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<!DOCTYPE article PUBLIC "-//NLM//DTD JATS (Z39.96) Journal Publishing DTD v1.3 20210610//EN" "http://jats.nlm.nih.gov/publishing/1.3/JATS-journalpublishing1-3.dtd">
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      <journal-id journal-id-type="publisher-id">ASHF</journal-id>
      <journal-title-group>
        <journal-title specific-use="original" xml:lang="es">Anales del Seminario de Historia de la Filosofía</journal-title>
      </journal-title-group>
      <issn publication-format="electronic">1988-2564</issn>
      <issn-l>0211-2337</issn-l>
      <publisher>
        <publisher-name>Ediciones Complutense</publisher-name>
        <publisher-loc>España</publisher-loc>
      </publisher>
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    <article-meta>
      <article-id pub-id-type="doi">10.5209/ashf.101865</article-id>
      <article-categories>
        <subj-group subj-group-type="heading">
          <subject>ESTUDIOS</subject>
        </subj-group>
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      <title-group>
        <article-title>Variaciones sobre Estado e Infinitud La deconstrucción del atomismo en la <italic>Doctrina del Ser</italic> de la <italic>Ciencia de la Lógica</italic> como propedéutica para una revisión tardomoderna del problema <italic>contractualismo e infinitud</italic></article-title>
        <trans-title-group xml:lang="en">
          <trans-title><bold>Variations on State and Infinity</bold> <bold>The Deconstruction of Atomism in the Doctrine of Being from Hegel’s <italic>Science of Logic</italic> as a Propaedeutic to a Late-Modern Revision of the Contractualism and Infinity Problem</bold></trans-title>
        </trans-title-group>
      </title-group>
      <contrib-group>
        <contrib contrib-type="author" corresp="yes">
          <contrib-id contrib-id-type="orcid">https://orcid.org/0000-0002-9675-344X</contrib-id>
          <name>
            <surname>Sánchez Domínguez</surname>
            <given-names>Antonio</given-names>
          </name>
          <xref ref-type="aff" rid="aff-a"/>
          <xref ref-type="corresp" rid="cor1"/>
        </contrib>
        <aff id="aff-a"><institution content-type="original">Universidad Complutense de Madrid</institution>
          <country country="ES">España</country>
        </aff>
      </contrib-group>
      <author-notes>
        <corresp id="cor1">Antonio Sánchez Domínguez<email>a.sanchez@ucm.es</email></corresp>
      </author-notes>
      <pub-date pub-type="epub" publication-format="electronic" iso-8601-date="2025-09-30">
        <day>30</day>
        <month>09</month>
        <year>2025</year>
      </pub-date>
      <volume>42</volume>
      <issue>3</issue>
      <fpage>551</fpage>
      <lpage>564</lpage>
      <page-range>551-564</page-range>
      <permissions>
        <copyright-statement>Copyright © 2025, Universidad Complutense de
          Madrid</copyright-statement>
        <copyright-year>2025</copyright-year>
        <copyright-holder>Universidad Complutense de Madrid</copyright-holder>
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          <license-p>Esta obra está bajo una licencia <ext-link ext-link-type="uri"
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              4.0 International</ext-link></license-p>
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      <abstract>
        <p>En esta investigación se pretende mostrar la solidaridad entre la Lógica y lo político partiendo
          de las referencias al atomismo en la Doctrina del Ser de la Ciencia de la Lógica. Esta aproximación quiere
          evitar las insuficiencias lectoras asociadas a lecturas selectivas del Sistema, esto es, pretende evitar
          excesos asociados a una lectura que se permitiera leer la Filosofía del Derecho sin el trabajo, mandatado por
          Hegel en esa misma obra, de lectura de aquello sin lo cual el método para asir lo político sería insuficiente
          como lo había sido el moderno. En ese sentido, referencias del propio Hegel al contractualismo en la propia
          Doctrina del Ser permiten someter a importantes modulaciones el propio contractualismo al nivel lógico,
          garantizando así y solo así la esencia de lo que se desplegará en la posterior <italic>Filosofía del Derecho</italic>.</p>
      </abstract>
      <trans-abstract xml:lang="en">
        <p>This research aims to demonstrate the solidarity between Logic and the political, taking as
          a starting point the references to atomism in the Doctrine of Being within Hegel’s Science of Logic. This
          approach seeks to overcome interpretative shortcomings arising from selective readings of Hegel’s System;
          in other words, it attempts to avoid the excesses of an approach that would allow reading the Philosophy
          of Right without undertaking the labor —explicitly mandated by Hegel in that very text— of first reading that
          without which the method for grasping the political would remain insufficient, just as the modern approach
          had previously been. In this regard, Hegel’s own references to contractualism in the Doctrine of Being itself
          make it possible to significantly modulate contractualism at the logical level, thereby ensuring —and only
          thereby— the essence of what will later unfold within the <italic>Philosophy of Right</italic>.</p>
      </trans-abstract>
      <kwd-group>
        <kwd>atomismo</kwd>
        <kwd>contractualismo</kwd>
        <kwd>filosofía del derecho</kwd>
        <kwd>filosofía política</kwd>
        <kwd>infinitud</kwd>
        <kwd>Hegel</kwd>
        <kwd>Kant</kwd>
      </kwd-group>
      <kwd-group xml:lang="en">
        <kwd>atomism</kwd>
        <kwd>contractualism</kwd>
        <kwd>Hegel</kwd>
        <kwd>infinity</kwd>
        <kwd>Kant</kwd>
        <kwd>philosophy of right</kwd>
        <kwd>political philosophy</kwd>
      </kwd-group>
    </article-meta>
  </front>
<body>
<sec id="sec1">
  <title>1. “Se sigue de la Lógica”</title>
  <p>Son abundantes las recepciones de la crítica hegeliana al contractualismo moderno.<xref
          ref-type="fn" rid="fn1">1</xref> Aquellas críticas formaban parte del ambiente de época en
        el que Hegel se había formado y todas ellas pretenderían tomar distancia de la modernidad en
        general —de la que Hegel sería el primer notario que la acredita como tal<xref ref-type="fn"
          rid="fn2">2</xref>— y de la filosofía crítica kantiana en particular. Dentro del
          <italic>corpus</italic> hegeliano, estas críticas no solo aparecen en los así llamados
          <italic>Escritos de Juventud</italic>, sino que toman forma de, digamos, casi madurez, en
        sus célebres ensayos <italic>Sobre las diferentes maneras de tratar científicamente el
          derecho natural</italic>,<xref ref-type="fn" rid="fn3">3</xref> en el <italic>Sistema de
          la Eticidad</italic> o en la <italic>Filosofía Real</italic>,<xref ref-type="fn" rid="fn4"
          >4</xref> y una expresión definitiva en las <italic>Líneas fundamentales de la filosofía
          del derecho</italic>.<xref ref-type="fn" rid="fn5">5</xref> Ahora bien, semejante
        aproximación, sin duda útil para acceder de manera directa a la filosofía política hegeliana
        y a su distanciamiento con las filosofías políticas que constituyen su pasado más próximo,
        puede ensombrecer el carácter sistemático, lógico y <italic>previo</italic> que la crítica
        al contractualismo tiene en el sistema del idealismo absoluto. Dicho de otra forma, la
        crítica al contractualismo no se realiza en el interior del sistema solo y exclusivamente en
        los textos que son aquellos en los que comúnmente encontraríamos este tipo de críticas, es
        decir, no se realiza únicamente en los textos de lo que se podría llamar en general
        filosofía práctica, filosofía política o filosofía del derecho. Estos textos reenvían, más
        bien, a otro tipo de escritura cuya naturaleza es esencialmente distinta y que se despliega
        mediante solidaridades de otro tipo; el problema del átomo o el lugar de la facultad del
        entendimiento, sometidos a la nueva gramática de la especulación y al carácter que Hegel
        quiere darle a la Lógica serán notas necesarias para comprender el nuevo lugar del atomismo,
        del contractualismo o del entendimiento, dando lugar a, más que una serie de supresiones —en
        realidad ajenas al pensamiento hegeliano—, una serie de recolocaciones severas y de
        relativización de sus tendencias a absolutizarse como última palabra de la Metafísica o de
        lo político.</p>
  <p>Así pues, la necesidad de estos corrimientos de tierras se expresa ya en los mencionados
        borradores de juventud a través de la peculiar rareza que consiste en insertar, para
        intentar escapar de los excesos paralizantes que Hegel observa en las filosofías de corte
        kantiano, discusiones sobre la ciencia, la naturaleza o la lógica, reflexiones esencialmente
        metafísicas y protoespeculativas, reflexiones que reclaman un régimen de solidaridad con
        áreas en principio ajenas al pensamiento político moderno; y esto que en los escritos de
        juventud es un anticipo se convierte en una necesidad en el Hegel del sistema de madurez.
        Cifraremos esa mayoría de edad del Sistema en la publicación de la primera parte de la
          <italic>Ciencia de la Lógica</italic> en 1813. Así, los textos en los que eran intuiciones
        más o menos precisas las necesidades de someter a un cambio profundo el significado de lo
        metafísico, lo especulativo o el concepto mismo de ciencia como base para poder hablar de lo
        ético, de lo político o de lo jurídico, darán como resultado la necesidad de un método que
        todavía necesitará de la publicación de la <italic>Fenomenología del Espíritu</italic> en
        1807 y de la <italic>Ciencia de la Lógica</italic> a partir de 1813. Solo asíquedará
        asegurado el suelo conceptual como para que esas intuiciones que servían para intentar
        escapar de Kant y, en general, de lo moderno, sean ya sistema, sean ya concepto. Expresiones
        del propio Hegel en la <italic>Filosofía del Derecho</italic> nos orientarán desde el
        principio hacia una esencial predisposición al método establecido en la
          <italic>Lógica</italic>, anulando e imposibilitando cualquier consideración aislada de lo
        jurídico-político y anunciando posibles insuficiencias lectoras y fenomenológicas a quien
        procediera sin ayuda de ese método. La economía de estas presuposiciones llevará a
        considerar como abstracta o como contingente cualquier lectura que pretendiera ahorrarse la
        extrañeza del Sistema. Sin la lógica, el conjunto se vería arruinado y las precisiones
        realizadas sobre contractualismo, individuo o Estado se volverían esencialmente
        incomprensibles o pasto de los mismos problemas en los que habrían caído las filosofías
          previas.<xref ref-type="fn" rid="fn6">6</xref> Como no se puede reescribir el método a
        cada paso, el método —garantía del movimiento interno de una línea a la siguiente— debe
        darse por “presupuesto”.<xref ref-type="fn" rid="fn7">7</xref> En ello, dice Hegel en la
          <italic>Filosofía del Derecho</italic>, nos jugamos el “fontanal” que es “punto último de
        toda actividad, de toda vida y de toda conciencia” y que “pertenece a la
          <italic>Lógica</italic>”.<xref ref-type="fn" rid="fn8">8</xref> Por ello, este tipo de
        apreciaciones, que sin duda ponen como tarea la lectura previa de la <italic>Lógica</italic>
        —y de todo lo que hay entre la <italic>Lógica</italic> y la <italic>Filosofía del Derecho,
          y, desde luego, de lo que viene “después”</italic>— constituyen el humus conceptual de la
          <italic>Introducción</italic> a la <italic>Filosofía del Derecho</italic> y, más allá de
        la introducción, emergerán como un recordatorio tozudo a lo largo de todo el conjunto del
        texto. Esas repeticiones y apariciones, esos recordatorios de que esto se juega en otra
        parte, en la Lógica, dan cuenta del carácter que Hegel quiere imprimir al Sistema, quitando
        el “derecho a participar en la filosofía” a quienes “quieren argumentar sin concepto”,<xref
          ref-type="fn" rid="fn9">9</xref> a quienes quieran argumentar, en definitiva, habiéndose
        ahorrado la <italic>Lógica</italic>. Y es que si el problema del sistema, tal y como lo
        entiende Hegel, es uno tal que nos obliga a localizar en el principio del sistema el
        movimiento de lo que se desplegará <italic>a posteriori</italic> —donde el <italic>a
          posteriori</italic> es de todo menos cronológico y donde lo <italic>a posteriori</italic>
        tiende a acabar siendo lo <italic>a priori</italic>— como <italic>Filosofía de la
          Naturaleza</italic> y como <italic>Filosofía del Espíritu</italic>, esto significaría que
        este mismo movimiento está ya, en sus aspectos lógicos, garantizado por/y estructurado por
        la propia sintaxis tal y como esta se establece en la <italic>Doctrina del Ser</italic>, en
        la <italic>Doctrina de la Esencia</italic> y en la <italic>Doctrina del Concepto</italic>.
        Que el problema de los átomos se juegue por tanto en la primera parte, en la
          <italic>Doctrina del Ser</italic>, no debería, pues, llevar a sorpresa alguna, pues el
        Sistema debe, desde el principio, garantizar que ninguna determinación queda aislada, y si
        hay algo que tiende a quedar aislado es lo que tiende a decirse indivisible o mínimo o lo
        más pequeño, por ello el concepto de átomo no tarda en aparecer y, con él, el problema del
        atomismo, que Hegel, ya incluso en ese espacio que no debería requerir de ejemplo alguno,
        vincula —como veremos enseguida— al problema del contractualismo. Así, la filosofía política
        moderna queda puesta en entredicho en los primeros compases de la <italic>Lógica</italic> de
        Núremberg, mucho antes de que lo político sea protagonista de muchos de los parágrafos de la
        Filosofía del espíritu objetivo (i.e., <italic>Filosofía del derecho</italic>).</p>
  <p>Se podría decir, en resumen, que la cosa no es, o no es solo, que el propio movimiento que
        lleva de unos parágrafos a otros del sistema esté garantizado exclusivamente por el
        rendimiento de ese <italic>intimissimum</italic><xref ref-type="fn" rid="fn10">10</xref> de
        la especulación; es también, o más aun incluso por lo que respecta al atomismo, que lo que
        en el propio concepto de “átomo” se pone en juego encontraría su deconstrucción o su
        “recolocación” especulativa, su nuevo hábitat, en el lugar en el que lo que se juega es que
        ningún átomo pueda quedar aislado del resto de átomos, esto es, en el lugar en el que todo
        átomo, para evitar toda forma de solipsismo, tiene y debe ponerse en juego como su otro de
        sí, como lo otro del átomo que el átomo es, en un ejercicio de antiaislamiento estructural
        del que dependerá, ya desde el principio del Sistema (<italic>i.e</italic>., de la
          <italic>Ciencia de la Lógica</italic>) el entero destino de la filosofía del derecho
        hegeliana —y del Sistema en general—. Solo así esta quedaría protegida de las tendencias
        “atomistas” en lo político —valga decir, en sentido laxo, liberales—, esas por medio de las
        que, así lo comprende Hegel, se han desarrollado las filosofías políticas contractualistas.
        Ello le llevará a reconducir el campo de la modernidad y de la historia de la filosofía
        moderna a su interpretación como filosofías de la diferencia, de la reflexión, de la finitud
        o del entendimiento, aquellas que, por ello mismo, no ameritan decirse
          <italic>filosofía</italic>,<xref ref-type="fn" rid="fn11">11</xref> aquellas que atomizan
        y separan, y que aíslan un átomo de otro y que tienen como prohibición comprender la
        verdadera relación que vincula lo uno con lo otro, un átomo con un átomo, un ente con un
        ente, un contrato con un contrato. No pretendemos, por tanto, detenernos en la crítica al
        contractualismo moderno tal y como aparece formulada en las <italic>Líneas fundamentales de
          la Filosofía del Derecho</italic>, sino que pretendemos más bien hacer relevante hasta qué
        punto todo lo que ahí se pudiera decir depende, especialmente por lo que respecta a ese
        tema, de lo ya dicho en la primera parte de la <italic>Ciencia de la Lógica</italic>. Eso
        permitirá poner de relieve, a su vez, el alcance sistemático de la propuesta hegeliana.</p>
  <p>Pues bien, es en la versión más depurada del Sistema y casi sin alterar de la
          <italic>Enciclopedia de las Ciencias Filosóficas</italic>, en una revisión diez años
        posterior a la publicación de la <italic>Filosofía del Derecho</italic>, esto es, en la
        versión de 1830, donde Hegel se permite, como ejemplo de los rendimientos de ese
          <italic>intimissimum</italic> de la especulación al que se había referido en 1820, la
        utilización del campo de lo político como ejemplo del <italic>atomismo</italic> —de
        filosofía insuficiente— en la propia <italic>Doctrina del Ser</italic>. Esto es, es tal la
        urgencia por lo que respecta a este problema que sale al acecho cuando falta todavía toda la
        Lógica, toda la Naturaleza y gran parte del Espíritu. Ahí podemos leerle decir que:</p>
  <disp-quote>
    <p>“En los tiempos modernos, el modo de ver atomístico se ha hecho más importante en el campo
            <italic>político</italic> que en el físico. Según este modo de ver, el principio del
          estado es la voluntad de los <italic>singulares</italic> en cuanto tales, lo que atrae [a
          las voluntades] es la particularidad de las necesidades o las inclinaciones, mientras lo
          universal, el estado mismo, es la relación extrínseca del contrato”.<xref ref-type="fn"
            rid="fn12">12</xref></p>
  </disp-quote>
  <p>Aquí, en este momento tan temprano en el despliegue de lo lógico, queda ya definido el problema
        mismo y la definición tiene como ejemplo el “campo <italic>político</italic>”. Podría
        inferirse que estamos ante la urgencia de mostrar cuanto antes el alcance de aquello que se
        juega en un texto que podría parecer árido y sin anclaje al suelo. Este mismo elemento será
        incluido en la última revisión de la <italic>Ciencia de la Lógica</italic>:</p>
  <disp-quote>
    <p>“Los átomos, principio de la suma exterioridad y por lo tanto de la suma carencia de
          concepto, afectan [desfavorablemente] a la física en la teoría de las moléculas y
          partículas, tanto como a la ciencia política, que toma como punto de partida la voluntad
          particular de los individuos”.<xref ref-type="fn" rid="fn13">13</xref></p>
  </disp-quote>
  <p>Es decir, que Hegel, en los años que van de 1813, de la <italic>Lógica</italic> de Núremberg a
        1820, profundiza en el problema de lo político llegando a la publicación de las Líneas
        Fundamentales de la <italic>Filosofía del Derecho</italic>, pero diez años después, aquello
        que estaba en la <italic>Enciclopedia</italic> aparece también en la última revisión de la
          <italic>Ciencia de la Lógica</italic>. Esto es, la importancia de lo político y su
        imbricación en la génesis lógica del propio sistema adquiere, si cabe aún, más importancia.
        Es en los primeros compases pues, de la <italic>Doctrina del Ser</italic>, cuando, en la
        infancia —lógica— del sistema se está jugando el hasta dónde de aquello que quiera decirse
        absoluto, independiente, aislado, donde lo político tiene su hábitat. Para expresar el
        problema con una claridad de la que, como decíamos, puede depender todo el conjunto, Hegel
        acude en la versión de 1813 a la poesía y, si se nos permite, y, como ocurre a veces, de la
        interpretación de un poema puede depender la historia en general y la historia de la
        filosofía en particular. El poema pertenece a Haller y lo cita Hegel de la siguiente
        manera:</p>
  <disp-quote>
    <p>“Amontono enormidad de números / Hacino montañas de millones / acumulo tiempos y más tiempos
          y mundos y más mundos, / y cuando desde la terrible altura / con vértigo vuelvo a mirar
          hacia ti / todo el poderío del número, miles de veces multiplicado / no es aún una parte
          de ti / los aparto, y tú te hallas, íntegro, ante mí”.<xref ref-type="fn" rid="fn14"
            >14</xref></p>
  </disp-quote>
  <p>Hegel entiende que la mera suma de determinaciones es insuficiente para asir cualquier
        realidad. Esto es, cuando se intenta dar la lista del porqué de, por ejemplo, un amor, la
        lista revela siempre el fracaso de dar cuenta del amor mismo. Detrás de las campañas de
        marketing que dicen algo del tipo “Francia es un sentimiento” o que “un coche es más que un
        coche” se oculta el mismo tipo de movimiento: no es la potencia, el color, el diseño, los
        materiales, el proceso de fabricación, etc., lo que revela la “necesidad” del objeto; su
        integridad está siempre en un más allá de sí, del sí mismo del objeto, que solo aparece
        cuando el juego que se pretende revelar no depende del inventario del juego mismo. Digamos
        que el juego se vuelve juego jugándolo.</p>
  <p>La imaginación, cuando, siguiendo el ejemplo, desprecinta un juego de mesa, observa las piezas
        y ese manual de instrucciones en el que aparecen cuatro personas jugando, sabe que el juego
        está fuera del juego y que cuatro personas, según quienes sean, cambian el juego de una
        manera tal que el juego no puede exponer en su caja —por muy sonrientes o enfadadas que
        aparezcan en ella las gentes que juegan—. Valga como ejemplo la frase “mi casa mis normas”,
        cliché sin el que los juegos de mesa no serían juegos de mesa; podría decirse que el juego
        se acredita como juego en ese afuera suyo que obliga a alguien a decir “mi casa mis normas”;
        ahí el juego ganó la partida; ahífue el juego el que ganó la partida de ser juego. Apartas
        toda norma, toda pieza y, en el jugar, la esencia del juego se halla, parafraseando el
        poema, íntegra ante ti. De la misma manera todo Estado, y por ello las guías de viaje no son
        una lista de ríos, montañas, pueblos y ciudades, es más que el inventario de sus átomos,
        ello aunque pudiéramos listar átomo a átomo de cada río y cada montaña y cada casa y cada
        persona. La pregnancia del concepto “nación” encuentra aquí también su esencia y su peligro.
        El marketing que pretende “vender experiencias” ha sido la, permítasenos, correcta
        comprensión o correcta primera aproximación de esto que Hegel pone como mandato para
        comprender el Ser en general. Solo al poner esos inventarios entre paréntesis podríamos,
        parece ser, acceder a la realidad de aquello que quiere decirse hecho —España, el amor por
        Helena, el átomo mismo, el contrato y su <italic>locus</italic>—. Hegel comentará, pues,
        que:</p>
  <disp-quote>
    <p>“Cuando a este hacinamiento de montañas y torres de números y mundos se le otorga valor de
          descripción de la eternidad, se pasa entonces por alto que el poeta mismo tiene esta
          tirada de excelencias —al parecer escalofriante— por algo vano y huero, concluyendo que
          sólo por el abandono de este vacío progreso infinito viene a hacérsele a él presente el
          infinito de verdad”.<xref ref-type="fn" rid="fn15">15</xref></p>
  </disp-quote>
  <p>La ciencia del aparecer, el saber del aparecer, el saber de la integridad depende de la puesta
        entre paréntesis de todo lo hacinable en tanto que hacinable, de un necesario fracaso de
        todo inventario en el dar cuenta de algo. Así despeja Hegel el camino para que no dependan
        del entendimiento los hechos del espíritu —los contratos, el Estado, el mundo ético—. El
        entendimiento, como hacedor de inventarios, tiene su sitio, precisamente, como hacedor de
        inventarios. Su limitación residirá hegelianamente en su no absolutización, en la
        relativización de su pulsión colonial, esto es, en la pulsión teoreticista a esperar que del
        inventario de los átomos de un país se obtenga la integridad del país, o del esperar que del
        inventario de las determinaciones de la amada se obtenga la integridad de la amada. La
        integridad del país o de la amada se encuentra en un más allá de las determinaciones del
        país o de la amada. El amor a la amada aparece cuando las determinaciones de la amada fueron
        olvidadas. Podría decirse, incluso, que el amor es ciego, pero el amor, aquí, sería el
        saber, el saber de la integridad que sería ciego a las determinaciones. Así adquiere su
        entidad conceptos maltratados por la modernidad —“Bajo el concepto de contrato no puede, por
        tanto, subsumirse el matrimonio. Esta subsunción —en su desvergüenza— es la que hizo
          Kant”.<xref ref-type="fn" rid="fn16">16</xref> La totalidad en juego no depende del
        aparecer concreto, pero lo concreto sí depende de la continuidad que garantiza que lo
        verdadero sea exclusivamente el todo.</p>
  <p>Pues bien, retomando la mención a lo político que aparecía en el principio mismo de la revisión
        de la <italic>Doctrina del Ser</italic>,<xref ref-type="fn" rid="fn17">17</xref> y asumiendo
        —por la riqueza expresiva de esas páginas ejemplos de la Física, lo político o la poesía—,
        que para Hegel la claridad de esa sección es de una importancia capital, tenemos ya
        establecidas las premisas para analizar qué ocurre exactamente en esa sección. En primer
        lugar, nos encontramos ante una suerte de protofilosofía de la historia. Esta daría cuenta
        de cómo las ciencias habrían, por desarrollo de su propio concepto, abandonado el punto de
        vista atomístico. Lo político, en cambio, estaría todavía en una fase previa, en una suerte
        de infancia que habría sido incapaz de abandonar aquello que en esa sección “Magnitud” se
        quiere “abandonar” —o, como veremos, relativizar, contener y superar—. El objetivo será
        evitar la devaluación de lo político. Para ello requerirá de un tipo de infinitud que se
        contraponga al concepto moderno de infinitud, un tipo de infinitud capaz de comprender
        científicamente —en términos hegelianos— la naturaleza, siendo esta la única manera de
        evitar los excesos del atomismo y su derivada político-moderna, el contractualismo.<xref
          ref-type="fn" rid="fn18">18</xref> Sin este movimiento no podrían adquirirse los
        rendimientos necesarios como para habilitar el punto de vista de la
          <italic>eticidad</italic>,<xref ref-type="fn" rid="fn19">19</xref> ese que se volvería
        imposible en las filosofías en las que el ensí-mismamiento propio de la prioridad de la
        separación frente a la composición tendría el rol de actor principal. Esta noción,
          <italic>eticidad</italic>, que sin duda ha hecho fortuna en la recepción del pensamiento
        hegeliano, estaría pues pendiente del hilo que se resuelve en qué hacer con el problema de
        los átomos y del éxito del método lógico puesto aquí, en la <italic>Doctrina del
          Ser</italic>, en juego. Sin este trabajo del concepto, el entendimiento, el
        contractualismo, el atomismo, el individualismo resolverán lo político sencilla y llanamente
        mediante el terror de la abstracción.</p>
</sec>
<sec id="sec2">
  <title>2. El atomismo moderno y el problema de los viele Eins</title>
  <p>La citada referencia del añadido al parágrafo 98 justo al final de la sección A —“Cualidad”—
        nos permitía andar sobre seguro al respecto de la esencial vinculación entre el problema del
        atomismo y el campo de lo político.<xref ref-type="fn" rid="fn20">20</xref> Como decíamos,
        estamos pues en la primera parte de la primera parte de la <italic>Ciencia de la
          Lógica</italic> en su última formulación —la de la <italic>Enciclopedia</italic>— y en
        este parágrafo Hegel ha reducido las filosofías de corte atomístico a aquellas en cuya
        posición “lo absoluto se determina como ser-para-sí, como uno y como muchos unos”,<xref
          ref-type="fn" rid="fn21">21</xref> como <italic>viele Eins</italic>. Los “muchos unos”
          (<italic>viele Eins</italic>), teniendo en cuenta la referencia jurídico-política que
        Hegel asume como punto de llegada y como ejemplo privilegiado serían, por ejemplo, los
        “muchos individuos”, que se comprenden a sí mismos como lo absoluto, como separados, como
        abstractos, reducidos a mera multitud de contratantes que se relacionan entre sí, que se
        otorgan a sí mismos el rango de lo absoluto en un tenor marcadamente solipsista y en el que
        toda interacción parece haber dependido exclusivamente de la propia voluntad, en una suerte
        de, digamos, olvido del ser de la totalidad que lo ha permitido. Por ello, comprender así la
        sociedad sería la renuncia al problema de lo político-estatal. La relativización de esa
        tendencia a la absolutización del propio punto de vista individual es la que requiere de una
        lógica que, sin eliminar el punto de vista, lo contenga. El sitio de esos <italic>viele
          Eins</italic> es, como se podrá imaginar, la Sociedad civil, en la que los individuos, ya
        sea en la forma familia o en la forma persona, interactúan entre sí. No es de extrañar,
        pues, que en la propia <italic>Enciclopedia</italic> el <italic>atomismo</italic> aparezca
        en la transición de la sección “Familia” a la sección “Sociedad Civil”:</p>
  <disp-quote>
    <p>“Como espíritu que se particulariza abstractamente en muchas personas la familia es solamente
          una persona, en familias singulares que con libertad autosuficiente y como
            <italic>particulares</italic> son para sí, la sustancia pierde primero su determinación
          ética, por cuanto estas personas como tales no tienen como fin suyo a la unidad absoluta,
          sino que tienen en su conciencia su propia particularidad y su ser-para-sí, y los tienen
          como fin suyo: el sistema del atomismo. La sustancia deviene de este modo una mera
          interconexión general, mediadora entre extremos autosuficientes y entre sus intereses
          particulares; la totalidad en sí misma desarrollada de esta interconexión es el estado
          como sociedad civil, o sea, como <italic>estado externo</italic>”.<xref ref-type="fn"
            rid="fn22">22</xref></p>
  </disp-quote>
  <p>Así, Hegel transporta un concepto, atomismo —concepto que sería puesto a prueba en la
          <italic>Doctrina del Ser</italic>—, a una sección en la que el mismo concepto debería
        haber quedado perfectamente superado muchas “partes” atrás del Sistema. El lugar al que lo
        transporta es el de una peculiar tragedia que en los textos de juventud adquiría el nombre
        de la tragedia del absoluto, aquella en la que el absoluto se ve envuelto cuando lo que hay
        solo tiene, para nombrarse, la palabra <italic>átomo</italic> tal y como los modernos la han
          comprendido.<xref ref-type="fn" rid="fn23">23</xref> Esto es, la tragedia que consiste en
        que la sociedad se pueda convertir en un mero juego de “mera interconexión general”, mero
          <italic>networking</italic> diríamos hoy, carente de sustancia, de <italic>hacia
          dónde</italic>, de sentido de “unidad” y en el que, finalmente, toda unidad es redirigida
        a la mera autoposición del individuo pretendidamente autosuficiente, pretendidamente
          absoluto.<xref ref-type="fn" rid="fn24">24</xref> El resultado es una esencial
        indiferencia entre los <italic>viele Eins</italic>, una esencial unidimensionalidad en la
        que los átomos-propietarios solo pueden diferenciarse por la indiferencia cualitativa de sus
        posesiones, constituyendo así un reino abstracto, abstracto e insuficiente, de una
        impotencia normativo o de una insuficiencia positivista, de una carencia en esencia, para
        Hegel, kantiana.<xref ref-type="fn" rid="fn25">25</xref> Como decíamos, por esta vía la
        comprensión de lo político, de lo estatal, habría sido suprimida.<xref ref-type="fn"
          rid="fn26">26</xref> Así, el pecado esencial del contractualismo habría sido fundar el
        contrato social en el insuficiente concepto del mero contrato de compraventa, en
        determinaciones derivadas del derecho privado, siguiéndose “las ulteriores consecuencias
        intelectivas, destructivas de lo divino que es en y por sí y de su absoluta autoridad y
          majestad”.<xref ref-type="fn" rid="fn27">27</xref></p>
  <p>Cabría decir que esa indiferencia cualitativa respecto de lo que se posee queda fundada en que
        no importa el qué de qué se posee si no el hecho de que se posea o se imagine como poseíble;
        la igualación se oculta de nuevo en la forma, que ha aplanado todo contenido en tanto que
        contenido. Esto ha sido, en esencia, la modernidad, cuyo santo y seña habría sido la mera
        reducción abstracto-matemática de lo ente a su posición formal en un eje de coordenadas y de
        la que partirá, aunque no podamos detenernos ahora en ello, el principio mismo de <italic>El
          Capital</italic> de Marx. Sin detenernos en ello sí podemos decir que ahí se juega la
        esencial indiferencia de los <italic>viele Eins</italic>, de lo ontológico de lo ente en
        tanto que intercambiable por el mero hecho de ser reconducido a un eje de coordenadas, esto
        es, que si cabe una lectura como átomo cabe, al mismo tiempo, la lectura como posesión y,
        finalmente, como mercancía, como forma mercancía. Por ello, un Estado que tuviera como base
        el contrato social comprendido también de forma atomista —pues, en términos modernos, todo
        ente puede ser comprendido de forma atomista— puede, por ello mismo, formar parte del reino
        de la forma posesión y del reino de la forma mercancía, dando lugar a una noción de riqueza
        comprendida como “inmensa acumulación de mercancías”.<xref ref-type="fn" rid="fn28"
          >28</xref> Es decir, el Estado, al ser comprendido como Estado entre Estados, sería
        también átomo entre átomos, mercancía posible entre mercancías posibles, sin más necesidad
        que la necesidad a la que alcance la pertenencia contingente a cualquier mundo de la vida,
        sin esencia ni sentido más allá del instante en que, aislado, es observado. Esto es tanto
        como decir que al punto de vista atomístico le es inherente el principio mismo de
        alienabilidad general, que habría llegado al Estado por medio de las formulaciones propias
        del contrato social.<xref ref-type="fn" rid="fn29">29</xref> Aquí está la trituración de lo
        político y la insuficiencia del contractualismo que solo puede salvarse desde el
          <italic>intimissimum</italic> de la especulación. Y es que en Hegel, la reducción a
        contrato del Estado es la nihilización del Estado mismo; desde ese punto de vista, todo
        posible excedente de sentido en la propia interconexión de los posibles contratantes es
        conducido a la nada por la propia lógica de un valor reducido a la propiedad absolutizada y
        descoyuntada de toda posible unidad. Es la pretensión de ser único entre iguales, de ser
        absoluto en la esencial impotencia de la unidad caída en la desgracia de la separación.<xref
          ref-type="fn" rid="fn30">30</xref> Un <italic>Eins</italic> más entre los <italic>viele
          Eins</italic>.</p>
</sec>
<sec id="sec3">
  <title>3. Más cerca del intimissimum de la especulación. Invertir la maniobra kantiana</title>
  <p>Pues bien, justo antes de la mencionada referencia al éxito del atomismo en el campo de lo
        político, Hegel realiza algunas precisiones que resultan pertinentes para el proceso de
        distanciamiento de la modernidad que se quiere llevar a cabo y para la recolocación de los
        elementos que serán centrales para que lo político se localice, como hace la física, a la
        altura de su objeto. Veamos:</p>
  <disp-quote>
    <p>“El atomismo moderno (y la física retiene ese principio) ha abandonado los átomos tanto
          cuanto se atiene a partículas, moléculas, etc. De este modo se ha acercado a la
          representación sensible, pero ha abandonado la determinación dotada de pensamiento. (…)
          Pero la referencia mutua de las dos fuerzas [atracción y repulsión] que viene a constituir
          lo concreto y verdadero de ellas habría que rescatarlo de la turbia confusión con la que
          ha sido dejada, incluso en los <italic>Principios metafísicos iniciales de la ciencia de
            la naturaleza</italic> de Kant”.<xref ref-type="fn" rid="fn31">31</xref></p>
  </disp-quote>
  <p>Como podemos observar, el objeto de la crítica no puede ser otro que Kant; la aproximación de
        este último ha privilegiado al entendimiento como forma de acceso al problema de la realidad
        y de la relación de la realidad consigo misma.<xref ref-type="fn" rid="fn32">32</xref> Como
        todo en Hegel, nada puede ser completamente evacuado, esto es, la supresión tiene que ser
        una forma de conservación y de superación, y ello solo puede garantizarse por medio del
        concepto. Así, la discordia y la confusión en la que queda el problema de la repulsión y la
        atracción tendría que ver con cómo la modernidad habría privilegiado la descomposición
        frente a la composición.<xref ref-type="fn" rid="fn33">33</xref> En la modernidad, el
        análisis como procedimiento de estudio de lo ente habría adquirido así un tipo de soberanía
        en la que la división de lo existente —por ejemplo, las partes de la sociedad— impedirían
        ver correctamente el funcionamiento del conjunto, habiéndose tachado toda representación de
        totalidad, a tal efecto, como falsa, como objeto de crítica, como desecho o superstición,
        como fuente de desvaríos o como ilusión. Estas ilusiones habrían sido el objeto de estudio
        de la dialéctica trascendental, cuyo saldo en lo político es imposibilitar cualquier otra
        forma de lo político que no termine por declinarse en un atomismo resultado de una
        preeminencia del análisis sobre la composición.<xref ref-type="fn" rid="fn34">34</xref> Así
        pues, de la misma manera en que podemos observar cómo Hegel critica el atomismo en las
        diferentes versiones de la <italic>Ciencia de la Lógica</italic>, podemos observar, al mismo
        tiempo, cómo Kant habría imposibilitado cualquier otra cosa que no fuese el atomismo en la
        propia <italic>Crítica de la Razón Pura</italic>.<xref ref-type="fn" rid="fn35">35</xref>
        Kant habría completado así el moderno camino, que toma cuerpo en Hobbes,<xref ref-type="fn"
          rid="fn36">36</xref> para la desustancialización de toda comunidad política posible,
        reducida a ilusión de totalidad y ajena a la lógica de la emergente sociedad de mercado,
        aquella que Kant estaría llevando a concepto y que Hegel intenta comprender como un exceso
        de privilegio de la lógica del entendimiento a la hora de observar lo social. Esta
        evacuación de la comunidad política en favor de una concepción individualista y
        contractualista estaría a la base de la lectura de Kant como pensador liberal.</p>
  <p>Ambos pensadores a ojos de hoy se revelan así como sistemáticos, en ambos autores es
        observable, en tanto que pensadores sistemáticos, hasta qué punto las filosofías del derecho
        —siendo en los dos un producto de vejez, última obra sistemática— son solidarias de la
          <italic>Crítica</italic> y la <italic>Lógica</italic> como propedéuticas. A Hegel le
        basta, por tanto, con leer las dos partes de la <italic>Lógica trascendental</italic> de
        Kant para saber que la realidad social que él quiere aprehender ha sido ignorada y, por
        ello, tiene que enfrentar la preeminencia del atomismo en lo político en el nivel en que la
        dialéctica trascendental recibe su respuesta y corrección. Para ello tiene que demostrar
        cómo el mundo no se presenta ante los ojos del que en él participa en forma abstracta,
        aislada, sino que las propias representaciones de totalidad que el sujeto se forma toman
        partido en una u otra dirección, que existe un continuum, que estas representaciones
        construyen, performan y horadan igualmente la realidad ética circundante; la descomposición
        tiene que tener el rango de momento, su lugar, pero no puede tener primacía conceptual sobre
        la composición. La crítica se dirige, pues, contra la pulsión teoreticista que Hegel
        localiza en la modernidad, que habría incurrido, por tanto, en una versión todavía más torpe
        de esas mismas “elucubraciones mentales”<xref ref-type="fn" rid="fn37">37</xref> justo
        cuando pensaba que se iba a deshacer de ellas. Podría decirse, en términos jurídicos, que el
        positivismo con origen en Kant sería insuficientemente positivo, fenomenológicamente
        insuficiente, negativo en esencia, carente de fuerza positiva, objetiva, concreta.</p>
  <p>Por ello, el resultado de lo político moderno en sentido kantiano será adjetivado como
        tautológico, pues, al aislar las cosas, la experiencia misma, común y corriente, queda
        reducida a la nada, una nada de separaciones donde Hegel querría ver las continuidades que
        la experiencia común ofrece.<xref ref-type="fn" rid="fn38">38</xref> Kant habría sido
        incapaz de captar este proceso, en una suerte de negación de lo más común de la experiencia,
        el régimen de obvia continuidad y los excedentes que ahí se producen. Esa misma pulsión
        habría sido extrapolada al plano práctico en una injusticia, digamos, epistemológica,
        antipolítica, que envenenaría toda praxis social mediante los excesos de una
          <italic>analiticidad</italic> que no se corresponde con los mundos de la vida realmente
        vividos, analiticidad disolvente y nihilizante, propia de una facultad del entendimiento sin
        corrección racional o sin un otro a su altura, un otro que en verdad solo podrá ser el
          espíritu.<xref ref-type="fn" rid="fn39">39</xref> De la misma manera que con la
        experiencia inmediata, los “átomos” políticos —las familias, los individuos—, enfrentan un
        tipo de continuidad igual de fundamental que solo se garantiza mediante la corrección de la
        maniobra kantiana. No hay transacción posible entre particulares sin el sistema de
        transacciones y ello requiere de algo más que de la mera copresencia. Es así como la
        comunidad así dejaría de ser entendida como mero “<italic>commercium</italic> de las
          sustancias”.<xref ref-type="fn" rid="fn40">40</xref> No habrá ya solo mero “comercio de
        las sustancias”, pero para ello se debe generar otra instancia capaz de restablecer el
        continuum. Esto no significará eliminar nada; desde luego que tendrá que haber
          <italic>commercium</italic>, pero también aquello que Kant suprime en la <italic>Crítica
          de la razón pura</italic>: <italic>communitas</italic>.</p>
  <p>Por ello, para que haya <italic>commercium</italic>, para que haya un simple átomo
        relacionándose con otro átomo, un simple contrato, debe haber siempre pluralidad de
        contratos, para que haya algo así como un individuo debe haber siempre pluralidad misma de
        individuos. Esa pluralidad no es pues la mera suma, incorpora siempre un excedente de
        sentido que requiere del uso de la palabra totalidad. Los átomos —recordemos que esta
        palabra salta de la <italic>Ciencia de la Lógica</italic> al primer parágrafo de la sociedad
          civil<xref ref-type="fn" rid="fn41">41</xref>— familiares o contractuales o de intereses
        más o menos individuales que se actualizan en la sociedad civil exigen una noción de más
        allá de todo contrato posible que adquirirá el nombre de Estado. Dicho de otra manera: el
        capital es más que la mera suma de todas las mercancías o es esencialmente otra cosa. Uno
        puede vender dos mercancías, diez, cien, mil, pero no así la suma de todas ellas si es que
        estuviera en posesión de todas ellas. Uno puede tener un dólar, dos dólares o un millón de
        dólares, pero la suma de todos los dólares es esencialmente otra cosa y, en posesión de
        todos ellos, la cosa cambia precisamente por no poder intercambiarse ya.<xref ref-type="fn"
          rid="fn42">42</xref></p>
  <p>El problema lleva a Hegel a calibrar el alcance de las antinomias kantianas como parte
        fundamental de la filosofía kantiana y de su relación con las derrotadas metafísicas
        anteriores: veamos:</p>
  <disp-quote>
    <p>“Estas antinomias kantianas siguen siendo en todo caso parte importante de la filosofía
          crítica: son ellas sobre todo las que provocaron el derrocamiento de la metafísica
          precedente, y pueden ser vistas como una transición capital a la filosofía moderna. Pero,
          con todo su gran mérito, su exposición es muy imperfecta; en parte, entorpecida y
          alambicada dentro de sí misma; en parte fallida por lo que hace al resultado. A causa de
          su notable carácter son merecedoras de una crítica más exacta, que llegue tanto a
          dilucidar más de cerca el nivel [desde el que operan] y su método, como liberar también el
          punto capital, que es lo importante, de la forma inútil en la que se le ha forzado a
            entrar”<xref ref-type="fn" rid="fn43">43</xref></p>
  </disp-quote>
  <p>La caracterización que realiza ahí Hegel del problema en el que ha metido Kant a la metafísica
        está perfectamente imbricada con el origen mismo del proyecto <italic>Ciencia de la
          Lógica</italic> tal y como se explicita en el prólogo, a saber, que la noción de
        experiencia adquiera una dignidad que Kant no ha sabido darle.<xref ref-type="fn" rid="fn44"
          >44</xref> La respuesta a este problema con el que se inicia el prólogo puede encontrar,
        por tanto, su respuesta completa en la Observación dos a la sección Magnitud de la
          <italic>Doctrina del Ser</italic> y en ella se encontraría, por lo tanto, el lugar para
        pensar un nuevo lugar para “los átomos” y, por ello mismo, un nuevo lugar para “el contrato”
        y para el “individuo”, un lugar que explique su reciente éxito en, como dice Hegel, la
        filosofía política moderna. De la solución que Hegel “deduzca” dependerá por tanto el entero
        destino de la Filosofía política moderna y una nueva relación con las metafísicas
        precedentes. Pues bien, es por ello fundamental la inevitable crítica a “la antinomia
        kantiana de la divisibilidad de la materia”<italic>.</italic><xref ref-type="fn" rid="fn45"
          >45</xref> Veamos:</p>
  <disp-quote>
    <p>“Lo compuesto viene aquí enfrentado a lo simple, al átomo; una determinación muy regresiva
          frente a lo constante o continuo. —El sustrato dado a estas abstracciones, a saber
          sustancias empíricas dentro del mundo, lo que no quiere decir aquí sino las cosas tal como
          son perceptibles por los sentidos, no tiene influjo alguno sobre lo antinómico mismo;
          igual de bien se pudo haber tomado espacio y tiempo. Mas como la tesis habla solamente de
          composición, en lugar de continuidad, se trata entonces propiamente de una proposición
          analítica o tautológica. Que lo compuesto no sea en y para sí, sino sólo un algo
          exteriormente conectado, y que conste de otro [, de otra cosa,] es su determinación [, su
          definición] inmediata.— Pero lo otro de lo compuesto es lo simple. Es por consiguiente una
          proposición tautológica el que lo compuesto conste de lo simple”.<xref ref-type="fn"
            rid="fn46">46</xref></p>
  </disp-quote>
  <p>Conviene retener la referencia a la tautología implícita en la solución kantiana, pues será
        fundamental para el estudio de la insuficiente infinitud que está en el fondo del proyecto
        moderno y para las consecuencias en lo político. Pero añadamos antes otros elementos,
        deteniéndonos un momento en cómo Hegel cree haber encontrado en la escuela eleática una
        mejor solución que la propuesta por Kant; ello llevará a Hegel a una interpretación de
        Heráclito y Parménides que, piensa, será mucho más productiva en rendimientos que los
        resultados de la antinomia kantiana. Podemos leer pues en la página 306 de la
          <italic>Doctrina del Ser</italic>, en la sección rotulada como “Magnitud” que:</p>
  <disp-quote>
    <p>“Infinitamente más ricos en sentido y más profundos que la antinomia kantiana considerada
          son, en particular por lo que concierne al movimiento, los ejemplos de la antigua escuela
          eleática. (…) Ellos hacen el más alto honor a la razón de sus inventores: tienen por
          resultado el ser puro de Parménides, en cuanto que dan a mostrar dentro de sí mismos la
          disolución de todo ser determinado y, con esto, son ellos mismos el fluir de
            Heráclito”.<xref ref-type="fn" rid="fn47">47</xref></p>
  </disp-quote>
  <p>Esta peculiar aproximación es fundamental para comprender en qué lugar queda la Dialéctica
        trascendental de la primera <italic>Crítica</italic> tras el trabajo realizado en la
          <italic>Ciencia de la Lógica</italic>. El problema ha devenido el siguiente: o se
        cortocircuitan los resultados de la <italic>Dialéctica Trascendental</italic> o el entero
        sistema lógico y aquello que de él vive —la <italic>Filosofía del Derecho</italic>— estaría
        condenado a recrearse una y otra vez en el</p>
  <p>mero atomismo, arruinando cualquier comprensión de lo político. Las nociones de experiencia,
        conocimiento verdadero y realidad quedarían, como decíamos, puestas en entredicho, y
        Robinson Crusoe por un lado o el comunitarismo más vacío por otro ser convertirían en el
        único modelo político, esto es, en la antipolítica. En cambio, la escuela eleática
        habilitaría, bien comprendida, un conocimiento verdadero (<italic>i.e.,</italic>
        especulativo) que puede ser útil todavía para, partiendo de él, dar con la clave de una
        lógica que no lo es ni del individuo ni de la comunidad, sino una lógica que lo es solo y
        exclusivamente de la insuperable tensión entre ambos. Esto es: la herida que la sociedad
        civil es en cualquier pretensión comunitarista no está para ser corregida de manera absoluta
        por formas de totalidad que se pretendieran absolutas y que quisieran llamarse Estado, sino
        que la lógica lo es de la herida con la herida, de lo objetivo con lo objetivo, de las
        diferentes formas de decirse segunda naturaleza —familia, sociedad civil, Estado— consigo
        mismas. La lógica lo es de lo insuperable, y lo insuperable es la escisión. La modernidad, a
        falta de la Lógica, habría dado, como resultado de las filosofías de la reflexión, con lo
        propio de una parte de esas estructuras que conforman naturaleza —individuo—, pero
        desechando el alcance de toda esa producción de normatividad que se da en el resto de
        entramados socioculturales. El problema, en cualquier caso, no es histórico, sino que es
        estrictamente lógico y se soluciona al nivel de la lógica. Por ello, nos dice Hegel que:</p>
  <disp-quote>
    <p>“La solución kantiana de la antinomia consiste únicamente en decir que la razón no debe
          sobrevolar la percepción sensible, sino tomar al fenómeno tal como es. Esta solución deja
          a un lado el contenido de la antinomia misma, sin alcanzar la naturaleza del concepto, que
          es esencialmente la unidad de contrapuestos, de los que cada uno, aislado de por sí, es
          nulo, sin ser en él mismo más que el acto de pasar a su otro, igual que aquí es la
          cantidad esta unidad y, al serlo, la verdad de las dos determinaciones que constituyen la
            antinomia”.<xref ref-type="fn" rid="fn48">48</xref></p>
  </disp-quote>
  <p>Este punto es tan crucial para Hegel que lo incluyó en la primera página del prólogo a la
          <italic>Ciencia de la Lógica</italic>; que la razón había sido condenada a no sobrevolar,
        decía ahí, “la experiencia”,<xref ref-type="fn" rid="fn49">49</xref> y que con ello la
        filosofía había sido prácticamente imposibilitada, esto es, que, con la “solución kantiana
        de la antinomia” a lo que conduciría al “espectáculo de ver a un pueblo culto desprovisto de
          metafísica”;<xref ref-type="fn" rid="fn50">50</xref> a ese pueblo le quedarían aquellas
        posiciones que se pueden conseguir mediante el entendimiento, que darían lugar a un templo,
        sí, “ricamente adornado, pero sin sagrario”<xref ref-type="fn" rid="fn51">51</xref> —sin
        aquello que requiere de la razón (del espíritu)—. La superación de ese espectáculo depende
        de la no-perseverancia en la lógica atómica, y es que en ella, tal y como se expresa en el
        parágrafo 93 de la <italic>Doctrina del Ser</italic> en la
        <italic>Enciclopedia</italic>:</p>
  <disp-quote>
    <p>“Algo deviene otro, pero lo otro es también un algo y deviene por consiguiente otro, y así
          sucesivamente hacia lo infinito”.<xref ref-type="fn" rid="fn52">52</xref></p>
  </disp-quote>
  <p>Esto es, que el que “algo” sea “algo” depende de acreditarse como “otro”. Es así como se
        explica la “continuidad” como base de la fenomenología de lo real y de lo político. De
        manera similar, en el parágrafo 113, podríamos leer que:</p>
  <disp-quote>
    <p>“La falta de pensamiento [propia] de la sensibilidad, [consiste en] tomar todo lo limitado y
          finito como un ente, se transfiere como terquedad al entendimiento que considera lo finito
          como algo idéntico consigo mismo, como algo en sí mismo no contradictorio”.</p>
  </disp-quote>
  <p>Es ahí donde habita el terror, en la presunta ausencia de contradicciones, en el
        ensimismamiento cierto de sí en el que caen individuos y Estados por igual. Toda alteridad,
        toda diferencia, en lo que tenga de irreductible, debe ser cancelada manteniéndose
        irreductible. En juego está que el individuo no sea mera masa y que su individualidad no se
        vuelva dogmáticamente absoluta.<xref ref-type="fn" rid="fn53">53</xref> El principio de
        inmanencia exige que cuando se crea que se está fuera en realidad se estaba dentro. La
        lógica del individualismo debe quedar orientada a alguna forma de totalidad que impida el
        aislamiento o, dicho de otra manera, la segunda persona de la trinidad se debe volver el
        santo y seña de este movimiento. El mal —que queda incorporado y llevado a concepto— y la
        muerte —que queda incorporada— serían solo el intento de la finitud, del átomo, en ser solo
        finitud, en ser solo mero átomo. Esto es, el atomismo queda incorporado siempre que no
        quiera decirse última palabra. Quedaría así definida la mala filosofía y la insuficiencia de
        todas las fenomenologías del Estado. Estado verdaderamente individual, verdaderamente
        “desconectado”, solo puede ser un Estado ciertamente muerto. Esa perseverancia abstracta nos
        regala la noción de vanidad, de creerse más allá cuando en realidad se está más acá.<xref
          ref-type="fn" rid="fn54">54</xref> Si se quisiera localizar una noción hegeliana de
        prudencia este sería, sin duda, el sitio oportuno. Toda posición antidogmática, esto es,
        toda posición que se asuma “parte continua” o “en movimiento”, también toda posición
        filosófica, o todo Estado o todo individuo tendrán así de su parte la prudencia de saberse
        siempre en relación de continuidad, en codependencia pragmática con la totalidad de la que
        depende. La finitud queda salvada precisamente porque queda superada, los contratos quedan
        así salvados porque son igualmente superados. Llevar el contractualismo atomista tal y como
        lo entiende la modernidad al Estado sería haberle dado al átomo y a una insalvable finitud
        la última palabra del espíritu, alienando su esencia hasta destruirla. Esto es, de nuevo, lo
        que habría hecho la filosofía política moderna. Nada resta pues esencialidad a los contratos
        con respecto al Estado, simplemente su locus se ha desplazado. Hegel no considera pues que
        esté desarticulando la noción misma de contrato, piensa, más bien, que es el primero que le
        hace justicia al eliminar la perseverancia dogmática y ensimismada.</p>
</sec>
<sec id="sec4">
  <title>4. El estado de la mala infinitud y el principio de su superación</title>
  <p>Es aquí donde hay que añadir otro concepto fundamental para la superación de esa kantiana
        finitud que desembocaba en mera tautología. Así pues, frente al concepto de mala infinitud o
        infinitud propia del entendimiento, Hegel expondrá y deducirá, como superación, el concepto
        de “buena infinitud”. De esta doble economía de la infinitud, que pasa a decirse de dos
        maneras, dependerá la teoría del contrato y un, digamos, contractualismo más contractualista
        que el contractualismo moderno. No cabe duda de que la noción de <italic>infinitud</italic>
        había sido parte fundamental de las filosofías de la reflexión. Eran filosofías, como la
        kantiana, que habían ejecutado en profundidad la lectura de los <italic>Principa</italic> de
        Newton, pero habrían extrapolado de ella consecuencias a lo político sin detenerse en que
        esa extrapolación suponía la evacuación de lo político. El fisicalismo imposibilitaba así el
        alcance lógico —“espiritual”— de lo político.<xref ref-type="fn" rid="fn55">55</xref> El
        fisicalismo era mero cuantitativismo, pero la cualitas debía de ser, según Hegel, la esencia
        diferencial que el Estado suministraba a los excesos abstractos y privativos de la sociedad
        civil. La noción de oposición cuantitativa —en la que se funda, por ejemplo, el intercambio
        o la compraventa— tenía que ser contrarrestada por otra lógica. La modernidad más depurada,
        la más reciente, la más célebre, la kantiana, había perdido en su afán teoreticista esta
        distinción fundamental —“Que toda oposición es sólo cuantitativa fue por un tiempo una tesis
        capital de la moderna filosofía”—.<xref ref-type="fn" rid="fn56">56</xref> Así, la infinitud
        manejada por los modernos se revelaba como meramente cuantitativa, paso abstracto de lo uno
        a lo otro, mera finitud camuflada de infinitud, mera suma de lo uno y mismo disfrazada de
        infinitud en el carnaval de una realidad que se había perdido por el camino. La
        caracterización de esta insuficiencia aparece desplegada, como no podía ser de otra forma si
        de lo que iba la cosa era de evitar el atomismo, en el parágrafo 94 de la <italic>Doctrina
          del Ser</italic> —que reproducimos en la versión de la <italic>Enciclopedia</italic>—:</p>
  <disp-quote>
    <p>“Esta infinitud es la mala infinitud o infinitud negativa, por cuanto no es nada más que la
          negación de lo finito que no obstante vuelve siempre a resurgir por no haber sido también
          [efectivamente] superado; o [lo que es lo mismo] esta infinitud expresa solamente el
          deber-ser de la superación de lo finito”.<xref ref-type="fn" rid="fn57">57</xref></p>
  </disp-quote>
  <p>La pregunta que Hegel presenta como obvia sería, a saber, qué es lo que superamos si acabamos
        en lo mismo; un lo mismo carente de novedad o de positividad. De átomo en átomo se vuelve
        imposible la comprensión de la totalidad y así, la garantía de, por ejemplo, comprender el
        intercambio, se ha perdido. Lo que reaparece al observar así la realidad es la mera finitud,
        y el posible saber de esta queda anulado como posible saber. Dicho de otra manera: al
        intentar ver así la finitud, lo que aparece es, como una suerte de retorno de lo reprimido,
        la misma finitud.<xref ref-type="fn" rid="fn58">58</xref> Al lado de un punto, en efecto,
        hay otro punto, expone Hegel, y luego otro, y así sucesivamente.<xref ref-type="fn"
          rid="fn59">59</xref> Esta insuficiencia en la caracterización de la relación que mantiene
        un algo con otro algo abre a Hegel el problema y el camino a otro concepto de infinitud. La
        mera suma de puntos no puede llevar a infinito verdadero alguno, sino que arrastra el
        proyecto siempre a la reaparición de la misma finitud. El deber-ser de la superación de lo
        finito no puede arrojar como rendimiento más finitud, no puede arrojar como respuesta una
        “perennización” de la mera finitud. Lo expresa así Hegel en la
        <italic>Enciclopedia</italic>:</p>
  <disp-quote>
    <p>“La progresión hacia lo infinito está [de suyo] parada en la [mera] enunciación de la
          contradicción contenida en lo finito; a saber, que lo finito es tan algo como su otro y
          [aquella progresión] es la prosecución perennizadora del intercambio de esas
          determinaciones que conducen [sin fin] de la una a la otra”.<xref ref-type="fn" rid="fn60"
            >60</xref></p>
  </disp-quote>
  <p>En ese camino no hay deber-ser alguno, pero tampoco ser. Lo podemos encontrar caracterizado
        como sigue en la versión de la <italic>Ciencia de la Lógica</italic> de 1813:</p>
  <disp-quote>
    <p>“El cuanto resurgido, por el hecho de ser cuanto, ha huido de nuevo de sí mismo, en cuanto
          tal se ha sobrepasado a sí mismo, y en su no ser se ha repelido de sí mismo; con esto,
          tiene un perenne más allá. Pero el cuanto consiste precisamente, al mismo tiempo, en serse
          exterior. Por tanto, ese más allá es él mismo, de nuevo, el cuanto”.<xref ref-type="fn"
            rid="fn61">61</xref></p>
  </disp-quote>
  <p>Las determinaciones conducen unas a otras de manera irreflexiva. La sociedad civil queda así,
        igualmente, sin posibilidad alguna de comprensión, pues la comprensión requiere de una
        exterioridad capaz de devenir interior, de un afuera que se revele como fundamento del
        adentro, de un más allá de la mala infinitud que se revele como más acá mediante la buena
        infinitud. Es ahí donde se encontrará la clave de bóveda del hecho, estrictamente lógico, de
        que el Estado ocupe el lugar <italic>negación de la negación</italic> dentro de la
        estructura de la eticidad.<xref ref-type="fn" rid="fn62">62</xref> Es mediante esta falta
        como las filosofías de la reflexión han devenido así esencialmente irreflexivas.<xref
          ref-type="fn" rid="fn63">63</xref> La verdadera reflexión consistirá, por tanto, en
        proponer un nuevo concepto de “infinito” que consiga salvar el escollo en el que, como
        mencionábamos, desde el prólogo de la <italic>Ciencia de la Lógica</italic> es imputado a la
        interdicción kantiana a sobrevolar la experiencia. Esto es, evitar un infinito asediado por
        limitaciones con origen en su falta de pretensión de decirse infinito cuando en realidad era
        lo finito mismo. En la versión de 1831 de la Lógica podemos leer cómo Hegel resuelve ese
        paso necesario:</p>
  <disp-quote>
    <p>“Pero por este mismo motivo el infinito ya no se halla en la realidad sustraído a la
          limitación y la finitud; el problema fundamental consiste en distinguir el verdadero
          concepto de lo infinito con respecto a la mala infinitud, vale decir, el infinito de la
          razón con respecto al infinito del intelecto. Este último es todavía el infinito
          convertido en limitado; y será necesario mostrar que precisamente en tanto se trata de
          mantener el infinito puro y alejado de lo finito se lo convierte sólo en finito. El
          infinito es: a) en su simple determinación, lo afirmativo como negación de lo finito; b)
          pero de este modo se halla en una determinación recíproca con lo finito, y es el
          abstracto, unilateral infinito; c) el autoeliminarse de este infinito, a manera de lo
          finito como un proceso único, esto es, el infinito verdadero”.<xref ref-type="fn"
            rid="fn64">64</xref></p>
  </disp-quote>
  <p>Esto es, al alejar nouménicamente el infinito para conservarlo en su pureza prelapsaria, el
        infinito queda obliterado o convertido tautológicamente en meramente finito. Negar lo finito
        para extraer el concepto de infinitud sigue siendo, pues, insuficiente. Negar supondría solo
        asumir reciprocidad, la propia del atomismo y del contractualismo moderno, esto es, sería
        tanto como asumir que, en realidad, solo hay momento negación o que, dentro de la eticidad,
        no hay tercer momento, volviendo el momento Estado en parte integral de la propia sociedad
        civil, esto es, disolviendo el Estado mismo.</p>
</sec>
<sec id="sec5">
  <title>5. Conclusiones</title>
  <p>La siguiente caracterización, obtenida de las <italic>Lecciones de Historia de la
          Filosofía</italic>, en un momento en el que está calibrando el alcance de la filosofía
        griega, puede servir para poner en juego, al mismo tiempo, todos los niveles que hemos
        explorado recogiendo elementos lógicos y políticos y para mostrar cómo el átomo es algo más
        que átomo, también contrato, pero algo más que contrato:</p>
  <disp-quote>
    <p>“Es cierto que también el espíritu es átomo, unidad; pero, como unidad en sí mismo, es, al
          mismo tiempo, algo infinitamente lleno. En los problemas de la libertad, el derecho y la
          ley, de la voluntad, todo gira en torno a este antagonismo entre lo general y lo
          individual. Dentro de la esfera del Estado, puede manifestarse el punto de vista de que la
          voluntad individual, en cuanto átomo, es lo absoluto; tales son, en el fondo, las nuevas
          teorías sobre el Estado, que se hacen valer también prácticamente. El Estado debe basarse
          en la voluntad general, es decir, en la voluntad que es en y para sí; cuando se basa en la
          voluntad individual, se atomiza, se concibe con arreglo a la determinación del pensamiento
          de lo uno, como en el contrato social de Rousseau”.<xref ref-type="fn" rid="fn65"
            >65</xref></p>
  </disp-quote>
  <p>Al basar por tanto toda forma de voluntad en el concepto de átomo, exonerada de la
        responsabilidad incoada en la continuidad, el Estado mismo queda atomizado, reconduciendo
        las anteriores figuras de la filosofía al mero momento negación, al mero momento del “en
        sí”. Falta la pregnancia de ese útil teórico llamado “para sí”.<xref ref-type="fn"
          rid="fn66">66</xref> Esto había supuesto, en último término, leer el Estado con la
        gramática y los mecanismos propios del derecho privado, considerado en Hegel como abstracto
        e insuficiente, precisamente, porque sin la Institución que lo cobija carece de concepto
        verdadero. Esto es, sin el excedente de sentido que lleva incorporada la representación de
        continuidad que hace aparecer nociones de totalidad el derecho es una abstracción, una
        verdadera ilusión. Es por ello que el derecho privado adquiere en Hegel el nombre de
        “derecho abstracto”.</p>
  <p>El movimiento, de nuevo, es solidario de la ampliación, valga decir, colonial, de los excesos
        del entendimiento propios de una filosofía marcadamente teoreticista. Toda teoría del Estado
        moderna habría sido incapaz de asir el objeto que pretende analizar, o, tal vez, lo habría
        analizado demasiado, esto es, lo habría disuelto sin solución de continuidad mediante un
        ejercicio que, en la historia, sería calificado como el <italic>Terror</italic>.</p>
  <p>Pues bien, si ser notario de lo que ha sido la modernidad es asumir que Kant ha llevado la
        modernidad a concepto, Hegel, por su parte, tendría que llevar a concepto el hecho de que
        Kant haya llevado a concepto el mundo moderno de manera insuficiente, esto es, no va de ser
        Kant —o mejor, no se puede ser ya Kant como no tiene sentido ser ya platónico<xref
          ref-type="fn" rid="fn67">67</xref>—, la cosa se juega en corregir a Kant, en volver
        concreto lo que aparece como abstracto, en superar las escisiones propias de la época que se
        deja atrás y en prepararse para ese tiempo de parto.<xref ref-type="fn" rid="fn68">68</xref>
        Dicho de otra forma: es necesario salvar el contractualismo de sí mismo, salvar la
        modernidad de sí misma o salvar a la ilustración de sí misma. Son esas escisiones y
        unilateralidades de lo ontológico-político moderno las que han traído la discordia.<xref
          ref-type="fn" rid="fn69">69</xref> No estaríamos, pues, tan lejos de aquello que Adorno y
        Horkheimer se marcarían como propósito en <italic>Dialética de la Ilustración</italic>
        cuando exponen, ya en el inicio, que “Si la ilustración no toma sobre sí la tarea de
        reflexionar sobre este movimiento regresivo, firma su propia condena”,<xref ref-type="fn"
          rid="fn70">70</xref> o, más aún, dicen en esas mismas líneas, su “autodestrucción”. Este
        movimiento ha conllevado darle sin duda a la ilustración y al sistema del atomismo su lugar
        y su dignidad como parte de la filosofía del espíritu objetivo, en un movimiento solidario
        del movimiento realizado con el entendimiento —no solo en la propia <italic>Ciencia de la
          Lógica</italic>, sino también en la propia <italic>Fenomenología del
          Espíritu</italic><xref ref-type="fn" rid="fn71">71</xref>—. Y aquí podríamos añadir que
        parte importante de los errores exegéticos a la hora de leer a Hegel consisten en pensar que
        este ha negado la labor del entendimiento —como habría negado después la del átomo o la del
        contrato—. El intento puede resumirse, en definitiva, por darle al entendimiento lo que es
        del entendimiento y a la razón —al espíritu— lo que es de la razón. Habrá atomismo, pero no
        podemos quedarnos en el atomismo, habrá contractualismo, pero el contractualismo no puede
        tener la última palabra y, en ese sentido, habrá ilustración, pero no podrá haberla si no se
        corrige la tendencia antipolítica de la ilustración tal y como la ha comprendido Kant. El
        proceso consiste en limitar toda forma de última palabra de lo que solo puede decirse como
        momento, reconduciendo el problema de la verdad —de la verdad de lo político, del Estado, de
        cualquier contrato— al todo. Que lo verdadero sea el todo —tal y como leemos en la
        Fenomenología del espíritu<xref ref-type="fn" rid="fn72">72</xref>— debe significar,
        también, que ningún contrato aislado amerita el uso de la palabra verdadero.<xref
          ref-type="fn" rid="fn73">73</xref> El problema será el dogmatismo de la última palabra, el
        dogmatismo de creerse en posesión de la última filosofía;<xref ref-type="fn" rid="fn74"
          >74</xref> el problema será la autosuficiencia, el falso absoluto.<xref ref-type="fn"
          rid="fn75">75</xref> Es aquí donde de nuevo resuena la crítica a cualquier elogio posible
        a Robinson Crusoe, que habría sido reducido a mero modelo antipolítico, literalmente
        idiótico para Hegel, e igual de idiótico y fundamental para Marx.<xref ref-type="fn"
          rid="fn76">76</xref> Robinson carece de concepto político porque la
          <italic>continuidad</italic> en él no está en juego; o, más aún, es que el propio concepto
        de Robinson sería imposible de tematizar por una lógica que no sea la hegeliana, pues,
        piensa Hegel, correrían el riesgo de ver política donde apenas hay átomo. Estos errores
        exegéticos han conducido a supresiones y superaciones excesivas, como si, por ejemplo, la
        facultad del entendimiento fuese el terror. Será terror si se dice aislada. En no saber dar
        al entendimiento lo que es del entendimiento o al contractualismo lo que es del
        contractualismo, privilegiando solo la supresión de los mismos y no su esencial
        deconstrucción se encuentra el camino de encontrar en Hegel un pensador nacionalista o
        comunitarista. Pero también, en no saber dar al entendimiento lo que es del entendimiento
        —al contrato lo que es del contrato, al contractualismo y al individualismo su lugar—
        radicará el error de ver en Hegel un pensador nacionalista o comunitarista. Así pues, el
        objetivo habría sido solo uno: criticar la insuficiencia de las fenomenologías del Estado
        precedentes habiendo disuelto la lógica atomista propia de los excesos de las filosofías de
        la reflexión y del entendimiento para iniciar el camino de su recuperación. Quedaría, tras
        la propedéutica, devolver al Estado lo que el atomismo moderno le había substraído y, de
        camino, recuperar lo esencial de ese mismo sistema del atomismo. Ahí podremos, finalmente,
        calibrar el alcance y pregnancia que pueda tener todavía el problema del Sistema en Hegel
        para nuestra modernidad tardía.</p>
</sec>
</body>
<back>
<fn-group>
  <fn id="fn1">
    <label>1</label><p>Cf. Axel Honneth, “Atomism and Ethical Life: On Hegel’s Critique of the French Revolution,”
            <italic>Philosophy &amp; Social Criticism</italic>, 14. Cf. Norberto Bobbio, “Hegel y el
          iusnaturalismo,” en <italic>Estudios sobre la Filosofía del Derecho de Hegel</italic>, ed.
          Gabriel Amengual Coll (Madrid: Centro de Estudios Constitucionales, 1989), 401. Cf.
          Manfred Riedel, “Naturaleza y libertad en la Filosofía del derecho de Hegel,” en
            <italic>Hegel y lo político</italic>, ed. A. Zbigniew Pelczynsky, trad. Luisa Lassaque
          (Buenos Aires: Prometeo, 2016), 128.</p>
  </fn>
  <fn id="fn2">
    <label>2</label><p>“Hegel es el primero que eleva a problema filosófico el proceso de desgajamiento y ruptura de la
          modernidad respecto de las sugerencias de normatividad del pasado que quedan extramuros de
          ella”. Jürgen Habermas, <italic>El discurso filosófico de la modernidad</italic>, trad.
          Jiménez Redondo (Buenos Aires: Katz, 2008), 26.</p>
  </fn>
  <fn id="fn3">
    <label>3</label><p>G. W. F. Hegel, <italic>Sobre las maneras de tratar científicamente el derecho natural</italic>,
          introducción, traducción y notas de Dalmacio Negro Pavón (Madrid: Aguilar, 1979), 14 y
          siguientes. (A partir de ahora: G. W. F. Hegel. <italic>NatRh</italic>, X).</p>
  </fn>
  <fn id="fn4">
    <label>4</label><p>G. W. F. Hegel, <italic>Filosofía Real</italic>, trad. José María Ripalda (México: FCE, 2006),
          186-192.</p>
  </fn>
  <fn id="fn5">
    <label>5</label><p>G. W. F. Hegel, <italic>Líneas fundamentales de la filosofía del derecho</italic>, trad. Manuel
          Jiménez Redondo (Madrid: Ápeiron, 2022), §75, Obs.; §100, Obs. (A partir de ahora: Hegel,
            <italic>RPh</italic>, X).</p>
  </fn>
  <fn id="fn6">
    <label>6</label><p>Hegel, <italic>RPh</italic>, §75, Obs.</p>
  </fn>
  <fn id="fn7">
    <label>7</label><p>“El concepto cae, por tanto, en cuanto a su
    desarrollo, fuera de la ciencia del derecho; hay que tomar el
    concepto como dado y su deducción la damos aquí por presupuesta”.
    Hegel, <italic>RPh,</italic> §2.</p>
  </fn>
  <fn id="fn8">
    <label>8</label><p>Hegel, <italic>RPh</italic>, §7, Obs. Las
    expresiones de este tipo se repiten a</p>
    <p>lo largo de la obra en multitud de ocasiones. Por ejemplo, en el
    tránsito de la moralidad a la eticidad: “Aquellos que creen que, en
    filosofía, pueden prescindir de la demostración y de la deducción
    muestran que se encuentran aún lejos de saber lo que es la
    filosofía, y podrán hablar mucho de otras cosas, pero no tienen
    ningún derecho a participar en la filosofía si quieren argumentar
    sin el concepto” Hegel, <italic>RPh</italic>, §141.</p>
  </fn>
  <fn id="fn9">
    <label>9</label><p>Hegel, <italic>RPh</italic>, §141.</p>
  </fn>
  <fn id="fn10">
    <label>10</label><p>Hegel, <italic>RPh</italic>, §7.</p>
  </fn>
  <fn id="fn11">
    <label>11</label><p>El carácter aislante de ese tipo de “filosofías” es descom</p>
  </fn>
  <fn id="fn12">
    <label>12</label><p>puesto bajo el siguiente tipo de formulaciones: “El pensamiento en cuanto entendimiento se queda
          parado en la de terminidad fija y en la distintividad de ella frente a otra; un tal
          abstracto [así] delimitado vale para el entendimiento como siendo de suyo y como
          subsistente” G. W. F. Hegel, <italic>Enciclopedia de las ciencias filosóficas</italic>,
          trad. Ramón Valls Plana (Madrid: Alianza, 1999), §80 (A partir de ahora Hegel,
            <italic>Enz</italic>, X). Estas expresiones, llevadas al terreno práctico, adquirirían
          por ejemplo esta forma: “Pero, por muy concreta que sea de suyo la libertad, nos
          encontramos con que también aquí se vuelve hacia la realidad como algo no desarrollado en
          su abstracción; y el tratar de hacer válidas las abstracciones en la realidad equivale a
          destruir ésta. El fanatismo de la libertad, puesto en manos del pueblo, se tornó algo
          espantoso. En Alemania, este mismo principio recabó para sí el interés de la conciencia,
          pero sólo se desarrolló de un modo teórico. Tenemos, los alemanes, toda clase de rumores
          dentro y fuera de la cabeza, pero preferimos meditar con el gorro de dormir puesto”. G. W.
          F. Hegel, <italic>Lecciones sobre la historia de la filosofía III</italic>, trad.
          Wenceslao Roces (México: FCE, 1955), 419. (A partir de ahora, tanto el volumen I como el
          III, utilizarán la abreviatura <italic>VorGesPhi</italic> vol. X, X).</p>
  </fn>
  <fn id="fn13">
    <label>13</label><p>G. W. F. Hegel, <italic>Ciencia de la lógica</italic>, trad. Rodolfo Mondolfo (Buenos Aires:
          Hachette, Biblioteca Solar, 1982), 213. A partir de ahora, con respecto a la
            <italic>Ciencia de la Lógica</italic>, citaremos Hegel, <italic>WdL</italic>, I, [trad.
          Mondolfo (cuando sea Mondolfo y, por ser la versión utilizada de manera general, no
          especificaremos traductor cuando se trate de la versión de Félix Duque)]. Especialmente
          reveladora es la raíz común que localiza como traducción en las lecciones: “La traducción
          de la palabra griega &quot;átomo&quot; es el individuo, lo indivisible; bajo otra forma,
          lo uno es, pues, lo individual, la determinación de la subjetividad. Lo general y, frente
          a ello, lo individual son grandes determinaciones que intervienen en todas las cosas; y,
          para saber lo que estas determinaciones abstractas entrañan, lo primero es reconocer en lo
          concreto que las tales determinaciones son también lo fundamental”. Hegel,
            <italic>VorGesPhi</italic>, I, 281.</p>
  </fn>
  <fn id="fn14">
    <label>14</label><p>Hegel, <italic>WdL</italic>, 331.</p>
  </fn>
  <fn id="fn15">
    <label>15</label><p>Hegel, <italic>WdL,</italic> I, 331.</p>
  </fn>
  <fn id="fn16">
    <label>16</label><p>Hegel, <italic>RPh</italic>, §75, Obs. Para un comentario de la crítica a las subsunciones, según
          Hegel, excesivas de Kant bajo la forma contrato, véase: Jean-François Kervégan,
            <italic>L’effectif et le rationnel. Hegel et l’esprit objectif</italic> (Paris: Vrin,
          2007), 111. También: Carl Schmitt, <italic>Sobre los tres modos de pensar la ciencia
            jurídica</italic>, en <italic>Posiciones ante el derecho</italic>, trad. Montserrat
          Herrero (Madrid: Tecnos, s.f.) [1934], 289.</p>
  </fn>
  <fn id="fn17">
    <label>17</label><p>Hegel, <italic>Enz</italic>, §98.</p>
  </fn>
  <fn id="fn18">
    <label>18</label><p>Como decíamos, ya en los <italic>Escritos de Juventud</italic> aparece claramente esta pulsión a
          tratar científicamente el objeto, pero mediante un concepto de Ciencia que todavía no ha
          sido desarrollado por la filosofía: “El perfeccionamiento de la ciencia exige, no
          obstante, que la intuición y la imagen se unifiquen en los términos con lo lógico y que se
          impliquen en lo puro ideal, así como que la ciencia separada, pero, sin embargo,
          verdadera, acepte su particularidad y reconozca su principio y su necesidad conforme a su
          más alta conexión [es decir, de acuerdo con la Idea]; de modo que, justamente por medio de
          esta, se libere ella misma por completo”. Hegel, <italic>NatRh</italic>, 4-5.</p>
  </fn>
  <fn id="fn19">
    <label>19</label><p>“<italic>Moralidad y eticidad</italic> que habitualmente se emplean como sinónimos están tomados
          aquí en sentidos distintos. Mientras tanto, también la representación parece
          distinguirlos. En el uso que hace del lenguaje, Kant se sirve preferentemente de la
          expresión <italic>moralidad</italic>, así como por lo demás los principios prácticos de su
          filosofía se limitan por entero a ese concepto, incluso hacen imposible el punto de vista
          de la <italic>eticidad</italic>, más aún: expresamente lo hacen polvo y escandalizan
            [<italic>empören</italic>]. Pero, aunque moralidad y eticidad fuesen sinónimos por su
          etimología, eso no sería impedimento para, ya que tenemos estas palabras diferentes,
          usarlas para conceptos diferentes”. Hegel, <italic>RPh</italic>, §33, Obs.</p>
  </fn>
  <fn id="fn20">
    <label>20</label><p>Para un estudio sobre el parágrafo 98 véase: Federico Orsini, “Hegel on the One and the Many in
          the Logic of Being,” <italic>Hegel Jahrbuch</italic> 2019, no. 1 (2019): 169-176.
          Igualmente: Anton Kabeshkin, “Hegel’s Metaphysics of Nature,” <italic>European Journal of
            Philosophy</italic> 29, no. 4 (2021): 837-854.</p>
  </fn>
  <fn id="fn21">
    <label>21</label><p>Hegel, <italic>Enz</italic>, §98</p>
  </fn>
  <fn id="fn22">
    <label>22</label><p>Hegel, <italic>Enz</italic>, §523.</p>
  </fn>
  <fn id="fn23">
    <label>23</label><p>Hegel, <italic>NatRh</italic>, 76.</p>
  </fn>
  <fn id="fn24">
    <label>24</label><p>“La filosofía atomística, por ejemplo, llegaba a la conclusión de que el átomo es lo absoluto: la
          unidad indivisible, que es, más profundamente, lo subjetivo, lo individual; y como la
          simple unidad es, si se sigue ahondando en ella,— el ser para sí abstracto, lo absoluto se
          concebía, así, como una pluralidad infinita de unidades. Este principio atomístico ha sido
          refutado; hoy ya no somos atomistas. Es cierto que también el espíritu es una unidad que
          es para sí, un átomo; sin embargo, esta determinación es demasiado pobre para que por ella
          podamos medir la profundidad del espíritu”. HEGEL, <italic>VorGesPhi,</italic> I, 40.</p>
  </fn>
  <fn id="fn25">
    <label>25</label><p>Podría decirse que aquí tenemos materiales suficientes como para extraer de ellos, con algunas
          precisiones, textos complementarios de obras como el <italic>Hombre
            Unidimensional</italic> de Marcuse: “Así surge el modelo de pensamiento y conducta
          unidimensional en el que ideas, aspiraciones y objetivos, que trascienden por su contenido
          el universo establecido del discurso y la acción, son rechazados o reducidos a los
          términos de este universo. La racionalidad del sistema dado y de su extensión cuantitativa
          da una nueva definición a estas ideas, aspiraciones y objetivos”. Herbert Marcuse,
            <italic>El hombre unidimensional: Ensayo sobre la ideología de la sociedad industrial
            avanzada</italic>, trad. Ariel, S.A. (Barcelona: Planeta-Agostini, 1993), 42.</p>
  </fn>
  <fn id="fn26">
    <label>26</label><p>Cf : « Pour Hegel, cette indépendance est de surface : il déplore la « représentation
          atomistique, abstraite » que les philosophes « formalistes » nous donnent de la vie
          sociale, comme s’il s’agissait simplement d’un préjugé tenace, né dans la tête des
          juristes romains ». Gérard Lebrun, <italic>La patience du Concept: Essai sur le discours
            hégélien</italic> (Paris: Gallimard, 1971), 98, véase también 278,</p>
  </fn>
  <fn id="fn27">
    <label>27</label><p>Hegel, <italic>RPh</italic>, §258, Obs. Es en ese punto donde aparece el elogio —por haber puesto
          la voluntad como principio del Estado— y crítica —por la reducción del contrato a la mera
          discrecionalidad— a la formulación del contrato social de Rousseau.</p>
  </fn>
  <fn id="fn28">
    <label>28</label><p>“La riqueza de las sociedades en las que domina el modo de producción capitalista se presenta
          como un enorme cúmulo de mercancías, y la mercancía individual como la forma elemental de
          esa riqueza”. Karl Marx, <italic>El Capital</italic>, trad. León Mames (Madrid: Siglo XXI,
          2022), I, 83.</p>
  </fn>
  <fn id="fn29">
    <label>29</label><p>Dejamos aquí un comentario al respecto de Bobbio: “El contrato social había sido un instrumento
          adecuado mientras el Estado se concebía como una asociación, pero ya no desde el momento
          en que se interpreta como una «realidad sustancial», como una comunidad orgánica. En el
          momento mismo en el que elimina el contrato, Hegel acaba por ser —respecto al resultado—
          más rousseauniano que Rousseau”. Bobbio, &quot;Hegel y el iusnaturalismo”, 401. Para otro
          comentario de la posición que Rousseau ocupa en la <italic>Filosofía del Derecho</italic>
          y, en concreto, en el parágrafo 258, véase cuando Riedel expone que: “Rousseau hizo de la
          “parte más interna del hombre”, la libertad como “unidad con uno mismo”, el basamento del
          derecho, con lo cual le confirió una fortaleza infinita respecto de la naturaleza o la
          voluntad de Dios que trabaja en la naturaleza”. Riedel, &quot;Naturaleza y libertad en la
            <italic>Filosofía del derecho</italic> de Hegel,&quot; 215.</p>
  </fn>
  <fn id="fn30">
    <label>30</label><p>Formulaciones similares a estas, que pueden parecer excesivas en un artículo académico, pueden
          localizarse en el Hegel de juventud y son la base sobre la que se forma el sistema. Véase
          por ejemplo cuando se define “lo separado” como “propiedad” en: G. W. F., <italic>Escritos
            de juventud</italic>, trad. José María Ripalda y Zoltan Szankay (México: FCE, 1978),
          263.</p>
  </fn>
  <fn id="fn31">
    <label>31</label><p>Hegel, <italic>Enz</italic>, §98, Obs.</p>
  </fn>
  <fn id="fn32">
    <label>32</label><p>Por ejemplo véase: Hegel, <italic>WdL</italic>, I, 7-8. Fundamental también 17-18. Y sobre la
          crítica de Hegel a la primacía del entendimiento véase: Gérard Lebrun, <italic>L’envers de
            la dialectique. Hegel à la lumière de Nietzsche</italic> (Paris: Seuil, 2004), 37.</p>
  </fn>
  <fn id="fn33">
    <label>33</label><p>Este resumen de Gadamer puede servir para orientarnos en este camino: “Debe advertirse que la
          descomposición de una cosa en muchas cosas, o, dicho de otra manera, el punto de vista de
          la atomística, que resulta cuando uno se aproxima con los medios del moderno análisis
          químico a lo que una cosa sea, o a lo que sean sus propiedades, no es suficiente para
          entender qué sea propiamente la realidad, en la que se dan las cosas con sus propiedades.
          El percibir no sabe penetrar más allá de lo exterior. Percibe propiedades y cosas que
          tienen propiedades, y las da por ciertas. Pero ¿es lo percibido, la estructura química de
          las cosas, su entera y verdadera realidad?”. Hans Georg Gadamer, &quot;El mundo
          invertido,&quot; en <italic>La dialéctica de Hegel. Cinco ensayos hermenéuticos</italic>,
          trad. Manuel Garrido (Madrid: Cátedra-Teorema, 1980), 52-53.</p>
  </fn>
  <fn id="fn34">
    <label>34</label><p>“En el fondo, el proceder de Kant es analítico, no constructivo”. Hegel, <italic>WdL</italic>, I,
          287.</p>
  </fn>
  <fn id="fn35">
    <label>35</label><p>En esencia, la crítica al atomismo en la <italic>Crítica de la razón pura</italic> quedaría
          garantizada mucho antes, al disolver el problema incoado en la doblez del término
          comunidad, que quedará restringido kantianamente a comunidad como
            <italic>commercium</italic>, pero esto, en lo que no podemos detenernos del todo aquí,
          debería ser correctamente reevaluado a la luz de los rendimientos de la <italic>Crítica
            del Discernimiento</italic>. En cualquier caso, nos referíamos a este momento de la
          primera <italic>Crítica</italic>: “La palabra comunidad es ambigua en nuestra lengua, y
          puede querer decir <italic>Communio</italic> como <italic>commercium</italic>. Nos
          servimos de ella aquí en este último sentido (…) Pero esto es un influjo mutuo, es decir,
          una comunidad real (<italic>commercium</italic>) de las substancias, sin la cual, por
          consiguiente, la relación empírica de simultaneidad no podría tener lugar en la
          experiencia”. Immanuel Kant, <italic>Crítica de la razón pura</italic>, trad. Mario Caimi
          (México D.F.: FCE, 2009), A213-214/ B260-B262. Para un comentario puede leerse, por
          ejemplo: Jesús Ezquerra, &quot;De la comunidad al comunismo. [Nota sobre Kant y
          Marx],&quot; <italic>Con-textos kantianos</italic>, no. 8 (diciembre 2018), 262.</p>
  </fn>
  <fn id="fn36">
    <label>36</label><p>Cf: Guillermo Villaverde, &quot;Consideraciones en torno a la noción de estructura y la época
          moderna,&quot; en <italic>La historia y la nada. 14 ensayos a partir del pensamiento de
            Felipe Martínez Marzoa</italic>, ed. Arturo Leyte (Madrid: La Oficina, 2017), 114. Y
          también, del mismo autor: Guillermo Villaverde, &quot;Kant y la figura moderna de lo
          práctico,&quot; en <italic>Ética y metafísica. Sobre el ser del deber ser</italic>, ed.
          Juan Manuel Navarro Cordón y Nuria Sánchez Madrid (Madrid: Biblioteca Nueva, 2010),
          197.</p>
  </fn>
  <fn id="fn37">
    <label>37</label><p>Hegel, <italic>WdL</italic>, I, 184.</p>
  </fn>
  <fn id="fn38">
    <label>38</label><p>Sobre la “nada” como “primera manifestación del sistema atomístico”, dice, exponiendo las
          filosofías de Heráclito, Leucipo y Demócrito, que: “No es en los átomos, por ejemplo, en
          los que nos representamos flotantes en el aire, donde reside, exclusivamente, el
          principio, sino que es igualmente necesaria la nada que entre ellos existe; tal es, pues,
          la primera manifestación del sistema atomístico. Veamos ahora cuáles son, más de cerca,
          los significados y determinaciones de este principio mismo”. Hegel, <italic>VorGesPhi
            I</italic>, 280.</p>
  </fn>
  <fn id="fn39">
    <label>39</label><p>En Hegel será el espíritu, precisamente, el que tenga fuerza para garantizar continuidad donde
          podría haber solo desconexión —valga decir: abstracción—.</p>
  </fn>
  <fn id="fn40">
    <label>40</label><p>Kant, <italic>Crítica de la razón pura</italic>,
    A213-214/B260-261.</p>
  </fn>
  <fn id="fn41">
    <label>41</label><p>Hegel, <italic>Enz</italic>, § 523.</p>
  </fn>
  <fn id="fn42">
    <label>42</label><p>Tendremos que ver en otro momento qué significa esto y el alcance que tiene para los conceptos
          más o menos “totales” que aparecen en Hegel y de los que podrían depender algunas
          interpretaciones de Marx. A tal efecto, nos dedicaremos a ello con más detenimiento en la
          parte II de la presente investigación.</p>
  </fn>
  <fn id="fn43">
    <label>43</label><p>Hegel, <italic>WdL</italic>, I, 299.</p>
  </fn>
  <fn id="fn44">
    <label>44</label><p>Hegel, <italic>WdL</italic>, I, 184.</p>
  </fn>
  <fn id="fn45">
    <label>45</label><p>A partir de la página 298 de Hegel,
    <italic>WdL</italic>, I, 298.</p>
  </fn>
  <fn id="fn46">
    <label>46</label><p>Hegel, <italic>WdL</italic>, I, 300.</p>
  </fn>
  <fn id="fn47">
    <label>47</label><p>Hegel, <italic>WdL</italic>, I, 306.</p>
  </fn>
  <fn id="fn48">
    <label>48</label><p>Hegel, <italic>WdL</italic>, I, 306.</p>
  </fn>
  <fn id="fn49">
    <label>49</label><p>Hegel, <italic>WdL</italic>, I, 184.</p>
  </fn>
  <fn id="fn50">
    <label>50</label><p>Hegel, <italic>WdL</italic>, I, 183.</p>
  </fn>
  <fn id="fn51">
    <label>51</label><p>Hegel, <italic>WdL</italic>, I, 183.</p>
  </fn>
  <fn id="fn52">
    <label>52</label><p>Hegel, <italic>Enz</italic>, §93.</p>
  </fn>
  <fn id="fn53">
    <label>53</label><p>Sobre los males de un individuo completamente aislado, sobre el “corrupción”, también de
          “desenfreno” o de “miseria” que producen los excesos del individualismo léase Hegel,
            <italic>RPh</italic>, §185.</p>
  </fn>
  <fn id="fn54">
    <label>54</label><p>“La determinación de la finitud se fija preferentemente por el entendimiento con referencia al
          espíritu y a la razón. Asirse al punto de vista de la finitud como último, vale entonces
          no sólo como COSA del entendimiento, sino como algo moral y religioso, así como lo
          contrario, [es decir,] querer ir más allá de este punto de vista, vale como una temeridad
          del pensamiento, es más, como locura suya. Pero ciertamente, esa modestia del pensamiento
          es más bien la peor de las virtudes que hace de lo finito algo simplemente firme, un
          absoluto, y se detiene en lo más falto de firmeza del conocimiento, en aquello que no
          tiene en sí mismo su fundamento”. Hegel, <italic>Enz</italic>, nota §386.</p>
  </fn>
  <fn id="fn55">
    <label>55</label><p>Sobre la relación del atomismo y el fisicalismo de la época pasada véase: Greene, Murray. “Hegel
          and the Problem of Atomism.” <italic>International Studies in Philosophy</italic> 11
          (1979): 123-139.</p>
  </fn>
  <fn id="fn56">
    <label>56</label><p>Hegel, <italic>WdL</italic>, I, 334.</p>
  </fn>
  <fn id="fn57">
    <label>57</label><p>Hegel, <italic>Enz</italic>, §94. En la <italic>Ciencia de la lógica</italic> aparece
          problematizado en el análisis de la infinitud cuantitativa, dentro de la sección Magnitud.
          Ahí especifica este deber ser diciendo: “El cuanto es un deber ser; contiene este ser [o
          estar] en sí determinado; y este mismo hecho de ser-determinado en-sí es, más bien, el
          ser-determinado dentro de otro; y a la inversa, él es el asumido ser-determinado dentro de
          otro: es ser-determinado indiferente. Por tanto, frente a sí mismo es él otro, y exterior;
          contiene el hecho de ser finito y el de sobrepasar la finitud, el de sobrepasar el
          ser-determinado dentro de otro, siendo así infinito”. Hegel, <italic>WdL</italic>, I, 327.
          Para una caracterización juvenil de este punto, pero por lo demás del todo similar pueden
          leerse las páginas 14 y siguientes del escrito sobre el <italic>Derecho
          natural</italic>.</p>
  </fn>
  <fn id="fn58">
    <label>58</label><p>“Un proceso infinito no va “al infinito”, como al término siempre diferido de una progresión
          (Hegel llama a eso “infinito malo”): es la inestabilidad de toda determinación finita, el
          arrebato de la presencia y de lo dado en el movimiento de la presentación y del don. Tal
          es la primera y fundamental significación de la negatividad absoluta: lo negativo es el
          prefijo de lo infinito, en cuanto afirmación de que toda finitud (y todo ser es finito)
          excede en sí su determinidad. La finitud es en la relación infinita”. Nancy, <italic>La
            inquietud de lo negativo</italic>, 19.</p>
  </fn>
  <fn id="fn59">
    <label>59</label><p>Para una caracterización juvenil de este punto, pero por lo demás del todo similar pueden leerse
          las páginas 14 y siguientes del escrito sobre el Derecho natural. HEGEL,
            <italic>NatRh</italic>, 14 y siguientes.</p>
  </fn>
  <fn id="fn60">
    <label>60</label><p>Hegel, <italic>Enz</italic>, §94.</p>
  </fn>
  <fn id="fn61">
    <label>61</label><p>Hegel, <italic>WdL</italic>, 329.</p>
  </fn>
  <fn id="fn62">
    <label>62</label><p>Con el objetivo de criticarlo, pero por ello, perfectamente resumido, podemos proponer el
          siguiente resumen: “Tanto en el empleo hegeliano como en cualquier otro, “civil” se define
          de manera negativa, en contraposición a algo para lo cual podemos adoptar, en el nivel de
          vaguedad en el que aún nos encontramos, la palabra “natural”; lo peculiar de Hegel es que
          el Estado no se encuentra en el mismo nivel de eso que acabamos de caracterizar como
          negación, sino que es pensado en un movimiento que se contrapone a la contraposición
          misma, en la “negación de la negación”; la sociedad civil es la negación, el Estado es la
          negación-de-la-negación”. Felipe Martínez Marzoa, <italic>El concepto de lo civil</italic>
          (Madrid: La Oficina, 2018) [2008], 14.</p>
  </fn>
  <fn id="fn63">
    <label>63</label><p>Esto incluye igualmente a la fichteana. Cf. “Cette «abstraction par laquelle la Réflexion isole
          ses opposés » faisait aussi peu question dans la Critique de la raison pure que dans la
          Doctrine de la science. Et c’est pourquoi Kant tenait l’idéalité transcendantale comme
          l’unique solution possible des Antinomies : si le monde était donné comme une
          chose-en-soi, le Fini et l’Infini, déterminations fixes, seraient incompatibles, de sorte
          qu’il faudrait choisir et que le monde fût ou l’un ou l’autre… N’y aurait-il pas, pense
          Hegel, une solution moins coûteuse qui consisterait seulement à ne plus présupposer
          l’immutabilité de ces déterminations, elles-mêmes, après tout, finies? ». Lebrun,
            <italic>La patience du Concept</italic>, 313.</p>
  </fn>
  <fn id="fn64">
    <label>64</label><p>Hegel, <italic>WdL</italic>, [trad. Mondolfo],
    171.</p>
  </fn>
  <fn id="fn65">
    <label>65</label><p>Hegel, <italic>VorGesPhi</italic>, I, 281-282. Véase de nuevo la versión publicada de la crítica
          a Rousseau en Hegel, <italic>RPh</italic>, §258.</p>
  </fn>
  <fn id="fn66">
    <label>66</label><p>“Todo el prodigio “lógico” de la filosofía hegeliana se juega en el alumbramiento de esta
          categoría: el ser para sí”. Carlos Fernández Liria, <italic>El materialismo</italic>
          (Madrid: Síntesis, 1998), 81. Nos ocuparemos más detenidamente del momento constructivo,
          dependiente de términos como “negación de la negación”, “para sí” o “buena infinitud” en
          la siguiente parte de esta investigación.</p>
  </fn>
  <fn id="fn67">
    <label>67</label><p>Hegel, <italic>VorGesPhi</italic>, III, 517.</p>
  </fn>
  <fn id="fn68">
    <label>68</label><p>“No es difícil ver, por lo demás, que nuestro
    tiempo es un tiempo de parto y de transición hacia un periodo nuevo.
    El espíritu ha roto con el mundo anterior de su existencia y de sus
    representaciones, y está a punto de arrojarlo para que se hunda en
    el pasado, está en el trabajo de reconfigurarse”. G. W. F. Hegel,
    <italic>Fenomenología del espíritu</italic>, trad. Antonio Gómez
    Ramos (Madrid: Abada, 2010) [1807], [14-15], 65.</p>
    <p>El motivo se repite en todas las obras, véase, por ejemplo, en la Filosofía del Derecho:
          §138, Obs.; véase de la <italic>Enciclopedia</italic>, en la misma línea, el “prólogo a la
          segunda edición”, p. 61. Y sus propias clases expresa: “En el último curso de su vida, en
          la clase sobre Lógica del verano de 1831 le tomó nota su hijo (F.W.) Carl: ‘La realidad
          inmediata está rota; es, pero conlleva otra cosa, la posibilidad; por consiguiente, no
          está intacta, por ejemplo [puede haber una] revolución. Para que otro estado de cosas se
          convierta en realidad inmediata tienen que darse las condiciones. Luego el presente está
          roto, conlleva otro’”. José María Ripalda, <italic>Fin del Clasicismo. A vueltas con
            Hegel</italic> (Madrid: Trotta, 1992), 33.</p>
  </fn>
  <fn id="fn69">
    <label>69</label><p>Hegel, <italic>Enz</italic>, 61.</p>
  </fn>
  <fn id="fn70">
    <label>70</label><p>Theodor Adorno y Max Horkheimer,
    <italic>Dialéctica de la Ilustración</italic>, trad. Joaquín
    Chamorro Mielke (Madrid: Akal, 2007), 13.</p>
  </fn>
  <fn id="fn71">
    <label>71</label><p>Hegel, <italic>PhG</italic>, 201-245.</p>
  </fn>
  <fn id="fn72">
    <label>72</label><p>Hegel, <italic>PhG</italic>, [XXIII], 75.</p>
  </fn>
  <fn id="fn73">
    <label>73</label><p>“Nada adquiere, sin embargo, legitimidad, fuera de su condición de momento”. Fernández Liria,
            <italic>El materialismo</italic>, 79.</p>
  </fn>
  <fn id="fn74">
    <label>74</label><p>“De ambas maneras —ausencia de comienzo y
    ausencia de fin, ausencia de fundación y ausencia de culminación—,
    Hegel es lo contrario de un pensador totalitario”. Nancy, <italic>La
    inquietud de lo negativo</italic>, 14-15.</p>
  </fn>
  <fn id="fn75">
    <label>75</label><p>“Para decirlo con una sola palabra: el sujeto hegeliano no es en absoluto el sí mismo para sus
          adentros. Es, al contrario, y esencialmente, eso o ese que disuelve toda sustancia — toda
          instancia dada de antemano, supuesta como primera o última, fundadora o final, capaz de
          reposar en sí y de gozar sin compartirlos de su señorío y de su propiedad. El lector de
          Hegel que no comprende esto no comprende nada: pues presupuso subrepticiamente una noción
          ideológica —no filosófica, individualista, egotista y liberal del sujeto—, o bien una no
          menos ideológica noción comunitarista, nacionalista o imperialista”. Nancy, <italic>La
            inquietud de lo negativo</italic>, 11.</p>
  </fn>
  <fn id="fn76">
    <label>76</label><p>“Individuos que producen en sociedad, o sea la producción de los individuos socialmente
          determinada: este es naturalmente el punto de partida. El cazador o el pescador solos y
          aislados, con los que comienzan Smith y Ricardo, pertenecen a las imaginaciones
          desprovistas de fantasía que produjeron las robinsonadas dieciochescas, Las cuales, a
          diferencia de lo que creen los historiadores de la civilización, en modo alguno expresan
          una simple reacción contra un exceso de refinamiento y un retorno a una malentendida vida
          natural. El <italic>contrat social</italic> de Rousseau, que pone en relación y conexión a
          través del contrato a sujetos por naturaleza independientes, tampoco reposa sobre
          semejante naturalismo. Este es sólo la apariencia, y la apariencia puramente estética, de
          las grandes y pequeñas robinsonadas. En realidad, se trata más bien de una anticipación de
          la “sociedad civil” que se preparaba desde el siglo XVI y que en el siglo XVIII marchaba a
          pasos de gigante hacia su madurez”. Marx, <italic>Grundrisse</italic>, [5], 3.</p>
  </fn>
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