanto
        más oprima al pueblo y obedezca a sus asesores eclesiásticos para recuperar su dignidad
        perdida, tanto más la perderá<xref ref-type="fn" rid="fn13">13</xref>.</p>
  <p>Si bien la crítica y las consideraciones de Kant alcanzan hasta aquí, puede decirse que estas
        fueron proseguidas ulteriormente, y con gran acierto, por Fichte. Continuando la estela de
        su mentor, el autor de la <italic>Reivindicación</italic> insiste en las nociones de
        libertad y personalidad como derechos inalienables de todo ser humano, imposibles de
        intercambiarse o de renunciar a ellos a la hora de formular cualquier contrato civil de una
          sociedad<xref ref-type="fn" rid="fn14">14</xref>. Sin embargo, si bien hasta este punto la
        cuestión del <italic>antagonismo</italic> había sido paralela en Kant y Fichte, en
        posteriores desarrollos sus respectivos planteamientos alcanzaron derivas bastante
        diferentes.</p>
  <p>En lo que respecta a Fichte, la noción abandonó el significado concerniente al enfrentamiento
        contra los enemigos de la Ilustración para focalizarse en el combate contra el enemigo
        francés que amenazaba Alemania durante las conocidas como «Guerras de Liberación»; me
        refiero, por supuesto, a Napoleón y su ejército. Un viraje cuya manifestación encontramos en
        sus <italic>Discursos a la nación alemana</italic> (18071808), obra de enorme repercusión en
        su época, que recogía los catorce discursos que el alemán había pronunciado en Berlín y que
        contenían toda una serie de proclamas anti-revolucionarias y anti-francesas destinadas a
        permanecer en el ideario colectivo alemán. Asimismo, encontramos en ellos una filosofía de
        la historia donde se concibe la existencia de un <italic>pueblo</italic> y una
          <italic>nación alemanas</italic> definidos, entre otros rasgos, por el amor a la patria y
        por su oposición histórica al pueblo de Roma, valorado negativamente y cuyo último vástago
        había sido la Francia revolucionaria y napoleónica –que se había presentado a sí misma como
        neorromana–.</p>
  <p>Dentro de esta concepción que esboza Fichte en su VIII Discurso, sólo el
          <italic>alemán</italic>, como hombre originario, es quien posee verdaderamente un pueblo;
        un carácter nacional que proviene de la ley del desarrollo de lo originario y, sobre todo,
        de lo divino que hay en su ser. Únicamente el pueblo germano goza de una permanencia eterna
        en el mundo, a partir de la cual ha podido desarrollarse manteniendo todas sus
        peculiaridades, sin mezcla ni corrupción alguna<xref ref-type="fn" rid="fn15">15</xref>. Al
        mismo tiempo, sólo en esta eternidad es donde puede desplegarse el <italic>amor hacia la
          patria</italic>; un amor que lleva al hombre alemán a querer morir para salvar a su
        nación. Así, este amor se piensa como el «ser eterno <italic>en</italic> y
          <italic>con</italic> la nación», la promesa de una vida que va más allá de la existencia
        terrena y que lleva a desear la muerte individual si con ella se logra la pervivencia de la
        nación. Es un vivir <italic>en</italic>, <italic>con</italic> y <italic>por</italic> la
        patria, de tal manera que si ella permanece también yo permanezco, piensa Fichte; si ella se
        salva, me salvo yo, en la descendencia y en las sucesivas generaciones. Un sentimiento,
        paradójicamente, semejante a la fe que los antiguos latinos tenían en la eterna perduración
        de Roma. En todo caso, la patria se encuentra por encima de cualquier estado, como aquel que
        Francia quiere imponer, ya que es lo único que puede proteger al pueblo. «Sólo la visión y
        amor a esta formación eterna es quien debe dirigir en todo momento, incluso en épocas de
        paz, la fuerte vigilancia sobre la administración del Estado y es sólo ella quien puede
        salvar la independencia del pueblo cuando se encuentra en peligro»<xref ref-type="fn"
          rid="fn16">16</xref>. Este amor a la patria, que habría existido siempre entre los
        alemanes –en tanto en cuanto pueblo originario– para confiar sus asuntos más importantes, es
        el que debería gobernar el Estado y darle una norma uniforme; pues sólo aquel puede imponer
        metas superiores al mantenimiento de la paz interna, de la propiedad, de la libertad
        personal, de la vida y del bienestar de todos, reclutando para ello una fuerza armada<xref
          ref-type="fn" rid="fn17">17</xref>. En definitiva, sólo el amor por la patria debe
        ostentar el poder.</p>
  <p>Partiendo de estos principios acerca de la esencia del pueblo alemán, Fichte dibuja un
        enfrentamiento entre germanos y romanos a lo largo de la historia que le lleva, en última
        instancia, a efectuar una peyorativa comparación entre Roma y Francia, su nuevo heredero, en
        la medida que ambos ejercen una idéntica forma de dominación y conquista hacia los pueblos
        sometidos. Allí donde el autor de los <italic>Discursos</italic> escribe «Roma» no es
        difícil leer «Francia» y, más concretamente, «Napoleón». En este contexto se inicia una
        gloriosa exaltación de los antiguos germanos –como referente mítico de los alemanes– en su
        lucha contra los pretéritos romanos, con el propósito de servir de aliento en el
        enfrentamiento que vive la vigente Alemania frente a la nueva Roma y el nuevo César. Igual
        que los germanos lucharon, pelearon y, en último término, derrotaron al Imperio romano
        después de siglos de opresión, los alemanes pueden ahora regresar a este pasado legendario
        de sus antepasados para vencer al enemigo francés. Para Fichte, es esa Germania mítica y
        ancestral la que invoca e interpela a los modernos alemanes a luchar contra los franceses a
        fin de proteger la libertad y la patria que les legaron:</p>
  <disp-quote>
    <p>Para ellos [los antiguos germanos] libertad consistía en continuar siendo alemanes, en
          continuar decidiendo sus asuntos de manera independiente y originaria de acuerdo con su
          propio espíritu, y de acuerdo con este espíritu también avanzar en su progreso y
          transmitir la autonomía a su descendencia; esclavitud llamaron a todos aquellos beneficios
          que los romanos les traían, pues con ellos se veían obligados a ser otra cosa que no era
          alemana, a convertirse en medio romanos. Evidentemente suponían que cualquiera, antes de
          convertirse en esto, preferiría morir y que un auténtico alemán sólo querría vivir
          simplemente para ser y continuar siendo alemán y formar a los suyos para ser lo mismo. No
          todos han muerto, ellos no han visto la esclavitud, han dejado tras de sí la libertad para
          sus hijos. El mundo moderno agradece a su insistente oposición el que exista tal y como
          existe. Si los romanos hubiesen conseguido también someterlos y, como hacían por todas
          partes, eliminarlos como tal nación, todo el desarrollo permanente de la Humanidad hubiese
          tomado un rumbo distinto y no ha de creerse que más agradable. A ellos les debemos
          nosotros, herederos directos de su tierra, de su lengua y de sus ideales, el que aún
          seamos alemanes, el que la corriente de la vida originaria y autónoma siga sosteniéndonos;
          a ellos les debemos todo lo que hemos sido como nación desde entonces; a ellos, en el caso
          de que no se termine todo esto con nosotros ni se agote en nuestras venas la última gota
          de sangre que de ellos llevamos, deberemos agradecer lo que aún hemos de ser<xref
            ref-type="fn" rid="fn18">18</xref>.</p>
  </disp-quote>
  <p>En consecuencia, Francia, a la manera del <italic>enemigo</italic> schmittiano<xref
          ref-type="fn" rid="fn19">19</xref>, se encuentra amenazando la identidad alemana, tratando
        de erradicarla para suplantarla por la suya propia. El francés neorromano no entiende en lo
        que consiste el ser y la esencia alemanas, por lo que frente al despotismo y la sumisión de
        aquellos que contemplan la guerra como un azar de ganancias o pérdidas, el poder de la
        patria debe proclamar su triunfo. Así, Roma se convierte en el enemigo natural y eterno de
        Germania, oposición que se actualiza con las guerras entre Alemania y la Francia de
        Napoleón, y cuya sombra se extenderá hasta la II Guerra Mundial<xref ref-type="fn"
          rid="fn20">20</xref>.</p>
  <p>Kant, por su parte, concibe el antagonismo entre pueblos de una manera diferente, entrando con
        esto en el tercer eje de la problemática planteada al comienzo. En su <italic>Idea para una
          historia universal en clave cosmopolita</italic> (1784), nuestro filósofo de Königsberg
        apunta que el hombre, en su intento por descubrir la intención o hilo conductor de la
          <italic>madrastra</italic> Naturaleza, encuentra que «<italic>el medio del que se sirve la
          Naturaleza para llevar a cabo el desarrollo de todas sus disposiciones es el antagonismo
          de las mismas dentro de la sociedad, en la medida en que ese antagonismo acaba por
          convertirse en la causa de un orden legal de aquellas disposiciones</italic>»<xref
          ref-type="fn" rid="fn21">21</xref>. En otras palabras, el antagonismo se concibe como la
        «insociable sociabilidad del hombre», la inclinación a vivir en sociedad y, a su vez, a la
        hostilidad que amenaza con disolver la misma, el deseo de socializarse para el desarrollo
        personal junto al ansia del individuo de dominar y doblegar todo a su empeño, esperando
        encontrar en los demás igual resistencia. No obstante, estas cualidades negativas acaban
        significando el motor del desarrollo para el ser humano. La competitividad se revela como
        beneficiosa en la medida que permite desplegar a cada uno todas sus disposiciones y, con
        ello, crear una sociedad libre en la que se dé un antagonismo generalizado junto a la
        determinación de proteger los límites de esa libertad, necesitando para este objetivo la
        creación de una constitución civil justa. Una sociedad que también requerirá de un señor que
        gobierne y obligue a obedecer una voluntad universalmente válida, a pesar de que la figura
        de este jefe supremo perfecto acabe siendo un ideal asintótico. Así las cosas, Kant termina
        afirmando:</p>
  <disp-quote>
    <p>Sólo en un recinto como el de la sociedad civil esas mismas inclinaciones producirían el
          mejor resultado: tal como los árboles en un bosque, justamente porque cada uno intenta
          quitarle al otro el aire y el sol, obligándose mutuamente a buscar ambos por encima de sí,
          logran un hermoso y recto crecimiento, en lugar de crecer atrofiados, torcidos o
          encorvados como aquellos que extienden caprichosamente sus ramas en libertad y apartados
          de los otros; de modo semejante, toda la cultura y el arte que adornan a la humanidad, así
          como el más bello orden social, son frutos de la insociabilidad merced a la cual la
          humanidad se ve obligada a autodisciplinarse y a desarrollar plenamente los gérmenes de la
          naturaleza gracias a tan imperioso arte<xref ref-type="fn" rid="fn22">22</xref>.</p>
  </disp-quote>
  <p>Establecida, entonces, la comunidad civil, la insociable sociabilidad se eleva al ámbito de las
        naciones, las cuales, comportándose como individuos, repiten el mismo esquema anterior; de
        tal manera que la incompatibilidad existente entre los diversos estados los lleva a
        descubrir en el inevitable antagonismo una situación de paz y seguridad. Las guerras que
        todos ellos, antes o después, han emprendido entre sí, los arrastra al punto que ya en un
        principio la Razón marcaba sin necesidad de tan penosas experiencias: al igual que el
        individuo acababa ingresando en la sociedad civil por un deber moral de virtud<xref
          ref-type="fn" rid="fn23">23</xref>, las naciones deben integrarse en una confederación de
        pueblos libres,</p>
  <disp-quote>
    <p>que se irá logrando justamente por el antagonismo natural entre los pueblos, dada la
          diferencia de idiomas y de confesiones religiosas, que entrañan ciertamente la
          «propensión» (de nuevo, <italic>Hang</italic>: el término preferido por Kant para
          referirse al mal) hacia el odio recíproco y dan pábulo a las guerras, pero que, con el
          crecimiento de la cultura y un acercamiento gradual entre los pueblos, sometidos a unos
          mismos principios, llevará –piensa Kant– a un entendimiento en paz, asegurado y promovido
          por un «equilibrio dentro de la más viva competencia»<xref ref-type="fn" rid="fn24"
            >24</xref>.</p>
  </disp-quote>
  <p>De esta forma, la guerra se muestra como el medio más drástico, pero también el más eficaz,
        para llegar a una federación entre las distintas naciones, esa consecución del ideal
        kantiano de la <italic>paz perpetua</italic>; es decir, el fin último del derecho y el fin
        mismo de la historia. Mediante este cosmopolitismo, la federación se propone poner término a
        todas las contiendas, manteniendo y asegurando las libertades y derechos de todos y cada uno
        de sus estados miembros, a cambio de que estos renuncien a su brutal libertad –propia sólo
        de los salvajes ajenos a la civilización– y busquen la calma y la seguridad en el marco
        legal de una constitución. Constitución que, no cabe otra manera para Kant, debe ser
        republicana en cuanto a su forma de gobierno –<italic>libertad</italic>, en cuanto hombres;
          <italic>dependencia</italic> de una única legislación común, en cuanto súbditos;
          <italic>igualdad</italic> ante la ley, en cuanto ciudadanos–, pero que también puede ser,
        y de hecho será, autocrática en lo que refiere a su soberanía.</p>
  <p>Ahora bien, ¿por qué Kant abogaría por un único soberano dentro de su federación de pueblos
        libres? Como he dicho, en el plano de los estados se repite el mismo patrón que en el de los
        seres humanos. Del mismo modo que dentro de la sociedad civil era necesario un solo señor
        que hiciera cumplir la voluntad común, en esta <italic>sociedad de naciones</italic> hace
        falta una que se sitúe por encima de todas y gobierne en la federación, forzando a los
        distintos miembros a establecer un Estado cosmopolita de la seguridad estatal pública, «el
        cual no carece de <italic>peligro</italic>, para que las fuerzas de la humanidad no se
        duerman, pero tampoco adolece de un principio de <italic>igualdad</italic> en sus recíprocos
          <italic>acción y reacción</italic>, para que no se destruyan mutuamente»<xref
          ref-type="fn" rid="fn25">25</xref>. Semejante nación debe constituir el núcleo de la
        unidad de la federación, «pues si la fortuna dispone que un pueblo fuerte e ilustrado pueda
        formar una república (que por su propia naturaleza debe tender a la paz perpetua), esta
        puede constituir el centro de la asociación federativa para que otros Estados se unan a
        ella, asegurando de esta manera el estado de libertad de los Estados conforme a la idea del
        derecho de gentes y extendiéndose, poco a poco, mediante otras uniones»<xref ref-type="fn"
          rid="fn26">26</xref>.</p>
  <p>Con esto, en el fondo, la paz perpetua kantiana y su clave cosmopolita para la historia
        universal no hacen sino mostrar un meridiano eurocentrismo, en tanto en cuanto esos pueblos
        punteros e ilustrados de los que habla son los pertenecientes a la raza blanca que habitan
        en las zonas templadas del mundo, sobre todo en la parte central; es decir, los pueblos de
        la Europa central. Incluso aventurándonos a concretar alguno, pudiera estar pensando en
        Prusia o en la futura Alemania. Sea como fuere, en el escolio perteneciente al Noveno
        principio de su Idea para una historia universal en clave cosmopolita</p>
  <disp-quote>
    <p>se vislumbra ya la posible cumplimentación quiliástica de la historia… mediante un rotundo
            <italic>eurocentrismo</italic>, en virtud del cual el progreso del género humano hacia
          lo mejor se apoya en «un curso regular de mejoramiento de la constitución estatal en esta
          nuestra parte del mundo, en nuestro continente». Y Kant añade, en un esclarecedor
          paréntesis, que ese «continente», el nuestro: «probablemente dictará algún día las leyes a
          todos los demás»<xref ref-type="fn" rid="fn27">27</xref>.</p>
  </disp-quote>
  <p>Ese Estado europeo soberano y por encima de todos los demás será quien tenga la potestad de
        forzar al resto a cumplir la constitución republicana que se ha implantado, valiéndose
        incluso de la opción brindada por la Razón de imponer coactivamente una serie de leyes
        públicas de obligada aceptación a todos aquellos estados que se encuentren en una situación
        de ausencia de legalidad –al igual que el individuo renuncia a su libertad salvaje y sin
        leyes para ingresar en la sociedad civil–; todo ello con el objetivo último de formar un
          <italic>Estado de pueblos</italic> que abarque a todos los pueblos de la tierra<xref
          ref-type="fn" rid="fn28">28</xref>. Un fin para el cual la guerra continúa siendo el medio
        principal, pero ya no en su significado habitual, sino en un sentido con el que Kant
        vislumbra el tipo de contienda que acompañará a los nuevos tiempos: la <italic>guerra
          comercial</italic><xref ref-type="fn" rid="fn29">29</xref>. En definitiva, bien podría
        recogerse el ideal kantiano y cosmopolita de la paz perpetua en un principio que rezase: «si
        quieres la paz perpetua, prepárate para la guerra»; o reconducido y dicho de otro modo:
        «aquí también, como dice el respondón Humpty-Dumpty de <italic>Alicia</italic>, lo
        importante es <italic>quién manda</italic>»<xref ref-type="fn" rid="fn30">30</xref>.</p>
</sec>
<sec id="irrumpe-napoleón">
  <title>3. Irrumpe Napoleón</title>
  <p>Ironías de la vida, la propuesta de una federación de estados que
  posibilitara la paz perpetua bajo la dirección última de una nación
  acabó legitimando y viéndose plasmada en un gobierno muy diferente al
  que había concebido el pensador de Königsberg: el Imperio napoleónico.
  Un cumplimiento paradójico de aquel ideal cosmopolita que dará pie,
  como se verá a continuación y en la siguiente sección, a un nuevo
  género de antagonismo como es la oposición de Constant frente al
  bonapartismo.</p>
  <p>Sin embargo, antes de adelantar acontecimientos, cabe mencionar que, con posterioridad a Kant,
        Hegel había visto desde su filosofía a Napoleón, no como ejecutor de aspiración cosmopolita
        alguna, sino como uno de los que él llamaba «grandes hombres de la historia», cuya labor
        obedecía a un instinto que realizaba lo que en y por sí reclamaba la época; uno de aquellos
        hombres cuyos propios y particulares fines contienen lo substancial, cuya voluntad es el
        espíritu del mundo, en torno al cual se reúne el pueblo para que les muestre y realice lo
        que es su impulso inmanente. En síntesis, Napoleón había sido uno de estos gestores de un
        fin, de una etapa –y quizá la más importante del siglo XIX– en la marcha progresiva del
        espíritu del mundo. No sólo era <italic>el alma del mundo a caballo</italic>, aun con el
        reverso peyorativo que encierra la afirmación<xref ref-type="fn" rid="fn31">31</xref>, sino
        que algunas interpretaciones apuntan a que también era ese Teseo al que Hegel aludía durante
        su época de Jena en <italic>La Constitución de Alemania</italic> (1802) y la
          <italic>Filosofía del Espíritu</italic> (1805-1806), que venía a restaurar y reformar una
        nueva Alemania<xref ref-type="fn" rid="fn32">32</xref>.</p>
  <p>En cualquier caso, lo cierto es que, pese a su origen mediterráneo, la figura que conocemos de
        Napoleón nace como hija de la Revolución francesa, en la que el todavía Buonaparte vio la
        oportunidad de sacudir el yugo de la monarquía absolutista de Luis XVI que oprimía a su
        Córcega natal. Sería una vez que hubiese apaciguado con su férrea mano la agitación de la
        Revolución cuando se acreditara ante las distintas monarquías europeas como el garante del
        orden, no sólo de su nación, sino del que también disfrutaban gracias a él en sus
        respectivos reinos. Resulta evidente que el furor y el ánimo con que se inició el
        levantamiento de 1789 no tardó en devenir en un mar de caos y descontrol sociopolítico para
        los franceses, como puede observarse realizando un breve recorrido por el paso de estos
        turbulentos años. A la convocatoria de los Estados Generales –inertes durante doscientos
        años– para abolir las jerarquías del Antiguo Régimen y a su transformación en Asamblea
        Nacional –a través del conocido <italic>Juramento del Juego de la Pelota</italic>– para
        reformar en profundidad el sistema político, le siguieron la icónica <italic>Toma de la
          Bastilla</italic>, la proclamación de la I República en 1792, los enfrentamientos entre
        girondinos y jacobinos con la victoria de estos últimos, la creación de los Tribunales
        Revolucionarios, la ejecución de Luis XVI y María Antonieta, el establecimiento del Comité
        de Salud Pública, el régimen de Robespierre y el periodo del Terror, la muerte de aquel en
        la guillotina, etc. hasta llegar a la instauración del Directorio –1795–; todo un tiempo
        plagado de tantas constituciones como trasgresiones de las mismas. Además, obstinado en
        evitar un nuevo Régimen del Terror, el propio Directorio tampoco se había provisto en su
        configuración de ningún tipo de mecanismo para resolver las disputas con los Consejos que no
        fuera a través de un golpe de fuerza. Y no sólo eso, sino que resultaba incapaz de asumir la
        función histórica que la burguesía revolucionaria le había asignado. Consiguientemente, un
        cambio en el orden de las cosas se hacía inevitable.</p>
  <p>El golpe de Estado dado por Napoleón –ideado por el abate Emmanuel Joseph Sieyès, quien en
        ningún caso había previsto la centralización del poder en la persona del general Bonaparte–
        y el ulterior Consulado –1799– supusieron una continuación del Directorio hasta la
        instauración del Consulado Vitalicio –1802– y posteriormente del Imperio –1804–, que
        clausuraron definitivamente la Revolución para dar paso al régimen napoleónico; un gobierno
        nacido de la necesidad y la exigencia de garantizar la paz civil, el orden social, la
        cohesión nacional y las conquistas de la Revolución, al tiempo que superaba los conflictos
        presentes en esta reuniendo a todos los franceses en torno a un sistema fuerte y con poder.
        De este modo, el Imperio napoleónico se erigió como la consumación del ideal cosmopolita de
        la paz perpetua propugnado casi veinte años antes por Kant. La finalidad de Napoleón, más
        que ampliar los confines de Francia, consistía en construir en torno a ella una inmensa
        federación de estados subordinados que dejaba Europa bajo el control galo y que alcanzaría
        su apogeo en 1812 con el dominio de gran parte del continente. A pesar de la tendencia a
        respetar las tradiciones, las costumbres, la religión o la lengua de los distintos
        territorios, el poder francés quedaba garantizado mediante la imposición de sus leyes e
        instituciones, así como por la total supeditación de los estados de esta «federación» a los
        intereses políticos y económicos del sistema napoleónico<xref ref-type="fn" rid="fn33"
          >33</xref>. La consecución de la ilustrada paz perpetua legitimaba la violencia de la
        nación gala a la hora de extender sus ideales revolucionarios por Europa, al igual que la
        lucha y el sometimiento por la fuerza de aquellas regiones que se negasen a aceptar la
        Constitución que les era impuesta por la administración central del Imperio<xref
          ref-type="fn" rid="fn34">34</xref>. Todo el sufrimiento y la penuria acaecidos valdrían la
        pena con tal de alcanzar la felicidad prometida por aquella paz perpetua.</p>
  <p>En este marco, se forjó un Imperio –llámese «Federación» al estilo propuesto por Kant, si se
        quiere– cuyo sino estaba a su vez ligado al destino y fortuna de su líder, Napoleón; motivo
        por el cual muchos cronistas e historiadores le han achacado, y puede que con justicia en
        algún punto, la sensación de improvisación y provisionalidad que manifestaba en ocasiones.
        De cualquier manera, el Imperio comenzó a surgir y cobrar forma a medida que su adalid
        adquiría progresiva fuerza. De la exclusiva iniciativa legislativa que tenía como Primer
        Cónsul, durante el Consulado Vitalicio se atribuyó el derecho de paz y de guerra, el derecho
        de gracia, el nombramiento de cargos públicos, la facultad de proponer al Senado leyes de
        integración y de interpretación de la constitución –reduciendo con ello la importancia de
        las asambleas–, etc. Finalmente, la República se confió a sus manos y porvenir mediante su
        proclamación como Emperador de los franceses en 1804.</p>
  <p>Napoleón, el joven corso que había pisado suelo francés por primera vez antes de apenas cumplir
        los diez años, se elevó así como un gobernante apoyado por la masa popular, campesina y
        urbana, por el ejército –instrumento que había heredado de la Revolución– y por una gran
        parte de la burguesía; era visto por todos ellos como el <italic>Salvador de la
          Patria</italic>, aquel que había restablecido el orden, que había mejorado las condiciones
        de vida y que había garantizado el fin de la opresión del Antiguo Régimen, conservando las
        conquistas iniciadas en 1789. Prueba nada baladí de ello es que las grandes decisiones
        tomadas bajo su mandato, incluida su propia coronación como Emperador, fueron siempre
        sometidas a plebiscito popular y aprobadas por una abrumadora mayoría. Asimismo,
        paralelamente al acrecentamiento de su poder, su fama y su éxito, aumentaron también su mito
        y su leyenda, evolucionando su presencia poco imponente –baja estatura, aire enfermizo,
        delgado, descuidado, etc.– a la imagen del gran dirigente protector de Francia que vemos
        reflejada en las obras pictóricas, capaz de trabajar veinte horas diarias en pos de la
        defensa y la salvaguarda de su nación<xref ref-type="fn" rid="fn35">35</xref>.</p>
  <p>Las representaciones en las que el Emperador de los franceses aparece ataviado con vestimentas
        propias de los antiguos césares y emperadores romanos tampoco resultan casuales. A través
        del ordenamiento imperial, por el cual los distintos estados y pueblos se encontraban
        vinculados entre sí por la sumisión al Emperador y a la legislación por él impuesta,
        Napoleón se presentó al resto de Europa –tal y como recoge Fichte en sus <italic>Discursos a
          la nación alemana</italic>– como heredero de Carlomagno y, sobre todo, como restaurador
        del Imperio romano de Occidente, vinculándose con ello a un pasado prestigioso y lejano que
        contribuía a crear en torno a él un aura semidivina de grandeza sin entrar en contradicción
        con la herencia de la Revolución. Su modelo político, ligado e inspirado en un principio en
        el Imperio carolingio, tornó rápidamente hacia una monarquía universal que se encontraba más
        acorde a la Roma imperial. Tanto es así que</p>
  <disp-quote>
    <p>el acceso de Napoleón a la dignidad imperial en 1804 había sido comparada en los comentarios
          de algunos observadores a la obra de Augusto, que también había instaurado un poder de
          hecho monárquico, dejando sobrevivir, sin embargo, en las formas, si bien vacías de todo
          contenido, las antiguas magistraturas republicanas. Ciertamente, el modelo de
            <italic>auctoritas</italic> augusta respondía bien a la autoridad de Napoleón de
          proceder a la instauración del Imperio con prudencia y de modo gradual para no chocar
          frontalmente con el espíritu republicano aún vivo en Francia.<xref ref-type="fn"
            rid="fn36">36</xref></p>
  </disp-quote>
  <p>Bonaparte había convertido a Francia en la nueva Roma, hecho que se plasmó en la importancia
        simbólica que tuvo su coronación como Emperador, retratada por David. En ella, Napoleón no
        sólo había obligado al Papa a acudir a la Catedral de NotreDame –en lugar de asistir él a
        Roma, como era habitual entre los emperadores que inspiraban su modelo político– sino que
        además le había arrebatado la corona para investirse a sí mismo como emperador y a su esposa
        Josefina como emperatriz. A través de este gesto, Napoleón indicaba algo más que la
        superioridad de su poder político sobre el del Papado –al igual que lo había considerado
        Carlomagno–; también estaba efectuando una verdadera <italic>translatio imperii</italic>. En
        aquel momento, Roma estaba en Notre Dame; París era la nueva Roma; Francia, el nuevo
        Imperio; y Napoleón, el nuevo Emperador.</p>
  <p>La fusión entre este carácter eminentemente romano del nuevo Imperio francés y los ideales
        cosmopolitas de la paz perpetua de Kant cristalizaron en la pretensión de Napoleón de
        unificar todo su dominio a través de una uniformización legislativa homogénea y aplicable a
        todos los territorios conquistados; esto es, el Código Civil de 1804, rebautizado en 1807
        como <italic>Código Napoleónico</italic>. Este código, creado por el Consejo de Estado tras
        cuatro años de trabajo y en el que Napoleón en persona supervisó más de la mitad de las
        sesiones legislativas consagradas a su elaboración<xref ref-type="fn" rid="fn37">37</xref>,
        entrañaba una constitución <italic>republicana</italic> en el sentido kantiano de la palabra
        y representaba el auténtico pilar de su sistema político; expresaba la naturaleza y la
        función históricas del régimen napoleónico, a la par que trasladaba al terreno jurídico los
        principios esenciales de la Revolución, tales como la abolición de los privilegios, la
        igualdad ante la ley, el laicismo del Estado, la libertad de conciencia, la libertad
        personal, la libertad económica, etc. Suponía una síntesis jurídica entre el <italic>Ancien
          Régime</italic> y la Revolución, con un centro focalizado en la familia y la propiedad,
        que implicaba una reforma radical y absoluta de la organización procesal, inaugurando toda
        una nueva cadena judicial, civil y penal. Dividido en tres libros<xref ref-type="fn"
          rid="fn38">38</xref> que agrupaban 35 leyes compuestas por un total de 2281 artículos, el
        Código Napoleónico revelaba además una naturaleza a todas luces burguesa que se manifestaba
        en su Libro II –el más corto, pero también el más relevante en este aspecto–, donde se
        sancionaba el absoluto predominio de la propiedad, declarado sagrado e inviolable, a
        excepción de que el Estado, en caso de necesidad, se viera obligado a limitarlo. Configurado
        bajo todos estos parámetros y a través de la exportación de su obra legislativa al resto de
        naciones, Napoleón pretendía como fin último una evolución de las costumbres y de la
        sociedad que conformaran una nueva realidad europea, proporcionando con ello su base más
        sólida a la hegemonía de Francia.</p>
</sec>
<sec id="el-liberalismo-de-constant">
  <title>4. El liberalismo de Constant</title>
  <p>Ahora bien, que Bonaparte fuera aclamado por las masas populares, la burguesía y el ejército
        –del que era dueño y señor– no implica que en el seno de su Imperio no surgieran voces
        discrepantes; de hecho, si nos fijamos, la libertad de prensa no figura como uno de los
        derechos propugnados por el Código Civil. Tal es el caso del filósofo y político francés
        Benjamin Constant<xref ref-type="fn" rid="fn39">39</xref>, quien veía en el sello
        autoritario del régimen napoleónico una amenaza para la libertad que él, como uno de los
        mayores exponentes del liberalismo, defendía, a saber: la libertad individual. Una libertad
        que aglutina la libertad de pensamiento, de religión, de prensa, de movilidad, política,
        económica, etc.</p>
  <p>Como es sabido, este concepto de libertad quedó claramente reflejado en su célebre discurso «De
        la libertad de los antiguos comparada con la de los modernos», en el que Constant relata los
        males que trae consigo la confusión entre ambas. La libertad de los antiguos resultaba
        compatible con la sumisión del individuo al conjunto y con la estricta vigilancia de la
        esfera privada de su vida. Sin embargo, el cambio de espíritu del mundo y de las naciones,
        el haber pasado de una época de guerra a la época del comercio, ha transformado nuestra idea
        de libertad, de tal manera que ahora la entendemos como el apacible disfrute de nuestra
        independencia privada y la garantía por parte de las instituciones para poder gozar de ella.
        Esta es la libertad de los modernos.</p>
  <disp-quote>
    <p>Es el derecho de cada uno a no estar sometido más que a las leyes, a no poder ser ni
          arrestado, ni detenido, ni muerto, ni maltratado de manera alguna a causa de la voluntad
          arbitraria de uno o de varios individuos. Es el derecho de cada uno a expresar su opinión,
          a escoger su trabajo y a ejercerlo, a disponer de su propiedad, y abusar incluso de ella;
          a ir y venir sin pedir permiso y sin rendir cuentas de sus motivos o de sus pasos. Es el
          derecho de cada uno a reunirse con otras personas, sea para hablar de sus intereses, sea
          para profesar el culto que él y sus asociados prefieran, sea simplemente para llenar sus
          días y sus horas de la manera más conforme a sus inclinaciones, a sus caprichos. Es, en
          fin, el derecho de cada uno a influir en la administración del gobierno, bien por medio
          del nombramiento de todos o de determinados funcionarios, bien a través de
          representaciones, de peticiones, de demandas que la autoridad está más o menos obligada a
          tomar en consideración<xref ref-type="fn" rid="fn40">40</xref>.</p>
  </disp-quote>
  <p>Por tanto, la verdadera libertad moderna, la que corre serio peligro bajo el Imperio
        napoleónico, es la libertad individual garantizada por la libertad política, de manera que
        esta última se torna también indispensable. Ahora bien, es la libertad individual la que
        debe predominar por encima de cualquier otra, pues sacrificar esta en beneficio de la
        libertad política únicamente puede conducir a que ambas sean arrebatadas y, finalmente, a la
        tiranía.</p>
  <p>Precisamente es a esta tiranía a la que Constant quiere enfrentarse; un despotismo nacido no
        sólo de la errónea traslación que hizo Rousseau a la época moderna de un poder social y de
        una soberanía colectiva pertenecientes a otra era, sino sobre todo de la todavía peor
        interpretación que autores como Mably realizaron del <italic>Contrato Social</italic> en
        general y de la «voluntad general» en particular, llegando a sostener que el individuo sólo
        era libre cuando se hallaba sometido a la nación. Frente a estos perversos y autoritarios
        herederos de Rousseau, simplemente le cabe responder que el poder absoluto, ya sea en manos
        de un hombre o de varios, resulta siempre despótico y enemigo de la libertad<xref
          ref-type="fn" rid="fn41">41</xref>.</p>
  <p>Este tipo de opresión que Constant vio expresado y actualizado con el Imperio napoleónico es el
        que tenía en mente el filósofo liberal a la hora de trazar sus conceptos del «espíritu de
        usurpación» y del «espíritu de conquista». Con el término «usurpación» el francosuizo
        señalaba ese nuevo despotismo emergente en su época –personificado en la figura de Napoleón–
        que se autorreivindica como derivado del pueblo, que requiere del apoyo popular y que, para
        obtenerlo, no duda en trastocar la mente y la conciencia de los ciudadanos con objeto de que
        acojan un proyecto político que no hace sino convertirlos en siervos. La
          <italic>usurpación</italic> sería esa forma de tiranía que precisa de las formas de
        libertad para derrocar al régimen que pretende desplazar, pero las profana en cuanto se
        apodera de ellas. «Como la existencia del espíritu público le resulta peligrosa, pero la
        apariencia de dicho espíritu le resulta indispensable, golpea con una mano al pueblo, para
        ahogar a la auténtica opinión, y le golpea de nuevo con la otra, para obligarle al simulacro
        de una supuesta opinión»<xref ref-type="fn" rid="fn42">42</xref>. En otras palabras:</p>
  <disp-quote>
    <p>El despotismo […] reina por medio del silencio y concede al hombre el derecho de callarse. La
          usurpación le condena a hablar; le persigue hasta el íntimo santuario del pensamiento; y,
          al obligarle a mentir a su conciencia, le arrebata el último consuelo que aún conserva el
          oprimido. […] envilece a un pueblo al tiempo que le oprime; le habitúa a pisotear lo que
          respetaba, a festejar lo que desprecia, a despreciarse a sí mismo; y a poco que se
          prolongue, hace imposibles, incluso tras su caída, toda libertad y toda mejora.<xref
            ref-type="fn" rid="fn43">43</xref></p>
  </disp-quote>
  <p>En lo que se refiere al <italic>espíritu de conquista</italic>, Constant parte de la máxima
        según la cual «la permanencia de todo poder depende de la conformidad existente entre su
        espíritu y el de su época»<xref ref-type="fn" rid="fn44">44</xref>. Cada siglo espera al
        hombre que se erigirá como su representante; y cuando este llega, todas las fuerzas se
        agrupan en torno a él. Si encarna fielmente el espíritu general, gozará de éxito; si se
        desvía, se tambaleará; y si persiste en su error, perderá todo su poder. Este último caso es
        el que nuestro filósofo habría detectado en el Emperador de los franceses, quien, a pesar de
        haber aparecido como el gran representante de la época, no había sabido personificar su
        espíritu. Si bien la guerra –no en el sentido de una guerra en legítima defensa, como deja
        claro Constant, sino de una guerra ofensiva, de conquista–, lejos de ser un mal para los
        antiguos, les resultaba ventajosa y de gran utilidad al permitirles la potenciación de sus
        más nobles y elevadas facultades, no ocurre así en los estados modernos, para los cuales la
        guerra sólo trae consigo desgracia y muerte. El error de Napoleón y sus seguidores habría
        consistido, entonces, en no haber sabido leer correctamente la historia para darse cuenta de
        que el espíritu de conquista formaba ya parte del pasado; nuestra época, dice Constant, es
        la época del comercio, una época en la que la naturaleza de los pueblos les impide ser
        belicosos unos contra otros. «La guerra ha perdido por tanto su encanto y su utilidad. El
        hombre no se siente ya impulsado a dedicarse a ella, ni por interés ni por pasión»<xref
          ref-type="fn" rid="fn45">45</xref>. Al tratar de perpetuar el espíritu de conquista en una
        época no acorde con él, Napoleón es lo que el autor de <italic>Del espíritu de conquista y
          de la usurpación</italic> llama un «hombre de otro mundo»; las guerras por él emprendidas
        no son sino anacrónicas, fuera de las leyes de la historia, a la par que contrarias a la
        naturaleza de su nación.</p>
  <p>En este orden de cosas, y con un ojo puesto en el imperio que contemplaba, Constant no tardó en
        vislumbrar los peligros y perjuicios que conllevaría el restablecimiento de este antiguo
        espíritu bélico dentro de las sociedades, empezando por la creación e imposición en el poder
        de una casta militar que, no movida ya por los sentimientos y convicciones que impulsaban a
        los antiguos, ansiase ahora el mismo protagonismo en la política que en el campo de batalla.
        A través de la veneración y el uso de una fuerza que se encuentra bajo su mando absoluto,
        estos hombres implantan en la comunidad una serie de principios subversivos al orden y la
        libertad pacíficas, desentendiéndose de los intereses del Estado y volcando a toda la nación
        en la consecución de sus propios intereses. A su vez, para evitar que el ejército que los
        apoya y aúpa caiga en la ociosidad, el líder de esta clase marcial no tiene más remedio que
        mantenerlo ocupado en constantes contiendas, con lo que aquel emprende un camino del que ya
        nunca podrá salir<xref ref-type="fn" rid="fn46">46</xref>. Consecuentemente, un pueblo
        entregado al espíritu de invasión y de conquista corrompe a una parte del mismo para que
        apoye sus empresas, mientras que sojuzga al resto a la obediencia del déspota a través de la
        coerción –ejercida por la anterior parte del pueblo– y de una serie de sofismas que
        enturbian su razón, falsean su juicio y trastornan sus ideas; tales son sus mensajes de
        independencia y honor nacionales, rectificación de fronteras, intereses comerciales,
        prevenciones dictadas por la prudencia, y toda serie de hipocresías. Finalmente, la
        imposición de este espíritu guerrero en la sociedad supone, en ocasiones con consecuencias
        irreparables, la interrupción de las facultades intelectuales de sus ciudadanos. La juventud
        «se negará a consumirse en esfuerzos cuyo fruto habría de arrebatarle una mano de hierro.
        […] Y así, la nación se hundirá en una degradación moral y en una ignorancia siempre
          creciente»<xref ref-type="fn" rid="fn47">47</xref>.</p>
  <p>Asimismo, el espíritu de conquista trae en la época moderna un
  efecto nunca antes visto: la uniformidad.</p>
  <disp-quote>
    <p>Los conquistadores de nuestros días, sean pueblos o príncipes, pretenden que su imperio
          presente sólo una superficie tersa, sobre la que pueda pasearse el ojo soberbio del poder
          sin tropezar con ninguna irregularidad que hiera o limite su vida. El mismo código de
          leyes, las mismas medidas, los mismos reglamentos y, si fuera posible llegar a ello,
          gradualmente la misma lengua; eso es lo que se proclama suprema perfección de toda
          organización social. […] La gran consigna de hoy día es la <italic>uniformidad</italic>.
          Es lástima que no puedan arrasar todas las ciudades, para reconstruirlas todas según un
          mismo plano, o nivelar todas las montañas, para que el terreno sea igual en todas partes;
          y me asombra que no se haya ordenado a todos los habitantes llevar un mismo traje, a fin
          de que el amo no vuelva a encontrar mescolanzas irregulares o variedades
            extravagantes.<xref ref-type="fn" rid="fn48">48</xref></p>
  </disp-quote>
  <p>De esta forma, la uniformidad supone un doblegamiento de la moral humana, perseguir a los
        individuos en lo más íntimo de su existencia. Significa arrebatar a un pueblo sus riquezas
        morales, el sentimiento de su propio valor y dignidad; y aunque se le otorgue a cambio algo
        que se estime en un mayor valor, al imponérselo por la fuerza a costa de arrebatarle lo que
        para ellos resultaba venerable, el único resultado posible es el envilecimiento del pueblo.
        «La variedad es participación; la uniformidad, mecanismo automático. La variedad es la vida;
        la uniformidad, la muerte»<xref ref-type="fn" rid="fn49">49</xref>.</p>
  <p>Para Constant, todo este anacronismo entre el espíritu de conquista y la época moderna había
        explotado en la propia Revolución francesa, cuando el ímpetu de los revolucionarios les
        llevó a querer extender aquella más allá de sus fronteras, cayendo así en la uniformización
        y haciendo incurrir a la propia Revolución en una contradicción con sus principios: los
        hombres eran libres, pero sólo si estaban sometidos a una misma constitución en todas las
        regiones; era iguales, pero sólo si existía un único criterio legal sea cual fuere la
        nación; eran hermanos, pero sólo si eran homogéneos. Un anacronismo y una uniformización en
        el que, de manera todavía más evidente, se inscribieron las conquistas napoleónicas,
        depositarias últimas del anhelo francés de expandir sus principios ilustrados,
        revolucionarios y «libertadores» a toda Europa<xref ref-type="fn" rid="fn50">50</xref>.</p>
  <p>Ahora bien, teniendo en cuenta las críticas realizadas por Constant, ¿por qué acudir a la
        llamada de Napoleón e ingresar en las filas de su gabinete para la redacción de una nueva
        constitución durante el gobierno de los Cien Días? La única respuesta posible es que el
        liberal vio en el cambio de actitud del corso la oportunidad de poner en práctica –aunque
        fuera de manera progresiva– su doctrina del <italic>poder neutro</italic>. Siguiendo a
        Sieyès y Clermont-Tonerre, Constant buscaba la conciliación del principio de soberanía con
        la división de poderes, para lo cual era preciso distinguir la titularidad del ejercicio de
        la soberanía y separar el poder constituyente –que garantiza la unidad y permanencia del
        Estado– de los poderes constituidos –que, acorde a la orientación del electorado, acomodan
        la política del Estado a las circunstancias históricas–. El resultado sería una monarquía
        constitucional, en la que el gobierno ejercería el poder ministerial mientras que el rey,
        como jefe del Estado, ostentaría un poder neutro más consistente en un «derecho de impedir»
        que en un «derecho de hacer»; de tal manera que entre las facultades de este último
        encontramos la del nombramiento y la destitución de ministros, la disolución de la Cámara
        electiva, la convocatoria de elecciones, la sanción de leyes, etc. Por lo tanto, el monarca
        encarnaría la permanencia y la unidad del Estado soberano, pero el poder real y el poder
        neutro que posee no intervendrían de manera directa en la dirección de la política. Es sobre
        los ministros que recaería la función ejecutiva; sólo el gobierno podría dirigir la
        Administración pública, ejercer la potestad parlamentaria o proponer leyes al Parlamento. Un
        gobierno que, no olvidemos, para Constant debía basarse en un sistema representativo, ya que
        es el único que en la época del comercio puede proporcionarnos libertad; y sobre el que, a
        su vez, los ciudadanos debían poner una vigilancia activa y constante para que sus
        representantes realicen bien su trabajo y garanticen sus libertades, reservándose el derecho
        de apartarles del cargo en caso de equívoco y de revocar los poderes de los que hayan
        abusado. Así las cosas, la teoría política de Benjamin Constant se dirigía a combatir el
        despotismo y a defender una monarquía garante de las instituciones liberales, que
        protegieran la autonomía de los individuos frente al Estado, al tiempo que les permitieran
        desempeñar sus derechos políticos.</p>
  <p>Así las cosas, al término de este camino podemos decir que contemplamos dos maneras distintas
        de concebir el panorama político decimonónico, herederas e influenciadas por las filosofías
        desarrolladas en los dos primeros apartados, y que ayudan a configurar los dos bloques
        principales de este artículo. Partiendo de las reflexiones sobre el antagonismo de Kant y de
        Fichte, el intento de alcanzar el estado cosmopolita kantiano se tradujo en un nuevo
        antagonismo entre el imperialismo napoleónico y liberalismo de Constant, marcando así la
        evolución, tanto conceptual como histórica de esa misma noción de «antagonismo»; evolución
        propiciada por el caótico devenir de acontecimientos históricos que, como ya se señaló,
        acontecieron desde la Revolución. A un lado, la <italic>translatio imperii</italic>, la
        forma imperial, la heredera de Roma unida al extremo último del ideal cosmopolita kantiano;
        el emperador que dota a su pueblo de una innovadora constitución con la que guardar el orden
        y la seguridad, y preservar las conquistas revolucionarias, pero que también empuña un
        guante de hierro que mantiene unidos a los súbditos de todos los territorios a través de la
        sumisión a su persona. Al otro lado, el emergente y posteriormente tan influyente
        pensamiento liberal, el defensor de «la libertad de los modernos», el valedor de la
        monarquía constitucional y del gobierno representativo; aquel que ve el peligro autoritario
        bajo la idealizada máscara que oculta al usurpador que en solitario detenta el poder
        absoluto y quiere lanzarse a la conquista. Dos hombres. Dos maneras de concebir la política
        que marcaron la historia del siglo XIX y contribuyeron a sentar las bases del XX. Imperio y
        liberalismo. Napoleón y Constant.</p>
</sec>
<sec id="conclusión">
  <title>5. Conclusión</title>
  <p>Llegados, entonces, a este punto, podemos revisitar brevemente los aspectos y posiciones
        visitados a lo largo del presente artículo para extraer las conclusiones que, desde una
        perspectiva de filosofía de la historia, pueden observarse a propósito de los desarrollos
        del <italic>antagonismo en la Europa revolucionaria de finales del siglo</italic> XVIII y
        comienzos del siglo XIX.</p>
  <p>Inicié la exposición comentando cómo esta noción suele remitir, en una primera instancia, a la
        filosofía hegeliana y a la lucha por el reconocimiento que se expone en obras como la
          <italic>Fenomenología del espíritu</italic>, donde daba origen a la consabida «dialéctica
        del amo y el esclavo», que posteriormente contó con reelaboraciones e interpretaciones de
        autores como la de Karl Marx a mediados del periodo decimonónico. Sin embargo, el que para
        muchos ha pasado por ser el gran pensador de la filosofía de la historia no fue, ni mucho
        menos, el acuñador del término o el inaugurador de estas reflexiones sobre el tiempo en que
        vivía, sino que ya antes Kant y Fichte habían reparado sobre ello, así como habían alertado
        de los peligros que traerían consigo las violentas revoluciones que observaban, tratando de
        establecer algún tipo de solución. En este sentido, sus pensamientos a propósito del
        antagonismo se podían dividir en tres ejes temáticos, siendo el primero común a ambos: su
        oposición a los enemigos de la Ilustración, que se convertían, por ende, en antagonistas de
        la humanidad misma. Conformando la senda de las luces el mejor y más seguro camino para el
        progreso del género humano hacia lo mejor, evitando cualquier tipo de barbarie, despotismo o
        revuelta desatada en o entre las naciones, la libertad –ya fuera de la razón, a lo Kant, o
        de pensamiento, a lo Fichte– se convertía no sólo en una condición <italic>sine qua
          non</italic> para la consecución del objetivo, sino también en un derecho inalienable del
        individuo. Por lo tanto, vulnerarla, como hacían los opositores al movimiento ilustrado, ya
        fueran absolutistas, religiosos o ambos, implicaba simultáneamente el apisonamiento de la
        propia humanidad; esto es, convertirse en un adversario de la misma.</p>
  <p>Ahora bien, llegados aquí, sendos filósofos divergían en sus posteriores consideraciones. De un
        lado, Fichte evolucionará hacia la creación de una identidad y nación germanas que
        permanezcan en el ideario colectivo, recogiendo la histórica oposición de los antiguos
        germánicos y latinos para actualizarla ahora en una Alemania amenazada por la nueva Roma: la
        Francia napoleónica. Es asíque elabora una suerte de lucha de identidades entre ambos bandos
        que no sólo se limita al nivel político o cultura, sino que alcanza prácticamente un sentido
        existencial y ontológico, en la clave que más de un siglo después elaborará Carl Schmitt con
        su concepto de «enemigo». De otro lado, Kant apoyaba su juicio sobre el antagonismo sobre la
        base de la «insociable sociabilidad» humana, cuyo esquema repetía también a nivel estatal,
        de tal manera que los conflictos que se daban entre las personas eran posteriormente
        llevados al horizonte de las naciones. Sin embargo –y como también le reprochará Schmitt–,
        su idea final era bastante más pacífica que la de Fichte, pues el nuevo amanecer ilustrado
        de los tiempos daba origen a que esas contiendas finalizaran en pro de una federación
        cosmopolita y universal de pueblos, regidos por una constitución republicana, que ayudaran a
        alcanzar ese ideal de una paz perpetua. Una paz, curiosa por otra parte, porque en ella el
        antagonismo o la citada «insociable sociabilidad» no dejarían de estar ausentes; pero como
        el ingreso en la sociedad civil supone un deber moral de la persona, la beligerancia de las
        guerras daría paso a un nuevo estadio de menor violencia: la competencia comercial, apoyada
        en una concepción de la libertad individual que entronca con muchos de los rasgos a la
        postre defendidos por Constant.</p>
  <p>Con todo, los perennes conflictos internos y externos, y los desórdenes sociopolíticos de la
        época revolucionara dieron origen a una peculiar e irónica consumación del ideal de la paz
        perpetua del regiomontano: el Imperio napoleónico. Al tiempo que el corso hacía de la nación
        gala la heredera de imperios anteriores como el romano o el carolingio, en esa posición que
        tanto señalará, criticará y atacará Fiche, Napoleón establecía un gobierno con el que
        garantizar el orden social, la soñada armonía y tranquilidad civil, la cohesión nacional, la
        difusión de los ideales ilustrados, el mantenimiento de los éxitos revolucionados, la
        superación de conflictos… Pero todo ello convirtiendo la pretéritamente postulada federación
        de estados en un imperio que subordinaba al resto de naciones al mando, señorío y autoridad
        de una central: la francesa. Es cierto que implementó toda una serie de medidas legislativas
        y económicas, como ejemplifica el denominado «Código napoleónico» de 1807, para mantener la
        unidad, la disciplina, así como un intento de pacificación y normalidad. No obstante, la
        consecución de su objetivo, lograr la anhelada paz, acababa pervirtiendo los no tan pasados
        ideales de libertad para legitimar la violencia y las guerras por el continente europeo;
        todo en favor de extender e imponer a las diversas naciones los que juzgaba como principios
        ilustrados y de la revolución frente a los enemigos de esta. Curiosa transmutación de los
        pensamientos kantiano y fichteano, en la que los enemigos de la humanidad pasaban ahora a
        ser, automáticamente, los enemigos de Francia.</p>
  <p>Este episodio es el que justamente da pie a la última de las concepciones del «antagonismo»
        abordadas, como es la de Benjamin Constant, oponiendo su liberalismo al que juzga como
        anacrónico Imperio napoleónico. En el fondo, la suya era la defensa de la libertad que ya
        habían propugnado inicialmente Kant y Fichte: la libertad moderna, ilustrada, individual, de
        pensamiento. Libertad que, paradójicamente, terminaba aplastada por el autoritarismo y
        cesarismo de sello bonapartista, que no hacía sino retomar una antigua noción de libertad en
        la que la persona singular y concreta se encontraba sometida en y por la comunidad. Esa
        libertad, garantizada por la libertad política, que venía fraguándose especialmente desde
        los años de las Luces y por la que había estallado la Revolución, es la que se encuentra
        amenazada por un antagonista como el que representa Napoleón, que encarna en su persona los
        denominados «espíritu de usurpación» y «espíritu de conquista». El primero alude al nuevo
        despotismo o tiranía establecido por el nuevo Emperador, que ha trastocado la mente de los
        ya ciudadanos para volver a convertirlos en súbditos o siervos a efectos prácticos, como en
        el Antiguo Régimen o tiempos todavía anteriores; mientras que el segundo recoge cómo el gran
        representante de la época no encarna el espíritu de esta. En efecto, aquel continúa anclado
        en una lógica bélica a la antigua usanza que, lejos de reportar ya alguna utilidad o
        beneficio, tan sólo acarrea muerte, desgracia y destrucción. En otras palabras, Napoleón y
        su gobierno no han sabido leer la historia, no han sabido atender a que, como vio Kant, los
        conflictos pueden librarse ahora pacíficamente a través de la vía y la competencia del
        comercio; de tal manera que el régimen imperial francés no es sino algo completamente
        atemporal o desfasado, y, por ende, perjudicial y contrario <italic>per se</italic> al mismo
        progreso humano hacia lo mejor, el gran ideal ilustrado. En esencia, Napoleón se ha
        convertido, en una nueva paradoja, en el enemigo del género humano, pues con él no sólo
        retornan los intereses personalistas y egoístas de los líderes, sino que además resulta del
        todo imposible la consumación de una federación plurinacional, se impide cualquier progreso
        y libertad individuales y, con ello, se acaba abocando al envilecimiento del pueblo y a su
        degradación moral.</p>
  <p>En definitiva, el propósito del presente escrito ha sido el de mostrar, como he dicho
        anteriormente, desde la óptica de la filosofía de la historia, una panorámica de las
        diferentes concepciones de la noción de «antagonismo» que recorrieron la Europa pre y
        posrevolucionaria de la mano de toda una serie de pensadores y figuras clave del momento
        –ahondando en el porqué de ellas o del surgimiento de sus posturas–, a fin de que quizá
        puedan ayudarnos a comprender algunas de las lógicas, dinámicas o clasificaciones del
        «adversario», del «enemigo» o del «antagonista» en nuestro presente. Muchas veces permanece
        como una categoría formal, vacía, esperando ser llenada de contenido. Quizá sea cierto que
        la paz perpetua constituya un ideal asintótico al que tender. Seguramente lo sea que hay
        oponentes de la libertad y rivales del género humano que se autoproclaman como salvadores
        del mismo. Puede ser que el conflicto sea indisociable de la condición humana y que siempre
        nos acompañe aquella «insociable sociabilidad». O tal vez, simplemente, sea cierto el adagio
        latino que reza «<italic>si vis pacem, para bellum</italic>». En cualquier caso, bien
        haríamos en detenernos a reflexionar para saber y aprender a identificar cuál y por qué es
        nuestro antagonista, si es que acaso lo hubiere.</p>
</sec>
</body>
<back>
<fn-group>
  <fn id="fn1">
    <label>1</label><p>Cfr. Hegel, G.W.F., «A. Autonomía y no autonomía de la autoconciencia; dominación y servidumbre»
          y «B. El espíritu extrañado de sí, III. La libertad absoluta y el terror» de la
            <italic>Fenomenología del espíritu</italic>, respectivamente –Abada, Madrid, 2010, pp.
          257-271 y 681-695–.</p>
  </fn>
  <fn id="fn2">
    <label>2</label><p>Cfr. Hegel, G.W.F., <italic>Lecciones sobre la filosofía de la historia universal</italic>, El
          mundo germánico, Capítulo tercero: Tercer período: La Edad Moderna, 3. La revolución
          francesa y sus consecuencias – Alianza, Madrid, 2004, p. 688-704–.</p>
  </fn>
  <fn id="fn3">
    <label>3</label><p>Marx, K., <italic>Manifiesto comunista</italic>,
    Alianza, Madrid, 2008, pp. 41-57; <italic>La ideología alemana (I) y
    otros escritos</italic> filosóficos, Losada, Buenos Aires, 2010, pp.
    31-52.</p>
  </fn>
  <fn id="fn4">
    <label>4</label><p>En este sentido, se entiende por qué no es casual que la siguiente figura al amo y el esclavo
          dentro de la <italic>Fenomenología</italic> sea el estoicismo.</p>
  </fn>
  <fn id="fn5">
    <label>5</label><p>Véanse, por ejemplo, sus escritos recogidos en <italic>Introducciones a la Filosofía de la
            Historia Universal</italic>, donde, por citar un ejemplo, enuncia desde el mismo
          comienzo de su «Introducción» de 1822-1828: «El objeto de estas lecciones es la
            <italic>historia universal filosófica</italic> –es la propia historia universal en
          general, cuyo recorrido debe ser nuestro asunto; no son <italic>reflexiones generales
            sobre</italic> la misma que habríamos extraído de ella y que quisiéramos explicar a
          partir de su contenido, como ejemplos, sino el contenido de la propia historia universal»
          – Istmo, Madrid, 2005, p. 21; el destacado es del propio Hegel–. Asimismo, para atender al
          contexto histórico y filosófico del momento, caben resaltar obras como las de Félix Duque
            <italic>Historia de la Filosofía Moderna: la era de la crítica</italic> –Akal, Madrid,
          1998, pp. 321-335– y <italic>La Restauración. La escuela hegeliana y sus
            adversarios</italic> –Akal, Madrid, 1999, pp. 13-67–.</p>
  </fn>
  <fn id="fn6">
    <label>6</label><p>No debe dejar de prestarse atención al título completo de la obra de Fichte. A juicio de este no
          todos los regentes de Europa han oprimido a su pueblo, como es el caso de Federico II «el
          Grande» –también alabado por Kant–, tenido como uno de los modelos del despotismo
          ilustrado del siglo XVIII. En su <italic>Reivindicación</italic>, Fichte arremete contra
          aquellos monarcas que, lejos de seguir los pasos del que fuera gobernante de Prusia, han
          sometido a su población bloqueando el avance logrado por la senda de la Ilustración.</p>
  </fn>
  <fn id="fn7">
    <label>7</label><p>Kant, I., «Contestación a la pregunta: ¿Qué es la Ilustración?», en Kant, I., ¿Qué es la
          Ilustración?, Alianza, Madrid, 2009, p. 83.</p>
  </fn>
  <fn id="fn8">
    <label>8</label><p>Fichte, J.G., <italic>Reivindicación de la
    libertad de pensamiento</italic>, en <italic>Reivindicación de la
    libertad de pensamiento y otros escritos políticos</italic>, Tecnos,
    Madrid, 1986, p. 6.</p>
  </fn>
  <fn id="fn9">
    <label>9</label><p>Cfr. Kant, I., <italic>El conflicto de las
    Facultades</italic>, Segunda parte, §§ 6-8, Alianza, Madrid, 2003,
    pp. 159-168.</p>
  </fn>
  <fn id="fn10">
    <label>10</label><p>Fichte, J.G., <italic>Reivindicación de la
    libertad de pensamiento</italic>, p. 7.</p>
  </fn>
  <fn id="fn11">
    <label>11</label><p><italic>Ibid.</italic></p>
  </fn>
  <fn id="fn12">
    <label>12</label><p>Kant, I., «Contestación a la pregunta: ¿Qué es
    la Ilustración?», p. 90.</p>
  </fn>
  <fn id="fn13">
    <label>13</label><p><italic>Ibid.</italic>, pp. 85-90.</p>
  </fn>
  <fn id="fn14">
    <label>14</label><p>Por citar sólo algunos pasajes ejemplificadores, sin desviarnos de la cuestión,
            <italic>cfr</italic>. Fichte, J.G., <italic>Reivindicación de la libertad de
            pensamiento</italic>, pp. 18-19, 28-29, 45; o <italic>Algunas lecciones sobre el destino
            del sabio</italic>, en especial la Tercera y Cuarta Lección, Istmo, Madrid, 2002, pp.
          85-125.</p>
  </fn>
  <fn id="fn15">
    <label>15</label><p>La idea no es, sin embargo, original de Fichte, sino que se remonta a la primera descripción de
          la que tenemos constancia de los germanos, realizada por Tácito. En efecto, en su
            <italic>De origine et situ germanorum</italic> (98 d.C.), el historiador oficial de los
          Flavios había definido a los habitantes de la llamada Germania como «indígenas» y «no
          mezclados con otros pueblos»: «Estoy casi convencido de que los germanos son indígenas y
          que de ningún modo están mezclados con otros pueblos, bien como resultado de emigraciones,
          bien por pactos de hospitalidad» –<italic>Germania</italic>, en <italic>Agrícola.
            Germania. Diálogo sobre los oradores</italic>, Gredos, Madrid, 1981, p. 114–. Por otra
          parte, la utilización e influencia que tuvieron tanto la descripción de Tácito como las
          palabras de Fichte en de la teoría racial nacionalsocialista resultan más que evidentes,
          sobre todo en el reemplazo –en el ámbito de la antropogénesis– de la tesis <italic>ex
            oriente lux</italic> por un <italic>ex septentrione lux</italic>. En este sentido,
          véase: Chapoutot, J., <italic>El nacionalsocialismo y la Antigüedad</italic>, Abada,
          Madrid, 2013, p. 38; para un análisis más pormenorizado, véase el capítulo «El discurso de
          los orígenes: <italic>ex septentrione lux</italic>», pp. 23-66.</p>
  </fn>
  <fn id="fn16">
    <label>16</label><p>Fichte, J.G., <italic>Discursos a la nación
    alemana</italic>, Tecnos, Madrid, 2002, p. 150.</p>
  </fn>
  <fn id="fn17">
    <label>17</label><p><italic>Ibid</italic>., p. 144.</p>
  </fn>
  <fn id="fn18">
    <label>18</label><p><italic>Ibid</italic>., pp. 147-148.</p>
  </fn>
  <fn id="fn19">
    <label>19</label><p>Schmitt, C., <italic>El concepto de lo político</italic>, Alianza, Madrid, 2014, pp. 59-60.
          Recordemos que, en última instancia, la definición que ofrece Carl Schmitt de «enemigo»
          es: «El enemigo político no necesita ser moralmente malo, ni estéticamente feo; no hace
          falta que se erija en competidor económico, e incluso puede tener sus ventajas hacer
          negocios con él. Simplemente <italic>es el otro, el extraño, y para determinar su esencia
            basta con que sea existencialmente distinto y extraño en un sentido particularmente
            intensivo</italic>. En último extremo pueden producirse conflicto con él que no puedan
          resolverse ni desde alguna normativa general precia ni en virtud del juicio o sentencia de
          un tercero “no afectado” o “imparcial”» –<italic>ibid.</italic>; el destacado es mío–.
          Ello, a su vez, enlazaría con la crítica que dirige el jurista alemán en <italic>El nomos
            de la tierra</italic> –Struhart &amp; Cía, Buenos Aires, 2003, pp. 166-170–, ya de 1950,
          a la noción kantiana del «enemigo injusto». En efecto, el filósofo de Königsberg había
          definido este en el §60 de la Primera Parte de <italic>La metafísica de las
            costumbres</italic> –en el apartado del «Derecho de Gentes» de su «Doctrina del
          Derecho»– como «aquél cuya voluntad públicamente expresada (sea de palabra o de obra)
          denota una máxima según la cual, si se convirtiera en regla general, sería imposible un
          estado de paz entre los pueblos y tendría que perpetuarse el estado de naturaleza» –Kant,
          I. <italic>La metafísica de las costumbres</italic>, Tecnos, Madrid, 2005, p. 189–. Sin
          embargo, también declara que, aunque hay un derecho ilimitado contra él, el estado
          perjudicado no se puede servir de <italic>todos</italic> los medios, sino de los que sean
          lícitos –por tanto, no desproporcionados– para garantizar su seguridad, territorio y vida
            –<italic>ibid.</italic>–. Ahora bien, Schmitt no sólo acusa a Kant de introducir una
          noción peligrosa sobre el «<italic>iustis hostis</italic>», sino también de
          generalizaciones y vaguedades por las cuales no termina de aclarar quién es ese enemigo
          que amenaza la libertad y al pueblo, lo cual legitimaría también prácticamente cualquier
          tipo de contienda. Asimismo, el objetivo kantiano sería en última instancia inviable para
          Schmitt, pues la guerra sería constitutiva del panorama humano y político, no algo a
          eliminar con una «paz perpetua» –un análisis más pormenorizado de toda esta cuestión puede
          verse en: Santiago Oropeza, T., «Kant y el derecho de guerra: en torno a la figura del
          enemigo injusto», en <italic>Tópicos. Revista de Filosofía</italic>, 65, enero-abril,
          2003, pp. 369-397–. Por otra parte, la postura schmittiana también cabría ser vinculada
          con la «lucha por el reconocimiento» hegeliana, tal y como se exponía en la «Introducción»
          del presente artículo –ver la nota 1 para su referencia–. Igualmente, un estudio más
          detallado de esta noción del «reconocimiento» puede verse, por citar tan sólo unos pocos
          escritos, en: Duque, F., <italic>Historia de la Filosofía Moderna: la era de la
            crítica</italic>, pp. 417, 430, 471; Álvarez, E., «La autoconciencia: lucha, libertad y
          desventura», en Duque, F., (ed.), <italic>Hegel. La odisea del espíritu</italic>, Círculo
          de Bellas Artes, Madrid, 2010, pp. 85-107; o de la Vega de Orduña, J. L. (2020). «La
          presencia de la dialéctica de la autoconciencia en la sociedad civil. La libertad como
          reconocimiento», en <italic>Studia Hegeliana</italic>, 6, 2020, pp. 29-42.</p>
  </fn>
  <fn id="fn20">
    <label>20</label><p>En este sentido, tampoco sorprende la autarquía y el proteccionismo económico y nacionalista que
          Fichte defendía en 1800 en <italic>El Estado comercial cerrado</italic> –Tecnos, Madrid,
          1991–, obra en la que algunos han llegado a ver incluso un germen del posterior
          totalitarismo alemán.</p>
  </fn>
  <fn id="fn21">
    <label>21</label><p>Kant, I., «Idea para una historia universal en
    clave cosmopolita», en Kant, I., ¿Qué es la Ilustración?, p. 102. El
    destacado es del propio Kant.</p>
  </fn>
  <fn id="fn22">
    <label>22</label><p> <italic>Ibid</italic>., p. 105.</p>
  </fn>
  <fn id="fn23">
    <label>23</label><p> Kant, I. <italic>La metafísica de las costumbres</italic>, pp. 140-142; <italic>La Religión
            dentro de los límites de la mera Razón</italic>, Alianza, Madrid, 2009, pp. 121-123.</p>
  </fn>
  <fn id="fn24">
    <label>24</label><p>Duque, F., ¿Hacia la paz perpetua o hacia el
    terrorismo perpetuo?, Círculo de Bellas Artes, Madrid, 2006, p
    22.</p>
  </fn>
  <fn id="fn25">
    <label>25</label><p>Kant, I., «Idea para una historia universal en clave cosmopolita», p. 111. El destacado es del
          propio Kant.</p>
  </fn>
  <fn id="fn26">
    <label>26</label><p>Kant, I., <italic>Sobre la paz
    perpetua</italic>, Alianza, Madrid, 2009, p. 61.</p>
  </fn>
  <fn id="fn27">
    <label>27</label><p>Duque, F., <italic>Op. cit.</italic>, p 24. El
    destacado es del propio Duque.</p>
  </fn>
  <fn id="fn28">
    <label>28</label><p>Kant, I., <italic>Sobre la paz
    perpetua</italic>, p. 62.</p>
  </fn>
  <fn id="fn29">
    <label>29</label><p>«Por último, la propia guerra se convertirá poco a poco, no sólo en algo muy artificioso y de
          dudoso desenlace para ambas partes, sino que, debido a las funestas consecuencias que el
          Estado experimenta con una deuda pública (¡una nueva invención!) siempre en aumento y cuya
          amortización es sencillamente incalculable, la guerra se convertirá también en una empresa
          arriesgada, dada la repercusión que toda quiebra estatal tiene sobre los otros Estados, al
          estar tan entrelazadas sus actividades comerciales en esta parte del mundo» –Kant, I.,
          «Idea para una historia universal en clave cosmopolita», p. 114–.</p>
  </fn>
  <fn id="fn30">
    <label>30</label><p>Duque, F., <italic>Op. cit.</italic>, p 29. El
    destacado es del propio Duque.</p>
  </fn>
  <fn id="fn31">
    <label>31</label><p>Recordemos que el alma en Hegel se refiere a una pulsión todavía baja y elemental dentro de los
          hombres. Al aplicarle a Napoleón el sobrenombre de «alma del mundo a caballo», lejos de
          engrandecer su figura –como en apariencia pudiera creerse–, lo que el autor de la
            <italic>Fenomenología</italic> hace es reconocerle como un gran hombre de la historia,
          pero al que la gente sigue no racionalmente, no con un porqué, sino por impulso, por
          instinto.</p>
  </fn>
  <fn id="fn32">
    <label>32</label><p>«Ese Teseo debe poseer generosidad para otorgar al pueblo que él haya creado a partir de pueblos
          dispersos una participación en lo que se refiere al todo, porque una constitución
          democrática, semejante a la que Teseo dio a su pueblo, constituye en sí misma, en nuestra
          época y en los grandes Estados, una contradicción y, por lo mismo, esa participación
          debería estar organizada. Incluso en el caso de que la dirección del poder del Estado que
          tenga en las manos le asegure de que no llegará a ser recompensado con la ingratitud, como
          le sucedió a Teseo, sin embargo, aquel debe tener suficiente carácter para estar dispuesto
          a echarse a la espalda el odio que suscitaron Richelieu y otros grandes hombres que
          trastocaron las particularidades y los intereses privados de los hombres» – Hegel, G.W.F.,
            <italic>La Constitución de Alemania</italic>, Aguilar, Madrid, 1972, p. 153–. En efecto,
          se ha discutido mucho acerca de qué figura histórica podría encarnar a este personaje de
          Teseo, reduciéndose las posibilidades a dos candidatos principales. De un lado, algunos
          han abogado por el archiduque Carlos de Austria; pero de otro lado, varias teorías apuntan
          a que ese conquistador, ese Gran Hombre, ese caudillo extranjero que aunaría a la dividida
          masa alemana, la proveería de una constitución organizada y cuya tiranía, que no
          despotismo, sería necesaria para preservar la unidad del Estado, no es otro que Napoleón.
          En este sentido, véase «Orestes, Teseo y Napoleón», en Rocco, V., <italic>Función y
            estructura del mundo romano en la filosofía hegeliana</italic> [Tesis doctoral], UAM,
          2011, pp. 241-267. También puede consultarse el <italic>Comentario a la Filosofía del
            Espíritu</italic>, de José María Ripalda –Fondo de Cultura Económica, México D.F., 1993.
          pp. 77-88–.</p>
  </fn>
  <fn id="fn33">
    <label>33</label><p>Como dije anteriormente, Kant, en su proyecto cosmopolita de una federación de pueblos libres
          presente en <italic>Sobre la paz perpetua</italic>, había señalado los albores de un nuevo
          tipo de guerra en su época: la guerra económica o comercial. En este sentido, el Imperio
          napoleónico se mostró nuevamente como heredero de su doctrina con su intento de bloqueo
          continental a Inglaterra. Al carecer de una flota lo bastante fuerte como para alcanzar la
          victoria marítima frente al país británico, Napoleón decretó el cierre de todos los
          puertos europeos bajo su mando a cualquier barco y mercancía procedentes de las Islas. Una
          nueva y moderna estrategia bélica que «no buscaba tanto enriquecer Francia empobreciendo
          al enemigo como estrangular la economía inglesa cegando cualquier salida a sus productos»
          –Criscuolo, V., <italic>Napoleón</italic>, Alianza, Madrid, 2003, pp. 71-72–.</p>
  </fn>
  <fn id="fn34">
    <label>34</label><p>En este sentido, en el parágrafo 274 de sus <italic>Principios de la filosofía del
            derecho</italic>, Hegel realza la oposición que los españoles ofrecieron ante la
          implantación de la Constitución de 1812, pues si bien no había constitución más francesa
          que la española, aquella había sido implantada forzosamente en lugar de provenir del
          pueblo: «<italic>Agregado</italic>. El Estado debe penetrar en su constitución todas las
          relaciones. Napoleón, por ejemplo, quiso dar <italic>a priori</italic> una constitución a
          los españoles, lo que tuvo consecuencias suficientemente desalentadoras. Porque una
          constitución no es algo que meramente se hace: es el trabajo de siglos, la idea y la
          conciencia de lo racional en la medida en que se ha desarrollado un pueblo. Ninguna
          constitución puede ser creada, por lo tanto, meramente por sujetos. Lo que Napoleón dio a
          los españoles era más racional que lo que tenían previamente, y sin embargo lo rechazaron
          como algo que les era extraño, porque no se habían desarrollado aún hasta ese nivel.
          Frente a su constitución el pueblo debe tener el sentimiento de que es su derecho y su
          situación; si no, puede existir exteriormente, pero no tendrá ningún significado ni valor»
          –Hegel, G.W.F., <italic>Principios de la filosofía del derecho</italic>, §274, Edhasa,
          Barcelona, 2005, p. 418–.</p>
  </fn>
  <fn id="fn35">
    <label>35</label><p>En efecto, los retratos de la época de Napoleón ilustran perfectamente tanto su trayectoria y la
          de su Imperio, como la mitificación que se hizo de su persona. Ejemplo de ello es la
          siguiente anécdota que tuvo con uno de los que fueron sus pintores oficiales,
          Jacques-Louis David: «El dilema de David no reside en unir la naturaleza y la Antigüedad,
          sino en unir razón y pasión, espontaneidad y pensamiento. […] Si hubiera continuado por el
          camino de <italic>Conde Potocki</italic>, bien podría haber tenido a Delacroix como
          alumno. Pero David no podía continuar sólo como pintor; compartía la incertidumbre del
          siglo acerca del arte. Debía aliarse con la época, debía no sólo reflejarla, sino de hecho
          guiarla. En cierta medida, la Antigüedad seguía siendo para él los envases dentro de los
          cuales podía llevarse su mensaje. Napoleón lo percibió enseguida, y vio los posibles
          peligros de la propaganda cuando dijo a David, entonces ocupado en
            <italic>Leónidas</italic>, que estaba equivocado al pintar hombres conquistados. De
          hecho, puede decirse que Napoleón, cruel pero perceptiblemente, aprovechó la raíz de
          David: quería un héroe y tendría uno del presente; la historia moderna reemplazaría los
          temas antiguos. Y en lugar de la trivial cuestión doméstica de un conde polaco dominan do
          a un caballo repropio, allí estaría el mismo Bonaparte en la silla, “calme sur un cheval
          fougueux”» –Levey M., <italic>Del Rococó a la Revolución</italic>, Destino, Barcelona,
          1998, pp. 188-190–. Evidentemente alude al célebre cuadro de David <italic>Napoleón
            cruzando los Alpes</italic>, quizá el máximo exponente de esta especie de divinización
          de la figura napoleónica. En él el corso no sólo hizo inscribir su nombre por encima de
          los de Carlomagno y Aníbal –sus antecesores en aquella empresa–, sino que también idealizó
          y mitificó su hazaña. Como es sabido, su paso por el Gran San Bernardo –1800– nunca se
          hizo a lomos de un brioso caballo, sino de una mula; escena que, obviamente, resultaba
          mucho menos heroica que aquella en la que aparece guiando a sus soldados y el destino de
          la historia.</p>
  </fn>
  <fn id="fn36">
    <label>36</label><p>Criscuolo, V., Op. cit., p. 127.</p>
  </fn>
  <fn id="fn37">
    <label>37</label><p>En concreto, presidió 57 de las 102 sesiones
    destinadas a la redacción del Código Civil.</p>
  </fn>
  <fn id="fn38">
    <label>38</label><p>Después del «Discurso» previo y el «Título Preliminar», la ordenación era la siguiente: «Libro I:
          De las personas» –consta de 11 títulos–; «Libro II De los bienes y las diferentes
          modificaciones de la propiedad» –consta de 4 títulos–; «Libro III: De las diferentes
          maneras de adquirir la propiedad» –consta de 20 títulos–.</p>
  </fn>
  <fn id="fn39">
    <label>39</label><p>Benjamin Constant vivió en su propia persona los avatares de la represión napoleónica. A pesar de
          haber apoyado el golpe del 18 Brumario, viendo en Napoleón la figura necesaria para dar
          estabilidad a la República, así como deshacerse definitivamente de un Directorio inútil y
          del peligroso retorno de una monarquía absolutista, desde el nombramiento de este como
          Primer Cónsul, y sobre todo a partir de 1800, denunció como portavoz del grupo de los
          «ideólogos» en el Tribunado «los peligros de un régimen de servidumbre y de silencio»
          –Criscuolo, V., <italic>Op. cit.</italic>, p. 53–. Como consecuencia, en 1802, con la
          excusa de la renovación de un quinto de los representantes del Tribunado, Napoleón dio
          orden al Senado para deponer a Constant y a la mayor parte de los «ideólogos».</p>
  </fn>
  <fn id="fn40">
    <label>40</label><p>Constant, B., «De la libertad de los antiguos comparada con la de los modernos», en Constant, B.,
            <italic>Escritos Políticos</italic>, Centro de Estudios Constitucionales, Madrid, 1989,
          pp. 259-260. Nótese la jerarquía de los valores del liberalismo mostrada por Constant:
          libertad de opinión, trabajo, propiedad, movilidad, reunión y, por último, intervención
          política. Asimismo, es la misma línea y concepción que seguirá en 1856 John Stuart Mill
          con su escrito <italic>Sobre la libertad</italic> –Alianza, Madrid, 2007; véase el sumario
          recogido en las páginas 71 y 72–.</p>
  </fn>
  <fn id="fn41">
    <label>41</label><p>Para profundizar en la crítica realizada a Rousseau, así como en una exposición más discursiva y
          sistemática de la posición liberal de Constant, véase <italic>Principios de política
            aplicables a todos los gobiernos</italic> –Katz, Madrid, 2010–, redactada en 1806 y
          publicada en 1810 –no confundir con el escrito de 1815–. Asimismo, puede verse una
          sinopsis panorámica de su pensamiento en: Varela Suanzes, J., «“Principios de política” y
          otros escritos de Constant», en <italic>Historia constitucional: Revista Electrónica de
            Historia Constitucional</italic>, nº 3, junio, 2002.</p>
  </fn>
  <fn id="fn42">
    <label>42</label><p>Constant, B., <italic>Del espíritu de conquista
    y de la usurpación</italic>, Tecnos, Madrid, 2008, p. 92.</p>
  </fn>
  <fn id="fn43">
    <label>43</label><p><italic>Ibid</italic>., p. 95.</p>
  </fn>
  <fn id="fn44">
    <label>44</label><p><italic>Ibid</italic>., p. 10.</p>
  </fn>
  <fn id="fn45">
    <label>45</label><p><italic>Ibid</italic>., p. 20.</p>
  </fn>
  <fn id="fn46">
    <label>46</label><p>La argumentación de Constant no deja de recordar al tirano político de la
            <italic>República</italic> de Platón, el cual, para mantenerse en el poder y mostrar al
          pueblo la necesidad que tiene todavía de él, inicia constantes guerras, muchas veces
          civiles: «Pero cuando se reconcilia con algunos de sus enemigos de fuera, mientras que a
          otros los extermina, y que por ese lado tiene tranquilidad, pienso que promueve ante todo
          algunas guerras, para que el pueblo tenga necesidad de un conductor» – Platón,
            <italic>República</italic>, en <italic>Diálogos iv</italic>, Gredos, Madrid, 2007, p.
          420 (<italic>Rep</italic>. VIII, 566e)–.</p>
  </fn>
  <fn id="fn47">
    <label>47</label><p>Constant, B., <italic>Del espíritu de conquista
    y de la usurpación</italic>, p. 45.</p>
  </fn>
  <fn id="fn48">
    <label>48</label><p><sup>8</sup> <italic>Ibid</italic>., p. 54. El
    destacado es mío.</p>
  </fn>
  <fn id="fn49">
    <label>49</label><p><italic>Ibid</italic>., p. 61.</p>
  </fn>
  <fn id="fn50">
    <label>50</label><p>Resulta evidente la alusión de Constant al Imperio de Napoleón cuando leemos críticas como esta
          acerca de la uniformización: «No hemos de ocultarlo: los grandes Estados tienen grandes
          inconvenientes. Las leyes parten de un lugar tan alejado de aquellos en los que ha de
          aplicarse, que los errores graves y frecuentes son la consecuencia inevitable de tal
          alejamiento. El gobierno percibe la opinión de su entorno, o todo lo más de su lugar de
          residencia, y la toma por la de todo el imperio. Una circunstancia local y transitoria se
          convierte en motivo de una ley general. Los habitantes de las más remotas provincias se
          ven repentinamente sorprendidos por innovaciones inesperadas, rigores inmerecidos,
          reglamentos vejatorios, que trastornan todas las bases de sus cálculos, y todas las
          salvaguardias de sus intereses; y todo, porque a doscientas leguas de allí, unos hombres
          que les son totalmente ajenos han creído presentir algún peligro, adivinar cierta
          agitación, entrever cierta utilidad» –<italic>Ibid</italic>., pp. 62-63–.</p>
  </fn>
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        <comment>Puedes consultar el texto en 
          <ext-link ext-link-type="uri" xlink:href="https://archive.org/details/BRes041996/mode/2up">archive.org</ext-link> y 
          <ext-link ext-link-type="uri" xlink:href="https://www.assemblee-nationale.fr/evenements/code-civil-1804-1.asp">Assemblée nationale</ext-link>.
        </comment>
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