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        <journal-title specific-use="original" xml:lang="es">Anales del Seminario de Historia de la Filosofía</journal-title>
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      <issn publication-format="electronic">1988-2564</issn>
      <issn-l>0211-2337</issn-l>
      <publisher>
        <publisher-name>Ediciones Complutense</publisher-name>
        <publisher-loc>España</publisher-loc>
      </publisher>
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      <article-id pub-id-type="doi">10.5209/ashf.89144</article-id>
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        <subj-group subj-group-type="heading">
          <subject>ESTUDIOS</subject>
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        <article-title>Fundamentos filosóficos del determinismo de R.G. Boscovich</article-title>
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          <trans-title>Philosophical foundations of R.G. Boscovich’s determinism</trans-title>
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        <contrib contrib-type="author" corresp="yes">
          <contrib-id contrib-id-type="orcid">https://orcid.org/0000-0002-3380-7164</contrib-id>
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            <surname>Haro Almansa</surname>
            <given-names>Francisco Andrés</given-names>
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        <aff id="aff-a"><institution content-type="original">Facultad de Filosofía y letras, Universidad de Málaga</institution>
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        <corresp id="cor1">Francisco Andrés Haro Almansa<email>fharoa@uma.es</email></corresp>
      </author-notes>
      <pub-date pub-type="epub" publication-format="electronic" iso-8601-date="2025-06-06">
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        <year>2025</year>
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      <volume>42</volume>
      <issue>2</issue>
      <fpage>387</fpage>
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        <copyright-statement>Copyright © 2025, Universidad Complutense de
          Madrid</copyright-statement>
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      <abstract>
        <p>En este trabajo se examinan los fundamentos del determinismo propuesto por el físico R. G.
          Boscovich, atendiendo a los aspectos principales de su teoría de la materia y de su tratamiento del problema
          del azar. Para ello, se comienza con unas precisiones conceptuales acerca del concepto de “determinismo”,
          especialmente en el contexto de la filosofía y ciencias del siglo XVIII. A continuación, se examinan las
          fuentes leibniziana y newtoniana de la cosmología de Boscovich, atendiendo a aquellos aspectos relevantes
          para comprender posteriormente su propuesta. Finalmente, se examinan sus argumentos a favor del
          determinismo causal, y se analiza cuál es el fundamento de dicha propuesta: el principio de razón suficiente,
          la voluntad divina o la ley de continuidad. Se concluye que, a pesar de cierto rechazo manifiesto hacia el
          principio de razón suficiente, este constituye el fundamento del determinismo boscoviano.</p>
      </abstract>
      <trans-abstract xml:lang="en">
        <p>This paper examines the foundations of the determinism proposed by the physicist R. G. Boscovich,
          focusing on the main aspects of his theory of matter and his treatment of the problem of chance. To do so, we
          begin with a conceptual clarification of the concept of “determinism”, especially in the context of 18th century
          philosophy and science. Next, we examine the Leibnizian and Newtonian sources of Boscovich’s cosmology,
          paying attention to those aspects that are relevant to the subsequent understanding of his proposal. Finally,
          his arguments in favour of causal determinism are examined, and the basis of this proposal is analysed: the
          principle of sufficient reason, the divine will or the law of continuity. It is concluded that, despite a certain
          manifest rejection of the principle of sufficient reason, it constitutes the foundation of Boscovian determinism.
          Keywords: Boscovich, determinism, principle of sufficient reason, Leibniz, Laplace.</p>
      </trans-abstract>
      <kwd-group>
        <kwd>Boscovich</kwd>
        <kwd>determinismo</kwd>
        <kwd>principio de razón suficiente</kwd>
        <kwd>Leibniz</kwd>
        <kwd>Laplace</kwd>
      </kwd-group>
      <kwd-group xml:lang="en">
        <kwd>Boscovich</kwd>
        <kwd>determinism</kwd>
        <kwd>principle of sufficient reason</kwd>
        <kwd>Leibniz</kwd>
        <kwd>Laplace</kwd>
      </kwd-group>
    </article-meta>
  </front>
<body>
<sec id="sec1">
  <title>Introducción</title>
  <p>El determinismo, conforme al cual toda relación causal es necesaria (o al menos aquellas que
        rigen un ámbito específico de la realidad<xref ref-type="fn" rid="fn1">1</xref>), es una
        tesis propia de la Edad Moderna. Bajo distintas formulaciones como “causa íntegra” (Hobbes)
        o “principio de razón suficiente” (Leibniz), los modernos entendieron la causalidad bajo una
        relación determinista de causa y efecto. Si se da la causa, necesariamente se dará
          <italic>un único</italic> efecto y solo uno. Las formulaciones más conocidas del siglo
        XVIII —y comienzos del XIX—, como la de Holbach o la de Laplace, partirán de este
        presupuesto, aunque el concepto de causa sea entendido de diversos modos (como
        potencia-acto, implicación lógica, conexión empírica…).</p>
  <p>Entre los estudiosos del determinismo, es habitual distinguir entre un determinismo filosófico
        (v.g. el de Hobbes, Spinoza o Wolff) y un determinismo más propiamente científico, aplicado
        a las leyes y principios establecidos por las teorías científicas (v.g. el de Laplace, Du
        Bois-Reymond, Einstein o Planck). El primero sería una derivación de tesis metafísicas
        ajenas a la ciencia, el segundo se fundamentaría en el contenido y alcance de las teorías
        científicas. La formulación más conocida de esta distinción es la que ofrece Karl Popper
        entre un determinismo <italic>científico</italic> y un determinismo
          <italic>metafísico</italic>. El primero se basa en el concepto de
          <italic>predictibilidad</italic>, pues dentro de la ciencia, una teoría puede dar una
        descripción determinista de su respectivo ámbito si es capaz de proporcionar predicciones
        exactas. El segundo, por el contrario, se basa en meros conceptos suprasensibles imposibles
        de contrastar<xref ref-type="fn" rid="fn2">2</xref>.</p>
  <p>Aunque esta distinción pueda ser útil en la filosofía contemporánea, es inadecuada para
        comprender el desarrollo moderno del determinismo<xref ref-type="fn" rid="fn3">3</xref>.
        Todas las formulaciones de un determinismo natural (de filósofos o científicos) partieron de
        una teoría (metafísica) de la causalidad como un paso <italic>necesario</italic> de la causa
        al efecto. La diferencia radica más bien en la comprensión de dicho proceso causal, siendo
        entendido por los primeros modernos como el paso de la potencia al acto en un sentido
        distinto del aristotélico (Hobbes y Leibniz) y posteriormente como una conexión entre dos
        sucesos temporales (v.g. Kant o Laplace).</p>
  <p>Por otra parte, la peculiaridad del siglo XVIII fue la defensa del determinismo dentro de la
        cosmología newtoniana. Aunque la mecánica racional de Newton no fue intrínsecamente
        determinista (ni él la edificó de ese modo), algunos de sus seguidores fundamentaron las
        leyes newtonianas del movimiento sobre una teoría determinista de la causalidad entendida
        como “ley necesaria de sucesión de fenómenos”. Algunas formulaciones de estas tesis son las
        de Holbach Condorcet, Wolff o Kant —para la causalidad natural—, aunque la más conocida es
        la que ofrece Laplace en su <italic>Ensayo filosófico sobre las probabilidades</italic> de
        1814:</p>
  <p>“Todos los acontecimientos, incluso aquellos que por su insignificancia parecen no atenerse a
        las grandes leyes de la naturaleza, no son sino una secuencia tan necesaria como las
        revoluciones del sol. Al ignorar los lazos que los unen al sistema total del universo, se
        los ha hecho depender de causas finales o del azar, según que ocurrieran o se sucedieran con
        regularidad o sin orden aparente, pero estas causas imaginarias han ido siendo descartadas a
        medida que se han ido ampliando las fronteras de nuestro conocimiento, y desaparecen por
        completo ante la sana filosofía que no ve en ellas más que la expresión de nuestra
        ignorancia de las verdaderas causas”<xref ref-type="fn" rid="fn4">4</xref>.</p>
  <p>Bajo esta formulación, Laplace defiende una incompatibilidad entre causalidad y azar. No se
        trata de que a todo efecto le preceda una causa, sino que dada una causa, debe producirse
          <italic>necesariamente</italic> un único efecto. El azar, por tanto, no es más que la
        ignorancia de las auténticas causas por las que se produce dicho efecto. Esta tesis no se
        deriva de las leyes de Newton, sino que estas son interpretadas a la luz de esta formulación
        determinista del principio de causalidad. Por esta razón, aunque el determinismo laplaciano
        se formule dentro de la mecánica newtoniana, se fundamenta en un supuesto metafísico: el
        concepto de causa como conexión necesaria entre fenómenos.</p>
  <p>No obstante, antes de todos estos autores, una formulación muy similar fue dada por el filósofo
        natural jesuita de origen croata Ruđer Josip Bošković (traducido al italiano como
          <italic>Ruggero Giuseppe Boscovich</italic>). En este autor, menos conocido que los
        anteriormente mencionados, puede encontrarse una formulación temprana del determinismo que
        compartirá muchos puntos en común con las de Kant o Laplace. Sin embargo, hay ciertas
        diferencias que lo distinguen de otros filósofos y científicos coetáneos o posteriores, como
        su peculiar teoría “atomista” de la materia como puntos inextensos (sumamente influyente en
        las ontologías dinamicistas posteriores<xref ref-type="fn" rid="fn5">5</xref>) o su aparente
        rechazo de ciertos principios que sustentaron el determinismo ilustrado (particularmente el
          <italic>principio de razón suficiente</italic>, base del determinismo de gran parte de los
        ilustrados y científicos del XVIII, incluido Laplace).</p>
  <p>El objetivo de este artículo será examinar la posición de Boscovich dentro del determinismo del
        siglo XVIII, atendiendo a las bases filosóficas de su teoría física, a su formulación del
        determinismo y a los principios en los que parece sustentarse. Para ello, me centraré en su
        obra <italic>Theoria philosophiae naturalis</italic> de 1758, que sintetiza todos los
        principios de su filosofía natural elaborados en trabajos anteriores, como <italic>De
          viribus vivis</italic>, <italic>De lumine</italic>, <italic>De lege
        continuitatis</italic>, <italic>De lege virium in natura existentium</italic>… En este
        peculiar filósofo natural se puede apreciar la naturaleza metafísica del determinismo
        ilustrado, pues sus argumentos no solo serán de naturaleza filosófica —no
        físico-matemática—, sino que incluso él mismo señalará la imposibilidad de fundamentar una
        teoría determinista en meras leyes del movimiento. Por tanto, se examinarán sus supuestos
        para mostrar su coincidencia con otras formulaciones posteriores, especialmente la de
        Laplace.</p>
</sec>
<sec id="sec2">
  <title>1. La ley de fuerzas de Boscovich y su doble influencia</title>
  <p>La filosofía natural de Boscovich, tal como lo señala él mismo al comienzo de su obra,
        constituye “un sistema que está a medio camino entre el de Leibniz y el de Newton”<xref
          ref-type="fn" rid="fn6">6</xref>. En gran medida, su teoría de las fuerzas y las leyes del
        movimiento son herederas de la mecánica newtoniana, pues rechaza la mayoría de los elementos
        de la metafísica leibniziana (v.g. su teoría de la sustancia, las causas finales o su noción
        de “mejor de los mundos posibles”). Sin embargo, se distancia de otros seguidores de Newton
        en asumir una crítica del atomismo muy similar a la leibniziana y en reducir sus tres
        principios del movimiento a una única “ley de fuerzas” (<italic>lex virium</italic>) que
        explique todos los procesos del universo<xref ref-type="fn" rid="fn7">7</xref>.</p>
  <p>No obstante, a pesar de la declaración de síntesis entre Leibniz y Newton, conviene matizar que
        las fuentes de Boscovich siguen siendo objeto de debate. Su formación se produjo
        principalmente en el Colegio Romano, donde Orazio Borgondia le enseñó matemáticas y le
        introdujo en el estudio de la ciencia natural. Aunque su educación se orientó a la filosofía
        y a los saberes humanísticos, a partir de la década de 1730 su trabajo se centró en la
        física (en aquel entonces denominada <italic>philosophia naturalis</italic>), estudiando
        detenidamente los <italic>Principia</italic> y la <italic>Óptica</italic><xref ref-type="fn"
          rid="fn8">8</xref>. En este sentido, su trabajo se situó dentro de la cosmología
        newtoniana, pero con ciertas diferencias con otros científicos y filósofos de su época
        (británicos y franceses)<xref ref-type="fn" rid="fn9">9</xref>.</p>
  <p>En un sentido más filosófico, Boscovich pareció recibir influencia de Leibniz en lo que
        respecta a su teoría de la materia. No resulta fácil saber qué escritos leyó del filósofo
        alemán o qué tesis pudo asumir por parte de discípulos suyos, tal como sugieran algunos
        pasajes de la <italic>Theoria</italic><xref ref-type="fn" rid="fn10">10</xref>. También cabe
        destacar que la polémica con los seguidores de Newton —especialmente Clarke— pudo influir en
        la forma en que el jesuita recibió las tesis del autor de la <italic>Teodicea</italic>,
        sobretodo en lo que respecta al principio de razón suficiente.</p>
  <p>En cualquier caso, hay dos aspectos que, si bien Boscovich pudo no aprenderlos directamente de
        Leibniz, muestran ciertas similitudes con su pensamiento. El primero, y aparentemente más
        claro, es la importancia de la ley de continuidad. De esta se derivan, de modos distintos,
        la impenetrabilidad de la materia y el rechazo del concepto de átomo como cuerpo extenso o
        duro. El segundo, más sujeto a discusión, es la noción de “puntos materiales”, pues si bien
        presenta ciertas similitudes con la mónada leibniziana, se trata de conceptos bastante
        distintos. Los “puncta”, en sentido boscoviano, no son substancias ni poseen las
        características propias de las mónadas.</p>
  <p>Según ha señalado Baldini<xref ref-type="fn" rid="fn11">11</xref>, el origen de estas ideas
        pudo ser el cardenal Juan Bautista Tolomei, rector del Colegio Romano en el que Boscovich
        estudió. Este autor reinterpretó varios elementos de la escolástica aristotélica para
        acomodarlos a las nociones de “puntos materiales” y de “impenetrabilidad” de la materia en
        su obra <italic>Philosophia mentis et sensuum secundum utramque Aristotelis methodum
          pertractata metaphysice et empirice</italic>, publicada en 1696 y reimpresa en Alemania en
        1698. Leibniz pudo conocerla, pues se sabe que mantuvo correspondencia con Tolomei, aunque
        se desconoce si discutieron esta problemática.</p>
  <p>Resulta plausible que Boscovich aprendiera estas nociones durante su formación con los
        jesuitas, pero las referencias a Leibniz y sus seguidores parecen sugerir que las asimiló a
        través de ellos. De ahí que nombre al filósofo alemán —junto a Newton— como una de las
        fuentes de su obra, y que constantemente entre en discusiones con varios aspectos de la
        metafísica leibniziana. Ello no obsta para que resulta plausible la influencia de los
        jesuitas, especialmente si atendemos a que el propio Leibniz, según confesó él mismo, tomó
        varios elementos de la metafísica escolástica, como su noción de “forma substancial”.</p>
  <p>Ahora bien, puesto que el tema central de este escrito es el determinismo, atenderé a aquellos
        elementos que pudiesen influir en las posturas filosóficas de Boscovich relativas a este
        asunto. En el apartado segundo se expondrán las discusiones sobre el principio de razón
        suficiente, la causalidad o el azar, mientras que en este se examinará la filosofía natural
        del jesuita con el fin de examinar si de estos cabe derivar el determinismo.</p>
  <sec id="sec2.1">
    <title>a) Herencia de Leibniz: crítica del atomismo</title>
    <p>En su obra de juventud <italic>Hypothesis physica nova</italic>, Leibniz había defendido una
          cosmovisión atomista similar a la de Gassendi, pero la terminó rechazando al desarrollar
          su teoría de las substancias como mónadas. Conservó la idea de que debían existir unidades
          elementales o básicas que conformaran la realidad, pero negó que pudiesen ser materiales.
          Para ello, recurrió a dos argumentos principales: uno basado en la divisibilidad de la
          materia y otro basado en la ley de continuidad. El primero es expresado en su
            <italic>Nuevo sistema de la naturaleza</italic> del siguiente modo:</p>
    <p>“Por eso, para encontrar estas <italic>unidades reales</italic>, me vi obligado a recurrir a
          un <italic>punto real</italic> y <italic>animado</italic>, por decirlo de algún modo, o a
          un átomo de substancia que debe encerrar algo de forma o de actividad, para constituir un
          ser completo. En efecto, un ser material no puede ser al mismo tiempo material y
          completamente indivisible o dotado de una verdadera unidad. Se hizo preciso, pues, acudir
          de nuevo y como rehabilitar las <italic>formas substanciales</italic>, tan desacreditadas
          hoy día, pero de un modo que las hiciese inteligibles y separar el uso debido del abuso
          que se ha hecho de ellas”<xref ref-type="fn" rid="fn12">12</xref>.</p>
    <p>Lo que Leibniz argumenta es que las unidades reales no pueden ser puntos materiales, pues lo
          material no cumple dos requisitos: ser activo e indivisible. La materia, desde la
          perspectiva leibniziana, es un ente puramente pasivo que requiere de una cierta formalidad
          para moverse (razón por la cual considera la “impenetrabilidad” como el rasgo esencial de
          la materia), por lo que las unidades constitutivas de la realidad no pueden ser átomos
          materiales. Por el contrario, dichas unidades reales deben ser “formas substanciales” que
          conformen la esencia de cada individuo unitario.</p>
    <p>Una de las bases sobre las que Leibniz argumenta esta tesis es la <italic>ley de
            continuidad</italic>, que considera un principio necesario del movimiento material.
          Ningún proceso físico puede producirse de manera repentina o abrupta, sin cambios
          graduales que permitan pasar de un estado de la materia a otro. Por ello formula esta ley
          con la expresión clásica <italic>Natura non facit saltus</italic> (la naturaleza no da
          saltos), y de ella deriva las dos propiedades que asigna a la materia: impenetrabilidad e
          inercia. Si los cuerpos no poseen la capacidad de recibir un choque o acción, no habría
          continuidad entre la cadena causal de movimientos físicos y, por tanto, se debería
          postular que cada movimiento surge <italic>ex nihilo</italic>.</p>
    <p>De acuerdo con Leibniz, dicha ley es incompatible con una teoría atomista de la materia. Si
          existen cuerpos indivisibles (los átomos) estos deben ser duros e indestructibles, por lo
          que no tienen <italic>elasticidad</italic>; si no tienen elasticidad, su movimiento se
          produce por saltos, no de forma gradual. Si dos cuerpos duros chocan, dicho contacto
          produciría un cambio abrupto de movimiento al no haber una elasticidad que permita recibir
          el impacto. Por tanto, el choque de dos átomos implicaría un cambio abrupto o “salto” en
          el movimiento, violando así la ley de continuidad:</p>
    <p>“Supongamos que existen los átomos, es decir, cuerpos sumamente duros y, por tanto,
          inflexibles: es evidente que se produciría un cambio instantáneo, o mediante un salto,
          pues el movimiento directo se hace retrógrado en el mismo momento de choque, a no ser que
          supongamos que inmediatamente después del choque se paran los cuerpos, esto es, que
          pierden su fuerza, lo que, además de que por otra parte sería absurdo, de nuevo supondría
          una mutación mediante un salto, en efecto momentánea, desde el movimiento al reposo, y no
          en cambio un salto por pasos intermedios”<xref ref-type="fn" rid="fn13">13</xref>.</p>
    <p>La filosofía natural de Boscovich comparte en gran medida esta crítica del atomismo. A su
          juicio, resulta absurdo afirmar que los elementos constitutivos de la materia tengan masa
          o extensión. Por el contrario, tales elementos o “átomos” deben ser puntos inextensos
            (<italic>puncta</italic>) en los que se ejerzan las fuerzas de atracción y repulsión. De
          la interacción entre estos <italic>puncta</italic> surgirían las demás propiedades de la
          materia, como la extensión, la masa o la impenetrabilidad. Así lo señala él mismo:</p>
    <p>“Los elementos primarios de la materia son, en mi opinión, puntos perfectamente indivisibles
          y no extensos; están tan dispersos en un inmenso vacío que cada dos de ellos están
          separados el uno del otro por un intervalo definido; este intervalo puede aumentarse o
          disminuirse indefinidamente, pero nunca puede desaparecer del todo sin compenetración de
          los puntos mismos; pues no admito como posible ningún contacto inmediato entre ellos. Por
          el contrario, considero que es una certeza que, si la distancia entre dos puntos de la
          materia llega a ser absolutamente nada, entonces el mismo punto indivisible del espacio,
          de acuerdo con la idea habitual de él, debe ser ocupado por ambos juntos, y tenemos una
          verdadera compenetración en todos los sentidos. Por lo tanto, no admito la idea de vacío
          intercalado entre la materia, sino que considero que la materia está intercalada en el
          vacío y flota en él”<xref ref-type="fn" rid="fn14">14</xref>.</p>
    <p>También como Leibniz, Boscovich fundamenta su tesis en la ley de continuidad, crucial dentro
          de su propuesta. Si la dureza fuese una propiedad esencial de los cuerpos, entonces dicha
          ley sería abolida. Al chocar tales cuerpos, la diferencia en la cantidad de movimiento
          antes y después del choque sería abrupta, pues no poseerían una propiedad que permitiera
          el tránsito de un estado a otro. Incluso si se afirma que los cuerpos son “interiormente”
          duros, pero “exteriormente” elásticos o flexibles, la objeción persistiría: no podría
          explicarse la interacción entre las partes sólidas y las elásticas salvo por cambios
          abruptos. Por tanto, la ley de continuidad implica para ambos autores la imposibilidad de
          que la materia esté compuesta de cuerpos duros e indivisibles, aunque sus alternativas
          sean distintas<xref ref-type="fn" rid="fn15">15</xref>.</p>
    <p>Respecto al origen de estas tesis, Boscovich señala que la idea de unos elementos inextensos
          de la materia es tomada de Leibniz: “En efecto, [mi teoría] se atiene a los elementos
          primarios simples y perfectamente no extendidos sobre los que se funda la teoría de
            Leibniz”<xref ref-type="fn" rid="fn16">16</xref>. Sin embargo, existen notables
          diferencias entre ambas propuestas, por lo que el origen del concepto de “punto material”
          puede deberse a su formación en el Colegio Romano, como antes se ha señalado. Los
            <italic>puncta</italic> boscovianos no son substancias ni su dinamismo es el que Leibniz
          atribuye a las mónadas, pues las fuerzas a las que están sometidas se entienden en un
          sentido más cercano a la mecánica newtoniana que al concepto metafísico de potencia.</p>
    <p>Leibniz recuperó las nociones aristotélicas de “potencia” y “acto” mediante el concepto de
          “fuerza”, entendida como la capacidad de una substancia de actuar o de actualizar su
          propia forma. Puesto que las mónadas leibnizianas no pueden interactuar entre sí, el
          concepto de fuerza fue asimilado a la “potencia activa” de Aristóteles, pero no a la
            “pasiva”<xref ref-type="fn" rid="fn17">17</xref>. Boscovich, por el contrario, al
          rechazar los conceptos aristotélicos de “potencia”, “acto” o “substancia”, entendió las
          fuerzas en el sentido newtoniano de la capacidad de atracción de los cuerpos (pero
          aplicado a su teoría de los <italic>puncta</italic>).</p>
    <p>De hecho, al señalar las discrepancias entre ambas teorías, Boscovich rechaza aquellos
          elementos de la física leibniziana (la inadmisión de una extensión continua y la
          homogeneidad de los elementos materiales) que, a su juicio, se derivan de los principios
          de identidad y razón suficiente, como la inadmisión de una extensión continua o la
          homogeneidad de los puntos materiales. “Contra esta homogeneidad y simplicidad, el
          principio de los indiscriminables y la doctrina de la razón suficiente, tan larga y
          fuertemente defendida por los seguidores de Leibniz, no pueden, al menos en mi opinión,
          servir en el más mínimo grado”<xref ref-type="fn" rid="fn18">18</xref>. Más adelante se
          discutirá el tratamiento boscoviano de este principio, pues será el fundamento del
          determinismo de casi todos los científicos y filósofos del siglo XVIII.</p>
    <p>En este sentido, a pesar de tomar elementos de la dinámica leibniziana, la propuesta de
          Boscovich es newtoniana en sus fundamentos. La propia ley de continuidad, aunque pueda
          haberla aprendido de Leibniz o de los jesuitas, es demostrada a partir de su teoría de las
          fuerzas, cuyo modo de entenderlas es claramente newtoniana<xref ref-type="fn" rid="fn19"
            >19</xref>. Ello no obsta para que la tesis que busca defender con ella —la
          impenetrabilidad como rasgo definitorio de la materia— sea una tesis desarrollada por
          Leibniz.</p>
  </sec>
  <sec id="sec2.2">
    <title>b) Herencia de Newton: la ley de fuerzas del universo</title>
    <p>En cuanto a los aspectos newtonianos de su teoría,
            Boscovichutilizaelconceptonewtonianode“fuerza”<xref ref-type="fn" rid="fn20">20</xref> e
          intenta sintetizar las tres leyes de Newton en una sola “ley de fuerzas” (<italic>lex
            virium</italic>)<xref ref-type="fn" rid="fn21">21</xref>. Esta ley postula que, además
          de la atracción, los <italic>puncta</italic> poseen una fuerza repulsiva que debe
          reducirse en distancias mayores y aumentar a distancias menores para que nunca entren en
            contacto<xref ref-type="fn" rid="fn22">22</xref>. Esta ley, según su autor, se aplica a
          todos los movimientos materiales del universo a nivel microscópico.</p>
    <p>Sin embargo, la herencia de Newton no solo radica en su mecánica racional, sino también en la
            <italic>filosofía experimental</italic> expuesta en el Escolio general de los
            <italic>Principia</italic>. Conforme a esta, no cabe indagar cuál sea la causa de las
          fuerzas de atracción o si son propiedades inherentes a la materia. Interesa este punto
          para resaltar que el determinismo no es heredado de la física newtoniana. En una carta a
          Bentley (quien defendió que la fuerza gravitatoria era esencial a la materia), el filósofo
          natural inglés le recriminó haberle atribuido dicha tesis, negando que él supiera la causa
          de la gravedad o si esta es inherente a la materia<xref ref-type="fn" rid="fn23"
          >23</xref>.</p>
    <p>La filosofía natural newtoniana, por el contrario, se limita a estudiar los movimientos y
          fuerzas conforme a principios matemáticos, dejando de lado cualquier discusión metafísica
          acerca de propiedades inherentes o accidentales de la materia<xref ref-type="fn"
            rid="fn24">24</xref>. Esto incluye la cuestión del determinismo, pues, aunque las leyes
          de Newton permitan una predicción precisa, de ellas no se sigue que las relaciones
          causales sean necesarias, sino que ciertos fenómenos se rigen por leyes de choque o de
          atracción. Algunos físicos del XVIII conservaron el espíritu experimental de la física
          newtoniana, como por ejemplo Maupertuis: “Es justo reconocerle a Newton que jamás ha
          considerado la atracción como una explicación de la gravedad de unos cuerpos sobre otros;
          él ha advertido a menudo que no empleaba ese término sino para designar un hecho, y nunca
          una causa”<xref ref-type="fn" rid="fn25">25</xref>.</p>
    <p>Sin embargo, otros optaron por romper los límites de la filosofía experimental newtoniana y
          construir una cosmovisión basada en su teoría de las fuerzas de atracción. Es decir,
          indagaron cuáles deberían ser las propiedades esenciales de la materia (fuerza,
          elasticidad, extensión…) tomando como base la mecánica newtoniana. Así, por ejemplo, Euler
          trata en varias partes de su obra la cuestión de la esencia de la materia, e incluso
          Boscovich y Laplace, en dos maneras distintas, sobrepasaron los límites de la mecánica
          newtoniana a pesar de manifestar su adhesión a la filosofía experimental propugnada por
          Newton.</p>
    <p>Dada la importancia que pudo tener Boscovich para la conformación de las teorías dinamicistas
          de la materia (en las que la fuerza es un elemento substancial), podría pensarse que el
          Jesuita sobrepasó los límites de la filosofía experimental newtoniana asignando a la
          materia propiedades esencialmente activas, mientras que otros (v.g. Euler o Laplace), más
          cercanos al mecanicismo, optarían por propiedades más pasivas como la impenetrabilidad o
          la elasticidad.</p>
    <p>Sin embargo, atendiendo a la <italic>Theoria philosophiae naturalis</italic>, esta
          interpretación no es correcta. Para Boscovich, el elemento más fundamental de la materia
          no es la fuerza, sino los <italic>puncta</italic>, a los que caracteriza como inextensos,
          homogéneos, indivisibles y, como señala Guzzardi, <italic>dotados de fuerza</italic><xref
            ref-type="fn" rid="fn26">26</xref>. Consecuentemente, la fuerza no puede ser
          identificada con tales puntos, sino que se trata de dos realidades distintas. Ahora bien,
          acerca de si la fuerza es inherente a la materia o si, por el contrario, es “añadida” por
          Dios a la misma, el Jesuita evita pronunciarse al respecto<xref ref-type="fn" rid="fn27"
            >27</xref>. Por tanto, no cabe atribuirle autor la tesis de que la fuerza sea inherente
          a la materia o un elemento substancial de la misma. Fuerza y materia son más bien
          realidades distintas, cuya relación no es especificada dentro de la filosofía natural
          boscoviana.</p>
    <p>Ahora bien, esto no significa que el Jesuita sea totalmente fiel a la filosofía experimental
          propugnada por Newton. Como el autor de los <italic>Principia</italic>, rechaza indagar
          cuál sea la causa de la fuerza o si es inherente o no a la materia, pero su teoría parte
          de una cierta caracterización de los elementos materiales como inextensos e indivisibles,
          con lo cual estas propiedades sí parecerían pertenecer a la esencia de la materia.
          Cuestión distinta es que la materia se reduzca a ellas, pues al no pronunciarse sobre el
          estatuto de la fuerza, queda sin especificar si la fuerza es extrínseca o intrínseca a
          ellas.</p>
    <p>De la misma manera, el determinismo defendido por Boscovich —como más adelante se examinará—
          resulta imposible de defender desde la filosofía experimental newtoniana. Si nos atenemos
          a esta, no cabe indagar cuál sea el orden causal del universo, sino solo los principios
          matemáticos que rigen el movimiento de los cuerpos. Consecuentemente, para postular la
          existencia de relaciones necesarias de causa y efecto es necesario sobrepasar los límites
          de dicha filosofía experimental.</p>
    <p>Prueba de esto es que Laplace, varias décadas más tarde, se mostró partidario de la filosofía
          experimental newtoniana sin abandonar por ello el determinismo. En su <italic>Exposición
            del sistema de mundo</italic> sostuvo que “la ignorancia en que nos hallamos acerca de
          las propiedades íntimas de la materia hace que nos detengamos y nos priva de toda
          esperanza de responder satisfactoriamente a estas preguntas”<xref ref-type="fn" rid="fn28"
            >28</xref>, e incluso evita otorgar al concepto de “fuerza” un estatuto ontológico
            determinado<xref ref-type="fn" rid="fn29">29</xref>.</p>
    <p>A diferencia de Boscovich, Laplace si extenderá las leyes que rigen las fuerzas a todo
          proceso material. Tales fuerzas serán entendidas por el francés como magnitudes que
          describen la interacción entre los cuerpos, tanto a nivel microscópico (fenómenos
          químicos, térmicos, lumínico-corpusculares…) como macroscópico (planetas, estrellas,
            galaxias…)<xref ref-type="fn" rid="fn30">30</xref>. En este sentido, aunque evite
          pronunciarse sobre la “esencia” de la materia, su programa y cosmovisión determinista
          presuponen la inherencia de las “leyes del movimiento” a todo proceso material.</p>
    <p>No obstante, a pesar de estas diferencias en el concepto de fuerza o en la extensión de las
          leyes del movimiento, tanto Boscovich como posteriormente Laplace compartirán una
          formulación similar del determinismo. Ambos expondrán pasajes muy similares en los que
          presentan la famosa metáfora de un intelecto capaz de calcular el cualquier estado futuro
          del universo y defenderán explícitamente la oposición entre causalidad y azar. La
          diferencia entre ambos será el tratamiento dado al principio de razón suficiente.</p>
  </sec>
</sec>
<sec id="sec3">
  <title>2. Fundamentos del determinismo de Boscovich</title>
  <p>La posición filosófica de Boscovich puede calificarse de “determinista” por varios motivos. Uno
        de ellos, muy comentado por sus estudiosos, es un pasaje de la <italic>Theoria</italic> en
        el que presenta una imagen muy similar a la que usará Laplace en 1814, hasta el punto de que
        parecer un plagio<xref ref-type="fn" rid="fn31">31</xref>. El pasaje recogido por el Jesuita
        postula que una inteligencia capaz de conocer todos los <italic>puncta</italic> en un
        instante dado sería capaz, a partir de la ley de fuerzas, de predecir todos los movimientos
        posteriores que de ellos se derivarían:</p>
  <p>“Ahora bien, si se conociera la ley de las fuerzas y la posición, velocidad y dirección de
        todos los puntos en un instante dado, una mente de este tipo podría prever todos los
        movimientos y estados subsiguientes necesarios y predecir todos los fenómenos que
        necesariamente se derivarían de ellos. Sería posible, a partir de un solo arco descrito por
        cualquier punto en un universo de tiempo continuo, por pequeño que fuera, suficiente para
        que una mente lo comprendiera, determinar la totalidad del resto de dicha curva continua,
        continuada hasta el infinito a ambos lados”<xref ref-type="fn" rid="fn32">32</xref>.</p>
  <p>De la misma manera, Laplace sostendrá que una inteligencia capaz de conocer el estado del
        universo podrá predecir todo acontecimiento futuro sin dificultad:</p>
  <p>“Así pues, hemos de considerar el estado actual del universo como el efecto de su estado
        anterior y como la causa del que ha de seguirle. Una inteligencia que en un momento
        determinado conociera todas las fuerzas que animan a la naturaleza, así como la situación
        respectiva de los seres que la componen, si además fuera lo suficientemente amplia como para
        someter a análisis tales datos, podría abarcar en una sola fórmula los movimientos de los
        cuerpos más grandes del universo y los del átomo más ligero; nada le resultaría incierto, y
        tanto el futuro como el pasado estarían presentes ante sus ojos”<xref ref-type="fn"
          rid="fn33">33</xref>.</p>
  <p>A pesar de las claras similitudes entre ambos pasajes, cabe aclarar que la metáfora de una
        inteligencia capaz de calcular cualquier suceso futuro del universo, con distintas
        variaciones y matices, era común entre los científicos y filósofos del siglo XVIII. Ya en el
        escrito de Leibniz <italic>Del destino</italic> (de 1695) encontramos una metáfora similar
        aplicada a Dios<xref ref-type="fn" rid="fn34">34</xref>. Posteriormente, entre Boscovich y
        Laplace, habría otras formulacione parecidas por parte de Maupertuis<xref ref-type="fn"
          rid="fn35">35</xref>, Condorcet<xref ref-type="fn" rid="fn36">36</xref> e incluso Kant en
        la <italic>Crítica de la razón práctica</italic><xref ref-type="fn" rid="fn37">37</xref>.
        Por tanto, el astrónomo francés pudo haberla aprendido de otra fuente distinta del
        Jesuita.</p>
  <p>Sin embargo, el fundamento del determinismo no reside en la capacidad predictiva de un
        hipotético <italic>intellectus archetypus</italic> capaz de predecir todo suceso futuro. En
        el caso de Laplace, el objeto de tal metáfora fue ilustrar la tesis que estaba defendiendo,
        no fundamentarla en una hipotética inteligencia capaz de conocer plenamente las propiedades
        físicas de todos los cuerpos del universo. Lo mismo puede aplicarse al Jesuita, pues su
        formulación del determinismo no se produce en el contexto del pasaje que antecede al demonio
        laplaciano, sino en su rechazo de la existencia del azar. Quitando las razones teológicas,
        tal rechazo se apoya principalmente en la incompatibilidad entre causalidad y azar. No
        obstante, la propuesta boscoviana de 1758 presenta una importante diferencia con la
        laplaciana de 1814: su rechazo, al menos aparente, del principio de razón suficiente como
        axioma de las leyes del movimiento.</p>
  <sec id="sec3.1">
    <title>a) Inexistencia del azar</title>
    <p>En el apéndice de la <italic>Theoria philosophiae naturalis</italic> (dedicado a cuestiones
          metafísicas), Boscovich ofrece varios argumentos contra la existencia del azar, es decir,
          sucesos fortuitos o sin una aparente conexión causal (entendida como “determinista”) con
          sus antecedentes. Su motivación, no obstante, es de naturaleza teológica, pues intenta
          demostrar que el universo no puede haber surgido por ni por azar ni por una necesidad
          intrínseca (es decir, la no-necesidad de Dios para explicar el cosmos). Por el contrario,
          el universo solo puede haber surgido por la voluntad de un creador que lo dotara de un
          orden determinado.</p>
    <p>El argumento que recoge Boscovich en favor del azar se basa en la eternidad del universo: si
          el universo es infinito y eterno, en un momento dado todas sus posibles combinaciones
          entre átomos podrían haber originado un universo ordenado. Del mismo modo que si tenemos
          un número infinito de letras que combinamos infinitas veces podemos obtener la
            <italic>Eneida</italic> de Virgilio, un número infinito de átomos combinándose
          eternamente puede dar lugar a un universo completamente ordenado<xref ref-type="fn"
            rid="fn38">38</xref>. Este argumento parte del presupuesto de que, en un tiempo
          infinito, la probabilidad de que surja un universo ordenado es prácticamente
          necesaria.</p>
    <p>Boscovich ofrece varios argumentos contra esta tesis, aunque el más interesante para los
          fundamentos de su determinismo es el primero. La tesis del azar presupone la existencia de
          sucesos realmente fortuitos o azarosos, pero esto es imposible por la causalidad natural.
          A todo suceso le debe preceder una causa, por lo que postular sucesos fortuitos o azarosos
          es ignorar sus causas. Como Laplace medio siglo después, el Jesuita sostiene que el azar
          es un efecto de nuestra ignorancia, no del propio orden natural:</p>
    <p>“Aquí, en primer lugar, yerran en el hecho de que consideran que hay algo que es en sí mismo
          verdaderamente fortuito; porque todas las cosas tienen causas definidas en la Naturaleza,
          de las que surgen; y por lo tanto algunas cosas son llamadas por nosotros fortuitas,
          simplemente porque somos ignorantes de las causas por las que su existencia está
            determinada”<xref ref-type="fn" rid="fn39">39</xref>.</p>
    <p>De acuerdo con la tesis defensora del azar, si el universo es infinito y eterno, en un
          momento dado las posibles combinaciones de átomos habrían dado lugar a un universo
          ordenado. La imposibilidad de esta tesis radica en presuponer la existencia de sucesos
          realmente fortuitos o azarosos. Si a todo suceso le debe preceder una causa, entonces es
          imposible que haya existido un momento en el que el universo haya podido pasar del
            <italic>caos</italic> al <italic>orden</italic>, pues para ello habría que rechazar el
          principio de causalidad.</p>
    <p>Sin embargo, Boscovich considera igualmente imposible la tesis opuesta: la <italic>ley de
            fuerzas</italic> es insuficiente para producir un universo ordenado conforme a
          relaciones causales deterministas. En sí misma, la ley de fuerzas solo describe una
          relación algebraica entre las fuerzas que emanan de los <italic>puncta</italic>, pero de
          ella no se sigue que dichas relaciones sean <italic>necesarias</italic>. La propia ley de
          fuerzas, según indica su autor, solo se da entre dos puntos, pero no entre un número mayor
          de ellos. Así lo expresa él mismo:</p>
    <p>“En primer lugar, es muy difícil ver cómo un hombre puede persuadirse seriamente de que una
          ley particular de fuerzas, que un punto particular tiene con respecto a otro punto
          particular, debe ser posible y necesaria, de modo que, por ejemplo, a una distancia
          particular los puntos se atraigan en vez de repelerse, y se atraigan con una atracción
          mucho mayor que con la que atraen a los demás. En verdad, no hay aparentemente ninguna
          conexión entre una distancia tan grande y una fuerza tan grande de que no pueda haber otra
          en estas circunstancias; y que la voluntad de un Ser con infinito poder determinante no
          eligiera uno en particular en vez de otro para estos puntos, o que no los sustituya por
          puntos que, por su propia naturaleza, si se quiere decir así, requieren el primero, otros
          puntos que también por su naturaleza requieren esa otra conexión”<xref ref-type="fn"
            rid="fn40">40</xref>.</p>
    <p>Puesto que el determinismo se predica de todo el orden del cosmos, es necesario postular un
          principio metafísico por el que determinar si el universo es causalmente determinista o
          no. Boscovich, a mi juicio, acierta en este punto respecto a la naturaleza del
          determinismo: de las leyes de fuerzas, ya sea la suya o las de Newton, no se sigue la
          necesidad de todo proceso causal. Más bien, tanto en el Jesuita —como luego en Laplace—,
          el determinismo exige que tales leyes se fundamenten en una formulación determinista del
          principio de causalidad.</p>
    <p>La cuestión, entonces, en cuál es el fundamento del determinismo boscoviano. Algunas de las
          formulaciones más conocidas del siglo de las luces, como las de Kant o Laplace, parten del
          principio de razón suficiente, reducido al de causalidad. Aunque la formulación de este
          principio se debe a Leibniz, su uso en el siglo XVIII se debió al tratamiento dado por los
          discípulos de Wolff. De ahí que el principio que originariamente regía las “verdades de
          hecho” pasará a ser un axioma fundamental de la física. No obstante, al tratar este
          principio, Boscovich se muestra contario al mismo, considerándolo inútil e incompatible
          con la libertad divina. Por ello, conviene examinar brevemente la evolución de este
          principio y su papel en las propuestas deterministas de científicos y filósofos coetáneos
          y posteriores al jesuita.</p>
  </sec>
  <sec id="sec3.2">
    <title>b) Determinismo y Principio de razón suficiente</title>
    <sec id="sec3.2.1">
      <title>i. La formulación leibniziana</title>
      <p>El principio de razón suficiente, junto con el de contradicción, fue uno de los fundamentos
            de la metafísica leibniziana. Aunque dio varias formulaciones, la más conocida es la que
            ofrece en la <italic>Monadología</italic>, que a su vez recoge la expuesta en la
              <italic>Teodicea</italic>: “No puede hallarse ningún verdadero hecho o existente ni
            ninguna enunciación verdadera sin que exista una razón suficiente para que sea así y no
            de otro modo”<xref ref-type="fn" rid="fn41">41</xref>. La peculiaridad de este principio
            es que en él se contiene el de causalidad, pues la exigencia de que todo tenga una
            “razón suficiente” no se restringe a las proposiciones, sino a los hechos o a la
            existencia de un individuo.</p>
      <p>Si bien la equivalencia entre causa y razón (<italic>causa sive ratio</italic>) es anterior
            a Leibniz<xref ref-type="fn" rid="fn42">42</xref>, él fue quien sintetiza ambos
            conceptos a través de este principio. La razón no solo se reduce a la explicación de
            algo, sino también a la causa de que algo exista en lugar de no existir o a que algo sea
            de un modo determinado en lugar de otro. Por eso, en su <italic>Resumen de
              metafísica</italic>, afirma que “la <italic>causa</italic> no es otra cosa que la
            razón real”<xref ref-type="fn" rid="fn43">43</xref>, y en otro escrito sostiene que
              “<italic>Nada es sin razón</italic> se entiende de la causa eficiente, material,
            formal y final”<xref ref-type="fn" rid="fn44">44</xref>.</p>
      <p>Aunado a esto, Leibniz ya estableció una clara oposición entre causalidad y azar, que
            reaparecerá —con ciertas diferencias— tanto en Boscovich como en Laplace. La
            inexistencia del azar es una consecuencia del principio de razón suficiente, pues si
            todo está determinado por una causa o razón, la existencia de coincidencias o conexiones
            azarosas implicaría que ciertos efectos no vienen determinados por una causa. En su
            escrito “El destino” recalca que incluso un efecto producido por varias causas es tan
            “infalible” (determinado a producirse) como aquel que se produce por una sola. En
            consecuencia, el azar no puede ser una conexión real, sino el producto de nuestra
            ignorancia:</p>
      <p>“Y este mismo efecto de las nimiedades hace que aquellos que no reflexionan bien sobre las
            cosas se figuren que algo ocurre por casualidad, y no por destino, a pesar de que la
            diferencia no esté en lo que acontece, sino sólo en nuestro entendimiento, que no
            comprende la gran multitud de todas las pequeñeces que pertenecen a cada efecto, sin
            pensar en la causa que no ve, y así se figura que los puntos de los dados salen por
              casualidad”<xref ref-type="fn" rid="fn45">45</xref>.</p>
      <p>En este aspecto, parecería que la formulación leibniziana del principio de causalidad
            (incluido en el de razón suficiente) es idéntica a la que darán Boscovich o Laplace,
            pero sin los elementos más característicos de la metafísica leibniziana, como las cuatro
            causas aristotélicas, la substancia o las nociones de potencia y acto. Sin embargo, hay
            un matiz importante: en el filósofo alemán no resulta claro si el principio de
            causalidad es determinista o en qué sentido lo es.</p>
      <p>La razón reside en la mala fama que tenía el determinismo en la época de Leibniz,
            especialmente en las versiones de Hobbes y Spinoza. La dificultad de dicha tesis residía
            en su aparente incompatibilidad con la libertad humana, así como otras consecuencias
            teológicas relativas al papel de Dios en la existencia del mal. En este contexto, el
            autor de la <italic>Teodicea</italic> intentó distanciarse de estas posturas,
            estableciendo varios matices que permitiera mantener la vigencia del principio de
            causalidad sin eliminar la libertad o reducirla a algo trivial.</p>
      <p>Con el fin de evitar estas consecuencias, Leibniz sostiene que las proposiciones pueden ser
            necesarias en dos sentidos: o bien su opuesto implica contradicción (<italic>necesidad
              absoluta</italic>) o ha sido determinado por las leyes y decretos de Dios
              (<italic>necesidad hipotética</italic> o <italic>moral</italic>), aunque su opuesto
            sea posible. En este sentido, la existencia de este mundo no es necesaria en sentido
            absoluto, pues cabe concebir otros mundos posibles que pudieran haber sido creados. Sin
            embargo, puesto que Dios necesariamente quiere lo mejor, es hipotética o moralmente
            necesario que este mundo fuese creado.</p>
      <p>Bajo esta distinción, Leibniz rechaza la tesis — posteriormente denominada
              <italic>necesitarismo</italic>— según la cual el universo es necesario en sentido
            absoluto, pues al ser uno entre varios posibles, podría no haber sido creado. A
            diferencia de otras proposiciones como “dos más dos son cuatro”, el opuesto de “este
            universo existe” no implica contradicción ni es imposible <italic>per se</italic>.
            Aunado a esto cabe mencionar que, para el filósofo alemán, tanto en la
              <italic>Teodicea</italic> como en la <italic>Monadología</italic>, el principio de
            razón suficiente rige las verdades “de hecho”, es decir, aquellas que son
            contingentes.</p>
      <p>En este sentido, Leibniz se cuida de diferenciar el principio de razón suficiente de una
            necesidad intrínseca a todo el universo. Este principio elimina cualquier existencia
            posible del azar, pues si todo efecto se produce por una causa o razón suficiente, es
            imposible que se produzca por azar. Sin embargo, tal determinación implica, según el
            filósofo alemán, una “inclinación” a ciertos acontecimientos. De ser así, el efecto no
            sería la consecuencia necesaria de una causa, sino más bien aquel que posee mayor
            inclinación o disposición a producirse. Así lo expresa en su <italic>Conversación acerca
              de la libertad y el destino</italic>:</p>
      <p>“Más, si bien no quepa necesidad absoluta alguna en las cosas pasajeras, no puede dejar de
            reconocerse que todo está certera y absolutamente <italic>determinado</italic>. Y que la
            determinación no constituye una necesidad, sino una inclinación mayor hacia lo que
            acontecerá que a cuanto no acontecerá, pudiendo afirmarse así que entre la necesidad y
            la inclinación existe una proporción similar a la que se da en el análisis matemático
            entre la ecuación exacta y los términos límite que proporciona una aproximación. Porque,
            aunque este mundo no sea necesario en modo alguno, dado que hay otras modalidades que no
            implican contradicción, Dios se ha visto determinado a elegir siguiendo la razón más
            perfecta. Además, en el mundo cada causa está determinada a producir cierto efecto en
            tales o cuales circunstancias, e incluso nosotros mismos nos vemos determinados a tomar
            partido al que la balanza de la deliberación (donde caben tanto las razones auténticas
            como las falsas, así como las pasiones) nos incline más. Y es entonces cuando nuestra
            acción será <italic>voluntaria</italic>, pues de lo contrario permanece
              <italic>indeliberada</italic>”<xref ref-type="fn" rid="fn46">46</xref>.</p>
      <p>Consecuentemente, Leibniz intenta evitar la negación de la libertad introduciendo la
            “inclinación” en las razones determinantes que mueven a un sujeto a actuar. Esta
            distinción se aplica claramente a las acciones de sujetos racionales, es decir, aquellas
            en las que interviene la deliberación antes de actuar. Sin embargo, no resulta claro si
            dicha inclinación se aplica a los movimientos de seres noracionales o incluso
            inorgánicos, como el flujo de un rio o la caída de la hoja de un árbol. Entre los
            especialistas, este punto ha sido objeto de discusión. Por ejemplo, Juan Arana afirma
            que “si Laplace es determinista, Leibniz es hiperdeterminista”<xref ref-type="fn"
              rid="fn47">47</xref>, pues su metafísica conlleva a la tesis de que todo está
            entrelazado en una cadena de relaciones necesarias de causa y efecto. Otto Saame, en
            cambio, aunque usa el término “determinista” para calificar la metafísica leibniziana en
            el sentido de que todo está determinado, lo desvincula de cualquier interpretación
            fatalista o determinista en el sentido de relaciones necesarias de causa y efecto<xref
              ref-type="fn" rid="fn48">48</xref>.</p>
      <p>Aunque sea una cuestión difícil, pienso que se podría atribuir a Leibniz un cierto
            determinismo bajo su modo de entender la “certeza” o “infalibilidad” del efecto respecto
            de la causa. Al comienzo de su escrito “Del destino”, comienza estableciendo que los
            efectos son “infalibles” respecto a sus causas, ya sean únicas o múltiples. En
            consecuencia, parecería que, si se produce la causa, el efecto es una consecuencia
            necesaria de la misma, al menos en aquellos seres que obren sin inteligencia:</p>
      <p>“Que todo es producido por un destino fijo es tan cierto como que tres por tres son nueve.
            Pues el destino consiste en que todo está mutuamente entrelazado por una cadena, y es
            tan infalible lo que ocurrirá, antes de que ocurra, como es infalible lo que ha
            ocurrido, una vez que ha ocurrido” <xref ref-type="fn" rid="fn49">49</xref>.</p>
      <p>Consecuentemente, la propuesta leibniziana podría denominarse (siguiendo a Echavarría) un
              <italic>determinismo no necesitarista</italic><xref ref-type="fn" rid="fn50"
            >50</xref>, aunque el problema de la relación necesaria o contingente entre causa y
            efecto no resulte tan claro en sus escritos. En cualquier caso, lo que interesa destacar
            en este trabajo no es la posición de Leibniz respecto al determinismo, sino su
            influencia en los filósofos y científicos del siglo XVIII. A pesar de rechazar la mayor
            parte de los elementos de la metafísica leibniziana, se conservará la expresión
            “principio de razón suficiente” para designar una formulación determinista del principio
            de causalidad.</p>
    </sec>
    <sec id="sec3.2.2">
      <title>ii. Recepción del principio de razón suficiente en Boscovich</title>
      <p>La física newtoniana del siglo XVIIII, así como gran parte de la filosofía ilustrada, tomó
            los principios de razón suficiente y de continuidad para dotar de fundamento a las leyes
            de Newton. Según Arana, dicha transformación se produjo por la mediación de Christian
            Wolff, pues sus trabajos se orientaron a hacer de la metafísica —de inspiración
            leibniziana— una tutela de la nueva física. Dejando de lado las diferencias y
            similitudes entre la metafísica de Leibniz y la de Wolff, la influencia del principio de
            razón suficiente se produjo por Samuel König, en cuyo <italic>Sistema del mundo</italic>
            se propuso la compatibilidad entre la mecánica newtoniana y la metafísica wolffiana<xref
              ref-type="fn" rid="fn51">51</xref>.</p>
      <p>La marquesa de Châtelet, traductora de Newton al francés, aprendió física con König, por lo
            que continuó la fundamentación de la mecánica newtoniana en el principio de razón
            suficiente. Así, en sus <italic>Institutions Physiques</italic>, formuló este principio
            como el entrelazamiento causal de todos los sucesos del universo. Consecuentemente, el
            principio perdió su conexión con la metafísica racionalista para convertirse en una
            formulación determinista del principio de causalidad, a pesar de que este elemento era
            totalmente ajeno a la mecánica y a la filosofía experimental newtoniana.</p>
      <p>Antes de entrar en Boscovich, baste mencionar dos ejemplos para comprobar la importancia de
            este principio en el determinismo del siglo XVIII. Kant, al formular su teoría de la
            causalidad natural, menciona el principio de razón suficiente como fundamento de todo
            conocimiento objetivo de las sucesiones temporales objetivas:</p>
      <p>“Esta regla, que determina algo según su secuencia temporal, se formula así: podemos hallar
            en lo que precede la condición bajo la cual sigue siempre (es decir, de modo necesario)
            el suceso. El principio de razón suficiente, es, pues, el fundamento de la experiencia
            posible, es decir, el fundamento del conocimiento objetivo con respecto a su relación en
            la serie del tiempo”<xref ref-type="fn" rid="fn52">52</xref>.</p>
      <p>De la misma manera, Laplace lo menciona en su famosa
      formulación de 1814, otorgándole el estatus de “axioma” de las
      leyes de la naturaleza:</p>
      <p>“Los acontecimientos actuales mantienen con los que les preceden una relación basada en el
            principio evidente de que una cosa no puede comenzar a existir sin una causa que la
            produzca. Este axioma, conocido con el nombre de <italic>principio de razón
              suficiente</italic>, se extiende incluso a las acciones más indiferentes”<xref
              ref-type="fn" rid="fn53">53</xref>.</p>
      <p>En Boscovich, sin embargo, la presencia de este principio resulta mucho más ambigua. Ya fue
            tratado en sus anotaciones de 1755 a la obra de Benedicto Stay <italic>Philosophia
              recentior</italic>, donde el Jesuita parece aceptarlo con ciertas limitaciones. Admite
            que cada cosa tiene una razón determinante para existir, pero niega que este principio
            pueda aplicarse tan universalmente, como presuponen “los seguidores de Leibniz”. En su
              <italic>Theoria philosophiae naturalis</italic>, sin embargo, muestra una actitud más
            hostil contra este principio, aparentemente rechazándolo por completo para distanciarse
            de la metafísica modal leibniziana.</p>
      <p>La razón de este rechazo es esencialmente teológica. Cuando Dios creó la materia y la dotó
            de una regularidad concreta (la ley de fuerzas) en lugar de otra, no hubo ninguna “razón
            suficiente” para que eligiera este tipo de materia y no otra, pues de haberla, la
            voluntad de Dios no sería libre. Por esta razón, para Boscovich el universo actual no es
            el mejor de los mundos posibles, pues al crearlo, Dios tuvo que renunciar a otras
            perfecciones propias de otros universos. Por tanto, el principio de razón suficiente
            encuentra una clara limitación en la libre voluntad divina, que es el fundamento de la
            realidad.</p>
      <p>“En ese caso, yo, que creo en la suprema libertad del Arquitecto de la Naturaleza, pienso,
            como en todas las demás cosas, que no hay nada más requerido para la razón suficiente de
            su elección más allá de la libre determinación de la Voluntad Divina”<xref ref-type="fn"
              rid="fn54">54</xref>.</p>
      <p>De esta cita, podría interpretarse que Boscovich no niega la validez de principio de razón
            suficiente, sino que solo restringe su aplicabilidad. Al ser incompatible con la
            voluntad divina, el principio de razón suficiente no puede aplicarse a Dios, pero sí a
            la realidad física. Sin embargo, la discusión llevada a cabo en el parágrafo 93 de la
              <italic>Theoria</italic> respecto a la homogeneidad de la materia parece indicar lo
            contrario. La intención de dicho parágrafo es demostrar que la homogeneidad de la
            materia no se deriva de los principios leibnizianos de identidad o de razón suficiente,
            resultando así superfluos.</p>
      <p>Dejando de lado su crítica al principio de identidad, la discrepancia fundamental entre
            Boscovich y Leibniz parece residir en la disputa sobre intelectualismo y voluntarismo
            teológico. Al comienzo del <italic>Discurso de metafísica</italic>, el filósofo alemán
            crítica a aquellos que consideran que las creaciones de Dios (leyes naturales, bondad,
            justicia, belleza…) son arbitrarias, pues al derivarse de su libre voluntad, pudo haber
            elegido otras distintas. Es decir, Leibniz rechaza un voluntarismo en el que la voluntad
            de Dios tenga primacía sobre su intelecto y actué sin razón, optando por la tesis
            contraria:</p>
      <p>“[…] toda voluntad supone una <italic>cierta razón de querer</italic>, o bien que la razón
            es naturalmente anterior a la voluntad. Ese es el motivo por el que encuentro
            enteramente extraña esa expresión de algunos filósofos, que afirman que las verdades
            eternas de la metafísica y de la geometría (y por consiguiente también las reglas de la
            bondad de la justicia y de la perfección) no son más que efectos de la voluntad de Dios,
            mientras que, a mi parecer, son sólo consecuencias de su entendimiento, el cual
            ciertamente no depende en absoluto de su voluntad, lo mismo que tampoco depende de su
              esencia”<xref ref-type="fn" rid="fn55">55</xref>.</p>
      <p>Para Leibniz, en consecuencia, Dios no obra arbitrariamente o sin razón, sino que sus
            propias acciones obedecen al principio de razón suficiente. Boscovich, en cambio, opta
            por la tesis contraria: Dios, en cuanto ser infinitamente libre, no actúa conforme a
            razones, pues eso anularía su libertad. En otras palabras, solo una concepción
            voluntarista de Dios sería compatible con su libre albedrío. A esto el Jesuita añade un
            argumento modal: si todo lo que existe se produjera por la elección racionalmente
            determinada de Dios, entonces lo que existe, habría existido por necesidad y lo que no
            existe, no tendría una posibilidad real de existir, sino que sería imposible. En
            consecuencia, este principio conllevaría al fatalismo:</p>
      <p>“Además, considero que el principio de razón suficiente es
      totalmente falso, y que está calculado para eliminar toda idea del
      verdadero libre albedrío.</p>
      <p>A menos que se asuma la libre elección o la libre determinación como base de la
            argumentación, al discutir la determinación de la voluntad, a menos que éste sea el caso
            de la Voluntad Divina, entonces, cualesquiera cosas que existan, existen porque deben
            hacerlo, y cualesquiera cosas que no existan ni siquiera serán posibles, es decir, con
            alguna posibilidad real, como se demuestra muy fácilmente. Sin embargo, una vez aceptada
            esta idea, es verdaderamente maravilloso cómo tiende a señalar finalmente el camino
            hacia la necesidad fatalista. De ahí que la Voluntad Divina pueda, por su sola voluntad,
            determinarse a la creación de un individuo en vez de otro de entre todo un conjunto de
            cosas exactamente semejantes, y a la colocación de cualquiera de éstas en el lugar en
            que la pone en vez de en el lugar de otra. Pero he discutido estos mismos asuntos más
            extensamente, además de en varios otros lugares, en las anotaciones a la
              <italic>Philosophia recentior</italic> de Stay; donde he mostrado que el principio no
            puede ser empleado en aquellos casos en los que es usado y generalmente tan fuertemente
            afirmado. La razón es que no nos son conocidas todas las razones posibles; y, sin
            embargo, ciertamente deberían ser conocidas, para permitirnos emplear el principio
            afirmando que no hay razón suficiente a favor de esto en vez de aquello otro”<xref
              ref-type="fn" rid="fn56">56</xref>.</p>
      <p>Cabe aclarar que la argumentación de Boscovich no es del todo correcta, pero sí en parte.
            Como ya se ha indicado, Leibniz se cuidó de indicar que su propuesta ni anulaba la
            libertad divina ni desembocaba en la tesis de que la creación del universo fuese
            necesaria, al menos en sentido absoluto. Al ser un mundo “posible”, Dios podría haber
            creado otros distintos, pues la existencia del mismo no es necesaria en el sentido de
            que su opuesto sea imposible o contradictorio. Ahora bien, la existencia del mundo si es
            necesaria en sentido moral, en tanto que Dios obra siempre queriendo lo mejor. De lo
            contrario, la libertad divina se mantendría al precio de situar la causa del universo en
            una voluntad arbitraria y carente de razón. En este sentido, es correcto que había
            cierta necesidad en las acciones de Dios, pero no se trata de una necesidad absoluta,
            sino moral<xref ref-type="fn" rid="fn57">57</xref>.</p>
      <p>Hecha esta aclaración, la cuestión reside en si Boscovich restringe el principio de razón
            suficiente a la realidad física o si, por el contrario, lo rechaza completamente. El
            pasaje antes citado no es del todo claro a ese respecto, pues comienza diciendo que “el
            principio de razón suficiente es totalmente falso” (<italic>Rationis autem sufficientis
              principium falsum omnino esse censeo</italic>), aunque más adelante señala que en su
            recensión del <italic>Philosophia</italic>
            <italic>recentior</italic> de Stay sostuvo que “el principio no puede ser empleado en
            aquellos casos en los que es usado y generalmente tan fuertemente afirmado”, pudiendo
            ser usado en algunos casos (la realidad física) pero no en otros.</p>
    </sec>
  </sec>
  <sec id="sec3.3">
    <title>c) ¿Principio de razón suficiente o ley de continuidad?</title>
    <p>Podría parecer, en este punto, que Boscovich rechaza el principio de razón suficiente para
          hacer depender las relaciones causales de Dios, cayendo en una teoría ocasionalista de la
          causalidad. Sin embargo, su rechazo de lo fortuito apelando al principio de causalidad
          dificulta esta interpretación. Si realmente fuera Dios quien produce todo efecto
          directamente en el mundo, sería ilógico que hubiese argumentado que a todo efecto le
          precede una causa en lugar de recurrir a la voluntad de Dios. Por tanto, su determinismo
          presupone relaciones causales necesarias en el mundo, aun cuando estas sean creadas por
          Dios.</p>
    <p>Otra alternativa, defendida por Boris Kožnjak<xref ref-type="fn" rid="fn58">58</xref>, sería
          que el determinismo de Boscovich se fundamente en la ley de continuidad, aunque con
          modificaciones respecto al uso dado por Leibniz (principalmente la aceptación de la
            <italic>acción a distancia</italic>). Esta ley garantizaría que todos los procesos
          físicos, conforme a la ley de fuerzas, se desarrollaran en una evolución continua que
          determinara la dirección única del universo. Este argumento se basa en un pasaje de la
            <italic>Theoria</italic> donde se señala que “el paso de una posición a otra nunca se
          produce salvo por una progresión continua”<xref ref-type="fn" rid="fn59">59</xref>.</p>
    <p>Sin embargo, a mi juicio la ley de continuidad no es la razón principal del determinismo de
          Boscovich, sino más bien su condición de posibilidad. Esta ley establece que todo cambio o
          proceso se debe producir de manera gradual, sin saltos ni cambios bruscos, de lo cual no
          se sigue el determinismo. Una misma causa podría producir dos efectos distintos sin que
          hubiera una discontinuidad entre ellos, pues la continuidad garantiza en cierto modo la
          conexión entre causa y efecto, pero no la necesidad de dicha conexión. El propio Leibniz,
          en su <italic>Espécimen de dinámica</italic><xref ref-type="fn" rid="fn60">60</xref>, no
          recurre a esta ley para fundamentar el determinismo del mundo físico, sino únicamente para
          mostrar la imposibilidad de dos teorías opuestas a la suya (el atomismo y el
          ocasionalismo).</p>
    <p>Atendiendo al modo en que Boscovich concibe las relaciones causales (y no tanto a su
          valoración de este principio), me atrevería a interpretar que su determinismo lo presupone
          en una formulación muy similar a la que ofrece Leibniz. Boscovich señala que este
          principio no puede aplicarse en todos los casos porque desconocemos las razones por las
          que se produce un fenómeno, con lo cual sería imprudente su uso desmedido. Sin embargo,
          esta limitación ya es señalada por Leibniz en la <italic>Monadología</italic>: “No puede
          hallarse ningún hecho verdadero o existente ni ninguna enunciación verdadera sin que
          asista una razón suficiente para que sea así y no de otro modo, <italic>aun cuando esas
            razones nos puedan resultar, en la mayoría de los casos, desconocidas</italic>”<xref
            ref-type="fn" rid="fn61">61</xref>. Por tanto, la limitación cognitiva de este principio
          es aceptada por ambos autores.</p>
    <p>La diferencia parece residir, más bien, en el alcance de dicho principio. Leibniz lo extiende
          incluso a las propias acciones de Dios, pues de su esencia emana todo el orden armónico de
          la realidad. Boscovich, por el contrario, evita extender este principio a Dios por el
          peligro de anular su libertad, rechazando de la misma manera que el mundo sea necesario en
          sí mismo o que la propia <italic>ley de fuerzas</italic> sea suficiente para postular un
          orden causal necesario. Sin embargo, su argumentación parte más bien de que Dios, en su
          libre creación de la materia, la dotó de una regularidad totalmente necesaria, con lo cual
          el orden de la materia presupone este principio. Dejando de lado el tratamiento del
          determinismo en Leibniz, la diferencia entre ambos autores se sitúa en el alcance del
          principio de razón suficiente (identificado con una teoría necesaria de las relaciones
          causa-efecto) debido a sus discrepancias sobre el intelectualismo o voluntarismo
          divinos.</p>
    <p>Aunque Boscovich sostenga que dicho principio es falso, su formulación del determinismo lo
          presupone. Si a cada suceso le sigue necesariamente un efecto (y <italic>solo</italic> un
          efecto), entonces se presupone que para cada suceso hay una razón para que sea así y no de
          otro modo. Aunque el Jesuita no entre en cuestiones metafísicas más propias del
          racionalismo moderno, su formulación presupone esta necesidad del efecto único respecto a
          la causa conforme a las leyes de la naturaleza. La ley de continuidad, por el contrario,
          no implica este supuesto, sino que a lo sumo lo garantiza.</p>
  </sec>
</sec>
<sec id="sec4">
  <title>Conclusiones</title>
  <p>De lo dicho, se puede concluir que el determinismo defendido por Boscovich, como el de otros
        físicos y filósofos del siglo XVIII y principios del XIX (Holbach o Laplace) se fundamenta
        en una teoría de la causalidad como relación necesaria. Su fundamento no es
        físico-matemático, pues él mismo señala que de una “ley de fuerzas” no puede extraerse la
        necesidad de todos los procesos del universo. Tampoco cabe hacerlo de los aspectos
        filosófico-naturales que hereda de Leibniz y Newton, como su teoría de la materia o la
        negativa a indagar el estatuto o las causas de las fuerzas.</p>
  <p>En este autor se puede entrever que el determinismo del siglo XVIII no se basa en la
        predictibilidad ni depende de la mecánica newtoniana. Prueba de ello no solo es la ausencia
        de esta tesis en Newton, sino la presencia del principio de razón suficiente en las
        distintas formulaciones de científicos y filósofos de este siglo. Con sus diferencias, el
        determinismo defendido por Boscovich, Kant o Laplace se fundamenta en una peculiar teoría de
        la causalidad como relación necesaria de causa y efecto (incompatible con la existencia del
        azar), no en las leyes de Newton.</p>
  <p>La peculiaridad de Boscovich frente a otras formulaciones coetáneas o posteriores es su
        tratamiento del principio de razón suficiente. Por la mediación de los discípulos de Wolff,
        este principio se convirtió en el axioma de la filosofía natural del siglo XVIII,
        estableciendo una oposición entre causalidad y azar. Sin embargo, mientras que su presencia
        es clara y explicitada en Kant o Laplace, el Jesuita parece rechazarlo por razones
        teológicas. Si se aceptara este principio o se aplicara de la misma manera que lo hacen
        Leibniz o sus seguidores, se anularía la libertad de Dios. Ahora bien, a pesar de esta
        negativa a aceptar este principio, el determinismo boscoviano claramente lo presupone, al
        menos si es entendido como la relación necesaria de causa y efecto. La discrepancia entre
        Leibniz y Boscovich en este punto parece residir en su alcance y consecuencias teológicas,
        pero en ambos (de distinta manera) parece darse una teoría de la causalidad en la que no
        cabe azar.</p>
  <p>Esta interpretación del pensamiento de Boscovich se fundamenta no tanto en su valoración del
        principio de razón suficiente (negativa en gran medida), sino en el modo en que rechaza la
        existencia del azar y en la dificultad de dos alternativas: fundamentar su determinismo en
        Dios o en la ley de continuidad. De su filosofía natural no parece seguirse un ocasionalismo
        o cualquier teoría que requiera la intervención continua de Dios para mantener el orden
        natural, sino que Dios crea la materia y la dota (libremente) de un orden por el que se
        desarrolla. Tampoco parece basarse en la ley de continuidad, pues dicha ley garantiza la
        continuidad entre los procesos naturales, pero de ella no se sigue una causalidad
        determinista, pues que todo proceso natural sea gradual no implica que sea necesario.</p>
  <p>De todo ello se sigue que el determinismo del siglo XVIII, incluido el de Boscovich, no puede
        entenderse como predicción, ni hacerlo dependiente de la mecánica newtoniana. Los
        científicos y filósofos del siglo de las luces partieron de teorías distintas respecto a la
        esencia de la materia, el estatuto de la fuerza o los aspectos aceptados de la filosofía
        experimental newtoniana. Incluso el Jesuita, a pesar de sostener un determinismo
        prácticamente idéntico al de Laplace, utilizó métodos matemáticos muy distintos. Por tanto,
        la base de estas propuestas no puede ser científica, sino filosófica. Particularmente, fue
        el principio de causalidad, entendido bajo la formulación leibniziana del principio de razón
        suficiente y su tratamiento entre los discípulos de Wolff.</p>
</sec>
</body>
<back>
<fn-group>
  <fn id="fn1">
    <label>1</label><p>Cabría hablar, en dicho sentido, de un determinismo “total” o “transcendental” que rige toda la
          realidad (Hobbes, Spinoza, Wolff, el materialismo francés del XVIII…) en contraposición a
          un determinismo “parcial” o “categorial”, que abarca a un ámbito específico de la realidad
          (la materia) pero no se extiende a ámbitos como la mente o la acción práctica del ser
          humano (v.g. el dualismo kantiano entre naturaleza y libertad).</p>
    <p><italic>An. Sem. His. Filos.</italic> 42(2), 2025: 387-399</p>
  </fn>
  <fn id="fn2">
    <label>2</label><p>Cfr. Popper, <italic>El universo abierto</italic>, pp. 28-32. También menciona el “determinismo
          religioso”, fundamentado en la relación entre omnipotencia divina y libertad humana. Las
          doctrinas de Lutero y Calvino acerca de la predestinación, así como la posterior polémica
            <italic>De auxiliis</italic>, se corresponderían en cierto modo con esta clase de
          determinismo. Sin embargo, puesto que en este trabajo me centraré en el problema del azar
          (no en la libertad humana), prescindiré de ellas.</p>
  </fn>
  <fn id="fn3">
    <label>3</label><p>Me atrevería a sostener que esta distinción resulta inadecuada incluso para la física del siglo
          XX, a pesar su presencia en las discusiones de Einstein, Heisenberg, Bohr o De Broglie. En
          la teoría del caos, por ejemplo, aunque un sistema caótico sea determinista, resulta
          imposible de predecir, por lo que el determinismo no puede identificarse con la
          predictibilidad de un sistema físico.</p>
  </fn>
  <fn id="fn4">
    <label>4</label><p>Laplace, <italic>Ensayo filosófico sobre las
    probabilidades</italic>, p. 24.</p>
  </fn>
  <fn id="fn5">
    <label>5</label><p>Para la influencia de Boscovich en las teorías dinámicas de la materia (que tomaron la “fuerza” y
          posteriormente la “energía” como elemento sustancial de la materia), véase Jammer,
            <italic>Concepts of force</italic>, pp. 158-188 y Capek, <italic>El impacto filosófico
            de la física contemporánea</italic>, pp. 106-114. No obstante, como más adelante se
          examinará, Boscovich no defendió una teoría de esta naturaleza, sino que evitó
          pronunciarse sobre las causas de la fuerza y la distinguió claramente de los “puntos
          inextensos” que conforman la materia.</p>
  </fn>
  <fn id="fn6">
    <label>6</label><p>Boscovich, <italic>A Theory of Natural
    Philosophy</italic>, I, § 1.</p>
  </fn>
  <fn id="fn7">
    <label>7</label><p>En este sentido, el físico John Barrow consideró la teoría de Boscovich como precursora de las
          “teorías del todo”, es decir, las que intentaban reducir las fuerzas del universo a una
          sola. Cfr. Barrow, <italic>Teorías del todo</italic>, pp. 38-42.</p>
  </fn>
  <fn id="fn8">
    <label>8</label><p>Cfr. Udias, <italic>Jesuit contribution to
    science</italic>, p. 69.</p>
  </fn>
  <fn id="fn9">
    <label>9</label><p>Boscovich se diferenció de otros newtonianos del siglo XVIII (y comienzos del XIX) no solo en su
          teoría de la materia, sino también en los aspectos matemáticos de su propuesta. A
          diferencia de Lagrange, D’Alembert o Euler, él no recurrió al método analítico, sino que
          se sirvió de la geometría para realizar sus cálculos (cfr. Udias, <italic>Jesuit
            contribution to science</italic>, p. 74). No obstante, esta diferencia no es
          significativa para entender su propuesta determinista, pues como más adelante se
          examinará, el determinismo boscoviano no difiere en cuanto a sus fundamentos del de otros
          filósofos y científicos de su época o posteriores, como Kant o Laplace. La razón es que
          las bases de dichas propuestas no son físicomatemáticas, sino filosóficas.</p>
  </fn>
  <fn id="fn10">
    <label>10</label><p>Por ejemplo: “Tampoco hay nada que se oponga a esta idea de homogeneidad que se derive del
          principio de inducción, por medio del cual <italic>los seguidores de Leibniz</italic>
          suelen objetarlo; ni del principio de razón suficiente y de los indiscernibles, que
          mencioné anteriormente en el Art. 3” (Boscovich, <italic>A Theory of Natural
            Philosophy</italic>, II, § 93, cursiva mía).</p>
  </fn>
  <fn id="fn11">
    <label>11</label><p>Cfr. Baldini, “Boscovich e la tradizione gesuitica in filosofía naturale: continuità e
          cambiamento”, pp. 44-45. También Udias, en esta línea, señala que la ley de continuidad es
          tomada de Leibniz, pero destaca sus raíces en la escolástica. Cfr. <italic>Jesuit
            contribution to science</italic>, p. 72.</p>
  </fn>
  <fn id="fn12">
    <label>12</label><p>Leibniz, “Nuevo sistema de la naturaleza”, GP
    IV, 478; cit. en <italic>Obras filosóficas y científicas 2.
    Metafísica</italic>, p. 241.</p>
  </fn>
  <fn id="fn13">
    <label>13</label><p>Leibniz, <italic>Espécimen de dinámica</italic>,
    en Gerhardt, IV, 248; trad. en <italic>Escritos de
    dinámica</italic>, p. 86.</p>
  </fn>
  <fn id="fn14">
    <label>14</label><p>Boscovich, <italic>A Theory of Natural Philosophy</italic>, I, § 7. En razón de este rechazo de
          las formas substanciales, Boscovich descarta también la existencia de causas finales
          defendida por Leibniz. Cfr. <italic>A Theory of Natural Philosophy</italic>, I, § 125.</p>
  </fn>
  <fn id="fn15">
    <label>15</label><p>Cfr. Boscovich, <italic>A Theory of Natural
    Philosophy</italic>, I, § 21.</p>
  </fn>
  <fn id="fn16">
    <label>16</label><p>Boscovich, <italic>A Theory of Natural
    Philosophy</italic>, I, § 2.</p>
  </fn>
  <fn id="fn17">
    <label>17</label><p>Cfr. Leibniz, “Sobre la reforma de la filosofía
    primera”, GP IV, 469-470; cit. en <italic>Obras filosóficas y
    científicas 2. Metafísica</italic>, pp. 228-229.</p>
  </fn>
  <fn id="fn18">
    <label>18</label><p>Boscovich, <italic>A Theory of Natural
    Philosophy</italic>, I, § 3.</p>
  </fn>
  <fn id="fn19">
    <label>19</label><p>Cfr. Boscovich, <italic>A Theory of Natural
    Philosophy</italic>, I, § 17.</p>
  </fn>
  <fn id="fn20">
    <label>20</label><p>“Considero además que dos puntos materiales cualesquiera están sujetos a una determinación por la
          que aproximarse mutuamente a algunas distancias y en igual grado retroceder uno del otro a
          otras distancias. A esta determinación la denomino “fuerza”” (Boscovich, <italic>A Theory
            of Natural Philosophy</italic>, I, § 9). La teoría de fuerzas, en este sentido, no se
          compromete con la existencia de fuerzas como “potencias” de la naturaleza, sino en un
          sentido más cercano a la mecánica newtoniana.</p>
  </fn>
  <fn id="fn21">
    <label>21</label><p>Cfr. Boscovich, <italic>A Theory of Natural
    Philosophy</italic>, I, § 10.</p>
  </fn>
  <fn id="fn22">
    <label>22</label><p>Cfr. Casado Vázquez, “Ruggero Giuseppe Boscovich y el atomismo”, p. 558.</p>
  </fn>
  <fn id="fn23">
    <label>23</label><p>“A veces usted habla de la gravedad como esencial e inherente a la materia: le ruego no me
          atribuya este concepto, porque la causa de la gravedad es cosa que nunca he afirmado
          conocer, y por lo tanto haría falta mucho más tiempo para tomarla en consideración” (cit.
          en Casini, <italic>El universo máquina</italic>, p. 75).</p>
  </fn>
  <fn id="fn24">
    <label>24</label><p>“En cambio nosotros, cultivando no las artes, sino la filosofía, y escribiendo no de las fuerzas
          manuales, sino de las naturales, tratamos sobretodo lo relativo a la gravedad, levedad,
          elasticidad, resistencia de los fluidos y fuerzas por el estilo, ya sean de atracción o de
          repulsión; y por ello proponemos estos nuestros como principios matemáticos de filosofía.
          Pues toda la dificultad de la filosofía parece consistir en que, a partir de los fenómenos
          de movimiento, investiguemos las fuerzas de la naturaleza y después desde estas fuerzas
          demostremos el resto de fenómenos” (Newton, <italic>Principios matemáticos de filosofía
            natural</italic>, prefacio, p. 98). Aunado a esto, cabe mencionar que el propio Newton
          mostró cierta aversión al determinismo formulado por Hobbes, hasta el punto de disculparse
          con Locke por haberle considerado un “hobista” (cfr. Arana, <italic>Filosofía
            natural</italic>, p. 173).</p>
  </fn>
  <fn id="fn25">
    <label>25</label><p>Maupertuis, “Discurso sobre las diferentes figuras de los astros, donde se intenta explicar los
          principales fenómenos del cielo”, en <italic>El orden verosímil del cosmos</italic>, p.
          52.</p>
  </fn>
  <fn id="fn26">
    <label>26</label><p>Cfr. Guzzardi, <italic>Ruggerio Boscovich’s Theory of Natural Philosophy</italic>, p. 85.</p>
  </fn>
  <fn id="fn27">
    <label>27</label><p>Cfr. Boscovich, <italic>A Theory of Natural
    Philosophy</italic>, I, § 516.</p>
  </fn>
  <fn id="fn28">
    <label>28</label><p>Laplace, <italic>Exposición del sistema del
    mundo</italic>, p. 437.</p>
  </fn>
  <fn id="fn29">
    <label>29</label><p>“Un cuerpo nos parece en movimiento cuando cambia de situación respecto a un sistema de cuerpos
          que juzgamos en reposo […]. La naturaleza de esta modificación singular, en virtud de la
          cual un cuerpo se transporta de un lugar a otro, es y será siempre desconocida. Ha sido
          destinada con el nombre de <italic>fuerza</italic>: no es posible determinar más que sus
          efectos y la ley conforme a la cual actúa” (Laplace, <italic>Exposición del sistema del
            mundo</italic>, p. 249).</p>
  </fn>
  <fn id="fn30">
    <label>30</label><p>El <italic>programa de Laplace</italic> consistió en intentar explicar todos los procesos
          materiales, microscópicos y macroscópicos conforme a las leyes de la gravitación
          universal. Sin embargo, el desarrollo posterior de la termodinámica, así como los trabajos
          posteriores sobre química, electricidad y magnetismo hicieron imposible la realización del
          programa laplaciano. Cfr. Harman, <italic>Energía, fuerza y materia</italic>, pp.
          30-41.</p>
  </fn>
  <fn id="fn31">
    <label>31</label><p>Cfr. Casado Vázquez, “Ruggero Giuseppe Boscovich y el atomismo”, pp. 569-570.</p>
  </fn>
  <fn id="fn32">
    <label>32</label><p>Boscovich, <italic>A Theory of Natural
    Philosophy</italic>, Apéndice, § 385.</p>
  </fn>
  <fn id="fn33">
    <label>33</label><p>Laplace, <italic>Ensayo filosófico sobre las
    probabilidades</italic>, p. 25.</p>
  </fn>
  <fn id="fn34">
    <label>34</label><p>Cfr. Arana, <italic>Los filósofos y la
    libertad</italic>, p. 56.</p>
  </fn>
  <fn id="fn35">
    <label>35</label><p>“No es que, estando todo enlazado en la naturaleza, no pueda un espíritu suficientemente vasto
          descubrir por una pequeña parte que perciba del estado presente del Universo todos los
          estados que le han precedido y todos los que deben seguirle; pero nuestros espíritus están
          bien alejados de este grado de extensión” (cit. en Arana, <italic>Apariencia y verdad.
            Estudio sobre la filosofía de Maupertuis</italic>, p. 104). En una obra posterior, Arana
          matiza que el pasaje de Maupertuis, a diferencia del de Laplace, “no exige el conocimiento
          de todas las partículas del universo en un instante dado, sino solo de una pequeña parte”
            (<italic>Los sótanos del universo</italic>, p. 69).</p>
  </fn>
  <fn id="fn36">
    <label>36</label><p>Cfr. Kožnjak, “Who let the demon out? Laplace and Boscovich on determinism”, p. 43 (en adelante,
          “Who let the demon out?”).</p>
  </fn>
  <fn id="fn37">
    <label>37</label><p>“Cabe conceder que si nos fuera posible poseer tan honda penetración en un ser humano, tal como
          su modo de pensar se deja ver mediante acciones externas e internas, de suerte que hasta
          el móvil más insignificante nos fuera confesado, y conociéramos también todas esas
          ocasiones exteriores que inciden sobre dichos móviles, podría calcularse la conducta de un
          ser humano en el futuro con esa misma certeza que permite pronosticar los eclipses del sol
          o de la luna y, pese a todo, podría mantenerse junto a ello que tal ser humano es libre”
            (<italic>KpV</italic>, A 177-178). En el caso de Kant, el pasaje no busca expresar un
          determinismo respecto a las acciones humanas, sino recalcar que, aun cuando fuese posible
          un conocimiento completo de todos los móviles que producen la acción, seguiría siendo
          libre a causa de la ley moral que las guía.</p>
  </fn>
  <fn id="fn38">
    <label>38</label><p>Cfr. Boscovich, <italic>A Theory of Natural
    Philosophy</italic>, Apéndice, § 541.</p>
  </fn>
  <fn id="fn39">
    <label>39</label><p>Boscovich, <italic>A Theory of Natural
    Philosophy</italic>, Apéndice, § 540 (<italic>cursiva
    mía</italic>).</p>
  </fn>
  <fn id="fn40">
    <label>40</label><p>Boscovich, <italic>A Theory of Natural
    Philosophy</italic>, Apéndice, § 545.</p>
  </fn>
  <fn id="fn41">
    <label>41</label><p>Leibniz, <italic>Monadología</italic>; en GP VI, 612, § 32; cit. en <italic>Obras filosóficas y
            científicas 2. Metafísica</italic>, p. 332.</p>
  </fn>
  <fn id="fn42">
    <label>42</label><p>Sobre los antecedentes de esta identificación, remito a Carraud, <italic>Causa sive ratio. La
            raison de la cause de Suárez a Leibniz</italic>, pp. 7-391.</p>
  </fn>
  <fn id="fn43">
    <label>43</label><p>Leibniz, <italic>Resumen de metafísica</italic>;
    en Couturat, 533; trad. en <italic>Obras filosóficas y científicas
    2. Metafísica</italic>, p. 301.</p>
  </fn>
  <fn id="fn44">
    <label>44</label><p>Leibniz, <italic>Conversatio cum domino episcopo Stenonio de libertate</italic>, Ak VI, 4 B,
          1375; cit. en Rovira, <italic>Léxico fundamental de Leibniz</italic>, p. 100.</p>
  </fn>
  <fn id="fn45">
    <label>45</label><p>Leibniz, “El destino” en <italic>Escritos en
    torno a la libertad, el azar y el destino</italic>, p. 16.</p>
  </fn>
  <fn id="fn46">
    <label>46</label><p>Leibniz, “Conversaciones sobre la libertad y el
    destino” en <italic>Escritos en torno a la libertad, el azar y el
    destino</italic>, p. 25.</p>
  </fn>
  <fn id="fn47">
    <label>47</label><p>Arana, <italic>Los filósofos y la
    libertad</italic>, p. 85.</p>
  </fn>
  <fn id="fn48">
    <label>48</label><p>Cfr. Saame, <italic>El principio de razón en
    Leibniz</italic>, pp. 52-53.</p>
  </fn>
  <fn id="fn49">
    <label>49</label><p>Leibniz, “El destino” en <italic>Escritos en
    torno a la libertad, el azar y el destino</italic>, p. 13.</p>
  </fn>
  <fn id="fn50">
    <label>50</label><p>Cfr. Echavarría, “Libertad, autodeterminación e imputabilidad: El determinismo no necesitarista
          de Leibniz”, p. 71.</p>
  </fn>
  <fn id="fn51">
    <label>51</label><p>Cfr. Arana, <italic>Los filósofos y la
    libertad</italic>, pp. 102 y ss.</p>
  </fn>
  <fn id="fn52">
    <label>52</label><p>Kant, <italic>KrV</italic>, B 246. Aunque en la <italic>Crítica de la razón pura</italic> este
          principio apenas es mencionado, Kant lo trata sistemáticamente en las <italic>Lecciones de
            metafísica</italic> recogidas por algunos de sus alumnos. Sobre la presencia de este
          principio en dichas <italic>Lecciones</italic>, remito a Reyna, “La recuperación del
          principio de razón suficiente. Reflexiones en torno al principio de razón suficiente a
          partir de las Metaphysik Vorlesungen de Kant” en García y Reyna (coords.),
            <italic>Estudios sobre idealismo alemán</italic>, pp. 229-252.</p>
  </fn>
  <fn id="fn53">
    <label>53</label><p>Laplace, <italic>Ensayo filosófico sobre las probabilidades</italic>, pp. 2425. Acerca de la
          presencia de este principio en el matemático francés, remito a Rivas Lado, “Una hipótesis
          innecesaria: Laplace y el sistema del mundo”, pp. 191-192 y van Strien, “On the origins
          and foundations of Laplacian determinism”, pp. 24-31.</p>
  </fn>
  <fn id="fn54">
    <label>54</label><p>Boscovich, <italic>Theory of Natural
    Philosophy</italic>, Suplem. III, § 72.</p>
  </fn>
  <fn id="fn55">
    <label>55</label><p>Leibniz, <italic>Discurso de
    metafísica</italic>, AA VI, 4-b, n. 306, 1533;</p>
    <p>cit. en <italic>Obras filosóficas y científicas 2.
    Metafísica</italic>, p. 163 (cursiva mía).</p>
  </fn>
  <fn id="fn56">
    <label>56</label><p>Boscovich, <italic>A Theory of Natural
    Philosophy</italic>, II, § 93.</p>
  </fn>
  <fn id="fn57">
    <label>57</label><p>La posición de Boscovich respecto a este principio es posible que recibiera influencia de la
          polémica entre Leibniz y Samuel Clarke respecto al alcance de este principio, aunque fuera
          indirectamente. Para el discípulo de Newton, Dios no obra conforme a una razón suficiente
          para actuar, sino que la razón suficiente de todos los sucesos es la propia voluntad de
          Dios: “Es verdad que nada existe sin que haya una razón suficiente de por qué existe, y de
          por qué es así antes que de otro modo; por esta razón, donde no hay causa no puede haber
          efecto. Pero esta razón suficiente con frecuencia no es otra que la mera voluntad de Dios”
          (Clarke, “Segunda respuesta”, § 1, en <italic>La polémica Leibniz-Clarke</italic>, p.
          62).</p>
  </fn>
  <fn id="fn58">
    <label>58</label><p>Cfr. Kožnjak, “Who let the demon out?”, p.
    46.</p>
  </fn>
  <fn id="fn59">
    <label>59</label><p>Boscovich, <italic>A Theory of Natural
    Philosophy</italic>, I, § 39.</p>
  </fn>
  <fn id="fn60">
    <label>60</label><p>Cfr. Leibniz, <italic>Escritos sobre
    dinámica</italic>, pp. 20-22, 85-91 y 121.</p>
  </fn>
  <fn id="fn61">
    <label>61</label><p>Leibniz, <italic>Monadología</italic>; en GP VI, 612, § 32; cit. en <italic>Obras filosóficas y
            científicas 2. Metafísica</italic>, p. 332 (cursiva mía).</p>
  </fn>
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