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<!DOCTYPE article PUBLIC "-//NLM//DTD JATS (Z39.96) Journal Publishing DTD v1.3 20210610//EN" "http://jats.nlm.nih.gov/publishing/1.3/JATS-journalpublishing1-3.dtd">
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      <journal-id journal-id-type="publisher-id">ASHF</journal-id>
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        <journal-title specific-use="original" xml:lang="es">Anales del Seminario de Historia de la Filosofía</journal-title>
      </journal-title-group>
      <issn publication-format="electronic">1988-2564</issn>
      <issn-l>0211-2337</issn-l>
      <publisher>
        <publisher-name>Ediciones Complutense</publisher-name>
        <publisher-loc>España</publisher-loc>
      </publisher>
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    <article-meta>
      <article-id pub-id-type="doi">10.5209/ashf.100976</article-id>
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        <subj-group subj-group-type="heading">
          <subject>ESTUDIOS</subject>
        </subj-group>
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      <title-group>
        <article-title>Jorge Eduardo Rivera: motivaciones filosóficas y vitales.
          Tras la búsqueda de un trasfondo unitario</article-title>
        <trans-title-group xml:lang="en">
          <trans-title>Jorge Eduardo Rivera: philosophical and vital motivations.
            In search of a unifying background</trans-title>
        </trans-title-group>
      </title-group>
      <contrib-group>
        <contrib contrib-type="author" corresp="yes">
          <contrib-id contrib-id-type="orcid">https://orcid.org/0000-0001-5818-6256</contrib-id>
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            <surname>Neumann Soto</surname>
            <given-names>Hardy</given-names>
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          <xref ref-type="corresp" rid="cor1"/>
        </contrib>
        <aff id="aff-a"><institution content-type="original">Hardy Neumann Soto
            Pontificia Universidad Católica de Valparaíso</institution>
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      <author-notes>
        <corresp id="cor1">Hardy Neumann Soto<email>hardy.neumann@pucv.cl</email></corresp>
      </author-notes>
      <pub-date pub-type="epub" publication-format="electronic" iso-8601-date="2025-09-30">
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      <volume>42</volume>
      <issue>3</issue>
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        <date date-type="received" iso-8601-date="2025-02-16">
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        <date date-type="accepted" iso-8601-date="2025-03-17">
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        <copyright-statement>Copyright © 2025, Universidad Complutense de
          Madrid</copyright-statement>
        <copyright-year>2025</copyright-year>
        <copyright-holder>Universidad Complutense de Madrid</copyright-holder>
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          <license-p>Esta obra está bajo una licencia <ext-link ext-link-type="uri"
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              4.0 International</ext-link></license-p>
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      </permissions>
      <abstract>
        <p>El presente trabajo pretende identificar un posible núcleo temático en el pensamiento del
          filósofo chileno Jorge Edo. Rivera, manifestado tanto explícita como implícitamente en sus escritos,
          particularmente en su libro De asombros y Nostalgia. Se argumenta que dicho núcleo se estructura a partir
          de un conjunto de ideas agrupadas en torno a la noción de ejecutividad. Además, se sostiene que para
          abordar este desafío no sólo hay que poner la mirada en el contenido de su obra, sino que resulta crucial
          atender también a la forma en que el pensamiento abordado se expone. Esto se debe a que en los trabajos
          del filósofo chileno, la integración de ambos aspectos es profunda, y por ello llegan a constituirse también
          en una parte fundamental de su discurso filosófico.</p>
      </abstract>
      <trans-abstract xml:lang="en">
        <p>This paper aims to identify a potential thematic core in the thought of Jorge Edo. Rivera, as it is
          manifested both explicitly and implicitly in his writings, particularly in his book De Asombros y Nostalgia. It is
          argued that this core is structured around a set of ideas centered on the notion of ‘executivity’. Moreover, it is
          crucial to address this challenge by not only focusing on the content of his work but also on the way in which
          his thoughts are presented. This is because in the works of the Chilean philosopher, the integration of both
          aspects is profound, and thus they also become a fundamental part of his philosophical discourse.</p>
      </trans-abstract>
      <kwd-group>
        <kwd>ejecutividad</kwd>
        <kwd>claridad</kwd>
        <kwd>transparencia</kwd>
        <kwd>Heidegger</kwd>
        <kwd>Zubiri</kwd>
      </kwd-group>
      <kwd-group xml:lang="en">
        <kwd>Executivity</kwd>
        <kwd>clarity</kwd>
        <kwd>transparency</kwd>
        <kwd>Heidegger</kwd>
        <kwd>Zubiri</kwd>
      </kwd-group>
    </article-meta>
  </front>
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<sec id="sec1">
  <title>I. Introducción</title>
  <p>Jorge Eduardo Rivera (1927-2017) fue un profesor universitario y filósofo chileno. Se le conoce
        principalmente por su traducción de <italic>Ser y Tiempo</italic>, tarea que le tomó más de
        20 años.<xref ref-type="fn" rid="fn1">1</xref> En Rivera, la enseñanza estimulante y
        rigurosa, la traducción excepcional y la genuina práctica filosófica convergían de manera
        inseparable. Cada uno de estos talentos es por sí mismo escaso, pero resulta sin duda
        excepcional hallarlos fundidos de manera armónica en una sola persona<xref ref-type="fn"
          rid="fn2">2</xref>. Han pasado ya algunos años desde su fallecimiento (2017), y a estas
        alturas es de justicia hacerse cargo y reconocer también el impacto de alguien que aportó de
        modo relevante a la formación en filosofía y en el que florece un pensamiento propio<xref
          ref-type="fn" rid="fn3">3</xref>. Para muchos, la actividad formativa que desarrolló
        —académica y filosófica— tuvo lugar en las aulas; para otros (como suele ocurrir con los
        verdaderos maestros), mediante un trato personal, y, por supuesto, a través de su obra
        escrita. Esta última está llamada a seguir proyectándose y a determinar su figura y estatura
        filosófica. Su aporte al pensar es un desafío por asumir. Aquí se aspira a cooperar
        modestamente a ello.</p>
  <p>En el marco señalado, la siguiente contribución se plantea como objetivo rastrear un posible
        hilo conductor que despunte como elemento integrador tanto del <italic>pensamiento</italic>
        que habita en los textos de Jorge Eduardo Rivera como de la <italic>modalidad</italic> en
        que ese pensamiento se articula. Se apuesta aquí simultáneamente a que la
          <italic>forma</italic> en que ese pensar se articula es tan importante como el contenido.
        La idea por recorrer se despliega expresa o tácitamente en varios de sus textos y, por
        cierto, la misma era perceptible también en el aula. Más de cerca, esa idea es rastreable en
        varios artículos de uno de sus libros relanzado el año 2016: <italic>De asombros y
          nostalgia. Ensayos filosóficos</italic><xref ref-type="fn" rid="fn4">4</xref>. De allí que
        para el desarrollo de las reflexiones siguientes la atención se dirija principal, aunque no
        exclusivamente, a ese texto. Es preciso tener en cuenta que el intento por descubrir cierta
        unidad articulatoria en un pensamiento deja tantos más espacios de libertad cuanto mayor
        distancia hay. No es éste el caso debido a la cercanía de quien escribe con el autor que se
        aborda. En ningún caso se trata aquí de permanecer en lo anecdótico, pero sí ayuda tener en
        cuenta la experiencia que cada uno haya podido hacer con él, o bien como alumno, o bien por
        haberse entregado a la lectura de sus textos, o, en fin, por ambas circunstancias.</p>
</sec>
<sec id="sec2">
  <title>2. De asombros y nostalgia.Contextualización</title>
  <p>La idea que se busca determinar como un elemento unificante y permanente en el pensar de
        Rivera, necesita una adecuada contextualización. Para ello se requiere tener presente el
        título de una de sus obras fundamentales: <italic>De asombros y Nostalgia</italic>. Contamos
        con lo que el propio Rivera nos explica, pero a esto hay que agregar las proyecciones del
        epígrafe.</p>
  <p>La primera noción que hallamos en ese texto es la del <italic>asombro</italic>. La palabra
        “asombro” está en plural. La razón es que motivo de asombro son no sólo cosas aisladas, sino
        la misma multiplicidad de ellas; podemos y casi tenemos la obligación de asombrarnos por
        todo, siendo suficiente para ello el que algo sea o sea real. La exhortación al asombro por
        parte de Rivera es indisociable de la experiencia de clases con él y en especial cuando se
        trataba de Parménides, por ser un autor del amanecer del pensar, fresco e iluminador. En esa
        alborada filosófica, uno de los asuntos que ocupaba a Rivera era dar adecuadamente con el
        sentido del apotegma parmenídeo ἐστι γὰρ εἶναι<xref ref-type="fn" rid="fn5">5</xref>. En
        español poseemos —decía él— la magnífica expresión “hay”; “hay esto”, “hay lo otro”. Pese a
        ello, cuando buscó traducir, fue conservador, al punto que, en un manual para estudiantes de
        los años 70 y 80, titulado <italic>Filosofía Griega. De Tales a Sócrates</italic>, vierte el
        ἐστι γὰρ εἶναι simplemente por: “pues es el ser” (Rivera, FG, 68). No había ninguna
        pretensión de que el lector se quedara con esa traducción como versión definitiva, ni
        siquiera correcta. Por eso, se apura quien tiende a identificar ese haber con el uso
        existencial del verbo ser.</p>
  <p>Para Rivera, en y con el ἐστι γὰρ εἶναι, se comienza a decantar, en incipientes balbuceos
        contemplativos, fuera del mito, una primera experiencia en torno al ser en cuanto tal. Se
        constata que no sólo hay entes, de los que, por cierto, se puede decir que existen, sino que
        también hay el ser, y que este “hay” no alude a un existir del ser, sino a un acontecer o a
        un ocurrir en que el mismo ser consiste. A Rivera le tenía sin cuidado la pregunta
        filológica por el sujeto de la oración tanto en este fragmento como en otros. Y esto debería
        ser parte de otra reflexión en torno al asunto, en orden a verificar la justeza de esa
        apuesta interpretativa y para hacer justicia también a quienes piensan distinto de él en
        este punto. En efecto, con cierta ironía, Rivera señala que las palabras ἡ μὲν ὅπως ἔστιν τε
        καὶ ῶς οὐκ ἔστι μὴ εἶναι del fragmento 2 del poema parmenídeo, han sido “la
          <italic>crux</italic> de los intérpretes, y especialmente de los que vienen de la
          filología”<xref ref-type="fn" rid="fn6">6</xref> y propone traducirlas muy libremente así:
        “en primer lugar esto: que hay el ‘es’ y que no hay el no-ser” (Rivera, 2016, 55). Al
        abundar en la interpretación del pasaje, Rivera entiende que “el texto griego dice
        simplemente: <italic>hópos éstin</italic>, ‘que es’. Y entonces —añade— los intérpretes se
        preguntan: ¿cuál es el sujeto de este ‘es’ ¿Quién es el que ‘es’? Mi respuesta es: Nadie.
        Simplemente ‘es’. Al igual que ‘llueve’ o ‘truena’. Se podría decir también: ‘ocurre ‘es’’.
        Sucede el ‘es’. Nosotros, en castellano, tenemos para ello la expresión magnífica: ‘Hay es’”
        (Rivera, 2016, 55).</p>
  <p>En estos pasajes se manifiesta implícitamente una de las diferencias que tenía con quien fuera
        su amigo Alfonso Gómez-Lobo. Éste traduce el ἐστι γὰρ εἶναι así: “pues es (para) ser”, donde
        ha de entenderse que quien es para ser es el ἐόν mismo, el ente<xref ref-type="fn" rid="fn7"
          >7</xref>. En todo caso y, como se sabe, hay una larga discusión, especialmente entre
          filólogos<xref ref-type="fn" rid="fn8">8</xref>, respecto de un (pretendido) uso
        existencial del verbo ser en la antigüedad, uso que sería menos glamoroso del que se cree,
        pues el núcleo de dicho verbo en griego sería el predicativo<xref ref-type="fn" rid="fn9"
          >9</xref>. Pues bien, Rivera tenía presente también esto, pues leyó pronto el libro de
        GómezLobo cuando apareció en 1985, pero en clases y en su obra escrita siguió vertiendo el
        fragmento 6 parmenídeo por “hay ser”.<xref ref-type="fn" rid="fn10">10</xref> Es probable
        que la audiencia estudiantil, habituada al uso existencial cotidiano, siguiera (siguiéramos)
        obstinadamente subentendiendo la aserción justo en el sentido de existencia. Pero Rivera
        quería ir más allá. “¡Mire —advertía—no se trata de que Parménides esté diciendo que el ser
        existe cuando dice ‘hay el ser’”! “Hay el ser” quería decir que Parménides estaba dando
        expresión, lo más genuinamente posible, al descubrimiento de que no sólo hay entes, que no
        sólo hay pluralidad establecida y garantida por la sola multiplicidad de los entes mismos,
        sino que hay también eso <italic>uno</italic> que hace de los entes ente y que lo llevan
        inscrito a fuego en el nombre mismo de ente. Y la única forma como Parménides puede hablar
        de eso es con los recursos puestos a su disposición por la lengua griega en el ἐστι γὰρ
        εἶναι. Por eso, “estamos en pleno canto, en plena celebración. Se canta el ‘es’ que acaba de
        surgir del ocultamiento, cual una Venus de las aguas del océano” (Rivera, 2016, 55). La
        prueba está justo en la dificultad para dar con una traducción que satisfaga.<xref
          ref-type="fn" rid="fn11">11</xref> Por eso escribe —esta vez en <italic>Itinerarium
          cordis</italic>—: “El único asombro filosófico se desgranaba en mil formas de asombro:
        asombro por el ser que es, frente al no-ser, que no es” (Rivera, 2006b, 215). Pero este
        asombro es también ante la unidad: “Asombro —dice— por lo uno de lo múltiple, que reúne todo
        lo ente en aquello único que Heráclito llamaba el Logos” (Rivera, 2006a,15).</p>
  <p>El que las cosas sean y que en su condición de entes trasluzca el ser mismo basta para mover a
        asombro a la razón. La razón marcha hacia el descubrimiento de la verdad de las cosas, o
        sea, de su patencia o condición “alethiológica”. Tras ese impulso vital se hallan, en
        consecuencia, los asombros.<xref ref-type="fn" rid="fn12">12</xref></p>
  <p>Ahora bien, la otra noción presente en el epígrafe del texto desde el que ahora se habla, es la
          <italic>nostalgia</italic>. La nostalgia no está en plural, como parece sugerirlo
        equívocamente el título; como si hubiese un error y el lector se apurase silente a corregir
        y a entender que se trata de “nostalgia<italic>s</italic>”, puesto que le ha precedido la
        palabra “asombros”, en plural. No hay tal. La nostalgia está en singular porque es
          <italic>singularizante</italic> y hacía de la persona Rivera, un
        <italic>singulus</italic>, lo hacía y hace ser él, propia e individualmente. Pero este
        motivo tiene también una fuerte proyección filosófica. Veamos por qué creo que es así.</p>
  <p>Se trata de una dimensión que lo tocaba aún más a fondo que los asombros. Por eso, en el
        trasfondo de este libro resuena el título de otro ensayo suyo: <italic>Itinerarium
          cordis</italic>. Si uniésemos los títulos de los dos textos en un único rótulo, podríamos
        hablar de una “búsqueda nostálgica del corazón racional” o “corazón racional en búsqueda
        nostálgica”. Quien busca es la razón, una razón que no se identifica con la mera razón, sino
        con una razón arraigada en la vida misma y, sin embargo, positivamente insatisfecha.<xref
          ref-type="fn" rid="fn13">13</xref> De esa insatisfacción surge el investigar interrogador,
        también el filosófico. En este segundo libro Rivera dice en confesión cuasi agustiniana que
        los ensayos ahí contenidos tienen una “inspiración común” que “coincide con el camino de mi
        propia vida”<xref ref-type="fn" rid="fn14">14</xref>. En la dedicatoria personal de un
        ejemplar de ese libro, Rivera escribió que dicho texto es en cierto modo él mismo, así como
        en la dedicatoria de la primera edición de <italic>De asombros y nostalgia</italic> se dice
        que ese libro “es como una biografía íntima”. Rivera es todavía más hondamente él mismo
        allí. Pues bien, a diferencia del <italic>Itinerarium mentis in Deum</italic> de San
        Buenaventura esos textos hablan “no de un camino de la mente, sino del corazón”<xref
          ref-type="fn" rid="fn15">15</xref>. Rivera era del corazón y de las entrañas. Algunas
        veces lo vi en apuros, sin poder dar razones, y ante la insistencia de alguien le escuché
        salir del atolladero diciendo: “mire: ¡no sé como lo sé, pero lo sé!”. Y esto lo decía
        sabiendo que a él mismo le encantaba provocar con la pregunta: “¿y cómo lo sabe?”, de modo
        que él mismo era el causante último de su propio estar en aprietos, al haber enseñado a
        interrogar así. Lo importante de esta puesta en cuestión a una razón en apuros es que esa
        respuesta significaba que él mismo se daba a la tarea de buscar la respuesta fundada para
        esa intuición cordial. Le seguía dando vueltas al asunto y muchas veces llegaba unos días
        después con respuestas de la razón para esa intuición del corazón, sin que ello nublara su
        “entrañable convicción de que lo más hondo y radical del ser humano es el corazón,
        entendiendo esta palabra, al igual que Pascal, como el ser mismo del hombre en su
        constitutiva presencia para sí mismo. El corazón es entonces, aquí, como en la Biblia, la
        sede del pensar, en un sentido amplio de esta palabra, esto es, un lugar que no sólo está
        impregnado de inteligencia, sino también de sentires y sentimientos; vale decir, de una
        inteligencia sentiente y de un sentir intelectivo. Por supuesto, itinerario del corazón es
        marcha, marcha del corazón a lo largo de la vida, de mi vida”<xref ref-type="fn" rid="fn16"
          >16</xref>. Esta marcha cordial “se encamina siempre más o más decididamente hacia Dios:
          <italic>itinerarium cordis in Deum</italic>”<xref ref-type="fn" rid="fn17">17</xref>. Ese
        es el aliento vital del que fluyen los ensayos de ese texto. “Detrás de todos ellos —precisa
        Rivera— pulsa secretamente lo que yo llamaría el motor íntimo de mi existencia”<xref
          ref-type="fn" rid="fn18">18</xref>.</p>
  <p>Volvamos al libro <italic>De asombros y nostalgia</italic>. Rivera explica que “estas dos
        palabras resumen todo el afán del libro: el asombro ante esa cosa inaudita y tremenda de que
        ‘hay ‘ser’ (Parménides), que los entes son y no, más bien, no son (Leibniz). Es el asombro
        del cual nace y del que se nutre constantemente la filosofía”<xref ref-type="fn" rid="fn19"
          >19</xref>. Bien, ya lo sabemos, pero ¿qué es la nostalgia?</p>
  <p>La nostalgia tiene en Rivera una proyección filosófica fundamental, se ha dicho. Pero en lo
        inmediato ella es expresión personal. La nostalgia es “de algo que queda siempre más allá,
        de algo siempre inalcanzable. Nostalgia como temple anímico de una ausencia que es al mismo
        tiempo incitante presencia”<xref ref-type="fn" rid="fn20">20</xref>. ¿De qué nostálgica e
        incitante presencia se trata? La clave la da él mismo, al aclarar que “quizás si todas las
        páginas que aquí se publican no son, en el fondo, otra cosa que una profunda y siempre
        renovada nostalgia de Dios”<xref ref-type="fn" rid="fn21">21</xref>. La nostalgia constituye
        el punto de cruce de las vivencias personales y filosóficas de Rivera, “resume lo más
        profundo de mi ser”<xref ref-type="fn" rid="fn22">22</xref>, dice.</p>
  <p>Uno podría pensar que aunque a toda nostalgia le asiste formalmente una
          <italic>intentio</italic>, tendrá que fracasar, por definición, en alcanzar el término al
        que apunta; pero en este caso su éxito se mide precisamente por no dar nunca con lo que
          <italic>per impossibile</italic> materializaría ese afán. No obstante, es justo
          <italic>via negationis</italic> que se da cumplimiento a la repleción o impleción de la
        significación. Se trata, pues, de una ausencia que es al mismo tiempo “presencia” que
        espolea y que como ausencia de presencia clama por alcanzar ésta. Pero como ello se cumple
        solo <italic>in patria</italic>, como diría Tomás de Aquino, en nuestra vida ella se inclina
        más del lado únicamente de la tensión que de su consumación definitiva. La nostalgia,
        entonces, por su condición de ausencia, podría estar más del lado de la acedia y de la noche
        oscura. Antes de referirnos brevemente a ellas en el contexto riverino, tengamos en cuenta
        que, “siendo joven”, según él mismo confiesa, leyó un libro con el título <italic>Nostalgia
          de Dios</italic>. Probablemente se trataba del libro de Pieter van der Meer de Valcheren,
        publicado en versión española en 1955. Van der Meer describe agudísimamente su propia
        situación de angustia ante la nuda posibilidad de que la nada termine por engullir el fugaz
        destello de nuestra existencia, que, como el rayo, sólo tiene realidad en el instante de su
        zigzagueo. El holandés escribe: “Según una hipótesis muy aceptable, la tierra, dentro de
        algunos miles o millones de años, será inhabitable y por fin perecerá. […]. Nadie llevará ya
        en sí la memoria de lo que aquellos extraños seres que un día vivieron en la tierra y se
        llamaban hombres, realizaron y sufrieron. […], todo habrá sido perfectamente inútil, y esta
        comedia, que habrá durado miles de años y de la que nadie habrá sido espectador, podía
        igualmente no haber tenido lugar”<xref ref-type="fn" rid="fn23">23</xref>. Atormentado, Van
        der Meer termina preguntándose: “¿No es esto de una vertiginosa ridiculez? ¿No es para
        aullar de angustia y refugiarse en la muerte?”<xref ref-type="fn" rid="fn24">24</xref>.</p>
  <p>No es necesario comentar la gravedad de este bloque verbal, que se desploma sobre nosotros
        amenazando con hacer añicos el horizonte existencial. Huelga decir que Rivera no lleva esas
        palabras a un terreno cosmológico, a la guisa de una antinomia kantiana, por así decirlo,
        sino hacia donde verdaderamente importan cuando se trata de este tipo de cosas: en la
        persona y en <italic>su</italic> persona. A diferencia de un van der Meer, que repasa su
        anterior ateísmo, la muerte no es para Rivera refugio de una ausencia de toda memoria, sino
          <italic>confianza</italic> en “que el día más grande de mi vida será el de mi muerte,
        cuando gratuitamente y por puro amor misericordioso de Dios me será dada otra vida sin
        horizonte de muerte, una vida plena, divina y eterna, cuya esperanza es capaz de transformar
        también esta vida temporal, en misericordia, en gozo y en paz permanente”<xref ref-type="fn"
          rid="fn25">25</xref>. Con la confianza depositada en la fe ante la situación de la muerte,
        las palabras de Rivera son la réplica a las de van der Meer. Con todo, Rivera buscaba
        también hacerse cargo <italic>filosóficamente</italic> de esa nostalgia que al menos como
        interpelación se instala en todo ser humano<xref ref-type="fn" rid="fn26">26</xref>.</p>
  <p>Al decir esto, no puede no ponerse en relación esta peculiar nostalgia con lo que fue también
        una de sus preocupaciones filosófico-teológicas. Uno de los artículos del libro <italic>De
          Asombros y Nostalgia</italic> responde directamente a esa incitación que arraiga en la
        ausencia nostálgica. Se trata de “Acedia y noche oscura”. Sólo diré que ese denso ensayo
        recoge la idea de descuido, negligencia, tristeza, aburrimiento y tedio, abordada ya por
        autores griegos y presente en la doctrina de Tomás de Aquino acerca de la acedia y que éste
        caracteriza, en su manifestación en el terreno espiritual, siguiendo al Damasceno, como
        “cierta tristeza agravante, que de tal manera deprime el ánimo del hombre, que éste ya no
        siente ganas de hacer nada” (<italic>quaedam tristitia aggravans, quae scilicet ita deprimit
          animum hominis ut nihil ei agere libeat</italic>)<xref ref-type="fn" rid="fn27">27</xref>.
        La acedia es también “tedio o tristeza del bien espiritual e interno” (<italic>Accidia […]
          est taedium vel tristitia boni spiritualis et interni</italic>)<xref ref-type="fn"
          rid="fn28">28</xref>. Rivera traduce <italic>taedium</italic> por disgusto o fastidio.
        Vale decir, su versión incluye también la molestia que la acedia arrastra consigo, arrastre
        que forma parte de esa misma pesadumbre. En cuanto a la <italic>Noche oscura</italic>, la
        dificultad sube de grado, pues el ropaje de su eventual conceptualización es poético por lo
        que el concepto se fragmenta al tratar de aprehender lo inasible por esa vía. La Noche
        oscura es pórtico expresivo de la dureza, áspera laboriosidad, aprietos y tentaciones del
        alma en la búsqueda de la perfección espiritual. Noche oscura y acedia tienen de común,
        según el propio Rivera, “una pena, un dolor, un sufrimiento ante el bien divino”<xref
          ref-type="fn" rid="fn29">29</xref>, pero mientras que en la acedia hay rechazo del gozo
        espiritual, en la Noche oscura el sufrimiento es la lejanía de Dios<xref ref-type="fn"
          rid="fn30">30</xref> experimentada por el alma. Además de ello, como lo muestran estudios
        del ámbito de la psiquiatría, de la psicología y del psicoanálisis, el tema abordado por
        Rivera es de una actualidad incontestable.</p>
  <p>Pues bien, en Rivera mismo no hay eso, sino, como él mismo declara, <italic>nostalgia</italic>,
        que es otra cosa: un temple anímico cuyo correlato no es la mera ausencia. Lo que debe
        recibir la atención en Rivera es la positiva incitación a la presencia que aquella falta
        reclama, algo así como Dios vocando. Nostalgia no es, pues, aquí la ennegrecida melancolía
        (μέλαινα χολή) hipocrática, que como oscura hiel tiñe al individuo de biliares jugos
        existenciales. Tampoco es la aflicción del monje que sufre de <italic>morbus
          melancholicus</italic>.<xref ref-type="fn" rid="fn31">31</xref> “Nostalgia —advierte
        Rivera— no tiene nada que ver con melancolía; es dolor, pero no tristeza”<xref ref-type="fn"
          rid="fn32">32</xref>. La nostalgia tiene más de porvenir, porque viene del futuro que está
        por venir. Y aunque exista siempre en forma venidera se ha instalado ya en cierta forma en
        nosotros mismos, constituyéndonos en nuestro ahora. Se trata “del dolor despertado por el
        futuro que se hace presente”<xref ref-type="fn" rid="fn33">33</xref> aspirando a “la
        plenitud y la sobreabundancia”<xref ref-type="fn" rid="fn34">34</xref>.</p>
  <p>En resumen, tanto el asombro plural y la nostalgia singular y singularizante son
          <italic>temples de ánimo</italic>. Rivera no los piensa como meras descripciones de una
        situación particular en que alguien se encuentra, sino heideggerianamente como formas que
        abren nuestra instalación filosófica en la disposición afectiva, la
          <italic>Befindlichkeit</italic>.</p>
</sec>
<sec id="sec3">
  <title>III. De la nostalgia a la claridad y la transparencia en la ejecutividad</title>
  <p>Pues bien, apoyándonos en la contextualización ya realizada es posible decir que en Rivera hay
        otros momentos que se derivan de la nostalgia, tal como la hemos entendido, y que se
        impulsan desde allí con el motor <italic>vital</italic> del asombro. Hay en él una búsqueda
        que no tiene el carácter de ausencia, sino, una vez más, de presencia incitante. Su
        articulación acontece de diversas formas. Aquí sólo es posible identificar algunas de ellas.
        Hay, en primer lugar, una <italic>nostalgia de claridad</italic> al momento de pensar
        filosóficamente. Se trata, por lo demás, de algo a que atendió siempre en la oralidad y
        practicó explícitamente en lo escrito. En el mismo libro <italic>De Asombros y
          nostalgia</italic> declara sin rodeos: “Una sola cosa no me he permitido en estos
        escritos: la oscuridad en el decir […]”<xref ref-type="fn" rid="fn35">35</xref>. Con Ortega,
        sigue pensando que “la claridad es la cortesía del filósofo”<xref ref-type="fn" rid="fn36"
          >36</xref>. Rivera nos pone así ante un desafío que se traslada también a todos quienes
        tenemos la responsabilidad de enseñar filosofía. “La claridad debe ser el constante afán de
        todo filosofar, incluso de aquel que se lleva a cabo en la más estricta soledad. Lo que no
        se dice claramente, tampoco se piensa con claridad. Y lo que no se piensa claramente —hay
        que afirmarlo con energía— tampoco es pensado de verdad”<xref ref-type="fn" rid="fn37"
          >37</xref>.</p>
  <p>Este <italic>desideratum</italic> inclaudicable no concierne únicamente a la intención de ese
        libro sino a todo el filosofar de Rivera, más allá de la materialización de sus pensamientos
        en escritos. Estoy convencido de que esta búsqueda nostálgica de claridad se traslada y se
        vuelve todavía más potente en otro quehacer suyo: el <italic>traducir</italic>. J. Edo.
        Rivera siempre pensó que una traducción debía ‘sonar bien’, requerimiento por el que se
        preocupó principalmente, como se sabe, en la traducción de <italic>Ser y Tiempo</italic>.
        Este “sonar bien” no es una mera comparación analógica o una licencia pretendidamente
        poética. El lector no debía tropezar con el escrito, pues lo que importaba era que el texto
        mismo “hablara”. En las sesiones semanales de trabajo de revisión de la traducción del texto
        de <italic>Ser y Tiempo</italic>, parte fundamental de la labor —que tomó más de 8 años—
        consistía en la revisión de lo avanzado y ya corregido en la sesión anterior. Para ello era
        fundamental leer en voz alta y hacerlo bien. Sólo así se estaba seguro de que el texto decía
          <italic>en español</italic> lo que estaba contenido en el alemán. Muchas veces se leía en
        ambos idiomas. Por esta razón y por haber asistido por años al taller de ese trabajo, no
        coincido con la idea que usualmente circula, según la cual la traducción es siempre un
        fracaso o, en términos posmodernos: “una deriva”. Esa forma de ver la traducción es, por
        cierto, otra versión del famoso <italic>traduttore, tradittore</italic>. Pues bien, Rivera
        pensaba exactamente al revés: la traducción, entiéndase una buena traducción, ofrece
        posibilidades para el pensamiento, que van más allá del texto original. Es, si se quiere, la
        idea de que la traducción, en este caso al español, puede abrir espacio a un ámbito que a
        veces excede al texto original, un gesto de genuina raigambre fenomenológica: <italic>ein
          Überschuss an Intentionen</italic>, para decirlo con Husserl. En este sentido, es
        ciertamente una deriva, pero una tal no se identifica con un fracaso, sino, por el
        contrario, con la apertura de posibilidades originarias a las que pensantemente llega una
        buena traducción. <italic>Ser y Tiempo</italic> puede ser en su traducción al español
        también <italic>más</italic> que el original. En este sentido, efectivamente, no se dice
        mucho si se afirma que la traducción de Rivera es una traducción hermenéutica. No podía ser
        de otro modo, si es verdad que el existir humano, abierto al ser en todo su abanico, es de
        suyo y privilegiadamente intérprete de sí mismo.</p>
  <p>Resulta, pues, un mandato filosófico el que la traducción permita abrirnos a nuevas dimensiones
        del pensar que eventualmente trasciendan el original. En verdad, no sé si esto debe
        acontecer en todo texto ni mucho menos en todo el texto por traducir, pero eso sí que
        aconteció con muchos pasajes de la traducción de <italic>Ser y Tiempo</italic>. ¿Hay alguno
        donde se lo pueda mostrar? ¿Si sucede, cuál es en Rivera el origen de esa fructífera
        posibilidad? Veamos uno nada más que a título ejemplar.</p>
  <p>Casi al final del §2 de <italic>Ser y Tiempo</italic> —la estructura formal de la pregunta por
        el ser— en que se discute la amenaza de un círculo vicioso, al determinar primero un ente en
        su <italic>ser</italic> (el Dasein) para sólo entonces plantear la pregunta por el sentido
        del <italic>ser</italic>, suponiéndose así aquello que se quiere demostrar (el ser),
        Heidegger precisa que “en la pregunta por el sentido del ser no hay un ‘círculo en la
        prueba’, sino —y debe decirse primero en alemán para que se entienda lo que se plantea—
          “<italic>eine merkwürdige »Rückoder Vorbezogenheit« des Gefragten (Sein) auf das Fragen
          als Seinsmodus eines Seienden</italic>”<xref ref-type="fn" rid="fn38">38</xref>. Pues
        bien, se traduciría correctamente si se dijese que en la pregunta por el sentido del ser hay
        “una notable retrorreferencialidad o prorreferencialidad de lo preguntado sobre el preguntar
        como modo de ser de un ente”, pero esta traducción aunque correcta, es de complicado
        academicismo y necesitaría entonces algún esclarecimiento. Y lo que menos tiene que hacer
        una traducción, en la medida de lo posible, es dar explicaciones, aunque, ciertamente, no
        siempre se puede traducir sin explicar, pero eso acontece justo porque traducir es ya, de
        suyo, un cierto explicar. La traducción es ejercicio hermenéutico que brota de la condición
        autointerpretante de la propia existencia humana plasmada en la figura de su (fértil)
        versión a otra lengua. Hablando del “fenómeno de la traducción”, Rivera hace observar que
        “es necesario re-crear lo pensado por el autor y re-crearlo, justamente, en el nuevo espacio
        lingüístico. Esa ‘novedad’ que es la versión en la nueva lengua, es lo hermenéutico del
          traducir”<xref ref-type="fn" rid="fn39">39</xref>.</p>
  <p>Pienso que el pasaje antes aludido de <italic>Ser y Tiempo</italic> dice más o menos lo
        siguiente: El ser mismo —que es aquello por lo que el Dasein pregunta— ha trascendido a éste
        desde siempre y lo ha anticipado. La cuestión de la trascendencia del Dasein es ya tema en
          <italic>Ser y Tiempo</italic>, desde los inicios de la obra, y no sólo en la Segunda
        Sección cuando se alude a ella expresamente. Pues bien, en esta anticipación, lejos de
        incurrirse en un <italic>circulus in probando</italic>, lo que de verdad hay es una
          <italic>referencia</italic>. Esta referencia, que va desde el ser (lo preguntado) hasta el
        acto de preguntar, llega hasta el Dasein, pues es él el que pregunta. La
          <italic>Rückbezogenheit</italic> y la <italic>Vorbezogenheit</italic>, dos expresiones
        aparentemente distintas, son, en verdad, dos versiones de un mismo fenómeno. El ser “mira”
        hacia atrás, hacia el Dasein que pregunta (mira hacia atrás porque lo anticipó): estamos en
        este caso, como traduce Rivera, ante una referencia retro-spectiva. Pero en esa misma medida
        hay una referencia previa o pre-referencia que, como tal, siempre ha quedado en manos del
        ser y que repercute retrospectivamente porque lleva hacia atrás en el preguntar, como modo
        de ser del ente interrogador. Visto desde el Dasein, pero posibilitado por el ser mismo, hay
        un anticipar lo que el propio ser debe decir de sí mismo. Incluso podría creerse que el
        Dasein ha anticipado al ser, pero, en verdad, dicha anticipación sólo es posible porque el
        propio ser le ha tomado la delantera al Dasein actuando (e. d., al actuar en retroferencia).
        Es el propio ser el que hace posible que se lo anticipe. El ser se adelanta fructíferamente
        a la posibilidad misma de que el Dasein lo sorprenda anticipativamente.</p>
  <p>Pues bien, eso que digo que aquellas líneas exponen le ha sido posibilitado al lector en buena
        parte por el modo en que Rivera lo formuló en español. La razón es simple: en alemán no es
        en absoluto claro, de buenas a primeras, qué quiere decir el pasaje en cuestión. Rivera lo
        vertió así: “En la pregunta por el sentido del ser no hay un ‘círculo en la prueba’, sino
        una singular ‘referencia retrospectiva o anticipativa’ de aquello que está puesto en
        cuestión —el ser— al preguntar mismo en cuanto modo de ser de un ente”<xref ref-type="fn"
          rid="fn40">40</xref>. A mi modo de ver, el traductor le ha allanado magníficamente el
        camino al lector, de modo que éste atienda a la cosa misma del pensar y no tropiece con las
        expresiones en que ese pensar se nos presenta.<xref ref-type="fn" rid="fn41">41</xref>
        Alguien podría acotar que el tropiezo, si se da, bienvenido sea, porque estimula al lector a
        salir filosóficamente de él, pavimentando entonces quizá él mismo ese camino. Concedido,
        pero para Rivera no era así, si acaso lo que está en juego es el oficio de traductor; ya el
        texto y la realidad que éste describe son suficientemente enmarañados para que la traducción
        complique aún más al lector. La traducción sí puede actuar indicativo formalmente,
          <italic>formal anzeigend</italic>. En cambio, mi por cierto correcta, aunque neutra y
        plana traducción del pasaje por “retrorreferencialidad” o “prorreferencialidad”, además de
        deslucida y complicada, difícilmente habría alentado al lector a interpretaciones que
        superen la literalidad del texto. Y probablemente no sea este pasaje el más feliz para
        verificar el enjundioso destilado que fluye de la traducción.</p>
  <p>Pues bien, de la mano de este carácter eminentemente sugerente o pro-vocador, o sea, que llama
        hacia delante, propio de la traducción, va otro rasgo del pensar en Rivera y que, por
        supuesto, incluye el oficio del traducir. Me refiero a la <italic>claridad</italic>. El
        fenómeno de la claridad hunde sus raíces, más a fondo, en la <italic>transparencia</italic>.
        Ambas no son lo mismo. La claridad es claridad en la expresión; la transparencia es una
        condición de ser; la segunda es más radical que la primera y, aún así, la transparencia
        misma puede ser llevada a un nivel todavía más profundo. Por eso, al pedir un sustento
        filosófico rastreable en el pensamiento de Rivera capaz de dar cuenta unitariamente de estas
        conexiones, arriesgaría la siguiente tesis interpretativa y articuladora de los momentos que
        se han querido destacar. Mi tesis —anunciada al inicio y ahora en desarrollo— es que la
          <italic>excedencia virtuosa</italic> en el traducir, la <italic>claridad</italic> en el
        pensar y decir, y la <italic>transparencia</italic> misma (aún por determinar), brotan en
        Rivera del convencimiento de la <italic>preeminencia</italic> de lo
          <italic>ejecutivo</italic> sobre lo percibido, asido, y consignado pensantemente. Para que
        se entienda bien: la condición ejecutiva de la vida prima sobre todo acto de con-signación,
        porque esto segundo tiene calidad de reflexión, que, como tal, precisa de una base dinámico
        ejecutiva para poder volver posteriormente sobre sí, modulándose en forma de significación
        en enunciados.</p>
  <p>Pero la cuestión aumenta su dificultad al interrogar si acaso en Rivera hay asidero filosófico
        escrito al que recurrir para abogar por esta tesis. En verdad, en lo escrito, hay bastante
        dicho, pero su despliegue corre a parejas con el tratamiento de otros temas y, por tanto,
        suele acompañarlos y tender a quedar oculto tras ellos. Está, por tanto, propiamente, no
        dicho, sino co-dicho o connotado.</p>
  <p>Rivera solía apelar a una expresión para poner de relieve el estar-en-obra mismo de alguna
        realidad. “¡Miren —decía— esto ocurre <italic>in actu exercito</italic>, en el ejercicio
        mismo del acto”! En uno de sus escritos señala que “el conocimiento <italic>in actu
          exercito</italic> ejercía una tremenda atracción sobre el joven Heidegger. Todos sus
        primeros tanteos en la filosofía se realizaron a partir de ese <italic>Vollzug</italic>, de
        esa ejecución práctica que es el ser del hombre […].”<xref ref-type="fn" rid="fn42"
          >42</xref>. Es preciso advertir, no obstante, que aparte de la tesis de habilitación sobre
        Duns Scoto (Tomás de Erfurt), en el Heidegger de las tempranas lecciones de Friburgo, la
        expresión no aparece, pero Rivera se refiere a la presencia actuante de aquella idea en la
        versión de la facticidad de la vida como ejecución misma de ésta, que sí atraviesa las
        interpretaciones de Heidegger en sus <italic>Frühe Freiburger Vorlesungen</italic> y también
        — me atrevo a sostener— en <italic>Ser y Tiempo</italic>.</p>
  <p>La expresión “<italic>in actu exercito</italic>” aflora <italic>con ocasión</italic> de
        diversos temas: muchos de éstos la incluyen o, mejor, al revés, ella ensortija los temas,
        para perfilar y enfatizar algún aspecto central abordado. Pero disponemos también de un
        antecedente primario, la tesis doctoral de Rivera: <italic>Konnaturales Erkennen und
          Vorstellendes Denken</italic>. Lleva el subtítulo: <italic>Eine phänomenologische Deutung
          der Erkenntnislehre des Thomas von Aquin</italic>. Aludiré a ella brevemente y en
        escorzos. Rivera contrasta allí el <italic>conocimiento connatural</italic> (o por
        connaturalidad) y el <italic>pensar representativo</italic>, sosteniendo que es sólo en este
        último donde el ente aparece en <italic>lo que</italic> es y en el hecho de que
          <italic>sea</italic>. En sus palabras: “<italic>Das Seiende erscheint in dieser zweifachen
          Weise nur für ein vorstellendes Denken</italic>”, “el ente se muestra en esta doble
        modalidad sólo para un pensar representativo”<xref ref-type="fn" rid="fn43">43</xref>. Esto
        es, para un pensar que sólo puede hacerse presente las cosas poniéndoselas delante de sí
        mismo. Y esto implica que esa doble forma de presencia tiene lugar “para un pensar que
        piensa el ente como objeto” (<italic>für ein Denken, das das Seiende als Gegenstand
          denkt</italic>)<xref ref-type="fn" rid="fn44">44</xref>. Si esta tesis de Rivera es
        correcta, va a suceder algo que él siempre decía que no había que asumir cuando se hablaba
        del <italic>Vorstellen</italic>. Lo que ocurrirá es que el <italic>Vorstellen</italic>, o el
        representar, no es un <italic>volver a</italic> presentar algo, el <italic>vor</italic>del
          <italic>vorstellen</italic> o el redel representar no aluden a un presentar de nuevo algo
        que ya se presentó antes, no se sabe dónde… quizá en la percepción sensible<xref
          ref-type="fn" rid="fn45">45</xref>. Así, la tesis de fondo, tácita al menos, es que la
        ocasión para tener presente algo no se agota ni con mucho en la posibilidad de hacerlo
        nuestro representativamente, es decir, “<italic>vorstellend</italic>”, poniéndolo ahí
        delante. Pues bien, para Rivera algo puede hacerse presente no sólo <italic>via
          repraesentationis</italic>. Si eso es así, podría decirse que el propio Rivera está
        superando una mera metafísica de la presencia. El problema para Rivera es que la forma
        representativa de hacer presente provoca un efecto indeseado, a saber, el distanciamiento de
        la cosa para quien busca apropiarse de ella, cuando la hace presente allí delante. Se trata
        de una curiosidad. En vez de quedar verdaderamente aprehendida, en el acto de conocer
        representativamente la cosa, ésta resulta quedar más a bien a distancia del que la conoce.
        ¿Pero entonces se la conoce realmente? Acontece, más bien, un <italic>abständiges
          Betrachten</italic> (una consideración distanciada), para decirlo con su colega de
        Friburgo, F.-W. von Herrmann. El conocimiento se vuelve, así, justo, sólo teórico o
        contemplativo, re-presentativo.</p>
  <p>Para Rivera, la objetualidad —para usar una expresión zubiriana— es la modalidad en que queda
        la realidad cuando el ente es enfocado como algo que tiene un ser propio, enfatizándose
          <italic>lo propio</italic> del ente y no el ente como tal. Pero esto significa, a su
        turno, que el ente en su ser propio (<italic>eigenes Sein</italic>) se torna independiente
        del conocer y anterior a éste<xref ref-type="fn" rid="fn46">46</xref>. Un Rivera zubiriano
        se atreve a sostener que previo a la aprehensión del ente como objeto se halla su
        aprehensión como cosa real<xref ref-type="fn" rid="fn47">47</xref>. El ulterior paso desde
        el <italic>ser conocido</italic> del ente en tanto que real a su mero <italic>ser
          concebido</italic> (<italic>begriffen</italic>) como siendo, implica una formalización
        aprehensiva que se denomina <italic>Vergegenständlichung</italic>. Tal es la
        objetualización. La realidad ha devenido objeto y sólo entonces ente. “Ente” es en el Rivera
        de finales de los sesenta una versión transformada, secundaria y, por así decirlo,
        advenediza, de la realidad misma<xref ref-type="fn" rid="fn48">48</xref>. El pensar
        representativo piensa “al ente como algo que ya <italic>está</italic> ahí y que sólo
        entonces llega a ser conocido” (<italic>das vorstellende Denken denkt […] das Seiende als
          etwas, das schon da ist und erst dann erkannt wird</italic>)<xref ref-type="fn" rid="fn49"
          >49</xref>. Incluso la misma nada puede por esta vía convertirse en “objeto” para esa
        clase de pensar<xref ref-type="fn" rid="fn50">50</xref>. Esto le permite a Rivera, de la
        mano de Tomás de Aquino, arriesgar la tesis de que el no-ser “existe fuera del alma”<xref
          ref-type="fn" rid="fn51">51</xref>, pero no porque la nada quedase curiosamente convertida
        en un verdadero ente con independencia del alma. Eso sería absurdo. Se trata de que, al
        revés, la nada es <italic>como</italic> “ente” sólo “en el alma”, o sea, es justo
          <italic>ens rationis</italic>, como lo pensó Tomás<xref ref-type="fn" rid="fn52"
        >52</xref>.</p>
  <p>Pues bien, frente a este pensar representativo, que transforma al ente en objeto, hay un
          <italic>konnaturales Erkennen</italic><xref ref-type="fn" rid="fn53">53</xref> (también
        llamado conocimiento por modo de inclinación, conocimiento afectivo o experimental<xref
          ref-type="fn" rid="fn54">54</xref>. Este modo de conocer funda todo conocimiento. “El
        conocimiento connatural es el primero y es el origen del conocimiento especulativo, es
        decir, su ἀρχή”<xref ref-type="fn" rid="fn55">55</xref>. En lo que toca a esta clase de
        conocimiento sólo puedo indicar aquí el estrecho vínculo que guarda con el <italic>actus
          exercitus</italic> y la transparencia que éste porta consigo para sí mismo.</p>
  <p>En su disertación doctoral Rivera entiende que en el propio Tomás se halla un conocimiento
        connatural o “por connaturalidad”, exactamente allí “donde éste habla de una
          <italic>cognitio in actu exercito</italic>”<xref ref-type="fn" rid="fn56">56</xref>. Tomás
        pondría de relieve esta forma de conocer frente a aquella que sucede <italic>in actu
          signato</italic>. En verdad, como el mismo Rivera lo indica, Tomás no hace uso de esos
        giros expresivos. Pero sí hay un pasaje donde Tomás alude tangencialmente a esas fórmulas:
        allí donde se habla del modo en que el sentido está en sí mismo al momento de percibir:
          <italic>Omnis sensus percipit aliquo modo actum suum non per reflexionem, sed imperfecto
          modo et quasi in actu exercito</italic>, o sea, “todo sentido percibe de algún modo su
        propio acto, no por reflexión, sino de modo imperfecto y como <italic>in actu
          exercito</italic>”<xref ref-type="fn" rid="fn57">57</xref>. Rivera no entró tampoco nunca
        en un rastreo histórico sistemático de estas fórmulas y en esta perspectiva cabe preguntarse
        por qué vierte la fórmula “<italic>in actu exercito</italic>” por “en el ejercicio del acto”
        o “en ejecución del acto”<xref ref-type="fn" rid="fn58">58</xref> y no por la versión —
        inmediata, espontánea y, no obstante, correcta— “en acto ejercido”, p. ej., cuando se dice
        “conocer algo <italic>in actu exercito</italic>”. Jamás lo dijo. No había necesidad. Es
        suficiente razón la ejecutividad que la fórmula evoca de suyo. Pienso, sin embargo, que una
        explicación más abundante se halla en que cuando hablamos de <italic>actus
          exercitus</italic> siempre está implícitamente resonando <italic>otro</italic> acto, como
        eco de ese acto, a saber, el <italic>actus signatus</italic>. Ambos funcionan hasta cierto
        punto <italic>ex aequo</italic>, pero sólo hasta cierto punto, porque el <italic>actus
          signatus</italic> es ontológicamente dependiente del primero. Cada vez que decimos que
        algo tiene lugar in <italic>actu exercito</italic> estamos diciendo que se trata de un acto
        eminentemente ejecutivo y no de un acto que como acto segundo selle el primero. Como en el
          <italic>actus exercitus</italic> se pone el acento en el ejercicio mismo del acto, da la
        impresión de que el término <italic>exercitus</italic> no hiciera más que explicitar o
        insistir en lo que es propio de todo acto: el ejecutarse. Pero ocurre que también hay otros
        actos cuyo ejercicio se agota en sellar o signar; no son actos ejecutivos, o dicho de otra
        manera: no son propiamente actos en acto, no son actos en que tenga lugar un verdadero acto.
        Son actos que, en su virtud, únicamente sellan un actuar, el actuar del <italic>actus
          exercitus</italic>. Por eso, en la Escuela de los Modistas, que es donde en propiedad se
        desarrolla esta doctrina, más abundantemente que en autores como Tomás, muchas veces se
        prefería hablar de <italic>actus exercens</italic>, esto es, acto ejerciente o
        ejercitante.</p>
  <p>El <italic>proprium</italic> del <italic>actus exercitus</italic> radica en que al cumplirse
        aquello a lo que está llamado, él es (o está) presente transparentemente a sí mismo. Esta
        presencia no tiene nada de reflexividad. En <italic>Konnaturales Erkennen</italic>, Rivera
        lo explica acudiendo una vez más a una forma de cumplimiento del acto ejecutivo. Se lee ahí:
          “<italic>Die cognitio in actu exercito ist […] ein Erkennen dessen, was im vollzogenen Akt
          selbst west.</italic> En español: “La <italic>cognitio in actu exercito</italic> es […] un
        conocimiento de aquello que se despliega [estriba o consiste] en el acto mismo ejecutado [o
          realizado]”<xref ref-type="fn" rid="fn59">59</xref>. Pero lo importante ahora allí es
        poner de relieve que el acto en cuestión no necesita recurso alguno para “saberse” a sí
        mismo ejecutándose en su ejecución. La razón radica en que “<italic>der Akt ist bei ihm
          selbst, d. h., er ist für ihn selbst transparent</italic>”; “el acto está en [o junto a]
        sí mismo, e. d., es transparente para él mismo”<xref ref-type="fn" rid="fn60">60</xref>. O
        sea, no hay desdoble alguno y, sin embargo —o por eso mismo—, el acto se posee a sí mismo en
        su ejecución, sin mediación ninguna. Esta circunstancia está confirmada por la palabra
        alemana <italic>durchsichtig</italic> o la latina germanizada (que usó Rivera)
          <italic>transparent</italic>. Ambas dicen exactamente lo mismo y se traducen igual.
          <italic>Durchsichtig</italic> expresa la cualidad que, poseída, permite que aquello que la
        inviste deje ver algo a su través. “Transparente” destaca el aparecer
          (<italic>parere</italic>) mismo de una cosa, de un extremo al otro
        (<italic>trans</italic>), de punta a cabo (<italic>durch</italic>, en alemán), una aparición
        completa —diríase—, sin remanentes o residuos. Cabe observar, en todo caso, que si hay que
        elegir entre las dos formas, es mejor <italic>transparent</italic> que
          <italic>durchsichtig</italic>. Con base en el latín <italic>transparere</italic>,
          <italic>transparent</italic> no alude primero (como tendemos a pensar) a una modalidad que
        una específica forma de ver asumiría, sino a un estar ya activamente en lo otro, más allá de
        sí, en un haber sido ya desde siempre <italic>trans</italic>portado a lo otro (<italic>immer
          schon</italic>, en alemán), que es el modo genuino en que el <italic>actus
          exercitus</italic> está cada vez propiamente (en sí, o sea junto a sí mismo). El recurso
        al acto de ver, a propósito de <italic>durchsichtig</italic>, es precisamente eso, un
        recurso, que expresa simple y derechamente la total transparencia que permite dar cuenta del
        estar-en-sí-mismo del acto. Sólo porque es transparente (en el sentido acabado de explicar)
        es <italic>durchsichtig</italic>.</p>
  <p>Cualquiera sea el caso, la <italic>Durchsichtigkeit</italic>, la transparencia es, por cierto,
        un motivo fuerte del paisaje heideggeriano. Es un fenómeno, por eso, respecto del cual,
        cuando uno ensaya explicaciones, se apela de manera natural a la luz. La luz era un
        expediente ejemplar al que Rivera solía acudir. Era uno de sus favoritos precisamente por la
        “claridad” a la que el auditor se ve conducido, sin artificialidad, gracias a la evocación
        que la palabra “luz” produce tan pronto se la oye. En “¿Qué son las ideas?”, ensayo también
        contenido en <italic>De Asombros y Nostalgia</italic>, Rivera escribe, en directa alusión a
        Platón, que incluso el bien mismo “es semejante a la luz”<xref ref-type="fn" rid="fn61"
          >61</xref>, “les da a <italic>las ideas lo más suyo que tienen: su unidad e</italic>
        <italic>inteligibilidad</italic>”<xref ref-type="fn" rid="fn62">62</xref>, y acota que la
        unidad del bien “es la unidad trascendental que es propia de la luz: aquello uno en que todo
        está sumergido y de lo cual todo lo demás no es sino <italic>refracción</italic>”<xref
          ref-type="fn" rid="fn63">63</xref>. Vale decir, por su transparencia misma la luz se posa
        siempre en todo lo coloreado haciendo sólo entonces que el color aparezca como tal. Ello
        hace que el fenómeno de la transparencia quede “a media luz”, o sea, no propiamente
        tematizado. Y tiene que ser así para que la iluminación sea perfecta, para que ejerza su
        función o para que ejerza su función iluminadora.</p>
</sec>
<sec id="sec4">
  <title>IV. Consideraciones finales</title>
  <p>No ha sido tanto la idea de <italic>Durchsichtigkeit</italic> o de transparencia, sino el
          <italic>modo mismo</italic> en que hizo uso filosófico de ella, lo que Rivera ha obtenido
        de Heidegger; aunque quizás sí se haya agudizado en él como motivo filosófico gracias a
        éste. En efecto, al momento de escribir su tesis doctoral, Rivera ya sabía de la
        transparencia por otra vía, a la cual también acudió Heidegger en su formación y primera
        producción filosófica, en el intento de éste por “dotar de fluidez a la escolástica”
          (<italic>Flüßigmachung der Scholastik</italic>)<xref ref-type="fn" rid="fn64">64</xref>.
        Creo que ese acercamiento fue distinto en Heidegger y en Rivera. Heidegger lo hizo a través
        de sus estudios de Tomás de Erfurt y Duns Scoto; Rivera, a través de Tomás de Aquino y
        tantos otros autores del Medioevo que tempranamente había leído. Aunque Rivera conocía
        bastante bien cuando escribió su doctorado los textos publicados de Heidegger de esa época,
        siendo probable que éste haya intensificado la idea que inspiró la tesis doctoral del
        primero, la inspiración misma ya la había buscado Rivera más atrás, curiosamente en la misma
        tradición que ambos querían superar, cada uno a su modo<xref ref-type="fn" rid="fn65"
          >65</xref>. Creo que hay otros pensadores en que Rivera ve esa superación: Pascal es uno
        de ellos. No puedo abordar aquí ese asunto.</p>
  <p>La conexión entre ejecutividad y transparencia que tiene lugar en Rivera está presente también
        en Heidegger cuando en <italic>Ser y Tiempo</italic> se aborda la relación entre Dasein y
        ser. La relación que el Dasein guarda con el ser no se produce por simple correlación. En
        primer lugar, porque esa relación es relación <italic>de ser</italic>, pero, además, o por
        esto mismo, porque esa relación no surge de relatos; surge del <italic>factum</italic> según
        el cual va involucrado allí un <italic>Verhalten</italic>, que es ante todo comportamiento,
        y sólo entonces relación. El comportamiento relacional no se agota sino en el comportamiento
        mismo, no hay primero un sujeto que se comporta respecto del ser, sino que la relación misma
        consiste en ese comportarse; hay un <italic>verhältnismässiges Verhalten</italic>, un
        comportamiento relacional. Y eso significa que ahí se está ante una dimensión plenamente
        ejecutiva. Si se quiere, se podría decir lo mismo afirmando que esa especialísima relación
        acontece, justo, <italic>in actu exercito</italic>.</p>
  <p>De acuerdo con la idea de que “elaborar la pregunta por el ser significa hacer que un ente —el
        que pregunta— se vuelva transparente en su ser”<xref ref-type="fn" rid="fn66">66</xref>,
        cabe también aquí preguntar cuándo algo es transparente. Transparente, en el sentido
        heideggeriano del <italic>durchsichtig</italic>, significa que se logra ver algo a través de
        un determinado medio, es decir, uno va inmediatamente hasta aquello que lo transparente deja
        ver, al punto que ya está en ello, porque no hay mediación ninguna. Cuando la transparencia
        es total, dicha propiedad hace que uno quede únicamente volcado hacia lo visto, de modo que
        necesariamente se pasa por alto (porque no se requiere) la transparencia que hace posible
        ese direccionamiento. Verificamos una genuina transparencia cuando su calidad de tal no se
        hace notar. El choque o golpe con el traslúcido cristal ocurre no porque lo veamos a él,
        sino lo que él permite ver: el jardín, el prado tras el medio transparente. Gracias a la
        virtud de ese medio no nos detenemos en él sino en la cosa que se nos permite ver mediante
        él. <italic>Mutatis mutandis</italic>, tal es la transparencia que Heidegger quiere alcanzar
        en la pregunta por el ser; que ésta se vuelva a tal punto diáfana, que quedemos situados en
        lo que de verdad importa ver: el ser mismo. Una pregunta transparente está llamada a
        desaparecer como pregunta para que tome su lugar fenoménicamente, o sea, “mostrativamente”,
        nada más que aquello a lo que la pregunta tiende y atiende. De allí que para que la pregunta
        por el ser quede bien dispuesta como pregunta, debemos volver transparente en su ser al
        Dasein interrogador. Con ello se saca a luz el ser del Dasein, pero, al mismo tiempo,
        haciendo eso, se está ya ante un modo en que el ser como tal queda divisado o barruntado en
        sí mismo. Volver transparente al Dasein no es sino sacar a luz todo aquello que
          <italic>caracteriza</italic> al Dasein. Caracterizar es sacar a luz el sello propio de
        algo, esto es, su impronta propia. Caracterizar es descubrir el cuño primario del Dasein,
        sus caracteres ontológicos. En verdad, la tarea fundamental de ST es volver transparente
        ontológicamente, es decir, en su ser, al Dasein, para entonces dirigirse al ser. Pero en la
        medida en que hacemos transparente lo primero estamos también comprendiendo lo segundo,
        aunque sea incipientemente.</p>
  <p>Finalmente, huelga decir que no se ha pretendido aquí haber expuesto lo que sería algo así como
        el genuino pensamiento de Rivera. Las meditaciones efectuadas son reflexiones que miran a
        algunas etapas de la vida de Rivera como pensador, sin descuidar su condición de docente de
        la filosofía. Rivera pasó por otras etapas y quizás sean muy distintas, pero tiendo a
        pensar, como se planteó al inicio a modo de tesis, que en ellas se mantuvo una suerte de
        núcleo permanente de su pensar; así al menos lo atestigua el <italic>Denkweg</italic> que va
        desde su tesis doctoral hasta el ensayo <italic>En torno al ser</italic>, del año 2007.
        Tengo claro que Rivera era la puesta en obra vital del <italic>actus exercitus</italic>, era
        en cierta forma la personificación de eso que lo agitaba y atizonaba en las entrañas de su
        ser. En el ensayo n.º XIII. “Ocio y contemplación”, en <italic>De asombros y
          nostalgia</italic>, se abordan expresamente actividades en que la condición
          <italic>ejecutiva</italic> de algunos de los quehaceres de la vida logra perfilarse de
        modo sobresaliente. Rivera trasladaba luego la ejecutividad allí actuante a la actividad
        filosófica, o mejor, al quehacer filosófico. Según él, el quehacer orteguiano traducía
        magníficamente el <italic>Zusein</italic> heideggeriano, pues “para el hombre ser es
        esencialmente ‘tener que ser’ (<italic>Zusein</italic>)”<xref ref-type="fn" rid="fn67"
          >67</xref>.</p>
</sec>
</body>
<back>
<fn-group>
  <fn id="fn1">
    <label>1</label><p>Véase Heidegger, Martin, <italic>Ser y
    tiempo</italic>. Prólogo, traducción, prólogo y notas de Jorge
    Eduardo Rivera. (Madrid: Trotta, 2012). La traducción fue primero
    publicada por la Editorial Universitaria. Santiago de Chile, en
    1997.</p>
  </fn>
  <fn id="fn2">
    <label>2</label><p>El oficio de traducir se fue entrelazando estrechamente con la labor docente y filosófica. Así,
          en el prólogo que escribiera para su traducción de <italic>Ser y Tiempo</italic>, Rivera
          relata que el impulso para traducir provino de la enseñanza del pensamiento de Heidegger
          en cursos universitarios: “El resultado de ese primer ensayo fue un texto que […] poco a
          poco se fue transformando, en repetidas reelaboraciones, hasta fijarse en una versión
          completa de la obra, que sirvió durante algunos años para el trabajo con mis alumnos”.
          Rivera, Jorge Eduardo, Prólogo <italic>a Ser y Tiempo</italic> (Madrid: Trotta, 2012),
          14.</p>
  </fn>
  <fn id="fn3">
    <label>3</label><p>Un interesante esfuerzo en esa dirección es el libro de Patricio Brickle <italic>Les Faces de la
            Philosophie Chilienne. Jorge Eduardo Rivera</italic> (Paris: L’ Harmattan, 2027).
          Recientemente se ha publicado, además, un interesante libro que resalta la presencia y
          desarrollo de un conjunto de profesores agrupados en la generación de los años 50 del
          siglo pasado en Chile. Sus miembros impactaron, por su formación y enseñanza, en las
          nuevas generaciones. Entre ellos figura precisamente Jorge Eduardo Rivera. Véase al
          respecto, Brickle, Patricio (editor), <italic>Antología de filósofos chilenos.
            Testimonios</italic> (Granada: Comares, 2024).</p>
  </fn>
  <fn id="fn4">
    <label>4</label><p>Hay dos ediciones de este libro. Fue publicado primero por Editorial Puntángeles Universidad de
          Playa Ancha de Ciencias de la Educación, Valparaíso, 1999. Fue relanzado por Ediciones
          Universidad Católica de Chile, Santiago de Chile, 2016. Usamos aquí la segunda versión
          editorial.</p>
  </fn>
  <fn id="fn5">
    <label>5</label><p>DK, Frg. 6.</p>
  </fn>
  <fn id="fn6">
    <label>6</label><p>Rivera, Jorge Eduardo, <italic>De asombros y nostalgia. Ensayos filosóficos</italic> (Santiago de
          Chile: Ediciones Universidad Católica de Chile, 2016), 54.</p>
  </fn>
  <fn id="fn7">
    <label>7</label><p>Para entender más de cerca la traducción de Gómez-Lobo hay que fijarse en toda la primera línea
          del fragmento B 6: χρὴ τὸ λέγειν τε νοεῖν τ᾽ἐόν ἔμμεναι· ἐστι γὰρ εἶναι. Allí se diría,
          entonces: “Es necesario que lo que es (para) decir y (para) pensar sea, pues es (para)
          ser”. Gómez-Lobo, Alfonso, <italic>Parménides</italic>. Texto griego, traducción y
          comentario (Buenos Aires: Ed. Charcas, 1985), 5.</p>
  </fn>
  <fn id="fn8">
    <label>8</label><p>En otro ensayo —sobre Heráclito—, Rivera expresa que no solo las palabras del efesio son oscuras,
          sino que tampoco las palabras que usamos para traducir los fragmentos “son claras por sí
          mismas, como si hubiesen sido troqueladas de una vez para siempre”. Es justo eso lo que
          nos empuja a pensar. “Por ejemplo —añade— ‘logos’ se suele traducir por ‘palabra’. Y
          quedamos aquietados, como si ‘palabra’ fuese una cosa más clara que ‘logos’”. Y luego toma
          posición: “Es el problema en el que se debate la filología cuando aborda los textos de un
          filósofo y no va ella misma impelida por dentro por la pasión filosófica. ¿Sabemos lo que
          es la ‘palabra’? Decimos, por ejemplo; ‘te doy mi palabra’. ¿Qué es eso que damos? ¿Qué es
          el <italic>dar</italic> mismo? ¿Cómo se puede ‘dar’ una palabra? ¿Qué es la
            <italic>palabra</italic> dada? ¿Qué quiere decir aquí ‘palabra’?” Rivera, Jorge Eduardo,
            <italic>Heráclito. El esplendente</italic> (Santiago de Chile: Brickle Ediciones, 2006),
          12.</p>
  </fn>
  <fn id="fn9">
    <label>9</label><p>Al respecto, véase el abundante resumen, y la toma de posición en torno al tema, de Charles Kahn
          en su artículo: “Retrospect on the verb ‘to be’ and the concept of being”, en: <italic>The
            Logic of Being</italic>, S. Knuuttila and J. Hintikka (eds.), (D. Reidel Publishing
          Company, 1986), 1-28. Este texto recoge tesis anteriores de Kahn expuestas en su magnífico
          libro: <italic>The verb</italic> Be <italic>in Ancient Greek</italic>.
          (Dordrecht-Holland/Boston-USA: D. Reidel Publishing Company, 1973).</p>
  </fn>
  <fn id="fn10">
    <label>10</label><p>A. Vigo hace ver, remitiendo precisamente a la obra de Kahn a la que he aludido en la nota
          precedente, que quien sí recibió un fuerte influjo en su propio desarrollo intelectual fue
          precisamente Alfonso Gómez-Lobo. Vigo señala que “Kahn […] logró mostrar contundentemente,
          sobre la base de un pormenorizado análisis de los textos homéricos, entre otras cosas, que
          la habitual distinción entre usos predicativos y usos existenciales del verbo ‘ser’ no
          podía ser aplicada, sin más, a la lengua griega antigua. En efecto, Kahn defiende en este
          punto una tesis de doble alcance, a saber: por una parte, los usos copulativos de ‘ser’
          son implícitamente existenciales y, por otra, los usos existenciales son potencialmente
          predicativos, con el importante añadido, sin embargo, de que, desde el punto de vista
          propio de la gramática generativa, los usos existenciales deben verse como derivados, esto
          es, como usos predicativos de grado cero, con predicado implícito elidido”. Vigo,
          Alejandro, “Alfonso Gómez-Lobo. Del ser al bien”. En: <italic>Antología de filósofos
            chilenos. Testimonios</italic> (Granada: Comares, 2024), 110-111. Gómez-Lobo acogió la
          lectura de Kahn y “lo hizo, además, de un modo altamente productivo, a punto tal que puede
          decirse que encontró en ellos algunos de los puntos de partida básicos de los brillantes
          trabajos sobre ontología y epistemología griegas publicados en los últimos años de la
          década del ’70 y los primeros de la década del ‘80” (<italic>Ibid.,</italic> 112). Con
          todo, la postura de Rivera era distinta. En el artículo con el epígrafe: “Sobre mi
          traducción de ‘Ser y Tiempo’”, Rivera escribe: “El problema del hablar de los filósofos es
          que dan a las palabras nuevos sentidos o, dicho quizás mejor, que amplían tremendamente su
          sentido usual. Por eso es discutible que baste un buen conocimiento filológico para
          entender a Heráclito o Parménides. Y, más aún, el problema de los filósofos es que rompen
          siempre —de algún modo— con su tradición. No es que la nieguen, sino que la ponen en
          cuestión desde un punto de vista más alto. Para entenderlos es necesario tener un cierto
          sentido poético, en el significado más propio de esta palabra: solo se los entiende
          creativamente, poiéticamente, aperturalmente.” Rivera, Jorge Eduardo,
            <italic>Onomazein</italic>, 12, 2 (2005), 160.</p>
  </fn>
  <fn id="fn11">
    <label>11</label><p>En su manual de filosofía griega, Rivera explica los dos aspectos que se conjugan en el
          participio presente neutro del verbo ser, εἷναι, el aspecto nominal y el verbal. En
          significación nominal, τὸ ἔον “significa ‘lo ente’, ‘lo siente’, en el sentido de
            <italic>todo lo ente</italic>, es decir, todo lo que es. Y en este sentido, τὸ ἔον
          equivale a τὰ ἔοντα = los entes. En cambio, en significación verbal, τὸ ἔον significa ‘lo
          ente’ de los entes, lo que en ellos hay de ente, vale decir, su ser en el sentido de su
          mero estar-siendo. τὸ ἔον en significación verbal significa el ser. En Parménides —termina
          advirtiendo Rivera— ambos sentidos están implicados, pero predomina el sentido verbal: el
          ser. Recordemos que Parménides ve a la φύσις como ἔον: la ve ‘siendo’” Rivera, Jorge
          Eduardo, <italic>Filosofía Griega. De Tales a Sócrates</italic> (Ediciones Universitarias
          de Valparaíso, sin fecha), 84.</p>
  </fn>
  <fn id="fn12">
    <label>12</label><p>Gustavo Cataldo ha puesto el acento en la condición de “filosofía enseñante” que tuvo la
          actividad filosófica de Rivera. Véase Cataldo, Gustavo<italic>,</italic> “Jorge Eduardo
          Rivera y el origen vital de la filosofía”, en: <italic>Mercurio de Santiago, Artes y
            Letras</italic> (domingo 29 de enero: 2017). Más recientemente, sobre la base de una
          idea que comparto —la filosofía entendida como <italic>lenguaje</italic> y su
            <italic>valor comunicacional</italic>—, Cataldo y Brickle han expandido esta idea
          atendiendo al carácter <italic>docente</italic> de la generación a la que perteneció
          Rivera. Se cuentan allí: Gómez-Lobo, Giannini, Millas, Carvallo, Vial Larraín, Barceló,
          Torreti, Rivano y Carla Cordua. Véase Cataldo, Gustavo y Brickle, Patricio: “Introducción.
          La filosofía como praxis”. En: <italic>Antología de filósofos chilenos.
            Testimonios</italic> (Granada: Comares, 2024), 3-5. Sin negar esa lectura, yo pongo el
          acento, para el caso de Rivera, como se verá, en la <italic>transparencia</italic> y en la
            <italic>ejecutividad</italic>. Ambos énfasis no están en absoluto reñidos, pues Rivera
          tenía siempre muy presente los diversos tipos de auditorio a los que se dirigía.</p>
  </fn>
  <fn id="fn13">
    <label>13</label><p>Se trata de una razón insatisfecha en el sentido
    de que ella está naturalmente destinada a hacerse cargo de su propia
    situación vital como razón. Hay allí un claro rasgo orteguiano.</p>
  </fn>
  <fn id="fn14">
    <label>14</label><p>Rivera, Jorge Eduardo, <italic>Itinerarium
    Cordis</italic> (Santiago de Chile: Brickle Ediciones, 2006),
    13.</p>
  </fn>
  <fn id="fn15">
    <label>15</label><p><italic>Ibid</italic>.</p>
  </fn>
  <fn id="fn16">
    <label>16</label><p><italic>Ibid</italic>.</p>
  </fn>
  <fn id="fn17">
    <label>17</label><p><italic>Ibid</italic>.</p>
  </fn>
  <fn id="fn18">
    <label>18</label><p><italic>Ibid</italic>.</p>
  </fn>
  <fn id="fn19">
    <label>19</label><p>Rivera, Jorge Eduardo, 2016, <italic>De asombros y nostalgia. Ensayos filosóficos</italic>
          (Santiago de Chile: Ediciones Universidad Católica de Chile), 12.</p>
  </fn>
  <fn id="fn20">
    <label>20</label><p><italic>Ibid</italic>.</p>
  </fn>
  <fn id="fn21">
    <label>21</label><p><italic>Ibid</italic>., 12-13.</p>
  </fn>
  <fn id="fn22">
    <label>22</label><p><italic>Ibid</italic>., 12.</p>
  </fn>
  <fn id="fn23">
    <label>23</label><p>van der Meer de Walcheren, Pieter, <italic>Nostalgia de Dios. La búsqueda del misterio</italic>
          (Bs. Aires: Lumen, 1995), 47-48.</p>
  </fn>
  <fn id="fn24">
    <label>24</label><p><italic>Ibid.</italic></p>
  </fn>
  <fn id="fn25">
    <label>25</label><p>Rivera, Jorge Eduardo, Prólogo a Bentué, <italic>Muerte y Búsqueda de inmortalidad</italic>
          (Santiago de Chile: Ediciones Universidad Católica de Chile, 2002), 14.</p>
  </fn>
  <fn id="fn26">
    <label>26</label><p>A. Vigo describe acertadamente, a mi entender, cómo se imbrican en Rivera inspiración católica y
          filosofía. A juicio de Vigo, y refiriéndose a filósofos chilenos, “el caso más emblemático
          de fusión del pensamiento de inspiración católica con el nuevo impulso filosófico
          procedente de Heidegger es sin duda el de Jorge Eduardo Rivera […]”. Vigo, Alejandro,
          “Alfonso Gómez-Lobo. Del ser al bien”. En: <italic>Antología de filósofos chilenos.
            Testimonios</italic> (Granada: Comares, 2024), 107. Más adelante, añade Vigo que “además
          de su impresionante cultura filosófica y teológica, Rivera asombraba por su carisma
          inigualable y su pasión arrolladora: en su docencia, sobre todo, la confluencia de la
          filosofía contemporánea, siguiendo la huella de Heidegger y Zubiri, con la problemática
          existencial y teológica era poco menos que completa”. Vigo, Alejandro, <italic>Antología
            de filósofos chilenos. Testimonios</italic> (Granada: Comares, 2024), 107-108.</p>
  </fn>
  <fn id="fn27">
    <label>27</label><p>Aquino, Tomás, <italic>S. Th</italic>., II-II,
    q. 35, art. 1, in c.</p>
  </fn>
  <fn id="fn28">
    <label>28</label><p>Aquino, Tomás, <italic>Quaest. Disp. de
    malo</italic>, q. 11, art. 1, in c.</p>
  </fn>
  <fn id="fn29">
    <label>29</label><p>Rivera, Jorge Eduardo, <italic>De asombros y nostalgia. Ensayos filosóficos</italic> (Santiago de
          Chile: Ediciones Universidad Católica de Chile, 2016), 361.</p>
  </fn>
  <fn id="fn30">
    <label>30</label><p>Entre los temples de ánimo fundamentales de la persona Rivera estaba el de la espera esperanzada.
          No está demás decir que se trata de ese tipo de espera o de esperanza, porque, como bien
          ha visto Laín Entralgo, la espera puede venir teñida, al revés, de la desesperanza: “El
          protagonista del soneto de Unamuno —autor éste al que Rivera conocía muy bien—, <italic>La
            oración del ateo</italic>, sufre con la inexistencia de Dios: ‘sufro a tu costa, Dios no
          existente, pues si Tú existieras existiría yo también de veras’, dice al Dios en que no
          cree”. Laín Entralgo, Pedro, <italic>La Espera y la esperanza. Historia y teoría del
            esperar humano</italic> (Madrid: Revista de Occidente, 1957), 309.</p>
  </fn>
  <fn id="fn31">
    <label>31</label><p>Si se quisiera hablar de melancolía, la nostalgia riverina es la del melancólico en el modo en
          que de ella habla Aristóteles en un texto usualmente poco recurrido y a veces considerado
          apócrifo: Προβλήματα. Muy positivamente se dice allí que todos los hombres excepcionales
          son melancólicos, Sócrates y Platón lo eran (véase <italic>Probl</italic>. 30, 1); esta
          melancolía está lejos de nuestra actual forma de comprenderla.</p>
  </fn>
  <fn id="fn32">
    <label>32</label><p>Rivera, Jorge Eduardo, <italic>Itinerarium
    cordis</italic> (Santiago de Chile: Brickle Ediciones, 2006),
    216-217.</p>
  </fn>
  <fn id="fn33">
    <label>33</label><p><italic>Ibid</italic>., 217.</p>
  </fn>
  <fn id="fn34">
    <label>34</label><p><italic>Ibid</italic>. Rondando estas mismas cuestiones —lo que no es un azar aquí, pues me
          consta que Rivera se manifestó alguna vez muy positivamente acerca del libro de Laín
          Entralgo <italic>La espera y la esperanza</italic>— Laín escribe: “Lo que en rigor se
          opone a la esperanza es la ‘indiferencia obtusa’, ese fatigado e inactivo tedio del alma
          que la teología escolástica llamó <italic>acedia</italic>. Con lo cual queda dicho que la
          esperanza no es un afecto más de la existencia humana, sino el fundamento que sostiene
          nuestra vida, la expresión de nuestra confianza en la existencia, el último fundamento del
          alma”. Laín Entralgo, Pedro, <italic>La Espera y la esperanza. Historia y teoría del
            esperar humano</italic> (Madrid: Revista de Occidente, 1957), 319.</p>
  </fn>
  <fn id="fn35">
    <label>35</label><p>Rivera, Jorge Eduardo, <italic>De asombros y nostalgia. Ensayos filosóficos</italic> (Santiago de
          Chile: Ediciones Universidad Católica de Chile, 2016), 12.</p>
  </fn>
  <fn id="fn36">
    <label>36</label><p><italic>Ibid</italic>.</p>
  </fn>
  <fn id="fn37">
    <label>37</label><p><italic>Ibid</italic>.</p>
  </fn>
  <fn id="fn38">
    <label>38</label><p>Heidegger, Martin, <italic>Sein und
    Zeit</italic> (Tübingen: Max Niemeyer Verlag, 1986), 8.</p>
  </fn>
  <fn id="fn39">
    <label>39</label><p>Rivera, Jorge Eduardo, <italic>En torno al
    ser</italic> (Santiago de Chile: Brickle Ediciones, 2007), 52.</p>
  </fn>
  <fn id="fn40">
    <label>40</label><p>Heidegger, Martin, <italic>Ser y Tiempo</italic>
    (Madrid: Trotta, 2012), 29.</p>
  </fn>
  <fn id="fn41">
    <label>41</label><p>Lo único que yo habría cambiado en ese pasaje de la traducción es lo siguiente: habría
          reemplazado el “singular”, que vierte el adjetivo <italic>merkwürdig</italic>, por
          “peculiar”. Lo haría únicamente para evitar el posible equívoco de una alusión a lo
          singular en el sentido de lo individual, en circunstancias de que se trata de la calidad
          peculiar o notable que tiene, como se ha visto, la referencia retrospectiva o
          anticipativa. Rivera no tenía empacho en decir que suponía un lector inteligente.</p>
  </fn>
  <fn id="fn42">
    <label>42</label><p>Rivera, Jorge Eduardo, <italic>Itinerarium
    cordis</italic> (Santiago de Chile: Brickle ediciones, 2006),
    32.</p>
  </fn>
  <fn id="fn43">
    <label>43</label><p>Rivera, Jorge Eduardo, <italic>Konnaturales Erkennen und Vorstellendes Denken</italic>
          (Freiburg/München: Karl Alber 1967), 9.</p>
  </fn>
  <fn id="fn44">
    <label>44</label><p><italic>Ibid</italic>.</p>
  </fn>
  <fn id="fn45">
    <label>45</label><p>Jean-Luc Nancy ha hecho observar que el prefijo rede la palabra latina
            <italic>repraesentatio</italic> no alude a un volver a presentar o un presentar de
          nuevo, sino que expresa la <italic>intensidad</italic> de la presentación. “El latín
            <italic>repraesentatio</italic> es una presentación acentuada […]. Por tanto, la palabra
          toma su primer significado de su uso en el teatro”. Luc-Nancy, Jean, <italic>The ground of
            the image</italic> (New York: Fordham University Press, 2005), 35. Vale decir, se trata
          de un asunto eminentemente performativo o ejecutivo.</p>
  </fn>
  <fn id="fn46">
    <label>46</label><p>Véase Rivera, Jorge Eduardo,
    <italic>Konnaturales Erkennen und Vorstellendes Denken</italic>
    (Freiburg/München: Karl Alber 1967), 9.</p>
  </fn>
  <fn id="fn47">
    <label>47</label><p>Rivera ya estaba influido por Zubiri al escribir su tesis de doctorado. Cita, de hecho, el texto
            <italic>Sobre la esencia</italic>, Madrid 1962 y <italic>Naturaleza, Historia,
            Dios</italic>, Madrid, 1944. Al indicarse que las cosas son entes, Rivera precisa: “por
          cierto, pero las cosas no son primero entes, sino árbol, hierro, flor u hombre. Cosa, no
          ente, es lo primero que encontramos. Llamemos a eso que hace de las cosas cosas (no
          entes), la <italic>realidad</italic>”. En el original: “<italic>Gewiß, aber Dinge sind
            nicht zuerst Seiende, sondern Baum, Eisen, Blume oder Mensch. Ding, nicht Seiendes ist
            das Erste, dem wir begegnen. Nennen wir das, was die Dinge zu Dingen (nicht zu Seienden)
            macht, die</italic> Realität”. Rivera, Jorge Eduardo, <italic>Konnaturales Erkennen und
            Vorstellendes Denken</italic> (Freiburg/München: Karl Alber 1967), 10.</p>
  </fn>
  <fn id="fn48">
    <label>48</label><p>Y, en verdad, va a terminar aplicando esta crítica a la objetualidad —y, así, al ente— nada menos
          que a la propia idea heideggeriana de <italic>Zuhandenheit</italic>. Rivera escribe el
          2007: “Creo —con Zubiri— que a la base de toda <italic>Zuhandenheit</italic> hay una
          realidad, sin la cual aquélla no sería nada real. Si un martillo puede ser usado para
          clavar un clavo, o como pisapapeles, o para agredir al enemigo a para venderlo por un par
          de monedas, y si todo ello lo es el <italic>mismo martillo</italic>, es decir, algo que se
          mantiene idéntico en todos esos quehaceres, quiere decir que hay algo previo al carácter
          usual de las cosas, a su <italic>Zuhandenheit</italic>. Y eso previo no puede ser sino la
          realidad misma del martillo. Llámesela como quiera. Recuerdo que Zubiri me argüía,
          diciendo —socarronamente— ‘con agua no se puede envolver un regalo’”. Rivera, Jorge
          Eduardo, <italic>En torno al ser</italic> (Santiago de Chile: Brickle Ediciones, 2007),
          179-180.</p>
  </fn>
  <fn id="fn49">
    <label>49</label><p>Rivera, Jorge Eduardo <italic>Konnaturales Erkennen und Vorstellendes Denken</italic>
          (Freiburg/München: Karl Alber 1967), 29.</p>
  </fn>
  <fn id="fn50">
    <label>50</label><p><italic>Ibid</italic>., 17.</p>
  </fn>
  <fn id="fn51">
    <label>51</label><p>Véase de Aquino, Tomás, <italic>De ver</italic>.
    1, 8 ad 7.</p>
  </fn>
  <fn id="fn52">
    <label>52</label><p>Véase de Aquino, Tomás, <italic>S. Th</italic>., 1, 16, 3 ad 2 y Rivera, Jorge Eduardo,
            <italic>Konnaturales Erkennen und Vorstellendes Denken</italic> (Freiburg/München: Karl
          Alber 1967), 14: “<italic>Nur für die Vernunft kann dergleichen wie Nichtseiendes walten,
            das Nichts also. Die Vernunft ist die Ermöglichung des Nichts</italic>”. Rivera alude
          aquí también en estos pasajes de su tesis de doctorado a Gustav Siewerth. Éste habría
          elaborado una concepción semejante de la nada y su fundamento (Véase
          <italic>Ibid</italic>.,14, nota 3).</p>
  </fn>
  <fn id="fn53">
    <label>53</label><p>También lo ha abordado Rivera posteriormente, en otros lugares, p. ej., en el cap. X de
            <italic>De asombros y nostalgia</italic> (67-183).</p>
  </fn>
  <fn id="fn54">
    <label>54</label><p>Véase Rivera, Jorge Eduardo, <italic>De asombros y nostalgia. Ensayos filosóficos</italic>
          (Santiago de Chile: Ediciones Universidad Católica de Chile, 2016), 167.</p>
  </fn>
  <fn id="fn55">
    <label>55</label><p><italic>Ibid</italic>., 181.</p>
  </fn>
  <fn id="fn56">
    <label>56</label><p>Rivera, Jorge Eduardo, <italic>Konnaturales Erkennen und Vorstellendes Denken</italic>
          (Freiburg/München: Karl Alber 1967), 99.</p>
  </fn>
  <fn id="fn57">
    <label>57</label><p>de Aquino, Tomás, <italic>S. Theol</italic>. Q.
    78 a. 4, ad. 2.</p>
  </fn>
  <fn id="fn58">
    <label>58</label><p>p. ej., Rivera, Jorge Eduardo, <italic>De asombros y nostalgia. Ensayos filosóficos</italic>
          (Santiago de Chile: Ediciones Universidad Católica de Chile, 2016), 242.</p>
  </fn>
  <fn id="fn59">
    <label>59</label><p>Rivera, Jorge Eduardo, <italic>Konnaturales Erkennen und Vorstellendes Denken</italic>
          (Freiburg/München: Karl Alber 1967), 99.</p>
  </fn>
  <fn id="fn60">
    <label>60</label><p><italic>Ibid</italic>.</p>
  </fn>
  <fn id="fn61">
    <label>61</label><p>Rivera, Jorge Eduardo, <italic>De asombros y nostalgia. Ensayos filosóficos</italic> (Santiago de
          Chile: Ediciones Universidad Católica de Chile, 2016), 105.</p>
  </fn>
  <fn id="fn62">
    <label>62</label><p><italic>Ibid</italic>.</p>
  </fn>
  <fn id="fn63">
    <label>63</label><p><italic>Ibid</italic>.</p>
  </fn>
  <fn id="fn64">
    <label>64</label><p>Schaber, Johannes, “Heideggers frühe Bemühen um
    eine ‘Flüßigmachung der Scholastik’ und seine Zuwendung zu Johannes
    Duns Scotus” (Hamburg: F. Meiner, 2007), 92.</p>
  </fn>
  <fn id="fn65">
    <label>65</label><p>Él habría dicho: “¡no me interesa superar
    ninguna tradición, me importa que sea verdadero!”, pero permítasenos
    decirlo así.</p>
  </fn>
  <fn id="fn66">
    <label>66</label><p>Heidegger, Martin (Madrid: Trotta, 2012),
    28.</p>
  </fn>
  <fn id="fn67">
    <label>67</label><p>Rivera, Jorge Eduardo, <italic>De asombros y nostalgia. Ensayos filosóficos</italic> (Santiago de
          Chile: Ediciones Universidad Católica de Chile, 2016), 13.</p>
  </fn>
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  <title>I. Obras de Jorge Eduardo Rivera citadas</title>
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    <element-citation publication-type="book">
      <person-group person-group-type="author">
        <name><surname>Rivera</surname><given-names>Jorge Eduardo</given-names></name>
      </person-group>
      <year>1967</year>
      <source>Konnaturales Erkennen und Vorstellendes Denken. Eine phänomenologische Deutung der Erkenntnislehre des Thomas von Aquin</source>
      <publisher-name>Karl Alber</publisher-name>
      <publisher-loc>Freiburg / München</publisher-loc>
    </element-citation>
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        <name><surname>Rivera</surname><given-names>Jorge Eduardo</given-names></name>
      </person-group>
      <source>Filosofía Griega. De Tales a Sócrates</source>
      <publisher-name>Ediciones Universitarias de Valparaíso</publisher-name>
      <comment>sin fecha</comment>
    </element-citation>
  </ref>

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    <element-citation publication-type="book">
      <person-group person-group-type="author">
        <name><surname>Rivera</surname><given-names>Jorge Eduardo</given-names></name>
      </person-group>
      <year>1999</year>
      <source>De asombros y nostalgia. Ensayos filosóficos</source>
      <publisher-name>Editorial Puntángeles. Universidad de Playa Ancha de Ciencias de la Educación</publisher-name>
      <publisher-loc>Valparaíso</publisher-loc>
    </element-citation>
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    <element-citation publication-type="journal">
      <person-group person-group-type="author">
        <name><surname>Rivera</surname><given-names>Jorge Eduardo</given-names></name>
      </person-group>
      <year>2005</year>
      <source>Onomazein</source>
      <comment>Revista de lingüística, filología y traducción. Pontificia Universidad Católica de Chile. Facultad de Letras</comment>
      <volume>12</volume>
      <issue>2</issue>
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    <element-citation publication-type="book">
      <person-group person-group-type="author">
        <name><surname>Rivera</surname><given-names>Jorge Eduardo</given-names></name>
      </person-group>
      <year>2006</year>
      <source>Itinerarium cordis</source>
      <publisher-loc>Santiago de Chile</publisher-loc>
    </element-citation>
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    <element-citation publication-type="book">
      <person-group person-group-type="author">
        <name><surname>Rivera</surname><given-names>Jorge Eduardo</given-names></name>
      </person-group>
      <year>2006</year>
      <source>Heráclito El esplendente</source>
      <publisher-name>Brickle Ediciones</publisher-name>
      <publisher-loc>Santiago de Chile</publisher-loc>
    </element-citation>
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    <element-citation publication-type="book">
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