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RESEÑAS

Marin, C., Estar en su lugar. Habitar la vida, habitar el cuerpo, Barcelona, Anagrama, 2024, 222 págs.

David Del Pino Díaz
Universidad Antonio de Nebrija (España) Email ORCID iD
Publicado: 14/07/2025

Los lectores hispanohablantes estamos de enhorabuena por la traducción del gran éxito de ventas en Francia, Estar en su lugar. Habitar la vida, habitar el cuerpo de la filósofa Claire Marin. En esta obra, la pensadora presta atención a los lugares que habitamos, tanto de forma voluntaria como de manera obligada, y presenta la relación y estricta vinculación que existe entre los espacios por los que transitamos y los aspectos de nuestra identidad. Para llevar a cabo esta travesía, Marin se apoya en voces como las de Heidegger, Foucault, Deleuze, Derrida, pero, especialmente en las de Georges Perec, Pierre Bourdieu y Annie Ernaux.

Esta obra se construye en un contexto marcado por fuertes tensiones que fracturan nuestra identidad, cuando una parte cada vez más numerosa de la población del mundo se ve obligada a realizar movimientos forzados y nuestra existencia social y psicológica es cada vez más complicada y precaria. Es en esta coyuntura en la que Claire Marin se pregunta sobre nuestro lugar en el mundo, y no solo nuestro lugar geográfico, sino también social, familiar o político.

Así, la autora comienza esta obra afirmando que el mundo parece dividido entre los que echan raíces y los que tienen vidas nómadas, dos clases de seres representados por la tierra y el viento. Por supuesto que la división es falsa, pues siempre y en todo momento somos seres que nos encontramos atravesados por las dos dinámicas, somos sujetos que se caracterizan por el movimiento. En palabras de Marin: «La alternativa es falsa porque la existencia es siempre una travesía, jalonada de escalas afectivas o sociales, geográficas o políticas» (p. 10).

El objetivo de este libro consiste en presentar cómo en ocasiones nos vemos bruscamente forzados a realizar un movimiento, a distanciarnos de un lugar que creímos ocupar felizmente o que sería nuestro espacio seguro. En otras ocasiones nos amoldamos a lugares que son abiertamente angostos, lúgubres y atroces, con los que convivir en una negociación sin fin que termina con el asentamiento. Si esto se produce es, precisamente, por el deseo de nostalgia de un lugar propio. Producimos incluso sin querer la idealización de lugares originales, al margen de las relaciones de poder, espacios seguros y sin contacto con el dolor. Soñamos con lugares donde se resuelven todos los conflictos y las contradicciones sociales. De este modo, la cuestión del lugar está siempre en juego. Tememos perder nuestro lugar en el mundo, nos conformamos con espacios que observamos seguros y habitables, aunque nos limiten. Concebimos el lugar como un espacio de garantía y seguridad, frente a las inclemencias que existen en el exterior.

Si bien esto es verdad, el sujeto se ve abocado continuamente a separarse de su lugar, de su espacio en el mundo, de superarse a sí mismo, de afrontar nuevos retos. De aquí se deriva la existencia desgarradora de no encajar del todo en el modelo de tierra o de viento. Una de las mayores certezas que tenemos como especie es que los lugares son siempre provisionales, aunque no los veamos de esta forma. Todos los lugares son reemplazables, todos están sujetos a resquebrajarse: «En el fondo, acaso habitemos siempre en los intersticios entre dos mundos, entre dos tiempos, entre dos maneras de ser nosotros mismos» (p. 13).

Esta realidad de fondo no es una matriz que sea aceptada por todos los sujetos, ya que existen vidas simples con lugares muy reducidos, con una existencia limitada y donde su círculo cercano es pequeño. El desgarro social que experimentan algunos pensadores que la autora cita, como Bourdieu y Ernaux, consiste en alejarse de una familia con una existencia simple y poco receptiva a comprender e interactuar con sujetos de otros espacios sociales.

Lo que Bourdieu y Ernaux muestran, como bien observa la autora, es que todo espacio no es neutro y vacío, los lugares que ocupamos o que podemos ocupar están cargados simbólicamente, están marcados de entrada, no son grandes páginas en blanco en las que comenzamos a escribir. Estamos continuamente delimitados por el espacio, pues existen lugares en los que no podemos habitar con cierta tranquilidad sin atesorar determinados capitales.

Tal y como nos advierte Foucault en Des espaces autres, los lugares están cargados de memoria y de un pasado, fragmentos de personas que los han habitado, transfiriendo parte de su existencia. Además de esto, prosigue el filósofo francés, los espacios nos atraviesan, dejan una huella imborrable, una suerte de tatuaje que solo es visto por las personas acostumbradas a pasear por esos mismos circuitos.

Los lugares que habitamos nos atraviesan de tal forma que incluso en la huida nos persigue su sombra, algo que desde diferentes perspectivas y posiciones han definido con cierta solvencia Richard Hoggart, Pierre Bourdieu y Annie Ernaux. En el caso de Hoggart, la huida del hogar familiar se experimenta como una identidad maldita, ya que los testigos te retienen allí, la identidad construida en la infancia te acompaña donde vayas. Algo similar les ocurre a Bourdieu y Ernaux.

Los tres pueden ser vistos como sujetos insolentes y arrogantes que no saben conformarse con el reparto de cartas que les ha tocado. En estos tres casos la huida se produce como consecuencia de dos sentimientos que se superponen: el malestar y la vergüenza. Por diversas situaciones y azares de la vida terminan desclasándose a través de la entrada a la universidad y los circuitos que la clase media y alta tienen para perpetuarse en el tiempo o, como diría Bourdieu, para reproducirse. En la siguiente cita que Claire Marin toma de Ernaux queda claro el desgarro social:

El dolor de los niños que se separan culturalmente de sus padres proviene del hecho de que estos últimos quieren que sus hijos estén mejor educados y sean por tanto más felices, mejores que ellos, […] pero al mismo tiempo les gustaría que siguieran siendo idénticos a los niños que fueron, que pudieran reírse de las mismas cosas que ellos, viendo los mismos programas televisivos. Que no se les extraviaran por el camino, en fin. La obligación es doble: instruirse y no cambiar. Mi sufrimiento era el producto de una meta que me era inalcanzable (p. 80).

Dicho desclasamiento les genera vergüenza o sentimiento de inferioridad, al darse cuenta y ser conscientes de los límites que observan, de habitar lugares que no están determinadas para personas de su clase social de origen: «No saber dónde meternos, ni cómo expresarnos, avergonzarnos de no ser más que lo que somos, conscientes de los límites que nos oprimen en cuanto abandonamos nuestro entorno habitual: eso es lo que nos estanca en un lugar que, no obstante, juzgamos inferior» (p. 79).

En el tránsito de un lugar a otro, en el movimiento que emprende un tránsfuga de clase desde sus orígenes humildes hasta el mundo de llegada se produce un desgarro y una existencia maldita, pues se experimenta la sensación de no estar bien en ningún sitio. Dejas de formar parte del lugar de origen; tus gustos, aspiraciones, experiencias y perspectivas no son las mismas que los integrantes de tu comunidad inicial, pero no te sientes del todo integrado en el mundo de llegada. En palabras de Foucault, el cuerpo que nos acompaña, siempre atravesado por los espacios que hemos habitado, es el lugar irremediable que nos acompañará allá dónde queramos ir: «Ya me vaya al fin del mundo, ya me oville bajo las mantas por la mañana y me haga tan pequeño como pueda o me tumbe en la playa hasta derretirme bajo el sol, estará siempre donde yo esté. Está aquí irrevocablemente, no se ausenta jamás» (p. 130).

En este sentido, el cuerpo es ante todo un aquí, el lugar en el que me encuentro atrapado. Tal y como lo entendía Foucault, el cuerpo es el lugar absoluto del que no puedo ausentarme. Mi cuerpo es la condición de cualquier otro lugar. A pesar de todos los intentos que realicemos para cambiar de posición, mi cuerpo será el lugar primero. No por casualidad, el cuerpo es uno de los conceptos más relevantes dentro de la obra de Bourdieu. Para el sociólogo francés, el cuerpo es el espacio donde las diferencias en relación con la clase y el sexo se hacen más evidentes. En el cuerpo, por efecto de la transustanciación, se presenta el resultado de la arbitrariedad cultural que se encuentra al margen del campo de la conciencia o la reflexión.

Para Bourdieu, el cuerpo es un lugar determinado socialmente, es el producto de las relaciones sociales entre las clases y los sexos. En su artículo Remarques provisoires sur la perception sociale du corps (1997), el sociólogo asegura lo siguiente: «El cuerpo socialmente objetivado es un producto social que debe sus propiedades distintivas a sus condiciones sociales de producción».

De esta manera, Hoggart, Bourdieu y Ernaux viven su desplazamiento social como un desgarro o una violencia desmedida. Para el tránsfuga de clase queda siempre ese desorden, la sensación de encontrarse en tierra de nadie, de no estar del todo bien en ningún sitio. A partir de esta constatación lo que encontramos en la obra de estos tres pensadores es la búsqueda de la reconciliación, de subsanar la experiencia desgarradora del movimiento social. Los tres buscan un verdadero sitio, es decir, un lugar donde se produzca la reconciliación con uno mismo.

Bourdieu halla la reconciliación cuando estudia la situación social que experimenta su localidad de origen en la década de 1960. Al sociólogo francés la escritura se le plantea como forma de regresar a una parte de sí mismo dolorosa y oculta, a sus amigos de la infancia, a sus padres y familiares, a las dinámicas de su barrio, y todo ello con el máximo respeto. En palabras de Bourdieu que cita Claire Marin: «Fue toda una parte de mí la que me fue devuelta, la misma que nos unía y nos distanciaba, pues no podía negarla en mí sino renegando de ellos, avergonzándome de ellos y de mí mismo. El retorno a los orígenes va siempre acompañado de un regreso de lo reprimido, por controlada que haya sido esa represión». (p. 97).

Esta experiencia desgarradora, nos recuerda la autora, es un fantasma a quien no logramos mantener a una distancia soportable. Es como el recuerdo de alguien importante que ha desaparecido de mi vida, que se ha ido definitivamente de ella, que ha cortado todos los lazos, que ha desaparecido o ha muerto, pero cuya presencia está muy presente y es aterradora. En palabras de la autora: «El fantasma se me puede aparecer en cualquier parte. No me libro de él. Se presenta en mis sueños sin incitación, como en mitad de una charla entre amigos, y su presencia imperativa exige mi disponibilidad inmediata, mi atención exclusiva. Nos gustaría que desapareciera, que dejara de ocupar tanto espacio. Nos parece reconocerlo a la vuelta de la esquina, a la espera de una llamada, de una señal». (p. 166).

En definitiva, el enfoque de esta obra nos ayuda a explicar esa parte de nosotros sujeta a lo social o lo familiar, dos espacios que colocados en el lugar que les corresponde, nos permiten comenzar un camino hacia nuestros sueños y deseos, a conquistar el lugar propio contra cualquier tipo de adversidad. Y esto se debe porque a veces los lugares que ocupamos nos coartan, nos sujetan a una identidad que no es la nuestra. En muchas ocasiones, el lugar que se ocupa en la familia o en la estructura social nos genera angustia o malestar.

Así, la autora nos advierte de que podemos soñar con un mundo en el que cada cosa tenga su propio lugar, pero debemos desconfiar siempre de los universos en los que el lugar de cada uno está definido de antemano. Es por ello que debemos cuidar la utopía, pues es la única estructura que nos traslada a un espacio donde se ha producido una desorganización de los roles previamente definidos. Por ello, partir, romper con ciertas inercias, huir o comenzar un camino nuevo es concederse una oportunidad, quizá la definitiva, una salvación.