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<!DOCTYPE article PUBLIC "-//NLM//DTD JATS (Z39.96) Journal Publishing DTD v1.3 20210610//EN" "http://jats.nlm.nih.gov/publishing/1.3/JATS-journalpublishing1-3.dtd">
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      <journal-id journal-id-type="publisher-id">ASHF</journal-id>
      <journal-title-group>
        <journal-title specific-use="original" xml:lang="es">Anales del Seminario de Historia de la
          Filosofía</journal-title>
      </journal-title-group>
      <issn publication-format="electronic">1988-2564</issn>
      <issn-l>0211-2337</issn-l>
      <publisher>
        <publisher-name>Ediciones Complutense</publisher-name>
        <publisher-loc> España </publisher-loc>
      </publisher>
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      <article-id pub-id-type="doi">10.5209/ashf.83738</article-id>
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        <subj-group subj-group-type="heading">
          <subject>Estudios</subject>
        </subj-group>
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        <article-title>Tractatus Logico Philosophicus y Analysis Situs: aires de familia</article-title>
        <trans-title-group xml:lang="en">
          <trans-title>Tractatus Logico Philosophicus and Analysis Situs: family resemblances</trans-title>
        </trans-title-group>
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      <contrib-group>
        <contrib contrib-type="author" corresp="yes">
          <contrib-id contrib-id-type="orcid">https://orcid.org/0000-003-2378-4808</contrib-id>
          <name>
            <surname>Alberto Cardona</surname>
            <given-names>Carlos</given-names>
          </name>
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          <xref ref-type="corresp" rid="cor1"/>
        </contrib>
        <aff id="aff-a"><institution content-type="original">Profesor titular de la Escuela de Ciencias Humanas, Universidad del Rosario (Bogotá-Colombia)</institution></aff>
      </contrib-group>
      <author-notes>
        <corresp id="cor1">Carlos Alberto Cardona<email>carlos.cardona@urosario.edu.co</email></corresp>
      </author-notes>
      <pub-date pub-type="epub" publication-format="electronic" iso-8601-date="2025-01-17">
        <day>17</day>
        <month>01</month>
        <year>2025</year>
      </pub-date>
      <volume>42</volume>
      <issue>1</issue>
      <fpage>53</fpage>
      <lpage>66</lpage>
      <page-range>53-66</page-range>
      <permissions>
        <copyright-statement>Copyright © 2025, Universidad Complutense de
          Madrid</copyright-statement>
        <copyright-year>2025</copyright-year>
        <copyright-holder>Universidad Complutense de Madrid</copyright-holder>
        <license license-type="open-access"
          xlink:href="https://creativecommons.org/licenses/by/4.0/">
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          <license-p>Esta obra está bajo una licencia <ext-link ext-link-type="uri"
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              4.0 International</ext-link></license-p>
        </license>
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      <abstract>
        <p>El artículo explora vasos comunicantes entre el Tractatus Logico Philosophicus de Ludwig Wittgenstein y el Analysis situs de Gottfried Wilhelm Leibniz. Se muestra que las caracterizaciones de objetos en el Tractatus y de puntos en el Analysis situs siguen patrones similares. También se exploran las similitudes y diferencias entre el pretender que «la proposición puede representar la realidad entera» (TLP, § 4.12) o «todas [las proposiciones] están unidas por una trama infinitamente fina al gran espejo» (TLP, § 5.511) y el hecho de que «cada sustancia simple [tiene] relaciones que expresan a todas las demás, y [por consiguiente] es un espejo vivo y perpetuo del universo» (Monadología, § 56).</p>
      </abstract>
      <trans-abstract xml:lang="en">
        <p>This paper explores affinities between Ludwig Wittgenstein’s Tractatus Logico Philosophicus and Gottfried Wilhelm Leibniz’s Analysis situs. It is shown that the characterizations of objects in the Tractatus and of points in the Analysis situs follow similar patterns. It also explores the similarities and differences between pretending that “propositions can represent the whole reality” (TLP, § 4.12) or “all [propositions] are connected into an infinitely fine network, to the great mirror” (TLP, § 5.511) and the fact that “each simple substance [has] relations that express all others, and [therefore] is a living and perpetual mirror of the universe” (Monadology, § 56).</p>
      </trans-abstract>
      <kwd-group>
        <kwd>Analysis situs</kwd>
        <kwd>Objeto</kwd>
        <kwd>Punto</kwd>
        <kwd>estado-de-cosas</kwd>
        <kwd>expresión</kwd>
      </kwd-group>
      <kwd-group xml:lang="en">
        <kwd>Analysis situs</kwd>
        <kwd>Object</kwd>
        <kwd>Point</kwd>
        <kwd>state-of-affairs</kwd>
        <kwd>expresión</kwd>
      </kwd-group>
    </article-meta>
  </front>
<body>

<sec id="introducción">
  <title>0. Introducción</title>
  <p>Escribe Leibniz (1646-1716) en una de las presentaciones del proyecto orientado a ofrecer una
          <italic>characteristica universalis</italic>: «El Arte característico es el arte de formar
        y ordenar caracteres de manera tal que se refieran a pensamientos, es decir, que tengan
        entre sí aquella relación que tienen entre sí los pensamientos. La expresión es el agregado
        de caracteres que representan la cosa que se expresa».<xref ref-type="fn" rid="fn1">1</xref>
        Un atento lector del <italic>Tractatus Logico Philosophicus</italic><xref ref-type="fn"
          rid="fn2">2</xref> (<italic>TLP</italic>) de Wittgenstein (1889-1951) reconocerá
        inmediatamente un aire de familia. Por ejemplo, «La forma de figuración es la posibilidad de
        que las cosas se combinen unas respecto de otras como los elementos de la figura»
          (<italic>TLP,</italic> § 2.151) y «La figura lógica de los hechos es el pensamiento»
          (<italic>TLP,</italic> § 3). Un ejercicio de articulación de las dos entradas de
          <italic>TLP</italic> nos autoriza para componer algo así: “La forma de figuración del
        pensamiento [figura lógica de los hechos] consiste en que expresa la posibilidad de que
        aquello que figura el pensamiento esté articulado de la misma manera como los elementos
        presentes en él”. Esto es similar a la siguiente paráfrasis de la entrada de Leibniz: “es
        decir, que los elementos que entran en la figura tengan aquella relación que tienen entre sí
        los pensamientos”. Veamos también: «En la proposición se expresa
          [<italic>drücktsich</italic>] sensoperceptivamente el pensamiento» (<italic>TLP,</italic>
        § 3.1) y «El pensamiento puede expresarse [<italic>ausgedrückt</italic>] en la proposición
        de un modo tal que a los objetos del pensamiento correspondan objetos del signo
        proposicional» (<italic>TLP,</italic> § 3.2). Estamos igualmente autorizados a componer algo
        así: “dado que a los objetos del pensamiento corresponden adecuadamente los objetos del
        signo proposicional, decimos que en la proposición se expresa sensoperceptivamente el
        pensamiento”. Esto último se asemeja a la siguiente paráfrasis de Leibniz: “La expresión del
        pensamiento se logra a través de un agregado de caracteres que representen las cosas que se
        expresan”. Bastan estos parecidos para que nos inclinemos a explorar si tales aires de
        familia puedan llevarse más hondo.</p>
  <p>Con el título <italic>Analysis situs</italic> (<italic>AS</italic>) se reconoce y menciona el
        ensayo <italic>Characteristica Geometrica</italic> que Leibniz compartió con Christiaan
        Huygens (1629-1695) para que este último procediera a evaluar (1679). Leibniz señala, en la
        carta de presentación, que su <italic>Analysis situs</italic> tiene grandes ventajas sobre
        el álgebra, toda vez que alivia la imaginación y consigue que se ofrezcan descripciones
        completas de cualquier cosa imaginable sin emplear figuras o palabras.<xref ref-type="fn"
          rid="fn3">3</xref> La respuesta de Huygens no pudo ser más desalentadora: «He examinado
        atentamente lo que me enviáis referente a vuestra nueva Característica, pero por
        confesároslo francamente, no concibo, a la vista de lo que me mostráis, que podáis fundar en
        ello tan grandes esperanzas».<xref ref-type="fn" rid="fn4">4</xref> Ante la respuesta,
        Leibniz desistió de hacer públicos tales escritos. No obstante, el filósofo siguió
        trabajando y enriqueciendo el proyecto.</p>
  <p>Posterior a la muerte del filósofo, las menciones al <italic>Analysis situs</italic> que
        hicieran Christian Wolff (16791754), Immanuel Kant (1724-1804) y Leonhard Euler (1707-1783)
        despertaron el interés por el manuscrito que aún no se hacía público.<xref ref-type="fn"
          rid="fn5">5</xref> Gracias a la publicación póstuma de los papeles de Huygens en 1833, el
        mundo académico tuvo acceso parcial al ensayo del filósofo alemán. Unido a lo anterior, el
        interés que despertó la geometría proyectiva en el siglo XIX, gracias a los trabajos
        independientes de Jean-Victor Poncelet (1788-1867), Karl Georg von Staudt (17981867) y Felix
        Klein (1849-1925), condujo a sugerir que las orientaciones de dicha geometría habían sido
        anticipadas en el <italic>Analysis situs</italic> de Leibniz. Klein, quien se ocupó de
        estudiar las figuras geométricas a partir de las propiedades que resultan invariantes bajo
        transformaciones continuas, nombró sus investigaciones con el título <italic>Analysis
          situs.</italic> El matemático nombró así su proyecto, toda vez que se trataba de la
        ciencia de las propiedades que dependen de la ubicación y no del tamaño.<xref ref-type="fn"
          rid="fn6">6</xref> Klein tomó prestado el nombre a partir de un escrito de Bernhard
        Riemann (1826-1866) en el que se evocan los trabajos de Leibniz: «El nombre <italic>Analysis
          situs</italic> fue dado por Leibniz a una rama del conocimiento ocupada de aquella parte
        de la teoría de las cantidades continuas […] [basadas] en las relaciones de situación o
        posición que son independientes del tamaño relativo».<xref ref-type="fn" rid="fn7">7</xref>
        Henri Poincaré (1854-1912), siguiendo la marca impuesta por Riemann, también nombró su
        trabajo seminal en topología con el título <italic>Analysis situs</italic>.</p>
  <p>La publicación de <italic>La lógique de Leibniz</italic> (1901) de Louis Couturat (1868-1914),
        a comienzos del siglo XX, llamó la atención hacia el <italic>Nachlass</italic> de Leibniz
        que, a la fecha, reposaba en Hanover y no contaba todavía con un estudio profundo. El
        entusiasmo de Bertrand Russell (1872-1970) por la filosofía de Leibniz y por el poder de la
        geometría proyectiva contribuyó a dirigir la atención al ignorado filósofo alemán. En el año
        1897, Bertrand Russell publicó <italic>An essay on the foundations of geometry.</italic> El
        autor alude en este texto a dos formulaciones diferentes del <italic>dictum</italic>
        kantiano. La primera de ellas: «Si la geometría tiene certeza apodíctica, su objeto, a
        saber, el espacio, debe ser <italic>a priori</italic>, y como tal debe ser puramente
        subjetivo»; la segunda: «Si el espacio es puramente subjetivo, la geometría debe tener
        certeza apodíctica».<xref ref-type="fn" rid="fn8">8</xref> Formulo aquí una paráfrasis de la
        presentación que hice del programa de Russell en otro artículo: <xref ref-type="fn"
          rid="fn9">9</xref> Russell sostenía que el advenimiento de las geometrías no-euclidianas
        golpeaba de frente a la primera versión, más no así a la segunda. Efectivamente, dado que
        hay varios sistemas de geometría alternativos, no es claro que alguno de ellos lleve consigo
        la conciencia de su necesidad; en consecuencia, no es en los resultados de la geometría en
        donde se encuentra fundamento alguno para la pretendida subjetividad del espacio. Los
        argumentos que llevan a la primera versión prueban que alguna forma de externalidad es
        requisito necesario para la receptividad fenoménica, pero no prueban que dicha forma se
        ajuste necesariamente a los cánones de la geometría euclidiana. Ahora bien, si reconocemos
        que el espacio es subjetivo y debe darse <italic>a priori</italic>, hemos de admitir que
        alguna geometría posee certeza apodíctica. El filósofo quiso apoyarse en la recién fundada
        geometría proyectiva y dirigió sus esfuerzos a probar que si bien no era posible establecer
        una deducción trascendental de los resultados de la geometría euclidiana –y en eso Kant
        estaba equivocado–, sí era posible adelantar una deducción trascendental de los resultados
        de la geometría proyectiva –y esta modificación haría nuevamente plausible la argumentación
        kantiana–. En palabras de Russell: «Esta [la geometría proyectiva], mantendré, es
        necesariamente verdadera de cualquier forma de externalidad y es, dado que alguna forma tal
        es necesaria para la experiencia, completamente <italic>a priori</italic>»<xref
          ref-type="fn" rid="fn10">10</xref>.</p>
  <p>Russell identificó tres periodos en el desarrollo de las reflexiones filosóficas atadas a la
        evolución de las nuevas geometrías en el siglo XIX. Primer período [Lobachevsky
        (1792-1856)]: se obtuvieron sistemas geométricos, en principio consistentes, que niegan el
        quinto postulado de Euclides. Segundo período [Riemann]: el espacio se privó de
        características cualitativas para evitar referencias incómodas a la intuición y se convirtió
        en un caso particular de una concepción más amplia de <italic>variedades.</italic> Tercer
        período [Klein]: se introdujo un enfoque proyectivo por oposición a un enfoque métrico en el
        estudio del espacio. El paso del segundo al tercer período exhibe una oscilación pendular
        que va desde un extremo que sobrevalora la cantidad, al extremo opuesto en donde la cantidad
        es irrelevante. La crítica central de Russell al proyecto de Riemann se basa en el
          <italic>dictum</italic> de corte idealista según el cual no hay diferencia cuantitativa
        sin identidad cualitativa. Dado que la cantidad es un resultado de comparación de dos
        objetos cualitativamente semejantes, el conocimiento de las propiedades esenciales del
        espacio no se puede obtener sólo a partir de juicios de cantidad que pretendan negar los
        aspectos cualitativos.</p>
  <p>Las críticas de Russell al segundo período lo condujeron a abrigar la esperanza de encontrar en
        la geometría proyectiva un candidato para estructurar <italic>a priori</italic> la forma
        posible de toda externalidad. El filósofo sugirió tres axiomas que, a su juicio, permitirían
        adelantar una deducción trascendental de los resultados resumidos en dicha geometría. Estos
        tres axiomas aseguran que: (1) todas las partes del espacio son cualitativamente semejantes
        y si las podemos distinguir, ello sólo se debe al hecho de que una reside fuera de la otra;
        (2) el espacio es continuo e infinitamente divisible, el cero de extensión es el punto; (3)
        dos puntos determinan tan sólo una recta (1897, p. 132).<xref ref-type="fn" rid="fn11"
          >11</xref></p>
  <p>Pretendo defender en el artículo que los axiomas de Russell guardan
  un estrecho parecido con las formulaciones de Leibniz en el
  <italic>Analysis situs</italic> y que, dada la cercanía entre Russell
  y Wittgenstein durante la segunda década del siglo XX, algunos
  elementos de esta influencia latente se manifiestan en el
  <italic>TLP</italic>.</p>
  <p>En la primera parte del escrito, presento los rasgos centrales del <italic>Analysis
          situs</italic> que, a mi juicio, sugieren similitudes estrechas con elementos de
          <italic>TLP</italic>. En la segunda parte, reformulo aspectos centrales del
          <italic>TLP</italic> forzando la relación que percibo con elementos del <italic>Analysis
          situs</italic>. En la parte final, me ocupo del concepto de expresión formulado en la
          <italic>Monadología</italic> y procuro advertir vasos comunicantes con las referencias a
        la expresión en <italic>TLP</italic>.</p>
</sec>
<sec id="motivación-y-estructura-del-analysis-situs">
  <title>1. Motivación y estructura del <italic>Analysis situs</italic></title>
  <p>Leibniz se familiarizó a profundidad con los <italic>Elementos</italic> de Euclides durante su
        estancia en París (1672-76). Allí conoció, además, el programa cartesiano orientado a
        algebraizar la geometría y los trabajos de Girard Desargues (1591-1661) y Blaise Pascal
        (1623-1662) inclinados a ofrecer un acercamiento a los objetos de la geometría sin invocar
        propiedades métricas. Esta inmersión profunda en el horizonte de la geometría llevó a
        Leibniz a distanciarse de la presentación euclidiana y a advertir las limitaciones del
        enfoque cartesiano:</p>
  <disp-quote>
    <p>Los comentarios no unidos a figuras suelen ser oscuros y tediosos [lo dice refiriéndose a
          Euclides], el cálculo algebraico [referido ahora a Descartes] con frecuencia pervierte la
          naturaleza de las cosas y nos hace pasar del <italic>situs</italic> y de las figuras a la
          magnitud y a los números, de modo que con frecuencia es difícil pasar de las figuras al
          cálculo, y al revés, hallado el cálculo, construir las figuras.<xref ref-type="fn"
            rid="fn12">12</xref></p>
  </disp-quote>
  <p>El filósofo aspiraba a superar la incomodidad construyendo un método que se ocupara de los
        caracteres que representan el <italic>situs</italic> de los puntos y nos permitiera ignorar
        los rodeos que nos obligan a transitar por los cálculos algebraicos.<xref ref-type="fn"
          rid="fn13">13</xref> Hay un aire de familia similar en los trabajos de Desargues y Pascal;
        estos se entienden hoy como la antesala de la geometría proyectiva.<xref ref-type="fn"
          rid="fn14">14</xref></p>
  <p>Los <italic>Elementos</italic> de Euclides inician con la presentación de las definiciones de
        los objetos centrales de la geometría. Estas definiciones despiertan la imaginación del
        lector y le invitan a tener en su horizonte mental una representación de los términos
        definidos. Algunas de estas definiciones sugieren que un PUNTO es aquello que carece de
        partes; una LÍNEA es una extensión sin anchura; una LÍNEA RECTA, es aquella que yace
        uniformemente sobre los puntos que contiene; un PLANO es aquello que posee solo longitud y
          anchura.<xref ref-type="fn" rid="fn15">15</xref> Leibniz no ve en estas propuestas un
        ejercicio claro orientado a ofrecer una definición precisa. Estas definiciones son ejemplos
        de comentarios, no unidos a figuras, que fallan en su intención de orientar con precisión al
        lector agudo. Tales glosas le hacen creer al lector que cuenta con una imagen precisa de
        dichos objetos, cuando en realidad solo traen consigo obscuridad. Para superar la
        dificultad, el autor persigue una nueva presentación de la geometría que lleve, de suyo, a
        una definición sin ambigüedad de los objetos que menciona: puntos, rectas, planos, etc… El
        ejercicio busca concentrarse en las relaciones que guardan entre sí tales objetos antes que
        sacar a la luz naturalezas esenciales ocultas.</p>
  <p>Si bien, en geometría, lo que hacemos es concentrar nuestra atención en esta o aquella
        distribución de puntos, no podemos dejar de ocuparnos del espacio en su conjunto. En efecto,
        todos los puntos se reconocen en el mismo espacio y se distinguen por las relaciones de
        ubicación que podamos establecer entre ellos. El punto es lo más simple que puede concebirse
        en relación con la extensión. En contraste con el espacio, que contiene la extensión
        absoluta, cada punto expresa lo que es máximamente limitado en la extensión [el
          <italic>situs</italic> más simple, el mínimo que carece de partes].<xref ref-type="fn"
          rid="fn16">16</xref> Cada punto, al reconocerse como expresión de lo máximamente limitado,
        es congruente con cualquier otro. Nos ocuparemos de la congruencia en breve. El
        reconocimiento de un punto ante la presencia de otro, no nos lleva a advertir una diferencia
        esencial que podamos atribuir a un rasgo interno. Lo que se advierte es la relación de uno
        con el otro (su co-presencia); relación que es diversa por la multiplicidad de parejas que
        podrían concebirse. El reconocimiento de la relación, toda vez que cada punto es congruente
        con cualquier otro, no es algo diferente a señalar que uno de ellos está AHORA AQUÍ y el
        otro AHORA ALLÍ; esto es, el reconocimiento de «la relación de lugar o de
          <italic>situs</italic> que tienen MUTUAMENTE entre sí, lo que se entiende como la
        distancia entre ellos. Pues la DISTANCIA entre dos puntos no es otra cosa que la cantidad
        mínima de la vía<xref ref-type="fn" rid="fn17">17</xref> del uno al otro»
          (<italic>AS</italic>, p. 444).<xref ref-type="fn" rid="fn18">18</xref></p>
  <p>Dos parejas de puntos <italic>AB</italic> y <italic>CD</italic> están en la relación de
        CONGRUENCIA [notada así: <italic>AB</italic>γ<italic>CD</italic>], si puede aplicarse una
        pareja sobre la otra sin que se observe una mutación de una u otra.<xref ref-type="fn"
          rid="fn19">19</xref> La congruencia supone, simplemente, la posibilidad de superponer un
        objeto sobre el otro sin que se advierta diferencia alguna. Esto, por supuesto, admite que
        en el desplazamiento no hay variación alguna del complejo inicial que se lleva para
        superponerlo sobre el otro.<xref ref-type="fn" rid="fn20">20</xref></p>
  <p>En el estudio de los puntos por sus caracteres, cada carácter básico, <italic>A</italic> por
        ejemplo, nombra [designa] un punto. Así, <italic>AB</italic> designa el
          <italic>situs</italic> del complejo formado por los puntos <italic>A</italic> y
          <italic>B</italic>, a saber, cualquier extenso (vía) que los conecte. De manera similar,
          <italic>ABC</italic> designa el <italic>situs</italic> del complejo formado por los tres
        puntos, lo que alude al extenso rígido que los conecta (<italic>AS</italic>, p. 481). Si
        intentamos comparar puntos en la geometría de Leibniz y objetos en el
          <italic>Tractatus</italic>, podemos empezar por advertir que los objetos en
          <italic>TLP</italic> son simples así como lo son los puntos (<italic>TLP</italic> 2.02);
        nombres y caracteres son signos simples (<italic>TLP</italic> 3.202). A los objetos solo se
        les puede nombrar (<italic>TLP</italic>, 3.221). Así como una configuración de puntos
        estipula lo que Leibniz llama su <italic>situs</italic>, una configuración de objetos de
          <italic>TLP</italic> forma un estado-de cosas [<italic>Sachverhalt</italic>]
          (<italic>TLP</italic>, 2.0272): «En el estado-de-cosas los objetos están unidos entre sí
        como los eslabones de una cadena» (<italic>TLP</italic>, 2.03). Hay una discusión importante
        a propósito de la traducción adecuada del término <italic>Sachverhalt</italic>. C. K. Ogden
        lo traduce como “atomic fact” (hecho atómico),<xref ref-type="fn" rid="fn21">21</xref> Pears
        lo traduce como “state of affairs” (estado-de-cosas).<xref ref-type="fn" rid="fn22"
          >22</xref> Particularmente interesante para nuestros propósitos es la traducción que
        sugiere Elizabeth Anscombe, quien propone: “situation” (situación).<xref ref-type="fn"
          rid="fn23">23</xref>
        <italic>Sachverhalt</italic> traduce, entonces, algo así como “la manera como los objetos
        simples están articulados (situados)”. No ahondaremos en los motivos de la controversia y
        acogeremos indistintamente las propuestas de Pears y Anscombe.</p>
  <p>Si bien, como vimos anteriormente, Leibniz define la congruencia pensando inicialmente en
        parejas de puntos, no tiene problema en valerse de la definición para aplicarla a puntos
        independientes o a enetuplas de puntos. Así: <italic>A</italic>γ<italic>B</italic> significa
        que el punto <italic>A</italic> es congruente con el punto <italic>B</italic>, es decir
          <italic>A</italic> puede ser superpuesto o sustituido por <italic>B</italic>, sin que de
        ello se advierta diferencia alguna (<italic>AS</italic>, p. 482).<xref ref-type="fn"
          rid="fn24">24</xref> No sabríamos qué pensar si intentamos figurar que no es el caso que
          <italic>A</italic>γ<italic>B</italic>. Esto vale tal cual, sin importar a qué punto nombra
          <italic>A</italic> o a cuál nombra <italic>B</italic> (caracteres
          simples)<italic>.</italic></p>
  <p>Dijimos anteriormente que primero tendríamos que ocuparnos del espacio para proceder a hablar
        de puntos. Sin embargo, atendiendo la lógica de la composición del <italic>Analysis
          situs</italic>, este imperativo es impreciso. Leibniz concibe el punto como lo más simple,
        advierte después que todos los puntos son congruentes entre sí, lo que significa que solo
        difieren por las relaciones de ubicación que guarden entre ellos. A continuación, el autor
        procede a componer el espacio en su totalidad; lo hace de la siguiente manera:</p>
  <disp-quote>
    <p>El lugar más sencillo, pero también el más ilimitado, es el lugar de todos los puntos
          congruentes con un punto dado, pues es el lugar de todos los puntos del universo, o sea el
          mismo espacio infinito, puesto que cualquier punto de todo el universo es congruente con
          un punto dado. Así se da la congruencia: <italic>A</italic>γ<italic>Y</italic>, el lugar
          de todos los <italic>Y</italic> será el espacio infinito.<xref ref-type="fn" rid="fn25"
            >25</xref></p>
  </disp-quote>
  <p>El espacio completo es, entonces, el lugar más simple, después del
  punto. ¿Cómo se constituye? Si se tiene un punto ejemplar
  <italic>A</italic>, se procede a concebir el <italic>situs</italic> de
  todos los puntos <italic>Y</italic> que satisfacen una condición
  simple: <italic>A</italic>γ<italic>Y</italic>. Tal definición nos
  obliga a reunir todos los puntos posibles, dado que no hay distinción
  cualitativa alguna entre ellos: cada punto <italic>Y</italic> podría
  ser sustituido (o superpuesto) por <italic>A</italic> sin que ello
  refleje diferencia alguna.<xref ref-type="fn" rid="fn26">26</xref> Así
  las cosas, el espacio en su conjunto aparece como el lugar de todos
  los puntos [<italic>locus omnium
  punctorum</italic>].<xref ref-type="fn" rid="fn27">27</xref></p>
  <p>Comparemos la construcción del espacio con el primer axioma señalado por Bertrand Russell: (1)
        todas las partes del espacio son cualitativamente semejantes y si las podemos distinguir,
        ello sólo se debe al hecho de que una reside fuera de la otra. Si distinguimos entre los
        puntos <italic>A</italic> y <italic>B</italic>, como lo hemos explicado antes, ello no se
        debe a una diferencia intrínseca; se debe a que uno está AHORA AQUÍ y el otro AHORA ALLÍ. En
        este caso, hablamos de una distancia entre <italic>A</italic> y <italic>B</italic>. La
        distancia es, pues, una expresión del reconocimiento del <italic>situs</italic> que
        distingue uno del otro. Si no hubiese tal distinción, en virtud del principio de identidad
        de los indiscernibles, no tendríamos derecho a hablar de dos puntos. El punto, como dijimos,
        está máximamente limitado en la extensión (el mínimo que carece de partes). Compárese ahora
        con apartes de la presentación que Russell hace de su segundo axioma: el cero de extensión
        es el punto. El espacio es, por tanto, la extensión ilimitada. Dados dos puntos, presuponer
        que siempre puedo pensar en una vía que los contiene, es una forma de presentar el axioma en
        el que Russell invoca el carácter continuo del espacio [no hay lagunas en este].<xref
          ref-type="fn" rid="fn28">28</xref> Para ampliar el tratamiento de la identidad y las
        diferencias entre Wittgenstein y Leibniz, el lector puede seguir el artículo de R. Fogelin
        (1992).</p>
  <p>Decir que <italic>AB</italic>γ<italic>CD</italic>, como hemos indicado, es advertir que el
          <italic>situs</italic> entre los puntos <italic>A</italic> y <italic>B</italic> es el
        mismo que hay entre <italic>C</italic> y <italic>D</italic>, lo que implica (como
        posibilidad) que el continuo que conecta <italic>A</italic> con <italic>B</italic> puede
        igualmente superponerse sobre el extenso entre <italic>C</italic> y <italic>D</italic>. La
        relación de congruencia entre parejas de puntos es simétrica:
          <italic>AB</italic>γ<italic>BA</italic>. Leibniz ofrece al respecto, acompañado de una
        figura, el siguiente argumento:</p>
  <disp-quote>
    <p>[<italic>AB</italic>γ<italic>BA</italic>] puesto que el <italic>situs</italic> de los mismos
          entre sí es una relación en el sentido de que no implica ninguna discriminación entre los
          puntos y que ya entre los puntos no se puede discernir, puesto que siempre son
          congruentes. De aquí que se puedan transferir recíprocamente los unos en los otros
          conservando el <italic>situs</italic>, como <italic>AB</italic> en <italic>(A)(B)</italic>
          [en la <xref ref-type="fig" rid="imagen1">figura 1</xref>].<xref ref-type="fn" rid="fn29"
            >29</xref></p>
  </disp-quote>
  
  <fig id="imagen1">
    <caption><p>Figura 1. Figura 1. ABγBA</p></caption>
    <graphic mimetype="image" mime-subtype="png" xlink:href="media/image1.jpeg" />
  </fig>
  
  <p>Leibniz aduce la posibilidad de superponer el punto <italic>(A)</italic> sobre
          <italic>B</italic> y el punto <italic>(B)</italic> sobre <italic>A</italic> sin alterar el
        complejo continuo que liga <italic>A</italic> y <italic>B</italic> (el primer complejo se
        ilustra con trazo continuo, el segundo con trazo discreto), salvo por el hecho de tener que
        imaginar una rotación que demanda una nueva dimensión. La dificultad de llevar a cabo
        efectivamente la superposición sin admitir una rotación que involucre una nueva dimensión
        recuerda el problema kantiano de la congruencia de los incongruentes;<xref ref-type="fn"
          rid="fn30">30</xref> problema frente al cual Wittgenstein, en sintonía con Leibniz,
        anota:</p>
  <disp-quote>
    <p>El problema kantiano de la mano derecha y de la mano izquierda (<xref ref-type="fig"
            rid="imagen1">figura 2</xref>), que no pueden hacerse coincidir superponiéndolas, se da
          ya en el plano, incluso en el espacio unidimensional, donde las dos figuras congruentes a
          y b tampoco pueden hacerse coincidir superponiéndolas sin sacarlas fuera de este
          espacio:</p>
  </disp-quote>
  
  <fig id="imagen2">
    <caption><p>Figura 2. Figura 1. TLP 6. 36111</p></caption>
    <graphic mimetype="image" mime-subtype="x-emf" xlink:href="media/image2.jpeg" />
  </fig>
  
  <disp-quote>
    <p>La mano derecha y la mano izquierda son, en efecto, enteramente congruentes. Y nada tiene que
          ver con ello el que no sea posible [físicamente] hacerlas coincidir superponiéndolas.</p>
    <p>Sería posible [lógicamente] calzar el guante derecho en la mano izquierda si cupiera darle la
          vuelta en el espacio tetradimensional.<xref ref-type="fn" rid="fn31">31</xref>
            (<italic>TLP</italic>, 6.36111)</p>
  </disp-quote>
  <p>Si asumimos la convención de tomar los caracteres <italic>X</italic>, <italic>Y</italic>,
          <italic>Z</italic> como mención a puntos variables y los caracteres <italic>A</italic>,
          <italic>B</italic>, <italic>C</italic> como mención a puntos determinados,
          <italic>AB</italic>γ<italic>AY</italic> define el <italic>situs</italic> de todos los
        puntos <italic>Y</italic> que mantienen con <italic>A</italic> el mismo
          <italic>situs</italic> que hay entre <italic>A</italic> y <italic>B</italic>. Es decir, si
        aludimos a figuras con las que tenemos familiaridad, nos referimos a la superficie esférica
        de centro <italic>A</italic> y radio igual a la distancia que separa <italic>A</italic> y
          <italic>B</italic>. Nada nos obliga a pensar necesariamente en una métrica pitagórica;
        podemos imaginar métricas diferentes. Así define Leibniz el plano: «es el lugar de todos los
        puntos, cada uno de los cuales tiene el mismo <italic>situs</italic> respecto a dos puntos
          dados».<xref ref-type="fn" rid="fn32">32</xref></p>


  <fig id="imagen3">
    <caption><p>Figura 3</p></caption>
    <graphic mimetype="image" mime-subtype="x-emf" xlink:href="media/image3.jpg" />
  </fig>

  <p>Esta definición se puede formular así: <italic>AX</italic>γ<italic>BX</italic>. La figura 3 (a)
        ilustra la construcción: dados <italic>A</italic> y <italic>B</italic> fijos, los puntos
          <italic>X</italic> se encuentran en lo que nosotros llamaríamos el plano mediatriz entre
          <italic>A</italic> y <italic>B</italic>. <italic>ABX</italic>γ<italic>ABY</italic> define
        una circunferencia (ver<xref ref-type="fig" rid="imagen3"> figura 3</xref> (b)).<xref
          ref-type="fn" rid="fn33">33</xref> Es fácil advertir que
          <italic>AY</italic>γ<italic>BY</italic>γ<italic>CY</italic> define una línea recta: se
        trata de los puntos <italic>Y</italic> que están tanto en el plano
          <italic>AY</italic>γ<italic>BY</italic> como en el plano
          <italic>BY</italic>γ<italic>CY</italic>. La línea recta se concibe entonces como la
        intersección de dos planos. Por último, el <italic>situs</italic> de un punto
        individualizado –<italic>Y</italic>– se puede caracterizar así:
          <italic>AY</italic>γ<italic>BY</italic>γ<italic>CY</italic>γ<italic>DY</italic>, es decir,
        la intersección entre las rectas <italic>AY</italic>γ<italic>BY</italic>γ<italic>CY</italic>
        y <italic>BY</italic>γ<italic>CY</italic>γ<italic>DY</italic>.<xref ref-type="fn" rid="fn34"
          >34</xref></p>
  <p>Estas construcciones simples, como lo señala Leibniz, pueden pasar por definiciones.<xref
          ref-type="fn" rid="fn35">35</xref> Así las cosas, presuponiendo que <italic>A</italic> y
          <italic>B</italic> nombran caracteres simples y γ estipula la relación de congruencia,
          <italic>AX</italic>γ<italic>BX</italic> presenta el plano mediatriz que definen
          <italic>A</italic> y <italic>B</italic> sin tener que pedirle al lector que intente
        imaginar algo que posee solo longitud y anchura. El mismo plano se podría individualizar a
        partir de otra pareja de puntos diferentes a <italic>A</italic> y <italic>B</italic>. De
        igual forma, <italic>AY</italic>γ<italic>BY</italic>γ<italic>CY</italic> presenta la única
        recta que yace tanto en el plano mediatriz que definen <italic>A</italic> y
          <italic>B</italic> como en el que definen los puntos <italic>B</italic> y
          <italic>C</italic>; todo ello sin tener que pedirle al lector que traiga a su mente algo
        que yace uniformemente sobre los puntos que contiene. La recta es, entonces, el lugar de
        cualesquiera puntos que se comportan del mismo modo respecto de tres puntos dados
          <italic>A</italic>, <italic>B</italic> y <italic>C</italic> (<italic>AS</italic>, p.
          506).<xref ref-type="fn" rid="fn36">36</xref> Una vez dados dos puntos, ya queda
        establecida la vía más simple (la línea recta) que los contiene, cualquier otra vía será más
        extensa (<italic>AS</italic>, p. 445).<xref ref-type="fn" rid="fn37">37</xref> Esto coincide
        con el tercer axioma de Bertrand Russell.<xref ref-type="fn" rid="fn38">38</xref> Si
        queremos llamar la atención sobre un punto separado de los demás, un punto individualizado
          –<italic>Y–</italic>, basta con que señalemos que
          <italic>AY</italic>γ<italic>BY</italic>γ<italic>CY</italic>γ<italic>DY</italic>, es decir,
        la intersección del plano mediatriz que definen <italic>A</italic> y <italic>B</italic>, con
        el que definen <italic>B</italic> y <italic>C</italic> y con el que definen
          <italic>C</italic> y <italic>D</italic>.</p>
  <p>Esta exploración muy superficial que hemos hecho por algunos pasajes del <italic>Analysis
          situs</italic> muestra la manera como Leibniz hace emerger los objetos básicos de la
        geometría sin presentar de ellos definiciones apoyadas en una glosa oscura. La emergencia de
        tales objetos se logra invocando simplemente las relaciones de ubicación establecidas a
        partir de la noción primordial de congruencia. Así las cosas, el <italic>Analysis
          situs</italic> puede pensarse, en principio, como una estructura que se asemeja a una
        geometría de incidencia. <italic>P</italic> es el conjunto de puntos (todos los objetos que
        son congruentes con un ejemplar de ellos, <italic>A</italic>), <italic>L</italic> es el
        conjunto de líneas rectas (cada recta es el <italic>situs</italic> formado por la
        intersección de dos planos). La relación de incidencia <italic>I</italic>, que determina qué
        puntos inciden en una misma recta y qué rectas inciden en un mismo punto, se puede concebir
        a partir de la relación de congruencia γ. Así, el punto <italic>X</italic> se encuentra en
        la recta<xref ref-type="fn" rid="fn39">39</xref>
        <italic>l<sub>ABC</sub></italic>, si y solo si, <italic>X</italic> hace parte de los
          <italic>Y</italic> tales que <italic>AY</italic>γ<italic>BY</italic>γ<italic>CY</italic>.
        Igualmente, la recta <italic>l<sub>ABC</sub></italic> incide sobre el punto
          <italic>E</italic>, si y solo si, existe un punto <italic>D</italic> tal que
          <italic>AE</italic>γ<italic>BE</italic>γ<italic>CE</italic>γ<italic>DE.</italic> Es fácil
        ver, aunque no presento los pasos intermedios, que dicha estructura satisface tres de los
        cinco axiomas de una geometría proyectiva.<xref ref-type="fn" rid="fn40">40</xref></p>
</sec>
<sec id="elementos-de-tlp-vistos-a-la-luz-del-analysis-situs">
  <title>2. Elementos de <italic>TLP</italic> vistos a la luz del <italic>Analysis
        situs</italic></title>
  <p>Muchos comentaristas del <italic>Tractatus</italic> inician sus digresiones ocupándose de la
        ontología que subyace al tratado de lógica. El espectro de posibilidades para concebir la
        naturaleza de los objetos de <italic>TLP</italic> puede extenderse a lo largo de las
        siguientes franjas: (i) objetos de naturaleza física, a la manera de los puntos materiales
        de Hertz;<xref ref-type="fn" rid="fn41">41</xref> (ii) objetos de naturaleza fenomenológica:
          <italic>sense-data</italic>;<xref ref-type="fn" rid="fn42">42</xref> (iii) objetos lógicos
        (cfr. Stokhof 2002, cap. 2).<xref ref-type="fn" rid="fn43">43</xref></p>
  <p>Como quiera que interpretemos la ontología de <italic>TLP</italic>, los objetos son simples
          (<italic>TLP</italic>, 2.02) y, en ese orden de ideas, guardan semejanza con los puntos de
        la geometría. ¿Hay en <italic>TLP</italic> alguna alusión que soporte la semejanza
        mencionada? «(Los nombres son como puntos; las proposiciones, como flechas: tienen sentido)»
          (<italic>TLP</italic>, 3.144, también <italic>NL</italic>, p. 101).<xref ref-type="fn"
          rid="fn44">44</xref> Conviene advertir que el comentario de <italic>NL</italic> es de
        1913, un período en el que estaba muy activo el intercambio con Bertrand Russell. A
        continuación, en dicho pasaje, señala el autor: «la forma de una proposición es como una
        línea recta» (<italic>NL</italic>, p. 102).<xref ref-type="fn" rid="fn45">45</xref> Los
        estados-de-cosas (<italic>Sachverhalten</italic>) son complejos: articulaciones de objetos
          (<italic>TLP</italic>, 2.01). Como veremos, los objetos son simples, pero dependientes; de
        otra parte, los estados-de-cosas son independientes entre sí, pero no son simples.
        Exploraremos tal contraste con más cuidado en breve.</p>
  <p>No faltan en <italic>TLP</italic> alusiones a un parecido de familia muy estrecho entre espacio
        lógico y espacio geométrico; quizá la alusión más clara es: «<italic>El lugar geométrico y
          el lógico concuerdan en que ambos son la posibilidad de una existencia</italic>».<xref
          ref-type="fn" rid="fn46">46</xref> Las menciones a posibilidad y existencia resuenan con
        enfoques leibnizianos. Este enunciado aclara el aforismo 3.4 que afirma que la proposición
        determina un <italic>lugar</italic> [<italic>Ort</italic>] en el espacio lógico; además, la
        existencia de dicho lugar está garantizada por la existencia de las partes constitutivas.
        Aprehender la forma lógica de la proposición significa reconocer que sus partes
        constitutivas se estructuran de forma similar a como lo hacen los objetos en el hecho
        figurado. Michael Piekarski en un artículo en el que explora las conexiones estrechas entre
        Leibniz y Wittgenstein, anota, valiéndose del término leibniziano
        <italic>expresión</italic>: «La forma lógica es precisamente la <italic>expresión</italic>
        de la existencia de estructuras idénticas».<xref ref-type="fn" rid="fn47">47</xref> De
        manera semejante, reconocer una recta es aprehender los puntos que inciden en ella (aquellos
        que satisfacen <italic>AY</italic>γ<italic>BY</italic>γ<italic>CY</italic> si seguimos a
        Leibniz). Especialmente destacado es el siguiente pasaje en el que Wittgenstein menciona
        explícitamente el término leibniziano “mundo posible”: «En cada mundo posible existe un
        orden aun cuando este sea uno complicado, así como en el espacio no hay distribuciones
        ordenadas en contraste con desordenadas, sino que cada distribución de puntos está en orden»
          (<italic>NB</italic>, p. 83).<xref ref-type="fn" rid="fn48">48</xref></p>
  <p>Dado que una línea en Leibniz es el lugar continuo y sucesivo de un punto, la línea recta puede
        concebirse como una muy particular conexión continua de objetos-simples. Es esencial a la
        cosa el poder ser parte de un estado-de-cosas (<italic>TLP</italic>, 2.011). Igualmente, es
        esencial al punto (objeto simple) el que lo podamos individualizar al sacar a la luz su
        articulación en un <italic>situs</italic> complejo. «Al igual que no podemos en absoluto
        representarnos objetos espaciales fuera del espacio […], tampoco podemos representarnos
        objeto alguno fuera de la posibilidad de su conexión con otros».<xref ref-type="fn"
          rid="fn49">49</xref> El espacio en Leibniz, como hemos visto, es la conjunción completa de
        todos los objetos congruentes con un punto dado a manera de ejemplar. El punto ya vive en un
        horizonte de infinitos objetos indistinguibles con él (salvo por la diferencia en el
          <italic>situs</italic>). Cuando nos representamos un punto –<italic>Y–</italic> de manera
        individualizada, ofrecemos una delimitación parecida a
          <italic>AY</italic>γ<italic>BY</italic>γ<italic>CY</italic>γ<italic>DY.</italic> Lo
        individualizamos gracias a las conexiones que guarda con otros; en el caso ilustrado, los
        puntos fijos <italic>A</italic>, <italic>B</italic>, <italic>C</italic> y
        <italic>D</italic>.</p>
  <p>«La forma del objeto [señala Wittgenstein] es la posibilidad de su ocurrencia en estados de
          cosas».<xref ref-type="fn" rid="fn50">50</xref> Así entonces, dado un objeto
          <italic>Y</italic>, su forma lógica es el despliegue de todas las posibles combinaciones
        en las que puede presentarse. Esto se puede expresar en un esquema como el que muestra la
          <xref ref-type="fig" rid="imagen4">figura 4</xref>. <italic>Y</italic> es un punto, y
        todas las ramificaciones que se desprenden de <italic>Y</italic> figuran todas las rectas en
        las que <italic>Y</italic> participa (todos los estados-de-cosas que contemplan a
          <italic>Y</italic> como uno de sus eslabones). La forma lógica de un objeto hace las veces
        de una relación de incidencia que determina en qué posibles estados-de-cosas puede el objeto
        articularse. De igual manera, la forma lógica de un punto –<italic>Y</italic>– en el
          <italic>Analysis situs</italic> anticipa posibles incidencias:
          <italic>A<sub>n</sub>Y</italic>γ<italic>B<sub>n</sub>Y</italic>γ<italic>C<sub>n</sub>Y</italic>γ<italic>D<sub>n</sub>Y</italic>
        con <italic>A<sub>n</sub>, B<sub>n</sub>, C<sub>n</sub>, D<sub>n</sub></italic> una
        abigarrada colección de tétradas de puntos que hacen posible la individualización de
          <italic>Y</italic>.</p>
  <fig id="imagen4">
    <caption><p>Figura 4. Expresión de la forma lógica de un
    objeto</p></caption>
    <graphic mimetype="image" mime-subtype="jpeg" xlink:href="media/image4.jpeg" />
  </fig>
  <p>Si forzamos la comparación con una geometría de incidencia, podemos imaginar que a la base de
          <italic>TLP</italic> subyace una estructura <italic>{O, E, I }</italic>,
          <italic>O</italic> nombra un conjunto de elementos simples (objetos), <italic>E</italic>
        un conjunto de articulaciones de elementos simples [<italic>Sachverhalten</italic>] y
          <italic>I</italic> una relación de incidencia que, en virtud de las formas lógicas de los
        objetos y de los estados-de-cosas, estipula de antemano qué relaciones son posibles.
        Conviene anotar que, a diferencia de la definición original de una geometría de incidencia,
        no podemos hacer de los elementos de <italic>E</italic> subconjuntos de elementos de
          <italic>O</italic>. Un estadode-cosas no es un conjunto de objetos simples, es una
        articulación de estos.</p>
  <p>De manera similar, la forma de un estado-de-cosas es la posibilidad del modo y manera como los
        objetos se articulan (<italic>TLP</italic>, 2.033, 2.032). Si representamos un
        estado-de-cosas por un segmento de recta con sus extremos como lugares abiertos, dispuestos
        a acoger múltiples puntos, podemos hacernos una idea similar a la que se expone en la <xref
          ref-type="fig" rid="imagen5">Figura 5</xref>. Los puntos <italic>A<sub>n</sub></italic> y
            <italic>B<sub>n</sub></italic> representan cualesquiera objetos que podrían ocupar los
        lugares de la articulación. Así, el esquema hace alusión a la multiplicidad de objetos
        (puntos) que podrían usarse para caracterizar el estado-de-cosas (recta). La presentación de
          <italic>TLP</italic> como geometría de incidencia no puede llevarse más lejos porque un
        estado-de-cosas puede llegar a necesitar más de dos elementos (objetos) para su
        caracterización completa y porque dos objetos pueden articularse en una multiplicidad de
        relaciones.</p>
  <fig id="imagen5">
    <caption><p>Figura 5. Expresión de la forma lógica de un
    estado-de-cosas</p></caption>
    <graphic mimetype="image" mime-subtype="jpeg" xlink:href="media/image5.jpeg" />
  </fig>
  <p>Los extremos pueden acoger diferentes objetos. Dos objetos encadenados en un estado-de-cosas,
        mientras exhiben su forma lógica, pueden, entonces, representarse como muestra la <xref
          ref-type="fig" rid="imagen6">Figura 6</xref>. En las palabras de Griffin: «La forma lógica
        de un estado-de-cosas es la amalgama de las formas de los objetos que lo constituyen».<xref
          ref-type="fn" rid="fn51">51</xref></p>
  
  <fig id="imagen6">
    <caption><p>Figura 6. Síntesis de formas lógicas</p></caption>
    <graphic mimetype="image" mime-subtype="png" xlink:href="media/image6.jpeg" />
  </fig>
  

  <p>Conocer un objeto de <italic>TLP</italic> es, pues, conocer todas sus posibles ocurrencias en
        estados-de-cosas (<italic>TLP</italic>, 2.0123); de igual manera, individualizar un punto es
        reconocer el <italic>situs</italic> en relación con otros puntos. Para conocer el objeto,
        hay que conocer todas sus posibilidades de entrar en los hechos atómicos
          (<italic>TLP</italic> 2.0123), también conocer sus propiedades internas o formales
          (<italic>TLP</italic>, 2.01231). Por <italic>propiedad interna</italic> entiende
        Wittgenstein aquella que resulta impensable que el objeto pudiera no tener
          (<italic>TLP</italic> 4.123). El que un objeto tenga tal o cual propiedad interna no puede
        expresarse por medio de una proposición; pues una proposición figura un estado-de-cosas que
        podría tanto darse como no-darse. Por esa razón, el que algo caiga bajo una propiedad
        interna solo puede mostrase, de ninguna manera aseverarse (<italic>TLP</italic>, 3.221).
        Wittgenstein también distingue entre conceptos formales y conceptos propios
          (<italic>TLP</italic>, 4.126). El que algo caiga bajo un concepto propio, en el sentido en
        el que Frege identificaba los conceptos con funciones, se puede expresar mediante una
        proposición. Que algo caiga bajo un concepto formal no se puede expresar mediante
        proposiciones, sólo puede mostrase en el símbolo de ese objeto (su carácter, siguiendo a
        Leibniz). La expresión de un concepto formal se da gracias al uso de variables en el
        simbolismo. Objeto es uno de estos conceptos formales. Decir “Hay objetos y
          <italic>x</italic> es un objeto” es intentar erróneamente valerse del lenguaje descriptivo
        para presentar lo que en dicho lenguaje solo se puede mostrar. Que hay objetos se muestra en
        nuestro lenguaje por el hecho de que nos valemos de símbolos de variables. De igual forma,
        que hay puntos se muestra en el reconocimiento del <italic>situs
          A</italic>γ<italic>Y</italic>.</p>
  <p>¿Decir <italic>A</italic>γ<italic>Y</italic> es una forma confusa de presentar la naturaleza de
        un punto? Veamos si la peculiar congruencia de cualesquiera par de puntos se puede presentar
        a la manera de una propiedad interna. Raymond Bradley, quien se ha esmerado en presentar
        vasos comunicantes Wittgenstein/Leibniz sugiriendo que Wittgenstein defiende un atomismo
        modal, defiende que para sostener que <italic>x</italic> tiene una propiedad interna Φ, se
        deben satisfacer las siguientes condiciones (p. 80):<xref ref-type="fn" rid="fn52"
        >52</xref></p>
  <list list-type="roman-upper">
    <list-item>
      <p>Φ es una característica [<italic>Merkmale</italic>] de
      <italic>x</italic> (<italic>TLP</italic>, 4.126)</p>
    </list-item>
    <list-item>
      <p>El tener Φ de <italic>x</italic> se hace manifiesto en el potencial combinatorio de
              <italic>x</italic> con otros elementos simples</p>
    </list-item>
    <list-item>
      <p>El tener Φ de <italic>x</italic> no se puede decir por medio de
      una proposición contingente, tan solo se puede mostrar en la
      proposición gracias a la clase de signo empleado para
      <italic>x</italic> (<italic>TLP</italic>, 4.126).</p>
    </list-item>
  </list>
  <p>Si <italic>A</italic> nombra un punto dado como ejemplar y <italic>X</italic> un punto del cuál
        queremos conocer sus propiedades internas, estas, sin duda, se expresan en la fórmula
          <italic>A</italic>γ<italic>X</italic>. No resulta complicado defender que γ satisface las
        condiciones mentadas. Al expresar <italic>A</italic>γ<italic>X</italic> no estamos
        descubriendo un rasgo contingente de <italic>X</italic>, sino reconociendo a
          <italic>X</italic> como un carácter simple. De la misma manera en que «No: “El signo
        complejo ‘<italic>aRb</italic>’ dice que <italic>a</italic> está en la relación
          <italic>R</italic> con <italic>b</italic>” sino: Que ‘<italic>a</italic>’ está en cierta
        relación con ‘<italic>b</italic>’ dice que <italic>aRb</italic>».<xref ref-type="fn"
          rid="fn53">53</xref> Así, el darse la característica γ de <italic>X</italic> no se
        conjetura mediante una proposición, sino que se muestra en las proposiciones en las que nos
        valemos de dicha propiedad (<italic>TLP</italic>, 4.124). En otras palabras, llamamos
          <italic>Punto</italic> a aquello tal que <italic>A</italic>γ<italic>X</italic>. No
        pretendemos aseverar que <italic>A</italic>γ<italic>X</italic> presente una propiedad de
          <italic>X</italic> que ya podríamos advertir con otros recursos.</p>
  <p>«Cualquier cosa está, por así decirlo, en un espacio de posibles estados-de-cosas. Puedo
        representarme vacío ese espacio, pero no la cosa sin el espacio» (<italic>TLP</italic>,
          2.013).<xref ref-type="fn" rid="fn54">54</xref> El <italic>situs</italic> de un punto,
        como lo señalamos con anterioridad, solo puede determinarse de manera relativa. «El objeto
        espacial debe encontrase en el espacio infinito. (El punto espacial es un lugar argumental).
        La mancha en el campo visual no tiene, ciertamente, por qué ser roja, pero ha de tener un
        color: tiene, por así decirlo, el espacio cromático en torno suyo».<xref ref-type="fn"
          rid="fn55">55</xref> El ejemplo contrasta, sin embargo, con la siguiente presentación:
        «los objetos son incoloros» (<italic>TLP</italic>, 2.0232).<xref ref-type="fn" rid="fn56"
          >56</xref> ¿Cómo se puede sostener que el espacio cromático esté, al fin de cuentas,
        constituido por objetos incoloros? Las manchas cromáticas están en un espacio cromático no
        en virtud de un rasgo que les es anterior a su participación en el espacio; más bien, son
        rojas o azules o verdes gracias a su peculiar posición (<italic>situs</italic>) en una carta
        cromática. La carta cromática (la multiplicidad de relaciones) en algún sentido ha de ser
        anterior.</p>
  <p>Así como ciertos estados-de-cosas fungen como figuras de otros, siempre que los objetos en el
        primero se combinen de una manera que es igual a la forma como los objetos se articulan
        entre sí en el hecho figurado, así mismo, los caracteres en una <italic>Characteristica
          geometrica</italic> deben combinarse para figurar las posibles articulaciones de los
        puntos que constituyen los objetos de interés de la geometría. La expresión
          <italic>ABC</italic>γ<italic>DEF</italic> sugiere que el <italic>situs ABC</italic> puede
        superponerse sobre el <italic>situs DEF</italic> sin que se advierta diferencia, salvo el
        hecho de que uno está AQUÍ AHORA y el otro está ALLÍ AHORA. En ese orden de ideas, podemos
        pensar, en el espíritu del <italic>Tractatus</italic>, que la composición
          <italic>ABC</italic> figura la composición <italic>DEF</italic>: «La relación figurativa
        consiste en las coordinaciones entre los elementos de la figura y los de las cosas».<xref
          ref-type="fn" rid="fn57">57</xref> Las articulaciones <italic>A-D</italic>,
          <italic>B-E</italic> y <italic>C-F</italic> y el buen ajuste de los <italic>situs</italic>
        correspondientes muestran la concordancia figurativa «Solo los puntos extremos
          <italic>tocan</italic> el objeto a medir» (<italic>TLP</italic>, 15121).<xref
          ref-type="fn" rid="fn58">58</xref></p>
  <p>Si existe lo complejo, debe existir lo simple, advierte Leibniz al comienzo de la
          <italic>Monadología</italic>.<xref ref-type="fn" rid="fn59">59</xref> El
          <italic>Tractatus</italic> supone una estructura en armonía con dicha cláusula. Los
        objetos son simples, pero no se dan de manera independiente o aislada; cada objeto vive en
        un espacio de posibles articulaciones. Estas articulaciones (estados-de-cosas) son la unidad
        básica de la complejidad. Tales unidades no son simples (son complejas), pero, como veremos
        en la próxima sección, son independientes entre sí. Los objetos, siendo simples, no son
        independientes. La totalidad de posibles articulaciones de simples constituye lo que
        Wittgenstein denomina <italic>Realidad</italic> [<italic>Wirklichkeit</italic>]
          (<italic>TLP</italic>, 2.06). De esta totalidad, unos estados-de-cosas acaecen, en tanto
        que los restantes no-acaecen. Wittgenstein denomina a los estados-de-cosas que acaecen
          <italic>Hechos</italic> [<italic>Tatsachen</italic>] (<italic>TLP</italic>, 1.1) y a la
        totalidad de los hechos la denomina <italic>Mundo</italic> [<italic>Welt</italic>]
          (<italic>TLP</italic>, 2.04). Como veremos en la próxima sección, hay una diferencia
        importante en lo que cada filósofo considera como la totalidad de lo que nos es dado, a
        saber, el mundo.</p>
  <p>Hemos señalado varios aires de familia superficiales entre objetos en <italic>TLP</italic> y
        puntos en <italic>AS</italic>; así como entre rectas en <italic>AS</italic> y
        estados-de-cosas en <italic>TLP</italic>. Tales similitudes justifican que nos animemos a
        ver el <italic>Tractatus</italic> a la manera de una topología. A comienzos del siglo XIX,
        Poncelet advirtió la naturaleza dual de los teoremas de la geometría proyectiva. Cualquier
        enunciado o teorema de la geometría proyectiva plana puede someterse a una transformación de
        tal manera que la palabra <italic>punto</italic> sea sustituida por la palabra
          <italic>recta,</italic> la palabra <italic>recta</italic> por la palabra
          <italic>punto</italic> y se adelanten ajustes sintácticos. Toda transformación de ese
        estilo conduce a un nuevo enunciado que también es un teorema. De este brillante resultado
        se desprenden dos conclusiones sorprendentes: (1) cada vez que se demuestra un teorema, se
        demuestran realmente dos (el original y el dual que se obtiene con la transformación
        indicada); (2) un teorema que advierte una propiedad acerca de cierto conjunto de puntos
        puede leerse como si también advirtiera una propiedad acerca de un conjunto de rectas. La
        riqueza de los objetos de la geometría proyectiva no reside en que ellos se den en o
        requieran de una intuición para que después nosotros logremos poner en evidencia sus
        propiedades; sino que ellos están determinados por las redes de relaciones en la que se
        encuentran atados. En otro artículo he mostrado que, haciendo ajustes sintácticos, hasta
        cierto punto es posible intercambiar los vocablos <italic>objeto</italic> y
          <italic>hecho</italic> en cada entrada de <italic>TLP</italic>. Dicha transformación lleva
        a obtener como resultado otra entrada diferente de <italic>TLP</italic>. De tener éxito en
        esta provocativa sugerencia, se podría llevar el parecido de familia más hondo al mostrar
        que <italic>TLP</italic> entraña un principio de dualidad similar al que se advierte en la
        geometría proyectiva. Defender dicha tesis demanda un espacio que rebasa el que disponemos
        en este artículo.</p>
</sec>
<sec id="expresión-en-tlp-y-monadología">
  <title>3. Expresión en <italic>TLP</italic> y <italic>Monadología</italic></title>
  <p><italic>Diferencias ontológicas</italic>. A pesar de las similitudes que hemos tratado de sacar
        a la luz, claro que hay diferencias muy hondas entre los dos autores. Para evaluar algunas
        diferencias centrales, debemos considerar el <italic>Analysis situs</italic> en armonía con
        la gran obra del filósofo alemán; en particular, con las presuposiciones expuestas en la
          <italic>Monadología</italic>. Para comenzar, siguiendo a Wittgenstein, el mundo, lo que de
        alguna manera nos es dado, es la totalidad de los hechos [<italic>Tatsachen</italic>], no de
        las cosas (<italic>TLP</italic>. 1.1). Entre tanto, Leibniz concibe el mundo como una
        abigarrada reunión de objetos simples (mónadas) entre los cuales no podemos concebir la
        existencia de lazos causales. Si mi propuesta de dualidad en <italic>TLP</italic> llegara a
        completarse con éxito, esta diferencia se disolvería. Las mónadas carecen de ventanas
          (<italic>Mon</italic>, § 7). Cada mónada vive su vida, por decirlo así, de manera
        absolutamente independiente. Llamaremos a tal condición <italic>independencia
          ontológica</italic>. La <italic>línea-de-mundo</italic> de una mónada, su devenir en el
        continuo temporal, transcurre con independencia de las líneas-de-mundo restantes. En el
          <italic>Tractatus</italic>, los objetos no gozan de dicha independencia, cada objeto se da
        en articulación con otros. No obstante, los hechos sí gozan de independencia
          (<italic>TLP</italic>, 5.134): «Algo puede ser el caso o no ser el caso, ytodo lo demás
        permanecer igual».<xref ref-type="fn" rid="fn60">60</xref> A esta nueva condición, presente
        en el <italic>Tractatus</italic>, la denominamos <italic>independencia lógica</italic>. Así
        las cosas, en la <italic>Monadología</italic> hay independencia ontológica; en el
          <italic>Tractatus</italic>, hay independencia lógica, no la hay ontológica.</p>
  <p><italic>Diferencias a propósito del papel de los principios lógicos</italic>. La conclusiones
        de la <italic>Monadología</italic> se van tejiendo gracias al reconocimiento de la validez
        de ciertos principios lógicos: el principio de no contradicción, el principio de razón
        suficiente y el principio de identidad de los indiscernibles.<xref ref-type="fn" rid="fn61"
          >61</xref> Wittgenstein, por su parte, considera que los llamados principios lógicos son
        formulaciones que carecen de sentido [<italic>sinnlos</italic>]; en el mejor de los casos,
        resumen combinaciones tautológicas que, al fijar sus condiciones de posibilidad solo en una
        (lo verdadero), sacrifican el ámbito propio de la bipolaridad que es el que le corresponde a
        la proposición (<italic>TLP</italic>, 6.1). Solo con atender a la composición del símbolo
        podemos advertir que las combinaciones tautológicas son verdaderas.</p>
  <p>El principio de razón suficiente (ley de la causalidad para Wittgenstein) no es una ley, sino
        la forma de una ley (<italic>TLP</italic>, 6.32). Se trata de una de esas formas <italic>a
          priori</italic> que estipulamos con el objeto de forzarnos a presentar de manera unitaria
        las repeticiones casuales que recogemos en nuestras observaciones del mundo físico. Dicho
        principio, entonces, prefigura qué tipo de norma de descripción acogemos; no es, de suyo,
        una descripción (<italic>TLP</italic>, 6.35).</p>
  <p>En un lenguaje bien formado (una <italic>Characteristica</italic> siguiendo a Leibniz) sobra el
        signo de identidad (<italic>TLP</italic>, 5.53, 5.533). En <italic>TLP</italic>, se expresa
        la igualdad del objeto por medio de la igualdad del signo; no se ofrecen dos signos
        diferentes para el mismo objeto. Por esa razón, no se requiere el símbolo de identidad tal y
        como lo concibió Frege. La identidad no puede ser una relación entre objetos, pues en
        principio estos tendrían que pensarse como distintos: «Yo creo que sería posible excluir por
        completo el signo de identidad de nuestra notación y siempre indicar la identidad meramente
        por la identidad de los signos» (<italic>NB</italic>, p. 34).<xref ref-type="fn" rid="fn62"
          >62</xref> En el espacio de Leibniz, cada punto es congruente con cualquier otro; lo que
        significa que no hay rasgo alguno interno que los distinga. Esto, sin embargo, no los
        confunde en una suerte de identidad porque el <italic>situs</italic> de cada uno se
        individualiza de manera diferente. La presentación
          <italic>AY</italic>γ<italic>BY</italic>γ<italic>CY</italic>γ<italic>DY</italic> sirve como
        descripción definida de un punto particular. En palabras de Wittgenstein:</p>
  <disp-quote>
    <p>O bien una cosa tiene propiedades que ninguna otra posee, en cuyo caso cabe distinguirla sin
          más de las otras mediante una descripción y remitir a ella; o bien, por el contrario, hay
          varias cosas que tienen todas sus propiedades en común, en cuyo caso es absolutamente
          imposible señalar una de ellas. Porque si la cosa no viene distinguida por nada, entonces,
          yo no puedo distinguirla, dado que si no, ya estaría, en efecto, distinguida.<xref
            ref-type="fn" rid="fn63">63</xref></p>
  </disp-quote>
  <p>En resumen. De una parte, el universo en Leibniz es una abigarrada reunión de objetos
        independientes (mónadas), sin nexo causal alguno, cuyo devenir fue previamente pensado y
        ajustado a los dictámenes del creador. Dictámenes que nosotros no podemos conocer de manera
        plena. Lo que nosotros creemos atribuir a un vínculo causal entre las unidades básicas, no
        es más que una armonía preestablecida por Dios.<xref ref-type="fn" rid="fn64">64</xref> La
        razón, cree Leibniz, auxiliada con los principios lógicos, puede, a su manera, advertir
        algunos de estos rasgos estructurales. En contraste con lo anterior, el mundo en
        Wittgenstein es la totalidad de los hechos (estructuras complejas), no de las cosas. Entre
        los hechos reina la independencia lógica. No hay tampoco vínculos causales entre estos
          (<italic>TLP</italic>, 5.135, 5.136). Para decirlo con las palabras de Leibniz, los hechos
        carecen de ventanas. Los denominados <italic>Principios lógicos</italic> no informan acerca
        de rasgos en el mundo. Aquello que estos principios intentan infructuosamente comunicar ya
        es patente (o se muestra) como propiedades formales de nuestro lenguaje.</p>
  <p>A pesar de las grandes diferencias que hemos puesto de relieve, es posible recuperar la vía de
        los aires de familia si dirigimos nuestra atención a la noción de
        <italic>expresión</italic>. <italic>Mónada</italic> es el término que usa Leibniz para
        referir a la sustancia simple; de dicha caracterización se sigue que una mónada no pueda
        surgir o perecer por accidente, solo puede hacerlo por creación o aniquilación divina
          (<italic>Mon</italic>, § 6). La mónada tiene un devenir, lo que implica una unidad en la
        variación. Leibniz llama <italic>percepción</italic> al estado transitorio que envuelve o
        representa una multitud en la sustancia simple<xref ref-type="fn" rid="fn65">65</xref> y
          <italic>apetición</italic> a la acción que realiza el paso de una percepción a otra
          (<italic>Mon</italic>, § 15). En ese orden de ideas, la mónada aparece esencialmente como
        sustancia que es por naturaleza representativa (<italic>Mon</italic>, § 60). De la
        independencia ontológica se sigue que no podríamos dar cuenta de la percepción si nos
        restringimos a invocar razones mecánicas. Como una mónada no puede influir sobre otra, solo
        resta esperar que, mediante la intervención de Dios, se haya previsto que los padecimientos
        de una covarien con las modificaciones de la otra (<italic>Mon</italic>, § 51). Dado que en
        la mente de Dios habría la posibilidad de contemplar todas las posibles covariaciones y que
        se requiere una razón suficiente para que, entre la infinidad de opciones, Dios [el ser
        absolutamente perfecto y bueno] actualice una en lugar de las restantes, dicha razón, cree
        el filósofo, no puede ser diferente a la consideración de los grados de perfección que
        envuelve cada alternativa (<italic>Mon</italic>, §§ 53-55). Estas demandas de articulación,
        que no dejan espacio para la causalidad recíproca, exigen, pues, que, a propósito del
        devenir de cada mónada particular, exista una representación completa [una forma de
        percepción] de las alteraciones simultáneas de las mónadas restantes. En las palabras de
        Leibniz:</p>
  <disp-quote>
    <p>Ahora bien, esta ligazón o acomodamiento de todas las cosas creadas a cada una y de cada una
          a todas las demás, hace que cada sustancia simple tenga relaciones que expresan a todas
          las demás, y que por consiguiente sea un espejo vivo y perpetuo del universo.<xref
            ref-type="fn" rid="fn66">66</xref> (<italic>Mon</italic>, § 56)</p>
  </disp-quote>
  <p>En otro pasaje brillante de la Teodicea sostiene:</p>
  <disp-quote>
    <p>Una de las reglas de mi sistema de la armonía general es,
    <italic>que el presente está preñado del
    provenir,</italic><xref ref-type="fn" rid="fn67">67</xref> y que el
    que ve todo, ve en lo que es lo que será. Pero aún más, he
    establecido de una manera demostrativa que Dios ve en cada parte del
    universo el universo entero, a causa de la perfecta conexión de las
    cosas.<xref ref-type="fn" rid="fn68">68</xref></p>
  </disp-quote>
  <p>Así entonces, toda sustancia expresa a todas las demás mediante las relaciones que mantiene con
        ellas (<italic>Mon</italic>, § 59). En el <italic>Discurso de metafísica</italic> sostiene
        Leibniz el principio general según el cual todo efecto expresa su causa
        (<italic>DM</italic>, § xxviii).<xref ref-type="fn" rid="fn69">69</xref> De este principio,
        Leibniz desprende que el alma tiene las ideas de las cosas en virtud de la acción continua
        de Dios y del hecho de que el alma es una expresión de la esencia, pensamiento y voluntad
        divina.</p>
  <p>Desde la perspectiva del complejo sistema leibnizano, nosotros, en virtud de la percepción
        confusa, adquirimos la falsa creencia de la influencia causal entre las partes del universo.
        Sin embargo, una mirada atenta nos lleva a descubrir, más bien, la perfecta armonía
        preestablecida por el creador:</p>
  <disp-quote>
    <p>[s]e puede suponer de una vez por todas que cada sustancia ha
    sido creada en su origen de tal manera que todo le sucede en virtud
    de sus propias leyes o inclinaciones de un modo que concuerda
    perfectamente con lo que sucede en todas las otras, todo como si una
    transmitiera alguna cosa sobre la otra en sus encuentros, de lo que,
    sin embargo, no hay ninguna necesidad, ni incluso ningún medio.
    Llamo a esto el sistema de
    correspondencia.<xref ref-type="fn" rid="fn70">70</xref>
    (<italic>NS</italic>, p. 236)</p>
  </disp-quote>
  <p>Ahora bien, ¿hay rasgos de <italic>TLP</italic> que sugieran alguna suerte de parentesco con el
        principio de la expresión? El principio de expresión, que Leibniz advierte en las mónadas,
        Wittgenstein lo reconoce en las proposiciones. Wittgenstein llama <italic>expresión</italic>
        a las partes de la proposición que caracterizan su sentido: «Expresión
          [<italic>Ausdruck</italic>] es todo lo que, esencial para el sentido de la proposición,
        pueden tener en común entre sí las proposiciones».<xref ref-type="fn" rid="fn71">71</xref>
        Se sugiere, en principio, que las proposiciones tienen algo en común y que ello,
        precisamente, es lo esencial para el sentido. Wittgenstein denomina a este elemento común la
          <italic>forma lógica general de la proposición</italic>.<xref ref-type="fn" rid="fn72"
          >72</xref> En esta forma lógica, la expresión es constante, mientras todo lo demás es
        variable (<italic>TLP,</italic> 3.312). Dicha expresión debe contener una variable cuyos
        valores son las proposiciones que contiene (<italic>TLP</italic>, 3.313). Dado que los
        hechos atómicos son independientes, las proposiciones que los figuran no pueden permitir que
        una proposición elemental sea un componente de otra proposición. Así las cosas, la
        proposición compleja, que Frege entiende como una función veritativa de las proposiciones
        que la conforman, debe presentarse de una forma diferente en <italic>TLP</italic>.<xref
          ref-type="fn" rid="fn73">73</xref> En primer lugar, lo que es común a cualquier
        proposición compleja es que esta puede ser sustituida, por ejemplo, por alguna particular
        combinación en la que solo participan negaciones (<italic>~p</italic>) y disyunciones
          <italic>pvq</italic>) (<italic>TLP</italic>, 3.3441). Dada la independencia, la
        complejidad que se expresa en la proposición compleja debe ser el resultado de las
        relaciones internas (<italic>TLP</italic>, 5.131).<xref ref-type="fn" rid="fn74">74</xref>
        Estas relaciones internas, que no se presentan bajo la forma de una proposición o de una
        función de las proposiciones elementales, puede mostrase a través de una <italic>serie de
          formas</italic> (<italic>TLP</italic>, 4.1252, 4.45), algo muy parecido a lo que Piekarski
        llama la ley de las series de Leibniz. Una serie de formas se puede expresar si se presenta
        un primer miembro y la forma general de la operación que da origen al siguiente a partir del
        precedente (<italic>TLP</italic>, 4.1273). En la noción de operación se centra, entonces,
        toda la esperanza para la expresión de la forma lógica general de la proposición. Así,
        cualquier proposición debe poder presentarse como el resultado de una serie de operaciones
        que tengan como base las proposiciones elementales (<italic>TLP</italic>, 5.234).
        Wittgenstein, haciendo uso de un lenguaje recursivo, recoge la aplicación sucesiva de una
        operación –como <italic>O’O’O’a</italic>– valiéndose de símbolos de la forma [<italic>a, x,
          O’x</italic>]. El primer término alude al comienzo de la serie, el segundo, a la forma de
        un miembro cualquiera y, el tercero, a la forma que le sigue a este en virtud de la
        operación (<italic>TLP</italic>, 5.2522). Este arsenal lleva al autor a una de las
        conclusiones técnicas más brillantes del tratado: «Todas las funciones veritativas son
        resultados de la aplicación sucesiva de un número finito de operaciones veritativas a las
        proposiciones elementales» (<italic>TLP</italic>, 5.31, 6).<xref ref-type="fn" rid="fn75"
          >75</xref></p>
  <p>En resumen. Debe existir una forma general de la proposición [el único signo primitivo general
        de la lógica], ella es la esencia de la proposición. Dar dicha esencia es dar la esencia de
        toda descripción y, con ello, dar la esencia del mundo (<italic>TLP</italic>, 5.471,
        5.4711). La operación que le permite a Wittgenstein dirigirse a su meta es la que se conoce
        como negación conjunta<xref ref-type="fn" rid="fn76">76</xref> “<italic>N(p, q):
          ~p^~q</italic>” y que el autor presenta, toda vez que resiste el reconocimiento de las
        constantes lógicas, en la forma <italic>(---V)(</italic>ξ<italic>.,,)</italic>
          (<italic>TLP</italic>, 5.5) [se niegan todas las combinaciones en las que alguno de los
        componentes es verdadero y solo se afirma en las combinaciones en las que todos su
        componentes son falsos]. Esta negación conjunta aplicada a un grupo de proposiciones
        –abreviada <italic>N(</italic>ξ<italic>)</italic>– permite presentar así la conclusión
        técnica final: «La forma general de la función veritativa es: [<italic>p,</italic>
          ξ<italic>, N(</italic>ξ<italic>)</italic>] Esta es la forma general de la
          proposición».<xref ref-type="fn" rid="fn77">77</xref></p>
  <p>Estos abstrusos giros técnicos no solo permiten eliminar las constantes lógicas y, con ello,
        nuestra propensión a verlas encarnadas en el mundo, también permiten defender que: «si se
        nos da una proposición también se nos da con ella los resultados de todas las operaciones
        veritativas que la tienen como base».<xref ref-type="fn" rid="fn78">78</xref> Así las cosas,
        contar con una proposición es contar también con todo el entramado del espacio lógico. Cora
        Diamond captura este tipo de resultado en una forma muy precisa:</p>
  <disp-quote>
    <p>La metáfora del espacio lógico está atada, sostengo, a su idea de que en la construcción de
          proposiciones [Satz] usted puede ver cómo ellas tienen sus relaciones lógicas con otras
          proposiciones: esto viene de la metáfora del espacio lógico no solo como un espacio de
          situaciones posibles, sino también un espacio al interior del cual las proposiciones
          lógicas tienen sus relaciones lógicas con otras proposiciones, el espacio de
            inferencia.<xref ref-type="fn" rid="fn79">79</xref></p>
  </disp-quote>
  <p>En cada proposición se expresa el todo, a la manera en que en una mónada se expresa el universo
        en plenitud: «¿Cómo puede la lógica, que todo lo abarca y que refleja el mundo, utilizar
        garabatos y manipulaciones tan especiales? Sólo en la medida en que todos ellos se anudan
        formando una red infinitamente fina, el gran espejo» (<italic>TLP</italic>, 5.511).<xref
          ref-type="fn" rid="fn80">80</xref> Así pues, la lógica es una figura especular del mundo
          (<italic>TLP</italic>, 6.13).</p>
  <p>Piekarski resume muy bien el resultado:</p>
  <disp-quote>
    <p>Aun la proposición más simple, tal como “llueve hoy”, refiere a todas las proposiciones
          describiendo las condiciones en las cuales la lluvia puede caer, la lluvia tiene que caer
          y en las cuales la lluvia no caerá. […] Junto con la proposición –así como con las mónadas
          de Leibniz– el mundo entero es dado. Una proposición inicia el proceso de síntesis que
          culmina en el funcionamiento del lenguaje como un todo.<xref ref-type="fn" rid="fn81"
            >81</xref></p>
  </disp-quote>
  <p>Al comienzo de la <italic>Teodicea</italic>, Leibniz cita el siguiente epígrafe de Marco
        Manilio: «Qué tiene de extraño que los hombres puedan conocer el mundo: tienen el mundo en
        ellos mismos, y cada uno de ellos es, a la manera de una imagen pequeña, una copia de
          Dios».<xref ref-type="fn" rid="fn82">82</xref> Este hermoso epígrafe parece una clara
        paráfrasis de una de las entradas más complejas del <italic>TLP</italic>: «En rigor, lo que
        el solipsismo entiende es plenamente correcto, solo que eso no se puede decir, sino que se
        muestra. Que el lenguaje es mi mundo se muestra en que los límites del lenguaje […]
        significan los límites de mi mundo» (<italic>TLP</italic>, 5.62).<xref ref-type="fn"
          rid="fn83">83</xref></p>
</sec>
<sec id="epílogo">
  <title>4. Epílogo</title>
  <p>Los contextos de enunciación del <italic>Tractatus Logico Philosophicus</italic> y del
          <italic>Analysis situs</italic> son, por supuesto, diferentes. El trabajo de Leibniz, si
        bien apunta a elementos que fueron cabalmente entendidos dos siglos más tarde, encaja en la
        agenda de lo que hoy reconocemos como <italic>filosofía moderna</italic>. El trabajo de
        Wittgenstein, que contempla la aplicación de la nueva lógica, encaja en los albores de lo
        que reconocemos como <italic>filosofía analítica</italic>. No obstante la diferencia, cada
        uno se ocupa de ofrecer una <italic>characteristica universalis</italic>. Los caracteres que
        sirven para su construcción originaria nombran simples, que no se instalan en el sistema en
        virtud de sus rasgos individuales, sino en virtud de las potenciales relaciones que pueden
        tejerse con sus congéneres. La relación de congruencia, γ, en el <italic>AS</italic>, ofrece
        el horizonte para la construcción previa de los objetos (articulados de simples) que podrían
        llamar nuestra atención en el espacio geométrico. En forma similar, la articulación de las
        formas lógicas de objetos y hechos, anticipan el reconocimiento de todos los posibles
        estadosde-cosas (<italic>situaciones</italic>, siguiendo a Anscombe). El concepto
          <italic>relación</italic> reina en el centro de la constitución originaria de las dos
          <italic>characteristicas</italic>.</p>
  <p>El mundo, entendido en forma vaga como aquello que nos es dado, es diferente en cada caso.
        Leibniz reconoce una abigarrada red de mónadas independientes y Wittgenstein admite la
        totalidad de estados-de-cosas independientes que son el caso. Así mismo, los principios
        lógicos orientan el tren de conclusiones que se advierten en el sistema de Leibniz, mientras
        que dichos principios carecen de valor epistémico en la estructura del
          <italic>Tractatus</italic>. No obstante estas diferencias sustanciales, Leibniz,
        reconociendo la naturaleza representativa de las mónadas, defiende que en cada mónada debe
        expresarse la totalidad del universo; en tanto que Wittgenstein concentra este aspecto
        especular en la proposición: en cada proposición se expresa el entramado completo del
        espacio lógico.</p>
  <p>La figura del espejo nos permite restituir la semejanza que estábamos tejiendo a pesar de las
        diferencias irreconciliables. Leibniz aclara esta figura en un pasaje del <italic>Principio
          fundamental del raciocinio</italic>. Una paráfrasis de este pasaje bien puede usarse como
        una buena presentación de las propuestas del <italic>Tractatus</italic>:</p>
  <disp-quote>
    <p>Mas, cuando digo espejo no hay que pensar que concibo eso como si las cosas externas
          estuviesen siempre pintadas en los órganos y en el alma misma. Pues para que algo se
          exprese en otra cosa, basta con que se dé una cierta ley constante de las relaciones, ley
          por la cual, cada una de las cosas en uno [de los términos] pueda ser referida a cada una
          de las cosas que responden en el otro.<xref ref-type="fn" rid="fn84">84</xref></p>
  </disp-quote>

</sec>
</body>
<back>
<fn-group>
  <fn id="fn1">
    <label>1</label><p>Leibniz, Gottfried Wilhelm. (1688/2013) [<italic>LU</italic>]. “Sobre los caracteres y sobre el
          arte característico”. En J. Velarde y L. Cabañas (eds.), <italic>G. W. Leibniz obras
            filosóficas y científicas, Lengua universal, característica y lógica</italic> (vol. 5,
          p. 359). Granada: Editorial Comares. Citaré las obras de Leibniz a partir de la edición en
          español preparada por Juan Antonio Nicolás (editorial Comares). Ver las convenciones para
          citación al final del artículo.</p>
  </fn>
  <fn id="fn2">
    <label>2</label><p>En adelante <italic>TLP</italic>. Wittgenstein,
    Ludwig (1918/1973) [<italic>TLP</italic>]. <italic>Tractatus Logico
    Philosophicus.</italic> Madrid: Alianza Editorial.</p>
  </fn>
  <fn id="fn3">
    <label>3</label><p>Carta de Leibniz a Huygens (octubre 1679);
    Leibniz, Gottfried Wilhelm. (1679/2015) [<italic>AS</italic>]. “La
    característica geométrica. <italic>Analysis situs</italic>”. En M.
    S. de Mora Charles (ed.), <italic>G. W. Leibniz obras filosóficas y
    científicas, Escritos matemáticos</italic> (vol. 7 B, p. 418).
    Granada: Editorial Comares.</p>
  </fn>
  <fn id="fn4">
    <label>4</label><p>(Carta de Huygens a Leibniz (noviembre 1679)
    <italic>AS</italic>, p. 418.</p>
  </fn>
  <fn id="fn5">
    <label>5</label><p>De Risi, Vincenzo. (2007). <italic>Geometry and
    Monadology. Leibniz’s Analysis Situs and Philosophy of
    Space</italic> (pp. 101, 108, 110)<italic>.</italic> Boston:
    Birkhäuser.</p>
  </fn>
  <fn id="fn6">
    <label>6</label><p>Klein, Felix. (1908/2004). <italic>Elementary Mathematics from an Advanced Standpoint
            Geometry</italic> (p. 106)<italic>.</italic> Mineola: Dover Publications, Inc.</p>
  </fn>
  <fn id="fn7">
    <label>7</label><p>Riemann, Bernhard (1857/2004). “The theory of
    Abelian Functions”. En H. Weber (ed.) <italic>Bernhard Riemann
    Collected Papers</italic> (p. 82). Heber City, UT: Kendrick Press,
    Inc.</p>
  </fn>
  <fn id="fn8">
    <label>8</label><p>Russell, Bertrand. (1897). <italic>An essay on the foundations of geometry</italic> (p.
            1)<italic>,</italic> Londres: Cambridge University Press.</p>
  </fn>
  <fn id="fn9">
    <label>9</label><p>Carlos Cardona. (2011). “Teoría especial de la relatividad y conocimiento a priori”. En G.
          Guerrero (comp.) <italic>Einstein, científico y filósofo</italic>, (p.p. 35-36). Cali:
          Universidad del Valle.</p>
  </fn>
  <fn id="fn10">
    <label>10</label><p>Ibidem. p. 6.</p>
  </fn>
  <fn id="fn11">
    <label>11</label><p>Ibidem. p. 132. La geometría proyectiva de Klein puede verse hoy como un modelo de geometría de
          incidencia. Una geometría de incidencia se puede concebir a partir de una estructura
            {<italic>P, L, I</italic>}, siendo <italic>P</italic> un conjunto cuyos elementos se
          llaman <italic>puntos</italic>, <italic>L</italic> un conjunto de subconjuntos de
            <italic>P</italic> denominados <italic>rectas</italic>, e <italic>I</italic> una
          relación de incidencia que establece la pertenencia de elementos de <italic>P</italic> en
          subconjuntos de <italic>L</italic>. Para que una estructura tal se denomine de incidencia,
          se requiere la satisfacción de cinco axiomas. Véase Buekenhout, Francis. (1995). “An
          Introduction to Incidence Geometry” (pp. 10-11). En F. Buekenhout (ed.) <italic>Handbook
            of Incidence Geometry</italic>. Amsterdam: Elsevier.</p>
  </fn>
  <fn id="fn12">
    <label>12</label><p><italic>AS</italic>, p. 512.</p>
  </fn>
  <fn id="fn13">
    <label>13</label><p><italic>AS</italic>, p. 442.</p>
  </fn>
  <fn id="fn14">
    <label>14</label><p>Hay una mención de Leibniz a Desargues en <italic>AS</italic>: «Como lo hacía Desargues, sería
          útil pensar en nombres nuevos y adecuados que fueran más fáciles y seguros para razonar
          sin figuras» (<italic>AS</italic>, p. 431).</p>
  </fn>
  <fn id="fn15">
    <label>15</label><p>Euclides. (trad. 1953). <italic>The Thirteen
    Boks of the Elements</italic> (p. 153). New York: Dover
    Publications, Inc.</p>
  </fn>
  <fn id="fn16">
    <label>16</label><p><italic>AS</italic>, p. 443.</p>
  </fn>
  <fn id="fn17">
    <label>17</label><p>La vía es un lugar continuo y sucesivo (cualquiera de sus partes tiene extremos comunes con la
          parte anterior y posterior). Tratándose de un punto, la vía se llama
            <italic>LÍNEA</italic> (<italic>AS</italic>, p. 444). El movimiento es la mutación
          continua del <italic>situs</italic> (<italic>AS</italic>, p. 507). La LÍNEA es el extenso
          que se describe por el movimiento de un punto (<italic>AS</italic>, p. 505). Dados dos
          puntos, la vía más simple se llama <italic>RECTA</italic> (<italic>AS</italic>, p. 445);
          si se mantienen fijos los extremos de una porción de recta, no se puede modificar la
          distancia entre ellos sin alterar la vía que los une.</p>
  </fn>
  <fn id="fn18">
    <label>18</label><p><italic>AS</italic>, p. 444.</p>
  </fn>
  <fn id="fn19">
    <label>19</label><p><italic>AS</italic>, p. 452.</p>
  </fn>
  <fn id="fn20">
    <label>20</label><p>Esta presuposición impone la rigidez de los
    instrumentos de comparación; cfr. Helmholtz, Hermann von
    (1870/1995). “On the Origin and Significance of Geometrical Axioms”
    (p. 237). En <italic>Science and Culture Popular and Philosophical
    Essays</italic>. Chicago: The University of Chicago Press.</p>
  </fn>
  <fn id="fn21">
    <label>21</label><p>Esta es la traducción al español que acoge
    Enrique Tierno Galván; cfr. Wittgenstein, L. (1918/1973).
    <italic>Tractatus Logico Philosophicus</italic>. Madrid: Alianza
    Editorial; trad. Enrique Tierno Galván.</p>
  </fn>
  <fn id="fn22">
    <label>22</label><p>Esta es la traducción al español que acogen Jacobo Muñoz e Isidoro Reguera; cfr. Wittgenstein, L.
          (1918/2010). <italic>Tractatus Logico Philosophicus</italic>. Madrid: Editorial Gredos;
          trad. Jacobo Muñoz e Isidoro Reguera. También es la traducción más reciente de Jesús
          Padilla Gálvez; cfr. Wittgenstein, L. (1918/2016).<italic>Tratado
            Lógico-filosofico</italic>. Valencia: Tirant Humanidades; trad. Jesús Padilla
          Gálvez.</p>
  </fn>
  <fn id="fn23">
    <label>23</label><p>Cfr. Anscombe, G. E. M. (1971). <italic>An
    Introduction to Wittgenstein’s Tractatus</italic> (pp. 29-30). South
    Bend (In): St Agustine’s Press.</p>
  </fn>
  <fn id="fn24">
    <label>24</label><p><italic>AS</italic>, p. 482.</p>
  </fn>
  <fn id="fn25">
    <label>25</label><p><italic>AS,</italic> p. 484.</p>
  </fn>
  <fn id="fn26">
    <label>26</label><p>«Cuando veo el espacio veo todos sus puntos», dice Wittgenstein (1961a). [<italic>NB</italic>].
            <italic>Notebooks 1914-1916</italic> (p. 48)<italic>.</italic> Chicago: The Chicago
          University Press, editado por G. H. von Wright y G. E. M. Anscombe.</p>
  </fn>
  <fn id="fn27">
    <label>27</label><p>Compárese con el manuscrito de Leibniz que Vincenzo de Risi recoge y hace público como apéndice
          17 (op. Cit. p. 624). Vincenzo de Risi ofrece una interesante presentación de la evolución
          del concepto <italic>Espacio</italic> en la obra de Leibniz (pp. 165-177). Leibniz
          progresa desde una consideración en la que el espacio comporta extensión y no situación a
          una en la que el espacio se resuelve en un orden de situaciones. Particularmente
          interesantes son las razones que expone el comentarista para explicar por qué Leibniz
          conservó su apego a la formulación de un punto como carente de extensión.</p>
  </fn>
  <fn id="fn28">
    <label>28</label><p>Me abstengo de presentar o discutir los argumentos con los que Leibniz defiende la uniformidad,
          homogeneidad y continuidad del espacio.</p>
  </fn>
  <fn id="fn29">
    <label>29</label><p><italic>AS</italic>, p. 483.</p>
  </fn>
  <fn id="fn30">
    <label>30</label><p>«¿Qué puede ser más semejante a mi mano o a mi oreja y más igual en todas sus partes que su
          imagen en el espejo? Y, sin embargo, yo no puedo colocar la mano que se ve en el espejo en
          el lugar del original; pues si esta es una mano derecha, aquella es, en el espejo, una
          izquierda, y la imagen de la oreja derecha es también una izquierda que jamás puede ocupar
          el lugar de la primera» Kant, Immanuel (1783/1981). <italic>Prolegómenos a toda metafísica
            del porvenir</italic> (§ 13). México: Editorial Porrúa. Kant intenta probar que la
          diferencia de orientación no es reducible a relaciones de situación y, con ello, que el
          espacio es algo más que un orden de situaciones.</p>
  </fn>
  <fn id="fn31">
    <label>31</label><p><italic>TLP</italic>, 6.36111.</p>
  </fn>
  <fn id="fn32">
    <label>32</label><p><italic>AS</italic>, p. 485.</p>
  </fn>
  <fn id="fn33">
    <label>33</label><p>Los segmentos <italic>AX</italic>, <italic>BX</italic>, <italic>AY</italic>, <italic>BY</italic>
          en la figura ilustran los continuos rígidos (vías simples) que se conciben conectando los
          puntos.</p>
  </fn>
  <fn id="fn34">
    <label>34</label><p>«El punto es el lugar de cualesquiera puntos que se comportan del mismo modo respecto a
            <italic>A</italic>, a <italic>B</italic>, a <italic>C</italic> y a <italic>D</italic>.
          Este es pues único, [es decir] determinado» (<italic>AS</italic>, p. 506).</p>
  </fn>
  <fn id="fn35">
    <label>35</label><p><italic>AS</italic>, p. 494.</p>
  </fn>
  <fn id="fn36">
    <label>36</label><p><italic>AS</italic>, p. 506.</p>
  </fn>
  <fn id="fn37">
    <label>37</label><p><italic>AS</italic>, p. 445.</p>
  </fn>
  <fn id="fn38">
    <label>38</label><p>Véase <italic>AS</italic>, p. 468, §§ 60-63.</p>
  </fn>
  <fn id="fn39">
    <label>39</label><p>Es decir, <italic>X</italic> y
    <italic>l</italic> están en la relación de incidencia I(X,
    l<sub>ABC</sub>).</p>
  </fn>
  <fn id="fn40">
    <label>40</label><p>Primer axioma: cada línea recta contiene al menos dos puntos. Segundo axioma: cada par de puntos
          está contenido en una y solo una recta. Tercer axioma: Hay al menos dos líneas rectas. El
          cuarto axioma exige que cualesquiera dos rectas tienen un punto en común. Así entonces, en
          la geometría proyectiva no hay rectas paralelas como sí las hay en el <italic>Analysis
            situs</italic>. El asunto se puede resolver si nos animamos a sugerir que las llamadas
            <italic>rectas paralelas</italic> en la geometría clásica realmente se cortan en puntos
          al infinito. Desargues introdujo puntos al infinito en su obra (cfr. Desargues, Girard.
          (1639/1981). “The Rough Draft on Conics (p. 70)”. En J. V. Field y J. J. Gray (eds),
            <italic>The Geometrical Work of Girard Desargues.</italic> New York: Springer-Verlag).
          El quinto axioma es el principio de dualidad que demanda, entre otras cosas, la no
          existencia de paralelismo.</p>
  </fn>
  <fn id="fn41">
    <label>41</label><p>cfr. Malcolm, N. (1986). <italic>Nothing is hidden: Wittgenstein´s criticism of his earlier
            thought</italic> (cap. 1)<italic>.</italic> Oxford: Blacwell.</p>
  </fn>
  <fn id="fn42">
    <label>42</label><p>cfr. Anscombe op. cit., p. 26.</p>
  </fn>
  <fn id="fn43">
    <label>43</label><p>cfr. Stokhof, Martin. (2002). <italic>World and
    life as one. Ethics and Ontology in Wittgenstein´s Early
    Thought</italic> (cap. 2)<italic>.</italic> Stanford: Stanford
    University Press.</p>
  </fn>
  <fn id="fn44">
    <label>44</label><p><italic>TLP</italic>, 3.144, también
    Wittgenstein, L. (1913/1961b). [<italic>NL</italic>]. “Notes on
    logic” (p. 101). En G. H. von Wright y G. E. M. Anscombe (eds),
    <italic>Ludwig Wittgenstein, Notebooks 1914-1916</italic>. Chicago:
    The University Chicago Press.</p>
  </fn>
  <fn id="fn45">
    <label>45</label><p><italic>NL</italic>, p. 102.</p>
  </fn>
  <fn id="fn46">
    <label>46</label><p><italic>TLP</italic>, 3.411.</p>
  </fn>
  <fn id="fn47">
    <label>47</label><p>Piekarski, M. (2020). “The Problem of Logical Form: Wittgenstein and Leibniz” (p. 68).
            <italic>History of Philosophy-Logic, Studia Philosophiae Christianae</italic>, 56, pp.
          65-86.</p>
  </fn>
  <fn id="fn48">
    <label>48</label><p><italic>NB</italic>, p. 83.</p>
  </fn>
  <fn id="fn49">
    <label>49</label><p><italic>TLP</italic>, 2.0121.</p>
  </fn>
  <fn id="fn50">
    <label>50</label><p><italic>TLP</italic>, 2.0141.</p>
  </fn>
  <fn id="fn51">
    <label>51</label><p>Griffin, James. (1964). <italic>Wittgenstein’s
    Logical Atomism</italic> (p. 76)<italic>.</italic> Oxford: Clarendon
    Press.</p>
  </fn>
  <fn id="fn52">
    <label>52</label><p>Bradley, Raymond. (1992). <italic>The Nature of
    All Being, A Study of Wittgenstein’s Modal Atomism</italic>, (p.
    80). Nueva York: Oxford University Press.</p>
  </fn>
  <fn id="fn53">
    <label>53</label><p><italic>TLP</italic>, 3.1432.</p>
  </fn>
  <fn id="fn54">
    <label>54</label><p><italic>TLP</italic>, 2.013.</p>
  </fn>
  <fn id="fn55">
    <label>55</label><p><italic>TLP</italic>, 2.0131.</p>
  </fn>
  <fn id="fn56">
    <label>56</label><p><italic>TLP</italic>, 2.0232.</p>
  </fn>
  <fn id="fn57">
    <label>57</label><p><italic>TLP</italic>, 2.1514.</p>
  </fn>
  <fn id="fn58">
    <label>58</label><p><italic>TLP</italic>, 15121.</p>
  </fn>
  <fn id="fn59">
    <label>59</label><p>Leibniz, Gottfried Wilhelm. (1714/2010)
    [<italic>Mon</italic>]. “Monadología” (§ 2). En A. L. González
    (ed.), <italic>G. W. Leibniz obras filosóficas y científicas,
    Metafísica</italic> (vol. 2). Granada: Editorial Comares.</p>
  </fn>
  <fn id="fn60">
    <label>60</label><p><italic>TLP</italic>, 1.21.</p>
  </fn>
  <fn id="fn61">
    <label>61</label><p><italic>Mon</italic>, §§ 31, 32, 9.</p>
  </fn>
  <fn id="fn62">
    <label>62</label><p><italic>NB</italic>, p. 34.</p>
  </fn>
  <fn id="fn63">
    <label>63</label><p><italic>TLP</italic>, 2.02331.</p>
  </fn>
  <fn id="fn64">
    <label>64</label><p>Véase el siguiente pasaje en el que Wittgenstein parece hacer eco de una armonía preestablecida:
          «Si un Dios crea un mundo en el que determinadas proposiciones son verdaderas, con ello
          crea también un mundo en el que todas las proposiciones que se siguen de ellas son
          correctas» (<italic>TLP</italic>, 5.123)</p>
  </fn>
  <fn id="fn65">
    <label>65</label><p>(<italic>Mon</italic>, § 14). Leibniz no definió siempre la percepción en los mismos términos. La
          definición que aquí se presenta y comenta corresponde a los textos de madurez y funciona
          en armonía con la idea según la cual la percepción es la expresión de lo múltiple en lo
          uno.</p>
  </fn>
  <fn id="fn66">
    <label>66</label><p><italic>Mon</italic>, § 56.</p>
  </fn>
  <fn id="fn67">
    <label>67</label><p>Cfr. <italic>Mon</italic>, § 22.</p>
  </fn>
  <fn id="fn68">
    <label>68</label><p>Leibniz, Gottfried Wilhelm. (1714/2012)
    [<italic>Teod</italic>]. “Ensayos de Teodicea” (§ 360). En T.
    Guillén Vera (ed.), <italic>G. W. Leibniz obras filosóficas y
    científicas, Ensayos de Teodicea</italic> (vol. 8). Granada:
    Editorial Comares.</p>
  </fn>
  <fn id="fn69">
    <label>69</label><p>(<italic>DM</italic>, § xxviii). Leibniz,
    Gottfried Wilhelm. (1686/2010) [<italic>DM</italic>]. “Discurso de
    metafísica” (§ xxviii). En A. L. González (ed.), <italic>G. W.
    Leibniz obras filosóficas y científicas, Metafísica</italic> (vol.
    2). Granada: Editorial Comares.</p>
  </fn>
  <fn id="fn70">
    <label>70</label><p>Leibniz, Gottfried Wilhelm. (1695/2010) [<italic>NS</italic>]. “Nuevo Sistema para explicar la
          naturaleza de las sustancias y su comunicación entre ellas, así como también la unión del
          alma y el cuerpo” (p. 236). En A. L. González (ed.), <italic>G. W. Leibniz obras
            filosóficas y científicas, Metafísica</italic> (vol. 2). Granada: Editorial Comares.</p>
  </fn>
  <fn id="fn71">
    <label>71</label><p><italic>TLP</italic>, 3.31.</p>
  </fn>
  <fn id="fn72">
    <label>72</label><p>Después de mostrar que no hay constantes lógicas, el autor concluye: «la única constante lógica
          es lo que todas las proposiciones tienen, por su naturaleza, en común unas con otras [la
          forma lógica general de la proposición]» (<italic>TLP</italic>, 5.47).</p>
  </fn>
  <fn id="fn73">
    <label>73</label><p>Es cierto que en <italic>TLP</italic> 5 Wittgenstein señala que la proposición es una función
          veritativa de las proposiciones elementales, sin embargo, como veremos a continuación, el
          autor tiene en mente, no una función fregeana, sino una serie de formas. Wittgenstein
          aclara este giro en <italic>TLP</italic> 5.1. «Las pseudofunciones lógicas son
          operaciones» (<italic>NB</italic>, p. 39). Michael Piekarski ve en este rasgo una
          referencia a la ley de las series sugerida por Leibniz: «Él [Leibniz] estaba más bien
          buscando una ley que pudiera ser expresada matemáticamente, esto es, que pudiera ser
          formulada en una ecuación algebraica concreta. Esta fórmula después buscada es la ley de
          las series (la regla de Leibniz) disponible tan solo en la perceptibilidad que es, de
          acuerdo con Leibniz, solo disponible a Dios» (<italic>op. cit</italic>., p. 77).</p>
  </fn>
  <fn id="fn74">
    <label>74</label><p>De la misma manera que las propiedades internas de los objetos no se pueden presentar en
          proposiciones, las relaciones internas tampoco se pueden figurar por medio de una
          proposición. En forma similar, dichas relaciones internas solo pueden mostrarse
            (<italic>TLP</italic>, 4.124, 4.126).</p>
  </fn>
  <fn id="fn75">
    <label>75</label><p><italic>TLP</italic>, 5.31, 6.</p>
  </fn>
  <fn id="fn76">
    <label>76</label><p>La operación, muy elogiada por Bertrand Russell, fue propuesta por Henry M. Scheffer (1882-1964)
          en 1913. Tal operación suele presentarse con una barra así: <italic>p\q</italic>. La
          negación de <italic>p</italic>, <italic>~p</italic>, se expresa: <italic>p \
          p</italic>.</p>
  </fn>
  <fn id="fn77">
    <label>77</label><p><italic>TLP</italic>, 6.</p>
  </fn>
  <fn id="fn78">
    <label>78</label><p><italic>TLP</italic>, 5.442.</p>
  </fn>
  <fn id="fn79">
    <label>79</label><p>Diamond, Cora. (2000). “Does Bismarck have a
    beetle in his box? The private language argument in the
    <italic>Tractatus</italic>” (p. 270). En A. Crary y R.Read (eds),
    The New Wittgenstein. Londres: Routledge.</p>
  </fn>
  <fn id="fn80">
    <label>80</label><p><italic>TLP</italic>, 5.511.</p>
  </fn>
  <fn id="fn81">
    <label>81</label><p>Ibidem, p. 83.</p>
  </fn>
  <fn id="fn82">
    <label>82</label><p><italic>Teod</italic>, p. 3.</p>
  </fn>
  <fn id="fn83">
    <label>83</label><p><italic>TLP</italic>, 5.62.</p>
  </fn>
  <fn id="fn84">
    <label>84</label><p>Leibniz, Gottfried Wilhelm. (2009) [<italic>PR</italic>]. “Principio fundamental del raciocinio”
          (p. 552). En J. Arana (ed.), <italic>G. W. Leibniz obras filosóficas y científicas,
            Escritos científicos</italic> (vol. 10). Granada: Editorial Comares. (No se conoce fecha
          del original)</p>
  </fn>
</fn-group>
  
  
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      <element-citation publication-type="book">
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